Érase una vez

IV




 Mientras continuaba la nevada, el rey de León, don Alfonso el séptimo y doña Gontrodo Petri continuaron sin tregua sus encuentros amorosos. La joven allerana no volvió a acordarse de su marido ni cuando se hallaba a solas, puesto que Alfonso, como había dado en llamar al rey, era un buenísimo amante y parecía totalmente rendido a sus encantos.
   Don Pedro y doña María casi no se hablaban en los escasos momentos en los que se veían. Don Pedro prefería no escuchar a su esposa ni tan siquiera ver su cara de consternación cuando preguntaba por los amantes. Esa mañana, no obstante, los hados quisieron que ambos se encontraran un momento en el refectorio para que don Pedro murmurara antes de irse:
   __A ver si la niña cumple y se queda preñada.
   __ ¡Cómo! ¿Sería necesario?
   __Sería perentorio__ sentenció don Pedro saliendo de la estancia.
   __ ¡Aulagaaaaaa! Que venga Aulaga__ casi suplicó a sus sirvientes.
   Cuando llegó la hechicera doña María lloraba con desespero. Todo eran problemas y ella ya no sabía qué hacer. Cada decisión que tomaba estaba errada a criterio de don Pedro. Doña María no entendía para que necesitaban un bastardo con la mala fama que tenían.
   __Haz que se quede preñada.
   Aulaga no preguntó, pero hizo notar algo.
   __El efecto de la hierba que toma para lo contrario tardará en retirarse unos días.
   __ ¿Cuántos?
   __Tres o cuatro, cinco incluso.
   __ ¿No puedes darle algo para anular el efecto?
   __No. Ya toma demasiadas cosas. Dejemos que cada una siga su curso natural.
   __Que no deje de nevar entonces.
   __Estoy en eso. Don Pedro me lo pidió.
   __Menos mal. Me voy a mis aposentos, ya no puedo más.
   Cuando estaba a punto de tomar la escalera, el encargado de la despensa la interceptó con cara de preocupación.
   __Señora, no hemos podido ir de caza y en las trampas solamente han caído conejos y un raposo. Las ocas se terminan hoy. ¿Qué hacemos?
   __Los cerdos__ respondió doña María con la mirada perdida.
   __De acuerdo.
   __¡Despensero!
   __Señora.
   __Reza para que caigan jabalíes en las trampas.

   Mientras los amantes se amaban como corresponde y los señores de la fortaleza se preocupaban por motivos diferentes, los dos Juanes continuaban la investigación del crimen.
   Juan García sabía varias cosas. Los frailes de Eslonza eran benedictinos como los del monasterio vecino a la fortaleza, que aunque en territorio de don Pedro, obedecían a la orden y era lógico que desearan las tierras en litigio, que no eran cosa baladí, para sus compañeros de hábito. ¿Qué tenía eso que ver con la muerte de Camponegro? Pudiera parecer que nada en absoluto, pero a estas alturas Juan García ya tenía una sospecha fundada de la que no hablaba porque solamente era eso: sospecha, indicios. Sin embargo había motivo y eso era importante. Si hay motivo, ocasión y beneficiario, hay criminal. Otra cosa iba a ser hallar pruebas. Pero tiempo al tiempo. El abad había sido invitado a última hora; doña María fue quien se dio cuenta del olvido y don Pedro envió un emisario a invitarle en nombre del rey y en el suyo propio, haciéndole notar que la tardanza había estado motivada por no saber exactamente si el rey iba a llegar para la cena o no.
   García cotejaba cada día las pesquisas con Juan Tabarés. Este había averiguado que el hijo de don Alvar muerto en combate, se hallaba muy lejos de los leoneses, en el flanco opuesto, porque en la toma de Gauzón no se habían mezclado las tropas. Cada una había cumplido un cometido diferente. Por tanto no había ningún leonés entre los asturianos, ninguno por ende, sospechoso de nada. O sea que la probabilidad de que los caballeros trataran de envenenarse mutuamente por rencillas de la batalla, era remota. Entonces ¿para quién era el veneno? Según él para el rey o para don Pedro. ¿Por qué? Por el litigio con la orden de San Benito.
   __ ¿No iréis a pensar que alguien alentado por la orden ha cometido el crimen?
   __ ¿Por qué no?
   __Es muy grave acusar a la orden de tratar de asesinar al rey.
   __Tal vez no fuera al rey. Probablemente fuera a don Pedro. Tratar de envenenar al rey es improbable puesto que su ayudante prueba cada copa de vino y cada vianda antes de que el rey las toque. Aunque siempre hay un resquicio. Nada es imposible. Pero a don Pedro es fácil. Por otra parte el rey no acudió a la cena, con lo cual la teoría del veneno para el rey se desvanece por sí misma.
   __El copero trae el vino en las jarras y de esas jarras se sirven todos, incluso el rey, no sé como…
   __No ha sido el copero. Alguien puso el veneno en una copa específica…
   __En la de Camponegro.
   __Tal vez no. Acompañadme al refectorio. Vamos a hacer otra reconstrucción.
   Volvieron a precisar los servicios del copero no tanto para que les indicara  donde estaba sentado cada caballero, sino para que  detallara lo más exactamente posible, de qué modo se sirvió el vino, una vez que los caballeros comenzaron a levantarse de sus puestos.
   __ ¿Eso aconteció una vez que don Pedro se retiro, verdad?__ Preguntó el leonés que no estaba muy de acuerdo con las sospechas del otro Juan.
   __No, no señor; ocurrió toda vez que doña María se fue.
    Juan García le interrogó con la mirada e hizo un gesto ostensible para que continuara el relato.
   __Cuando la señora se levantó para irse, los comensales se pusieron en pie, y a partir de ahí, comenzaron las charlas informales y los corrillos; algunos caballeros no volvieron a sentarse y otros lo hicieron en puestos diferentes al que ocupaban desde el principio. Don Pedro ordenó dejar el vino sobre la mesa y que cada caballero se dispensara a su gusto. Yo, no obstante, permanecí atento, porque los caballeros están acostumbrados a que les sirvan.
   __Fue en ese momento cuando se envenenó la copa que bebió don Alonso.
   __ ¿Participó el abad en los corrillos o permaneció en su sitio?
   __ ¡Qué manía habéis cogido con el buen abad!
   __El abad continuó sentado. No está el buen hombre para muchos trotes, casi se queda dormido. Permaneció en su puesto y mantuvo una cierta conversación con don Alvar.
   __ ¿Y don Gualtero?
   __Don Gualtero se levantó porque la pierna le dolía bastante y daba pequeños paseos alrededor de la mesa, parándose cuando era preciso, cuando el dolor se agudizaba y vuelta a empezar. Apenas probó el vino, lo necesario para tragar la cena.
   __En una de esas vueltas pudo envenenar el vino__ apuntó el leonés convencido.
   __ ¿Quien acompañó al abad?
   __Lo acompañó otro fraile que cenó en la cocina. Allí estuvo hasta que el prior lo mando llamar para irse, una vez que doña María abandonó el refectorio.
   __Pero no se fueron inmediatamente…
   __No señor, tardaron un buen rato, hasta que don Pedro se retiró.
   __ ¿Y que hizo el fraile?
   __Estuvo tras la silla del abad y luego se acercó al fuego, mientras el abad conversaba con don Alvar.
   __Frente al fuego estaba el puesto de don Pedro.
   __Si señor.
   __Muy interesante. ¿Alguna vez lo perdiste de vista?
   __Si señor, muchas. Los caballeros se movían y yo les seguía con la jarra de vino. Me llamaban continuamente de un sitio y otro.
   __ ¿El fraile bebió?__ preguntó Juan el leonés.
   __No, no señor. El abad si, bebió bastante.
   __O sea que nuestro fraile pudo tener acceso a la copa de don Pedro…
   __Los caballeros no se separaban de las copas de vino.
   __Los caballeros tal vez no, pero don Pedro pudo haberla dejado sobre la mesa en algún momento…
   __Como poder sí que pudo…
   __ ¿Tú no observaste nada así? ¿No viste su copa sobre la mesa?
   El copero pensó un buen rato. Juan García le dejó a su aire.
   __La copa de don Pedro, permaneció sobre la mesa, si. Don Pedro la dejó allí, para mayor comodidad, supongo. Porque lleva el bastón en la derecha y sostener cualquier cosa con la izquierda le acaba molestando. Además, la pierna le duele tanto, que precisa apoyarse en el bastón con ambas manos, y eso fue lo que hizo mientras conversaba de pie con los caballeros.
   __O sea, que la copa de don Pedro permaneció sobre la mesa durante casi toda la sobremesa.
   __Si señor. Pero le hago notar que don Pedro no bebió. Yo no recuerdo haberle vuelto a servir.
   __Pero eso el asesino no podía saberlo.
   __ ¿A dónde queréis llegar?__ inquirió el leonés__ Os noto muy empecinado con vuestra teoría.
   __Mi teoría tiene más enjundia de la que vos creéis. Muerto el can terminó la rabia o dicho de otro modo: Sin don Pedro, no hay pendencia con el abad de Eslonza.
   __Y lo envenenan así, estando el abad de aquí presente en la cena…
   __El abad y un montón de caballeros astures y leoneses. Mucha gente sospechosa, caballeros enfrentados por un sinfín de historias: rencillas, cuernos, pendencias de todo tipo… ¿Quién va a sospechar de unos frailes y en concreto de un abad achacoso y viejo que casi se duerme, que de hecho se durmió sobre la mesa en algún momento.
   __No lo veo.
   __Pues yo si lo veo y os lo voy a demostrar: Alonso de Camponegro fue hallado muerto aquí ¿verdad copero?
   Mientras el copero asentía Juan García se sentó en el puesto que ocupó don Pedro.
   __Supongamos que Camponegro se sentó aquí en un momento de la sobremesa, cuando ya don Pedro se había retirado.
   __Si, lo hizo__ confirmó el copero.
   __Bien. La copa de don Pedro permanecía en su sitio llena de vino y Camponegro la bebió y se envenenó, se sintió mal y al tratar de levantarse se desplomó aquí, delante de la chimenea…que fue donde se le encontró. Los caballeros tardaron en apercibirse porque la mayoría estaban ebrios y muchos dormidos de cualquier manera. En principio, que Alonso estuviera desplomado en el suelo no llamó la atención, hasta que los caballeros comenzaron a irse, ya amanecido.
   __Eso es solamente una teoría.
   __Es una buena teoría__ aseveró el copero.
   __Tú te callas. Tu opinión no cuenta.
   __Si cuenta. Demuestra que es una deducción lógica.
   __Bien. Sabemos que don Alonso murió y suponemos que el veneno era para don Pedro, pero ¿quién lo puso en la copa? Esa es la cuestión.
   __El fraile que acompañó al abad. Es el único que tenía motivo. Y no el fraile en concreto__ se apresuró a precisar Pedro García, ante el gesto de escepticismo del otro Juan__ sino la orden. La orden tenía y tiene motivo para querer muerto a don Pedro y habiendo motivo y ocasión hay asesino.
   __Tendréis que probarlo.
   __Lo haré, no os quepa duda.





 Continuará...

Érase una vez


III



Don Alfonso, rey emperador, quedó fascinado por el físico de Gontrodo Petri. Su tez blanca como la nieve, sus ojos traslúcidos, sus trenzas albinas, su porte esbelto y sus maneras delicadas, le habían hecho cosquillas en el estomago, incluso cuando le tomó la mano para conducirla a su lugar en la mesa, su entrepierna comenzó a darle problemas. Hacía mucho que no estaba con una mujer y aquella le gustaba más de lo aconsejable, teniendo en cuenta que era la hija de su anfitrión y que estaba casada. Aunque, bien mirado, su anfitrión parecía empeñado en ponérsela en bandeja y el no tenía por qué ser descortés.
   Doña María, obedeciendo a su esposo,  había tenido una charla con la niña y le había hecho saber la conveniencia de ser amable con el rey.
   __Querréis decir cortés madre. Yo lo soy, y educada. Vos me lo enseñasteis.
   __No; quiero decir amable, que no es igual. Amable…es un hombre ¿comprendes?
   __No muy bien; yo estoy casada, madre.
   __Olvida eso. Comencemos de nuevo. Don Alfonso no es un hombre.
   __ ¿Ah no? En qué quedamos…
  __ No es un hombre cualquiera. Escúchame bien. Es el rey. Es el emperador de León. Y se ha fijado en ti y tú debes corresponder.
   __ ¿Y mi esposo?
   __Olvídate de que estás casada.
   __Pero mi esposo llega mañana.
   __Tu padre ya lo ha arreglado.
   __ ¿Qué queréis decir?
   __Que tu esposo regresa a Ovetum. Se necesita allí una guarnición y no preguntes más. Centrémonos en lo que estamos.
   __ ¿No a va a volver nunca?
   __Si mujer. Volverá cuando deba volver. Cuando el rey se vaya.
   Ni doña Gontrodo entendió muy bien el por qué de esa insistencia en arrojarla en brazos del rey, ni doña María quedo satisfecha con las entendederas de su hija. Por otra parte era lógico; le había inculcado desde niña la importancia de ser una esposa abnegada, indulgente y fiel con el esposo, por encima de cualquier otra cosa. “La virtud es el bien más preciado que posee una dama y a ella te has de entregar por sobre todas las cosas. Nunca, nunca jamás, ¿me oyes? Nunca debes ser infiel a tu esposo. Antes te has de quemar con carbones encendidos la parte de tu cuerpo que pretendas entregar a otro hombre”.
   __Anda que tú también__ le había recriminado don Pedro cuando hablaron al respecto.
   __Es lo que me enseñaron a mi__ protestó doña María.
   __Pues cámbiale la norma. Mira de que le entre por la cabeza. Hay mucho en juego. Muchísimo. Es una orden, esposa.
   Doña María, temerosa de que su hija no estuviera  a la altura de las pretensiones del rey, llamó a Aulaga y le pidió ayuda. Después de todo había sido una suerte que la hubiera hecho venir a la Torre. Así la tenía a mano para cualquier emergencia.
   __Le hare una infusión de Epimedium.
   __ ¿Qué es eso?
   __Es la hierba que comen las cabras espontáneamente antes del celo anual.
   __ ¡Dios mío! ¿Será seguro?
   __A las cabras no les ha fallado jamás. Y mejor no invoquéis a Dios para estas cosas.
   __Pues ponte a ello, porque la necesito ¡ya! Ah y otra cosa: sería bueno que no quedara preñada.
   Cuando la curandera se fue, doña María se dirigió a orar a la capilla, pese a la opinión de Aulaga unos rezos a la Virgen del Pino Ardiente no vendrían mal; al fin y al cabo eran madres las dos.
   Mientras su madre rezaba, Gontrodo esperaba un tanto turbada, la prometida visita de don Alfonso quien le había solicitado una entrevista en sus aposentos. La bella albina bordaba con sus amigas esperando la cita con el rey de León. Por lo que había observado en el desayuno, Alfonso era bien parecido; algo mayor que ella, no demasiado alto, pero bien formado y agradable. Tenía buenos modales y había sido con ella sumamente cortés. Gontrodo no entendía del todo que podía querer de ella si ambos estaban casados, ni mucho menos por qué su madre, que siempre había sido de moral muy estricta, estaba ahora tan tolerante.
   La puerta se abrió para dar paso a un rey sonriente y relajado. Sus amigas se levantaron a coro y se fueron tras una profunda reverencia, el séquito del rey también se retiró y ambos se quedaron solos. Alfonso se sentó al lado de la joven allerana y se interesó por sus hijos.
   __ Son tres soles, alteza. Sebastián, Diego y Aldonza. Son mi alegría y la de su padre.
Gontrodo fue consciente demasiado tarde de que no hubiera debido mentar a su marido, no obstante el rey con mucho tacto, invocó a su esposa Berenguela de Barcelona.
__Nosotros aun no hemos sido bendecidos con hijos.
__Pronto lo seréis, señor, lo presiento.
__Decís bien; yo también lo presiento.
__Doña Gontrodo no se si sois consciente del agrado con que os veo. Habéis despertado en mí un sentimiento de admiración, una atracción, como hace mucho no experimentaba por mujer alguna.
__ ¿Y dona Berenguela?__ insistió Gontrodo, metiendo la pata de nuevo.
   __En León, supongo que bordando, como casi siempre__ respondió el rey acercándose.
   __Señora__ suspiró Alfonso tomándola de la mano__ señora, os amo.
   __ ¿Ya? ¿Tan pronto?
  __No tengo mucho tiempo. En cuanto escampe deberé partir. Pero antes deseo haceros mi dueña. Deseo daros mi amor sincero. Deseo fundirme con vos en un solo ser, que seamos un solo cuerpo y una sola alma, una sola cabeza y un solo corazón ¡ Gontrodo, señora, señora!
   La joven allerana había enrojecido como una amapola y luego se había privado por completo, dejando al rey sumido en un soliloquio amoroso cada vez más ardiente. Alfonso le dio dos suaves palmaditas en las mejillas y luego otras dos un poco más sonoras, hasta que ella abrió los ojos, le miró, se puso bizca y volvió a privarse.
   Alfonso pidió ayuda y su asistente Manrique entró solicito e intrigado de que el rey emperador necesitara auxilio estando con una dama.
   __Se priva continuamente.
   __ ¿Qué le habéis hecho?
   __Nada, en absoluto. Así no hay manera. Avisa a su madre, no vaya a ser que tenga algún problema que desconozcamos.
   Doña María se llevó un disgusto y tomó la decisión de no contarle nada a su esposo, para no llevarse una reprimenda, además. Después de volver a sermonear a la niña, apremió a Aulaga con los remedios.
   __Dale también un reconstituyente o algo para que no se prive como una tonta cada dos por tres, y recuerda que no debe quedarse preñada.
   __La vamos a matar con tanto bebedizo.
   En el ínterin, don Pedro imploraba a Dios y a todos sus santos conocidos para que no cesara de nevar y el rey no se fuera sin solucionar su pugna con el abad de Eslonza, mientras doña María hacia lo propio para que cesara la nieve y se pudiera cazar, porque los animales de la fortaleza se extinguirían sin remedio con tanta voracidad. Las oraciones ascendían y se cruzaban y se contradecían volviendo loco al encargado o encargados de darles curso o prioridad ante el Altísimo.
    Gontrodo tardó dos jornadas en reponerse del todo; cuando esto ocurrió, estaba lozana y un tanto agitada esperando de nuevo al rey. Notaba como una especie de euforia que le recorría el cuerpo y sin embargo sus mejillas no estaban arreboladas aunque sentía un calor impropio para la temperatura que había en la fortaleza, fría como un carámbano, aunque ardieran buenos fuegos en los hogares.
   Alfonso entró sonriente de nuevo, aunque receloso en el fondo. Se saludaron y el rey le tomó directamente la mano y se la besó, mientras la miraba de soslayo, esperando de nuevo el arrebol y la privación. Pero no ocurrió nada de eso. Gontrodo, sonriendo con dulzura y con cierta apreciable lascivia, o eso creyó percibir Alfonso, tomó la cara del rey con ambas manos y le besó en los labios suavemente. Alfonso, gratamente sorprendido, se abalanzó sobre ella devolviéndole el beso y muchos más, mientras trataba de quitarle el vestido, tarea ardua, por lo cual optó por levantarle la falda directamente, a la vez que ambos resbalaban hasta la alfombra delante del fuego, que sorprendido, se tornó a bailar una frenética danza al unísono de los amantes, iluminando su pasión y acompañando con su crepitar sus gemidos y sus gritos. Así pasó la tarde y la noche.
   __ ¿No han cenado ni nada?__ inquirió preocupada doña María cuando su esposo se lo comunicó.
   __Ay señor, señor__ dijo don Pedro mirando al cielo mientras se iba dando un portazo. No obstante volvió sobre sus pasos para advertir a su esposa.

   __No se te ocurra hacer que les lleven ningún refrigerio. Si desean alguna cosa el rey la pedirá. Quedas advertida.

Alfonso VII, el emperador



Continuará...

Érase una vez

II



  
Doña María de Ordóñez sufría por muchas cosas en aquellos momentos, todas diferentes a las preocupaciones de su esposo, pendiente solo del efecto que su hija había causado en el rey y sobre manera de que la niña estuviera a la altura.
   La señora de la Torre se preocupó por la suerte de Aulaga, la curandera de la comarca, su amiga y su cómplice; gracias a su saber se habían enderezado muchas cuestiones entre don Pedro y ella y muchas otras referidas a sus amigos y enemigos y alguna que otra referida a la niña que era muy bella, pero muy gazmoña.
   En alguna hechicera o brujo fue en lo primero que pensó el caballero designado por el rey para esclarecer los hechos y aunque doña María negó conocer a ninguna era cuestión de tiempo que dieran con su amiga, una vez descartados otros brujos más inferiores, aunque tal vez más notorios, por desgracia para ellos. Por eso pensó que donde más segura podía estar era en la boca del lobo precisamente. Así que la hizo traer a la Torre y la acomodó en casa del herrero. El y su familia eran de total confianza y le debían a Aulaga la dicha de ser padres y el sustento de la familia, dado que la curandera le había salvado las manos cierta vez que unos desaprensivos se las abrasaron en el fuego, rusiente como el infierno, para irse sin pagar los aceros encargados.
Juan Tabarés fue el designado por el rey para llevar las pesquisas. Berciano terco como una mula, chocó frontalmente con el otro Juan, este de apellido García designado por don Pedro para lo mismo. Ambos quisieron hablar con el copero, quien entre sollozos, les refirió como él personalmente había llenado todas y cada una de las copas durante la cena, que para eso era el copero.
   __Para eso y para provisionar y probar el vino.
   __Si señores. Ocurre que, una vez retirado mi señor don Pedro, los caballeros me excusaron de permanecer allí y me dijeron que trajera vino en abundancia y me retirara. No obstante, yo hice que se lo preguntaran a mi señor y este me otorgó el permiso.
   __ ¿Lo hizo personalmente?
   __No señor, fue a través de su ayudante. Pueden preguntarle.
   __Eso vamos a hacer.
   Una vez corroborado el plácet, el copero les mostró el vino que sirvió, un poco más inferior, por orden de don Pedro, “pero no tan malo como para matar a nadie”.
   __ ¿A qué hora os retirasteis?
   __Poco después de don Pedro. En el convento ya habían tocado maitines. Sonaba la prima cuando comenzaron las voces.
   __ ¿Dónde estaba sentado don Alonso durante la cena, te acuerdas?
   __Si señor, como no. Estaba aquí__ El copero se colocó detrás de la silla que ocupara el muerto esa noche.
   __Pero, apareció muerto en este otro lugar__ corrigió el leonés.
   __Una vez que se retiraron los señores, los caballeros levantaron la mesa y bebieron de pie y volvieron a sentarse cada uno donde le pareció. Ya no había protocolo.
   __ ¿Qué crees tú que pudo ocurrir?__ preguntó Juan García__ ¿alguien quería asesinar al caballero y portaba el veneno esperando la ocasión?
   __Los caballeros acababan de llegar de la guerra, no pensareis que llevaban el veneno con ellos, alguien se lo trajo esa noche__ corrigió el leonés.
   __No tuvieron tiempo de hacer el encargo. Apenas hacía unas horas que habían llegado y ya veis como están los caminos__ puntualizó el copero muy sensatamente.
   __Entonces…
   __Entonces el veneno ya estaba aquí, esperando.
   __ ¡Lo trajiste tú!__ rugió el leonés.
   __ ¿Yo? ¿Para qué, señor?, si yo no conocía a ningún caballero, ni sabía quienes venían, ni cuantos…
   __ ¡Alguien te pagó para ello!
   El copero miró a Juan García con gesto de súplica. Este continuó con el interrogatorio, sin prestar oídos a las insinuaciones del leonés.
   __Es evidente que el veneno se puso en la copa de don Alonso una vez que se levantó el protocolo ¿Entró mucha gente en el comedor?
   __Los criados que sirvieron la comida y unos músicos a los que nadie prestó atención, por lo que doña María hizo que se retiraran y se les sirviera algo caliente en las cocinas. Cuando ocurrió todo ya hacía mucho que se habían ido.
   __Estamos como al principio. Puedes retirarte. Si ves u oyes algo al respecto, cualquier cosa que te parezca sospechosa, me lo haces saber.
   __Desde luego señor.
   Mientras Juan García sacaba conclusiones y ataba cabos con dificultad, porque había aun poco que atar, el leonés hizo traer a todos los brujos de la comarca conocidos para ver quién de ellos había preparado compuesto de beleño, quien se lo había encargado o quien lo había traído a la torre y servido en la copa del muerto. Todos negaron haber fabricado esos días ningún veneno, ni haber recibido encargo alguno de hacerlo.
   __ ¿Y cómo llegó el veneno a la copa de don Alonso? ¿Vino solo desde el árbol?
   __No se da en los árboles__ respondió el más osado que recibió un puñetazo en la boca como agradecimiento por la información y como advertencia general.
   __Es cierto__ comentó el lugarteniente de Tabarés, otro berziano, __ el beleño es una hierba.
   __ ¿Y que mas dará lo que sea el jodido beleño? Alguien lo recolectó y lo preparó y lo puso en la copa de Alonso.
   __No tiene por qué haber sido la misma persona y los brujos viven de eso: de hacer venenos y pócimas.
   __ ¿Estás tratando de decirme algo, Gonzalo?
   __Quiero decir que cualquiera de estos prepara lo que le piden sin preguntar para que lo quieren. El culpable es el que lo encarga y lo pone luego donde quiera que lo ponga.
   __ ¿Sugieres que los suelte, así sin más?
   __No, déjalos en las mazmorras un tiempo, a lo mejor recuerdan algo.
   __Voy a hacer que les ahorquen.
   __Entonces no te dirán nada. Si saben algo, la cárcel les devolverá la memoria.
   Juan Tabarés dudó, pero enseguida tomó una decisión.
   __Es vuestro día de suerte, vais a tener mucho tiempo para reflexionar. El que recuerde algo interesante, será libre.
   __¡Señor!, tengo familia__ suplicó el del puñetazo, sangrando por la boca__ Mi esposa está enferma y mis hijos son muy pequeños. Con este frío sucumbirán. ¡No me encerréis, os lo ruego! Señor, piedad. Que alguien se ocupe de mis hijos. Yo no he preparado ningún veneno. ¡Lo juro por Dios!
   __ ¡Calla idiota!__ le dijo otro en voz baja__ ahora no tendrás oportunidad de rectificar.
   __Que nadie blasfeme o lo atravieso con mi propio acero. Haced memoria y vuestros problemas se terminarán.
   Aulaga se enteró pronto de los problemas de la familia del curandero, un buen hombre llamado Antero, y se lo hizo saber a doña María.
   __Permitidme ir a socorrerlos. Tiene tres niños pequeños. Morirán de hambre y de frío. No tenía otro oficio y yo le enseñé a preparar pócimas para sobrevivir. Es un pobre hombre.
   __Tú no puedes dejarte ver. Yo haré que les lleven lo necesario para que sobrevivan. No te preocupes. Lo organizamos ahora mismo.

   Por otra parte Juan García realizó una minuciosa inspección del lugar del crimen. La mesa del refectorio y el lugar que ocupaba don Alonso de Camponegro en ella. Como el rey no acudió a la cena, su puesto en el centro de la mesa, de espaldas al fuego, había quedado vacío. En frente al rey se hubiera sentado doña Gontrodo, que tampoco asistió. Su puesto lo ocupó el abad del monasterio,  invitado a última hora, que cenó frente al vacío y se fue a la vez que don Pedro. A partir de ese momento, los caballeros se sirvieron ellos mismos a discreción. ¿Quien puso el veneno en la copa de don Alonso? Cualquiera de ellos pudo esperar el momento oportuno con la ponzoña preparada. Era poco probable que fuera alguien del séquito del rey. Como bien había apuntado el copero, acababan de llegar de la guerra y era difícil que llevaran el veneno consigo, aunque tampoco imposible. Por otra parte, de haber querido asesinar a Camponegro, ¿qué mejor ocasión que el campo de batalla?, donde llegado un momento no se distinguían amigos ni enemigos y atravesar al rival era fácil sin levantar suspicacias. Un caído más en la contienda, un muerto más al servicio del rey.
   Sin embargo, los invitados locales procedían de sus casas. ¿Cuántos había? Don Juan García hizo memoria. Siete, eran siete y el abad, que llegó a última hora. Por si le flaqueara la memoria llamó al copero e hicieron una lista. De los siete caballeros, cinco eran ya muy ancianos y no habían estado en el campo de batalla, aunque evidentemente, habían enviado hombres y armas, incluso comida de sus despensas para alimentar a las tropas. Tres de ellos se durmieron apenas terminada la carne de oca y todos ellos se fueron a sus casas cuando don Pedro se retiró. Ninguno conocía de nada al caballero asesinado. De los otros dos, don Gualtero, había regresado herido a la misma vez que don Pedro y cojeaba aun ostensiblemente de la pierna derecha. Apenas había comido porque su pierna le daba tanto la tabarra que era imposible concentrarse en algo, aunque fuera placentero como una buena cena. Se sintió aliviado cuando don Pedro se levantó; el otro caballero, don Alvar de Latores había perdido a uno de sus hijos en la toma del castillo de Gauzón, pero pese a su dolor, había querido acudir a agasajar al rey de León. Ninguno de los dos Juanes había estado en Gauzón, ambos habían combatido en Tudela, por ello desconocían lo ocurrido en la toma del castillo.
   __Habría que saber cómo murió su hijo, lo mismo don Alonso andaba cerca y nunca se sabe como son estas cosas o como piensan los demás que son. Y el prior del convento fue invitado a última hora, habría que saber también si fue olvido de don Pedro o fue que el insistió en venir por algún oscuro motivo. Tengo trabajo que hacer.
   Ambos Juanes se encontraron para intercambiar información. Poca cosa tenían ambos, aunque las deducciones de García eran más razonables que el empecinamiento del otro de saber cual brujo había preparado la pócima.
   __Yo indagaré sobre la muerte del hijo de don Alvar.
   __Bien, yo averiguaré sobre la invitación del prior.
   __ ¿No iréis a sospechar de un fraile?
   __ ¿Y por qué no?
   __No me los imagino yendo a ver a un brujo para encargarle una pócima.
   __No les hace falta. En los conventos tienen botánicos, ellos saben de plantas más que los curanderos.
   __No sé, no sé. La sabiduría empírica es superior__ sentenció el leonés que no era muy amante de la ciencia.
   __Ellos suman el empirismo al conocimiento científico. No los subestiméis.

Beleño


Continuará... 

Érase una vez


Versión libre de los amores de Alfonso VII rey de León y Castilla, llamado el Emperador, y doña Gontrodo Petri, joven allerana hija del señor de la Torre de Soto de Aller.



I


Ruinas de la Torre de Soto de Aller.


Nevaba en Asturias y de qué manera. Alfonso, rey emperador, cabalgaba a duras penas, hundidas las patas del caballo hasta la rodilla, no iba a tener más remedio que echar pie a tierra igual que habían hecho sus hombres; el temporal no respetaba dignidades, ni cansancios, ni prisas.
   __Maldita Asturias, hace más frío que en ninguna otra parte del mundo.
   “Si no ha estado en ninguna otra parte no se para que afirma tal cosa. Un rey emperador debería ser más serio en sus apreciaciones”, pensó Manrique su joven escudero, que descendía de astures y por tanto amaba la tierra y le parecía buena entre las buenas.
   __ ¿Falta mucho para la fortaleza?__ preguntó el rey antes de desmontar.
   __Apenas media legua alteza__ respondió el jefe de la guardia, un leonés del Páramo, recio y bruto como un buey__ estamos llegando.
   Alfonso rehusó ser llevado a hombros de sus servidores. Todo el mundo estaba igual de cansado y él, en estas circunstancias, era uno más: un soldado más regresando del frente.
   La sublevación de Gonzalo Peláez, la penúltima de ellas, había concluido. El conde había sido derrotado de nuevo, aunque todos pensaban que no tardaría mucho en volver a sublevarse;
   __No entiendo porqué Alfonso no lo expulsa de sus tierras, las reparte entre sus nobles fieles y los monasterios y listo, un problema menos.
   __Alfonso le está agradecido por los leales servicios que le prestó el conde durante la guerra con su padrastro El Batallador. Si no fuera por su arrojo y su diplomacia tal vez el resultado no hubiera sido tan favorable a Alfonso. El conde negoció la Tregua de Almazán y siempre fue muy fiel a doña Urraca la madre del rey.
   __Hasta que se cansó de tanta fidelidad y se alzó en armas, pienso que el rey debería expulsarlo como poco, antes de que se alíe de nuevo con los almorávides.
    La torre de la fortaleza de Soto de Aller se adivinó a lo lejos velada por los copos. Su señor don Pedro Díaz, había participado en la reconquista del castillo de Tudela, al lado de Ovetum y había tenido que retirarse herido antes de la toma del de Gauzón. En su fortaleza alojaría al emperador de León hasta que el tiempo escampara y pudiera continuar viaje. Iba a ser, con seguridad, una estancia tediosa y aburrida, a no ser que cesara la nevada y se pudiera salir de caza. Estos pensamientos rondaban en aquellos momentos la cabeza del rey. El temor al tedio era mayor que su deseo de descansar y de comer como era debido.
   El shofar[1] elevó sus notas desafinadas  por el frio, anunciando al rey y el portón de entrada al gran patio se abrió para dejar paso a la comitiva. La guardia estaba formada y el señor esperaba a pie firme bajo la nieve. El noble, más alto de lo normal tenía el rostro pétreo como su nombre, esculpido a cincel de batallas y penurias. Profundas arrugas como surcos menguaban su frente y encogían sus mejillas. La boca era apenas una raya y la nariz sobresalía ostensiblemente. Llevaba una venda sobre un ojo y la pierna izquierda le dolía tanto, que a duras penas podía mantenerse en pie, no obstante, se adelantó todo lo diligente que fue capaz, para besar la mano de su rey.
   __Gracias por la hospitalidad don Pedro.
   __Mi casa, mi familia y mi hacienda son vuestras, alteza.
   Desde uno de los ventanales, doña Gontrodo, la hija de don Pedro, contemplaba con sus tres hijos la llegada del rey de León. Su esposo estaba regresando con las tropas victoriosas, seguramente dentro de unos días estaría también en la fortaleza. Su pelo y sus trenzas rubias casi blancas, centellearon como una luz en la semi penumbra nevosa de la tarde. Alfonso levantó la mirada y quedó cegado por su brillo.
   __ ¿Quién es?
   __Es mi hija Gontrodo, alteza.
   __Radiante y bella como una estrella__ pensó Alfonso en voz alta.
   Don Pedro escuchó el comentario y creyó adivinar un desenlace prometedor para su litigio con el abad de Eslonza. Pero tiempo al tiempo. De todos modos hablaría con Gontrodo.
   Alfonso no quiso que la joven lo viera de cerca en tan precaria condición física y prefirió retirarse a sus aposentos, asearse y descansar; mañana sería otro día y los que vendrían, porque el tiempo no tenía traza se escampar y el tampoco tenía prisa ahora mismo. Su esposa Berenguela de Barcelona, que aun no le había dado hijos, podía esperar bordando en su palacio de León y el  reino estaba donde estaba él.
   Manrique ayudó al rey en su aseo, probó la cena y el vino como era su obligación y le calentó el lecho con las brasas de la chimenea rebosando en el calentador. Alfonso cenó con ansia y se quedó dormido como un querube, tal vez soñando con la doncella albina que había observado en el ventanal.
   __Nadie diría viéndolo ahora tan vulnerable, que sería capaz de matar a su propio padre, si el reino se viera amenazado. Digno hijo de su noble madre Urraca “la Temeraria”, a la que no se le ponía guerra por delante__ pensó Manrique acomodándose a los pies de la cama para disponerse a dormir también.
   Los nobles que acompañaban al rey cenaron con don Pedro y su familia aquella noche. María de Ordóñez miraba a los comensales con atención. Entre el cansancio por la guerra y el viaje, aquellos leoneses más parecían siervos de la gleba que personas de la nobleza. Los modales tampoco eran muy refinados aunque esto probablemente se debiera al hambre acumulada. La señora de la torre de Soto confiaba que la estancia fuera corta sobre manera después de haberlos visto comer. Su rebaño de ocas desaparecería en un santiamén, y la misma suerte correrían los cerdos y todos los animales. Sería bueno que se pudiera cazar porque un venado cada día no vendría mal, de seguir así las cosas.
   Gontrodo Petri[2], cenó con los niños y se retiró a su habitación, porque su padre, viendo el efecto que había causado en el rey, no quiso que ninguno de los demás caballeros la conocieran antes que el monarca.
   __Deberás reservarte__ le dijo a la joven, que no entendió muy bien para qué.
   En el refectorio, la sobremesa se prolongó hasta bien entrada la madrugada, porque el ansia por comer y sobre todo por beber, con la excusa de celebrar la victoria, era mayor aun que el cansancio. Transcurridas las horas, algunos caballeros del rey se fueron retirando, mientras los restantes se iban quedando dormidos sobre la mesa o donde quiera que tuvieran apenas un punto de apoyo. Casi alboreando, se hizo el silencio en la Torre.
   __ ¡Por fin!__ exclamó don Pedro, que no había podido pegar ojo con la algarabía.
   Duró poco la calma. Apenas un rayo de sol, abriéndose paso tenaz por entre las apretadas nubes, iluminó la Torre, unas voces descomunales retumbaron por los corredores y alzaron hasta los más altos aposentos su pregón de muerte.
   __¡Lo han matado, lo han matado! Ha sido envenenado. Traición, traición, el veneno era para el rey.
   __ ¿Hablan de mi?
   __Eso parece alteza.
   __ ¿Han querido matarme?
   El escudero se encogió de hombros. Eso decían las voces, pero de haber querido envenenar al rey, el, Manrique, no estaría vivo ahora mismo.
   El jefe de la guardia irrumpió en la estancia, como un toro.
   __Han matado a Alonso de Camponegro; envenenado; tenía la lengua negra como su apellido. Beleño, ese fue el veneno. En una dosis alta. Lo ha confirmado el galeno.
   __ ¿Motivo?__ preguntó el rey.
   El toro del Páramo se encogió de hombros. Luego, ante la mirada inquisidora del rey, reflexionó:
   __Cuernos, rencores, venganzas…
   __Alteza, don Pedro Díaz solicita audiencia.
   __Que entre.
   __Alteza, señor, estoy consternado, abrumado… estoy…
   Don Pedro no encontraba las palabras. Hubiera querido postrarse a los pies del rey, pero su pierna no le consentía veleidades. Que mala suerte, nada más llegar el emperador y ya se producía un crimen contra sus hombres. Su litigio con los frailes de Eslonza, no presagiaba buen desenlace después de esto. El señor de Soto no había sabido velar por la seguridad del rey. Gontrodo tendría que hilar muy fino y el no estaba nada seguro de las filigranas de su hija. Siempre había sido muy sosa. Como su madre.
   __No os preocupéis__ le dijo Alfonso con suavidad.
   __ ¿Eh? Ah sí, el crimen. Señor no es culpa de la fortaleza.
   __Desde luego que no. Estas cosas ocurren en todas partes. Vamos a investigar los posibles motivos y luego veremos. No obstante debemos extremar las precauciones, por si acaso. Venid conmigo, lo hablaremos con mis consejeros y tomaremos una decisión.
   __Alteza yo había pensado que desayunarais conmigo y mi esposa y mi hija Gontrodo Petri. En familia. No sé si…
   __Desde luego __dijo el rey, recordando la belleza de la joven__ Daré ordenes a mis hombre para que recopilen toda la información y luego vos y yo escucharemos el informe y tomaremos decisiones. Vamos pues.
   __Puede que todo no esté perdido__ se esperanzó don Pedro.__ Espero que María haya hablado con la niña y que no se ponga mojigata. Hay mucho en juego.

 
Shofar




Continuará...


[1] Cuerno de carnero.
[2] En aquella época, las hijas llevaban como apellido el nombre del padre latinizado: Pedro/Petri.