Los crímenes de las cuatro estaciones

El marqués y el segundo crimen



Don Nuño García de las Asturias, el marqués,  servía desde joven,  en los Tercios españoles por ser  de origen asturiano por parte materna. Su padre fue un caballero hispatano bachiller, licenciado y doctor en leyes por la Universidad de Salamanca, que siempre residió en Madrid y su madre una española de Pravia, descendiente de los reyes astures. Nuño demostró desde la infancia una obstinada vocación militar. Era el terror de las niñeras y ayas a las que era experto en despistar para dedicarse a sitiar y a hacer la guerra a cualquier cosa animal, vegetal o mineral que se pusiera a tiro. Los perros de la casa con el rabo entre las patas, se negaban a  abandonar su caseta en cuanto el niño salía al jardín y los gatos propios y ajenos escapaban al exterminio subidos a los árboles más altos, incluso al tejado. Las plantas del jardín o las hortalizas del huerto perfectamente alineadas eran ejércitos enemigos a los que reducir con la escoba antes de que tomaran al asalto la fortaleza o antes de que consiguieran llegar a Valencia para embarcar, porque no siempre era soldado a veces era bandolero, mucho más divertido y excitante, como todo aquello que se posiciona al margen de la ley. Más de una vez lloró amargamente el hortelano al ver sus lechugas  reducidas a un montón de verdes despojos babeantes o los tomates convertidos en sangre pastosa a palo limpio o aquellos tubérculos exóticos y sustanciosos traídos del Nuevo Mundo esparcidos sobre la tierra, aun sin completar el desarrollo requerido, porque Nuño había arrancado de cuajo sus preciosas ramas verdes transformadas por su guerrera  imaginación en  cabelleras de monstruos emergidos desde grutas tan invisibles como inexistentes. Estaba claro que sería soldado de adulto. Podría haber sido también pirata o salteador de caminos, pero dada su cuidada educación, más propios fueran para él los ejércitos de  su serenísima majestad. Estaba predestinado, como si dijéramos, aunque fuera hijo único y tuviera doblones en abundancia. No fue soldado por necesidad, lo fue por vocación.
   Comenzó en el tercio de don Lope de Figueroa, quien tras varias campañas en el Mediterráneo con desigual fortuna, pero en las que Nuño demostró con creces su valía, le envió a Madrid con cartas que el mismo y don Juan de Austria le dieron para Felipe II. En ellas se recomendaba al rey que le otorgara el mando de una compañía. Nuño hizo el viaje desde Nápoles en la galera Sol y llegó a tiempo para ver aun con vida a su padre que falleció al poco del regreso del soldado, muy orgulloso porque el rey en persona había distinguido a su hijo con el grado de capitán.
   El capitán de un Tercio era alguien  designado por el propio monarca para mandar una compañía, teniendo potestad para decidir  el arma de la que va a ser formada. En la de don Nuño amante de la variedad, siempre hubo mezcla de armas: Picas, arcabuces y mosquetes. Por encima del capitán, en el Tercio, solo estaba el maestre de campo y el rey. Esto da idea de la relevancia del cargo.  A los capitanes se les concedía la extravagancia, permítanme la expresión,  de un paje de rodela; muchachos que se colocaban en el combate delante de ellos para protegerles con su rodela, saliendo siempre muy mal parados, como es de  suponer. A don Nuño esto le parecía indecoroso y jamás lo consintió en su compañía. Fue un militar admirado por sus camaradas y querido y respetado por sus soldados. Un caballero, en una palabra.
   Siempre fue don Nuño defensor a ultranza de pagar con puntualidad a la tropa. Era sabido por todos, rey incluido, que cuando la paga se retrasaba (hubo momentos que hasta treinta meses) el Tercio se amotinaba aunque jamás pusieran en duda su fidelidad a España y al rey. Era entonces cuando el saqueo descontrolado pasaba a ser el modo de  resarcirse, tanto de bagajes del enemigo como en pueblos y ciudades. Don Nuño recordaba lo que le habían referido del saqueo de Roma en 1527, que llegó a extremos inhumanos de barbarie y destrucción. Hasta los dedos y las orejas de los cadáveres fueron cortados para llevarse las joyas y familias enteras, niños inclusive, torturados para que entregaran  el dinero.
   El marqués no quería bajo ninguna circunstancia que esto se repitiera en Sicilia  contribuyendo a aumentar la negra fama que los enemigos vertían sobre los ejércitos de España. En alguna ocasión en la que la paga se retrasó demasiado don Nuño anticipó el dinero de su propia fortuna para evitar que sus hombres, rudos si, y poco honestos quizá, pero disciplinados y valientes como pocos se convirtieran por mor  de la incompetencia de los encargados de la  Hacienda hispana en vulgares malhechores.
   Tras la gloria de Lepanto, olvidando lo jurado en aquel momento de rabia contra su rey, regresó a Hispatania, mas muerto que vivo, y se quedó para siempre en la ciudad y en el palacio de su familia paterna, donde esperaba morir tranquilo. La lectura era casi su única distracción  aparte de las amenas conversaciones que mantenía con una armadura que montaba guardia en el comedor y a la que llamaba don Gonzalo en homenaje al Gran Capitán de los Tercios de España,  al que admiraba más que a nadie en este mundo de ahora tan poco creativo. Muchas noches en los largos inviernos ensayaban estrategias militares y criticaban las utilizadas en diferentes batallas por los capitanes españoles que no andaban finos últimamente.
   Cuando sucedió el crimen de la hija del herrero, don Nuño y don Gonzalo, mantuvieron  graves parloteos y se hicieron numerosas cábalas sobre quién podía ser el asesino. Don Nuño, conociendo a Guzmán, investigó por su cuenta si la joven tenía algún pretendiente desairado, o si era requerida por algún vecino que no fuera correspondido, incluyendo a los alguaciles, por supuesto. Para ello se servía de Virtudes, que conocía a todo el vecindario y estaba al tanto de los chismorreos y de la colección completa de noticias que tenían  que ver con los amores u otras cuestiones de cintura para abajo que ocurrían  en la villa, que pese a ser, en apariencia, pacata y religiosa era muy activa en esos menesteres. Era una ciudad próspera donde todo el mundo tenía buena pitanza y ya se sabe que una vez el estomago lleno y con la certeza de volverlo a satisfacer al día siguiente, el hedonista cerebro sugiere otros placeres y el cuerpo obedece de inmediato encantado de la vida.
   La detención y el rápido ajusticiamiento de los vagabundos, interrumpió sus pesquisas, pero no las detuvo.
   __Ahora ya está, no se moleste mas vuestra merced__decía la armadura.
   __No. No está, esos pobres no son los culpables y usted lo sabe, el asesino anda suelto. No podemos cejar.
   Por Virtudes se enteró de que la muchacha no tenía novio, pero si algún pretendiente. Que el médico la visitaba a menudo, aunque era porque la chica tenía desmayos y privaciones y a veces, a pesar de las sales y algún que otro cachete, no podían hacerla volver en si y tenían que recurrir al galeno.
   Don Nuño siguió la pista del doctor, que no le caía bien por doble motivo: por médico y porque era muy religioso. Pero se llevó una gran decepción ya que ese día había estado atendiendo a la mujer del boticario que tuvo un parto de cuarenta y ocho horas. El niño venía con el cordón doblemente enrollado en el cuello. Fue un nacimiento complicado y don Antero, casi al borde de la extenuación, consiguió salvarlos a los dos. Este acierto hizo que todos los vecinos le admiraran como casi hacedor de milagros.
   Todos, menos don Nuño.
   Otro sospechoso a tener en cuenta pudiera ser el albéitar del pueblo. Más que nada porque el herrero había sido, desde siempre, el consejero gratuito sobre enfermedades y  costumbres de los animales domésticos, entiéndase mulos, cerdos  y caballos, dado que las cabras se curan solas en el campo haciendo buen uso de su sabiduría empírica. Tal vez la cabra y el albéitar tengan algo en común, alguna cosa en el cerebro, pensaba don Nuño.
   Bien, pues al albéitar le costó y aun le cuesta, que los vecinos cambiaran la costumbre por la razón, que eran harto reacios, mas teniendo en cuenta que ésta les costaba dineros. Pero el pobre sanador de bestias era un buen hombre y don Nuño no le creyó capaz de una felonía así, máxime porque no tenía buen porte y calzaba siempre botas. Lo mejor para andar entre excrementos.
   Los posibles pretendientes también fueron investigados por don Nuño y don Gonzalo, pero ambos tenían buenas coartadas. Desde luego parecía un misterio, pero seguro que no era tal y el asesino continuaba impune mofándose de la gestión del alguacil.  Pero por poco tiempo, voto a Dios,  ellos lo descubrirían más temprano que tarde.
   Durante el proceso de los vagabundos y bastante antes ya del veredicto, comenzaron a colocar el cadalso en la plaza frente a la casa de don Nuño, lo que propició en el marqués un ataque de cólera de los suyos.
   __Que barbaridad, si no ha terminado el juicio.
   El capitán a pesar del fuerte dolor en la pierna por el cambio de estación, fue a quejarse al Alcalde Mayor
   __Han confesado, don Nuño__Dijo encogiéndose de hombros__Ante eso ¿Qué se puede hacer?
   __Pero como no van a confesar. ¿No conoce los métodos de Guzmán?.
   __Han firmado la confesión sin que nadie los coaccionara, le doy mi palabra. Si no está conforme hable con el Corregidor.
    Don Nuño abandonó el consistorio sorprendido y enojado por la desfachatez del Alcalde Mayor, juez del auto, y se dirigió sin demasiada fe al palacio del Corregidor.
   Este había salido, casualmente, de viaje.
   __Este hombre siempre anda de un sitio para otro. No se que otras misiones desempeñará para el rey, porque siendo solamente Corregidor en Saláceres no necesita moverse tanto. Misterios de la corte.
   No halló, pues, ante quien elevar su protesta, porque cuando el Corregidor regresó ya estaban los reos enterrados.


Continuará...

Los crimenes de las cuatro estaciones

El alguacil, última


Este individuo, le pidió al Corregidor poder incorporar como alguaciles menores a su nuevo compinche Benito y al hermano de éste, un retrasado llamado Tadeo, hermanos de un querido amigo del tercio muerto en Lepanto a los que protegía desde que empezó con el Santo Oficio y que le eran fieles como canes. El Corregidor le hizo notar que, en una ciudad tan, tan pequeña, no había presupuesto para otros dos alguaciles.
   __No se preocupe vuestra señoría. Vivirán de las multas.
   __Este es un pueblo de gente pacífica. No obstante lo consultaré con el Alcalde Mayor.
   Era un pueblo pacífico, en efecto, pero repentinamente dejó de serlo y las multas pasaron de inexistentes a cuantiosas. Todo estaba multado. En vez de disfrutar de la paz de la villa y del poco trabajo, la vida de Guzmán había entrado en una barahúnda de violencia y atropellos tal, que le resultaba imposible vivir si no era de ese modo: en lucha continua contra el mundo, pero desde una posición de superioridad que llevara aparejada la impunidad más descarada y absoluta. Esto último le devino como eterna secuela de su paso por el Santo Oficio. Por ello militarizó la vida de la gente sencilla de la villa. Esta tenía dos partes bien diferenciadas: la de los artesanos, pequeños comerciantes y labradores, de casas bajas y trazado irregular y la parte nueva con palacios y casas de varios pisos, calles rectas tiradas a línea y plazas espaciosas. En esta última no conocían a los alguaciles, aunque Guzmán fuera uno de los vecinos. En la primera los sufrían de continuo.
Había horas específicas para ir a por agua, a por leña, a lavar al arroyo o simplemente para ir al corral a hacer las necesidades. Por ello los alguaciles eran felices cuando había una epidemia de cagalera. Los salacereños gastaban mas dineros en satisfacer las multas por acudir al corral fuera de horario que en pagar al galeno o al boticario. Para estos casos especiales,  los alguaciles, habían conminado a unos cuantos haraganes, que los que pululan por todas partes, para que les hicieran de vigías, situados en árboles o lugares estratégicos a fin de tener controlado al personal, puesto que ellos no podían estar bebiendo y vigilando a la vez. En varias ocasiones las salacereñas habían sacudido el árbol hasta hacer caer al ojeador que se rompía la crisma en el aterrizaje o con mejor suerte, varios huesos menos comprometidos para la existencia o hacían ademán de talar el tronco con una sierra, lo que provocaba que el interfecto tratara de bajar arrojándose de cabeza antes de esperar a desplomarse con atalaya y todo.
   Los dineros recaudados por las infracciones se repartían así: el cincuenta por ciento de todo para Guzmán y el resto a pachas para los hermanos Benítez, que así se apellidaban las dos alhajas llegadas a la villa desde España como las fiebres tercianas.
   Por si esto fuera poco, comían  y bebían de balde donde se les antojaba. Se convirtieron, en muy poco tiempo, en  los nuevos señores de la villa. Robaban lo que les apetecía: cerdos, gallinas, fruta, ropa, armas, caballos. Como le echaran el ojo a alguna mujer ya podía andarse con tiento que ni aún así, se libraba de la persistencia en meterle mano o lo que se terciara de los tres vigilantes de la ley y el orden, que habían caído sobre Saláceres como una horda de buitres sobre una cabra moribunda.
   Los padres, maridos, novios o hermanos ya ni se molestaban en  defenderlas, ni en denunciar la agresión, ni menos aun en vengarlas. Esto último, que al principio era lo primero que se les pasaba por la sesera, había sido a estas alturas desechado por completo, ante el hecho consumado y por tanto irremediable. El mirar para otro lado se había convertido en una costumbre familiar, porque la venganza solamente aumentaba los problemas. Un alguacil agredido era un enemigo de por vida, puesto que los agresores eran fácilmente identificables, incluso para alguien tan mostrenco como Benito y Tadeo, por no decir Guzmán.
   Además los agravios eran asunto compartido y por ende llevadero. Hacía ya tiempo que el saludo habitual entre salacereños varones de clase media hacia abajo,  había mudado de un elevar el mentón con energía no exenta de alegría cada vez que se topaban a  un encogerse de hombros resignado.
   A las mujeres  les sentó como la peste esta abulia familiar. La agresión sin vindicta era una ofensa doble y un motivo de pena mayor aun, porque la indiferencia familiar  ante una vejación es mas cruel y duele mucho mas que esta, por incomprensible y por injusta.
   Por todo ello,  las mujeres de Saláceres se reunieron un buen día en el corral de la viuda del cuchillero, que era el mayor de la villa, para considerar la posibilidad de constituir,  llevándolo a cabo ante el total acuerdo, una asociación que denominaron Liga de Mujeres Agredidas con varios objetivos:
   Primero: aprender a defenderse tal y como lo había hecho Justina, la ahora asesinada hija del herrero. Ella y otras mozas bragadas y recias se encargarían de adiestrar  a las demás
   Segundo: vengar la ofensa por el modo que se pudiera: a pedradas, a estacazos, etc. Daba igual el tiempo que se tardara. A cada  agresor se le asignaría un grupo de mujeres y más pronto o más tarde terminaría por sufrir algún accidente  desafortunado.
   Tercero: prestar auxilio de compañía y consuelo a las víctimas, sobre todo a las más sensibles, para que el agravio no se convirtiera en una condena.
   Cuando ya estaba cerrada la sesión, la hija del panadero propuso otra moción que fue aprobada por unanimidad: Infligir castigo al novio o marido que tras la agresión  mirara  con  asco o desdén o ambos, a la agredida  sin otro motivo para ello que el  de haber sido deshonrada por las malas. Era lo que le había sucedido a ella y no volvió a levantar cabeza hasta que al novio le metieron un pepino por el trasero tal y como a Benito, que había sido el agresor. Con éste procedieron de la siguiente manera: Cinco mujeres les estaban esperando emboscadas cuando regresaban borrachos para dormir la mona.  María la lavandera, moza entrada en carnes como le gustaban a Tadeo le salió al paso y le distrajo, sacándole del camino. Las otras tres se echaron encima de Benito, tapándole la cabeza con un saco e inmovilizándolo, mientras la quinta le bajaba los calzones y le encajaba la hortaliza en el recto. Consumado el hecho y siendo apercibida por un silbido,  María  atizaba en plenos morros a un Tadeo babeante y excitado con la batea de lavar, saltándole varios dientes.
   Esto mismo podrían haber hecho los hombres con mayor facilidad, pero no tenían arrestos, ni iniciativa, ni vergüenza, ni compasión, ni nada. En puridad, eran unos cabestros.
   Las mujeres de la Liga, no contentas del todo con los resultados decidieron en asamblea tomar otra determinación. Aunque las agredidas eran preferentemente solteras, o viudas se acordó que en los días posteriores a cualquier nuevo asalto y mientras este no fuera vengado convenientemente las esposas en solidaridad no volvieran a yacer con los maridos. De este modo la vendetta era mas participativa. Hubo infinidad de problemas domésticos a cuenta de esto. Mujeres amenazadas, insultadas e incluso golpeadas por maridos encendidos, lo que llevó a mas de una a claudicar, pero en general la disposición fue bastante bien llevada a término.
   Con todas estas novedades las agresiones disminuyeron pero ni mucho menos se detuvieron. Los alguaciles hacían gala de una lujuria impenitente animada, siempre,  por el alcohol. Para cortar el problema no hubo otra que pasar a mayores. Las mujeres de la Liga contaron para ello con la ayuda de algunos hombres con vergüenza los que todavía quedaban en la villa, por suerte.
   Ya se lo referiré a vuestras mercedes a su debido tiempo.
   Al margen de la Liga y sobre todo tras el último acuerdo, el pueblo llano que los odiaba a muerte por tantos motivos, constituyó una comisión para  elevar una queja ante el Alcalde Mayor. Estuvieron tan cargantes que éste no tuvo otra que trasladarla  al Corregidor, quien ya había advertido en anteriores ocasiones que su egregia persona no estaba allí para solucionar zarandajas entre vecinos y vecinos o entre vecinos y alguaciles que venía a ser lo mismo. Además  el inquisidor había sido muy claro: que Guzmán se quede ahí para siempre.
A ver quién era el guapo que osaba llevar la contraria a la Santa Inquisición de España y Portugal.






Los crímenes de las cuatro estaciones


El alguacil, tercera





Transcurrido un tiempo, tampoco hizo falta demasiado, se había ganado totalmente la confianza de sus superiores.  Como era también carcelero, se unía con entusiasmo a las torturas de los reos. Había descubierto el placer que produce, en gentes como él, infligir dolor impunemente e incluso provocar la muerte del preso de modo atroz, si se te va la mano; sin pretenderlo, por supuesto.
 Había dos métodos de tortura que le gustaban sobremanera. Uno de ellos era la toca, muy en boga en aquel siglo. El tormento consistía en poner en la boca del preso un paño de lino con los que se hacían las tocas que cubrían la cabeza de las mujeres. Esta tela se introducía por la boca hasta la traquea y posteriormente se vertía  agua sobre ella. Al empaparse la tela provocaba una sensación de ahogo con arcadas y vómitos e incluso, si no se interrumpía a tiempo, la muerte por asfixia. Otro de los favoritos de Guzmán era el péndulo. Con el se abría toda buena sesión de tortura. Era como el aperitivo antes del banquete. Aun Galileo no había enunciado la ley del péndulo simple, cuando ya la Santa Inquisición había descubierto su utilidad.
   En este caso las manos del reo eran atadas a la espalda y éste era suspendido por ellas a bastante altura. El balanceo producía la luxación de los hombros, codos y muñecas. Además era habitual añadir peso a los pies del preso y fustigarlo durante el proceso con una vara. Era un martirio de lo más completo.
  Pero lo mejor continuaba siendo la impunidad de responsabilidades y de conciencia,  que de esta última sino exime por lo menos atenúa lo suficiente. En el caso de Guzmán  no era tanto impunidad de conciencia (porque careciendo  por completo de la segunda se hacía innecesaria la primera) como conciencia de impunidad. La sensación de estar por encima de la ley, era única. ¿Qué mas se podía pedir? La eximente de responsabilidades era una bicoca, un dulce para  golosos como él y otros muchos en el Santo Oficio.
   Por mor de una limpieza de sangre más que dudosa y de una hombría de bien inexistente,  Ibáñez  se había transformado en valedor de la causa divina pero eso si, puesta  al servicio de la monarquía terrena, porque aunque la Inquisición debía contar con la aprobación de Roma, era un instrumento de la monarquía a quien  mas que el celo por la defensa de la fe, le movía la obtención de riqueza mediante la confiscación de bienes, sobre todo si el reo los poseía en abundancia.
 Muchos fieles adinerados, verdaderos cristianos viejos, se veían como consecuencia de todo ello, delatados por enemigos, competidores, criados u otras personas incluso aun menos adecuadas para tal menester, siendo condenados por el tribunal como herejes relapsos,  quedando privados de sus propiedades, que es estos casos pasaban casi integras a las arcas reales.
   No obstante, los inquisidores que al principio habían alabado su buena disposición y se habían aprovechado de ella cuando se acumulaba el trabajo, terminaron por hartarse de sus atrocidades. Acordaron entre todos encontrar el modo de librarse de él sin que sospechara, porque sabía demasiado además de ser muy bueno levantando falsos testimonios y en aquella época no estaba el búcaro para rosas. Las rencillas y las zancadillas entre los miembros del Santo Oficio eran más frecuentes de lo que debieran. Además el puesto de familiar estaba cada vez más solicitado, incluso por caballeros, ya que la limpieza de sangre que el empleo acreditaba permitía alcanzar muchas prebendas  y ya quedamos en que eran tiempos difíciles para todo el mundo. Guzmán se había convertido en una molestia y  se necesitaban plazas libres con urgencia porque el rey había prohibido que se crearan nuevas dado que había mas familiares ya que inquisidores. Urgía pues una solución.
   Uno de sus jefes,  amigo personal del recién nombrado Corregidor de Saláceres, desde sus tiempos de estudiantes en Salamanca, recibió con la buena nueva del ascenso del camarada, la solución para el próximo destino del incómodo familiar  y de vuelta, barajada pero visible entre los parabienes y las albricias, remitió la solicitud, como favor muy especial, que el Santo Oficio recordará siempre (que era lo mismo que ocurriría si no les hacía el favor, pero para que decir las cosas de ese modo, existiendo este otro mas diplomático), de una carta de poder a favor de Guzmán, que era de madre hispatana, e  idóneo por tanto para Alguacil Mayor. Así lo llevaban fuera de España, algo conveniente para todos, en especial para ellos.
__Te hago un favor, porque es muy bueno atrapando malhechores. No te pesará__ mintió el inquisidor sin ningún remordimiento.
El Corregidor no tuvo otro remedio;  le otorgó la carta, un sueldo de 50 reales y una vivienda. Así se lo comunicó a su amigo con la gratitud a sus parabienes y favores.
     Lo lamentó toda su vida.
   Guzmán  se sorprendió con la noticia. Precisamente ahora que había tanto trabajo y que el había adquirido practica consiguiendo resultados cada vez mas satisfactorios, excepto las veces, tampoco tantas, en las que se  le moría el reo; No obstante, pensándolo mejor, no le pareció mal su nuevo empleo. Iba a dedicarse a detener malhechores igual que hogaño, pero con mas albedrío y con más variedad. Estaba un poco harto de herejes y brujas. Además, el decidiría a partir de ahora, quien era culpable y quien no, porque  tenía mucha experiencia en métodos para arrancar confesiones. Si acaso el juez fuera más minucioso,  las pruebas se improvisaban sobre la marcha, que él tenía también imaginación. 
   No había vuelto por Hispatania desde niño cuando al morir su padre, portugués afincado en Saláceres, la familia los expulsó de la casa a él, a su madre que nunca les había gustado porque no era de su condición social y a su hermano pequeño que murió al poco, mas de desnutrición que de enfermedad. Habían llegado, tras un desgraciado viaje hasta Salamanca y allí ayudados por las monjas que les acogieron y dieron trabajo a su madre habían logrado sobrevivir.
   Recordaba los limoneros, las calles empinadas y el clima, su dulce clima, mas benigno que el de Madrid, lo cual no dudaba sería bueno para su maltratada salud y su cada vez mas dolorida osamenta. Guardaba la esperanza de encontrar aun con vida a alguno de sus parientes, aunque los que quedaron en la casa eran ya entonces de edad avanzada, pero como alguno perviviera, iba a tener medida cabal en primera persona de cómo los traumas infantiles se mantienen vivos en la memoria de quienes los padecieron.
    Por suerte para ellos, habían pasado a mejor vida hacia tiempo.
   Recogió sus escasas pertenencias, pagó lo que debía, y se despidió de los pocos amigos y de su superior, partiendo para el exilio que le había impuesto la Santa Inquisición, como antes el ejercito, aunque esta vez no le dejaron tirado. Por lo menos le buscaron otro empleo. Claro que, en este caso,  había motivos para ello: el Santo Oficio le temía bastante y al Tercio de Sicilia, Guzmán Ibáñez, se la traía al pairo.
   Apareció en la villa una tarde cuando ya estaban a punto de cerrarse las puertas, acompañado de quien presentó como su esposa; una joven delicada, que dicen estaba de novicia en el convento donde lo atendieron cierto día que, ya de camino a Hispatania,  resultó malherido en un lance con cuadrilleros españoles de la Santa Hermandad. Estos iban persiguiendo un bandido y Guzmán quiso echarles una mano lo que fue malinterpretado por ellos, dando origen a una refriega en la que por poco, una raquítica pulgada, no perdió el ojo que le quedaba. Los mismos cuadrilleros, una vez aclarados los hechos, lo dejaron en el convento, porque era el único sitio de los alrededores donde podían atenderlo.
   Las monjas se afanaron en curarle la herida, pero el solamente tuvo ojo para Raquel, que era quien le llevaba la comida. No recordaba haber visto nunca una mujer tan guapa y tan distinguida. Ni siquiera la reina Ana de Austria a la que vio una vez pasar en su carruaje.

   Se habría enamorado de la novicia si hubiera sido capaz, pero ese, era un sentimiento inexistente para Guzmán. Se encaprichó de ella, y como según él una esposa vendría bien para su nuevo destino, investigó con la comunidad para averiguar algo sobre la joven que pudiera utilizar como chantaje. Preguntó a  las otras monjas sobre el origen y la vida anterior de la novicia. Las hermanas fueron muy discretas, pero como de todo hay en la viña del señor, una de las sores, la más vieja, le contó por orden directa de la superiora,  que eran conversos__ mala gente, nunca pierden del todo su maña, no son de fiar__ y le puso en bandeja la ruta a seguir, como si de una carta de navegación se tratara.
   Así pues Guzmán, ante la imposibilidad de enamorarla, se dispuso a coaccionarla sin ambages, con el mismo resultado para sus intereses e incluso mejor; que el miedo es más perdurable que el amor. Le hizo saber que habiendo llegado a su conocimiento el hecho de su origen judío, tenía dos posibilidades: abandonar de buen grado el convento e irse con el a Hispatania o propiciar que el Santo Oficio investigara a su familia, con grandes probabilidades  de que acabaran en la hoguera por herejes. No necesitaba aclarar que dicha investigación correría por su cuenta, que para eso estaba allí providencialmente.
   La aprendiz de monja, temerosa, pidió ayuda y consejo a la superiora. Pinchó en hueso la pobre conversa, porque la madre no le abrigaba en absoluto simpatía ni que decir afecto, desde que el duque de Toros Bravos, benefactor del convento, pusiera sus ojos lascivos en la joven retirándolos de su maternidad que había sido hasta ese momento el objeto de sus atenciones. Así que la novicia se encontró sola amén de dolorida  y confusa por el desdén de su abadesa a la que consideraba como su madre en aquellas circunstancias. Era una joven ingenua y no se había percatado del deseo que había despertado en el duque, ni de los trajines de este con la priora. En consecuencia,  no tuvo otra que plegarse a los caprichos de Guzmán para proteger a su gente ( eran ciertamente judíos conversos y ella había profesado para acreditar la nueva y buena fe de la familia).  Rogó a una compañera, su mejor amiga, hiciera llegar a sus hermanos la noticia, por el modo que buenamente pudiera, diciéndoles que se iba  vivir a Hispatania con el alguacil, porque no le quedaba otra opción. Que no le dijeran nada a los padres, ya ancianos, para evitarles ese dolor añadido e innecesario. Que en cuanto le fuera posible les haría llegar noticias. Partió llorando, al amanecer, sobre un caballo que la comunidad tuvo a bien regalar al novio con la condición de que se la llevara sin mas dilación hacia su nuevo e inopinado destino.
   No obstante, Raquel tuvo suerte el día en el que Guzmán puso su ojo en ella.          Vuestras mercedes pensarán que acabo de perder el juicio, pero voy a ponerles al corriente del futuro que le esperaba en el convento una vez que el duque se hubo encaprichado de su belleza y de su candor. 
   Por lo pronto, acceder a ser su amante a la par que la abadesa miraba hacia otro lado, con gran pesar eso sí, dado que se iba a quedar a dos velas, mientras el duque poseía a la nueva de mala manera.
   Como las desgracias siempre van unidas al igual que las cerezas,  pudiera acontecer con gran probabilidad que resultara preñada repetidas veces, teniendo tantos abortos provocados como pudiera soportar, para continuar siendo la juvenil y atractiva amante del ducal y lascivo viejo verde, hasta que se cansara de ella. Una vez sobrevenido este trance su inmunidad habría llegado a su fin también y la abadesa podría imponerle el castigo que considerara más adecuado por su pecado de belleza y juventud, por haberle levantado el amante, acción esta última muy fea, por cierto y para que mantuviera la boca cerrada. Los obradores de los conventos son versátiles y por ello hábiles para todo tipo de productos, no sólo yemas. Luego se la enterraría en el cementerio de la comunidad y se avisaría a los deudos de que había muerto de unas fiebres la pobre infeliz, que fue una santa, amada por la  comunidad y sobre todo por esta pobre priora.
   Este sería sin remedio, desde el momento en el que el noble la descubrió, su desgraciado transcurrir conventual.

   Por lo menos en Saláceres podría tener alguna oportunidad, no desconfíen vuestras mercedes.

Continuará....

Cuento de Navidad



¿Por que piensas que llegamos para robar? Porque eso es lo que hacemos nosotros.
                           
Esta  Navidad en lugar de una historia imaginaria quiero contaros una verdadera, o mejor muchas historias verdaderas.

¿Alguien recuerda a los refugiados sirios que llegan a la isla de Lesbos y luego emprenden otro largo viaje pretendiendo llegar a Alemania, donde creen, erradamente, que les espera el paraíso? Pregunto, porque últimamente han desaparecido de los telediarios y de todas partes. Después de los atentados de París, han dejado de mostrarnos las imágenes de niños muertos en las playas y de gentes desesperadas tratando como pueden de llegar a tierra europea auxiliados o rescatados por voluntarios, entre ellos españoles, con muy buena ánimo y mucha disposición pero insuficientes a todas luces, mientras la opulenta Europa, si todavía opulenta, mira para otro lado. Parece que ellos no fueran víctimas del mismo fanatismo que nosotros. ¿O no somos iguales?

También dejaron de llegar pateras a las costas españolas, ni nadie salta la valla de Melilla, ni se tira al agua en Ceuta. ¿Qué raro no? Ya nadie habla de acoger refugiados, parece como si todo se hubiera resuelto de repente. Es época de elecciones y la economía va bien, ¿va bien? ¿Recordáis Palestina? Allí nació Jesús, si éste que está de cumpleaños cada año desde hace 2015. ¿Por qué en vez de festejarle a él, no hacemos algo por los niños que por no tener no tienen ni esperanza?

Os propongo “ahorrar” un poquito de lo mucho que nos gastamos a lo tonto en estas fiestas y pensar en esta gente que carece de todo contra su voluntad. Porque no es que lo hayan malgastado viviendo por encima de sus posibilidades, como dice alguno de nuestros preclaros políticos que hacemos nosotros, si no que entre todos, porque todos somos responsables, les obligamos a dejar sus casas y su vida y a huir con su familia para tratar de salvaguardar lo más preciado que les queda: sus vidas y las de los suyos, que ya vemos que muchas desgraciadas veces resulta imposible.

Y hablando de España y de su bonanza económica ¿Recordáis el anuncio del bocadillo mágico? “Pan con pan y nos imaginamos lo de dentro,” o la abuela que no come porque “no tiene hambre.”

Hay muchas maneras de ayudar. No olvidándolos la primera y luego dando algo de lo mucho que tenemos a alguna organización sin ánimo de lucro, de las muchas que colaboran y echan una mano a tanta gente. Todos conocemos alguna. No obstante, yo dejo aquí unas direcciones útiles, pero hay muchas más, todas necesitadas de ayuda.

El Dios de ellos lo agradecerá y al nuestro seguro que no le importa que compremos menos cosas inútiles estos días.

Mi deseo de todo lo mejor para el próximo año.



Los crímenes de las cuatro estaciones

El alguacil, segunda


Guzmán llegó puntual y se dispuso a esperar fuera del ángulo de visión de cualquiera que abandonara la casa; se quitó la capa para que no estorbara y la dejó sobre la tapia del huerto del vecino convento de las monjas llamadas  Baronesas; ¡qué tiempos aquellos en los que la enrollaba airosamente al brazo a guisa de broquel!, ahora ya no estaba la cosa para alardes ni florituras. Se atusó el coleto de cuero marrón con la diestra mientras con la zurda palpaba la vizcaína y le daba una palmadita como a un camarada. Tras el incidente del ojo había pensado en abandonarla un tiempo,  como se abandona una novia mientras se va a hacer fortuna. Estimaba que perdido de vista el flanco izquierdo  la precisión del brazo menguaría y con ello la navaja pasaría a ser quizá una traba ante un enemigo que podía advertir, por la poca eficacia, la merma de facultades y envalentonarse. Pero, mientras practicaba con apremiante empeño para recobrar la fuerza del derecho, tuvo ocasión de comprobar con alborozo, como la excelente vista de la costumbre hacía su trabajo con el izquierdo sin necesidad de que el ojo informara previamente al cerebro. Incluso una noche, resolvió una pendencia con la daga, desjarretando a un listo que le asaltó en la calle.

   El amante se retrasaba. Creyéndolo más puntual, se había precipitado al quitarse la capa. 
La noche de febrero era clara y la brisa cortaba, tanto por lo menos, como la tizona. Le habían contado cierta vez en Italia, unos portugueses que habían viajado por la ruta de  Magallanes, que en los extremos del orbe conocido el frío era tal que un manto de hielo cubría la tierra permanentemente. Se imaginaba que algo así sucedería en Madrid cualquier año de estos, porque los inviernos eran cada vez más gélidos. Comenzó una especie de zapateo contra el suelo para calentarse, y ya estaba sopesando recoger la capa cuando, por fin, se abrió la cancela con sigilo, dibujándose  en la noche una oscura silueta embozada con un sombrero de ala ancha adornado con plumas de colores que Guzmán, daltónico a mas de tuerto, fue incapaz de identificar.
   Cuando ya el embozado enfilaba el camino, relajado y feliz tras un tiempo de amor, el largo y lúgubre siseo de un acero abandonando la vaina tomó la calle silenciosa. Si esto acontecía en las noches de cualquier ciudad, como no fueras siquiera mediocre con la espada, ya podías poner raudo, tierra de por medio. Estando solos, como era lo corriente, tu verdugo y tú sin testigos incómodos, no debería haber dudas. No obstante, mientras salías por pies, fuera conveniente ponerte a bien con el de arriba, porque  iban a por ti con ordenes de matar y  a no ser que la diosa fortuna tuviera ganas de besarte en la boca esa noche, que no era lo corriente, tu suerte estaba echada: Un puñal en la espalda no daba ni tiempo a decir adiós.
   Por eso a cualquiera se le habrían puesto los pelos de punta, pero el amante se detuvo apenas un segundo contando los siseos: sólo uno por fortuna. Rápidamente sus aceros  asomaron listos para la defensa. Pronto se oyó, entre el silencio, el choque de espadas casi siempre precursor de un homicidio, moneda corriente en las noches de la  villa y corte, a pesar de las insistentes demandas de Felipe II al alcalde, don Rodrigo Vázquez, para que hiciera cumplir sus pragmáticas, bajo amenaza de perder la estimación real y con ella la vara de alcalde. Pero así y todo la riñas seguían siendo habituales en las noches de la capital del reino por muchos edictos y muchos corchetes que el edil hiciera circular por las calles, donde algunos, como ya sabemos era el caso de Guzmán, no tenían más remedio que batirse para sobrevivir.
Este, había esperado plantado casi en medio de la calle con los pies en ángulo, como le habría enseñado su maestro de  esgrima si lo hubiera tenido alguna vez y el ademán impasible aunque bastante poco compuesto. La espada en la derecha y la vizcaína en la zurda brillaban siniestramente bajo la exigua luz del único farol de la calle, enfrentado al portalón de las Baronesas. Era ciertamente para echar a correr.
   Cuando el rival le adivinó y enseñó el acero, Guzmán inclinó la cabeza hacia delante para observar mejor como el otro, en menos que se suspira,  soltaba el fiador con la zurda dejando caer la capa y echaba mano a los riñones para liberar la vizcaína.
   __Esto no me gusta nada__ pensó__ pero nada, nada.
   Tras los primeros toques, intentó confundirle los aceros- le había entrado prisa- pero el rival sabía lo que se traía entre manos el filhoputa. Molesto por su buen hacer y porque no dejaba de imprecarle__  parece un loro, cojones__ le descargó una estocada enfilada al corazón que hubiera descolocado peligrosamente a otro más ahuevado pero que éste paró con una sangre fría asombrosa.
   Era templado el muy bellaco.
   Tras unas cuantas acometidas, trabados ambos con espada y vizcaína, Guzmán notó un fuerte dolor en el hombro derecho, a la par que el otro le empujaba violentamente, llamándolo hideputa y mentando entre dientes, a todos sus muertos. Al intentar recomponerse, la hoja del rival se metió ligera como una víbora por entre los gavilanes mordiéndole la mano. Aprovechando la oportunidad que brindaba el puntazo,  el amante  le lanzó  unas cuantas estocadas a la derecha  logrando cerrarle contra el muro del convento dejándolo en un momento sin espacio y sin daga. Rápido como el rayo, le lanzó una finta con la cuchilla que hizo volar la tizona de Guzmán quien, en un amen, se encontró con la punta del acero enemigo en la garganta.
   Fue visto y no visto. Había que reconocer que el amante era muy buen espadachín. Un profesional.
   __Hasta aquí llegamos__ se dijo Guzmán con resignación.
   Cuando el rival retrocedió el brazo para clavarle la hoja y atravesarle el gaznate de parte a parte, reparó, ayudado por la tenue luz del farol,  en el rostro de su atacante que se hallaba aculado sobre la pared, sin sombrero, resollando y sangrando por la mano como un cerdo y aunque con mas años y menos pelo, creyó reconocerlo.
   __¿Guzmán?. Guzmán Ibáñez.
   Guzmán tenía los ojos cerrados, pero identificó de inmediato la voz tantos años escuchada durante su vida militar.
   __¡Sargento! ¡Sargento Iriarte!.
   El sargento de su compañía, era un hombre con mucho aplomo y muchos arrestos a quien compañeros  y  soldados respetaban y temían. Era aún
 apuesto aunque tenía el cuerpo lleno de marcas y cicatrices de flechas y arcabuces enemigos. Nadie se explicaba cómo había sobrevivido a Lepanto y sus proezas en combate se confundían con leyendas de tan inusitadas como eran. Iriarte iba a abrazarlo, pero lo pensó mejor. Dejemos las efusiones para otro momento, que un puñal en algún sitio seguro que lleva y no están los tiempos para hacer el primo.
   __¿Cómo has venido en esto?
   __Ya veis. ¿Qué queréis que os diga?
   __¿Te contrató el marido?
   __Supongo. No hablé con él vino a verme un emisario.
   __¿Ya te han pagado?.
   __Siempre cobro la mitad por adelantado.
   Antonio Iriarte se lo quedó mirando mientras Guzmán envolvía la herida con la capa y presionaba para que dejara de sangrar. Sintió lástima y asco a la vez. Ibáñez, había sido un soldado valiente y temerario, elegido personalmente por él para la infantería de la galera de don Álvaro de Bazán y ahora se veía forzado, como tantos, a ganarse la vida de ese modo tan infame aunque llevara encima un montón de cartas de recomendación, entre ellas la suya. La mayoría terminaban así, de asesinos a sueldo, pasando a mejor vida cualquier noche de una cuchillada. Eso teniendo suerte, sin ella, la alternativa  solía ser desangrarse  lentamente en un callejuela oscura, maloliente y solitaria,  amen de pudrirse en la cárcel  o morir en la horca,  si los corchetes eran capaces de echarles el guante.
   __¿Tienes donde esconderte?
   __Si señor.
   __Muy bien. Mañana vete al amanecer al convento dominico de la calle de Los Remedios, mi hermano es allí prior, te darán asilo de momento mientras te buscamos una ocupación decente; si quieres, por supuesto
   __Desde luego señor. Gracias__dijo Guzmán con cara de incredulidad. No terminaba de convencerse de que acababa de topar con una racha de buena suerte.
   El sargento dejo que recogiera la espada y la daga. Guzmán le besó la mano.
   __¿Qué haces? Vámonos de aquí, rápido.

   Después de todo no se sintió tan mal. Que lo hubiera vencido Iriarte no era ningún desdoro.  Recordaba las cosas que se contaban de él en el Tercio. Había oído que en la batalla de Mülhberg, donde el Tercio de Sicilia anduvo echando una mano, una vez que el alférez encargado de portar la bandera cayó muerto, Iriarte con el brazo izquierdo medio colgando de un arcabuzazo, asomando por el agujero el hueso del codo astillado, y el derecho ocupado con la espada recogió la bandera y la sujetó con la boca, tarea ardua porque la enseña con su mástil pesaba sus buenas diez libras, mientras continuaba matando herejes y cuidando del buen orden de la formación. Además, la bandera debía llevarse en vertical puesto que el ver la enseña caída o arrastrada bajaba la moral de la tropa. También se cuenta que fue el quien, en medio del caos de la batalla de Lepanto, saltando de La Real a La Sultana, abriéndose paso con la espada a través de la confusión en la que  moros y cristianos se mataban indiscriminadamente, porque ya no se distinguían igualados por el humo y la sangre,  se encaró nada menos que con Ali Pachá, al que dejó en cubierta malherido para acudir a auxiliar a un capitán de la flota de socorro, al que tenían acorralado tres corsarios de Uluch Ali, recibiendo varias cuchilladas y un disparo de arcabuz en plena espalda cuando regresaba para tratar de evitar que un galeote cortara la cabeza de Ali Pachá con su hacha de abordaje. Pensaba que el generalísimo turco merecía un final más digno. Tampoco pudo evitar que otro soldado se la presentara a don Juan de Austria ensartada en una pica. El sargento fue testigo de cómo el hermano bastardo del rey Felipe, descompuso sus agraciadas facciones en  una mueca de repugnancia mientras ordenaba arrojarla al mar. Luego Iriarte, cayó desplomado herido como venía por ocho flechazos y cuatro tiros de arcabuz.    Todos creyeron que había muerto.
   Que este soldado le hubiera desarmado era casi un honor.
   Desde que aquel gigante le guindara el ojo, sus facultades estaban mermadas, era consciente de ello, pero no obstante ¿Cómo ganarse la vida?, tenía que seguir alquilando su espada y hasta ahora le había ido bastante bien: una cuchillada en el brazo, aquella noche en la que perdió la capa en una partida de naipes y por ende, no la pudo utilizar de broquel, y un puñal que un enemigo traicionero le lanzó  a la espalda, cuando ya se iba creyéndolo muerto. No podía uno fiarse ni de los difuntos. Menos mal que llevaba poco impulso y se clavó en la banda del tahalí; la herida fue apenas un  roce. De toda su andadura como delincuente solamente recordaba como una pesadilla la pelea con aquella especie de monstruo enorme y peludo que apareció  detrás de la litera de un noble al que asaltó con su compinche de entonces, Joao el portugués, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, pensando que era pan comido, porque solo le acompañaba un jinete en la mula delantera a quien el luso dejó tieso lanzándole un puñal a la yugular. La bestia iba a pie detrás y se les abalanzó sin miramientos, partiendo por la mitad a su compañero de un tajazo y arremetiendo a continuación contra él con la fuerza de una galerna en alta mar. En el instante en que Guzmán, descolocado por la furia de la acometida,  bajó un poco la guardia, un puñal se clavó en su ojo izquierdo y porque entonces aún era rápido y había un callejón lateral providencial por el que perderse y huir, si no, no lo habría podido contar. Así y todo, el gigante persiguiéndole, le propinó otro tajo en el hombro derecho con toda la mala idea de seccionarle el brazo. Si no fuera por la distancia y el tahalí de cuero, que actuaron como escudo amortiguando el golpe, aquella infausta noche, hubiera resultado tuerto y manco.  Mirando hacia atrás comprobó que el gigante no le seguía; no iba a dejar solo a su señor, por suerte. Intentó mover el brazo y al notar que podía se tranquilizó un poco. Sangraba pero no demasiado, para lo que el pensaba que debería sangrar. Sin embargo el puñal en el ojo era otro cantar. No intentó sacarlo, temiendo que impulsado por el acero saliera todo lo que hubiera dentro de la cavidad,  hasta los sesos inclusive. Se detuvo un instante para coger aire; cualquiera que lo hubiera visto tambaleante,  la espada desenvainada y la cabeza levantada  con el puñal asomando del ojo zurdo, pensaría que la muerte había trocado la guadaña por la daga, mucho mas manejable y discreta y que el buen hombre (es un decir caritativo que se emplea para los moribundos) se dirigía al mas allá con la frente bien alta, siguiendo al mismísimo diablo.¿Porque adonde se puede ir así, si no al infierno? Pero Guzmán era duro como el acero,  pese a las guerras y a la mala vida y casi a tientas, porque la vista del ojo que conservaba se había vuelto borrosa, logró llegar hasta la casa de su amiga de entonces, una mujer venida de las Indias Occidentales, a la que el Santo Oficio tenía en el punto de mira  porque conocía bien las hierbas capaces de curar cualquier tipo de males. Y esos saberes solo podían ser inspirados en alguien como ella-una hereje asquerosa- por el diablo y a esos contubernios se les llamaba aquí y en toda tierra de lentejas civilizada, brujería.
   Ella le cortó primero la hemorragia del hombro presionando sobre la herida y le colocó un trapo empapado en grasa. Después le tumbó en el camastro y le sacó el puñal. Fue tarea laboriosa; la hoja había penetrado casi medio palmo, pero no se había metido en el hueso del cráneo ni había comprometido, por ende,  estructuras importantes del cerebro; Este es un sitio muy delicado, decía para si la mujer con buen criterio; tampoco perdió el ojo, todo quedó en su sitio. Lucero se preocupaba mas por la sangre derramada y por las fiebres que le asaltarían a las pocas horas a consecuencia del trazado de la cuchillada mas profundo que extenso.
   Le lavó ambas heridas con cuidado y con esmero, sin prisa, de adentro hacia fuera, colocó sobre las dos paños con grasa, los tapó con otros limpios y los sujetó con tiras de tela. Al final Guzmán se había quedado casi inconsciente. Ella aprovechó para ir a buscar junto al arroyo apio para la fiebre. También recogió cierto liquen bueno para las heridas. Regresó a la casa y tras comprobar que el herido continuaba tranquilo se fue al campo a  recolectar árnica para hacer un ungüento contra el dolor y ledum.
   Guzmán estuvo diez días transitando arriba y abajo por el puente sobre el abismo entre el mas allá y el mas acá. Recordaba haber visto mucho fuego al fondo, unas hogueras inmensas, pero no supo distinguir si era el infierno o la Inquisición. Al final la fiebre remitió y aunque perdió la visión del ojo, logró recuperar la movilidad y casi toda la fuerza del brazo, esencial para poder ganarse la vida o la muerte, según se  mire.
   Era consciente de que la india le había salvado y de que tenía con ella una deuda impagable, sin embargo no tuvo empacho en ponerle los cuernos con una oronda andaluza propietaria de una taberna en las afueras. Una noche cuando estaba en la cama con la ventera se presentó Lucero, la muy bruja. No hizo más que entrar, comprobar el adulterio y salir. No dijo una palabra, ni buena ni mala,  pero Guzmán comprendió por su mirada que no podía volver por la casa. Envió a su nuevo compinche por sus cosas: su ropa, el resto de las armas, las hojas de tabaco y un cuartillo de orujo que el compañero bebió casi entero por el camino, por suerte para Guzmán ya que Lucero, la india, la muy puta, se había apresurado a añadirle un veneno que llevó para el otro barrio al infeliz mozo en un santiamén y que produjo en Guzmán, solo por haber tomado un trago  para animarse, una descomposición de vientre que a punto estuvo de hacerle morir deshidratado. Pasó cuatro días con sus noches junto al arroyo, evacuando, lavándose, porque aunque no era muy limpio, no había quien soportara el hedor y bebiendo agua fresca para mitigar la sed y aplacar el ardor que sentía por dentro.

   Guzmán, dudaba si acercarse al convento precisamente de dominicos, sin embargo pensó que no tenía nada que perder ya que cualquier noche iba a morir en una riña o incluso de hambre cuando nadie le ofreciera trabajo puesto que su merma de facultades era mas que evidente; los adversarios se le escapaban vivos con demasiada frecuencia y la competencia era feroz. Pero  al final, tuvo mucha más suerte que otros compañeros de armas. Los dominicos le dieron asilo y le colocaron,  a las pocas semanas, como familiar de la Inquisición.  No volvió a saber de su sargento al que dejó recado dándole las gracias y rogándole que no volviera por la casa del corredor, no fuera ser que el nuevo sicario tuviera más pericia.

   El trabajo de familiar consistía en acompañar a los inquisidores, efectuar detenciones, custodiar reos, asistir a los autos de fe y otra misiones de apoyo de las que pondré un ejemplo a vuestras mercedes: si se recibía un chivatazo de que en alguna librería se vendía tal o cual libro sospechoso, los familiares ocupaban todas las librerías de Madrid hasta que la Inquisición lo comprobaba una a una.
   Eran la policía de calle del Santo Oficio.
   De todas las tareas del nuevo empleo la que menos le gustó al principio, fue presenciar la muerte en la hoguera; el olor que despiden los cuerpos al arder, le parecía nauseabundo. Le impregnaba la pituitaria y todo le olía  durante días, a carne chamuscada, pero terminó por acostumbrarse como solemos hacer los humanos mas pronto que tarde. Un buen día uno de los reos destinados a arder en la hoguera era nada menos que Lucero. Por fin le habían echado el guante. Iba con otros sesenta y ocho. La mañana del día del auto de fe, tras el sermón, el relator separó de los demás a los once acusados de brujería, les hizo comparecer uno a uno, les enumeró los cargos y les leyó la sentencia: 
Lucero Didaz:  por ser amiga del diablo, habiéndose hallado en sus genitales la marca del maligno, haber reconocido tener coyunda con el afirmando sentir multitud de orgasmos-el relator levantó la vista y la observó fugazmente- malograr embarazos con el propósito de devorar los fetos, causar epidemias, sequías, tormentas y todo tipo de males: muerte en la hoguera.
   Los once brujos iban a ser quemados vivos, nada de compasivo garrote.
   __Pero ¿qué dice este hombre de devorar fetos y copular con el diablo?__ se preguntaba Ibáñez asombrado por lo que acababa de escuchar.
   Vuestras mercedes se habrán sorprendido como Guzmán, pero deben saber que en aquel tiempo desdichado los elementos eróticos eran muy fuertes en una sociedad reprimida, regida por  hombres y con inquisidores provenientes casi siempre del clero; célibes y por ende castos. Al menos nominalmente.
   La curiosidad del inquisidor por la actividad sexual de la acusada con el diablo era insaciable. Se les interrogaba sobre la cantidad y la calidad de los orgasmos en las supuestas cópulas y sobre todo se les pedía con morbosa insistencia una descripción minuciosa del miembro del demonio (enorme y frío, según todos los informes). Las mujeres acusadas de brujería eran en su mayoría jóvenes y buscar la marca del diablo en sus cuerpos, fue tarea apetecida por los inquisidores, generalmente varones, quienes afeitaban e inspeccionaban con esmero los genitales de la acusada.
   Se decía que el diablo marcaba los cuerpos del brujo o la bruja una vez hecho el pacto y concedidos los poderes sobrenaturales que decían los inquisidores les otorgaba. Según esto las brujas acudían en determinadas fechas a reuniones nocturnas con el diablo llamadas sabbat a las que se desplazaban volando sobre palos o convertidas en animales, lobos con preferencia, y en las que tenían unión carnal con él.
   Todas estas creencias de fuerte carácter misógino, se vieron favorecidas por los muchos tratados de brujería escritos en la época como el Malleus Maleficarum, que considera a las mujeres moralmente más débiles y por ello presas fáciles para el Maligno.












   Lucero estaba cambiada, lo que era lógico por otra parte después de pasar por las manos del Santo Oficio. Demacrada, delgada, los ojos hundidos. Aquellos ojos rasgados, negros y profundos como el mar océano que la separaba de su patria, miraban sin ver. Ni siquiera reconoció a Guzmán o por lo menos no dio muestras de ello. Apenas se la veía entre los demás. Era como un alfiler perdido en un ejército de lanzas.
   No sintió lástima ninguna. Le había curado, era cierto, pero luego lo estropeó tratando de envenenarle. Se tenía merecida la hoguera, por rencorosa y por bruja. El hecho de que le hubiera puesto los cuernos no era excusa para lo que hizo, además la andaluza era solo un pasatiempo. Tenía ganas de estar con una mujer oronda, estaba harto de las pocas carnes de la india.
De todos modos no estuvo presente cuando ardió.



Continuará...