Los crímenes de las cuatro estaciones

Último capítulo

La representación




El palacio derramaba luz por las ventanas como si una estrella, la más radiante de todas, se hubiera pasado esa noche por la cena de gran gala en la que se había convertido lo que iba a ser en principio ágape para unos cuantos amigos, pero al que de improviso se sumó el nuevo rey, aun sin coronar, que era un rendido admirador de la Osorio como todos, aunque tenía difícil el coqueteo, porque Francisco Perrenot de Granvela seguía a su esposa a todas partes como un sabueso. Con Lope había habido más que suficiente.

   Elena Osorio era ciertamente muy bella, aunque Josefo prefería a Raquel. La Osorio era rubia “demasiado llamativa”, diría el escritor, que se había vuelto conservador en  lo que se refiere a la hermosura de las mujeres. Prefería la mesurada distinción de Raquel sobre el despampanante físico de la actriz. Hombre, en otros tiempos el también habría sucumbido, seguro. Pero ahora el amor de Raquel había serenado su ánimo enamoradizo para siempre, sus verdes ojos habían suturado sus antiguas heridas y sus labios habían sellado para toda la eternidad su corazón, antes volandero tras el más nimio revoloteo de faldas.
   No le gustó a la Osorio que hubiera otra mujer bella en la reunión; don Nuño se la presentó como su invitada y futura esposa de su amigo y protegido Josefo Mallo, asturiano, escritor y enamorado. Un gran muchacho, ya veréis.
   Elena se hubiera liado con el asturiano seguro, aunque estuviera su marido delante, que ya tenía experiencia en eso. Además era más guapo que Lope, aunque quizá no tuviera su ingenio. Pero bueno, que se le iba a hacer. Nada, porque Josefo sólo prestaba ojos a Raquel.
   Granvela andaba pegado al futuro rey interesándose por su política exterior, como si Hispatania pudiera hacer política exterior por su cuenta y razón sin contar con España. El príncipe trataba inútilmente de quitárselo de encima, mayormente porque estaba loco por pillar a solas a Elena Osorio, tarea que su esposo estaba convirtiendo en harto difícil.

   A las seis comenzaron a llegar el resto de invitados: el conde de Saláceres padre, que aunque no andaba muy allá de salud, el reclamo de la Osorio tenia la facultad de curar todos los males por renuentes que fueran. El conde de Picos Erizados con su hijo mayor.   El señor Corregidor don Julián del Páramo, que acudió con gusto a casa del marqués, sin imaginar lo que le esperaba y el banquero italiano de la Lombardía que fue invitado para disimular. Don Gonzalo, bruñido y reluciente, ocupaba su lugar en el comedor-una esquina- dispuesto a ser testigo de todo lo que aconteciera. En palacio se hallaban también el sargento de la guardia real y varios de sus hombres a los que acompañaba Cirilo, cenando con el resto de cómicos en otra sala dispuesta para la ocasión. Más tarde el sargento y Cirilo acudirían con los invitados de alcurnia a la breve función que la compañía de la Osorio iba a representar para deleite de los invitados, todos hombres y todos rendidos admiradores de la actriz.

   Elena Osorio apareció radiante con un traje de seda de oriente azul turquesa del mismo tono que sus ojos, con copete adornado de plumas y piedras preciosas, gorguera impoluta, mangas de punta a juego con las puntas que cerraban la falda y un broche de diamantes, perlas  y turquesas regalo del difunto Juan II de Hispatania, en el pecho.
Raquel iba de color chocolate igualmente de seda con blanca gorguera y el copete sin plumas, adornado con perlas en forma de lágrima.  Sobre el pecho el broche era de diamantes y esmeraldas rematado por una gran perla en forma de lágrima también, regalo del marqués, que lo había heredado de su madre.

   El día antes de la llegada de los cómicos, don Nuño había quemado en la chimenea, los versos que Lope de Vega le había escrito a la Osorio a la que llamaba Filis para disimular, aunque todo el mundo sabía que se refería a ella. A cuenta de unos versos como aquellos que el marqués y Josefo habían leído una mañana en la venta salmantina, Elena le había denunciado por difamación, dando origen a una pendencia entre ellos que Lope remató con un par de bofetadas a la actriz. Todo Madrid comentaba que sería desterrado, porque la Osorio no quiso retirar la demanda en modo alguno. Lope lejos de amilanarse le dedico otros versos peyorativos; éstos que don Nuño se apresuraba a hacer desaparecer no fuera ser que Elena se topara con ellos sin pretenderlo nadie y se armara una buena.
   Josefo llegó de visita para ver a Raquel y apenas tuvo tiempo de rescatarlos cuando ya las llamas iban a dar cuenta de ellos, teniendo tras la lectura que devolverlos al fuego ante la insistencia del marqués.

     ¿Apartaste, ingrata Filis,
      del amor que me mostrabas
      para ponerlo en aquel
     que pensando en ti se enfada?
¡Plegue a Dios no te arrepientas
cuando conozcas tu falta,
mas no te conocerás,
que aun para ti eres ingrata!
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!
Aguardando estoy a verte
tanto cuanto ya te ensanchas,
arrepentida llorando
el bien de que ahora te apartas;
víspera suele el bien ser
del mal que ahora no te halla,
pero aguarda, que él vendrá
cuando estés más descuidada.
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!
¡Oh cuántas y cuántas veces
me acuerdo de las palabras,
cruel, con que me engañaste
y con que a todos engañas!
A ti te engañaste sola,
pues te he de ver engañada,
deste que tú tanto adoras
y de mí sin esperanza.
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!
Miréte con buenos ojos,
pensando que me mirabas
como te miraba yo
por mi bien y tu desgracia;
que en esto, bien claro está,
eras tú la que ganabas,
mas a fin no mereciste
tanto bien siendo tan mala.
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!
   __¿Lope tiene que ser bastante más joven que Elena, verdad?__ preguntó Josefo
    __Desde luego, cuándo comenzó su relación con ella sólo tenía diecisiete años.
   __Seguro que ella le enseñó muchas cosas__ apuntó Josefo recordando su propio aprendizaje.
   La conversación se cortó porque entró Raquel. Tras la desaparición de Guzmán y sus secuaces, Raquel había resuelto irse para España cuanto antes con su hermano Ariel, pero Josefo acudió a visitarla y a presentarle sus respetos en aquel momento difícil y extraño de la desaparición de los alguaciles sin dejar rastro, a la vez que le declaraba su rendido y verdadero amor, proponiéndole permanecer en Saláceres, si es que le amaba también, hasta poder desposarse. Ella respondió que no estando casada con el alguacil no podía ocupar la casa ni disponía de dinero alguno para subsistir. Josefo le ofreció su morada y todos sus bienes, que aunque harto exiguos daban, no obstante,  para vivir. Raquel no quiso retornar a morar bajo el mismo techo con ningún hombre sin estar casada como Dios mandaba y ella creía que debía ser. Con una vez ya había tenido suficiente.
   __Me voy para mi antigua casa, si lo deseáis podéis visitarme allí. Me haríais muy feliz.
   Josefo regresó mohíno y cabizbajo a palacio. “Para una vez que me enamoro de veras. Hay que ver que difícil es esto del amor”.
   Aquí fue donde intervino el marqués ofreciendo su palacio a Raquel como invitada suya por todo el tiempo que precisara hasta tener todo dispuesto para el desposorio. Además él consideraba ya a Josefo como el hijo que nunca había tenido y le agradaría infinito que algún día sus hijos le llamaran abuelo.
   El asturiano le hizo notar a Raquel que rehusar la hospitalidad era ofender a don Nuño y si de verdad le amaba esa era la mejor solución hasta la boda. Ariel Enríquez estuvo de acuerdo. Por ello la antigua novicia, permaneció en Saláceres, en casa del marqués, mientras su hermano regresaba a España con la buena nueva de su libertad, retornando la familia al completo para  la boda.
   Pero antes había que resolver otras cosas que corrían más prisa. Por ejemplo, la detención del verdadero asesino de las cuatro estaciones.



   La mesa estaba puesta de modo exquisito. Manteles de encaje holandés, vajilla de Sajonia, copas y cubiertos de plata. Flores llegadas de los invernaderos reales adornaban la mesa, el comedor y todos y cada uno de los corredores. Los manjares eran también exquisitos. El marqués había hecho venir al mejor chef de Hispatania, que había cocinado incluso para Felipe II de España, tan importante era la ocasión.  Consomé con huevos de codorniz, mero del Cantábrico traído al país por un arriero argollano y faisán asado ornamentado con su plumaje original. Todo regado por el mejor vino de la bodega del marqués. Para finalizar, el postre, la alegría de la mesa: un plato de quesos, con galletas saladas y frutas frescas y variadas.
   Charlaron todos con todos animadamente, mientras por debajo de los manteles el futuro rey acariciaba con su pie descalzo el empeine de Elena, subiendo con delicadeza y con diligencia todo lo arriba que le permitía la longitud de sus piernas y el complicado vestido de la cómica. No obstante sus intentos de verla a solas eran aguados sistemáticamente por Granvela que parecía la sombra de Elena. Tras una sobremesa no excesivamente larga por iniciativa del marqués que deseaba que sus invitados estuvieran despejados y sobrios para la función, se trasladaron al amplio salón donde todo estaba dispuesto para alzar el telón.
   Raquel excusó la asistencia. Josefo, conociéndola, le había explicado de que trataba el asunto más o menos y la muchacha prefirió no estar presente dado el fuerte componente erótico de la función.
   __¿Como escribes estas cosas?__ le había casi reprochado.
   __No escribo estas cosas, son la circunstancias. Luego te lo explicaré mejor y lo comprenderás.
   A Elena le pareció de perlas la ausencia de Raquel. Todas las miradas masculinas para ella, como debía ser. Además cada vez le gustaba más el escritor.
   El marqués hizo la presentación de la obra.
  Alteza Serenísima, señores condes, señor Corregidor, queridos amigos. Mi amigo el señor Josefo Mallo, escritor, ha elaborado una pequeña función al filo de unos hechos verídicos que yo le referí y que a mí me fueron referidos a su vez por otro amigo que los vivió de cerca. Tienen aunque no lo parezca, dado el carácter algo subido de tono, una gran importancia, en la aclaración de unos graves acontecimientos que han estado sucediendo. Tengo que agradecer a Jerónimo Velazquez y sobre todo a Elena, la gran Elena Osorio, la comprensión y el esfuerzo para aprender el papel y preparar la función en apenas unas horas. Ruego a vuestras señorías atención y por supuesto benevolencia. Cuando queráis señora.
   El telón se levantó despacio para descubrir a Elena medio recostada en un diván, (en principio debería estar sentada sin más, pero ella quiso tumbarse displicente y enseñar los tobillos y el empeine, para tentar al rey, seguro. Eso al menos fue lo que pensó Josefo). Tras ella y detrás de una cortina de tul que difuminaba las figuras, había una cama bastante alta para que todo lo que se hiciera sobre ella fuera bien visto por el público.
   La Osorio comenzó el relato:
   “En un lejano lugar existió una vez una extraña pareja de amantes. La mujer, bella y promiscua, era bastante mayor que el hombre, un muchacho en plena adolescencia”.
Granvela frunció el ceño. Los amantes podían muy bien haber sido Elena y Lope. Calma se dijo, esperemos oír más. Tras la cortina aparecieron las siluetas de una mujer y un joven.
  Ella, prosiguió Elena, siempre ávida de cuerpos masculinos, poseída por la creciente excitación que le proporcionaba la visión del cuerpo del muchacho al que espiaba cuando se bañaba desnudo en el río, se rindió al deseo una cálida tarde y se introdujo en el agua a la par que el joven, mostrándole los caminos que conducen al éxtasis,  con las caricias y los roces preparatorios seguidas por besos candentes y apasionados, continuando  hasta el  final por una vereda cálida, luminosa y sonora, llena de aromas y de sensaciones. Murmullos de placer, desde los primeros ronroneos, gemidos  y jadeos hasta los últimos gritos y estallidos. Aullando ambos, como perros a la luna llena,  tras la furia incontenible de los quince años del muchacho.
   A medida que Elena hablaba, la pareja iba ejecutando en el suelo, delante de la cama, cada caricia, cada beso y cada sonido que la actriz refería. El rey cambiaba nervioso de postura. Granvela estaba lívido, el conde de la villa atónito, Picos Erizados pensativo, el banquero sorprendido y el marqués expectante. El Corregidor no mostraba ningún signo ni de aprobación ni de disgusto, ni menos aun de reconocimiento. Don Nuño, no desesperaba, ni tampoco Josefo. Estaban seguros de haber dado en la diana. Tiempo al tiempo.
   La Osorio cada vez as a gusto en su papel de narradora erótica continuó con la historia.
  Los campesinos se acercaban a mirar tras las cañas de la orilla, entonces los amantes, madre e hijo…
   __¿Como?__ dijo el conde.
   __¡Chisssst!__ dijeron a coro los demás, excepto Granvela y el Corregidor.
    Los amantes madre e hijo, continuaron en la casa, sobre la cama, mucho más confortable.
    Los actores se subieron a la cama y la actriz se colocó sobre el actor.
  Allí protegidos de las miradas obscenas y lascivas del populacho dieron rienda suelta a su imaginación, que era mucha. Tras varias penetraciones, la mujer utilizó la mano para dar placer al joven y luego este las suyas para que ella consiguiera también el éxtasis.
   Los actores estaban entusiasmados, tanto que Josefo, que estaba en primera fila por si había que apuntar el texto a la Osorio,  notó que habían dejado de fingir hacía un rato y que precisaban tiempo, porque Elena iba más rápida narrando que ellos ejecutando, aunque el joven era todo fogosidad. Le hizo una seña de calma a la actriz con las manos y ella comprendió al momento, haciendo una breve pausa y abriendo grácilmente su mano derecha hacia los amantes para que el público disfrutara la escena. Cuando la actriz  terminó, continuó el relato.
   Los hombres del público ni parpadeaban, aunque el rey estaba comenzando a tener problemas de cintura para abajo.
  Recréense vuestras mercedes, dijo fuera de guión, dándose cuenta de que a los actores no había quien los parara. Miren como disfrutan madre e hijo, continuó en voz baja e insinuante. Que mejores amantes, que mejor mezcla que esta. Saliva, caricias, entrar y salir de lugares reconocibles. Así, así, así, despacio, con mimo, con calma.
   Josefo comprobó que Elena estaba por completo fuera de guión llevando la situación con pericia de experta; de la escena, quiero decir. Nadie había tenido la visión de prever la reacción de los actores, poco profesional, pero muy lógica.
   El  marqués aconsejó a Josefo dar entrada al fraile, ya, porque de lo contrario el rey iba a saltar sobre la Osorio en cualquier momento. El asturiano hizo una seña a Elena, pasó a bastidores, apremió al muchacho para que saliera de escena -tarea harto difícil porque éste no quería interrumpir el guión bajo ningún concepto-. Dándose cuenta Jerónimo Velázquez de los que sucedía procedió a ordenar por señas al joven obedecer al escritor. Resultó laborioso hacer que el joven actor diera por terminado su trabajo en la representación. No había manera de lograr que abandonara la escena. Velázquez tuvo que amenazar con ensartarlo con la espada si no acataba el requerimiento de inmediato. La Osorio pudo al fin continuar.
    El amante se fue, pero ella necesitaba mucho más. Era insaciable. Por ello, se apresuró a encamar con un fraile que venía al pueblo al inicio de las estaciones del año. Era un hombre lascivo, con costumbres poco comunes. Le gustaba atarla a la cama y mientras copulaban fingía ahogarla con una almohada.
   __¡Por Dios!__ tornó a decir el conde.
   __¡Chissssst!
   Ella disfrutaba como nunca, gritaba suplicando que se lo hiciera una y otra vez, diciéndole que nunca nadie había logrado que sintiera nada igual, que jamás se había sentido mujer con ningún otro, que las fogosas y apresuradas cópulas del hijo eran ridículos intentos de hacer las cosas como solo los hombres expertos saben, que le iba a hacer sentarse a mirar mientras lo hacía con él para que aprendiera, que…
   __Puta, hija de puta, te mataré, os mataré a ambos. Grandísima perra, hija de Satanás hoy desaparecerás de la faz de la tierra. Tú y tu amante de mierda. Cerdos.
     Todos los espectadores, excepto Picos Erizados, don Nuño y Cirilo pensaron que el Corregidor se había sumado a la representación de modo espontáneo, tanto se había metido en situación. Como la mayoría.
   Tan absortos estaban escuchando las imprecaciones del Corregidor a los amantes, que no se percataron de que había irrumpido en el escenario y estaba tratando de ahogar a la actriz. El joven actor se le abalanzó y tras él, Josefo. Pero Julián del Páramo ni se inmutó.
      __Te mataré puta de mierda.
   Cirilo solucionó el asunto con facilidad, empujando a ambos y apartando por la fuerza al Corregidor, al que arrebató la almohada de las manos, tras haberle lanzado un derechazo al estómago.
     El resto de espectadores no daba crédito a lo sucedido. El rey se recompuso y tras ayudar a Elena a incorporarse del diván se dirigió a don Julián.
     __Espero un explicación.
    __Creo que debéis contarlo todo señor Corregidor __opinó don Nuño__ Es lo mejor. Es una larga historia alteza. Armaros de paciencia. Creo que todos deberíamos escucharla.
    __Sólo hablaré ante vos, señor.
    __No estáis en condiciones de elegir. Comenzad ya, os lo ruego.
    Don Julián confesó, sin tantos pormenores como su padre, aunque tampoco hacía falta, dado que la historia había sido suficientemente explícita. Confesó los crímenes desde que llegara a Hispatania y al final confesó también estar harto de matar.
    __Tengo ganas de descansar.
    __Lo haréis para toda la eternidad__ repuso el casi rey__ no tengáis duda ninguna.


    Tras la confesión, mientras los invitados se reponían del estupor y Jerónimo Velázquez reprendía a los jóvenes actores, Josefo felicitó a la Osorio por su maestría. Esta, aprovechando la momentánea ausencia de Granvela, le besó en los labios, mientras le palpaba la entrepierna, haciendo un gesto de aprobación con la cabeza.
    __Soy maestra también en otras cosas—le susurró al oído.
   Si fuera en otros tiempos, hubiera habido un nuevo problema de cuernos de consecuencias imprevisibles porque este marido era de familia muy poderosa y ni aunque se fuera huyendo al Nuevo Mundo se libraría de su  venganza. Primero Hispatania y ahora Raquel le habían salvado la vida. Debería procurar que no hubiera una tercera ocasión, porque estaba seguro de que no podría contarla.

    El nuevo rey quiso conocer como se habían enterado de los crímenes de Julián del que su padre tenía un alto concepto.
   __El rey se equivocaba a menudo, don Nuño. Vos lo sabéis mejor que nadie.
  El marqués y Picos Erizados le refirieron como el conde leonés les confió este secreto antes de morir. No quería irse al mas allá con semejante peso sobre su conciencia.


   __Con el diluvio fue imposible que viniera un médico ni un confesor. Tuvimos que cuidarle, escucharle y confortarle como mejor supimos.
    __Lo habéis hecho muy bien. Me siento orgulloso de súbditos como vosotros.
    El conde y el marqués se miraron de soslayo.
  __Por cierto. Debemos nombrar un nuevo Corregidor para esclarecer la desaparición de los alguaciles, si es que hay algo por esclarecer. ¿Podéis hacerme alguna sugerencia don Nuño?
   __Desde luego alteza serenisima, permitidme daros ya este tratamiento, sire.
   El futuro rey hizo un gesto de absoluta complacencia. Don Pedro se sorprendía de lo bien que el marqués manejaba la situación.
    __Tengo el candidato perfecto, majestad.
   __Decidme pues, don Nuño.
   __Mi fiel secretario Cirilo. Cirilo Gomes de Silva. Sargento del Tercio viejo de Sicilia. Hombre inteligente, prudente, valiente y temeroso de Dios. No hallareis en Saláceres otro más capaz para el puesto.
  __Hecho. Tras mi proclamación firmaré la orden. Mientras, que se considere Corregidor en funciones y que se vaya ocupando de los asuntos pendientes. Más adelante le daré instrucciones precisas.
   __Muchas gracias majestad. No os pesará. El nombrará sus ayudantes.
   __Don Nuño. Creo que ese muchacho, el escritor, ha tenido la idea para lograr que Julián confesara.
   __Así ha sido. Si.
  __Me gustaría recompensarle. Le daré un título…y le nombraré cronista oficial de la nación. El se ocupará de poner por escrito nuestra historia desde ahora mismo. Ya estoy harto de la Crónica Lisboense.
    __¿Habéis pensado por ventura en el titulo qué vais a otorgarle?__ preguntó el capitán receloso.
   El rey pensó un momento, paseando por la habitación con calma hasta que vio pasar a Elena. Entonces se decidió de repente.
   __Barón Enamorado.
   __Perfecto, sire. Creo que le hará ilusión__ afirmó don Nuño sonriendo.
   El rey abandonó la estancia tras la Osorio, entonces el marqués se acercó a Josefo y le tomó del brazo.
   __Señor  barón enamorado…ja, ja. Tengo muchas cosas que contaros. Venid conmigo. Dejad un momento a Raquel con don Pedro. Está en buenas manos.
    Al pasar junto a Cirilo el marqués le puso una mano en el brazo y le apretó con suavidad.
   __Hecho__ afirmó sonriendo.
    Al poco regresó el monarca con aspecto encendido y acercándose a don Pedro de Picos Erizados le deslizó al oído:
   __Os haré llegar de nuevo la llave de donde ya sabéis. Desde ese preciso momento quiero vuestro palacio para mí solo. ¿Habéis entendido? Sabré recompensaron con largueza. Y si sois capaz de llevaros a Granvela unos días lejos de Madisboa, mi gratitud no tendrá límites. Habrá un titulo para cada uno de vuestros hijos. Eso para empezar.
   __Siempre a vuestras ordenes majestad.

Don Pedro se fue al encuentro de don Nuño que estaba departiendo con Josefo. El conde se sentó junto a ellos cansinamente.
__¿Ocurre algo don Pedro?
__Nada nuevo don Nuño, nada nuevo. La misma historia de siempre.






Fin





2 comentarios:

Anónimo dijo...

Wonderful!!!


Kevin

Maria José Mallo dijo...


Thank you!!!