EL Barrio

II




Su padre se lo advirtió: Es que no solo tienes que estar tocado por un don, tienes que hacer algo muy grande, muy, muy grande. Algo excelso. El listón esta altísimo. Imposible para alguien mediocre como tú.
   Mi primo Genaro, hacía méritos desde pequeño para ser diferente, pero sólo había logrado que lo expulsaran del colegio y de la universidad y el día que quiso incendiar el Congreso consiguió que lo metieran en la cárcel, lo que no habían hecho cuando puso una bomba en el metro, ni cuando voló el Pirulí de la radiotelevisión pública.
   Le condeno por ineficaz, por inepto y por incompetente, porque tres errores para ganarse el apodo ya son demasiado, le había dicho el juez, que por cierto vivía en  el gueto, con el sobrenombre de Iniquus. 
   Se lo había ganado por inhabilitar a todo el Poder Judicial del país que había votado a favor de reconsiderar la existencia del barrio. Todos los jueces del sí, se tuvieron que ir al exilio para continuar trabajando, y los compañeros que los apoyaron públicamente, también. La judicatura se transformó completamente para peor. Como casi todo lo demás.
   Haré una muy gorda, amenazó Genaro.
   Cumplió, aunque transcurrieron años.

Mientras, en la ciudad una incipiente resistencia iba tomando cada día más cuerpo, pese a la férrea vigilancia. Jueces, policías y algún que otro político se ponían al frente de la ciudadanía con sentido común que era poca, todo debe decirse, porque la sinrazón se había instalado en las vidas de la gente como la cosa más natural de este mundo. Tanto como respirar. Matar, robar, injuriar, estafar, delinquir en una palabra, era visto como un rasgo de madurez social, el resto eran apartados como gente pusilánime, incapaz, marginal, despreciable. Basura que no merecía casi ni el honor de visitar el barrio y pasearse por él. Si no fuera porque el ego de los residentes sufriría mucho, se les hubiera prohibido el acceso.
   Para las gentes de mirada anaranjada, la vida transcurría feliz y la población aumentaba que daba gusto. A Genaro, el inepto, como le apodaba su padre, la suya se le iba en discurrir modos y maneras de ganarse la plaza en el gueto sin que lograra nada definitivo que lo elevara por fin a la gloria. Había aprendido muchas cosas en la cárcel y ninguna era buena, sin embargo eran de poca trascendencia para ganarse el ansiado puesto. Prefirió no ponerlas en práctica para no irritar más a Iniquus.
   Hasta aquella tarde en la cual el nuevo alcalde, antiguo compañero de colegio, le ofreció el cargo vacante de concejal de basuras.
   Espero mucho de ti, le había dicho.
   No te defraudaré. Llenaré de gloria este ay-untamiento.
  Para ello, atiborró la ciudad de mierda hasta los topes. Basura sin recoger durante meses, un olor insoportable que era perceptible desde kilómetros de distancia, toneladas de porquería apilada en las calles visible desde el espacio exterior; ratas y todo tipo de animales carroñeros invadieron las calles y las viviendas, surgieron enfermedades cutáneas, alergias, infecciones, seguidas de muertes por problemas respiratorios, por infartos, por asfixia, por asco. Los vecinos desesperados se mataban entre sí por la mínima, se suicidaban arrojándose de cabeza sobre los montones de basura. En fin, una nueva plaga bíblica.
   Esta vez, si.
  Pero no. Los ciudadanos normales, los comunes, se echaron a las calles y sacaron la basura en sus propios vehículos, atropellando a los empleados municipales que osaran oponerse y arrollando a los policías locales a los que el alcalde ordenó disparar a discreción contra los voluntarios. No contaba con que estos también iban armados y terminaron por imponerse al ser bastantes más. De este modo se acabó la huelga: con cientos de muertos de ambos bandos. Genaro no subió a los altares y se vio obligado a tomarse unas largas vacaciones, puesto que la población se empeñó en lincharlo, por cerdo. La gente común de la resistencia estaba perdiendo el miedo. Lo cual era un problema.
   Me voy a algún lugar exótico, pero volveré con la solución.
  ¿Por qué no pruebas por el lado bueno?, preguntó el padre ingenuamente.
  Porque no me sale de los cojones. Seré el Carnifex Maximus. Lo tengo decidido.

   Durante el tiempo de ausencia de Genaro, ocurrieron en la ciudad problemas serios. Los resistentes se habían reunido y habían acordado una disposición que en principio pareció excesiva y dolorosa: disparar contra toda persona de ojos naranja. Muchos se opusieron dado que en el barrio vivía también gente buena.
   No comprendo cómo siendo buenos pueden vivir allí rodeados de delincuentes de la peor calaña. Si muere alguno les está bien empleado por cómplices.
   No tienen otra opción. Si te ofrecen el puesto debes ir, de lo contrario se toma como desobediencia civil y te vas a la cárcel. El gueto es un mal menor.
   Yo considero que el mal menor es la cárcel.
   No se puede exigir heroísmo a nadie. Además tienen familias que quedarían marcados para siempre. Lo que viene ocurriendo desde hace mucho es que los buenos lo son en absoluto anonimato. Nadie bueno realmente desea ser premiado con el barrio y esta gente nos está apoyando, ahora, desde la sombra. Consideran que la verdadera bondad, la más prioritaria, es convencer a la población del error que lleva decenios cometiendo.
   Entonces, ¿disparamos indiscriminadamente?
   Si.
   Los primeros cayeron sin esfuerzo, como es natural, pero rápidamente los naranjas se blindaron tras un muro de guardaespaldas cada vez que salían a la calle. Sin embargo todo fue a peor: los residentes no podían acudir al trabajo y los niños tuvieron que dejar de asistir al colegio. Era complicado abandonar el gueto. Las provisiones comenzaron a escasear, dado que la resistencia interceptaba los camiones de aprovisionamiento aunque fueran defendidos por guardas armados hasta los dientes, incluso con ametralladoras. En el último atentado, un coche cargado de explosivos conducido por un resistente suicida, se estrelló contra el camión de víveres, provocando un socavón que originó escapes de gas y dejó a oscuras y sin agua a media ciudad, barrio incluido.
   Algo tan simple como ir a la peluquería resultó imposible, incluso lo fue asistir a los funerales de la gente asesinada. Hubo que improvisar una capilla dentro del barrio e incluso habilitar un columbario. Los muertos debían ser incinerados porque para construir un  camposanto no había sitio dentro del recinto y la resistencia había advertido que los cadáveres-caso de ser enterrados en el cementerio municipal- serían exhumados y arrojados a los buitres como carroña.
   Esto es la guerra, exclamó el alcalde. Vamos a tener que quitar los microchips a la gente. Así no podemos continuar.
   El sabio descubridor había muerto, lustros atrás,  atropellado por el tren; se dice que alguien lo empujó  a  las vías cuando ya había traspasado los saberes y no resultaba imprescindible. Los herederos de su ciencia, que también moraban en el barrio, tuvieron que hacerse cargo de la extracción, comenzando por ellos mismos. El proceso resultó algo más laborioso que el anterior y se alargó demasiado en el tiempo. Tal vez hubiera un método más rápido que solo conocía el inventor asesinado.
   Es lo que trae consigo la petulancia.
   Cuando andaban en todo esto, regresó Genaro con la idea definitiva.


Continuará...



El Barrio





Capítulo I





Conseguir mudarse a esa parte de la ciudad era el sueño de casi todos, desde que aquel alcalde tan imaginativo y tan recordado tuviera la idea décadas atrás. Pero para hacer realidad el deseo había que ganarse el sobrenombre o, sería mejor decir, el nuevo nombre. El que fuera. El caso era tener uno. Hubiera sido preferible que los sobrenombres hicieran honor a la bondad o a la grandeza de espíritu o a la creatividad, a cosas positivas en definitiva. Pero no siempre era así. Las más de las veces, respondían a  razones muy diferentes a estas. Había gente apodada Maledictum o Latronis , aunque estos últimos elegían para vivir latitudes mas tropicales. Para que pasar frío pudiendo estar con el trasero al sol el año entero. Con lo que habían robado tenían más que suficiente para vivir donde quisieran incluso para tener residencia en varios paraísos: Punta Cana, por ejemplo o las islas del Índico, donde pasaban más desapercibidos.
   Al principio el sobrenombre aparecía en los censos tras el nombre original. Era un gran honor. Quien tuviera uno era considerado la elite de la ciudad, incluso del país. Pero más adelante se convirtió en un problema debido a que podía hacer mención a rasgos de personalidad poco aconsejables para hacerse públicos como ocurría con los apodados Carnifex, que pese al deje latino que tenían casi todos los apodos,  era fácilmente identificable como alguien doctorado cum laude en muerte o en el manejo de materiales susceptibles de matar, que no siempre tenían porqué ser armas blancas o de fuego. Podían ser drogas o similares que dejaban un reguero de muertos y marginados y hacían más daño a la sociedad que las bombas de los terroristas, alguno de los cuales vivía también en el barrio y gozaba de apodo reivindicativo: Miserabilis.
   Como les decía, hacer público el apodo y colocarlo ostensiblemente al lado del nombre, devino en problema, puesto que, si alguien que hubiera perdido un familiar cercano por culpa de la droga, se daba una vuelta por el barrio, y veía en el buzón: Fulanito de Tal, (Carnifex),  presumía que allí podía morar un capo de los grandes, un capo de capi, y comenzaba a idear la forma de vengarse, dándose como se dio, el caso de disparar con lanzamisiles contra las casas de varios Carnifex  desde un cerro cercano, cargándose  a varias familias y ganándose con ello el apodo de Matarifex y una vivienda en el barrio. Unos se iban y venían otros iguales o peores si cabe. Pero no todo era negativo. Había alguna gente buena. Sin embargo, eso también causaba problemas. Si alguien leía Menganita de Cual,  (Indolora) tenía la certeza de que allí vivía una mujer capaz de curar cualquier sufrimiento humano y la calle se llenaba de peregrinos en camilla o en silla de ruedas, con muletas o sin ellas, como si el bario fuera una sucursal de Lourdes sin la virgen, porque vírgenes no había, todo debe decirse. La susodicha no podía salir a la calle, ni nadie de la casa. Si cometían la imprudencia de entreabrir la cancela del jardín una avalancha humana se colaba por la rendija arrollando al osado e invadiendo la vivienda, necesitando emplear a los GEOS para despejar la casa, la calle y el barrio.

   Los por entonces denominados ay-untamientos (apodo ganado también a pulso), decidieron en pleno extraordinario y urgente, tras el último desaguisado por culpa del apodo, que no podía hacerse ostentación pública del mismo. Decretaron entonces, tras días de deliberaciones, que los residentes llevaran una marca que les hiciera reconocibles, pero sin explicitar el motivo. Es decir una marca idéntica para todos.
   En otro pleno anterior habían tratado de prohibir el acceso de la gente corriente; pero sin público que los admirara y se diera con el codo cuando aparecían por la calle, ¿para que servía el sobrenombre y vivir en el gueto? Para nada. Era mejor esta última opción, aunque tenía un inconveniente: cualquier tatuaje, marca o similar podía ser copiada y parecer así que toda la ciudad era especial, cuando la realidad era otra muy diferente. Las elites siempre son minoría, faltaría más.
   Los ediles del ay-untamiento se reunían cada día tratando de dar con el remedio, mientras el barrio se cerraba a cal y canto a los visitantes. De pronto, el concejal de basuras recordó algo: Un científico que en ese momento estaba en la cárcel por tratar de implantar un chip a los políticos ladrones para que la cara se les pusiera roja, como de vergüenza, y así los votantes les reconocieran fácilmente y les pudieran apedrear o lo que considerasen oportuno, podía ser la solución. (Debo hacer notar que en aquellos tiempos solamente se iba a la cárcel por cosas así. A los ladrones y demás delincuentes se les premiaba con el barrio). El alcalde mandó traer al inventor y le ordenó exponer todas las propiedades del chip si es que tuviera más de una o en su defecto mostrar otros artilugios con diferentes habilidades. El inventor disponía de varias opciones. Al final tras espesas y ásperas deliberaciones, se optó por implantar uno que cambiaba el color de los ojos.
   ¿Cómo es eso? Preguntó el alcalde, como si fuera muy entendido en el asunto.
    El chip actúa sobre el EYCL2 que se encuentra en el cromosoma 158,    explicó el sabio, y transforma la melanina del iris a otro color; en este caso un color imposible de encontrar en el ojo humano: el amarillo rojizo.
   O sea el naranja, corrigió el alcalde.
   Llámelo como quiera. Eso se consigue alterando el pigmento del epitelio del iris que en todos los ojos es producido por la eumelanina. Pues bien mi chip la sustituye por la feomelanina, no se crea que es broma, se llama realmente así, lo cual produce ese color peculiar que les dije.
   Nadie más poseerá el invento.
   Desde luego que no.
   De acuerdo.
  Alguien puede utilizar lentillas, observó el concejal de cultura, haciendo honor al cargo.
   Muy difícil conseguir ese color mediante lentes de contacto. Además, serían muy dañinas para la vista, se defendió el inventor.
   Si descubrimos a alguien en cualquier momento utilizando lentillas, le sacamos los ojos, así de claro, amenazó el alcalde que era admirador desde siempre del ojo  por ojo bíblico.

   Hubo que reunir un equipo capacitado a fin de ayudar al sabio en la implantación del micro-micro chip, lo cual llevó tiempo, antes de comenzar con las operaciones que se realizaban de modo ambulatorio, sin precisar ingreso hospitalario. No obstante teniendo en cuenta la población del barrio, animales domésticos incluidos, transcurrió más de un mes trabajando a destajo, hasta que todo el mundo tuvo los ojos color naranja.
   Fue maravilloso.
   La gente se apartaba respetuosa cuando veía avanzar alguien con ojos cítricos. Una mirada por encima de las gafas de sol y cualquier empleado, fuera de donde fuera, al reconocer el color, sufría una especie de transformación, acompaña de un ligero temblor de piernas,  que cambiaba la impertinencia en servilismo de modo automático. Las mejores mesas en los restaurantes, la mejor tribuna en el futbol, la mejor barrera en los toros, los mejores sitios en iglesias, bares, teatros, etc, eran para esa gente excelsa, diferente, poderosa e influyente de ojos color Fanta de naranja.
   Fue lo máximo entre lo máximo, porque además nadie sabía si eran carnifex o pius, indoloros o dolendus, miserabilis o magnánimus. Todos estaban magnificados por el color del iris, sin que corrieran riesgos de venganzas ni rencores.
   Es la rehostia, dijo el alcalde. Lo más grande que ha salido de este ay-untamiento.
   Y eso que habían salido cosas. Sobre todo millones de euros.
   Así transcurría la vida feliz para todos, admirados y admiradores, hasta que ocurrieron dos hechos simultáneos: surgió la resistencia, por un lado, y mi primo Genaro se empeñó en conseguir unos ojos anaranjados, por el otro.



Continuará….

Erase una vez

VII

 
Urraca, la asturiana,
 hija de Alfonso VII y Gontrodo Petri


El abad del convento llegó renqueante a presencia del rey. Este le indicó tomar asiento, porque comprendió que de pie no aguantaría ni un minuto.
   __Iremos al grano, paternidad.
   __Lo prefiero, alteza.
   __Bien, mis hombres han podido demostrar sin ningún género de duda, que vuestro botánico dio orden y provisionó el veneno para asesinar a don Pedro Díaz, mi anfitrión.
   __Señor, estoy seguro de que se ha producido un lamentable error, nuestro botánico, fray Benito, es incapaz…
   __ ¡No lo negáis! Hemos manifestado estar seguros. No oséis llevar la contraria a vuestro rey. Yo no obro a la ligera. Todo ha sido comprobado fehacientemente. Vuestro botánico es un asesino. Quiero pensar que obró por su cuenta y razón sin que vuestra paternidad lo supiera. Que, o bien fue idea suya, o bien fue iluminado por otras instancias de la orden, ajenas a vuestro convento y a vuestra influencia.
   El prior comprendió el favor que le estaba haciendo el rey. Quería hacer justicia con la mano asesina, en este caso la mano inductora, más bien, y dejaba al resto fuera. Pasaba por alto el hecho de que él era el inmediato superior a quien el botánico, como todos los demás, debería pedir permiso para cualquier asunto. No debían, y por ende, no podían tener ideas propias.
   __ ¿Qué propone vuestra alteza?
   __Propongo que hagáis justicia para que así quede vengada la muerte de mi caballero sin que la orden sufra menosprecio, sin que trascienda que entre los frailes hay un asesino y probablemente entre los abades. Porque no creemos que nada escape a la vigilancia de la orden. Pero, no deseamos un escándalo y menos ahora, en estos tiempos tan convulsos en los que nos necesitamos todos.
   __ ¿Qué debo hacer señor?
   __Quiero al botánico muerto esta misma noche. Utilizad veneno o lo que os plazca. Quiero que mis hombres comprueben su muerte mañana a la hora prima.
   Hubo un largo silencio. El rey se levanto y el abad trató de hacer lo mismo, pero sus fuerzas no le acompañaron. Alfonso le indicó que permaneciera sentado, mientras el daba un paseo hasta el ventanal. Así, de espaldas al abad, Alfonso concluyó la orden.
   __Decidle al abad de Eslonza, que su primo el botánico ha sido descubierto, y que ha perdido su pleito con don Pedro Díaz, pero que ya lo había perdido antes del crimen. En la Torre existe una razón más poderosa que cualquier voluntad, o que cualquier derecho terrenal o divino. La razón que mueve el mundo, porque domina los sentimientos y ordena sobre los intereses. Porque es como el cáliz donde todo se transforma y se convierte en néctar redentor…En consecuencia, la Orden ha matado para nada. Podéis retiraros__ ordenó sin darse la vuelta, con lo cual fue ajeno a los ímprobos esfuerzos que hizo el abad para ponerse en pie y para lograr caminar hasta la puerta.
   El abad renqueaba por el corredor y sobre manera por la escalera, murmurando entre dientes las palabras del rey relativas al “cáliz donde todo se trasforma”. Era lo que le quedaba por oír: ¡El coño de la albina un cáliz redentor! Debería de ser él quien pidiera explicaciones al rey ante semejante blasfemia. Debería enviar recado a Roma y excomulgar a Alfonso emperador. Pero la iglesia ya no era lo que había sido y ahora mismo, él como abad, tenía otros problemas. Don Pedro de Gradefes  podía mandar en su casa y dejar a los demás tranquilos. Quieres matar a don Pedro, envía un sicario por tu cuenta y déjanos al margen. Espero que el botánico no se haya olido algo y haya escapado, que ya era lo que nos faltaba. Cuando se encontró con sus acompañantes dio una orden tajante.
   ___Fray Ansuro, adelántate y encierra al botánico y si se resiste ahógalo sin miramientos. Sin miramientos.
   Con la prima, los caballeros del rey y los de la Torre, comprobaron el óbito del botánico y confirmaron al convento que su trampero había sucumbido ahogado en el rio. Nada trascendió fuera de aquellos muros. La vida continuó igual para todos. Los brujos quedaron libres. Don Alonso de Camponegro fue vengado. La justicia fue hecha y don Pedro respiró tranquilo y doña María lo mismo, cuando fue informada de la inminente partida del rey y su sequito hacia León, porque los caminos ya eran practicables. Además aquella mañana dos venados, dos nada menos, habían caído en las trampas. Lo mejor para el banquete de despedida. Parecía que venían buenos tiempos para la Torre.
   Alfonso y Gontrodo continuaron juntos hasta el momento mismo de la partida del rey.
   __Dentro de un par de meses regresaré para presidir el Aula Regia[1] en Ovetum. Entonces volveremos a vernos, mi amor. Contaré los días.
   __Yo también. Voy a extrañaros muchísimo. No hay amante como vos.


   El shofar, afinado esta vez, volvió a sonar para despedir con honores al emperador y a su comitiva. El rey, tras despedirse de don Pedro en el patio, volvió la mirada al ventanal donde Gontrodo agitó el pañuelo para decir adiós, hasta la vista, a su amado Alfonso. Estaba segura que algo de él se quedaba con ella para siempre. El rey de León le lanzó un beso con los dedos de la mano diestra, que la doncella albina recogió con la suya  y se llevó a los labios.
   __Que mariconadas hacen los enamorados__ pensó el lugarteniente del rey, el buey del Páramo.
   Don Pedro Díaz sonrió con esperanza. Parecía, por lo visto, que todo había salido bien. Pensó en Berbio. Menudo monasterio. Extenso, fértil, abundante en vasallos, en reses, en caza, en salmones. Una riqueza al alcance de la mano…Si Dios quisiera…Aunque hubiera sido más propio decir, si quisiera el rey. Y el rey quiso, ¿cómo no iba a querer? Y más desde que supo que doña Gontrodo estaba encinta. Desde ese momento llovieron los dones y las abundancias sobre la Torre de Aller.
   El marido de Gontrodo, don Gutierre Estébanez, fue mantenido alejado de la Torre y de su esposa, hasta el retorno del rey para presidir el Aula Regia. Así lo decidió don Pedro, por si acaso su hija estuviera preñada. Sin varón a su lado desde seis meses antes de la llegada de Alfonso, nadie podía dudar de la paternidad del rey. El hijo era de Alfonso, de todas, todas. Por muchas cuentas que se echaran, que se echarían. Seguro.
   Los hijos mayores de Gontrodo se alegraron infinitamente de recuperar a su madre, pero la pequeña de todos, la dulce Aldonza, lloró con desconsuelo cuando su madre la tomó en brazos al no reconocerla tras semanas de ausencia. La benjamina, albina también, gritaba desesperada llamando a su nodriza cada vez que Gontrodo se acercaba a su cuna, cuando antes no consentía en modo alguno, que la separasen de su madre que debía, incluso, llevarla a su cama por las noches para que conciliara el sueño, chupando su dedo índice.
   __Esta niña tiene poderes de visionaria. Ve al diablo en su madre, porque se halla en pecado mortal__ se lamentaba doña María con su esposo__ hay que hacer venir a un fraile de esos que expulsan los demonios.
   __Ay, señor, señor. Nunca hay dicha completa. Deja de decir tonterías. La niña es una llorona, como su abuela. Y punto.
   Pronto se supo que Gontrodo estaba encinta de nuevo, aunque para don Pedro fue como la primera vez. Como si este fuera su primer nieto esperado pacientemente, tras años de infertilidad. Un hijo del rey. Del rey emperador, nada menos. Doña María continuaba sin entender, por qué un bastardo era motivo de tanta alegría, aunque su padre fuera el mismo emperador.
   __Antes era mucho mejor. Cuando los bastardos se arrojaban al río Aller, para que se los llevara la corriente.
   Alfonso regresó cuando la primavera floreció como el vientre de su amada Gontrodo, que se mantuvo impoluta, sin varón alguno, hasta el regreso del rey y el reconocimiento público de su paternidad. Ni que decir tiene que el Aula Regia falló el litigio con Eslonza a favor de la Torre. Y que a don Gutierre Estebánez, le llovieron prebendas y títulos para mitigar los cuernos. Fue designado teniente en Entrialgo, en la zona oriental, lo cual le obligó a residir lejos de su esposa, quien continuó toda su vida el contacto con el rey, aunque sus encuentros fueran escasos, por la vida tan atareada de guerras y batallas que llevó hasta su muerte el emperador.

   El fruto nacido de estas relaciones fue una niña a quien su padre, el rey, quiso llamar Urraca como su madre y su hermana. Con apenas un año de vida fue llevada a León y entregada al cuidado de su tía Sancha. Su padre la casa  a los catorce años, con el rey de Pamplona García Ramírez, viudo y bastante mayor que ella. Gontrodo asiste a la ceremonia en León, aunque para ese tiempo ya viviera retirada en un convento como hacían las viudas de rey. Urraca, la asturiana, fue siempre la favorita entre todos los hijos del emperador.
   Urraca enviuda y regresa a Asturias junto a su madre, residiendo en Oviedo en el palacio de Alfonso II, el Casto, al lado de la catedral. Su padre el rey le otorga el titulo de reina gobernadora de Asturias. Casó de nuevo con Álvaro Rodríguez de Castro. Ambos protagonizaron una rebelión contra el medio hermano de Urraca, Fernando II de León, tratando de conseguir la independencia de Asturias.
   Tuvo una hija con el rey de Pamplona, Sancha Garcés,  y un hijo con su segundo marido, Sancho Álvarez de Castro.
   Está enterrada en la catedral de Palencia, la tierra de su marido. Su hermano el rey Fernando II no consintió que la enterraran en la catedral de Oviedo como era su deseo.
   Doña Gontrodo lo estuvo en el Monasterio de Santa María de la Vega, que ella misma había fundado con una donación de tierras y dinero del rey Alfonso. Su sarcófago se encuentra ahora en el Museo Arqueológico de Asturias. En el consta esta inscripción:
 
Sarcófago de Gontrodo Petri





Oh muerte, sobrado justa, que a nadie sabes perdonar: si hubieses obrado con menos rectitud hubieras parecido más justa, pues igualando a Gontrodo con los demás mortales, con quienes no era igual por sus méritos, has quitado, con menos justicia, la vida, a quien no debías quitarla. Mas no murió Gontrodo; pasó por tu medio a una nueva vida, y es todavía la esperanza de su familia; la honra de su patria y el espejo de las mujeres. No murió, se nos escondió solamente, porque habiéndose hecho con sus méritos superior a los demás mortales, no debía estar en este mundo. Trocó la Vida de esta tierra con la del Cielo el año de la Era 1224.



Tumba de Urraca, La Asturiana






[1] Órgano consultivo de las monarquías en la Alta Edad Media.