Gauguin. Dos tahitianas. 1899 |
Como fue el primogénito, su padre para celebrarlo compró lotería y
la repartió entre los parientes que vinieron a visitarles, después de hacer que
el niño la tocara con sus manitas, y a pesar de las protestas de la madre.
Compró dos números distintos.
Tocaron el primero y segundo premios.
Habían pensado llamarlo Juan como el abuelo, pero el
progenitor, visto lo visto, dijo: este niño trae suerte, lo que toca lo
transforma en oro, vamos a llamarlo Midas. A la madre casi le da un
patatús. Sin embargo prevaleció la opinión paterna, lo que provocó una
crisis en la pareja que duró toda la vida; la madre cada vez que llamaba
al niño recordaba que debería llevar el nombre del abuelo materno,
recientemente fallecido, pero su marido se había empeñado en ese nombre tan
peregrino y ridículo. Y todo porque, por pura casualidad, les había tocado la
lotería el día que nació.
Lo cierto es que el niño tenía cualidades innatas para los
negocios. Comenzó en el colegio. Hacía chuletas para exámenes y las vendía a cinco
pesetas. Luego pasó a vender apuntes a cincuenta o a cien pesetas
dependiendo de la extensión.
Cuando llegó la hora de ir a la universidad, le dijo a su padre:
no hace falta que me pagues la carrera. Yo he ganado suficiente. Y ante el
asombro paterno le subió al desván y le mostró cajones de madera de los que
usaban en la tienda para meter las legumbres antes de que se vendieran
envasadas, llenos de monedas de duro, veinticinco y cincuenta pesetas y otro
lleno de billetes de cien.
Aunque no tuviera suficiente, hubiera sido lo mismo. En la
Universidad se dedicó, también, a vender apuntes y chuletas.
Cuando terminó la carrera, en vez de ejercerla y con el dinero
ganado, abrió un negocio de tesis por Internet.
“TUTESIS.com”. Así de claro.
Comenzó con los conocidos, luego funcionó el boca a boca y le
llovieron pedidos de toda España y después del extranjero. Distribuyó por toda
la geografía pequeñas oficinas, en vez de una grande centralizada más difícil
de manejar. De este modo cada distrito universitario tenía su propio
departamento informático creador de tesis. Como era, casi en los albores
de la Red, si ésta se caía en un punto cualquiera de la geografía, el
problema era minino, ya que el resto seguía funcionando.
Además de Tesis elaboraban Tesinas, Monografías, Trabajos
fin de Carrera, Proyectos, etc. En fin, todo lo necesario para concluir con
éxito los estudios universitarios. Según el tema elegido se daba un presupuesto
cerrado que incluía todas las correcciones y rectificaciones que fueran necesarias.
Midas había tanteado algunos tutores, para ver de incluirlos
en plantilla y trabajar con ellos directamente, pero la mayoría le parecieron
insobornables.
—Son docentes de vocación, peor para ellos—pensó.
Así que para no complicarse el negocio, no captó a ninguno.
Cuando el alumno era, digamos normal, la cosa marchaba por sí
misma. El estudiante seguía las directrices del director o tutor y sabía
trasladarlas a TUTESIS. Otros solamente necesitaban un poco de asesoramiento o
que se le elaborasen algunos capítulos más complicados o que se le
escribiese la Tesis, porque podía pasar que, alguien bueno en hacer
investigación y sacar conclusiones no sabe luego redactar y echa por tierra
años de buen trabajo de campo. En ese caso el aspirante a doctor colaboraba con
ellos y todo iba de perlas. Pero si era un zoquete, que había aprobado gracias
a los apuntes y chuletas de Midas, entonces la cuestión era más
complicada. Tenían que colocarle una grabadora, donde quedaran registradas las
instrucciones del tutor, para ellos poder trabajar. Lo peor venía cuando el
doctorando era incapaz, incluso, de defender su tesis ante el tribunal.
Para este supuesto tenían establecida una complicada trama de escuchas, digna
de una película de James Bond. En este caso, la Tesis que siempre era
costosa, le salía al aspirante por un ojo de la cara.
Recibía encargos incluso de gente que no había ido a la
Universidad.
Esto era mucho más fácil. Sólo había que preguntar qué carrera les
interesaba.
—Una cualquiera. La que sea más vistosa.
Querían la tesis para enseñarla o para dejarla,
distraídamente, olvidada sobre la mesa, cuando venía alguien a quien quisieran
impresionar.
—¿Has visto mi tesis?
—Pero, ¿tú has ido a la Universidad?
—Naturalmente
—Fíjate, cum laude, van a publicarla
En unos años ganó miles de millones de pesetas.
Fue tan fácil, que se aburrió. Ya no le motivaba y entró en
una depresión. Estaba harto de hacer trabajos para que los demás se lucieran.
Una panda de ignorantes cada vez más exigentes. Menudos profesionales se
estaban formando.
En la carisisima clínica suiza donde lo trataron tomó la
decisión: dejaré todo y me iré a la Polinesia. Compraré una isla,
como Marlon Brando.
Repartió la empresa entre sus empleados. Pero, al faltar el líder,
los pequeños taifas se empezaron a sublevar. Cada uno quería gestionar el trozo
de pastel a su manera. Al final se fueron declarando independientes
y la mayoría cerró al cabo de un tiempo.
Cuando eso ocurrió, Midas ya se había comprado la isla en la
Polinesia francesa, en el archipiélago de Tuamotu, e instalado en ella.
Sin despedirse de nadie ni dar explicaciones, se fue para los
mares del Sur.
Vivía en una cabaña, cerca de la playa con todo tipo de
comodidades. Era estupendo combinar la exuberancia y libertad del lugar con las
más refinadas costumbres occidentales. Desayunar un oloroso café venezolano
elaborado de forma artesanal, una tostada de buen pan de molde inglés con
mantequilla de la dulce Eire y mermelada de guayaba holandesa, en una terraza
abierta a la playa, mientras el ambiente olía a flores, el mar era verde
esmeralda, la arena blanca y buceando a medio metro de profundidad encontrabas
jardines de coral fascinantes llenos de peces de colores que parecían de
postal.
—Desayuno tres continentes— decía Midas, que tenía la manía de
poner título a todo.
Contrató a una nativa para que le hiciera las faenas de la casa y
era tan guapa y cariñosa que terminó por ser su amante. Buscaron a otra para
que se ocupara de las tareas que la anterior había dejado vacantes, y ocurrió
lo mismo. Además, comprobó que no existían rivalidades ni celos entre ellas y
que podían hacer tríos sin ningún problema, o estar con una de las dos
alternativamente, según le apeteciera, sin que la otra se mosqueara. Esto
sí que es vida.
Los padres de familia del pueblo le ofrecían a sus hijas para que
las aceptara a su servicio. Pero con dos ya tenía más que suficiente. Así que
contrataron una mujer mayor para las tareas se la casa y aquí se acabó la
historia erótico-laboral.
Midas, para no perder del todo el hilo de su vida anterior, tenía
decoradas las paredes de su cabaña con fotos suyas hechas delante de los
monumentos emblemáticos de cada ciudad que había visitado.
A un nativo que tenía a su servicio, como mayordomo y remero de la
waka, método habitual de desplazamiento acuático en las islas del
Pacifico Sur (son pequeñas embarcaciones con un estabilizador o dos al
costado), le fascinaba una en la que su jefe tenía detrás los centinelas de
Buckingham Palace con sus gorros negros de piel de oso.
Tanto le gustaba que un día Midas decidió hacerle un regalo. Le
sacó una foto con su cámara y luego con el PhotoShop, le colocó detrás a
los guardas ingleses. Cuando el nativo de nombre Taipo, se vio, pegó un grito y
salió corriendo pensando que era cosa de brujería.
Horas después, Midas le descubrió escondido detrás de unos
arbustos cercanos a la casa sin atreverse a entrar.
—Ven aquí, hombre, ven. Creí que te gustaría verte con los
centinelas como si hubieras estado allí
—¿No hace falta haber estado para tener esa foto?.
—Naturalmente que no
—Es que pensé que me había hecho magia y me había transportado sin
yo darme cuenta.
Midas se río con ganas y le llevó adentro para mostrarle como lo
había hecho.
Más le hubiera valido no habérselo enseñado nunca.
Taipo mostró la foto por toda la isla. Tuvo tanto éxito que rogó a
Midas hacerle mas.
—Una con esa cosa de metal —dijo, señalando la torre Eiffel.
Se hizo fotos con la torre, con el Coliseum de Roma, la
clásica sujetando la torre de Pisa…
Al día siguiente había una pequeña fila de nativos a la puerta de
la cabaña de Midas.
—Queremos vernos con esas cosas raras detrás.
A Midas le hizo gracia. Procedió a hacerles la foto y luego les
dio a escoger, delante del mural de su casa, el monumento que les gustaba. Hubo
un pequeño lío, porque algunos los querían todos.
—Vamos a ver, solamente uno. Ya habrá tiempo para más.
Los polinesios se fueron encantados con su foto turística y se
dedicaron a mostrarla a todo el vecindario. Los que tenían algún negocio, la
colocaron en un sitio preeminente, para que pudiera ser vista por todo el
mundo.
El resultado fue que, a la mañana siguiente, había una cola que
daba dos veces la vuelta a la casa y en el pequeño embarcadero varias wakas,
con gente de los puntos más lejanos de la isla que habían preferido llegar por
mar.
Debo explicar que la isla de Midas formaba parte de un
archipiélago de cientos de pequeñas islas, situadas en un amplio círculo
convirtiendo el océano en un gran lago. Dentro de ese círculo había, también
islas diminutas, igualmente habitadas.
Pues bien, la historia de las fotos navegó con la brisa vespertina
de isla en isla y causó en los nativos más lejanos, el mismo efecto que en los
convecinos de Midas.
Por eso, cada mañana la cola era mayor. Midas, viendo el cariz que
tomaba el asunto trató de convencer a la gente de la imposibilidad de
complacerlos a todos.
Los polinesios primero sonrieron como si no fuera con ellos la
cosa y luego, al ver que no lograban la foto, comenzaron a impacientarse in
crescendo hasta que, la impaciencia llegó a su punto álgido, e intentaron
quemar la cabaña con Midas dentro, naturalmente.
Hubo que avisar a las autoridades, que tardaron dos días en
llegar. Primero, porque no les dio la gana de venir antes y luego, porque la
acumulación de wakas alrededor de la isla era cada vez mayor y no podían
aproximarse. Tentados estuvieron de dar la vuelta. Pero un emisario de Midas,
(ni él ni su criado podían asomar la nariz), pasando de una barca a otra, llegó
a la de los gendarmes y les rogó, por todo el panteón polinesio, que
desembarcaran, a la vez que les mostraba el modo de llegar a tierra, desandando
el camino de waka en waka.
Una vez en la casa, el gendarme jefe tras estudiar la situación,
sentenció:
—No veo otra solución que hacer la foto. Esta gente es capaz de
quedarse aquí toda la vida—
Miró a Midas, se encogió de hombros y se largó por donde había
venido. Que para lo que hizo hubiera sido lo mismo que no viniera.
Cuando estaba a medio camino, se le encendió la bombilla y dio
media vuelta. Pasó sobre las wakas otra vez, ignorando las protestas de los que
aguardaban turno y llegó a la cabaña:
—Quiero una de esas fotos. Una con algo japonés.( Era admirador
del imperio del sol naciente ). Midas sólo tenía el tren bala y se lo colocó
detrás. El poli se fue tan contento mirando su imagen delante del tren. —He
estado en Japón—, decía a la gente mostrando la foto. Los polinesios se miraban
unos a otros y meneaban la cabeza.
Midas no tuvo otro remedio que comprar más ordenadores y mas
cámaras y enseñar a Taipo y a otros nativos a hacer las fotos y manejar el
PhotoShop . Aun así no daban abasto, porque la fila era cada vez mayor.
Y eso que los nuevos ayudantes sacaban las fotos como buenamente podían.
Unas veces el monumento elegido parecía querer desmoronarse en cualquier
momento y otras era el turista, generalmente sin pies, el que estaba haciendo
malabares con el equilibrio. No dejaba de verse original la torre de Pisa
derecha como una vela, sirviendo de soporte a un polinesio a punto de caerse.
Así y todo, la demanda crecía y crecía. Ya no venían por
tierra, porque no había sitio para más gente; no cabían. En el mar, la
acumulación de wakas llegó a ser tanta que se podía, saltando de una a
otra, llegar a todas y cada una de las islas.
Tenían que trabajar todo el día. Establecieron turnos,
porque no había ni tiempo para comer, ni mucho menos para dormir, ya que los
clientes se impacientaban y cuando eso ocurría se volvían sumamente agresivos y
les daba por incendiar lo que pillaban a mano.
—Les gusta mas la hoguera que a la Inquisición —pensaba
Midas.
De pronto, tuvo una idea.
—¡ Coño, ya lo tengo. Voy a cobrar por las fotos!. Verás que
rápido dejan de venir.Voy a pedir un franco.
Taipo se echó las manos a la cabeza:
—Nos van a linchar.
Ni los lincharon, ni se fueron. Protestaron un poco, porque les
pareció caro, eso sí. Algunos necesitaban regresar a su isla a por el dinero.
Hubo varios percances, porque no podían maniobrar la waka. Entonces decidieron
elegir a uno de cada isla para que fuera por las casas de todos a buscar el
dinero. Saltando de barca en barca lo conseguía sin ningún problema. Mientras
llegaba el franco, iban pasando los que ya lo tenían. La afluencia se redujo
bastante debido a eso.
Esto permitió a Midas organizarse. Se acercó a la capital, compró
material, pero sobre todo, contrató los servicios de un helicóptero que
esperaba órdenes suyas y estaba operativo en cualquier momento.
Cada vez necesitaban contratar a más gente. Tuvo que hacer como
con su empresa de España: descentralizar. Distribuyó el trabajo por las
islas cercanas, porque no podían conectarse todos en el mismo sitio. La
potencia eléctrica no daba para tanto. Llegó a tener mil ordenadores trabajando
Hubo que traer generadores, que llevaron su tiempo.
A punto estuvo de volverse loco, por segunda vez.
Pero como ya conocía los síntomas, pudo anticiparse. Advirtió a
sus mujeres que estuvieran preparadas y un día, cuando ya no pudo más, llamó al
helicóptero y se largó de su paraíso privado, que se había convertido en un
infierno. Taipo se le arrodilló delante rogándole que no se fuera.
—Ahora si que nos linchan.
—Ven conmigo—, le sugirió Midas. Pero el mayordomo tenía una
familia numerosísima a la que no quería abandonar y optó por quedarse al
resultar imposible sacarlos a todos de una vez e impensable hacer dos viajes,
porque el helicóptero acabaría ardiendo en cuanto volviera a aproximarse.
—Sólo tienes que seguir haciendo las cosas como hasta ahora. Un
día acabará todo esto. Ten paciencia. Mientras tanto te harás rico con las
fotos.
La codicia lo terminó de convencer y se quedó de jefe del
PhotoShop.
Ocurrió lo mismo que había pasado en España con TUTESIS. Los
empleados se fueron sublevando, exigiendo más dinero y menos horas de trabajo,
para al final acabar por abandonar el negocio, rompiendo previamente los
ordenadores e incendiando las cabañas que les servían de oficinas. Porque los
nativos a pesar de sus rostros siempre sonrientes, cuando se les cruzaban los
cables tenían un pronto digno de un revolucionario francés.
Taipo aguantó lo que pudo, haciendo ímprobos esfuerzos, porque
sabía que le iba la vida en ello. Al final desbordado, tuvo que cerrar el
negocio. Trató de ponerse a salvo, pero fue descubierto y arrojado al mar, por
un hueco que le hicieron, para el menester, entre dos wakas. Se ahogó,
porque aunque era un gran nadador, le fue imposible resistir, al no poder
salir a la superficie con tanto barco encima del agua. Como ya no había
PhotoShop, los nativos se entretuvieron vigilando para ver por donde asomaba
Taipo y cada vez que lograba sacar la cabeza, por el menor resquicio, recibía
un golpe de remo que lo dejaba medio inconsciente y así hasta que no pudo más.
Cuando comprendieron que se había ahogado, echaron pie a tierra y,
una vez linchados todos los fotógrafos que no pudieron ponerse a salvo,
incendiaron las oficinas y destruyeron todo lo que les pilló de paso. Los
disturbios fueron tantos que tuvo que intervenir la armada francesa que
se vio desbordada y necesitó ayuda de la VII Flota americana.
Tardaron meses en poner orden. Todavía hay islas en pie de guerra. Después de
varios años ya no saben por qué luchan, pero no paran, por si acaso.
Entre tanto Midas con sus chicas, llegó a la capital del
archipiélago y se fue directo al aeropueto.
—Tomaremos el primer vuelo que salga para donde sea —les había
dicho a sus mujeres.
El primero iba a Melbourne.
—Hala, nos vamos para Australia. A criar ovejas.
Llegaron a la capital de Victoria, se alojaron en el mejor hotel y
Midas se dedicó a buscar un sitio para vivir.
Se tomo su tiempo. No había prisa y además el estado era tan
inmenso que costaba elegir un sitio idóneo.
En el suroeste de Victoria, encontró al fin, una granja y allá se
fue a criar corderos para carne. La zona disfrutaba de abundantes lluvias, así
que además de ganado, había una extensa plantación de frutales delante de la
casa.
Entre ellos había unos cuantos Cinnamomun casia o canela de
China, traídos de Sri Lanka por el antiguo propietario y cientos de
frambuesos o sangüesos.
Los aromas y las flores eran variados también, aunque sólo en
primavera. Y el mar, aunque vivían en una isla, ni se adivinaba.
Como no podía ser de otra manera, tratándose de Midas, la cría de
corderos marchaba viento en popa.
Por si no fuera bastante, un año la cosecha de frambuesas fue
desbordante. Tanto que no sabían qué hacer con el excedente. Midas recordó las
confituras de su abuela y tuvo una idea:
—Haremos mermeladas —le dijo al encargado del huerto.
—Cocemos la fruta con azúcar, mitad y mitad.
Se pusieron manos a la obra. Como ese año, gracias a la lluvia los
árboles de la canela se habían puesto exuberantes, las ramas estaban henchidas
y la cosecha fue magnífica también. Así que el encargado sin encomendarse
ni a Dios ni al Diablo, sustituyó el azúcar, que no producían, por canela. El
resultado fue una mermelada muy especial con un sabor peculiar mezcla de
frambuesa y canela. Midas dio orden de que se repartiera, como obsequio, a los
granjeros en la reunión anual de criadores ovinos de la zona.
Dos días después su secretario entró en el comedor mientras estaba
desayunando con sus mujeres, con cara de susto.
—Mister García, venga a ver esto, please.
Midas se asomó al ventanal y se quedó atónito. Una fila inmensa de
Jeeps de todos los colores estaba aparcada desde enfrente de la casa hasta
perderse en el horizonte. Eran tantos que el final no se divisaba.
Se le vino a la memoria las cuerdas llenas de banderitas de
colores que adornaban su calle en las verbenas de verano. También se le
vinieron otros recuerdos más recientes y menos agradables.
—¿Qué ha pasado?
El secretario se encogió de hombros.
—Bajemos a ver qué sucede.
Cuando llegaron al patio, vieron a los granjeros con cara de
felicidad lo mismo que sus mujeres, colocados por parejas delante de sus Jeeps.
Al ver a Midas prorrumpieron en aplausos y hurras.
—¿Que sucede?
Las mujeres se acercaban a Midas y le tocaban en una mezcla de
caricia y veneración, con una sonrisa de oreja a oreja.
Los hombres, con igual sonrisa, le daban palmadas en la espalda o
cachetitos en la cara.
Midas no entendía nada.
Por fin el secretario llegó con la explicación:
—Ha sido la mermelada
—¿Como dices?
—La mermelada, mister García. Parece ser que ha tenido un
incontestable efecto afrodisíaco. Esta gente ha recuperado poderes y placeres
que hacía años no disfrutaban y que creían perdidos para siempre. Quieren
nombrarle benefactor de la humanidad.
Quieren hacerle un monumento, quieren….
Midas no se lo podía creer. Tardó un tiempo en reaccionar.
—Vamos a ver Simpson, que les repartan toda la mermelada mas la
canela que aún tenemos y que les den la receta.
—Si, señor….Señor, ¿se da cuenta que esto sería un gran negocio?
—Haga lo que le he dicho. Y dígale a Harris que prepare el
helicóptero.
Cuando entró de nuevo en la casa, dijo a sus mujeres:
Chicas: preparaos. Vamos a salir de viaje. Aquí ya no tenemos
futuro.
FIN
8 comentarios:
Donde se puede comprar el libro.
Un saludo guapa.
Hola, pues en Venezuela.
Veremos como ando de ejemplares y te enviaría uno. Ya te pediré una dirección llegado el caso.
Gracias y un saludo.
Si tienes un libro para mi, vienes a Moreda que te invito a comer, ya te daré todos los detalles.
Me ha gustado tu relato, me ha parecido divertido e incluso surrealista (me he divertido especialmente con la parte del Photoshop), aunque la verdad es que ¡pobre Midas! porque al final eso de que todo lo que toca se convierta en éxito y dinero termina volviendose una maldicion para él u siempre tiene que salir huyendo.
¡Podía venir para España a ver si arreglaba la crisis y el paro! claro que.... lo mismo despues de ver como estaba eso terminaba huyendo jejejeje. Te mando un besin muy fuerte tambien para ti y que disfrutes del finde que ya lo tenemos encima,
Por cierto, me olvidaba preguntarte lo del comentarista anterior ¿donde se puede conseguir tu libro? ¿no se puede conseguir en librerias?
Pues si el pobre Midas tiene una maldición, porque como todo lo transforma en negocio al final la gente se pone tan pesada que tiene que salir huyendo. Aquí le pasaría igual, imagínate si se hace, por ejemplo, alcalde de un municipio que se vuelve el mas prospero de España, la avalancha de gente intentando vivir alli les desbordaría, acabaría en batalla campal...tendría que intervenir la OTAN...Es complicado ser Midas, es peor que ser gafe.
Mi libro se vende en Venezuela y algunos países de la zona. No se como andaré de ejemplares para regalar. Te pondré en la lista...
Un besin, gracias y feliz finde.
Me gusto mucho tu relato,está muy bien la verdad y sobre todo entretenido,con lo del servicio el no va más,un personaje fantastico.
Un beso fuerte.
¿Por que no nos vamos tu y yo a los mares del sur una temporadina, a ver lo que se cuece por alli?. Lo mismo nos hacemos ricas con el Photoshop.
Muchas gracias Mª Jose, un abrazo para todos y un beso para ti.
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