La viajera del agua

De nuevo el mar, primera parte



Tánger: ruinas romanas




P
ermanecimos tranquilos en el campo; Cayo había previsto que lo hiciéramos así hasta las calendas  de marzo, cuando la navegación por el Mare Nostrum se abría de nuevo. Emérita resistía, sin embargo Recaredo parecía tenerlo más fácil en Cordúba. Me alegré por ello, necesitaba que terminara la guerra. Si esto sucediera pronto, no haría falta emprender viaje a la capital del imperio. Si todo se resolviera antes de un mes, podríamos regresar a Híspalis o esperar aquí hasta que Recaredo mandara a buscarnos. Pero yo bien sabía en el fondo que este deseo era solamente eso: el ansia infinita que tenía por volver a ver a mi esposo y el temor cada vez mayor a que el reencuentro no se produjera.
   Según se estaban poniendo las cosas Cayo y su hermano opinaban que Emérita podía resistir un año entero. Era febrero del 581, faltaba sólo un mes para que comenzara  la navegación. Los príncipes estaban realmente hermosos y se parecían como dos gotas de agua, aunque Atanagildo fuera rubio y Aimone morena. Supimos que la reina había vuelto a enviar tras ellos y que los bizantinos les habían vuelto a neutralizar en tres ocasiones. Esa mujer no desistiría nunca. Sigebert se había repuesto por completo al igual que el resto de heridos en la refriega de aquella horrible noche. Los soldados estaban hechos de otra pasta.
   En la casa había muchos niños hijos de nuestro anfitrión y de sus hermanos y varios más de la servidumbre de todas las edades. En la huerta de la casa al lado de un rio de aguas escasas y transparentes se mezclaban unos con otros, como las vainas de garrofa en el suelo; no se sabía de cual árbol se habían descolgado. Pensaba yo que para alguien que nos contemplara era difícil saber quién era quién; si pasaban por allí los espías de la reina, por ejemplo, verían varios niños jugando y otros dormidos en sus capazos y nada más. Sin embargo el enemigo tenía ojos en todas partes.
   Una tarde de lluvia mientras daba el pecho a los niños en mis aposentos, entró Sigebert  y tras contemplarnos unos segundos, indeciso, me dijo:
   —Jana, debemos irnos. La gente de Cayo ha descubierto un siervo tratando de llegar hasta ti para llevarse a los niños. Ocultos en el bosque le esperaban los esbirros de Toletum. Cayo y sus hombres se dirigen hacia allí. Me han dicho que nos preparemos, en cuanto regresen partiremos.
   Avisé a Brunilda e hicimos los preparativos. Nuestro equipaje era sencillo como correspondía a gentes como nosotros fugitivas, errantes como el viento de la estepa, siempre en el camino, huyendo en este caso de la ambición de Goswintha.
   Me despedí con pena de aquella gente amable y hospitalaria. Habían sido unas semanas felices dentro de lo que cabía esperar, en nuestras circunstancias. A los niños les había sentado muy bien la estancia en el campo, habían crecido y estaban sanos y fuertes. Cuando partimos iban dormidos como dos ángeles ajenos por completo al peligro que corrían, que corríamos todos. Viajamos por la noche y antes del amanecer ya estábamos en Gades instalados en una casa adosada a la muralla y cercana al puerto. Tenía un patio trasero con una parra que se aferraba a la pared con su abrazo retorcido y que me recordó a la Septimania donde crecían vides por todas partes. Había también una higuera todavía desnuda, plateada a la luz del orto, y un olivo doliente de años y de temporales, bajo el que sentarnos a esperar.
   —En unos días podremos partir —me anunció Cayo.
   —¿Hay noticias?
   —De momento, no. Pero pronto sabremos algo más.
   Allí estuvimos llenos de incertidumbre unos cuantos días. Sigebert preocupado por su padre y por el príncipe Hermenegildo y yo pensado primero en Recaredo y luego en Hermenegildo y en el rey Leovigildo. Me apenaba el inmenso dolor que seguramente le habría aplastado el corazón como una losa. Su amado hijo mayor le había traicionado, había iniciado una guerra y le había obligado a luchar contra él ¿Qué iba a hacer tras la amarga victoria? No consideraba yo al rey capaz de dar muerte a su propio hijo, ni tampoco a Recaredo consintiendo. “Le encarcelarán y luego se verá” había dicho Cayo. Recordé la insistencia del africano para que Hermenegildo se entregara a su hermano. Esto debería bastarme para comprender que su hermano, de acuerdo con el rey, su padre, le pondría a salvo, hasta que el asunto se fuera olvidando o hasta poder neutralizar a la reina, que se movía sin tregua en todas direcciones asolando a su paso peones y caballos, alfiles y torres y poniendo en jaque al mismísimo rey. Y a todo aquel que se le pusiera por delante.
   También me dolía ¡y mucho! Sigebert. Posiblemente ignoraba la suerte de su hijo; seguro que le hacía en Híspalis sin saber que se había venido con nosotras y por ello era seguro también, que temía encontrarlo cualquier día en el campo de batalla al lado de Hermenegildo luchando contra el rey, contra Recaredo  y contra él, incluso podían matarse sin piedad, sin tan siquiera reconocerse bajo el yelmo, la loriga y el escudo; bajo el polvo, el sudor y la sangre. Imaginaba su zozobra tras cada batalla, pensando si alguno de los muertos por su espada habría sido su propio hijo y rompía a llorar sin consuelo. Tal vez eso mismo le estuviera ocurriendo a él.

Boda de los reyes de Austrasia, según "Las grandes crónicas de Francia" 

   Cayo vino a verme una tarde y me comentó los rumores de que la reina de Austrasia, la madre de Ingundis, tras conocer la noticia de la muerte de su hija, se interesaba por la suerte de su nieto y sabido que los bizantinos le habían sacado de Híspalis pretendía que se lo llevaran a Metz.
   —No temáis —me tranquilizó el romano—. El pacto del imperio fue con Leovigildo. El acuerdo es llevaros a Constantinópolis. Luego Recaredo se hará cargo. Después el decidirá lo que tenga que ser. Nosotros cumpliremos lo que está acordado con Toletum, pero os lo hago saber, porque pienso que debéis conocer cada cosa que ocurra.
   Se lo agradecí. Era lo que faltaba, que la reina de Austrasia nos persiguiera también.
   —¿No se juntarán ambas reinas en nuestra búsqueda?
   —No, no lo creo. Las reinas no se hablan después de lo que pasó con Ingundis. Precisamente Brunechildis trata de impedir que su madre se haga con su nieto.
   —Supongo que las intenciones de la reina de Austrasia sean buenas para con el niño.
   —Seguro que sí. Pienso que querrá criarlo en la corte como nieto suyo que  es.
   —¿Para qué pensáis que lo quiere Goswintha?
   —Si todo saliera bien para ella, Atanagildo  podría ser el heredero. Ella se convertiría en su madre adoptiva y en regente y vuestra hija podría servir para futuras alianzas. Pero también pueden sufrir un accidente, dependiendo de por donde se decanten los acontecimientos. Están mejor con vos en Byzantium y luego se verá. Es lo acordado.
   —¿Serían capaces de asesinar a unos niños? —pregunté casi afirmando.
   Cayo me miró y asintió en silencio con el rostro grave. Yo todavía parecía tener fe en la raza humana, aunque hubiera pasado por tantas calamidades en estos últimos cinco años, a causa de los caprichos y la ambición de una reina. Por una orden suya, absurda, dejamos la Septimania sufriendo todos, la familia que se quedaba allí y nosotras. A causa de ello falleció mi madre y yo me sentí perdida y sola y mi vida se llenó de amarguras. Más tarde, quiso alejarme del príncipe, me amenazó, ordenó a mi padre buscarme marido, y ante la bendición del rey a nuestro amor, trató de matarme. Luego, cuando todo parecía resolverse, vino la paliza a Ingundis y el nuevo exilio y ahora esta guerra cruel y absurda de hermanos contra hermanos y esta enconada persecución para hacerse con los niños, para utilizarlos en su provecho o para quitárselos de en medio. ¿Saldría alguna vez esta odiosa mujer de nuestra vida?                                                                                
   Si no hubiera sido por los niños, yo hubiera emprendido viaje a Toletum por el medio que fuera. Hubiera rodeado Hispania para poder llegar junto a Recaredo. Me hubiera arriesgado hasta lo imposible, para conseguirlo  y segura estoy de que lo hubiera logrado. Pero mi deber era el que era y así debería continuar para cumplir el objetivo final: la llegada a Byzantium y la espera hasta que Recaredo mandara por nosotros o fuera  él personalmente a buscarnos. Por eso, debía afrontar con paciencia las vicisitudes del viaje que estaban siendo ya muchas y cada vez más peligrosas.

   Transcurrida una semana desde la llegada a Gades, Cayo trataba, un poco a la desesperada, de navegar hasta África, pero el tiempo no lo permitía. El bizantino estaba convencido de que el peligro iba a ser cada vez mayor si permanecíamos en Hispania y se acercaba con frecuencia al puerto para ver cómo estaban las posibilidades de iniciar la travesía. Una tarde oscura de viento y tormenta ¿tendría la reina también poder sobre los elementos? se formó un tumulto repentino en la calle delante de la casa. Pensamos que la gente huía de la lluvia y de los rayos atropelladamente. Unos golpes sobre la puerta de entrada nos sobresaltaron, a la vez que unas voces suplicaban ayuda, implorando a Dios y a la caridad de los moradores. Cayo y parte de su gente estaban en el puerto tratando de hallar el modo de sacarnos de Gades hacia Septem. Sigebert nos pidió silencio haciendo un gesto con el dedo índice sobre sus labios, a la vez que nos indicaba con la espada que nos retiráramos hacia la parte trasera de la casa. Cuando estaba próximo a la puerta, esta se abrió súbitamente dejando entrar la tormenta y una espiral de gentes confundidas con la lluvia, que de inmediato se hicieron con la situación. Los hombres que Cayo había dejado en la casa yacían en el patio. Dos de los asaltantes trataron de neutralizar a Sigebert, mientras el resto se dirigió hacia mí. Yo había encerrado a Brunilda y a los niños y plantaba cara a los atacantes armada con un hierro de atizar el fuego. Lancé mandobles a diestro y siniestro sin demasiado orden pensando tan solo en impedir que se acercaran. Sigebert había caído al suelo hecho un ovillo con un contrario, mientras el otro yacía inmóvil. El hierro aullaba en mis manos al igual que el viento, antes de hincarse en la carne de los agresores. Logré herir a dos, pero otros dos consiguieron  desarmarme y reducirme tras darme un fuerte golpe en la cara. Perdí el conocimiento suplicando a Dios misericordia para con los pequeños inocentes, dándolo ya todo por perdido.
   Cuando me recuperé, estaba tendida en mi cama, con Sigebert acariciándome el pelo.
   —¿Qué ha ocurrido, como están los niños?
   —Están bien —respondió Sigebert.
   —¿Y donde están los atacantes?
   Muertos —respondió Cayo—. Regresamos justo a tiempo detrás de ellos. La lluvia nos retrasó. Vamos a tener que adelantar la marcha. Cruzaremos el estrecho en cuando sea posible rumbo a Septem. Allí estaremos al fin en paz hasta que se pueda partir rumbo a Byzantium. Estaba disponiéndolo todo cuando llegaron los visigodos. Hay buenas noticias, señora. Recaredo se ha hecho con Córduba. Quedan algunos pequeños focos de resistencia que posiblemente ya hayan sido neutralizados. Ahora tratará de recuperar la Oróspeda. Leovigildo continúa el sitio a Emérita. La guerra va bien.
   —¿Que se sabe de Hermenegildo? —preguntó Sigebert que estaba herido de nuevo aunque de poca gravedad.
    —Continúa al frente de las tropas resistiendo en Emérita. En Híspalis falta el agua desde hace tiempo y la comida escasea cada vez más. La población lo está pasando mal. La ciudad va a sufrir mucho. Mucha gente huyó al campo, pero ahora las puertas solo se abren para que entren los pocos suministros que se consiguen, nadie más puede salir ni entrar. En cuando el rey avance deberían rendirse. Es lo mejor para evitar sufrimientos inútiles.
   —¿No intervendrá Byzantium?
   —No. El rey compró la no intervención bajo ninguna circunstancia. Además los persas están hostigando las fronteras de Oriente, precisamos allí todos nuestros efectivos, teniendo en cuenta que Toletum no atacará ahora nuestras fronteras en  Hispania. Aquí solamente se quedaran los soldados imprescindibles. El resto viajará por mar en cuanto se pueda, lo mismo que nosotros.
   Al fin llegó el día de la partida; no solo abandonábamos Gades, también dejábamos atrás la Hispania, aunque no del modo que yo hubiera deseado. Una vez más, salíamos huyendo de los enviados de la reina. Esta vez no tuve tiempo, ni ganas, de contemplar el puerto de Gades, ni siquiera nuestro barco. Faltaban quince días para que se permitiera navegar, pero la travesía no era larga y el mar estaba en calma tras el temporal que habíamos sufrido. Cayo me dijo una vez a bordo, que no íbamos a Septem sino a Tingis[1]. “Mantuve el otro destino para despistar a nuestros seguidores, porque hay oídos en todas partes. Posiblemente ya haya alguno en Septem esperando”. Me pareció acertado e inteligente.
   Brunilda agarrada a la borda, miraba hacia poniente y suspiraba.
   —¿Qué te ocurre aya?
   —¿No sabes que el mar se acaba aquí?
   —¿Aquí? ¿Dónde?
   —Allí —dijo señalando al oeste—. Allí todo se termina, si el viento nos desvía caeremos al abismo y habremos terminado el viaje.
   —Eso es una tontería, aya; el mar no se termina.
   —¿Ah no? ¿Es acaso infinito? Allí, allí_ repitió señalando con la mano_ el mar se termina. Es como una sábana sostenida por dos columnas. Si caemos, adiós.
   —Bueno, no caeremos, ten confianza —dije para cortar la discusión que amenazaba con ser eterna.
   —No caeremos, ten confianza, no caeremos, ten confianza. Sigues igual de ilusa —rezongaba Brunilda, como siempre.
   Yo era la aquitana cabezota, pero ella no me iba a la zaga. A pesar de que así me lo habían enseñado, nunca creí que el mar se terminara de ese modo tan abrupto, de igual manera que tampoco creía que solo se moviera por tierras conocidas. El mar seguro que llegaba mucho mas allá acariciando tierras ignotas donde seguro había otras gentes como nosotros que tampoco nos imaginaban.
   Navegamos desde la amanecida hasta el atardecer. La travesía no fue difícil, aunque la navegación no hubiera comenzado aún. El barco era pequeño y ligero. Brunilda se mareó de nuevo, lo cual fue mejor porque así ocupada en vomitar no se lamentaba de miedo. Los niños mamaban y dormían. Sigebert miraba hacia la Hispania que nos acompañó casi todo el viaje ofreciendo el abrigo de su costa baja y cercana y Cayo       vigilaba, mientras su gente dormitaba diseminada por cubierta. Al atardecer divisamos Tingis. La ciudad apareció  a lo lejos, al pie de las montañas, blanca y serena como una gaviota con las alas desplegadas sobre la costa. Era más grande de lo que yo había pensado. La encerraba una sólida muralla y tenía, como casi todas las ciudades romanas, dos vías principales perpendiculares que se cruzaban en el Fórum. Una de norte a sur y la otra de este a oeste. Al igual que en la Narbo, las hórreas separaban el puerto de la ciudad. Cuando llegabas una muralla no te dejaba ver más allá. El gentío era profuso, pese a la hora. Un carro y varios caballos nos estaban esperando a pie de barco, junto con un romano y sus gentes. Byzantium cumplía.
   —Nos instalaremos en la casa de mi primo. Aquí estaremos seguros hasta que la navegación se inicie.
   —Este hombre tiene familiares por todas partes —sentenció Brunilda—, ellos solos se bastan para poblar el mundo.
   Así lo hicimos una vez más. Las estancias en los lugares donde residíamos fueron siempre agradables. Los romanos eran acogedores y educados y amables. Sus casas eran cómodas cuando no suntuosas, comían y bebían bien y nos trataban con mucho afecto y mucho respeto. Todas las casas poseían baños con agua caliente a los que ya nos habíamos acostumbrado y que eran una delicia. La frase emblema de Cayo: todo está pactado y pagado, era una garantía. Los romanos, eran cumplidores a rajatabla. Lo pactado con Toletum nos había sacado de Hispania, nos estaba defendiendo de los esbirros de la reina y nos estaba aproximando, despacio pero sin pausa, a nuestro destino final.
   La espera en Tingis tuvo que prolongarse más de lo debido, porque aunque la navegación se abrió, los temporales se sucedieron con tanto rigor que fue imposible hacerse a la mar.
   —Bueno, por lo menos tampoco llegarán soldados tras nosotros. —Se alegraba Brunilda.
   Yo no estaba tan segura. No podrían navegar, pero podrían estar ya en la ciudad;  aunque nadie conociera nuestro destino, ni siquiera nosotros, podía haber gente de la reina, previsoramente, en cada ciudad de la Mauretania, desde la Tingitana hasta la Cesariense. Goswintha era muy meticulosa. También podrían haber comprado a algún romano, o a alguien de cualquiera nacionalidad de las varias que había en la ciudad. Una banda de mercenarios podría estar dispuesta y aguardando en cualquier punto. Una banda de aquellos soldados mauretanos de piel oscura llena de dibujos, como las misivas entre Recaredo y yo, de los que mi padre me refería historias y que habían sido el terror y la pesadilla de las legiones romanas, podía descender de las montañas y caer sobre nosotros amparados por la noche oscura como ellos. En cualquier punto podía estar el peligro acechando. En el menos esperado. Aunque confiaba mucho en Cayo. Seguro que él pensaba lo mismo e incluso más allá y que tenía ojos y oídos en todas partes. 
   Sigebert estaba siendo un autentico padre para los niños que se alborozaban cada vez que lo veían, recibiéndole con risas y palmeos. Nuestro amigo Cayo se acercaba cada tarde para pasar un rato con nosotras;  hablábamos de los príncipes y del rey y del imperio y de la guerra en Hispania. Ahora no teníamos noticias. Estábamos aislados por completo. Yo escudriñaba  el horizonte con la esperanza de percibir una señal, cualquier indicio de lo que pudiera estar ocurriendo. No me llegaba ningún presagio, por lo menos ninguno malo, lo cual me tranquilizaba.
   Así pasamos varias semanas.
   Una mañana soleada y radiante, Cayo nos anunció que había llegado la hora. Los temporales habían cesado y podíamos navegar.
   —Dentro de dos días llega un barco, en el partiremos hasta Rusadir[2] y desde allí a Orán. Vamos a hacer el viaje en travesías cortas, por los niños y también porque es más seguro.
   Subimos de nuevo a bordo;  por lo menos esta vez, no tropezamos con ningún enviado real. Ya era mayo del 581. Mi hija cumplía medio año de vida. Medio año ya, huyendo desde que nació. ¿Qué estaría haciendo Recaredo, su padre, mi esposo? ¿Pensaría en nosotras? Quería creer que sí.
   Partí igual que aquel día, tan lejano ya, de la Septimania, mirando la costa de Hispania hasta que la perdí de vista. Las montañas de la Bética se perfilaban, azuladas y serenas, entre las brumas de la lejanía, encubriendo tras su aparente mansedumbre, la guerra de hermanos que sangraba el reino; la suave brisa de la costa hispana, empujaba mar adentro para despedirnos, unas cuantas nubes blancas como palomas, mientras el sol brillaba con alegría. Todo era engañosamente tranquilo. Yo llevaba en brazos a los príncipes y les volví el rostro hacia Hispania; ellos iban dormidos ajenos a todo, pero tal vez sus padres pudieran sentir su presencia desde la distancia; pudieran intuir sus caritas apacibles y felices desde el campo de batalla, o tal vez heridos ambos, perdida tal vez la esperanza, pudieran fortalecerse al percibir la estela de su sangre navegando segura por nuestro mar, hacia la libertad. Ella perduraría cuando todo estuviera perdido, cuando la guerra ya estuviera olvidada, cuando no quedara rastro alguno de nosotros; la esencia de los hijos del rey de Hispania permanecería y florecería, si el reencuentro no fuera posible, en algún lugar de alguna de las tierras que baña nuestro mar. Ellos eran esperanza y futuro. Algo muy valioso que se me había otorgado para que yo lo salvaguardara de la maldad de la reina.
   Las lágrimas inundaron mis ojos como en cada partida, pero estas, eran lágrimas sin ilusión, lágrimas de desconcierto, de incertidumbre, oscuras lágrimas de dolor infinito. Las últimas frente a Hispania a la que no volvería, ni tampoco a Septimania. ¿Por qué la vida estaba siendo tan cruel conmigo?
Mosaico romano, ruinas de Tánger.



[1] Tánger
[2] Melilla

La viajera del agua


  La huida, segunda parte




Dejando atrás el puente, oculto en medio del bosque, había un carro como los que nos trajeran desde Barcino, y una recua de caballos custodiado todo por mas soldados. Íbamos a llamar mucho la atención.
   —Vamos a partir de inmediato y viajar de noche, que nadie nos verá. Cuando amanezca ya estaremos lejos. Enseguida llegaremos a la frontera del imperio. Entonces ya estaremos en casa.
   Se decidió que Sigebert nos acompañara. El dudó entre la fidelidad al príncipe o el amor que nos tenía y al final yo le convencí de que sin él iba a ser muy difícil la vida dondequiera que fuéramos y además si por cualquiera motivo el príncipe y yo no podíamos reencontrarnos ¿Quién iba a cuidar de nosotros? El resto de compañeros se quedó en Híspalis para tratar de liberar al virrey, algo harto complicado. No sé de cierto la suerte que pudieron correr, aunque me la imagino. Entre ellos no estaba el marido de Serena y no pudimos hacerle llegar su mensaje. Otro compañero nos prometió buscarle y hacerle llegar las nuevas de su familia.
   Partimos a toda prisa de nuevo hacia el sur. Los niños se durmieron nada más tomar su comida. Sigebert sangraba cada vez más. El aya le curó lo mejor que supo, pero era conveniente lavar la herida con más cuidado y darle unas hierbas que detuvieran la calentura. La herida era profunda. “No me gusta” me confió Brunilda. Terminé por dormirme                               como los niños, vencida por el cansancio y mecida por el movimiento de la carreta. Casi de amanecida me desperté con los gritos de un soldado:
   —Vienen visigodos tras nosotros.
   —Seguro que son los enviados de la reina. La gente de palacio no creo que se moleste en seguirnos. Si estos nos dan caza todos se verán satisfechos. Debemos de escondernos.
   Nos desviamos hacía los montes a toda prisa. Ascendiendo por la ladera, por un camino de pastores cada vez más escarpado y angosto por el que apenas cabía la carreta, llegamos ante unas grutas naturales que se abrían en la roca. Eran los ojos de la montaña. A través de ellos observaba al mundo, cada vez más loco, que tenía a sus pies. Descendimos de la carreta y nos cobijamos en una de ellas. Los soldados escondieron el carro y se llevaron los caballos. Un vigía espiaba encima de una roca a nuestros perseguidores. Gritó, con alivio para todos, que habían seguido de largo. El bizantino decidió esperar allí seguros, hasta que se dieran la vuelta para no tropezarlos por el camino, pero nuestra alegría duró poco. El grupo había retrocedido y desde el lugar donde habíamos abandonado la calzada, se dividió. Un reducido retén aguardó allí y el resto, subió en dirección a donde nos encontrábamos.
   —Hay pastores más adelante, seguro que les informaron de que por allí no pasó nadie. Id al fondo de la cueva. Preparados para el combate.
   Nos instalamos al fondo como ordenó el bizantino. Desde allí escuchamos primero el galopar de caballos y a continuación las imprecaciones, los gritos de furia y el fragor de la lucha y pudimos adivinar la fuerza de los mandobles y la violencia de las cuchilladas. Las voces de rabia, las blasfemias, el entrechocar de las espadas y los lamentos de los heridos eran constantes, los soldados no se concedían tregua. Sigebert quería unirse a la contienda; tuvimos que impedírselo casi por la fuerza. “¿Te has vuelto loco?”, le increpaba Brunilda. La fiebre le comía y casi no se tenía en pie. Incorporarse a la lucha era ir hacia una muerte segura e innecesaria; le necesitábamos vivo cada vez más. Tras un largo tiempo de batalla se escuchó, por fin, el silencio y rompiéndolo unos pasos apresurados en la cueva que delataban nuestra búsqueda. Sigebert se incorporó en guardia a duras penas y yo arrebaté su espada, que él era incapaz de sostener, dispuesta a plantar cara y lo que fuera preciso para defender la vida de los príncipes. Moriría si fuera necesario, pero matando. Pensé en Recaredo ¿Qué estaría haciendo él en este momento?
   El bizantino me gritó que tuviera calma al verme dispuesta a la lucha con la espada lista para cercenarle la cabeza.
   —Calma, soy yo. Todo terminó, de momento. Vamos a por los de abajo. Continuad aquí.
   Le dije al aya que cuidara de los niños y salí tras él. Afuera, varios soldados retiraban los cadáveres de los luchadores. Había muertos de los dos bandos. Los enviados de la reina habían perecido todos. Las heridas de los cadáveres eran horribles. Había cuerpos abiertos en canal, manos y brazos y piernas esparcidos por el suelo, incluso cabezas separadas por completo del tronco o colgando de él, desgajadas como ramas tras el violento temporal. La tierra apretada que asentaba el camino cuando llegamos había desaparecido bajo un charco viscoso que supuse sangre mezclada con todo tipo de fluidos y suciedades, incluso vísceras y trozos de carne desgarrada de los cuerpos que yacían en un caos de muerte como nunca había visto, ni siquiera imaginado que podría ver alguna vez. Hedía a sangre y a odio. Comencé a tiritar. El amanecer era frío, el sol remontaba los montes con pereza y sus rayos recientes, no tenían fuerza aun. Más parecía morir que despertar. Volví la mirada hacia Híspalis. Un halo rojizo tintaba el horizonte de presagios sangrientos. En otro momento el resplandor me hubiera parecido arrebol de enamorados pero ahora solo veía muerte por todas partes. ¿Qué habría sido de Ingundis? Estaría muerta ya probablemente. ¿Qué habrían hecho con Chloevintha? Y a Hermenegildo ¿qué le habría sucedido? Era capaz de sentir su dolor al enterarse de la muerte de la princesa y al saber que tal vez, no vería a su hijo nunca más. Su deseado hijo, al que apenas había sostenido en brazos. Seguro que le sería imposible recordar los rasgos de su carita, cuando asomara confusa entre las brumas de la memoria de aquellos días desdichados en los que comenzó a cosechar el fruto prohibido que había sembrado con tan mal consejo. ¿Dios mío, para qué toda aquella locura? Pensé en el sufrimiento del rey Leovigildo y en Recaredo que tampoco conocía a su hija y tal vez no lo hiciera nunca. ¿Qué se iba a conseguir con la rebelión? Delante de mí tenía la muestra. Al final iba a ser una lucha de hermanos contra hermanos, para que Goswintha se saliera con la suya. Para impedir unas reformas que en mi opinión, y en la de muchos, eran buenas para todos.
   —No miréis, no es necesario que presencies esto. Meteos dentro. Se queda aquí un retén para protegeros, nosotros volveremos pronto.
   Salieron corriendo montaña abajo. Tras un trecho, continuaron despacio y en silencio para caer por sorpresa sobre los enviados de Toletum que aguardaban confiados. Fue rápido. Todos fueron degollados con habilidad en un ataque coordinado y perfecto.
   Cuando todo estuvo de nuevo en orden continuamos la marcha. Habíamos perdido seis hombres y llevábamos algún herido además de Sigebert que empeoraba.
   —Necesitamos hallar un médico —le suplique al bizantino—. Sigebert se morirá si no lo hacemos.
   —Vamos a llegar a la casa de un noble amigo. Allí estaremos a salvo hasta que podamos continuar. Ellos nos proporcionaran lo necesario, incluso un médico. No temáis señora. ¿Cómo están los príncipes?
   —Perfectamente. Muchas gracias por vuestra ayuda.
   —Es mi trabajo. Señora.
   Agradecía el respeto y la amabilidad, después de tanto odio, conque el bizantino nos trataba, como lo que éramos en realidad: la esposa del príncipe  Recaredo y los nietos del rey de Toletum, convertidos en fugitivos huyendo de la reina, de la instigadora de la rebelión y la causante de tanto dolor innecesario.                                                   
   Apenas hablaba con Brunilda enfrascada como iba en los cuidados de los heridos. Solamente nos mirábamos y yo comprendía la gravedad del estado de todos, pero sobre ellos de Sigebert. Me moriría a si él lo hiciera. En ese momento pensé también en su padre fiel al príncipe Recaredo y sufriendo por la suerte de su hijo al lado del otro príncipe. Volví de nuevo mi pensamiento a Hispalis y le pregunté al bizantino:
   —¿Cuándo tendremos noticias de la corte?
   —En cuanto sea posible. No temáis, llegaran con regularidad. Pero haceros a la idea de que no serán buenas.
   —¿Dais también la guerra por perdida?
   —Desde luego. Es una locura. Jamás podrán contra el ejército real,  contra el rey y el príncipe Recaredo juntos. Son magníficos estrategas. Lo lamento por Hermenegildo al que conozco y al que estimo. Ya estamos llegando a nuestro próximo destino. Las cosas cambiarán a mejor. Estad tranquilas.
   Llegamos a una casa en medio del campo. Era bastante suntuaria pero no se parecía a los palacios hispanos ni mucho menos a los de Itálica. Me recordó un poco a la casa de mis abuelos en la Septimania. La casa donde me crié. Salieron a nuestro encuentro; el que parecía nuestro anfitrión se abrazó con el bizantino que nos sacó de Híspalis. Luego éste nos lo presentó.
   —Es mi hermano Scipio. Nos quedaremos aquí durante un tiempo, hasta que los heridos curen y los ánimos se calmen un poco. Estaremos seguros y a salvo. Hasta aquí llegarán noticias de la guerra. Sabéis que no podemos navegar hasta las nonas de marzo. Cuando sea posible nos trasladaremos a Gades. Por cierto, me llamo Cayo. Estaré siempre a vuestro servicio. Señora.
   Hizo una inclinación de cabeza y se retiró. Brunilda y yo nos instalamos ayudadas por las siervas que la casa puso a nuestra disposición. Los niños se durmieron en sus cunitas tras el baño y la comida y nosotras lavamos y curamos a Sigebert que estaba muy débil y solamente tenía sed. Nada más terminar llegó el médico. Tras examinarle nos dijo que las heridas eran feas, sobre todo la de la cabeza, pero estaba seguro de que iba a sobrevivir. Esto nos alegró y calmó un poco nuestra ansiedad.
   Los días se sucedieron todos igual, hasta que una mañana Sigebert se levantó de la cama. La fiebre había cesado y él se encontraba mejor y demandaba alimento. Luego le pusimos al corriente de la situación y terminamos todos pensando en lo mismo, en la suerte de los virreyes en Híspalis y en la crueldad de una guerra inútil.
   Transcurrieron casi dos meses que yo contaba día a día pensando en Recaredo cada minuto. Una tarde Cayo se presentó con buen semblante en el huerto donde estábamos a la sombra con los niños. Acababan de llegar noticias frescas. Leovigildo había sitiado Emérita y, previo, había diezmado a los suevos y hecho prisionero al rey Miro que solo tuvo ocasión de llegar hasta allí. El romano se sentó con nosotras y nos narró, con detalle, los hechos que había conocido.
   “Los dos ejércitos se presentaron con pocas horas de diferencia; eran prácticamente iguales en efectivos. Primero llegó el rey Miro con un ejército nutrido de suevos y lusitanos y campesinos rebeldes y varios miles de mercenarios de acá y de allá. Acamparon amparados por el bosque, en la margen izquierda del Anas flumen[1]. Tras unas horas como os dije, llegó el rey Leovigildo que acampó en frente, sobre una pequeña elevación. Ambas huestes se hallaban separadas por una vastísima campa, donde se suponía iban a librar las hostilidades. Las gentes de los pueblos y de las granjas cercanas huyeron de sus casas llevando consigo a sus animales, los que pudieron, y se cobijaron tras los muros de fortalezas y monasterios, en cuando divisaron las tropas, previniendo el fragor que se avecinaba y los casi seguros saqueos más el pillaje de todo tipo, asociados a cada batalla. Nadie atacó de momento. Los suevos sintiéndose a salvo abrigados por la fronda que proporcionaba, además, comida, esperaron con calma. Miro permanecía en su tienda dentro del bosque. Desde ella podía ver a lo lejos la del rey Leovigildo ligeramente por encima de la línea del horizonte. Eso fue todo lo que hicieron durante dos días: contemplarse. Leovigildo asomaba sobre su caballo en la mañana, cuando el sol arrancaba destellos a su armadura y la hacía parecer de oro puro, brillando deslumbrante como la coraza de un dios invencible. Los haces de luz atravesaban la campa y llegaban hasta el mismo umbral de la tienda de Miro. “Fantoche” decía el suevo. “Germano fanfarrón de mierda”.
   A media mañana del tercer día, el rey Leovigildo vio levantarse por el este una columna de humo. Era la señal; las tropas de Claudio Servilio, el dux de la Lusitania, mayoritariamente hispanas, que habían vencido al dux de Aquitania en la guerra reciente de la Septimania, habían llegado y habían cumplido su cometido. Entonces, una parte numerosa de la tropa inició jubilosa el atronador ataque, sin alejarse demasiado de sus posiciones, obligando a los suevos a salir a campo abierto.
   El ejército del rey  Leovigildo adoptó su típica formación en cuña con el menor de sus lados frente al enemigo y una profundidad, en principio de solo tres filas, que fueron aumentando hasta seis a medida que la lucha avanzaba, con la caballería en los flancos. Mientras los ejércitos de ambos reyes se enfrentaban en campo abierto, los hispanos habían rodeado el bosque y le habían prendido fuego, sorprendiendo al resto de los suevos, forzándolos a salir a escape con bastante desorden; a la misma vez, un contingente trataba de huir a la desesperada protegiendo al rey y bordeando el Anas emboscados bajo los chopos y amparados por la polvareda de la batalla y por el humo de la quema; pero el africano y sus hombres, les estaban aguardando previendo la huida por el único lugar que era posible y les dieron muerte con relativa facilidad y apresaron a Miro sin una herida. Leovigildo le quería vivo. Mientras, el resto de hombres de la Lusitania atacó por la retaguardia a los suevos, diezmándolos. Muchos, trataron de salir de entre los infiernos arrojándose al rio con todo el pertrecho, donde se ahogaron sin remedio. Fue una masacre. El campo de batalla se cubrió de cuerpos muertos, heridos y mutilados. El horror fue inconmensurable comparado con el que vos contemplasteis delante de la cueva la noche de la huida. Los lamentos de los todavía vivos, desahuciados, desoídos por la clemencia que la muerte había tenido con los demás, se alzaron sobre el rumor del río en el silencio de después, hasta que el filo de la espada enemiga, incluso de la amiga, terminaba con el suplicio de la espera y les transportaba al umbral de su última morada a la que se iban al fin con la misma gloria que el resto de camaradas muertos durante la batalla. Los heridos que tuvieron remedio fueron escasos; el rio cambió de color con la sangre de los mártires y el suelo de la campa, antes verdeado de confianza y de ánimo y de arrojo, dejó de verse, cubierto como se hallaba de muertos, y de vísceras y de despojos, mientras el cielo se oscureció de buitres esperando el festín. Todo perdió dimensión; cielo y tierra desaparecieron compañeros de la nada absoluta que había sobrevenido para tantos. Las viles nuevas y el olor a podrido llegaron hasta la ciudad; malos augures, vientos purulentos, minando la moral de la tropa que se aprestaba a la defensa y aterrorizando a los habitantes con su mensaje de muerte. Entre tanto, en el otro bando, en el de los vencedores, Leovigildo y el dux Servilio dieron descanso a las milicias antes de proceder a sitiar Emérita, la ciudad de donde procede mi familia, señora, a la que deseo poco mal, porque no es culpable del horror. Y esto es todo”.

Emérita Augusta

   Permanecí en silencio tras el relato de Cayo. Descubrí que la certeza del odio y del furor y del caos absoluto que engendran las guerras está muy por encima de lo que somos capaces de imaginar, muy por encima de lo peor de todas las razas humanas. Me compadecí también de Emérita. Me compadecí de todos, incluso de los vencedores. Me alegró su victoria, porque eran los míos, pero me compadecí de su futuro, del futuro del rey Leovigildo luchando contra Hermenegildo. Del amargor de la victoria cuando se produjera y tuviera que apresar a su propio hijo en el mejor de los casos.
   Era imposible  saber cuánto resistiría la ciudad. En cuanto cayera,                                                                                              los ejércitos del rey marcharían sobre Itálica. Por lo visto no pensaban ajusticiar a Miro hasta entrar en Híspalis. El rey suevo viajaba encadenado en una jaula, sucio del polvo del camino, pero sin perder un ápice de su dignidad y de su aplomo como corresponde a un rey. Leovigildo no consintió que se le insultara ni se le vilipendiara. Con la derrota tan fulminante ya era más que suficiente escarnio.
   A la misma vez que esto ocurría en Emérita, Recaredo y su tropa estaban reconquistando Córduba y la Oróspeda. El rio Betis había sido desviado; Híspalis comenzaba a notar los efectos de la falta de agua y de alimentos. Ingundis había muerto semanas atrás y Hermenegildo se preparaba para enfrentarse al rey de Hispania al frente de sus ejércitos.
   —Le habrán obligado —pensé en alta voz.      
   —Es su deber como rey. No debería haberse rebelado, ahora debe afrontar sus decisiones y acaudillar a los suyos.
   —Me sorprende que un católico rechace la conversión de Hermenegildo.
   —Ha sido una traición a su rey. Eso yo no puedo verlo con buenos ojos.
   —¿Pensáis vos acaso, como yo, que todo ha sido una conjura perfectamente tramada?
   —Desde luego que sí.
   —¿Desde Toletum?
   —Sí.
   —¿Qué pensáis que sucederá cuando termine la guerra?
   —Si sobrevive, Hermenegildo será encarcelado y luego con el tiempo, se verá.
   —¿Y qué hará Goswintha en vuestra opinión?
   —Intrigará lo que pueda, pero el rey se habrá hecho más fuerte y será imposible desacreditarle. Además está Recaredo que será asociado al trono y el no obedece a la reina. Esta lo va a tener complicado.
    —Insistirá. Hará lo que sea para salirse con la suya.
   —No le conviene. Recaredo la hará encarcelar si se propasa. Estoy convencido. Conozco a los príncipes. Son dos hombres inteligentes. Hermenegildo se dejó llevar por Ingundis y por Leandro, pero sobre todo por  Gesaleico; este fue el que supo de verdad regalarle los oídos; le trastornó la razón, le llevó a su terreno. Estoy convencido de que se arrepintió con creces. Ahora ya no puede retroceder. Pero Recaredo es más firme. Con él no va a poder la reina.
   Mezclada con el temor y la pena por la suerte de Hermenegildo, me llegó la alegría por  la firmeza que el bizantino le concedía a Recaredo. Era lo mismo que yo había pensado siempre y lo mismo que  le había dicho aquella noche a Brunilda. Recaredo no temía a Goswintha y sería él, con toda seguridad, quien la pusiera por fin en su sitio. El ganaría la partida anulando a la reina, y tras ello nos buscaría y podríamos por fin vivir nuestro amor junto a nuestra hija y al hijo de los príncipes al que yo consideraba como mío también. Esa era mi esperanza. Era lo único que tenía para sujetarme con fuerza en estos momentos tan inciertos.













[1] Rio Guadiana

La viajera del agua


La Huida, primera parte





C
on los idus de noviembre de aquel año 580 tan convulso, nació mi hija Aimone. La hija de Recaredo. Nuestra hija. A diferencia de Ingundis el mío fue un parto fácil, apenas media hora. Comenzó al amanecer y casi antes de que Brunilda se hiciera a la idea, ya había venido al mundo mi niña. Me senté en el taburete y tras un par de contracciones la niña asomó la cabeza. Tenía prisa por conocerme, igual que yo a ella. Cuando escuché su llanto, me invadió el dulce convencimiento de un amor eterno,  más firme que el lazo más firme que nos pueda sujetar a cualquiera otra cosa; más bello que la vida; más grande que el universo, y fui feliz, muy feliz, aunque recordara a Recaredo y me doliera su ausencia como siempre.
   La obstetrix estaba contenta, por lo menos en este caso la recién nacida y la madre se encontraban perfectamente. La princesa era morena como yo y tenía los ojos azules como su padre y sus facciones dulces y armónicas. Nació grande y sana y fue tranquila. Yo tenía mucha leche y pude darle de mamar a Atanagildo, el hijo de los príncipes, mi sobrino, porque su ama de cría enfermó y con todos los acontecimientos no pudimos  buscarle otra así de pronto. Me lo llevé a mi habitación y me hice cargo de los dos. Ingundis se moría sin remedio y Hermenegildo se desesperaba. Estaba a punto de perder a su reina; sin ella su mundo se desmoronaba, ya no le interesaba ser el rey de ninguna parte ¿para qué? todo lo había hecho por ella y todo había sido inútil.
   La guerra ya había comenzado. Los hechos, tanto tiempo remansados los ánimos a contracorriente de los deseos de la conjura, se habían desbordado desde aquella tarde en la que Hermenegildo quiso ir al encuentro de su hermano. Gesaleico, que era para mí el director de la conspiración, el hombre de Goswintha en Híspalis, era quién daba las órdenes. Tenían el plan perfectamente trazado. No sé a que factio pertenecía; se seguro que no era de los baltos, aunque probablemente estuviera emparentado con ellos. Su segundo, sin embargo, era el cuñado de la reina, en cuyo palacio se había educado Liuverico, que no sobrevivió a la pubertad. Me pareció raro que no fuera él el cabecilla de la sublevación, pero pensándolo bien nadie mejor que Gesaleico, un hombre frío, imperturbable, que no se detenía ante nada, que no sentía respeto alguno por la vida de nadie, ni siquiera por la del rey Hermenegildo, al que llamaba el católico con sorna y al que no respetaba en absoluto. Solamente le utilizaba para sus fines, o mejor para los de Goswintha. Por eso, ante la firme determinación de Hermenegildo de encontrarse con Recaredo para detener la guerra, ordenó retenerlo para impedir que saliera de Híspalis a verse con su hermano.
   El africano vino a decirme que salía de inmediato para la capital a fin de advertir a Recaredo de los nuevos planes, para que  no iniciara viaje, porque la conjura podía tenderle una emboscada, dado que los enemigos proliferaban por todas partes y los rebeldes ya estaban dispuestos a cualquier cosa.
   —Decidle a Recaredo que le quiero por encima de todas las cosas, que cuidaré de nuestro hijo y que nos busque en cuanto pueda.
   —Jana, debes saber una cosa. La reina desea sobre todo, hacerse con el niño de los príncipes y en cuanto sepa que Recaredo es padre, también con el suyo. No debes permitirlo. No lo olvides, cuida de ellos. Ingundis no va a sobrevivir y el príncipe será encarcelado como poco. Huye a Gades con los niños, Sigebert te acompañará.
   —¿Dais por perdida la guerra?
   —Sí. La suerte está echada. Dile a Hermenegildo que acepte la rendición en cuanto su hermano se la ofrezca, que se entregue a su hermano. Es el único modo de salvar su vida. Y ahora, adiós Jana. Va a ser muy difícil que nos volvamos a ver. Cuida de ti y de los nietos del rey.
   Me dio un abrazo y salió de mi vida. Nunca más lo volví a ver, aunque supe de sus andanzas y al final me convencí de que él siempre me había querido, a su tosca manera, y tal y como me había confesado un día lejano, en Toletum, a los príncipes también. Su vida había sido muy azarosa; era un superviviente de miles de avatares, como tantos otros en aquellas y en estas épocas tan difíciles. Tal vez se apoyara en la reina, en principio, para medrar al lado de la corona, pero ahora parecía ser cierto que respaldaba al rey, aunque era muy evidente que siempre había tenido un juego sesgado y que, navegando entre dos aguas, había sabido remar en el momento oportuno hacia la orilla del vencedor, había sabido inclinarse a favor del viento como las sabinas. Era un hombre inteligente y un buen soldado y un buen estratega. Si decía que vencería Leovigildo, Leovigildo vencería. Y el ya se había puesto de su lado, aunque sin desvelar del todo su juego, por si acaso.
   En palacio los acontecimientos eran de vértigo. Apenas tuve tiempo de advertir a Hermenegildo del consejo del africano en caso de rendición. “Solamente con vuestro hermano. El hará lo imposible por vos. No os fieis de nadie más”. Gesaleico encerró al príncipe en sus aposentos, tras una áspera discusión, durante la cual incluso llegó a golpearle, para impedir que se viera con Recaredo. Luego buscó al africano por todo el palacio.  Cuando se convenció de que había partido, se perdió por los corredores llamándole a voces traidor, perro bereber hijo de víbora y de ramera y otras muchas cosas por el mismo estilo. Después, reunió a sus hombres y salió tras él, dejando al príncipe encerrado y reciamente custodiado, incluso hubo quien dijo que encadenado, sin poder ver ni a su hijo ni a su esposa que se moría.
   Yo pasé aquellos días pendiente de la princesa que no podía abandonar el lecho. Cuidaba a Atanagildo y tenía la cabeza en varios lugares a la vez. Chloevintha, la dama franca, lloraba sin consuelo porque si moría la princesa no tenía muy clara la suerte que iba a correr dado que ahora ya no se sabía quiénes eran los amigos y quienes los enemigos. Mi aya lloraba también según su costumbre, porque presagiaba un final muy negro para los niños y para nosotras. Todo eran dudas y caos absoluto alrededor. Sigebert había tratado de defender a Hermenegildo, como era su obligación, y había resultado herido. Sin permitir que nosotras le curáramos, había sido confinado en una mazmorra con el resto de la guardia fiel al virrey. Estábamos aisladas de los amigos. Solamente Serena venía a verme y a consolarse con nosotras. Su marido estaba desaparecido desde la tarde de la revuelta en palacio y ella trataba de comunicarse con su familia en un pueblo cercano para irse con ellos.
   —Si aparece mi esposo, por favor dile donde estamos. Que vaya a por nosotros.
   —Se lo diré, pierde cuidado.
   Regresaron Gesaleico y la tropa. No habían encontrado al africano ni, por suerte, a Recaredo por el camino “ese perro bereber le ha prevenido.” Pero además habían comprobado, in situ, como el ejército real estaba desviando el curso del rio Betis y habían sabido que Leovigildo pensaba marchar sobre Emérita, porque el ejército ya estaba avanzando. Tomaron la decisión de dirigirse a Córduba, seguros como estaban de que el suevo Miro, auxiliado por los lusitanos, presentaría batalla a las puertas de Emérita, entreteniendo al ejército de Leovigildo. Ellos rechazarían a Recaredo y procurarían defender la Oróspeda. Menos mal que Byzantium no aprovecharía para atacar, porque tenía muchos problemas en sus fronteras de oriente con los persas y no estaba para más guerras.
   Pero antes de partir, alguien tuvo una desdichada idea. Eran sabedores, lo mismo que yo, de que la reina Goswintha deseaba fervientemente hacerse con el hijo de los príncipes. El aristócrata que me acosaba había hecho averiguaciones en la corte, llegando a conocer mi relación con Recaredo y todo lo ocurrido con Melque. Probablemente se lo hubiera confiado la misma reina. “Fue tu antiguo novio” me dijo Brunilda “el se lo confió, despechado contra ti y contra el rey. Nadie me ha informado, pero yo lo sé.” Tal vez fuera cierto, aunque lo dudaba, pero eso ahora era lo de menos. Este noble era uno de  los pocos católicos aliados con la conjura, al menos visiblemente. Sumó uno más uno y le dio nueve, nueve meses desde mi partida de Toletum hasta el parto de la niña; la hija de Recaredo, sin duda.
   —La muy puta ha hecho circular el rumor de que la niña es del espatario.
   Conocida la verdad, tomaron decisiones con rapidez. No es que fueran muy diligentes, es que las decisiones eran fáciles de tomar. Hacer el mal es asequible a cualquier mente dispuesta para ello, por elemental que  sea.                                                                                                              
   La primera raptar a los niños. Llevar a  Atanagildo a Toletum  y entregarlo a la reina, a la misma vez que a mi hija y la segunda, presentar mi cabeza al africano como represalia por haberse aliado con Recaredo a quien no gustaría nada, tampoco, que hubieran asesinado a su putita. Nadie sabía que éramos esposos, aunque el dolor para el príncipe iba a ser el mismo.
   La conjura buscó deprisa un ama de cría porque había que alimentar a los niños si querían que llegaran en perfecto estado a la corte. De lo contrario la reina les desollaría vivos. Algún soldado les habló de Serena que iba a parir de un día para otro y pensaron en ella. Fueron a buscarla al pueblo para obligarla a abandonar a su hijo recién nacido y amamantar a los príncipes hasta llegar con ellos a Toletum. Serena, atormentada e impotente envió a su hermano a palacio para que me relatara la situación y me suplicara ayuda. Poca cosa podía yo hacer como no fuera huir con los príncipes, aunque había un serio problema: Ingundis se moría, no podía acompañarnos como estaba previsto y yo no podía llevarme a Atanagildo sin su consentimiento. Y faltaba Sigebert, que estaba preso. Y el tiempo se agotaba. Pero, por lo menos esta vez, todo no estaba perdido. Por suerte, la reina no se fiaba de nadie y envió a un emisario con instrucciones precisas acerca de nosotros. Sabía que su nieta se moría, que era cuestión de días, incluso de horas y dio la orden expresa de esperar al óbito de la virreina antes de apoderarse del niño, luego deberían matarme a mí y raptar a mi hija. Ella enviaba un ama de cría de su total confianza. Alimentada en palacio, visigoda y limpia. Todo lo demás era fácil.
   Sigebert era conocedor de estas intenciones que alguien mencionó delante de él, con el objeto de torturarle más si cabía. Por ello, urdió con los demás compañeros un plan desesperado para escapar de la mazmorra y poder sacarnos de la ciudad, antes de que fuera tarde, como le había aleccionado el africano.  Por otra parte yo, cuando supe de los nuevos planes comencé a tomar medidas para huir, aunque fuera complicado porque la conjura nos tenía vigiladas día y noche; el hermano de Serena se había ofrecido para ayudarme con el apoyo de camaradas contrarios al levantamiento y andaban urdiendo un plan de urgencia para sacarnos de palacio y llevarnos al campo, de momento. Pero, alguien se había adelantado a nuestras intenciones. Recaredo nos cuidaba y nos protegía en la distancia. Brunilda vino a buscarme apresurada y nerviosa porque un emisario del príncipe había venido de “no sabía bien donde” y deseaba verme “para no sabía qué.”
   —Vete con cuidado Jana, puede ser una trampa. Esconde un puñal o cualquier otra arma. Dice que viene de parte el príncipe pero puede ser una argucia. Tal vez lo envíe la reina.
   —Tendré cuidado, no temas. Yo tampoco me fio ya de nadie.

Soldado romano

   Cuando llegué a la sala donde me esperaba, me encontré con un hombre alto, joven aun, moreno y rudo, pero con rasgos agradables que me aseguró venir a buscarnos de parte de Byzantium. Me asombró que hubiera podido llegar hasta mí, con tan aparente facilidad, porque tenía vigilancia por todas partes. Aunque supongo que ese era su trabajo.
   —Tengo a mi gente fuera de la ciudad al otro lado del rio, aguardando. Mis órdenes son llevaros a vos y a la esposa de Hermenegildo junto con los niños primero a Gades, para desde allí embarcar hacia Constantinopolis. No hay tiempo que perder.
   —¿Cómo se que decís la verdad?
   —Se me olvidaba —dijo el forastero alargándome un trozo de pergamino.
   Era un mensaje con nuestra clave que me enviaba Recaredo y que decía:
Queridisima Jana, cuando recibas esta nota no hay tiempo que perder. Parte a toda prisa con el portador, Ingundis y los niños. Tienen orden de llevaros a Byzantium como ya te había comunicado. Está todo acordado y pagado. Confía en él. Yo os buscaré en cuanto sea posible. Te quiero y te querré siempre. Recaredo.
   Besé el pergamino y se lo devolví al bizantino.
   —¿Habéis visto al príncipe?
   —No. Esta nota la tenía un noble bético católico y amigo que luchó con el príncipe en la Septimania. El príncipe se la entregó para que yo os la hiciera llegar cuando comenzara la guerra. Todo estaba previsto, pactado con el rey y pagado. La guerra ya ha comenzado y nosotros cumplimos nuestra parte del acuerdo.
   La princesa no puede venir. Se muere. No sé si va a permitir que nos llevemos al niño.
   —No se lo digáis. No hay tiempo.
   —No puedo llevarme al niño sin su consentimiento.
   —La reina de Toletum ha enviado a buscarlo. Ella lo tomará por la fuerza.
   —Ella, puede, pero yo no. Iré a ver a la princesa y se lo diré.
   —Tiene que ser muy rápido. No hay tiempo. La conjura tiene planes para vos.
   Ya no lo escuchaba, me dirigí a la habitación de Ingundis. Me tropecé al entrar con Chloevintha que salía a mi encuentro.
    —¿Qué ocurre?
    —Jana, gracias a Dios que has venido, iba a buscarte. Mi señora se muere y quiere hablarte.
   Entré en la alcoba. Pese a los óleos que ardían de continuo perfumando el ambiente, olía a muerte. La princesa apenas respiraba, sus manos sobre el pecho eran de nácar frío y su rostro, antes tan hermoso, estaba desdibujado y apenas tenía color; era una rosa marchita, seca, esperando el soplo liberador que arrancara los pétalos del tallo ya sin vigor y los arrastrara a su definitivo reposo, donde se harían polvo eterno. Me miró con dificultad y trató de hablarme. La voz era tan débil que apenas brotaba. Movía los labios pero yo no podía escuchar sus palabras.  Me incliné sobre su rostro y puse mi oído casi sobre sus labios.
   —Ja na, llé va te al ni ño………….le jos. No mi a bue la, no,…….le jos.
   Con eso fue suficiente. Le dije que si con la cabeza y la besé en la frente. Fue como el beso de piedra de la tumba de mi madre, la misma sensación de ausencia. Ingundis estaba más muerta que viva. Su corazón resistía tenaz, tal vez esperando poder ver por última vez a Hermenegildo.
   —Chloevintha prepárate. Nos vamos ahora mismo. No hagas preguntas y no se lo digas a nadie. Ven rápido a mi habitación.
   —No puedo, no voy a dejar sola a mi señora. Tú debes irte y poner a salvo a los niños, pero yo permaneceré aquí junto a la reina. Es mi obligación.
   —Otra dama la atenderá. Tú debes venir con nosotros.
   —No. Yo juré cuando salí de Metz no abandonar nunca a la princesa y eso haré. No puedo faltar a mi promesa. Vete tú con los niños. Tú eres la madre de la otra princesa, a ti te corresponde ponerlos a salvo.
   Tenía razón, no podíamos dejar a Ingundis morir así, sin una mano amiga, apartada por la fuerza de aquella locura, de su amado esposo y de su niño. Volví sobre mis pasos y le pregunté al emisario si era posible aguardar unos minutos. El fue rotundo.
   —¡No!
   —Nos iremos mi aya, los niños y yo. —Él iba a objetar algo, pero yo le atajé—: La necesito. Yo no puedo sola con dos niños. Estoy recién parida y Brunilda es como mi madre ahora.
   El bizantino asintió. Cuando me dirigía a la puerta para prepararlo todo, entró Sigebert espada en ristre, cubierto de sangre, malherido, pero poderoso, fiero, luchando aun por su vida y por la nuestra. El emisario se puso en guardia y comenzó a lanzar mandobles que Sigebert esquivó como pudo, escudado tras una silla.
   —¡Teneros, teneros por Dios! Es el jefe de la guardia del príncipe Hermenegildo. Es como un hermano. Estaba en el calabozo. No sé cómo ha escapado.
   —Matando a la guardia. Primero dimos muerte al que nos trajo el condumio y luego logramos hacernos con la llave y salir. Dos de mis camaradas han muerto, los otros, heridos todos, hacen guardia afuera por si hay problemas. Tenemos que irnos.
   —Para eso estoy yo aquí —dijo el emisario.
    Es de fiar —le aclaré a Sigebert—. Trae una misiva del príncipe, de las nuestras, ya me entiendes.
   —No hablemos más, no hay tiempo. Luego se pondrán al corriente de todo. Ahora vámonos. De prisa y en silencio si puede ser.
   Brunilda tenía a punto un pequeño lío con lo esencial, y Sigebert su espada, que ya era suficiente. Ella, llorando, cargaba a Aimone y yo  a Atanagildo. Me pareció complicado salir de palacio. Atravesar el patio iba a resultar imposible. Había guardia por todas partes. Sigebert se lo hizo notar al romano.
   —Hemos previsto todo. Saldremos metidos en el carro que provee el trigo. Será fácil hacernos con él. Ellas saldrán dentro con los niños y nosotros uno a pie y otro a caballo. Yo iré a pie. Fingiremos ser quienes no somos. Saldrá bien, nadie se ha dado cuenta aun de la huida.
   —Yo conozco un pasadizo que, desde los subterráneos que sirven de almacén, sale al otro lado de la muralla justo al lado de uno de los puentes. Hemos ido y venido por ellos varias veces en este tiempo, para salir a, a…, a divertirnos, sin ser vistos.
   —Sí, para ir de putas —aclaró Brunilda sin que hiciera falta.
   —Llegar hasta allí puede ser peligroso.
   —No, hay que bajar hasta las cocinas lo mismo que para subir a los carros. Yo iré delante.
   —No me gusta este cambio de planes.
   —Es bastante mejor que el vuestro. —Presumió Sigebert, que había sido herido en la cabeza durante la huída y sangraba cada vez más.
   —Si —intervine—. Los niños pueden llorar al salir dentro de los carros, por los pasadizos nadie les oirá.
   —¿Donde espera vuestra gente, no habréis venido solo?
   —Mi gente está al otro lado del Betis.
   —Entonces, perfecto. Vamos.
   Brunilda, desconfiada, insistía en la probabilidad de que todo fuera una trampa de la reina.
   —Esa mujer es como el demonio, está en todas partes. Probablemente al salir nos guíen hasta Toletum en vez de hacia Gades. Terminaremos asesinados todos.
  —El bizantino era portador de una misiva de Recaredo con nuestra clave. Es imposible que…
   —Parece mentira que no conozcas aun el poder de la reina.
   —No nos queda más remedio que confiar. No hay más opción. Así que, vamos. Además, si fueran los esbirros de la reina no tomarían tantas precauciones.
   —No estés tan segura, estate prevenida para lo peor. Acabaremos mal, estoy convencida de ello.
   Decidí no escucharla. Fuera lo que fuera no había otra alternativa. Además, yo tenía confianza plena en mi esposo, sabía con certeza que no nos abandonaría. Al salir al corredor vimos los guardias muertos. Brunilda y yo nos miramos en silencio y comprendimos como tantas otras veces, sin que hicieran falta palabras. Fuimos bajando por separado, para no levantar sospechas caso de tropezarnos con alguien. Mi aya con Sigebert a cierta distancia por delante de ella, por un lado, y el romano y yo por otro. Dos compañeros del espatario vigilaban la retaguardia por si acaso fuéramos descubiertos. Sangraban abundantemente por varias heridas. Yo creí que se desplomarían antes de que llegáramos a las cocinas.
   La salida fue tranquila. El palacio dormía a esa hora y nadie se había percatado aun de la huida de los prisioneros. El silencio era total, todos parecían haber muerto. El forastero iba delante y  yo le seguía con mi sobrino. En el corredor frente a las cocinas nos reunimos. Tardaron un poco más en llegar para mi desesperación, aunque el bizantino estaba aparentemente tranquilo.
   Descendimos a los sótanos y continuando por unas rampas laberínticas dimos, al fin, con el pasadizo. Era un túnel largo y tenía agua. Al principio solamente nos mojamos los pies, pero  hacia la mitad del trayecto, el agua nos daba por media pierna y al final, casi saliendo, se convirtió en lodo que nos dificultaba el avance. Las ratas, trepaban por las paredes a nuestro paso tratando de huir a la desesperada, igual que nosotros. Sus ojos brillaban en la oscuridad a la luz de las teas, como siniestros luceros errantes. Olía a humedad y sobre todo a podredumbre.”Como todas las cloacas” había dicho el forastero. “Como todas las ambiciones,” había añadido yo.
   Sigebert iba delante y el bizantino cerraba la marcha espada en mano. Tras un largo recorrido, al doblar un recodo, nos dio en la cara el aire fresco y salino del río.
   —Ya estamos casi fuera —informó Sigebert, aunque no fuera necesaria la aclaración.
   Cuando salimos al aire libre, Atanagildo se puso a llorar, reclamando su comida y luego Aimone le acompañó en el llanto para no ser menos. El forastero silbó y otro silbido igual le respondió entre los árboles. Al poco apareció un pequeño grupo de hombres armados que abrazaron al forastero y nos rodearon alegres.
   —Hay que continuar. No podemos permanecer aquí.
   —Debo de dar el pecho a los niños.
   —Lo haréis subida al carro. Vámonos.

Carpentum romano