Crimen perfecto, desenlace




Semanas después, dos días antes de Navidad, dormía a pierna suelta en su solitaria masía, cuando le despertó una música estridente. Venía de la planta baja.
__¿Pero que collons? ¿Quién ha puesto música a estas horas? Seguro que algún amigo pelmazo me ha seguido para tocarme los huevos. Debí imaginármelo. Se van  a acordar. Sacó de la mesilla una pistola y bajo las escaleras con sigilo. El amigo tocapelotas se iba a llevar una buena sorpresa.
 Reparó en que estaba sonando una  canción de Queen.
__Que extraño, no tengo música de ese maricón de Mercury.
I want to break free
I want to break free
I want to break free from your lies
You're so self satisfied I don't need you
I've got to break free
God knows, God knows I want to break free
En el salón no había nadie, pero el CD sonaba a voz en grito. Se acercó y a medio camino apuntó para pararlo de un tiro cuando, sobre la blanca pared del fondo, desnuda lo mismo que él, se proyectó siniestra, la silueta de un hacha de verdugo en una macabra sombra chinesca.
Entonces lo comprendió.
No se lo había imaginado así. Iba a ser un poco sangriento, pero tenía lógica puesto que su matador era inglés. “Tal vez descienda del verdugo de la Torre”.
Observó como el hacha iniciaba una frenética carrera hacia su cuello, pudo notar la gélida brisa de la trayectoria y casi simultanea al golpe, surgió una pregunta que era, además, un reproche.
__¿No habíamos quedado en la noche del veinticinco?.
La cabeza se desprendió del tronco cayendo al suelo de un tajo limpio y certero. El cuerpo la acompañó dos segundos mas tarde.
__El veinticinco tengo que celebrar la Navidad con mi madre__respondió el verdugo mientras se dirigía tranquilamente a recoger el CD de Queen.


Los amigos se extrañaron de no recibir mensaje alguno el día de Navidad como les había prometido antes de la marcha. Se llamaron unos a otros intrigados primero y preocupados mas tarde.
__No debería jugar así con nosotros. No tiene gracia.
Llegó Sant Esteve y la prometida misiva no apareció por ninguna parte. Al día siguiente se reunieron para tomar una decisión.
__Deberíamos avisar a la policía.
__¿Con que motivo?.
__Pues con este. Iba a ponernos un mensaje y no ha dado señales de vida. Habría que localizarlo.
__Estará en su retiro perfectamente con algún bombón. Se habrá olvidado. O se habrá ido a algún otro sitio. Yo nunca me creí que aguantara allí encerrado como un anacoreta.
Nacho tuvo, entonces, la idea: __Conozco un hacker, le llamaré y el nos dirá como podemos localizarlo por el móvil o por el GPS.
Será muy sencillo les dijo el joven, que vivía en una buhardilla inhóspita, tenía aspecto de retrasado mental y tropezaba al hablar.
__¿Que co-oche tiene?
__Varios.
__Pero ¿con cuu-ual se fue?
__Se llevó el BMW. Hubiera sido mas lógico el cuatro por cuatro…
__Genial. Ve-eréis. Los BMW al igual que algu-na otra marca, lle-evan de se-rie un loca-aliza-dor con alarma inte-egrada. Le en-viamos un sms y el ca-acharro nos respon-de con las cooo-orde-enadas. Tiene me-emoriza-ado casi todo el te-errito-rio nacional y con-vierte las cooo-orde-enadas a PDI. Solo nece-esitamos un po-oco de suerte.
Cruzaron los dedos. En la pantalla del ordenador se esperaba que oscilara un punto rojo. Pasaron los minutos y no sucedió nada. El muchacho insistía casi con saña, pero no hubo manera.
__Ha des-conectado el loca-alizador. Es imm----posible.
Los amigos se miraron impotentes.
__No tiene ninguna gracia. Ninguna.
__Po-odría tratar de loca-alizar el lugar haciendo un barri-do ex-haustivo de la zona. Bu-uscaré una masía so-olitaria. Sería mas fa-acil si tuviera un-a foto, pero…
__Yo tengo una en el smart.
__¿Como eso?__preguntaron los amigos.
__Me la envió antes de irse.
__Perff-ecto. ¿Es el Pi-irineo catalán?.
__Supongo que si.
__Me lleva-ará su tiempo. Pe-ero la encontra-aré. Sa-aldrá caro…
__No te preocupes por el dinero. Te adelantaré algo.
Le llevó cuatro días. Encontró la masía, en donde era perfectamente reconocible el coche aparcado al lado de la casa y  algo mas que llamó su atención: un motorista que se alejaba; faltaba poco para que se hubiera esfumado bajo la arboleda. El satélite le capto por los pelos.
__Es una tía, seguro. Te digo que Joaquín trama algo.
__Mañana por la mañana nos pondremos en camino. Veréis que sorpresa…
En efecto fue una sorpresa, aunque no era la que se esperaban. Entre el espectáculo y el hedor, algunos tuvieron que salir a vomitar.
__Espero que el satélite no los inmortalice así__pensó Felipe.


Dos días mas tarde, la policía encontró en el ordenador del despacho del socio del muerto, Rodolfo Garcés, en un archivo encriptado, los correos electrónicos que había intercambiado con el sicario-un inglés que se ofrecía por Internet bajo la tapadera de una empresa de venta on line de medicamentos genéricos-así como un mapa con la situación precisa de la casa que la victima, Joaquín Mestre,  había adquirido en pleno Pirineo, donde Cristo perdió el gorro, mas una descripción detallada para acceder al lugar desde el último pueblo habitado. Así mismo figuraba el recibo impreso del pago que la esposa de la victima había efectuado con su tarjeta de crédito el día antes de que Joaquín se la cancelara.
__¿No le parece todo un poco raro?__preguntó Felipe al inspector que llevaba la investigación.
__No.
__¿Es normal que alguien contrate un sicario y deje las pruebas en el ordenador y que le paguen con tarjeta de crédito?. ¿Existe gente tan poco precavida?.
__Si.
__Pues yo no me lo creo, perdóneme usted…
__Pues cuado tenga alguna prueba de lo contrario, me lo hace saber. Pero prueba sólida ¿eh?. Que no estamos para perder el tiempo con paranoias. Por el momento el caso está mas que claro. Crimen pasional. Cuernos y sangre. Tan viejo como el mundo. Bona tarda.

Crimen perfecto



Al doctor Buscató se le hacía cada vez mas difícil notificar ese tipo de veredictos. Porque eso eran los diagnósticos cuando no había solución: un veredicto, con sentencia  de muerte. En España llevaba años abolida, pero algunos cánceres no se habían dado por aludidos. 
Su paciente de ahora era un hombre de negocios de la alta burguesía de la ciudad. Un hombre aun joven,  educado y simpático, a quien la vida acababa de jugar una mala pasada.
El doctor Buscató seguía considerando a la ciencia una necesidad filosófica, aunque hoy se hubiera convertido en un negocio, incluso para él. El cáncer, representaba como nadie, la lucha maniquea entre el bien y el mal y había sido disociado por el científico, para su gobierno,  en dos opuestos irreconciliables: demócratas y dictadores. Cuando el cáncer era un Kennedy todo iba bien. Pero el que padecía este hombre, por desgracia, era de los últimos. Un dictador fanático y feroz, un hitleriano asesino. Mas papista que el mismo papa. Un Himmler.
Le había pedido la verdad, por dura que fuera. “Tengo que dejar muchas cosas amarradas. Necesito toda la verdad, doctor”. Lo tenía aguardando en la sala de espera desde hacía un buen rato, no podía demorarse mas, aunque le doliera sobremanera la mala noticia que iba a comunicarle. Nunca se acostumbraba. Se sentía derrotado por la enfermedad y no era para  eso que llevaba treinta años investigando.
__Que fástic de malaltía__pensaba mientras abría la puerta para recibir a su paciente.


Aquel ultimo viernes de octubre, mientras degustaban cocochas en el mejor restaurante del puerto, los amigos pusieron el grito en el cielo, confiando en el fondo, que fuera otra mas de sus muchas excentricidades y que se lo acabaría pensando antes de seguir adelante con esa decisión tan visceral. Era un calentón comprensible teniendo en cuenta que su mujer lo abandonaba y que el sospechaba, tal vez  con fundamento, que la culpa de todo la tenía su socio, Rodolfo, amigo de la infancia para mas inri. No terminaban de creerse que la vida de un hombre tan inteligente y triunfador fuera a dar ese giro radical de ciento ochenta grados, por una mujer. “Con tantas como hay en el mundo y con la facilidad que tu tienes para ligar, tío”, le habían dicho tratando de hacerle entrar en razón.
__Que faena le hizo esa mosquita muerta. Cuanto mas mojigatas parecen mas putas son__fue el comentario de Nacho cuando se quedó a solas con Felipe.
 Felipe, por el contrario, no era de ese parecer. Conocía  bien a Joaquín y la decisión le pareció una cabronada  Estaba convencido de que algo oscuro se escondía tras ella. No compartía, en absoluto,  la opinión de los demás acerca de Susana_ una santa que le aguantó lo indecible, maltrato psicológico incluido- ni tampoco la teoría de Joaquín sobre la relación de ella con Rodolfo. Además se había demostrado hasta la saciedad: le había puesto varios detectives y todos concluyeron lo mismo: Susana no se veía con nadie y Rodolfo continuaba fiel su novia de siempre.
Joaquín era un hombre encantador en el trato con los demás. Un excelente relaciones publicas de si mismo. Se vendía tan bien, que era capaz de hacerte sentir lástima por el, mientras te clavaba un puñal por la espalda. Pero esto solamente lo pensaba Felipe. Al resto les parecía un hombre con un talante peculiar, encantador y listo como un lince. Por eso le había ido tan bien en la vida y por eso no comprendían la decisión que acababa de comunicarles.
 Nacho, fiel compañero en el consumo de sustancias diversas y sexo de lujo, fue de todos, el que puso mas empeño en disuadirle.
__Esto es puro stress, tío. Estas ofuscado. Vete un tiempo hasta que te calmes. Luego lo verás de otra manera, hazme caso. Los cambios tan radicales no son convenientes. Además ¿por qué vender la empresa?. Espera a ver como te va y mas adelante, cuando te encuentres mas tranquilo ya tomarás una determinación. No te precipites. Deja a Rodolfo con todo y ya se verá.
Ese era el problema: Rodolfo. Ni hablar de dejarle el control. Había tomado la decisión de vender su sesenta por ciento a una multinacional que sería quien dirigiera el negocio de ahora en adelante y punto. El socio si no estaba conforme tenía dos opciones: conformarse o vender.
__Pero el no quiere vender__ le observó Felipe__ No quiere en modo alguno.
__Es su  problema.
__¿Acaso no te importa? Ha sido el mejor socio que podías haber tenido, trabajador y entregado a la empresa y un buen amigo, además.
__No, no me importa. Que se vaya al carajo como todo.
__¿No seguirás pensando que ha tenido algo con tu mujer?.
__ Si, estoy convencido.
__¿No puedes admitir, por una vez, que te has equivocado?.
__Yo jamás me equivoco.
Ante afirmación tan rotunda los amigos decidieron dejarlo en paz. Nacho convencido de que así era, en efecto,  y Felipe seguro de que tramaba algo y que tras esa decisión tan visceral se solapaba una sorpresa siniestra, propia de una mente retorcida y sicopática como la de Joaquín. Tiempo al tiempo.


Joaquín Mestre se hallaba en ese momento, en el polo magnético de la mayor de las desolaciones. Descubrir el corto plazo que tienes de vida no es fácil de encajar. Contemplar cara a cara a la muerte sin mas asidero que la resignación es una putada de las gordas. Acostumbrado a ser un triunfador, no podía permitir que un estúpido mal dispusiera la fecha de su partida de este mundo en el que se encontraba tan a gusto, por otra parte.
Le faltaba tiempo.
No pensaba dejarse ver una vez que la enfermedad hubiera mostrado claramente sus estragos. En los escasos tres meses que le dio el doctor Buscató, necesitaba atar bien todos los cabos. No habría otra oportunidad. Todo tenía que encajar como un manguito, de lo contrario moriría para nada.
El ganaba siempre. Le habían educado para eso. Su padre le inculcó, incluso por las malas, un talante competitivo, agresivo si convenía y siempre vencedor al precio que fuera. Triunfar era la única meta. Ese fin justificaba de sobra cualesquiera medios.
Por ello, llevaba días dándole vueltas al guión de su puesta en escena final, sin grandes avances, cuando recordó aquella casa. Casualmente, la había descubierto en Internet hacía ya bastante tiempo; un lugar que ahora se tornaba ideal para sus propósitos. Se trataba de una histórica masía en un pueblo perdido en plena montaña, adonde no llegaba ni el viento El dueño acababa de morirse y sus sobrinos tenían prisa por vender, repartirse el dinero, regresar a Barcelona y no volver por allí nunca mas.
Todavía no existía rastro de la enfermedad, pero sin saber bien porqué guardó el anuncio y le puso un nombre premonitorio: Retiro. Rezó mentalmente para que no se hubiera vendido. Tuvo suerte: la masía le estaba esperando, como una esposa paciente. Además con la crisis, pudo adquirirla relativamente barata .
Cuando llegó el momento elegido para la partida, se negó rotundamente a que lo acompañaran. Solamente Nacho, compartidor de otros secretos, gozó del privilegio de conocer el lugar. Pero solo la fotografía. A todos, les llegó el día antes de la partida el siguiente mensaje. “Os invitaré a comer canelons el día de Sant Esteve. La mañana de Navidad os haré llegar la situación exacta del lugar. Tenéis que prometerme que acudiréis todos. Hasta ese momento no volveremos a tener contacto. Adeu”.
Antes del exilio, vendió su parte del negocio, dejando a su socio en una posición incómoda, canceló las cuentas conjuntas y las tarjetas de su todavía mujer y le dio un plazo de una semana para abandonar la casa en la que residieran hasta esa fecha, regalo de boda de los padres de él. Puso fin también, por descontado, al contrato de ella en la empresa. Fue la única condición que impuso a los compradores.
Contento consigo mismo, encantado de conocerse, se marchó a lo mas profundo de los Pirineos donde la muerte no tendría mas remedio que acudir a buscarle.

El desenlace la próxima semana...

La planta cero



Si alguien pudiera ver sincronizadamente todo lo que sucede en esta planta, seguro que no tendría ningún misterio. Sería una sucesión de hechos ordenada y homogénea. Pero contemplado cada uno por separado no es posible hilvanarlos con coherencia, ni hallarles ninguna explicación racional; no tienen pies ni cabeza. Solamente pueden ser conjeturas, suposiciones. 
Posiblemente la misma planta lo sea.
En principio es el área de los errores médicos y de las mangas por hombro-no de modo oficial, como es de suponer-.Todo paciente ingresado en ella cuenta con abundantes anotaciones al margen en su historial que jamás verán la luz. Son para uso interno del hospital exclusivamente. Tal y como están las cosas en la medicina, es bastante probable que el facultativo que sume mas anotaciones se haga acreedor, en vez de a un despido por incompetente, a una medalla por minorar pacientes y ahorrar así dineros al servicio de salud, en una eutanasia activa, aunque quiero creer que involuntaria y menos aun patrocinada.
Los pacientes aquí, sufren una serie de trastornos adicionales que poco o nada tienen que ver con su dolencia original, ocasionados por un diagnostico y en consecuencia, una medicación, inadecuados; en el inicio de todo, fallecían o no, dependía de la suerte y de los genes del enfermo; pero ahora en este difícil presente, fallecen de todas, todas, porque el centro aprendió con los años que los muertos ni hablan ni reclaman y aunque lo hagan los deudos, faltando el testigo principal, todo es mas fácil de mangonear.
Resumiendo: el lugar es sospechoso de por si y para los pacientes supone una zozobra añadida despertarse en ese limbo hospitalario entre el mas allá y el mas acá.
La vida transcurre a cámara lenta, no hay prisas, y este sosiego en vez de relajar, agobia. El personal se mueve medio flotando entre la brumosa atmosfera que invade el lugar. Son desdibujados espectros que se manifiestan a los forzados moradores de esta antesala del infierno, quienes- recelosos siempre, ante las incertidumbres de su futuro inmediato- tratan de  precisar,  angustiados, si están ahí para curarles o tal vez para rematarles.

Para las visitas el fenómeno comienza delante de los ascensores pintados de amarillo insidioso. Hace tiempo que vienen sucediendo cosas raras en el de la derecha. Dentro se sufre, aunque sea crudo invierno, un calor agobiante, casi infernal y a menudo, la limpiadora encuentra en el suelo un rastro de ceniza en un montoncito.
“El guarro del gerente y sus puros, mira que fumar en el ascensor”.
Este aparato librepensador, exhibe sin pudor y sin que nadie haga por remediarlo, una extraña querencia a golpear visitantes. En un juego que solo él comparte,  hace varios amagos de cerrar las puertas, hasta que tropieza con un mortal-dudoso o retador y siempre ingenuo-detenido en el umbral: ¿me dejas entrar o que estúpido aparato?, contra el que descarga sin cortarse un pelo, toda su solidez germana, con resultado de ayes asombrados y lastimeros, mientras cabezas, hombros, brazos, caderas o piernas resultan contusionados, magullados o lisiados en el lance. En un sincronismo siniestro, puede que la agresión sea pura solidaridad con el personal sanitario de las malas praxis, porque esto sólo sucede con los visitantes de la planta cero, precisamente.
Sin embargo, este no es el único inconveniente que les espera.
En todo el edificio las puertas de acceso a planta, se abren de un simple empujón, pero en esta oponen una resistencia férrea, no quedando otra que emplearse a fondo, tanto, que muchas veces las visitas se dan la vuelta impotentes. Si consiguen entrar, una vaharada ardiente como el suspiro de un dragón, hace que se detengan dubitativos en el umbral a la vez que comienza a invadirles un caliginoso sopor que, una vez alojado en el cuerpo, lo vuelve torpe y pesado haciendo que lleguen a su destino, unos metros mas allá, exhaustos y casi mareados sin animo siquiera para decirles hola a sus parientes, o amigos, o vecinos, o lo que quiera que sean los visitados.
Ya advertí que el área es densa y bochornosa. Reúne todo lo necesario para que la imaginación pueda trabajar a gusto. Es por ello, quizá, que continúa existiendo.
Porque cualquier cosa que podamos aventurar sobre ella  resultará  del todo descabellada para mentes científicas y racionales como se supone que son las autoridades sanitarias, políticas y judiciales de un país del primer mundo, además.
Pero pueden decir misa; la planta cero esta ahí y es peculiar.
El record de la mayor singularidad, entre su variopinta fauna de sufridores a cuenta de decisiones a la ligera, lo ostenta la superviviente de una dosis brutal de Fentanilo que con la excusa de calmarle el dolor producido por la osteoporosis, la  dejó en un estado anestésico irreversible. Al carecer de familia que le pueda buscar las vueltas al centro, a este no le hizo falta eutanasiarla, por el momento, y la buena y tranquila señora permanece viva y cuidada en una habitación pequeña próxima a la puerta de acceso y salida de este limbo de justos. Como efecto secundario, o infinitiario, del exceso de morfina posee un extraño don premonitorio, o persuasivo, o ambos. Digo esto porque, cuando alguien pasa por delante de su puerta, siempre abierta, y la mujer dice con su lengua de trapo: “oye, oye, que vas dejando un rastro de humo; oye, que te vas quemando”, el interfecto se encamina indefectiblemente como un autómata al ascensor de la derecha  y ahí se pierde su pista para siempre.
No puedo aventurar lo que pasa dentro, ni tampoco, si a la mañana siguiente aparece la ceniza delatora. No puedo, porque no puedo ver lo que sucede en varias partes a la vez al no poseer el don de la ubicuidad ni ningún otro que me permita observar a través de superficies opacas, pero en la comarca se acrecienta el número de personas que desaparecen sin dejar rastro y de las que solo se recuerda lo último que dijeron a sus familiares: “Voy al hospital a visitar a fulano o a mengana a la planta cero. Volveré para hacer la cena o para cenar”, esto según sea mujer u hombre.
Y hasta hoy.

Delicatessen



La inspectora Salgado era considerada por la profesión una mujer rigurosa, templada y dura; un hueso, en una palabra. Sin embargo, ese día se sintió mal en la escena del crimen. Se sintió muy mal. No le había vuelto a  suceder desde sus comienzos en la brigada de homicidios, aquella mañana que se topó con los restos de un descuartizamiento: una cabeza, una bolsa con las vísceras y el esternón. El resto del cuerpo lo había ido repartiendo el asesino, minuciosamente, por diferentes contenedores alejados entre si y del lugar del crimen. No había tenido tiempo de deshacerse del cadáver completo cuando lo trincaron, porque un vecino insomne le vio serrando algo en la cocina con mucho afán y a altas horas de la madrugada, días después de haber desaparecido su mujer.
Blanco y en botella, pensó el vecino, y avisó a la policía.
Aquella primera vez, había tratado de disimular todo lo que pudo; aunque eso impresiona, que demonios, y mas si eres novata. Da lo mismo que seas hombre o mujer. Hasta los compañeros lo reconocieron. Lo de hoy no era para menos; lo que acababan de descubrir no había dejado a nadie indiferente. Carmen Salgado tuvo que sentarse en el alfeizar de una de las ojivas del claustro para no venirse abajo. Una lengua de hielo se había adosado a su columna vertebral y la había dejado aterida; temblaba, la cabeza le daba vueltas, sufría náuseas y se había puesto tan blanca como la toca de las hermanas.
Se sintió incapaz de hacer lo que tenía que hacer: detener a las culpables. No deseaba verlas delante. Tenía miedo de si misma. Capaz era de pegarles un tiro. Algo que obviamente no debía suceder bajo ningún concepto, a no ser que pretendiera ir ella a la cárcel en su lugar.
Todo había comenzado como una conversación trivial la noche en que su hija se trajo al novio a cenar a casa. A Carmen le gustaba, por fin, un novio de la niña. Tenía una profesión seria y rentable: era el heredero de la funeraria.
 Funerarias del Camino S. L. Un negocio lo que se dice seguro.
__Porque todo el mundo se muere__había observado pretendiendo ser graciosa durante la cena.
__Los chinos no__replicó la niña con la misma chispa.
__No, y vuestras vecinas las monjas tampoco__terció el heredero igual de ingenioso.
 __¿Y eso?. Algunas son muy mayores.
__Eso dice mi padre. Asegura que la mayoría debería haberse muerto hace muchos años. Tienen que ser bastante mas que centenarias. Con mucha gente como ellas nos arruinaríamos.
__La vida en el convento es sana__apuntó la niña.
__Eso debe ser, porque a estas no las pueden convertir en rollitos de primavera.
Se rieron los tres aunque no  tuviera gracia. ¿Qué otra cosa podían hacer ante el giro macabro que había tomado la conversación?.
Pero Carmen Salgado era policía, nada le caía en saco roto. Aunque no hubiera caso, que no lo había, todo lo grababa el disco duro del subconsciente que debía estar con la capacidad al límite. Allí quedó almacenado hasta aquella noche.
†
__Inspectora Salgado, preguntan por usted.
__¿Quien es?.
__Una tal Gloria Díaz. Dice que fueron compañeras en la Universidad.
Le alegró el reencuentro, aunque Gloria estaba muy cambiada. Se había separado, los hijos decidieron irse a vivir con el padre- solo porque tienen mejor nivel de vida que conmigo-ella se sumió en la depresión y- ya me ves…veinte kilos de mas-. Pero no había venido a verla por eso, obviamente.
__¿Recuerdas a mi tía Rosario?
__¿La monja?
__Esa misma. Está en el convento cercano a tu casa…
__¿Aun vive?. Pensé que se habría muerto hace siglos.
__Morir se ha muerto. Pero verás, ha sido todo un poco raro. Mi madre quiso llevarla a su casa, para que muriera en la cama donde había nacido. Ya sabes como son estas cosas de los viejos y los pueblos, pero la superiora se negó en redondo. ”Sor Rosario ha manifestado el deseo de morirse aquí”. Ni siquiera permitieron a mi madre que la viera, dado que era un convento de clausura. Ni aun en trance de muerte lo consintieron. Cuando nos avisaron del óbito, llevaba tres meses enterrada. Mi madre protestó incluso ante el obispado, aunque no creo que sirviera de mucho. Bien, pues ahora mi madre acaba de fallecer.
__Cuanto lo siento
__Gracias Carmen.  Verás…me hizo prometer que ya que la tía Rosario no había podido morir en la cama de la casa familiar, trasladara los restos para que todas las hermanas reposen, junto a los padres, en el panteón familiar.
__Para eso no hace falta acudir a la policía.
__Ya lo se. Lo que pasa es que la comunidad no lo permite. Bajo ningún concepto. “Una hermana no vuelve a traspasar la puerta ni viva ni muerta”. Así de tajante me lo han dicho. He consultado a un abogado. No pueden hacer eso. Les hemos enviado un escrito y no nos han hecho ni el mas mínimo caso. Pero lo peor es que, desde hace unos días, tengo la sensación de que me vigilan y anteayer por la noche, cuando regresaba del trabajo, me pareció notar que alguien me seguía. Esta mañana tenía las ruedas del coche pinchadas y una nota en el parabrisas…
__¿La tienes ahí?
Gloria la extrajo del bolso y se la entregó. Sobre la hoja cuadriculada de un bloc alguien había escrito con letras mayúsculas y con tinta roja: “DEJA A LOS MUERTOS EN PAZ. ESTO ES SÓLO EL PRINCIPIO”.
__Caray con las hermanas. Lo investigaré, pierde cuidado. Mientras, deberías tomar ciertas medidas precautorias. ¿Tienes algún sito donde poder quedarte unos días?. No te asustes, es solo por cautela. Hay que tener cuidado con estos locos.
__En casa de mi hermana.
__Perfecto. No te vuelvas a poner en contacto con las monjas. Que crean que ha hecho efecto la amenaza. Te mantendré informada; tampoco es conveniente que vuelvas por aquí. Yo te llamaré.
Carmen Salgado dudó bastante de que las monjas hubieran sido las autoras de la nota amenazante, aunque la consideró mera obra de aficionados; pero así y todo. Sin embargo y dada la coincidencia de la reclamación con el anónimo, no tuvo alternativa: se ocupó un tiempo en investigar la vida del convento.
En el obispado le informaron que la comunidad estaba compuesta por cinco hermanas; tres de mediana edad y dos ya ancianas. Hace años eran bastantes mas. Que el convento atravesó por dificultades económicas-como la mayoría de los contemplativos-que las hermanas habían solventado elaborando delicatessen para la tienda que unos franceses habían abierto en el barrio, precisamente al lado del monasterio. Con eso subsistían parece ser que bastante bien, dado que incluso habían podido arreglar la techumbre que amenazaba con venirse abajo. La obra fue costosa, no crea, le aclaró el sacerdote que la atendió, sin falta de que le preguntara.

__Pasaron de la casi indigencia a la opulencia__ repasaba Carmen mentalmente mientras tomaba un café.__ No sabía yo que las delicatessen dieran para tanto, aunque los franceses cobran caro.
Ella lo sabía bien. Les compraba foies, mermeladas caseras, caldo natural y cuando tenía invitados, como el novio de la niña, por ejemplo, unos rosbif con salsa que eran una delicia…El teléfono la devolvió al café con leche. Era Gloria.
__Carmen, cuanto siento haberte molestado. Veras, las monjas han accedido al traslado de los restos de mi tía. Los exhumaremos mañana. Todo fue un malentendido. Ellas se resisten a que se altere la vida del convento y la Regla, que es muy estricta. También van a entregar los restos de otra hermana a la familia, que los había requerido antes que yo los de mi tía Rosario.
__¿Y los pinchazos y la nota?
__¿Que se yo?. Lo comenté muy indignada en el trabajo y seguro que alguien quiso gastarme una broma sin mala intención.
__Pero de muy mal gusto.
__ Lo siento. Me gustaría  retirar la denuncia.
__De acuerdo. Bueno__se dijo__por suerte caso cerrado. Tengo asuntos mas importantes que resolver
Aquella noche la hernia de hiato que padecía por culpa del stress, le estaba dando demasiado la tabarra. Aguantó lo que pudo pero al final no le quedó otra que levantarse para tomar el antiácido. Se acercó con el vaso en la mano al ventanal del salón para contemplar un rato la noche estrellada y serena de junio. La ventana daba sobre el jardín del convento. A la izquierda se veía una esquina del pequeño cementerio de la comunidad, con sus cipreses majestuosos y su camino de piedra. Que buenos vecinos los muertos y las monjas y sobre manera éstas, que tienen voto de silencio.
De pronto, el subconsciente, al escuchar muertos y monjas, activó la memoria y le trajo a la mente aquel comentario. Asegura mi padre que la mayoría debería haberse muerto hace muchos  años. Deben de ser mas que centenarias. Con mucha gente como ellas nos arruinaríamos.
__ Veamos, veamos: si la funeraria no las entierra desde hace años ¿Quién lo hace? Y ¿Quién certifica las muertes?.
A primera hora el futuro consuegro se lo confirmó por teléfono.
__Hace mas de diez años que no acudimos al convento a enterrar a nadie. Antes lo hacíamos, si. ¿La hermana Rosario?...déjeme ver…, según la familia murió hace ocho años. No, nosotros no la enterramos. Si, seguro.
__La Regla puede decir misa. Pero esto es ilegal, muy ilegal.
†

El análisis de los restos desenterrados de las dos hermanas confirmó sus peores sospechas. Eran huesos de perro. De mastín para ser exactos. Y que, además, sólo llevaba enterrado dos años. El viejo perro mastín del convento que tantas veces había visto correr por el jardín desde su ventana y que había propiciado, en tiempos, un soberano disgusto con su hija que quería tener uno igual. Un mastín en un piso. Lo que nos faltaba.
__Si las hermanas que han fallecido no están enterradas aquí ¿Dónde están?__preguntó el funerario con mucha lógica.
__Prefiero no imaginarlo__respondió Carmen, porque su cerebro ya estaba procesando la respuesta del obispado: Las hermanas sobreviven muy bien elaborando delicatessen.
Aquella carne de sabor tan peculiar, ligeramente dulzona, que vendían los franceses y aquellos calditos caseros tan exquisitos.
__Es que tenemos buena “mateggia prggima”—le decía siempre la dueña cuando la atendía. Tenemos un “mateggial” que es una bendición.
El registro del convento dio en la diana. Los congeladores con el “mateggial” estaban a la vista. Como no entraba nadie ¿para que tomar precauciones?. Los cuerpos se hallaban despiezados y congelados en bolsas con su correspondiente letrero: huesos para caldo, costillas, solomillos, chuletas, hígado, sesos…
Con la mano tapándose la boca, escuchó el interrogatorio de su compañero a una de las monjas.
La religiosa confesó, con el mayor desparpajo, que habían descuartizado a dieciséis hermanas. Algunas jóvenes. Cuando esto sucedía los rosbif eran un primor.
__¿De muerte natural?__se aventuró a preguntar Carmen.
__Generalmente si, inspectora… bueno, a veces, no.
__¿Si o no?
__ Sólo la adelantamos un poco. Ya no tenían cura. ¿Para que prolongar la agonía?. Es pura caridad cristiana.
Tuvo que salir al aire del claustro y sentarse en una de las ojivas para no caer redonda.
Su compañero vino a buscarla después de un rato. También estaba pálido.
__¿Quieres que lo haga yo?.
Negó con la cabeza. Se levantó y se dispuso a hacer lo que debía. Tuvo que esforzarse mucho para no vomitar. Sentía un asco terrible; por lo que había visto y oído, pero sobre todo por lo que había comido tantas veces y con tanto placer.
Desde luego, se merecían que les pegara un tiro, por criminales, pero mas que nada por falsarias y por hipócritas. ¿Quién podía imaginar algo así de unas monjas?.
Tenía que mudarse a vivir a otro sitio. No quería volver a ver el convento, ni volver a ver una monja en toda su vida.
Pero, sobre todo, tenia que hacerse vegetariana, ya mismo. De ahora en  adelante, vegetariana estricta; ni tan siquiera pescado.
A saber lo que comerían los peces allá abajo.