El asesino de las cuatro estaciones, segunda parte


El escritor




Josefo Mallo era el único hijo de una familia de hidalgos asturianos de medio pelo. Desde muy joven había revelado un carácter soñador y despreocupado muy dado a enamoramientos variados y efímeros. Siendo heredero universal y no segundón no le fue menester entrar en los ejércitos, donde los hermanos varones posteriores al primero debían buscar fortuna en aquellos tiempos de injusto mayorazgo. Tampoco le plugo estudiar leyes como pretendía su padre, que estaba dispuesto a enajenar  parte del patrimonio para que su hijo estudiara en Salamanca donde lo hicieran ilustres personajes de la sociedad ovetense que gozaban de muy buena posición económica y social, a lo que les condujo su buena formación. O eso al menos pensaba Josefo padre.
   Su madre Jimena, sin embargo, soñaba con que fuera clérigo. Un muchacho guapo y locuaz como Josefo podría hacer carrera en la iglesia católica, apostólica y por ende romana. La santa mujer siempre consideró a la belleza un don divino y quien la poseyera estaba obligado a sacarle partido de un modo u otro, lo contrario sería pecado grave de desidia. Ella no había sido tocada por el dedo del ángel repartidor de hermosura, el día que nació parece ser que andaba distraído, por eso aunque era de mas alcurnia tuvo que casarse con Josefo padre, hidalgo pobre, porque fue el único que llamó a su puerta con buenas intenciones. No es que de soltera disfrutara abundancias, pero tampoco privaciones; no obstante, podía decirse que la vida de casada no había satisfecho totalmente sus expectativas de relevancia social, a pesar de su linaje, porque su marido no sabía adular ni aparentar convenientemente; era un poco patán, y ella se había visto relegada por su culpa a un oscurantismo frustrante en comparación con otras damas, tal vez mas guapas si, pero de genealogía inferior, cuyos esposos sin embargo, eran maestros en el arte de figurar y destacar intrigando todo lo que fuera menester. Culpaba a la supuesta dejadez del pobre marido su falta de brillo social sin querer darse cuenta que ella era parte alícuota  de esa carencia. Porque todo se basa en el deslumbramiento, así que una de tres: o se tiene mucha riqueza o  mucha belleza o mucha cabeza ( la abundancia de alguna hace perdonar la carencia de las otras ), pero es indispensable causar sensación y en el caso de los Mallo ni la cuestión monetaria, ni la estética, ni la talentosa, eran suficientes para alcanzar fama y lustre en los salones ovetenses de la época. Pero era una carencia compartida, eso era lo que a Jimena se le pasaba por alto, no había el suficiente dinero ni la suficiente hermosura, ni el suficiente intelecto, en ninguno de los dos. Eran mediocres en todos los aspectos.
   Solo le confortaba la esperanza de que el niño llegara siquiera a obispo, de ese modo el circulo vital se cerraría de modo muy satisfactorio, al menos para ella. Aunque hubiera sido mucho mejor que llegara a papa. Ver ocupada  la silla de San Pedro por un asturiano, hijo suyo además, era algo con lo que se atrevía a soñar muy de vez en cuando. Era un ataque de osadía imaginativa que le asaltaba de uvas a peras- mas a menudo posiblemente fuera pecado- pero que cuando lo hacía le mejoraba el humor y por ende la salud. Porque verse  de madre de papa en Roma con todo el orbe católico postrado a sus pies, Felipe II incluido, le hacía brotar una especie de fuego interno, que partiendo de las mismas entrañas donde había criado al hijo, subía hasta el cerebro provocando casi la levitación y resultando incluso, mas placentero que un orgasmo en toda regla. ¿He dicho orgasmo? Perdónenme vuestras mercedes, quise decir éxtasis. El trance de las santas cuando Dios las posee, ya me comprenden.
   Josefo nunca demostró interés alguno por la religión, es mas, parecía que le espantaban los hábitos ya que cuando su madre le llevaba, casi por la fuerza, a los oficios religiosos y veía algún fraile, en particular si era dominico, ponía los dedos índices a ambos lados de la cabeza y comenzaba a recitar como un poseso una coplilla que su madre no fue capaz de sacarle ni por las buenas ni por las menos buenas quien se la había enseñado o en su defecto donde la había escuchado.
Dominico daca la cola,
Daca el rabo dominico....

   Menos mal que ellos eran de sangre limpia y  ella sobre manera que descendía por parte de padre del mismo tronco que Jimena Díaz, la esposa del Cid o eso le habían dicho, y además cultivaba estrechas relaciones con todo el clero de la comarca, buenas dádivas le costaba, que si no la coplilla del niño podría haberles significado algún que otro disgusto tonto con el Santo Oficio.
El muchacho fue desde muy pequeño, además de anticlerical,  aficionado al teatro y los relatos fantásticos. Escribía, cada año con mas soltura, una obrilla por lo menos, que representaba en el patio de casa con los amigos como obligados a la vez que encantados actores. El era, además  de primer actor, director y encargado de la escenografía y del vestuario. Alguna que otra vez su madre lo castigó sin el arroz con leche de los domingos, por haberle cogido ropa e incluso joyas para las improvisadas actrices a las que había que adornar como convenía a su alcurnia en la función. Era consciente que la obra debería constituir un todo armónico, por ello, si había una reina, ésta no podía ir vestida como una pordiosera.
   Le apasionaba leer y era seguidor de todos las novelas sobre caballeros aventureros que llegaban a Oviedo desde cualquier punto de Europa. Cosas de poco provecho decía su padre, mejor harías estudiando leyes y dejándote de monsergas de historias imaginarias; pero él lo tenia muy claro: seré escritor: escritor y enamorado; esto último era lo mas meridiano de todo, sobre manera desde que probara a los quince los placeres de la carne a lomos de una moza lozana y cariñosa traída a provincias desde los madriles por una virtuosa tía materna empeñada en apartarla de malas compañías para evitar, con ello, que la muchacha se perdiera, quedando preñada sin estar antes casada con un hombre de provecho y no con los tarambanas que frecuentaba en la corte. La moza de nombre Casta, ironías, no le hizo ascos a Josefo pese a la poca edad y se lo trabajó en el  huerto bajo un manzano y sobre una frazada protectora porque estaba el campo invadido  de ortigas; la madrileña le enseño a bien utilizar los atributos masculinos para proporcionarse placer y conseguir que su amada pusiera varias veces los ojos en blanco. Porque en las relaciones intimas no se debe ser egoísta. En eso, no. Hay que disfrutar y procurar que el otro disfrute también. Métetelo en la cabeza, le decía la Casta. Fue entonces cuando decidió que lo primordial en su vida sería la fornicación, por mucho que se empeñaran en decir que era pecado ¿Cómo iba a serlo algo tan placentero?. También decidió entonces que los anatemas de la iglesia contra el sexo eran como poco una falta de información y como mucho una ruin venganza contra el resto del personal sin voto de castidad. Desde ese tiempo feliz, los asuntos de cama iban a traerle muchos disgustos, porque aquello que su madre le inculcó de: “ haz bien sin mirar a quien” el lo transformó por mor de su ingenio escribidor, en: “fornica bien sin mirar con quien” y  añadía de su cosecha: pero, mejor con experiencia, porque Casta le había dejado muy buen sabor de boca, antes de regresar a Madrid para casarse con un gentilhombre viejo pero rico, que su madre le había alcahuetado. Así que llevó a la práctica el refrán literalmente, pero como no podía ser de otro modo, los maridos burlados no se lo tomaban tan a bien y su vida se convirtió en un continuo amar a la esposa y huir del esposo, pese a que su criado Jacinto vigilaba de continuo; pero el instinto del cornudo es uno de los mas desarrollados, porque será el último en enterarse según dicen, pero se ve que estas noticias discurren rápidas como el agua del Nalón cuando se funde el hielo en la montaña, allá por las primaveras.
   Así transcurrieron los años para Josefo sin oficio y como temía su padre sin beneficio, porque la hacienda daba para vivir llevada adelante por el progenitor pero el muchacho no demostraba aptitudes ni como administrador, ni como amo, ni como nada. Solo sabía escribir obrillas de teatro que tenían éxito, eso si, pero que no le daban  ni un maravedí y enredarse en asuntos amorosos casi siempre con mujeres casadas, por culpa de lo cual ya había tenido mas de un pleito con maridos coronados y la última pendencia le había proporcionado como rédito una cuchillada en el costado que a punto estuvo de costarle la vida.
   Su santa madre enfermó de tifus durante una epidemia que se declaró en León cuando estuvo visitando a su hermano, un caballero casado con una heredera de terratenientes castellanos tan fea como rica y mas beata que ella pero mucho mas práctica. Desde que nació su segundo y último  hijo no consintió en volver a yacer con el esposo, así que éste no tuvo otro remedio que buscarse una amante. Una bella y enigmática mujer medio mora que residía en una casa al lado de la muralla. La esposa lo sabía  y le parecía bien, incluso había supervisado a las candidatas y había ratificado la idoneidad de la mora. La cuñada jamás lo comprendió. Su marido podía ser adúltero que ella lo sufriría con resignación, pero de eso a buscarle una puta había un abismo  que no omitiría por nada del mundo, ni aunque se lo ordenara el mismísimo obispo de Roma. Por eso se dedicó a acudir a misa de alba cada día mientras estuvo de visita: para orar por la salvación de su cuñada que estaba mas en pecado que su hermano. Cuando se avisó a la población del riesgo de epidemia ella se negó a cesar en sus idas y venidas matinales, hasta que su hermano se lo prohibió por el riesgo de que trajera el contagio a la casa y la devolvió a Asturias, donde pensaban viajar todos si la epidemia continuaba. Pero su resistencia al mal  era tan precaria como su tolerancia, y la enfermedad ya había prendido en ella con tal arraigo que no logró sobrevivir y Josefo probó la orfandad a los veinte. No echó de menos a su madre con la que no tenía demasiadas afinidades, pero comenzó a alarmarle la salud de su padre que pareció resentirse tras la viudez.
   El viejo hidalgo se preocupaba, con muchísima razón por el porvenir del muchacho; se daba cuenta de que su tiempo aquí se estaba agotando y el hijo era un inútil, cegado por los libros y las mujeres. Había hablado con un bachiller amigo para ver el modo de nombrar un tutor que le llevara la hacienda cuando el faltara. Esta no era muy boyante pero daba lo suficiente para vivir si se administraba bien.
   Mientras, Josefo se había ido a Galicia siguiendo a una compañía de teatro de medio fuste, que representaba  alguna de sus comedias y en la que era primera actriz su amante de turno, la mujer del director y empresario. Este ya andaba amoscado por las confianzas  que había observado entre la pareja exteriorizadas en forma de caricias y sobre todo, tocamientos mas o menos disimulados cuando se tropezaban de frente por los estrechos pasillos y tardaban un buen rato en despegarse. Por eso una tarde, armado con una moderna pistola que se hizo traer de Francia para volar cabezas de posibles rivales, decidió  sorprender a su santa que tenía la costumbre  de  ausentarse siempre a la misma hora ( aun no habían aprendido la máxima de evitar la rutina, para disimular). Poniendo todo su empeño en no ser descubierto, la vio no sin estupor porque no era precisamente devota, dirigirse resuelta  a la iglesia de San Froilan, que aquellas horas estaba cerrada para mas inri; observó esquinado, como  ella ignorando la entrada principal, abría la cancela del pequeño cementerio adosado al templo y se internaba en el tranquilamente. Que el supiera no tenían ningún pariente enterrado allí, por lo que, al menos que se encontrara poseída por el extraño placer de pasear entre muertos y aún así, la visita era bastante chocante. Esperó un rato por si aparecía Josefo y tras comprobar que estaba solo cruzó la plaza y penetró en el camposanto siguiendo los pasos de la primera actriz de su compañía que se daba la circunstancia que era también su mujer y que le ponía los cuernos.
No había avanzado ni un metro, cuando escuchó los sonidos inconfundibles que se desprenden cuando una pareja esta haciendo el amor, solo que multiplicados por muchos enteros en este caso. Se notaba que estaban disfrutando, sobre todo ella. Tenía que ser muy ingenuo, que no lo era, para no comprender sin que le hiciera falta ver. No obstante tenia que sorprenderlos in fraganti para poder pegarle un tiro al dichoso  escritor asturiano que Dios confunda, que se había empecinado en ponerle cornamenta para escarnio del resto de  la compañía, y  del que ya estaba mas que harto.

   Se plantó armado y  resuelto frente a la tumba donde gemían los amantes y estudió la situación con una sangre fría mas propia de un asesino experimentado que de un marido burlado. Ella estaba encima, con la saya entera remangada hasta la cintura, porque el corsé no permitía mas libertades y los bordes apoyados sobre la cabeza, gozando a ciegas que quizá fuera mas intenso a juzgar por los suspiros. A  Josefo, que era obvio estaba debajo, sólo se le veían muslos y piernas; no había manera de pegarle un tiro mortal, desde esa posición.  Debería aproximarse por un lateral y apuntar  a la  cabeza, aunque corría el riesgo de que el asturiano lo viera, hecho que acababa de acontecer en ese preciso momento; porque el muchacho, próximo al éxtasis,  ladeó la cabeza hacia la derecha y aunque borroso por efecto del bizqueo propio del delirio, comprendió con claridad meridiana que la figura desenfocada que parecía observarle apuntándole con un dedo acusador, era el director, empresario y lo peor, el marido de su amada. Rápido como era de reflejos, procuró sobre la marcha y sin dilación  porque no pintaba el asunto como para perder el tiempo, libre albedrío al instinto de conservación (segundo de a bordo cuando el cerebro está ocupado en otros menesteres), quien comprendió raudo que el dedo no era tal sino una pistola, y dispuso  que Josefo diera un tirón para descabalgar  a su amada y saliera por patas con los calzones colgando sobre los borceguíes abandonando el herreruelo sobre la tumba. Mientras tanto, el marido burlado intentaba dispararle pasando sobre su mujer que había caído hacia atrás, al impedirle el paroxismo guardar el equilibrio y aun se retorcía en el suelo, pareciera que de placer pese al golpe, llamándola ramera y cosas peores, mientras juraba por todos los santos conocidos no cejar hasta ver muerto al asturiano felón, hijoputa y asaltante tenaz de camas ajenas.
   —Y una vez muerto quiero que te extirpen los genitales —gritaba mientras apuntaba.
   Tonterías que se liberan cuando se está ofuscado por cuernos, porque una vez muerto, los susodichos  no  sirven  para nada, ya que los seres del mas allá no tienen sexo, según se dice.
   Ignorando esta última amenaza, Josefo corrió cuanto pudo subiendo los greguescos para que no le alcanzara el disparo que aunque, veía por vez primera una pistola, era conocedor de su existencia y sabia que desembuchaba un proyectil mortal de necesidad. El tiro se incrustó en el tronco de un tejo rollizo y añoso cuando el asturiano le pasaba justo por detrás y éste tuvo tiempo, mientras el marido volvía a introducir la pólvora, el proyectil, el taco de papel y hacia presión con la baqueta, de llegar casi hasta la fonda donde se alojaban. Silbó la contraseña para Jacinto y el fámulo, ipso facto, porque la llamada denotaba que no había tiempo que perder, trajo los caballos y las alforjas.
   —Vamos a Asturias —preguntó afirmando.
   —No, que va, imposible porque nos seguiría , vamos a León a casa de mi tío, que hace tiempo que no los visito.
   Cuando ya estaban enfilando la salida del pueblo vieron al marido parado en  medio del camino apuntando hacia ellos con el arma fuertemente asida con ambas manos, tratando de no errar esta vez. Girar y salir a galope en dirección contraria les llevó menos tiempo que al otro disparar. Esta vez el proyectil se perdió en el aire porque los blancos habían desaparecido. El empresario blasfemó con infinita rabia y  para desquitarse, fue al encuentro de su esposa que atravesaba la plaza en ese momento. Ella con buen criterio, echo a correr cuando lo vio, pero el tirador frustrado le dio alcance mudando su cólera en  brutal paliza que hubiera acabado en desgracia si el cura de San Froilan no se apresurara a intervenir, teniendo que emplearse a fondo, porque la furia del hombre descargó contra la actriz como la tormenta contra el suelo recalentado en una tarde de verano.

   Los fugitivos no se dieron tregua hasta verse en pleno monte. Allí amainaron un poco la marcha para tomar aliento ellos y los caballos. El viaje hasta León atravesando los Ancares  les llevaría cuatro jornadas mas o menos y podía complicarse, si el tiempo invernaba de repente como a veces solía caprichoso y antojadizo que era, sobre todo en las alturas, o si topaban con algún  forajido, cosa esta menos probable ya que por aquellos lares fuera del Camino Real, no se trasladaba gente a no ser fugitivos también como era el caso ahora mismo y el asalto a camaradas además de feo podía resultar peligroso; por ello el puesto de salteador en aquel punto sería tan inútil como en un callejón solitario, aunque bastante mas arriesgado.
   Brillaba ya algo de nieve en las desgastadas cumbres y el frío se calaba hasta los huesos; con la humedad, la ropa no se pegaba al cuerpo y las mantas no eran suficiente abrigo. El camino era angosto y sinuoso, había que seguirlo con paciencia. Si fuera un viaje de placer hubieran empleado tiempo en admirar el paisaje, mezcla heterogénea  de árboles y de misterios con sus pueblos únicos de pallozas ancestrales y de gentes hospitalarias a la par que curiosas ante los escasos viajeros que por allí se aventuran; pero el horno no estaba para bollos, el marido podía haber enviado alguien para seguirles, así que había que arrear.
   No se necesitaba tener aptitudes  de adivino para comprender que el marido fue lo primero que dispuso cuando regresó a la fonda:  hacer venir un sicario desde Santiago, pero no para seguirles, porque obviamente no conocía con certeza la dirección que habrían tomado. Lo que si era seguro es que mas tarde o mas pronto recalarían en Oviedo en la casa paterna. Esto se vio confirmado para la mala suerte de Josefo a la mañana siguiente cuando ya la compañía había abandonado el pueblo apresuradamente, por si a la  justicia le daba por meter las narices donde no le importaba y el marido avispado, había citado al espadachín en la siguiente villa. El emisario les dio alcance por el camino creyendo que el muchacho continuaba con ellos para avisarle de que  su padre estaba en trance de muerte. El empresario se frotaba las manos: esta vez no se iba a ir de rositas el muy hijoputa. El había perdido a su mujer y con ello a la primera actriz, pero nadie es insustituible. Sin embargo el escritor perdería la vida para siempre, porque es una sola, no hay repuesto.
Fue un fallo que tuvo Dios cuando creó al hombre.
   La joven y promiscua artista, amparada por el párroco de San Froilán,  había buscado refugio en un convento de monjas, para huir de la furia del marido y orar un tiempo por sus pecados y rogar por la salvación de su alma. Esto último fue idea del cura, que a ella no se le hubiera ocurrido nunca.

   Los fugitivos pernoctaron al sereno, sin pegar ojo la primera noche, no atreviéndose  a hacer fuego, tapados con las mantas y con ramas de árboles que además de abrigo procuraban camuflaje, comiendo algo de cecina que Jacinto llevaba en las alforjas y un poco de pan, duro como pedernal. Temían que alguien les viniera detrás, pero también temían al oso, rey absoluto de la montaña, tan incuestionable como Felipe II y sobre cuyas costumbres no se ponían de acuerdo (sobre las el oso, las del rey no las conocía el pueblo llano): Josefo sostenía que dormía todo el invierno, pero Jacinto argumentaba que  eran patrañas ¿Cómo iba a sobrevivir sin comer durante tanto tiempo?. Imposible.
   —Tiene reservas suficientes de grasa —decía Josefo
   —¿Dónde?.
   —Quizá bajo la piel.
   —Nunca escuché tontería mayor.
   —Bueno, vale. Vigilemos por si viene el oso, no nos vaya a estrujar como al rey Favila.
   La segunda jornada lograron alcanzar poblado antes de anochecer y durmieron en una palloza entre las vacas. Fue una suerte porque había comenzado una llovizna terca que los empapó en menos que se dice agua. Los dueños, una pareja de mediana edad, les dieron leche caliente con pan de maíz que migaron dentro. Por la mañana desayunaron lo mismo. Jacinto se encargó de adquirir provisiones para el viaje: borona, queso y cecina. Hecha la compra, continuaron camino. Esa noche la pasaron al raso, sin embargo se atrevieron a hacer fuego, no parecía que nadie les siguiera. Es más, ya casi lo habían descartado. No obstante, durmieron por turnos, porque habían oído aullar al lobo y estaban amedrentados. Además Jacinto andaba obsesionado con la Procesión de las ánimas que vagan por los caminos buscando incautos como ellos a los que robar el alma. Había trazado un circulo de ceniza alrededor de ellos y le había rogado a Josefo no salirse de el bajo ningún concepto.
   —Y si les ve no les mire a los ojos.
   —¿Tienen ojos los espectros?.
   —Usted ríase, pero como aparezcan no les mire por si acaso.
   Durmieron mal, entre el frío y los miedos. Si no se extraviaban al día siguiente, estarían ya en la provincia de León; desde allí serían tres jornadas mas hasta la casa del tío de Josefo.  Por la mañana llegaron a un pueblo. Era el último de Galicia, los lugareños les indicaron el camino. Con la llanura, cesó la lluvia y mejoró el humor de los viajeros.
   La segunda noche en tierras leonesas, ya en el Camino Real Frances que seguían los peregrinos a Santiago,  encontraron con alegría una venta donde pernoctar y cambiar de menú, aparte de poder lavarse, que era algo con lo que Josefo soñaba, cuando podía dormir.
   No estaba muy concurrido el sitio. Un arriero y ellos dos. Dieron agua y heno seco a los caballos y procedieron a bañarse donde  les dijo el ventero: en el pilón del huerto al lado del pozo.
   —No se preocupen vuesas mercedes, desnúdense en paz, no hay señoras.
Señoras no habría pero salamandras si. Jacinto las sacó del pilón y trajo unos calderos de agua  limpia del pozo para aclararse. Luego cenaron sopa castellana caliente y  unos trozos de cabrito asado en el llar, regado todo con un vino recio como la tierra del páramo leonés. El criado salió para ver como estaban los caballos y Josefo subió a la habitación. Mientras recorría el pasillo alumbrado por el escueto candil que le dio el ventero, se abrió una puerta con sigilo y una mano le agarró la manga y tiró hacia dentro, mientras el viento de la puerta al aletear apagaba el candil. Josefo no sabia que pensar, aunque no le hizo falta discurrir demasiado. Cuando iba a preguntar algo, unos labios apretaron los suyos haciéndole callar, mientras una manos expertas y rápidas comenzaron a desnudarle. No sería una señora, ya que según el ventero no había en la posada, pero tenia unos pechos generosos, unos muslos suaves y carnosos, mucha habilidad y mucha pasión. Fue una noche enardecida en la que Josefo aprendió incluso alguna novedad amatoria. Pese al lógico cansancio el asturiano estuvo a la altura de lo que de él esperaba la mujer que se durmió rendida por el agotamiento con el canto del gallo, cuando el escritor debía levantarse y continuar camino.
   Este llegó tarde al desayuno, a punto estuvo Jacinto de ir a buscarle, pero pensó que necesitaba descansar, habían sido jornadas muy movidas y duras. Se sorprendió de la mala cara de Josefo que llegó bostezando.
   —¿No habéis dormido?
   —No, ya te contaré.
   Desayunaron y se pusieron en camino. Ya habían pagado por adelantado, la víspera. Cuando se iban Josefo preguntó al ventero:
   —¿No decíais que no había señoras en la venta?
   —Y no las hay. Yo no miento, que es pecado.
   El asturiano creyó adivinar cierta sorna en la respuesta. Cuando salían por el portón el ventero les grito:
   —Tengan buen viaje vuesas mercedes y vuelvan cuando quieran.
   Convencidos ya de que nadie les seguía y sabiéndose próximos a la ciudad, cabalgaron al paso toda la jornada. Así Josefo pudo dormitar durante el trayecto para desesperación de Jacinto que no pudo descubrir el porque de la forzosa vigilia del amo, aunque se lo imaginaba. En esos momentos el Camino estaba muy transitado en dirección a León y   el viaje, por ello, se presentaba tranquilo: con tanta gente no había peligro de asaltos ni cosa parecida. También toparon, para mayor tranquilidad, con una pareja de cuadrilleros de la Santa Hermandad que se interesaron al ver dormir a Josefo, por si viajaba enfermo y necesitaba ayuda.
   El asturiano recordó a su ayo Gonzalo cuando le contaba como  Enrique IV de Castilla había autorizado, hacía más de cien años,  la formación de la  Hermandad General para perseguir la delincuencia en los caminos y en los poblados. Lo cierto es que resultaba agradable encontrar “mangas verdes  por las calzadas,  pacificas gracias a su presencia  que hacían seguro el comercio y el transito en general, aunque  a veces llegaran tarde cuando se les requería, porque las vías de comunicación no eran lo mejor de  aquellos tiempos.
 Por la tarde, los viajeros atravesaron el  Bernesga y entraron en León. Su tío le dio con la bienvenida la noticia de la enfermedad de Josefo padre.
   —Es grave. Deberías ir a Asturias, para poder verlo vivo. Te mandaron hace días recado a Galicia, pero ya habías abandonado Lugo.

   Decidieron salir por la mañana temprano, nada mas amanecer. Ya estaba llegando noviembre y aunque el tiempo era bastante frío, aun la nieve no había  igualado el paisaje borrando los caminos, no obstante el paso por la montaña podía cerrarse en cualquier momento. Josefo dejo en casa de su tío a su querido caballo cuatralbo, compañero de tantas aventuras. Era preferible hacer el viaje de retorno a casa a lomos de caballerías de refresco, bien descansados para abordar el camino y para soportar las impertinencias del tiempo que podían ser variadas.

   Dejaron atrás León pasando por delante del Convento de San Marcos aun en obras. Va a ser inacabable, decía el tío de Josefo y no le faltaba razón, aunque el conjunto resultaba grandioso y exuberante, en contrapunto a  la austeridad del románico castellano y daba  a la ciudad un aire de modernidad muy europeo.

   Tomaron la Vía Romana de la Carisa, o Camin Real siguiendo la cuenca del Bernesga.  La Vía Carisa fue en origen un camino prehistórico de tierra que se adentraba en Asturias desde la meseta cruzando la Cordillera Cantábrica. Josefo recordaba como su ayo Gonzalo le instruía  acerca de los pueblos que habían mejorado la ruta para atravesar la montaña y  le hablaba de ellos con devoción cada vez que viajaban a  la capital castellana .
   —Fíjate Josefo, —le decía— por aquí cruzaron  los tartesios hace cientos de años
   —¿Quiénes eran los tartesios?
   —Unas gentes muy avanzadas que vivían a las orillas del río Tartessos, el que luego llamaron los romanos Betis y los árabes Guadalquivir. Estas gentes tenían un rey que gobernó cien años y se llamaba Argantonio. Ellos fueron los primeros que utilizaron esta ruta que luego mejoró el general romano Publio Carisio para enlazar los centros vitales del gran Imperio Romano. Este camino que vamos hollando tuvo una gran importancia estratégico militar en aquellos tiempos. Por aquí, además, daban salida a los metales que extraían  en León, Asturias y Galicia.  Los árabes la llamaron balath (pavimento). Esta vía unía, ya en aquella época, el puerto de Gigia con el de Gades y por ella salían a la meseta desde Asturias gentes, ganados y mercancías variadas, como vamos haciendo ahora nosotros. También durante la época medieval, los peregrinos del camino de Santiago llegaban a Oviedo por esta senda para visitar la iglesia de San Salvador  y que no se cumpliera en ellos aquella sentencia francesa que les acusaba de “honrar al criado y dejar al señor”.
   Josefo recordaba a su  buen ayo y todo lo aprendido en este momento en el que enfilaban la ancestral ruta  rogando al  Señor Salvador les permitiera llegar a Oviedo a tiempo para ver con vida a su padre. Estaba poco transitada, se cruzaron con un par de arrieros y horas mas tarde con unos frailes en mulos y un grupo de siete hombres jóvenes que se dirigían a embarcar en Cádiz para el Nuevo Mundo. A media jornada dejaron atrás un carro de bueyes cargado con ventrudas barricas de vino tinto del Bierzo.
Avistado el valle de Camplongo y Pendilla, el camino se adentra en la Cordillera siguiendo la ladera oriental con una suave pendiente, antes de zigzaguear acalorado para luego calmarse y entrar en Asturias manso y horizontal
   El otoño había trocado el monótono verde de la arboleda en una profusión de colores desde el ocre tostado al rojo intenso pasando por toda la gama de amarillos. Era como la paleta de un pintor lista para abordar el retrato de un paisaje colorista y exuberante. La atávica Cordillera se mostraba ante ellos en todo su esplendor, incitante y bella. Como una diosa madre protectora, de mamas generosas, entre cuyos brazos no podías correr ningún peligro.
Esa era la impresión que tuvo Josefo, ingenuo como siempre, porque la montaña  aparenta serenidad en su perenne grandeza,  pero solo es para que el viajero confíe  y se adentre ( de otro modo la soledad resultaría penosa). Sin embargo, alojado bajo sus pechos de Venus o despistado por su vientre y sus caderas, el peligro acecha acomodado a formas diversas. Es una embaucadora. Quien bien la conoce sabe que es preciso desconfiar y andar alerta.
   La primera jornada disfrutaron de la belleza del paisaje y de la bonanza del clima. Parecía que el viaje tuviera buenos augurios. Pero  al día siguiente de abandonar León y ya en plena travesía les castigó una ventisca que comenzó a asomar el hocico en lontananza sobre las cumbres del pico Tresconceyos, como una alimaña al acecho, que al descubrir la incauta presa se lanzó imparable ladera abajo, arrollando con  su estela todo lo que fue hallando por el camino. Los viajeros y sus monturas se vieron sumergidos mas pronto de lo que creyeron, en cataratas de agua seguidas de grueso granizo y acompañadas de súbitas llamaradas de relámpagos con fragores de truenos que parecían partir en dos la montaña, tan descomunales eran las estampidas.
   Josefo se imaginaba las legiones romanas sorprendidas por una tempestad de  esta singularidad sujetando caballerías, empujando carros atascados, implorando a los dioses y tratando encarecidamente de no salirse de la Vía  Incluso le pareció oír, sofocadas por la embestida  del granizo contra el empedrado,  las voces de los legionarios dando órdenes a sus monturas.
Los dos asturianos, que habían echado pie a tierra, se cogieron del brazo para no perderse, procurando no soltar a los caballos, que cabeceaban nerviosos espantados por el temporal. No podían apenas avanzar, porque tenían la tormenta encima de sus cabezas, envolviéndolos  en sus remolinos de fuego y piedras, mientras proseguía con parsimonia su viaje hacia el este. En medio de la vorágine decidieron hablando a voces para poder entenderse, arrimarse despacio al bosque, porque no se veía ni la calzada  y  ponerse al resguardo de los árboles hasta que amainara. Se salieron del Camin hacia la izquierda puesto que a pocos pies a la derecha, el precipicio camuflado tras una barrera de arbustos acechaba paciente de siglos a caminantes confiados y confundidos en la noche o la tormenta.
   Subieron monte arriba casi en vertical un buen trecho, avanzando luego hacia la derecha paralelos a la senda para poder reincorporarse  mas adelante sin sobresaltos. Cuando el bosque comenzó a clarear, ataron los caballos con dificultad y se sentaron  contra el tronco y bajo las frondas exuberantes de lo que parecía un roble. Estaban empapados. Si se tocaban les manaba agua como si les brotara de dentro y el frío no les permitía hablar, les temblaba la barbilla  igual que cuando hacían pucheros de niños.
   —Creo que nos hemos internado demasiado.
   —No te preocupes, cuando esto termine, solo tenemos que ir hacia abajo en línea recta hasta encontrar de nuevo el Camin.
   Cesó la ventisca tras bastante rato, tanto que se hizo noche cerrada. No habían caído copos por suerte, solo fue una granizada con toda su corte. Lo típico de noviembre, aunque fuera octubre.
   —Tendremos que pernoctar aquí. Mañana veremos. A ver si encontramos algo bastante seco para hacer un fuego y poder calentarnos y secarnos.
   Jacinto se internó un poco mas y al rato regresó corriendo asustado llamando a Josefo.
    —He visto luces, como una procesión. Serán las almas de los difuntos. Es casi noviembre, recordad.
   —Dichoso tú y tus difuntos. Serán viajeros como nosotros. Muéstrame donde.
   Jacinto le mostró de mala gana el lugar. Ya no había procesión, pero se adivinaba bajo la luna que comenzó a brillar oportuna, una casa grande con una pequeña luz  en el frente.
   —Parece un cenobio —dijo Josefo para convencerse a si mismo.
   —Puede, si, tengo noticias de que hay frailes en la montaña —aseveró Jacinto también para darse ánimo.
   Se dirigieron hacia allí, nadie iba a negarles cobijo en una noche así. No obstante prepararon los aceros y el forquiau por si las moscas. Cuando se acercaron vieron que se trataba de un caserón de piedra sin labrar con cuatro ventanas de medio punto y una puerta principal arqueada del mismo modo. Al lado de ella había un nicho con una imagen de lo que pudiera ser una santa, pisoteando un dragón cuyas enormes fauces abiertas amenazaban tragarse al primero que osara ponerse a tiro. Junto a la imagen ardía una llama en un pequeño farolillo que fue posiblemente la luz que vieron desde el bosque. En la puerta sobresalía una aldaba de buenas dimensiones; con ella llamaron. Al poco se abrió una trampilla y una voz de mujer preguntó quien iba.
   —Somos dos viajeros que nos hemos extraviado con la tormenta. Nos gustaría poder pernoctar a cubierto.
   Hubo un prolongado silencio en el que parecieron escucharse cuchicheos y pasos apresurados y por fin la puerta se abrió apareciendo en el umbral dos monjas con un hábito austero y marrón alumbradas por un farol.
   —Aquí vivimos una comunidad de hermanas hospitalarias. Tendremos mucho gusto en ayudaros. Pasad, por el amor de Dios.
   —Ave María Purísima —dijo Jacinto que no sabía que decir.
   —Ave —respondió la monja.
   —Dejaremos los caballos en el establo. Os daremos de cenar y luego os mostraremos donde dormir. No temáis estáis en casa santa.
   Josefo preguntó si habían salido, porque su criado vio una hilera de luces.     Tras dubitativo silencio, la que pudiera ser madre abadesa respondió:
   —Salimos por si alguien se había extraviado por aquí tras la tormenta, siempre lo hacemos.
   —¿No encontraron a nadie?
   —Pues no. Pero ha servido para que vuestras mercedes nos vieran ¿no es así?
   Josefo asintió.
   —Le acompañare a su celda y le traeré ropa seca para que puedan cambiarse.
   La monja volvió al poco con  dos hábitos marrón oscuro como el que ellas llevaban.
   —Vistan esto. Cuando venga a buscarles para la cena me llevaré su ropa y la pondré a secar.
   Jacinto comentó cuando regresó de acomodar a las monturas que en el establo había cinco caballos y dos mulos y además un carro de carretero, aunque los bueyes no los había visto por ningún lado.
   —Me parece extraño que tengan tantos caballos ¿para que los quieren?.
    A Josefo le pareció normal teniendo en cuenta que recogían gente extraviada.
   —Algunos pueden haber perdido su montura con las ventiscas y de este modo les  procuran otras. No tiene nada de extraño.
   También  chocó al muchacho la falta de pulcritud. No estaba sucio, pero tampoco limpio, por lo menos como suelen estar los monasterios y sobre todo de monjas.
   —¿Has visto muchos conventos de monjas tú?
   —No. Pero siempre lo he oído decir. Además esta un poco ruinoso.
   No tendrán medios para otra cosa mejor. No pongas tantos reparos y agradece la hospitalidad.
   La misma monja de siempre vino a buscarles y les condujo al comedor. Era un sitio amplio comunicado con la cocina en el que había un aparador para la escasa vajilla y una larga mesa con fiadores, alrededor de la cual se sentaba, en sillas de madera con asiento de enea, la comunidad compuesta por cinco hermanas. Bajo la mesa un enorme brasero caldeaba la estancia. Sobre ella, una olla aun tapada esperaba  a los comensales. Cenaron sopas de pan de escanda y conejo guisado con verduras del huerto. Bebieron vino en abundancia.
   —Es de  la zona de Toro, me lo envía mi familia —dijo la que llevaba la voz cantante.
   Josefo preguntó por la orden, como habían llegado hasta aquí, de donde vinieron, quien fue su fundadora.
   —Yo la fundé —dijo la de siempre—, somos hermanas hospitalarias, nuestra regla es sencilla: dar albergue y prestar auxilio al caminante, trabajar el huerto, atender los animales y rezar por la humanidad. Nada más.
   —Pues me alegro de que estén aquí —dijo con convicción el escritor—aunque me pregunto si no será peligroso, solas en medio de la montaña.
   —Tened en cuenta que somos cinco y sabemos defendernos, pierda cuidado. Aunque nunca nos ha hecho falta. La gente es buena y respetuosa con nosotras.
  —No sabéis cuanto me agrada oír esto.
   Charlaron de nimiedades y bebieron vino zamorano en abundancia. Josefo, como buen escritor curioso y deseoso de conocer cosas nuevas, volvió a preguntar por la orden.
   —Ya os dije que yo la fundé. Éramos un grupo de mujeres solas, algunas viudas cuyos maridos habían muerto en la guerra mientras que los de otras se embarcaron para las Indias Occidentales y no volvieron a saber de ellos. Las familias no pudieron hacerse cargo  cuando quedaron solas, así que decidimos agruparnos para sobrevivir.
   —¿Se conocían de antes, eran acaso de la misma ciudad?
   —No nos conocíamos  porque  no somos  del mismo pueblo, nos fuimos encontrando aquí y allá, mientras la vida nos fue llevando a unas con mejor fortuna que a otras. Como os digo vinimos a este caserón que era de la familia de la hermana Teresa y decidimos constituirnos en comunidad religiosa para socorrer al necesitado y acoger a quien lo necesite como nosotras. Tratamos de que no se repita nuestra historia.
   —¿Como sobreviven?
   —Cultivamos un huerto, tenemos cabras y gallinas, cazamos y pescamos en el río. No nos falta comida. El excedente lo vendemos en el mercado de la Pobla de Gordón.
   —¿Estamos ya cerca de Asturias, entonces?
   —Sí. Mañana ya podéis entrar en tierra asturiana. Nosotras os devolveremos al camino real. Deberíais retiraros a descansar, quedan jornadas hasta llegar a Oviedo y el camino es duro.
   Josefo tenía la esperanza de que se repitiera el episodio de la venta y que un brazo femenino le introdujera en una celda oscura, pero no sucedió. Aunque prefería los misterios, esperó despierto y esperanzado pese a la fatiga del viaje, que se abriera la puerta de su dormitorio y entrara alguna de las monjas. La que parecía ser la abadesa era una mujer guapa, mayor que él además, lo cual le agradaba sobremanera. Tenía unos ojos grises absolutamente inquietantes, aunque a Jacinto le parecían fríos y sin sentimiento.
   —¿Como sin sentimiento?
   —Pues eso, no son dulces, ni cariñosos. No invitan a la confianza. A mi me hacen recelar.
   —Bah, tonterías tuyas. Es una mujer muy atractiva.
   —Yo no la querría en mi cama, lo mismo me clava un puñal después de amarla. Creo que es de esas que utilizan a los hombres.
   —Bueno ¿qué sabrás tú de mujeres?—dijo el escritor dándose la vuelta y acomodándose para dormir porque ya estaba convencido a aquellas alturas de que no vendría ninguna a visitarle.
   Jacinto no sabía demasiado de mujeres, era cierto, pero también lo era que tenía bastante mejor ojo que su amo. Por lo menos no se metía en camas ajenas y sus historias eran escasas pero terminaban  por las buenas  y  no por irrupción violenta en la escena de un marido celoso, coronado y armado. Amen de que hasta ahora nadie le había sentenciado a muerte como a su amo, cosa que éste parecía haber olvidado por completo. Durmió mal el criado, porque los ojos de la monja le inquietaban, aunque  por distintas razones que al escritor.
   Sería algo más de media noche, cuando comenzó a escuchar un cierto trajín en el convento. Se levantó y pegó el oído a la puerta de la celda. Creyó escuchar abrirse la puerta principal. Será que llega gente, le habría dicho Josefo, pero él tenía la mosca tras la oreja. En vez de entrar, parecía que salieran a la calle ¿Dónde iban a aquellas horas?. ¿A rezar? ¿Adonde? El no había visto iglesia alguna adosada al convento ni en los alrededores. Decidió averiguarlo. Las celdas daban a una especie de claustro que se abría sobre un jardín interior lleno de arbustos. Ellos estaban en un extremo, muy alejados de la puerta de entrada. La comunidad dormía al otro lado. Con la puerta entreabierta pudo ver correr a una monja rezagada que llevaba una especie de azada en la mano. No puede ser que vayan a trabajar al huerto, pensó el fámulo asturiano. Por una de las ventanas arqueadas vio luces de antorchas. ¿Vuelven a salir de búsqueda? Tengo que ver lo que hacen.
   Abandonó la celda con sigilo y caminó por el pasillo arrimado al jardín donde era fácil camuflarse si alguna regresaba de improviso. Llevaba un puñal al cinto, pero sobre todo  el forquiau de rama de salguero que usaba con tanta maestría desde niño.
   Llegó hasta la puerta sin contratiempos, salió con cuidado y se aculó contra la pared; no hay moros en la costa, pensó, mientras continuaba hasta la esquina. Desde allí  vio una lúgubre procesión salir del cobertizo anexo a la cuadra; abría la marcha una de ellas portando una antorcha,  seguían otras dos arrastrando un hombre desnudo y sin cabeza, luego otra monja con antorcha y la cabeza del muerto agarrada por los pelos y por último las mas jóvenes llevando azadones y palas. A Jacinto se le erizó todo el cuerpo mas por la visión que por el frío. Cada parte de su anatomía susceptible de atiesarse lo hizo en aquel instante.
   —Que embusteras de mierda —masculló con los dientes apretados—  Menuda alianza de falsas monjas con elementos desatados por su amigo, el diablo, en medio de la nada. De eso viven las muy putas de robar y matar.
Cuando perdió de vista la procesión, dejo la esquina de la casa y corrió hasta parapetarse detrás de un grueso nogal. Desde allí comprobó como dos enterraban al muerto, mientras otra alisaba lo que parecían montículos de tierra de tumbas recientes y las otras dos sostenían las antorchas.
   —Eso hacían cuando las vi, venían de enterrar algún otro y volvían a por éste, pero nosotros las interrumpimos. Tengo que avisar al amo, hay que salir de aquí a toda prisa.

   Esa fue otra peripecia, despertar a Josefo y convencerle de que lo ocurrido no eran imaginaciones sino la pura verdad y de que las monjas hospitalarias eran vulgares bandidas que acogían viajeros para robarles y matarles, porque no podían dejar testigos.
   ¡No podía haber testigos!
   Cayó en la cuenta de pronto y no se cagó de miedo, porque ya lo había hecho cuando vio al muerto que iban arrastrando sin cabeza.
   —Vamos, vamos. Así con hábito y todo. Salga ya de una vez, que nosotros seremos los próximos. Yo iré a por los caballos.
   Josefo no entendía aun, era un poco lento cuando había mujeres de por medio. El las creía hechas para el amor en todas sus manifestaciones: carnal, maternal, filial o fraternal. No era capaz de comprender que también podían delinquir, incluso matar, talmente como los hombres.
   Cuando llegó a la puerta ya esperaba Jacinto, que había tenido la precaución o la premonición de dejar ensillados los caballos. Montaron y acordaron el camino a seguir.
   —¿Hacia dónde vamos?
   —Vamos  adelante por el bosque, lo mas lejos posible. Cuando amanezca trataremos de volver al camino real.
   Salieron a todo lo que daba el trote del caballo. No pudieron oírlas, pero la comunidad hospitalaria descubrió rápido la huida y les dedicó un variado repertorio de blasfemias, dignas del mas curtido arriero que cruzara la cordillera en cualquiera tiempo. La rubia de los ojos sin sentimiento dejó a medio enterrar la cabeza y bajo corriendo a oscuras la pequeña loma, llegó a la cuadra, recogió su ballesta y de un salto montó el caballo a pelo saliendo en persecución de los fugitivos. La siguieron  otras dos, que se fueron en dirección contraria.
   Mientras, los asturianos iban casi a ciegas por el bosque. La luna pareciera tener ganas de jugar al escondite saliendo y ocultándose tras las mullidas nubes. Cuando ésta alumbraba Jacinto miraba hacia atrás, estaba convencido de que vendrían en tropel tras ellos. Una de las veces que la luna asomó curiosa, vio brillar una cosa que se movía con gran rapidez en línea recta a no demasiada distancia. Tenía buena vista y buen oído también el muchacho, por eso comprendió que no era un ave precisamente  lo que se  acercaba volando emitiendo un lúgubre silbido. Entonces gritó a Josefo:
   —Agáchaos, una saeta, una saeta
   Pasó rozando las cabezas de los cuatro. Hacia tiempo ya que se habían percatado de que estaban descendiendo por una ladera. También eran conscientes de que pasaría un buen rato antes de que volvieran a dispararles, caso de que fuera una sola la ballestera. Tenían que asumir el riesgo, no quedaba otra.
   Jacinto aminoró la marcha del caballo, pidió a Josefo que lo condujera  evitando así que el se golpeara contra una rama y  preparó su forquiau, colocando la munición ( una piedra aplanada de buenas dimensiones) en la badana. El joven criado se situó de espaldas a la marcha y sujetó la badana con el proyectil entre el índice y el pulgar. La luna compasiva les hizo el favor de alumbrar y mientras la ballestera se tomaba el tiempo requerido para colocar una nueva saeta, un proyectil lanzado a gran velocidad le  impactó en la frente derribándola a plomo de la montura.
   —Salgamos echando leches.¡Vamos, vamos!
   Siguieron ladera abajo durante bastante tiempo. Fueron conscientes de que nadie mas los seguía, lo que les pareció extraño pero no dejaron, sin embargo,  de alegrarse por ello.
   Tras un tiempo que se les antojó eterno, un rayo de sol  madrugador asomó la punta sobre los montes a su derecha. Cuando la luz fue un poco mas evidente Jacinto descubrió la Carisa con la misma alegría con la que se descubre la silueta de la amada tras un tiempo prolongado de ausencia. Se dejaron ir ladera abajo y saltando desde el calzado lateral se reincorporaron al camino con la sensación de haber avanzado bastante trecho, puesto que el paisaje había cambiado por completo.
   —Doblando esa curva veremos algo, seguro.
   Efectivamente así fue, aunque no era lo que esperaban en absoluto. Dos hermanas hospitalarias estaban en  medio del camino sobre las monturas sin silla. En cuanto les pusieron el ojo encima, apuntaron hacia ellos con sus ballestas. Jacinto fue mas rápido con su forquiau y derribó a la suya antes de que soltara la saeta. Josefo se dejo caer del caballo, para contemplar con estupor como se desplomaba muerto atravesada la cabeza por el proyectil.
   Esa era la estrategia: matar a los caballos y con los rivales en el suelo, acabar con ellos sorprendiéndolos con rapidez mientras se reponían de la caída. Pero desconocían la destreza de Jacinto con la honda salvadora.
   La monja que quedaba salto al suelo y se enfrentó a Josefo blandiendo un alfanje morisco con las dos manos, contra el que el asturiano poco podía con su ropera. Mientras, el criado recogía la ballesta cargada de la otra y cavilaba como disparar.
   Pensó: como en todo, lo primero apuntar. Acercó el ojo al extremo del carril de la saeta y lo alineó con el blanco, harto complicado porque no paraba de moverse, como si ejecutara una danza ritual. Los movimientos eran acompasados y rítmicos, pero no exentos de dureza en las acometidas. Josefo se defendía sin demasiado entusiasmo, aunque era consciente, a ratos, de que le iba la vida en ello.
   Esperó a que cesara un poco el vaivén y en el momento en el cual la hermana hospitalaria tenia acorralado a  Josefo contra el borde del precipicio, bien colocado para que se precipitara muerto ladera abajo por su peso  y no hubiera necesidad ni de empujarlo, Jacinto gatilló la ballesta. El proyectil atravesó a la mujer por debajo de los omoplatos y la proyectó hacia delante y hacia el abismo, rozando a Josefo en la caída, provocando que se precipitara también mientras lanzaba un alarido mas de sorpresa que de miedo.
   —Oh no por Dios nuestro señor y por todos los demonios. Nooo. Amo, Amoooo.
   —Jacinto, estoy aquí, aquí. ¿No me ves?
   El asturiano pese a todo tenía suerte. Dios protege a los ingenuos, está comprobado, Josefo era una muestra de ello. El abundante matorral  había frenado el descenso y el escritor tuvo pericia para agarrarse a las ramas y quedar medio suspendido. Jacinto se arrastró boca abajo sobre el vacío y logró izar a su amo sin mayores dificultades. Una vez en la calzada empujaron el cuerpo del caballo, con un buen esfuerzo, precipicio abajo. Trajeron a la monja e hicieron lo mismo. No comprobaron si estaba muerta aunque suponían que si, porque por el agujero que dejó la pedrada asomaba algo viscoso que pudieran ser los sesos, recogieron los caballos, la ballesta y el alfanje y salieron pitando.
   —Necesitamos descansar —dijo Josefo.
   —Le repito que hay monjes por aquí.
   —Si ya lo sé. Pero si no encontramos a nadie, descenderemos en cuanto veamos un pueblo.
   Unas millas adelante dieron alcance a un carretero que viajaba cargado de cebada. El les dijo que había cercano ya un convento donde se podía dormir y comer. Les invitó a subir  al carro, pero prefirieron continuar a su ritmo.

   Tras no mucho camino, llegaron a un convento de monjes cistercienses quienes les dieron cobijo con agrado y les permitieron lavarse.
   El  prior era un hombre de mediana edad alto y bien parecido que enseguida hizo migas con Josefo, pese a la antipatía  de este por los hábitos.
   —Me llamo Gerardo de Peñaflor y soy el prior. Soy asturiano de Grado, empleo el tiempo libre en hacer traducciones de libros extranjeros. Tenemos una buena biblioteca que tendré mucho gusto en mostraros.
   Quizá fuera porque compartían la afición por la literatura, por lo que el muchacho se sentía a gusto con el monje y no tuvo inconveniente en referirle los pormenores del viaje, sin omitir el episodio del cementerio en Galicia. Gerardo de Peñaflor se rió a gusto.
   —¿No vais a reñirme?
   —Hombre, no está bien codiciar, ni menos aun catar los bienes del prójimo —volvió a reírse— pero las mujeres no son una mercancía y por consiguiente tampoco propiedad de nadie ni siquiera del marido y si ella consintió, no seré yo quien os enmiende la plana. Pero debemos poner celo en evitar dañar los sentimientos de terceros, precisamente. Quiero decir que uno puede enamorarse de otra persona, pero es preferible decir la verdad al marido o a la esposa, lo que no está bien es engañar ¿comprendéis?
   Josefo estaba perplejo, nunca hubiera esperado una respuesta así de un clérigo. Para todos los que conocía el mayor pecado, casi el único, era la fornicación. Que el monje antepusiera el engaño al fornicio era una novedad agradable.
   Continuó con el relato hasta llegar a las monjas hospitalarias.
   —Ah mi buen amigo. Habéis tropezado con Gaudiosa de Rentería “la alavesa” y con su banda. Como ya habéis comprobado no son monjas sino todo lo contrario. Son bandidas que asaltan a los viajeros, los conducen a su guarida, un cenobio abandonado, y los matan para robarles.
   Pero es una historia triste la de esa mujer. Era vascona como ya os indiqué. Tenia tres hermanos varones y su padre la educó lo mismo que a ellos, instruyéndola en el manejo de las armas y  la caza.
   Eran gente adinerada, cristianos viejos buenos y temerosos de Dios, pero las rencillas de un vecino envidioso de los éxitos económicos  del padre, Juan de Rentería, propiciaron ya sabéis como funciona esto, la denuncia al Santo Oficio, que cuando hay dinero de por medio es muy proclive a creer cualquier cosa que se  diga aunque el sentido común indique lo contrario. Prendieron a toda la familia y para no cansaros os diré que la sentencia fue: Para el  padre, confiscación de bienes y muerte en la hoguera, porque el viejo no quiso arrepentirse y que le dieran garrote, muerte menos cruel, así que ardió vivo. Los hermanos fueron condenados a muerte también incluso el mas joven, casi un niño y ella fue condenada a una pena simbólica: viaje al cadalso con sambenito y vela y regreso a la  cárcel para quedar libre. El pueblo se alborotó, querían mas espectáculo. Ver arder a una mujer era siempre un añadido interesante al de por si encarnizado festín. Pero ese día se les fastidió la orgía. Sin embargo para una mujer era una condena a muerte. Desaparecida su familia, incautados sus bienes ¿Qué les quedaba?. Cualquier otra se hubiera rendido; pero no Gaudiosa. Se echó al monte como un forajido y poco a poco fue ajusticiando a la familia del delator. Sin prisa, tomándose su tiempo. Dejando que se confiara entre una muerte y la siguiente. Cuando le tocó el turno a el, le descuartizó, confío en que ya muerto, y luego esparció los restos por la plaza donde ardió su familia. Después desapareció de la comarca. Al poco, comenzaron a tenerse noticias de una banda de mujeres que campeaba a placer por los caminos de la cordillera. Ora aquí, ora mas allá, pero siempre en la montaña para azote de viajeros confiados como vuestras mercedes, atentos sólo a los peligros del viaje, que no podían mas que alegrarse si les salían al paso unas monjas indefensas y para mayor abundancia jóvenes, guapas y hospitalarias.
   —Pues posiblemente la he matado con mi forquiau —apuntó Jacinto que se había acercado a escuchar la historia de Gaudiosa.
   —Tenéis que enseñarme a usarlo. Veo que es un arma eficaz y fácil de fabricar, además.
   —Con mucho gusto, padre. Empezamos cuando vos queráis.
   Josefo se quedó pensativo, sentía pena por la mujer rubia. Si era cierta la historia, la vida había sido muy cruel con ella.  La habían obligado a ponerse al margen de la ley. Era un injusticia terrible la que había cometido contra su familia el Santo Oficio. Si le hubiera sucedido a él, quizá hubiera hecho lo mismo.
   El prior había convocado a la comunidad y les había relatado el encuentro de los viajeros con las bandidas y como habiendo matado a tres de ellas, entre las cuales estaba Gaudiosa, era probable que las dos restantes abandonaran el lugar y pasara bastante tiempo antes de que se tuvieran noticias de nuevo de ellas, si es que se tenían.
   —Felicitemos a nuestros huéspedes.
   Mientras esperaban  por la comida, Jacinto mostró al prior como se manejaba el forquiau  y prometió enviarle uno por medio de uno de sus primos, el arriero de Lena, que visitaba León con frecuencia.
Comieron con gusto el modesto condumio de los frailes. Luego el prior mostró a Josefo la biblioteca y aun hubo tiempo para charlar un buen rato de literatura.

   Josefo se sorprendió de la abundancia de textos del monasterio. Habría casi 500 ejemplares encuadernados. Gerardo de Peñaflor le mostró los seis volúmenes  de la Biblia Poliglota Complutense financiada por el cardenal Cisneros. Contaban también con varios códices latinos, hebreos, árabes y griegos. Si no fuera por la premura de la vuelta a casa se hubiera quedado con gusto algunos días con los frailes en particular con el prior al que prometió visitar de nuevo en cuanto tuviera ocasión para ello. Se acostaron temprano y partieron al alba. Les acompañó un fraile que debía acudir a Oviedo para hacer llegar unos documentos al Obispado. Era según el prior buen espadachín. Sería útil compañía. Gerardo de Peñaflor le recordó la amenaza del empresario y le rogó tener prudencia una vez en Oviedo.

   El resto del trayecto hasta la capital del antiguo reino astur transcurrió sin incidencias a no ser por la lluvia que se desató el ultimo día a modo de  purificación antes de entrar en la ciudad sin que hiciera falta fumigarles como se hacia con los peregrinos. El  agua los había dejado limpios y pulcros, al menos por fuera. El fraile acompañante aconsejo a Josefo esperar, mientras ellos llegaban a su casa y veían el panorama puesto que era mas que probable que el sicario estuviera acechando. Decidieron tras ello, que el escritor esperara intramuros en la casa de los hijos del ayo, mientras Jacinto se adelantaba con el fraile para comprobar in situ si había o no peligro. En la casa del ayo recibió la noticia: Su padre ya estaba enterrado, no habían podido esperar mas.
   El escritor lloró con sentimiento. Quería a su padre aunque no lo demostrara y sintió de veras no haber estado a su lado en aquel ultimo trance. Le atormentaba la seguridad de que el progenitor hubiera muerto terriblemente preocupado por su futuro, asunto que a él no le inquietaba en absoluto. Pero los viejos temen al porvenir de los jóvenes porque es sinónimo de su propia  inexistencia. Cuando el joven se va  haciendo mayor, quien  ya lo era hace tiempo, esta próximo a terminar sus días en la tierra y sabe que no puede velar eternamente por los intereses del hijo, como sería su voluntad.

   Jacinto y el hermano Luis Mendoza con ropa de seglar llegaron a la casa de Josefo a media tarde. Mientras se acercaban un personaje con perilla puntiaguda y aspecto siniestro les salió al paso.
   —¡Josefo Mallo!
   —¿Quien lo requiere? —preguntó Luis de Mendoza
   —¡La muerte! —respondió el otro con arrogancia.
   El fraile sacó a pasear la tizona en menos que se parpadea y se aprestó a entablar pelea con el forastero. Este se sorprendió por la destreza de quien suponía era un espadachín mediocre. Las cosas igualadas en principio, comenzaron a decantarse a favor del supuesto Josefo. Cuando en un rápido avance adornado con varias fintas el monje arrinconó al sicario y a punto estuvo de desarmarle mientras le propinaba un tajo en el brazo, otro elemento apreció en la calle sin que Jacinto se hubiera percatado de donde salió, entretenido como estaba en no perder de vista al rival del fraile. El recién aparecido sacó una pistola y apuntó al supuesto Josefo, pero una providencial e imprevista piedra le impactó en pleno rostro haciéndole caer de espaldas. El suceso despistó al compañero en una distracción mortal puesto que Luis de Mendoza le atravesó sin mayores problemas con el acero, que asomó un palmo por la espalda. A continuación, comprobaron que el herido no había muerto aunque la pedrada le destrozó la nariz y la sangre le manaba como si le hubieran cortado la cabeza. Aunque la calle estaba desierta durante la pelea, aparecieron testigos por todas partes que refirieron a los corchetes como Jacinto y su acompañante habían sido asaltados sin miramientos y como el segundo malhechor portaba una pistola. Este fue trasladado al hospital custodiado por la justicia.
   —Todo acabó. Vete a buscar a Josefo. Yo vendré mañana a visitaros.

    Cuando el fraile regresó a la casa, Josefo le consultó sobre la conveniencia de abandonar Asturias. Ya no tenía aliciente alguno para continuar aquí. Prefería cambiar de aires. Tomaron la determinación de que Josefo regresara a León. Su tío le había hecho una oferta por la hacienda bastante espléndida. Además había recordado la herencia de Hispatania. Harían lo siguiente. Regresaría al convento con fray Luis de Mendoza. Si el tiempo lo permitía seguiría viaje a León y si no lo haría en primavera, pasaría el invierno con los monjes. Jacinto permanecería en Oviedo preparando todo lo necesario para el viaje. Hizo una lista de lo que deseaba llevarse, primordialmente los libros. Cuando estuviera libre el camino Jacinto se trasladaría al cenobio y ambos desde allí a León  y tras cobrar la venta emprenderían viaje a Hispatania.

   Fueron unos fructíferos meses los que pasó en la compañía de Gerardo de Peñaflor. Su espíritu se serenó y su cuerpo y su alma se fortalecieron al unísono en la montaña. Leyó, escribió y sobre todo conversó con el prior sobre literatura, filosofía, religión, política e incluso mujeres. Le sorprendió descubrir que el fraile había estado casado y que al morir prematuramente su esposa decidió consagrarse a la religión y al estudio. Su percepción sobre los monjes cambió por completo. Con el comienzo de la primavera regresó Jacinto y ambos partieron con todo el equipaje hacia León. Josefó lloró con la marcha y Jacinto le acompañó, como en todo,  para no ser menos. El escritor miró hacia atrás varias veces hasta que el monasterio dejó de verse por completo, como si nunca hubiera existido. Sintió entonces una extraña sensación de orfandad que no había experimentado con la muerte de ninguno de sus padres. El camino se hizo triste hasta la casa de su tío. Ni siquiera el recuerdo del sorprendente encuentro con las bandidas le animó el viaje.
Demoraron unos días en León. Desde la capital del Bernesga hasta la frontera hispatana fueron ocho jornadas al ritmo de los bueyes porque decidieron viajar acompañados; ya habían tenido demasiadas sorpresas e imprevistos en los viajes anteriores y Josefo estaba además decidido a redimirse. Se lo debía a su padre, iba a hacerlo en su memoria.



El país




Dando por supuesto, desacertadamente, que todo el mundo domina aquello que yo conozco, había olvidado presentar a vuestras mercedes este país en el que estamos; unos porque queremos y otros porque no han tenido mas remedio; ruego perdonéis mi poca cabeza.
   Os habréis dado cuenta que detenta por nombre Hispatania. Bien, pues debo aclarar que se trata de una pequeñísima nación situada en un punto perdido entre el norte de la provincia  de Cáceres y el sur de la de Salamanca, aunque  otros la sitúan entre Zamora y Salamanca, incluso entre Cáceres y Badajoz. Tal vez ellos mismos fomenten el equívoco para despistar, porque les encanta pasar inadvertidos. Son gente discreta. Además les ha ido muy bien así. Desconozco si con el tiempo será o no un país famoso, pero en estos momentos continúa bastante ignorado por la mayoría de la población ibérica, sobre manera la mas lejana a sus fronteras y cuando se tienen noticias la gente tiende a pensar que es un país imaginario como aquella Utopía de Tomás Moro, aunque esa fuera una republica y esta nuestra Hispatania es una monarquía como ya vuestras mercedes se habrán percatado de sobra.
Referiré con suma complacencia lo que conozco de su historia, que no es demasiado, porque a los hispatanos se les olvidó ponerla por escrito. Lo que he leído han sido reseñas-harto lacónicas- de cronistas musulmanes y romanos, aportaciones de historiadores e investigadores ibéricos, nunca hispatanos, muy posteriores al comienzo de la andadura de este país y sobre todo la Crónica Lisboense, que ya convinimos en que su autor no era culto,  pero parece que si era del todo veraz.
   Entienden los eruditos que surgió como nación independiente en la época de los Reyes Católicos, aprovechando que a todo el mundo se le pasó por alto en la Reconquista, entre otras razones porque no había sido invadida por los musulmanes y no había nada, pues, que reconquistar. En realidad no se sabía bien si pertenecía  a Castilla o a Portugal, manteniéndose  independiente de hecho y acomodaticia de derecho a uno u otro vecino según conviniera. Parece ser que ninguno de los dos países tuvo nunca  noticias claras de que existiera y por tanto fue quedando al margen de extensiones, anexiones, conquistas y reconquistas, persistiendo de aqueste modo durante siglos.

   Sus despabilados pobladores fueron en sus remotísimos orígenes, un grupo bastante numeroso de neandertales, que ya sabemos no eran artistas y no dejaron por ello muestra ninguna de pintura mas o menos rudimentaria como hicieron otros grupos posteriores. No se sabe con certeza, dada la lejanía en el tiempo, como continuó la evolución. Si los neandertales emigraron o desaparecieron y la comarca fue colonizada por sapiens o si tal vez se mezclaron. Lo que es cierto es que solamente una cueva de las muchas que horadan las montañas hispatanas posee una muestra escasa de pintura rupestre del Paleolítico Superior lo que evidencia la presencia de homos en ellas. Eso si las pinturas son limitadas pero singulares: una nave parece ser que fenicia (extraño en una región muy de tierra adentro) y un grupo de mujeres con falda y adornos de plumas danzando alrededor de un hombre. También se adivinan en el techo una especie de cabras con los cuernos muy largos.
   Luego viene una laguna histórica de siglos hasta tener constancia de la subsistencia  de una tribu de pastores descendiente de Viriato, Los Lusos Montaraces, que como su nombre ya advierte, vivían en las apuntadas montañas dedicados al pastoreo. Eran trashumantes, o mejor digamos con menos prosopopeya, que iban y venían con la familia y la casa a cuestas hacia los pastos de invierno o de verano, siempre arriba y abajo como las mareas, atraídos quizá también, por el influjo de la luna bastante próxima a la tierra por aquellos lares. La altura de las montañas era lo que proporcionaba, en realidad, dimensión al país porque la longitud, donde hoy están asentadas las dos ciudades que acogen casi toda la población, y no digamos la anchura eran mas bien reducidas.
   La geografía estaba conformada por dos cadenas cuasi paralelas de puntiagudas montañas que  contorneaban una meseta y una vega que se volvió extensa con los años, donde se asentaron los habitantes una vez que aumentó la población y surgieron nuevas ocupaciones. Existía también un río serpenteante y saltarín con un par de afluentes y poco mas.
Durante siglos,  cada vez que algún ejército asaz despistado se perdía por allí, en las numerosas visitas por sorpresa que moros y cristianos se hicieron a lo largo de toda la geografía de Iberia a través de ochocientos años de escaramuzas continuas, jamás encontraba a nadie a quien poder ir añadiendo a la conquista. Los hispatanos eran maestros en el camuflaje. Estaban tan mimetizados con el paisaje, que pasaban inadvertidos. Los ocasionales invasores veían cabras pastando, pero nunca a los pastores. Por eso dieron en  llamar a la región: “de las cabras sin amo”.
   —Curiosa comarca de las cabras sin amo —escribían los cronistas musulmanes. Se piensa (los historiadores tienen mucha imaginación) que tal vez las montañas estén horadadas por multitud de cuevas o grutas inaccesibles donde los hispatanos se oculten desde tiempos prehistóricos y por ello jamás nadie los había visto hasta que ellos decidieron darse a conocer. Tal vez con los siglos, decidan retornar a hacer lo mismo y desaparezcan de la faz de la península ibérica.
   El acceso al país, tanto desde España como desde Portugal, era un paso entre montañas tan recóndito como angosto, lo que propició que mas de un posible invasor a lo largo de la historia  se diera la vuelta, recordando lo que había sido la batalla de Covadonga allá por el norte de España. Angostura y mimetismo, u ocultismo, consiguieron mantenerlos al margen de casi todas las invasiones sufridas por la península ibérica a través de los siglos. Digo casi, porque los romanos si que llegaron al valle, menudos eran, buscando oro en los riscos de cuarcita. Este oro se encontraba, también, mimetizado con la cuarcita. Los romanos expertos en casi todo, rompían la roca con fuego y agua, rescatando los cuarzos que luego machacaban y lavaban para extraer el oro.  De esta época permanece cerca de la capital un paisaje parecido  a Las Médulas leonesas, amén de  un acueducto, una calzada que aun hoy atraviesa el país de este a oeste, un puente cerca de la frontera portuguesa y unas termas que los hispatanos mantienen muy  bien conservadas. Porque los romanos se llevaban el oro, pero dejaban infraestructura, hay que reconocerlo. Los romanos también nos legaron constancia escrita de la existencia de habitantes en la comarca; pocos y esquivos, escribía el cronista; pero por lo menos consiguieron verlos.
   Desde tiempos remotísimos, antes incluso, de la invasión romana los Montaraces, estuvieron regidos por una especie de jefe de tribu que fue ascendiendo en el escalafón,  transformándose primero en caudillo, luego en señor, mas tarde en príncipe y por último en monarca. Eso si, los avances jerárquicos fueron en generaciones sucesivas, no sobre el mismo individuo. Siempre según la Crónica Lisboense,  poco antes del advenimiento del principado hubo un conato de guerra civil.
   Ocurrió que el último señor era un hombre que gustaba de novedades, comodidades y amejoramientos. Había colocado en el suelo de tierra de su cabaña, en vez de paja como todo el mundo, pieles de animales y se había hecho traer de España un artilugio llamado cama sobre el que dormía envuelto en una frazada de piel de carnero; todo ello constituyó en la comarca una sorprendente novedad que asombró a propios y extraños y que le granjeó fama de adelantado. Su esposa, menos dada a modernismos, se negó a dormir en la cama porque se mareaba y continuó haciéndolo en el suelo como lo había hecho toda su vida. También aprendió el aventajado señor, no se sabe bien como, a tener criados en la casa que le anunciaran la llegada de algún visitante o de algún vasallo pidiendo algo. Esta costumbre, no obstante costó  algún que otro incidente cuando el caudillo ensartó en mas de una ocasión  con la espada al criado, que entró en la estancia a fin de cumplir su cometido, confundiéndolo con un asaltante. Llevó su tiempo que se acostumbrara a lo que el mismo había implementado. Sin embargo estos contratiempos no le hicieron abandonar en absoluto su impulso renovador y probatorio.
   Este hombre iluminado tenía dos hijos varones que habían nacido a la vez en el mismo parto, aunque obviamente uno después que otro. Por buena lógica el antes nacido sería el heredero; pero su padre los amaba por igual y quiso que ambos tuvieran titulo y tierras. Al primero le cedió el señorío como correspondía, transformado en principado- todo buen padre desea que sus hijos sean mas que él- y para el segundo creó el nuevo señorío del meandro y le cedió para su gobierno y residencia la meseta que lo conformaba.
   Ninguno de los dos se alegró con la herencia.
   El mayor lo quería todo como correspondía desde siglos, y el segundo ambicionaba la independencia y no tener que rendir pleitesía al hermano por el único mérito de haber salido al mundo con media hora de adelanto sobre su propio nacimiento. Su padre recibió un enorme disgusto con la disputa, que aceleró su ya prematuro de por si, abandono de este mundo de ingratos. Tras el entierro los dos hermanos decidieron jugarse el legado en un torneo. Habían pensado en otros juegos, pero hubo que desecharlos porque los gemelos eran torpes, muy torpes y rudimentarios. No parecían hijos de su padre. El que venciera en esta nueva lid, se quedaría con todo y el otro emigraría a Portugal o a España o a donde fuera, a buscarse la vida. Su madre trató de  convencerlos de acatar la voluntad paterna y de dar ejemplo de hombría de bien, como se esperaba de ellos y no comportarse como dos vulgares campesinos enfrentados por la posesión de un puñado de barbecho.
   Fue inútil.
   Los hermanos habían visto estampas de torneos en libros que poseía su padre, pero desconocían las reglas, dado que no sabían leer, aunque el progenitor trató por todos los medios de instruirlos. Pusieron tanto empeño en no aprender que su cansado padre no tuvo mas opción que desistir, ya que habían acabado con la vida de todos los maestros del país- conviene aclarar para que no se alarmen vuestras mercedes,  que fueron sólo dos, porque no había mas- a uno lo arrojaron al vacío desde el desfiladero y al otro le obligaron a comerse los libros con tapas de cuero y todo. Murió asfixiado. Meses mas tarde el viejo volvió a intentarlo haciendo venir un maestro español en el cual había puesto todas sus esperanzas y que terminó por servir de alimento a los cerdos; nunca se supo si vivo o después de muerto. Por esto, debido a su elaborada ignorancia, no tuvieron otra que copiar mas o menos fielmente las estampas en las que se mostraban varios espectadores en una especie de tribuna y una dama que agitaba el pañuelo y donde aparecían enjaezados caballos y caballeros armados estos con escudo y una extraña lanza sin punta a la que no adivinaban muy bien la encomienda, pero que imitaron como todo lo demás.
   El día señalado para el combate, su madre, representó el papel de dama con pañuelo, y cuatro testigos, dos por hermano se dispusieron a dar fe de lo que aconteciera. Ambos contendientes llegaron en sus monturas engualdrapadas, portando su estandarte, que era el mismo puesto que no habían tenido tiempo de confeccionar uno propio y su lanza de punta roma, que en este caso era una pulida estaca de madera de fresno, dispuesta para la acometida decisiva.
Cuando la madre agitó, a regañadientes, el blanco lienzo, los hermanos espolearon las monturas y se fueron al encuentro el uno del otro. Todos contuvieron la respiración. Los dos testigos de cada hermano pidieron mentalmente por el suyo. La madre cerró los ojos. Un oooooh le hizo abrirlos antes de lo que esperaba. Sucedió que los jinetes se habían separado demasiado y la excesiva distancia propició que ni siquiera se rozaran con la seudo lanza, dándose solamente aire al pasar a galope.
   —Se acabó la justa —dijo la madre.
   Pero ellos decidieron repetir acercándose mas el uno al otro. De este modo no tenían mas remedio que tocarse. Así sucedió, en efecto, pero no se derribaron.
   —Ahora si que acabó, repitió la madre.
   Los mellizos eran desobedientes y tercos por naturaleza, siempre lo habían sido (como su verdadero padre que se empeñó en engendrarles una noche en el suelo de la habitación mientras el señor marido dormía a pata suelta sobre el artilugio y para no ser oído porque cuando yacía con hembra  gritaba como un cerdo por San Martín, se había colocado una especie de cepo en la boca que por poco lo asfixia, lo cual aconteció otra noche en otro solado y con otra esposa ajena también ) y continuaron con la pelea primero a caballo, como por lo visto ordenaba el reglamento, pero ante la imposibilidad de derribarse, echaron pie a tierra y se dieron estacazos sobre las respectivas lorigas hasta terminar desfallecidos, luchando a cuatro patas, molidos mutuamente a palos, pero sin un ganador.
   La madre arrebató la espada a uno de  los testigos, se plantó entre ambos y sentenció: empate. O sea que cada uno coja su legado y terminemos de una vez, si no queréis que yo os ensarte. Debería de haberos matado el día que nacisteis. Tenia que haberos ahogado mientras os lavaba en el río. Eso tenía que haber hecho, dijo la paciente y algo puta mujer escupiéndoles a la cara.
Así que cada hermano se fue a su territorio el uno como príncipe y el otro como señor. Luego los títulos variarían a rey y conde. Nunca jamás los descendientes de ambos se llevaron bien, siendo continuos los hostigamientos sobre todo por parte del príncipe, mejor pertrechado que el señor del meandro. Cuando la villa del recodo comenzó a prosperar cesó el acoso y sobrevino una tregua expectante hasta que el último de los Manueles, aprovechó la salida del conde del recinto, como ya vimos, y metió mano en las arcas de la ciudad a la que veía progresar con recelo y codicia.

   La monarquía a título de rey había devenido, mas o menos, en época de los reyes católicos de Castilla. Parece ser que a la reina católica no le sentó nada bien que hubiera una tercera monarquía en la península, con lo  que le había costado reducir a los nazaríes de Granada, pero tuvo que resignarse, porque la hacienda castellana no estaba para mas gastos en contiendas; por eso lo dejaron así y porque era insignificante, para que engañarnos.
   La todavía comarca, aprovechando la afortunada coyuntura, tomó cuerpo como país propiamente dicho. Fue alumbrada como nación,  medida y bautizada; una mezcla de Hispania y Lusitania, para quedar bien con todos, y a la capital, dos docenas de casas de adobe mas una de piedra sin desbastar que era la del rey, de idéntico modo: Madisboa. Lustros  mas tarde una pariente de Carlos I casó con el heredero, porque las bodas, en aquellos tiempos, eran mas baratas que las guerras. De ese modo quedaban emparentados per sécula seculorum, aunque la reina consorte acabó sus días en el río no se sabe si accidentalmente o convenientemente ayudada. Por esa época el país era ya una nación floreciente y el rey tenía multitud de amantes, como corresponde a un monarca importante.
   El minúsculo territorio, perdón, país, había sabido acoger a muchos expulsados de la colindante España, principalmente banqueros judíos, como ya conocen vuestras mercedes, y se sirvió de su inteligencia y de su dinero para prosperar bastante mas que sus dos vecinos, que si hubiera sido de mayor extensión ahora mismo los peninsulares todos, sin excepción ni de baleares, ni de canarios, ni de madeirenses, ni de azorianos, serian hispatanos sin remedio.

   Algunos investigadores imaginativos columbran que tal vez un túnel natural comunique los montes hispatanos con los españoles próximos a la costa andaluza de Huelva y fuera por este método que los hombres pintores del Mesolítico vieron los barcos fenicios y los hispatanos actuales las naves que fueron y regresaron del Nuevo Mundo. Sea como fuere, la nación inició un comercio con las tierras descubiertas por Colón,  próspero y continuo sin saber cuando ni de donde  aparecieron las naos, en un país sin mar, con las que se dedicaron a surcar el océano sin descanso y a comerciar con mercancías valiosas y por ende productivas. Tengo que hacer notar aquí con sumo agrado que jamás los hispatanos mercadearon con semejantes, renunciando a participar en un negocio, el de tráfico de esclavos, tan productivo como vergonzoso para aquellos países que lo propiciaron y que trocaron el sufrimiento humano en un negocio rentabilísimo y por ende duradero.
   Es harto curioso, convendrán conmigo, que el país mantuviera durante años una armada importante, que acompañó siempre a la española en lances por el Mediterráneo contra berberiscos, italianos y turcos y en alguna otra en los Mares del Norte de peor memoria, dado que Hispatania es evidente que no tiene costa. La flota hispatana tuvo como base el puerto de Cádiz, pagando buenos doblones por el amarre a la siempre codiciosa y casi siempre maltrecha hacienda hispana, que luego eran recuperados con creces cobrando por los barcos y los hombres al rey de España, incluso, a veces, al mismísimo papa de Roma, según las necesidades del momento.
   Es una nación que siempre supo navegar entre dos aguas, pese a no tener mar. Quizá es un don hispatano y de ahí la larga supervivencia sin conflictos y con una envidiable prosperidad.
   Resulta también curioso que hayan mantenido un fructífero transito comercial entre Las Indias Occidentales y la Península, sin asaltos de ladrones marítimos con patente o sin ella. Es chocante que los corsarios ingleses estuvieran siempre enterados de cuando se hacían a la mar los galeones españoles que eran asaltados nada mas dejar puerto o llegando al de destino y que los hispatanos se libraran siempre del abordaje arribando a Cádiz con  las mercancías al completo que luego vendían a buen precio en España en sustitución de las nacionales rapiñadas por los corsarios ingleses. Es Hispatania un ejemplo de aprovechamiento en beneficio propio de los errores y las ambiciones de sus vecinos lusos e hispanos; que amigo y pariente como era el rey de los dos peninsulares, estaba al día de todos los vaivenes de las saludes, guerras, alianzas, enemistades y haciendas, pudiendo por ello, enfilar siempre el mejor camino para beneficio propio y de la nación que gobernaba sin mucho esfuerzo, es de ley que se diga, porque los hispatanos fueron siempre tan obedientes como miméticos.
   En este tiempo en el cual les hablo la monarquía hispatana se hallaba en la frontera, detenida justo en la raya, de un cambio de titular, dado que su majestad Juan II se encontraba aquejado de las mismas fiebres tercianas que habían matado a Carlos I de España, traídas se piensa, por algún viajero o por alguna mercancía ( fruta, especias), llegadas de la comarca de La Vera extremeña. Aunque, tras la muerte del primer Carlos se hubieran prohibido la importación de productos cacereños, en este momento hacía años que el comercio se había reanudado y se sospecha, parece que con fundamento, de un sabotaje puesto que nadie mas en Hispatania se contagió consumiendo sin parar los hispatanos productos de la Vera, por lo que aseguran los mal pensados, que alguien introdujo el mal, no se sabe como, ex profeso para el monarca, como si de cangrejos de río se tratara.
   Los peor pensados aun, afirman que fue su hijo el príncipe, cansado de esperar a que su padre muriera de una vez para heredar el trono, siendo como son de longevos y de tercos los monarcas de Hispatania.
    Porque al futuro rey ya se le estaba pasando el arroz.
































El crimen del otoño




Se pusieron en marcha muy temprano, en el carruaje de don Nuño. Este y  Josefo dentro de la litera y Cirilo y Jacinto a lomos de las mulas delantera y trasera. Josefo nunca había visto una litera tan bonita como la del marques. Era de encerado verde con las varas de madera oscura y brillante como el empedrado tras el chaparrón. El interior forrado de damasco igualmente verde tenia dos asientos con guarniciones y en cada vidriera  cortinas de la misma tela y el mismo color que el forrado. Así ya se puede viajar, pensó Josefo antes de probarla. Mas tarde cambiaría de opinión.
   El día había despuntado tan radiante como la litera. Se notaba que el sol se había levantado trabajador esa mañana y había atizado el fuego a conciencia hasta el punto de casi  derretir a los planetas o por lo menos a este en el que moramos- porque alguien nos ha puesto aquí no porque nosotros lo hayamos decidido-. Un día se le irá la mano y  nos freirá en nuestro propio jugo, pensaba Josefo que como buen norteño no estaba acostumbrado a estos excesos calóricos. Cuando tras una hora larga llegaron a la frontera, la temperatura era ya de auténtica injusticia.

  La  frontera con España  no existía como tal. Sin embargo al extremo del angosto paso entre montañas, había un puesto fronterizo hispatano con un funcionario mas cuatro soldados en una especie de fortín de piedra construido en tierra de nadie, y  una culebrina cuyo largo cañón asomaba por encima del muro, con un negro agujero siniestro y profundo como el largo cuello de un dragón, capaz de succionarte la cabeza si tienes valor de  acercarte a mirar. La cureña tenía dos grandes ruedas para facilitar el transporte, por si había que salir corriendo detrás de algún invasor o de algún comerciante que tuviera la ocurrencia de negarse a  pagar la alcabala.
   En Hispatania las dos ciudades carecían de alhorís y los impuestos se cobraban en las fronteras con las dos naciones ibéricas. Era lo mas práctico dada la corta extensión del país. Dos soldados inspeccionaban el género y efectuaban el recuento o el pesaje, mientras los otros dos montaban guardia al lado del cañón. El oficial anotaba fecha, nombre, dirección, procedencia, destino, volumen  y precio de la mercancía si la hubiere, echaba cuentas y cobraba. El cinco por ciento del valor de la mercadería y un tanto fijo por persona y animal. Al lado de cada nombre ponía una anotación: comerciante o viajero Así de sencillo. Casi nunca hubo problemas.
   Del lado español no había nadie. Era lo mas sensato ¿para que se necesitaban guardias ni cañones en la frontera con un país de 5500 habitantes?. Podría ser peor el remedio que la enfermedad. Si a los hispatanos les diera la ventolera de invadir España, serían  neutralizados por los ejércitos imperiales en un santiamén. Tampoco había peligro de invasión portuguesa a través de Hispatania, porque España y Portugal se fundían ahora en una sola corona sobre la dorada cabeza de Felipe II. Dos guarniciones vecinas,  teniendo poco o nada de que hablar, puesto que todo lo que tendrían para decirse les llevaría unas horas el primer día, podían terminar por odiarse y acabar enfrentadas por cualquier nimiedad, cayendo en la tentación de utilizar la culebrina respectiva para dirimir sus disputas dando origen con su incuria  a un conflicto internacional, que era mejor evitar del modo que estamos comprobando: por omisión de puesto de guardia en la frontera del lado español.
   Y ahora paz y después, gloria.

   El camino que seguían nuestros viajeros tenía en la parte hispatana  buen firme y era cómodo a pesar de la angostura, del lado español, no  tanto. Abandonaron poco después de la frontera, el camino real y tomaron uno secundario de tierra, casi llano, que discurría paralelo al río por lo que se notaba y agradecía el frescor. Después de un buen rato de agradable viaje llegaron a la pequeña villa. Josefo estaba bastante mareado con el balanceo de la litera, el desayuno se le había puesto en el gaznate y tenía mas ganas de vomitar que de iniciar una investigación. No lo hizo porque le daba pena desperdiciar de ese modo el chocolate y los pastelillos de la cocina del marques. Tenía que reconocer que en la casa de don Nuño se comía bien.
   Se dirigieron a la taberna mas grande de todas las que había y se aposentaron en el patio a la sombra de una parra lujuriosa que se exhibía sin ningún pudor a lo largo de la empalizada, dejando colgar tentadora sobre los parroquianos sus racimos de incipientes uvas, verdes y redondas, como una zagala púber impúdica y desvergonzada mostraría sus pechos. Mientras les servían el vino, don Nuño charló animadamente con el ventero muy contento de recibir en su negocio gente principal.
   El marqués no se andaba con rodeos y fue directo al grano, con el pasmo del asturiano que aún no hablaba para no arrojar el desayuno por la boca.
   —Aquí mi amigo es escritor y anda documentándose sobre crímenes reales sucedidos en los pueblos y villas. Nos gustaría saber si ha habido aquí algún asesinato sobre todo de mujeres el invierno pasado.
   —¿Por qué en el invierno? —El ventero respondía preguntando. Era una manía.
   Buena cuestión le pareció a Josefo, que miró a don Nuño a ver como salía del lance.
   —Porque la gente asesina de modo diferente según la estación ¿No lo sabía vuestra merced?
   El ventero negó con la cabeza.
   —Pues si. Y ya tenemos noticias sobre crímenes primaverales y veraniegos. Nos faltan otoñales e invernales. ¿Ha muerto por desventura alguna mujer el pasado invierno?
   —¿Asesinada?.
   —Naturalmente.
   —¿Y en invierno?
   —Sí.
   —Pues no.
   Josefo volvió a mirar al marqués. Este no se daba por vencido. Iba a preguntar de otro modo cuando…
   —Pero si hubo un crimen en otoño —dijo el ventero levantando el dedo índice hasta la frente—. Precisamente el día que comenzaba la estación. La sobrina del cura. Murió estrangulada. ¿Le sirve?
   A don Nuño se le alegró la mirada como solía antaño cuando veía una dama que le gustaba. Primero se alegraba la vista y acto seguido otras partes del cuerpo. Eran otros tiempos.
   —Claro. Siéntese con nosotros y cuéntelo todo.
   —Hay poco que contar —dijo el ventero permaneciendo de pie y rascando la cabeza—. No cogieron al culpable, aunque la gente sospecha del sacristán que parece ser que la pretendía, pero ella no le echaba cuenta. Era muy religiosa. Dicen que iba para monja. Estuvo detenido, pero no encontraron pruebas suficientes contra él.
   —Salvó, que no estaba aquí Guzmán —apuntó Josefo, que ya podía hablar.
   —No entiendo lo que me dice vuesa merced.
   —No se preocupe son cosas nuestras. Continúe, continúe por favor.
   —¿Nadie vio nada raro esa tarde. Algún hombre rondando por el lugar, alguien que no debería haber estado?—inquirió Josefo.
   —No.
   —¿Conoce vuestra merced a don Antero Marcos, el médico? En esa época estaba aquí según tengo entendido.
   —Si lo conozco.
   Don Nuño arqueó la ceja izquierda, mirando a Josefo.
   —Pero en esa época ya no estaba. Antes de irse para Hispatania, pasó un tiempo en Burgos con su familia. De aquí se fue para el norte. Partió a finales de agosto. No volvió por este lugar. Ya no le vimos mas.
Don Nuño arrugó el entrecejo visiblemente contrariado.
   —¿Hay frailes por aquí? —preguntó de nuevo Josefo, que se había ido animando.
   —Hay un convento hospitalario entre el pueblo vecino y éste, pero apenas hay distancia está aquí mismo, al lado.
   —¿Vieron ese día algún benedictino por casualidad?.
   —¿Quiere decir el día del crimen?.
   Josefo asintió. El ventero hizo una larga pausa, tratando de recordar, mientras dibujaba palotes con el pie sobre la tierra.
   —No. No que yo recuerde.
   El escritor miró al marqués. Este se encogió de hombros.
   El buen hombre se quedó mirando a sus adinerados clientes, esperando la comanda, cuando de pronto recordó algo.
   —Pero…unos cuantos días antes pasó por aquí el boticario de San Vicente de Salamanca. La mula  se encabritó y lo tiró al suelo. Venía todo mojado el pobre. Se sentó al lado del fogón para secarse y calentarse un poco, antes de seguir viaje. Le dimos un buen tazón de caldo de verduras. Son buena gente los frailes y serviciales; todo el mundo les aprecia.
   __¿Que calzaba?
   __Abarcas de cuero, como todos ¿ que otra cosa iba a calzar?—respondió convencido— Se las quitó y las dejó secar junto al fuego mientras tomaba el caldo que migó con una buena hogaza. Traía hambre el buen monje. Por cierto. ¿Preparo algo de comer a vuesas mercedes?
  —Si —dijo don Nuño— tráiganos de comer, por lo menos sacaremos algo en limpio. No es nuestro fraile —le dijo a Josefo.
   —Para comer puedo ofrecerles, cecina, ensalada de la huerta y carnero verde. De postre tengo naterones y por supuesto fruta variada también de la huerta.
   —Tráiganos de todo para los cuatro. Y unas jarras de vino.
   —¿Que es el carnero verde?—preguntó Josefo, cuando el mesonero se fue a encargar la comida.
   —Pues que va a ser: carnero.
   Don Nuño resultaba áspero y cortante las mas de las veces. Hoy sin embargo rectificó de buen grado para instruir a su nuevo amigo norteño que no tenía porqué conocer la gastronomía de lugares tan lejanos a los suyos y que además se había prestado de buen grado a ayudarle en la investigación.
   —Veréis, es carnero cortado en trozos, con mucho ajo, perejil, tocino y creo que le añaden pan mojado desleído con yemas de huevo y especias. Aquí lo acompañan con abundantes verduras puesto que tienen huertos. Le gustará. También la cecina es de calidad.
   El ventero regresó a poner el servicio y miró a Josefo con curiosidad.
   —Así que el señor es escritor. Por aquí vino alguna vez un tal Lope de Vega, un poeta madrileño Se dedicaba a seguir a una actriz por todas partes. El día que estuvo aquí por última vez ella le había comunicado que se casaba con otro. Venía hecho polvo el hombre. No tuvo fuerzas para seguir a la compañía hasta Hispatania.
   A Josefo le interesó la historia del tal Lope, del que conocía alguna obra de teatro y más de una poesía, porque era semejante a su asunto con la actriz por el cual había tenido que huir a toda prisa de su tierra asturiana, aunque ella no iba a casarse, el problema devino porque ya lo estaba, como sabemos.
   —¿Era la compañía de Jerónimo Velazquez?—preguntó el marqués.
   —Esa misma, si señor. Como le digo se detuvieron aquí de camino a Madisboa. Ella…—pensó un momento— Elena, si Elena, era una mujer hermosísima. Yo nunca vi otra de igual belleza, ni creo que la vuelva a ver…—dijo rascándose la cabeza con resignación— El se quedó aquí. Apenas comió ni durmió. Luego se puso e escribir y me dejó unos versos, para pagarme la posada. No tenía dinero el pobre. Yo no le hubiera cobrado de todos modos, aunque no se leer. Siempre que viene por aquí alguien principal le pido que me los lean ¿Quieren verlos vuesas mercedes?
   —Por supuesto—dijeron a dúo Josefo y el marques.
   —Se refiere a Elena Osorio. Es en verdad una mujer muy bella. El pobre Lope lo pasó muy mal por su culpa. Ella se había separado de su marido el también actor Cristóbal Calderón al que ponía los cuernos a porfía y se enredó con  Lope, quien le pagaba los favores con obras de teatro, hasta que ella decidió casarse por interés con un noble poderoso sobrino del cardenal Granvela, ¿comprende?. El hombre tuvo que pasarlo realmente mal.
   —Dígamelo a mi, que se bastante de amores traicioneros.
   El mesonero trajo la cecina y el poema. Josefo se apresuró a leer

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
su madre la sirvió de pregonera...

   —Que mala leche —dijo sonriendo
   —¿Usted cree? Ella es una mala pécora, bellísima, eso si, pero muy puta y los padres unos alcahuetes. Los dos.
   —¿Los conoce usted don Nuño?
   —Sí, desde luego. Cuando vienen a actuar a  Madisboa se alojan en mi casa y cuando regresan de Portugal, también, antes de continuar viaje hacia España. Quizá tengáis oportunidad de conocerlos.
   —Me encantará. Tengo alguna obrilla de teatro que a lo mejor podría interesarles…
   El ventero se dirigía al corral y al pasar por delante de la mesa comentó como quien no quiere la cosa:
   —El día del crimen, a la tarde, el boticario pasó de vuelta.
   Los viajeros se miraron.
   Podría ser el criminal. Los boticarios solían visitar los monasterios con cada cambio de estación para llevar medicinas especificas para las enfermedades típicas de cada época del año en los diferentes lugares, según la situación, el clima, el tránsito de viajeros o el nivel de vida. Los conventos tenían su propio huerto medicinal, pero a menudo no era suficiente
   Los viajeros se animaron. El boticario de San Vicente, visitaba también el convento de Saláceres.
   —Podría ser él —dijo Josefo con la boca llena de cecina.
   —No sé, no sé…Recuerde lo de las abarcas.
   —No era él —afirmó una voz de mujer.
   No les hizo falta girar la cabeza. La criada ya se había colocado delante de sus narices, había dejado la fuente con el cabrito sobre la mesa al tiempo que su generosa pechera sobresalía por encima del, en exceso, ajustado corpiño casi hasta el pezón  y amenazaba con desparramarse sobre el mantel. Ella, consciente de que la visión de sus abundancias agradaba a los viajeros, soltó la fuente pero continuó inclinada, mirando a ambos alternativamente esperando las preguntas. Y si uno o los dos alargaban la mano para sobarle el pecho, pues mejor aún, faltaría más. Hay que ser generosa y saber compartir lo que Dios te dio de balde.
   —¿A quién te refieres? —preguntó Josefo, sin ceder  a la tentación, no porque se hubiera regenerado, sino porque las abundancias no le incitaban. Todo lo que excedía la capacidad de la mano era poco práctico, se perdía el
tiempo agarrando por aquí y por allá sin demasiado provecho.
  —Al monje. Creen que soy tonta pero de eso nada. Yo me fijo en todo. Este fraile calzaba botas con espuela. El fraile anterior era un desarrapado. Aunque a este no le vi la cara porque se tapaba con la capucha, podría jurar por Dios que no era el mismo, no —afirmó dando con el busto contra la mesa, para corroborar la negación. Con tanta fuerza que el derecho se salió de su sitio y se descolgó a sus anchas sobre la carne de cabrito.
   Don Nuño dio un salto en la silla.
   —¿He dicho algo que ha molestado a vuestra señoría? —Preguntó parpadeando con estudiada ingenuidad limpiando el seno con el delantal antes de colocarlo de nuevo en su reducto, con absoluta naturalidad. Tenía muchas tablas la moza, seguro que había sido lanceada en muchas plazas.
Josefo ni parpadeaba. Jacinto y el criado de don Nuño se habían levantado de su sitio y se habían acercado discretamente para ver el espectáculo.
   —En absoluto joven —replicó el marqués como si nada rebuscando en su alforja—. Toma unos maravedís. Has sido muy observadora y muy generosa. Te estamos muy agradecidos.
   —¿Qué haces puta?, largo de aquí, largo o te daré de palos —vociferaba el ventero, regresando del corral a toda prisa subiéndose los calzones.
   —Ni se le ocurra castigar a la muchacha —advirtió don Nuño— nos ha sido muy útil. Es una chica lista y observadora. Se lo advierto.
   —Pensé que les estaba molestando —replicó mansamente, limpiándose las manos en la culera del calzón.
   —En absoluto. Traiga mas vino, haga el favor.
   —Lo que ordene vuesa merced.
   —Bueno, bueno —dijo el marqués frotándose las manos— seguro que el criminal es un falso fraile, que mata con el inicio de la estación. Ya está atestiguado en tres crímenes. Estaba en lo cierto. Habíamos deducido bien. Don Gonzalo y yo, naturalmente.
   — Podría ser el boticario. Es posible, viaja mucho__apuntó Josefo, todavía algo turbado por el incidente senil.
   —Si, pero por aquí pasó varios días antes y seguro que siguió viaje al día siguiente hacia el  próximo monasterio. Además ya lo oyó. Calzaba abarcas.
   —Podría cambiarse de calzado para matar.
   —¿Con que objeto?. No haga conjeturas a la ligera__Don Nuño hizo una pausa para saborear el cabrito y continuó__Hay que saber donde mató en invierno.
   —¿El boticario?
   —No diga tonterías para confundirme; el falso fraile
   —¿Y cómo lo sabremos?
   —Preguntando
   —¿Donde?
   —¡Yo que sé! Déjeme comer en paz.
.














El crimen del invierno




El marqués andaba inquieto. Se aproximaba el otoño y con el la vendimia y no había venido aún el cubero. Le había vuelto a mandar recado, pero así y todo no se había presentado. Desde que años atrás falleciera el cubero del pueblo, compraba las piezas al mejor de Madisboa, quien venía en verano a construir las cubas para el pisado de la uva, a su bodega.
   Todos estos pormenores los conocía Josefo a través de  Jacinto, que cuando no tenía tarea en la casa se iba, motu propio, a echar una mano a la del marques. A echar una mano a Carlota, principalmente, a pesar de haberle advertido el escritor que fuera con cuidado. No deberían causar problemas. Ya había dejado su amo suficientes en España.

   Ilustraré a vuestras mercedes, mientras esperamos al cubero, sobre el modo de cultivar  la viña en un lugar tan montañoso como este nuestro país, diferente por completo de cómo lo hacen en las llanuras españolas.
   Se cree que fueron los romanos quienes introdujeron el cultivo de las vides, durante el tiempo que residieron aquí, interrumpiéndose el cultivo tras abandonar estos la comarca, retomándolo años después los frailes que descubrieron los socalcos y comprendieron que la zona era buena para la vid puesto que  la habían explotado los romanos. Tras los monjes y años y años mas tarde los montaraces ya convertidos en hispatanos, se dedicaron al cultivo y a  la producción de unos caldos blancos típicos de la zona de los que derivó el vinho verde portugués.

   Las cepas se siguen plantando en los valles a lo largo del cauce del río Torte. Estas plantaciones, desde  las mismas riberas del río ascienden montaña arriba, asentadas en las laderas y protegidas por  pequeños muros de contención en escalón,  llegando hasta bastante altura de las montañas dando origen a una serie de formas inimaginables y variadas, conformando un paisaje diferente y peculiar. Dentro de estos socalcos en hispatano o terrazas en español, de diferentes longitudes, se abren los agujeros para las plantas. Entre los socalcos se construyen escaleras que permiten ascender por la ladera con comodidad. La plantación se hace en marzo, dado que antes el frío, presente en el país aunque escaso hay que reconocerlo, puede estropear las plantas que tardan dos o tres años en producir.
   La vendimia la hacen las mujeres preferentemente, mientras que los hombres cargan las banastas con la uva y las van acercando hasta el camino mas próximo por el que descienden a lomos de mulos hasta el valle. Es un trabajo harto laborioso que ocupa a personas llegadas de municipios limítrofes tanto desde España como desde Portugal, puesto que en Hispatania no hay mano de obra suficiente. El marqués poseía una plantación extensa de viñedos sobre la margen derecha del río, tras al primera curva en dirección Madisboa. La uva es de racimos pequeños y de color amarillo brillante con irisaciones verdes y doradas. El vino es un blanco seco, ligero y delicioso, de sabor suave pero con suficiente cuerpo. Es según los entendidos, un vino de regusto placentero, elegante y completo.

   Por fin la primera semana  de agosto, apareció el artesano. Don Nuño salió al patio a recibirle con intención de reprocharle la tardanza y quedó sorprendido. El hombre había envejecido considerablemente desde la última vez.
   —¿Habéis estado enfermo? —se atrevió a preguntar tras los saludos.
   El viejo se echó a llorar. Su ayudante que era también su yerno, respondió al marques.
   —Discúlpele su señoría. Es que…mi esposa, su hija…murió el pasado invierno.
   —Oh por Dios —exclamó don Nuño, realmente dolido, abrazando al viejo—Cuanto lo lamento. Lo lamento mucho querido amigo.
   —¿De qué enfermó tan joven? —quiso saber Virtudes.
Hubo un silencio. El yerno tragó saliva antes de responder.
   —Murió asesinada —dijo con la voz rota— estrangulada. Había ido al huerto casi al amanecer a buscar hierbas para hacer una tisana. Tenía nauseas. Estaba…., estaba embarazada  —aclaró ya entre sollozos— tardaba en regresar y salí a buscarla, ya digo que no  se encontraba bien, temí que se hubiera puesto enferma en el huerto y se enfriara. Vi una sombra huir, era su asesino, un fraile, un fraile negro__El suegro le tocó el brazo para que se callara. Acusar sin pruebas a un fraile de asesinato podría acarrearles problemas y ya tenían suficiente con la muerte de la hija y la impunidad  del criminal.
   Don Nuño asintió con la cabeza. Se lo figuraba. Era el crimen del invierno, había estado desde el principio en lo cierto.
   —No se inquiete querido amigo. Deje que el muchacho cuente lo que vio. Aquí hubo también dos crímenes similares, e igual que en su caso, alguien vio en ambos un fraile negro rondando. Es posible con estas coincidencias que demos pronto con el asesino.
   El cubero se calmó y dio permiso al yerno para continuar.
   —Le seguí. Subió  a su caballo y salió a galope, pero yo le seguí…
   —¿Iba a caballo?—Inquirió el marques— ¿comprobaste si llevaba espuelas?.
   —Sí señor. Pude verle con claridad. Calzaba botas con espuelas. Como le digo salió a galope y yo detrás. Le seguí hasta aquí, hasta Saláceres, estuve a punto de acudir a vuestra señoría, porque una vez pasado el puente le perdí de vista.
   —¿Por qué no lo hiciste?
   —Porque me salieron al paso dos jinetes y tuve que defenderme. Aunque estoy convencido que no querían matarme, pues les hubiera sido fácil. Soy buen jinete, pero no soy hábil con la espada. Solo pretendían echarme de aquí. Me hicieron retroceder cortándome el paso, blandiendo y entrechocando sus espadas y una vez en el camino de Madisboa me dejaron ir. La justicia investigó pero no dieron con el culpable. En el convento de aquí al lado ni siquiera tienen caballos, solo mulos. Además la mayoría de los frailes son de edad avanzada y este era un hombre alto y con buen porte, yo creo que no era un fraile de verdad.
   El muchacho, observador según don Nuño, no paraba de sollozar y se quitaba las lágrimas bruscamente con la mano, como si las golpeara. Don Nuño asentía a todo lo que  decía. Naturalmente que no era un fraile. Ahora ya estaba convencido totalmente de que residía en Saláceres y no había matado en otoño ni en invierno, simplemente porque le pilló fuera. Mató en España, cerca de al frontera en otoño y en Madisboa en invierno. Era el mismo asesino. Estaba tan  seguro de ello como de que era de día.
   —Tómese un descanso mi buen amigo, no hay prisa, estaré encantado de que sean mis invitados durante el tiempo que precisen.
   —No se preocupe señor marques, nos pondremos a trabajar. Es lo mejor para no pensar. Muchas gracias por su comprensión, es usted una buena persona.
   Virtudes lloraba en silencio abrazada a su sobrina que se frotaba el trasero sin disimulo.
   Don Nuño la envió  a avisar a Josefo.
   —Dile que venga a comer, tengo que hablar con el.
   Virtudes esperó a que volviera y la interceptó en el zaguán.
   —¿Por qué estas todo el día rascando el culo, que te pasa?
   —No lo sé tía, me toco y tengo unos bultos.
   —Vamos a ver.
   —¿Aquí?
   —Sí, aquí, levanta la falda.
    La joven levanto la falda y el refajo y se bajo los calzones. Virtudes no daba crédito. Tenía las nalgas infestadas de garrapatas.
   —Son garrapatas. ¿Se puede saber donde has puesto el culo? —Preguntó cogiéndola del pelo.
   —No lo sé tía. Suélteme que me hace daño.
   Virtudes la arrastró por las trenzas, cruzando el patio por delante de los cuberos,  hasta la cocina
   —Anselma pon un poco de grasa en el fuego: Tú, ponte ahí con el culo al aire. A saber donde has estado, puta. Siempre con el criado del asturiano que cualquier día vamos a tener bautizo antes que boda.
   —Que cosas dice tía.
   En ese momento sonó la aldaba del portalón.
   —Hablando del diablo, por ahí asoma. Quédate aquí, yo abriré.
   Efectivamente eran Josefo y Jacinto, que no había sido llamado, pero que acudía con gusto sin que hiciera falta invitación. El ama contestó al saludo del escritor con un gruñido.
   —¿Donde está el señor marqués?
   —En la biblioteca. ¿Te pica el culo?
   —¿Perdón, como dice, Virtudes?
   —No le pregunto a vuesa merced, le digo a el. ¿ Te pica o no?, porque veo que te rascas y si no es de tontos.
   —Si me pica. Tengo unos bultos.
   —Mira, tira para la cocina que te daré el remedio aunque no debería. Tendría que dejar que te comieran vivo. Vuesa merced  y yo tenemos que hablar después señor Mallo.
   Josefo quedó un poco intrigado con las cosas del ama y los bultos de su criado, pero continuó hacia la biblioteca al encuentro de don Nuño. Al atravesar el patio saludó a los cuberos y se sorprendió de ver llorando al mas joven.
   Don Nuño le abrazó con alegría, a pesar de la noticia,  y le puso al corriente del asesinato de la hija de  su cubero.
   —Ahora estamos seguros. Vive en Saláceres y se disfraza para matar. Además es hombre principal, la salida de dos esbirros a cortar el paso al muchacho lo corrobora. Tengo varios candidatos. Vamos a sentarnos.
   Nada mas tomar asiento entró Cirilo para anunciar al marqués la visita de una mujer de la villa, la hija del curtidor, que deseaba verlo a poder ser ahora mismo.
   —Es de La Liga, ya sabéis…__
   —Que pase, la recibiré aquí mismo.
   La muchacha era alta, de facciones armónicas y de grandes y dulces ojos azules. Se azoró un poco al ver a Josefo más que otra cosa porque no esperaba que hubiera nadie mas que ella y el marqués.
   —Sentaros —dijo el capitán que se había levantado a recibirla —decidme que os trae por mi casa, lo cual es para mi un autentico placer.
   —Muchas gracias señor marqués —dijo la joven mirando de soslayo a Josefo.
   —El señor Mallo es un español, buen amigo mío. Podéis hablar tranquila delante de él.
   —Sé quién es. Se que el alguacil lo detuvo tras el segundo crimen y se, por supuesto, que no tiene nada que ver con eso.
   —Muchas gracias —dijo el asturiano.
   —Verá don Nuño, sabemos que usted anda tratando de descubrir al asesino, cosa que nosotras agradecemos en lo que vale, ya que nadie mas parece interesarse en conocer la verdad.
   Don Nuño hizo un gesto con la mano para quitar importancia al hecho.
   —Nosotras tenemos en cuenta que el asesino se disfraza de fraile para matar…
   —Perdón ¿habéis dicho se disfraza?
   —Si señor, puesto que esta atestiguado que calza finos zapatos de caballero y lleva medias, algo impensable en los verdaderos frailes. Creemos que es alguien principal que se reviste para matar. No obstante, hemos investigado a los frailes del monasterio, nunca está de mas, y hemos descartado a toda la comunidad excepto al nuevo botánico.
   —¿Como eso? —se interesó don Nuño.
   —Muy sencillo señoría. Le hemos visto. Es alto y distinguido y aunque lleva abarcas de cuero, sabemos que es el tercer hijo de los marqueses de Ahumada de Toledo, que profesó por un desengaño amoroso. O sea, que tiene zapatos y medias, seguro, en su baúl. Se ocupa del huerto medicinal y lleva plantas y remedios a los otros monasterios.
   —Vamos a ver —interrumpió Josefo— En Salamanca nos dijeron que pasó el boticario de San Vicente y luego un  fraile con botas y espuelas antes de que apareciera muerta otra mujer.
   —Es el crimen del otoño —aclaró el marqués a la joven de la Liga —Nosotros tenemos además la teoría de que mata con el inicio de las estaciones. Tenemos comprobados los dos crímenes anteriores, cerca de aquí y siempre con un fraile de por medio. O sea que vuestra teoría también es acertada y habéis sido muy diligentes. Pero, hay un pequeño incidente veréis, en el crimen del invierno el novio de la asesinada siguió al criminal desde la capital hasta aquí, pero le salieron al paso un par de hombres a caballo. No eran frailes ¿comprendéis?. No creo que el hijo de los marqueses tenga criados en el cenobio.
   —Criados no, pero a veces vienen sus amigos a visitarlo. Varias veces los vimos en el pueblo, se hospedan en la fonda del palentino “La bella desconocida”. Vienen siempre dos o tres. Son algo pendencieros, la última vez tuvieron problemas con Guzmán y desde entonces no han vuelto.
   —¿Cuando ha sido eso, mas o menos?
   —Hará dos meses, tal vez a últimos de junio, después del crimen del verano.
   —Entonces podían estar aquí perfectamente en invierno.
   —Sí señor, estuvieron. Vinieron la semana antes de navidad a recoger a su amigo que se marchó con ellos a pasar la pascua en casa. Lo sabemos porque desde que sospechamos le hicimos un seguimiento y preguntamos esto en la fonda. Dijimos que uno se ellos podía haber preñado a una moza y la mujer del posadero colaboró encantada.
   —¿Desde cuándo esta ese fraile aquí, en Saláceres?
   —Desde finales del verano pasado.
   —Puede ser él —dijo el marqués mirando a Josefo y luego a la joven —Es totalmente posible. Tenemos que conocerlo.
   —Yo puedo ir el domingo a la iglesia —apuntó Josefo__supongo que estará en misa__dijo mirando a la joven.
   —Sí. Estará en misa y es fácil de identificar es el mas alto y el mas joven.
Continuaron hablando de los candidatos del marqués a saber: el médico.
   —Perdone que le interrumpa señoría, don Antero tiene coartada en los dos crímenes de aquí. En el primero estaba con el parto de la esposa del boticario y en el segundo había acudido a casa precisamente de mi vecino cuyo hijo se había roto una pierna al caerse de un árbol. Yo estaba en la casa porque la madre es amiga y allí continuaba el medico cuando escuchamos los gritos del sacristán.
   —Bien, bien, descartamos al médico —convino don Nuño de mala gana— os informaré quienes son nuestros candidatos. Sospechamos del hijo del conde que desde un poco antes de primavera se ha trasladado a la fortaleza con una mujer, parece que casada, para vivir su pasión lejos de los rumores de la Corte. Lo conozco desde niño es un tipo excéntrico, tiene buen porte y anda siempre de Córdoba a Damasco. También nos hemos fijado en uno de los cuatro banqueros. Los otros tres son viejos y no tienen demasiado buen porte. Dos de ellos son gordos y barrigones. Os diré lo que haremos: mi amigo Josefo y yo  iremos mañana a visitar al banquero en su oficina y le haremos un interrogatorio discreto. Los asuntos del condesito los investigará Cirilo pues es muy amigo de su hombre de confianza. Nos mantendremos en contacto. En cuanto haga las investigaciones os enviaré recado para que vengáis y os iré informando. Tenemos que darnos prisa para que no asesine en otoño.
   Tras despedir a la moza Josefo y don Nuño se congratularon del buen rumbo que acababa de tomar la investigación de los crímenes y alabaron el buen juicio de las mujeres de al Liga.
   —Son arrojadas, desde luego. Lo mismo se vengan de los alguaciles que saben llevar una investigación. No se merecen lo que está pasando en la villa.

   Mientras hablaban se vieron interrumpidos por unos gritos desgarrados, seguidos de una sarta de maldiciones dichas por una voz sollozante. Don Nuño salió todo lo aprisa que le permitió la cojera para ver que sucedía. Tuvo que bajar hasta la cocina seguido por Josefo. Allí la escena era  harto dolorosa. La hija de la cocinera, una joven disminuida  había sido sodomizada por Tadeo contra la tapia trasera del palacio, cuando la muchacha regresaba de comprar del colmado. La joven gritando histérica se había escondido debajo de la mesa y se negaba a salir. Allí se había metido también Carlota para consolarla, pensando en como escapar para avisar a las mujeres de la Liga pues su tía la había castigado por el asunto de las garrapatas en el culo compartidas con Jacinto.
   Don Nuño tuvo que sentarse, porque la cólera casi le hace perder el equilibrio. Ordenó a Virtudes traer a Gundemaro y luego hizo una seña a Josefo para que se acercara.
   —Tengo que disponer algunas cosas. En cuanto termine me reuniré con vos. Aguardadme en la biblioteca.
   Cuando regresó don Nuño, el asturiano preguntó como era posible que los alguaciles camparan a sus respetos por el pueblo haciendo lo que les viniera en gana sin que nadie les pusiera freno.
   —No hay ante quien protestar. El Alcalde Mayor es un individuo poseído por la gula que se pasa medio día comiendo y el otro medio cultivando unas plantas espinosas creo que de origen africano, para las que ha hecho construir un recinto acristalado en la parte trasera de su casa y allí pasa el tiempo que no esta durmiendo o a la mesa. El Corregidor esta poco tiempo por aquí y cuando está no recibe a nadie. Pensé hace tiempo, trasladarme  a Madisboa para ver al rey, aunque me incomoda bastante, pero lleva meses enfermo y no concede audiencias. Ahora parece que esta moribundo. El príncipe Manuel esta por lo visto ausente así que  quien gobierna ahora es su tío Fadrique, un elemento de cuidado. Todo queda en casa. Ellos no atienden asuntos menores, para eso tienen aquí un representante que es como si no estuviera. Se ocupa de lo que concierne a las arcas reales, nada más.
   —¿Pensáis hacer algo al respecto?
   —Acabo de hacerlo. Pero no puedo deciros nada mas por ahora. A su debido tiempo os informaré.
   Después de comer Josefo se dispuso a abandonar el palacio. Cuando lo hacía observó como Virtudes le estaba esperando en el patio.
   —Le había dicho que quería hablar con vuesa merced.
   —Lo recuerdo. Usted dirá.
   —Se trata de mi sobrina y vuestro criado. Andan todo el día copulando como conejos…
   —Mujer,  yo no diría…
   —No me interrumpáis. Como conejos. Ahora los dos tienen las nalgas llenas de garrapatas, adquiridas en el pajar por estar con el culo al aire sobre el heno ¿haciendo que?.Copulando como conejos. No quiero que mi sobrina se quede preñada y menos de un mindundi como su criado.
   —Virtudes, Jacinto es un criado tal y como lo es su sobrina y es además un muchacho bueno y trabajador, honrado y fiel. No le dedique epítetos peyorativos, se lo ruego.
   —No me diga palabras raras para confundirme. No quiero que preñe a mi sobrina, que esta castigada y no va a volver a verlo a solas. Espero que vuesa merced colabore.
   —Descuide. Hablaré con el. ¿No ha pensado usted por ventura que pueden haberse enamorado?
   —Están engolfados. Eso es lo que están y no se hable mas. Se acabó la conversación__sentenció el ama haciéndose un lado para que Josefo continuara su camino. No para que continuara si quería sino para que lo hiciera de todas, todas.
   —Vaya por dios. Ya estamos como siempre. Sólo es pecado hacer el amor —pensó en voz alta Josefo.
   Cuando ya salía se volvió y le preguntó por la muchacha agredida.
   —¿Cómo se encuentra la chica de la cocinera?
   —Mal —respondió Virtudes con brusquedad cerrando el portón en sus narices.

   A la mañana siguiente temprano, don Nuño le recogió para ir a ver al banquero dando un corto paseo hasta su oficina. Era, como todos, judío sefardita y se había criado con los abuelos maternos  en Italia, en la Lombardía. Era realmente un hombre alto con buen porte, con medias de seda y zapatos picados muy a la moda. Fue lo primero que observaron ambos mientras le estrechaban la mano. Con la excusa de hacer una inversión don Nuño entabló conversación que el lombardo acepto encantado. Hablaron de Italia, donde el marques pasó muchos años de su vida militar. Hablaron, como no, del gusto por viajar y de la vida en Saláceres que debe ser aburrida para alguien como vuestra merced acostumbrado a Milán. Soy de Bérgamo, dijo el banquero. Ah de Bérgamo ¿Cuánto hace que no visita su pueblo?. Bastante, bastante tiempo…
   No se enteraron de gran cosa respecto a los gustos viajeros del italiano. Visitaba Madrid con relativa frecuencia, pero eso fue antes de que su mujer hubiera parido gemelos. Ahora todo el tiempo libre lo dedicaba a estar con sus hijos, ya era algo mayor para la paternidad y pensaba que tendría poco tiempo para disfrutarla. Por ello había delegado los viajes en su segundo. Hacía casi dos años que no había visitado España. Don Nuño quiso conocer al segundo banquero. Se decepcionaron lo suyo, porque el hombre era bajo y rollizo, nada de buen porte ni de buena facha. Ninguno de los dos era el asesino. Seguro.
Cuando salieron el marqués estaba casi convencido de que las damas de la Liga estaban en lo cierto. Podía ser el fraile.
   —Mañana iré a la misa de doce —afirmó Josefo— observaré a los frailes, descubriré a nuestro hombre y me haré amigo de el si lo considero menester, luego ya veremos…

   Eso fue lo que hizo exactamente, desayunó en el huerto con calma y se dirigió a la iglesia. Había varios fieles congregados en la plaza en corrillos, cambiando impresiones, interesándose por la salud del convecino e incluso haciendo negocios antes de la misa.
   Josefo paseó la mirada sobre la gente y decidió entrar en el templo, porque a aquellas horas el sol ya hacía sudar a quien se detenía mucho rato bajo sus rayos.

   Cuando se hallaba ante la pila del agua bendita admirando una pintura de grandes dimensiones colgada en la pared, que representaba el martirio de un santo desconocido para el, asaeteado no precisamente por las flechas de Cupido, se abrió el portón de nuevo y accedió al templo una enlutada mujer tan bella como joven cuyos ojos verdes cosieron en el acto de dos puntadas las heridas amorosas del escritor. Era alta, casi tanto como él, morena y bajo sus vestidos negros se adivinaba una suave figura. Las manos, que sujetaban el misal, eran  largas, finas y blancas. Manos hechas para las caricias, sin dudarlo. Boquiabierto, rozó los dedos de Raquel con los suyos bendecidos en la pila y se hizo a un lado medio azorado para cederle el paso. Ella sonrió apenas mientras su corazón se aceleraba tanto que temió se le notaran los latidos a través del vestido.
   Josefo la vio alejarse por el largo pasillo como si flotara en la semipenumbra que propiciaban las velas que se agitaron alegres con la brisa de su andar.
   Detrás iba su criada a la que Jacinto había descubierto, también. Era mas delicada que Carlota y posiblemente menos asequible, pero a el le había causado muy grata impresión. Se le había acelerado el pulso lo que era buena señal. Josefo contempló a la mujer hasta que ella se acomodó, suponía, que en su sitio acostumbrado. Entonces se adentró en el templo y se colocó detrás.
Mas tarde reconocería avergonzado que no había prestado ninguna atención a los frailes ni a la misa. Ni recordó siquiera el motivo por el que había acudido a la iglesia. La silueta de Raquel ocupaba todo su horizonte.  Sacó el cuadernillo que siempre portaba y escribió sobre la marcha unos versos dedicados a quien iba a ser de ahora en adelante  la mujer de sus pensamientos.
   No se enteró de  lo que aconteció en la iglesia. Habría sido una misa como era de suponer, pero si el oficiante hubiera anunciado la venida del fin del mundo, que la Virgen  reflejada en el agua de la pila mientras se lavaba le acababa de revelar, le hubiera pasado absolutamente inadvertido.
  Cuando terminó el oficio salió del banco al paso de la joven y le deslizó el papel lo mismo que hiciera con el agua bendita. Luego le hizo una respetuosa y rendida reverencia. Se le daban bien estas cosas, tenía practica. Había hecho mucho teatro.
   Raquel cerró el puño apretando el papel y con el corazón en la garganta, abandonó la iglesia, atravesó la plaza y penetró en el zaguán de su casa. Allí casi en penumbra, se dispuso a leer lo que el apuesto joven le había escrito.

Oh, día iluminado
Ojos que al mirar
Cosen heridas
Abiertas, del pasado
Brisa cuyo soplo
Riza la corriente
De mi sentimiento
Que olvida amarguras
Y presagia sueños.
Luz del porvenir
De amores eternos.

   —¿Será poeta? —pensó Raquel.
   —Luisa, ¿has visto a los dos hombres de esta mañana en la misa?
   —Si señora. He hablado con el criado. Se llama Jacinto, son españoles como vuestra señoría, creo que muy del norte.
   —¿Podrías enterarte quienes son?
   —Desde luego, señora. No será difícil.
































Muere el rey



El rey se moría. Hacía lustros que padecía gota y una serie de dolencias provocadas por los excesos de todo tipo a los que se había entregado con displicencia a lo largo de  su vida, pero en este momento, lo que le iba a causar la muerte eran unas fiebres idénticas a las que  mataran a su primo Carlos I de España y los galenos reales convenían en que no había, por  desgracia, solución. Su majestad había estado varias veces con anterioridad en trance de palmarla, pero siempre cuando el príncipe ya estaba disponiéndolo todo para el traspaso de titularidad, el rey recuperaba la salud. Por ello el heredero, cansado de esperar mientras se iba haciendo viejo en Madisboa había dispuesto lo necesario para embarcarse hacia el Nuevo Mundo sin que consejeros, ni esposa, ni parientes, ni amigos, ni nadie, lograran convencerle de lo contrario. La noticia de la gravedad, esta vez definitiva, le pilló en Lisboa en el palacio del embajador, a la espera de partir allende el océano. Curándose en salud no se avisó a la nobleza hasta que el monarca entró en un estado vegetativo y los galenos afirmaron, poniéndolo por escrito, que esta vez ya no había vuelta atrás. Los nobles fueron instados a presentarse en palacio el mismo día que el príncipe puso pie de nuevo en tierra hispatana.
   Suponemos, sólo suponemos que quede claro, que habiéndolo firmado y en caso de que el rey no muriese tampoco esta vez, a los galenos reales no les quedaría otra que ayudarle a pasar a mejor vida discretamente si no querían que la suya se viese seriamente amenazada por no haber cumplido su palabra; como si la salud fuera ahora una ciencia exacta donde dos y dos son siempre cuatro y no hay mas.

   Don Nuño de las Asturias andaba contrariado, salir de viaje en estos momentos de calor agobiante, con tanto quehacer en su casa y con asuntos pendientes de solucionar como la violación de la niña de su sirvienta, le afectó sobremanera. El rey podía morirse en otro momento, caramba, además no comprendía para que tenían que presentarse en palacio sin no tocaban pito en la gobernación ni en ninguna de las disposiciones que se tomaban en la corte. Todo lo mangoneaba don Fadrique que era el consejero real por antonomasia. Mandó avisar a Josefo para que le acompañara. Aparte de haberle tomado afecto, quería proponerle un negocio.
   —Veréis, os hice venir por una razón de trabajo,  porque no creo que os importe mucho si el rey se muere o no. Bien, entonces de camino a la capital pasaremos por el palacio de mi amigo el conde de Cumbres Apuntadas, su heredero capitán como yo, aunque mas joven, murió gloriosamente en Lepanto. El conde no quiere que las hazañas de su único hijo queden en el olvido y desea que alguien las ponga por escrito para que sus nietos tengan noticia puntual de cómo su padre dio la vida valientemente por Dios y por España, cumpliendo con su deber como todo un caballero que era. Ese vais a ser vos. Pagará bien. Hoy os presentaré y quedareis en su casa hasta mi regreso. El conde está enfermo y no puede moverse desde hace años, por tanto esta eximido de comparecer en palacio. Le representará su nieto mayor heredero del título que acaba de llegar a la mayoría de  edad. Yo me llevare al muchacho y le traeré de vuelta como si fuera mi propio nieto. A nuestro regreso le pondremos al corriente de lo dispuesto que será poca cosa, todo relativo a las ceremonias que tendrán lugar tras el luctuoso hecho, si es que sucede, que ya veremos. Esta es la cuarta vez que somos convocados.
   A Josefo le pareció de perlas el encargo porque no le sobraba el dinero. Pensó en hablarle a don Nuño de la hermosa dama que conoció en la iglesia,  pero viendo cuanto dolor había en la casa por la agresión de la niña no le pareció oportuno. Era una terrible frivolidad interesarse por una mujer en estos momentos de aflicción. No obstante don Nuño como si adivinara sus pensamientos le espetó:
   —Por cierto: ¿Qué me decís de los frailes, habéis visto al sospechoso?
   —No señor, aunque tampoco he tenido ocasión de verlos a todos, bien es verdad. Volveré de nuevo a la iglesia.
   —Hay que darse prisa, no queda mucho tiempo.
   Durmieron en palacio y Josefo y el marques emprendieron viaje temprano, mientras Jacinto se iba para la casa porque Josefo le había aconsejado no buscar a Carlota para no tener problemas con Virtudes. El asturiano  sugirió al criado tratar de enterarse cuanto antes quienes eran las mujeres de la misa que tan buena impresión habían causado en ambos.
   El camino a Madisboa era idéntico al que ya conocemos hacia España. El calor también era parecido al de aquel día. La vía, no obstante, estaba muy transitada. A la media hora, mas o menos, llegaron al palacio del conde de Cumbres Apuntadas. El marqués hizo las presentaciones tras interesarse de veras por la salud del anciano. Durante el trayecto había ilustrado un poco a Josefo sobre lo que había sido Lepanto, haciéndole notar que cualquier cosa que el conde le refiriera aunque le pareciera descabellada, seguro que se quedaba corta. El asturiano se sentó frente al anciano, hombre de cabello y barba blanquísimos y de nobles rasgos y maneras, cuyos ojos azules se iluminaban al hablar del hijo. Le refirió pormenores de la infancia del capitán muerto en combate, de su amor por el ejercito, de cómo quiso siempre pertenecer a los Tercios. Le habló de su esposa, una joven de dignísima familia portuguesa, que tras la muerte del esposo se consagró por entero al cuidado de sus cuatro hijos y al del conde que la había amado como a su propia hija.
   La dama hacía dos años que había fallecido de una enfermedad del pulmón. El era todo lo tenían sus nietos y pedía a Dios el favor de mantenerlo con vida hasta ver casado al mayor y encarrilada su casa.
   Pasaron el día de modo muy ameno, el noble hablando de su hijo y Josefo tomando notas y haciendo preguntas que el otro respondía con sumo agrado, encantado de apreciar como el joven escritor era de veras inteligente y bondadoso, tal y como le había referido don Nuño.
   Regresaron a Saláceres bien entrada la tarde. Una vez en la villa y ya cerca de casa tuvieron un pequeño incidente con Benito el alguacil menor. Este andaba ya borracho y molesto con Cirilo el criado del marqués, porque tras la agresión de la niña de la cocinera, habían puesto una denuncia ante el Alcalde Mayor. Aunque en el caso de los alguaciles las denuncias no servían para nada, el Alcalde viniendo de la casa de don Nuño advirtió a Guzmán andarse con cuidado y ese increpó a Benito sobre lo tantas veces repetido de que las criadas de casas principales eran intocables. Con las mozas del pueblo llano tenían mas que suficiente. Cuida de que tu hermano lo entienda de una jodida vez, mostrenco que eres un mostrenco si no quieres que te entregue yo mismo a la inquisición española. Para cubrir el expediente Tadeo estuvo encerrado un tiempo, mientras se esclarecían, que no hacía falta pues ya lo estaban,  los hechos.
   Benito resentido y azuzado por el vino se había plantado en medio de la calle delante de la litera espantando al mulo con su espada. Cirilo se bajó de la montura, tizona en mano. Jacinto que esperaba la llegada de los viajeros, preparó el forquiau, por si era necesario y porque tenía mucho aprecio a su camarada. Dentro de la litera Josefo y el marqués contemplaban la lid sin decir ni mu, porque don Nuño sabía que Cirilo le desarmaría en un santiamén, le sacaría del camino y listo.
   Cuando Cirilo ya le había desarmado del primer mandoble y lo llevaba  a rastras cogido por el pecho fuera de la calzada, apareció Guzmán en persona, quien detuvo la pelea, recogió del suelo a Benito, ordenó al criado continuar viaje, se acercó a la litera, saludó al marqués, miró de reojo a Josefo, fuese y no hubo nada mas.
   Entre tanto, Jacinto había averiguado que Raquel era la mujer de Guzmán. ¡Si es que mi amo tiene una puntería!. También había tomado nota de lo que muchos decían: que no estaban legalmente casados y que se rumoreaba que el alguacil la había raptado del convento donde estaba como novicia. Todo eso aprendió aquella tarde, pero después del incidente y viendo lo maltrecho que volvía Josefo tras el viaje, decidió contárselo al día siguiente y dejar que descansara sin problemas ni sobresaltos.
   Esa noche Josefo, que siempre se mareaba en la litera, salió al huerto para tomar el fresco y como andaba enamorado, contemplar la luna clara de agosto. Había multitud de estrellas errantes. Todo un espectáculo. En Asturias se decía que tantas a la vez eran un mal augurio, pero aquí en Hispatania seguro que tenían otro significado. Aquí las cosas se veían de otro modo. Sentado sobre la hierba y recostado en el tronco blanquecino de una higuera de pomposas hojas  cuyos higos se iban esponjando por momentos hasta reventar, contemplaba la lluvia de estrellas con la típica sonrisa un poco idiotizada con la que los enamorados contemplan cualquier cosa que se les ponga a tiro, teniéndola en ese momento, por lo mas maravilloso del universo. Pensó en la hermosa dama de los ojos verdes y decidió no demorar mas tiempo en conocer su identidad. Mañana mismo lo averiguaría.
   El ruido de cascos de caballerías llegando a la plaza le distrajo de sus planes. A aquellas horas intempestivas no era probable que llegaran viajeros, además las puertas de la villa habían cerrado hacia tiempo. Acuciado por la curiosidad miró por encima de la tapia en el mismo instante en el cual se abría el portón del palacio del marqués. Josefo llegó a tiempo de ver una armadura inmensa que casi rozaba con la celada en el dintel entrando en palacio mientras Cirilo observaba la calle cuidando de no ser sorprendidos y un criado que había salido a esperar se ocupaba de lo que parecía equipaje. Creyó reconocer al boyero en el hombre que se retiraba conduciendo un mulo. ¿Habrán sacado por fortuna a pasear a don Gonzalo?. Pero la armadura del comedor no tenía parangón con la que acababa de ver entrando en la casa. En el interior de palacio no había ninguna señal de vida, ni se vio luz alguna ni se oyó el mas mínimo rumor. Como si la oscuridad y el silencio se hubiera tragado a los visitantes. El escritor esperó un momento picado por la curiosidad y ante la falta de novedades se retiró a descansar. Ya le preguntaría al marqués quien era el visitante o el mismo don Nuño se lo contaría. Seguro que tenía algo que ver con la muerte del rey.
   A la mañana siguiente pensaba acudir a la plaza del Monasterio para tratar de volver a ver a su dama misteriosa, pero don Nuño le mandó recado de dirigirse a palacio urgentemente. Allí le comunicó que el rey acababa de fallecer y le rogó que le acompañara a la capital para acudir a las exequias.
   —Aun no conocéis la capital. Podéis aprovechar para hacerlo. Vendrán algunas personalidades. Se rumorea que  Alejandro Farnesio representará a su tío Felipe II, será interesante para un escritor como vos. Además quiero que conozcáis al conde de Picos Erizados que fue compañero mío en el Tercio y que es una persona jovial y alegre, no como yo. Tiene hijos de vuestra edad con los que podéis hacer amistad. Son chicos instruidos y agradables.
   Josefo respondió que si, por supuesto, que todo le parecía interesante. Así que preparó su exiguo equipaje y se dispuso a acompañar al marqués. Ni se acordó de la armadura.
   Salieron temprano, cruzaron el río Torte cuyo meandro se enroscaba a la muralla de la villa como una culebra y en la litera reluciente del capitán se dirigieron a la hermosa capital del reino. Por el camino se unieron con la comitiva del nieto del conde  de Cumbres Apuntadas al que acompañaba un hombre de absoluta confianza de la casa.
   Les despidió el tañido a muerto de las campanas del monasterio y el mismo toque repetido les recibió en Madisboa. Banderas a media asta y crespones negros ondeaban entre limoneros, flanqueando la avenida principal desde la catedral gótica hasta el ecléctico palacio real. Don Nuño y Josefo se hospedaron en casa de don Pedro el conde de Picos Erizados. Posiblemente en este país todos los títulos estén hirsutos; debe ser costumbre hispatana, pensaba el escritor. Sería interesante, no obstante conocer las razones del titulo, tal vez tan curiosas como las de don Nuño.
   Las calles eran un continuo ir y venir de carruajes, caballos, personas y personajes con el fondo lóbrego del lamento de muerte de las campanas. No obstante la ciudad era luminosa, elegante y perfumada de azahar. Muy agradable le pareció a Josefo que se apresuró a componerle unas rimas, porque desde que volviera a enamorarse y las musas hubieran regresado con el amor a sus quehaceres, los versos le salían prestos de la pluma, al igual que los suspiros de la boca.

Madisboa capital
Tienes nombre de mujer
Bella y espiritual.
Novia te tengo que ver
Purificada de azahar

   En otras circunstancias los hubiera roto tras leerlos, pero ahora estos versos harto cursis se le antojaban salidos de la pluma del mejor poeta de  todos los siglos.
   Mientras, don Pedro y don Nuño se ponían al día en las novedades de sus vidas y haciendas y sobre todo se hacían lenguas sobre el tratado de alta política internacional en el cual se habían involuntariamente convertido los funerales del monarca, debido a los graves incidentes y a las guerras de religión que se libraban en Europa en aquel preciso momento  y de  las que eran protagonistas sobre todos los demás actores-no podía ser de otro modo- Felipe II de España y el Papa Sixto V. Como representante de monarquías extranjeras acudiría solamente Alejandro Farnesio por España y Portugal. Nadie por Francia, inmersa entonces en una guerra de religión donde Felipe de España apoyaba a los católicos ( y estando él representado era forzoso que los franceses estuvieran ausentes) y nadie por Inglaterra, porque su graciosa majestad, la primera Isabel, tuvo la humorada de querer enviar como representante a sir Francis Drake que hacía solo unos meses se había presentado con su flota en Cádiz y había diezmado a la española y a parte de la hispatana, siguiendo luego hacia el Algarve asaltando a sangre y fuego cuantas fortalezas halló a su paso y continuando insolente hasta Lisboa donde amenazó nada mas y nada menos que a la escuadra de don Álvaro de Bazán. Al ser repelido, contrariado sin lograr su propósito, se desvió hacia las Azores y capturó en represalia una nave española de la flota de Indias cargada de riquezas de las que la hacienda hispana andaba tan necesitada, causando con ello un desastre mayor a las arcas de Felipe II que el que los elementos iban a causar a la escuadra Invencible unos años mas tarde.
   Don Juan II de Hispatania estaba ya muy maltrecho de salud y sus consejeros, en ausencia del  príncipe heredero, decidieron ocultarle el hecho, mientras elevaban una dolida protesta ante la corte inglesa porque sir Francis Drake era considerado un buen amigo del país. Nadie lo diría teniendo en cuenta que Hispatania era el mejor aliado de España y ésta andaba en guerra contra el reino de Isabel. Pero ya sabemos que los hispatanos eran maestros en el arte de nadar entre dos aguas, aunque en este momento se los había llevado la corriente. Los ingleses respondieron que al dejarles diezmada la flota, les habían hecho un inmenso favor diplomático, puesto que España,  jamás les hubiera perdonado su amistad con Londres en aquellos fatídicos momentos para los barcos, el orgullo y la hacienda hispano portuguesa.
   —Os enviaré lo mejor que tengo: sir Francis Drake —Había dicho la reina al embajador hispatano hacía unas semanas, cuando ya  se presentía el entierro Aademás está por la zona, le coge de camino.
   A los consejeros regios les pareció una burla imperdonable y gratuita y procedieron, como se hace en estos casos,  a reclamar a su embajador en Londres, mientras invitaban muy amablemente al representante ingles a irse con viento fresco para su casa, lo antes posible.
   No obstante se vieron compensados y cuasi vengados cuando el Papa Sixto V decidió enviar al flamante cardenal William Allen, católico inglés, trabajador ferviente por la Contrarreforma  y por los católicos ingleses y enemigo por tanto, tampoco hace falta esforzarse mucho para llegar a esta conclusión, de la reina Isabel. No sabemos si los hispatanos eran conscientes, supongo que si, de que esta representación les enemistaba un poco mas con el corsario ingles y sobre todo con su mentora. Sin embargo en estos momentos de duelo por tantos motivos les alivió un tanto el orgullo patrio herido y contribuyó a dar lustre a las exequias reales bastante deslucidas  por la falta de enviados regios. Es que ser aliado de España y del papa en aquellos tiempos traía muchas complicaciones, de las que derivaban  muchos desplantes de la Europa protestante.
   En la espera, los funcionarios reales habían diseñado una comitiva fúnebre digna de su llorado monarca. En principio se pensó que el ataúd fuera llevado a hombros por los nobles del reino, pero al resultar muy pesado por llevar una caja de plomo dentro y ser los nobles todos, menos el nieto de Cumbres Apuntadas, de avanzada edad y andar casi todos tomados por los achaques que sobrevienen con los años, no hacían tal cosa aconsejable. Entonces se decidió colocarlo sobre una plataforma rodante revestida de oro y gemas que había sido construida para pasear al papa cuando se rumoreó que visitaría Hispatania con objeto de agradecer al pequeño reino sus muchos favores al papado, visita que nunca se produjo por supuesto, pero que dejó sin quererlo la solución para el cortejo fúnebre. Se destinó un tiro de seis caballos negros ( en principio iban a ser seis docenas, pero siendo tan larga la reata y la distancia tan corta, el féretro apenas se movería permaneciendo detenido en mitad de la avenida mientras la cabeza llegaba a la catedral), se cubrió el piso del túmulo con una rica tela de seda negra con bordados en oro y se dispuso que encabezara el cortejo el cardenal primado acompañado del obispo de Madisboa, seguido por el nuevo rey y su consejo privado o sea don Fadrique, los representantes extranjeros ( Farnesio y Allen) y la nobleza del reino: el conde  de Saláceres,  Enhiesto Miembro, Picos Erizados, Pino Hirsuto, Altas Picas y Cumbres Apuntadas. No había mas nobles en el país. Estos eran mas que suficientes. Después los altos cargos de la corte, parientes y amigos del monarca y a continuación el pueblo llano. Flanqueando la avenida desde palacio a la catedral dos filas abigarradas de alabarderos de la guardia real con celada, coselete, calzón amarillo rematado con lazo rojo, medias igualmente rojas, espada al cinto y reluciente alabarda, darían color al luto, aunque parezca un contrasentido.
   El cuerpo se trasladaría a la catedral dos días antes del sepelio y se velaría en la sacristía sobre otro túmulo. En el altar se dispondrían otros dos para los reyes, el difunto y el sucesor, a  fin de  que ambos estuvieran  a la misma altura. Tras el solemne funeral oficiado por el cardenal primado y con la presencia del obispo y todo el clero del país, el cadáver sería  enterrado en el panteón de reyes, caudillos y jefes de tribu, de la catedral, siendo este un acto intimo y familiar al que ni siquiera los invitados reales (Farnesio y Allen), podían asistir.
   Varias compañías de alabarderos se turnarían en la guardias día y noche desde el momento del traslado del cuerpo del monarca, hasta el fin de los actos.

   Con todo este derroche de organización, lujo y brillantez, el cielo, no podía ser de otro modo, quiso también unirse al duelo; las nubes, henchidas por el calor de agosto, se fueron acumulando entre las montañas que rodeaban el país, hasta que prensadas unas contra otras reventaron en una lluvia, mansa al principio, que fue cogiendo fuerza a medida que caía sobre el suelo, caliente como fuego, levantando de éste una nube de vapor que mezclada con las gotas cada vez mas compactas, dieron origen a una hídrica cortina que veló la ciudad y el duelo del monarca como un traslúcido tul, no exento de  piedad. Todos pensaron que sería un chaparrón de verano mas o menos duradero  en el tiempo, pero el agua no quiso perderse el velatorio y acompañó con persistencia rayana en terquedad supina a los concurrentes nacionales y extranjeros  obligando a suspender algunos actos al aire libre y algunos otros en lugares cerrados en los que irrumpió el agua convertida en torrente lanzado a plomo sobre las calles.
   En principio se acordó esperar a que escampara pero en vista de la persistencia de la lluvia, que cubrió el cielo y oscureció los días que acabaron confundidos con las noches (tras varias jornadas, no se sabía si cuando las campanas tocaban las doce eran de la noche o del mediodía), hubo que tomar una decisión de urgencia porque no se podía demorar el entierro, aunque nadie tenía prisa por irse, sencillamente porque no se podía. Pero había que enterrar al monarca. El nuevo rey comentaba airado con su tío don Fadrique cómo su padre quería salirse a toda costa con la suya. Primero no muriéndose como Dios manda a su debido tiempo y ahora empeñado en no ser enterrado. Pero va a serlo, vive Dios que si.
   —Pues no sé cómo vamos a trasladarlo a la catedral.
   —Pensaremos algo.
   Y lo pensaron. Quedó en los anales de los entierros reales en toda Europa y en todo el orbe conocido, diría yo.
   Se hizo imposible circular por las calles; el agua alcanzó los primeros pisos de las casas en menos que se dice inundación. Al tiempo, los torrentes que se habían formado en las montañas se desplomaban inmisericordes sobre la ciudad transformados en cataratas de agua y lodo que unidas a lo que caía del cielo convirtieron el suelo en una laguna a la que alimentaban con tanto derroche que no daba tiempo a evacuar la suficiente para que descendiera el nivel.
   En principio, discurría más o menos mansa pero de pronto, irrumpió como una recua de caballos infernales en desbandada por las calles arrastrando banderas, gallardetes, árboles, hombres, caballerías, cabras, alabarderos y alabardas. Un caos. El agua parecía hervir a su paso y resultaba suicida siquiera asomarse para verla discurrir enloquecida. El río Torte, alimentado por la lluvia caída sobre el cauce desde su nacimiento en la cumbre de la sierra mas alta del país, amen de la que vertían los demás montes convertidos en gárgolas, subió tanto de nivel que comenzó a querer entrar en la ciudad por las puertas mas próximas convertidas a su vez en desagües. El choque a empellones violentos entre el agua que salía y la que deseaba entrar, propició olas enormes que  derribaron las puertas de la muralla,  casas cercanas a ella e incluso trozos de la misma muralla por cuyos boquetes el agua de dentro saltaba desquiciada en busca del abismo. Es curioso como le gusta despeñarse al agua a la menor ocasión.  El ruido en la ciudad con la lluvia, las cataratas montaña abajo, el torrente por las calles y los combates del agua en las puertas, era ensordecedor.
  Con todas estas novedades, hubo que improvisar sobre la marcha, a gritos,  porque el príncipe no quería demorar el entierro ni un día mas. No quedó otra opción que meter el féretro desde palacio por el interior de las casas hasta la catedral. Debería hacerse por la orilla izquierda de la calle, donde los edificios se sucedían sin continuidad, dado que detrás estaba la montaña,  porque en la derecha existían tres calles transversales amplias  por las que sería imposible transitar a menos que se supiera volar. Fue providencial, de todos modos, que entre la montaña y los edificios el encargado de urbanismo, un italiano muy amanerado con pañuelo de seda y cajita de rapé, hubiera abierto una ancha avenida para aislar y orear las viviendas con salida por ambos extremos, por la cual circulaba ahora el torrente y en la cual desaguaban las cataratas que de otro modo lo hubieran hecho directamente sobre los tejados con la consiguiente catástrofe.
   De ese modo el cadáver del rey, bien aislado en sus dos ataúdes, iría pasando de casa en casa, por los orificios que a la sazón abrieron operarios reales trabajando noche y día. No fue tarea fácil, no se crean vuestras mercedes, porque a trechos, existían separaciones, a modo de callizos entre las viviendas y como travesías a la avenida principal desde la trasera. Para salvar estos huecos se lanzaban seis largos tablones a guisa de puente improvisado, sobre las turbulentas y lodosas lagunas, vestidos con negra alfombra que el agua acabó destiñendo, y con unas cuerdas doradas bien sujetas a cada lado ejerciendo de improvisado pasamanos. Debo hacer notar además, que las alturas de las ventanas no siempre coincidían en las distintas viviendas por lo cual los tablones puente las mas de las veces se hallaban empinados, con tanto desnivel en algunas ocasiones, que hizo necesario abrir nuevos huecos de emergencia a la misma altura que la ventana anterior para que la comitiva pudiera desplazarse con cierta seguridad-sin tener que despeñar por las fachadas el cadáver de Juan II. Ocurría que las medidas de los edificios eran diferentes y a veces el hueco abierto no podía, en modo alguno, tener la misma talla de la ventana precedente, porque este tropezaba con el techo de la vivienda, por ello, la comitiva no tendría mas remedio que agacharse en estos tramos.
   El día que por fin pudo celebrarse el entierro, el ataúd con el cadáver del monarca viajó cubierto por unas frazadas de tafetán doble para proteger la rica taracea, en una tétrica y poco gallarda huida de la inundación para llegar a la iglesia, cuya puerta fue tapiada con sacos de tierra para detener el agua aunque estaba elevada sobre veinte escalones. Tanto llovió, no obstante, que el torrente entró en el templo aunque de modo tímido, solo asomando para mirar, por suerte.
   Teniendo en cuenta, como es de suponer, que los interiores de las casas, tenían distribuciones diferentes en todas ellas, el cadáver igual irrumpía por una habitación, que por la cocina o el comedor y hasta los escusados, teniendo que subir y bajar escaleras, atravesar salones e incluso cámaras de seguridad de alguna entidad de crédito, para encontrar el siguiente hueco y poder continuar. Fue un arduo camino el que tuvo que recorrer Juan II por las moradas de sus súbditos, hasta su sepulcro.
   Los invitados corrieron la misma suerte que el féretro y el día del funeral de estado no tuvieron otra opción que  pasar de ventana en hueco ayudados por guardias reales, (que llevaban faroles con velas, porque ya sabemos que el día y la noche se habían confundido), dado que los nobles ya tenían una edad, y algunos de ellos, incluso fueron transportados sentados en una silla, tapados en todos los casos de la cabeza a los pies como fantasmas sorprendidos por el diluvio fuera de sus criptas. Esto incluía a Alejandro Farnesio, que ya no estaba para muchos equilibrios, y a William Allen Todo esta macabra comitiva se desplazaba con lentitud, porque los tablones estaban cada vez mas resbaladizos y una caída a la calle sería mortal, también por la altura, pero sobre todo por el hirviente lodazal que esperaba debajo para engullirlos sin misericordia.
  Tras las exequias las toses y los resfriados fueron la nota dominante en Madisboa en las jornadas siguientes, de donde no pudo moverse ni Dios, si hubiera acudido al entierro, que no lo hizo. O al menos no quedó constancia.
   Don Nuño de las Asturias, Josefo Mallo  y el nieto de Cumbres Apuntadas se alojaban en el palacio del conde de Picos Erizados, junto con  un noble español que por ello, no tenía un titulo tieso. Era el conde de El Páramo de origen leonés, muy amigo del fallecido monarca, y que casualmente era el padre del actual corregidor de Saláceres.

   Nuestros amigos y su anfitrión se vieron envueltos en una peripecia aun mayor. El palacio de don Pedro se hallaba en la parte derecha de la ciudad, alejado de la iglesia y del palacio real. Todos creyeron desacertadamente que eso les eximiría de acudir a las exequias. Parece mentira lo poco que conocían a la familia real. El futuro rey (si el tiempo lo permitía) les hizo saber por medio de un emisario que viajó en la chalupa real, contra corriente y arriesgando su vida, la cual perdió a la vuelta, que existía un pasadizo desde la casa de don Pedro hasta Palacio. Pasadizo construido por su abuelo para poder visitar primero a la abuela y luego a la madre de don Pedro, que comunicaba el gabinete contiguo a la habitación conyugal con el tálamo regio, atravesando el subsuelo madisboeta.
   —Se accede desde el confesionario. Aquí traigo una llave, por si vos no la tenéis. Buen viaje —fueron las últimas palabras conocidas del buen hombre.
   —No, si va a ser que somos hermanos; el rey y yo —sentenció el conde con bastante lógica y con la llave en la mano.
  Apartaron el confesonario, abrieron la puerta no sin dificultad  y mandaron por delante dos criados a explorar. Regresaron a los cincuenta minutos. Comunicaron que era un camino bastante cómodo y que había algo de agua.
   —¿Qué significa algo?
   —Que nos da por el tobillo.
   Afirmaron  que la puerta del otro lado estaba abierta, y que sorprendieron al príncipe fornicando con su cuñada. Que no se percataron.
   —Señor, Señor.
    Josefo y los hijos de don Pedro encontraban todo ello muy divertido y espectacular pero al marques y a los condes no les hizo ni media gracia. El día marcado para el funeral se pusieron en camino sentados cada uno, en unos fraileros colocados sobre unas angarillas que transportaban cuatro criados con el agua por media pierna. A la vuelta el agua les daba por medio muslo. Desde  Palacio hasta la iglesia viajaron como  todos los demás, incorporados a la comitiva en el lugar correspondiente.
    A la vuelta les acompañó un criado real que se encargó de requisar la llave.
   A las exequias en la catedral, solamente se pretendía que acudieran los invitados regios y los nobles, pero el pueblo no quiso perderse la aventura funeraria. Los moradores de las casas por las que atravesó la macabra comitiva se fueron uniendo, por su cuenta y razón, discretamente a ésta inmediatamente detrás de la nobleza, en principio mansamente pero arrollando mas tarde a los corchetes que trataban de cerrarles el paso, cuando se dieron cuenta de la intrusión. Por si no bastara, gentes del otro lado de la ciudad, viajando temerariamente en endebles chalupas que servían para pescar en medio del río en calma, pero que apenas resistían los envites del oleaje del mar enfurecido en que se habían convertido las calles, se sumaron al intempestivo cortejo penetrando como hordas por las casas, en vez de acudir directamente a la iglesia en sus balsas como hubiera sido mas lógico. La mayoría, no obstante se ahogaron en el intento, al zozobrar las embarcaciones entre el proceloso oleaje y porque iban, además, con sobrepeso. Nadie quería perderse el funeral. Por ello, muchos madisboetas acompañaron a su rey al mas allá el día de sus exequias.
   Los que llegaron a buen puerto, penetraron en las casas, a través de boquetes y ventanas, pisoteando lo que encontraron por el camino, comiendo en las cocinas, probando los artilugios de los escusados, guardando aquello que llamaba su atención, tratando algunos de meterse en la cama de las señoras y algunas de los caballeros con desigual fortuna e intentando saquear la cámara de seguridad del banco hebreo Sefarat, por el que también discurrió la avalancha, tras el cortejo fúnebre. Ocurrieron graves altercados por este motivo con heridos e incluso muertos, tanto fuerzas del orden como asaltantes, amen de varios desaparecidos que cayeron a las aguas mas turbulentas, aun, que la multitud enardecida.
   En la catedral hubo que esperar a que la turbamulta se aposentara y guardara silencio para comenzar la ceremonia, lo cual supuso un retraso de dos horas. Don Fadrique observaba inquieto al nuevo rey, que a punto estuvo de bajar del túmulo y tomar el camino de Lisboa para embarcar sin retorno, esta vez si,  hacia el Nuevo Mundo descubierto por Colón hacia mas o menos un siglo. No lo hizo porque fue consciente de la imposibilidad del viaje en estos momentos en los que el país había sido tomado por los elementos.
   Hubiera sido mas natural y por ende mas práctico, celebrar el funeral en la capilla de palacio y esperar al escampe para enterrar al rey, que en su ataúd de plomo no hubiera despedido  ningún olor repulsivo ni degradante para lo que se puede esperar de un monarca, aunque esté muerto. Pero los hispatanos tenían, como los portugueses, bastante propensión a exagerar cumpliendo  a rajatabla con la máxima de: a grandes males, grandes remedios.
   Al termino de las honras fúnebres la comitiva de invitados y nobles se topó un autentico caos dentro de las casas en el camino de vuelta, porque los corchetes bastante tenían con controlar a la masa y nadie había tenido tiempo para limpiar los destrozos de la avalancha. Así mismo faltaban tablones en las pasarelas y trozos enteros de cuerda pasamanos, lo cual transformó el retorno en objetivo muy peligroso, cayendo a las aguas algunos de los encargados de transportar a los nobles, con el consiguiente sobresalto de estos que no tenían ni el mas mínimo deseo de hacer compañía a Juan II, que en paz descanse. Si puede.
   Los visitantes se vieron imposibilitados por el diluvio a salir de la ciudad después del funeral ya que la lluvia cayó durante veinte días sin parar y luego además hubo que limpiar las calles, llenas de lodo y de despojos de todo tipo. Hasta esqueletos desenterrados y arrastrados sin piedad alguna fuera del cementerio que hubo que volver a enterrar a boleo, donde buenamente se pudo. Se supone que muchos de  ellos fueron arramblados en los momentos mas álgidos de  la tormenta, porque el camposanto quedó arrasado, sin que hubieran sido vistos siquiera y por tanto no pudieron en modo alguno, engrosar la lista de desparecidos causados por la hecatombe.
   En todo ese tiempo don Pedro y sus invitados hablaron de política y de economía, de guerras y de paces, de negocios posibles e imposibles, de dios y del diablo. Se dieron noticias, se adelantaron acontecimientos y se hicieron confidencias mas o menos personales y mas o menos interesantes.
   La noche antes del día del fin del diluvio, don Nuño y el conde de Picos Erizados escucharon con creciente interés, noticias sobre la vida del Corregidor de la villa referidas por su padre quien, trasformada la fiebre que lo poseyó a causa del frío padecido, en locuacidad por mediación de los licores ingeridos para tratar de entrar en calor, relató para sorpresa de todos que no era su verdadero padre puesto que él y su esposa  no habían tenido descendencia, culpa de ella, porque el había engendrado dos hijos con una moza de su hacienda que habían fallecido prematuramente,  por lo cual pasado el tiempo y cuando ya eran casi viejos ocurrió aquella historia con uno de sus pastores, el mejor y el mas fiel y movidos ambos por la compasión hacia el pobre huérfano lo habían acogido primero para adoptarle después, una vez que le tomaron cariño.
   —Me he arrepentido con largueza —afirmo el noble antes de que la cabeza le cayera sobre el pecho y se quedara dormido como un lirón en invierno.

    Llovía mansamente sobre la capital aquella noche, pero las aguas no se habían retirado, porque todavía bajaban arroyos de la montaña. Sin embargo el nivel había descendido mas de la mitad.
   En el palacio de Picos Erizados, el conde del Páramo tenía una crisis respiratoria aguda como consecuencia del frío y de la humedad. Estaba empapado en sudor y tiritando de frío en una cruel paradoja que no presagiaba un desenlace halagüeño para la vida del noble. Le había subido la fiebre y deliraba de vez en cuando. Don Pedro había enviado a dos sirvientes en busca del médico. El agua les llegaba por el sobaco, pero podían traer al galeno a hombros, o meterlo por los huecos de las casas que aun no se habían cerrado desde el entierro, aunque esto último podía resultar peligroso dado que los propietarios de las viviendas se habían armado haciendo guardias permanentes en prevención de nuevos asaltos. También mandó aviso al Corregidor que por el momento, no se había presentado. Quedó patente durante los actos que padre e hijo no mantenían una relación ni buena, ni fluida. El hijo, buen amigo por lo visto del príncipe, ahora rey, se alojó en palacio y no pasó a saludar al padre  ni lo recibió cuando este se presentó en la corte con los demás, antes del diluvio.
   El médico se demoraba y el conde leonés comenzó a pedir confesión. Don Pedro permanecía junto a el cogiéndole la mano mientras don Nuño entraba y salía de la habitación a la espera de novedades. Una de las veces que el marqués se aproximó a la cama de don Julián del Páramo este le tomó por sacerdote y alargó la mano implorante y agradecido.
   —Confesión, padre, se lo imploro…confesión.
   —Soy yo don Julián, soy Nuño.
   —Padre, confesión. Tengo un secreto terrible que me impide morir en paz…
   —No habléis de morir —le cortó don Pedro
   —Se que la hora se acerca. Necesito hacer participe a Dios de un secreto terrible, terrible…y rogar su misericordia.
   —Yo no soy…
   Don Pedro envió a otros dos criados a buscar un cura de los muchos que había en la capital esos días. Al poco regresaron los  anteriores sin el médico dado que se lo había llevado la riada por la mañana cuando trataba de llegar al palacio del obispo, puesto que también al medico de palacio se lo había llevado la corriente hacía unos días. A don Nuño le pareció que el diluvio había hecho limpieza.
   —Esperemos que llegue por lo menos algún cura.
   Don Julián del Páramo empeoraba tan rápido que era imposible contar el tiempo, ni un segundo transcurría entre una crisis y la siguiente. A veces de palabra y las mas por señas no cejaba en pedir confesión agarrado a la mano de  don Nuño como a la vida.
   —Perdóneme don Julián es que yo…
   —¡Que más da! —Dijo don Pedro— Fingid que sois un cura mientras yo voy a ver si hay noticias de alguno y del hijo.
   —¿Pero cómo voy yo a…?
   —No hacerlo sería faltar a la misericordia debida para con el prójimo cuando está en este trance.
   Don Nuño, renuente, se sentó en la cama mientras el conde sufría tratando de respirar con normalidad sin conseguirlo.
   —Señor, hasta morir es trabajoso —musitó don Nuño.
   —Pa   dre. Per  dón.
   —Calmaros hijo. Respirad, sólo concentraros en respirar. Luego hablamos de todo lo que deseéis.
   —No viene el cura. Tantos como hay en la ciudad y ninguno está dispuesto a venir. Que lo harán mañana si descienden las aguas. ¡Sepulcros blanqueados!. Confesadlo Nuño, por caridad, para que muera tranquilo. Dios nos perdonará.
   —Pero…
   —Mirad, si os sentís mejor os lo diré de otra manera. Dejad que descargue con vos la conciencia, Dios le escuchará y le dará la absolución. Sed tan sólo el intermediario.
   —Decidme hijo —accedió por fin el marqués— Contadme que es lo que os preocupa.
   El conde tardó un buen rato en poder hablar. Su laringe emitía un silbido penetrante como el de una culebra. Por fin logró proseguir con mucha dificultad.  El hijo no aparecía tampoco por ningún lado. Estaba visto que todo el mundo abandonaba sus obligaciones sin miramientos.
   —Fue un castigo por haber engañado a un alma noble como era el pastor. Dadme algo de beber y os lo contaré. Por piedad.
   Al cabo de una hora de escuchar el doloroso relato plagado de altos para que el conde pudiera coger aire, don Nuño reclamaba a gritos a Josefo por todo el palacio.   Este se hallaba en los aposentos del hijo mayor de don Pedro hojeando absorto un tratado de astronomía de un tal Nicolás Copérnico que afirmaba que el sol es el centro del universo y no la tierra como se creía desde Tolomeo. El asturiano acudió alarmado a las voces del marqués. Este se había sentado fatigado y entrecortadamente repetía bajando la voz: es él, es él.
   —Don Nuño ¿Qué sucede  —preguntó Josefo alarmado por el semblante del marqués.
   —Es él, es él, ÉL.
   —¿A qué se refiere vuestra merced?
   —Es nuestro asesino.
   —¿Quién , quien es nuestro asesino?.
   Don Nuño apenas podía respirar. Josefo y Pedro el hijo del conde le introdujeron en la habitación y le tendieron encima de la cama. Don Pedro entró detrás. También venía exhausto.
   —¿Pero, que os ha pasado? —preguntó su hijo— ¿que ha contado el conde?
   —Hemos escuchado algo terrible. Atended a don Nuño, ha recibido una impresión muy fuerte.
   —Padre…
   —Yo estoy bien. El conde ha muerto. Hay que disponerlo todo. Volveremos a enviar recado al hijo.
   Don Nuño no soltaba la mano de  Josefo.
   —No se que vamos a hacer con la información. Que días estamos teniendo, Dios, como esto continúe no lo contamos ninguno. En cuanto se despeje el camino nos vamos para casa, hay mucho por hacer. Tenemos que pensar el modo, Josefo ¿os dais cuenta?, vos que sois escritor pensad el modo…
   —¿El modo de qué? No entiendo lo queréis decirme…
   —¿A qué día de septiembre estamos?
   —Hoy es diecisiete
   —Ay Dios, sólo quedan cuatro días, no tenemos tiempo, no queda tiempo. Asesinará de nuevo. No se como vamos a impedirlo. Y encima esta lluvia. Señor, ten misericordia de ellas. Inspírame algo por piedad.
   Josefo no terminaba de comprender. Don Nuño se llevaba la mano al corazón y no conseguía articular palabra. Por fin dejó de llover.










La venganza




Tras enterrar en su pueblo natal  al desafortunado muchacho, Almanso Vivar, pese a sus graves problemas de salud, regresó a Madrid con la intención de averiguar la filiación del otro asaltante de aquella desgraciada noche. Aunque del asesino ya diera él cumplida cuenta, necesitaba conocer la identidad y la suerte del otro, al que había malherido y que esperaba hubiera pasado a peor vida, si cabe. Por si acaso hubiera tenido suerte, aquí estaba él dispuesto a regalarle el viaje al mas allá del mismo modo altruista que ellos habían empleado con su único hijo.
   No sería demasiado difícil encontrarle dado el carácter de las heridas (un puñal en el ojo y casi un brazo colgando) aunque estaba seguro de que el forajido no habría acudido a ningún hospital ni a ningún galeno, digamos legal, por la cuenta que le traía; pero el tenia contactos en los bajos fondos-había mucha gente de los tercios- y se enteraría de la identidad mas temprano que tarde, aunque se escondiera bajo tierra.
   Sin embargo antes de que consiguiera averiguar nada interesante llegaron sus parientes a buscarle con suma urgencia, puesto que su mujer parecía haber perdido el juicio y no quería separarse de la tumba donde yacía el muchacho, agarrándose como una liendre a la cruz cuando pretendían llevarla a casa a pasar la noche, tras permanecer el día entero sin comer ni beber, haciendo compañía al hijo al lado de la fosa.
   En una ocasión unos cuadrilleros de la Santa Hermandad vigilaban cerca del Camposanto porque habían recibido un soplo de que un bandido de los alrededores que asaltaba viajeros en la ruta de la plata, guardaba el botín en una sepultura. Uno de ellos creyó ver movimiento dentro del cementerio bien entrada ya la noche y mosquete en ristre avanzó medio agazapado  entre las cruces hasta distinguir una negra figura abrazada a la losa de piedra que cubría una tumba, el hombre se acercó con todo sigilo a fin de hallar el sitio idóneo para no errar el tiro si fuera necesario disparar, cuando escuchó un llanto desgarrador seguido de una sarta de lamentos: ay hijo por que te me has ido, ay hijo que va a ser de ti tan solo, tan frío, tan pálido como te me has quedado, ay hijo…
   —Señora ¿qué hace aquí a estas horas?
   —Quieto, no os acerquéis al lecho de mi hijo, esta enfermo, no le despertéis.
   El cuadrillero llamo a su compañero y entre los dos sacaron del recinto a la mujer que se retorcía como una culebra, tratando de impedir que se la llevaran y gritaba enloquecida llamando al muchacho rogándole  por Dios que no tuviera miedo que ella volvería en cuanto estas gentes la dejaran en paz. En la puerta se tropezaron con los familiares que venían a por ella al echarla de menos en la casa.
   El antiguo alférez de don Nuño de las Asturias se fue de la bisoña capital del reino dejando a un amigo muy amigo, encargado de continuar las pesquisas. Ya sabían desde luego, quien era el muerto: un tal Joao el portugués, bandido de ínfima monta, pero aun no habían averiguado quien era su compinche del momento porque cambiaba de compañero mas que de calzones. Les informaron que se hacía  acompañar a menudo de un andaluz apodado “el plata”, pero cuando dieron con él llevaba meses en la cárcel.
   El amigo de Almanso, arcabucero en la misma compañía, pudo averiguar que tras “el plata” al tal Joao se le pudo ver con la banda de Juan el Cortijero, un bandido que atracaba en los alrededores de la capital, ahora con muchísimo trajín diario de gentes y mercancías, con lo cual los asaltos de diferentes bandas se convirtieron en habituales, por lo provechosos.
Tras semanas de negociaciones hasta demostrar que no era un infiltrado sino alguien que solo buscaba información, Juan el Cortijero accedió a que se entrevistara con su segundo hombre de confianza quedando, además, el intermediario como rehén por si se trataba de una felonía. El viejo arcabucero confiaba en sacar algo interesante de la laboriosa cita. El bandolero le refirió que a Joao lo habían echado de la banda y que él, molesto, había proporcionado información a un confidente del sargento de los corchetes, por ello estaba sentenciado a muerte y si no lo hubieran matado en aquel asalto, lo hubieran hecho ellos.
   —¿Quien os dijo que había muerto?
   —Un amigo.
   —¿Y ese amigo no os dijo por ventura que fue del otro asaltante?
   —Si.
   —Y bien…
   —¿Y bien qué? Todo vale dinero ¿sabéis?
   —Decidme lo que sepáis y yo veré lo que vale la información.
   —Esto no funciona así —corrigió el bandido escupiendo al suelo—. Nos ponemos el precio y vos pagáis sin rechistar.
   —¿Cuánto?
   —Dos doblones.
   —¡Treinta reales!
   —Si lo preferís así…
   —No los llevo encima, tendremos que volver a citarnos.
   —Muy bien. Ya os avisaremos.
   En el siguiente encuentro el lugarteniente le contó al amigo del alférez, una vez comprobados los doblones, que el compinche de esa noche del difunto portugués era un antiguo soldado llamado Guzmán Ibáñez, que se ganaba la vida  malamente como sicario, pero no le hacía ascos a algún asalto si se terciaba como esa noche en la cual creyeron que iban solos el caballero de la litera y el muchacho del mulo.
   —Vive en una casa en  la calle de la Ventosa  con una india medio bruja. Es cuanto sabemos.
   Cuando hallaron a la india, Guzmán ya se había ido con viento fresco y ella no sabía ni quería saber nada de la vida del bandido de mala muerte ese, que vuestro Dios confunda y los míos le aplasten como a una rata. Si, les dijo, esta tuerto y tiene el brazo derecho todavía débil. Ojala le maten  de una cuchillada dolorosa y se muera lentamente en la calle en una noche fría para que se le congele la sangre y tenga mayor agonía.
   —Veo que le tenéis mucho cariño —no pudo evitar comentar el arcabucero.
   Cuando ya se iban ella les gritó desde la puerta.
   —Venta de la andaluza. Quizá ande aun por allí.
   Había estado allí un tiempo, si, pero ya se había ido y ella no había vuelto a tener noticias. De verdad de la buena, señores. Como si se lo hubiera tragado el infierno.

    Almanso no pudo abandonar el pueblo donde vivía. Por un lado su mujer había perdido por completo la razón y el sufría cada vez mas problemas con su extraña y dolorosa enfermedad que le impedía salir a la luz del día. Se trasladaron a la que fuera antigua casa del enterrador al lado del Camposanto, a la que hizo añadir una altura para que la loca viera desde su habitación la tumba del hijo. Allí los dos, hacían compañía al muchacho, aunque ellos estaban enterrados vivos y además debían sobrellevar la inmensa pena de la ausencia, que era mucho peor que todo lo demás. Una sobrina les cuidaba, hermana de la cocinera de su antiguo capitán y tan querido amigo don Nuño de las Asturias. El hecho de conocer al fin la identidad del otro asesino, le ayudó a soportar la pena, en la esperanza de encontrarlo algún día para hacerle pagar la deuda de haber asesinado a su único hijo de aquel modo tan infame y cobarde. En Hispatania junto al marqués, el mejor amigo del alférez y padrino del muchacho, Cirilo Gomes, esperaba también que la vida le ofreciera algún día la oportunidad de verse las caras con el tal Guzmán.
   Por otro lado éste rezaba también para encontrar al gigante, pero quería hallarlo en un calabozo, detenido por la inquisición, para poder utilizar con el las muchas modalidades de tortura en las que tan diestro era, desde la superioridad que proporcionaba su empleo en el Santo Oficio. Se el iba a caer el pelo, si es que aún lo tuviera.
   Tantos deseos de reunión por parte y parte tenían que cumplirse alguna vez. Pero todos no podían salir bien parados, alguno tenía forzosamente que morir en ese encuentro. Almanso ansiaba apartar  a Guzmán de este mundo de vivos y éste  soñaba con hacerle pagar  todas las calamidades que le había hecho vivir desde aquella noche.

   Ibáñez el tuerto, desde Saláceres, al día siguiente de descubrir la identidad del oso que le cegara el ojo, gracias al criado del marqués, (que si hubiera sabido de que iba el asunto se hubiera cortado la lengua), había mandado recado a otro familiar amigo suyo para que averiguara en la provincia de Salamanca, el lugar donde moraba cercano tal vez a la frontera de Hispatania,  un hombre corpulento, enorme, incapaz de pasar inadvertido, llamado Almanso Vivar, que había sido soldado en los Tercios de Sicilia y que ahora andaba mal de salud tras haber perdido al hijo en un incidente en Madrid. Creo que vive recluido en su casa, que no puede salir a la calle. Alguien tiene que saber algo. Si no sale a la calle nadie lo habrá visto, se dijo el familiar con cierta lógica.
   Este hombre averiguó tras un tiempo no demasiado extenso,  que existía un sujeto de esas características  en efecto, en un pueblo salmantino. El gigante  vivía cuidando de su mujer que había perdido la razón tras la muerte violenta del hijo. El antiguo camarada le pidió instrucciones acerca de lo que debía hacer ahora que lo había encontrado. Si es que había que hacer alguna cosa.
    —Matarlo si podéis —le respondió a vuelta de correo Guzmán —Diez doblones.
   Eso está más que hecho, afirmó el otro de modo inocente y precipitado. El antiguo familiar buscó la compañía de otro camarada con idéntica falta de escrúpulos y ambos se encaminaron diligentes y codiciosos al pueblo donde residía el alférez. Sin embargo el asesinato se conformaba como una ardua tarea, porque el hombre no abandonaba la casa bajo ningún concepto.
   Estuvieron en la fonda ideando el modo de hacerle salir. Pensaron en asaltar a su sobrina delante de la casa, para que el los viera, se lanzara a defenderla y entonces pegarle un tiro, con muchas probabilidades de acertar puesto que ofrecía un blanco amplio. Pero también podía él dispararles desde la casa o contar con ayuda sin que nadie lo supiera. No era buena idea pulular por delante de la vivienda, aunque esta se hallara aislada del resto del pueblo. El alférez había sido soldado y por ende conocería tácticas de sobra para defenderse. El ataque tenía que ser por sorpresa.
   Así que se decidieron por un método expeditivo: quemar la casa lanzando contra ella por la noche-de día podían ser vistos con facilidad- dos flechas incendiarias, una cada uno. La noche elegida para el ataque descargó una tormenta tan impresionante que hasta ellos se atemorizaron, hubo que posponer el incendio, no quedó mas remedio. La siguiente noche dos impactos simultáneos penetraron a través de los vidrios en la casa de Almanso uno en la planta baja y otro en la de arriba. La flecha de la planta baja cayó en la tina llena de agua donde la sobrina se  disponía a tomar un baño, una vez los demás acostados.
   El de arriba prendió sobre la ropas de la cama donde dormía la esposa del alférez quien alertado por el ruido de los cristales y los gritos de la sobrina, sacó a la mujer de entre las llamas y exhibiendo su absoluta sangre fría,  lanzó por la ventana las ropas en llamas con una mano, a la vez que con la derecha disparaba la pistola que siempre dormía a su lado, contra una de las dos siluetas que salieron corriendo y que se vieron iluminadas por el derroche de luz que provocaron las frazadas ardientes durante su viaje a la oscuridad, atizadas por la brisa de la noche y del vuelo.
   El tiro hizo blanco en el atacante y aunque no llegó a causarle la muerte, le dejó sin consciencia, como una mata de guisantes. No volvió a moverse ni a decir ni pio el resto de su desgraciada e inane existencia. Los vecinos y familiares de Almanso alarmados por el disparo salieron a la noche  justo a tiempo para cercar y detener al otro criminal, que en vez de rendirse trató de abrirse camino a mandobles, lo que propició su muerte ensartado en una horca por un vecino que la manejaba con habilidad.

   Guzmán tardó en tener noticias de lo acontecido y cuando le llegaron, no pudo menos que alegrarse,  porque no era conveniente que lo asociaran con el sucedido de ninguna manera. Tras esta chapuza de intento de asesinato, no le quedaron mas  ganas de lanzar a nadie contra el alférez, considerando mas pertinente tomar precauciones tales como tener a mano una pistola y controlar los visitantes de Saláceres, aunque pensara con buena lógica, que no iba a aparecer así por las buenas llamando la atención. Tal vez ni viniera, quizá se sirviera de alguien para vengarse o tal vez no lo asociara con el asesinato del hijo. Esto último resultaba difícil de creer, aunque le conviniera.

   En Saláceres, Cirilo había informado al marqués de la  posibilidad de que el nuevo alguacil mayor fuera el asesino del hijo de Almanso. Le habían perdido la pista en Madrid, pero estaban convencidos de que Ibáñez el tuerto, era el otro bandido de aquella noche.
   —¿Pero no estaba con la inquisición? —preguntó el marqués.
   —Sí, pero por alguna razón que desconocemos ha terminado aquí de alguacil.
   Cuando confirmaron la identidad sin lugar a dudas,  Guzmán ya llevaba mas de un año en la villa. Don Nuño ordenó a su sirviente esperar para estudiar con calma el modo de proceder contra él, además en este momento con el crimen no vamos a dejar a la villa sin alguacil aunque no sirva para mucho. Esperaremos. Estaremos en contacto con Almanso y ya decidiremos, las prisas no son buenas.
   La espera terminó cuando Tadeo violó a la sobrina de la cocinera. En casa del marqués, éste y don Gonzalo estudiaron el modo de hacer viajar al alférez, una vez fallecida su esposa,  sin despertar sospechas y sin que corriera riesgos dado que ya no solo le dañaba la luz del día, incluso la noche le producía dolorosas heridas.
   Ideado el plan, lo pusieron en práctica, pero aconteció que murió el rey, vino el diluvio y hubo que aguardar al escampe en el palacio de don Nuño para tomar venganza.

   Mientras, el duque de Toros Bravos, echó de menos a Raquel en el convento. La abadesa inventó la noticia de la repentina enfermedad, gravísima, de los padres de la novicia, los dos a la vez, unas fiebres o algo así, mintió al noble con maestría y yo le he dado permiso para ir a cuidarles ¿Quién mejor que ella para ese menester en este trance tan doloroso?. Así que estará fuera bastante tiempo. Mientras yo estoy como siempre a la entera disposición de vuestra excelencia, como ya sabéis.
   El duque se había encaprichado a conciencia con la joven, era tan bella, tan dulce y tan virgen que Toros Bravos andaba encandilado como nunca antes lo había estado por una mujer. Así que salió del convento a toda prisa para tratar de dar alcance por el camino a la novicia a quien acompañaban sus hermanos según la pérfida abadesa. El la acompañaría hasta su pueblo con todo su séquito, cómodamente instalada en su litera, procurando además que no les faltara nada a los padres ni a ella de ahora en adelante. No halló ni el rastro en todo el trayecto hacia Toledo. Ni en toda la ciudad, tampoco pudo informarse de quien era la joven. Halló varias familias de apellido  Enríquez Toledano, pero ninguna era la de  Raquel. Algo natural, porque la novicia procedía de un pueblo remoto de la provincia de Toledo y no de la capital como le había hecho creer la abadesa. Cuando el duque regresó enfurecido al convento, la madre encontró el modo de dar una explicación convincente culpando a la joven de haber mentido a cerca de su procedencia tal vez por ser judíos conversos, quizá porque a escondidas continuaran practicando su religión, que esta gente nunca cambia. Hemos sido engañados, excelencia, por todo lo cual dudo de que vuelva por aquí.
   El duque tuvo que resignarse a regañadientes pero retiró la protección al convento radicalmente. Ya encontraría otro con monjas mas atractivas.

    Año y pico más tarde de la ausencia de Raquel la compañera encargada de dar la noticia de su marcha a la fuerza con Guzmán, enfermó y tuvo que ser trasladada a un hospital en la capital. Desde allí tuvo ocasión, al fin, de escribir al hermano mayor de la novicia contándole lo sucedido, antes de morir sin remedio de fiebres tifoideas.
   Cuando Ariel Enríquez recibió la misiva, tomó dos decisiones: la primera informarse donde demonios se hallaba ese país del que había oído hablar pero que creía inexistente y una vez comprobada la autenticidad y radicado el lugar exacto del emplazamiento, dirigirse allí a rescatar a su pobre hermana. Su esposa le hizo ver la conveniencia de hacerse acompañar por algún buen espadachín, porque presentarse en un país extranjero y liarse a mandobles con la autoridad lo consideraba suicida y ella no tenía la mas minima intención de quedarse viuda, al menos por el momento, que mas tarde nadie sabe.
   Así que contrataron un sicario de fiar y con él y con la noble intención de traerse a su hermana salió para Saláceres el converso, mientras su esposa se encaminó a la iglesia para comenzar una novena a Santa Rita abogada de las causas perdidas y otra a Santa Bárbara. No sabía bien por que, pero ella le tenía fe en esa santa de nombre contundente.
   Los dos viajeros llegaron a la frontera con Hispatania un día después de comenzar el diluvio. El camino estaba interrumpido convertido en un turbulento río y no quedó mas remedio que retroceder hasta el pueblo mas próximo a esperar la bonanza. Dio la casualidad que se hospedaron en la venta donde don Nuño y Josefo habían estado recabando información hacía mas o menos un mes. Allí continuaba de criada la moza de los pechos exuberantes y las orondas caderas, para deleite sobre todo del sicario, mozo aguerrido, como debe ser dado el oficio que ostentaba, y con ganas de retozar entre abundancias, que disfrutó de los días de espera como no se había si imaginado que pudiera suceder, ya que tenía el viaje por aburrido y tedioso en la compañía del judío hombre parco en palabras y en todo.

   Con Almanso ya en la villa y el hermano de Raquel en la frontera acompañado de un asesino profesional, los días de Guzmán entre los vivos parecían estar próximos a su fin. Ya le había llegado la percepción de peligro inminente, enamorado como andaba de la intuición, que le correspondía como nunca lo había hecho mujer alguna.


   En Saláceres la lluvia había caído sobre la villa con menos fuerza que en la capital. Las  puertas de la muralla permanecieron abiertas día y noche para que el agua se dirigiera a través de ellas al río Torte que de igual manera que en Madisboa  se desbordó aunque con menos brios, rebasando el puente pero sin tratar de penetrar en el recinto, por lo cual no le fue necesario librar batalla alguna con el agua del interior. Se comprende que la lluvia aquí no causara tantos estragos como en Madisboa, porque las montañas desaguaban directamente en el río y no sobre las calles. Aunque la inundación deterioró las puertas y causó algún destrozo en la muralla, sin embargo no arrastró a ningún vecino ni a ninguna animal, ni constituyó un torrente tan turbulento como en las calles de la capital.
   La vida en la villa se detuvo durante las semanas del diluvio y Jacinto se vio solo en casa  aislado en medio de la lodosa laguna en la que se convirtió el patio, el huerto y sobre todo, la plaza. Carlota le hacía señas desde los balcones de palacio, pero el asturiano apenas si la distinguía porque la lluvia era una tupida cortina que empañaba las imágenes y difuminaba los contornos. Alguna vez creyó Jacinto adivinar como Carlota se sacaba los pechos fuera del corsé y los meneaba ante el cristal, pero no podía estar seguro. Posiblemente se lo estuviera imaginando. De todos modos la desdibujada silueta de la moza le hizo compañía en aquellos días de forzado aislamiento en los que limpió y relimpió la casa, descolocó la ropa de los baúles y la colocó de nuevo, fregó suelos, lavó vajillas, bruñó metales hasta acabar medio derrengado durmiendo durante dos días con sus noches. Cuando despertó y comprobó que continuaba el diluvio sintió deseos de llorar. En el monasterio continuaba el tañido a muerto lo que hacía aun mas lóbrego el obligado encierro.
   El día que escampó, una vez que el agua descendió de nivel, los salacereños en masa se dedicaron a limpiar primero las calles y una vez despejadas estas, las casas. Se ayudaban unos a otros como los buenos vecinos que siempre habían sido y cuando concluían la limpieza en su vivienda se iban a la del morador siguiente o a la del otro, si corría mas prisa.
   En los palacios el agua inundó ligeramente los patios sin causar mayores problemas puesto que las viviendas se encontraban en los primeros pisos escaleras arriba, pero en las casitas bajas de la mitad de la villa, la riada invadió aunque sin demasiado ímpetu, las plantas inferiores y los moradores fueron obligados a vivir esos días confinados en la parte mas alta. De todos modos el agua aquí no alcanzó ni la décima parte del nivel que consiguió en  la capital, siendo mas liviana la inundación, con diferencia.
   La segunda noche después del día que escampó, Jacinto estaba en la cocina preparándose una leche caliente con miel y orégano, como le había enseñado su madre para curarse el dolor de garganta que le había sobrevenido tras respirar la humedad de la riada, cuando la casa pareció temblar de repente. Las lámparas, los cacharros de la alacena y los platos de la espetera tintinearon. El muchacho se asomó a la calle para ver que sucedía y lo que observó le dejó mudo de sorpresa y de temor. Mientras llegaba corriendo al balcón pensaba que la montaña se había venido abajo ablandada por la lluvia, pero jamás se habría imaginado lo que realmente apareció ante sus ojos redondos como lunas por el estupor y el miedo.
   Una enorme armadura caminaba a grandes trancos por la calle. Con parsimonia y un balanceo rítmico y constante, afianzaba un pie sobre el suelo antes de levantar el otro para avanzar, sacudiendo los limoneros con la fuerza de las pisadas y derribando los limones como si los vareara. La espada, sujeta con ambas manos, oscilaba al compás del cuerpo a derecha e izquierda. Un poco mas atrás le seguía Cirilo. Jacinto, a pesar del miedo, cogió su forquiau, bajó corriendo las escaleras y salió al huerto. Abrió una pequeña cancela que había en el otro extremo y una vez en la calle, avanzó con cuidado pegado a las casas, siguiendo a la extraña comitiva con sigilo. No sabía bien porqué pero estando Cirilo presente se sentía protegido, por eso se atrevió a salir.
   Por el final de la calle, canturreando por efecto del alcohol, los dos alguaciles menores venían haciendo la ronda. Les seguía Guzmán un poco rezagado lo cual no era lo habitual, porque tras beber en las tabernas, el alguacil mayor se iba directo a su casa en la otra punta de la villa. A Tadeo le habían soltado porque se inundó el calabozo cuando la llovida. Benito se detuvo cuando adivinó las sombras avanzando por la calle y alzó la cabeza para mirar la armadura que se había parado y parecía aguardarles; Tanto se inclinó hacia atrás para poder verla entera, que cayó de  espalda sobre los adoquines.
   —Es el otro —dijo Cirilo.
   El gigante de hierro se dirigió a Tadeo, que espada en mano y de pie en medio de la calle intentaba colocarse para enfocar la visión y ver que era aquello que se aproximaba, y de un mandoble le seccionó la cabeza. El cuerpo anduvo unos pasos descabezado hasta que, perdido el timón, flexionó las rodillas y se desplomó. Jacinto se orinó encima. Mientras, Cirilo se disponía a entrar en lid con Benito que había desenvainado para defender a su hermano y que comenzó a lanzar histéricos alaridos cuando contempló la cabeza por los suelos con una mueca de asombro detenida para siempre en sus facciones. Con la espada en la mano salió corriendo hasta que Guzmán le detuvo. Fue imposible lograr que se diera la vuelta, no quería mirar. Así que permaneció de espaldas clavado en medio de la calle, porque Guzmán le había amenazado con matarle como le diera por huir.
   El gigante de hierro había apoyado la punta de la tizona en los adoquines dispuesto a ser espectador de la lid. A Jacinto esa imagen le recordó a alguien. Si, al Cid Campeador; había visto una estatua en alguna parte. Benito continuaba de espaldas.
Entretanto, Ibáñez no podía creer lo que estaba viendo. Era la armadura, tal y como la había soñado. Miró los limones esparcidos por el suelo a lo largo de la calle y comprendió. Su intuición que jamás le fallaba se lo había advertido: Viene el gigante embutido en una armadura no se sabe bien por qué motivo, pero ten la seguridad de que así será. Y así fue, bien a la vista estaba.
   Mientras el gigante se ponía de nuevo en marcha y se dirigía hacia el alguacil, Cirilo aguardaba con los aceros en ambas manos.
   Guzmán sabía que no tenía nada que hacer frente al monstruo, que este le partiría en dos como a Tadeo. Es lo mismo, pensó, si no me mata el por cualquier rara casualidad lo hará Cirilo. Hoy es mi última noche en la tierra, me cago en toda la corte celestial. Estoy jodido definitivamente.¿De que infierno habrá salido esta ogro?. Seguro que tiene un solo ojo también por eso me dejó tuerto. Pero eso si,  moriré matando, eso esta fuera de toda duda.
   Guzmán empuño la pistola que se había hecho traer de España después del intento fallido de asesinar a Almanso y que llevaba consigo en este momento. En menos que se dice fuego,  disparó sobre la armadura  apuntando a la cabeza. El gigante se tambaleó, cayó de rodillas con grave estruendo y luego se desplomó en el suelo sobre el lado derecho quedando encogido, casi  en postura fetal, mientras por el agujero de la frente manaba la sangre como el agua por una fuente.
   Esta va a ser la madre de todas las peleas a espada y vizcaína de la península ibérica, pensó Ibáñez primero, para repetirlo en alta voz después, poniéndose en guardia dispuesto a batirse con Cirilo.
   En la noche solamente se escuchaba el choque de los aceros. Fue una pelea bastante larga, teniendo en cuenta que Guzmán andaba algo perjudicado por el orujo, pero en la certeza de que iba a ser su última contienda sacó fuerzas de donde no había y volvió a sentirse un soldado de los tercios. Es mas, de pronto se notó rodeado por los compañeros entrechocando las apuntadas picas dándole ánimos; escuchó de nuevo la voz de su sargento, sintió los excitados relinchos de los caballos, percibió de reojo los arcabuces y se lanzo a la lucha por Dios y por España como antes de que todo acabara para el tras Lepanto. En ese preciso minuto, el tiempo había retrocedido, Lepanto no había tenido lugar aún y el iba a la muerte luchando valientemente de igual a igual  en los campos de batalla de la dulce Italia con sus noches benignas y sus limoneros. Iba a la muerte, si, porque tras justa lid, el acero del enemigo se le había introducido tres cuartas y le había partido en dos el corazón.
   Jacinto recuperó algo la calma y recordó a Raquel y pensó en su amo. Tenía que hablar con la dama no fuera  a ser que se largara de la villa y tuvieran que ir tras ella, que él estaba muy a gusto en Hispatania, a pesar de lo que acababa de suceder y ya no tenía deseos de viajar mas.
   Un murmullo le devolvió a la calle y a la noche de muertos que estaba presenciando. Mujeres de la villa comenzaron a arribar a la plaza desde todas las calles. Cirilo, observaba sin moverse al lado de su amigo muerto, pero Benito se dio la vuelta, miró en derredor y comprendiendo intentó huir. Saltó sobre Guzmán tendido en el suelo, caliente aún y sangrando todavía, cuando un enjambre de sartenes y cacerolas le rodeó y avanzó sobre el. Fue una muerte ruidosa, violenta y sañuda. Seguramente lo que se tenía merecido. Posiblemente jamás se hubiera imaginado Benito un final así, en plena calle golpeado por un grupo de mujeres con sed de venganza absolutamente justificada. La paliza se extendió en el tiempo, las damas de la Liga, como las llamaba el marqués con admiración y respeto,  no eran conscientes de si estaba vivo o muerto y continuaron golpeando hasta que probablemente se cansaron. Cuando eso ocurrió estaban solas en la plaza. El circulo de vengadoras retrocedió tal y como había avanzado, desapareciendo por cada esquina ordenadamente como si interpretaran una danza sincronizada y mortal.
   Cirilo se arrodilló al lado del gigante. Había muerto casi en el acto. Mi pobre amigo, musitó Cirilo. Vinieron mas criados de la casa de don Nuño para retirar el cadáver de Almanso. Jacinto tenía tal susto en el cuerpo, que ni se movió del sitio. El criado del marqués no lo vio al pasar por su lado porque hacía ya un rato que la luna, que lo había presenciado todo, se había ocultado tras una nube rezagada dejando a oscuras la villa, como si cayera el telón. Cuando se alejaron el asturiano corrió a toda prisa para la casa sin volver la vista no fuera que se convirtiera en estatua como aquella mujer curiosa de la que hablaba la Biblia y que tantas veces le había mencionado el cura cuando le enseñaba la doctrina, allá en el pueblo.
   De vuelta en la cocina fue incapaz de tragarse la leche. Había atrancado bien la puerta pero no porque temiera que nadie le visitara ni que las salacereñas de la Liga le agredieran. No sabía por qué pero había cerrado a conciencia y aunque lo que había presenciado no iba a permitirle dormir en las noche siguientes, se fue a la cama y se tapó la cabeza con las mantas como cuando de niño había tormenta. ¿Cuando regresaría Josefo?
   A la mañana siguiente Jacinto había decidido acercarse a la casa de Raquel y ofrecerle la suya aunque no estuviera su amo. Eso hubiera hecho el escritor caso de haber estado en la villa en esos momentos, Jacinto lo sabía de sobra, le conocía bien. Se atrevió a asomarse por la ventana de la cocina para ver como estaba la plaza. Esta había sido despejada, los cadáveres retirados y los limones recogidos. Todo había vuelto a la normalidad. Salió y se encaminó a casa de doña Raquel. Cuando llegó un hombre con apariencia de viajero esperaba con dos caballos en la plaza delante de la casa Era el sicario que acompañaba a Ariel Enríquez. Este estaba arriba con su hermana. Por lo visto el alguacil había desaparecido. No había vuelto a la casa la noche anterior y no lo hallaban por parte alguna. Tampoco aparecían los otros dos alguaciles.
   —¿Sabréis algo vos por ventura?
   Jacinto se dio cuenta de que se había precipitado. No sabía que hacer en ese momento así que decidió volver a la casa y esperar a que regresara Josefo. No podía dejar ningún recado sin levantar sospechas, por ello explicó al viajero que su amo y él eran también españoles y que el conocía a Luisa, la criada de la casa. Volvería en otro momento cuando no hubiera visita. El sicario sonrió y le respondió que sería lo mejor.
   Cuando entraba en la plaza vio salir a Carlota del palacio y dirigirse hacia la casa. Al poco la aldaba de la puerta retumbó en todo el recinto. Jacinto se dio cuenta entonces de que el tañido a muerto había cesado por fin. Sorprendió a la muchacha, tacándole las nalgas.
   —Cirilo quiere que vengas a palacio. Tiene que contarte algo, por lo visto. Yo tengo que irme, mi tía no me deja hablar contigo nada mas que lo estrictamente necesario.
Tiene miedo que me preñes —le dijo casi al oído llena de picardía.
   El asturiano se fue a  por el forquiau , cerró bien aunque ya no hacia falta guardarse de Guzmán y entró en Palacio.
   Dentro no había ni rastro de la armadura. Cirilo estaba limpiando la espada y los cuberos desayunaban en la cocina. Ya habían terminado el trabajo, pero este año no habría vendimia, la lluvia había destrozado las vides, las había incluso arrancado de cuajo y arrastrado pendiente abajo hasta el río.
   —Habrá que ir a buscarlas a Lisboa.
   —Hoy regresan el señor marqués y tu amo. Voy a ir a recogerlos con la litera, te invito a venir conmigo.
   —Os hacía en la capital con ellos. No sabía que habíais vuelto.
   —Regresé el mismo día por la tarde una vez los dejé instalados. Allí no precisan la litera para nada. Además necesitaba regresar. Había asuntos que resolver.
   —Ya lo he visto.
   —Lo sé. Por eso quiero que vengas conmigo. No puedo contarte nada hasta que mi amo lo sepa y el hable con el Corregidor y se lo refiera al señor Josefo.
   —Y…y la armadura.
   —Todo a su tiempo. No te preocupes por nada. Ven a desayunar.
   Carlota ya le había puesto un tazón de chocolate caliente, unas rosquillas de anís recién fritas, un plato de queso y fruta.
   Jacinto le hablo a Cirilo de la esposa de Guzmán y de cómo parecía que ella y su amo se habían enamorado.
   —Perfecto, ahora tiene el camino libre. No haremos nada hasta hablar con mi señor. ¿de acuerdo? Luego habrá tiempo para todo.
   —Es que me preocupa su seguridad. Por cierto, su hermano ha llegado precisamente hoy. A lo peor se van para Toledo.
   —Te garantizo que nada malo les sucederá. Tampoco se van a ir  así como así sin saber que ha sido de Guzmán. Si has terminado, ven conmigo.
   En las caballerizas, una vez a solas, le hizo una confesión que era mas bien una orden.
   —Lo que has presenciado no ha sucedido. A los tres alguaciles se los llevó la corriente crecida del río. Salieron de la ciudad borrachos como andan cada noche y lo más probable es que hayan caído a las aguas. No se sabe nada de ellos. Ni se sabrá. Puede acontecer que los cadáveres o alguno de ellos quizá, aparezca por algún sitio cuando baje el nivel, pero lo mas probable es que el Atlántico los lleve hacia las Indias de Occidente. Bien muertos, eso si. A vuestro amo si se lo puedes decir, mi amo lo hará de todos modos y le referirá mas cosas que debe saber. Pero a nadie mas, debes contarlo; ni siquiera a Luisa la criada de Raquel —añadió Cirilo apuntándolo con el índice.
   Estaba comprobado que en el palacio del marqués todo se sabía, hasta lo que  sentían las personas unas por otras.

   En casa de don Pedro de Picos Erizados había una gran consternación. Ahora si habían acudido sacerdotes; unos cuantos, cuando ya no se necesitaban para nada. Tanbien había acudido el Corregidor para disponer el entierro de su padre adoptivo.
   —Vamos a enterrarle aquí, en el lugar que los reyes tienen destinados para los altos dignatarios de la corte. Es un honor que me ha hecho el nuevo rey. Es difícil tras el diluvio hacer el viaje hasta León con un cadáver. Luego, con el tiempo, trasladaré sus restos para que descanse con su esposa. Les avisaré de cuando son los funerales por si quieren acudir.
   —Por supuesto.
   Don Nuño no acudió a saludarle, no tenía valor para verlo, temía que la rabia lo delatara y temía también lanzarse contra el llamándolo asesino, lo cual no era aconsejable, mayormente porque no tenía pruebas, solo la confesión de un muerto.
   A mediodía llegaron Cirilo y Jacinto. Don Nuño y Josefo les recibieron con abrazos y el marqués preguntó a  Cirilo si había novedades.
   —Todo ha concluido.
   Don Nuño y su criado hablaron en privado durante un buen rato, mientras Jacinto ponía  a Josefo al corriente de lo sucedido. Se sorprendió cuando el escritor le confesó haber visto la armadura la noche antes de partir para la capital
   —Han muerto todos y ya sabéis, se los ha llevado el río. Por cierto señor, se me había olvidado la dama por la que os habíais interesado, no os lo vais a creer. Era la esposa de Guzmán, bueno ahora la viuda. Está libre señor. Alegraros.
   Josefo ya no sabía que pensar. Los acontecimientos se habían precipitado en torrente como la lluvia y habían causado en el animo estragos parecidos. Habían removido conciencias, desenterrado recuerdos, arrastrado vidas y se habían ido igual que llegaron  dejado a su espalda muerte, porquería  y desamparo.
   El viaje de vuelta iba a ser difícil puesto que tenia mucho que preguntar al marques y se mareaba en la litera.
   Don Nuño decidió irse y no esperar al entierro del conde del Páramo. Se despidieron todos de todos. Josefo prometió regresar a casa de don Pedro para visitar a los hijos de quienes se había hecho amigo sobre todo de Pedro, el mayor, aficionado  a la astronomía al tiempo que le instaba a visitarlo también en Saláceres. Don Nuño prometió a don Pedro pensar con calma en la confesión de don Julián  y tomar la decisión acertada o hacer todo lo posible por lo menos. El otoño estaba entrando, al menos sobe el calendario, que era lo preocupante.
    Una vez en camino Josefo que no había comido apenas para no tener un viaje difícil  no sabía por donde empezar a preguntar; lo hizo por la armadura. Don Nuño le respondió a todo aunque sin entusiasmo. Apenas tenía voz, el terrible secreto que compartió con don Julián le había minado el espíritu.
Era Almanso Vivar mi alférez del tercio. Un gigante como ya sabéis, que medía  mas de  dos estados. Cuando portaba la bandera esta era visible por encima de las picas lo que desconcertaba y desmoralizaba al enemigo.
   Fue mi mano derecha durante años,  un hombre valiente y fiel al que quise como a un hermano. Con el tiempo comenzó a tener problemas de salud. Extraños, problemas extraños. Comenzó por hacerle daño la luz en los ojos. Esta dolencia fue aumentando de intensidad  hasta verse obligado a  utilizar  unos anteojos negros como si fuera ciego. A la vez el vello  se fue extendiendo hasta el punto de tener todo el cuerpo cubierto de pelo, un pelo negro y tupido como el de la cabeza, que unido a la estatura le daba un terrible aspecto de oso. La gente, ya sabéis, comenzó a ver la mano del diablo.
   Menos mal que en aquellos tiempos la inquisición italiana solo se ocupaba de perseguir protestantes por toda la isla y le traía sin cuidado el exceso de pelo de Almanso y los contubernios con el diablo de los supuestos brujos.
Pero eso no fue lo peor, lo mas difícil sobrevino cuando la luz del día le afectaba a la piel que no estaba cubierta de pelo como parte de la cara y  las manos Es una extraña enfermedad. Se vio obligado a llevar celada y manoplas siempre que tuviera que estar al aire libre.
   Estaba casado desde bastante joven, cuando aun no había ni rastro de la enfermedad y tenía un hijo que ansiaba también ser soldado como el padre. Tomamos la decisión de licenciarlo y que viviera en su pueblo medio oculto, porque ya os digo que la imaginación corría pareja con la ignorancia y al Santo Oficio de España no le hacía falta mas que una ligera insinuación de pacto con el diablo para poner en marcha toda su poderosa maquinaria.
   Yo le sugerí trasladarse a Hispatania dado que aquí no hay inquisición y la gente  acepta la diferencia sin grandes aspavientos y eso hicieron viviendo aquí en mi palacio mientras yo estaba en la corte haciendo de doble del rey. Supongo que recordareis el episodio, porque prefiero pasar de largo por el.. Cuando me embarqué de nuevo para Italia  el se ocupó de mis asuntos aquí y a mi vuelta, herido, mi casa y mi hacienda estaban  en perfecto orden. Cuando me repuse y me fui a Madrid a vender mis pertenencias, el vino conmigo para ver a su hijo, ya soldado, que iba a llegar de permiso. Viajábamos por la noche dentro de la litera y durante el día descansábamos en cualquier pueblo. Nuestra última noche en Madrid regresando a mi casa unos delincuentes nos asaltaron en plena calle, matando a su hijo. Almanso partió en dos de una estocada al asesino y casi al otro, que no obstante logró huir. Su mujer que había viajado con nosotros hasta Salamanca para visitar a sus parientes perdió la razón al recibir la noticia y no quiso separarse del lado de su hijo. Hubo que arrancarla por la fuerza del cementerio y no fue posible convencerla para regresar a Saláceres. Alquilaron una vivienda lo mas próxima al camposanto que encontraron y allí permanecieron estos años. Pudimos averiguar que uno de aquellos delincuentes fue nada menos que Guzmán Ibáñez, quien trató de asesinar a Almanso en su propia casa, sirviéndose de unos sicarios, un tanto chapuceros por suerte.
   Su mujer falleció hace un mes y yo envié a Cirilo a buscarle para que se ocupara de vengar la muerte del hijo y de paso, la violación de la hija de mi sirvienta que es sobrina suya y para terminar de una vez por todas con el problema de los alguaciles aunque no era esto lo que habíamos planeado. Solamente pretendíamos matar a los alguaciles tal y como se hizo: cercenándole la cabeza de un tajo a Tadeo  y luego Cirilo  dando buena cuenta de Benito para que terminaran de una jodida vez los asaltos a mujeres. Lo que no se es como se enteraron las damas de la Liga. Cirilo no pudo aclarármelo, aunque yo pienso que si lo sabe. Pienso, incluso, que el les hizo llegar la información. Creo que tiene buen trato con la hija del curtidor, la que estuvo en casa ¿recordáis?.
   El viaje de Almanso fue todo un acontecimiento. En estos momentos ya no solo es la luz lo que le hace daño, incluso el aire  le causa una espacie de quemadura en la piel. Así que cuando tiene que salir a la calle debe hacerlo embutido en una armadura ¿Comprendeis? En su pueblo se hizo correr el bulo de que esta loco y que se cree invisible dentro de la armadura de ese modo la inquisición ni se preocupa por el.  El viaje fue harto complicado. Almanso era excesivamente corpulento para hacer el viaje dentro de la armadura a lomos de un mulo. Hubo que pensar en otro medio de transporte. Además era aconsejable que nadie lo viera.
   Tuvimos que contar con la complicidad del boyero para que en su carro lo trajera metido en un ataúd y la armadura en otro. En el puesto de la frontera se dijo que era el ataúd para el rey. ¿para el rey? Preguntó el oficial. Si, para el rey. Se hacen venir dos de Portugal y dos de España y en palacio esperan otros dos. Asi nadie sabe en cual  va a ser enterrado y no se le puede hacer un sabotaje. Un sabotaje ¿Cómo que? Preguntó el oficial. Pues no tengo ni idea. Pero así lo hacen y estos son los dos del lado español. Traigo un salvoconducto, como si dijéramos y le enseño un papel que elaboramos en palacio con mi sello que es parecido al del rey, para que pudiera pasar sin abrir los  ataúdes, por supuesto. También habíamos dispuesto una bolsa de doblones, por si acaso había algún mal entendido. El dinero, no se porqué, pero todo lo allana.
   Almanso viajaba envuelto en una sabana y respiraba mediante una caña hueca introducida en su boca cuyo extremo asomaba justo en el centro de la cruz de fina taracea, consiguiendo que ni siquiera se adivinara  desde afuera. En el otro ataúd viajaba al armadura enorme como habréis deducido. No hubo problemas. Cuando vos lo visteis venia caminando desde casa del boyero. A esa hora no hay nadie por las calles. Cirilo y otro criado se cercioraron de que no estuvieran los alguaciles y el boyero les acompañó llevando las pocas pertenencias de Almanso en su mulo. Al alférez lo habíamos instalado en casa en una habitación en la planta baja que hemos cerrado herméticamente  para no se cuele ni una brizna de aire. Allí estaría todo el tiempo que deseara vivir, porque me había comunicado su intención de quitarse la vida. Algo que yo respetaría, por supuesto.
   Josefo estaba fascinado por la historia. Podría escribir la biografía del alférez, le hacia mas ilusión que narrar la historia del hijo del conde de Cumbres Apuntadas. Se lo hizo notar a don Nuño y a este le apreció perfecto. Os daré todos los detalles que preciséis.
   Josefo le habló al marqués de la mujer de Guzmán y de cómo se había enamorado y de que ese día no prestó atención alguna al fraile porque Raquel había sido su horizonte no existiendo nadie mas en la iglesia para él esa mañana.
   Don Nuño se rió con gana por primera vez en muchos días, lo cual sirvió para levantarle un tanto el animo. Por una vez a su amigo asturiano le cuadraban las cosas con una mujer casada puesto que antes de iniciar la relación ya se había muerto el marido. Esta vez no habrá problemas de cuernos, ni huidas precipitadas.
   —Habéis tenido suerte.
   Bruscamente la litera se detuvo. Hubo que dar la vuelta porque enormes rocas se habían desplomado sobre la calzada y era imposible avanzar. Tuvieron que regresar e instalarse en el palacio de Cumbres Apuntadas. Allí esperaron a que se despejara el camino. Josefo aprovechó para tomar notas y comenzar la redacción de la historia, lo que agradó sobre manera al noble. Cuando pudieron reanudar el viaje ya era veintidós de septiembre, el asesino podía haber vuelto a matar.

   En Saláceres,  las mujeres de la  Liga sabían  que el camino estaba interrumpido. Dorotea, la hija del curtidor, echaba de menos la presencia de Cirilo. El sabría como impedir que el fraile volviera a matar. Con el aquí todo hubiera sido mas fácil, habría ideado un plan que pudieran seguir. Ellas tuvieron que improvisar a toda prisa. Era veinte de septiembre, no quedaba tiempo, hubo que pasar a la acción. Antes, comprobaron que no estuviera en la villa ninguno de los amigos españoles del fraile, eso hubiera hecho la tarea más difícil aun.
   Se hizo imprescindible secuestrar al monje. Para ello, dos mujeres de la Liga se presentaron en el convento al anochecer solicitando ver al boticario. Tenían que hacerle una consulta. Resulta, le dijo Dorotea que mi padre tiene una fuerte reacción en los ojos, quizá sean los productos que utiliza para curtir las pieles, pero lo cierto es que nunca le había sucedido. Los tiene enrojecidos y apenas puede abrirlos. No ve nada ahora mismo. El tiene mucha fe en vos, mas que en el médico y me ha pedido que venga a rogaros que paseéis a verle un momento y le deis algún ungüento o cualquier otra cosa que consideréis que le pueda hacer bien. Ya sabéis que vivimos cerca. Os ruego que me acompañéis. Os lo ruego.
   El fraile accedió de buena gana. Era cierto que conocía al curtidor y en mas de una ocasión le había dado algún remedio para las afecciones generalmente de la piel que le producían con frecuencia los productos empleados en el ejercicio de  su rentable profesión. Luego el hombre siempre se mostraba generoso con la comunidad, lo cual era muy tenido en cuenta. Así que el toledano se fue con Dorotea de buen ánimo.
   —Mi padre está en el taller.
   —¿Como no lo habéis llevado para la casa? No le conviene tener cerca la sustancia que le provocó la irritación.
   —Es muy terco. No ha querido ir.
   Cuando entraron algo se abalanzó sobre el boticario. Una sartén impulsada por la hilandera, que le dejó inconsciente en un amen. Cuando despertó se hallaba acordelado a una silla con un montón de soga alrededor del cuerpo, las manos atadas a la espalda y las piernas sujetas también con firmeza, una a cada pata. Una venda tapándole la boca, tornaba imposible cualquier intento de pedir ayuda.
   —¿Qué carajo han hecho conmigo estas putas? ¿Qué intenciones tendrán? —pensó, porque pensar si que podía, por desgracia, porque se le pasaron un montón de posibilidades desagradables por la cabeza.

   Nadie vino a interesarse por él, aunque notó que había mujeres en la puerta, único hueco con el que contaba el cuartucho, como montando guardia. La noche fue larga, aunque de madrugada y en vista de la tranquilidad se durmió un tiempo. Cuando despertó ya era de día. Transcurrido un buen rato escuchó la voz de Dorotea. Parecía alterada.
   —Mierda, mierda y mierda. No es él.
   —¿Que dices? —preguntó otra voz.
   —Ha vuelto a matar, no es él. Rosalía, la mujer del jardinero del conde, ha aparecido muerta como las otras. Aunque esta vez nadie ha visto el fraile.
   —Porque estaba aquí.
   —Entonces ¿Quién ha matado?
   —Yo que sé, un imitador, quizá.
   —No lo creo. Ha sido el asesino de siempre. Entremos a ver al fraile.
   —A lo mejor se ha ido.
   —¿Por dónde y como, quien lo desató?
   —A lo mejor el diablo.
   —No digas tonterías. Nos hemos equivocado.
   Entraron comprobando, en efecto, que el boticario estaba tal y como lo habían dejado. Dorotea le quitó la mordaza.
   —Lo siento, padre, nos hemos equivocado.
   —Supongo que alguien me explicará que es lo que está ocurriendo.
   Dorotea le refirió lo sucedido. El fraile no daba crédito. Por que iba a ser el asesino, solo por ser alto y con buen porte. El no llevaba zapatos y lo más importante, no era un criminal.
   —Sí, os habéis equivocado por desgracia para esa pobre mujer. El criminal continua matando. Pensad en otro.
   —¿Vais a denunciarnos?
   —¿A quién? Ya no hay alguaciles, ni alcalde mayor, que no ha regresado del entierro, ni tampoco Corregidor. El pueblo esta sin autoridades, aunque bueno, nadie los echa de menos. Reconozco que vuestras intenciones eran nobles. A mi también me gustaría que cesaran los crímenes. Desatadme y dejadme ir en paz, que yo os perdono.

   Las mujeres de la Liga estaban descorazonadas  y totalmente perdidas. El único sospechoso que tenían no era el criminal. Cuando volvieran Cirilo y el marques tendrían que reconocer que se había equivocado. Estaban peor que al principio. Lo que desconocía Dorotea es que don Nuño ya sabía quien era el criminal, aunque ignoraba el modo de hacerle confesar. Eso iba a ser tarea ardua por no decir imposible, algo que el marques no quería contemplar bajo ningún concepto.

   El día veintidós de septiembre pudieron continuar camino. Llegaron por la tarde a la villa. Esta vez nadie salió a recibirles. Don Nuño le pidió a Josefo que se quedara en palacio.  Mandaremos recado a Raquel y a su hermano para que nos visiten mañana y le ofreceré mi casa si quiere quedarse en la villa una vez que sepa que vos la amáis.
Josefo no sabía como agradecerle todo lo que el marqués hacía por el. Nunca se había sentido tan respaldado por nadie ni siquiera por su padre que siempre le andaba recriminando por todo lo que hacía, nunca nada de provecho, según opinión paterna.

   Virtudes les dio la noticia cuando se disponían a entrar.
   —Ha vuelto a matar.
   —¿Como habrá logrado llegar con el corte del camino?
   —Posiblemente antes de que ocurriera__dijo Cirilo.
   —Si estaba organizando el entierro de su padre.
   —Pues ha estado aquí, seguro.
   Al poco llegó Dorotea buscando a Cirilo. Le contó lo del fraile. Habéis tenido mucho valor le dijo Cirilo, no llores. Has hecho todo lo que has podido. Posiblemente cojamos pronto al criminal, creo que hay pistas fiables, pero no corras la voz. Debe ser un secreto. El criminal podría enterarse y huir. ¿De acuerdo?
   —Si.
   Don Nuño visitó el cadáver de Almanso que aguardaba entierro en la capilla de palacio y luego acordó con Cirilo enterrarle al amanecer.
   —Haremos el funeral aquí en la casa y tras ello le daremos sepultura en el panteón de mi familia. Para mi será un honor que descanse allí.
   Al entrar en el comedor para la cena  don Nuño saludo efusivamente a don Gonzalo, la armadura, y le resumió las vicisitudes del entierro del rey.
   —Dice que el rey siempre tocando las narices a todo el mundo. Tiene razón.
Luego le hizo otra sinopsis de la confesión de  don Pedro del Páramo, obviando los detalles eróticos. Para que tentar a una armadura.
   —Piense vuestra merced en el modo de hacerle hablar.
   Josefo, ya no se extrañaba de estas cosas. A estas alturas andaba convencido de que don Nuño era muy peculiar, pero no estaba loco ni nada parecido. Cuando comenzaban a cenar Virtudes llegó con una misiva. Don Nuño la abrió y en principió pareció alegrarse, pero luego la alegría mudó a fastidio.
   —Vaya un momento más inoportuno. No estoy para visitas.
   —¿Que sucede?—quiso saber Josefo.
   —Mirad, para vos si es buena noticia. Viene la compañía de Jerónimo Velazquez con Elena Osorio, por supuesto. Van a actuar a Madisboa en los actos de la coronación, a los que no tendré mas remedio que acudir, maldita sea. Pernoctarán aquí en palacio, bueno creo que permanecerán un día o dos según dice la misiva —Don Nuño releyó el texto— no estamos para visitas. Maldita sea. Supongo que vendrá Granvela. Pobre Lope.
   Cenaron en silencio. A los postres Josefo tuvo ¡por fin! una idea. Una idea que había que madurar, pero en principio parecía buena.
   —Tal vez sea muy conveniente para el otro asunto que nos ocupa la llegada de los cómicos.
   —No entiendo.
   —Acaba de ocurrírseme una idea. Creo que es la única oportunidad de lograr que don Julián confiese sus crímenes.
   —¿Y qué pinta la compañía de Velazquez en todo esto?
   —Pinta muchísimo.
   —Explicaros, voto a Dios.
   —Pues, veréis.






























La confesión




Al palacio de  Picos Erizados, no llegaron aquella noche ni médicos ni sacerdotes, por ello, al marques del Enhiesto Miembro no le quedó otra que avenirse a hacer de intermediario entre Dios y el noble leonés.
Bastante contrariado, se sentó en un frailero al lado de la cama del moribundo, dispuesto a escuchar lo que tuviera a bien referirle.
El conde español agarró con las pocas fuerzas de que disponía la mano de don Nuño, como si ello le mantuviera asido a la vida, y comenzó la confesión, o digamos mejor el relato, para no incomodar al marqués.
   —No sé por dónde comenzar.
   —Hacedlo por el principio, es lo mejor.
   El noble del Páramo inspiró aire con avaricia y comenzó a relatar entrecortadamente los hechos que tanto le atormentaban. Don Nuño atendía con resignación.
  Ocurrió padre, que uno de nuestros pastores estaba casado con una hermosa mujer, hija de la costurera de la condesa, a la que dejó preñada un caballero leones que pasó por la casa para hacer negocios con el trigo y la cebada de sus tierras del Páramo. La condesa se empeñó en casarla a toda prisa con quien fuera para  que su criada no sufriera esa deshonra. Ella y sus damas se afanaron con ahínco en buscarle un marido lo mas pronto posible porque esas cosas son difíciles de mantener en secreto ya que el tiempo navega en contra.
   Providencialmente apareció el pastor de ovejas por la casa porque el lobo había hecho estragos en el rebaño y precisaba ayuda para poder mantenerlos a raya.
   La condesa y yo nos miramos y sin mediar palabra nos entendimos. Luego de tantos años juntos es lo normal.
   El pobre rapaz venia con una herida muy seria que por poco lo transporta a la otra orilla; estuvo en la casa bastante tiempo, entre la fiebre, los delirios y los sopores del licor que le daban para poder aguantar el dolor cuando el médico le curaba las laceraciones de los dientes del animal afilados y ponzoñosos como la lengua de las viejas putas. Perdonad padre, eso es lo que decimos por mis lares.
   —No os preocupéis hijo, me hago cargo de sobra.
   Cuando volvió en sí, se encontró casado con la muchacha y esperando un niño, lo que le llenó de  estupor al principio, pero que una vez observada  mejor la moza le pareció todo ello un regalo de los cielos, aunque no comprendía como era que no recordaba nada de nada. El médico le hizo notar que las fiebres producen graves fallos en la memoria, pero que como era bien patente había cumplido como cumplen los hombres que se visten por los pies. El pobre pastor era un alma noble y creyó de muy buena fe todo lo que le contamos, aunque hizo constar que le hubiera agradado sobremanera recordar siquiera un poco de lo que había hecho con la moza para engendrar al zagal que venía en camino.
   La gente de la aldea que conocía de sobra las andanzas de la hija de la costurera con el  triguero y antes con muchos otros, le echaban en cara su credulidad rayana en la bobería.
    ¿Cómo me va a mentir mi amo?, replicaba cuando alguien le reprochaba su candor. Tonto que eres tonto. No te consiento que insultes al señor conde, el no me mentiría jamás. Tenéis envidia de la belleza de mi esposa, eso es lo que os pasa.

   Se la llevó a vivir a la aldea, en las afueras, a la casa junto al camino del monasterio. Bastante antes de los nueve meses contando desde la boda nació el niño, un varón, que tenía el mismo rostro que su padre verdadero y su misma mata de pelo negro. Nunca habíamos visto, ni la comadrona tampoco, un recién nacido con tanto pelo. Es costumbre de los sietemesinos, dijo la partera que estaba en el ajo, para disimular. Todos nacen con mucho pelo. Esto constituyó una burla añadida para el padre que lo repitió por toda la aldea, para regocijo de los aldeanos.
   El bonachón del pastor me pidió permiso para llamarlo Julián como yo, a lo que accedí de buen grado; con el consentimiento le entregamos ropa para el niño y un dinero para la crianza. El buen hombre se hincó de rodillas y me besó la mano sollozando agradecido.
   El muchacho se fue criando bien. Era guapo y dicen que inteligente y listo, que no es lo mismo, aunque la gente piense que si. Decidimos, porque ni la condesa ni yo le perdíamos la pista, aunque por razones diferentes, que fuera a estudiar con los frailes para que aprendiera a leer y a escribir y no se malograra su inteligencia.
   Estos, estaban sorprendidos de su facilidad para aprender cualquier cosa y de su destreza en el manejo de las armas. Además era trabajador y voluntarioso. Sin embargo su maestro le advertía un ligero contratiempo, algo poco aconsejable: estaba demasiado enmadrado, aunque su madre no le prestaba excesiva atención, todo hay que decirlo, dado que prefería la compañía de otros hombres antes que la del hijo y no digamos el marido.
   Mi querida condesa, si la quería mucho, aunque le puse los cuernos en varias ocasiones. Me arrepiento, padre, es que me gusta la variedad, no fue por otro motivo. Mi querida esposa, como os decía, se enteró por otras criadas de como esta mala mujer tenía tratos con la curandera de la casa de la marca, que sabía deshacer preñeces con hierbas y malas artes acudiendo a ella en muchas ocasiones puesto que se metía en la cama con cualquier buen mozo que pasara por el pueblo. Hace no demasiado tiempo que esta bruja ardió en las hogueras del Santo Oficio, gracias sean dadas.
   Mientras el niño fue pequeño no estorbaba, pero al crecer, su presencia en la casa desagradaba a la madre, porque le quitaba albedrío para tener coyunda con los forasteros. Sin embargo el muchacho no quería separarse de ella ni con agua hirviendo. Así que la puta de la hija de la costurera de mi señora pensó en desembarazarse del niño del modo que pudiera, incluso se le pasó por la cabeza ahogarlo en el río, pero gracias a los santos, creyó mas conveniente y menos trabajoso, dejarlo en el convento y habló con los frailes para llevarlo interno al cenobio, ya que así estaría mas tiempo con ellos y podría aprender con mas provecho, puesto que cuando regresaba a la casa se distraía con cualquier cosa dejando olvidados los estudios y ella no era capaz de controlarlo, porque con ella se mostraba díscolo y desobediente, que no es lo que parece, reverendo padre, decía la muy puta con tanta maestría que hasta al buen fraile engatusó. A cambio puede ayudarles en los trabajos de esta santa casa. Los frailes antes de tomar cualquier decisión me lo comunicaron, porque en ello habíamos quedado. Mi esposa y yo creímos que acaso fuera bueno para el muchacho la estancia en la abadía, puesto que se iba haciendo mayor y acabaría comprendiendo como era su madre, de puta, quiero decir, con el consiguiente daño que eso podría causar en su carácter y en su comportamiento futuro.
   Su padre, el pastor, me refiero, no creyó conveniente separar al chico de la madre, así tan temprano, el infeliz, pero nosotros le hicimos ver la conveniencia que permanecer con los frailes al menos durante la semana y que los domingos, después de la Misa,  fuera a comer a la casa y a pasar el día con ellos, cosa que contentó al padre y desagradó a la madre.
   Así transcurrieron los años y Julián se fue transformando en adolescente.
Era muy buen estudiante y muy trabajador y los frailes le permitían acercarse a la casa de los padres siempre que lo deseara, una vez terminadas las clases y el trabajo. El chico, demostraba cada vez mas amor por su madre a la que contemplaba embobado y a la que seguía como un perrito cuando ella se movía por los alrededores de la casa hasta que, cansada de llevarlo pegado a sus faldas,  le tiraba piedras para que la dejara en paz.
   No obstante, reparó una tarde en lo atractivo que era el muchacho al que sorprendió desnudo cuando se bañaba en el río. Se dio cuenta de pronto de como le iba cambiando el cuerpo, como iba apareciendo el vello púbico y como el muchacho salía del baño cada día con una deslumbradora erección de adolescente.
   —Que desperdicio —comentaba la muy pervertida.
    Un mal día, se metió desnuda en el río cuando el chico se estaba bañando. El se sorprendió al verla y retrocedió azorado. Ella se acercó despacio como una sirena, le puso los brazos alrededor del cuello y le besó; primero la frente, después la nariz, luego los labios, metiendo de pronto la lengua como una serpiente dentro de la boca del muchacho..
   —¿Es necesario que refiráis estos pormenores?
   —Si, padre. Debo contarlo todo tal y como sucedió. De otro modo mi alma no se verá aliviada. Permitidme hacerlo a mi manera. Os lo ruego.
   —Como queráis.
   Os decía que le besó con lujuria. El chico se quedó al principio un poco perplejo, estas cosas eran nuevas para él, aunque no parecieron desagradarle. La muy pécora le tomó las manos y las puso sobre sus senos, rodeó las caderas del joven con sus muslos, mientras le pasaba la lengua por el cuello…
Don Nuño se levantó del asiento.
   —Padre ¿Acaso os incomoda escuchar estas cosas?. Perdonadme.
   —Continuad, hijo. Es que me duele la pierna, no os preocupéis.
   El deseo del muchacho despertó y respondió al estímulo de la puta con la fogosidad y el vigor  de sus quince años una primera vez dentro del agua y otras dos en la ribera del río sobre la hierba. Uno de mis criados lo presenció todo sin dar crédito. De todos modos, los gemidos y los gritos iban en progresión  a medida que los orgasmos ganaban en intensidad, por lo cual mas vecinos los oyeron,  creyendo por ello que la puta de la mujer del pastor estaba retozando con algún forastero y se apresuraron a acercarse para mirar. La gente disfruta con estas cosas. Cuando están en pleno éxtasis les tiran piedras. Pero ella se apercibió del peligro, como una loba, y se fueron a toda prisa para la casa.
   No la denunciamos por respeto al pastor, porque nos daba mucha pena el hombre y porque yo me sentía culpable.
   Llegado este punto el conde casi se ahoga del sofoco. Don Nuño se apresuró a darle agua y aguardó el tiempo necesario a que se calmara para que prosiguiera. Ya le estaba interesando la historia.
  Conseguí que los frailes no dejaran salir al muchacho como antes, argumentándoles que la madre andaba con muchos hombres y no era conveniente que el chico la sorprendiera. Pero este lograba escaparse para yacer con ella como si fuera su novia. Yo no daba crédito, por eso mi criado me sugirió que me acercara para ver. Y eso hice.
   —¿Eso hicisteis?
   Si, cuando el chico se llegaba a la casa por las tardes, ella atrancaba la puerta y se lo llevaba al dormitorio. Todas los días igual. Ya no yacía con otros hombres, con Julián tenía mas que suficiente y él acudía al tálamo como un corderito. Observamos por una rendija de las contraventanas. Al principio ella estaba sobre el muchacho. Desnudos los dos por completo. El se corría primero y ella se ayudaba frotándose entre las piernas con un dedo: el dedo corazón de la mano derecha.
   —Evitad estos pormenores.
   —No puedo, debo descargar mi conciencia. Tengo que referirlo como pasó. Me siento muy culpable.
   Luego, tras dos o tres penetraciones, ella le tomaba el pene firme con la mano, moviéndola arriba y abajo y, ¡no os lo vais a creer!, cuando Julián estaba nuevamente erecto, hacía lo mismo con la boca.
   Por suerte para don Nuño, el conde se ahogaba y tuvo que hacer un alto forzoso en el pormenorizado y descriptivo relato. El marqués salió para beber agua, mientras, entró don Pedro para acompañar al conde por si precisaba algo. Cuando reanudaron la confesión don Julián del Páramo continuó refiriendo las relaciones incestuosas que la pastora mantenía con el hijo.
 Nos fuimos escandalizados. Decidí, sin decirle nada a la condesa porque no me atreví para no hacerla sufrir, hablar con la madre, recriminarle su conducta escandalosa y amenazarla con contarle al padre sus relaciones con el muchacho.
   No os atreveréis, me dijo. Mi marido no os creerá de todos modos y vos perderéis la oportunidad de probar alguna de las delicias que habéis presenciado. Seguro que mi señora la condesa no es capaz de satisfaceros del modo que yo lo haré, si mantenéis la boca cerrada.
   ¿Qué me harías?, pregunté curioso. Todo lo que habéis visto y algo mas que no tenéis ni idea de que se pueda hacer.
   ¿Me harías lo de la boca?
   —¡Don Pedro! —exclamó don Nuño escandalizado.
   —Perdonadme padre. Soy un pecador y un lascivo, lo se. Pero si vierais lo placentero que resultó. Hacía años que no sentía un goce tan…
  —¡Don Pedro! Os prohíbo que continuéis. Ya me hago una idea bastante exacta de las artes amatorias de la mujer. Continuad con la historia, por favor.
   El conde del Páramo tuvo que resignarse a obviar lo referente al sexo y referir los hechos sin falta de ilustrarlos tan detalladamente.
    La relación con el hijo continuó durante al menos un año mas. En ese tiempo hizo un par de visitas a la vieja bruja de la marca. Luego pareció irse cansando del muchacho. Prefería la variedad.
   Mientras tanto la villa fue tomando auge. Eran años de paz y los peregrinos a Santiago comenzaron a circular de nuevo en cantidad. El hospital del convento necesitó mas medicinas para los muchos transeúntes que circulaban por los caminos y que traían todo tipo de males y de heridas propias de caminantes. Así que el monasterio de San Julián envió al boticario con frecuencia para traer hierbas y medicamentos que nuestro cenobio no poseía. Este hombre era buen mozo y un pecador compulsivo, que obviando el voto de castidad se entregaba a los placeres de la carne con demasiada frecuencia. Le gustó la esposa del pastor, como era de suponer y como ella no le hacía remilgos a los hombres y menos si eran atractivos, pues se convirtieron en amantes.
   El fraile, hombre duro al que le gustaban algunas cosas raras en la cama, sabedor de la promiscuidad de su amante le prohibió taxativamente tener relación carnal con ningún otro bajo amenaza de muerte, que así se las gastaba el boticario que Dios confunda. Ella pareció obedecerle y rehusó a los hombres excepto a Julián que como era el hijo no despertó el recelo del fraile. Voy a referíos algunas cosas que le vimos hacer al fraile. No os ofendáis.
   —Pero, ¿es que mirabais también?—se escandalizó don Nuño.
   —Si padre. A estas alturas yo estaba dominado por el deseo. Ella era capaz de hacerle a un hombre cosas que nunca se habría podido imaginar.
   —Poca imaginación observo por la comarca —pensaba don Nuño.
   Por eso fuimos a ver lo que hacía con el fraile, por si había alguna novedad.
   —¿Húbolas?
   —Si, padre. Húbolas.
   El ya os digo era un poco especial. Disfrutaba atándola a la cama de manos y pies y lo que es peor fingía ahogarla con la almohada mientras la penetraba, con tanta fuerza, que una vez casi intervengo pues creí que la había matado sin querer, ya que ella sufrió unos espasmos muy violentos y luego se quedó quieta como si se hubiera muerto. Ya os digo que iba a irrumpir espada en mano, cuando ella abrió los ojos y dijo: hoy ha sido el mejor de todos, casi pierdo el conocimiento de placer. Luego, ella se ponía encima y le  hacía lo mismo a él. Yo quise probarlo, pero los acontecimientos se precipitaron y no pudo ser.
   —Señor, señor. Cuanta concupiscencia —Exclamó don Nuño muy metido ya en su papel de confesor.
   Era el primer día de primavera de aquel infausto año. Había llegado lluviosa y fría. El boticario venía a la villa cada cambio de estación para traer medicinas, brebajes y ungüentos. Había tenido algún encontronazo con el muchacho a quien no le agradaba en absoluto, podéis imaginaros porqué. Este había llegado una tarde a la casa y los había visto copular por el mismo sitio que nos. Seguro que le extrañó lo de la almohada, porque no creo que ella hubiera hecho eso antes con nadie. Fue también una novedad.
   Llegó la  noche y el boticario no se había presentado en el monasterio, los frailes extrañados salieron a buscarle.  La mula continuaba atada en el corral del pastor. La puerta de la casa estaba abierta. El fraile le llamó por su nombre y al no obtener respuesta, penetró en la vivienda. En medio de la cocina yacía el cadáver del boticario con un hacha clavada en medio del cráneo, sobre un charco de sangre negra como el alma del lujurioso monje. Estaba medio desnudo. Un poco mas allá vio el hábito tirado en el  suelo de la habitación. Allí, en la cama, atada de pies y manos yacía la pastora. La habían ahogado con una almohada que aun tenía sobre la cara.
   El fraile salió corriendo aterrado pidiendo socorro. Todo el pueblo creyó, sin dudarlo un instante, que había sido obra del pastor; cansado de tantos cuernos, por fin había reaccionado, el hombre. Mas vale tarde, decía los aldeanos, a los que pareció de perlas la venganza. A mi me resultaba imposible creer una cosa así, conociéndole como le conocía. Los frailes aseguraron que Julián, que no demostró ningún sentimiento, tan conmocionado quedó, el pobre, estaba esa tarde en el convento estudiando. Se pensó en cualquier otro amante celoso. Pero el pastor confesó.
   —He sido yo don Julián —me dijo cuando fui a visitarle a la cárcel— fui yo.     Ya no aguantaba más. La había visto con nuestro hijo. No os vais a creer lo que le hacía. Casi me vuelvo loco.
   —El pobre pastor sollozaba con verdadero sentimiento. Daba mucha pena, padre y yo me sentía tan culpable, me sentía responsable de todo lo acontecido.
   —No debéis sentiros así. Vos no tenéis la culpa de que ella fuera tan depravada.
   El pobre pastor sólo me rogó que hiciera una cosa. Cuidad de mi hijo. Prometédmelo. Sabéis que es un muchacho inteligente y bueno, no lo abandonéis señor conde. Jurádmelo. No lo abandonéis. ¿Qué será de el solo en el mundo?. Aun es muy niño. No lo abandonéis, por caridad.
   Jamás creí que mi pastor fuera el asesino. Pensé en cualquier amante de la puta que los sorprendió ese día, les mató, se largó del pueblo y nunca mas volvió por aquí. Conmocionados como nos quedamos, nos ocupamos del hijo la condesa y yo porque así se lo había prometido al padre. Le instalamos en el castillo y mas tarde le enviamos a Salamanca. Quería estudiar leyes. Fue tan bueno y tan agradecido con nosotros, era tan gentil y tan guapo que mi esposa y yo ya mayores y sin hijos decidimos adoptarle legalmente para que el titulo no se perdiera y el castillo y las tierras quedaran en buenas manos. Además de este modo pensábamos reparar de algún modo el daño que le hicimos a nuestro pastor sin mala intención. Solamente tratábamos de ayudar a la costurera de mi señora y ya veis lo que aconteció con ello. Por eso Dios nos castigó.
   Don Pedro guardó silencio un buen rato. Esta vez no le faltaba el resuello, se calló porque el llanto no le permitió continuar. Don Nuño dejó que llorara todo el tiempo que fuera preciso, para aliviar su tristeza. Cuando se recobró un poco, el noble español prosiguió el relato.
   El último año de estudiante en Salamanca, coincidió con el inicio de una serie de crímenes en la ciudad en el comienzo de cada estación que trajo de cabeza  a las autoridades, porque además algunos testigos afirmaban haber visto un fraile negro por los alrededores mas o menos a la hora del crimen, con lo cual la fantasía y la imaginación de la gente alcanzó cimas inimaginables.
Don Nuño se agitó sentado en su frailero y don Julián hizo un pequeño alto, sorprendido.
   —Proseguid, proseguid, no os detengáis.
   Las muertes por asfixia, la fecha y el fraile despertaron mi inquietud. Tal vez sea el mismo asesino que mato a tu verdadera madre, comenté con Julián. Sabe Dios donde estaría hasta ahora y cuantas mujeres mas habrá asesinado.
Yo también pensé lo mismo, señor. No he podido evitarlo. Mi pobre padre pagó con la vida y tal vez no fuera el culpable.
   Oh, Julián, suplicó la condesa, no sufráis os lo ruego. La justicia hará su trabajo, ya veréis como esto sirve para esclarecer la muerte de la pobre Lucía y para exonerar a tu padre, nuestro pobre pastor.
   Pero no fue así.
   Los crímenes continuaron. Cuando nuestro hijo terminó los estudios manifestó su deseo de establecerse en León y prestar allí sus servicios. Nos pareció bien, porque además yo deseaba que aprendiera a llevar la hacienda y que fuera conociendo todos los entresijos de una buena administración y en la capital estaba mas cerca y podía pasar mas tiempo aquí con nosotros.
   Todo fue bien hasta que sucedieron dos cosas. Mi señora la condesa, casamentera como todas las mujeres, se empeño en buscarle novia a Julián. Este le hizo notar que todavía no se consideraba preparado para el matrimonio. Como ella insistió pese a que yo se lo había prohibido y se emperró en presentarle alguna muchacha  que ya le había seleccionado, el muchacho se molestó y dejó de venir a visitarnos. Al tiempo una serie de crímenes al comienzo de las estaciones inquietó a la capital y a la provincia. Con las mismas características, fraile incluido.
   Yo me preocupé por si el asesino seguía al muchacho. Incluso me dio por pensar en alguno de los hijos legítimos de su verdadero padre, que en aquellas fechas ya se había muerto. Tomé los servicios de un  investigador para que hiciera averiguaciones sobre los hijos del agricultor. Uno de ellos, el segundo, era un joven pendenciero, de riña fácil, vengativo, cruel, mujeriego como el padre y frecuentador de los bajos fondos donde parecía desenvolverse como trucha en el río. Algunas de las jóvenes muertas se habían cruzado con él en algún momento de sus vidas, por lo menos dos de ellas. Además viajaba por varias provincias, puesto que era el encargado de cobrar los envíos de cereal. Podía haber matado en Salamanca y posiblemente en otras capitales de cuyos crímenes no teníamos noticia puesto que no las frecuentábamos. Me convencí totalmente de que era el asesino y tomé una decisión: matarle. El mismo investigador se encargó y le descerrajó un tiro entre los ojos. Era un buen tirador.
   —Ya lo veo —asintió don Nuño, convencido de que el muerto no era el asesino. Segurísimo.
    Es otro de mis muchos pecados padre, porque los crímenes continuaron, para mi consternación. Por aquella fechas nuestro hijo, quiero decir Julián, había hecho las paces con mi esposa consintiendo que esta le presentara una candidata, una joven bondadosa, no demasiado agraciada, todo debe ser dicho, pero muy rica, de familia de cristianos viejos nobles y temerosos de Dios. Juana creo que se llamaba. Al chico no le gustó, como me hubiera pasado a mi, pero se comportó de modo caballeroso como correspondía al apellido que ahora ostentaba. Estuvimos orgullosos de él. No hubo boda, pero la condesa casi se alegró con ello. Así podía seguir seleccionando jóvenes, algo que se había convertido en su pasatiempo favorito.
   Aquel otoño fue crudísimo. El frío se había instalado en la comarca dispuesto a hacernos la vida mas difícil de lo que ya era. Enfermamos mi esposa y yo. Julián abandonó sus asuntos en la capital y permaneció en el castillo, ocupándose de nuestro cuidado y de que todo marchara como debía, lo mismo que si yo estuviera al frente. Mejor aun.
   Solamente hubo un contratiempo. El inicio del invierno, el día veintiuno de diciembre, la hija de nuestra nueva costurera apareció muerta. Alguien la había ahogado con sus propias manos. Pensamos que sería una coincidencia. Pero yo estaba convencido de que el asesino seguía a mi hijo. Los hechos no se esclarecieron, quiero decir que no se descubrió al culpable y a mi no me habían quedado ganas de volver a investigar dado el terrible error cometido. Mi pobre esposa murió en enero y yo estaba cada vez mas desolado por los crímenes que seguían a mi hijo allí donde fuera y por la soledad que iba a acompañarme de ahora en adelante. Julián decidió permanecer conmigo hasta que me fuera sintiendo mejor. Entonces ocurrió lo que nunca hubiera imaginado.
   Don Julián tornó a llorar de nuevo y don Nuño a aquellas alturas estaba sorprendido por la  ingenuidad del conde.
   Estaba convencido de que al inicio de la primavera el asesino volvería a actuar así que procuraba no perder de vista a mi hijo, por si le ocurría alguna cosa desagradable también a él. Era veintiuno de marzo de 1585, apenas había dormido esa noche. Me levanté al alba, pasé por la habitación de mi hijo que dormía todavía. Me dirigí a la capilla a rezar un rato por todos nosotros; cuando media hora después regresaba a mis aposentos advertí con horror como un fraile con la capucha subida para ocultar el rostro, entraba a toda prisa en la alcoba de mi hijo.
   —Por fin —pensó don Nuño.
    Llegué todo lo rápido que pude, espada en mano, porque aun era hábil con ella y al abrir la puerta de una patada, creí morir de la sorpresa. No os lo vais a creer, padre. Mi hijo, mi hijo Julián. Ese era el fraile. Mi hijo, mi hijo con el hábito de un monje, venía de…No puedo continuar, padre. Venía de…Horas mas tarde se supo que la mujer de uno de mis palafreneros había sido asesinada, estrangulada. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Qué podía yo hacer?.
Don Julián se asfixiaba. Se había sentado en la cama para lograr respirar mejor, pero el llanto le ahogaba tanto o mas que el asma.
 En ese momento lo comprendí todo, todo. El había sido el asesino de su madre y del boticario. El había dejado que su padre muriera en la horca, el había continuado asesinando mujeres. ¿Cuántas, cuantas has matado, dime, cuantas?
   —Hasta el momento veintiséis —respondió con tranquilidad— aparte mi madre y el boticario.
   —¿Que vamos a hacer?—le pregunté.
   —Me iré del país. Pienso ir al Nuevo Mundo.
   —¿Para continuar matando?
    No me respondió. Pensé ensartarlo con la espada, pero no tuve valor. Todo se había venido abajo. Toda mi vida se había desmoronado en ese momento. Era como si todos estos años no hubieran servido para nada. Mi casa y mi hacienda sin heredero, mi titulo perdido. Me arrepentí al instante horrorizado por tener pensamientos tan egoístas y no acordarme de las veintiséis mujeres  asesinadas en plena juventud. Habíamos criado un monstruo que ni siquiera sentía remordimientos. Un joven que nos había embaucado fingiendo ser quien no era en absoluto y a quien nosotros quisimos como a nuestro verdadero hijo, alguien a quien yo quise proteger asesinando para defenderlo a un inocente. Se iba al Nuevo Mundo a seguir matando. ¿Qué podía yo hacer?. Menos mal que se ha muerto la condesa, de lo contrario esto la mataría de pena.
   —¿Puedo saber cómo mataste a tu madre y por que?
   —Si os place. La maté por puta. Yo no soy como era el pastor, que ya se que no era mi verdadero padre.
   A aquellas alturas nada me sorprendía. No se como lo supo, tal vez se lo dijo alguien del pueblo o quizá fuera ella, no quise saberlo. Me contó que aquella tarde había llegado a la casa en el momento en el que su madre estaba atada a la cama, con los brazos en cruz y la piernas abiertas. Ella le tenía prohibido acercarse a  verla cuando estuviera el fraile de visita, pero el pasó por alto la prohibición. El hábito del monje estaba tirado en el suelo, porque éste se había desnudado y había tenido una urgencia fisiológica saliendo a toda velocidad hacia el corral. Sin dudarlo, atrancó la puerta, se puso el hábito, se subió la capucha y entró en la habitación. Sin mediar palabra tomó la almohada, se subió sobre ella como si fuera el amante y la asfixió sin miramientos. A continuación se quitó el disfraz, abrió la puerta y aguardo con un hacha en las manos a que entrara el monje. Ya os podéis imaginar lo que aconteció. Me alegro de haberlo hecho, apostilló, y yo podría jurar sobre la Biblia que era cierto.

   En medio de la desesperación tuve un minuto de lucidez y recordé mi amistad con  Juan II de Hispatania, amistad que se remontaba a nuestra niñez, y le envié una misiva rogándole un puesto en el país para mi hijo, quien había tenido un problema de faldas y era menester alejarlo de aquí durante un tiempo; mentí sin contemplaciones. El rey me respondió con rapidez proponiéndole el puesto de Corregidor en Saláceres, pues precisaba un hombre inteligente como le constaba que era Julián y de total confianza. Y lo era. Era inteligente y para asuntos legales, de entera confianza. Se lo trasmití a Julián y le pareció bien. No tengo excesivas ganas de irme allende los mares. Me iba para no incomodaros. Gracias por la oportunidad. Luego se planto delante de mi, me tomó la mano y me miró a los ojos.
   Me gustaría prometeros que no va a volver a suceder, pero no puedo. Es algo que no puedo controlar, creedme. Si pudiera dejaría de matar ahora mismo. Pero es imposible.
   Le creí. Lo que sucedió desde entonces ya no fue asunto mío, aunque pienso que habrá continuado matando mujeres en el inicio de las estaciones vestido de fraile.
   —Ya lo creo —se dijo para si don Nuño.
   Esto es todo lo que necesitaba contar para aligerar mi conciencia, padre. Si me decís que Dios no me va a perdonar lo entenderé. Moriré aliviado de todos modos.
   —Los pecados son gravísimos pero Dios en su infinita misericordia te perdonará, hijo. ¿Por qué no iba a hacerlo si perdonó a quienes le habían matado a El?. Descansad y no os preocupéis mas por esto. Estáis perdonado. Ego te absolvo peccatis tuis in nomine Patris, Filii et Spiritus Sancti. O algo así —dijo el marques consternado por lo que acababa de escuchar.
   Se sentó un momento porque necesitaba poner un poco de orden en el caos mental que le había producido la confesión. Era el Corregidor. El era el asesino. Y como no se dieran tiempo en regresar y en hacer algo, iba a volver a suceder. Lo difícil era conseguir que confesara, porque sin ello iba a ser imposible culparle, siendo como era protegido del rey. Tenían que idear alguna argucia y rápido, porque el tiempo jugaba en contra.
   —Padre —volvió a llamarle el conde tras recobrar el resuello una vez más— ¿No me imponéis penitencia?
   —Ya habéis penitenciado suficiente hijo mío. Cuando os llegue la hora idos en paz. Dios os acogerá en su seno.
   —Sois muy generoso padre y Dios es todo misericordia. Bendito sea.
   —Amen— respondió don Nuño saliendo de la habitación y comenzando a llamar a Josefo a voz en grito







La representación.




El palacio derramaba luz por las ventanas como si una estrella, la mas radiante de todas, se hubiera pasado esa noche por la cena de gran gala en la que se había convertido lo que iba a ser en principio ágape para unos cuantos amigos, pero al que de improviso se sumó el nuevo rey, aun sin coronar, que era un rendido admirador de la Osorio como todos, aunque tenia difícil el coqueteo, porque Francisco Perrenot de Granvela seguía a su esposa a todas partes como un sabueso. Con Lope había habido mas que suficiente.

   Elena Osorio era ciertamente muy bella, aunque Josefo prefería a Raquel. La Osorio era rubia un poco llamativa, diría el escritor, que se había vuelto conservador en  lo que se refiere a la hermosura de las mujeres. Prefería la mesurada distinción de Raquel sobre el despampanante físico de la actriz. Hombre, en otros tiempos el también habría sucumbido, seguro. Pero ahora el amor de Raquel había serenado su ánimo enamoradizo para siempre, sus verdes ojos habían suturado sus antiguas heridas y sus labios habían sellado para toda la eternidad su corazón, antes volandero tras el mas nimio revoloteo de faldas.
   No le gustó a la Osorio que hubiera otra mujer bella en la reunión; don Nuño se la presentó como su invitada y futura esposa de su amigo y protegido Josefo Mallo, asturiano, escritor y enamorado. Un gran muchacho, ya veréis.
Elena se hubiera liado con el asturiano seguro, aunque estuviera su marido delante, que ya tenía experiencia en eso. Además era mas guapo que Lope, aunque quizá no tuviera su ingenio. Pero bueno, que se le iba a hacer. Nada, porque Josefo sólo prestaba ojos a Raquel.
   Granvela andaba pegado al futuro rey interesándose por su política exterior, como si Hispatania pudiera hacer política exterior por su cuenta y razón sin contar con España. El príncipe trataba inútilmente de quitárselo de encima, mayormente porque estaba loco por pillar a solas a Elena Osorio, tarea que su esposo estaba convirtiendo en harto difícil.

   A las seis comenzaron a llegar el resto de invitados: el conde de Saláceres padre, que aunque no andaba muy allá de salud, el reclamo de la Osorio tenia la facultad de curar todos los males por renuentes que fueran. El conde de Picos Erizados con su hijo mayor. El señor Corregidor don Julián del Páramo, hijo, que acudió con gusto a casa del marques, sin imaginar lo que le esperaba y el banquero italiano de la Lombardía que fue invitado para disimular. Don Gonzalo, bruñido y reluciente, ocupaba su lugar en el comedor-una esquina- dispuesto a ser testigo de todo lo que aconteciera. En palacio se hallaban también el sargento de la guardia real y varios de sus hombres a los que acompañaba Cirilo, cenado con el resto de cómicos en otra sala dispuesta para la ocasión. Mas tarde el sargento y Cirilo acudirían con los invitados de alcurnia a la breve función que la compañía de la Osorio iba a representar para deleite de los invitados, todos hombres y todos rendidos admiradores de la actriz.

   Elena Osorio apareció radiante con un traje de seda de oriente azul turquesa del mismo tono que sus ojos, con copete adornado de plumas y piedras preciosas, gorguera impoluta, mangas de punta a juego con las puntas que cerraban la falda y un broche de diamantes, perlas  y turquesas regalo del difunto Juan II de Hispatania, en el pecho.
   Raquel iba de color chocolate igualmente de seda con blanca gorguera y el copete sin plumas, adornado con perlas en forma de lágrima.  Sobre el pecho el broche era de diamantes y esmeraldas rematado por una gran perla en forma de lágrima también, regalo del marqués, que lo había heredado de su madre.

   El día antes de la llegada de los cómicos, don Nuño había quemado en la chimenea, los versos que Lope de Vega le había escrito a la Osorio a la que llamaba Filis para disimular, aunque todo el mundo sabía que se refería a ella. A cuenta de unos versos como aquellos que el marques y Josefo habían leído una mañana en la venta salmantina, Elena le había denunciado por difamación, dando origen a una pendencia entre ellos que Lope remató con un par de bofetadas a la actriz. Todo Madrid comentaba que sería desterrado, porque la Osorio no quiso retirar la demanda en modo alguno. Lope lejos de amilanarse le dedico otros versos peyorativos; éstos que don Nuño se apresuraba a hacer desaparecer no fuera ser que Elena se topara con ellos sin pretenderlo nadie y se armara una buena.
   Josefo llegó de visita para ver a Raquel y apenas tuvo tiempo de rescatarlos cuando ya las llamas iban a dar cuenta de ellos, teniendo tras la lectura que devolverlos al fuego ante la insistencia del marqués.

     ¿Apartaste, ingrata Filis,
      del amor que me mostrabas
      para ponerlo en aquel
     que pensando en ti se enfada?
¡Plegue a Dios no te arrepientas
cuando conozcas tu falta,
mas no te conocerás,
que aun para ti eres ingrata!
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!
Aguardando estoy a verte
tanto cuanto ya te ensanchas,
arrepentida llorando
el bien de que ahora te apartas;
víspera suele el bien ser
del mal que ahora no te halla,
pero aguarda, que él vendrá
cuando estés más descuidada.
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!
¡Oh cuántas y cuántas veces
me acuerdo de las palabras,
cruel, con que me engañaste
y con que a todos engañas!
A ti te engañaste sola,
pues te he de ver engañada,
deste que tú tanto adoras
y de mí sin esperanza.
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!
Miréte con buenos ojos,
pensando que me mirabas
como te miraba yo
por mi bien y tu desgracia;
que en esto, bien claro está,
eras tú la que ganabas,
mas a fin no mereciste
tanto bien siendo tan mala.
¡Filis, mal hayan
los ojos que en un tiempo te miraban!

   —¿Lope tiene que ser bastante mas joven que Elena, verdad? —preguntó Josefo.
   —Desde luego, cuándo comenzó su relación con ella sólo tenía diecisiete años.
   —Seguro que ella le enseñó muchas cosas —apuntó Josefo recordando su propio aprendizaje.
   La conversación se cortó porque entró Raquel. Tras la desaparición de Guzmán y sus secuaces, Raquel había resuelto irse para España cuanto antes con su hermano Ariel, pero Josefo acudió a visitarla y a presentarle sus respetos en aquel momento difícil y extraño de la desaparición de los alguaciles sin dejar rastro, a la vez que le declaraba su rendido y verdadero amor, proponiéndole permanecer en Saláceres, si es que le amaba también, hasta poder desposarse. Ella respondió que no estando casada con el alguacil no podía ocupar la casa ni disponía de dinero alguno para subsistir. Josefo le ofreció su morada y todos sus bienes, que aunque harto exiguos daban, no obstante,  para vivir. Raquel no quiso retornar a morar bajo el mismo techo con ningún hombre sin estar casada como Dios mandaba y ella creía que debía ser. Con una vez ya había tenido suficiente.
   —Me voy para mi antigua casa, si lo deseáis podéis visitarme allí. Me haríais muy feliz.
   Josefo regresó mohíno y cabizbajo a palacio. Para una vez que me enamoro de veras. Hay que ver que difícil es esto del amor.
   Aquí fue donde intervino el marqués ofreciendo su palacio a Raquel como invitada suya por todo el tiempo que precisara hasta tener todo dispuesto para el desposorio. Además el consideraba ya a Josefo como el hijo que nunca había tenido y le agradaría infinito que algún día sus hijos le llamaran abuelo.
El asturiano le hizo notar a Raquel que rehusar la hospitalidad era ofender a don Nuño y si de verdad le amaba esa era la mejor solución hasta la boda. Ariel Enríquez estuvo de acuerdo. Por ello la antigua novicia, permaneció en Saláceres, en casa del marqués, mientras su hermano regresaba a España con la buena nueva de su libertad, retornando la familia al completo para  la boda.
Pero antes había que resolver otras cosas que corrían mas prisa. Por ejemplo, la detención del verdadero asesino de las cuatro estaciones.

   La mesa estaba puesta de modo exquisito. Manteles de encaje holandés, vajilla de Sajonia, copas y cubiertos de plata. Flores llegadas de los invernaderos reales adornaban la mesa, el comedor, y todos y cada uno de los corredores. Los manjares eran también exquisitos. El marqués había hecho venir al mejor chef de Hispatania, que había cocinado incluso para Felipe II de España, tan importante era la ocasión.  Consomé con huevos de codorniz, mero del Cantábrico traído al país por un arriero argollano y faisán asado ornamentado con su plumaje original. Todo regado por el mejor vino de la bodega del marqués. Para finalizar, el postre, la alegría de la mesa: un plato de quesos, con galletas saladas y frutas frescas y variadas.
   Charlaron todos con todos animadamente, mientras por debajo de los manteles el futuro rey acariciaba con su pie descalzo el empeine de Elena, subiendo con delicadeza y con diligencia todo lo arriba que le permitía la longitud de sus piernas y el complicado vestido de la cómica. No obstante sus intentos de verla a solas eran aguados sistemáticamente por Granvela que parecía la sombra de Elena. Tras una sobremesa no excesivamente larga por iniciativa del marques que deseaba que sus invitados estuvieran despejados y sobrios para la función, se trasladaron al amplio salón donde todo estaba dispuesto para alzar el telón.
   Raquel excusó la asistencia. Josefo, conociéndola, le había explicado de que trataba el asunto mas o menos y la muchacha prefirió no estar presente dado el fuerte componente sexual de la función.
   —¿Como escribes estas cosas? —le había casi reprochado.
   —No escribo estas cosas, son la circunstancias. Luego te lo explicaré mejor y lo comprenderás.
   A Elena le pareció de perlas la ausencia de Raquel. Todas las miradas masculinas para ella, como debía ser. Además cada vez le gustaba mas el escritor.
   El marqués hizo la presentación de la obra.
   —Alteza Serenísima, señores condes, señor Corregidor, queridos amigos. Mi amigo el señor Josefo Mallo, escritor, ha elaborado una pequeña función al filo de unos hechos verídicos que yo le referí y que a mi me fueron referidos a su vez por otro amigo que los vivió de cerca. Tienen aunque no lo parezca, dado el carácter algo subido de tono, una gran importancia, en la aclaración de unos graves acontecimientos que han estado sucediendo. Tengo que agradecer a Jerónimo Velazquez y sobre todo a Elena, la gran Elena Osorio, la comprensión y el esfuerzo para aprender el papel y preparar la función en apenas unas horas. Ruego a vuestras señorías atención y por supuesto benevolencia. Cuando queráis señora.
   El telón se levantó despacio y descubrimos a Elena medio recostada en un diván, (en principio debería estar sentada sin mas, pero ella quiso tumbarse displicente y enseñar los tobillos y el empeine, para tentar al rey, seguro. Eso al menos fue lo que pensó Josefo). Tras ella y detrás de una cortina de tul que difuminaba las figuras, había una cama bastante alta para que todo lo que se hiciera sobre ella fuera bien visto por el público.
   La Osorio comenzó el relato:
    En un lejano lugar existió una vez una extraña pareja de amantes. La mujer, bella y promiscua, era bastante mayor que el hombre, un muchacho en plena adolescencia.
   Granvela frunció el ceño. Los amantes podían muy bien haber sido Elena y Lope. Calma se dijo, esperemos oír más. Tras la cortina aparecieron las siluetas de una mujer y un joven.
   Ella, prosiguió Elena, siempre ávida de cuerpos masculinos, poseída por la creciente excitación que le proporcionaba la visión del cuerpo del muchacho al que espiaba cuando se bañaba desnudo en el río, se rindió al deseo una cálida tarde y se introdujo en el agua a la par que el joven, mostrándole los caminos que conducen al éxtasis,  con las caricias y los roces preparatorios seguidas por besos candentes y apasionados, continuando  hasta el  final por una vereda cálida, luminosa y sonora, llena de aromas y de sensaciones. Murmullos de placer, desde los primeros ronroneos, gemidos  y jadeos hasta los últimos gritos y estallidos. Aullando ambos, como perros a la luna llena,  tras la furia incontenible de los quince años del muchacho.
   A medida que Elena hablaba, la pareja iba ejecutando en el suelo, delante de la cama, cada caricia, cada beso y cada sonido que la actriz refería. El rey cambiaba nervioso de postura. Granvela estaba lívido, el conde de la villa atónito, Picos Erizados pensativo, el banquero sorprendido y el marqués expectante. El Corregidor no mostraba ningún signo ni de aprobación ni de disgusto, ni menos aun de reconocimiento. Don Nuño, no desesperaba, ni tampoco Josefo. Estaban seguros de haber dado en la diana . Tiempo al tiempo.
   La Osorio cada vez as a gusto en su papel de narradora erótica continuó con la historia.
    Los campesinos se acercaban a mirar tras las cañas de la orilla, entonces los amantes, madre e hijo..
  —¿Comoooo? —dijo el conde.
  —Chisst —dijeron a coro los demás, excepto Granvela y el Corregidor.
  Los amantes madre e hijo, continuaron en la casa, sobre la cama, mucho mas confortable.
   Los actores se subieron a la cama y la actriz se colocó sobre el actor.
Allí protegidos de las miradas obscenas y lascivas del populacho dieron rienda suelta a su imaginación, que era mucha. Tras varias penetraciones, la mujer utilizó la mano para dar placer al joven y luego este las suyas para que ella consiguiera también el éxtasis.
   Los actores estaban entusiasmados, tanto que Josefo, que estaba en primera fila por si había que apuntar el texto a la Osorio,  notó que habían dejado de fingir hacía un rato y que precisaban tiempo, porque Elena iba mas rápida narrando que ellos ejecutando, aunque el joven era todo fogosidad. Le hizo una seña de calma a la actriz con las manos y ella comprendió al momento, haciendo una breve pausa y abriendo grácilmente su mano derecha hacia los amantes para que el público disfrutara la escena. Cuando la actriz  se corrió, continuó el relato.
  Los hombres del público ni parpadeaban, aunque el rey estaba comenzando a tener problemas de cintura para abajo.
  Tras utilizar la mano, la boca hizo el mismo trabajo con el sexo de ambos. Recréense vuestras mercedes, dijo fuera de guión, dándose cuenta de que a los actores no había quien los parara. Miren como disfrutan madre e hijo, continuó en voz baja e insinuante. Que mejores amantes, que mejor mezcla que esta. Saliva, caricias, entrar y salir de lugares reconocibles. Así, así, así, despacio, con mimo, con calma.
   Josefo comprobó que Elena estaba por completo fuera de guión llevando la situación con pericia de experta; de la escena, quiero decir. Nadie había tenido la visión de prever la reacción de los actores, poco profesional, pero muy lógica.
   El  marqués aconsejó a Josefo dar entrada al fraile, ya, porque de lo contrario el rey iba a saltar sobre la Osorio en cualquier momento. El asturiano hizo una seña a Elena, pasó a bastidores, apremió al muchacho para que saliera de escena -tarea harto difícil porque éste no quería interrumpir el guión bajo ningún concepto-. Dándose cuenta Jerónimo Velazquez de los que sucedía procedió o ordenar por señas al joven obedecer al escritor. Resultó laborioso hacer que el joven actor diera por terminado su trabajo en la representación. No había manera de lograr que abandonara la escena. Velazquez tuvo que amenazar con ensartarlo con la espada si no acataba el requerimiento de inmediato. La Osorio pudo al fin continuar.
 El amante se fue, pero ella necesitaba mucho más. Era insaciable. Por ello, se apresuró a encamar con un fraile que venía al pueblo al inicio de las estaciones del año. Era un hombre lascivo, con costumbres poco comunes. Le gustaba atarla a la cama y mientras copulaban fingía ahogarla con una almohada.
   —¡Por Dios! —tornó a decir el conde.
   —¡Chissssst!
   Ella disfrutaba como nunca, gritaba suplicando que se lo hiciera una y otra vez, diciéndole que nunca nadie había logrado que sintiera nada igual, que jamás se había sentido mujer con ningún otro, que las fogosas y apresuradas cópulas del hijo eran ridículos intentos de hacer las cosas como solo los hombres expertos saben, que le iba a hacer sentarse a mirar mientras lo hacía con él para que aprendiera, que…
   —Puta, hija de puta, te mataré, os mataré a ambos. Grandísima perra, hija de Satanás hoy desaparecerás de la faz de la tierra. Tu y tu amante de mierda. Puercos.
   Todos los espectadores, excepto Picos Erizados, don Nuño y Cirilo pensaron que el Corregidor se había sumado a la representación de modo espontáneo, tanto se había metido en situación. Como la mayoría.
   Tan absortos estaban escuchando las imprecaciones del Corregidor a los amantes, que no se percataron de que había irrumpido en el escenario y estaba tratando de ahogar a la actriz. El joven actor se le abalanzó y tras el, Josefo. Pero Julián del Páramo ni se inmutó.
   —Te mataré puta de mierda.
   Cirilo solucionó el asunto con facilidad, empujando a ambos y apartando por la fuerza al Corregidor, al que arrebató la almohada de las manos, tras haberle lanzado un derechazo al estómago.
   El resto de espectadores no daba crédito a lo sucedido. El rey se recompuso y tras ayudar a Elena a incorporarse del diván se dirigió a don Julián.
   —Espero un explicación.
   —Creo que debéis contarlo todo señor Corregidor__opinó don Nuño__ Es lo mejor. Es una larga historia alteza. Armaros de paciencia. Creo que todos deberíamos escucharla.
   —Sólo hablaré ante vos, señor.
   —No estáis en condiciones de elegir. Comenzad ya, os lo ruego.
Don Julián confesó, sin tantos pormenores como su padre-tampoco hacia falta, dado que la historia había sido suficientemente explicita-Confesó los crímenes desde que llegara a Hispatania y al final confesó también estar harto de matar.
   —Tengo ganas de descansar.
   —Lo haréis para toda la eternidad —repuso el casi rey —no tengáis duda ninguna.

   Tras la confesión, mientras los invitados se reponían del estupor y Jerónimo Velazquez reprendía a los jóvenes actores, Josefo felicito a la Osorio por su maestría. Esta, aprovechando la momentánea ausencia de Granvela, le besó en los labios, mientras le palpaba la entrepierna, haciendo un gesto de aprobación con la cabeza.
   —Soy maestra también en otras cosas —le susurró al oído.
   Si fuera en otros tiempos, hubiera habido un nuevo problema de cuernos de consecuencias imprevisibles porque este marido era de familia muy poderosa y ni aunque se fuera huyendo al Nuevo Mundo se libraría de su  venganza. Primero Hispatania y ahora Raquel le habían salvado la vida. Debería procurar que no hubiera una tercera ocasión, porque estaba seguro de que no podría contarla.

   El rey quiso conocer como se habían enterado de los crímenes de Julián del que su padre tenía un alto concepto.
   —El rey se equivocaba a menudo, don Nuño. Vos lo sabéis mejor que nadie.
El marqués y Picos Erizados le refirieron como el conde leonés les confió este secreto antes de morir. No quería irse al mas allá con semejante peso sobre su conciencia.
   —Con el diluvio fue imposible que viniera un médico ni un confesor. Tuvimos que cuidarle, escucharle y confortarle como mejor supimos.
   —Lo habéis hecho muy bien. Me siento orgulloso de súbditos como vosotros.
El conde y el marqués se miraron de soslayo.
   —Por cierto. Debemos nombrar un nuevo Corregidor para esclarecer la desaparición de los alguaciles, si es que hay algo por esclarecer. ¿Podéis hacerme alguna sugerencia don Nuño?
   —Desde luego majestad, permitidme daros ya este tratamiento, sire.
   El futuro rey hizo un gesto de absoluta complacencia. Don Pedro se sorprendía de lo bien que el marqués manejaba la situación.
   —Tengo el candidato perfecto, majestad.
   —Decidme pues, don Nuño.
   —Mi fiel secretario Cirilo. Cirilo Gomes de Silva. Sargento del Tercio viejo de Sicilia. Hombre inteligente, prudente, valiente y temeroso de Dios. No hallareis en Saláceres otro mas capaz para el puesto.
   —Hecho. Tras mi proclamación firmaré la orden. Mientras, que se considere Corregidor en funciones y que se vaya ocupando de los asuntos pendientes. Mas adelante le daré instrucciones precisas.
  —Muchas gracias majestad. No os pesará. El nombrará sus ayudantes.
   —Don Nuño. Creo que ese muchacho, el escritor, ha tenido la idea para lograr que Julián confesara.
   —Así ha sido. Si.
   —Me gustaría recompensarle. Le daré un título…y le nombraré cronista oficial de la nación. El se ocupará de poner por escrito nuestra historia desde ahora mismo. Ya estoy harto de la Crónica Lisboense.
   —¿Habéis pensado por ventura en el titulo que vais a otorgarle?__preguntó el capitán receloso.
   El rey pensó un momento, paseando por la habitación con calma hasta que vio pasar a Elena. Entonces se decidió de repente.
   —Barón Enamorado.
   —Perfecto, sire. Creo que le hará ilusión__afirmó don Nuño sonriendo.
   El rey abandonó la estancia tras la Osorio, entonces el marqués se acercó a Josefo y le tomó del brazo.
   —Señor  barón enamorado…ja, ja. Tengo muchas cosas que contaros. Venid conmigo. Dejad un momento a Raquel con don Pedro. Está en buenas manos.
   Al pasar junto a Cirilo el marqués le puso una mano en el brazo y le apretó con suavidad.
   —Hecho —afirmó sonriendo.
   Al poco regresó el monarca con aspecto encendido y acercándose a don Pedro de Picos Erizados le deslizó al oído:
   __Os haré llegar de nuevo la llave de donde ya sabéis. Desde ese preciso momento quiero vuestro palacio para mi solo. ¿Habéis entendido? Sabré recompensaron con largueza. Y si sois capaz de llevaros a Granvela unos días lejos de Madisboa, mi gratitud no tendrá límites. Habrá un titulo para cada uno de vuestros hijos. Eso para empezar.
   —Siempre a vuestras ordenes majestad.

   Don Pedro se fue al encuentro de don Nuño que estaba departiendo con Josefo. El conde se sentó junto a ellos cansinamente.
   —¿Ocurre algo don Pedro?
   —Nada nuevo don Nuño, nada nuevo. Lo mismo de siempre.

Fin

No hay comentarios: