La viajera del agua



Un nuevo destierro, segunda parte



20


Mientras tanto, en la corte se estaban tomando decisiones importantes que iban a cambiar nuestras vidas. Leovigildo iba a asociar a sus dos hijos al trono, enviando a Hermenegildo a la Bética y dejando a Recaredo con él aquí en Toletum, con ello pretendía lograr dos cosas al mismo tiempo: alejar a Hermenegildo y a Ingundis de la corte para que retornara así la paz familiar y transformar, de una vez, la monarquía en  hereditaria, dando origen a una dinastía. Pero hubo quien pensó o quien hizo circular el rumor interesado de que esta decisión favorecía a Recaredo que sería, con toda probabilidad, rey en solitario a la muerte de su padre, que confesaba encontrarse ya viejo y cansado, y que esta decisión se debía a la guerra entre Goswintha e Ingundis. Si esto no hubiera sucedido, si la princesa no fuera tan testaruda y desobediente y se hubiera convertido, Hermenegildo sería quien se quedara en Toletum y Recaredo iría, con el tiempo, a la Narbonense. Yo lo hubiera preferido ya que eso hubiera significado mi anhelado regreso a la Septimania, que cada día veía más inalcanzable.
   El rey pensaba, tras sancionar estas disposiciones, dirigirse al norte para someter de una vez por todas a los vascones y lograr así la deseada unidad territorial, pero otra noticia inesperada le obligó a retrasar el viaje.
   Aprovechando la guerra en los reinos francos, aliados nuestros por razones de parentesco, el rey de Borgoña, llamado Gontram trató de invadir la Septimania, por lo cual fue necesario que Recaredo partiera a toda prisa para la Narbonense.
   Nuestra decepción fue inmensa. Habíamos planeado que yo fuera a Hispalis con los príncipes y dejar así transcurrir un tiempo de calma necesario en nuestra relación. Melque estaba en el norte y el rey tenía previsto dejarle allí con una dádiva generosa en tierras y soldados y siervos. Yo regresaría cuando, tras la vuelta del rey de la campaña del norte,  Recaredo fuera nombrado dux de Rexópolis, para hacer efectiva nuestra unión. Pero la guerra se cruzó en nuestro camino. Parecía ser aliada de Goswintha. Además esta guerra en la Narbonense podía alargarse más de lo deseado por todos, porque el dux de Aquitania que hostigaba también desde hacía un tiempo las fronteras de la Septimania, se había aliado con Gontram; la situación se había complicado mucho y Recaredo podía no regresar, era el riesgo cuando se hacía la guerra, aunque yo no quería escuchar semejante posibilidad. Pero el príncipe la asumía y necesitaba, para irse tranquilo y más motivado si cabe, desposarse conmigo; así se lo comunicó a su padre la noche antes de nuestra partida en direcciones opuestas.
   —Tengo la corazonada de que no volveré a ver a Jana, padre. Siento mucha inquietud, nunca antes me había ocurrido algo así. Necesito sentirme unido a ella ante la ley para irme tranquilo. Desearía que fuera mi esposa. No sé qué hacer. —Casi sollozó el príncipe.
   Leovigildo se conmovió ante la pena del hijo.
   —Un rey tiene solución para todo. Lusitano, vete a buscar a tu hija. Todo debe quedar entre nosotros, nadie debe conocer lo que va a ocurrir aquí. Es por el bien de Jana, sobre todo.
   Aquella tarde que permanecerá por siempre en mi memoria, antes de la dispersión de todos, Recaredo y yo hicimos efectivo nuestro compromiso recíproco en la sola presencia del rey, ni siquiera el africano, que estaba al corriente, presenció la ceremonia. El rey fue generoso con las arras y me otorgó diez mil sueldos, equivalente a la décima parte de la fortuna de mi marido, más la mitad de los territorios y ciudades que conquistara Recaredo a partir de ese día. Le di las gracias y le confesé que lo consideraba excesivo. En realidad, para mí era lo de menos, pero esa era la costumbre en todos los reinos con las esposas de los príncipes.
   —Mañana te entregaré pagarés por varios miles de sueldos. Si necesitas peculio puedes acudir a cualquier cambiador de Hispalis o de Itálica. Acude a cambiadores hispanos, no vayas a los judíos que son unos usureros. No sabemos lo que puede ocurrir, con esto vivirás bien si hay algún problema.
   Luego nos fuimos a los aposentos del príncipe para nuestra última noche juntos antes de la separación. Evidentemente no hubo morgengabe a la mañana siguiente. Esa noche fue, de verdad, nuestro último encuentro aunque yo angustiada como estaba por el futuro inmediato ¡siempre el futuro! no me entregué como hubiera ocurrido de ser las cosas de manera diferente, ni recuerdo todas las palabras de amor que el príncipe derramó enardecido, ni las promesas, ni los proyectos que hizo para nuestro futuro. Algo que lamenté el resto de mis días. Mi cuerpo y mi corazón estaban con el príncipe y le acompañaban en las caricias, en los abrazos, en los susurros, en la dulce batalla, pero mi razón y mi espíritu estaban aguardándome sumergidos en la venidera ausencia dolorida, desamparados, inciertos, oscuros, vacios. Estaba dividida en dos mitades aisladas que no eran nada la una sin la otra.
   Sin embargo, me quedé con el convencimiento de que esta vez sí que había germinado la simiente del amor tan inmenso que sentíamos el uno por el otro.
   El rey se presentó temprano en nuestros aposentos y nos abrazó a ambos, luego me bendijo y yo me fui y les dejé a solas. La reunión se prolongó. Eran muchos los asuntos a tratar y muchos los consejos que el rey le debía dar a su hijo antes de marchar para el campo de batalla. El príncipe partió a media mañana con sus hombres. Por el camino se le fueron añadiendo otros muchos de los diferentes señoríos por los que pasaba. Cuando arribó a Septimania llevaba con él tantos soldados como los que le esperaban allí. Un ejército importante de peones y caballos para defender al rey. Yo permanecí en el ventanal hasta que la última mota de polvo de su estela se desvaneció; me violentó entonces, una ausencia desolada que me poseyó por la fuerza de su salvaje acometida y tras ella un temor aterrador como si me hallara perdida y desorientada a merced de las alimañas en medio de la noche helada, sin un lugar donde guarecerme, sin unos brazos a los que acudir en demanda de auxilio y de cobijo. Ni siquiera pude llorar. Me había quedado vacía sin él.
   Si Recaredo partió con urgencia hacia el norte, Hermenegildo lo hizo también con prisa hacia el sur. Byzantium podía aprovechar la debilidad del reino, con los aliados francos inmersos, en este momento, en una guerra, Gontram atacando Septimania y el rey de Toletum preparando una campaña contra los vascones, para tratar de expandirse. Se habían detectado movimientos de lusitanos y de campesinos rebeldes, tratando de unirse contra Toletum. Además el odio de Goswintha por los católicos crecía como un coloso bien cebado y su deseo de borrarlos de la faz de Hispania y del favor del rey iba a la par. Era conveniente partir cuanto antes por el bien de Ingundis.
   Mi aya y yo acudimos muy temprano al cementerio para despedirnos otra vez de mi madre. Sigebert, nos esperó prudentemente alejado. Permanecí, tras el adiós, un buen rato en la puerta contemplando la tumba por última vez. Estaba convencida de que no iba a regresar.
   Leovigildo abrazó largamente a su hijo y besó en la frente a su nuera, creí ver lágrimas en sus ojos, aunque mi aya me dijo que eran ilusiones mías, “¿cuándo se ha visto a un rey llorar?” Era el rey, cierto, pero también era un padre y un padre que adoraba a sus hijos y que diga mi Brunilda lo que diga, lloró al despedir a su heredero. Tal vez presagiaba algo de lo que estaba por venir. La reina no se presentó en la despedida como era de esperar, pero yo la vi en uno de los ventanales contemplando la marcha con el mismo rostro de despecho que exhibía desde aquella mañana en la que trató de matar a la princesa y no lo consiguió.
   Así partimos hacía Híspalis los príncipes y nosotras, en una mañana soleada mientras el aire de la sierra refrescaba el ambiente y limpiaba el cielo, en el que permanecían aun jirones de nubes tratando inútilmente de resistir, con nuestra lujosa caravana, cinco o seis veces más numerosa que la que nos había traído desde Barcino. Nos escoltaba la guardia del príncipe a la que supuse se irían añadiendo fuerzas de las ciudades, como era costumbre, y una jornada por detrás marchaba un ejercito hispanogodo, no demasiado numeroso, aunque si armado con profusión, reluciente bajo el amarillo y núbil sol de febrero, entonando cantos marciales y causando la admiración de cuantos contemplaron nuestra comitiva marchando hacia el sur, hacia el nuevo exilio, adonde yo acudía con la esperanza de que mi príncipe, mi esposo, regresara victorioso y me llevara con él a la Septimania o al fin del mundo conocido o por conocer. Lo importante era estar juntos para siempre. Ingundis también viajaba con esperanza y con alegría; aunque ya se hallaba recuperada, estábamos convencidos de que el clima del sur le iba a devolver la totalidad de su antiguo esplendor, ese que había enamorado al príncipe, y que nos había cautivado a todos.







21


Salimos por la misma puerta por la que habíamos entrado aquella tarde triste y ya lejana en el tiempo. El Tagus nos devolvió otra vez la imagen invertida de la muralla, que ahora parecía apartarse para dejarnos ir. No miré hacia atrás, no había nada que ver, pero pensaba en mi madre; si hubiera sobrevivido, le agradaría viajar al sur con nosotras y vería con esperanza la posibilidad de regresar a su adorada tierra, pero mi querida Aimone, mi añorada madre, no estaba ya en esta vida, aunque yo siempre la tuviera presente. Como si adivinara mis pensamientos Sigebert se había colocado a mi altura y me sonreía con ternura. Era igual que su padre y yo también me sentía a gusto en su presencia. A gusto y a salvo.
   El viaje fue algo lento, a causa de la naturaleza de la princesa. Fueron siete etapas bastante cómodas comparadas con lo que había sido mi anterior viaje desde Barcino. El paisaje cambió varias veces desde la llanura reseca, al bosque frondoso y exuberante y otra vez el llano, pero aquí verde y fértil, sembrado de olivos y de vides y de naranjos. La calzada estaba más deteriorada que la que nos había traído a nosotros, tal vez por la abundancia de tránsito y los puentes, numerosos, continuaban transportándola en brazos sobre los ríos o los desfiladeros; no habían perdido la cortesía. El tiempo se comportó como se esperaba que lo hiciera, con revuelo, coherente con la estación. Acampábamos al atardecer y Sigebert me hacía compañía hasta que me iba a dormir. A veces dábamos un corto paseo por los alrededores del campamento y hablábamos sobre la Septimania. El conocía de vista a mi abuelo, el viticultor, le había visto por la ciudad  o en el Fórum con mis tíos. Y conocía el amor que su padre había sentido por mi madre y un día me confesó que pese a saber que yo estaba enamorada del príncipe, él se alegraba de que no fuéramos hermanos. En ese momento no di importancia a sus palabras, que me parecieron pura cortesía muy propia del carácter septimano, pero más adelante tuve ocasión de comprobar que había querido decir realmente aquella noche.
   Como era costumbre, cuando arribábamos a una ciudad nos deteníamos una jornada en alguna casa importante. Así ocurrió en Metellinum y días después en Emérita Augusta, donde nos ofrecieron una representación de teatro a la que solamente asistimos las mujeres. Yo nunca había presenciado ninguna. Se titulaba Las Coéforas y estaba escrita por un griego interesante llamado Esquilo, que había muerto siglos atrás. Me pareció llamativo y curioso poder asomarnos a las vidas de gentes del pasado, interpretadas por cómicos que se comportaban como si fueran aquellos mismos, con los mismos sentimientos y las mismas pasiones, logrando una metamorfosis perfecta. Me pareció también que no habíamos avanzado demasiado, dado que el mismo argumento de asesinatos y venganzas acababa de suceder ante nuestros ojos  semanas atrás con mayor virulencia si cabe, y lo que nos faltaba por ver, y que en ese momento desconocíamos, era mucho peor que lo narrado en la obra.
   Hermenegildo se entrevistó mientras, con  el jefe militar y con un representante de los campesinos rebeldes. Sigebert me contó al día siguiente que el príncipe estaba demostrando mucha prudencia y mucha sabiduría al recibir a todo el que lo solicitara sin importar su pensamiento religioso ni político. Estaba continuando al dedillo la política de su padre.
   Nos detuvimos otro día en Uguitunia y después en Itálica, ciudad romana maravillosa, donde un noble hispano nos acogió en su palacio. Disfrutamos de sus relajantes baños de agua caliente y de su refinada y amable hospitalidad. A todos nos hizo bien, pero sobre todo a Ingundis, por eso prolongamos la estancia dos días más. Sus mejillas habían ido recuperando el color y ante tan abundantes y apetitosos manjares le volvió el apetito y esas noches durmió de un tirón sin pesadillas. El sur ejercía ya su efecto mágico sobre nosotros.
   Cuando estábamos llegando a Híspalis, en una mañana dorada por la luz que regalaba el generoso sol, una avanzadilla de la guardia del gobernador, bellamente uniformada, con las monturas ricamente engualdrapadas, se dirigió marcial a nuestro encuentro. La ciudad apareció ante nosotros luminosa, cristalina y llena de fragancias. Desde lejos ya se olía el azahar. El rio Betis brillaba extramuros, espejado y sumiso bajo la densa luz que pesaba, y los palacios y las villas flanqueaban la calle por la que avanzábamos, con solemnidad romana, recta como el tronco de un ciprés. Nuestro palacio era enorme y diáfano, adornado por mosaicos de colores y columnas majestuosas de mármol blanco que reflejaban el sol hasta cegar la mirada. Había flores y plantas verdes por todas partes y un estanque lleno de estatuas en medio del patio donde el agua cantaba como era su costumbre. Era tan distinto a Toletum y tan parecido a Septimania que las lágrimas de alegría y de nostalgia acudieron sin llamarlas a mis ojos y se deslizaron por mi cara polvorienta trazando caminos de agua que Sigebert interrumpió con sus dedos ásperos, pero llenos de ternura.
   —¿Por qué lloras Jana?
   —Porque estoy feliz.
   —Que raras sois las mujeres.
   Ingundis estaba radiante y alegre, aunque las lágrimas también habían acudido a sus ojos azules. Hermenegildo la llevó en brazos por todo el palacio. Todos parecíamos felices. En realidad lo fuimos durante un tiempo. Yo solo a medias, porque seguía preocupada por Recaredo que estaba en la guerra, no había que olvidarlo, aunque aquí todo invitara a la paz y la calma.
   En los días siguientes organizamos nuestra nueva vida. El palacio se llenó de nobles hispanos, viejos conocidos del virrey Hermenegildo que los recibía con agrado, continuando con las consignas recibidas de su padre.  También se presentó el obispo católico, a saludar a Ingundis, pero ningún representante de la iglesia arriana, a saludar a Hermenegildo, que hubiera sido lo natural. Leandro se llamaba aquel hombre, que me recordó al arúspice. La princesa lo recibió con grandes muestras de afecto y de respeto y el la proclamó delante de todos mártir y santa.
   Pronto comenzó a circular por Híspalis el rumor de que Hermenegildo había sido víctima del furor arriano de los reyes y por ello desterrado de la corte y apartado del trono. Leandro, tras abonar la tierra, aventó con habilidad la semilla de la murmuración. Cada esquina de cada calle y de cada plaza, de cada pueblo y de cada ciudad de la Bética, se impregnó con los ecos del odio de Goswintha por su nieta católica a la que había tratado de asesinar al negarse a renunciar a la fe verdadera, con la saña feroz propia de una mujer diabólica y hereje como era la reina de Toletum. El nubarrón de venganza que acompañó a la simiente, depositó su odio a ras de suelo, hasta que venideros y oscuros vendavales le insuflaron nueva vida. El obispo Leandro enardecía los ánimos en la iglesia alabando el fervor y el coraje de la virreina y el amor infinito de su esposo, que había preferido el destierro y la pérdida de sus legítimas aspiraciones, antes que obligar a Ingundis a renunciar a la religión verdadera, aunque no fuera la suya. Un atisbo de futura  santidad.
   No todo era mentira, pero tampoco era toda la verdad. Hermenegildo no había sido desterrado ni había perdido el favor del rey; era virrey en Híspalis, y a su hora sería el heredero con toda seguridad. Por ello debería continuar siendo arriano como su rey y proseguir su labor reformadora para lograr la nueva nación unida y próspera y justa con la que soñaba Leovigildo. Esa era su misión y no la de galantear con la rebelión a la que parecían querer encaminarle, nada más llegar, algunos católicos muy afines al obispo Leandro y curiosamente, muchos visigodos, tal vez enfrentados a Leovigildo por pensar en incluir a los católicos en la gobernación del reino, pero sobre todo por tratar de convertir en sucesoria la monarquía, haciéndola más fuerte, anulando con ello los privilegios de los clanes.
   Las visitas del obispo a la princesa se hicieron muy frecuentes. También participaba el príncipe de estos encuentros. Tras unos días llegó el obispo arriano, que había estado enfermo, parece. Solamente vino aquel día, sin embargo Leandro acudía a diario. Pronto nació el rumor de la posible conversión del virrey, que cada jornada transcurrida estaba más a gusto rodeado de católicos. Con ellos gobernaba, con ellos tomaba decisiones, con ellos salía de caza y con ellos bebía y se solazaba. Siempre había unos cuantos en palacio. Se fueron adoptando, con excesiva rapidez pienso yo, costumbres hispanorromanas; se creó una corte con más boato y más ceremonia, se fue imponiendo el gusto por las joyas y los ropajes suntuarios; para las ocasiones solemnes el virrey y su esposa lucían cetro y corona, lo mismo que los reyes en Toletum, y antes de comenzar aquel verano del 580 el príncipe hizo acuñar moneda con su efigie y la leyenda religiosa Regi a Deo Vita que era lo mismo que autoproclamarse rey en solitario.
   —Ahora solo falta que se convierta —le dije a Sigebert, que también se lo temía dados los rumores no infundados que recorrían el palacio.
   Estos rumores no parecían inquietar a los arrianos o sea a los visigodos. Los nobles godos que lo rodeaban, no se notaban preocupados ni molestos por las decisiones sediciosas del príncipe. A mi simplemente me sorprendían. No hubiera esperado una imprudencia semejante de un hombre inteligente como yo consideraba a Hermenegildo. ¿Qué había ocurrido para que hubiera cambiado tanto y se hubiera vuelto tan osado? ¿Era ambición? ¿Acaso creía verdadero el rumor de que Recaredo pudiera ser rey en solitario? ¿Estaba planeando una rebelión? ¿Le estaban manipulando los católicos con Ingundis y Leandro al frente? ¿Y por qué iban los católicos a rebelarse contra el rey, precisamente ahora que les había incluido en la gobernación del reino? No tenía respuesta, estaba desconcertada y cuando preguntaba a la princesa al respecto, esta sonreía muy enigmática, y me preguntaba a su vez.
   —¿No te estarás volviendo demasiado curiosa, querida Jana?
   Ambos parecían haber olvidado la causa verdadera del viaje a la Bética: la guerra entre la princesa y su abuela. Leovigildo tomó la decisión para recuperar la paz en la familia y permitió a su nuera mantener su religión sin ninguna presión. Y les hizo virreyes. No obstante, pronto llegó la respuesta de Toletum al desafío de Hermenegildo. El rey le reconvino gravemente y le dio la orden de rectificar de inmediato. Ante el silencio del príncipe, Leovigildo le revocó el mando militar y le retiró su asignación económica. Pero la vida continuó de igual manera. De alguna parte llegaba todo lo necesario. Alguien sostenía a Hermenegildo.

   Yo pensaba en aquellos días de sucesos incomprensibles para mí, si Hermenegildo no estaría poniendo en práctica aquello que le había escuchado decir en Toletum, pensando que esto facilitaría las reformas, que la conversión a la fe católica les haría más fuertes; pero el príncipe no podía actuar por su cuenta y razón a no ser que todo obedeciera a un plan previamente trazado y Hermenegildo contara con apoyos sólidos; porque si no era así ¿quién sostenía la corte si el rey había retirado el peculio al príncipe? Y ¿por qué Toletum no enviaba un ejército contra el nuevo rey?  Lo hablé con Brunilda y ella me aconsejó quitarme de la cabeza semejante locura.
   —Hermenegildo está sorbido por Ingundis que es tan ambiciosa como su abuela y ésta por Leandro que es un fanático. Todo esto acabará mal. Ya lo verás. No hay ningún complot; todo es pura ambición.
   —¿Y de que vivimos?
   —De la dote de Ingundis.
   —Pero si el virrey se convierte, los católicos de toda la nación, liderados por su poderosa iglesia, le seguirán en masa y tal vez el rey se vea forzado a la conversión para evitar la guerra dado que todos nuestros vecinos son católicos, además. De este modo, las reformas serán factibles sin oposición porque la iglesia le apoyaría. Como a Clodoveo, el salio. Recuerda lo que decía mi abuelo al respecto.
   —No busques explicaciones imposibles, Jana. Al virrey le han sorbido el seso la virreina y el obispo. No le des más vueltas. Si no rectifica, el rey invadirá la Bética tarde o temprano, cuando Recaredo regrese del frente, posiblemente. Además recuerda por qué estamos aquí.
   Una mañana Hermenegildo e Ingundis nos reunieron a los más allegados para darnos una noticia. Yo me temí lo peor. Hermenegildo se colocó en el centro de todos y dijo en voz alta y emocionada:
   —La reina y yo vamos a ser padres.
   Todos nos alborozamos y con la buena nueva, los rumores de conversión se olvidaron de momento. Yo también creía estar encinta. Era más que probable, estaba casi segura. Si así fuera los dos príncipes iban a ser padres casi al mismo tiempo. La dinastía que Leovigildo quería instaurar tendría continuación antes de tener principio. ¡Cuánto echaba de menos a Recaredo. Como me hubiera gustado darle la noticia en cuanto estuviera segura por completo! Pero esto no iba a ser posible por ahora. Me encontraba triste a pesar del contento de mi buena espera, mi futuro sin el príncipe era algo que no quería ni imaginar. Nuestro futuro sin él. Qué mala fortuna para nuestro hijo si no pudiera conocer a su padre el príncipe, tan inteligente, tan noble, tan cariñoso, tan valiente. ¡Qué buen padre iba a ser! Merecía tener la oportunidad de conocer a su hijo. Le pedí a la vida, como favor, que me lo devolviera, le rogué a mi madre que lo cuidara como si fuera su propio hijo, le supliqué a Dios que tuviera piedad de nosotros, de todos nosotros, incluidos los virreyes que también iban a ser padres. Le pedí a Iesu, aunque no fuera Dios para mí, que iluminara el camino de Hermenegildo y de Ingundis. Que si realmente era ambición lo que les guiaba, ésta no anulara la lealtad y la obediencia que le debían al rey. Que la religión no se convirtiera en la excusa para una guerra absurda y dolorosa con futuro incierto para los virreyes y para todos.
   Porque no estaba nada segura de que el hijo de Recaredo y yo tuviéramos cabida en los nuevos y evidentes planes que Hermenegildo e Ingundis estaban haciendo animados por Leandro y por los nobles godos y contando con el apoyo económico  de no se sabía bien quién.


Leandro, obispo católico de Hispalis







La viajera del agua



Un nuevo destierro, primera parte






Un nuevo destierro



 
Boda de  Hermenegildo e Ingundis



17

H
ermenegildo e Ingundis se desposaron el día primero del nuevo año 578. La primavera había llegado madrugadora y exuberante queriendo unirse a la felicidad de la corte[1]. Parecía un buen augurio. Los fastos se prolongaron durante días. Yo asistí a la ceremonia de las arras y también estuve presente, a la mañana siguiente como dama de la princesa, en el morgengabe  o entrega del regalo equivalente al precio de la virginidad, que en este caso fue muy generoso teniendo en cuenta el rango de los contrayentes. Los reyes se notaban felices, sobre manera la reina, que me ignoró  cuando nos cruzamos. El rey, sin embargo, me guiñó un ojo cómplice y bondadoso. Recaredo buscaba mi rostro durante las ceremonias y me sonreía. Mi aya nos miraba y meneaba la cabeza. El africano también me sonrió. Yo le correspondí entre asombrada y cortés. Aun no tenía claro del todo su juego. Siempre me desconcertó.
   Dado mi reciente luto no quise acudir a los banquetes ni a las fiestas, ni a ninguno de los divertimentos que se organizaron. Recaredo había venido a verme nada más llegar y me había dicho que tras la boda hablaríamos de lo nuestro. Hermenegildo le había referido todo lo acontecido durante los meses que estuvo ausente. Parecían haber transcurrido años, dada la intensidad de acontecimientos desagradables que habían desfilado por mi vida, pero por suerte todo parecía haber terminado, aunque la reina hizo circular la noticia de la boda venidera de Recaredo con su nieta menor.
   —No escuches esos rumores sin fundamento —me aconsejó el príncipe.
   Sigebert sufrió mucho cuando se enteró de la muerte de mi madre. Le vi arrodillado delante de su tumba apoyado el rostro sobre la cruceta de la espada llorando con amargura. Respeté desde lejos su dolor. Me dio mucha ternura ver a aquel hombre tan endurecido por las guerras y los años de servicio, llorar de tristeza por lo que había sido: un hombre enamorado de mi madre desde que la conoció. Detrás de él había un joven soldado que era su misma imagen. Igual de alto, igual de rubio, pero mucho más joven.
   —Es mi hijo Jana. Se llama Sigebert como yo. Nació de mi matrimonio, yo había enviudado cuando conocí a tu madre. Sigebert tenía apenas dos  años. Se crió en casa de mi hermana en la Septimania, la vida de un soldado no era buena para un niño. El ha elegido esta vida también y aquí está. Me gustaría que os llevarais bien.
   —Siendo hijo tuyo le querré como a un hermano.
   El muchacho sonrió. Tenía el rostro agradable de su padre. Sigebert me informó de que su hijo iba a estar al servicio de Hermenegildo.
   —Os veréis a menudo.
   —Eso me dará seguridad  —les dije a ambos.
   Recaredo también visitó conmigo la tumba de mi madre y luego me abrazó largamente. Recordamos a la suya, Teodosia, que perdió siendo muy niño y me confesó que se había sentido solo y abandonado cuando ella murió, que se había escondido para poder llorarla, porque su mentor le había reprendido cuando vio sus ojos anegados, hasta que su padre, que aun no era rey en solitario, le abrazó y le dijo que llorar era de hombres sabios, porque los necios no lloran nunca, al igual que las bestias.
   —Nunca más te sentirás sola Jana. Yo estaré siempre contigo. Hallaremos el modo de vivir nuestro amor en paz. Mi padre nos bendice.
   Sé que Goswintha fustigó al africano para que acelerara mi boda, pero él no podía desobedecer al rey. Así fue que entre los dos decidieron alejar al pretendiente de la corte por un tiempo. Leovigildo le concedió un generoso estipendio y un grupo numeroso de hombres y le envió a la frontera con los vascones, a mantener el orden hasta que el regresara y los sometiera por completo. Nunca le volví a ver; ni siquiera se despidió antes de partir, aunque bien pensado ¿para qué? No había nada que decir, ni ningún reproche que hacer, porque no éramos dueños de nuestros destinos. Ni él me eligió, ni yo a él. Tampoco volví a ver a su padre al que apreciaba y doy por seguro que él también a mí. La reina se contrarió una vez más. Leovigildo se le iba de las manos hasta la exasperación. Con las contrariedades le volvieron los dolores de cabeza, que por lo visto sufría a menudo y durante unos días desapareció de la vida pública para alivio de todos.
   El príncipe y yo ideamos por aquellos días felices, un código para comunicarnos en secreto; era como un juego entre nosotros y además era seguro, puesto que si alguien interceptaba las misivas nada entendería de lo que en ellas nos decíamos; eran dibujos que podían significar cualquier cosa. Ni se sabía a quién iban dirigidas  ni de quién procedían.
   Era sencillo: Un corazón significaba querida Jana o querido Recaredo. Si era más grande de lo habitual, queridísima Jana o queridísimo Recaredo. Quiero verte, era un ojo; cuanto más grande, mayor era la urgencia de vernos. Una rosa era te quiero. Una flecha era Recaredo, dos flechas Hermenegildo, dos flechas atravesadas por otra, Ingundis y un racimo de uvas Jana o la Septimania. Un árbol era nuestra cita en el bosque; una línea quebrada, en el rio. El sol era la mañana; el sol tras el monte era la tarde. La luna era la noche. Un caballo significaba, salgo de viaje. Un rayo era peligro. La reina era una serpiente y el rey un pergamino, el reino una corona…y así, varios símbolos más, necesarios para una misiva donde se dijeran cosas. Lo ideamos una tarde junto al río haciendo los dibujos en la arena y guardándolos después en la memoria; luego lo fuimos perfeccionando a medida que el tiempo transcurría y las misivas se hacían más extensas y precisas. A medida que íbamos necesitando decirnos más cosas. De este modo la comunicación entre nosotros era fluida aunque estuviéramos ambos en la corte, ya que a veces no teníamos tiempo para vernos, sobre todo el príncipe.
   Sigebert traía la pizarra y me la daba personalmente o se la daba a Brunilda o la traía su hijo.



Queridísima Jana, me muero por verte. Por la tarde en el río. Te quiero Recaredo.

   A veces el príncipe hacía el dibujo de una rosa en una pared por donde sabía que yo tendría que pasar más tarde o me encontraba una rosa en mi casa sobre la mesa o en mi lugar de bordado sobre el bastidor, dibujada en la tela. Ya estaba acostumbrada a encontrarme rosas por todas partes. Le pedí que no exagerara. La reina o sus espías, podían ver los dibujos y hacerse preguntas y darse cuenta que utilizábamos una clave. No obstante, a nosotros nos divertían estas cosas. Nos parecía que el amor manifestado de ese modo era solamente cosa nuestra.
   También aprendí con el príncipe a jugar al ajedrez, aunque no llegué a ser buena jugadora. A Recaredo le apasionaba. Me decía que el tablero era como el campo de batalla. Era necesario desarrollar estrategias y sobre todo anticiparse al enemigo.
   —El juego te proporciona agilidad mental, desarrolla tu capacidad de concentración y te permite anticipar el pensamiento de tu enemigo. Quien sabe jugar bien es capaz de ganar cualquiera guerra.
   Luego disponía las piezas y volvía a explicarme quién era quién sobre el tablero y el modo de moverse durante el juego, con su lenguaje sencillo para que yo lo entendiera. Recaredo era un hombre muy inteligente y hacía las cosa fáciles para los demás.
   —El rey tiene un valor infinito, no debe perderse nunca, sin él se acabó el juego; no obstante, la reina es la pieza más poderosa y la más versátil, puede moverse a su antojo en todas direcciones; después los alfiles con sus mitras ¿los ves? Son como los obispos, desplazándose de través, nunca lo hacen de frente; los caballos, el ejército, las piezas más complicadas; siempre debe haber alguno al lado del rey  y por último las torres, las fortalezas. Por delante, en vanguardia, los peones, los soldados. Como en la vida.
   —Si comienzan las blancas es más fácil que ganen ¿o no?
   —No necesariamente. Depende del jugador y de su estrategia. Debe ser audaz y rápido. No debe dar tiempo al contrario. Yo estoy en desacuerdo con los jugadores que piensan demasiado, su estrategia es lenta y el enemigo se puede anticipar. Vamos a jugar y aprenderás sobre la marcha. Llegarás a ser una gran estratega y me ayudarás a tomar decisiones en el futuro. 
Durante unas semanas fuimos dichosos todos. Ingundis y Hermenegildo se habían enamorado rápidamente y había surgido entre ellos una complicidad extrema que nos había sorprendido. Se pasaban los días a solas sin ver el momento de separarse y cuando el príncipe tuvo que regresar de nuevo a sus obligaciones palatinas, la princesa le extrañó tanto que casi enferma de melancolía. No podían estar apartados durante mucho tiempo uno del otro, sentían ambos una necesidad imperiosa de verse, aunque fuera de lejos. Por eso, cuando el príncipe despachaba con el rey y sus asesores los asuntos de la nueva política, Ingundis paseaba por el huerto bajo los ventanales, hasta que Hermenegildo se asomaba. Leovigildo se preguntaba que habría en el exterior para distraer al príncipe de ese modo; cuando observó la cara de embelesamiento de su hijo, comprendió. No obstante se levantó y se acercó a otro ventanal para ver si era cierto lo que imaginaba. Al descubrir a la princesa mirando hacia arriba con el mismo arrobo que el príncipe, dio por concluida la reunión para que sus hijos pudieran abrazarse o lo que gustaran.
   —El amor es buena cosa —comentó el rey a sus colaboradores.
   Recaredo y yo estábamos exactamente igual. Mi aya había vuelto a reprenderme, pero ya lo había dejado por imposible. Además en casa de los príncipes nos sentíamos seguras. Pero, una vez más, la paz duró poco a nuestro alrededor.




18

 Muerte de la reina Galswintha de Neustria


   La reina de Neustria, de soltera princesa Galswintha, la hija predilecta de Goswintha, había sido estrangulada por la concubina de su esposo el rey Chilpéric I. Al menos eso fue lo que se dijo de modo oficial, aunque corrieron rumores de que la habían matado entre los dos, incluso el rey, con sus propias manos. La noticia llegó una noche sobresaltando a todo el palacio. Las campanas comenzaron a tañer a muerto mientras la guardia formaba a toda prisa. Se escuchaban carreras y blasfemias, golpes y ruido de armas. Brunilda me despertó y me dio la noticia. Yo estaba aun medio dormida cuando pregunté:
   —¿Es la madre de la princesa?
   —No, es su tía, es la reina de Neustria.
   Goswintha, siempre excesiva, aullaba de dolor como una loba herida. Ni que decir tiene que el luto fue esta vez total. Ni una sonrisa se podía esbozar, ni siquiera una mueca que alterara la expresión de dolor que la reina quería ver en cada rostro. Hubo exequias solemnes y Goswintha recitó, para mi sorpresa y la de muchos otros, unos dolientes versos  que escribió en homenaje a su hija asesinada y que expresaban una sensibilidad que yo no le suponía, y que era difícil de imaginar en su carácter abrupto y dominante:
“Si nuestra luz ya se extinguió, si murió nuestra hija
¿Por qué para derramar lágrimas, me retienes aún vida enemiga?
Erraste en demasía muerte implacable,
Cuando debieras haberte llevado a la madre,
Fue a la hija a quien arrebataste.”
   El luto oficial se prolongó durante semanas. En ese tiempo nuestro rey, exigió a Chilpéric I la devolución de la dote en monedas, veinte mil sueldos, de Galswintha, más las ciudades que aportó la reina asesinada al territorio del reino. Estas plazas debían ser entregadas al vecino reino de Austrasia donde era reina consorte la hermana de Galswintha,  madre de Ingundis, quien se convirtió a petición de Goswintha, en  vengadora del crimen. Chilpéric, que ya se había desposado con la asesina, aceptó, pero semanas más tarde faltando a su palabra, invadió las ciudades entregadas, declarándose la guerra entre los dos reinos. Ingundis lloraba de dolor pensando en su madre y sobre todo en su padre y sus hermanos varones en el campo de batalla y en sus primos, hijos de la reina asesinada, a merced ahora de su madrastra asesina. Ella casi no había conocido a su tía, pero podía imaginar el dolor de su querida madre, acrecentado por la preocupación por la guerra y por sus sobrinos inocentes. El príncipe, que la adoraba, no sabía cómo mitigar su pena y nosotras tratábamos de consolarla, pero la princesa era de carácter melancólico y la tristeza añadida a la inquietud por lo que estaba ocurriendo a su añorada familia, hizo que enfermara durante varias semanas. Lo mismo ocurría con la reina a la que no vimos durante el tiempo que Ingundis estuvo enferma. Ambas se repusieron casi a la vez; fue la reina la que vino a visitar a la princesa. Llegó con buena cara y parece que con el ánimo renovado; le dijo a su nieta que estaba muy pálida y delgada y que debería reponerse, porque tenían que hablar de cosas muy serias.
   —No me asustéis señora. ¿Ocurre algo malo, aparte de lo ya sabido?
   —No, no se trata de eso. Tenemos que hablar de tu conversión. Antes debes reponerte, pero hazlo rápido. Una reina no debe ser melindrosa.
   Tras el asesinato de su hija, a manos de un católico o por lo menos con su consentimiento, la reina que no los soportaba y menos desde la revisión del Código, comenzó a odiarles a muerte. Goswintha era muy radical, ya lo decía el africano: “puede llevarte al cielo para luego bajarte al infierno,” por ello determinó todo su empeño y sus energías que eran infinitas, en  atraer a su nieta al arrianismo.
   Al principio, trató solamente de atraerla con buenas razones y consejos, mostrándole la conveniencia de la conversión a la fe de su esposo; luego se lo recomendó muy en firme dadas las circunstancias, “porque no se puede profesar la misma fe que practica el asesino de nuestras familias, nuestro enemigo,” y más tarde, ante la poca fortuna de sus exhortos, ordenó sin ambages a la princesa, bautizarse de una vez.
   —Mi madre y mi padre continúan siendo católicos, porque lo sucedido no tiene nada que ver con la religión.
   —La reina de una nación arriana debe ser arriana como su marido el rey.
   —Yo soy católica, ya lo era cuando se pactó mi boda. Eso no fue ningún obstáculo.
   —No lo fue porque se dio por sentado que una vez aquí te convertirías al arrianismo. Al igual que tu madre se convirtió al catolicismo una vez casada con tu padre y tu tía Galswintha, mi desdichada hija, lo mismo.
   —Mi madre se convirtió porque así lo quiso. Mi padre nunca la obligó. Además vos no sois quien para darme órdenes. Yo obedezco a mi esposo y al rey.
   Brunilda empalideció cuando se lo conté, pero yo estaba encantada. La princesa merovingia desafiaba a la reina.
   —¿Qué te había dicho yo, Brunilda?
   —Esta postura sólo traerá problemas, y muchos.
   —Tú temes demasiado a la reina.
   —No la temo, soy realista. Con el tiempo te convencerás.
   Las disputas entre abuela y nieta fueron en principio esporádicas, luego diarias y por fin continuas; en la mesa, mientras bordábamos, cuando paseábamos y últimamente incluso estando presente Hermenegildo, que se posicionaba del lado de su esposa, para grave contrariedad de la reina.
   Esto propició que Goswintha, hiciera ver al rey la posibilidad de que Hermenegildo se convirtiera al catolicismo influido por Ingundis. El rey la ignoró una vez más, ocupado como andaba en una nueva campaña bélica, sofocando una sublevación campesina en la Oróspeda.
   La reina prohibió a su nieta acudir a los oficios divinos en su iglesia y como Ingundis hizo caso omiso, mandó interceptarla cuando se dirigía a orar. Esto causó un grave conflicto con Hermenegildo, incluso con Recaredo, que se alió con su hermano y se enfrentó con él a la reina.
   —Estáis los dos embobados con vuestras vaginas galas. No sé que tienen de especial para que las consideréis el centro del universo. Poco hombres me parecéis si consentís que vuestras hembras hagan lo que les plazca y no obedezcan a su reina ni a su rey. Indignos hijos de vuestro padre.
   —Señora no mezcléis a nuestro venerado padre en estas disputas domesticas fruto de vuestra obstinación y terquedad. Nuestro padre, el rey,  está conforme con que mi esposa y sus damas profesen cada cual la religión que les dieron desde la cuna. Dejadlo ya.
   —Sois tan mujeres como ellas.

19


Leovigildo antes de partir para la Oróspeda ordenó a la reina dejar de entrometerse en la vida de su hijo y de su esposa. Pero la reina era tan obstinada como decía mi abuelo que lo eran las mulas normandas. Por ello, tampoco dejó de inmiscuirse en mi relación con el príncipe Recaredo. Me consta que le habló de mi desdichada concepción, que el príncipe ya conocía y que le amenazó con desvelar graves secretos sobre mi padre para dejar en entredicho nuestra relación; pero yo tenía razón: el príncipe no la temía en absoluto.
   —Eberhart, el africano, obedece vuestras órdenes, no actúa por su cuenta; de hacerlo así ya no estaría entre los vivos. Cualquier acto indigno que queráis achacarle, se volverá contra vos. Pensadlo bien. Y además meteros esto en la cabeza: Yo me casaré con quien yo quiera. Os guste o no.
   —Eso se verá en su momento.
   —En su momento se verá.
   —Una estirpe de asesinos y rameras sólo engendrará asesinos y rameras.
   —¿Os referís tal vez a los baltos, señora?
   —¡Que poco me conoces! —dijo la reina fuera de sí—. ¡Que poco me conoces insolente y que poco valoras mi posición! Y esa tu puta septimana no sabe con quién se las juega.
   —No insultéis ni amenacéis a mi prometida, señora. Será lo mejor para todos.
   No tuvimos ni un solo día de paz a cuenta de la conversión de la princesa. Goswintha descargó todas sus iras sobre ella. Hermenegildo, que desarrollaba con el noble hispano las disposiciones recogidas en el Codex Revisus, tomó la decisión de alejarnos un tiempo de la corte para ver si así se calmaban los ánimos y la reina se olvidaba de la religión de una vez. Nos fuimos lejos de palacio a un lugar precioso al lado de un río en una casa rodeada de huertos de naranjos donde el aroma del azahar te mareaba si aspirabas con avaricia. “Hay que ser prudente al respirar,” decía la princesa. Fueron semanas agradables, aunque tanto la princesa como yo echábamos mucho de menos a los príncipes.
   Llegaron buenas nuevas del frente; siempre llegaban, en realidad; el rey salía victorioso tarde o temprano, de cada batalla y esta vez había sofocado con prontitud la rebelión de los campesinos llamados bagaudas y con ello había afianzado la posición del reino frente a los bizantinos que ocupaban una franja costera cada vez más exigua. Cuando regresó a la corte lo hicimos también nosotras, pensando erradamente que con el rey en palacio la reina cesaría en su acoso a la princesa. Los primeros días todo fue bien, pero apenas transcurrida una semana, Goswintha retornó a hostigar a su nieta con más fiereza si cabe. Aquella decisiva mañana estábamos conversando las tres, Ingundis, su dama y yo, cuando apareció la reina hecha una furia.
   Chloevintha, la dama franca, sentía un miedo cerval por la reina, así que desapareció nada más aparecer Goswintha. Ingundis y yo nos sobresaltamos, pero permanecimos como si tal cosa, tomando nuestro hidromiel de media mañana.
   —¡Vaya!, las rameras de los príncipes juntas como corresponde a dos buenas cómplices. ¡Déjanos Jana, lárgate!
   —¡Quieta, no te muevas! Jana es mi amiga, señora.
   —¿Tu amiga? Cuantas confianzas. ¡Que te esfumes he dicho! y cierra al salir.
   Me levanté y salí haciendo una seña a Ingundis con la mano para que no insistiera. Iba a ser lo mejor. Pasé a una sala contigua. Desde allí podía escuchar. Estaba tan aturdida que ni siquiera vi a la guardia de la reina. La puerta había quedado entreabierta, por suerte.
    —Ven aquí —le dijo Goswintha a su nieta. Fue una orden que sonó como un portazo en medio de la noche silente.
   La princesa se levantó y se acercó a la reina que la recibió con un bofetón aun más fuerte que el que me había dado a mí en el salón del trono aquella tarde. Ingundis se tambaleó y a punto estuvo de perder el equilibrio. Yo traté de entrar, pero la guardia de la reina me lo impidió.  Goswintha, increpaba en gótico a su nieta, en un dialecto estepario y arcaico, que yo apenas pude entender. Parecía que la reina hubiera retrocedido hasta la época  de Gothia e incluso más atrás.
   Logré entender a duras penas, por en medio del vituperio, insultos cada vez más subidos de tono, acompañados de sonidos guturales, como de animal, mientras la reina empujaba a Ingundis aumentando la violencia, con cada acometida, hasta hacerla caer al suelo. Yo intenté de nuevo entrar para defenderla pero la guardia me sujetó con fuerza hasta hacerme daño. Goswintha comenzó a pegar una paliza feroz a la princesa a puñetazos y patadas primero y a golpes con una lanza, después. En principio, Ingundis trató de defenderse, pero la reina fue mucho más hábil y mucho más rápida. La princesa se vio sorprendida por la violencia del ataque y tardó en reaccionar unos segundos que resultaron decisivos. Pese a todo, conservó intacta su dignidad y no emitió ni un quejido.
  De pronto cesaron los golpes y la reina ordenó:
   —¡Levántate! Levántate puerca y di ahora mismo que te convertirás.
   —¡Jamás!—respondió Ingundis, firme, pero con un hilo de voz—¡Jamás! Lo he jurado.
   —Te mataré, perra franca. Y una vez muerta te echaré de cabeza a la pila bautismal. Serás arriana viva o muerta.
   Hasta mucho tiempo después no fui capaz de comprender el por qué de  la obsesión de la reina por la conversión de la  princesa, cuando a nadie más le importaba. Mas que el dolor y la indignación por la muerte de su hija a manos de un católico, parecía ser, tal vez, la cólera y el despecho por no poder convencer al rey, que ni la escuchaba siquiera, del error histórico que iba a ser, según ella, incorporar católicos al gobierno de Hispania. Posiblemente purgaba su temor y su cólera y su frustración con Ingundis. Estaba golpeando al rey y a los católicos en la persona de su nieta. Estaba convirtiendo en mártir a la princesa.
   Los golpes continuaron con tal saña que yo pensé que, en efecto, la mataría, así que me puse a dar gritos de auxilio. Los guardias me taparon la boca, pero ya alguien había escuchado mis lamentos y en el preciso momento en el que la reina les estaba ordenando que me dieran muerte, “asfixiad a esa puta, para que se calle de una vez,” apareció Sigebert con su hijo y un grupo numeroso de espatarios  que obligaron a los guardias a soltarme y los mantuvieron a raya; a la carrera entramos al dormitorio donde Goswintha pateaba con terrible saña a una Ingundis medio inconsciente y enteramente ensangrentada, con la lanza clavada en un costado, “como tu Iesu,” le decía, mientras pretendía arrastrarla por las trenzas hasta la pila de bautizar.
   Trabajo le costó a Sigebert lograr, sin hacerle daño, que Goswintha soltara a la princesa que se desplomó inane sobre el suelo, transformada en un caos de llagas y sangre con el vestido roto y las trenzas desgarradas a tirones. La reina tenía mechones del pelo de su nieta en las manos, mientras vociferaba a Sigebert que le haría matar por esto.
   Alguien había avisado a Hermenegildo que llegó a tiempo para tomar a su esposa en brazos y depositarla en la cama a la vez que yo me fui corriendo a buscar a mi aya, que sabía mucho de remedios, mientras llegaba el galeno que el príncipe ordenaba a gritos que trajeran. Varios días estuvo Ingundis entre la vida y la muerte, como consecuencia de las heridas en la cabeza, el lanzazo en el costado y los huesos rotos que tenía por todo el cuerpo. Su hermoso rostro aparecía hinchado y desfigurado, lleno de arañazos y completamente bañado en sangre licuada con las lágrimas que había derramado de dolor y de angustia y de impotencia. Era una masa sangrante y deforme. Una loba asesina se había ensañado con él. Una hembra descendiente de Fenrir[2] se había reencarnado y vivía en la corte hispana causando todo el mal del que era capaz. La princesa no podía comer ni hablar. Solamente emitía un débil quejido cuando la movíamos para curarle las heridas. En verdad pensamos que se moría.
   La guardia del príncipe vigilaba permanentemente, desde ese día, la alcoba de la princesa a la que solo podíamos acceder su marido el príncipe Hermenegildo, el príncipe Recaredo, el galeno, y su dama franca y yo, que nos turnábamos junto a ella noche y día. Cuando me tocaba velarla por la noche era relevada por Chloevintha al medio día, para poder comer y asearme y descansar un poco. En ese momento Recaredo venía a  mis aposentos y me ayudaba con el baño para luego acompañarme en la comida. Mi príncipe, me acariciaba con ternura y me besaba, pero ni un solo día trató de que hiciéramos el amor. Sabía que mi estado de ánimo no era el adecuado y que insinuarlo siquiera sería una falta de consideración de la que él no era capaz. Aquellos días no  se sabía nada de la reina y no me atrevía a preguntar. Nadie la mencionaba delante de los príncipes.




[1] El Año Nuevo se celebraba el día primero de marzo.
[2] Fenrir es el lobo gigante. Una de las bestias del panteón escandinavo.

La viajera del agua


Los planes del rey, segunda parte

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Leovigildo y Goswintha
                                                                   
                                                                                                                                                                       
 A criterio del otro rey, los hispanos eran gentes arrogantes y soberbias, “una elite venida a menos, resentida e intrigante”, que trataban a los godos sin respeto alguno y que en el fondo estaban orgullosos de no haberse mezclado con nosotros. Lo cual no era cierto; antes de la prohibición, las dos etnias se habían mezclado en todos los estamentos sociales, por lo menos en la Galia y en la Septimania y supongo que aquí también, porque tengo entendido que hubo en el pasado más de una reina hispanorromana. Goswintha, discrepaba de Leovigildo, sobre manera, en lo referente a su fidelidad, más que dudosa. Se daban casos, según ella, de magnates hispanos tan poderosos y con una extensión tal de territorio, que hacían y deshacían a su antojo dentro de sus límites, sin que ni las leyes del reino ni siquiera el rey fueran reconocidos, ni menos aun obedecidos, como el orden imperante en la nación. Eran reyezuelos, remedando el poder real en sus enclaves.
   —Igual que los visigodos —respondía el rey—. Solo que los hispanos no votan en el Consejo y por tanto no son culpables de las coacciones ni de  los crímenes que se cometen antes y durante y después de la elección de los reyes.
   —No estés tan seguro. Muchas veces son los instigadores. No pensarás que les da igual quien les gobierne. Actúan bajo cuerda que es peor. Son ladinos y miserables, gentuza a la que piensas entregar el poder. Las guerras te han enajenado el entendimiento y la sensatez.
   Estábamos ese día el africano y yo invitados a comer con los reyes. El, apenas se había inmutado cuando se enteró de la muerte de mi madre, solamente me preguntó si había sufrido.
   —No —le respondí.
   —Mejor.
   No sé si se refirió a la falta de sufrimiento o a la muerte en sí. Tal vez para él estaba mejor muerta. Pero yo me había quedado muy sola y muy triste, así que traté de excusarme por el luto para no asistir a la comida real, pero el africano me ordenó acudir: “Es una comida Jana, no es una fiesta. Además el rey quiere conocerte.”
   Me vestí de oscuro como para un funeral. Estaba pálida y ojerosa por la vigilia y la pena. Mi aya me dijo que pese a ello estaba muy favorecida.
   —La pena te sienta bien como a tu pobre madre, que a pesar de los sufrimientos, cada día estaba más guapa. Recuerda la mañana que murió, su rostro se había transfigurado y parecía una niña.
   Pienso que mi madre había muerto en realidad siendo una niña, aquella noche nefasta de mi concepción. El tiempo vivido de más fue una prolongación de su quebranto y de su amargura y de su soledad, mitigadas solamente por mi presencia en su vida, de eso estoy segura,  que se acrecentaron en la corte y terminaron por fin el día que nos dejó cuando tal vez sus fallidos hijos vinieron a su encuentro y ella retrocedió en el tiempo y se fue con ellos alegre, como la niña que había sido hasta aquel día desgraciado.
   Cuando llegamos al refectorio, el rey, al que apenas había visto antes, me observó durante un buen rato. No era muy alto, tenía el cabello y la barba rojizos y el rostro abotargado, pero bondadoso. No parecía tan fiero como le suponía, aunque era más viejo de lo que  yo pensaba, o por lo menos lo parecía, tal vez por la vida tan ajetreada de batallas que llevaba; sin embargo, conservaba el empaque y su figura emanaba autoridad. La  protocolaria reverencia te surgía ante él de modo natural. Nunca estaba en la corte, pero por lo visto, se enteraba de todo.
   —Eres muy guapa, Jana. Muy guapa. No me extraña que el príncipe Recaredo se haya fijado en ti.
   —Muchas gracias, alteza.
   La reina me miró de través. Yo tomé asiento donde el  rey me indicó, a su izquierda, entre él y mi padre. Estaba presente Hermenegildo, sentado a su derecha, y su mentor, recién llegados de Híspalis; el príncipe, me observaba y me sonreía cuando yo levantaba la vista del plato, hecho de un material irisado que no supe precisar. Las copas  eran de oro al igual que los cubiertos. No obstante el rey y el africano, comieron el asado con los dedos. Creo que el africano en este punto preciso secundaba al rey en todo lo que éste hiciera; cuando el rey cazaba, él cazaba, cuando el rey comía, él también comía, si el rey reposaba lo mismo haría su ayudante y si el rey se volviera loco de improviso y nos degollara con su puñal, el africano nos remataría. Eran dos grandes lobos con forma humana. ¿Y que era Goswintha? Era la Hembra de la manada. Los lobos podían matarse por ella en cualquier momento. No solo estos dos; todos los lobos, los de todas las manadas de lobos de la Hispania entera. Así veía yo la situación ahora mismo; sin embargo, reconozco que uno de ellos no se dejó devorar por la horda que ella azuzó contra él, aunque tampoco se vengó después. La Hembra de lobo tenía mucho poder. Demasiado poder; al final iba a tener razón mi aya. Goswintha era más que el rey: Goswintha, la reina de Toletum, era el reino entero.
   La conversación, en gótico, se inició con la boda de Hermenegildo y la llegada de la princesa, pero enseguida derivó a la revisión del Código. Leovigildo puso al corriente a su hijo de cómo iban las nuevas disposiciones y le hizo un esquema del reparto de las tareas de  gobierno y le incidió en la conveniencia de continuarlas, si a él le sobreviniera la muerte o cualquiera incapacidad. La reina levantó su copa. El rey la fulminó con la mirada. Yo observaba muda y cohibida, pero cada vez más interesada en la conversación.
   —Con el tiempo surgirá una nueva sociedad, mezcla de los dos pueblos. Eso es lo que veo en el futuro, una sociedad hispano visigoda, más próspera y más instruida, cohesionada y fuerte ante los enemigos. Los nuevos hispanos.
   —Tonterías de viejo cansado. ¿Sabes lo que lograrás? Que la nueva clase política se haga  paulatinamente con el poder y ¿luego qué? Abrirían la puerta al emperador de Byzantium. “Ya todo está en nuestras manos, restauremos el viejo imperio. Para ello os ofrecemos la cabeza del rey visigodo en bandeja de oro. Por fin la Hispania es católica y de nuevo imperial”. ¡Iluso!
   —No harán tal cosa. Los hispanos de ahora mismo  ya no desean vivir bajo el yugo de nadie. Desean como yo un reino totalmente independiente con identidad propia, donde todos los súbditos, provengan de la etnia que provengan, tengan una existencia digna. Ese es el único modo de avanzar. Su propuesta es generosa teniendo en cuenta que poseen la mayor parte de las tierras y son los que sostienen al reino con sus impuestos, dado que son seis veces más que nosotros. Saben leer y escribir, tienen galenos y curanderos, maestros, artesanos que recuperen y enseñen los diversos oficios que están ahora mismo cayendo en el olvido, escuelas y academias donde imparten retórica, filosofía y derecho y son buenos guerreros y súbditos fieles y entregados. Me lo han demostrado con creces. Ya es hora de que el rey los trate como se merecen. Como se merece cualquier hombre libre que satisface sus impuestos. Tengo buenos amigos entre esta aristocracia hispana preocupada por el reino _dijo el rey a su hijo_ ellos me ayudarán a llevar las reformas a buen término. Ellos serán buenos consejeros para ti y aliados fieles.
   —No me explico cómo eres capaz de fiarte de esas gentes; no se han rebelado porque están rodeados de reinos amigos del nuestro y emparentados con nosotros. Entre todos los aplastaríamos _volvió a decir la reina con testarudez.
   —No lo creas. Estamos rodeados de católicos. Hasta Miro, el suevo, se ha convertido. No sé a quién ayudarían llegado el caso. Además, ¿en quién quieres que me apoye para llevar a cabo las reformas, en las tribus visigodas que ya andan sublevándose? Solo saben matar y saquear, matar y saquear, incluso entre ellos mismos. Necesito puntales de otra calaña.
   —Te apoyarían si las reformas fueran inteligentes, si no actuaras en contra de los tuyos.
   —En el reino coexisten varias comunidades, no sólo estamos nosotros los visigodos. Debo ser el rey de todas y cada una de ellas, no puedo ser rey de solo unos cuantos. Por eso se hace imprescindible que todas tengan los mismos derechos y los mismos deberes, aunque respetando las tradiciones de todos, la lengua que cada etnia hablamos y la religión que cada uno de nosotros profesamos. Quiero que impere un orden económico y social justo, porque deseo que todos tengamos una existencia digna en esta nueva nación. Ese debe der el fin de cualquier gobernante.
   —Sofismas griegos. Lo que nos faltaba.
   El rey prosiguió como si no hubiera oído nada.
   —Quiero una monarquía sucesoria y un reino unido y en paz.  Así tiene que ser y así será.
   —Te has dejado embaucar por esa aristocracia católica fanática de las doctrinas griegas y te has dejado arrastrar por ellos al abismo de la entelequia. Llegarás a la perfección y ese será tu fin, pero tu fin real. El prestigio, la inmortalidad, se adquieren de otra manera, afirmando la aventura militar de nuestros mayores y respetando las tradiciones.
   —No se puede continuar como siempre. El mundo avanza y la sociedad debe avanzar también y el gobierno debe encauzar esos avances en beneficio de todos.
   —Sofismas, tonterías, vanidades. Estás moviéndote por un territorio del pensamiento, desconocido para ti por donde andas perdido, ciego mejor, y te dejas guiar por el primer retórico que te sale al paso, por el primer iluso charlatán. Esa no es nuestra filosofía, ni es proceder serio para un rey.
   —Tampoco hace falta que lo hayamos inventado nosotros. Hay que saber aprovechar las buenas ideas provengan de donde provengan.
   La reina continuó llevando el discurso a su terreno, obviando el parecer del rey.
   —Fíate de la verborrea católica, de sus quimeras igualitarias, fíate incluso de los judíos, que son todavía peores. Será tu mayor error.  Luego no digas que no te lo advertí.
   —No toleraré discriminaciones por razón de raza en este nuevo orden. Todos seremos iguales ante la ley. Acabaré con los impuestos especiales que pesan sobre algunas comunidades, como la judía.
     —Oh, qué bien. Voy de asombro en asombro. De ese modo el estado ingresará menos. Muy inteligente  por tu parte. Veremos cómo sostienes al ejército para lograr la unidad. 
   —No será así, porque el clero tanto arriano como católico, pagará  impuestos como todo mundo. La merma quedará compensada.
   —Maravilloso, pagaran las iglesias, gobernarán los católicos, la monarquía dejará de ser electiva, la nobleza visigoda perderá poder. Maravilloso. Sólo te falta nombrar un comes del tesoro judío.
   —¿Por qué no? Son muy listos para las finanzas. Mira, anotaré la idea. Y no gobernarán los católicos, gobernaremos visigodos y católicos, en principio. Porque hay más etnias.
   —Te lo advierto, piénsate muy bien lo que vas a hacer. Estas cavando el fin de tu reinado.
   —Cállate ya mujer, deja de proferir amenazas sin fundamento y de hablar de lo que no te importa. Yo soy el rey aquí. ¡A callar! —Leovigildo, acompañó la orden con un puñetazo en la mesa que derramó las copas e hizo saltar las ocas asadas dentro de los platos como si hubieran cobrado vida— ¡Cierra el pico de una vez, vieja urraca entrometida y ambiciosa!


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Recaredo

La reina guardó silencio a regañadientes y así el rey pudo detallarnos, con su entusiasmo contagioso, las reformas previstas y hacernos participes de sus planes para el futuro de los príncipes y del reino. Así me enteré de que el aristócrata hispano íntimo amigo del rey era el mismo que nos había  acogido en su casa en Caesaraugusta durante nuestro viaje, aquel que era muy amigo también del africano; Publio Braulio Crispo era su nombre y en su momento me había parecido un hombre amable, muy preocupado por nosotras, en especial por la salud de mi madre. Recuerdo su palacio caldeado por la gloria y recuerdo los dulces y las viadas exquisitas que nos servían. En la partida nos proporcionaron caballos de repuesto y un grupo de hombres armados a su servicio nos acompañó hasta las afueras de Toletum.   El rey y él, iban a encontrarse en Rexópolis, la nueva ciudad que se estaba construyendo: “porque es bueno colaborar con el paisaje para transformar el mundo, esto se lo he escuchado a algún emperador romano”, —decía el rey— como capital de la Celtiberia y a donde pensaba enviar a Recaredo como gobernador (esto lo afirmó mirándome), allí terminarían de diseñar la nueva Hispania. El africano iba a acompañar a Leovigildo y Hermenegildo propuso al rey que me nombrara dama de la princesa Ingundis antes de partir.
   —Jana es septimana y su familia materna procede de Aquitania. Habla gótico, latín y conoce el griego, es instruida y discreta. Lo sé porque así me lo ha confiado Recaredo —afirmó sonriendo ante mi cara de estupor.
   Leovigildo asintió. La reina me miró fijamente y luego hizo una seña casi imperceptible a su amigo el lusitano, que intervino en la conversación por vez primera en toda la comida.
   —Jana tiene concertada boda con Atanasio de Melque.
   —Me suena ¿quién es? —preguntó el rey.
   —Es el hijo del señor de Melque. Es gardingo de vuestra alteza.
   —Ah, perfecto. ¿Pero, no era novia de mi hijo?
   Se hizo un silencio espeso, más espeso y correoso que el puré irreconocible que acompañaba a la carne. Tras él, respondió Hermenegildo.
   —Mi hermano está enamorado de Jana. Nadie sabía que tuviera dispuesto marido.
   —Es posterior —aclaró el africano.
   —¿Cómo posterior? ¿Le has buscado marido mientras tenía relación con mi hijo?
   —No pensé que la cosa fuera seria alteza, creí que eran asuntos de jóvenes sin mayor importancia, una amistad  simplemente_ respondió sin perder el aplomo_ bien se que el príncipe se desposará con quien deba cuando llegue el momento. Una relación con otra mujer es una quimera.
   —Repito que mi hermano está enamorado y él piensa que Jana le corresponde_ insistió Hermenegildo.
   —¿Es cierto? —­me preguntó el rey— ¿Le correspondes?
   —Si, alteza —dije casi sin voz, sonrojándome.
   —Bien —dijo el rey—, cuando regrese Recaredo hablaré con él de esto y luego tomaremos una determinación. ¿Hay fecha para la boda con Melque?
   —Recaredo se casará con Clodosintha, la hermana menor de Ingundis_ cortó la reina.
   —¿Pero no odiabas a los católicos?
   —Clodosintha es mi nieta y obviamente yo no odio a mi familia. Recaredo se casará con ella como estaba previsto.
   —Eso se verá. No hay nada decidido y con una merovingia en la corte ya es suficiente, con eso los acuerdos quedan satisfechos. Además, estoy harto de los francos, harto. Nombraré a Jana dama de Ingundis como deseas. ¿Me has dicho que no hay fecha?
   —Solamente está hablado alteza. No hemos concretado nada aun.
   —Bien. Déjalo así por el momento, hasta que regrese mi hijo —El rey me miró y me tomó la mano—. Me gustas mucho septimana. Confío en que sirvas fielmente a mi nuera al igual que tu padre ha hecho conmigo y con el reino durante todos estos años. Necesito gente de bien en todas partes, gente noble e instruida que esté a la altura de esta nueva era que iniciamos con tanta esperanza.
   —Los príncipes terminarán traicionados por esta nueva casta que estás creando, si no te traicionan antes a ti.
   —Déjalo ya Goswintha.
   —Tu padre el rey se equivoca. Estos hispanos que se dejaron dominar con tanta docilidad, ocultan algo. Estoy convencida. Están esperando su oportunidad. Tu padre les está entregando el reino. Errores de viejo enajenado.
   —Vámonos Eberhart. Tenemos mucho que hacer. Mi hijo se ocupará del gobierno, tú ocúpate de tus asuntos —le dijo a Goswintha—.  Y deja en paz la dirección del reino. Ah y me gusta Jana para mi hijo, es guapa, discreta, bien educada, instruida y le ama. Será una buena esposa. No como otras.
   —La historia te pedirá cuentas por irresponsable.
   El rey se levantó y tras blasfemar, arrojó al suelo de un manotazo las fuentes con las viandas y la vajilla; luego, agarró a la reina por el cuello, llamándola germana ramera ambiciosa, hija de víbora y de escorpión, antes de abandonar el refectorio dando un portazo que hizo balancear las lámparas del techo, apagando la mayoría de los velones.
   —Has perdido completamente la cabeza. Terminarás con ella cortada por los católicos y los judíos y toda esa morralla que piensas ascender al poder_ sentenció la reina levantando mucho la voz.
   El rey volvió sobre sus pasos y parándose delante de ella, ordenó con voz de trueno.
   —¡Mírame!
   Goswintha levantó su rostro airado en actitud desafiante. Entonces el rey le escupió en plena cara y se fue sin más. La reina se puso lívida. Su hermosura se crispó en una mueca indefinible, el color había huido de sus mejillas y las manos se aferraban al borde de la mesa, como si esta fuera el reino de Hispania que se le escapaba. No podía permitir que una nueva clase política y una nueva familia  se instalaran en el poder casi a la vez. Una nueva familia y septimana además, una casta política de herejes y usureros, una monarquía hereditaria y un comes que no fuera balto. Impensable. Ella no iba a transigir en modo alguno. Se supo más tarde que la reina, pese a la advertencia, había dispuesto que el obispo Sunna se uniera al rey en la nueva ciudad.
   —No permita que el romano haga su santa voluntad. Manténgalo a raya y al rey también y procure enterarse de todo.
   Luego había llamado al arúspice y se lo había llevado a sus aposentos. Algo trama esta víbora, habría dicho el rey. Supe después que el obispo había sido arrojado de Rexópolis con cajas destempladas por Leovigildo, con la  amenaza de destierro si no era capaz de mantenerse al margen de algo que en nada le concernía. Lo que trató con el mago no trascendió para mí. Supuse que no sería nada bueno y en efecto, no me equivoqué.
   Parece ser que la reina y él habían adquirido cierta complicidad a raíz de haberle referido lo escuchado de mi conversación con Serena acerca de la muerte de Liuva I. Tal vez el mago creyera que conociendo un posible secreto de Goswintha, ésta comería de su mano. Parece mentira que un hombre de ciencia, según el príncipe, no se diera cuenta de lo peligroso que podía resultar saber más de la cuenta en esta corte llena de intrigas y de retorcidos secretos. Tal vez fuera cierto que no era adivino. Por ello sucedió lo que sucedió.

16

Una noche, días después de aquella comida con los reyes, me desperté de pronto, con sobresalto, como si hubiera sufrido una oscura pesadilla y vi al arúspice en medio de mi habitación mirándome fijamente; fue una visión tenebrosa e inquietante, por un momento dudé que fuera real. Obligué a mis ojos a abrirse por completo y tras conseguirlo di un alarido y salté de la cama, arrastrando conmigo, en mi vigoroso y aterrorizado impulso, parte de la ropa. El mago se encontraba ciertamente en mi alcoba, a los pies de mi cama, esperando algo.  Paralizada por el miedo, percibí unos bultos ondulantes, sibilinos, que se deslizaban hacia mí, reptando por debajo de las mantas. Eran dos serpientes como las que había visto tantas veces en el Fórum, bailando dentro de una cesta al son del pungi que tocaba el encantador. Volví a gritar retrocediendo hasta la pared, mientras el mago permanecía inmóvil como un farallón, esperando que las serpientes me  atacaran de una vez. Fueron sólo segundos. De pronto se abrió la puerta y entró el africano  que, blasfemando, se fue directo al arúspice y le atravesó con la espada. Era algo que él no esperaba y no opuso resistencia ni hizo ademán alguno de escapar. La muerte le llegó por sorpresa, casi como a mí. Porque mientras mi mirada se desvió sorprendida y aterrada  al inesperado final del mago, las serpientes me acorralaron con astucia y rapidez de luchador y cuando retorné a mirarlas las encontré erguidas frente a mí exhibiendo sus lenguas cimbreantes dispuestas para matar en cualquier momento.
   No sé lo que hubiera sucedido, porque no percibí en el africano intención alguna de acabar con ellas. Pero, atraídos por mis gritos llegaron unos cuantos espatarios de la guardia de Hermenegildo y fue uno  de ellos quien mató a los áspides o lo que fueran, de un par de tajos certeros. Salí corriendo hasta la habitación de mi aya. El africano vino detrás empuñando la espada ensangrentada goteando un sendero con la esencia del mago y tras él un soldado del príncipe que permaneció en el umbral.
   —¿Estás bien Jana?
   —¡No! ¿Cómo voy a estar bien cuando han querido matarme?
   —Todo terminó. Trata de calmarte. Ya no hay peligro alguno.
   —Un compañero y yo haremos guardia aquí el resto de la noche. Estad tranquilas —dijo el soldado.
   Eberhart, el africano le miró de reojo y se fue sin más. Seguro que se dirigió a los aposentos de la reina para explicarle que el asunto había salido bien solamente a medias.
   —Pero, ¿qué ha sucedido? —preguntó sorprendida mi querida Brunilda mientras me abrazaba.
   Se lo referí y después, aun temblando, recapitulé lo acontecido. El arúspice intenta matarme, poniendo serpientes en mi cama por orden de la reina. Luego, llega el africano y le mata para que no hable, con la excusa de defenderme al haberle sorprendido en mi habitación, pero dejando que los áspides me maten a mí. Dos estorbos quitados de en medio de una vez en una jugada maestra. No contaban Goswintha y el africano, con que algunos guardias del príncipe Hermenegildo, que teniendo asueto, regresaban de la ciudad, oyeran mis gritos. Esta vez el juego les salió mal, aunque por los pelos.
   —¿Comprendes ahora lo fácil que resulta liberarse de los estorbos, niña? —preguntó el aya mientras me abrazaba.
   —Ahora estoy prometida con otro.
   —¿Recuerdas lo que dijo el rey sobre la boda del príncipe?
   —Si, el rey está harto de los merovingios y no ve nuestra relación con malos ojos.
   —Pues eso. No le des más vueltas. Tu padre tiene que hacer lo que le ordene la reina. Aunque no es cierto eso de que llegaron los espatarios así por las buenas. Yo le vi tratando algo con el jefe antes de cenar. Creo que todo estaba dispuesto para que saliera mal. Sigo diciendo que tu padre te protege. Pero ándate con ojo. Aquí manda Goswintha, no lo olvides.
   Por la mañana, vinieron Atanasio y su padre. La noticia se había propagado lo mismo que el fuego del rayo en un campo de mies madura. Mientras hablábamos de lo acontecido, Hermenegildo envió a buscarme. Sus espatarios le habían referido el suceso de la noche y él se había preocupado. Escuchó mi relato y confirmó mis sospechas. Llegamos al acuerdo de referir los hechos como intentaban hacer ver que habían sucedido. El viejo hombre de ciencia, tal vez enajenado, tal vez celoso del amor del príncipe hacia mí, pensando que su influencia sobre él se le iba de las manos, intentó asesinarme metiendo serpientes en mi cama y mi padre alertado por mis gritos de socorro le mató y evitó la tragedia. Una noche desgraciada, sin duda.
   —He pensado que tú y tu aya os trasladéis a mi casa con la excusa de ponerte al corriente de tus obligaciones para con la princesa. Hoy mismo recoges tus cosas y os venís a vivir aquí. Ven siéntate, tomaremos un hidromiel y hablaremos de otros asuntos.
   Me preguntó por la Septimania, donde él había estado de niño, pero enseguida hablamos de Recaredo. Yo estaba a gusto en su presencia, me hacía sentir bien. Era tan guapo y agradable como su hermano. Hablamos de cómo nos conocimos el príncipe y yo. De cómo nos fuimos enamorando. Le conté mi conversación con la reina y tras ella, como el africano me dio la noticia de mi futura boda.
   —Tu padre se ha precipitado Jana. No niego que tu aya  tenga parte de razón, pero mi hermano está muy enamorado de ti y cuando llegue la hora de su boda, hará lo que le dicte su corazón. No adelantes los acontecimientos. No hay nada pactado para su matrimonio. Sé que el rey piensa acabar con esas alianzas familiares y además, le gustas. Por ello, creo que debes continuar tu relación con mi hermano. Recaredo es un joven tenaz. No creas que será fácil dominarle, —Hermenegildo se acercó a mí y me levantó el rostro— no temas a la reina, no permitiré que te haga daño nunca más. Te doy mi palabra. Muchas cosas van a cambiar en la política, la reina ya no tendrá tanto poder. Estate tranquila. Vivirás con la princesa y conmigo y mi hermano y tú podréis veros cuando queráis. Nada temas. Hallaremos el modo de romper tu compromiso sin que nadie sufra más de lo debido. A Melque se le compensará adecuadamente. Cuando regrese mi hermano todo volverá a ser como antes.
   Esa noche, por fin, pude volver a dormir. Uno de mis primeros pensamientos fue para Serena. Ahora ya nadie le daría más brebajes. La muerte del mago le había salvado asimismo la vida. De todos modos y por si acaso, me ocuparía de ello. Mi aya también se tranquilizó, que falta le hacía, contentas las dos tras tanto sufrimiento, por irnos a vivir con los príncipes al lado de una princesa merovingia, que se nos antojaba diferente. Era como si un trozo de nuestra añorada Septimania, viniera  a la corte, aunque la princesa procediera de Austrasia. El príncipe, que la había conocido años atrás, hablaba de ella con entusiasmo. Según él, era dulce e instruida y guapa y buena y generosa. La mujer que, estaba convencido, le iba a hacer feliz y con la que deseaba reinar cuando llegara el día y con la que pensaba formar una familia numerosa y feliz.
   —Seréis muy buenas amigas, ya verás.
   Cada vez tenía más deseos de conocer a la princesa a la que adornaban tantas gracias. Cuando lo hice, descubrí que también tenía mucho carácter y fuertes convicciones y demasiada ambición.
   Eso no resultó bueno para nadie.