Erase una vez

VII

 
Urraca, la asturiana,
 hija de Alfonso VII y Gontrodo Petri


El abad del convento llegó renqueante a presencia del rey. Este le indicó tomar asiento, porque comprendió que de pie no aguantaría ni un minuto.
   __Iremos al grano, paternidad.
   __Lo prefiero, alteza.
   __Bien, mis hombres han podido demostrar sin ningún género de duda, que vuestro botánico dio orden y provisionó el veneno para asesinar a don Pedro Díaz, mi anfitrión.
   __Señor, estoy seguro de que se ha producido un lamentable error, nuestro botánico, fray Benito, es incapaz…
   __ ¡No lo negáis! Hemos manifestado estar seguros. No oséis llevar la contraria a vuestro rey. Yo no obro a la ligera. Todo ha sido comprobado fehacientemente. Vuestro botánico es un asesino. Quiero pensar que obró por su cuenta y razón sin que vuestra paternidad lo supiera. Que, o bien fue idea suya, o bien fue iluminado por otras instancias de la orden, ajenas a vuestro convento y a vuestra influencia.
   El prior comprendió el favor que le estaba haciendo el rey. Quería hacer justicia con la mano asesina, en este caso la mano inductora, más bien, y dejaba al resto fuera. Pasaba por alto el hecho de que él era el inmediato superior a quien el botánico, como todos los demás, debería pedir permiso para cualquier asunto. No debían, y por ende, no podían tener ideas propias.
   __ ¿Qué propone vuestra alteza?
   __Propongo que hagáis justicia para que así quede vengada la muerte de mi caballero sin que la orden sufra menosprecio, sin que trascienda que entre los frailes hay un asesino y probablemente entre los abades. Porque no creemos que nada escape a la vigilancia de la orden. Pero, no deseamos un escándalo y menos ahora, en estos tiempos tan convulsos en los que nos necesitamos todos.
   __ ¿Qué debo hacer señor?
   __Quiero al botánico muerto esta misma noche. Utilizad veneno o lo que os plazca. Quiero que mis hombres comprueben su muerte mañana a la hora prima.
   Hubo un largo silencio. El rey se levanto y el abad trató de hacer lo mismo, pero sus fuerzas no le acompañaron. Alfonso le indicó que permaneciera sentado, mientras el daba un paseo hasta el ventanal. Así, de espaldas al abad, Alfonso concluyó la orden.
   __Decidle al abad de Eslonza, que su primo el botánico ha sido descubierto, y que ha perdido su pleito con don Pedro Díaz, pero que ya lo había perdido antes del crimen. En la Torre existe una razón más poderosa que cualquier voluntad, o que cualquier derecho terrenal o divino. La razón que mueve el mundo, porque domina los sentimientos y ordena sobre los intereses. Porque es como el cáliz donde todo se transforma y se convierte en néctar redentor…En consecuencia, la Orden ha matado para nada. Podéis retiraros__ ordenó sin darse la vuelta, con lo cual fue ajeno a los ímprobos esfuerzos que hizo el abad para ponerse en pie y para lograr caminar hasta la puerta.
   El abad renqueaba por el corredor y sobre manera por la escalera, murmurando entre dientes las palabras del rey relativas al “cáliz donde todo se trasforma”. Era lo que le quedaba por oír: ¡El coño de la albina un cáliz redentor! Debería de ser él quien pidiera explicaciones al rey ante semejante blasfemia. Debería enviar recado a Roma y excomulgar a Alfonso emperador. Pero la iglesia ya no era lo que había sido y ahora mismo, él como abad, tenía otros problemas. Don Pedro de Gradefes  podía mandar en su casa y dejar a los demás tranquilos. Quieres matar a don Pedro, envía un sicario por tu cuenta y déjanos al margen. Espero que el botánico no se haya olido algo y haya escapado, que ya era lo que nos faltaba. Cuando se encontró con sus acompañantes dio una orden tajante.
   ___Fray Ansuro, adelántate y encierra al botánico y si se resiste ahógalo sin miramientos. Sin miramientos.
   Con la prima, los caballeros del rey y los de la Torre, comprobaron el óbito del botánico y confirmaron al convento que su trampero había sucumbido ahogado en el rio. Nada trascendió fuera de aquellos muros. La vida continuó igual para todos. Los brujos quedaron libres. Don Alonso de Camponegro fue vengado. La justicia fue hecha y don Pedro respiró tranquilo y doña María lo mismo, cuando fue informada de la inminente partida del rey y su sequito hacia León, porque los caminos ya eran practicables. Además aquella mañana dos venados, dos nada menos, habían caído en las trampas. Lo mejor para el banquete de despedida. Parecía que venían buenos tiempos para la Torre.
   Alfonso y Gontrodo continuaron juntos hasta el momento mismo de la partida del rey.
   __Dentro de un par de meses regresaré para presidir el Aula Regia[1] en Ovetum. Entonces volveremos a vernos, mi amor. Contaré los días.
   __Yo también. Voy a extrañaros muchísimo. No hay amante como vos.


   El shofar, afinado esta vez, volvió a sonar para despedir con honores al emperador y a su comitiva. El rey, tras despedirse de don Pedro en el patio, volvió la mirada al ventanal donde Gontrodo agitó el pañuelo para decir adiós, hasta la vista, a su amado Alfonso. Estaba segura que algo de él se quedaba con ella para siempre. El rey de León le lanzó un beso con los dedos de la mano diestra, que la doncella albina recogió con la suya  y se llevó a los labios.
   __Que mariconadas hacen los enamorados__ pensó el lugarteniente del rey, el buey del Páramo.
   Don Pedro Díaz sonrió con esperanza. Parecía, por lo visto, que todo había salido bien. Pensó en Berbio. Menudo monasterio. Extenso, fértil, abundante en vasallos, en reses, en caza, en salmones. Una riqueza al alcance de la mano…Si Dios quisiera…Aunque hubiera sido más propio decir, si quisiera el rey. Y el rey quiso, ¿cómo no iba a querer? Y más desde que supo que doña Gontrodo estaba encinta. Desde ese momento llovieron los dones y las abundancias sobre la Torre de Aller.
   El marido de Gontrodo, don Gutierre Estébanez, fue mantenido alejado de la Torre y de su esposa, hasta el retorno del rey para presidir el Aula Regia. Así lo decidió don Pedro, por si acaso su hija estuviera preñada. Sin varón a su lado desde seis meses antes de la llegada de Alfonso, nadie podía dudar de la paternidad del rey. El hijo era de Alfonso, de todas, todas. Por muchas cuentas que se echaran, que se echarían. Seguro.
   Los hijos mayores de Gontrodo se alegraron infinitamente de recuperar a su madre, pero la pequeña de todos, la dulce Aldonza, lloró con desconsuelo cuando su madre la tomó en brazos al no reconocerla tras semanas de ausencia. La benjamina, albina también, gritaba desesperada llamando a su nodriza cada vez que Gontrodo se acercaba a su cuna, cuando antes no consentía en modo alguno, que la separasen de su madre que debía, incluso, llevarla a su cama por las noches para que conciliara el sueño, chupando su dedo índice.
   __Esta niña tiene poderes de visionaria. Ve al diablo en su madre, porque se halla en pecado mortal__ se lamentaba doña María con su esposo__ hay que hacer venir a un fraile de esos que expulsan los demonios.
   __Ay, señor, señor. Nunca hay dicha completa. Deja de decir tonterías. La niña es una llorona, como su abuela. Y punto.
   Pronto se supo que Gontrodo estaba encinta de nuevo, aunque para don Pedro fue como la primera vez. Como si este fuera su primer nieto esperado pacientemente, tras años de infertilidad. Un hijo del rey. Del rey emperador, nada menos. Doña María continuaba sin entender, por qué un bastardo era motivo de tanta alegría, aunque su padre fuera el mismo emperador.
   __Antes era mucho mejor. Cuando los bastardos se arrojaban al río Aller, para que se los llevara la corriente.
   Alfonso regresó cuando la primavera floreció como el vientre de su amada Gontrodo, que se mantuvo impoluta, sin varón alguno, hasta el regreso del rey y el reconocimiento público de su paternidad. Ni que decir tiene que el Aula Regia falló el litigio con Eslonza a favor de la Torre. Y que a don Gutierre Estebánez, le llovieron prebendas y títulos para mitigar los cuernos. Fue designado teniente en Entrialgo, en la zona oriental, lo cual le obligó a residir lejos de su esposa, quien continuó toda su vida el contacto con el rey, aunque sus encuentros fueran escasos, por la vida tan atareada de guerras y batallas que llevó hasta su muerte el emperador.

   El fruto nacido de estas relaciones fue una niña a quien su padre, el rey, quiso llamar Urraca como su madre y su hermana. Con apenas un año de vida fue llevada a León y entregada al cuidado de su tía Sancha. Su padre la casa  a los catorce años, con el rey de Pamplona García Ramírez, viudo y bastante mayor que ella. Gontrodo asiste a la ceremonia en León, aunque para ese tiempo ya viviera retirada en un convento como hacían las viudas de rey. Urraca, la asturiana, fue siempre la favorita entre todos los hijos del emperador.
   Urraca enviuda y regresa a Asturias junto a su madre, residiendo en Oviedo en el palacio de Alfonso II, el Casto, al lado de la catedral. Su padre el rey le otorga el titulo de reina gobernadora de Asturias. Casó de nuevo con Álvaro Rodríguez de Castro. Ambos protagonizaron una rebelión contra el medio hermano de Urraca, Fernando II de León, tratando de conseguir la independencia de Asturias.
   Tuvo una hija con el rey de Pamplona, Sancha Garcés,  y un hijo con su segundo marido, Sancho Álvarez de Castro.
   Está enterrada en la catedral de Palencia, la tierra de su marido. Su hermano el rey Fernando II no consintió que la enterraran en la catedral de Oviedo como era su deseo.
   Doña Gontrodo lo estuvo en el Monasterio de Santa María de la Vega, que ella misma había fundado con una donación de tierras y dinero del rey Alfonso. Su sarcófago se encuentra ahora en el Museo Arqueológico de Asturias. En el consta esta inscripción:
 
Sarcófago de Gontrodo Petri



Oh muerte, sobrado justa, que a nadie sabes perdonar: si hubieses obrado con menos rectitud hubieras parecido más justa, pues igualando a Gontrodo con los demás mortales, con quienes no era igual por sus méritos, has quitado, con menos justicia, la vida, a quien no debías quitarla. Mas no murió Gontrodo; pasó por tu medio a una nueva vida, y es todavía la esperanza de su familia; la honra de su patria y el espejo de las mujeres. No murió, se nos escondió solamente, porque habiéndose hecho con sus méritos superior a los demás mortales, no debía estar en este mundo. Trocó la Vida de esta tierra con la del Cielo el año de la Era 1224.



Tumba de Urraca, La Asturiana






[1] Órgano consultivo de las monarquías en la Alta Edad Media.

Érase una vez

VI

 


Monasterio de Berbio- Infiesto

Don Alfonso de León, conocía la sequia en la frontera, y sabía que de continuar así las cosas llegaría una hambruna. Por ello, antes de partir hacia la contienda en Asturias, dejó ordenes explicitas de comprar grano en Castilla y carne en Navarra, y suponía que sus previsiones habrían bastado para solucionar el problema, no obstante nunca se sabía el rumbo real que tomarían las cosas, ni los obstáculos imprevisibles, y no tanto, que les saldrían al paso.
   Juan Tabarés no acertaba a explicarle bien el rumbo de la investigación, por ello el rey dispuso que Juan García le refiriera sus conclusiones, dado que eran de él en solitario, puesto que el Juan leonés solo había apresado a los curanderos y poco más.
  García hizo al rey un relato exhaustivo de sus pesquisas con todo lujo de detalles, incluyendo un dibujo improvisado de la posición en la mesa del caballero asesinado y como él estaba seguro de que el veneno se había puesto en la copa de don Pedro y que don Alonso lo bebió por casualidad.
   A don Alfonso, rey, le parecieron sensatas y creíbles las conclusiones de García. Los hechos estaban claros. Todo era perfectamente veraz. Solo faltaba un detalle: el principal. ¿Quién puso el veneno en la copa de don Pedro?
   __Pienso sin lugar a dudas que fue el fraile que acompañaba al abad. El tuvo la ocasión.
    __Y vos creéis que es por las tierras del monasterio de Berbio.
  __Lo pensé desde el principio, y al conocer la hambruna lo afirmo con más rotundidad.
   __La carne se puede comprar en Navarra y en otras partes.
  __Si, pero dada la necesidad del momento puede ser muy cara y el monasterio anda escaso ahora mismo de peculio. Las lagunas de Villafáfila le han costado un dineral. El precio subió al pretender las pausatas otro monasterio gallego de la orden del Cluny y los monjes no andan boyantes ahora mismo. Por ello es de vital importancia Berbio. El cereal y el ganado valen un dineral en estos momentos. Con Berbio en su poder ellos aprovisionarían los alimentos; por ello precisan que el litigio se falle a su favor y estando detenido aquí vuestra alteza, fuera tal vez muy conveniente que don Pedro desapareciera. De este modo no podría influir en vos, ni él ni nadie de esta fortaleza. Estando de luto…
No habría fornicio con la hija, pensaron todos. Las conclusiones eran más que probables, tuvo que admitir el rey. Alfonso se sentó con gravedad, miró a Juan García con interés e hizo mentalmente un resumen de lo oído. El monasterio de Eslonza podría ser, ciertamente, el único interesado en la desaparición de don Pedro, pero probar el envenenamiento iba a ser muy difícil y así se lo hizo notar a los dos investigadores.
   __Hay un medio__ afirmó Juan García.
   __Decidme cual.
   __Hacer confesar al fraile.
   __ ¿Cómo?__ preguntaron a la vez Alfonso y Juan Tabarés.
  __Puedo hacer que lo traigan aquí sin que el convento sospeche y una vez en nuestro poder, hacerle confesar no será difícil.
   __ ¿Sabéis con certeza que fraile es?
   __El copero lo conoce bien. Habría pensado que él lo atraiga con una excusa que ya pensaremos y una vez aquí…
   __Cuando vean que no regresa vendrán a por él.
   __No, si no saben dónde está.
  __Bien__ dijo el rey poniéndose en pie__ hacedlo. Confío en vos. Pero antes de tomar cualquier decisión definitiva, quiero conocerla personalmente.
   __Así será señor.

   Juan García habló con el copero. Este, hombre diligente, ya había pensado en algo.
   __Este fraile es quien provee de peces al monasterio. Tiende redes para salmones, y cada día va a recoger la pesca. Cuando se trata de salmones va acompañado, pero ahora solo caen truchas y carpas y se arregla solo. A veces sube hasta las redes nuestras, cuando lo caído en las suyas le parece poco, no se lleva bien con nuestros rederos. Cualquiera de ellos lo interceptará con gusto y lo llevará donde vos digáis.
   __No debe reconocer a los agresores, porque luego vamos a soltarlo; solamente queremos que hable. Una vez apresado, deben cubrirle los ojos y traerlo aquí. El resto ya corre de nuestra cuenta.
   __Así se hará. Perded cuidado.
A primeras horas de la mañana siguiente, el copero avisó a  Juan García.
   __Ya está la pesca en su sitio.
   __Perfecto. Gracias copero.
   __Permitidme que yo le interrogue__ solicitó Tabarés.
   __Voy a hablar con él. A lo mejor confiesa por las buenas. Si no lo hace será todo vuestro, pero recordad: Muerto no nos sirve.
El fraile pareció sorprenderse de que hubiera habido una muerte en la Torre y negó por activa y por pasiva tener nada que ver con ningún crimen ni con ningún veneno. García le sirvió en bandeja los hechos según él pensaba que habían sucedido, pero el fraile se negó a confirmar la sentencia. El vino a acompañar al prior, ni siquiera estuvo en el comedor.
   __Si que habéis estado. Tengo infinidad de testigos que lo corroboran.
   __Estuve solo un momento, tan escaso que ni siquiera lo recordaba.
   __Mentís, como habéis mentido antes, cuando afirmabais no haber estado en el comedor.
   __Pasé a recoger al prior y, mientras él conversaba con don Alvar, me acerqué al fuego porque me encontraba mal y tenía mucho frío.
  __Sois un embustero.
   __Yo no tengo la culpa de que vos no tengáis ni idea y andéis tratando de arrimar el muerto a algún infeliz.
  __Sé muy bien lo que me digo. Aunque sé también que el crimen no fue idea vuestra. Hicisteis lo que os ordenaron hacer. Esto será un atenuante. Os librará de la muerte y si colaboráis yo haré que vuestra condena sea ínfima. Huir de las mazmorras es fácil…con ayuda. Pensadlo.
   __No vais a convencerme. No voy a cargar con vuestro muerto.
Juan García se acercó al fraile que no había perdido el aplomo ni la arrogancia.
   __Os conviene hacer memoria. Creedme.
   Cuando se quedó a solas, pensó un momento en el trato que le había ofrecido su interrogador. Dudó un minuto apenas. En seguida se convenció de que ponerse en contra de la Orden era firmar su sentencia de muerte. Este reino y los demás estaban plagados de conventos, donde quiera que fuera estaría en riesgo de ser envenenado en cualquier momento o muerto de otro modo peor, menos sibilino y más explicito y más doloroso. Eslonza era mucho convento. Incluso el rey les tenía respeto y no por la religión precisamente. Además no creía que pudieran demostrar nada de nada. Eran bravatas.
   Juan Tabarés ya tenía todo dispuesto. Torturar era fácil, además ya estaba todo inventado. Solamente había que aplicarlo. La tortura que iba a emplear con el fraile era de lo más simple. Primero le ataron las manos a la espalda y luego lo colgaron por las muñecas. Utilizando una viga como polea, lo subieron lo más arriba posible y lo dejaron caer sin miramientos, hasta casi tocar el suelo. García escuchó los gritos cuando tras un par de caídas los brazos se le dislocaron. Caso de no resultar, el leonés tenía pensado utilizar el embudo, aunque García le hubiera indicado la conveniencia de mantenerlo vivo, porque muerto no hablaría, seguro.
   El fraile aguantó, gritando de dolor eso sí, pero aguantó sin hablar unas cuantas subidas y bajadas. Tabarés que carecía de paciencia, mandó descolgarlo y traer el agua y el embudo. Su ayudante, con buen criterio, avisó a García. Cuando este llegó al sótano de tortura, el fraile estaba a punto de reventar.
   __Dejadlo ya. Muerto no sirve.
   __Es que no habla.
   __ ¿Cómo va a hablar, si lo estáis asfixiando?
Tras una pausa larguísima, lo que tardó en recuperarse, el fraile miró a García con ojos de súplica y este hizo salir a los demás. Cuando pudo hablar, García le conminó a confesar de una vez.
   __Más que nada, para ahorraros sufrimiento inútil.
   __Si hablo, la Orden me matará tarde o temprano.
   __Pero tenéis una oportunidad. Una vez libre podéis ir donde os plazca. Yo os daré una buena suma para que podáis comenzar una nueva vida en algún lugar.
Tras un largo silencio, el fraile pensó en voz alta.
   __Tengo familia en territorio almohade, tal vez allí…Pero estos brazos…
García asintió.
   __Os llevaré a un lugar seguro donde os curaran, luego podéis ir a donde os plazca. Es lo que os ofrezco, o vuelvo a llamar a Tabarés.
No obstante, el fraile volvió a dudar. García tomó asiento. Era cuestión de paciencia. Tras muchas vacilaciones, el torturado comenzó a hablar entre dientes. García apenas lo escuchaba.
   __Os ruego que habléis en voz alta. Nadie escucha, solo Dios y yo. Y Dios ya lo sabe todo.
   __El botánico me ordenó poner el veneno en la copa de don Pedro. Yo no quería. No me hice fraile para matar a nadie. Pero no tuve opción. El botánico me dijo que era de vital importancia. Puedo juraros por Dios, que nunca mencionó al abad de Eslonza, ni a dicho monasterio…
   __ ¿Intervino el abad?
   __No. Pienso que todo lo urdió el botánico. El abad no pensaba acudir a la cena, dado que fue invitado muy entrada la noche y su salud es muy precaria. Pero el botánico le obligó a acudir.
   __Manda mucho ese fraile.
   __Es primo de don Pedro de Gradefes, el abad de Eslonza. Eso es un grado. Eslonza tiene mucho poder. Él lo urdió todo.
   __Te creo. Voy a ordenar al escribano que redacte una confesión y vos la firmareis. ¿Sabéis escribir?
   __No.
   __No importa. Haréis una cruz, bajo vuestro nombre.
   __No me dejéis a solas con el otro.


   García refirió con prontitud los hechos a don Pedro y éste lo llevó a presencia del rey de León.
   __Alteza, don Juan García os referirá lo acontecido.
   Alfonso el séptimo, rey emperador, escuchó con semblante grave el relato y al  final convino algo que García esperaba.
   __Tendremos que andarnos con cautela. Hay que hacer justicia, desde luego, pero antes debo hablar con el abad del monasterio. No podemos ni debemos, obrar con ligereza en este asunto. La muerte de mi caballero debe ser vengada, pero todos debemos quedar satisfechos. Don Pedro disponed que avisen al abad. Lo quiero en mi presencia tan pronto como sea posible.
Cuando iba a salir el emisario, dos frailes aparecieron en las puertas de la Torre. Preguntaban por el fraile trampero. Había salido ayer al amanecer y no había regresado. Pensaban que tal vez los tramperos de la Torre le habrían visto en el río o se habrían tropezado con el por el camino.
   Juan García les habló de regresar al convento.
   __Ahora íbamos a buscar al abad. El fraile ha muerto. Se calló al rió que baja crecido. Cuando nuestra gente lo vio, la corriente se lo llevaba. Nada se pudo hacer. Mis hombres os acompañarán de vuelta. El rey en persona quiere ver al prior.
   Tras esto García se fue a ver a Aulaga a casa del herrero y le pidió que curara al fraile.
   __Haré que lo lleven a vuestra casa, gente de absoluta confianza, no temáis nada. Una vez le curéis los brazos, se irá y vos habréis ganado una buena suma y yo os deberé un favor.
   __ ¿Vais a dejarlo ir sin castigo? El puso el veneno.
   __Pasará el resto de sus días huyendo, preocupado por si lo descubren y lo asesinan. Tendrá miedo hasta de su sombra. ¿No te parece suficiente castigo?



Continuará...





Érase una vez

V



 Ruinas del monasterio de San Pedro de Eslonza. 


 

El monasterio de San Pedro de Eslonza crecía sin parar. Compraba viñas, tierras y sobre todo pausatas[1]. El monasterio de Sahagún que había tenido la hegemonía hasta ahora, pasaba por apuros debido a las luchas que mantenía, en el momento presente, con sus vasallos; por ello había puesto en venta las pausatas de Villafáfila, cercanas a la frontera con los moros. Varios monasterios se las disputaban, pero Eslonza era el que contaba con más opciones, aunque al rey Alfonso se le hubiera pasado por la cabeza incorporarlas a la corona como regalías personales, pero en estos momentos hubo de ocuparse en otros menesteres, como detener la sublevación de Gonzalo Peláez en Asturias. Por todo esto, el rey emperador protegía ahora mismo con todas sus fuerzas, a los benedictinos en general y sobre manera a los de Eslonza frente a los monasterios de la orden de Cluny que se estaba extendiendo y adquiriendo poder. Si las pausatas se iban al Cluny, adiós para siempre al negocio de la sal.
   Proyectos reales aparte, la sal era de vital importancia en aquellos momentos de expansión y de guerras no solo contra los moros, si no también intestinas ya que los conatos de secesión se sucedían y poseer ganado y salazones era vital en la estrategia militar. “Estómagos bien comidos son agradecidos” decía el rey y por ende era conveniente que la explotación de los pozos de sal la hicieran gentes de absoluta confianza. De todo esto era sabedor don Pedro Díaz, por ello daba por perdido su litigio con don Pedro de Gradefes, el abad de Eslonza. Aunque el monasterio en liza, San Juan de Berbio, no poseía pausatas, pero si extensísimos pastos donde criar ganado en abundancia, montes llenos de caza y ríos colmados de salmones. Además dadas las veleidades secesionistas del conde Peláez era de lo más conveniente mantener monasterios poderosos y bien defendidos dentro de las lindes de las Asturias Inferiores, donde estaban los dominios del rebelde.
   Por todo esto don Pedro depositó en su hija todas sus esperanzas, las únicas posibles, ya que de otro modo se veía sin opción alguna frente a Eslonza. Se mirara por donde se mirara el señorío de Soto era como un rata de campo frente al águila poderosa de Eslonza, cuya mirada abarcaba todo desde las alturas.
   Sin poder arrodillarse frente al crucifijo, le suplicaba derramara sobre su hija la gracia que nunca tuvo para que supiera complacer al rey y para que se quedara preñada, porque la niña tenía veinticuatro años y eso ya era una edad.
   __No me digáis que vos no os ocupáis de estos menesteres. No miréis para otro lado. Bueno mirad para que no os incomode, pero no impidáis que la naturaleza siga su curso y si no pudiere, ayudad un poco.
   Doña María rezaba también a todas horas para que cayeran piezas mayores en las trampas y para que su hija se quedara preñada, o de lo contrario su esposo se lo recriminaría de por vida.
   Doña Gontrodo por su parte, era feliz como nunca lo había sido, amada sin descanso por el rey de León. Alfonso no pensaba en otra cosa que en su novia albina, ardiente como pocas. La nevada continuaba y propiciaba la pasión de los amantes encerrados en las habitaciones del rey.
   Entretanto Juan García había averiguado cosas. El botánico del monasterio local era primo lejano del abad de Eslonza y además de en plantas, era un experto en mujeres, sobre manera en la hija del palafrenero principal de la Torre, casada y madre de dos hijos pelirrojos como el botánico. Cuando el fraile científico salía al campo a recoger plantas y bayas, se encontraba con su amada en la ermita del Santo Mártir y allí, en tierra sacra, daban rienda suelta a su pasión; por ello su adulterio, el de ella, estaba bien visto por Dios, según el fraile lascivo, porque se realizaba en una de sus embajadas en la tierra y todo lo que dentro de ellas se hiciere o tratare jamás molestaba al Señor. De lo contrario no lo consentiría. De este modo tan simple justificaba el botánico sus amoríos y las fechorías de otros de la misma o peor calaña.
   Juan García no compartió este hallazgo con el otro Juan, porque era demasiado impulsivo y podía dar al traste con el secreto necesario para avanzar: no era bueno que el botánico notara que conocían sus andanzas y se pusiera en guardia. No obstante rondó por las cuadras para hablar un rato con los palafreneros y se enteró, sin pretenderlo, de algo bastante decisivo para la investigación.
   Los sirvientes, jóvenes la mayoría, interrumpieron la animada cháchara entre ellos, mientras limpiaban las bestias con las almohazas[2], para saludar respetuosamente a don Juan García. Este les conminó a continuar con sus cosas como si él no estuviera presente.
   __Solamente he venido para ver los potros__ les informó, ante la expectación levantada.
   Los muchachos tardaron un tiempo en reanudar la conversación, mientras García contemplaba los potros como si estuviera muy interesado en ellos. Ya iba a marcharse cuando algo le llamó la atención. Alguien mencionaba una hambruna en algún punto del reino.
   __ ¿Hambruna?__ preguntó.
   __Si señor, e irá a más.
   __ ¿Pero, donde?
   __En los confines del reino, en la frontera con los almohades. Allá por tierras de Jaén. No llueve desde hace mucho tiempo. El ganado se va muriendo por falta de alimento. Los animales salvajes devoran el poco que queda, las gentes no tienen para comer y las guarniciones militares de la frontera, tampoco. Urge alimentarlas. El rey ha ordenado enviar salazones y grano y sal para todos, hombres y caballos, pero el alimento escasea, las trojes de Castilla están casi vacías. Sería necesario ganado en abundancia y pescado, porque si se demora demasiado el envío, las tropas sucumbirán. Lo bueno es que los moros del otro lado están igual, aunque a ellos les envían por mar comida desde África. Sería bueno que a los nuestros les llegaran también.
   __Se necesitan con urgencia reses y grano y peces.
   __Si señor. Con mucha urgencia.
   __Lo que abunda en Berbio__ pensó García__ ¿Quién te ha informado muchacho?
   El palafrenero dudó, mientras don Juan le apremiaba con la mirada y con el gesto. El joven miró a sus compañeros que le observaban mudos. Don Juan insistió:
   __Es importante que me informes, hijo; si lo que te han dicho es cierto, el reino se halla ante un problema gravísimo. Debo informar a mi señor para que este hable con el rey.
   __Mi madre me lo ha dicho, señor. Ella lo sabe__ respondió el joven bajando la mirada.
   El resto de palafreneros sonrieron maliciosamente. Juan García reparó entonces en el color del pelo del muchacho. No necesitó saber nada más. Salió apresuradamente haciéndose un resumen de los hechos. Hambruna en las fronteras del sur. Eslonza apremia porque necesita alimentos. Tiene salinas pero no hay mucho para conservar. Berbio tiene escanda, ganado y peces. Necesitan el monasterio con todo y el emperador está en la Torre con don Pedro y, lo que es peor para sus intereses, con la hija de este; conociendo las veleidades del monarca están casi seguros de cuál será el fallo de la Curia Regia. Hay que actuar.
   Casi sin resuello llegó a la Torre y buscó a don Pedro. El señor de Soto le escuchó atentamente.
   __Supongo que el rey conocerá la hambruna__ replicó.
   __Supongo. Pero detenido aquí no puede hacer gran cosa. Deberíais hablar con él.
   __No sé como…
    __Entiendo. Hablaré con don Juan Tabarés y veremos el modo.
   __En León habrán tomado medidas en ausencia del rey.
   __No estoy seguro de que conozcan la situación.
   __De acuerdo, hablad con don Juan.
   Los dos Juanes tuvieron una charla prolongada. El berciano no conocía la noticia de la falta de alimentos en la frontera del sur y teniendo en cuenta lo que nevaba aquí parecía imposible que hubiera sequía en parte alguna.       Además se resistía a culpar a los benedictinos y el color del pelo del palafrenero le parecía una prueba poco consistente. No obstante, ante el apremio de Juan García se avino a informar al rey.
   __A la hora de la comida se lo diré. Voy a hablar con Manrique para que disponga todo.
   En ese momento preciso, dejó de nevar y asomó un sol potente como si acabara de venir al mundo y precisara brillar con furia para subsistir. De continuar así fundiría la nieve en un pispás.
   Doña María no daba crédito ¡por fin! sus plegarias eran escuchadas. Don Pedro también se alegró porque ya no soportaba el dolor de su pierna mordida por la humedad y el frío.
   __Supongo que habrá habido tiempo para la preñez. De todos modos esto no podía durar eternamente. Confiemos.


Mapa de España en aquella época.



Continuará...










[1] Salinas.
[2] Rasqueta o rascadera para limpiar los caballos.

Érase una vez

IV




 Mientras continuaba la nevada, el rey de León, don Alfonso el séptimo y doña Gontrodo Petri continuaron sin tregua sus encuentros amorosos. La joven allerana no volvió a acordarse de su marido ni cuando se hallaba a solas, puesto que Alfonso, como había dado en llamar al rey, era un buenísimo amante y parecía totalmente rendido a sus encantos.
   Don Pedro y doña María casi no se hablaban en los escasos momentos en los que se veían. Don Pedro prefería no escuchar a su esposa ni tan siquiera ver su cara de consternación cuando preguntaba por los amantes. Esa mañana, no obstante, los hados quisieron que ambos se encontraran un momento en el refectorio para que don Pedro murmurara antes de irse:
   __A ver si la niña cumple y se queda preñada.
   __ ¡Cómo! ¿Sería necesario?
   __Sería perentorio__ sentenció don Pedro saliendo de la estancia.
   __ ¡Aulagaaaaaa! Que venga Aulaga__ casi suplicó a sus sirvientes.
   Cuando llegó la hechicera doña María lloraba con desespero. Todo eran problemas y ella ya no sabía qué hacer. Cada decisión que tomaba estaba errada a criterio de don Pedro. Doña María no entendía para que necesitaban un bastardo con la mala fama que tenían.
   __Haz que se quede preñada.
   Aulaga no preguntó, pero hizo notar algo.
   __El efecto de la hierba que toma para lo contrario tardará en retirarse unos días.
   __ ¿Cuántos?
   __Tres o cuatro, cinco incluso.
   __ ¿No puedes darle algo para anular el efecto?
   __No. Ya toma demasiadas cosas. Dejemos que cada una siga su curso natural.
   __Que no deje de nevar entonces.
   __Estoy en eso. Don Pedro me lo pidió.
   __Menos mal. Me voy a mis aposentos, ya no puedo más.
   Cuando estaba a punto de tomar la escalera, el encargado de la despensa la interceptó con cara de preocupación.
   __Señora, no hemos podido ir de caza y en las trampas solamente han caído conejos y un raposo. Las ocas se terminan hoy. ¿Qué hacemos?
   __Los cerdos__ respondió doña María con la mirada perdida.
   __De acuerdo.
   __¡Despensero!
   __Señora.
   __Reza para que caigan jabalíes en las trampas.

   Mientras los amantes se amaban como corresponde y los señores de la fortaleza se preocupaban por motivos diferentes, los dos Juanes continuaban la investigación del crimen.
   Juan García sabía varias cosas. Los frailes de Eslonza eran benedictinos como los del monasterio vecino a la fortaleza, que aunque en territorio de don Pedro, obedecían a la orden y era lógico que desearan las tierras en litigio, que no eran cosa baladí, para sus compañeros de hábito. ¿Qué tenía eso que ver con la muerte de Camponegro? Pudiera parecer que nada en absoluto, pero a estas alturas Juan García ya tenía una sospecha fundada de la que no hablaba porque solamente era eso: sospecha, indicios. Sin embargo había motivo y eso era importante. Si hay motivo, ocasión y beneficiario, hay criminal. Otra cosa iba a ser hallar pruebas. Pero tiempo al tiempo. El abad había sido invitado a última hora; doña María fue quien se dio cuenta del olvido y don Pedro envió un emisario a invitarle en nombre del rey y en el suyo propio, haciéndole notar que la tardanza había estado motivada por no saber exactamente si el rey iba a llegar para la cena o no.
   García cotejaba cada día las pesquisas con Juan Tabarés. Este había averiguado que el hijo de don Alvar muerto en combate, se hallaba muy lejos de los leoneses, en el flanco opuesto, porque en la toma de Gauzón no se habían mezclado las tropas. Cada una había cumplido un cometido diferente. Por tanto no había ningún leonés entre los asturianos, ninguno por ende, sospechoso de nada. O sea que la probabilidad de que los caballeros trataran de envenenarse mutuamente por rencillas de la batalla, era remota. Entonces ¿para quién era el veneno? Según él para el rey o para don Pedro. ¿Por qué? Por el litigio con la orden de San Benito.
   __ ¿No iréis a pensar que alguien alentado por la orden ha cometido el crimen?
   __ ¿Por qué no?
   __Es muy grave acusar a la orden de tratar de asesinar al rey.
   __Tal vez no fuera al rey. Probablemente fuera a don Pedro. Tratar de envenenar al rey es improbable puesto que su ayudante prueba cada copa de vino y cada vianda antes de que el rey las toque. Aunque siempre hay un resquicio. Nada es imposible. Pero a don Pedro es fácil. Por otra parte el rey no acudió a la cena, con lo cual la teoría del veneno para el rey se desvanece por sí misma.
   __El copero trae el vino en las jarras y de esas jarras se sirven todos, incluso el rey, no sé como…
   __No ha sido el copero. Alguien puso el veneno en una copa específica…
   __En la de Camponegro.
   __Tal vez no. Acompañadme al refectorio. Vamos a hacer otra reconstrucción.
   Volvieron a precisar los servicios del copero no tanto para que les indicara  donde estaba sentado cada caballero, sino para que  detallara lo más exactamente posible, de qué modo se sirvió el vino, una vez que los caballeros comenzaron a levantarse de sus puestos.
   __ ¿Eso aconteció una vez que don Pedro se retiro, verdad?__ Preguntó el leonés que no estaba muy de acuerdo con las sospechas del otro Juan.
   __No, no señor; ocurrió toda vez que doña María se fue.
    Juan García le interrogó con la mirada e hizo un gesto ostensible para que continuara el relato.
   __Cuando la señora se levantó para irse, los comensales se pusieron en pie, y a partir de ahí, comenzaron las charlas informales y los corrillos; algunos caballeros no volvieron a sentarse y otros lo hicieron en puestos diferentes al que ocupaban desde el principio. Don Pedro ordenó dejar el vino sobre la mesa y que cada caballero se dispensara a su gusto. Yo, no obstante, permanecí atento, porque los caballeros están acostumbrados a que les sirvan.
   __Fue en ese momento cuando se envenenó la copa que bebió don Alonso.
   __ ¿Participó el abad en los corrillos o permaneció en su sitio?
   __ ¡Qué manía habéis cogido con el buen abad!
   __El abad continuó sentado. No está el buen hombre para muchos trotes, casi se queda dormido. Permaneció en su puesto y mantuvo una cierta conversación con don Alvar.
   __ ¿Y don Gualtero?
   __Don Gualtero se levantó porque la pierna le dolía bastante y daba pequeños paseos alrededor de la mesa, parándose cuando era preciso, cuando el dolor se agudizaba y vuelta a empezar. Apenas probó el vino, lo necesario para tragar la cena.
   __En una de esas vueltas pudo envenenar el vino__ apuntó el leonés convencido.
   __ ¿Quien acompañó al abad?
   __Lo acompañó otro fraile que cenó en la cocina. Allí estuvo hasta que el prior lo mando llamar para irse, una vez que doña María abandonó el refectorio.
   __Pero no se fueron inmediatamente…
   __No señor, tardaron un buen rato, hasta que don Pedro se retiró.
   __ ¿Y que hizo el fraile?
   __Estuvo tras la silla del abad y luego se acercó al fuego, mientras el abad conversaba con don Alvar.
   __Frente al fuego estaba el puesto de don Pedro.
   __Si señor.
   __Muy interesante. ¿Alguna vez lo perdiste de vista?
   __Si señor, muchas. Los caballeros se movían y yo les seguía con la jarra de vino. Me llamaban continuamente de un sitio y otro.
   __ ¿El fraile bebió?__ preguntó Juan el leonés.
   __No, no señor. El abad si, bebió bastante.
   __O sea que nuestro fraile pudo tener acceso a la copa de don Pedro…
   __Los caballeros no se separaban de las copas de vino.
   __Los caballeros tal vez no, pero don Pedro pudo haberla dejado sobre la mesa en algún momento…
   __Como poder sí que pudo…
   __ ¿Tú no observaste nada así? ¿No viste su copa sobre la mesa?
   El copero pensó un buen rato. Juan García le dejó a su aire.
   __La copa de don Pedro, permaneció sobre la mesa, si. Don Pedro la dejó allí, para mayor comodidad, supongo. Porque lleva el bastón en la derecha y sostener cualquier cosa con la izquierda le acaba molestando. Además, la pierna le duele tanto, que precisa apoyarse en el bastón con ambas manos, y eso fue lo que hizo mientras conversaba de pie con los caballeros.
   __O sea, que la copa de don Pedro permaneció sobre la mesa durante casi toda la sobremesa.
   __Si señor. Pero le hago notar que don Pedro no bebió. Yo no recuerdo haberle vuelto a servir.
   __Pero eso el asesino no podía saberlo.
   __ ¿A dónde queréis llegar?__ inquirió el leonés__ Os noto muy empecinado con vuestra teoría.
   __Mi teoría tiene más enjundia de la que vos creéis. Muerto el can terminó la rabia o dicho de otro modo: Sin don Pedro, no hay pendencia con el abad de Eslonza.
   __Y lo envenenan así, estando el abad de aquí presente en la cena…
   __El abad y un montón de caballeros astures y leoneses. Mucha gente sospechosa, caballeros enfrentados por un sinfín de historias: rencillas, cuernos, pendencias de todo tipo… ¿Quién va a sospechar de unos frailes y en concreto de un abad achacoso y viejo que casi se duerme, que de hecho se durmió sobre la mesa en algún momento.
   __No lo veo.
   __Pues yo si lo veo y os lo voy a demostrar: Alonso de Camponegro fue hallado muerto aquí ¿verdad copero?
   Mientras el copero asentía Juan García se sentó en el puesto que ocupó don Pedro.
   __Supongamos que Camponegro se sentó aquí en un momento de la sobremesa, cuando ya don Pedro se había retirado.
   __Si, lo hizo__ confirmó el copero.
   __Bien. La copa de don Pedro permanecía en su sitio llena de vino y Camponegro la bebió y se envenenó, se sintió mal y al tratar de levantarse se desplomó aquí, delante de la chimenea…que fue donde se le encontró. Los caballeros tardaron en apercibirse porque la mayoría estaban ebrios y muchos dormidos de cualquier manera. En principio, que Alonso estuviera desplomado en el suelo no llamó la atención, hasta que los caballeros comenzaron a irse, ya amanecido.
   __Eso es solamente una teoría.
   __Es una buena teoría__ aseveró el copero.
   __Tú te callas. Tu opinión no cuenta.
   __Si cuenta. Demuestra que es una deducción lógica.
   __Bien. Sabemos que don Alonso murió y suponemos que el veneno era para don Pedro, pero ¿quién lo puso en la copa? Esa es la cuestión.
   __El fraile que acompañó al abad. Es el único que tenía motivo. Y no el fraile en concreto__ se apresuró a precisar Pedro García, ante el gesto de escepticismo del otro Juan__ sino la orden. La orden tenía y tiene motivo para querer muerto a don Pedro y habiendo motivo y ocasión hay asesino.
   __Tendréis que probarlo.
   __Lo haré, no os quepa duda.





 Continuará...

Érase una vez


III



Don Alfonso, rey emperador, quedó fascinado por el físico de Gontrodo Petri. Su tez blanca como la nieve, sus ojos traslúcidos, sus trenzas albinas, su porte esbelto y sus maneras delicadas, le habían hecho cosquillas en el estomago, incluso cuando le tomó la mano para conducirla a su lugar en la mesa, su entrepierna comenzó a darle problemas. Hacía mucho que no estaba con una mujer y aquella le gustaba más de lo aconsejable, teniendo en cuenta que era la hija de su anfitrión y que estaba casada. Aunque, bien mirado, su anfitrión parecía empeñado en ponérsela en bandeja y el no tenía por qué ser descortés.
   Doña María, obedeciendo a su esposo,  había tenido una charla con la niña y le había hecho saber la conveniencia de ser amable con el rey.
   __Querréis decir cortés madre. Yo lo soy, y educada. Vos me lo enseñasteis.
   __No; quiero decir amable, que no es igual. Amable…es un hombre ¿comprendes?
   __No muy bien; yo estoy casada, madre.
   __Olvida eso. Comencemos de nuevo. Don Alfonso no es un hombre.
   __ ¿Ah no? En qué quedamos…
  __ No es un hombre cualquiera. Escúchame bien. Es el rey. Es el emperador de León. Y se ha fijado en ti y tú debes corresponder.
   __ ¿Y mi esposo?
   __Olvídate de que estás casada.
   __Pero mi esposo llega mañana.
   __Tu padre ya lo ha arreglado.
   __ ¿Qué queréis decir?
   __Que tu esposo regresa a Ovetum. Se necesita allí una guarnición y no preguntes más. Centrémonos en lo que estamos.
   __ ¿No a va a volver nunca?
   __Si mujer. Volverá cuando deba volver. Cuando el rey se vaya.
   Ni doña Gontrodo entendió muy bien el por qué de esa insistencia en arrojarla en brazos del rey, ni doña María quedo satisfecha con las entendederas de su hija. Por otra parte era lógico; le había inculcado desde niña la importancia de ser una esposa abnegada, indulgente y fiel con el esposo, por encima de cualquier otra cosa. “La virtud es el bien más preciado que posee una dama y a ella te has de entregar por sobre todas las cosas. Nunca, nunca jamás, ¿me oyes? Nunca debes ser infiel a tu esposo. Antes te has de quemar con carbones encendidos la parte de tu cuerpo que pretendas entregar a otro hombre”.
   __Anda que tú también__ le había recriminado don Pedro cuando hablaron al respecto.
   __Es lo que me enseñaron a mi__ protestó doña María.
   __Pues cámbiale la norma. Mira de que le entre por la cabeza. Hay mucho en juego. Muchísimo. Es una orden, esposa.
   Doña María, temerosa de que su hija no estuviera  a la altura de las pretensiones del rey, llamó a Aulaga y le pidió ayuda. Después de todo había sido una suerte que la hubiera hecho venir a la Torre. Así la tenía a mano para cualquier emergencia.
   __Le hare una infusión de Epimedium.
   __ ¿Qué es eso?
   __Es la hierba que comen las cabras espontáneamente antes del celo anual.
   __ ¡Dios mío! ¿Será seguro?
   __A las cabras no les ha fallado jamás. Y mejor no invoquéis a Dios para estas cosas.
   __Pues ponte a ello, porque la necesito ¡ya! Ah y otra cosa: sería bueno que no quedara preñada.
   Cuando la curandera se fue, doña María se dirigió a orar a la capilla, pese a la opinión de Aulaga unos rezos a la Virgen del Pino Ardiente no vendrían mal; al fin y al cabo eran madres las dos.
   Mientras su madre rezaba, Gontrodo esperaba un tanto turbada, la prometida visita de don Alfonso quien le había solicitado una entrevista en sus aposentos. La bella albina bordaba con sus amigas esperando la cita con el rey de León. Por lo que había observado en el desayuno, Alfonso era bien parecido; algo mayor que ella, no demasiado alto, pero bien formado y agradable. Tenía buenos modales y había sido con ella sumamente cortés. Gontrodo no entendía del todo que podía querer de ella si ambos estaban casados, ni mucho menos por qué su madre, que siempre había sido de moral muy estricta, estaba ahora tan tolerante.
   La puerta se abrió para dar paso a un rey sonriente y relajado. Sus amigas se levantaron a coro y se fueron tras una profunda reverencia, el séquito del rey también se retiró y ambos se quedaron solos. Alfonso se sentó al lado de la joven allerana y se interesó por sus hijos.
   __ Son tres soles, alteza. Sebastián, Diego y Aldonza. Son mi alegría y la de su padre.
Gontrodo fue consciente demasiado tarde de que no hubiera debido mentar a su marido, no obstante el rey con mucho tacto, invocó a su esposa Berenguela de Barcelona.
__Nosotros aun no hemos sido bendecidos con hijos.
__Pronto lo seréis, señor, lo presiento.
__Decís bien; yo también lo presiento.
__Doña Gontrodo no se si sois consciente del agrado con que os veo. Habéis despertado en mí un sentimiento de admiración, una atracción, como hace mucho no experimentaba por mujer alguna.
__ ¿Y dona Berenguela?__ insistió Gontrodo, metiendo la pata de nuevo.
   __En León, supongo que bordando, como casi siempre__ respondió el rey acercándose.
   __Señora__ suspiró Alfonso tomándola de la mano__ señora, os amo.
   __ ¿Ya? ¿Tan pronto?
  __No tengo mucho tiempo. En cuanto escampe deberé partir. Pero antes deseo haceros mi dueña. Deseo daros mi amor sincero. Deseo fundirme con vos en un solo ser, que seamos un solo cuerpo y una sola alma, una sola cabeza y un solo corazón ¡ Gontrodo, señora, señora!
   La joven allerana había enrojecido como una amapola y luego se había privado por completo, dejando al rey sumido en un soliloquio amoroso cada vez más ardiente. Alfonso le dio dos suaves palmaditas en las mejillas y luego otras dos un poco más sonoras, hasta que ella abrió los ojos, le miró, se puso bizca y volvió a privarse.
   Alfonso pidió ayuda y su asistente Manrique entró solicito e intrigado de que el rey emperador necesitara auxilio estando con una dama.
   __Se priva continuamente.
   __ ¿Qué le habéis hecho?
   __Nada, en absoluto. Así no hay manera. Avisa a su madre, no vaya a ser que tenga algún problema que desconozcamos.
   Doña María se llevó un disgusto y tomó la decisión de no contarle nada a su esposo, para no llevarse una reprimenda, además. Después de volver a sermonear a la niña, apremió a Aulaga con los remedios.
   __Dale también un reconstituyente o algo para que no se prive como una tonta cada dos por tres, y recuerda que no debe quedarse preñada.
   __La vamos a matar con tanto bebedizo.
   En el ínterin, don Pedro imploraba a Dios y a todos sus santos conocidos para que no cesara de nevar y el rey no se fuera sin solucionar su pugna con el abad de Eslonza, mientras doña María hacia lo propio para que cesara la nieve y se pudiera cazar, porque los animales de la fortaleza se extinguirían sin remedio con tanta voracidad. Las oraciones ascendían y se cruzaban y se contradecían volviendo loco al encargado o encargados de darles curso o prioridad ante el Altísimo.
    Gontrodo tardó dos jornadas en reponerse del todo; cuando esto ocurrió, estaba lozana y un tanto agitada esperando de nuevo al rey. Notaba como una especie de euforia que le recorría el cuerpo y sin embargo sus mejillas no estaban arreboladas aunque sentía un calor impropio para la temperatura que había en la fortaleza, fría como un carámbano, aunque ardieran buenos fuegos en los hogares.
   Alfonso entró sonriente de nuevo, aunque receloso en el fondo. Se saludaron y el rey le tomó directamente la mano y se la besó, mientras la miraba de soslayo, esperando de nuevo el arrebol y la privación. Pero no ocurrió nada de eso. Gontrodo, sonriendo con dulzura y con cierta apreciable lascivia, o eso creyó percibir Alfonso, tomó la cara del rey con ambas manos y le besó en los labios suavemente. Alfonso, gratamente sorprendido, se abalanzó sobre ella devolviéndole el beso y muchos más, mientras trataba de quitarle el vestido, tarea ardua, por lo cual optó por levantarle la falda directamente, a la vez que ambos resbalaban hasta la alfombra delante del fuego, que sorprendido, se tornó a bailar una frenética danza al unísono de los amantes, iluminando su pasión y acompañando con su crepitar sus gemidos y sus gritos. Así pasó la tarde y la noche.
   __ ¿No han cenado ni nada?__ inquirió preocupada doña María cuando su esposo se lo comunicó.
   __Ay señor, señor__ dijo don Pedro mirando al cielo mientras se iba dando un portazo. No obstante volvió sobre sus pasos para advertir a su esposa.

   __No se te ocurra hacer que les lleven ningún refrigerio. Si desean alguna cosa el rey la pedirá. Quedas advertida.

Alfonso VII, el emperador



Continuará...