La granja


Capítulo V
 
Viorel Sánchez/ El motor-1999

 Félix había vuelto a la cocina. Entreabrió la ventana. Ya era otoño, pero el tiempo continuaba ligeramente caluroso. Un poco de aire fresco mañanero ventilaba la casa y la perfumaba. En la terraza del piso de abajo vivía un vigoroso jazmín y el aroma volaba y  se colaba, descarado, por cada resquicio. Aspiró el aire con avaricia.

   En la casa de los dos hermanos el calor era insoportable. Las poquísimas veces que el marqués se ausentaba, sólo cuando no quedaba otro remedio, abría ligeramente el balcón para que su paciente respirara sin tanta dificultad y sin el auxilio constante del oxigeno.
   Había descubierto que al enfermo le apasionaba la lectura. En la casa había una gran biblioteca. La mayoría de los ejemplares era literatura contemporánea. La asistenta, una mujer de mediana edad, de corta estatura y de escasa inteligencia, pero muy locuaz, le dijo que los señores habían vendido parte de los libros cuando dejaron el palacio familiar y se mudaron al piso.
   __El palacio lo vendieron a una constructora. Es  donde están construyendo la nueva urbanización “Palacio de Fresneda” y los jardines los compró el ayuntamiento para que sean un parque, ¿comprende? Bueno pues  vendieron también parte de la biblioteca. Por lo visto tenían libros muy raros ¿comprende?
   Félix asintió, para que le dejara en paz.
   Uno de los autores favoritos del hermano del marqués era Miguel Delibes. Le gustaba el campo y la caza como al escritor pucelano. La vida al aire libre constituía  su mayor afición,  pero su hermano era lo contrario: odiaba la Naturaleza. Se pasaba la vida metido en casa. Según la asistenta, llevaban años de peleas incesantes, porque el mayor no quería que se fuera al campo ni a ningún sitio. Debería estar en casa pendiente de él, que era de salud débil física y sobre todo, mental. A esta última conclusión llego Félix por su cuenta.
   Tampoco se necesitaba ser muy perspicaz.
   __Tiene neuras con los virus y las bacterias. Una mañana le oímos gritar aterrado en el cuarto de baño. Pensamos que se había caído. Cuando entramos, le vimos mirando a la bañera con los ojos desorbitados y manoteando: “Quitádmelos, quitádmelos por Dios”. Según él, el baño estaba lleno de ácaros que se lo querían desayunar, ja, ja. Bueno no sé porque me río. Los médicos tuvieron que ingresarlo. Estuvo en una clínica psiquiátrica bastantes meses.
   La asistenta le contó también que el señor marqués ponía el grito en el cielo cuando su hermano se disponía a acudir a una tertulia de cazadores que tenían los martes en el Casino.
   __Vienes lleno de gérmenes de toda esa gente que se pasa la tarde fumando y tosiendo. Luego me contagias a mí. Criminal, eso es lo que eres: un criminal.
   Trató de dejarle sin dinero, aunque para ello tuviera que salir de casa y acudir al banco. No pudo hacerlo, el señorito tenía su propio capital y además su pensión. Había ejercido de abogado en un bufete de la capital. Cuando se jubiló y regresó a la casa familiar fue cuando comenzaron los problemas. El marqués no había sabido administrar su herencia y como le digo tuvieron que vender el palacio para pagar deudas y poder seguir viviendo.
   Tanto le molestaba que saliera que una tarde, mientras el otro estaba fuera, cambió la cerradura. No quiso darle la llave. Así que si no le abría no podía salir de casa. También hizo desaparecer la agenda de su hermano. Para que no pudiera llamar por teléfono. Tenía problemas para recordar los números. De ese modo, tampoco podía avisar a sus amigos.
   __¿Y no llamaban ellos?
   __Si, pero el señor decía que su hermano no estaba bien de la cabeza. Le oían gritar por detrás: “Estoy encerrado, socorro, venid a sacarme de aquí”. Y el marqués decía: “Lo veis, tiene paranoias”. Como resulta que el señorito tampoco es muy normal y el padre y el abuelo terminaron locos, a la gente no le extrañaba.
  __¿Por qué no avisó usted a los amigos o a la  policía?
  __¿Yooo? Dios me libre. Esto son cosas entre hermanos. Nadie debe meterse en medio. No, no  me mire de ese modo. Yo no me meto en medio. Ni hablar.
   Félix se encogió de hombros. Ella continuó con su relato
   __Llevaban así toda la vida: peleados porque uno salía y el otro no. Un día, trató de convencerme para robar la llave y hacer una copia. Al principio me negué en redondo, pero luego accedí. El señorito me daba mucha lástima. Sin embargo, fue inútil. No pude adivinar donde guardaba la llave el señor y era difícil investigar porque no sale de casa. Le sugería que se la robara por la noche, pero duerme encerrado en la habitación. Una mañana, forcejeó con él cuando se disponía a abrirme. Fue cuando le dio el infarto agudo. Bien creí que se moría.
   Félix estaba impresionado. Aquel pobre hombre había permanecido encerrado en casa durante meses por culpa de las manías del otro hermano. Cuantos casos similares habría por el mundo. Cuantos locos destrozando la vida del resto de la familia a causa de sus mentes sombrías.
   El pobre segundón había tenido muy mala suerte.
   Lo mismo que él.
   Le había cogido simpatía desde el primer día, aunque sólo fuera por el modo en el que lo trataba el hermano. Era como un camarada. La empatía era mutua. El enfermo demostraba estar encantado con Félix.

   Llevaba apenas un mes en la casa, cuando una mañana al llegar, se topó con la funeraria. Pensó en su paciente.
   No se equivocaba, el hermano del marqués había fallecido aquella noche. La asistenta lo descubrió cuando fue a descorrer las cortinas por la mañana. La pobre mujer estaba con una crisis de ansiedad, en la cocina. El marqués refunfuñaba en el comedor, porque nadie le había servido el desayuno.
   Félix se sentó con la criada y trató de calmarla un poco. El personal de la funeraria acababa de marcharse.
   __Ya estaba rígido. Llevaba muerto horas…__Repetía llorando a gritos, como si le fuera la vida en ello.
   __¿El marqués no se acercaba a la habitación durante la noche por si su hermano necesitaba algo o había que ponerle oxigeno?
   __No lo creo, no.
   __Pobre hombre murió solo encerrado en su cuarto con ese calor insoportable. ¡ Qué asco me dan algunas personas!
   Se encaminó hacia la puerta. Cuando pasó por la del comedor, el marqués que no había dejado de quejarse le espetó:
   __Le contrato para que venga a darme la medicación. Necesito quien me cuide. Mi hermano era un irresponsable. Primero enferma y ahora se muere. Hablaré con su jefe__ Dijo subiendo el tono, al ver que Félix seguía su camino.
   __Antes prefiero morirme de hambre__ respondió Félix, pero el marqués no pudo oírle. Salió dando un portazo.
   No esperó el autobús. Se fue dando un paseo, el aire fresco le vendría bien para despejarse. La oficina de Marta no estaba lejos. En aquella ciudad todo estaba a tiro de piedra. Cuando llegó, Marta hablaba por teléfono. Gesticulaba con la mesa como si ésta fuera su interlocutor.
   __Si, de acuerdo. No te preocupes, pasado mañana estará allí. Adiós. ¿Qué ha pasado?__ dijo mirando a Félix que acababa de sentarse.
   __El enfermo se ha muerto.
   __Vaya por Dios. Bueno, pues entonces vas tú al campo. Iba a avisar al novio de Lourdes, pero no hace falta. Prefiero que seas tú el que vaya. Me fío mas__ dijo guiñándole un ojo__ Pasado mañana hay que estar allí por la tarde. A eso de las dos le dan el alta en el hospital.
   __¿Tengo que quedarme?
   __Si. Pero yo iré a verte los fines de semana o cuando se pueda. Ya lo organizaremos. Te voy a anotar la dirección. Yo debo ir a la capital, ya lo sabes.
Marta se levantó, se dirigió hacia Félix retorciéndose más exagerada que insinuante y comenzó a quitarse la ropa, canturreando una musiquita de estriptis.
   __¿Pero qué haces?
   __¿Tu qué crees?__ dijo sentándose sobre sus rodillas__ Me marcho mañana y tu pasado. Estaremos sin vernos unos cuantos días__le susurró al oído para acto seguido morderle la oreja__. Debemos aprovechar el tiempo. Soso, que eres un soso.
   __No estoy de humor…
   __¡Cállate! Yo lo haré todo, pero no me interrumpas.
   Félix no tuvo otro remedio que dejarse llevar. Marta, a veces le agobiaba. Incluso hubo alguna ocasión a lo largo de su relación, en la  que llegó a sentirse violado. Estar fuera un tiempo, quizá le vendría bien.
   Su jefa pelirroja seguía concentrada a lo suyo. Sus manos se movían expertas y sin prisa.
   Además no había vuelto al campo desde entonces. Podría sentir de nuevo esos aromas tan especiales.
   El heno recién segado, la tierra tras la lluvia, el aire antes de la tormenta. Olores que con los años había perdido, pero no olvidado.
   Volvería a contemplar el atardecer, a dormir con la ventana abierta, a mirar desde la cama las estrellas, oiría  hablar a la naturaleza, el canto de las aves diurnas y nocturnas, adivinaría los andares sigilosos del zorro, escucharía el gruñido del jabalí,  la tormenta tras los montes, el fragor del trueno, el agua lanzada en tromba desde las nubes…
   Cuantos recuerdos, los únicos agradables de su infancia.
  Mientras Marta continuaba a lo suyo, gimiendo con exageración, como siempre, él siguió pensando en su nuevo trabajo. No podía saberlo, pero su vida iba a cambiar para siempre.



Continuará…

2 comentarios:

Kevin Burns dijo...

Very nice.

Maria José Mallo dijo...

Thank you so much.