La viajera del agua



Dos años en Toletum, primera parte



Transcurrieron dos años prolongados y nostálgicos desde que abandonáramos, con tanto dolor, la Septimania. Las únicas esperanzas que nos animaron durante ese tiempo, las únicas buenas nuevas, fueron las dulces esperas de mi madre; había ocurrido en dos ocasiones, pero mis anhelados hermanos se fueron malogrando uno tras otro en el tránsito difícil de la llegada a este mundo; nadie logró impedir que no hubieran sido. El último, intentó llevarla con él al infinito ignorado donde se encaminó como un torrente y ella quiso liberarse de la vida para complacerle. No supe comprender porque se abandonó de ese modo tras el hijo que aun no conocía, sabiendo que me quedaría tan desamparada sin ella.
   Una sierva, llegó apresurada  a buscar a Brunilda mientras me estaba peinando. “La señora sangra mucho, daros prisa por Dios.” Salimos ambas a la carrera, aunque mi aya me había aconsejado quedarme allí tranquila, hasta que ella me informara de cualquier novedad. No me permitieron entrar en su alcoba para ayudar, como las demás, continuaban tratándome como a una niña inútil. Intenté colarme, pero Brunilda me tomó del brazo y me ordenó “no molestar en este momento tan crítico.” Permanecí clavada a su puerta tratando de percibir cualquier indicio que me diera una pista sobre su estado. Escuchaba al galeno demandar, con apremio, más vellones de lana para contener la sangre que manaba sin cesar de su cuerpo casi exangüe. Cuando vi a Brunilda y a las siervas salir y entrar apresuradas y llorosas con sabanas y mantas, empujándome sin miramientos, comencé a golpear la puerta para que me dejaran pasar a verla hasta que llegó el lusitano y ordenó a sus hombres que me llevaran fuera de allí. Encerrada en mí cuarto recé mucho para que mi madre viviera. Recé y lloré y me desesperé hasta que mi padre vino a buscarme para decirme que podía verla desde el umbral y en silencio un momento. Madre se había dormido y su espíritu había cesado en su empeño de huir  prendido en cada gota de sangre.
   Una vez que el galeno de palacio logró detener el sangrado, mi madre estuvo dormida varios días. Hubo momentos en los que creímos que no despertaría, pero por suerte no ocurrió lo que temíamos mi aya y yo, y aunque su salud quedó resentida para siempre, ella continuó con nosotras. Tras esto, mi padre optó por hacer vidas separadas, como antes del viaje, y nunca más volvieron a convivir; eso supuso un gran alivio para mi madre porque, a pesar de la poca salud que exhibía desde entonces, estaba más alegre. Sin embargo mi padre no la repudió y seguimos conservando el mismo estatus en la corte, como esposa e hija de un hombre de confianza de la corona.
   Desde poco después de nuestra llegada, residíamos en una casa contigua a palacio y yo era instruida junto con otros hijos de funcionarios de rango, algunos de ellos pertenecientes, como mi padre, al Aula Regia[1]. 
   Estudiábamos materias  en común: escritura, lectura, dialéctica y aritmética. Aparte, los varones eran instruidos en las armas y en el arte de la guerra, con lecciones prácticas formando parte de los castigos regios contra las insurgencias en las fronteras o contra los frecuentes levantamientos campesinos o contra las incursiones regulares de bandas de forajidos, amparados o financiados por los enemigos de la corona, en su rapaz empeño de arrebatar al reino toledano, por el método que fuera, tierras y vasallos.
   Aunque pueda parecer peligroso, incluso temerario dada la corta edad de algunos pupilos, entrar a formar parte de la comitiva militar del rey era la máxima aspiración de cualquier joven palatino; ello le suponía, una vez cumplida su formación y reconocida su capacidad de caudillaje, la concesión de tierras y estipendios para crear y mantener su propia milicia  originando, además, un vínculo social con el rey, jefe militar supremo, al que tenían acceso directo  y al que hacían, si fuera necesario, favores de índole personal tras prestarle juramento de fidelidad. Algo parecido a lo que hacía mi padre, aunque menos comprometido. Mi padre era de mucha mayor confianza. Si la formación era decisiva, el carisma era imprescindible, porque cuanto más vehemente fuera la personalidad del caudillo, más hombres pugnarían por incorporarse a sus filas y mayor sería su influencia al lado del rey.
   A la misma vez que nuestros cuerpos y nuestros caracteres se forjaban y maduraban, ellos se afanaban con las armas tratando de obtener, si fuera posible, maneras de adalid  y nosotras nos aplicábamos con las tareas asignadas a nuestro sexo: bordado, música, modales, encaminadas siempre a mantener el hogar bien dispuesto, mandar a los siervos, criar y educar a los hijos y complacer al esposo. A propósito de esto, al finalizar el último curso y dar por concluida nuestra formación académica, fuimos requeridas para unas charlas de iniciación a la vida marital que nos permitieran afrontar, por lo menos, la primera noche a solas con el esposo sabiendo lo que nos podíamos encontrar. Nos sorprendió la cita, puesto que ninguna de nosotras tenía concertada boda, aunque alguna ya había sido advertida por la familia de que antes del invierno podía ser dada en matrimonio, si las conversaciones se llevaban a buen término. Yo no contemplaba, ni de lejos, tal posibilidad. Y continuaba con el convencimiento de que me casaría por amor.
   En nuestra casa, las primas casaderas tenían, llegado el momento, una o varias conversaciones con su madre o con alguna  hermana  casada  ya o con mi abuela, muy desenvuelta en cualquier  menester, sobre los asuntos de alcoba a fin de precaver inquietudes y procurar todo el aplomo que fuera posible para la noche anterior al morgengave o pago de la virginidad. Esa primera noche con el esposo, a oscuras y cubiertas de cabeza a pies con un camisón recatado; esa noche en la cual todos los sentidos terminaban por hacerse evidentes, menos el de la vista. “La noche de la gallinita ciega” decía mi abuela con su agudeza de siempre. Cuando la futura novia era más tímida de lo normal, el consejo era, indefectiblemente, dejarse llevar; “que todo fluya, niña” decía mi abuela. Y supongo que fluía, porque la casa se llenaba enseguida de niños sanos y llorones, que parecía ser el único objetivo. En palacio iba a ser lo mismo, pero se le daba tanta ceremonia que dejaba de parecer algo natural.
   Llegamos expectantes y maliciosamente inquietas, como es natural. La maestra para estos menesteres iba a ser una dueña viuda de tres maridos, de carnes satisfechas y lengua ávida, aunque nuestra mentora de bordado y modales iba a estar presente para vigilar las formas. Ella nos anunció que íbamos a descubrir todo lo que una mujer honesta debe conocer para agradar y complacer al esposo sin sobresaltos, ni gazmoñerías, aunque sin atrevimientos, ni iniciativas, que no nos correspondían; la mentora y la viuda, que pocas veces estuvieron de acuerdo, incidieron a la par, no obstante, en la conveniencia de la generosidad con el débito, sobre manera cuando el esposo regresara ansioso tras semanas o meses en el campo de batalla al servicio del rey. Holgar con su esposa, siempre dispuesta a complacerle, era la deseada y merecida recompensa. Y hacer remilgos o poner excusas para no consentir, en ese momento como en otros, podía resultar harto peligroso, ya que el esposo obtendría por la fuerza, amparado por todos los derechos, lo que era suyo, tomándolo al asalto y sin miramientos como si de una fortaleza enemiga se tratara. Incluso podía cansarse ante las reiteradas negativas y repudiar a la esposa. Todo esto había que tenerlo siempre presente, grabado a fuego en nuestro ánimo. Era la norma primordial.
   Tras horas de proemios sobrados y aburridos, con discusiones y desencuentros entre las dos mujeres, llegó la recompensa. En la segunda clase, la dueña, con bastantes objeciones por parte de la mentora, tuvo a bien mostrarnos en una pizarra casi a tamaño natural, el dibujo de un hombre desnudo de cintura para abajo, luciendo un príapo deslumbrante, que azoró a todas, atemorizó a varias e hizo sonrojar a la mayoría, posiblemente por timidez, aunque pienso que también de entusiasmo. Yo contemplaba interesada  las reacciones de las compañeras, incluso me divertían, aunque el retrato me resultara casi indiferente, excepto por la exuberancia, porque la contemplación de un hombre desnudo no era ninguna novedad para mí. En la Septimania todos los primos, hembras y varones nos bañábamos en cueros en el río desde muy pequeños y nuestras diferencias, así como la evolución que iban experimentando nuestros cuerpos con la edad, no eran ninguna sorpresa para nadie. Tampoco lo era la turgencia que adquiría “el badajo” de algunos de mis primos cada vez que nos zambullíamos en el agua fría del arroyo que regaba los campos de mi abuelo, ni la consistencia, porque los había tocado muchas veces para comprobar su firmeza. Todos lo hacíamos. —“El badajo de la campana tiene que estar firme niños, de lo contrario no es capaz de hacerla sonar y entonces no sirve para nada” —decía mi abuela—. “Ni él, ni la campana,” —añadía—. También los medíamos con la mano, porque todos no eran de igual tamaño, del mismo modo que no lo eran tampoco nuestros pechos. Los míos siempre fueron un poco más grandes que los de mis primas de la misma edad. Nadie se alarmaba por estas diferencias de dimensión que considerábamos naturales. Nada es uniforme.
   Por eso, mientras el resto de jóvenes se aturdía y enrojecía, yo permanecía indiferente, algo que intrigó a la mentora.
   —¿Qué ocurre Jana, no te sorprende?
   —¿El que, señora?
   —Esta transformación.
   —No, no me sorprende, ya lo había visto.
   Ante el asombro de la maestra casi rayano en el escándalo, no tuve más remedio que contar mi infancia en Septimania y la convivencia tan estrecha con mis primos, algo que a la dueña le pareció conveniente y perfecto. La mentora pasó por alto la aprobación de la viuda.
   —Supongo que solamente tocarías, que no habrás experimentado más allá.
   La pregunta me pareció impertinente y sucia.
   —Señora, una cosa es la curiosidad y otra muy distinta el pecado de incesto. No somos animales. Mis primos son como mis hermanos.
   A la maestra le pareció muy insolente la respuesta y mi infancia salvaje y desaforada, por todo lo cual se dieron por concluidas mis clases de iniciación, con el desacuerdo de la dueña, siendo enviada a casa con una queja para mi madre y una indicación para que me enseñara mejores modales y se cuidara de mí descaro. Madre se sonrió cuando leyó el escrito  y me hizo ver la conveniencia del disimulo.
   —Es lo mismo que os aconsejaron hacer con el marido. Tienes que saber contemporizar. Deberías haber reaccionado como las demás.
   —Siempre me enseñaste lo feo que está mentir.
   —Una cosa es mentir y otra muy diferente no decir toda la verdad. ¿Comprendes?
    Si, lo comprendí. Comprendí que había que dejar atrás la espontaneidad y ser un poco más artera. Comprendí que Toletum no era la Septimania y que mi infancia ya había quedado definitivamente atrás.                                                                                            
   Según me contaron más tarde las compañeras, a aquellas novedades para ellas, siguió la contemplación de unos pergaminos, venidos de oriente, creo, en los que se veía a una pareja yaciendo en diferentes posturas, algunas bastante imposibles según me las describieron, que fueron vistos y no vistos porque la mentora los hizo retirar rápidamente dado que no tenían utilidad para nosotras. “Las iniciativas sólo el esposo;” era otra norma a tener en cuenta. Incluso el natural coqueteo y las aconsejables sugerencias deberían solaparse en maneras inocentes, para que el hombre no sospechara de nuestras habilidades, que apenas si lo eran, y pudiera pensar que se había casado con una experta y fuera peor el conocimiento que la ignorancia. Con todo lo cual, lo expuesto en horas como ilustración para nuestra futura vida de casadas se resumió en dos normas universales claras y precisas: abrirnos de piernas siempre que el marido lo solicitara y dejarnos hacer sin rechistar; aceptar los gustos o las manías o las inclinaciones del esposo, aunque a nosotras no nos supusieran placer alguno, más bien al contrario, lo cual era considerado harto conveniente; jamás comprendí por qué era preferible que la mujer no conociera el placer.                                                                                            
   Yo pensaba entonces, igual que  ahora, que tanta conformidad solamente consigue fomentar el desconcierto “esa” noche y todas las noches, hasta que los esposos se conozcan bien, si esto llega a suceder alguna vez, ya que la mujer solamente debería dejarse hacer sin demostrar ni tan siquiera placer y por ello, jamás se nos podría ocurrir insinuar  al esposo otro modo de concebir las cosas distinto al suyo, ni al hombre, por idéntico motivo, consultar a la mujer sobre su satisfacción o mejor diré la carencia de ella, o sus deseos, dado que no existen. Y esto, en mi opinión, es malo para ambos. Sin embargo ahí entraba en liza, como tantas otras veces, la habilidad de la mujer, ya que raramente se podía contar con la generosidad del hombre, nuestra capacidad de acomodación para variar los efectos de la causa única que era y sigue siendo la sumisión, impuesta como natural, y volverlos de nuestro favor, en la cama y fuera de ella. Ese era el quid. Algo que supongo hacían todas las mujeres inteligentes como mi abuela, por ejemplo, que permanecía aparentemente en la sombra, casi invisible, pero dirigía por completo la vida de la granja y lograba mudar la disposición de mi abuelo en beneficio de todos, cambiando el sujeto de lo imperceptible.
   Porque las mujeres continuamos sin tener potestad alguna en la sociedad; todo nos viene dado desde tiempos arcaicos, por un difuso estado de normas contrapuestas, incoherentes, que se confunden con lo natural y terminan por ser aceptadas, incluso por nosotras, como las únicas posibles. Y es que todos somos débiles frente a la costumbre, sobre  manera las mujeres y más en estas épocas difíciles.                           
Tras perderme el resto de las clases por descarada, estuve presente, no obstante, cuando se nos enseñó a evitar preñeces. Me volvieron a llamar y la mentora me preguntó que sabía al respecto.
   —Absolutamente nada — ¿Qué podía saber?
   De este modo se me permitió acceder al conocimiento de cómo prevenir gestaciones según fueran las circunstancias de nuestra futura vida sexual sujeta a devenires del destino como todo lo demás. La dueña viuda quiso indicarnos maneras diferentes de impedir la preñez, mostrándonos también el grado de eficacia y dejando a nuestro albedrío su puesta en práctica o no, antes de indicarnos el más definitivo, pero la mentora no lo consintió, harta ya de las salidas de tono de la maestra ocasional, que no obstante, se puso a nuestra disposición por si precisáramos, en el futuro, algún consejo al respecto. De ese modo nuestra única defensa, de modo oficial, consistió en aprender a introducirnos por entre las piernas, una barrera, que aprendimos a hacer con cera de abeja, a la que deberíamos atar un hilo de seda para poder retirarla con facilidad, y que debía remojarse bien, antes de ponerla, con el jugo del limón. Algo que me pareció antinatural y molesto, pero algo que tuve que utilizar más pronto de lo que pensaba.


7


El rey Leovigildo se hallaba ausente, como casi siempre, llevando a cabo uno de sus frecuentes castigos contra los suevos cuando en la corte se decretó luto absoluto: el padre de Goswintha, el jefe baltinga, acababa de fallecer. A efectos políticos era casi como si hubiera fallecido el rey. Según Brunilda era el rey en la sombra; yo sé hoy que el padre de la reina era entonces mucho más que eso; era el jefe de la factio más poderosa de todas, el que ponía y quitaba reyes, el que trazaba el camino por donde, ineludiblemente, debería transitar Hispania ; el que decidía el futuro de todos. Era Dios, en realidad.  En opinión de mi aya  que conocía bien, al parecer, las entretelas de la política, el elegido para sucederle, uno de sus yernos, era mucho peor todavía. Sería el Maligno, entonces.
   La reina permanecía recluida en sus aposentos donde sólo entraban sus damas y el resto de la corte continuaba con sus obligaciones de las que se habían suprimido todas aquellas susceptibles de causar alegría o gozo. Si la reina estaba triste, el resto del mundo también. Pero yo esos días estaba alegre por dos motivos: Había conocido al príncipe Recaredo, llegado desde Híspalis, el príncipe ya había estado antes en la corte, pero no habíamos coincidido, y me había dado cuenta de que el jefe de sus espatarios, procedente de la Septimania como nosotras, conocía a mi madre y se había alegrado visiblemente al verla de nuevo, procurando por todos los medios encontrarse con ella a la menor ocasión. A mí me gustaba. Era alto y rubio, de facciones serenas y amable en el trato; educado y cortés, pese a su condición guerrera. Pensé que a mi madre le vendría bien enamorarse por fin y tener un poco de felicidad, aunque fuera furtiva. Además mi padre estaba fuera con el rey. A lo mejor ni regresaba. Pero para mi madre ya era demasiado tarde. Aceptaba agradecida y humilde la compañía y las atenciones del soldado, como acontece cada vez que se nos tiende una mano en la adversidad más cabal, pero su corazón era ya incapaz de latir al compás de otro corazón. La vida se le escapaba desde que tuvo la desdicha de toparse con mi padre y la impuesta lejanía de los suyos, la nostalgia y la pena del exilio, más el sufrimiento espiritual y físico que le provocaron los abortos, ahogaron toda posibilidad de resurgir ante el amor que le demostraba el hombre de confianza del príncipe Recaredo.
   Recaredo también era un joven guapo. Tenía quince años, dos más que yo. Era instruido y galante. Trataba a las mujeres con cortesía y no con la condescendencia o el desprecio, con que lo hacían el resto de los hombres de palacio. Enseguida se fijó en mí. Tal vez porque yo era diferente al resto por mi aspecto físico: era bastante más alta, tenía los ojos verdes y el pelo negro, como mi padre, a quien creía lusitano pero que el príncipe y sus hombres llamaban el africano. ¿Dónde había oído antes ese nombre?
   Entre las gentes que rodeaban  a Recaredo un personaje llamó enseguida mi atención. Era una especie de médico aunque muchos decían que era un arúspice que invocaba a los espíritus y adivinaba el futuro  a través de las vísceras de animales inmolados para tal fin. Era imposible no fijarse en él porque tenía un aspecto que lo hacía destacar entre una muchedumbre. Era más alto de lo normal, enjuto hasta la exageración con pelo y barba blancos como la nieve que había conocido en Hispania y siempre envuelto en una especie de vestido talar como si fuera monje en lugar de adivino.
   —No le llames así —me dijo el príncipe—, es un hombre sabio, un hombre de ciencia, alguien importante para mí. Tendrás que acostumbrarte a él.
   Me halagaba que el príncipe me dijera que había de aceptar todo lo que le rodeara, me hacía sentir como alguien que iba a acompañarle durante mucho tiempo. Fueron tiempos felices, tiempos de novedades, tiempos de amor y de nuevas amistades.
   La esposa de uno de los espatarios del príncipe fue una de estas nuevas amigas. Se llamaba Serena y era una hispalense simpática, poco mayor que yo con la que congenié enseguida, algo que no había ocurrido con las compañeras de estudios. Ella y su marido nos acompañaban al príncipe y a mí cuando salíamos a dar un paseo hasta el rio. Cuando Recaredo y yo decidíamos alejarnos más, íbamos los cuatro a caballo con el resto de la guardia siguiéndonos a distancia. Al poco Serena dejó de acompañarnos a caballo, puesto que se hallaba encinta y se decidió que las cabalgadas no eran convenientes y menos para una primeriza. Cuando el príncipe partió, meses después, primero hacia la Septimania y desde allí hacia Austrasia para recibir a Ingundis, en representación del rey y escoltarla hasta la corte hispana, Serena y yo nos volvimos inseparables.
   Antes de partir, Recaredo me manifestó el deseo de vernos a solas. Yo sabía lo que iba a ocurrir y busqué en una gaveta de mi tocador, la barrera que nos habían proporcionado; ya tenía catorce años, acababa de cumplirlos, y podía quedarme preñada. Mis menstruaciones eran regulares desde hacía un año largo. La remojé en limón como me habían enseñado y  precipitada y nerviosa como estaba, me hice daño al ponérmela, algo que logré tras varios intentos fallidos, pero no podía ser de otra manera.
   Me bañé, me perfumé con aceite de benjuí que dejé resbalar por mi cuerpo y me vestí no con mis mejores ropas, si no con las que más me favorecían. Dejé el cabello suelto como le gustaba al príncipe y me puse color en los labios. No se me olvidó, pese a la turbación que tenía, ponerme al cuello el colgante que me regalara al poco de conocernos y que me había hecho sentir tan especial para él. Nos reunimos fuera de palacio en la casa de un amigo del príncipe que despidió a los siervos para que nadie supiera quienes eran los enamorados. Solamente él y Sigebert montaron guardia durante el resto de la tarde y toda la noche que el príncipe y yo pasamos juntos.
   Nuestro encuentro fue inolvidable para mí; el príncipe era tal y como yo  imaginaba que sería en la intimidad: amable, cariñoso, generoso y hábil. Me abrazó y me besó y me ayudó a desnudarme con calma, con dulzura, sin apresuramientos, volviendo a besarme por todo el cuerpo con ternura antes de penetrarme con cuidado, procurando no lastimarme. Yo, aunque en palacio nos hubieran inculcado la pasividad como modo de corresponder, me dejé llevar por el consejo de mi abuela, que consideré más acertado, y permití que fluyeran también mis emociones y mis instintos y me comporté de su misma manera y le acaricié a mi vez y le besé y exploré su cuerpo y le abracé con fuerza deseando fundirme con él en un único todo mientras estábamos unidos y la pasión nos mecía como el mar a las naves, hasta volverse súbitamente violenta y hacernos estallar en espumas de dicha como la tempestad a las olas, para después abandonarnos en la arena extenuados por las acometidas de la galerna y abandonados a la suerte de los amantes confiados y sinceros como nosotros.
   Estimulados por la pasión, creciente como nuestra habilidad, repetimos varias veces con posturas diferentes, incluso de pie; experimentamos y nos divertimos hasta que el cansancio nos pudo y nos quedamos dormidos. Al despertar nos besamos y nos amamos por última vez. Luego desayunamos juntos y el príncipe se fue y yo regresé a casa donde mi aya me esperaba intranquila, meneando la cabeza con desaprobación, porque Sigebert la había advertido de lo que iba a ocurrir cuando pasó a despedirse de mi madre, que cada día estaba más débil.
   Al día siguiente de la partida del príncipe, la reina quiso verme. Una de sus damas de confianza vino a buscarme a mi casa con dos espatarios como escolta. Goswintha esperaba en la sala del trono y ordenó que nos dejaran solas.
   —Acércate Jana.
   —Alteza.
   —¿Cómo ha ido tu noche de amor con el príncipe? No te ruborices querida, deja esos remilgos para otra, a mi no puedes engañarme.
   —No se a que os referís, señora.
   —No me tomes por tonta, ¡hipócrita! Sé que pasaste la noche con el príncipe y se de sobra que tu relación con él se remonta a semanas atrás. Nada importa, Recaredo tiene derecho a yacer con quien le dé la gana. Pero hay algo que debe quedarte claro: el será rey y se casará con quien deba. Pese a que estoy convencida de que no le importas nada y que solo te quiere para lo que te quiere, voy a hacerte una advertencia: Deja que el príncipe alcance su destino de rey y no se te ocurra interponerte, de lo contrario lo pagarás muy caro. Métetelo en la cabeza, si te cabe algo más que los pájaros que te la ocupan.
   —El príncipe luchará por mi amor
  —Además de insolente y puta, eres una ingenua, septimana. Pero te diré una cosa, ven, acércate más.
   Me acerqué con recelo, permaneciendo al pie del escalón que ascendía al trono donde se había sentado la reina. Goswintha se inclinó hacia adelante y puso su cara a la altura de la mía, como la primera vez que nos vimos.
   —Voy a hacerte una advertencia. Si se te ocurre quedarte preñada, te haré desollar y arrojaré tus restos al río. No quedará de ti, ni del bastardo que lleves dentro, ni rastro.
   —Recaredo os lo haría pagar caro.
   La reina me dio un bofetón que me hizo tambalear.
   —¡No te atrevas a amenazarme, insolente! ni tampoco vuelvas a mencionar al príncipe por su nombre de pila en mi presencia, ¡zafia! ¡Fuera de mi vista! ¡Fuera! ¡Fuera he dicho! septimana de mierda.
   Tenía deseos de llorar, pero me mantuve serena. No quería que la reina ganara la partida con tanta facilidad. No iba a resultarle tan fácil conseguir que Recaredo ¡si, Recaredo! y yo rompiéramos nuestra relación. Estaba segura que el príncipe lucharía por lo nuestro. Tenía el convencimiento firme de que yo estaba llamada a ser alguien decisivo en la vida del príncipe y me sentía segura solo con pronunciar su nombre. Goswintha lo iba a tener difícil, porque yo tampoco iba a dar mi brazo a torcer.
   Salí con la cabeza alta y el paso seguro, aunque me tambaleara por dentro, y el firme propósito de vengarme de la reina. No sabía cómo ni de qué manera, pero sabía que tenía que vengarme, por esto y por habernos arrancado de la Septimania y por ofender a mi madre delante de toda la corte. Algún día le haría pagar por todo. Con esa resuelta, aunque remota esperanza, me consolé y me conformé de momento. Nada dije a nadie de nuestra conversación. Estaba teniendo demasiados secretos y eso no era bueno. Claro que tampoco tenía a nadie de confianza para compartirlos. Mi madre estaba como ausente últimamente y mi aya bastante tenía con ocuparse de ella día y noche  y mis nuevas amistades eran muy recientes aun, para confidencias tan íntimas y tan delicadas. ¡Cuánto echaba de menos a mi familia, en este momento como en todos! Mi abuela hubiera sabido que hacer y me hubiera dado un consejo útil. Yo aunque trataba de pensar como lo hubiera hecho ella, era incapaz. No tenía ni su sabiduría ni su inteligencia




[1] Institución consultiva de las Monarquías Germánicas en la Alta Edad Media


La viajera del agua


El viaje, segunda parte





3






   Mi madre y yo continuamos de pie agarradas a la borda hasta que la Narbo primero y las montañas de la Septimania mas tarde, se desvanecieron  en el horizonte. Madre a cuestas con la lejanía y la tristeza  que ya pesaban como algo físico, más el socarrón balanceo del barco, comenzó a sentirse mal sin que yo me apercibiera, hasta que abandonada por las fuerzas se desplomó de improviso sobre cubierta. Mi padre llegó corriendo al oír mis gritos y la recogió del suelo y la llevó a su aposento y llamó a Brunilda que había desaparecido, como si el barco se la hubiera engullido. Apareció con el color de los muertos y las dos manos atrancando la boca, una sobre otra, guardianas de un horrible secreto. Respondió a mi padre con un borboteo gutural de gallina muerta, y al tratar de auxiliar a mi madre se vació entera sobre la tarima que subía y bajaba, burlona, como la marea. Yo me habría reído mucho si no estuviera preocupada por mi madre. “Solo están mareadas”, me tranquilizó mi padre, “es algo natural cuando se navega”. Cuando se recuperaron, retorné a cubierta vigilada por la gente de mi padre, a contemplar aquella extensión de agua que lo llenaba todo y parecía no tener fin.                                                                                                   
   Navegar por nuestro mar fue maravilloso, aunque mi madre y buena parte del sequito pasaron el viaje vomitando. Mi aya me había advertido que aprovecharíamos la travesía  para recuperar la lectura que con todas las vicisitudes acontecidas había quedado descuidada. Pero tuvo que permanecer, por fuerza, tumbada en su catre sin hablar ni comer, bebiendo solo agua que expulsaba a continuación como un surtidor; así que tuve asueto para hacer lo que me pareciera, porque mi madre tampoco se encontraba bien. Yo pasaba un rato, en la mañana, con cada una de ellas, después leía  para no contrariarlas, algún pasaje del Codex Argenteus[1] de Wulfila que mi aya me escribía, a duras penas, en la pizarra y luego me iba a deambular por el barco y a preguntar lo que no entendía o desconocía que era todo lo referente a la navegación. De ese modo aprendí que el barco había sido construido en uno de los astilleros que viera en el puerto, con maderas de encina de la Galia y de Hispania y que, a imitación de las naves griegas, tenía el casco redondeado y bastante fondo, ellos decían calado, para alcanzar más capacidad de carga. Un solo hombre lo gobernaba por medio de una caña que accionaba dos remos enormes situados en la popa, rematada por unas majestuosas alas de cisne  amarillas como cañamones.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Las tres velas eran cuadras y sobre la mayor largaba una más pequeña, con forma de triangulo,  llamada vela de gavia que solía usarse con poco viento. Al mástil de proa, muy inclinado, le decían trinquete y en él largaba una vela a la que llamaban dólon. Me sorprendió que cada mástil, cada vela y cada cabo tuvieran un nombre propio y que las cosas se denominaran aquí de modo diferente a como lo hacían en tierra. La derecha era estribor y la izquierda babor, la longitud, eslora y el ancho, manga; al rumbo le decían derrota y a la inclinación, escora; apretar era azocar, soltar  un cabo, filar y tirar del mismo, cobrar. No me imaginaba este léxico en la granja. Desde luego eran mundos diferentes, con razón el mar siempre me había intrigado. Mi tío abuelo, el naviero, me escuchaba y me respondía, con paciencia infinita de maestro, a todo lo que preguntaba y yo me creía en la obligación, para corresponder, de hacerle saber lo que encontraba de diferente o de similar entre la nave y la vida en la casa de mis abuelos, que él no tenía por qué conocer. El era un hombre de agua, no sabía nada de vinos ni de granjas de igual manera que las gentes de tierra ignorábamos todo del mar. Así pues, do ut des, cuando me describió la minuciosidad y el esmero con el que eran calafateadas las naves tabla a tabla, por dentro y por fuera, utilizando con sabio empirismo resina, lino y pez, yo le describí como se calafateaban  los toneles para el vino en casa del abuelo, tabla a tabla, con los jugos de una planta llamada tabaiba que desecaban hasta obtener la textura adecuada y convertían en una especie de goma de sabor dulzón que nos permitían  masticar, porque era buena para fortalecer las encías; eran tareas propias del verano, antes de la vendimia, luego almacenaban las ramas leñosas de los arbustos, para encender el fuego, porque en tierra firme, todo se aprovechaba. Ahora mismo estaría ocurriendo, con mis primos alrededor, como siempre hacíamos, observando y preguntando, hasta que mi abuela nos mandaba llamar para que no molestáramos ni distrajéramos más a los operarios. ¡Cuánta nostalgia sentía ya!                                                                                                            
   Mi tío continuaba hablando con orgullo de como habían logrado, con los años, un diseño especial para las ánforas que facilitaba una estiba más segura en las bodegas de modo que ni un fortísimo temporal las pudiera desplazar ni romper. También me confió, con cierta añoranza, como desde hacía algún tiempo, se iban utilizando toneles, similares a los del abuelo, para el almacenaje en las bodegas que estaban cambiando, por fuerza, el diseño de las naves. El se vería obligado con el tiempo a renovar la flota, como estaban haciendo ya otros armadores. “Todo se está transformando, todo cambia, querida sobrina, como nuestras vidas.” Aparte de estos relatos expertos de los que tanto gustaba, los marineros me referían historias fantásticas de encuentros con animales enormes, capaces de tragarse el barco entero con el velamen desplegado, que expulsaban un chorro de agua que llegaba hasta el cielo y mujeres peces que cantaban con voces bellísimas, para atraer a los hombres que surcaban los mares, a los que distraían haciéndoles naufragar para llevárselos con ellas a las profundidades. Por eso muchos, los elegidos, nunca más aparecían, mientras que el resto eran devueltos por el mar a las costas.
   “El mar es misterioso y muy peligroso, no te fíes porque lo veas tan manso. Engaña más que una mala mujer”. Esto me decía el patrón de la nave, cuando me veía embobada contemplando la masa de agua tranquila  y perezosa bajo el sol de junio, que mecía el barco con la suavidad de una madre.                                                                
   Nuestro barco no hacía escalas nocturnas, navegaba de noche siguiendo de lejos la línea de costa plagada de faros y de puntos de referencia. Los marineros me enseñaron a distinguir la Estrella Fenicia[2] por la que  se guiaban también cuando las travesías eran más largas y la costa se perdía durante varios días con sus noches.
   Mi padre y yo nos sentábamos cada tarde a contemplar las encendidas puestas de sol, y a conversar sobre los viajes a Oriente y sobre los romanos iniciadores del comercio por mar y de la ruta que estábamos siguiendo y constructores de los puertos y de los rompeolas y de los faros y de los caminos que conducen hasta Roma, como nuestra Vía Domitia, y hacedores de las leyes y del derecho. Yo los percibía como gentes muy sabias y poderosas, no me explicaba por qué  habían perdido el imperio.
   —Porque era ya demasiado extenso, resultó imposible defender las fronteras y contener la expansión de otros pueblos. En algunos casos tuvieron que recurrir a tribus como las nuestras para que les ayudaran en la lucha o para que vigilaran el orden después, en los territorios, incluso para que los administraran en su nombre. Así conseguimos los visigodos, que también estábamos huyendo, una tierra en la que vivir, al igual que hicieron otros pueblos como nuestros vecinos los francos. Luego imitamos su forma de gobernar, adaptándola como supondrás, a nuestras costumbres y a nuestro derecho y fuimos sentando las bases de nuevas naciones y creando luego, con el paso de los años, nuevos reinos independientes por completo del Imperio. Yo siempre los he admirado. Ellos enseñaron a los aquitanos a cultivar la vid y a los hispanos a extraer el aceite de las olivas y el mineral de las entrañas de la tierra. Fueron en tiempos como te he dicho, un vastísimo imperio, una potencia dominadora. Suponen siempre una amenaza, aunque mi señor los mantiene a raya.
   —¿Has estado en Constantinopolis, padre? He oído cosas increíbles de esa ciudad.
   —Desde luego. He ido varias veces. Constantinopolis es una ciudad maravillosa levantada a imitación de Roma, con sus siete colinas y situada en un lugar estratégico y por ello, privilegiado. Está rodeada de una triple muralla que la hace inexpugnable y posee un puerto enorme, veinte veces por lo menos, el de la Narbo. Tiene infinidad de palacios entre los que destaca el del emperador  en lo alto de una colina dominando el estrecho frente a Oriente. A la ciudad llegan a diario caravanas con mercancías de todo el imperio y de los reinos conocidos del oriente y de África que te dejarían asombrada. Sedas de la India, oro y plata de los Balcanes, mármol de Egypto, especias de Sudán, tapices y alfombras de Persia, ámbar, perfumes, que desde sus puertos se reparten por todo el orbe conocido. Es tan importante el comercio para el imperio que las caravanas cuentan a lo largo de todo el territorio con lugares fortificados y protegidos para descansar y pernoctar, donde tienen todo lo necesario para los hombres y las bestias, desde comida hasta baños especiales para sudar el polvo del camino. En las cercanías del puerto existen islas convertidas íntegramente en graneros donde se deposita todo el trigo necesario para alimentar a la población y para exportar al resto del mundo.  La organización es perfecta. Nunca faltan alimentos aunque la población de la ciudad ronde ahora mismo las quinientas mil personas.                                                                      
   Yo escuchaba boquiabierta todo lo referente a aquella ciudad de la que había oído hablar como algo tan lejano y tan bello que resultaba irreal e inalcanzable para nosotros humildes visigodos, burdos y pobretones, comparados con aquellos bizantinos viajeros, instruidos, ricos y hasta extravagantes, que mi abuela consideraba ociosos y sin provecho alguno  y a mí me parecían tan seductores y tan ejemplares para el mundo. ¡Quinientas mil personas! Más que en toda la Septimania. No sé si sabría contarlas.
También me habló, con el mismo entusiasmo, sobre el reino y la reina de Toletum según mi padre la más bella mujer que había visto jamás.
   —¿Más bella que mi madre?
   —Es otro tipo de belleza. Es una mujer atrayente y enigmática; inteligente y poderosa; capaz de hacerte alcanzar el cielo y mandarte al infierno luego, si la traicionas o la decepcionas. Cuando la conozcas lo comprenderás. Allí serás feliz, no hagas caso a tu madre. Confía en mí.
   Arribamos a Tarraco, como estaba previsto, el veinte de junio del 575 y de allí nos trasladamos a Barcino donde nos tenían preparada una casa cerca del palacio del gobernador. En ella residimos hasta el momento de emprender el viaje hacia la corte. Esperábamos a alguien, pero no sabíamos a quien. Barcino, que fuera capital del reino hasta la muerte del rey Theudis, era una ciudad recogida, luminosa y agradable, al lado del mar, de nuestro mar. Ese que nos une y nos da carácter y personalidad, pero que también nos aleja y nos separa. Ese mar que añoré tanto en Toletum y al que regresé de nuevo para morir, aunque lejos de la Septimania.
   En esta época mi madre se quedó encinta de nuevo. Las tres pensamos llenas de esperanza que una vida nueva nos alegraría, por fin, la existencia, sería a través  de ella, un comienzo para nosotras también; pero mi futuro hermano no logró nacer. Se malogró en Toletum, como tantas otras cosas.                                                                             
Pilentum

                    
   Una tarde mi padre nos anunció que el viajero había llegado y que a la mañana siguiente nos pondríamos en marcha. Fue un viaje por tierra, largo y aburrido, muy diferente de la travesía por mar. Fuimos desde Barcino hasta Ilerda y desde allí a Caesaraugusta, donde tuvimos que detenernos. Nuestro nuevo acompañante, al que habíamos aguardado durante semanas, era un muchacho algo más joven que yo. Viajaba acompañado de un sequito de militares y de un ayo o mentor. Se llamaba Liuverico y según algunos podía ser hijo del difunto rey Liuva y de su concubina, porque el rey Liuva no había tenido esposa. Se habló y mucho entre los siervos y la tropa, de que el muchacho, por orden directa de la reina Goswintha había sido separado de su madre a la cual parece ser habían dado muerte, a posteriori, para que todo resultara más fácil. No fuera que, desesperada, enviara sicarios tras su hijo. Esto se decía, aunque nadie lo confirmaba. Mi padre me reprendió por prestar oídos a rumores capciosos y me recordó la conveniencia de no preguntar más de lo debido, y de no entrometerme, jamás, en la vida de la realeza.                                                                                                
   El supuesto príncipe lloró al dejar Barcino. Miraba hacia atrás y suspiraba con infinita tristeza, hasta que su ayo le reprendió. Me recordó nuestra propia partida, aunque a nosotras nadie nos impidió llorar, y  yo por lo menos, viajaba con mi madre. Desde ese momento no volvió a lamentarse, pero estaba triste y apenas hablaba. Mi madre quiso que se acercara a nosotras, pero él prefirió hacer el camino en solitario, aunque yo creo que fue su mentor quien le ordenó hacerlo así. Cuando nos deteníamos comía con el ayo para luego retirarse a su habitación si estábamos en una casa o a su tienda cuando estábamos acampados; esto solamente aconteció en la primera etapa del viaje de Barcino a Caesaraugusta. A partir de ahí, las villas y las ciudades estaban más próximas y cada noche nos hospedábamos en la casa de algún personaje importante o nos deteníamos algún tiempo en ella, si era necesario.                                                                                             
   Siempre levantaban los campamentos en las cercanías de alguna mansio, llamativamente coloradas, donde estabulaban y herraban a los caballos y a los mulos y a los bueyes y reparaban los desperfectos de los vehículos, antes de ponernos de nuevo en camino. Las mansio contaban con habitaciones para pernoctar los viajeros, pero según mi padre, no era aconsejable alojarse en ellas, porque se habían ido deteriorando al igual que las calzadas, necesitadas de un mantenimiento  que no se efectuaba desde hacía lustros, porque ni el reino, ni las ciudades, andaban bien de peculio como consecuencia de la crisis que sobrevino tras el derrumbe del imperio y en la que parecía haberse estancado la economía de Hispania.                                        
   Nuestra caravana, larga como la procesionaria, estaba compuesta por dos pilentum, una para Liuverico y su mentor y otra para nosotras, cuyo alquiler era caro, según mi padre, dos plaustrum para los siervos y  seis serracum, cuatro tirados por mulas que portaban lo necesario para acampar y para el uso diario y otros dos tirados por bueyes, para el resto de equipaje y el mobiliario, más los soldados de mi padre y la escolta de Liuverico. Yo preferí viajar a caballo, soy buena amazona y el tiempo lo permitía, y no en pilentum como mi madre, a quien la preñez no le permitió cabalgar, y mi aya. Iba siempre un poco por detrás de Liuverico al que apenas percibía, porque era muy menudo y no se veía entre sus guardianes. Una mañana su caballo se encabritó al pisar una serpiente y a pesar de la porfía de la tropa por apaciguarlo,  catapultó a su jinete montaña abajo. Salió lanzado como una flecha disparada contra ningún objetivo y en un segundo se perdió de nuestra mirada. Escuchamos el golpe de la caída y creímos en firme que se había matado, pero solamente se hirió en la cabeza sin demasiada importancia, no tenía ni un hueso roto, que hubiera sido lo natural. “Los jóvenes sois muy elásticos” me había dicho Brunilda como explicación. Lloraba cuando lo subieron, pero al ver a su ayo, que había empalidecido, cesó en su llanto. Sangraba y temblaba de miedo y se dolía del golpe y daba mucha pena. Mi madre y mi aya quisieron curarle la herida y consolarlo un poco, pero su gente como de costumbre, no lo permitió. A partir de ese día tanto él como yo, viajamos en pilentum. Yo con mi madre y mi aya y el príncipe con su mentor. Aparte de este accidente y de algún otro sin mayor importancia, el viaje resultó monótono y aburrido; nadie tenía conversación; los muleros sólo estaban pendientes de las bestias y de los carros cubiertos en los que viajábamos  aisladas como vestales,  y los soldados iban en silencio o hablando de sus cosas que carecían de interés y que se acababan a poco de iniciar el trayecto y mi madre sufría con cada leuga del camino y mi aya se multiplicaba para cuidar de ella y de mi. A madre le daban, tras la comida, una cocción de hierbas, para calmar el dolor y las náuseas, receta de una de las siervas, africana de piel oscura, que nunca supimos como había terminado tan lejos de su tierra,  que la relajaba y la adormecía y mi aya me hacía, entonces, una señal inequívoca con el dedo índice sobre los labios. Así fue como descubrí el silencio en compañía, contradicción no exenta de dolor, a la que sin embargo me acostumbré con el tiempo y que me acompañó en más ocasiones de las que hubiera deseado, borroneado aquí, por el roce hiriente  de las ruedas contra las piedras, más el coro de cascos uniformes, monocordes, que retumbaban como fondo.                                                                                         
   Careciendo el viaje a mi pesar de otros alicientes, contemplaba sucederse encuadrado por las cortinas ocres de la carroza, el paisaje en movimiento que la Hispania nos iba mostrando ubérrima y generosa. De improviso, algún tajo lacerante y profundo hecho tal vez por la  espada de un coloso o algún río colmado y murmurador, el agua es muy parlanchina comoquiera que se manifieste, partía  el valle o la montaña en dos mitades, y entonces un puente galante, con los pies de piedra bien asentados sobre el lecho rocoso o húmedo, trasportaba la calzada en brazos hasta la otra orilla. “Que buenos ingenieros eran los romanos” decía mi aya. Yo pensaba que estaba en lo cierto. Otras veces, un arroyo inquieto  abandonaba el regazo de las peñas, saltando de gozo sobre el camino, mientras la neblina velaba la recatada pureza de sus aguas limpias, como el alma de una doncella, para que nadie la mancillara. En ese momento pudoroso la calzada las vadeaba solícita, haciendo alarde de una delicadeza que faltaba por completo en nuestras costumbres, para que el hollar de los viajeros no las agraviara, permitiéndoles continuar su camino montaña abajo tan puras como habían llegado hasta allí.
   Algunas noches claras, contemplaba brillar desde mi lecho, diminutos luceros, pequeños óculos dispersos entre la espesura que parecían espiar nuestro descanso y esperar, taimados, a que nos confiáramos en los brazos del amante dios de la noche, para guiarnos a sus moradas arcanas, perdidas en el universo. ¿Qué mundos se verían desde allí arriba? Tal vez divisaría la Septimania y nuestro mar y todos los mares y todas las tierras, o tal vez serían mundos más íntimos los que nos fueran revelados por la fuerza de su poder omnisapiente. Aturdida por el penetrante sopor de las quimeras creía percibir, entonces, lejanos cuernos de guerras y galopar de caballos y fragor de luchas ¿sería el pasado de mi pueblo antes errante o sería tal vez el futuro? y podía notar a mí alrededor, como algo físico, incómodo y sofocante, la ambición y el poder y el rencor y el odio, mientras veía abrirse bajo mis pies, un abismo de sombras, al que me precipitaba en medio de un torbellino que me arrastraba en su trayectoria de vértigo hacia ningún lugar o hacia todos ellos. Entre las tinieblas  y la luz retornaba a un mar azul, deslumbrante, salvador, sembrado de vides, donde el amor me esperaba impaciente aunque yo fuera incapaz de llegar a sus brazos, porque una fuerza invisible me retenía  girando en mi inercia, mientras él me miraba sin lograr comprender, perdido como yo en la vorágine de aquel universo ajeno. Era entonces cuando regresaba impotente a mi lecho y abría los ojos y no sabía si me había adentrado en el tiempo, o en el espacio, o simplemente había soñado. Luego despertaba y veía el campamento y escuchaba el murmullo de las voces y los relinchos de los caballos y sentía la mañana fría y aspiraba el vaho del pan reciente y olía el tocino asado y recuperaba la realidad y me disponía a continuar un viaje que yo no había decidido ni, menos aun, deseado.


4


Recién nacido octubre, el tiempo cambió inesperadamente a peor; las nubes se amontonaron en grosero tropel contra los montes y adelantaron el invierno; con el llegó la nieve y la ventisca dificultó el camino. Algunos enfermamos con el frío  y se decidió, por necesidad, demorarnos un tiempo en Caesaraugusta en la casa de un aristócrata hispanorromano, católico y sin embargo, muy amigo de mi padre, donde ya estaba previsto que nos alojáramos. Cuando llegamos a la ciudad, el mundo había desaparecido bajo un manto helado sobre el que era imposible avanzar. La Hispania, que tan benévola nos había acogido, se había cansado de nosotros y nos conminaba a desaparecer de los caminos bajo promesa de matarnos de frío si no obedecíamos. Parecía voluble y manipuladora como la reina de Toletum.
   La casa o mejor diré el palacio, estaba increíblemente caldeado cuando llegamos ateridos. No había hogares ni olor a humo, el calor provenía del suelo; aunque lo pareciera, no era nigromancia; era un sistema de calentamiento parecido al caldarium de las Termas, eso me explicaron cuando pregunté continuando con mi costumbre. El hogar se situaba en el patio exterior, allí quemaban la paja y el humo caliente llegaba a la casa, por debajo del solado, a través de tuberías de barro cocido idénticas a las que distribuían el agua. Gloria le llamaban y eso era en realidad, un autentico gozo. “Que hábiles y que inteligentes eran los romanos y que refinados” repetía mi aya Brunilda. Epicúreos, así les llamaba mi abuela,  y decadentes. Era lo único en lo que yo no le concedía razón. 
   En la casa aguardaba para unirse a nuestra comitiva otro viajero                                                                   septimano, que se presentó a saludarnos y que era por lo visto un hombre de leyes de extensos y valiosos conocimientos, al que aguardaba el rey, y al que dieron escolta hasta Toletum un grupo de militares hispanos al servicio de nuestro anfitrión. Ambos y mi padre tuvieron en ese tiempo frecuentes reuniones con acaloradas discusiones hasta altas horas. Según mi aya hablaban de política. “De esto y de guerras y de mujeres es de lo único que hablan los hombres”.                                                                                             
   Yo les escuchaba discutir, preservada tras la puerta entreabierta, acerca de cambios necesarios en la política del reino. Mi padre parecía estar en desacuerdo con algunas opiniones y afirmaba que Goswintha no consentiría jamás esas veleidades.
   —No son veleidades —decía el hispano—. Son reformas necesarias. Además, la reina no es nadie.
   —¿Que la reina no es nadie? —Se escandalizaba mi padre—. No sé en qué mundo vivís.
   —El cambio será complicado y difícil como todos los cambios y será lento —decía el septimano— pero inexorable. El reino debe marchar con los tiempos. No se puede avanzar con una organización tribal.
   —¡Jana! ¿Qué haces aquí, cogiendo frío? —Interrumpía Brunilda inoportuna—. Vamos a la cama. Pareces una niña.
   Mi padre me visitaba a menudo mientras estuve enferma y me traía dulces de la cocina a escondidas de mi madre y de mi aya que me hacían tomar infusiones de una hierba llamada ulmaria, de sabor amargo que me provocaba náuseas, pero me calmaba la calentura.
   —Padre ¿Qué cambios va a haber en el reino?
   —¿Qué? ¿Dónde has escuchado eso? No son asuntos tuyos Jana. No preguntes nunca lo que no debes. Y no escuches conversaciones de mayores. ¿Qué te ha enseñado tu madre?
   —Ya no soy tan niña.
   —¿Ah no? Entonces me llevo los dulces.
   —No padre, por favor. No preguntaré más, lo prometo.
   Padre y yo nos queríamos, creo. Yo a medida que fui descubriendo su verdadera personalidad le fui perdiendo primero el cariño y luego el respeto y al final mi desprecio por él fue absoluto, aunque pienso que no le conocí bien del todo. Para entonces ya no vivía mi madre y yo estaba a punto de irme de Hispania para siempre. Pero en este tiempo aun era ingenua y casi feliz a pesar del forzado exilio. Ya todos repuestos y una vez que la Hispania cambió de talante y retiró  la nieve de los caminos, continuamos el viaje. El frío y la humedad persistían no obstante y yo iba materialmente envuelta en mantas y pieles para no volver a enfriarme. Viajaba abrigada pero incómoda, porque casi no podía cambiar de postura y terminaba por no sentir ni los brazos ni las piernas, como si solamente fuera un tronco mutilado, sin extremidades para caminar ni para abrazar. Un fardo con entendimiento. Lo mismo hicieron con Liuverico que tosía continuamente en la pilentum de delante. Cuando nos deteníamos para comer o para cualquier otro menester, yo emprendía una frenética carrera alrededor de los carros o del campamento para entrar en calor y para volver a sentir mi cuerpo en plenitud, lo que dejaba sorprendidos a todos y hacia que Liuverico se riera. A veces algún soldado, de entre los más jóvenes, me imitaba y corría en pos de mí, mientras mi padre le seguía con la mirada y con cara de pocos amigos.
 
5

Pocas veces nos cruzamos con viajeros. Gentes de los pueblos o villas cercanos entre sí, que se desplazaban de un lugar a otro a pie o a lomos de algún mulo enteco, algún carro de bueyes cargado de mercancía o algún rebaño interminable de ovejas que atravesaba por sorpresa la calzada interrumpiendo el paso, ante la impotencia de mi padre y de la tropa, que terminaban dispersando el ganado y enfrentándose a los pastores, que los repelían a bastonazos y pedradas, y un grupo de frailes que nos salieron al paso confusos, cuando escapaban de su monasterio en la falda de una montaña recóndita, porque un enjambre de voraces hormigas blancas como almas inocentes, había consumido por dentro, la madera de las vigas y la techumbre se les había venido encima de improviso y los suelos se habían hundido bajo sus pies y varios compañeros habían muerto aplastados entre las ruinas, mientras ellos, los sobrevivientes, huían despavoridos a no sabían dónde, convencidos de que el demonio había poseído su santa casa travestido de pureza y les perseguiría donde quiera que fueran. Viajaban a pie y la mayoría descalzos. Mi padre les acomodó en los carros y permitió que se unieran a nosotros hasta la próxima ciudad. Uno de ellos preparó aquella noche una cena exquisita para todos y se ofreció en secreto a mi padre para hacernos de cocinero hasta Toletum, pero mi padre no aceptó la oferta, por desgracia.
   Tras Caesaraugusta, pasamos por seis ciudades importantes, Nertobriga, Bilbilis, Ocilis, Segontia, Caesada y Arriaga, hasta llegar a Complutum donde, por suerte, necesitamos volver a detenernos unos días, porque el tiempo se tornó lluvioso y los carros se atascaron con el barro del camino, haciendo imposible el avance. Di gracias a Dios por la lluvia, porque todo el viaje de un tirón se me hubiera hecho muy doloroso. Mi madre también se encontraba mal, aunque no se quejaba. La preñez no iba como debería, según escuchaba decir a las mujeres y eso le provocaba malestar y dolores continuos, aunque ella siempre sonreía cuando estaba yo delante. Pero yo sabía que sufría y me compadecía de ella. La quería mucho, mucho; lo mismo que ella a mí. Era más que un sentimiento, una necesidad como el respirar; creo que si dejáramos de querernos, moriríamos sin remedio.
   Desde una ciudad hasta la siguiente, nos daba escolta siempre un sequito más o menos numeroso de milicias locales, según la importancia de la plaza, como si no lleváramos ya suficiente protección y los campesinos de los lugares por donde transitaba nuestro cortejo nos veían  pasar con estupor y con mal disimulado temor al ver tantos soldados con yelmos y lorigas dispares y armas diferentes y estandartes y gualdrapas variopintos, como un ejército  de enajenados. A veces salían huyendo para poner a salvo a sus familias pensando, tal vez, en una invasión y otras, inclinaban la cabeza a nuestro paso, creyendo que viajaba el rey, al que nunca habían visto; ni siquiera sabían cómo se llamaba.                                                                                               
   Cerca ya de nuestro destino y tras abandonar Titulcia, donde descansamos un día entero, el tránsito por la calzada aumentó considerablemente a pesar del frio y de que amagaba la nieve de nuevo. Se notaba que la capital del reino estaba cerca. Algunos viajeros nos habían visto avanzar, tarea fácil dado el trazado rectilíneo de la calzada, y aguardaban nuestro paso para unirse a nosotros y viajar seguros a nuestra estela, aunque la tropa les obligaba a guardar una cierta distancia del último carro.                                                                                                
   Había sido día de mercado y la gente de las aldeas cercanas regresaba a sus moradas tras haber hecho negocio con sus escasos haberes, portando alegres en las alforjas del mulo o del asno, la tela para el vestido de boda de la hija mayor, o la olla grande para el guiso de la creciente familia, o una manta nueva para abrigar el postrer invierno de la abuela, o un sonajero de barro cocido para la nueva alegría de la casa, o el remedio milagroso para el mal reciente de la madre; casi todos regresaban contentos y nos saludaban al paso y nos deseaban buen viaje y una buena estancia en la capital. Todos hablaban latín. Posiblemente ya no se hablara gótico en Toletum.                                                                                               
   A las mismas puertas de la capital, retornó la nieve como fría bienvenida para acompañarnos hasta palacio. El rio Tagus nos devolvió la imagen de la muralla, invertida y acribillada por el granizo, mientras nos daba escolta ciñendo la calzada hasta la misma puerta de la ciudad. Toletum me pareció oscura y demasiado seria con las calles estrechas, empinadas y sinuosas. Sonaban las campanas de las torres con un tañido que, tal vez, quisiera resultar alegre sin conseguirlo. La nieve nos acosaba a la vez que la brisa nos daba latigazos; el ambiente dolía tanto o más que la pena del destierro, aunque lo peor nos aguardaba en palacio.
   Mi aya decía que la reina Goswintha era una mujer influyente y poderosa que había arreglado los asuntos del reino visigodo durante muchos años metida en la cama de dos reyes: su primer marido Atanagildo y el segundo y actual, el rey Leovigildo. Mi madre siempre la reprendía por hablar de la reina con tan poco respeto.
   —Es la pura verdad —decía encogiéndose de hombros—. Todo el mundo lo dice, yo no lo he inventado.
   El palacio, una aparición velada por la nieve en la cima de una loma, era enorme, construido sin orden y poco acogedor, casi agresivo. Tenía un patio acorde con sus dimensiones, lleno de guardias que nos observaron de soslayo como a bichos raros y un portón de entrada, alto y macizo, casi inaccesible, capaz de amparar tras de sí el averno insidioso, donde según los católicos, iba tras la muerte el alma de todo aquel que hubiera ofendido gravemente a Dios. No era nuestra casa, eso estaba claro como el agua, ni era tampoco nuestro hogar; no era nada nuestro; aquí éramos extrañas; siempre íbamos a serlo. Dentro nos recibió una fuerte tufarada a humo y a leña quemada emanante de los altísimos hogares que calentaban el ambiente. En palacio desconocían la gloria. Las antorchas y los hacheros que iluminaban los corredores y las estancias, despedían también un olor repugnante y la escasez de muebles y adornos ahondaba la sensación de vacío y de desolación. La corte de la Narbo era mucho más acogedora y más suntuaria.
   —Ya nos acostumbraremos, Jana —decía mi madre, que procuraba poner entusiasmo pero que estaba tan asustada y se sentía tan sola y perdida como yo.
   El rey Leovigildo no estaba en palacio, ni siquiera estaba en la capital, pero la reina Goswintha nos recibió inmediatamente. Solamente a nosotros cuatro. El narbonense se fue a sus aposentos al igual que Liuverico y su ayo. Llegábamos sucios, cansados y ateridos, hubiera sido mejor que fuéramos a asearnos y a descansar y que nos recibiera mas tarde o al día siguiente, pero nos condujeron de inmediato a lo que supuse sería el salón del trono, porque tenía dos asientos sobre un estrado con un dosel y poco más. Estábamos solos los cuatro, formados en fila, con la sola compañía de los guardias que nos guiaron hasta allí, pero pronto aparecieron diferentes damas y dueñas de edades y tamaños también diferentes y a continuación entró la reina. Por fin íbamos a conocer a la mujer que nos había hecho venir, nunca supe para qué.



   Saludó a mi padre con cierto afecto, miró a mi madre, tomándose su tiempo, de arriba abajo y se inclinó delante de mí, contemplándome a mi altura durante unos momentos que me parecieron años. Tenía los ojos de un azul imposible, como decía mi abuela que era el cielo de Septimania algunas veces, el pelo rojo largo y brillante, trenzado con una cinta dorada y recogido sobre la nuca y la piel blanquísima, fina y a la vez firme como el alabastro. Era muy hermosa, cierto, pero yo no me sentía nada cómoda delante de ella.
   —¿Cómo te llamas, niña?
   —Jana, alteza.
   —¡Vaya por Dios! —dijo incorporándose de un salto—. ¿Has elegido tu el nombre Eberhart? —le preguntó a mi padre.
   —Yo no, señora.
   —¿Entonces quien, tú? —preguntó a mi madre encarándose con ella.
   —Fue mi padre, alteza.
   La reina emitió un gruñido y se dirigió a la salida, dando la audiencia por concluida, para alivio de nosotras tres. Al pasar por delante de mi padre le dijo algo de refilón que no escuchamos, pero después detenida en la puerta, le dirigió una desafortunada observación perfectamente audible por todos:
   —Aunque ella haya yacido con todos y cada uno de tus espatarios, la niña es tuya. Es igualita a ti. Siempre has tenido puntería, lusitano.
   Me pareció un comentario impropio de una reina, vano y ofensivo para mi madre que bajó la cabeza, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Como mi padre salió detrás de Goswintha y no la consoló, yo le tomé la mano y se la besé. Estaba fría como la nieve de aquella ciudad inhóspita. Mi aya se acercó y me acarició el pelo. Las tres nos retiramos abrazadas, mientras el resto de aquella corte improvisada que nos había recibido, nos contemplaba y cuchicheaba a nuestro paso sin miramientos.
   Más tarde supimos que Jana se había llamado la concubina del primer marido de la reina, una dama septimana como nosotros, de quien se alababa su belleza y su bondad y con la que el rey había tenido tres hijos varones que fueron muriendo uno tras otro, victimas de extraños accidentes impropios de jóvenes inteligentes y maduros. También falleció la dama poco antes de morir Atanagildo. Alguien nos confió el rumor de que fue envenenada por medio de los higos que eran su fruta favorita. Parece ser que la reina tampoco sentía simpatía alguna por Teodosia, la que fuera primera esposa del rey Leovigildo, madre de Hermenegildo, el futuro marido de la princesa Ingundis y de  Recaredo, el más joven, unos años mayor que yo al que conocí más adelante y que determinó el resto de mi vida. También descubrí tiempo después con gran dolor, porqué la reina había hecho aquel comentario tan mortificante hacia mi madre.
   Aquella primera noche de otras muchas en la corte, pese al cansancio, el sueño que hubiera resultado reparador y excluyente, no llegaba. Tras el baño, habíamos cenado unas viandas repugnantes, que a ninguna nos habían sentado bien. Tenía náuseas y temblores. El frío y la humedad eran tan intensos que la ropa no se me pegaba al cuerpo. Tiritaba no tanto de frio, como de temor y de desconcierto. En la Septimania cuando no podíamos dormir nos juntábamos varios primos en una cama y así abrazados soportábamos cualquier miedo o cualquier pena o cualquier duda, pero aquí estaba sola. Ni siquiera podía irme a la cama de mi madre, que dormía tal vez con mi padre o tal vez tan sola y llena de sobresaltos como yo. No obstante los temores que me removían, me levanté y miré por el ventanal. La noche era oscura y tenebrosa. Las siluetas de los palacios romanos y de las casonas visigodas que había visto a nuestra llegada, surgían de la bruma helada como oscuras infamias flotando entre dos mundos irreales. Los centinelas, aluzados por las hogueras que ardían a trechos uniformes alrededor de palacio, conformaban una ronda de espectros sin rostro, soportando inconmovibles un temporal que parecía no afectarles, mientras los perros, invisibles, aullaban como lobos. El río Tagus ni se adivinaba. Pensé en la lejanía del mar. ¿Cuándo volvería a verlo? Aterida por el frío y la humedad y el desconcierto, volví a mi lecho. Mi aya dormía en su cama en otro rincón tan desolado como el mío. Me acosté de nuevo, escondí la cabeza entre las dóciles sábanas y cobijada por aquel mundo blando, me esforcé en alejar de mí mente la desapacible noche de la corte pensando en la Septimania, recordando los olores a pan caliente, a leche recién ordeñada, a vino nuevo en los toneles de roble, a bosque, a mar, pensando en los colores del otoño y de la vendimia que no volvería a contemplar. Mi querida Septimania, mi amada familia, mis añorados primos compañeros de juegos y de secretos, mí adorada tierra a la que nunca más volvería. Pero en ese momento no lo sabía y me dormí soñando con poder regresar.






[1] La Biblia traducida al gótico por Wulfila o Ulfilas.
[2] Constelación de la Osa Mayor