Egilona



Fue la esposa de don Rodrigo, el último rey visigodo de Toledo. Egilona nació y murió en Sevilla (659-718).

Cuando muere Witiza (hay quien dice que asesinado por Rodrigo), sus partidarios nombran rey a su hijo Agila de 10 años. Pero el resto de la nobleza visigoda, temerosa de que el niño sea manipulado por sus parientes, se reúne en el Aula Regia y elige rey a don Rodrigo, duque de la Bética. ( Como se ve la monarquía era entonces electiva). El otro bando se levanta en armas y se inicia una nueva guerra.
Entre tanto don Rodrigo casado con Egilona, dama bellísima, a la ponía los cuernos constantemente, se encapricha de la hija del conde don Julián, Florinda, a la que su padre gobernador de Ceuta, había enviado a Toledo para que se educara en la corte.
Ceuta pertenecía al imperio Bizantino, pero mantenía excelentes relaciones con la monarquía visigoda para contener el avance arabe.

Don Rodrigo acosa a la joven Florinda, quien no le hizo ningún caso, hasta que un día el rey desesperado, “abusa torpemente de su honestidad”. O sea, que la viola.
Don Julián monta en cólera, no es para menos, y propicia la invasión musulmana de la Península, poniendo sus barcos a disposición del gobernador Muza, para cruzar el Estrecho.
Egilona estaba al corriente de los hechos, pero no pudo darle su merecido, ya que aunque exigió venganza, los acontecimientos se precipitaron y el rey muere en la batalla de Guadalete. Supongo que previamente a la invasión, la reina habría tenido tiempo de cantarle las cuarenta y darle con la corona en los morros o tirársela a la cabeza o lo que hicieran en aquellos años las reinas con sus consortes machistas.
Tras la muerte del rey, Egilona se refugia en Magacela, reinando sobre una fiel corte.
Su intención era llegar a Asturias, pero el rápido avance no le dio ocasión.

"….No cures llorar mi muerte,
No cures llorar tu estado
Procúrate de esconder
Allá en lo mas apartado,
Vete luego a las montañas
De aquel reino asturiano….
"

Resiste valientemente el empuje musulmán hasta que se ve obligada a entregar las llaves del castillo al emir Abb al Aziz Ibn Muza, quien se enamora de ella y le propone matrimonio, tratando de atraer con ello, además, a la nobleza visigoda. Egilona acepta tras prometerle el emir que respetará sus creencias religiosas. Se casan en el 712.
Abb al Aziz cumplió su promesa y cesaron las persecuciones a los cristianos. Este modo de proceder despertó las sospechas de algunos árabes fanáticos que le fueron con el cuento al califa Soleimán, insinuando que, probablemente, el emir planeara convertirse al cristianismo.
El califa envió a Sevilla a cinco oficiales dispuestos a acabar con la vida de Abb al Aziz. Se enteró Egilona por una confidencia y rogó a su marido esconderse hasta poder reunir un ejercito y hacer frente a los descontentos y persecutores. El emir no quiso hacer caso del peligro y los sicarios le decapitan, enviando su cabeza al sultán cubierta de sal. Sólo hacía dos años que se había casado con Egilona.

Doña Jimena, infanta de Asturias


Fue hermana de Alfonso II, llamado El Casto en aquel tiempo, hoy lo llamarían otra cosa. Aunque en el Oviedo de la época estaban empeñados en decir que se había casado en secreto con una hermana de Carlomagno, lo cierto es que se obstinó en mantenerse “single”, casto y supongo, que puro. Esta dinastía tuvo una cierta obstinación con el celibato, tanto en clérigos( lo que les costó no pocos disgustos), como en reyes.

Doña Jimena nació en Cangas de Onis. Hija del rey Fruela y de la vascona Munia. Cuando los nobles asesinan a su padre, su tía Adosinda, la envía junto con Alfonso al monasterio lucense de San Julián de Samos, donde recibe protección y educación.

Dicen que siempre demostró inclinación religiosa o al menos eso pretendía hacer creer, ya que en cuanto tuvo ocasión se lió la manta a la cabeza y se enrolló con el conde de Saldaña, Sancho Díaz, que era, siempre según los gustos de la época, guapo mozo.
Alfonso desconocía la relación a pesar de que habían llegado a desposarse en secreto y tenido un hijo ( “ De las veces que se vieron__la infanta quedó preñada”).

Un pretendiente rechazado y despechado pone en aviso al rey, quien con un ataque de cólera, irrumpe en los aposentos de Jimena y la sorprende con el conde en pleno acto amatorio. El rey casto irritadísimo, encierra de por vida a Sancho en el castillo de Luna en León, después de ordenar sacarle los ojos. ¿?. A Jimena, no podía ser de otra manera, la obliga a profesar en el convento de las benedictinas de Avilés del que fue abadesa.

Prohíja al niño, sin saber que era hijo de su hermana y lo cría en la Corte, dándole una esmeradísima educación.
El rey casto, sin hijos, alimentaba planes de sucesión a través de su hermana y su deshora con el conde Sancho dio al traste con ellos; por eso lo pagaron tan caro.

Alfonso tenia buen rollo con Carlomagno. Ambos libraban escaramuzas continuas con los musulmanes y apoyaban el Tratado Apologético de Beato de Liébana contra el adopcionismo de Elipando de Toledo ( resumidamente: Cristo es como Dios, hijo del Padre y como hombre, hijo adoptivo de Dios). Alfonso pretendía, con el visto bueno del francés, romper con la iglesia toledana y convertir a Oviedo en la única sede hispana reconocida por Roma. Esto añadiría al poder político, autoridad religiosa que se vería reforzada cuando se descubre el sepulcro del Apóstol Santiago.

No obstante Alfonso no fue tan permisivo con su hermana como dicen que lo era Carlomagno con sus hijas, a las que no permitió casarse para que no hubiera subramas dinásticas, pero a las que si toleraba concubinos a los que honraba, lo mismo que apreciaba a sus hijos bastardos. Dicen que había bastante desenfreno en la corte carolingia. Su hijo Luis, cuando llegó al trono las hizo profesar a todas ( que manía).

Cuando creció Bernardo y se enteró de quien era hijo, rogó a su tío que liberase a su padre. Para ello el rey le somete, a semejanza de Hércules, a numerosas pruebas guerreras. Pero Alfonso había jurado meterlo en prisión de por vida y no podía faltar a su juramento, por lo que el conde Sancho muere en la cárcel leonesa.
Asi que Bernardo del Carpio harto ya y buscando la muerte, se rebela contra su tío y contra Carlomagno, aliándose con los moros y derrotando a los franceses en la mítica batalla de Roncesvalles. Esto ya no se sabe muy bien si es leyenda o realidad….Lo que se sabe es que no consiguió su propósito suicida, ya que murió a los 88 años, que para la época era una longevidad record.
Reinando Alfonso III negocia con él, para que libere a su padre a cambio de entregarle las llaves de su castillo, con traición incluida por parte del rey. Pero el conde Sancho ya había muerto. En consecuencia, Bernardo, manda traer a su madre del convento y la desposa con el cadáver del conde. Estaba muy rebotado porque siempre le llamaron bastardo.

Supongo que Jimena estaría de acuerdo. De lo contrario y ante semejante truculencia pensaría ¿ pero que hice yo para merecer este hermano y este hijo?.

El termitero invasor





Había mucha agitación en el termitero. Los exploradores acababan de regresar y traían buenas noticias. Aunque no era visible desde la colonia, a no demasiada distancia se levantaba una mansión con entramado de madera como las de antes (desde que los edificios se construían con vigueria de forja, puertas y ventanas de aluminio y muebles de acero, las termitas de la zona comenzaron a pasar hambre, sin excepción, y algunas comunidades habían desaparecido). Enviaban exploradores que regresaban desanimados o no regresaban. Pero esta vez era diferente.
No habían sabido disimular la alegría y casi todo el termitero lo supo antes que la reina. Esta lo comprendió. A pesar de que, dadas las circunstancias, había tenido que tomar decisiones duras y difíciles, era bastante benévola y comprensiva.
__¿Que habéis encontrado?
__Un caserón como los de antes, majestad.
__¿Estáis seguros?
__Completamente, señora. Hemos probado las vigas y las puertas y los suelos….
__¡Hay suelos de madera, hay suelos de madera!__dijo el termitero a coro.
__Callaros, callaros, dejadlos que continúen.
__Además la casa tiene una cosa…__dijo uno de los exploradores, con rebuscado misterio.
__Venga dilo, venga dilo___Exclamó el termitero otra vez a coro.
__Habla, por favor, no nos tengas en ascuas__apremió la reina
__Hay…. una biblioteca inmensa. Varios niveles de libros. De todos los estilos y de todas las épocas.
Se hizo un silencio expectante, seguido de una explosión de alegría. Toda la colonia comenzó a saltar y a gritar a al vez, provocando que las paredes del termitero casi se vinieran abajo.
__Libros, libros, libros, libros….
__Un momento, __dijo la reina__un momento. ¿ Quien vive en la casa?. No será un sitio de esos en los que los humanos van a leer en silencio, porque se nos oye comer y eso significa nuestra muerte segura.
__Lo hemos comprobado. Por eso hemos tardado en regresar. Solamente vive un humano. Está poco tiempo en casa. Cierra y se va durante días. La casa esta calentita y húmeda….
__¡Calor y humedad, calor y humedad!
__!Silencio de una vez!. ¿Estáis seguros?
__Segurísimos
__Muy bien__dijo la reina__General, proceda.
__Con su permiso, majestad. Capitán, disponga una avanzada para confirmar que están en lo cierto. Después procederemos al traslado.
La estructura militar termitera era simple: general, capitán y el resto, tropa.
Un escuadrón de termitas, formado por obreros y soldados, que avanzaban en los flancos por si se encontraban con hormigas, se deslizó por el túnel que habían excavado los exploradores, llegó a la casa y comprobó, punto por punto todo lo que éstos habían referido. Los suelos estaban riquísimos, pero lo mejor eran los libros ¡qué libros, que buena pinta!. Con el hambre que habían pasado ahora se iban a resarcir de sobra.
Los obreros ampliaron los túneles y toda la colonia, constituida por tres millones de individuos voraces y hambrientos, se trasladó a la casa.
Deberían de haber comenzado por las vigas y las puertas pero tenían tanta hambre que se fueron directas a la biblioteca. La reina se lo consintió. Había tantos libros…
__¿Que estás comiendo?__preguntó una termita a su compañera.
__Literatura moderna.
__Déjala. Yo he encontrado libros de hace siglos. Estos si que saben bien.
Uno de los soldados las vio alejarse y se fue tras ellas.
__¿Que es eso que estáis comiendo?
__Incunables
__¿Incunables?. ¡No des ni un mordisco mas!
Se fue y regresó al poco con el general. Este se dirigió a las dos termitas
__LOS INCUNABLES SON PARA LA REINA. Escupe aquí lo que tienes en la boca. ¡Escúpelo!
Capitán: despliegue alrededor un batallón de soldados; que nadie toque los incunables.
__Señor, una colonia de polillas pide permiso para comer también. Han tenido muchas bajas por el hambre…
__Muy bien. Deje que coman algo. Mire a ver si hay literatura centroeuropea o rusa. Nosotros no la digerimos bien. Póngalas a comer ahí.
__A sus ordenes.
El general se dirigió a llevar la selecta comida a la reina.
__Majestad, mire lo que hemos encontrado
__Oh, incunables. Cuanto tiempo…. Que amables los humanos, nos dejan la comida almacenada y el ambiente ideal para nosotras. No se por que les tenemos manía….
__Cuanta ingenuidad, parece mentira que sea la reina__pensó el general mientra se retiraba para ver que estaba haciendo la tropa, de la que no se fiaba ni un pelo.

El eco del bosque


Era la morada perfecta para mi. Separada varios kilómetros del pueblo mas cercano y en plena naturaleza. En concreto en las lindes de un bosque selvático, reserva de la biosfera, donde no esperaba ser molestada por nada ni por nadie.

La casa era una cabaña de piedra muy bien restaurada, a la que se accedía por una carretera de montaña bastante sinuosa, con una finca alrededor que llegaba hasta el bosque. Sin cobertura para el móvil. Genial.
Allí me instalé en el otoño con mi perro y mis dos gatos, dispuesta a pintar sin descanso y tener todo a punto en la primavera, para la gran exposición de Nueva York. Contraté en el pueblo los servicios de un lugareño para aprovisionar a la cabaña de leña y para tener el prado, por el que yo pensaba dar largos paseos, segado y limpio.

Los primeros días no pinté en absoluto; prefería contemplar la naturaleza que se mostraba en mi horizonte con toda su generosidad y plenitud. Rebaños de corzos, venían por la tarde a pastar en mi prado, unos zorros aparecían por la noche y se paseaban tranquilamente por el porche. Vi jabalíes, oí aullar lobos, contemplé volar águilas, en fin pensé, va a ser imposible trabajar aquí.

Poco a poco y con bastante esfuerzo, conseguí empezar mi trabajo y organizarme. Así tuve tiempo para todo.
Con la sinfonía nº nueve de Dvorak como mi eterna música de fondo, el pincel se deslizaba al compás de las notas, del mismo modo que la orquesta obedece a la batuta del director.
Algunos críticos, los de muy mala baba, afirman que mis cuadros son siempre la sinfonía repetida con distintos colores y que los herederos de Dvorak debería cobrarme derechos de autor. Ignorantes y cabrones. Eso es lo que son.

Mi perro disfrutaba como yo, correteaba todo el día libremente y acababa la jornada rendido. Le gustaba internarse en el bosque, cosa que me preocupó en principio, pero luego comprobé como dentro de un rato regresaba sin ningún problema. Así que me calmé y disfruté.
Esto es lo mas parecido al Paraíso. Pienso repetir cada año. Que suerte he tenido encontrando este sitio.

Un mal día Thor no volvió. Vino la noche pero él no había regresado del bosque. Salí a llamarlo. Hasta ese día no me había acercado a la espesa selva que me rodeaba. Penetrabas unos metros y comenzaba a rodearte una niebla espesa, mayor cuanto mas avanzabas y de pronto, la oscuridad se volvía absoluta.
Daba miedo.
Llamé al perro. No obtuve respuesta.
La humedad y el frío se hacían sentir enseguida.
Escuché con atención, por si lo oía ladrar o quejarse. Nada. Retrocedí hasta casi el límite y volví a llamar: Thor, Thor, Thoooor. Parecía oírse, muy débil, una especie de eco. Que raro. No es mi voz.
Avancé unos pasos y volví a llamar: Thor, Thooooor. Entonces se oyó con mas claridad, aunque muy lejano, mientra notaba moverse las copas de los árboles. Era como un coro de voces susurrantes:
Si, Thor.
Pensé que había alguien en el bosque mofándose de mi y me pareció de mal gusto e incluso peligroso, así que corrí hacia la casa. Llamé y recogí a los gatos y atranqué las puertas. Esa noche no logré dormir.
El perro jamás regresó.
Al día siguiente se lo comenté al lugareño de nombre Fermín.
Hay muchos animales en el bosque, es lo mas normal que no volviera. Del asunto del eco se rió abiertamente. ¡Ay, esta gente de ciudad!.
Pasó una semana y no conseguía olvidarme de mi perro. Mira que si anda perdido por la espesura. Deduje que en ese tiempo ya algún animal salvaje habría dado buena cuenta de él. Los ojos se me llenaron de lágrimas. ¡Pobre Thor!. Confío en que no haya sufrido.

Después de siete días de tranquilidad, en las dos noches siguientes desaparecieron los gatos. Ni rastro de ellos. Nunca volvieron.
No se preocupe, esto está lleno de alimañas. Yo creo que duraron demasiado.
Así me consolaba Fermín.
Ya había segado el prado y traído un par de cargas de leña con el tractor, pero quiso ir a por una tercera.
El invierno va a ser muy frío. Vendrá bien la leña.
Estuvo toda la tarde en el bosque. Se hizo de noche y no volvió.
Llamé a los guardas. Vinieron, se adentraron y lo llamaron. El silencio era total. El bosque a esas horas no tenía ni un sonido. Es extraño, porque yo he oído berrear a los corzos, aullar a los lobos, ladrar a los zorros, silbar a los búhos…
Ni rastro, tampoco del tractor.
Se habrá despistado. Volveremos mañana en cuanto amanezca.
Volvieron reforzados por la guardia civil. Yo quise acompañarles. Uno de los guardias me permitió ir con él.
Llegamos hasta donde se espesa el bosque. Allí llamamos: Fermín, Fermín, Fermiiiiiiiin.
Pareció escucharse un eco muy lejano. ¿No ha oído?. Lo mismo es él.
Si es él, los otros le escucharán. No se preocupe. Están acostumbrados a buscar gente perdida por ahí.
No lo encontraron. Ni ese día, ni al siguiente que vinieron con mas efectivos. Ni una pista, ni del tractor tampoco.
No parecieron extrañarse mucho, lo cual me resultó chocante. Pero como la policía nunca es muy explícita, quedó dentro de lo razonable.

Pasaron unos días. Yo, todas las mañanas lo primero que hacía nada mas levantarme era mirar, para ver si había regresado, herido quizá.
Esa mañana el corazón se me puso a mil.
Estaba el tractor.
Justo en la linde del bosque. Me acerqué corriendo. De Fermín ni trazas.
No tiene gracia, no tiene ninguna gracia, dije a voz en grito como una loca.
Después de mirar hasta debajo del tractor y luego de dudarlo bastante, me interné en la selva hasta la espesura y allí llamé de nuevo:
Fermín, por favor. Fermín, Fermiiiiiiin.
Lo volví a oír. Igual que con Thor. Un eco, como un coro muy lejano, mientra las copas se agitaban, repetía ahogadamente:
Si, Fermín.
Con el pelo de punta, eché a correr hasta la casa, cerré y llamé a la guardia civil.

Empolvaron el tractor buscando huellas. Estaban las de Fermín, las de su mujer, las mías y ninguna mas.
Se lo llevaron. Fermín no apareció.
Ya en la casa, el teniente me sugirió instalarme en el pueblo para pasar el invierno.
Ni lo sueñe. Voy a quedarme aquí. No pienso pisar el bosque, no se preocupe.
¿Tiene un arma?.
Si, en la casa hay una escopeta de caza.
¿ Sabe utilizarla?.
Si, uno de mis maridos era cazador. Con él aprendí.
Ponga unas luces sensibles en el perímetro de la casa. Si aparece algo, se encenderán y estará prevenida.
De acuerdo.
Instalé unas, bastante altas, con célula fotoeléctrica y sensor de movimiento y calor. La luz se encendía al anochecer a un nivel bajo y, si detectaba movimiento o calor, aumentaba la intensidad a su máximo nivel.
El instalador sugirió colocar el sensor al mínimo.
Si ponemos mas, un simple zorro hará que aumenten la intensidad. Tiene que acercarse algo mas grande para que funcionen.
Al teniente le pareció demasiado poco, pero lo pusimos así.
Busqué la escopeta. Era un modelo artesanal y caro Holland & Holland, de doble seguro.

Comenzó a nevar. Nevó todo el día y toda la noche, hasta alcanzar un espesor considerable. Tenía las estufas de leña a tope. Había suficiente combustible. Fermín había traído de sobra. ¡ Pobre Fermín!. Pensaba mucho en su mujer. Sin saber que habría sido de él. Sin haber podido recuperar ni siquiera el cuerpo.

Bastante elevadas sobre la nieve, las luces cumplían su función. Hasta ahora habían permanecido en su nivel bajo. Tanto fue así que me olvidé de ellas.
Seguía pintando a muy buen ritmo. La vida volvió a la normalidad. Lo sucedido habían sido unos desgraciados accidentes y el eco del bosque, una ilusión acústica imposible de explicar por mi, que, como decía uno de mis ex, sólo se pintar y gracias.

Una noche, estaba sentada en el salón tomando café al lado de la estufa y con la luz apagada, cuando me dí cuenta que las luces brillaban con toda intensidad.
Dejé la taza , cogí la escopeta y me acerqué a la ventana . No vi a nadie. Observé bien sobre la nieve. Nada, pero las luces estaban a tope. De pronto, bajaron.
Tenía el corazón en la garganta. Esperé un buen rato atenta al menor rumor. El silencio era total. No vi ni oí absolutamente nada.
Me quedé dormida recostada en el sofá. Por la mañana me dolía todo el cuerpo. Salí y miré la capa de nieve. Era imposible que hubiera huellas. Estaba nevando copiosamente.
Pasaron varias noches mas sin que las luces aumentaran su brillo.
Faltaba poco para Navidad.
La víspera de Nochebuena hubo una tormenta como nunca he visto otra. La noche estuvo ininterrumpidamente iluminada. Los relámpagos y los rayos eran azules y continuos. Como si dos bandos opuestos estuvieran tenazmente ocupados en una batalla de colores y explosiones.
Se fue la luz y lo peor: el teléfono.
Ni una y otro se recuperaron para la siguiente noche. Preparé velas y busqué mas munición, por si acaso.
Revolviendo en las gavetas de la vieja cómoda donde encontré los anteriores cartuchos, una cosa llamó mi atención.
Era algo parecido a un diario. Estaba debajo de una caja de Habanos sin abrir. Lo saqué y me dispuse a hojearlo.
Si, era un diario, pero todas las hojas estaban arrancadas.
Que extraño.
Cuando me disponía a regresarlo a su sitio, distinguí algo escrito a lápiz en una esquina del interior de la tapa posterior. Estaba muy borroso. Decía algo así:
“Cuidado con el eco del bosque. Si lo escuchas sal de aquí inmediatamente. Aunque haya tres metros de nieve. Llama al 112 y di que te estás muriendo. Que envíen un helicóptero. TE LO RUEGO: NO LO OLVIDES.”
Se me encogió el corazón y el estómago. Me temblaban las piernas. Me aproximé a la vela y lo volví a leer.
Así que no he sido la única que lo oyó. Existe el eco del bosque. Y por lo visto no presagia nada bueno.
Intenté sacar conclusiones: lo escuché cuando Thor desapareció y con Fermín. Ninguno volvió. El perro puede explicarse: se internó demasiado, posiblemente siguiendo algo, y una alimaña lo atrapó. Pero ¿y Fermín? que nació y se crió aquí y conoce el bosque como su casa. ¿ Y, quien devolvió el tractor?
Pensé en hacer caso de la advertencia del diario. Dadas las circunstancias, ya no me pareció mala idea irme al pueblo. Pero hoy va a ser imposible. No hay manera de llamar a nadie.
En cuanto arreglen el teléfono lo haré. Avisaré y haré que vengan a buscarme.
No obstante, seguía muy inquieta.
Pensar en coger el auto y conducir era un suicidio. Claro que si yo no podía salir, del mismo modo, nadie podría acercarse. Eso me tranquilizó un poco.
Llegó la noche. Cené sopa caliente y me dispuse a acostarme. No podía hacer nada mas.

Antes de irme a la cama, eché un último vistazo. Estaba de pie junto a la ventana cuando, de pronto, se encendieron las luces. Di un salto hacia atrás. Por fin volvió la luz, me dije mas tranquila, mientras iba directa al interruptor.
No, no había luz.
Pero, ¿Cómo demonios…?. Apreté varias veces la llave, nada. Fui a la de la cocina. Nada tampoco.
Sin embargo las de afuera brillaban con su máxima intensidad. Al poco, se apagaron. No disminuyeron de nivel, se apagaron.
Me acerqué corriendo a la ventana.
Las luces se encendieron de nuevo, deslumbrándome. Esperé un rato….Siguieron encendidas. Escudriñé la noche y no vi absolutamente nada ni nadie.
Cogí el rifle y me senté en una silla al lado de la ventana.
Las luces se apagaron.
Cuando acerqué mi cara al cristal, se encendieron sobresaltándome.
De pronto, comenzaron a encenderse y apagarse alternativamente. Primero con pausas largas y luego a toda velocidad, como si se hubieran vuelto locas. A la vez, se oía un ruido procedente del bosque, un rumor creciente, como un viento fuerte.
Me levanté de un salto. Creí distinguir unas sombras que se movían, muchas, muchas sombras…parecían árboles que pasaban por delante de las luces a gran velocidad, en todas direcciones. O se está moviendo el bosque o se mueve la casa…
Me estoy volviendo loca. Dios, tengo alucinaciones.
¿Quien esta ahí?. Me puse a gritar. Hagan el favor de dejarme en paz.
¿Me oyen?. Déjenme en paz.
Las luces seguían con su frenética intermitencia.
Por fin se apagaron. Desaparecieron las sombras. También cesó el ruido.
Mientras apuntaba hacia la nada, comencé a gritar de nuevo.
Déjenme en paz. Déjenme en paz. Déjenme en paaaaaaaaaaz…

Lo último que escuché fue un murmullo, justo a mis espaldas, mientras una brisa movía las cortinas y hacia tintinear las lámparas.
Algo parecido a un eco de voces susurrantes repitió ahogadamente:
Si, en paz.