La planta cero



Si alguien pudiera ver sincronizadamente todo lo que sucede en esta planta, seguro que no tendría ningún misterio. Sería una sucesión de hechos ordenada y homogénea. Pero contemplado cada uno por separado no es posible hilvanarlos con coherencia, ni hallarles ninguna explicación racional; no tienen pies ni cabeza. Solamente pueden ser conjeturas, suposiciones. 
Posiblemente la misma planta lo sea.
En principio es el área de los errores médicos y de las mangas por hombro-no de modo oficial, como es de suponer-.Todo paciente ingresado en ella cuenta con abundantes anotaciones al margen en su historial que jamás verán la luz. Son para uso interno del hospital exclusivamente. Tal y como están las cosas en la medicina, es bastante probable que el facultativo que sume mas anotaciones se haga acreedor, en vez de a un despido por incompetente, a una medalla por minorar pacientes y ahorrar así dineros al servicio de salud, en una eutanasia activa, aunque quiero creer que involuntaria y menos aun patrocinada.
Los pacientes aquí, sufren una serie de trastornos adicionales que poco o nada tienen que ver con su dolencia original, ocasionados por un diagnostico y en consecuencia, una medicación, inadecuados; en el inicio de todo, fallecían o no, dependía de la suerte y de los genes del enfermo; pero ahora en este difícil presente, fallecen de todas, todas, porque el centro aprendió con los años que los muertos ni hablan ni reclaman y aunque lo hagan los deudos, faltando el testigo principal, todo es mas fácil de mangonear.
Resumiendo: el lugar es sospechoso de por si y para los pacientes supone una zozobra añadida despertarse en ese limbo hospitalario entre el mas allá y el mas acá.
La vida transcurre a cámara lenta, no hay prisas, y este sosiego en vez de relajar, agobia. El personal se mueve medio flotando entre la brumosa atmosfera que invade el lugar. Son desdibujados espectros que se manifiestan a los forzados moradores de esta antesala del infierno, quienes- recelosos siempre, ante las incertidumbres de su futuro inmediato- tratan de  precisar,  angustiados, si están ahí para curarles o tal vez para rematarles.

Para las visitas el fenómeno comienza delante de los ascensores pintados de amarillo insidioso. Hace tiempo que vienen sucediendo cosas raras en el de la derecha. Dentro se sufre, aunque sea crudo invierno, un calor agobiante, casi infernal y a menudo, la limpiadora encuentra en el suelo un rastro de ceniza en un montoncito.
“El guarro del gerente y sus puros, mira que fumar en el ascensor”.
Este aparato librepensador, exhibe sin pudor y sin que nadie haga por remediarlo, una extraña querencia a golpear visitantes. En un juego que solo él comparte,  hace varios amagos de cerrar las puertas, hasta que tropieza con un mortal-dudoso o retador y siempre ingenuo-detenido en el umbral: ¿me dejas entrar o que estúpido aparato?, contra el que descarga sin cortarse un pelo, toda su solidez germana, con resultado de ayes asombrados y lastimeros, mientras cabezas, hombros, brazos, caderas o piernas resultan contusionados, magullados o lisiados en el lance. En un sincronismo siniestro, puede que la agresión sea pura solidaridad con el personal sanitario de las malas praxis, porque esto sólo sucede con los visitantes de la planta cero, precisamente.
Sin embargo, este no es el único inconveniente que les espera.
En todo el edificio las puertas de acceso a planta, se abren de un simple empujón, pero en esta oponen una resistencia férrea, no quedando otra que emplearse a fondo, tanto, que muchas veces las visitas se dan la vuelta impotentes. Si consiguen entrar, una vaharada ardiente como el suspiro de un dragón, hace que se detengan dubitativos en el umbral a la vez que comienza a invadirles un caliginoso sopor que, una vez alojado en el cuerpo, lo vuelve torpe y pesado haciendo que lleguen a su destino, unos metros mas allá, exhaustos y casi mareados sin animo siquiera para decirles hola a sus parientes, o amigos, o vecinos, o lo que quiera que sean los visitados.
Ya advertí que el área es densa y bochornosa. Reúne todo lo necesario para que la imaginación pueda trabajar a gusto. Es por ello, quizá, que continúa existiendo.
Porque cualquier cosa que podamos aventurar sobre ella  resultará  del todo descabellada para mentes científicas y racionales como se supone que son las autoridades sanitarias, políticas y judiciales de un país del primer mundo, además.
Pero pueden decir misa; la planta cero esta ahí y es peculiar.
El record de la mayor singularidad, entre su variopinta fauna de sufridores a cuenta de decisiones a la ligera, lo ostenta la superviviente de una dosis brutal de Fentanilo que con la excusa de calmarle el dolor producido por la osteoporosis, la  dejó en un estado anestésico irreversible. Al carecer de familia que le pueda buscar las vueltas al centro, a este no le hizo falta eutanasiarla, por el momento, y la buena y tranquila señora permanece viva y cuidada en una habitación pequeña próxima a la puerta de acceso y salida de este limbo de justos. Como efecto secundario, o infinitiario, del exceso de morfina posee un extraño don premonitorio, o persuasivo, o ambos. Digo esto porque, cuando alguien pasa por delante de su puerta, siempre abierta, y la mujer dice con su lengua de trapo: “oye, oye, que vas dejando un rastro de humo; oye, que te vas quemando”, el interfecto se encamina indefectiblemente como un autómata al ascensor de la derecha  y ahí se pierde su pista para siempre.
No puedo aventurar lo que pasa dentro, ni tampoco, si a la mañana siguiente aparece la ceniza delatora. No puedo, porque no puedo ver lo que sucede en varias partes a la vez al no poseer el don de la ubicuidad ni ningún otro que me permita observar a través de superficies opacas, pero en la comarca se acrecienta el número de personas que desaparecen sin dejar rastro y de las que solo se recuerda lo último que dijeron a sus familiares: “Voy al hospital a visitar a fulano o a mengana a la planta cero. Volveré para hacer la cena o para cenar”, esto según sea mujer u hombre.
Y hasta hoy.

Delicatessen



La inspectora Salgado era considerada por la profesión una mujer rigurosa, templada y dura; un hueso, en una palabra. Sin embargo, ese día se sintió mal en la escena del crimen. Se sintió muy mal. No le había vuelto a  suceder desde sus comienzos en la brigada de homicidios, aquella mañana que se topó con los restos de un descuartizamiento: una cabeza, una bolsa con las vísceras y el esternón. El resto del cuerpo lo había ido repartiendo el asesino, minuciosamente, por diferentes contenedores alejados entre si y del lugar del crimen. No había tenido tiempo de deshacerse del cadáver completo cuando lo trincaron, porque un vecino insomne le vio serrando algo en la cocina con mucho afán y a altas horas de la madrugada, días después de haber desaparecido su mujer.
Blanco y en botella, pensó el vecino, y avisó a la policía.
Aquella primera vez, había tratado de disimular todo lo que pudo; aunque eso impresiona, que demonios, y mas si eres novata. Da lo mismo que seas hombre o mujer. Hasta los compañeros lo reconocieron. Lo de hoy no era para menos; lo que acababan de descubrir no había dejado a nadie indiferente. Carmen Salgado tuvo que sentarse en el alfeizar de una de las ojivas del claustro para no venirse abajo. Una lengua de hielo se había adosado a su columna vertebral y la había dejado aterida; temblaba, la cabeza le daba vueltas, sufría náuseas y se había puesto tan blanca como la toca de las hermanas.
Se sintió incapaz de hacer lo que tenía que hacer: detener a las culpables. No deseaba verlas delante. Tenía miedo de si misma. Capaz era de pegarles un tiro. Algo que obviamente no debía suceder bajo ningún concepto, a no ser que pretendiera ir ella a la cárcel en su lugar.
Todo había comenzado como una conversación trivial la noche en que su hija se trajo al novio a cenar a casa. A Carmen le gustaba, por fin, un novio de la niña. Tenía una profesión seria y rentable: era el heredero de la funeraria.
 Funerarias del Camino S. L. Un negocio lo que se dice seguro.
__Porque todo el mundo se muere__había observado pretendiendo ser graciosa durante la cena.
__Los chinos no__replicó la niña con la misma chispa.
__No, y vuestras vecinas las monjas tampoco__terció el heredero igual de ingenioso.
 __¿Y eso?. Algunas son muy mayores.
__Eso dice mi padre. Asegura que la mayoría debería haberse muerto hace muchos años. Tienen que ser bastante mas que centenarias. Con mucha gente como ellas nos arruinaríamos.
__La vida en el convento es sana__apuntó la niña.
__Eso debe ser, porque a estas no las pueden convertir en rollitos de primavera.
Se rieron los tres aunque no  tuviera gracia. ¿Qué otra cosa podían hacer ante el giro macabro que había tomado la conversación?.
Pero Carmen Salgado era policía, nada le caía en saco roto. Aunque no hubiera caso, que no lo había, todo lo grababa el disco duro del subconsciente que debía estar con la capacidad al límite. Allí quedó almacenado hasta aquella noche.
__Inspectora Salgado, preguntan por usted.
__¿Quien es?.
__Una tal Gloria Díaz. Dice que fueron compañeras en la Universidad.
Le alegró el reencuentro, aunque Gloria estaba muy cambiada. Se había separado, los hijos decidieron irse a vivir con el padre- solo porque tienen mejor nivel de vida que conmigo-ella se sumió en la depresión y- ya me ves…veinte kilos de mas-. Pero no había venido a verla por eso, obviamente.
__¿Recuerdas a mi tía Rosario?
__¿La monja?
__Esa misma. Está en el convento cercano a tu casa…
__¿Aun vive?. Pensé que se habría muerto hace siglos.
__Morir se ha muerto. Pero verás, ha sido todo un poco raro. Mi madre quiso llevarla a su casa, para que muriera en la cama donde había nacido. Ya sabes como son estas cosas de los viejos y los pueblos, pero la superiora se negó en redondo. ”Sor Rosario ha manifestado el deseo de morirse aquí”. Ni siquiera permitieron a mi madre que la viera, dado que era un convento de clausura. Ni aun en trance de muerte lo consintieron. Cuando nos avisaron del óbito, llevaba tres meses enterrada. Mi madre protestó incluso ante el obispado, aunque no creo que sirviera de mucho. Bien, pues ahora mi madre acaba de fallecer.
__Cuanto lo siento
__Gracias Carmen.  Verás…me hizo prometer que ya que la tía Rosario no había podido morir en la cama de la casa familiar, trasladara los restos para que todas las hermanas reposen, junto a los padres, en el panteón familiar.
__Para eso no hace falta acudir a la policía.
__Ya lo se. Lo que pasa es que la comunidad no lo permite. Bajo ningún concepto. “Una hermana no vuelve a traspasar la puerta ni viva ni muerta”. Así de tajante me lo han dicho. He consultado a un abogado. No pueden hacer eso. Les hemos enviado un escrito y no nos han hecho ni el mas mínimo caso. Pero lo peor es que, desde hace unos días, tengo la sensación de que me vigilan y anteayer por la noche, cuando regresaba del trabajo, me pareció notar que alguien me seguía. Esta mañana tenía las ruedas del coche pinchadas y una nota en el parabrisas…
__¿La tienes ahí?
Gloria la extrajo del bolso y se la entregó. Sobre la hoja cuadriculada de un bloc alguien había escrito con letras mayúsculas y con tinta roja: “DEJA A LOS MUERTOS EN PAZ. ESTO ES SÓLO EL PRINCIPIO”.
__Caray con las hermanas. Lo investigaré, pierde cuidado. Mientras, deberías tomar ciertas medidas precautorias. ¿Tienes algún sito donde poder quedarte unos días?. No te asustes, es solo por cautela. Hay que tener cuidado con estos locos.
__En casa de mi hermana.
__Perfecto. No te vuelvas a poner en contacto con las monjas. Que crean que ha hecho efecto la amenaza. Te mantendré informada; tampoco es conveniente que vuelvas por aquí. Yo te llamaré.
Carmen Salgado dudó bastante de que las monjas hubieran sido las autoras de la nota amenazante, aunque la consideró mera obra de aficionados; pero así y todo. Sin embargo y dada la coincidencia de la reclamación con el anónimo, no tuvo alternativa: se ocupó un tiempo en investigar la vida del convento.
En el obispado le informaron que la comunidad estaba compuesta por cinco hermanas; tres de mediana edad y dos ya ancianas. Hace años eran bastantes mas. Que el convento atravesó por dificultades económicas-como la mayoría de los contemplativos-que las hermanas habían solventado elaborando delicatessen para la tienda que unos franceses habían abierto en el barrio, precisamente al lado del monasterio. Con eso subsistían parece ser que bastante bien, dado que incluso habían podido arreglar la techumbre que amenazaba con venirse abajo. La obra fue costosa, no crea, le aclaró el sacerdote que la atendió, sin falta de que le preguntara.

__Pasaron de la casi indigencia a la opulencia__ repasaba Carmen mentalmente mientras tomaba un café.__ No sabía yo que las delicatessen dieran para tanto, aunque los franceses cobran caro.
Ella lo sabía bien. Les compraba foies, mermeladas caseras, caldo natural y cuando tenía invitados, como el novio de la niña, por ejemplo, unos rosbif con salsa que eran una delicia…El teléfono la devolvió al café con leche. Era Gloria.
__Carmen, cuanto siento haberte molestado. Veras, las monjas han accedido al traslado de los restos de mi tía. Los exhumaremos mañana. Todo fue un malentendido. Ellas se resisten a que se altere la vida del convento y la Regla, que es muy estricta. También van a entregar los restos de otra hermana a la familia, que los había requerido antes que yo los de mi tía Rosario.
__¿Y los pinchazos y la nota?
__¿Que se yo?. Lo comenté muy indignada en el trabajo y seguro que alguien quiso gastarme una broma sin mala intención.
__Pero de muy mal gusto.
__ Lo siento. Me gustaría  retirar la denuncia.
__De acuerdo. Bueno__se dijo__por suerte caso cerrado. Tengo asuntos mas importantes que resolver
Aquella noche la hernia de hiato que padecía por culpa del stress, le estaba dando demasiado la tabarra. Aguantó lo que pudo pero al final no le quedó otra que levantarse para tomar el antiácido. Se acercó con el vaso en la mano al ventanal del salón para contemplar un rato la noche estrellada y serena de junio. La ventana daba sobre el jardín del convento. A la izquierda se veía una esquina del pequeño cementerio de la comunidad, con sus cipreses majestuosos y su camino de piedra. Que buenos vecinos los muertos y las monjas y sobre manera éstas, que tienen voto de silencio.
De pronto, el subconsciente, al escuchar muertos y monjas, activó la memoria y le trajo a la mente aquel comentario. Asegura mi padre que la mayoría debería haberse muerto hace muchos  años. Deben de ser mas que centenarias. Con mucha gente como ellas nos arruinaríamos.
__ Veamos, veamos: si la funeraria no las entierra desde hace años ¿Quién lo hace? Y ¿Quién certifica las muertes?.
A primera hora el futuro consuegro se lo confirmó por teléfono.
__Hace mas de diez años que no acudimos al convento a enterrar a nadie. Antes lo hacíamos, si. ¿La hermana Rosario?...déjeme ver…, según la familia murió hace ocho años. No, nosotros no la enterramos. Si, seguro.
__La Regla puede decir misa. Pero esto es ilegal, muy ilegal.

El análisis de los restos desenterrados de las dos hermanas confirmó sus peores sospechas. Eran huesos de perro. De mastín para ser exactos. Y que, además, sólo llevaba enterrado dos años. El viejo perro mastín del convento que tantas veces había visto correr por el jardín desde su ventana y que había propiciado, en tiempos, un soberano disgusto con su hija que quería tener uno igual. Un mastín en un piso. Lo que nos faltaba.
__Si las hermanas que han fallecido no están enterradas aquí ¿Dónde están?__preguntó el funerario con mucha lógica.
__Prefiero no imaginarlo__respondió Carmen, porque su cerebro ya estaba procesando la respuesta del obispado: Las hermanas sobreviven muy bien elaborando delicatessen.
Aquella carne de sabor tan peculiar, ligeramente dulzona, que vendían los franceses y aquellos calditos caseros tan exquisitos.
__Es que tenemos buena “mateggia prggima”—le decía siempre la dueña cuando la atendía. Tenemos un “mateggial” que es una bendición.
El registro del convento dio en la diana. Los congeladores con el “mateggial” estaban a la vista. Como no entraba nadie ¿para que tomar precauciones?. Los cuerpos se hallaban despiezados y congelados en bolsas con su correspondiente letrero: huesos para caldo, costillas, solomillos, chuletas, hígado, sesos…
Con la mano tapándose la boca, escuchó el interrogatorio de su compañero a una de las monjas.
La religiosa confesó, con el mayor desparpajo, que habían descuartizado a dieciséis hermanas. Algunas jóvenes. Cuando esto sucedía los rosbif eran un primor.
__¿De muerte natural?__se aventuró a preguntar Carmen.
__Generalmente si, inspectora… bueno, a veces, no.
__¿Si o no?
__ Sólo la adelantamos un poco. Ya no tenían cura. ¿Para que prolongar la agonía?. Es pura caridad cristiana.
Tuvo que salir al aire del claustro y sentarse en una de las ojivas para no caer redonda.
Su compañero vino a buscarla después de un rato. También estaba pálido.
__¿Quieres que lo haga yo?.
Negó con la cabeza. Se levantó y se dispuso a hacer lo que debía. Tuvo que esforzarse mucho para no vomitar. Sentía un asco terrible; por lo que había visto y oído, pero sobre todo por lo que había comido tantas veces y con tanto placer.
Desde luego, se merecían que les pegara un tiro, por criminales, pero mas que nada por falsarias y por hipócritas. ¿Quién podía imaginar algo así de unas monjas?.
Tenía que mudarse a vivir a otro sitio. No quería volver a ver el convento, ni volver a ver una monja en toda su vida.
Pero, sobre todo, tenia que hacerse vegetariana, ya mismo. De ahora en  adelante, vegetariana estricta; ni tan siquiera pescado.
A saber lo que comerían los peces allá abajo.


La estrella errante

Faulkner, el dueño de la gasolinera, se disponía a cerrar; el mes estaba resultando muy poco productivo; hacía mas de veinte días que nadie se había extraviado- aparte de seis muchachos en una furgoneta, músicos parece ser, a los que indicó el desvío sin mas porque eran demasiados- ni un solo cliente, nadie a quien poner en el buen camino. Por lo menos en lo que el y la señora Peel consideraban el buen camino. Tampoco se vendía mucho combustible; la autopista había dado al traste con el negocio de la gasolinera. De continuar así habría que echar el cierre y buscar nuevos aires.
Pero esa noche había visto una estrella errante y eso era un buen presagio. Por eso y porque no tenía sueño, decidió esperar un poco mas.

Laura vio también la estrella errante cuando se bajó del coche para leer mejor las señalizaciones: se había hecho de noche por aquella carretera de cuidado firme, pese al poco tránsito, tirada a regla, en la que solo había visto este cruce de caminos, que no era precisamente el que andaba buscando. O lo había dejado atrás o aun no había llegado, lo cual le parecía raro porque llevaba conduciendo por aquella línea recta mas de una hora. ¡Mas de una hora! ¡que barbaridad!.Solamente se había cruzado con un par de coches en todo ese tiempo. Verdaderamente, habiendo autopista para que conducir por el medio de la nada. A este paso no llegaría esa noche a la cantera. Estaba agotada. Había atravesado dos estados y ya necesitaba descanso con urgencia, sin embargo, pasar la noche dentro del auto en aquel erial no le parecía agradable ni aconsejable, además le habían contado no se que historias sobre viajeros solitarios que desaparecían en la ruta cincuenta sin dejar rastro. Aunque estaba convencida que había sido idea del capataz de la cantera para amedrentarla. Seguro que la esperaban varias bromas pesadas hasta que les demostrara que era capaz de hacer su trabajo como cualquiera de ellos. Puro machismo. Eso era, ni mas ni menos.
Se metió en el coche, dudó unos segundos y decidió conducir un rato mas. Su abuela decía que ver una estrella fugaz era un buen presagio. Pues vamos a comprobarlo, pensó Laura.
Pocas millas mas adelante y tras la única curva del camino, bendijo sorprendida a su abuela, una mujer enjuta, medio india, medio bruja también, que se había quedado pasmada esa misma mañana-cuando Laura pasó a despedirse-de que su nieta, aquella chica delgaducha y bajita, fuera a conducir una excavadora en una cantera.
__Hay que joderse muchacha, lo mismo que un hombre, quien lo diría.
Pues si, quien lo diría. Delante de sus ojos había aparecido de sopetón una gasolinera con tienda y todo.
__Hay que joderse abuela. Lo mismo hasta tienen donde dormir.
El dueño parecía estarla aguardando. Tal vez la abuela haya hecho magia y me haya puesto delante un sitio para descansar por arte de birle birloque.
__Buenas noches, me he perdido.
__Me lo imaginaba. Fíjese que iba a cerrar y no se porqué me dije: espera un poco, quizá llegue alguien.
__Que suerte he tenido. Verá voy a la cantera Springsteen. No he visto ninguna señal.
__Solo hay una y es difícil de ver y mas de noche. Será mejor que espere a mañana para continuar viaje.
__¿Puedo dormir aquí?.
__Aquí no pero en casa de la señora Peel, si que puede. La avisaré. Mañana ella le conducirá al desvío para la cantera. Le serviré un café por cuenta de la casa mientras llamo a Emma. Póngase cómoda.

Transcurridos unos diez minutos una camioneta Chevrolet de los años cincuenta, de un rechamante color rojo, aparcó delante del bar. Una mujer octogenaria, de aspecto jovial y saludable, entró saludando alegremente al dueño. Este hizo las presentaciones.
__Vivo a pocos minutos de aquí. Complemento mi pensión alquilando habitaciones a viajeros que desean descansar una noche. Ahora con la autopista el negocio está siendo ruinoso. Voy a poner una granja de pollos y venderlos al restaurante de la cantera. Lo digo en serio__aclaró al escuchar la risa de Faulkner.
__Puede dejar su coche aquí. Mañana Emma la acerca. Tienen que volver por aquí para coger el desvío.
__Si no le importa a la señora prefiero llevármelo. Tengo dentro el equipaje, además del contrato y mas papeleo que no quisiera extraviar.
__Puede llevarse el equipaje y los papeles….
__Déjelo señor Faulkner, que se traiga el auto, lo que sobra en mi casa es sitio para aparcar. Calma.

En efecto, sobraba sitio. La casa era la típica construcción americana de madera precedida por un porche con su mecedora y su balaustrada blanca y rodeada de una inmensidad de terreno yermo. Los faros de ambos coches la iluminaron por completo en la oscuridad. Al lado había un invernadero cuyas plantas daban la impresión de estar exuberantes, en contraste con el exterior. La vieja seguro que las cuida bien.
La señora Peel le ofreció algo de cenar.
__Prefiero ducharme, si es posible, y acostarme.
__Puedo prepararle un sándwich. Se lo subiré mientras se baña. No es bueno acostarse con el estómago vacío, no se duerme bien.
Cuando regresó de la ducha, un bocadillo de jamón cocido y queso estaba esperando sobre la mesa con un humeante tazón de leche y unas galletitas caseras de mantequilla, idénticas a las que preparaba su abuela, la bruja. Le dio confianza que tantas cosas se la recordaran.
Durmió bien. Por la mañana, el olor a café reciente invadía la casa. La mesa estaba dispuesta en la cocina para el desayuno. Tras las consabidas preguntas de cómo había dormido y que tal la cena, se sentaron a desayunar.
__Tiene que decirme cuanto le debo por todo.
__Son diez dólares.
__Me parece poco. Demasiado poco.
__Solo le cobro los gastos de la lavandería. Hoy en día podría dejar el alquiler de camas ya que apenas hay viajeros, pero me gusta la compañía de vez en cuando. Estoy encantada con usted.
__Muchas gracias, señora. Esta todo buenísimo.¿Le gustan las plantas por lo que veo?__preguntó Laura señalando el invernadero y queriendo parecer amable.
__Me encantan, me hacen compañía y además, vendo las flores a los hoteles de la ciudad.
__Yo en casa tengo cactus. Me parecen muy curiosas esas plantas y tienen pocas necesidades.
__Tengo algunos ejemplares raros. Se los mostraré encantada.
Laura dudó, quería llega a la cantera de una vez.
__Ya está muy cerca. Apenas una hora. Luego le indicaré el camino y llegará sin mas problemas.
El invernadero estaba realmente exuberante. El verdor y la humedad le trajeron a la mente los bosques de su infancia. Se estaba bien allí. Un olor dulzón lo impregnaba todo. Le recordó el aroma de los membrillos maduros en la alacena de su abuela. Otra vez su abuela; era increíble que la recordara en tantas cosas. Sintió que la estaba acompañando y sonrió agradecida. Sin embargo, la memoria asociada juega, a veces, malas pasadas.
Su anfitriona le mostró plantas que jamás había visto y que le parecieron mas curiosas aun, que los cactus. La señora Peel la tomó del brazo con suavidad y la encaminó hacia una realmente chocante. La flor o lo que fuera aquello era lo mismo que un saxofón gigantesco. Pendía graciosamente de una rama y mostraba un atrayente moteado carmesí sobre su color amarillo oro que la hacía destacar entre el follaje.
__Si, no anda desencaminada, el señor Faulkner la apoda el saxo de Goliat. Párese delante y mire dentro. Verá que sorpresa.
__¿No será peligrosa, verdad?.
__¿Cuando ha visto usted una flor peligrosa?.
La flor levantó una especie de tapa cuando Laura se acercó, para permitirle aspirar su aroma. La señora Peel se rió al comprobar el sobresalto de la joven.
__Como verá es una flor muy bien educada. Agáchese mas, huela, huela. Huele a miel.
Laura metió la cabeza dentro del tubo para percibir mejor el aroma. Antes de que pudiera darse cuenta los estambres, convertidos en tentáculos, la rodearon por el cuello y tiraron de ella hacia dentro. La planta la succionó en menos de un segundo, pese a la resistencia que opuso. Laura sumergió por completo la cabeza en un caldo viscoso. Se notó encajada dentro de un tubo poderoso en el que era imposible darse la vuelta. Trató de gritar, pero no pudo. La boca se le llenaba de una salsa gelatinosa, dulzona y caliente que solo le permitía emitir borboteos y sonidos guturales.
Que asco, pensó. Golpeó con los puños contra las paredes. Se hizo daño. Aunque eran traslucidas estaban duras como piedras. Recordó el frágil tallo y trató de sacudirse a fin de lograr que se desprendiera. No pudo moverse. Daba la impresión que la planta se había adaptado a su cuerpo y la había aprisionado por completo. Vio, de reojo, acercarse a la señora Peel. Por fin, gracias a Dios.
La vieja se puso en cuclillas con la cabeza a la altura de la de Laura.
__Cuanto mas te agites, mas tardarás en morir. Es mejor que te serenes y permitas que ella te vaya digiriendo. Será bastante rápido, teniendo en cuenta que lleva semanas sin comer; ya te dije que no pasan viajeros por aquí. En otros tiempos tenia varias docenas. Pero esos eran otros tiempos, de seguir así, esta morirá también de hambre. Solo come carne humana. Habrás percibido que se ahorma como un guante a tu cuerpo. Han desarrollado una adaptación de siglos. Son unas plantas sorprendentes. Notarás como sus encimas te van disolviendo poco a poco, vivirás una nueva experiencia que pocos afortunados han tenido.
La vieja se incorporó.
__Claro que no podrás contarlo y entonces no te servirá de nada. ¡Que pena!, ¿verdad?.Te zampará en un par de días. Será mejor para ti que procures dejar el cerebro en blanco; cuanto menos pienses, menos te torturarás. Te lo hago notar, porque me has caído bien, ya lo sabes. Relájate y disfruta. Adiós Laura, ha sido un placer.
Cuando ya estaba junto a la puerta, regresó sobre sus pasos hasta la planta. Volvió a ponerse en cuclillas. Laura pensó que todo era una broma de mal gusto y que la señora Peel la liberaría en cualquier momento.
__Voy perdiendo facultades y sin ellas, los modales brillan por su ausencia. Olvidé presentarlas. La flor se llama Estrella Errante. Tu comida se llama Laura__le dijo a la flor.__¡Buen provecho!.

Faulkner descolgó el teléfono. Era, como se imaginaba, la señora Peel.
__Puede venir cuando quiera. El coche es viejo, ya lo ha visto ayer. En la cartera lleva cien dólares y en la guantera un sobre con quinientos mas. La ropa es toda usada. La maleta de plástico. No ha sido muy rentable. A ver cuando me envía algo mas provechoso.
__¿Que quiere que haga, si no pasa nadie?. Me acercaré por la tarde.
__Hasta entonces. Tráigame un cartón de tabaco. No lo olvide.
__Descuide.