Un lugar para leer historias inventadas o no, de las que nunca soy protagonista. Aunque, a veces, me gustaría...
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La sombra, desenlace
II
Tras todo tipo de especulaciones, más o menos
afortunadas como ocurre siempre que aparece algo insólito a nivel global, se
impuso la seriedad y prevaleció el criterio científico. La sombra era
destructiva. Dentro de ella nada sobrevivía. Era como los agujeros negros del
Universo. Dentro no había nada. Era la antimateria. Eso era la sombra.
Antimateria.
Pero
¿Cómo se había formado? Se sabe que los agujeros negros andan por el espacio,
incluso en nuestra galaxia y que pueden aproximarse a la Tierra. Se sabe que
son lo que queda de una estrella que explotó; sus restos permanecen tan
apelmazados y su gravedad es tan intensa, que nada puede salir ni entrar. Se
sabe que se expanden y que atrapan todo lo que les sale al paso. Pero cerca de
la Tierra no había explotado ninguna estrella susceptible de convertirse en
antimateria y atraer a nuestro planeta.
Tras
muchas especulaciones, y muchas discusiones acaloradas, incluso desaforadas,
los científicos llegaron a la conclusión
de que la antimateria se había formado en la misma Tierra. O mejor aún: la Tierra
se convertía en antimateria a pasos agigantados como si le hubieran entrado las
prisas por desaparecer.
¿Qué
le había ocurrido al planeta? Si el mundo de la ciencia no sabía dar una
explicación clara, a nivel de la calle había tantas teorías como habitantes.
Las iglesias dijeron que tanto pecado junto había terminado por irritar a los
dioses con tal furia que habían desencadenado la última de las plagas para
exterminar a una población a la que habían dado ya demasiadas oportunidades. Ya
sabemos cómo se ponen los dioses cuando se irritan con la humanidad, pero esto
se les había ido claramente de las manos.
El
opuesto a la fe, o sea, el mundo de la ciencia, reconocía estar desconcertado
al respecto y no sabía que decir que fuera coherente. Lo que avanzaba era
claramente antimateria. Por resumir la situación y referirla de un modo asequible
a todas las cabezas, se podría decir que en alguna parte, la tierra había
implosionado, y se había convertido en una masa capaz de expandirse y absorber
todo lo que se fuera encontrando. Eso era lo que, simplificando, había
ocurrido. Nuestro planeta azul, se había convertido en una masa negra, vacía,
que nos estaba engullendo, que estaba acabando con la vida de modo abrupto, tal
y como había empezado hace cientos de millones de años. La tierra estaba
haciendo su big bang particular.
Aquí,
hicieron aparición los visionarios de siempre, los que afirman tener hilo
directo con la vida extraterrestre, para hacer afirmaciones tales, como que
otros mundos decidieron acabar con nosotros porque somos un peligro para el
equilibrio cósmico e intergaláctico, porque contaminamos el aire hasta niveles
estratosféricos, capaces de alterar todo el sistema solar, porque fuimos
capaces de hacer subir la temperatura del planeta varios grados, porque
derretimos los polos e hicimos subir el nivel de los océanos, porque alteramos
los ecosistemas, desplazando poblaciones de animales fuera de sus hábitats
naturales, lo que trajo consigo todo tipo de epidemias y porque, no contentos
con esto, alteramos virus en laboratorios y los soltamos alegremente para ver
que ocurría, como si fuéramos profesores chalados, o en el peor de los casos
para tratar de exterminar a grupos de población onerosos para la economía de
las naciones, como ocurrió con la última pandemia de los años cuarenta de
nuestro último siglo, el XXI. Fue por
todo esto, según los visionarios, que los alienígenas decidieron acabar con
nosotros mandándonos la sombra.
Pero
lo cierto y verdad, es que nosotros nos bastamos solitos para terminar con la
vida en nuestro planeta, sin necesitar ayuda del exterior.
Este
siglo que acaba de concluir a la mitad, ya había tenido un ensayo de pandemia en los
años veinte, que no había dado el resultado apetecido, por eso volvieron a
intentarlo en los cuarenta, esta vez sí, causando estragos en la población a
nivel global. Habían aprendido de errores anteriores. Yo perdí en esa última
pandemia a la mayor parte de mi familia, por lo menos a la más querida. Por
eso, cuando llegó la sombra me senté a esperarla con calma, casi con alegría.
En
esos veinte años entre una y otra plaga, la Humanidad poco había cambiado.
Cambiar para bien, me refiero. Cuando concluyó la primera plaga, la del
coronavirus, como dieron en llamarla, los humanos nos lanzamos a recuperar
nuestro modo de vida, como si no hubiera un mañana, como si tuviéramos un
tiempo limitado para todo. Oleadas de viajeros llegaron a nuestro país para alegría y regocijo de los
empresarios del turismo. Lo perdido en unos años, se recuperó en apenas un mes.
Al mismo tiempo, y dada la demanda se volvió a la construcción salvaje en donde
hubiera un hueco libre. La necesidad de espacio corrió pareja con la de
alimentos. Mientras una parte del mundo se moría de hambre, en occidente se
talaban bosques para plantar forraje con que alimentar la carne que se
necesitaba y se esquilmaban los mares, que por otra parte estaban llenos de
inmundicias vertidas por los humanos del primer mundo, que ya no sabíamos donde
echar los residuos del consumismo salvaje que nos había invadido. Todos nos
dejamos, en mayor o menor medida, arrastrar por la vorágine, porque quien no lo
hiciera, era considerado peligroso para el nuevo orden que había surgido. Y ya
sabemos cómo se las gasta el orden cuando le llevan la contraria. Era consumo o
marginación. Así de tajante.
Con
la misma alegría con que nos habíamos dedicado a gastar y a movernos por el mundo
nos fuimos multiplicando, tanto, que en veinte años la población se triplicó,
para entusiasmo del sistema. Había que construir más escuelas, más
universidades, más viviendas, más tiendas, más oficinas, mucho más de todo. El
triple o más por todas partes. Todo multiplicado por tres: la corrupción, el
egoísmo, la rapiña, la envidia, la infamia, la falta absoluta de moral y de
ética y de valores; la morralla, en una palabra. La podredumbre. Todo elevado
al cubo.
El
fin comenzó a llegar durante la plaga de 2040. Enfermamos de un extrañísimo
virus, que en una fase solo medio grave, era mortal de necesidad. Vino del mar,
se cree, porque todavía ahora no se sabe a ciencia cierta. La gente tuvo que
prescindir de las playas, con lo cual de nuevo el turismo de sol volvió a
resentirse. Ni playas, ni costa, ni pescado. Los del interior se sintieron a
salvo y los dueños de negocios de alojamiento se frotaban las manos: Menudo
botín les esperaba. Pero llueve en todas partes y esa lluvia es agua que se
evapora de los mares, sube a las nubes, las nubes viajan también y revientan
donde les place, con lo cual llevan la contaminación a todas partes. La lluvia
y la gente, que no paramos de movernos de un sitio para otro con tanta
globalización, esparcimos la muerte por el universo.
La
población que tenía la desgracia de enfermar de modo grave, la mayoría, no
tenía curación. Los menos graves eran hospitalizados y si empeoraban se les
sacaba de los hospitales y se les llevaba a morir a donde les correspondiera.
Nadie de su familia conocía el lugar al que los llevaban, ni siquiera podían
recoger sus cenizas que eran depositadas en búnkeres subterráneos, porque eran
aun susceptibles de contagiar. Cuando se juntaban demasiados enfermos graves,
se pudo comprobar cómo eran ayudados a morir, no siempre de la mejor manera. Se
dijo que eran gaseados y sus cadáveres incinerados allí mismo, en grupo. Sobre
esas cenizas se echaba cal viva y vuelta a empezar.
Algunos
miembros de mi familia, los más cercanos, los más queridos, desaparecieron del
hospital un día y ya nunca más supe de ellos. Quise pensar que estarían sedados
y no serían conscientes de su horrible fin, pero no tenía ninguna garantía de
que así hubiera sido. Nunca supe donde fueron a morir ni de qué manera. Con el
tiempo, para poder sobrellevarlo, me auto convencí de que nada de eso había
ocurrido; ellos habían muerto en el hospital y sus cenizas llevadas al bunker.
Tanto hice por olvidar que ya no recordaba cuales familiares habían sido los
perdidos en aquel horror. Solo sabía que había tenido una familia y que ya no
había nadie, solo estaba yo, que había ido también al hospital, pero me había
curado.
En
otras partes del mundo, el exterminio fue general. En África la gente que se
lanzó al mar para llegar a Europa buscando remedio para el mal atroz que había
asolado el Continente, era quemada viva desde los barcos que aparentemente iban
a socorrerles. Se creó una barrera de buques, frente a las costas de África en
el Mediterráneo y parte del Atlántico, el Escudo de Fuego, que redujo a cenizas
a la población que huía. Oí contar que había tantos cadáveres que parecía que
el Continente se había expandido.
Algo
parecido ocurrió en América con la gente que huyó hacia el norte. El desierto
de Chiguagua y sobre todo el de Sonora fueron testigos del genocidio y son la
tumba de casi toda la población de Centroamérica, que desapareció carbonizada
mientras huía, sin lograr llegar a ninguna parte. Imagino que lo mismo ocurrió
en todas partes del mundo. Yo no quise saber nada más. Quité de mi casa las
televisiones y las radios y los ordenadores y me esforcé en olvidar mi propia
tragedia.
Cuando
un día mis amigos me hablaron de la nube y comprobé que era cierto, sentí
alivio. Supongo que lo mismo les habrá ocurrido a las personas que, como yo,
sufrieron el horror. Tal vez la sombra en vez de un castigo, sea una redención.
Nuestra madre Tierra se auto inmola para que dejemos de sufrir. Porque la
inmensa mayoría de los que sobrevivimos a aquel holocausto, nos convertimos en muertos vivientes,
autómatas que continuábamos vivos por inercia. Sin recuerdos, sin memoria, sin
afectos, sin familia, sin nada. Como robots.
Las
naciones comenzaron a funcionar de nuevo, pero costaba librarse de aquel
ambiente de muerte, de aquella atmósfera contaminada, de aquellos mares a los
que nadie quería asomarse, ni siquiera a los ríos, ni a la lluvia, de la que la
gente huía despavorida en cuanto caía apenas rocío. Tendría que pasar una
generación entera para volver a un mínimo de normalidad, pero no hubo tiempo,
porque un día algo surgió en el horizonte. Algo negro como una nube de
tempestad comenzó a expandirse y se lo llevó todo. ¡Por fin!
Siento que ya mi
cerebro se agota, parece que ya voy dejando de ser… Ahora si podré dormir
tranquila y descansar, que falta me hace. Tendré una eternidad para ello………………………………………………………
La sombra
Acaba
de ocurrir ahora mismo. La vimos venir tal y como la había visto el resto del
mundo desaparecido antes que nosotros. Asomó por el horizonte y avanzó
implacable como un castigo divino, como la última de las plagas. Solo cabía
esperar a que ocurriera, ya no se podía hacer otra cosa. Yo me senté en mi
jardín mirando al último sol de espaldas a ella, que lo postrero que vieran mis
ojos fuera la luz, esa luz granate de las tardes de otoño, presagio de otro día
de sol, que ya no vendría.
De
pronto todo se volvió oscuro, y ya no sentí nada más. Ni dolor, ni frio, ni
siquiera miedo. Algunos de mis familiares y algún amigo también, habían
decidido quitarse la vida nada más la vieron aparecer, pero yo no, yo decidí
dejarme ir con ella, como la mayor parte
de la Humanidad que había desaparecido resignada a su suerte, bajo su manto de
oscuridad.
Ahora
mismo solo está la nada a mí alrededor. No veo, ni siento, ni huelo, ni percibo
ninguna cosa. Dentro de la oscuridad absoluta, creo que solamente funciona mi
cerebro, no se por cuánto tiempo. Siempre escuché que continua consciente un
tiempo, toda vez que el resto de tu cuerpo se va a donde quiera que lo haga;
tal vez sea eso y mi cerebro continua activo, mientras todo lo demás se ha ido
a no sé dónde. Y aunque aquel filósofo tan plasta dijera: pienso, luego soy, la
verdad es que por mucho que pienses si no puedes expresarte, no eres nada. Yo
ahora mismo no soy aunque pueda pensar, porque el pensamiento es como la
escritura: tiene razón de ser si se comparte; continúa en el otro o no sirve de
nada.
Supongo
que esto será pasajero, estaré un tiempo. No voy a estar una eternidad pensando
solamente. Si la sombra nos hace desaparecer ya es castigo suficiente. No es
necesario que nuestro cerebro continúe activo en la nada ¿para qué? ¿Con que
objeto?
Todo
comenzó no hace mucho. Comenzó en un lejano rincón de China. Otra vez China. Al
principio lo tomamos como un bulo, fake
news, cuentos chinos…Pero luego se vio que era cierto: Una extraña sombra
había llegado de no se sabía dónde y se extendía por el país haciéndolo
desaparecer. Todo quedaba oscuro, sin luz. Pero ¿y la gente? ¿Y las casas y los
ríos y los montes? Se pensó en la caída de un meteorito gigante en algún lugar
y que la nube negra fuera su consecuencia. También se pensó en la erupción
súbita de un volcán en el mar o en algún
punto de China o Rusia, porque la nube aunque parecía haber surgido en China ya
había cubierto Mongolia y una parte importante de Rusia e iba ganado anchura
según avanzaba. También se especuló con
que pudiera haber sido un experimento de Corea del Norte, porque apareció muy
cerca de la frontera de ese país con China.
Ya
conocemos el hermetismo de los chinos y de los rusos, y no digamos de los
coreanos. Pasó mucho tiempo antes de que supiéramos que la nube ya había
invadido la cuarta parte del país y continuaba su paso implacable, avanzando
hacia el oeste, o sea hacia Europa. También podía haber sucedido al revés y
dirigirse hacia el este, pero no, venía hacia nosotros. Más tarde se supo que
la sombra se expandía en todas direcciones aunque con un poco más de rapidez
hacia el oeste.
China
está muy lejos, nos dijimos para consolarnos, y esto es una nube de un meteorito o de una
explosión de algún experimento que estaban haciendo en secreto, los chinos o
los coreanos o los japoneses, vete tú a saber. La nube acabará en cuanto se
disipe, ahora es muy densa pero ya menguará. Sin embargo, hubo muchos que
predicaron el apocalipsis, como en otros contratiempos de alcance universal que
habían ocurrido en épocas anteriores. Fueron ellos los que, por una vez,
tuvieron razón.
Surgió
la histeria y la gente comenzó a escapar delante de la nube. Un éxodo de chinos
y rusos y ahora también hindúes espantados huía con lo puesto hacía otras
partes del país, lo mismo comenzaba a ocurrir en Australia, y supongo que en
mogollón de islas e islotes del Índico, pero era en vano: la sombra los
alcanzaba más pronto que tarde. Parecía, además, que se moviera más rápido,
como si la escapada la estimulara. Tanto fue así que el gobierno chino envió al
ejército a contener a la masa que trataba de huir. Al que le toque, se aguanta,
parecía ser la consigna, incluido el ejército, que era engullido por la sombra
junto con la gente que habían ido a contener.
¿Pero
que queda por detrás? Nos preguntábamos en occidente, y ¿Qué ocurre cuando se
disipa la nube? En ese tiempo, no se supo. Se prohibió el acceso al país a la
prensa extranjera. Los corresponsales que ya estaban fueron confinados en sus
casas, sin teléfono ni ordenador, vigilados por la policía, armada hasta los dientes.
En un momento dado se les sacó del país, en lo que se presentó como un intento
de salvar sus vidas. En principio eligieron quedarse en los países de al lado,
pero luego fueron viniendo delante de la nube, hasta que las naciones cerraron
fronteras y se quedaron atrapados donde les pilló. Daba igual pedir auxilio a
las embajadas, nadie podía hacer más de lo que se hacía, que era tratar de huir
delante de la nube.
Meses
más tarde, cuando casi toda China había desaparecido bajo la sombra, supimos
con extrañeza y horror, que tras ella sólo quedaba oscuridad y vacío. Que la
nube no se disipaba, no desaparecía y que dentro de ella, era imposible
percibir nada. Por lo visto, se habían internado en ella con luces potentes que
se perdían una vez dentro y nada más se sabía. Quienes entraban se esfumaban
sin dejar rastro. Se volatilizaban o lo que fuera que les pasara, pero se
interrumpía toda comunicación y nunca más regresaban. Los potentísimos radares que
llevaban consigo no indicaban dirección alguna, se quedaban mudos. Dentro de la
oscuridad, no había nada, o si lo había, no podía manifestarse hacia el
exterior.
Supimos que los gobiernos habían utilizado medios muy sofisticados para encontrar a la
gente, cientos de millones de ciudadanos que habían desaparecido, junto con sus
ciudades, sin obtener ningún resultado. Desde el aire era imposible porque la
nube traspasaba la atmosfera y se percibía desde el espacio como lo que era:
una sombra que, partiendo de China, iba
ocultando una gran parte de la tierra.
Pero
¿Qué era lo que formaba la nube? Con el desconcierto inicial, se pensó en
millones de millones de insectos casi microscópicos como una plaga de
langostas, elevada al infinito. Pero se terminó por demostrar que en la nube no
había ningún ser vivo. No era polvo de meteorito, ni de una erupción volcánica,
que no se había producido. No se hallaron trazas de gases ni partículas de
minerales. No era humo. Era una nube, solo una nube. Puro vapor de agua negra,
negrísima. Pocos días más tarde se llegó a la conclusión de que tampoco era una
nube. Era simplemente una sombra.
Fue
entonces cuando en occidente comenzamos a alarmarnos de verdad, y los
gobiernos, viendo lo que se nos venía encima comenzaron a tomar medidas
drásticas. La primera, poner a salvo a sus mandamases. Los primeros, el rey de
Inglaterra y la presidenta de los Estados Unidos, descendiente del expresidente Trump
de infausto recuerdo, que continuando la estirpe, en los años nefastos de la
última pandemia exterminó a casi toda Centroamérica en el desierto de Sonora
convertido en un crematorio al aire libre. De tal ancestro, que se iba a esperar.
Pero
¿a donde los podían evacuar? En principio más el oeste. A Hawái, para ganar
tiempo, mientras se piensa en cómo ponerlos a salvo en alguna estación espacial
de las que andan por ahí fuera. Cosa algo complicada, teniendo en cuenta la
edad de ambos y la falta de entrenamiento para viajar al espacio. Además ¿Qué harían
con ellos una vez que toda la tierra hubiera desaparecido? ¿A dónde volverían?
Había que ir improvisando a toda prisa. El resto de mandatarios, cada uno
tendría que ir pensando en su manera de huir, contando con la ayuda USA, o no,
según fuera su importancia para el vigía de occidente. El ruso, un hijo de
Putin, tenía un bunker o muchos, en muchos lugares diferentes. Se iría al de
más al este, a retaguardia de la sombra, que en esa dirección se movía más
despacio. El hebreo y el canadiense fueron invitados a unirse a la presidenta
americana para ponerse a salvo. El canadiense rehusó. Correré la suerte de mi
pueblo, dijo en un gesto inútil, porque no iba a quedar nadie para recordarlo.
Los
pueblos estaban, estábamos, condenados como siempre. Se nos dijo que
permaneciéramos con nuestras vidas como si no fuera a ocurrir nada. Porque si
la sombra continuaba avanzando huir hacia adelante, algo muy humano, no nos iba
a servir de nada. Solo nos quedaba rezar para que la sombra se disipara o
desapareciera igual que había surgido.
De
todos modos, la gente con dinero, pensó que huir de la sombra servía para ganar
tiempo. Te mueves hacia occidente y si la sombra tarda un año en llegar eso que
tienes de más. Por suerte, muchos paraísos fiscales estaban en el Caribe, y
Suiza y Liechtenstein y Luxemburgo y Gibraltar y las Islas del Canal, aun
estaban libres de sombra, así que hicieron alguna transferencia y se largaron a
tomar el sol, mientras el resto del mundo se convertía en nada. Tan grande fue
el éxodo que los países de América tuvieron que cerrar fronteras drásticamente.
Aunque les pagaran el oro y el moro ¿de qué serviría el dinero sin futuro? No
obstante, algunos pensaron que, a lo mejor, la sombra no traspasaba los océanos,
algo que estaba haciendo en el Indico, pero el Indico era otro tipo de océano,
mas light, con el Atlántico o con el Pacífico, no iba a poder, y continuaron
acogiendo a los millonarios del éxodo a cambio de cuantiosas sumas que se
apresuraban a gastar en múltiples excentricidades, por si acaso. Porque, en el
fondo sabían que todo iba a ser muy efímero. Más adelante se vio que la sombra
avanzaba algo más despacio sobre los océanos, pero avanzaba, no se detenía.
Pero
¿Qué era aquella extraña sombra? ¿De dónde había salido? ¿Cómo se había formado?
Y lo más importante ¿Por qué absorbía todo a su paso y lo hacía desaparecer?
Continuará...
Érase una vez, último capítulo
VII
El abad del convento llegó renqueante a
presencia del rey. Este le indicó tomar asiento, porque comprendió que de pie
no aguantaría ni un minuto.
__Iremos al
grano, paternidad.
__Lo
prefiero, alteza.
__Bien, mis
hombres han podido demostrar sin ningún género de duda, que vuestro botánico
dio orden y provisionó el veneno para asesinar a don Pedro Díaz, mi anfitrión.
__Señor,
estoy seguro de que se ha producido un lamentable error, nuestro botánico, fray
Benito, es incapaz…
__ ¡No lo
negáis! Hemos manifestado estar seguros. No oséis llevar la contraria a vuestro
rey. Yo no obro a la ligera. Todo ha sido comprobado fehacientemente. Vuestro
botánico es un asesino. Quiero pensar que obró por su cuenta y razón sin que
vuestra paternidad lo supiera. Que, o bien fue idea suya, o bien fue iluminado
por otras instancias de la orden, ajenas a vuestro convento y a vuestra
influencia.
El prior
comprendió el favor que le estaba haciendo el rey. Quería hacer justicia con la
mano asesina, en este caso la mano inductora, más bien, y dejaba al resto
fuera. Pasaba por alto el hecho de que él era el inmediato superior a quien el
botánico, como todos los demás, debería pedir permiso para cualquier asunto. No
debían, y por ende, no podían tener ideas propias.
__ ¿Qué
propone vuestra alteza?
__Propongo
que hagáis justicia para que así quede vengada la muerte de mi caballero sin
que la orden sufra menosprecio, sin que trascienda que entre los frailes hay un
asesino y probablemente entre los abades. Porque no creemos que nada escape a
la vigilancia de la orden. Pero, no deseamos un escándalo y menos ahora, en
estos tiempos tan convulsos en los que nos necesitamos todos.
__ ¿Qué debo
hacer señor?
__Quiero al
botánico muerto esta misma noche. Utilizad veneno o lo que os plazca. Quiero
que mis hombres comprueben su muerte mañana a la hora prima.
Hubo un
largo silencio. El rey se levanto y el abad trató de hacer lo mismo, pero sus
fuerzas no le acompañaron. Alfonso le indicó que permaneciera sentado, mientras
el daba un paseo hasta el ventanal. Así, de espaldas al abad, Alfonso concluyó
la orden.
__Decidle al
abad de Eslonza, que su primo el botánico ha sido descubierto, y que ha perdido
su pleito con don Pedro Díaz, pero que ya lo había perdido antes del crimen. En
la Torre existe una razón más poderosa que cualquier voluntad, o que cualquier
derecho terrenal o divino. La razón que mueve el mundo, porque domina los
sentimientos y ordena sobre los intereses. Porque es como el cáliz donde todo
se transforma y se convierte en néctar redentor…En consecuencia, la Orden ha
matado para nada. Podéis retiraros__ ordenó sin darse la vuelta, con lo cual
fue ajeno a los ímprobos esfuerzos que hizo el abad para ponerse en pie y para
lograr caminar hasta la puerta.
El abad
renqueaba por el corredor y sobre manera por la escalera, murmurando entre
dientes las palabras del rey relativas al “cáliz donde todo se trasforma”. Era
lo que le quedaba por oír: ¡El coño de la albina un cáliz redentor! Debería de
ser él quien pidiera explicaciones al rey ante semejante blasfemia. Debería
enviar recado a Roma y excomulgar a Alfonso emperador. Pero la iglesia ya no
era lo que había sido y ahora mismo, él como abad, tenía otros problemas. Don
Pedro de Gradefes podía mandar en su casa y dejar a los demás tranquilos.
Quieres matar a don Pedro, envía un sicario por tu cuenta y déjanos al margen.
Espero que el botánico no se haya olido algo y haya escapado, que ya era lo que
nos faltaba. Cuando se encontró con sus acompañantes dio una orden tajante.
___Fray
Ansuro, adelántate y encierra al botánico y si se resiste ahógalo sin
miramientos. Sin miramientos.
Con la
prima, los caballeros del rey y los de la Torre, comprobaron el óbito del
botánico y confirmaron al convento que su trampero había sucumbido ahogado en
el rio. Nada trascendió fuera de aquellos muros. La vida continuó igual para
todos. Los brujos quedaron libres. Don Alonso de Camponegro fue vengado. La
justicia fue hecha y don Pedro respiró tranquilo y doña María lo mismo, cuando
fue informada de la inminente partida del rey y su sequito hacia León, porque
los caminos ya eran practicables. Además aquella mañana dos venados, dos nada
menos, habían caído en las trampas. Lo mejor para el banquete de despedida.
Parecía que venían buenos tiempos para la Torre.
Alfonso y
Gontrodo continuaron juntos hasta el momento mismo de la partida del rey.
__Dentro de
un par de meses regresaré para presidir el Aula Regia[1] en Ovetum.
Entonces volveremos a vernos, mi amor. Contaré los días.
__Yo
también. Voy a extrañaros muchísimo. No hay amante como vos.
El shofar,
afinado esta vez, volvió a sonar para despedir con honores al emperador y a su
comitiva. El rey, tras despedirse de don Pedro en el patio, volvió la mirada al
ventanal donde Gontrodo agitó el pañuelo para decir adiós, hasta la vista, a su
amado Alfonso. Estaba segura que algo de él se quedaba con ella para siempre.
El rey de León le lanzó un beso con los dedos de la mano diestra, que la
doncella albina recogió con la suya y se llevó a los labios.
__Que
mariconadas hacen los enamorados__ pensó el lugarteniente del rey, el buey del
Páramo.
Don Pedro
Díaz sonrió con esperanza. Parecía, por lo visto, que todo había salido bien.
Pensó en Berbio. Menudo monasterio. Extenso, fértil, abundante en vasallos, en
reses, en caza, en salmones. Una riqueza al alcance de la mano…Si Dios
quisiera…Aunque hubiera sido más propio decir, si quisiera el rey. Y el rey
quiso, ¿cómo no iba a querer? Y más desde que supo que doña Gontrodo estaba
encinta. Desde ese momento llovieron los dones y las abundancias sobre la Torre
de Aller.
El marido de
Gontrodo, don Gutierre Estébanez, fue mantenido alejado de la Torre y de su
esposa, hasta el retorno del rey para presidir el Aula Regia. Así lo decidió
don Pedro, por si acaso su hija estuviera preñada. Sin varón a su lado desde
seis meses antes de la llegada de Alfonso, nadie podía dudar de la paternidad
del rey. El hijo era de Alfonso, de todas, todas. Por muchas cuentas que se
echaran, que se echarían. Seguro.
Los hijos
mayores de Gontrodo se alegraron infinitamente de recuperar a su madre, pero la
pequeña de todos, la dulce Aldonza, lloró con desconsuelo cuando su madre la
tomó en brazos al no reconocerla tras semanas de ausencia. La benjamina, albina
también, gritaba desesperada llamando a su nodriza cada vez que Gontrodo se
acercaba a su cuna, cuando antes no consentía en modo alguno, que la separasen
de su madre que debía, incluso, llevarla a su cama por las noches para que
conciliara el sueño, chupando su dedo índice.
__Esta niña
tiene poderes de visionaria. Ve al diablo en su madre, porque se halla en
pecado mortal__ se lamentaba doña María con su esposo__ hay que hacer venir a
un fraile de esos que expulsan los demonios.
__Ay, señor,
señor. Nunca hay dicha completa. Deja de decir tonterías. La niña es una llorona,
como su abuela. Y punto.
Pronto se
supo que Gontrodo estaba encinta de nuevo, aunque para don Pedro fue como la
primera vez. Como si este fuera su primer nieto esperado pacientemente, tras
años de infertilidad. Un hijo del rey. Del rey emperador, nada menos. Doña
María continuaba sin entender, por qué un bastardo era motivo de tanta alegría,
aunque su padre fuera el mismo emperador.
__Antes era
mucho mejor. Cuando los bastardos se arrojaban al río Aller, para que se los
llevara la corriente.
Alfonso
regresó cuando la primavera floreció como el vientre de su amada Gontrodo, que
se mantuvo impoluta, sin varón alguno, hasta el regreso del rey y el
reconocimiento público de su paternidad. Ni que decir tiene que el Aula Regia
falló el litigio con Eslonza a favor de la Torre. Y que a don Gutierre
Estebánez, le llovieron prebendas y títulos para mitigar los cuernos. Fue
designado teniente en Entrialgo, en la zona oriental, lo cual le obligó a
residir lejos de su esposa, quien continuó toda su vida el contacto con el rey,
aunque sus encuentros fueran escasos, por la vida tan atareada de guerras y
batallas que llevó hasta su muerte el emperador.
El fruto
nacido de estas relaciones fue una niña a quien su padre, el rey, quiso llamar
Urraca como su madre y su hermana. Con apenas un año de vida fue llevada a León
y entregada al cuidado de su tía Sancha. Su padre la casa a los catorce
años, con el rey de Pamplona García Ramírez, viudo y bastante mayor que ella.
Gontrodo asiste a la ceremonia en León, aunque para ese tiempo ya viviera
retirada en un convento como hacían las viudas de rey. Urraca, la asturiana,
fue siempre la favorita entre todos los hijos del emperador.
Urraca
enviuda y regresa a Asturias junto a su madre, residiendo en Oviedo en el palacio
de Alfonso II, el Casto, al lado de la catedral. Su padre el rey le otorga el
titulo de reina gobernadora de Asturias. Casó de nuevo con Álvaro Rodríguez de
Castro. Ambos protagonizaron una rebelión contra el medio hermano de Urraca,
Fernando II de León, tratando de conseguir la independencia de Asturias.
Tuvo una
hija con el rey de Pamplona, Sancha Garcés, y un hijo con su segundo
marido, Sancho Álvarez de Castro.
Está
enterrada en la catedral de Palencia, la tierra de su marido. Su hermano el rey
Fernando II no consintió que la enterraran en la catedral de Oviedo como era su
deseo.
Doña
Gontrodo lo estuvo en el Monasterio de Santa María de la Vega, que ella misma
había fundado con una donación de tierras y dinero del rey Alfonso. Su sarcófago
se encuentra ahora en el Museo Arqueológico de Asturias. En el consta esta
inscripción:
Oh
muerte, sobrado justa, que a nadie sabes perdonar: si hubieses obrado con menos
rectitud hubieras parecido más justa, pues igualando a Gontrodo con los demás
mortales, con quienes no era igual por sus méritos, has quitado, con menos
justicia, la vida, a quien no debías quitarla. Mas no murió Gontrodo; pasó por
tu medio a una nueva vida, y es todavía la esperanza de su familia; la honra de
su patria y el espejo de las mujeres. No murió, se nos escondió solamente,
porque habiéndose hecho con sus méritos superior a los demás mortales, no debía
estar en este mundo. Trocó la Vida de esta tierra con la del Cielo el año de la
Era 1224.






