Cuento de Navidad



Viajaban hacinados en la bodega de un enorme carguero, vetusto y desvencijado que surcaba renqueante todos los océanos conocidos  y algún que otro mar por descubrir, con bandera de Panamá, capitán griego y tripulación coreana en su mayoría.
Ella iba apretujada con sus hermanas sin moverse del sitio que les había correspondido, expectantes y temerosas ante el incierto futuro que les esperaba en Europa, el lugar de  destino. Sabían que el viaje terminaría para todas y cada una en alguna casa o en algún establecimiento, pero no sabían nada mas. Desconocían la función que les correspondería, si es que tenían alguna, e ignoraban si serían bien o mal consideradas y por consiguiente bien o mal tratadas. El futuro era muy incierto, pero en China no había sitio para tantas. Nacieron para emigrar.
A el le pasaba exactamente lo mismo. Pero era mas práctico, así que para animarse un poco el viaje, decidió ligar. Y se fijó en ella, porque era un poco mas alta y sobresalía del resto de las que le pillaban mas cerca. Se dedicó a hacerle la corte con descaro. Ella se resistió al principio, pero al fin sucumbió a su insistencia y se dejo llevar.
Fue un viaje inolvidable. Aunque navegaron un mes dando casi la vuelta al mundo, pillaron alguna galerna de cuidado, hubo un incendio a bordo y estuvieron a punto de ser apresados por piratas, el amor superó todos los tedios, todas las zozobras, todos los pánicos, todos los sobresaltos y cuando llegaron a buen puerto la certeza de la inevitable separación les causó el mayor dolor que jamás creyeron fueran capaces de experimentar. Nunca habían imaginado que se pudiera llegar a sufrir de ese modo.
Trataron de pasar inadvertidos para conseguir continuar a bordo, aunque el futuro fuera mas que incierto. Podía acontecer que al ser descubiertos la tripulación les arrojara por la borda en alta mar, sin miramientos. Pero, por lo menos morirían juntos. Era preferible a vivir separados sin volver a verse nunca mas.
No hubo suerte. Fueron desembarcados como todos los demás, llevados a un lugar de espera y conducidos mas tarde a sus respectivos lugares de exposición donde serían elegidos por sus futuros dueños. Casi no tuvieron tiempo de despedirse. Ella evitó mirarle, mientras el la contemplaba, confiando en un postrer milagro, hasta que dejo de verla.
Llegó diciembre. No había vuelto a tener noticias de ella. A su lado en la tienda estaban algunas de sus hermanas, pero ni rastro de su enamorada. A los pocos días, fue elegido, llevado a una casa y colocado en lo que parecía ser la estancia principal, justo al lado del Belén. En el barco había visto muchas figuritas como aquellas y había escuchado que el niño hacía milagros.
__Encuéntrala y tráemela aquí. Haz algo por un compatriota. Tu estás con tus padres y con tus animales, pero yo estoy sólo y triste sin ella. Compadécete de mi. Al fin y al cabo somos chinos los dos.
Llegó Nochebuena. El contemplaba, en el salón, como terminaban de colocar a sus pies,  los regalos para la mañana siguiente.
 De pronto ¡oh milagro!, la dueña de la casa entró con ella en brazos y la colocó a su lado, sobre la mesa, retirándose unos pasos para comprobar el efecto. Precioso, se dijo, mientras salía de nuevo.
Después de haberlo pedido tanto, no podía creérselo. Temblaba por la emoción y las manzanas de resina roja que le servían de adorno, tintineaban como campanillas.
Se volvió hacia ella maravillado.
__Soy yo, le dijo. Soy yo ¿no me reconoces?
Ella miraba en derredor con curiosidad, cuando le escuchó preguntar. Ni siquiera le había visto.
__¿Estás seguro?
__Naturalmente.
__No se, es que…
__¿Ya me has olvidado?__ preguntó con tristeza.
__No. Es que te noto cambiado.
__Claro. Es por todos estos adornos que me han puesto. Pero mira soy yo__ dijo tocándola__pincho como siempre.
Ella se sorprendió.
__¿Cómo me has reconocido?

__Tienes los pétalos mas anchos y uno de cada tres tiene la punta doblada hacia abajo. He comprobado que el resto no. He visto muchas en todo este tiempo. Pero no hay otra Flor de Pascua de tela de plástico igual que tu.
Ella se quedó pensativa. Tal vez fuera él. Tal vez, pero es que a ella todos los abetos le parecían iguales. De todos modos, iban a pasar mucho tiempo juntos, porque había escuchado decir a la dueña, que luego, nada de tirarlos, se iban al trastero y servirían de nuevo para el próximo año. Que había que ahorrar. Así que le sonrió y asintió sacudiendo sus rojas brácteas con sensualidad.
El dio un respingo. Alguna manzana se vino al suelo. ¡Que buena suerte habían  tenido después de todo!. __Gracias, gracias__le dijo al niño del Belén.
El niño le guiñó un ojo con malicia.
Ella suspiró resignada. Nunca mas volvería a ver al Papa Noel con el que había ligado en la tienda. Pero bueno, mas vale algo que nada. A lo mejor el próximo año ella también tenía suerte…
Miró al niño del Belén y recordó haber escuchado que hacia milagros.
__Ya hablaré contigo mas tarde__ le dijo resuelta, apuntándole con uno de sus pétalos sin doblar.
__Vas lista__ se dijo el niño bostezando, harto ya de tanta cháchara.__ Aborrezco a Papa Noel. No hay sitio aquí para los dos. ¡Te fastidias!.
Y se quedó dormido tan contento.



FELIZ NAVIDAD

El hombre lobo de la isla de los cuatro bosques



Le gustaba viajar en dirección al sol, por eso aquella tarde cabalgó hacia el oeste, aun sabiendo que el camino terminaría forzosamente en el mar tras una hora de viaje mas o menos.
Vivir en una isla pequeña es lo que tiene.
Aunque no todo eran inconvenientes. Muchas veces, sobre todo cuando se encaminaba al este, podía regresar a dormir a casa. De ese modo viajar resultaba económico, teniendo en cuenta que se sabía la isla de memoria y en los viajes casi nunca topaba con novedades.
Sin embargo, cuando como hoy partía hacia poniente tenía, por fuerza, que pernoctar en destino, porque regresar de noche no era aconsejable. Lo aprendían desde pequeños. Vivir en una isla donde en cada bosque hay un bandido desalmado, feroz, hambriento  y armado hasta los dientes, es lo que tiene.
Los cuatro bandidos que tenía la isla, estaban hambrientos porque los bosques eran poco extensos y ellos, tras años de vida montaraz, ya habían devorado todo lo comestible que contenían, aves nocturnas incluidas. Así que cuando viajabas cruzando la foresta, siempre de día, en grupo y con escolta armada, no escuchabas ningún pájaro cantar, ni te saltaba al paso liebre alguna, ni se adivinaban animales al acecho  o a resguardo tras una mata de espinos, ni pendían frutos de los árboles, ni tan siquiera las zarzas tenían moras. Todo se lo habían devorado los bandoleros.
Cuando apareció el hambre, trataron de acercarse a los pueblos a por comida, pero cada bosque contaba con su respectivo guarda que jamás se internaba en la espesura, por si acaso, y aguardaba en las inmediaciones a que su bandido asomara la punta de la perilla para descerrajarle un tiro o mejor dos, si se dejaba.
De este modo los forajidos estaban cada vez mas delgados y eran cada vez mas voraces.

En un pasado reciente, el bandido del bosque del este, que era el mas próximo a la costa, se había aventurado a acercarse a la playa para pescar algo o por lo menos recoger alguna cosa de valor que el mar hubiera acercado a tierra. Por culpa del hambre estaba dispuesto a trasmutarse en traficante o en cambiador, según  se terciara. Pero la isla estaba tan aislada en medio del océano que sólo arribaban con las mareas huesos de ballena, con tanta profusión, que la gente los ignoraba hartos de fabricar adornos y armas con ellos. Tampoco la pesca le fue favorable. Entre las rocas solamente nadaban morenas, mas voraces aun que ellos. Lo había comprobado cuando una le llevó, de un bocado, media mano derecha. La otra media fue pasto para la gangrena y el mismo se la amputó de un tajazo con su alfanje, antes de que le comiera todo el brazo. Aparte de a disparar con la zurda, aprendió que los tiburones, aunque sean pequeños, son muy peligrosos.
Los otros tres bandidos conocedores de los hechos, no intentaron salir de la espesura ¿para que?
Al que campeaba por el bosque del norte hacía ya tiempo que no se le veía, ni se le escuchaba, ni se le olía. Jamás se había lavado. Tal vez se lo devoró la mugre, sentenció el guarda, pero continuaré patrullando, por si acaso. Y porque, de lo contrario, perdería el empleo.
Sin embargo, el bandido del bosque del sur que era el mas joven de todos, sentía además de hambre,  la necesidad de visitar el “Afrodita” lupanar equidistante entre el pueblo y su bosque; pero sin dinero era ocioso aventurarse a salir siquiera de su escondite. Llevaba días observando que nadie visitaba el local ni de día, ni menos aún de noche.
Me acerco, entro, encañono a las mozas, elijo una, me la traigo, me hace el trabajo y luego, la dejo ir. No tienen porqué tomarlo a mal.
Se acercó al atardecer. Ni siquiera habían colgado el farol a la puerta. No era necesario. Había luna llena. O nueva. Eran visibles desde bien lejos. Cuando estaba a un paso del primer escalón, un aullido prolongado le hizo detenerse en seco.
Mierda, el hombre lobo. Corre, corre, no sea que te descubra. Corre y súbete a un árbol. Ponte  a salvo. Mierda. Por algo no venían clientes.
Y es que, para abundar en la desgracia, desde hacía unos cuantos meses había aparecido un licántropo en la isla.  Había transcurrido, por lo menos, un siglo desde que al último lo devorara un oso, cuando todo el centro de la isla era una sola masa forestal densa y frondosa.. Hoy en día ya no había osos, pero en cambio había reaparecido el hombre lobo. Siempre hay sucesos desagradables.
Así que nadie debería viajar de noche solo ni por los montes, ni por los escarpados caminos  costeros, porque el licántropo atacaba en cualquier lugar, a cubierto o a cielo raso. Pero para temer al lobishome  se necesitaba que hubiera luna llena o ¿era nueva?, bueno se necesitaba luna redonda. Entonces había peligro; si la luna era una hoz, no, pero si como hoy era un plato, mejor quitarse de en medio.
El bandido del bosque del oeste iba a comprobarlo esta misma noche.

Cuando a nuestro viajero amigo del sol, le comunicaron la aparición del nuevo hombre lobo y le advirtieron del asunto de la luna anduvo un tiempo perplejo y taciturno: Nunca había sabido distinguir la luna llena de la luna nueva y no quería preguntar, no fuera que lo tomaran por tonto y dejaran de comprarle los relojes de arena que fabricaba y que eran su sustento.
Ser pobre es lo que tiene.
Además, el también tenía problemas cuando había luna llena ¿o era con la nueva?
Otra gente sufría dolores en las articulaciones cada vez que cambiaba el tiempo; a el le atormentaban cuando cambiaba la luna. Padecía unos dolores desgarradores, como si se descoyuntara. Es lo que les sucede desde siempre a los séptimos hijos nacidos después de mellizos y que se quedan dormidos alguna noche, desnudos bajo la luna llena o la luna nueva. Eso le había advertido su abuela: En tiempos venideros, tendrás muchos problemas cuando llene la luna. Y él se había resignado.
Es lo que tiene ser tan sufrido.

Esa tarde, el caballo iba cada vez mas lento; a este paso, la noche les encontraría antes de llegar a poblado. Esto sucedió, en efecto. Cuando llegó al pueblo las barcas estaban todas en tierra, las redes tendidas sin terminar de coser y las casas cerradas a cal y canto, pese a que la luna alumbraba como si fuera el sol. Ni que decir tiene que no había un alma por la calle.
Claro, se dijo, es la luna del lobo. Y ahora ¿Qué voy a hacer? Ni se molestó en acerarse al hostal. Desde hacía un buen rato le dolía todo el cuerpo, las manos se le estaban agarrotando. Es de llevar tanto tiempo agarrado a las riendas. No tendré mas remedio que regresar. Tuvo que apearse del caballo. Los pies ya no se sujetaban dentro de los estribos. El animal pareció aliviado y se alejó al trote. ¿Dónde vas? Vuelve. Vuelve. ¿Será desagradecido? Me ha dejado aquí tirado, no puedo creerlo. Y ahora que hago, ¿por donde regreso? Dios, que dolor. Le picaba todo el cuerpo. Cada vez que le sucedía algo así, terminaba por ponerse a cuatro patas. Era lo único que le aliviaba. Los primeros pasos resultaban torpes, pero  a medida que caminaba se iba notando mas ligero y cómodo en la nueva postura, hasta que se daba cuenta de que era capaz de correr tanto o más que el caballo. No te necesito descastado, le gritó mientras le adelantaba. El animal, resoplando nervioso,  ya se  había internado en el amenazante bosque y el lo siguió decidiendo, sobre la marcha, fiarse del instinto de su montura.
Los animales tienen mucha perspicacia.

Le olió enseguida: olía a bandido. ¿A que otra cosa podía oler, si por la noche no hay nadie mas en el bosque? Sintió crujir las hierbas a su derecha en una carrera que pretendía ser sigilosa y que tal vez lo fuera para otro que no tuviera el sentido del oído tan desarrollado. Aunque alumbraba la luna llena o nueva, el bosque era muy tupido en aquella zona y la luz no penetraba. Los pasos se detuvieron unos metros por delante de el. De pronto, una sombra saltó a la calzada y aguardó agazapada y acechante. Cuando la tuvo de frente optó por detenerse también y esperar. En buena ley, no sabía que otra cosa podía hacer. Levantó la cabeza. Notó como las orejas se apuntaban y se movían hacia delante. El bandido lo vio en ese preciso momento, lanzó un alarido de horror y salió a galope, desapareciendo  por el mismo sitio por donde había aparecido.
Que raro, se dijo, tampoco debo ser tan feo. Bueno, mejor así. No tengo ganas de morir esta noche. Continuó, no obstante, la vertiginosa carrera hasta su casa. Entró y atrancó la puerta. Pensó que no volvería a ver a su caballo y se sorprendió cuando le oyó trotar y dirigirse al corral. No salió, porque cuando estaba llegando, media hora antes por su reloj de arena, escuchó al guarda de la zona lanzar alaridos: el lobishome, el lobishome, antes de que un disparo le rozara la pata trasera izquierda. Como para volver a salir de casa. Había tenido mucha suerte esa noche. Había escapado del bandido, del hombre lobo y del guarda. Mientras permanecía tumbado y fatigado en el suelo de la cocina contemplando la luna a través de las ripias del tejado, pensó en el susto del bandido cuando lo tuvo delante. Jamás se lo hubiera imaginado. Si lo contaba seguro que nadie le creería. Así que para que molestarse. Sin embargo se sintió tan contento que aulló de alegría. Un aullido limpio y prolongado que heló la sangre de nuevo al bandido del bosque del oeste  y a todo el que lo escuchó en la noche silenciosa del licántropo en la que nadie dormía ni se sentía a salvo. Nadie, excepto él.
Ser hombre lobo es lo que tiene.


La condesa y el monasterio, último capítulo




Todas estas calamidades fueron consecuencia directa de lo acontecido en la fortaleza por culpa de la abstinencia y del Epimedium. Algo que nuestro señor jamás perdonó a la condesa. Y los salacereños tampoco, si se hubieran  enterado. Pero el pueblo jamás es sabedor de lo que se cocina en las estancias del señor.
Pasado un tiempo un exceso de celo de la cocinera, (quien recordando lo dicho por su señora sobre la sanación del alma, dio Epimedium  por  su cuenta y razón al hijo menor de los condes), dejó en cueros vivos el secreto de la condesa, como era previsible que sucediera tarde o temprano. El muchacho contaba trece años y había perdido el apetito porque andaba lánguido descubriendo los primeros desórdenes corporales y las primeras fiebres que provoca el amor, cuando la bondadosa Teresa quiso devolverle las ganas de comer con una infusión cargada de aquella planta que sanara al conde y que ella había guardado previsoramente,  provocándole una, digamos reacción, que duro dos días. La condesa comprendió enseguida de donde procedía el estimulante y trató de que su esposo no se enterase, pero fue inútil porque los llantos histéricos  del muchacho se escuchaban en toda la ciudad. Esto puso sobre aviso a nuestro señor de la existencia de la famosa pradera. El conde, con un ataque de ira, ordenó arrancarla por completo y hacer un rastreo exhaustivo de otras partes de la montaña donde por cualquier circunstancia pudiera existir un ignoto brote de Epimedium, con la advertencia de que si quedaba un solo tallo de aquella planta infame el culpable del descuido pagaría con la horca. De este modo fue erradicada la planta del país para siempre jamás, lo cual traería graves consecuencias en el futuro tanto para el rey como para alguno de sus súbditos. Pero no adelantemos acontecimientos. A la condesa, no obstante, no la erradicó de su vida porque ya sabemos que no era aconsejable económicamente. El muchacho volvió a la normalidad una vez que se pasó el efecto; aunque la niña de sus sueños no quiso ni verlo nunca mas, por llorica.

Como estaba refiriendo a vuestras mercedes, antes de irme por las ramas: el Corregidor era una figura mas propia de  concejos de realengo  que  no de señorío como era el caso de la villa de Saláceres, pero el monarca no iba a perder el momio de meter  mano en las boyantes  arcas de un municipio que disfrutaba un próspero comercio con España y donde capitales de dentro y de fuera de las fronteras, eran invertidos con creciente lucro bajo la supervisión y el asesoramiento de banqueros judíos llegados de España cuando la expulsión. 
Los hebreos obligados a exiliarse de Sefarat fueron recibidos con los brazos abiertos en una nación  incipiente que andaba necesitada de gentes experimentadas en casi todas las disciplinas y mas en las económicas,  fundamentales para cimentar con vigor cualquier aventura ya sea colectiva o individual. Digamos mejor, para contar las cosas como realmente fueron, que algunos judíos expulsados de España - no demasiados, porque entonces serían mas que los hispatanos y no habría negocio- hallaron en la diminuta monarquía el lugar idóneo para ejercer sin trabas su profesión.
Pronto se notó su influencia en el país cuya economía comenzó una línea ascendente vertiginosa que hubo que frenar para contener el aumento generalizado de los precios evitando con ello que la inflación  dejara en paños menores a la hacienda y por ende al país y a los paisanos.      
En la vecina España, sin ir mas lejos,  la inflación se expandía sin control, el precio del grano había subido nada menos que un cincuenta por ciento  y las cargas impositivas tanto en productores como en consumidores eran excesivas. Debido a todo esto cada vez existían menos negocios y mercaderes y empresarios dejaban los suyos en cuanto podían adquirir un titulo nobiliario que apenas tenia carga fiscal. Varios de los que no pudieron o no quisieron acceder a esta nobleza de baratillo emigraron a Hispatania donde asentaron  sus negocios amparándose en las exenciones fiscales que se ofrecían a los extranjeros, contribuyendo así a diversificar la producción con la incorporación de nuevos oficios y profesiones y a lograr para el país  una economía ágil y competitiva, con el reclamo que ello representaba dentro y fuera de los límites del reino
Todos estos movimientos generaban copiosos beneficios a la hacienda  que ningún monarca espabilado iba a dejar escapar. Aunque debamos decir, empero, que los impuestos  eran mas que llevaderos. Por ello, llegaban sin cesar capitales de ambos lados de las fronteras, buscando refugio en el pequeño y bien administrado país, porque la economía ibérica  se hallaba de nuevo en una tesitura bastante desafortunada debido a los excesivos gastos en guerras y se columbraba una inevitable bancarrota, que el dinero pareciendo cobrar vida y pensar por su cuenta ante tales contingencias,  había anticipado con tiempo de sobra para ponerse a cubierto, precisamente en Hispatania y sobre todo en Saláceres, ciudad de moda en aquel momento.

Retornando a lo nuestro: Corregidor, Alcalde Mayor y Alguacil mayor y menores eran del todo excesivos en un municipio de menos de millar y medio de habitantes, de los cuales la mitad eran ancianos  y niños que unos por exceso y los otros por defecto, no tenían edad ni capacidad para delinquir, y que por si no bastaba, tenía un pacto de hermandad con la capital del reino, Madisboa, para asegurar el tránsito entre vecinos y mercancías  por el único camino real que existía y que estaba libre por completo de bandolerismo.
No se precisaban guardias en una villa de gente ocupada y tranquila, hasta que a finales del año 1585, el nombramiento del nuevo Corregidor, un español protegido del rey,  trajo consigo un Alguacil Mayor y dos Menores que terminaron por convertirse en el único problema existente.

 FIN

La condesa y el monasterio, capítulo III


Sucedía, que nuestra señora, estaba cansada de vivir como los montaraces- era una opinión harto subjetiva, porque los montaraces jamás tuvieron palacios- y una noche hastiada de predicar en tierra yerma agarró, como si dijéramos,  la cabra por los cuernos y en un arranque de valerosa audacia, dio un ultimátum al conde:
__O nos vamos a la capital o cierro con llave la puerta de mi alcoba.
Nuestro señor, aturdido, le hizo notar que tal actitud era faltar a las sagradas leyes del matrimonio santificado por la iglesia que les unía, como debe ser en estos casos en los que la nobleza, haciendo honor a su condición, tiene el deber de dar ejemplo al pueblo. Pero la condesa se parapetó tras su amenaza, aduciendo que tenerla allí encerrada entre cabras era también faltar al sagrado juramento que le hiciera en su día, cuando ella era aun joven e ingenua, y se casó con el convencida de que ciertamente viviría mejor que la reina. Tal vez a la  condesa se le hubiera olvidado, estas cosas ocurren con los años sin que concurra mala intención, que se casó con el conde, hombre de apariencia física mas bien discreta y de maneras nada pulcras para lo que se podía esperar de un noble,  con el propósito de ascender varios peldaños de golpe en el escalafón  puesto que su padre era un hidalgo adinerado pero nada mas.
Nuestro señor insistió con otros argumentos mas tangibles y mas materialistas: “ahora querida mía, en este momento puntual en el cual la villa  estaba cobrando auge no le parecía apropiado, ni a él ni a ninguno de sus consejeros, cambiar de residencia y abandonar la creciente bonanza económica en manos de terceros, tenidos por fieles pero que nunca se sabe”.
Apoyando el manifiesto, su señoría quiso dar ejemplo de resistencia haciendo alarde de una abstinencia espartana, aparentando no dar trascendencia alguna al hecho de permanecer a dos velas en asuntos de cama, porque era mucho mas importante y mas decisivo para el futuro de la villa y de sus arcas velar por el monto pecuniario que llevaba implícito el traslado pausado pero sin tregua de gentes, fortunas y negocios que abandonaban la capital y buscaban nuevos aires en Saláceres.
El se debía a su señorío, los demás asuntos eran cosas baladíes. Esta frase bien podía haber sido el lema en su escudo de armas.
Nuestra señora respondió que “muy bien, como vos queráis esposo”. Pero tras estas palabras sumisas en apariencia, la taimada condesa, lejos de conformarse se dirigió a las cocinas a disponer con la cocinera, a solas las dos, que a partir de ese preciso momento la comida de régimen severo que hacía el conde por orden de sus facultativos personales, fuera aderezada con unas hojas de Epimedium.
__Es vigorizante y vitamínica y levanta el ánimo que es justo lo que nuestro señor necesita. Los doctores saben de sanar el cuerpo, pero el alma precisa también remedio y este es el mejor. Me lo han dado los buenos frailes. Por ello tiene que constituir un secreto. Jamás debe salir de esta estancia. Debes jurarlo bajo pena de excomunión.
La cocinera juró azarada y nuestra señora se fue tan contenta creyéndose a salvo de posibles indiscreciones. En el fondo era bastante ingenua.
Teresa la guisandera, que había nacido en la Fortaleza donde su madre desempeñó antes el mismo oficio y conocía y apreciaba al conde desde niños, se aplicó con la hierba creyendo de muy buena fe que su señora obraba con tan recta intención como ella. Había tomado buena nota de la planta por si en el futuro se volvía a necesitar y ya no estaba la condesa, que nunca se sabe. Porque había jurado no contarlo, pero guardar unas hojas como recordatorio nadie se lo había prohibido.
 Fueron cayendo las semanas y el conde, espoleado por el Epimedium, comenzó a flaquear. Al no dar su noble esposa muestra alguna de avenirse, nuestro señor aventuró la posibilidad de amancebarse con alguna señora mas indulgente y a la que no le importara vivir alejada, era un decir, de la corte. Nuestra señora respondió que por ella como si se hacia traer un harén del Oriente, pero ella se iba y con ella los dineros de su padre, que una vez  separadas las camas, no hay porqué compartir las haciendas.
Oída esta peligrosa puntualización, el conde reunió su consejo privado y ante la perspectiva de ruptura conyugal y desgajamiento patrimonial, éste último de consecuencias gravísimas, se tomó el acuerdo de acceder y trasladarse en contra de lo que hubieran sido su deseos, a la capital dejando en la villa un Alcalde Mayor como representante en asuntos legales, pero sin ninguna competencia en asuntos económicos para los cuales permaneció un retén de hombres de su absoluta confianza.
Esta hubiera sido mas que  suficiente representación,  pero el rey, alerta a todo y siguiendo los pasos de sus primos los reyes españoles, decidió aprovechar la coyuntura y enviar su propio apoderado,  institucionalizando así de derecho en Hispatania la presencia activa de los oficiales regios en la gestión interna de los municipios, obstaculizando de paso los sueños de independencia que abrigaban los condes desde generaciones. Al oponerse nuestro señor con vehemencia y con todo tipo de argumentos mas o menos pertinentes, el rey, a quien sentaba muy mal que le llevaran la contraria, no solo nombró al Corregidor, faltaría mas,  sinó que convirtió el señorío solariego en behetría; de linaje eso si, no por hacerle favor al conde y su descendencia sino porque “mas vale lo malo conocido”. Así mismo se lo dijo el rey, con estas palabras. Además con la behetría creaba dos impuestos a su favor que pagaban sus nuevos súbditos: el de servicio, para hacer frente a gastos extraordinarios, como guerras por ejemplo, aunque luego acabaron por ser habituales, como sucede siempre y la fonsadera, un rescate que pagaba el campesino a cambio de no acudir al fonsado, es decir de no ser alistado en caso de guerra. Aunque debo referir a vuestras mercedes que los salacereños jamás hicieron uso de su derecho electivo y los condes se sucedieron como siempre lo habían hecho. En compensación los nobles pagaban, motu proprio, la fonsadera para que ninguno de sus campesinos fuera alistado en las múltiples guerras en las que Hispatania acompañaba a la vecina España.
 Favor por favor.
El último capítulo, la próxima semana...

La condesa y el monasterio, capítulo II


Era el día de la Candelaria; un rayo de sol de inicios de febrero  menos rastrero que sus antecesores de enero, irrumpió por la ventana iluminando el scriptorium. El aragonés se permitió un respiro y se dejó entibiar las manos por la agradable y cálida caricia; cuando  retornó la vista al manuscrito pudo distinguir en la esquina inferior derecha y en lo que al principio consideró solamente una mancha de tinta, ciertos rasgos de letras. Acercando el pergamino a la ventana para aprovechar la luz por completo, logró descifrar palabras sueltas que fue anotando y al final con la ayuda del cielo revelada en forma de rayo de sol milagroso pudo completar una frase definitiva y esclarecedora. La letra era tan pequeña y tan rudimentaria y estaba tan junta, que resultaba ya de por si difícil de leer, parecía un  jeroglífico,  y el agua se había sumado con entusiasmo a la dificultad.
Lo leyó varias veces para convencerse colocando y recolocando las letras y las palabras que faltaban hasta completar la frase tal y como pensaba que el monje la habría escrito:
Planta llamada alimento de cabra en China, que calienta y vigoriza el núcleo de energía del cuerpo colaborando con prodigalidad a la conservación de las especies”.
Ahí estaba. Las cabras chinas comían de esa planta y procreaban como conejas. Eso había querido decir el monje. Algo había oído él de una planta con esas propiedades, pero jamás pensó que el monasterio la poseyera ni mucho menos que la estuvieran ingiriendo. El primero de los botánicos había anotado con mucha discreción, casi camufladas, las virtudes de la planta en lo referente a la procreación, inútiles para la vida monástica. Quizá no se había atrevido a exponerlas con mas claridad por si ello era mal interpretado, pero su celo profesional evitó que las soslayara, por suerte para la presente comunidad.
Al buen fraile aragonés se le humedecieron los ojos y mirando hacia el sol providencial dio gracias a Dios mentalmente. No gritó eureka porque no conocía a Arquímedes, ni era dado a exteriorizar sentimientos, pero la emoción del hallazgo propició una nueva acometida de la libídine. Rebosando alegría, volvió a sumergirse en el pilón antes de acudir a comunicar con el prior.
Este al recibir la nueva, se precipitó de hinojos ante la cruz de su despacho y rompió a llorar como un infante. Llanto de alegría no  solo por la liberación de la comunidad sino por la suya propia; era ya incapaz de aguantar mas represión; tenía la espalda en carne viva, incluso asomaba el hueso por varios sitios lo que dejó perplejo al médico cuando lo examinó. Ocurría que el virtuoso hermano padecía los problemas urinarios propios de la edad y tomaba, desde el principio,  ración doble de tisana de Epimedium. Si la solución hubiera tardado unos días mas, hubiera muerto despellejado vivo sin remedio.
Una vez comprobado que era, en efecto, la planta de las cabras la causante del desquicie, el prior resolvió que nadie debería mortificarse por lo sucedido ya que habían sido forzados a ello sin que fuera posible impedir la lógica reacción corporal al bebedizo vigorizante.
 __Así que sugiero a vuestras paternidades, olvidar lo sucedido para que ello no interfiera en la buena convivencia que debemos volver a observar tal y como hacíamos antes. Si alguno piensa que sus desahogos con mujeres y hombres- ¡cuanto esfuerzo le costaba decir estas cosas!- fueron, digamos, agresivos y por ende humillantes para los otros, le exhorto a solicitar humildemente perdón, de rodillas si es preciso, y a imponerse la penitencia que sea menester para aliviar su conciencia. Sin pasarse, que ya estuvo bien de excesos.
Así se hizo. Sucedió sin embargo que alguna de las señoras fautoras quiso repetir- ya sabíamos que la mayoría colaboró-y al negarse rotundamente los monjes tuvieron contra ellos violentas y agresivas reacciones con patadas en la entrepierna, puñetazos, arañazos  y hasta mordiscos que los pacientes frailes soportaron con estoicismo y con la mansedumbre propia de  su condición, lo que sirvió de expiación añadida para hacerse perdonar los excesos a los que les forzó la dichosa tisana, que encima tenía un mal sabor insoportable.
Suprimida, pues, de la dieta la maldita planta china de los cojones-los frailes decían palabras malsonantes como todo el mundo-la vida volvió por donde solía y el prior mejorado de su espalda   celebró un Tedeum y santificó el día en el que el boticario dio con la solución del enigma.
¿Qué por que al hermano Judas no le había afectado?. Muy sencillo. Porque el fraile hacía semanas que ayunaba, como  sabemos,  a pan y agua como auto castigo por haber sucumbido a los placeres de la carne- antes del caos y sin ayuda exógena- mediante los encantos de la mujer del sacristán, no una, ni dos, ni tres, sino treinta veces, mencionando como veces a las ocasiones, que era como el cándido fraile las contabilizaba; pero stricto sensu, habían sido treinta ocasiones, dieciséis a cuatro veces por ocasión y el resto a tres porque no hubo tiempo para mas; hagan las cuentas vuestras mercedes si les place, que a mi no se me dan bien los números. Nadie se había enterado en el cenobio. Nadie. El mismo, lleno a rebosar de  dolor de contrición y chorreando por los poros propósito de enmienda, se confesó, se absolvió y se impuso la penitencia: ayunar a pan y agua para que el cuerpo, así flagelado, no se escapara del control de la mente y no volviera a caer en la tentación, aunque Beatriz se contoneara a todas horas por delante de sus ojos y al ver que el lascivo movimiento no surtía efecto, se sacara los pechos y se levantara las faldas. El hermano Judas, hombretón del norte de Portugal que se había hecho monje para hacer tres comidas diarias ( porque en su casa se comía, con suerte, una vez al día y el observaba desde niño a los frailes del monasterio de su pueblo gordos y lustrosos, aparte de extenderse por el lugar un olor a guiso permanente y tentador),  tenía tanta hambre que era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera comida. Si la mujer hubiera sido un poco mas consecuente con el diablo que se cansó de susurrarle al oído que  se pusiera en los pechos quesos de cabra y se metiera en los calzones una ristra de chorizos dejando asomar alguno como reclamo, otro hubiera sido el resultado. Pero se ve que el diablo que le tocó en suerte era novato y no tenía el suficiente poder de convicción o no sabía ilustrar las tentaciones. 

El pecado y la penitencia del hermano Judas simplificaron las cosas para el boticario puesto que al no consumir los mismos alimentos que el resto, quedaba demostrado que tenía que ser algo de la dieta general lo que había provocado el erótico acceso. Y es que los caminos que el Señor nos muestra como guía pueden ser muy sinuosos como estamos comprobando y males menores ayudan a veces  a resolver males mayores.
Una vez descubierta la planta culpable de la posesión cuasi demoníaca que había sumido en un caos su santa casa, trocando la castidad en lascivia y la mansedumbre en desenfreno, el prior ordenó arrancarla de raíz y quemarla lejos del convento, no fuera que aspirar el humo produjera un efecto similar o mayor aún.
Los jornaleros contratados al efecto para la exterminación, que no sufrieron efectos secundarios que sepamos, la quemaron en los pedregales lejos del recinto, pero se ve que alguna semilla se libró del asado y arraigó para deleite  de las cabras y de los pastores y supongo que de algún otro mortal sabedor de la existencia de la pradera.
Esto le refirió, punto por punto,  el sindico del gremio de pastores al criado de la condesa y éste a su señora con los mismos pormenores.
Entonces ella tuvo la idea.

Continuará la próxima semana...

Erase una vez...en el siglo XVI de un país peculiar llamado Hispatania



Estos relatos forman parte de uno mas extenso. Es un thriller ambientado en el siglo XVI (El asesino de las cuatro estaciones). Iré publicando episodios sueltos en los que se presentan situaciones y personajes, pero en los que no se adivina la trama...Este primero lo llamaremos:


La condesa y el monasterio


Aunque vuestras mercedes me acusen de exagerar, como solemos a veces los contadores de historias, les puedo jurar sin ofender a Dios al ponerle  por testigo, que el  plácido y favorable presente de la villa comenzó a variar de rumbo aquel día que nuestra señora la condesa, aburrida en la fortaleza, dio en observar la conducta de las cabras. Las había visto miles de veces, pero ese día reparó –nunca sabremos que extraño designio unió los hábitos de las cabras y el destino de Saláceres- en que estos curiosos animales cada vez que iban a pastar a un sitio determinado de la montaña, regresaban exultantes dando brincos y balidos, atropellándose en su intemperante carrera para reclamar la atención mutua de machos y hembras, en un tumulto erótico que volvía locos a perros y a pastores, terminando todos desfallecidos por tanta fogosidad. Intrigada mandó un criado de su absoluta privanza a informarse con los pastores y estos le contaron de muy buen grado, ufanados de que la condesa se interesara por las costumbres de sus rebaños, que el alboroto lo ocasionaba una pradera conformada por una planta rastrera llamada  comúnmente “alimento de cabra”,  cuya raíz se adhiere como una lapa a la cuarcita, creciendo sin mayores necesidades  donde las demás fracasan. Hacía muchísimos años, mil tal vez, que un fraile la había traído nada menos que de la China y la había plantado en el huerto del convento. Allí estuvo siglos desaprovechada hasta que uno de los tantos boticarios que pasaron por el cenobio a través de los tiempos, decidió utilizarla como suplemento alimenticio, transformada en tisana, dadas sus abundantes propiedades beneficiosas para casi todo y sin efectos secundarios conocidos y por tanto, es de cajón, que jamás descritos. Tras algunas semanas comenzó a notarse en el monasterio un novedoso y alarmante aumento de la libídine en los pobres frailes de cualquiera edad, y digo pobres porque para aliviarse, dadas sus peculiares circunstancias,  se veían forzados a la práctica compulsiva del onanismo impenitente o lo que era peor, de la sodomía. Varios, no obstante, tuvieron coyunda con alguna mujer visitante del convento que se prestó a ello no sin cierta sorpresa e incluso, a veces, sin que se prestara; tanta era la urgencia que no había tiempo para hacer entrar en razón, ni menos aún encandilar al ocasional fautor. Estos son, como sabemos, pecados gravísimos para nuestra santa madre la iglesia de Roma, acrecentados aquí por el voto de castidad,  por todo lo cual el prior casi pierde la razón y casi la vida, tratando, por una parte de averiguar el motivo de la saturnal y por otra, de  dar ejemplo, como era su obligación, rechazando la tentación y manteniéndose firme como una roca en medio del impetuoso oleaje, lo que le costó un sinfín de flagelaciones, rosarios, ayunos, penitencias y baños continuos en agua fría.
Poseído el monasterio por el caos mas absoluto, hubo que suprimir oficios y maitines y encerrar a la comunidad en sus celdas privadas adonde se les servía la comida y de de donde salían, de uno en uno, solamente para hacerse un lavatorio frío y acudir a las letrinas a vaciar el orinal. De servir el condumio y abrir las puertas para que pudieran ir y venir individualmente, se ocupaba el hermano Judas, a quien parecía no haber hecho efecto lo que quiera que fuera que había provocado el frenesí y que estaba dotado, además, de una corpulencia disuasoria de cualquier intento de agresión por el motivo que fuera.
 El prior y el boticario, gravemente preocupados, parlamentaron largamente a través de la verja que separaba el altar mayor del presbiterio. Todas las precauciones eran necesarias. Dejada de lado la suposición de posesión demoníaca, puesto que ambos eran hombres prácticos e inteligentes, llegaron a la conclusión de que la culpable tendría que ser alguna sustancia que todos respiraran o ingirieran, excepto el hermano Judas, cuya vida dentro del monasterio así  como sus costumbres iban a ser cuidadosamente estudiadas. Dedujeron con buen criterio, que si el problema viniera con el aire, Judas y el resto de salacereños padecerían de lo mismo y que ellos supieran no había señales de tal sucedido en la villa, porque de lo contrario el desconcierto de mujeres y hombres gratamente sorprendidos al principio pero alarmados mas tarde e incluso agotados por tanta fogosidad no exenta de promiscuidad, con el consiguiente aumento de los conflictos conyugales y vecinales, habría producido una  riada de confesiones o de visitas al hospital y no había aparecido nadie con esas novedades por el monasterio; además dando un rodeo por la villa, cada uno por su lado, comprobaron que todo el mundo estaba tranquilo; por eso concluyeron que tenía que ser algo intra muros  puesto que sólo les afectaba a ellos.
Mientras el prior se retiraba a sus aposentos a orar y a flagelarse sin misericordia, el boticario, hombre prudente y recio venido a Hispatania desde el Alto Aragón español se zambulló de cabeza en el pilón del huerto cuya agua de enero, fría como carámbano, tuvo la virtud de impulsar la sangre por todos y cada uno de los canales dispuestos para ese cometido a lo  largo del cuerpo hasta el cerebro, tránsito del todo necesario para lograr discernir cual podría ser el origen de aquel fuego que había poseído a la comunidad.
Descartados el agua y el pan que constituían el frugal régimen del hermano Judas, se dedicó a investigar el resto de alimentos. Las legumbres eran compradas a un proveedor palentino que hacía también la provisión a la villa. Quedaron pues, excluidas de la sospecha. El pescado del río Torte era también compartido por el resto de la población; fue absuelto por ello. El monasterio poseía un extenso rebaño de cabras cuyo excedente de leche vendían en la villa. No eran tampoco la leche ni los quesos los responsables de la lujuriosa epidemia.
Los huevos, así como  la carne de las gallinas, codornices y cerdos que criaban, fueron suprimidos de la dieta mientras se hacía la investigación. No hubo en esos días ninguna buena nueva, con lo cual se dedujo que no eran los culpables. Mientras, el hermano boticario se dedicó a hacer un repaso exhaustivo de las hortalizas y sobre todo de las hierbas del huerto.
Eludió La historia de las  plantas de Teofrasto y el herbario manuscrito árabe que poseía el monasterio y prestó atención al herbario propio mas escueto y por ende mas apropiado para este caso, en el que urgía la solución, comprobando propiedades de  las plantas que utilizaban como alimento, como condimento o como suplemento, dejando de lado de  momento, las medicinales puesto que no todos las tomaban. Fue inspeccionando minuciosamente una a una, leyendo cada acotación que anteriores boticarios habían añadido debajo del correspondiente dibujo. Trabajó día y noche, ayunando y acudiendo al pilón cada vez que notaba que la sangre se acumulaba en una parte de su anatomía solamente.


Cuando comprobó el Epimedium- que era utilizada de modo generalizado por sus variadas propiedades sanadoras tanto de problemas urinarios, como dolores de articulaciones, falta de memoria, timidez emocional y síntomas generales de envejecimiento-leyó con cuidado lo que el fraile que la introdujo en Hispatania había anotado. Tras la descripción minuciosa de la planta y sus propiedades medicinales el monje importador hacía hincapié en sus abundantes bondades  sin ningún efecto adverso que se le hubiera descubierto desde que el ser humano aprendió a  poner por escrito sus conocimientos. La letra era levemente incipiente y el texto resultaba difícil de leer porque el tiempo y una inundación que había sufrido el cenobio años atrás habían dejado huella sobre el herbario, difuminando la escritura, borrándola incluso, en algunas partes.
__En cuanto hallemos la solución a nuestro problema, comienzo una copia nueva, porque esta terminará por ser ilegible__ pensaba el hermano botánico, mientras se aplicaba sobre la lectura acercando la vela todo lo posible.

Continuará la próxima semana...

El azar y la Fanta de naranja



Nunca hubieran podido imaginar que sus destinos fueran a cruzarse en ningún punto. No hubieran podido, principalmente, porque ni se conocían  ni siquiera se adivinaban,
en una ostentación intuitiva de esas que invaden a las personas de vez en cuando.

EL
 jamás de los jamases hubiera viajado a España de no haber sido por el vodka. Salió disparado de Rusia, como un spútnik, tras birlarles la recaudación de la semana de los garitos que gestionaban en un suburbio muy del extrarradio del Moscú, a los hampones para los que trabajaba. Su afición a la bebida nacional y a las mujeres le hacía gastar bastante mas de lo que ganaba como cobrador de la mafia local, que juró no cejar hasta hacerle devolver el último rublo, vivo o muerto. Su embotamiento crónico por culpa del vodka le llevó a  incrustarse, como el oxido, entre los ejes de un camión que supuso-no sabemos porqué- regresaba a Serbia, cuando el destino final era Francia. Lo expresaba bien claro en la visera con letras mayúsculas: VIVE LA FRANCE. Una vez entre los gavachos escuchaba atónito hablar francés a los que creía serbios sin terminar de comprender a que se debía el snobismo de expresarse todos, sin excepción, en la lengua de Sarkozy . “Desde que falleció el mariscal, vagan sin rumbo como Rusia sin Stalin”, pensaban mientras se sorprendía de que incluso a las ciudades les hubieran puesto nombre francés. Estaba en Belgrado y todo el mundo empeñado en que era Paris, hasta habían copiado aquella torre tan fea de hierro. “Asqueroso capitalismo. Asqueroso y contagioso, como todo lo malo”, mascullaba entre dientes, mientras escupía al suelo con repugnancia.
 ELLA
Tenía un problema con las goteras del tejado. Cada vez que llovía se le inundaba la buhardilla de la vivienda. No daba abasto a poner barreños en el suelo.  “Dichoso norte, muy verde y muy exuberante, pero todo son problemas por culpa de la lluvia”.Había contratado los servicios de una empresa de reparaciones, pero la policía se presentó  a detenerlos justo cuando terminaban de colocar los andamios: eran una banda de ladrones que haciéndose pasar por albañiles, desvalijaban las casas. “Ya me extrañaba a mi que tuvieran las manos tan cuidadas, incluso algunos con la manicura hecha y todo, como las mujeres. Metro sexuales, creo que se llaman”.
Tras el disgusto se decidió por un albañil vecino-mas vale lo malo conocido- que nada mas aposentar el trasero sobre la cubierta se dejó deslizar por ella, lo mismo que un niño por un tobogán. Decimos que se dejó- a no ser que fuera de esa gente que se conforma ante lo inevitable y, encima, aprovecha para divertirse- puesto que emprendió el viaje gritando: yuuupiiiiii.. Cuando años mas tarde pudo volver a hablar dijo que había regresado a la infancia por un momento. Desde el borde del tejado salió catapultado y aterrizó de cabeza sobre el asfalto de la carretera. No se mató, extrañamente, aunque no pudo nunca mas regresar a la albañilería dado que-por efecto del golpe-olvidó todo lo que sabía hasta ese momento, que tampoco era mucho.
Superada la conmoción por el suceso, ella contrató a otro albañil tan, tan obeso que se atascó en la claraboya de acceso y hubo que avisar a los bomberos para que lo excarcelaran, todo lo cual terminó por descolocar las pocas tejas que quedaban en su sitio, aparte de hacer añicos la claraboya y todas las ripias del perímetro del accidente. Agobiada por las malas experiencias y segura de que el tejado tenía un maleficio, decidió esperar  hasta encontrar un ahuyentador de malos espíritus, solvente, que le hiciera un barrido general a toda la casa.
Hasta el invierno quedaba tiempo.

EL

Mientras tanto decidió irse a Croacia, harto como estaba de escuchar a los serbios hablar francés y volvió a incrustarse en otros ejes de otro camión. Una vez pasada la frontera y detenido el vehiculo, salió de su escondite y tras caminar un buen trecho encogido por efecto del anquilosamiento del viaje, se dirigió a comer a un restaurante cercano. Tardó en discernir cual de las dos lenguas que hablaba la gente alrededor era el autentico croata. Se decidió por el que hablaban entre si los empleados; en principio le sonó a japonés, pero ellos no eran orientales, eran altos, la mayoría rubios y de ojos claros. Se convenció de que estos eran los croatas y el resto deben de ser italianos del norte. Comió un guiso con pescado llamado marmitako- que le seguía sonando a japonés-regado con un vino apodado chacolí y rematado con una botella de vodka. No le aceptaron los rublos-euros, euros, le decían. “Que mal vais sin Tito; muy mal sin el mariscal”, les gritaba en ruso, hasta que apareció una extraña policía que por lo menos vestían de rojo. Uno de los italianos se ofreció a pagar la cuenta y a llevarle si es que quería ir a Galicia. “Galitzia ¿dirigirse a Polonia?. Pues oye, lo mismo era buena cosa. La mafia no le buscaría tan cerca de casa”. Galitzia, Galitzia, dijo asintiendo con la cabeza. Unos kilómetros mas allá, el gallego le apeó del coche por las malas, después de que le hubiera vomitado encima todo lo comido y lo bebido.
“Cerdo, mas que cerdo, desagradecido, cabrón, hijo de la gran puta”…El pobre ruso quedó tirado en la cuneta asombrado del mal carácter de los italianos, hasta que se quedó dormido como un bendito. Le despertó el frío. Se había hecho de noche. Tras ponerse en pie, caminó por la carretera varios kilometras sin que ningún automovilista se detuviera para recogerlo, lo cual no era de extrañar, debido a su aspecto,  mas que sospechoso. Por fin llegó un pueblo. En la primera casa que halló, se acomodó entre las jambas de la puerta, se arropó con el felpudo y volvió a quedarse dormido.

ELLA

Abrió por la mañana y se lo encontró acurrucado como un bebe abandonado a su puerta. Esto va a ser el destino se dijo, proclive como era a creer en enviados y en aparecidos.
¿Sabes de albañilería?, le preguntó. El asintió pensando que le ofrecía algo de comer y sorprendiéndose de hallarse en Italia. “Porque estábamos en Croacia y nos íbamos a Polonia”, reflexionó mentalmente mientras sacudía la cabeza para terminar de despertarse.
Ella le dio el desayuno, caritativa como era, y luego le encaminó al tejado. “Todo tuyo”, le dijo y mientras le señalaba el cobertizo, añadió: “Allí tienes todo el material”.
El ruso pensó que la tarea consistía en quitar las tejas y volver a ponerlas otra vez donde estaban. Los europeos del sur son muy raros. Transcurrida una hora, muerto de sed, bajó por donde había subido y se dirigió a la cocina. Fue fácil de hallar: sólo había que seguir el olor a comida. Allí estaba ella con sus orondas caderas-que el contempló con gusto- trajinado sobre la mesa de mármol.
 Vodka
¿Eh?
Vodka.
Ah, no tengo.
Biski.
¿El que? ¿Whisky?
Yaa.
No tengo. Solo tengo Fanta de naranja .
Vodka
Noo, Fanta de naranja.
Biski.
Fanta de naranja.
VODKA, dijo el acercándose.
FANTADENARANJA, respondió ella, poniéndole el bote a la altura de la boca.
El, le quitó la lata de la mano y la tomó con decisión por la cintura.
Ella, apenas pudo gritar por la sorpresa.
“A la mierda la Fanta”, dijo el, en ruso naturalmente, mientras arrugaba el bote como un acordeón.
MMMMMMMM, respondió ella.

EL FORENSE

El policía no daba crédito.
¿Diez?
Si, diez
Que crueldad.
No lo crea, antes del tercero ya estaba muerta.
Mas a mi favor. Una crueldad innecesaria.
Es mas bien un despilfarro inútil, replicó el forense. Cuando le introdujo el tercer bote de Fanta ya estaba ahogada, la pobre mujer. Los otros siete son un derroche total.
Esto es obra de un africano, seguro. Vienen del desierto con tanta sed, que en cuanto ven bebida se vuelven locos. Piensan que todo el monte es orégano.
Malgastar asi la Fanta. Como si la regalaran…


Crimen perfecto, desenlace




Semanas después, dos días antes de Navidad, dormía a pierna suelta en su solitaria masía, cuando le despertó una música estridente. Venía de la planta baja.
__¿Pero que collons? ¿Quién ha puesto música a estas horas? Seguro que algún amigo pelmazo me ha seguido para tocarme los huevos. Debí imaginármelo. Se van  a acordar. Sacó de la mesilla una pistola y bajo las escaleras con sigilo. El amigo tocapelotas se iba a llevar una buena sorpresa.
 Reparó en que estaba sonando una  canción de Queen.
__Que extraño, no tengo música de ese maricón de Mercury.
I want to break free
I want to break free
I want to break free from your lies
You're so self satisfied I don't need you
I've got to break free
God knows, God knows I want to break free
En el salón no había nadie, pero el CD sonaba a voz en grito. Se acercó y a medio camino apuntó para pararlo de un tiro cuando, sobre la blanca pared del fondo, desnuda lo mismo que él, se proyectó siniestra, la silueta de un hacha de verdugo en una macabra sombra chinesca.
Entonces lo comprendió.
No se lo había imaginado así. Iba a ser un poco sangriento, pero tenía lógica puesto que su matador era inglés. “Tal vez descienda del verdugo de la Torre”.
Observó como el hacha iniciaba una frenética carrera hacia su cuello, pudo notar la gélida brisa de la trayectoria y casi simultanea al golpe, surgió una pregunta que era, además, un reproche.
__¿No habíamos quedado en la noche del veinticinco?.
La cabeza se desprendió del tronco cayendo al suelo de un tajo limpio y certero. El cuerpo la acompañó dos segundos mas tarde.
__El veinticinco tengo que celebrar la Navidad con mi madre__respondió el verdugo mientras se dirigía tranquilamente a recoger el CD de Queen.


Los amigos se extrañaron de no recibir mensaje alguno el día de Navidad como les había prometido antes de la marcha. Se llamaron unos a otros intrigados primero y preocupados mas tarde.
__No debería jugar así con nosotros. No tiene gracia.
Llegó Sant Esteve y la prometida misiva no apareció por ninguna parte. Al día siguiente se reunieron para tomar una decisión.
__Deberíamos avisar a la policía.
__¿Con que motivo?.
__Pues con este. Iba a ponernos un mensaje y no ha dado señales de vida. Habría que localizarlo.
__Estará en su retiro perfectamente con algún bombón. Se habrá olvidado. O se habrá ido a algún otro sitio. Yo nunca me creí que aguantara allí encerrado como un anacoreta.
Nacho tuvo, entonces, la idea: __Conozco un hacker, le llamaré y el nos dirá como podemos localizarlo por el móvil o por el GPS.
Será muy sencillo les dijo el joven, que vivía en una buhardilla inhóspita, tenía aspecto de retrasado mental y tropezaba al hablar.
__¿Que co-oche tiene?
__Varios.
__Pero ¿con cuu-ual se fue?
__Se llevó el BMW. Hubiera sido mas lógico el cuatro por cuatro…
__Genial. Ve-eréis. Los BMW al igual que algu-na otra marca, lle-evan de se-rie un loca-aliza-dor con alarma inte-egrada. Le en-viamos un sms y el ca-acharro nos respon-de con las cooo-orde-enadas. Tiene me-emoriza-ado casi todo el te-errito-rio nacional y con-vierte las cooo-orde-enadas a PDI. Solo nece-esitamos un po-oco de suerte.
Cruzaron los dedos. En la pantalla del ordenador se esperaba que oscilara un punto rojo. Pasaron los minutos y no sucedió nada. El muchacho insistía casi con saña, pero no hubo manera.
__Ha des-conectado el loca-alizador. Es imm----posible.
Los amigos se miraron impotentes.
__No tiene ninguna gracia. Ninguna.
__Po-odría tratar de loca-alizar el lugar haciendo un barri-do ex-haustivo de la zona. Bu-uscaré una masía so-olitaria. Sería mas fa-acil si tuviera un-a foto, pero…
__Yo tengo una en el smart.
__¿Como eso?__preguntaron los amigos.
__Me la envió antes de irse.
__Perff-ecto. ¿Es el Pi-irineo catalán?.
__Supongo que si.
__Me lleva-ará su tiempo. Pe-ero la encontra-aré. Sa-aldrá caro…
__No te preocupes por el dinero. Te adelantaré algo.
Le llevó cuatro días. Encontró la masía, en donde era perfectamente reconocible el coche aparcado al lado de la casa y  algo mas que llamó su atención: un motorista que se alejaba; faltaba poco para que se hubiera esfumado bajo la arboleda. El satélite le capto por los pelos.
__Es una tía, seguro. Te digo que Joaquín trama algo.
__Mañana por la mañana nos pondremos en camino. Veréis que sorpresa…
En efecto fue una sorpresa, aunque no era la que se esperaban. Entre el espectáculo y el hedor, algunos tuvieron que salir a vomitar.
__Espero que el satélite no los inmortalice así__pensó Felipe.


Dos días mas tarde, la policía encontró en el ordenador del despacho del socio del muerto, Rodolfo Garcés, en un archivo encriptado, los correos electrónicos que había intercambiado con el sicario-un inglés que se ofrecía por Internet bajo la tapadera de una empresa de venta on line de medicamentos genéricos-así como un mapa con la situación precisa de la casa que la victima, Joaquín Mestre,  había adquirido en pleno Pirineo, donde Cristo perdió el gorro, mas una descripción detallada para acceder al lugar desde el último pueblo habitado. Así mismo figuraba el recibo impreso del pago que la esposa de la victima había efectuado con su tarjeta de crédito el día antes de que Joaquín se la cancelara.
__¿No le parece todo un poco raro?__preguntó Felipe al inspector que llevaba la investigación.
__No.
__¿Es normal que alguien contrate un sicario y deje las pruebas en el ordenador y que le paguen con tarjeta de crédito?. ¿Existe gente tan poco precavida?.
__Si.
__Pues yo no me lo creo, perdóneme usted…
__Pues cuado tenga alguna prueba de lo contrario, me lo hace saber. Pero prueba sólida ¿eh?. Que no estamos para perder el tiempo con paranoias. Por el momento el caso está mas que claro. Crimen pasional. Cuernos y sangre. Tan viejo como el mundo. Bona tarda.

Crimen perfecto



Al doctor Buscató se le hacía cada vez mas difícil notificar ese tipo de veredictos. Porque eso eran los diagnósticos cuando no había solución: un veredicto, con sentencia  de muerte. En España llevaba años abolida, pero algunos cánceres no se habían dado por aludidos. 
Su paciente de ahora era un hombre de negocios de la alta burguesía de la ciudad. Un hombre aun joven,  educado y simpático, a quien la vida acababa de jugar una mala pasada.
El doctor Buscató seguía considerando a la ciencia una necesidad filosófica, aunque hoy se hubiera convertido en un negocio, incluso para él. El cáncer, representaba como nadie, la lucha maniquea entre el bien y el mal y había sido disociado por el científico, para su gobierno,  en dos opuestos irreconciliables: demócratas y dictadores. Cuando el cáncer era un Kennedy todo iba bien. Pero el que padecía este hombre, por desgracia, era de los últimos. Un dictador fanático y feroz, un hitleriano asesino. Mas papista que el mismo papa. Un Himmler.
Le había pedido la verdad, por dura que fuera. “Tengo que dejar muchas cosas amarradas. Necesito toda la verdad, doctor”. Lo tenía aguardando en la sala de espera desde hacía un buen rato, no podía demorarse mas, aunque le doliera sobremanera la mala noticia que iba a comunicarle. Nunca se acostumbraba. Se sentía derrotado por la enfermedad y no era para  eso que llevaba treinta años investigando.
__Que fástic de malaltía__pensaba mientras abría la puerta para recibir a su paciente.


Aquel ultimo viernes de octubre, mientras degustaban cocochas en el mejor restaurante del puerto, los amigos pusieron el grito en el cielo, confiando en el fondo, que fuera otra mas de sus muchas excentricidades y que se lo acabaría pensando antes de seguir adelante con esa decisión tan visceral. Era un calentón comprensible teniendo en cuenta que su mujer lo abandonaba y que el sospechaba, tal vez  con fundamento, que la culpa de todo la tenía su socio, Rodolfo, amigo de la infancia para mas inri. No terminaban de creerse que la vida de un hombre tan inteligente y triunfador fuera a dar ese giro radical de ciento ochenta grados, por una mujer. “Con tantas como hay en el mundo y con la facilidad que tu tienes para ligar, tío”, le habían dicho tratando de hacerle entrar en razón.
__Que faena le hizo esa mosquita muerta. Cuanto mas mojigatas parecen mas putas son__fue el comentario de Nacho cuando se quedó a solas con Felipe.
 Felipe, por el contrario, no era de ese parecer. Conocía  bien a Joaquín y la decisión le pareció una cabronada  Estaba convencido de que algo oscuro se escondía tras ella. No compartía, en absoluto,  la opinión de los demás acerca de Susana_ una santa que le aguantó lo indecible, maltrato psicológico incluido- ni tampoco la teoría de Joaquín sobre la relación de ella con Rodolfo. Además se había demostrado hasta la saciedad: le había puesto varios detectives y todos concluyeron lo mismo: Susana no se veía con nadie y Rodolfo continuaba fiel su novia de siempre.
Joaquín era un hombre encantador en el trato con los demás. Un excelente relaciones publicas de si mismo. Se vendía tan bien, que era capaz de hacerte sentir lástima por el, mientras te clavaba un puñal por la espalda. Pero esto solamente lo pensaba Felipe. Al resto les parecía un hombre con un talante peculiar, encantador y listo como un lince. Por eso le había ido tan bien en la vida y por eso no comprendían la decisión que acababa de comunicarles.
 Nacho, fiel compañero en el consumo de sustancias diversas y sexo de lujo, fue de todos, el que puso mas empeño en disuadirle.
__Esto es puro stress, tío. Estas ofuscado. Vete un tiempo hasta que te calmes. Luego lo verás de otra manera, hazme caso. Los cambios tan radicales no son convenientes. Además ¿por qué vender la empresa?. Espera a ver como te va y mas adelante, cuando te encuentres mas tranquilo ya tomarás una determinación. No te precipites. Deja a Rodolfo con todo y ya se verá.
Ese era el problema: Rodolfo. Ni hablar de dejarle el control. Había tomado la decisión de vender su sesenta por ciento a una multinacional que sería quien dirigiera el negocio de ahora en adelante y punto. El socio si no estaba conforme tenía dos opciones: conformarse o vender.
__Pero el no quiere vender__ le observó Felipe__ No quiere en modo alguno.
__Es su  problema.
__¿Acaso no te importa? Ha sido el mejor socio que podías haber tenido, trabajador y entregado a la empresa y un buen amigo, además.
__No, no me importa. Que se vaya al carajo como todo.
__¿No seguirás pensando que ha tenido algo con tu mujer?.
__ Si, estoy convencido.
__¿No puedes admitir, por una vez, que te has equivocado?.
__Yo jamás me equivoco.
Ante afirmación tan rotunda los amigos decidieron dejarlo en paz. Nacho convencido de que así era, en efecto,  y Felipe seguro de que tramaba algo y que tras esa decisión tan visceral se solapaba una sorpresa siniestra, propia de una mente retorcida y sicopática como la de Joaquín. Tiempo al tiempo.


Joaquín Mestre se hallaba en ese momento, en el polo magnético de la mayor de las desolaciones. Descubrir el corto plazo que tienes de vida no es fácil de encajar. Contemplar cara a cara a la muerte sin mas asidero que la resignación es una putada de las gordas. Acostumbrado a ser un triunfador, no podía permitir que un estúpido mal dispusiera la fecha de su partida de este mundo en el que se encontraba tan a gusto, por otra parte.
Le faltaba tiempo.
No pensaba dejarse ver una vez que la enfermedad hubiera mostrado claramente sus estragos. En los escasos tres meses que le dio el doctor Buscató, necesitaba atar bien todos los cabos. No habría otra oportunidad. Todo tenía que encajar como un manguito, de lo contrario moriría para nada.
El ganaba siempre. Le habían educado para eso. Su padre le inculcó, incluso por las malas, un talante competitivo, agresivo si convenía y siempre vencedor al precio que fuera. Triunfar era la única meta. Ese fin justificaba de sobra cualesquiera medios.
Por ello, llevaba días dándole vueltas al guión de su puesta en escena final, sin grandes avances, cuando recordó aquella casa. Casualmente, la había descubierto en Internet hacía ya bastante tiempo; un lugar que ahora se tornaba ideal para sus propósitos. Se trataba de una histórica masía en un pueblo perdido en plena montaña, adonde no llegaba ni el viento El dueño acababa de morirse y sus sobrinos tenían prisa por vender, repartirse el dinero, regresar a Barcelona y no volver por allí nunca mas.
Todavía no existía rastro de la enfermedad, pero sin saber bien porqué guardó el anuncio y le puso un nombre premonitorio: Retiro. Rezó mentalmente para que no se hubiera vendido. Tuvo suerte: la masía le estaba esperando, como una esposa paciente. Además con la crisis, pudo adquirirla relativamente barata .
Cuando llegó el momento elegido para la partida, se negó rotundamente a que lo acompañaran. Solamente Nacho, compartidor de otros secretos, gozó del privilegio de conocer el lugar. Pero solo la fotografía. A todos, les llegó el día antes de la partida el siguiente mensaje. “Os invitaré a comer canelons el día de Sant Esteve. La mañana de Navidad os haré llegar la situación exacta del lugar. Tenéis que prometerme que acudiréis todos. Hasta ese momento no volveremos a tener contacto. Adeu”.
Antes del exilio, vendió su parte del negocio, dejando a su socio en una posición incómoda, canceló las cuentas conjuntas y las tarjetas de su todavía mujer y le dio un plazo de una semana para abandonar la casa en la que residieran hasta esa fecha, regalo de boda de los padres de él. Puso fin también, por descontado, al contrato de ella en la empresa. Fue la única condición que impuso a los compradores.
Contento consigo mismo, encantado de conocerse, se marchó a lo mas profundo de los Pirineos donde la muerte no tendría mas remedio que acudir a buscarle.

El desenlace la próxima semana...

La planta cero



Si alguien pudiera ver sincronizadamente todo lo que sucede en esta planta, seguro que no tendría ningún misterio. Sería una sucesión de hechos ordenada y homogénea. Pero contemplado cada uno por separado no es posible hilvanarlos con coherencia, ni hallarles ninguna explicación racional; no tienen pies ni cabeza. Solamente pueden ser conjeturas, suposiciones. 
Posiblemente la misma planta lo sea.
En principio es el área de los errores médicos y de las mangas por hombro-no de modo oficial, como es de suponer-.Todo paciente ingresado en ella cuenta con abundantes anotaciones al margen en su historial que jamás verán la luz. Son para uso interno del hospital exclusivamente. Tal y como están las cosas en la medicina, es bastante probable que el facultativo que sume mas anotaciones se haga acreedor, en vez de a un despido por incompetente, a una medalla por minorar pacientes y ahorrar así dineros al servicio de salud, en una eutanasia activa, aunque quiero creer que involuntaria y menos aun patrocinada.
Los pacientes aquí, sufren una serie de trastornos adicionales que poco o nada tienen que ver con su dolencia original, ocasionados por un diagnostico y en consecuencia, una medicación, inadecuados; en el inicio de todo, fallecían o no, dependía de la suerte y de los genes del enfermo; pero ahora en este difícil presente, fallecen de todas, todas, porque el centro aprendió con los años que los muertos ni hablan ni reclaman y aunque lo hagan los deudos, faltando el testigo principal, todo es mas fácil de mangonear.
Resumiendo: el lugar es sospechoso de por si y para los pacientes supone una zozobra añadida despertarse en ese limbo hospitalario entre el mas allá y el mas acá.
La vida transcurre a cámara lenta, no hay prisas, y este sosiego en vez de relajar, agobia. El personal se mueve medio flotando entre la brumosa atmosfera que invade el lugar. Son desdibujados espectros que se manifiestan a los forzados moradores de esta antesala del infierno, quienes- recelosos siempre, ante las incertidumbres de su futuro inmediato- tratan de  precisar,  angustiados, si están ahí para curarles o tal vez para rematarles.

Para las visitas el fenómeno comienza delante de los ascensores pintados de amarillo insidioso. Hace tiempo que vienen sucediendo cosas raras en el de la derecha. Dentro se sufre, aunque sea crudo invierno, un calor agobiante, casi infernal y a menudo, la limpiadora encuentra en el suelo un rastro de ceniza en un montoncito.
“El guarro del gerente y sus puros, mira que fumar en el ascensor”.
Este aparato librepensador, exhibe sin pudor y sin que nadie haga por remediarlo, una extraña querencia a golpear visitantes. En un juego que solo él comparte,  hace varios amagos de cerrar las puertas, hasta que tropieza con un mortal-dudoso o retador y siempre ingenuo-detenido en el umbral: ¿me dejas entrar o que estúpido aparato?, contra el que descarga sin cortarse un pelo, toda su solidez germana, con resultado de ayes asombrados y lastimeros, mientras cabezas, hombros, brazos, caderas o piernas resultan contusionados, magullados o lisiados en el lance. En un sincronismo siniestro, puede que la agresión sea pura solidaridad con el personal sanitario de las malas praxis, porque esto sólo sucede con los visitantes de la planta cero, precisamente.
Sin embargo, este no es el único inconveniente que les espera.
En todo el edificio las puertas de acceso a planta, se abren de un simple empujón, pero en esta oponen una resistencia férrea, no quedando otra que emplearse a fondo, tanto, que muchas veces las visitas se dan la vuelta impotentes. Si consiguen entrar, una vaharada ardiente como el suspiro de un dragón, hace que se detengan dubitativos en el umbral a la vez que comienza a invadirles un caliginoso sopor que, una vez alojado en el cuerpo, lo vuelve torpe y pesado haciendo que lleguen a su destino, unos metros mas allá, exhaustos y casi mareados sin animo siquiera para decirles hola a sus parientes, o amigos, o vecinos, o lo que quiera que sean los visitados.
Ya advertí que el área es densa y bochornosa. Reúne todo lo necesario para que la imaginación pueda trabajar a gusto. Es por ello, quizá, que continúa existiendo.
Porque cualquier cosa que podamos aventurar sobre ella  resultará  del todo descabellada para mentes científicas y racionales como se supone que son las autoridades sanitarias, políticas y judiciales de un país del primer mundo, además.
Pero pueden decir misa; la planta cero esta ahí y es peculiar.
El record de la mayor singularidad, entre su variopinta fauna de sufridores a cuenta de decisiones a la ligera, lo ostenta la superviviente de una dosis brutal de Fentanilo que con la excusa de calmarle el dolor producido por la osteoporosis, la  dejó en un estado anestésico irreversible. Al carecer de familia que le pueda buscar las vueltas al centro, a este no le hizo falta eutanasiarla, por el momento, y la buena y tranquila señora permanece viva y cuidada en una habitación pequeña próxima a la puerta de acceso y salida de este limbo de justos. Como efecto secundario, o infinitiario, del exceso de morfina posee un extraño don premonitorio, o persuasivo, o ambos. Digo esto porque, cuando alguien pasa por delante de su puerta, siempre abierta, y la mujer dice con su lengua de trapo: “oye, oye, que vas dejando un rastro de humo; oye, que te vas quemando”, el interfecto se encamina indefectiblemente como un autómata al ascensor de la derecha  y ahí se pierde su pista para siempre.
No puedo aventurar lo que pasa dentro, ni tampoco, si a la mañana siguiente aparece la ceniza delatora. No puedo, porque no puedo ver lo que sucede en varias partes a la vez al no poseer el don de la ubicuidad ni ningún otro que me permita observar a través de superficies opacas, pero en la comarca se acrecienta el número de personas que desaparecen sin dejar rastro y de las que solo se recuerda lo último que dijeron a sus familiares: “Voy al hospital a visitar a fulano o a mengana a la planta cero. Volveré para hacer la cena o para cenar”, esto según sea mujer u hombre.
Y hasta hoy.