la granja

Capítulo IX
 
Las hermanas/Viorel Sánchez 1993

Al día siguiente tenía el plan perfectamente trazado. No cabía otra opción.
La salud del viejo pareció resentirse esa misma mañana. Petra lo encontró muy agitado cuando subió a verlo. No tenía por costumbre presentarse en la habitación de Higinio fuera de los horarios de las comidas. Pero estaba preocupada. El día anterior ya lo observó muy inquieto. Félix apareció en el cuarto detrás de ella.
Le tomó el pulso y la tensión. Ambos habían aumentado. El enfermo intentaba llevarse el brazo al pecho y se retorcía como si tuviera una fuerte molestia.
   __ ¿Tiene dolor precordial? Cierre los ojos si es que si
   El viejo obedeció con prontitud. Félix  le puso una cafinitrina bajo la lengua.
   __No se inquiete Petra. Se calmará dentro de un rato.
   Una vez su paciente se recuperó y quedó relajado, bajó a desayunar. Ella le sirvió como cada día.  Antes de que él terminara se dirigió al corral a dar de comer a los animales.
   Cuando acabó su tarea y se dio la vuelta, apenas tuvo tiempo de sobresaltarse al ver a Félix justo detrás. Este le dio un certero y efectivo puñetazo en el rostro que le hizo perder el sentido. Despertó en la cama atada de pies y manos.
    Era viernes.
   El no perdió tiempo.
   Trepó por la vieja  escalera  hasta lo alto de la plataforma.  Bajo el brazo llevaba una más pequeña, metálica y ligera, de uso doméstico que había descubierto en la despensa de la casa. Cuando estuvo arriba, la apostó contra la pared, le faltaban unos cuarenta o cincuenta centímetros para llegar al borde, pero serviría.  Ascendió unos peldaños, retiró la tapa y miró dentro. Estaba oscuro. El cielo también se había oscurecido de repente. El sol otoñal de la mañana se dejó ocultar por las orondas nubes que precedían, como avanzadilla, a la tormenta. Difícil ver la caja que, además, era negra. El agua permanecía un metro por debajo del nivel total.
   Subió un poco más y miró de nuevo. Se encaramó sobre el borde, tanto, que estuvo a punto de caer de cabeza. Ni rastro.
   Decidió bajar; se fue a la casa y abrió todos los grifos. Cuando el agua dejo de correr, trepó de nuevo al tanque. Una vez arriba, se detuvo a pensar un momento: era preferible retirar la tapa por completo, no fuera a ser que el viento que había comenzado a soplar con fuerza, la moviera hacia delante y le impidiera salir. No lo creía probable, pero, por si acaso. La empujó demasiado fuerte y una ráfaga ayudó a tirarla al suelo, produciendo un escandaloso estruendo, que al chocar contras las piedras, sonó como una explosión.
Petra y el viejo la oyeron desde sus respectivas habitaciones. Incluso Félix se sobresaltó.
Se puso las botas de agua. Arriba de nuevo, se sentó a horcajadas en el borde del depósito, izó la escalera y la introdujo en el interior, poniendo mucho cuidado para no caerse.  El viento arreciaba.
   __Debí  atarme con una cuerda, como prevención.
   Había muy poca agua, apenas unos treinta centímetros. Bajó de espalda a la pared. Una vez dentro, fue fácil encontrar la caja. Cuando iba a emprender el ascenso, algo llamó su atención. Parecía otra caja. Estaba como un metro más allá. Caminó arrastrando los pies por el limo del fondo hasta llegar a ella. En efecto era otra caja estanca. Rebuscó por si hubiera más. No encontró ninguna otra. Las cogió y salió del depósito. Respiró profundamente cuando se vio fuera.
   Una vez en la plataforma y al disponerse a retirarla, la escalera salió volando empujada por el viento, obligando a Félix a apartarse rápidamente para no verse golpeado.
   __Por poco. He tenido suerte__ pensó, mientras se pegaba a la pared  del tanque para evitar que una ráfaga lo derribara también.
   __¡Dichoso viento!
   Se agachó para protegerse del temporal que arreciaba y se asió con fuerza al final de la escala de acceso. Comenzó a descender. La bajada era difícil y lenta con ambas cajas en una mano. El viento lo zarandeaba. A media altura las dejó caer. Necesitaba las dos manos para sujetarse.
    Se dirigió con prisa hacía la casa. Las nubes iban cambiando de color. Ahora eran gris oscuro casi negro y estaban cargadas de agua. Algunas gotas, no podían contener la prisa y comenzaban a desprenderse. Eran enormes y formaban círculos al estamparse contra el suelo.
   En la cocina colocó las  cajas sobre la encimera de mármol para proceder a abrirlas
En ese momento sonó el teléfono.
   Era Marta hecha un basilisco.
   __ ¿Estás tonto o qué? ¿Por qué no me has llamado? Pienso ir mañana a verte sin falta.
   __Imposible__ dijo él con tranquilidad.
   __ ¿Cómo que imposible?
   __El viejo ha empeorado y yo no puedo despegarme de su lado. Además cualquier pequeña alteración le molesta y le agrava. O sea que no puedes ni aparecer por la habitación porque le daría un sincope. Mira, yo te llamaré. De todos modos no creo que Higinio dure mucho. Quizá mañana tengamos que internarlo de nuevo…
   __Es que tengo ganas de verte
   __Yo también__ mintió Félix.__ Estoy casi seguro de que tendremos que llevarlo al hospital. Entonces te llamaré.
   __Te echo de menos en la cama…
   Lo que faltaba. Ahora se iba a poner erótica. Decidió cortar por lo sano.
   __Marta, tengo que dejarte. No puedo perderlo de vista. Además es la hora de la medicación. Estoy aquí haciendo un trabajo ¿recuerdas? Y no se puede tomar a la ligera la salud de los pacientes.
   __Que sieso eres.
   __Me pagas para que haga bien mi trabajo ¿No?
   __Vale. No dejes de llamarme. Besitos donde tú ya sabes…
   ¡Qué pesada por dios!. Colgó y se dirigió a terminar el otro trabajo.

   Una vez abierta la caja del libro ( lo sabía porque estaba limpia a diferencia de la otra que llevaba más tiempo dentro del agua), levantó la tapa. Allí estaba, en efecto.
 Al cogerlo vio que debajo había una llave pequeña como de candado y otra que en principio no identificó con claridad, pero que pudiera ser  para esposas o grilletes. Recordó entonces la argolla que había visto tras la cama del viejo.
   __Aquí sucedió alguna cosa  rara, muy rara, que tiene que ver con mi sueño. No sé de que manera me concierne, pero creo que ocurrió algo terrible. Y sea lo que sea, la muda lo sabe.
   Con las manos temblorosas abrió el libro y comenzó a leer:

Hoy he decidido empezar el negocio. Hay tres niños en la casa y conozco tres familias dispuestas a pagar una buena cantidad por cada uno de ellos. Estas dos tontas no quieren que los venda, peor para ellas. Eso me obligará a tomar una determinación que no hubiera sido necesaria si fueran razonables. Pero las mujeres se ponen intratables con ese dichoso instinto maternal. No pensarán las muy imbéciles que voy  a trabajar para mantenerlas a ella y a  esos  gritones voraces. Mañana cerraré el trato y si todo sale como espero comenzaré un negocio muy productivo. Ya hay otro mocoso en camino… 

   A partir de ahí, comenzaba lo que parecía simple contabilidad.  La letra era pequeña y abigarrada para que todo cupiera en el menor espacio posible. Además estaba borrosa sobre todo al principio, por el paso del tiempo. Enrolló la páginas y las fue pasando para comprobar cuantas ocupaban la relación de las ventas. Observó que al final había unas notas como un resumen de algo. Decidió leerlo antes de continuar.
   Tuvo que cerrar el libro. Arriba sonó un golpe como si alguien se hubiera caído de la cama.
   Subió las escaleras de dos en dos y se dirigió a la habitación de Petra. Efectivamente se  había caído. Posiblemente tratando de levantarse para ir al baño. Se lo había hecho todo encima.
   La levantó y la empujó de nuevo sobre el lecho.
   __Quédate así hasta que yo vuelva. De lo contrario te partiré la cara.
   Volvió a la cocina y cogió las llaves. Como había pensado, la pequeña abría el candado.  Subió al desván. El corazón le latía con fuerza. Había otra puerta, la empujó y se encontró con algo inesperado y desconcertante. Estaba seguro de que allí se escondía la clave, pero no se figuraba ese horror. Y era sólo el principio.

    El desván era grande,  toda la superficie de la casa. Las ventanas de las solanas estaban tapiadas. El techo estaba forrado toscamente de tabléx de modo que no sobresalieran las vigas.
   __Por si alguna sentía tentaciones de colgarse…
   Había tres camas metálicas, como de hospital, a cada lado de un pasillo central, con sus correspondientes mesitas. Le llamó la atención una vieja máquina de coser a los pies de una de ellas.
   __Así que fueron más de dos. Aumentó el negocio. ¿Y la máquina? Este era capaz de obligarlas además a trabajar para él.
   A la derecha de la puerta un tabique a media altura hacía las veces de rudimentario biombo, ocultando detrás un aseo con lo esencial. Al fondo, lo mismo, pero a la izquierda.
   Al lado de cada cama una argolla empotrada en la pared sostenía una cadena soldada a ella. Cada una descansaba en el suelo en este momento. En el otro extremo tenía un grillete.
   Cogió el más próximo e introdujo la llave universal que contenía la caja. Se abrió con un ligero chirrido.
   Se sentó en el suelo, al principio del pasillo e imaginó el resto. Las mujeres sujetas a la pared por una cadena y con el grillete en el tobillo. ¿ Como pudieron pasar estas cosas? Recordó a las que su padre llevaba a la casa. Eran años difíciles. El nació a finales de los cuarenta. Las guerras  habían terminado no hacía mucho. Por aquella pequeña ciudad casi en la frontera pasaban todo tipo de gentes. Eran tiempos duros de hambre y persecución. Cada cual tenía suficiente con sobrevivir. Si alguien desaparecía sin dejar rastro, nadie hacía demasiadas preguntas.
   Por un momento creyó verlas: seis mujeres encadenadas, esperando ser violadas y una vez embarazadas, esperando de nuevo durante nueve meses para que les quiten el hijo y vuelta a empezar. Aguardando un milagro que no llegaba. Ayudándose y confortándose las unas  a las otras.
   Sin esperanza.
   __Supongo que las violaría abajo. Aquí sería imposible, las otras se le echarían encima.
   El mismo horror, la misma vileza tantas veces repetida que, posiblemente, las hizo acostumbrarse y ver lo irremediable como natural.
   Conformándose con lo que estaban viviendo.
   Es un mecanismo de defensa. Él lo sabía perfectamente. Además la sumisión anula las voluntades y algunas personas terminan por creer que se merecen lo que les está pasando. Un buen ejemplo es el famoso síndrome de Estocolmo en el que los rehenes terminan por colaborar con los  secuestradores.
   __Somos muy complicados los humanos.
   Aunque, quizá no todas aquellas mujeres reaccionaran igual…Pensó en la rubia que vio en sueños. La vio dando ánimos a las más débiles. No sabía por qué, pero se la imaginaba más fuerte, de esa clase de gente que jamás se doblega por mucho que la humillen, de esa clase de gente hecha de una pasta especial.
   __Que mala suerte ha tenido….__pensó mientras se levantaba.
   Reparó que sobre la pared- biombo que estaba a su lado colgaba otra cadena terminada  en grillete en ambos extremos.
   __Esta es la de las violaciones.
   Con ella en la mano regresó a la habitación de la muda.
   Le soltó las ataduras de los pies y le encajó el grillete.
   __Levántate. Vamos al  baño, te aseas y luego hablaremos.
   Encajó el grillete del otro extremo en el radiador y ordenó a Petra abrir el grifo. No había agua.
   __Voy a llenar el depósito. En cuanto salga agua, te vas lavando y no hagas tonterías.
Bajó y accionó el interruptor en la cocina. El motor se puso en marcha. Calculó unos quince minutos más o menos. Había comenzado a llover con ganas. Las fuertes rachas de viento arrastraban las últimas hojas de los árboles y las mezclaban con la lluvia, formando vistosos molinillos de colores. Empezó a tronar. Cuando el agua rebosó por encima del tanque, desconectó el motor. Subió al primer piso y se asomó al baño, para ver que hacía la sirvienta. Estaba de pie en la bañera. No hizo ningún ademán de taparse cuando entró Félix. Al sacarse la ropa, las bragas y la falda se habían quedado colgando de la cadena como en un tendedero. Félix entró, abrió el extremo del grillete y las dejó caer.
   __Volveré dentro de un rato y haré lo mismo para que puedas vestirte.
   Hasta ese momento no había reparado en que Petra era una mujer.


Continuará,,,