El barrio


Conseguir mudarse a esa parte de la ciudad era el sueño de casi todos, desde que aquel alcalde tan imaginativo y tan recordado tuviera la idea décadas atrás. Pero para hacer realidad el deseo había que ganarse el sobrenombre o, sería mejor decir, el nuevo nombre. El que fuera. El caso era tener uno. Hubiera sido preferible que estos sobrenombres hicieran honor a la bondad o a la grandeza de espíritu o a la creatividad, a cosas positivas en definitiva. Pero no siempre era así. Las mas de las veces, respondían a  razones muy diferentes a estas. Había gente apodada Maledictum o Latronis , aunque estos últimos elegían para vivir latitudes mas tropicales. Para que pasar frío pudiendo estar con el trasero al sol el año entero. Con lo que habían robado tenían mas que suficiente para vivir donde quisieran incluso para tener residencia en varios paraísos: Punta Cana, por ejemplo o las islas del Indico, donde pasaban mas desapercibidos.
Al principio el sobrenombre aparecía en los censos tras el nombre original. Era un gran honor. Quien tuviera uno era considerado la élite de la ciudad, incluso del país. Pero mas adelante se convirtió en un problema debido a que podía hacer mención a rasgos de personalidad poco aconsejables para hacerse públicos como ocurría con los apodados Carnifex, que pese al deje latino que tenían casi todos los apodos,  era fácilmente identificable como alguien doctorado cum laude en muerte o en el manejo de materiales susceptibles de matar, que no siempre tenían porqué ser armas de fuego o blancas. Podían ser drogas o similares que dejaban un reguero de muertos y marginados y hacían mas daño a la sociedad que las bombas de los terroristas, alguno de los cuales vivía tambien en el barrio y gozaba de apodo reivindicativo: Miserabilis.
Como les decía, hacer publico el apodo y colocarlo ostensiblemente al lado del nombre, devino en problema, puesto que, si alguien que había perdido un familiar cercano por culpa de la droga, se daba una vuelta por el barrio, y veía en el buzón: Fulanito de Tal, (Carnifex),  presumía que allí podía morar un capo de los grandes, un capo di capi, y comenzaba a idear la forma de vengarse, dándose como se dio, el caso de disparar con lanza misiles contra las casas de varios Carnifex  desde un cerro cercano, cargándose  a varias familias y ganándose con ello el apodo de Matarifex y una vivienda en el barrio. Unos se iban y venían otros iguales o peores si cabe. Pero no todo era negativo. Había alguna gente buena. Sin embargo, eso también causaba problemas. Si alguien leía Menganita de Cual,  ( Indolora) tenía la certeza de que allí vivía una mujer capaz de curar cualquier sufrimiento humano y la calle se llenaba de peregrinos en camilla o en silla de ruedas, con muletas o sin ellas, como si el bario fuera una sucursal de Lourdes sin la virgen- porque vírgenes no había, todo debe decirse- La susodicha no podía salir a la calle, ni nadie de la casa. Si cometían la imprudencia de entreabrir la cancela del jardín una avalancha humana se colaba por la rendija arrollando al osado e invadiendo la vivienda, necesitando emplear a los GEOS para despejar la casa, la calle y el barrio.

Los por entonces llamados ay-untamientos ( apodo ganado también a pulso), decidieron en pleno extraordinario y urgente, tras el ultimo desaguisado por culpa del apodo, que no podía hacerse ostentación pública del mismo. Decretaron entonces, tras días de deliberaciones, que los residentes llevaran una marca que les hiciera reconocibles, pero sin explicitar el motivo. Es decir una marca idéntica para todos.
En otro pleno anterior habían tratado de prohibir el acceso de la gente corriente; pero sin publico que los admirara y se diera con el codo cuando aparecían por la calle, para que servía el sobrenombre y vivir en el gueto. Para nada. Era mejor esta última opción, aunque tenía un inconveniente: cualquier tatuaje, marca o similar podía ser copiada y parecer así que toda la ciudad era especial, cuando la realidad era otra muy diferente. Las élites siempre son minoría, faltaría mas.
 Los ediles del ay-untamiento se reunían cada día tratando de dar con el remedio, mientras el barrio se cerraba a cal y canto a los visitantes. De pronto, el concejal de basuras recordó algo: Un científico que en ese momento estaba en la cárcel por tratar de implantar un chip a los políticos ladrones para que la cara se les pusiera roja, como de vergüenza, y así los votantes les reconocieran fácilmente y les pudieran apedrear o lo que considerasen oportuno, podía ser la solución. (Debo hacer notar que en aquellos tiempos solamente se iba a la cárcel por cosas así. A los ladrones y demás delincuentes se les premiaba con el barrio). El alcalde mandó traer al inventor y le ordenó exponer todas las propiedades del chip si es que tuviera mas de una o en su defecto mostrar otros artilugios con diferentes habilidades. El inventor disponía de varias opciones. Al final tras espesas y ásperas deliberaciones, se optó por implantar uno que cambiaba el color de los ojos.
¿Cómo es eso? Preguntó el alcalde, como si fuera muy entendido en el asunto.
 El chip actúa sobre el EYCL2 que se encuentra en el cromosoma 15 8    explicó el sabio, y transforma la melanina del iris a otro color; en este caso un color imposible de encontrar en el ojo humano: el amarillo rojizo.
O sea el naranja, corrigió el alcalde.
Llámelo como quiera. Eso se consigue alterando el pigmento del epitelio del iris que en todos los ojos es producido por la eumelanina. Pues bien mi chip la sustituye por la feomelanina-no se crea que es broma, se llama realmente así-lo cual produce ese color peculiar que les dije.
Nadie mas poseerá el invento.
Desde luego que no.
De acuerdo.
Alguien puede utilizar lentillas, observó el concejal de cultura, haciendo honor al titulo.
Muy difícil conseguir ese color mediante lentes de contacto. Además, serían muy dañinas para la vista, se defendió el inventor.
Si descubrimos a alguien en cualquier momento utilizando lentillas, le sacamos los ojos, así de claro, amenazó el alcalde que era admirador desde siempre del ojo  por ojo bíblico.

Hubo que reunir un equipo capacitado a fin de ayudar al sabio en la implantación del micro-micro chip, lo cual llevó tiempo, antes de comenzar con las operaciones que se realizaban de modo ambulatorio, sin precisar ingreso hospitalario. No obstante teniendo en cuenta la población del barrio, animales domésticos incluidos, transcurrió mas de un mes trabajando a destajo, hasta que todo el mundo tuvo los ojos color naranja.
Fue maravilloso.
La gente se apartaba respetuosa cuando veía avanzar alguien con ojos cítricos. Una mirada por encima de las gafas de sol y cualquier empleado, fuera de donde fuera, al reconocer el color, sufría una especie de transformación, acompaña de un ligero temblor de piernas,  que cambiaba la impertinencia en servilismo de modo automático. Las mejores mesas en los restaurantes, la mejor tribuna en el futbol, la mejor barrera en los toros, los mejores sitios en iglesias, bares, teatros, etc, eran para esa gente excelsa, diferente, poderosa e influyente de ojos color Fanta de naranja.
Fue lo máximo entre lo máximo, porque además nadie sabía si eran carnifex o pius, indoloros o dolendus, miserabilis o magnánimus. Todos estaban magnificados por el color del iris, sin que corrieran riesgos de venganzas ni rencores.
Es la rehostia, dijo el alcalde. Lo mas grande que ha salido de este ay-untamiento.
Y eso que habían salido cosas. Sobre todo millones de euros.
Así transcurría la vida feliz para todos, admirados y admiradores, hasta que ocurrieron dos hechos simultáneos: surgió la resistencia, por un lado, y mi primo Genaro se empeñó en conseguir unos ojos anaranjados, por el otro.


Continuará la próxima semana...

Eutanasia



 Los empleados municipales cerraron tras ella las puertas del cementerio. Miró al cielo ya casi oscurecido; en el horizonte, por encima de las montañas, se veían fucilazos presagio de la tormenta que se avecinaba.
Al contrario que la tarde, ella se sentía en calma, estaba convencida de haber hecho, por fin, lo que debía. Se sintió libre, satisfecha por haber saldado una vieja cuenta. Se sintió cómoda, a gusto consigo misma y feliz, con una felicidad que hacía muchos años no experimentaba, tantos, que se había olvidado de que existiera. ¿Quién dijo que la venganza no era buena?. Tal vez no lo sea obsesionarte con ella, pero aprovechar la circunstancia si se presenta, es lo mejor que te puede suceder ese día, aunque hayan transcurrido mil años.

Marisa se había casado muy joven. Al morir su madre, tuvo que dejar sus estudios de magisterio y  ponerse a trabajar. Conoció a su marido la primera vez que fue con sus amigas a un baile, tras el luto. Era muchos años mayor que ella. Todo el mundo le desaconsejó la relación y menos aún la boda. “Es un marino, en cada puerto un amor, tu eres muy joven y muy inexperta, demasiado ingenua”. Pero estaba tan necesitada de afecto y compañía que se lió la manta a la cabeza y se unió de por vida a aquel hombre guapo y seductor, al que casi no conocía.
Como todos predijeron, no resultó. Unos años mas tarde, tras hacerle dos hijos y ponerle los cuernos con media ciudad, desapareció de su vida. El barco regresó, pero con otro primer oficial. De él no supieron o no quisieron darle razón. Hacía tiempo que ya no mandaba dinero. Para sobrevivir, tuvo que ponerse a limpiar por las casas. Una vecina recogía a los niños del colegio y les daba la merienda. Luego se pasaban la tarde en la calle o solos en casa. Alguien denunció el caso a la asistencia social. La situación se volvió insostenible. Si permanecía en su domicilio por las tardes no ganaba lo suficiente para vivir y si no lo hacía los servicios sociales ingresarían a los niños en una Institución. Trató de localizar a su marido a través de la Naviera pero fue inútil. Obtuvo su nueva dirección, pero no tuvo respuesta cuando le puso al corriente de las circunstancias. Se había olvidado de ellos y le traía al pairo lo que les ocurriera.

Desesperada ya, no sabiendo que rumbo tomar recordó lo que tantas veces le había repetido Amparo.
Iba a arreglarle la casa dos veces por semana. Le permitía llevarse a los niños, con los que congeniaba a las mil maravillas. Muchas veces se lo había dicho:”Si tienes problemas algún día recurre a mi, no lo dudes.”
Pues bien, ese momento había llegado.
Amparo, que conocía la situación, les estaba esperando con los brazos abiertos.
__Trabajaré solamente por el alojamiento y la comida.
__¿Que dices?. La esclavitud hace siglos que fue abolida. Te pagaré un sueldo, tampoco es que pueda pagarte mucho, y aquí tendrás casa y cobijo para ti y para los niños, siempre.
Vivieron juntas diez años. Los niños crecieron felices y se hicieron adolescentes.
Aquella negra mañana habían salido para ir al notario. Amparo había decidido hacer heredera a Marisa.
__Quiero que esta casa y todo lo que tengo que no es mucho mas, sea para ti y los niños. Yo solamente tengo un sobrino que ya sabes que vive su vida y no lleva buen camino. No protestes, la decisión esta tomada. Prefiero que me acompañes al notario, pero si no vienes es igual. Haré con lo mío lo que me parezca mejor.
__Te acompaño solo hasta la notaría. Tu entras sola y haces lo que te de la gana. Yo voy a hacer unas compras y luego te aguardo en la cafetería de enfrente.
Se sentó al lado del ventanal para ver llegar a Amparo. La vio salir, aguardar en el semáforo y disponerse a cruzar cuando la luz cambió de rojo a verde. En ese momento una furgoneta de reparto a gran velocidad adelantó a la fila de coches que estaban parados y se llevo por delante a la anciana y a una joven que cruzaba tanbien en ese momento. La joven murió en el acto. A Amparo le seccionó la médula.  
Estuvo meses en el hospital. Marisa no se separó de ella ni un momento. Los médicos le hablaron de llevarla a un centro especial en otra provincia.
__No quiero ir a ningún sitio. Llévame a casa__le pidió a Marisa.
Buscó a una mujer que la ayudara para poder moverla y la instaló en la planta baja de la vivienda. Ella trasladó su dormitorio a la habitación de al lado, para estar cerca.
Después de varias semanas, cuando ya la ayudante se había ido y los chicos dormían arriba, Amparo quiso hablar con ella.
__Ayúdame a morir.
__¿Que dices, estas loca?.
__Ayúdame. No quiero vivir así. No tienes derecho a obligarme a vivir así.
__No me culpes a mi. ¿No querrás que vaya a la cárcel?
__Esa mujer que ayudó a Ramón Sampedro. No le pasó nada. La detuvieron, pero tuvieron que soltarla por falta de pruebas. Cuando lo confesó en televisión, el delito ya había prescrito.
__No lo entiendes. Yo no puedo hacerlo. No me pidas que te mate. No puedo.
__No me matas, me ayudas a morir que es distinto.
__Para mi es lo mismo
__Marisa…
__No y no se hable mas.
Amparo se lo suplicaba cada día.
__Si continuas así, te dejo aquí sola ¿Me oyes?. Cojo a los niños y nos vamos.
No volvió a decirle nada mas. Pero ella veía como el sufrimiento era cada vez mayor y como las lagrimas no se retiraban de sus ojos. Había perdido el apetito. No dormía, se pasaba las noches llorando. A pesar de los cuidados y del colchón adecuado, la espalda y los muslos se la habían llenado de escaras. No le decía nada de viva voz, pero la mirada era una permanente súplica.
Una noche su hijo mayor le había dicho:
__Mama, hubiera sido preferible que la abuela Amparo se muriera aquel día
__No digas esa cosas.
__No te enfades, es que esto no es vida. No hay derecho obligar a nadie a vivir así.
Esa misma noche se conectó a Internet y lo buscó: “maneras de suicidio”
Encontró una página de suicidas, donde lo primero era una oferta de un alemán para matarte como y donde quisieras.
__Pero, ¿esto es legal?.Como puede nadie dejar una dirección Web para ofrecer semejante cosa.
Buscó de otro modo: “cianuro potásico”. Eso fue lo que mató a Ramón Sampedro. Esta por todas partes.
Le sorprendió la facilidad para conseguirlo. En la página de suicidas ya lo habían advertido y proporcionaban, además, la excusa adecuada para pedirlo sin levantar sospechas.  Facilitaban, también, la explicación de la dosis necesaria y  de cómo se produciría la muerte.
__Es increíble.
Lo pensó durante días. Amparo cada vez sufría mas. Ella estaba totalmente a favor de la eutanasia. Pero no quería ser el brazo ejecutor. Su conciencia, posiblemente, iba a darle mucho la lata.
No tuvo mas remedio que decidirse. Fue a la página e hizo el pedido.
__Soy joyera. Lo necesito para mi trabajo.
Nadie se molestó en comprobarlo. A los dos días tenía el veneno en casa.
Esperó a que los niños se fueran de campamento. Cuando regresó de acompañarlos al autobús se lo comunicó a Amparo.
__Hazlo esta misma noche.
__Necesito tiempo para decidirme.
No durmió. A las cinco de la madrugada ya no pudo mas. Se levantó, se vistió y fue a la habitación de Amparo.
__Gracias a Dios
__¿Quieres que esperemos a mañana y que venga un cura?
__¿Para que quiero un cura, dime la verdad?
__Tienes razón.
Se acercó y le acarició la cara. Se inclinó y la besó muchas veces.
__Amparo, te quiero igual que a una madre, ya lo sabes. Hago esto porque no puedo verte de esa manera. No puedo soportar esa mirada suplicante, no…
__Lo haces porque yo quiero que lo hagas. Es tu obligación. Es un acto de amor y de compasión. Y no te pongas melodramática, ya sabes que no lo tolero. Si puedes, quédate conmigo hasta el final, pero si no lo soportas, no es necesario.
Salió de la habitación. Trajo el veneno preparado como le habían indicado. Sin que le temblara la mano levantó la cabeza de Amparo y con la otra le acercó el vaso con la paja a los labios.
Estuvo acariciándola hasta que murió. Tardo cinco minutos. Tuvo alguna convulsión pero la agonía no fue difícil.

Varios meses después, cuando ya había logrado un entente con su conciencia, tuvo una llamada telefónica.
__Marisa soy Gloria, me gustaría que vinieras a verme.
Gloria era la mejor amiga de Amparo. Le contó que estaba desahuciada.
__Tengo un cáncer de páncreas. Ni siquiera me operan. Me han dicho que la agonía será larga. Cuando empiece a perder facultades, quiero que hagas algo por mi. No tengo familia cercana. Te entregaré en mano una buena suma de dinero, para no levantar sospechas.
Salió dando un portazo.
__¿Pero que se habrá creído esta, que soy el matón de la mafia?
Volvió a visitarla semanas mas tarde. La enfermedad la estaba matando lentamente, pero de forma inexorable. Tenía dolores terribles que ninguna droga era ya capaz de calmar.
__¿Cuando quieres que lo haga?.
__Ahora mismo. Tengo aquí el dinero.
__No quiero dinero. Lo hago porque no quiero verte así.
Estuvo con ella, hasta el final. La agonía fue menor que la de Amparo.
__Espero que esto no se convierta en una costumbre. No quiero ser el ángel de la muerte. No me extraña que para algunos esto sea un oficio.
Nadie volvió a llamarla nunca mas.

Pasaron los años. Los chicos se habían marchado a la universidad. Ella llevaba una vida tranquila y discreta. Un día llamaron a la puerta a horas intempestivas. Cuando abrió, a pesar del aspecto que tenía, le reconoció de inmediato.
__Hombre, a buenas horas. Vaya viaje tan largo. ¿Te han secuestrado piratas o algo así?.
__¿No me invitas a pasar?
__Adelante.
Le preguntó por los hijos. Se alegró de que le fuera tan bien en la vida, le dijo que estaba enfermo, muy delicado del corazón, y le comunicó sus intenciones.
__Vengo a vivir aquí contigo y los niños hasta que me llegue la hora, que será pronto.
__¿Ah, si?. Mira que bien.
__Creí que me guardarías rencor.
__Como se ve que no me conoces.
Le invitó a cenar y luego en el café le disolvió todo el veneno que le había sobrado.
__Espero que no esté caducado
 Esta vez no fue por compasión. Fue porque se lo tenía merecido. El muy cabrón.
__Perfecto__se dijo cuando regresó al comedor y comprobó que había muerto.
__Mañana entierro.


Cuento de Navidad



Viajaban hacinados en la bodega de un enorme carguero, vetusto y desvencijado que surcaba renqueante todos los océanos conocidos  y algún que otro mar por descubrir, con bandera de Panamá, capitán griego y tripulación coreana en su mayoría.
Ella iba apretujada con sus hermanas sin moverse del sitio que les había correspondido, expectantes y temerosas ante el incierto futuro que les esperaba en Europa, el lugar de  destino. Sabían que el viaje terminaría para todas y cada una en alguna casa o en algún establecimiento, pero no sabían nada mas. Desconocían la función que les correspondería, si es que tenían alguna, e ignoraban si serían bien o mal consideradas y por consiguiente bien o mal tratadas. El futuro era muy incierto, pero en China no había sitio para tantas. Nacieron para emigrar.
A el le pasaba exactamente lo mismo. Pero era mas práctico, así que para animarse un poco el viaje, decidió ligar. Y se fijó en ella, porque era un poco mas alta y sobresalía del resto de las que le pillaban mas cerca. Se dedicó a hacerle la corte con descaro. Ella se resistió al principio, pero al fin sucumbió a su insistencia y se dejo llevar.
Fue un viaje inolvidable. Aunque navegaron un mes dando casi la vuelta al mundo, pillaron alguna galerna de cuidado, hubo un incendio a bordo y estuvieron a punto de ser apresados por piratas, el amor superó todos los tedios, todas las zozobras, todos los pánicos, todos los sobresaltos y cuando llegaron a buen puerto la certeza de la inevitable separación les causó el mayor dolor que jamás creyeron fueran capaces de experimentar. Nunca habían imaginado que se pudiera llegar a sufrir de ese modo.
Trataron de pasar inadvertidos para conseguir continuar a bordo, aunque el futuro fuera mas que incierto. Podía acontecer que al ser descubiertos la tripulación les arrojara por la borda en alta mar, sin miramientos. Pero, por lo menos morirían juntos. Era preferible a vivir separados sin volver a verse nunca mas.
No hubo suerte. Fueron desembarcados como todos los demás, llevados a un lugar de espera y conducidos mas tarde a sus respectivos lugares de exposición donde serían elegidos por sus futuros dueños. Casi no tuvieron tiempo de despedirse. Ella evitó mirarle, mientras el la contemplaba, confiando en un postrer milagro, hasta que dejo de verla.
Llegó diciembre. No había vuelto a tener noticias de ella. A su lado en la tienda estaban algunas de sus hermanas, pero ni rastro de su enamorada. A los pocos días, fue elegido, llevado a una casa y colocado en lo que parecía ser la estancia principal, justo al lado del Belén. En el barco había visto muchas figuritas como aquellas y había escuchado que el niño hacía milagros.
__Encuéntrala y tráemela aquí. Haz algo por un compatriota. Tu estás con tus padres y con tus animales, pero yo estoy sólo y triste sin ella. Compadécete de mi. Al fin y al cabo somos chinos los dos.
Llegó Nochebuena. El contemplaba, en el salón, como terminaban de colocar a sus pies,  los regalos para la mañana siguiente.
 De pronto ¡oh milagro!, la dueña de la casa entró con ella en brazos y la colocó a su lado, sobre la mesa, retirándose unos pasos para comprobar el efecto. Precioso, se dijo, mientras salía de nuevo.
Después de haberlo pedido tanto, no podía creérselo. Temblaba por la emoción y las manzanas de resina roja que le servían de adorno, tintineaban como campanillas.
Se volvió hacia ella maravillado.
__Soy yo, le dijo. Soy yo ¿no me reconoces?
Ella miraba en derredor con curiosidad, cuando le escuchó preguntar. Ni siquiera le había visto.
__¿Estás seguro?
__Naturalmente.
__No se, es que…
__¿Ya me has olvidado?__ preguntó con tristeza.
__No. Es que te noto cambiado.
__Claro. Es por todos estos adornos que me han puesto. Pero mira soy yo__ dijo tocándola__pincho como siempre.
Ella se sorprendió.
__¿Cómo me has reconocido?

__Tienes los pétalos mas anchos y uno de cada tres tiene la punta doblada hacia abajo. He comprobado que el resto no. He visto muchas en todo este tiempo. Pero no hay otra Flor de Pascua de tela de plástico igual que tu.
Ella se quedó pensativa. Tal vez fuera él. Tal vez, pero es que a ella todos los abetos le parecían iguales. De todos modos, iban a pasar mucho tiempo juntos, porque había escuchado decir a la dueña, que luego, nada de tirarlos, se iban al trastero y servirían de nuevo para el próximo año. Que había que ahorrar. Así que le sonrió y asintió sacudiendo sus rojas brácteas con sensualidad.
El dio un respingo. Alguna manzana se vino al suelo. ¡Que buena suerte habían  tenido después de todo!. __Gracias, gracias__le dijo al niño del Belén.
El niño le guiñó un ojo con malicia.
Ella suspiró resignada. Nunca mas volvería a ver al Papa Noel con el que había ligado en la tienda. Pero bueno, mas vale algo que nada. A lo mejor el próximo año ella también tenía suerte…
Miró al niño del Belén y recordó haber escuchado que hacia milagros.
__Ya hablaré contigo mas tarde__ le dijo resuelta, apuntándole con uno de sus pétalos sin doblar.
__Vas lista__ se dijo el niño bostezando, harto ya de tanta cháchara.__ Aborrezco a Papa Noel. No hay sitio aquí para los dos. ¡Te fastidias!.
Y se quedó dormido tan contento.



FELIZ NAVIDAD

El hombre lobo de la isla de los cuatro bosques



Le gustaba viajar en dirección al sol, por eso aquella tarde cabalgó hacia el oeste, aun sabiendo que el camino terminaría forzosamente en el mar tras una hora de viaje mas o menos.
    Vivir en una isla pequeña es lo que tiene.
   Aunque no todo eran inconvenientes. Muchas veces, sobre todo cuando se encaminaba al este, podía regresar a dormir a casa. De ese modo viajar resultaba económico, teniendo en cuenta que se sabía la isla de memoria y en los viajes casi nunca topaba con novedades.
Sin embargo, cuando como hoy partía hacia poniente tenía, por fuerza, que pernoctar en destino, porque regresar de noche no era aconsejable. Lo aprendían desde pequeños. Vivir en una isla donde en cada bosque hay un bandido desalmado, feroz, hambriento  y armado hasta los dientes, es lo que tiene.
   Los cuatro bandidos que tenía la isla, estaban hambrientos porque los bosques eran poco extensos y ellos, tras años de vida montaraz, ya habían devorado todo lo comestible que contenían, aves nocturnas incluidas. Así que cuando viajabas cruzando la foresta, siempre de día, en grupo y con escolta armada, no escuchabas ningún pájaro cantar, ni te saltaba al paso liebre alguna, ni se adivinaban animales al acecho  o a resguardo tras una mata de espinos, ni pendían frutos de los árboles, ni tan siquiera las zarzas tenían moras. Todo se lo habían devorado los bandoleros.
Cuando apareció el hambre, trataron de acercarse a los pueblos a por comida, pero cada bosque contaba con su respectivo guarda que jamás se internaba en la espesura, por si acaso, y aguardaba en las inmediaciones a que su bandido asomara la punta de la perilla para descerrajarle un tiro o mejor dos, si se dejaba.
   De este modo los forajidos estaban cada vez mas delgados y eran cada vez mas voraces.

   En un pasado reciente, el bandido del bosque del este, que era el mas próximo a la costa, se había aventurado a acercarse a la playa para pescar algo o por lo menos recoger alguna cosa de valor que el mar hubiera acercado a tierra. Por culpa del hambre estaba dispuesto a trasmutarse en traficante o en cambiador, según  se terciara. Pero la isla estaba tan aislada en medio del océano que sólo arribaban con las mareas huesos de ballena, con tanta profusión, que la gente los ignoraba hartos de fabricar adornos y armas con ellos. Tampoco la pesca le fue favorable. Entre las rocas solamente nadaban morenas, mas voraces aun que ellos. Lo había comprobado cuando una le llevó, de un bocado, media mano derecha. La otra media fue pasto para la gangrena y el mismo se la amputó de un tajazo con su alfanje, antes de que le comiera todo el brazo. Aparte de a disparar con la zurda, aprendió que los tiburones, aunque sean pequeños, son muy peligrosos.
   Los otros tres bandidos conocedores de los hechos, no intentaron salir de la espesura ¿para que?
Al que campeaba por el bosque del norte hacía ya tiempo que no se le veía, ni se le escuchaba, ni se le olía. Jamás se había lavado. Tal vez se lo devoró la mugre, sentenció el guarda, pero continuaré patrullando, por si acaso. Y porque, de lo contrario, perdería el empleo.
   Sin embargo, el bandido del bosque del sur que era el mas joven de todos, sentía además de hambre,  la necesidad de visitar el “Afrodita” lupanar equidistante entre el pueblo y su bosque; pero sin dinero era ocioso aventurarse a salir siquiera de su escondite. Llevaba días observando que nadie visitaba el local ni de día, ni menos aún de noche.
   Me acerco, entro, encañono a las mozas, elijo una, me la traigo, me hace el trabajo y luego, la dejo ir. No tienen porqué tomarlo a mal.
   Se acercó al atardecer. Ni siquiera habían colgado el farol a la puerta. No era necesario. Había luna llena. O nueva. Eran visibles desde bien lejos. Cuando estaba a un paso del primer escalón, un aullido prolongado le hizo detenerse en seco.
   Mierda, el hombre lobo. Corre, corre, no sea que te descubra. Corre y súbete a un árbol. Ponte  a salvo. Mierda. Por algo no venían clientes.
   Y es que, para abundar en la desgracia, desde hacía unos cuantos meses había aparecido un licántropo en la isla.  Había transcurrido, por lo menos, un siglo desde que al último lo devorara un oso, cuando todo el centro de la isla era una sola masa forestal densa y frondosa.. Hoy en día ya no había osos, pero en cambio había reaparecido el hombre lobo. Siempre hay sucesos desagradables.
Así que nadie debería viajar de noche solo ni por los montes, ni por los escarpados caminos  costeros, porque el licántropo atacaba en cualquier lugar, a cubierto o a cielo raso. Pero para temer al lobishome  se necesitaba que hubiera luna llena o ¿era nueva?, bueno se necesitaba luna redonda. Entonces había peligro; si la luna era una hoz, no, pero si como hoy era un plato, mejor quitarse de en medio.
   El bandido del bosque del oeste iba a comprobarlo esta misma noche.

   Cuando a nuestro viajero amigo del sol, le comunicaron la aparición del nuevo hombre lobo y le advirtieron del asunto de la luna anduvo un tiempo perplejo y taciturno: Nunca había sabido distinguir la luna llena de la luna nueva y no quería preguntar, no fuera que lo tomaran por tonto y dejaran de comprarle los relojes de arena que fabricaba y que eran su sustento.
   Ser pobre es lo que tiene.
   Además, el también tenía problemas cuando había luna llena ¿o era con la nueva?
Otra gente sufría dolores en las articulaciones cada vez que cambiaba el tiempo; a el le atormentaban cuando cambiaba la luna. Padecía unos dolores desgarradores, como si se descoyuntara. Es lo que les sucede desde siempre a los séptimos hijos nacidos después de mellizos y que se quedan dormidos alguna noche, desnudos bajo la luna llena o la luna nueva. Eso le había advertido su abuela: En tiempos venideros, tendrás muchos problemas cuando llene la luna. Y él se había resignado.
   Es lo que tiene ser tan sufrido.

   Esa tarde, el caballo iba cada vez mas lento; a este paso, la noche les encontraría antes de llegar a poblado. Esto sucedió, en efecto. Cuando llegó al pueblo las barcas estaban todas en tierra, las redes tendidas sin terminar de coser y las casas cerradas a cal y canto, pese a que la luna alumbraba como si fuera el sol. Ni que decir tiene que no había un alma por la calle.
   Claro, se dijo, es la luna del lobo. Y ahora ¿Qué voy a hacer? Ni se molestó en acerarse al hostal. Desde hacía un buen rato le dolía todo el cuerpo, las manos se le estaban agarrotando. Es de llevar tanto tiempo agarrado a las riendas. No tendré mas remedio que regresar. Tuvo que apearse del caballo. Los pies ya no se sujetaban dentro de los estribos. El animal pareció aliviado y se alejó al trote. ¿Dónde vas? Vuelve. Vuelve. ¿Será desagradecido? Me ha dejado aquí tirado, no puedo creerlo. Y ahora que hago, ¿por donde regreso? Dios, que dolor. Le picaba todo el cuerpo. Cada vez que le sucedía algo así, terminaba por ponerse a cuatro patas. Era lo único que le aliviaba. Los primeros pasos resultaban torpes, pero  a medida que caminaba se iba notando mas ligero y cómodo en la nueva postura, hasta que se daba cuenta de que era capaz de correr tanto o más que el caballo. No te necesito descastado, le gritó mientras le adelantaba. El animal, resoplando nervioso,  ya se  había internado en el amenazante bosque y el lo siguió decidiendo, sobre la marcha, fiarse del instinto de su montura.
   Los animales tienen mucha perspicacia.

   Le olió enseguida: olía a bandido. ¿A que otra cosa podía oler, si por la noche no hay nadie mas en el bosque? Sintió crujir las hierbas a su derecha en una carrera que pretendía ser sigilosa y que tal vez lo fuera para otro que no tuviera el sentido del oído tan desarrollado. Aunque alumbraba la luna llena o nueva, el bosque era muy tupido en aquella zona y la luz no penetraba. Los pasos se detuvieron unos metros por delante de el. De pronto, una sombra saltó a la calzada y aguardó agazapada y acechante. Cuando la tuvo de frente optó por detenerse también y esperar. En buena ley, no sabía que otra cosa podía hacer. Levantó la cabeza. Notó como las orejas se apuntaban y se movían hacia delante. El bandido lo vio en ese preciso momento, lanzó un alarido de horror y salió a galope, desapareciendo  por el mismo sitio por donde había aparecido.
   Que raro, se dijo, tampoco debo ser tan feo. Bueno, mejor así. No tengo ganas de morir esta noche. Continuó, no obstante, la vertiginosa carrera hasta su casa. Entró y atrancó la puerta. Pensó que no volvería a ver a su caballo y se sorprendió cuando le oyó trotar y dirigirse al corral. No salió, porque cuando estaba llegando, media hora antes por su reloj de arena, escuchó al guarda de la zona lanzar alaridos: el lobishome, el lobishome, antes de que un disparo le rozara la pata trasera izquierda. Como para volver a salir de casa. Había tenido mucha suerte esa noche. Había escapado del bandido, del hombre lobo y del guarda. Mientras permanecía tumbado y fatigado en el suelo de la cocina contemplando la luna a través de las ripias del tejado, pensó en el susto del bandido cuando lo tuvo delante. Jamás se lo hubiera imaginado. Si lo contaba seguro que nadie le creería. Así que para que molestarse. Sin embargo se sintió tan contento que aulló de alegría. Un aullido limpio y prolongado que heló la sangre de nuevo al bandido del bosque del oeste  y a todo el que lo escuchó en la noche silenciosa del licántropo en la que nadie dormía ni se sentía a salvo. Nadie, excepto él.
   Ser hombre lobo es lo que tiene.