Hola de nuevo

Hola de nuevo, debo confesar que no he terminado, como era mi intención, el relato de los detectives prometido en el verano. Hasta el momento de la publicación voy a repetir una historia del 2011 que tuvo mucho éxito  y que a mí, particularmente, siempre me ha gustado. Pido disculpas por el retraso y confío en que os agrade volver a leer



La leyenda del pueblo de los hombres-mujer




 Introducción



Esa misma mañana había visto la noticia en el periódico: La estación de montaña de Silos cerraba definitivamente.  Se quedó pensativo. “Qué casualidad, precisamente hoy que viene Ana”. Ese había sido para ellos el principio del fin de su relación. La dichosa estación de montaña y aquella noche en la que se extraviaron y encontraron el maldito pueblo.
   No había quien se creyera que dejaran perderse así por las buenas, una estación de esquí  con más de ochenta kilómetros de pistas, segura y  perfectamente equipada, donde nunca hubo accidentes graves, ni aludes, ni cosas por el estilo. Hacía meses que el parador, un edificio emblemático en la zona, le había precedido en el cierre por falta de huéspedes, ante el rumor extendido de que la estación mataba a los hombres de una extraña muerte súbita, como la de los bebés. Las autoridades se apresuraron con todo tipo de desmentidos. “¿Cómo va a matar una estación de esquí a nadie? ¡Por favor no digan tonterías! Hubo alguna que otra muerte repentina, pero todo dentro del promedio que podemos considerar normal, teniendo en cuenta el elevado número de visitantes, que estamos a bastante altura y que las condiciones del clima son las que son en estos sitios”. Siempre que las administraciones desmienten, debe uno ponerse en lo peor. Algo ocurre realmente. ¿Por qué si no, se molestan en dar explicaciones con lo ocupados que están y lo inaccesibles que son?
   No obstante,  el parador se cerró bastante antes de finalizar la temporada. Le siguió la escuela de esquí y se sabe que técnicos de la comunidad autónoma e incluso del gobierno central revisaron la montaña palmo a palmo, buscando no se dijo nunca que.
   Posiblemente ni ellos lo sabían.
  Pero los pocos vecinos que pudieron aproximarse medio ocultos, porque acotaban la zona con guardias y perros por todo el perímetro, presenciaron entre curiosos y asombrados, como andaban de acá para allá y de abajo arriba, armados hasta las cejas y con los ojos protegidos por unas gafas parecidas a las de los soldadores.
  La explicación final consistió en decir que había unas extrañas emanaciones de gas u otra sustancia tóxica sin determinar que podía provocar dichas muertes. Pero, entonces debería morir todo el mundo, pensó la gente con buen criterio, como en los casos de muerte dulce producida por la mala combustión de los braseros, sin embargo sólo morían hombres. A no ser que la susodicha fuera caprichosa o selectiva y supiera distinguir entre mujeres y hombres.  Sería digna de estudio la aparición de un gas letal exclusivo para varones. Quien lo poseyera se forraría. Podría llegar a ser mucho más codiciado que el coltan.
   Pero, había mucho más y ellos lo sabían.
  Además si era algo que se respiraba ¿por qué los técnicos sólo se protegían la vista?. “Pensarán que somos tontos, hasta un niño se daría cuenta de eso”. Pero las autoridades no dieron ninguna otra explicación.  Nunca lo hacen. Desmienten, pero no aclaran, lo cual deja las cosas peor. De ese modo, se dispara la rumorología y la imaginación de la gente ya de por si proclive a creer cualquier cosa que les ponga en contacto con seres de otros mundos. ¡Cuánta necesidad de comunicación con el mas allá! Para poner la guinda, la prensa, sobre todo la especializada en temas paranormales, tenía prácticamente tomada la montaña, ante el runrún  de avistamientos de un ser alado y enorme por las noches.
   La administración clausuró el recinto y bloqueó el acceso sin contemplaciones, debido a la obstinación de algunos periodistas e investigadores por permanecer en la  zona.

   Cuánta razón tenía Ana. Se sintió mal. Debería de haberse puesto enteramente de su parte. Aunque no hubieran conseguido gran cosa, primero, porque el asunto parecía inverosímil a todas luces y luego porque se estrellaban contra la dirección de la estación, con ramificaciones en las altas esferas administrativas y económicas. Era como atacar un tanque armado sólo con un cuchillo;  pero, no obstante,  tendría que haber hecho causa común con ella. Tendría que haber estado  a su lado, aunque no les creyeran y tal vez, de paso,  hubieran salvado alguna vida.
   Le remordía la conciencia.
  Se dirigió al garaje para ver cómo estaba el coche, sólo faltaba que se lo entregara sucio, según era Ana. Hacia  un año que habían cortado la relación. Desde los sucesos. Al principio fue un alivio, la vida en común se había convertido primero, en un infierno de reproches y gritos y luego en un silencio denso y cortante aun peor. Después,  la echó de menos durante un tiempo y ahora que ya le era indiferente, el diario le daba la razón y él se sentía culpable. Cuando ocurrieron los hechos, lo tenía bastante harto: parecía estar poseída por el síndrome de la verdad absoluta; se había vuelto irascible y completamente  insoportable. Por eso no le dio la gana de secundarla, a pesar de lo que habían presenciado juntos y ella, claro, nunca se lo perdonó.
   Con razón.
  Después, había aprovechado una oferta de trabajo en Londres y se había ido a vivir a Inglaterra. Hoy vendría a recoger el coche y se lo llevaría en el Ferry.  Continuaba teniendo miedo a volar, así que viajaba desde las islas en tren o en barco como ahora. Hasta en eso eran diferentes. Juan nunca pasaría por debajo del mar en un tren. ¡Jamás! Sin embargo a ella era el avión lo que le daba claustrofobia. Hacía una semana que había regresado, pero no se habían visto. Ayer le llamó para avisar que hoy recogería el cuatro por cuatro y concertar una hora que las viniera bien a ambos.
   __Prefiero por la tarde. Así me iré directamente al puerto.
   __Por mí, no hay problema.
  El coche seguía aparcado en el garaje de la casa que habían compartido durante ocho años. El no había vuelto a conducirlo. No recordaba siquiera si aun tenía alguna cosa de su propiedad dentro, con esa manía de dejarlo todo por ahí olvidado que tantas y tantas veces le reprochó Ana.
  Tampoco recordaba si lo había lavado después de regresar de aquel viaje. Suponía que sí, pero parecía que no: estaba bastante polvoriento. Lo revisó más de cerca. Estaba sucio, muy sucio. Que abandonado era, la verdad. Decidió llevarlo al lavado automático y dejarlo reluciente, como por otra parte era su obligación; no se devuelve nada hecho una porquería.
   Cuando se sentó al volante tuvo una sensación extraña. Es normal, pensó, la última vez que lo conduje ocurrió todo aquello, que desembocó en la ruptura. Es más que lógico que esté un poco inquieto. Todavía hoy, prefería pensar que todo había sido un sueño o  alucinaciones debidas a la altura y al frío…Pero, parece que no. Que es real. Todo lo que sucedió después, las muertes, el rastreo y el cierre de la montaña, lo había corroborado con creces.
   Abandonó el garaje.
   No sabría decir porqué, pero le hizo bien salir a la luz del día. Hasta miró al sol sin gafas, a pesar de sus ojos claros. Desde aquello, había dejado de gustarle la noche. Durante un tiempo le tuvo terror, incluso debido a los sucesos vividos desarrolló entomofobia. Necesitó unas cuantas sesiones con el psicólogo.  Hoy se notaba raro. Sentía algo entre nostalgia y abatimiento. Mientras se alejaba de casa,  la memoria, actuando unilateralmente como siempre, regresó hasta aquella tarde y le obligó a verse por la carretera de camino al puerto, discutiendo con Ana. Que error había sido el dichoso viaje.      Trató de pensar en otra cosa, pero de nuevo la memoria, tan útil a veces y tan molesta otras, insistió en lo mismo. No había otro remedio. ¿Para qué rebelarse? Volvió a verse conduciendo aquella tarde, de camino a la estación de esquí. Recordó que estaba lloviendo y la calzada era estrecha y sinuosa; además mojada como estaba, resultaba resbaladiza y peligrosa. Juan, escuchaba la voz de Ana, cada vez mas subida de tono. Últimamente siempre estaba gritando. Se había vuelto un poco histérica o a lo mejor, siempre lo había sido y él enamorado como estaba, no se había dado cuenta. Ella se enfadaba por algo y a él le encantaban los morritos que ponía. Era imposible que hubiera pelea. Pero ahora, ya no le hacían gracia.
   Conducía en silencio, concentrado en la carretera y la lluvia, difícil cóctel, pero la voz de Ana era cada vez estridente y le sacaba de quicio…

Continuará...


2 comentarios:

Anónimo dijo...



Welcome again...

Maria José Mallo dijo...



Thank you.