Cuento de Navidad








—¿Permite que me siente con usted?
   Julián levantó la cabeza sorprendido. Un hombre mayor con buen aspecto le sonreía mientras esperaba respuesta.
   —Sí, si, por supuesto, siéntese, como no.
   —Hay más asientos libres, como verá, pero uno está al lado de la puerta, otro está en el trayecto de la gente que entra y sale,  y el otro al fondo, sin ventana, y soy un poco claustrofóbico…
   —No hace falta justificación. Aquí hay sitio para ambos de sobra y así no como solo por un día.
   —¿Come siempre solo?
   —Sí. No me gusta mucho la gente. Desde que falleció mi hijo…lo llevo mal. Reconozco haberme enfadado con el mundo, que no tuvo culpa.
   —Disculpe, le he invadido y no me he presentado; me llamo  Yeshúa. Si, soy hebreo…judío, vaya.
   —Yo no…quiero decir que no me llamo Yeshúa…Me llamo Julián. Julían de la Peña…
   Ambos rieron mientras se daban la mano.
   —¿Usted también está solo?
   —Si.
   —¿Vive por aquí?
   —Viajo mucho. Ya sabe: el judío errante, ja ja ja.
   —Aquí no hay comida kosher.
   —No se preocupe, no soy ortodoxo. Como de todo. Ya le digo, voy por todo el mundo y en algunos sitios, bueno en la mayoría, sería complicado seguir un régimen kosher ¿Comprende?
   Julián asintió. El forastero le había caído bien, para variar. No era que la gente le cayera mal, era que él no quería tratos con la gente, desde el accidente de su hijo. El mundo le había decepcionado.
   —Voy a pedir pescado —dijo el anciano— tiene buena pinta.
   Hablaron animadamente mientras comían. Julián comenzó a sentirse bien por vez primera en muchos años. El judío era un hombre que trasmitía paz y confianza. El nunca había conocido ninguno, o por lo menos, no era consciente de ello. De todos modos eran personas como las demás, con un aura de leyenda negra desde los reyes católicos que ni siquiera el Holocausto pudo hacer olvidar. Era decir judío y todo el mundo se ponía alerta.
   Terminaron la comida con un buen habano,  y hablando de lo humano y lo divino se entró la tarde. Julián se había quedado sin siesta.
   —¿Qué tal si damos un buen paseo? Más que nada para bajar el tocinillo de cielo con nata, que nos hemos tomado una buena ración  —Rió Yoshúa.
   —Me parece de perlas.
   Se fueron por el paseo del río. La tarde se había mantenido serena, pese a las previsiones del tiempo, y la temperatura era la ideal para estar al aire libre.
   —Perdón Julián, me había dicho algo de un accidente— pregunto Yoshúa al ver unos jóvenes que les adelantaron haciendo running.
   —Sí. Mi hijo.
   —Si le incomoda no me hable de ello.
   —Creo que me hará bien. Llevo mucho tiempo callado.
   Julián se apoyó en la barandilla mirando el río, limpio y remansado alrededor de las rocas que sobresalían, redondas, pulidas y limpias, llenas de aves descansando al sol, apurando el ultimo calor, disfrutando  con jolgorio de lo que la vida les ofrecía. Tragó saliva y levantó la vista al horizonte tropezando con la cadena de montañas, aun sin nieve, de cumbres desgastadas por la erosión del trascurrir del tiempo, como su vida. Pensaba en su hijo y se le secaban la boca y el alma. Se volvía ausente. Su cabeza quería comenzar la historia para aquel judío amable, pero su corazón se ahogaba, le faltaba el aire, no podía articular palabra.
   —Fue una noche nefasta. Mi hijo había salido a cenar con unos amigos para despedirse. Se iba a Estados Unidos con una beca Fulbright —Julián tragó saliva, le costaba hablar de su hijo en pasado. Era como viajar a la nada, al caos, al vacío. Tardó un buen tiempo en continuar—. Luego de cenar, se fueron a tomar unas copas y por último, ya de madrugada, llevó a casa a un par de amigos que habían bebido demasiado. Uno de ellos vivía en la sierra, a unos cuantos kilómetros. Según  el informe de la Guardia Civil, el no vivió para poder contármelo, tuvo que dar un volantazo para esquivar un coche que le salió en una curva por el medio de la calzada. El coche de mi hijo se salió de la carretera, rompió el quitamiedos, bajo una pendiente, chocó violentamente contra un árbol y se incendió… mi hijo había perdido el conocimiento y no pudo salir…
   Julián no pudo impedir que los sollozos ahogaran las palabras. Una y otra vez contemplaba la escena impotente: su hijo quemándose vivo y el consumiéndose a la vez, impotente, paralizado, muerto también en vida.
   —El otro conductor, el que causó el accidente, no se detuvo. Cuando la Guardia Civil le localizó, días más tarde, dijo con el mayor cinismo,  que no había sido consciente de nada. Pero con todo, lo peor fue que, detrás de mi hijo, venía una furgoneta; una furgoneta de reparto que se dirigía al almacén a recoger la carga para la jornada. Paró, eso sí. Pero al ver estallar el coche y comenzar a arder, salió a toda prisa y ni siquiera avisó a la policía. El aviso hubiera servido de poco para mi hijo, pero es que él llevaba un extintor; un extintor, ¿comprende? Si se hubiera bajado y lo hubiera utilizado cuando comenzaba el fuego, mi hijo estaría vivo…porque murió calcinado. Solamente estaba inconsciente…Si hubieran parado los dos…Si le hubieran ayudado…Ya estaría fuera del vehículo cuando comenzó el fuego y de todos modos, con el extintor de la furgoneta… Dios, cuanta insolidaridad, cuanto egoísmo…Dios…
   Yeshúa le dejó llorar. Ni siquiera le consoló, le permitió llorar un buen rato. Julián se fue calmando y entonces el judío le tomó suavemente del brazo y le condujo hasta un banco cercano donde tomaron asiento.
   —¿Por qué Dios lo consintió? ¿Por qué consiente Dios que estas cosas ocurran?
   —Si me permite corregirle, le diré que yo creo que Dios no controla nuestro día a día. Él nos da albedrío para actuar. Conocemos las leyes y las normas y estamos dotados de inteligencia para comprender y tenemos conciencia para reaccionar y para actuar con empatía. Dios nos enseñó a ponernos en el lugar del otro. Dios no puede obligarnos a tenerlo siempre presente. Eso depende de cada uno. Su hijo no lo haría. Usted lo sabe y yo también. Su hijo era un hombre de bien, como usted. Eso debe de confortarle. Si hubiera ocurrido al revés, su hijo sería un héroe reconocido, pero, usted sabe que en el mundo existen todo tipo de gentes  y ustedes dos se han tropezado con otros dos que no son como ustedes. Esto es así.
   —Me gustaría tener su perspectiva, pero no puedo ver las cosas con esa tranquilidad…no, no puedo.
   —Es natural. Pero no se mortifique extendiendo la culpa. Ha sido un suceso de tres. Su hijo tuvo esa mala fortuna y los otros dos ya están pagando su error. Hasta ahí llega. En el mundo hay mucho canalla y mucho cobarde, pero para compensar hay muchas buenas almas. Muchas. Muchas más de las que usted se imagina. Es que lo malo se ve más…
   —Si yo pudiera hacer algo…si se me permitiera poder hacer algo… Quisiera ver a mi hijo…quisiera…
   Julián volvió a sollozar con desconsuelo. Yeshúa le abrazó esta vez y le dijo:
   —Lo verá…yo haré que se encuentren.
   Julián no lo escuchó; es que Yeshúa creyó haberlo dicho en voz alta, pero no lo hizo. Sin embargo su mente, dio la vuelta al mundo en un segundo, y encontró la solución, que por otra parte tampoco estaba tan lejos. Se hallaba en el albergue de extranjeros unas calles más abajo.

   Habían transcurrido unos cuantos días, Julián confiaba en volver a ver a Jeshúa; así se lo había manifestado el judío cuando le dejó en su portal aquella tarde. Pero no había vuelto por el restaurante. Preguntó al personal si lo habían vuelto a ver y todo el mundo negó con la cabeza. La Navidad se acercaba y la gente andaba estresada porque no daba abasto para hacer las compras navideñas tras la jornada; miraban el reloj y cuando veían entrar un cliente a deshora les cambiaba la cara, fruncían el ceño y procuraban servirle a toda velocidad.
   —Así no se trata a la clientela. Luego protestarán cuando se queden sin empleo. Entonces ni compras ni nada…
   —Entonces será el llanto y el crujir de dientes…ja ja ja —respondió Jeshúa que acababa de entrar.
   Pero no estaba solo. Venía acompañado de un africano  joven.
   —Le presento a Jonasi. Es ugandés; él y su familia huyeron del país. ¿Permite que nos sentemos con usted?
   —Por supuesto. Me alegra volver a verle. Había preguntado por usted.
   —Debería haber vuelto antes, disculpe, pero estuve muy ocupado. Ahora le cuento.
   Pidieron la comida. Mientras esperaban, Jeshúa se dispuso a contarle las vicisitudes de Jonasi y su familia.
   —Resumiendo bastante para no agobiarle, le diré que tuvieron que salir huyendo de Uganda ante los crímenes de un señor de la guerra llamado Joseph Kony ¿no sé si le suena de algo? —Julián negó con la cabeza— Bien, pues este criminal lleva décadas enfrentado al ejército de Uganda, con la excusa de reclamar derechos para su etnia, los Acholi. El padre de Jonasi era un funcionario del gobierno llegado a la zona para informar de las condiciones reales de vida de los Acholi y tratar de mejorar, en lo posible, su realmente miserable existencia. Es un hombre bueno que se implicó realmente en la defensa de esta etnia y se enfrentó incluso con el gobierno que no tenía demasiado interés en ellos y simplemente le había enviado como tapadera, para frenar el descontento. Pronto se vio entre dos fuegos y fue incomprendido y perseguido por ambos. Un día los paramilitares de Kony raptaron a su mujer y a su hija, la madre y la hermana de Jonasi, a las que no volvieron a ver. Revolvieron cielo y tierra, echaron mano de todos sus conocidos y contactos, hablaron con guerrillas, con militares, con misioneros, con oenegés, con la prensa extranjera. Escribieron a gobiernos, a las naciones unidas, a la unión europea…mientras eran perseguidos, tiroteados, acosados por todos: ejército y guerrillas. Se puso precio a sus cabezas y tuvieron que huir del país. Le diré que Jonasi estudiaba medicina en la universidad de Kampala. Dejando todo atrás huyeron a pie hasta lograr cruzar la frontera y llegar a Sudán. Fue un viaje duro sin agua ni comida. Ya en Sudán fueron auxiliados en una misión francesa que les consiguió un medio de trasporte para llegar a Khartoúm. Tras un tiempo en la ciudad sobreviviendo malamente, decidieron avanzar hasta Egipto, para poder, desde allí, llegar a Europa, pero…el hombre al que entregaron hasta el último centavo que tenían les engañó y les dejó en manos de las mafias sin alma y sin escrúpulos que les trasladaron a Libia para ser vendidos como esclavos.
   —¿Esclavos? —se asombró Julián.
   —Sí, esclavos en el siglo XXI y a las puertas de Europa. Es largo y complicado el relato. Resumiendo le diré que fueron separados y que Jonasi tuvo suerte de que a su grupo le descubrieron militares de naciones unidas, que los liberaron. Su padre le había dicho que en caso de separación tratara siempre  de llegar a Europa. Desde allí podría hacer algo por él. Era el único modo de sobrevivir y de hacerse oír. Escaparon del control de los cascos azules, lo cierto es que tampoco hicieron mucho por retenerlos, Libia es un caos absoluto, y de nuevo caminando, sin comida, sin agua y sin dinero, llegaron a Túnez…
   —¿Su padre continua en Libia?
   —Sí. Puede preguntarle a él; entiende y habla español bastante bien. Sería bueno encontrarle acomodo en alguna familia que le quisiera acoger, para que pudiera terminar sus estudios y para ayudarle a proseguir la lucha para liberar a su padre.
   —Eso va a ser imposible.
   —¿El que va a ser imposible?
   —Encontrar a su padre.
   —Nada es imposible —respondió Jonasi en un buen castellano.
   —Y, aunque lo fuera, ayudaríamos a otros y haríamos publicidad para que se conozcan estas atrocidades. Yo movería todos mis contactos para saber donde se encuentra el grupo del padre de Jonasi. Quiero proponerle algo: Échenos una mano; usted tiene posibles y conoce gente y sabe moverse, implíquese en nuestra causa…tiene tiempo y le hará bien. Créame. Piénselo. Jonasi es muy buen muchacho, merece una oportunidad. Yo respondo por él.
   —Me gustaría, pero no sé como…
   —Yo le guio. No se preocupe. Va a ser Navidad es una buena época para implicarse. Le dejamos porque Jonasi tiene que regresar al CIES. Volveremos a vernos.
   Jeshúa y Jonasi se fueron después de darle las gracias por atenderlos. Cuando ya habían cruzado la calle Julián salió y les llamó.
  —Si usted responde por el chico, yo puedo acogerle en mi casa. Podemos probar…si resulta bien, yo puedo ayudarle a terminar la carrera…
   —Necesita papeles.
   —Yo me ocupo. Podemos quedar mañana en mi casa y planificar las cosas con orden.
   —Perfecto.
   Jonasi se quedó mirando a Julián con incredulidad y después en un arranque de gratitud le dio un abrazo impetuoso y torpe. Hacía mucho que no abrazaba a nadie.

   Fue fácil llegar a un acuerdo. Julián iba a acoger al muchacho legalmente para conseguir los permisos de residencia y que pudiera permanecer en España y  continuar los estudios.
   —Luego veremos el padre —le dijo a Jeshúa, mientras el chico se acomodaba en su cuarto.
   —Lo haremos a la vez. No debemos perder tiempo. Yo le proporciono los contactos y luego usted actúa. Vendré mañana. Le dejo un teléfono por si me necesita antes, que no creo.
   En el resto de la tarde Julián y Jonasi se contaron su vida con sus penas y sus alegrías, que también las había.
   —¿Dónde conociste a Jeshúa?
  —En Sudán. El fue nos recogió en el camino y nos llevó a la misión francesa. Luego volví a verlo en Túnez. El me encontró escondido, yo le reconocí enseguida y me llevé una gran alegría. Me inspiraba mucha confianza. El me proporcionó un pasaje en un barco que transportaba mercancías hasta Valencia y me dijo, que una vez en tierra me presentara a las autoridades. Era bueno que me llevaran a un centro de extranjeros.
  —Pero podían deportarte.
  —No, si no saben de dónde soy, porque no tengo ningún papel que me identifique. Jeshúa me dijo que él me encontraría después y así fue. Me dijo también que había alguien que me necesitaba.
  —Sí, tu padre.
   —Eso mismo le dije yo, pero él me respondió: además de tu padre, hay otra persona que te necesita. Confía.
   —¿Cuánto tiempo hace que llegaste?
   —Tres meses. Desde que salimos de Uganda ha pasado más de año y medio, y desde que Jeshúa nos encontró en Sudán ha transcurrido un año. Fue exactamente el dieciocho de diciembre del año pasado.
A Julián le dio un vuelco el corazón. Ese mismo día su hijo había tenido el accidente, a las cinco y media de la madrugada. ¿Qué hora sería en Sudán?
   —¿Recuerdas que hora sería más o menos?
  —Las siete y media de la mañana…aquí en España son dos horas menos.
   —Las cinco y media…
—Jeshúa nos dijo la hora y nos dijo también algo que no entendimos cuando le dimos las gracias por habernos salvado.
—¿Qué os dijo?
   —Hay alguien en España que os está esperando desde este mismo momento,  aunque no lo sabe.
   —Iniesta, el Barça, le respondimos.
     —Jajaja…también, también, pero no es de Barcelona. Ya le conoceréis. —Se refería a usted, me lo dijo cuando fue a buscarme al CIES.
—¿Qué te dijo exactamente?
     —Querido Jonasi. Llegó la hora de que conozcas a alguien. Aquel que te dije que te estaba esperando. Y me llevó al restaurante donde nos conocimos.
  Julián estaba emocionado, tenía una especie de júbilo, que no había sentido desde aquella noche y que pensó nunca más iba a sentir. Su vida había sido desde aquel momento, añoranza y tristeza;  impotencia y desánimo; pero ahora había una esperanza, una expectativa. Un por qué. Todo se había transformado. Su vida volvía a tener sentido.
  El sonido del teléfono le devolvió a la  realidad de su salón. Jonasi continuaba sentado y le observaba sin comprender del todo que estaba ocurriendo.
   Era Jeshúa.
   —Querido Julián, no voy a poder acudir a su casa como teníamos previsto, tengo que salir urgentemente. Le visitarán del CIES para informarle de los pasos a seguir. Me he permitido darle su teléfono a la ONG que se ocupa del asunto de los esclavos en Libia. Ellos se pondrán en contacto y hablaran con usted sobre lo que se debe hacer. Le envío mi bendición y le…
   —Sé quién es usted…me ha costado, pero lo he comprendido.
   Le respondió el silencio al otro lado de la línea.
   —Se quién es usted…aunque ya no me escuche. Usted es… Jeshúa ¿me escucha? Jeshúa…Jesús…¿No me oye? Jesús…
 Jeshúa se había vuelto a ir muy lejos. Aquí ya estaba todo resuelto.







Feliz Navidad




Quiero desear a todos los lectores, seguidores y amigos del Blog unas muy felices Fiestas y enviar buenas vibraciones y buenos deseos para el próximo año 2018.

Espero que tengáis unos días felices disfrutando de la familia o de los amigos o de la playa, los que tenéis la suerte de vivir en el otro hemisferio o en Canarias.

Un abrazo para todos y muchas gracias por vuestra compañía a lo largo de todos estos años, que cumpliremos diez esta futura primavera.

Merry Christmas and a happy new year.



El misterio de la Torre Sur

ÚLTIMO CAPITULO



    —Lo que sea. Voy solo. Tú tampoco puedes venir__e dijo a Isabel_ porque es muy peligroso.
    —¿Cómo lo vas a encontrar?
    —No lo sé. Seguro que actúa en alguna parte.
    — ¿Y cómo se anuncia, como Gilda? No creo.
    —Lo encontraré hasta debajo de las piedras.
Antes de salir llamó a García “voy a por el” le dijo y colgó. Aníbal era muy enigmático cuando le daba la gana.
Mientras él hablaba por teléfono Isabel tuvo una idea o mejor tuvo la idea.   Luego de que se marchó, ella y Casimiro fueron a hablar con García.
    —En Cannes tengo un amigo en la prefectura. Un amigo de la infancia de cuando mi padre iba a Perpiñán a ver películas. Su padre era gendarme allí. El y mi padre se hicieron amigos y yo he pasado muchos veranos en casa de ellos y mi amigo Pierre aquí. Ahora está destinado en Cannes. Le llamaré y le pondré sobre aviso. Trazaremos un plan de apoyo. Así que Richard Gere, eh.


                                


   El Hotel Carlton Cannes estaba completo como era de esperar, pero en Le Grand Hotel también de cinco estrellas encontró habitación. La crisis hacía mella en todo y el cine no era ajeno. En el avión se enteró a través de internet de cómo el festival había sido fundado por los franceses a sugerencia de los americanos para contrarrestar la propaganda del cine italiano y alemán que impregnaba el recién creado festival de Venecia impulsado por Mussolini y apoyado por los nazis. El primer festival de Cannes se había inaugurado el primero de septiembre de 1939 para ser cancelado al día siguiente cuando comenzó la segunda guerra mundial.
   “Todo es política, hasta la creación de un festival de cine. Que hartazgo”.
   Una vez instalado en su habitación y tras firmar, con sorpresa, más de un autógrafo, pidió los diarios locales y se dedicó a ojear la cartelera de espectáculos, sin saber muy bien que buscar. Llamó a Isabel y se la leyó de pe a pa. Ella era más perspicaz para esas cosas del cine y estaba mejor informada. La echaba de menos y sólo acababa de llegar. Tras un buen rato diciéndose tonterías como todas las parejas, fueron al grano que es este caso era la cartelera. ¿Qué otra cosa podía ser con el Mediterráneo de por medio?
     —Sólo dime los nombres de los artistas. No hace falta que me digas en que sala.
     —Bien. Veamos…La nueva Edith Piaf…
     —Dime el nombre si lo pone, además del alias_ le interrumpió ella.
     —Brigitte Brie “la nueva Edith Piaf.” Pone foto, no es ella.
     —Recuerda que se disfraza.
     —Así y todo, no es.
     —Carmen “la belga”. Parece gitana. Tampoco.
     Trascurrió un buen rato mirando todas las estrellas del cabaret y la noche de la  ciudad del festival sin ningún resultado.
     —Puede estar en alguna ciudad cerca de Cannes, Niza por ejemplo. Podemos mirar.
    —Está bien. Buscaré le información y te volveré a llamar.
    —Ten mucho cuidado.
    —Si todavía no la he encontrado.
    Decepcionado y un tanto perdido decidió bajar a tomar una copa para luego darse una vuelta por la sede del festival y observar a los mirones.
   Lo vio de reojo al salir del ascensor, aunque era más que probable que estuviera ahí desde el principio. Era el cartel que anunciaba la actuación estrella de la noche en el night club del hotel. No había foto, pero le sonó el nombre de algo. Llamó a Isabel.
     —¿De qué me suena Mar Cansino?
     —¡Es ella!
     —¿Por qué lo sabes?
     — Así se llamaba Rita Hayword, Gilda. Era de origen español, ya te lo dije. Se llamaba Margarita Cansino. Es ella, ni lo dudes. ¿Donde la has visto?
     —No te lo vas a creer. Actúa en el hotel.
     —Ten mucho cuidado, por Dios.
   Aníbal preguntó discretamente por la estrella del espectáculo de la noche. Le dijeron que era sudamericana y ¡qué casualidad! nadie sabía donde vivía ni como se llamaba en realidad “Monsieur Gere”.
   “Tengo que esperar a la noche”.
   Isabel le contó a García lo de la Cansino y este a su amigo Pierre. En el hotel ya había un par de gendarmes, hombre y mujer, que estaban, en ese momento, en la barra justo en frente de Aníbal.


   Las noticias vuelan y más en el mundo de la noche y el festival. Por eso uno de los camareros no perdió tiempo en contarle a Gilda que el “mismísimo Richard Gere, se interesó por ti. Como lo oyes.”
Isabel había tenido la idea de que dado su parecido con el actor, sería bueno que acudiera a Cannes con el look Gere. Aunque sin el pelo canoso, dado que Gilda lo había visto así en el ascensor y según todos tenía memoria. “Serás un Gere un poco más joven, aunque nadie se extrañará porque los actores van siempre con el look de su último trabajo.” El resultado era muy bueno. Todo el mundo lo confundió, incluso el mismísimo recepcionista del hotel dudó cuando vio el pasaporte.
   Sin poder averiguar nada sobre el paradero de Gilda durante el día, se dedico a pasear un rato por la ciudad y los alrededores del festival. No había a esas horas apenas movimiento. Alguna estrella “de poco fuste” posando en la playa para media docena de periodistas y nada más. Pocos mirones y ninguna cara conocida entre ellos. Para no cansarse y estar despejado por la noche decidió retirarse a su habitación y esperar.

   La sala estaba medio llena cuando él llego. En ese momento un mago hacía desaparecer un cofre con los anillos de una pareja dentro. En la barra dos solitarios y otra pareja que juraría haberla visto antes en algún sitio.
   Por fin el presentador o como se llamara, “vestido de mamarracho” anunció a la estrella de la noche. El local se había ido animando y estaba a rebosar.
   La pareja conocida se había sentado detrás de él.
   Cuando Gilda apareció, tras los aplausos, se hizo el silencio absoluto. Ni un silbido de admiración, ni un comentario subido de tono. Nada. La chica imponía, desde luego. Saludó a los presentes primero en francés y luego en inglés. Alguien desde la barra hizo alguna observación también en inglés que ella respondió con descaro, para regocijo del público, no exento del erotismo que desprendía por cada poro.
   Comenzó a cantar en inglés mientras su cuerpo embutido en un vestido que parecía una segunda piel, se movía sensual al compás de la música. De pronto, pareció fijarse en él, descendió del escenario y se acercó meciendo sus caderas con suavidad. Sentada en el borde de la mesa le dedicó la canción, podíamos decir que se la entregó entera solo para él, como si no hubiera nadie más. Cuando terminó le acercó el rostro y le murmuró al oído “te espero en mi camerino Richard.”
Anibal no se lo podía creer. Todo había sido muy fácil. Sonriendo embobado, se dejó llevar por el ambiente desconcertante que Gilda creaba a su alrededor y disfrutó del momento. Pero enseguida regresó a la realidad.
   Todo había sido muy fácil, si. Demasiado. Mar Cansino, se había vuelto a equivocar.
   Le había llamado Richard, pero le había hablado en español.
   “Sabe quién soy. Esto se va a complicar. Si acudo a la cita me pegará un tiro en cuanto entre por la puerta. Tengo que pensar algo, rápido”.     Ensimismado no se dio cuenta de que la mujer de la pareja conocida se había sentado a su lado mientras el hombre salía del local.
    —Hola Monsieur Aníbal. Soy policía. Mi compañero ha salido a decirles a los de afuera que se preparen. La caza va a comenzar. Tenemos tomado el hotel. No tiene escapatoria. No pensaría acudir a la cita ¿verdad?
   Aníbal sorprendido negó con la cabeza.
   —De cualquier manera será bueno que lo vea dirigirse a los camerinos. Por el camino notará policía y ahora me voy, es posible que tenga ojos en la sala. Despídame con un beso en la mejilla como si ya nos conociéramos.
   Se despidieron como viejos amigos y Aníbal salió en dirección al camerino de Gilda. Por el camino noto policía, en efecto. Tanto era así que un camarero, posiblemente los ojos de Gilda en la sala, había sido retenido contra su voluntad, esposado cuando se resistió y amordazado cuando quiso comenzar a gritar para avisar al asesino.
   Cuando llegó, el hombre de la pareja conocida estaba al otro lado de la puerta con otro gendarme. En el interior sonó la sintonía de un móvil. “Mierda, alguien la está avisando.”Ambos hombres se miraron. El policía francés asintió con la cabeza y pegó una patada a la puerta que se abrió con violencia. Gilda se había vuelto de espaldas mientras hablaba; tenía una pistola en la derecha, a la vez que sujetaba el teléfono con la zurda. Perdió unas décimas de segundo vitales. Cuando se giró, el policía le disparó a la mano, mientras Aníbal y el otro gendarme la inmovilizaban.
    —Ya estás en mis manos, hijo de puta —le susurró Aníbal.
   Ella se volvió y le escupió a la cara.
    —Queda detenido. Recítale sus derechos —dijo Pierre a su compañero, mientras pedía una ambulancia. Luego tomó a Aníbal del brazo y lo llevó al pasillo.
   —Suyo es el méggito Monsieur Maneggó. Suya es también la ggecompensa.
   Aníbal se encogió de hombros. La recompensa era lo de menos en este momento.
  —Voy a llamar a mi amigo Gaggsia y poneglo al coggiente.
   —Permítame que yo se lo diga a García.
   —D´ ccord.

    Gilda, esposada a una silla y rodeada de gavachos, insultaba a todo el mundo en español y en francés, hasta que uno de los gendarmes le dio un puñetazo en la boca, sin contemplaciones.
   Los dos hombres, detective y policía, avanzaron juntos por el pasillo en dirección  a la salida. García hubiera terminado la escena tomando por el brazo al gendarme y diciendo, al más puro estilo Casablanca: “este va a ser el comienzo de una bonita amistad”.
  Pero ya sabemos que Aníbal Manero no era aficionado al cine.







FIN



El misterio de la Torre Sur

OCHO



Había transcurrido un año y poco desde el incidente de la fábrica de hielo. García no volvería a caminar y Gilda se había esfumado. Manero no lo olvidaba.
   Europa entera se llenó de imágenes de Gilda, pelirroja o morena más un retrato robot del llamado Gil. Se ofrecía incluso una generosa recompensa pagada por las empresas afectadas, por una pista fiable que llevara a su detención.
   Aníbal tenía una relación de lo más estable con Isabel tanto que la abuela quiso mudarse de nuevo a la Residencia, “ya no pinto nada aquí.” Ni Aníbal ni menos aun Isabel se lo permitieron. Incluso Casimiro terció en el asunto. “Usted lo que quiere es que yo muera de hambre. El piso es amplio no molestamos a los tortolitos. Además usted se va a la cama nada mas cenar, no molesta, mujer.”

   Isabel estaba muy a gusto con su nuevo trabajo en la joyería donde se relacionaba con un sinfín de señoras de la jet. Una tarde había entrado  la mismísima reina de Jordania, “tan guapa, tan elegante,” que se llevó un aderezo carísimo de esmeraldas. Al principio sintió un poco de resquemor al sustituir a la mujer del joyero asesinada por Gilda, pero el nuevo trabajo era tan agradable que pronto lo olvidó. “Tú no te metas en líos, ya me entiendes, con ningún cliente”, le había dicho Aníbal completamente en serio “y no tendrás problemas”. Sobre todo con él.
   Aquel mediodía de mayo, estaban comiendo los cuatro un cocido de garbanzos “esto es gloria señora, que Ferrán Adriá, ni que estrellas Michelin, donde esté la cocina tradicional que se quite todo lo demás”, mientras en el telediario daban imágenes del festival de cine de Cannes. Se presentaba la película “Los Mercenarios” y Antonio Banderas acudía sin Melanie de la que parecía haberse separado. El elenco de actores protagonistas posaba para la prensa, tras haber recorrido las calles a bordo de un tanque. Todo muy espectacular.
   Estaba petado de periodistas. Había cámaras y micrófonos de todas las nacionalidades por doquier. Detrás de la valla de seguridad se apretujaban las fans gritando el nombre de su favorito y levantando la mano cuando el aludido se giraba, para que las pudiera localizar.
    —¡Qué guapo Antonio! Es el que mejor está de todo el grupo de viejas glorias de esta película —opinó Isabel.
   —Tampoco es tan viejo —dijo Casimiro sintiéndose aludido.
   —Yo prefiero al “Chuache” — añadió la abuela.
   —Sayonara baby —soltó Casimiro engolando la voz. Lo mismo hubiera dicho García.
    De pronto Isabel se puso a gritar como una loca, señalando hacia la pantalla con el tenedor.
    —¡Es el, es el, ES EL!_ Es Gilda. O sea Gil. Bueno, ese. Ahí detrás de Harrison Ford. Míralo. AHÍ. Es el tipo del ascensor, sin duda. Es él. Está en Cannes.
   En Internet, en el podcast del noticiario volvieron a ver las imágenes. Era él desde luego. Era Gilda. Estaba en el festival de cine ¿donde mejor?
   Aníbal se levantó de un salto. Gilda se había vuelto a equivocar.
   —Iré a por él. Ahora mismo.











Capitulo nueve





Después de dejar el hospital donde el médico le aseguró que el inspector García no volvería a caminar, Aníbal se fue derecho a su casa. Hacía mucho que no estaba por allí, pasaba todo el tiempo en la de Isabel. Incluso había trasladado su ropa y sus cosas más personales a casa de su novia. Olía a cerrado, por eso abrió las ventanas y dejó que el aire frío de la noche entrara a placer. Llamó a Isabel y le dijo que se quedaría en su casa “tengo mucho trabajo que necesito hacer a solas.” Ella no preguntó. Esa era una de las muchas cosas que a Aníbal le agradaban de su chica: la confianza que le demostraba y el respeto y la comprensión que tenía por su trabajo. Era una joya, desde luego. Lo mejor que le había deparado la vida y “este puto trabajo que me va a marcar.”
   Fue incapaz de cenar, el hambre parecía haberse esfumado de su vida para siempre. A pesar del relente de la noche se sentó al lado de la ventana y abrió el cuaderno que había recogido en la sala de torturas. Le había producido desasosiego llevarlo encima el resto de la tarde.
Comenzó a leer. La caligrafía era cuidada y fría como los ojos del criminal que la había escrito. Aparentemente no había nada anormal. Ningún caracter sobresalía ni destacaba por tener nada discordante. Era uniforme y metódica. Probablemente, hubiera hecho las delicias de un experto en grafología que hubiera podido definir la personalidad del asesino con todo lujo de detalles. Aníbal a simple vista dedujo que esa era la letra de un hijo de puta, sin dudarlo. Meticulosa y anodina y algo femenina, “parece letra de mujer.” Era clara, eso sí, podía leerse perfectamente.
   Para su asombro no comenzaba con los crímenes de la Torre, si no que se remontaba a diez años atrás. Todo parecía haber comenzado en Portugal. Jóvenes africanas de las ex colonias que llegaban a la antigua metrópoli buscando una oportunidad y se toparon con Gilda. En ese tiempo relataba trabajar en un cabaret de Lisboa donde imitaba a Barbra Streisand. “Esta me suena de algo”. La primera víctima trabajaba como camarera en el mismo local. Llegó de Cabo Verde esperando ganar dinero y poder traer a su hijo. Fue fácil ganársela. La secuestró, junto con otras cinco, para servir de juguete sexual a un grupo de depravados millonarios que tenían un yate anclado en el puerto. Luego Gilda o Barbra las asfixió y las arrojó, lastradas, al mar alejándolas de la costa a bordo de su barco particular. “El mismo quizá que tenía fondeado en la fábrica de hielo.” Le gustaba la muerte por asfixia, le producía placer. Relataba las sensaciones tan excitantes que le provocaba la resistencia de las victimas primero, la renuncia luego y después la nada. Sentir como pasaban de la lucha compulsiva y aterrorizada al abandono absoluto, era una sensación de dominio tan indescriptible y tan placentera que invitaba a probarla al que leyera esto por el motivo que fuera.  “De pantera a muñeca de trapo, confiesa el muy hijo de puta” y como si lo adivinara, Gilda había escrito a continuación: Antes de juzgarme, prueba.
   Aníbal sintió ganas de vomitar. Soltó el cuaderno que cayó al suelo. Si no fuera una prueba tan importante lo quemaría ahora mismo sin leer ni una línea más.
   Fue a la cocina y bebió agua del grifo. Le dolía la cabeza. Rebuscó en la sanitaria del baño algo para el dolor. Encontró paracetamol. Metió el comprimido en la boca y lo masticó. No era capaz de tragar ninguna pastilla. Era algo que le ocurría desde pequeño. Regresó a la salita, recogió el cuaderno y continuó leyendo. A pesar del analgésico, el dolor de cabeza terminó por hacerse insoportable. Vomitó varias veces, hasta que terminó los macabros relatos con el último asesinato: el del ejecutivo metrosexual, al que torturó a placer hasta la muerte. Aguantó seis horas el pobre infeliz.
   Al abogado Estrada le dedicaba solamente dos líneas. “Me duró poco, no resisten nada. Traté de experimentar algo nuevo pero se ve que se me fue la mano y palmó en un tris”.
   Se sorprendió de que anotara la muerte de la mujer del joyero. Lo hizo deprisa y corriendo, sabiendo que García le pisaba los talones. Sin muchos detalles. Simplemente había puesto. “Asfixié a la puta”.
   Aparte de los relatos pormenorizados de los crímenes, cincuenta y seis en total, explicaba cómo al principio trabajaba solo, luego conoció al que apodaba Johnny Farrell al que contrató, era un modo de decirlo, cuando llegó a España, para que se deshiciera de los cuerpos y más tarde como ayudante necesario para poder llevar a cabo algunos de los raptos de la  Torre.
   Fue un error, pensó Manero, Farrell no estuvo a la altura. El hallazgo de la pierna del primer desaparecido de la Torre, comenzó a tirar del hilo.
   También relataba cómo le gustaba coleccionar objetos pertenecientes a los asesinados, “ya me extrañaba a mí que no apareciera esto”, y como regresó a la Torre a buscar algo perteneciente al último raptado: el maricón de la veinticinco como ella o el o lo que fuera lo llamaba con absoluto desprecio. “Ser homosexual es un delito, ser un asesino en serie, por lo visto no. Puta ideología nazi”. Tenía que ser algo tomado en su casa o en su lugar de trabajo; no servía lo que llevara encima. “Cuanto morbo”. Cuenta como se divirtió burlando sin ningún esfuerzo los controles de la policía, entrando como un visitante más en la torre, después de que los polis ya hubieran visto las cámaras y ya hubiera probablemente descubierto que el asesino actuaba disfrazado. Así y todo se presentó como Lauren Bacall con su mismo vestido gris, ceñido, su collar de perlas y su mirada felina y retadora y ni se inmutaron. Solo llamó la atención de un gilipollas ridículo que subió con ella en el ascensor. Un don Juan de cercanías que empleaba métodos de seducción tan cursis como los zapatos italianos que llevaba junto con un traje de Emidio Tucci. Puro Corte Inglés. Por su culpa tuve que marcar otro piso y perder el tiempo. 
   Aníbal sentía cada vez más ganas de tenerlo delante y pegarle un tiro. No, sentía ganas de tenerlo delante y torturarlo hasta la muerte y terminar metiéndole el cuaderno por el culo, mas la relación completa de todos los asesinos en serie del mundo desde que se inventó el modo de dejar constancia de los crímenes.

   Dejó el cuaderno sobre la mesa, se puso de pie y levantando la mano derecha, como haría un detective de cine a toda pantalla, dijo a voz en grito delante de la ventana: “Juro que te encontraré hija de puta”. El viento frío de la noche se llevó el juramento junto con las hojas de los árboles y lo dejó agazapado en cada rincón de la ciudad.
   Después del desahogo y ya dentro de la habitación añadió con esperanza: “volverás a cometer un error. Ese  será tu último error. Ese día desearás no haber nacido, desearás no haberte cruzado en nuestro camino. Hijo de puta. Lo juro por mis cojones”.
   Se sentó en la cocina y se quedó pensativo. “No sé cómo me ha salido este discurso tan raro, esto debe ser cine, claro se me ha ido pegando. Hablo como ese que camina raro en la película que me hizo ver la abuela: el autobús. No, coño: la diligencia. Eso”.
   “Bueno, al fin y al cabo ¿qué es la vida? Pues eso, cine”.


   Volvió a visitar a García. El inspector ya estaba en planta e iba haciéndose a la idea de que no volvería a caminar. “Seré como Ironside,” le había comentado con su ironía habitual. Aníbal desconocía el personaje, por supuesto.
    Le mostró el cuaderno.
   —Aquí está todo. Anotado con sumo cuidado sin obviar nada. Le van los  detalles.
   —Te van a matar_ sentenció García con una sonrisa. No esperaba otra cosa, en el fondo.
   —Te juro que lo atraparé.
   —¿Tienes un plan?
   —No, pero estoy seguro de que volverá a meter la pata y ese día será su ultimo día en libertad.
    —Será difícil de atrapar. Luchará con uñas y dientes. Cuando creas que lo tienes se te habrá escapado. Cuando le vayas a echar el guante se escabullirá.
    —Mejor. Así tendré excusa para pegarle un tiro. Me alegrará el día.
   —¡Coño! Estás hablando como Harry el sucio. Acabarás aficionándote al cine.
   “Lo dudo mucho” se dijo para sus adentros Aníbal Viriato Manero Jiménez.



Continuará... 




El misterio de la Torre Sur

SIETE


El otoño había llegado destemplado y lluvioso y la abuela no tenía ganas de salir al bingo y pillar de camino una mojadura y un resfriado; sin nada mejor que hacer y sin nuevas pelis de Paul Newman “tengo que buscarme otro novio más actual”, se dedicó a visionar  los  videos que  había enviado García y que nadie había devuelto. Eligió varias cintas  al azar y se entretuvo viendo a la gente guapa entrar y salir de las carísimas tiendas cargadas de bolsas. “Para estos no existe la crisis”
 —¡Coño! La Rita Hayworth otra vez. Lleva el vestido tres tallas menos, como la Ana Obregón.
   Aníbal estaba dormitando a la espera de noticias sobre el operativo y se espabiló al oír el nombre que no terminaba de saber pronunciar. En efecto. Delante de una de las  cámaras del escaparate de la tienda de ropa de Carolina Herrera, varios metros más allá de la Torre, una morena espectacular con melena ondulada y curvas acentuadas por un vestido de talla muy inferior a la suya, se miraba en el cristal y se lanzaba un beso de aprobación.
   Aníbal parpadeó y se quedó mudo. Llevaba incluso el mismo vestido que el día del ascensor. ¿Qué había ido a hacer aquella mañana a la Torre, cuando la policía ya tenía montado un operativo y una vigilancia de cojones? O era idiota, cosa que dudaba, o le iba el riesgo hasta la temeridad. Vanidosa era desde luego y eso había jugado en su contra. Un coche último modelo de una marca carísima, se detuvo a su altura. La morena metió la cabeza por la ventanilla del conductor para besarlo en los labios y a continuación, rodeó el coche con un contoneo afectado y provocativo, para sentarse al lado del hombre al que volvió a besar, antes de que el auto arrancara a toda leche.
   —Espera —dijo Isabel—¿Puedes parar la grabación justo donde aparece el rostro del conductor?
   Aníbal lo hizo sin responder. Se había vuelto mudo y obediente.
    —Es el. Es el señor Nieto. Don Bosco, mi desaparecido, el cuarto, el hedonista, el divorciado, el…
    —Si mujer. Ya lo hemos comprendido —se apresuró a cortar la abuela.
   —¿De qué día es la grabación?
   —Del martes 18 —respondió expectante.
   Había vuelto a dar en el clavo.
   “Soy una detectiva de cojones”.













Capitulo ocho




Cuando estaban terminando el montaje de la operación “Tesis”, Anselmo  llamó por teléfono:
   —Jefe, acabamos de encontrar al del retrato robot.
   —¿Dónde? Por fin una buena noticia,— se alegró García.
   —En la playa del Oriente, muerto de un disparo. Lleva varios días en el agua. Pero es él. Fijo.
   En efecto, era él. Muerto era idéntico al retrato robot, parecía premonitorio.
   “Genial, el único testigo. Era de prever que ocurriera esto”.
   A García le hubiera gustado dirigirse al cabaret a la hora de la actuación de Gilda, y ponerle las esposas una vez hubiera terminado de cantar. “Se acabó, nena.” “Yo lo siento por ti”, le hubiera respondido ella con su voz sensual. “¡Corten!” hubiera dicho John Huston, pero estaba convencido de que a estas alturas, andaría tratando de escapar, si no lo había hecho ya. La muerte del cómplice lo corroboraba. Llevaba tres días en el agua por lo cual Gilda o como coño se llamara podría estar ya lejos, incluso fuera del país. “Va a ser cierto eso de que siempre llegamos tarde”.
   Un derroche de coches policiales tomó la calle para nada. Gilda no estaba ni se la esperaba y todo el personal parecía haber sufrido un repentino ataque de ignorancia. Nadie la conocía.
   —¿Pero cómo que no? Pensáis que somos gilipollas. Sabemos que es un hombre. ¿Nadie sabe ni siquiera cómo se llama?
  García le hizo señas a Harry el sucio para que se acercara.
  —Bueno, verá jefe, la conocemos como cantante, pero nadie sabe donde vive ni quien es en realidad. Lleva aquí solo unos meses. Es un hombre, si. Se hace llamar Gil. Es lo único que sabemos.
    — ¿Sois vosotros todos los empleados?
    —Falta uno. El nuevo. Se hace llamar Rocco.
    —¿Se hace?
   —Sí. Aquí a los más principales nadie les conoce bien. Nosotros solo sabemos eso. Hace unos días que se fue. Vino a recogerlo un coche. Debía ser de parte del jefe.
    —¿Quién es el jefe?
  —No lo sabemos —respondió el de siempre­­— Rocco hacía de camarero y era el enlace con el jefe.
    —¿Quién os contrató?
   —Un tipo raro y bajito amigo de Gilda. El nos paga también. No sabemos nada más. Se lo juro jefe —remató el hombre mirando de soslayo al sucio.
   —¿Cómo se llama ese elemento?
   —Gilda lo llamaba Johnny y nosotros jefe, jefe.
   —No soy tu jefe, di señor inspector cuando te refieras a mi —le espetó García con cara de muy mala leche mientras respondía al móvil.
   Era Anselmo con una voz extraña. “Ay, la hostia”, pensó García.
   —Tengo dos noticias. Una buena y la otra muy mala. ¿Cómo empiezo?
   García juró mentalmente mirando al cielo, que le pegaba un tiro en cuanto tuviera ocasión.
   —No me jodas Anselmo. No me jodas.
   Hubo un silencio al otro lado.
   — ¡¡¡Anselmo!!! Habla hijo de puta.
   —Es Gilda. La han detenido en el control de la salida norte.
   —¿Y?
   —Y se han liado a tiros. Ha matado a uno de los nuestros, herido al otro y se ha escapado. Según testigos se fue hacia el puerto. Va herida. No, va herido. Es un hombre jefe.



   García salió a escape. Por el camino ordenó a todos los coches dirigirse al puerto y formar una barrera de modo que  “ese cabrón no se acerque al muelle ni de coña”.
   García enfiló la avenida principal de acceso al malecón a todo lo que daba el motor del Citroën BX. De pronto un coche se le vino de frente a toda velocidad seguido por los coches patrulla, que nada más se adivinaban por el ruido de las sirenas. Gilda giró bruscamente a su derecha y enfiló por una calle transversal en dirección prohibida, García se fue detrás. Pocos coches venían de frente, por suerte para ellos y los peatones, muy prudentes, ni osaron cruzar la calle ni siquiera poner un pie fuera de la acera. Los motores rugían igual que los de una carrera de fórmula uno. Gilda cambió de dirección varias veces, yendo y volviendo, buscando salir del entramado de calles, en dirección al extremo norte del puerto, siempre buscando esa dirección, posiblemente a la vieja fábrica de hielo, pensó García. ¿Qué habría allí?
  En efecto, no se había equivocado, Gilda hizo lo imposible por despistar a los polis, cosa que había conseguido tras casi media hora de idas y venidas, en las cuales los coches policiales protagonizaron varios incidentes destrozando mobiliario urbano y chocando entre sí dos de ellos, que quedaron parados taponando la calle. El consiguió seguirla aunque a bastante distancia. Mejor diríamos que se encaminó hacia la fábrica de hielo por el camino más corto que halló, seguro de que ella o él se dirigía allí, por un motivo que García, a estas alturas, sabía de sobra cual era.
  Cuando llegó al viejo edificio, el coche de Gilda no se veía, posiblemente lo hubiera aparcado detrás. García se detuvo y llamó a su gente.

   Aníbal y media ciudad, tenían una aplicación que permitía escuchar la radio de la policía a través del móvil. Esta emisora se había convertido en líder de audiencia y en una competencia desleal para las radios comerciales, tanto que el ministerio del interior se planteaba, y no era broma, insertar publicidad en las retrasmisiones de operativos. “Con el tiempo los anunciantes financiaran delitos para hacerse publicidad”, opinaba García al que no le faltaba razón. Así que cuando el inspector dio la posición de la fábrica de hielo, Aníbal se fue directo a por el coche.
   Cuando llegó, el Citroën de García estaba en la explanada, pero del poli no había señales y el resto de coches aun no habían llegado, perdidos como estaban en una maraña de calles de dirección única, enzarzados algunos en discusiones con otros conductores. Se sentía a lo lejos el ruido inconfundible de un helicóptero que supuso vendría a colaborar.
   Aníbal empuñó la pistola y se dirigió en zigzag hacia la puerta. Cuando se disponía a entrar sonó un disparo. Se puso a cubierto tras un contenedor, pero el tiro no era para él. Mientras avanzaba en dirección al sonido, escuchó el ruido de una puerta y al poco el motor lejano de lo que supuso un coche. Seguro que Gilda trataba de escapar. El helicóptero estaba justo encima.
    Cuando llegó a una especie de sala vio a García tendido en el suelo. Gilda le había disparado por la espalda, casi a bocajarro. La cosa no pintaba bien. García había perdido el conocimiento y sangraba abundantemente.
  —¡Quieto, suelta el arma!
  —Soy Aníbal Manero, gilipollas. El asesino acaba de salir por la puerta de atrás ¿Vas tu o voy yo?
  — Voy yo ¿Es grave lo de García?
  — Si.
   Aníbal pidió una ambulancia y permaneció al lado de García hasta que llegaron. Mientras se llevaban al inspector y antes de que apareciera la científica, echó un vistazo. El resto de polis se habían ido detrás de Gilda. La persecución estaba siendo caótica.
   El viejo edificio había estado a punto de ser demolido, pero al final una empresa extranjera lo había comprado barato con la intención de remodelarlo y convertirlo en restaurante de lujo, con su propio embarcadero, pero llegó la crisis y las obras no terminaron. Saliendo de la especie de sala donde estaban, posiblemente el futuro comedor, se llegaba por un pasillo ancho y corto  a la cocina. Había un cuartito anexo y en él unas escaleras que bajaban a un sótano donde se hacía  evidente que pensaban instalar la bodega. Aníbal lo recorrió con calma. En alguna parte tenía que estar la sala de torturas de Gilda y ese era un buen sitio. De pronto su pie tropezó con algo casi imperceptible. Se agachó, “nunca llevo la linterna, maldita sea”, y se alumbró con la luz del móvil. Pudo ver una ranura en lo que parecía una trampilla. Bendijo su costumbre de llevar zapatos italianos de fina suela; con deportivas ni lo hubiera notado.
   Le costó Dios y ayuda levantar la chapa de acero que tapaba el zulo. Pesaba lo suyo. El tal Gil era un forzudo. “Otra vez la linterna me cago en la puta”. Con la lucecita del teléfono distinguió una sólida escalera metálica apoyada en la pared. Bajó con cuidado y llegó a una especie de vestíbulo amplio. Al fondo se adivinaba una puerta y a su lado había una camilla. Palpó la pared buscando un interruptor. “Bingo”,  hubiera dicho la abuela, cuando lo encontró. En efecto había una puerta; una puerta de acero blindada. Abrirla le iba a resultar imposible como no encontrara la llave, cosa a todas luces improbable. Se acercó y empujó. Con gran asombro por su parte, la puerta se abrió. Gilda no había tenido tiempo de cerrar. Pensándolo bien, total ¿para qué? Una vez en la fábrica era cuestión de tiempo que hallaran el zulo. Entonces para que fue. Podía haber tratado de escapar por otro lado sin necesidad de guiar hasta allí a la policía. Tal vez quería que hallaran el sitio y comprobaran lo que hacía y sobre todo, lo bien que lo hacía. Era una histriónica, necesitaba público.
   Entró. No se había equivocado, allí estaba la sala de tortura y grabación. La habitación era amplia. Tenía todo lo necesario para una buena sesión de martirio. Cadenas, argollas, látigos, cuchillos, sierras, bates metálicos…y curioso, muy curioso, una sala de maquillaje y una colección de pelucas. Al fondo había un armario empotrado de pared a pared. Aníbal lo abrió con reservas. No le gustaba nada lo que estaba encontrando. La sorpresa fue en aumento: estaba lleno de ropa, pero no común y corriente; era ropa como de actuar. Recordó lo que le habían dicho la abuela e Isabel de los disfraces de actores y lo comprendió. Gilda disfrazaba a sus víctimas probablemente de actores y luego los torturaba hasta la muerte. Una perversión más de sus clientes. Había otra puerta que, posiblemente, daba a otro cuarto. Dudó un segundo y al final, entró. Era la sala de torturas propiamente. Allí estaba dentro de una jaula tirado en el suelo el abogado y sentada en la silla frente a la cámara la novia disfrazada de hombre. Muertos los dos. La muerte de ella, por asfixia, era reciente. Aun estaba caliente.
   Lamentó no ser aficionado al cine.
   Las paredes estaban empapeladas con posters de actores, “supongo”. Reconoció a Marilyn “inconfundible” a la famosa Rita “no sé que,” al Wayne ese que camina raro y a un tío con tupé en actitud de bailarín, con traje blanco y camisa negra que supuso sería el que sirvió de modelo para el disfraz del sanitario del parquin. “Mi pariente Manero”.
   Arriba se oía movimiento. “Ya llegaron los listos”.
   Sobre la silla del director había un cuaderno. Aníbal se lo metió en el bolso justo en el momento que entraba la científica. 
  — No habrás tocado nada.
  —Soy un santo.
  — Como hayas echado algo a perder, te las verás conmigo, Manero.
  — Que miedo me das_ le respondió Aníbal acercándole la cara.
  —¿Cómo bajaba los cuerpos? —preguntó otro.
  —Al hombro. Es un forzudo. Claro, tú no has tenido que levantar la tapa del zulo —dijo Manero mientras subía la escalera.
   Cuando estaba a la mitad, observó otra puerta muy al fondo, retrocedió y se dirigió hacia allí. Se encontraba solo de nuevo. Cuando abrió, una ráfaga de aire le hizo pararse y volver el rostro. Estaba a la orilla del mar. El lugar era un embarcadero debajo del edificio, al otro lado del puerto. Desde allí se salía casi de inmediato a mar abierto. Por eso Gilda llegó hasta allí. Para escapar. El ruido que escuchó no era precisamente del motor de un coche. Posiblemente introducía por aquí a los secuestrados. Tendría el barco esperando en un sitio discreto, los encerraba y los iba trayendo, tal vez de dos en dos. El acceso a la sala de torturas era más fácil que por el sótano.
   Antes de huir tuvo tiempo de matar a la mujer del joyero y luego, disparó a García. No hubiera hecho falta, no necesitaba subir para nada, pero sabía que el policía lo había seguido y se divirtió pegándole un tiro. “Psicópata de mierda, te echaré el guante, lo juro”.
  —¿De dónde vienes por ahí?
  —Mira y lo sabrás, listo. Con cuidado, no sea que te ahogues.
  Cuando salió del edificio permaneció unos minutos apoyado en el coche respirando aire puro. La tarde se había puesto gris de nuevo tras una ligera tregua,  y el viento soplaba de nordeste. Mal augurio. El mar ya se había encrespado y parecía hervir. Las olas borboteaban nerviosas. La espuma salpicaba el malecón.
 —¿Donde carajo te habrás ido, hijo de puta? —se preguntó mirando el horizonte—. Juro que te encontraré aunque sea lo último que haga. Te traeré ante García como que me llamo Aníbal Viriato Manero Jiménez. ¿Qué pasa? Yo no me puse el nombre, le dijo al coche mientras abría la puerta. “Yo no he dicho ni mu” hubiera respondido el coche si supiera hablar.

  Aníbal arrancó y se dirigió al hospital. Le contaría a Casimiro lo sucedido, pero sobre todo iría a ver a García. La herida no presagiaba un futuro agradable para el inspector.







 Continuará...