Día de la madre refugiada

22 Abril 2016

Día de la Madre: Mujeres, madres, refugiadas

Cada día, cientos de mujeres se ven obligadas a huir de sus hogares por la violencia, la guerra, la persecución o las catástrofes naturales. Al drama de la huida, suman sobre sus hombros el peso de cuidar a sus hijos o parientes vulnerables, de los que suelen hacerse cargo en el exilio.
Ser madre y refugiada no es una tarea fácil. Aquí te presentamos algunas historias de mujeres de todo el mundo que, gracias a su resiliencia, están logrando sacar adelante a sus familias y construirse un futuro. 

República Democrática del Congo:
Yunes y su hija Chance, refugiadas sursudanesas. Foto: ACNUR/S. Rich
Eunice huyó de su aldea, Yambio, en Sudán del Sur, cuando vio los ataques y violaciones que se estaban produciendo en su barrio. A pesar de que acababa de dar a luz a su pequeña Chance, decidió escapar con su marido y sus seis hijos y emprender un duro viaje sin comida y enferma. Lograron llegar a la frontera de la República Democrática del Congo y hoy se gana la vida haciendo trenzas a mujeres congoleñas.
Nepal:
Pramila, superviviente del terremoto en Nepal. Foto: ACNUR/D. Ibarra
Pramila Gajurel (25 años) es una superviviente del terremoto que devastó Nepal en 2015. Dio a luz a su hija pequeña ocho días después del seísmo y pudo salvar a sus otras dos hijas en el momento en que la tierra comenzó a temblar y derrumbó su casa. Tardó meses en reconstruir la, pero finalmente ha podido volver a su aldea y retomar su vida.
Grecia:
Nisrine en Idomeni con dos de sus hijas. Foto: ACNUR/A. Zavallis
Nisrine (34 años). Esta mujer siria, viuda y madre de cinco hijos, es una de las miles de personas que han pasado semanas atrapadas en Idomeni (Grecia). Las condiciones de vida en este asentamiento son muy duras y lo que más le preocupaba era la salud de sus hijos y poder llegar a un lugar donde rehacer su vida con ellos. “Soy a la vez madre y padre”, dice Nisrine. “Dios me da fuerzas para cuidar a mis hijos”, asegura.
Sudán del Sur:
Nyuot, desplazada sursudanesa. Foto: ACNUR/A. McConnell
Nyuot Duop (24 años) caminó durante 12 días con sus hijos para buscar seguridad cuando los combates llegaron a su aldea. Huyó a la ciudad de Leer y allí se reencontró con familiares que también habían huido de la violencia en Sudán del Sur y a los que no había visto desde hacía tiempo, como su sobrina. Este reencuentro significó para ella algo parecido a estar en casa, aunque lejos de su aldea natal.
Líbano:
Maryam, refugiada siria, peinando a su hija. Foto: ACNUR/E. Dorfmann
Maryam (30 años) cuida ella sola a sus cuatro hijos en Líbano. Huyeron de Siria a causa del hambre. “Literalmente nos estábamos muriendo de hambre”. En Líbano, esta refugiada siria trabaja recolectando verdura y gana unos 6 dólares al día. Con eso y las ayudas que le da ACNUR logra mantener a su familia.
Paquistán:
Aqeela Asifi  y su hija. Foto: ACNUR/S. Rich
Para Aqeela Asifi la educación de las niñas refugiadas es fundamental para garantizarles un futuro digno. Esta profesora de origen afgano ganó en 2015 el Premio Nansen de ACNUR por su labor a favor de la educación de las niñas. Aqeela es una luchadora que apuesta por un futuro donde las mujeres tengan más peso en la sociedad.
Colombia:
Kelly, desplazada colombiana. Foto: ACNUR/S. Rich
Kelly (24 años) tuvo que huir de niña y lleva desde entonces viviendo en un asentamiento para desplazados internos en Soacha, donde ahora también ha nacido su hija Jireth. Aquí, los programas de formación de ACNUR hacen posible que muchas mujeres como Kelly adquieran habilidades que les permitan ganarse la vida y sacar adelante a sus familias, así como luchar contra la pobreza.
Uganda:
Nbela con sus hijos en el campo de Nakivale, en Uganda. Foto: ACNUR/F. Noy
Nbela (30 años) ha montado un restaurante con su hermana  en la aldea ugandesa a la que llegó con sus tres hijos y otros familiares huyendo de la violencia en Burundi. “El negocio no es fácil porque aquí la gente no tiene mucho dinero. Nuestra vida ha cambiado mucho desde que nos fuimos. Espero conseguir un trabajo que nos de dinero suficiente para que las cosas vuelvan a ser como antes”, cuenta Nbela.
Etiopía:
Nemah con sus hijas en el apartamento donde viven en Adis Abeba. Foto: ACNUR/P. Wiggers
Nemah (49 años) escapó de la guerra en Yemen con sus tres hijas y su marido. “Vivíamos con miedo cada minuto y no podíamos dormir”, recuerda. Echa de menos su tienda de ropa, su casa y a su familia, pero en Adis Abeba, aunque pasan dificultades económicas, al menos sus hijas están a salvo de la violencia y ese es su mayor consuelo hoy en día. 


Si quieres colaborar y enviar ayuda a las mujeres refugiadas, hazte socio de ACNUR hoy.

Los crímenes de las cuatro estaciones

El crimen del invierno, última





   __¿Cuando ha sido eso, más o menos?

  __Hará dos meses, tal vez a últimos de junio, después del crimen del verano.
   __Entonces podían estar aquí perfectamente en invierno.
   __Si señor, estuvieron. Vinieron la semana antes de navidad a recoger a su amigo que se marchó con ellos a pasar la pascua en casa. Lo sabemos porque desde que sospechamos le hicimos un seguimiento y preguntamos esto en la fonda. Dijimos que uno se ellos podía haber preñado a una moza y la mujer del posadero colaboró encantada.
   __¿Desde cuándo esta ese fraile aquí, en Saláceres?
   __Desde finales del verano pasado.
   __Puede ser él__ dijo el marqués mirando a Josefo y luego a la joven__ Es totalmente posible. Tenemos que conocerlo.
   __Yo puedo ir el domingo a la iglesia__apuntó Josefo__supongo que estará en misa__ dijo mirando a la joven.
   __Si. Estará en misa y es fácil de identificar es el más alto y el más joven.
   Continuaron hablando de los candidatos del marqués a saber: el médico y …
   __Perdone que le interrumpa señoría, don Antero tiene coartada en los dos crímenes de aquí. En el primero estaba con el parto de la esposa del boticario y en el segundo había acudido a casa precisamente de mi vecino cuyo hijo se había roto una pierna al caerse de un árbol. Yo estaba en la casa porque la madre es amiga y allí continuaba el médico cuando escuchamos los gritos del sacristán.
   __Bien, bien, descartamos al médico__ convino don Nuño de mala gana__ os informaré quienes son nuestros candidatos. Sospechamos del hijo del conde que desde un poco antes de primavera se ha trasladado a la fortaleza con una mujer, parece que casada, para vivir su pasión lejos de los rumores de la Corte. Lo conozco desde niño es un tipo excéntrico, tiene buen porte y anda siempre de Córdoba a Damasco. También nos hemos fijado en uno de los cuatro banqueros. Los otros tres son viejos y no tienen demasiado buen porte. Dos de ellos son gordos y barrigones. Os diré lo que haremos: mi amigo Josefo y yo  iremos mañana a visitar al banquero en su oficina y le haremos un interrogatorio discreto. Los asuntos del condesito los investigará Cirilo pues es muy amigo de su hombre de confianza. Nos mantendremos en contacto. En cuanto haga las investigaciones os enviaré recado para que vengáis y os iré informando. Tenemos que darnos prisa para que no asesine en otoño.
   Tras despedir a la moza Josefo y don Nuño se congratularon del buen rumbo que acababa de tomar la investigación de los crímenes y alabaron el buen juicio de las mujeres de la Liga.
   __ Son arrojadas, desde luego. Lo mismo se vengan de los alguaciles que saben llevar una investigación. No se merecen lo que está pasando en la villa.
   Mientras hablaban se vieron interrumpidos por unos gritos desgarrados, seguidos de una sarta de maldiciones dichas por una voz sollozante. Don Nuño salió todo lo aprisa que le permitió la cojera para ver que sucedía. Tuvo que bajar hasta la cocina seguido por Josefo. Allí la escena era  harto dolorosa. La hija de la cocinera, una joven disminuida  había sido sodomizada por Tadeo contra la tapia trasera del palacio, cuando la muchacha regresaba de comprar del colmado. La joven gritando histérica se había escondido debajo de la mesa y se negaba a salir. Allí se había metido también Carlota para consolarla, pensando en cómo escapar para avisar a las mujeres de la Liga pues su tía la había castigado por el asunto de las garrapatas compartidas con Jacinto.
Don Nuño tuvo que sentarse, porque la cólera casi le hace perder el equilibrio. Ordenó a Virtudes traer a Gundemaro y luego hizo una seña a Josefo para que se acercara.
   __Tengo que disponer algunas cosas. En cuanto termine me reuniré con vos. Aguardadme en la biblioteca.
   Cuando regresó don Nuño, el asturiano preguntó cómo era posible que los alguaciles camparan a sus respetos por el pueblo haciendo lo que les viniera en gana sin que nadie les pusiera freno.
   __No hay ante quien protestar. El Alcalde Mayor es un individuo poseído por la gula que se pasa medio día comiendo y el otro medio cultivando unas plantas espinosas creo que de origen africano, para las que ha hecho construir un recinto acristalado en la parte trasera de su casa y allí pasa el tiempo que no está durmiendo o a la mesa. El Corregidor está poco tiempo por aquí y cuando está no recibe a nadie. Pensé hace tiempo, trasladarme  a Madisboa para ver al rey, aunque me incomoda bastante, pero lleva meses enfermo y no concede audiencias. Ahora parece que esta moribundo. El príncipe Manuel esta por lo visto ausente así que  quien gobierna ahora es su tío Fadrique, un elemento de cuidado. Todo queda en casa. Ellos no atienden asuntos menores, para eso tienen aquí un representante que es como si no estuviera. Se ocupa de lo que concierne a las arcas reales, nada más.
      __¿Pensáis hacer algo al respecto?
      __Acabo de hacerlo. Pero no puedo deciros nada más por ahora. A su debido tiempo os informaré.
      Después de comer Josefo se dispuso a abandonar el palacio. Cuando lo hacía observó como Virtudes le estaba esperando en el patio.
      __Le había dicho que quería hablar con vuesa merced.
      __Lo recuerdo. Usted dirá.
      __Se trata de mi sobrina y vuestro criado. Andan todo el día copulando como conejos…
      __Mujer,  yo no diría…
      __No me interrumpáis. Como conejos. Ahora los dos tienen las nalgas llenas de garrapatas, adquiridas en el pajar por estar con el culo al aire sobre el heno ¿haciendo que? Copulando como conejos. No quiero que mi sobrina se quede preñada y menos de un mindundi como su criado.
   __Virtudes, Jacinto es un criado tal y como lo es su sobrina y es además un muchacho bueno y trabajador, honrado y fiel. No le dedique epítetos peyorativos, se lo ruego.
   __No me diga palabras raras para confundirme. No quiero que preñe a mi sobrina, que está castigada y no va a volver a verlo a solas. Espero que vuesa merced colabore.
   __Descuide. Hablaré con el. ¿No ha pensado usted por ventura que pueden haberse enamorado?
   __Están engolfados. Eso es lo que están y no se hable más. Se acabó la conversación__ sentenció el ama haciéndose un lado para que Josefo continuara su camino. No para que continuara si quería sino para que lo hiciera de todas, todas.
   __Vaya por dios. Ya estamos como siempre. Sólo es pecado hacer el amor__ pensó en voz alta Josefo.
   Cuando ya salía se volvió y le preguntó por la muchacha agredida.
   __¿Cómo se encuentra la chica de la cocinera?
   __Mal__ respondió Virtudes con brusquedad cerrando el portón en sus narices.


   A la mañana siguiente temprano, don Nuño le recogió para ir a ver al banquero dando un corto paseo hasta su oficina. Era, como todos, judío sefardita y se había criado con los abuelos maternos  en Italia, en la Lombardía. Era realmente un hombre alto con buen porte, con medias de seda y zapatos picados muy a la moda. Fue lo primero que observaron ambos mientras le estrechaban la mano. Con la excusa de hacer una inversión don Nuño entabló conversación que el lombardo acepto encantado. Hablaron de Italia, donde el marqués pasó muchos años de su vida militar. Hablaron, como no, del gusto por viajar y de la vida en Saláceres que debe ser aburrida para alguien como vuestra merced acostumbrado a Milán. Soy de Bérgamo, dijo el banquero. Ah de Bérgamo ¿Cuánto hace que no visita su pueblo? Bastante, bastante tiempo…
   No se enteraron de gran cosa respecto a los gustos viajeros del italiano. Visitaba Madrid con relativa frecuencia, pero eso fue antes de que su mujer hubiera parido gemelos. Ahora todo el tiempo libre lo dedicaba a estar con sus hijos, ya era algo mayor para la paternidad y pensaba que tendría poco tiempo para disfrutarla. Por ello había delegado los viajes en su segundo. Hacía casi dos años que no había visitado España. Don Nuño quiso conocer al segundo banquero. Se decepcionaron lo suyo, porque el hombre era bajo y rollizo, nada de buen porte ni de buena facha. Ninguno de los dos era el asesino. Seguro.
   Cuando salieron el marqués estaba casi convencido de que las damas de la Liga estaban en lo cierto. Podía ser el fraile.
   __Mañana iré a la misa de doce__afirmó Josefo__ observaré a los frailes, descubriré a nuestro hombre y me haré amigo de él si lo considero menester, luego ya veremos…

   Eso fue lo que hizo exactamente , desayunó en el huerto con calma y se dirigió a la iglesia. Había varios fieles congregados en la plaza en corrillos, cambiando impresiones, interesándose por la salud del convecino e incluso haciendo negocios antes de la misa.
Josefo paseó la mirada sobre la gente y decidió entrar en el templo, porque a aquellas horas el sol ya hacía sudar a quien se detenía mucho rato bajo sus rayos.
   Cuando se hallaba ante la pila del agua bendita admirando una pintura de grandes dimensiones , que representaba el martirio de un santo desconocido para él, asaeteado no precisamente por las flechas de Cupido, se abrió el portón de nuevo y accedió al templo una enlutada mujer tan bella como joven cuyos ojos verdes cosieron en el acto de dos puntadas las heridas amorosas del escritor. Era alta, casi tanto como él, morena y bajo sus vestidos negros se adivinaba una suave figura. Las manos, que sujetaban el misal, eran  largas, finas y blancas. Manos hechas para las caricias, sin dudarlo. Boquiabierto, rozó los dedos de Raquel con los suyos bendecidos en la pila y se hizo a un lado medio azorado para cederle el paso. Ella sonrió apenas mientras su corazón se aceleraba tanto que temió se le notaran los latidos a través del vestido.
   Josefo la vio alejarse por el largo pasillo como si flotara en la semipenumbra que propiciaban las velas que se agitaron alegres con la brisa de su andar.
   Detrás iba su criada a la que Jacinto había descubierto, también. Era más delicada que Carlota y posiblemente menos asequible, pero a él le había causado muy grata impresión. Se le había acelerado el pulso lo que era buena señal. Josefo contempló a la mujer hasta que ella se acomodó, suponía, que en su sitio acostumbrado. Entonces se adentró en el templo y se colocó detrás.
   Más tarde reconocería avergonzado que no había prestado ninguna atención a los frailes ni a la misa. Ni recordó siquiera el motivo por el que había acudido a la iglesia. La silueta de Raquel ocupaba todo su horizonte.  Sacó el cuadernillo que siempre portaba y escribió sobre la marcha unos versos dedicados a quien iba a ser de ahora en adelante  la mujer de sus pensamientos.
No se enteró de  lo que aconteció en la iglesia. Habría sido una misa como era de suponer, pero si el oficiante hubiera anunciado la venida del fin del mundo, que la Virgen  le acababa de revelar, reflejada en el agua de la pila mientras se lavaba, le hubiera pasado absolutamente inadvertido.
  Cuando terminó el oficio salió del banco al paso de la joven y le deslizó el papel lo mismo que hiciera con el agua bendita. Luego le hizo una respetuosa y rendida reverencia. Se le daban bien estas cosas, tenía práctica. Había hecho mucho teatro.
   Raquel cerró el puño apretando el papel y con el corazón en la garganta, abandonó la iglesia, atravesó la plaza y penetró en el zaguán de su casa. Allí casi en penumbra, se dispuso a leer lo que el apuesto joven le había escrito.
Oh, día iluminado
Ojos que al mirar
Cosen heridas
Abiertas, del pasado
Brisa cuyo soplo
Riza la corriente
De mi sentimiento
Que olvida amarguras
Y presagia sueños.
Luz del porvenir
De amores eternos.

   ¿Sera poeta? Pensó Raquel.
   __Luisa, ¿has visto a los dos hombres de esta mañana en la misa?
   __Si señora. He hablado con el criado. Se llama Jacinto, son españoles como vuestra señoría, creo que muy del norte.
   __¿Podrías enterarte quienes son?

   __Desde luego, señora. No será difícil.




Continuará...

Los crímenes de las cuatro estaciones

El crimen del invierno, primera


El marqués andaba inquieto. Se aproximaba el otoño y con él la vendimia y no había venido aún el cubero. Le había vuelto a mandar recado, pero así y todo no se había presentado. Desde que años atrás falleciera el cubero del pueblo, compraba las piezas al mejor de Madisboa, quien venía en verano a construir las cubas para el pisado de la uva, a su bodega.
   Todos estos pormenores los conocía Josefo a través de  Jacinto, que cuando no tenía tarea en la casa se iba, motu proprio, a echar una mano a la del marqués. A echar una mano a Carlota, principalmente, a pesar de haberle advertido el escritor que fuera con cuidado. No deberían causar problemas. Ya había dejado su amo suficientes en España.

   Ilustraré a vuestras mercedes, mientras esperamos al cubero, sobre el modo de cultivar  la viña en un lugar tan montañoso como este nuestro país, diferente por completo de cómo lo hacen en las llanuras españolas.
   Se cree que fueron los romanos quienes introdujeron el cultivo de las vides, durante el tiempo que residieron aquí, interrumpiéndose el cultivo tras abandonar estos la comarca, retomándolo años después los frailes que descubrieron los socalcos y comprendieron que la zona era buena para la vid puesto que  la habían explotado los romanos. Tras los monjes y años y años más tarde, los montaraces ya convertidos en hispatanos, se dedicaron al cultivo y a  la producción de unos caldos blancos típicos de la zona de los que derivó el vinho verde portugués.

   Las cepas se siguen plantando en los valles a lo largo del cauce del río Torte. Estas plantaciones, desde  las mismas riberas del río ascienden montaña arriba, asentadas en las laderas y protegidas por  pequeños muros de contención en escalón,  llegando hasta bastante altura y dando origen a una serie de formas inimaginables y variadas, conformando un paisaje diferente y peculiar. Dentro de estos socalcos en hispatano o terrazas en español, de diferentes longitudes, se abren los agujeros para las plantas. Entre los socalcos se construyen escaleras que permiten ascender por la ladera con comodidad. La plantación se hace en marzo dado que antes, el frío, presente en el país aunque escaso hay que reconocerlo, puede estropear las plantas que tardan dos o tres años en producir.
   La vendimia la hacen las mujeres preferentemente, mientras que los hombres cargan las banastas con la uva y las van acercando hasta el camino más próximo por el que descienden a lomos de mulos hasta el valle. Es un trabajo harto laborioso que ocupa a personas llegadas de municipios limítrofes tanto desde España como desde Portugal, puesto que en Hispatania no hay mano de obra suficiente. El marqués poseía una plantación extensa de viñedos sobre la margen derecha del río, tras la primera curva en dirección Madisboa. La uva es de racimos pequeños y de color amarillo brillante con irisaciones verdes y doradas. El vino es un blanco seco, ligero y delicioso, de sabor suave pero con suficiente cuerpo. Es según los entendidos, un vino de regusto placentero, elegante y completo.

   Por fin la primera semana  de agosto, apareció el artesano. Don Nuño salió al patio a recibirle con intención de reprocharle la tardanza y quedó sorprendido. El hombre había envejecido considerablemente desde la última vez.
   __¿Habéis estado enfermo?__se atrevió a preguntar tras los saludos.
   El viejo se echó a llorar. Su ayudante que era también su yerno, respondió al marqués.
   __Discúlpele su señoría. Es que…mi esposa, su hija…murió el pasado invierno.
   __Oh por Dios__ exclamó don Nuño, realmente dolido, abrazando al viejo __Cuanto lo lamento. Lo lamento mucho querido amigo.
   __¿De qué enfermó tan joven?__ quiso saber Virtudes.
   Hubo un silencio. El yerno tragó saliva antes de responder.
   __Murió asesinada__ dijo con la voz rota__ estrangulada. Había ido al huerto casi al amanecer a buscar hierbas para hacer una tisana. Tenía nauseas. Estaba…., estaba embarazada__ aclaró ya entre sollozos__ tardaba en regresar y salí a buscarla, ya digo que no  se encontraba bien, temí que se hubiera puesto enferma en el huerto y se enfriara. Vi una sombra huir, era su asesino, un fraile, un fraile negro__ El suegro le tocó el brazo para que se callara. Acusar sin pruebas a un fraile de asesinato podría acarrearles problemas y ya tenían suficiente con la muerte de la hija y la impunidad  del criminal.
   Don Nuño asintió con la cabeza. Se lo figuraba. Era el crimen del invierno, había estado desde el principio en lo cierto.
   __No se inquiete querido amigo. Deje que el muchacho cuente lo que vio. Aquí hubo también dos crímenes similares e igual que en su caso, alguien vio en ambos un fraile negro rondando. Es posible con estas coincidencias que demos pronto con el asesino.
El cubero se calmó y dio permiso al yerno para continuar.
   __Le seguí. Subió  a su caballo y salió a galope, pero yo le seguí…
   __¿Iba a caballo?__ Inquirió el marques__ ¿comprobaste si llevaba espuelas?.
   __Si señor. Pude verle con claridad. Calzaba botas con espuelas. Como le digo salió a galope y yo detrás. Le seguí hasta aquí, hasta Saláceres, estuve a punto de acudir a vuestra señoría, porque una vez pasado el puente le perdí de vista.
   __¿Por que no lo hiciste?
   __Porque me salieron al paso dos jinetes y tuve que defenderme. Aunque estoy convencido que no querían matarme, pues les hubiera sido fácil. Soy buen jinete, pero no soy hábil con la espada. Solo pretendían echarme de aquí. Me hicieron retroceder cortándome el paso, blandiendo y entrechocando sus espadas y una vez en el camino de Madisboa me dejaron ir. La justicia investigó pero no dieron con el culpable. En el convento de aquí al lado ni siquiera tienen caballos, solo mulos. Además la mayoría de los frailes son de edad avanzada y este era un hombre alto y con buen porte, yo creo que no era un fraile de verdad.
   El muchacho, observador según don Nuño, no paraba de sollozar y se quitaba las lágrimas bruscamente con la mano, como si las golpeara. Don Nuño asentía a todo lo que  decía. Naturalmente que no era un fraile. Ahora ya estaba convencido totalmente de que residía en Saláceres y no había matado en otoño ni en invierno, simplemente porque le pilló fuera. Mató en España, cerca de la frontera en otoño y en Madisboa en invierno. Era el mismo asesino. Estaba tan  seguro de ello como de que era de día.
   __Tómese un descanso mi buen amigo, no hay prisa, estaré encantado de que sean mis invitados durante el tiempo que precisen.
   __No se preocupe señor marqués, nos pondremos a trabajar. Es lo mejor para no pensar. Muchas gracias por su comprensión, es usted una buena persona.
   Virtudes lloraba en silencio abrazada a su sobrina que se frotaba el trasero sin disimulo.
   Don Nuño la envió  a avisar a Josefo.
   __Dile que venga a comer, tengo que hablar con él.
   Virtudes esperó a que volviera y la interceptó en el zaguán.
   __¿Por qué estas todo el día rascando el culo, que te pasa?
   __No lo se tía, me toco y tengo unos bultos.
   __Vamos a ver.
   __¿Aquí?
   __Si, aquí, levanta la falda.
   La joven levanto la falda y el refajo y se bajo los calzones. Virtudes no daba crédito. Tenía las nalgas infestadas de garrapatas.
   __Son garrapatas. ¿Se puede saber dónde has puesto el culo?__ Preguntó cogiéndola del pelo.
   __No lo sé tía. Suélteme que me hace daño.
   Virtudes la arrastró por las trenzas, cruzando el patio por delante de los cuberos,  hasta la cocina
   __Anselma pon un poco de grasa en el fuego: Tú, ponte ahí con el culo al aire. A saber dónde has estado, puta. Siempre con el criado del asturiano que cualquier día vamos a tener bautizo antes que boda.
   __Que cosas dice tía.
   En ese momento sonó la aldaba del portalón.
   __Hablando del diablo, por ahí asoma. Quédate aquí, yo abriré.
   Efectivamente eran Josefo y Jacinto, que no había sido llamado, pero que acudía con gusto sin que hiciera falta invitación. El ama contestó al saludo del escritor con un gruñido.
   _¿Donde está el señor marqués?
   __En la biblioteca. ¿Te pica el culo?
   __¿Perdón, como dice, Virtudes?
   __No le pregunto a vuesa merced, le digo a él. ¿ Te pica o no?, porque veo que te rascas y si no, es de tontos.
   __Si me pica. Tengo unos bultos.
   __Mira, tira para la cocina que te daré el remedio aunque no debería. Tendría que dejar que te comieran vivo. Vuesa merced  y yo tenemos que hablar después señor Mallo.
   Josefo quedó un poco intrigado con las cosas del ama y los bultos de su criado, pero continuó hacia la biblioteca al encuentro de don Nuño. Al atravesar el patio saludó a los cuberos y se sorprendió de ver llorando al más joven.
   Don Nuño le abrazó con alegría, a pesar de la noticia,  y le puso al corriente del asesinato de la hija de  su cubero.
   __Ahora estamos seguros. Vive en Saláceres y se disfraza para matar. Además es hombre principal, la salida de dos esbirros a cortar el paso al muchacho lo corrobora. Tengo varios candidatos. Vamos a sentarnos.
   Nada más tomar asiento entró Cirilo para anunciar al marqués la visita de una mujer de la villa, la hija del curtidor, que deseaba verlo a poder ser ahora mismo.
   __Es de La Liga, ya sabéis…
   __Que pase, la recibiré aquí mismo.
   La muchacha era alta, de facciones armónicas y de grandes y dulces ojos azules. Se azoró un poco al ver a Josefo más que otra cosa porque no esperaba que hubiera nadie aparte  del marqués.
   __Sentaros__ dijo el capitán que se había levantado a recibirla__ decidme que os trae por mi casa, lo cual es para mí un autentico placer.
   __Muchas gracias señor marqués__ dijo la joven mirando de soslayo a Josefo.
   __El señor Mallo es un español, buen amigo mío. Podéis hablar tranquila delante de él.
    __Se quién es. Se que el alguacil lo detuvo tras el segundo crimen y se, por supuesto, que no tiene nada que ver con eso.
   __Muchas gracias__ dijo el asturiano.
   __Verá don Nuño, sabemos que usted anda tratando de descubrir al asesino, cosa que nosotras agradecemos en lo que vale, ya que nadie más parece interesarse en conocer la verdad.
   Don Nuño hizo un gesto con la mano para quitar importancia al hecho.
   __Nosotras tenemos en cuenta que el asesino se disfraza de fraile para matar…
   __Perdón ¿habéis dicho se disfraza?
   __Si señor, puesto que esta atestiguado que calza finos zapatos de caballero y lleva medias, algo impensable en los verdaderos frailes. Creemos que es alguien principal que se reviste para matar. No obstante, hemos investigado a los frailes del monasterio, nunca está de más, y hemos descartado a toda la comunidad excepto al nuevo botánico.
   __¿Como eso?__ se interesó don Nuño.
   __Muy sencillo señoría. Le hemos visto. Es alto y distinguido y aunque lleva abarcas de cuero, sabemos que es el tercer hijo de los marqueses de Ahumada de Toledo, que profesó por un desengaño amoroso. O sea, que tiene zapatos y medias, seguro, en su baúl. Se ocupa del huerto medicinal y lleva plantas y remedios a los otros monasterios.
   __Vamos a ver__interrumpió Josefo__ En Salamanca nos dijeron que pasó el boticario de San Vicente y luego un  fraile con botas y espuelas antes de que apareciera muerta otra mujer.
   __Es el crimen del otoño__ aclaró el marqués a la joven de la Liga__ Nosotros tenemos además la teoría de que mata con el inicio de las estaciones. Tenemos comprobados los dos crímenes anteriores, cerca de aquí y siempre con un fraile de por medio. O sea que vuestra teoría también es acertada y habéis sido muy diligentes. Pero, hay un pequeño incidente veréis, en el crimen del invierno el novio de la asesinada siguió al criminal desde la capital hasta aquí, pero le salieron al paso un par de hombres a caballo. No eran frailes ¿comprendéis?. No creo que el hijo de los marqueses tenga criados en el cenobio.
   __Criados no, pero a veces vienen sus amigos a visitarlo. Varias veces los vimos en el pueblo, se hospedan en la fonda del palentino “La bella desconocida”. Vienen siempre dos o tres. Son bastante pendencieros, la última vez tuvieron problemas con Guzmán y desde entonces no han vuelto.




Continuará...

Los crímenes de las cuatro estaciones

El crimen del otoño, última




   __Se refiere a Elena Osorio. Es en verdad una mujer muy bella. El pobre Lope lo pasó muy mal por su culpa. Ella se había separado de su marido el también actor Cristóbal Calderón al que ponía los cuernos a porfía y se enredó con  Lope, quien le pagaba los favores con obras de teatro, hasta que ella decidió casarse por interés con un noble poderoso sobrino del cardenal Granvela, ¿comprende? El hombre tuvo que pasarlo realmente mal.
   __Dígamelo a mí, que se bastante de amores traicioneros.
   El mesonero trajo la cecina y el poema. Josefo se apresuró a leer

Una dama se vende a quien la quiera.
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
su madre la sirvió de pregonera...

   __Que mala leche__ dijo sonriendo
   __¿Usted cree? Ella es una mala pécora, bellísima, eso sí, pero muy puta y los padres unos alcahuetes. Los dos.
   __¿Los conoce usted don Nuño?
   __Si, desde luego. Cuando vienen a actuar a  Madisboa se alojan en mi casa y cuando regresan de Portugal, también, antes de continuar viaje hacia España. Quizá tengáis oportunidad de conocerlos.
   __Me encantará. Tengo alguna obrilla de teatro que a lo mejor podría interesarles…
El ventero se dirigía al corral y al pasar por delante de la mesa comentó como quien no quiere la cosa:
   __El día del crimen, a la tarde, el boticario pasó de vuelta.
   Los viajeros se miraron.
   Podría ser el criminal. Los boticarios solían visitar los monasterios con cada cambio de estación para llevar medicinas específicas para las enfermedades típicas de cada época del año en los diferentes lugares, según la situación, el clima, el tránsito de viajeros o el nivel de vida. Los conventos tenían su propio huerto medicinal, pero a menudo no era suficiente
   Los viajeros se animaron. El boticario de San Vicente, visitaba también el convento de Saláceres.
   __Podría ser él__ dijo Josefo con la boca llena de cecina.
   __No se, no se…Recuerde lo de las abarcas.
   ___No era él__ afirmó una voz de mujer.
   No les hizo falta girar la cabeza. La criada ya se había colocado delante de sus narices, había dejado la fuente con el cabrito sobre la mesa al tiempo que su generosa pechera sobresalía por encima del, en exceso, ajustado corpiño casi hasta el pezón  y amenazaba con desparramarse sobre el mantel. Ella, consciente de que la visión de sus abundancias agradaba a los viajeros, soltó la fuente pero continuó inclinada, mirando a ambos alternativamente esperando las preguntas. Y si uno o los dos alargaban la mano para sobarle el pecho, pues mejor aún, faltaría más. Hay que ser generosa y saber compartir lo que Dios te dio de balde.
   __¿A quién te refieres?__ preguntó Josefo, sin ceder  a la tentación, no porque se hubiera regenerado, sino porque las abundancias no le incitaban. Todo lo que excedía la capacidad de la mano era poco práctico, se perdía el tiempo agarrando por aquí y por allá sin demasiado provecho.
    __Al monje. Creen que soy tonta pero de eso nada. Yo me fijo en todo. Este fraile calzaba botas con espuela. El fraile anterior era un desarrapado. Aunque a este no le vi la cara porque se tapaba con la capucha, podría jurar por Dios que no era el mismo, no__ afirmó dando con el busto contra la mesa, para corroborar la negación. Con tanta fuerza que el derecho se salió de su sitio y se descolgó a sus anchas sobre la carne de cabrito.
   Don Nuño dio un salto en la silla.
   __¿He dicho algo que ha molestado a vuestra señoría?__ Preguntó parpadeando con estudiada ingenuidad limpiando el seno con el delantal antes de colocarlo de nuevo en su reducto, con absoluta naturalidad. Tenía muchas tablas la moza, seguro que había sido lanceada en muchas plazas.
   Josefo ni parpadeaba. Jacinto y el criado de don Nuño se habían levantado de su sitio y se habían acercado discretamente para ver el espectáculo.
   __En absoluto joven__ replicó el marqués como si nada rebuscando en su alforja__. Toma unos maravedís. Has sido muy observadora y muy generosa. Te estamos muy agradecidos.
   __¿Qué haces puta?, largo de aquí, largo o te daré de palos__ vociferaba el ventero, regresando del corral a toda prisa subiéndose los calzones.
   __Ni se le ocurra castigar a la muchacha__ advirtió don Nuño__ nos ha sido muy útil. Es una chica lista y observadora. Se lo advierto.
   __Pensé que les estaba molestando__ replicó mansamente, limpiándose las manos en la culera del calzón.
   __En absoluto. Traiga mas vino, haga el favor.
   __Lo que ordene vuesa merced.
   __Bueno, bueno__dijo el marqués frotándose las manos__ seguro que el criminal es un falso fraile, que mata con el inicio de la estación. Ya está atestiguado en tres crímenes. Estaba en lo cierto. Habíamos deducido bien. Don Gonzalo y yo, naturalmente.
   __ Podría ser el boticario. Es posible, viaja mucho__ apuntó Josefo, todavía algo turbado por el incidente senil.
   __Si, pero por aquí pasó varios días antes y seguro que siguió viaje al día siguiente hacia el  próximo monasterio. Además ya lo oyó. Calzaba abarcas.
   __Podría cambiarse de calzado para matar.
   __¿Con que objeto? No haga conjeturas a la ligera__ Don Nuño hizo una pausa para saborear el cabrito y continuó__ Hay que saber donde mató en invierno.
   __¿El boticario?
   __No diga tonterías para confundirme; el falso fraile
   __¿Y cómo lo sabremos?
   __Preguntando
   __¿Donde?

  __¡Yo que sé! Déjeme comer en paz.


Continuará...

Los crímenes de las cuatro estaciones


 El crimen del otoño, primera


Se pusieron en marcha muy temprano, en el carruaje de don Nuño. Este y  Josefo dentro de la litera y Cirilo y Jacinto a lomos de las mulas delantera y trasera. Josefo nunca había visto una litera tan bonita como la del marqués. Era de encerado verde con las varas de madera oscura y brillante como el empedrado tras el chaparrón. El interior forrado de damasco igualmente verde tenía dos asientos con guarniciones y en cada vidriera  cortinas de la misma tela y el mismo color que el forrado. Así ya se puede viajar, pensó Josefo antes de probarla. Más tarde cambiaría de opinión.
   El día había despuntado tan radiante como la litera. Se notaba que el sol se había levantado trabajador esa mañana y había atizado el fuego a conciencia hasta el punto de casi  derretir a los planetas o por lo menos a este en el que moramos, porque alguien nos ha puesto aquí no porque nosotros lo hayamos decidido. Un día se le irá la mano y  nos freirá en nuestro propio jugo, pensaba Josefo que como buen norteño no estaba acostumbrado a estos excesos calóricos. Cuando tras una hora larga llegaron a la frontera, la temperatura era ya de auténtica injusticia.
   La  frontera con España  no existía como tal. Sin embargo al extremo del angosto paso entre montañas, había un puesto fronterizo hispatano con un funcionario mas cuatro soldados en una especie de fortín de piedra construido en tierra de nadie, y  una culebrina cuyo largo cañón asomaba por encima del muro, con un negro agujero siniestro y profundo como fauces de  dragón, capaz de succionarte la cabeza si tienes valor de  acercarte a mirar. La cureña tenía dos grandes ruedas para facilitar el transporte, por si había que salir corriendo detrás de algún invasor o de algún comerciante que tuviera la ocurrencia de negarse a  pagar la alcábala.
   En Hispatania las dos ciudades que había carecían de alhorís y los impuestos se cobraban en las fronteras con las dos naciones ibéricas. Era lo más práctico dada la corta extensión del país. Dos soldados inspeccionaban el género y efectuaban el recuento o el pesaje, mientras los otros dos montaban guardia al lado del cañón. El oficial anotaba fecha, nombre, dirección, procedencia, destino, volumen  y precio de la mercancía si la hubiere, echaba cuentas y cobraba. El cinco por ciento del valor de la mercadería y un tanto fijo por persona y animal. Al lado de cada nombre ponía una anotación: comerciante o viajero Así de sencillo. Casi nunca hubo problemas.
   Del lado español no había nadie. Era lo más sensato ¿para que se necesitaban guardias ni cañones en la frontera con un país de 5500 habitantes? Podría ser peor el remedio que la enfermedad. Si a los hispatanos les diera la ventolera de invadir España, serían  neutralizados por los ejércitos imperiales en un santiamén. Tampoco había peligro de invasión portuguesa a través de Hispatania, porque España y Portugal se fundían ahora en una sola corona sobre la dorada cabeza de Felipe II. Dos guarniciones vecinas,  teniendo poco o nada de qué hablar, puesto que todo lo que tendrían para decirse les llevaría unas horas el primer día, podían terminar por odiarse y acabar enfrentadas por cualquier nimiedad, cayendo en la tentación de utilizar la culebrina respectiva para dirimir sus disputas dando origen con su incuria  a un conflicto internacional, que era mejor evitar del modo que estamos comprobando: por omisión de puesto de guardia en la frontera del lado español.
Y ahora paz y después, gloria.

El camino que seguían nuestros viajeros tenía en la parte hispatana  buen firme y era cómodo a pesar de la angostura, del lado español, no  tanto. Abandonaron poco después de la frontera, el camino real y tomaron uno secundario de tierra, casi llano, que discurría paralelo al río por lo que se notaba y agradecía el frescor. Después de un buen rato de agradable viaje llegaron a la pequeña villa. Josefo estaba bastante mareado con el balanceo de la litera, el desayuno se le había puesto en el gaznate y tenía más ganas de vomitar que de iniciar una investigación. No lo hizo porque le daba pena desperdiciar de ese modo el chocolate y los pastelillos de la cocina del marqués. Tenía que reconocer que en la casa de don Nuño se comía bien.
   Se dirigieron a la taberna más grande de todas las que había y se aposentaron en el patio a la sombra de una parra lujuriosa que se exhibía sin ningún pudor a lo largo de la empalizada, dejando colgar tentadora sobre los parroquianos sus racimos de incipientes uvas, verdes y redondas, como pechos de zagala  impúdica y desvergonzada. Mientras les servían el vino, don Nuño charló animadamente con el ventero muy contento de recibir en su negocio gente principal.
   El marqués no se andaba con rodeos y fue directo al grano, con el pasmo del asturiano que aún no hablaba para no arrojar el desayuno por la boca.
   __Aquí mi amigo es escritor y anda documentándose sobre crímenes reales sucedidos en los pueblos y villas. Nos gustaría saber si ha habido aquí algún asesinato, sobre todo de mujeres, el invierno pasado.
   __¿Por qué en el invierno?__ El ventero respondía preguntando. Era una manía.
   Buena cuestión le pareció a Josefo, que miró a don Nuño a ver cómo salía del lance.
   __Porque la gente asesina de modo diferente según la estación ¿No lo sabía vuestra merced?
   El ventero negó con la cabeza.
   __Pues sí. Y ya tenemos noticias sobre crímenes primaverales y veraniegos. Nos faltan otoñales e invernales. ¿Ha muerto por desventura alguna mujer el pasado invierno?
   __¿Asesinada?
   __Naturalmente.
   __¿Y en invierno?
   __Si.
   __Pues no.
   Josefo volvió a mirar al marqués. Este no se daba por vencido. Iba a preguntar de otro modo cuando…
   __Pero si hubo un crimen en otoño__ dijo el ventero levantando el dedo índice hasta la frente__ Precisamente el día que comenzaba la estación. La sobrina del cura. Murió estrangulada. ¿Le sirve?
   A don Nuño se le alegró la mirada como solía antaño cuando veía una dama que le gustaba. Primero se alegraba la vista y acto seguido otras partes del cuerpo. Eran otros tiempos.
   __Claro. Siéntese con nosotros y cuéntelo todo.
   __Hay poco que contar__ dijo el ventero permaneciendo de pie y rascando la cabeza__ No cogieron al culpable, aunque la gente sospecha del sacristán que parece ser que la pretendía, pero ella no le echaba cuenta. Era muy religiosa. Dicen que iba para monja. Estuvo detenido, pero no encontraron pruebas suficientes contra él.
   __Salvó, que no estaba aquí Guzmán__ apuntó Josefo, que ya podía hablar.
   __No entiendo lo que me dice vuesa merced.
   __No se preocupe son cosas nuestras. Continúe, continúe por favor.
   __¿Nadie vio nada raro esa tarde. Algún hombre rondando por el lugar, alguien que no debería haber estado?—inquirió Josefo.
   __No.
   __¿Conoce vuestra merced a don Antero Marcos, el médico? En esa época estaba aquí según tengo entendido.
   __Si lo conozco.
   Don Nuño arqueó la ceja izquierda, mirando a Josefo.
   __Pero en esa época ya no estaba. Antes de irse para Hispatania, pasó un tiempo en Burgos con su familia. De aquí se fue para el norte. Partió a finales de agosto. No volvió por este lugar. Ya no le vimos más.
   Don Nuño arrugó el entrecejo visiblemente contrariado.
   __¿Hay frailes por aquí?__ preguntó de nuevo Josefo, que se había ido animando.
   __Hay un convento hospitalario entre el pueblo vecino y éste, pero apenas hay distancia está aquí mismo, al lado.
   __¿Vieron ese día algún benedictino por casualidad?
   __¿Quiere decir el día del crimen?
   Josefo asintió. El ventero hizo una larga pausa, tratando de recordar, mientras dibujaba palotes con el pie sobre la tierra.
   __No. No que yo recuerde.
   El escritor miró al marqués. Este se encogió de hombros.
   El buen hombre se quedó mirando a sus adinerados clientes, esperando la comanda, cuando de pronto recordó algo.
   __Pero…unos cuantos días antes pasó por aquí el boticario de San Vicente de Salamanca. La mula  se encabritó y lo tiró al suelo. Venía todo mojado el pobre. Se sentó al lado del fogón para secarse y calentarse un poco, antes de seguir viaje. Le dimos un buen tazón de caldo de verduras. Son buena gente los frailes y serviciales; todo el mundo les aprecia.
   __¿Que calzaba?
   __Abarcas de cuero, como todos ¿ qué otra cosa iba a calzar?__ respondió convencido__ Se las quitó y las dejó secar junto al fuego mientras tomaba el caldo que migó con una buena hogaza. Traía hambre el buen monje. Por cierto. ¿Preparo algo de comer a vuesas mercedes?
   __Si__dijo don Nuño__ tráiganos de comer, por lo menos sacaremos algo en limpio. No es nuestro fraile__ le dijo a Josefo.
   __Para comer puedo ofrecerles, cecina, ensalada de la huerta y carnero verde. De postre tengo naterones y por supuesto fruta variada también de la huerta.
   __Tráiganos de todo para los cuatro. Y unas jarras de vino.
   __¿Que es el carnero verde?__ preguntó Josefo, cuando el mesonero se fue a encargar la comida.
   __Pues que va a ser: carnero.
   Don Nuño resultaba áspero y cortante las más de las veces. Hoy sin embargo rectificó de buen grado para instruir a su nuevo amigo norteño que no tenía porqué conocer la gastronomía de lugares tan lejanos a los suyos y que además se había prestado de buen grado a ayudarle en la investigación.
   __Veréis, es carnero cortado en trozos, con mucho ajo, perejil, tocino y creo que le añaden pan mojado desleído con yemas de huevo y especias. Aquí lo acompañan con abundantes verduras puesto que tienen huertos. Le gustará. También la cecina es de calidad.
   El ventero regresó a poner el servicio y miró a Josefo con curiosidad.
__Así que el señor es escritor. Por aquí vino alguna vez un tal Lope de Vega, un poeta madrileño Se dedicaba a seguir a una actriz por todas partes. El día que estuvo aquí por última vez ella le había comunicado que se casaba con otro. Venía hecho polvo el hombre. No tuvo fuerzas para seguir a la compañía hasta Hispatania.
   A Josefo le interesó la historia del tal Lope, del que conocía alguna obra de teatro y más de una poesía, porque era semejante a su asunto con la actriz por el cual había tenido que huir a toda prisa de su tierra asturiana, aunque ella no iba a casarse, el problema devino porque ya lo estaba, como sabemos.
   __¿Era la compañía de Jerónimo Velázquez?__ preguntó el marqués.
   __Esa misma, si señor. Como le digo se detuvieron aquí de camino a Madisboa. Ella…__pensó un momento__ Elena, si Elena, era una mujer hermosísima. Yo nunca vi otra de igual belleza, ni creo que la vuelva a ver…__dijo rascándose la cabeza con resignación__El se quedó aquí. Apenas comió ni durmió. Luego se puso e escribir y me dejó unos versos, para pagarme la posada. No tenía dinero el pobre. Yo no le hubiera cobrado de todos modos, aunque no sé leer. Siempre que viene por aquí alguien principal le pido que me los lean ¿Quieren verlos vuesas mercedes?

   __Por supuesto__dijeron a dúo Josefo y el marqués.


Continuará...

Los crímenes de las cuatro estaciones

El escritor, última


Tras no mucho camino, llegaron con alivio a un convento de monjes cistercienses quienes les dieron cobijo con agrado y les permitieron lavarse.
   El  prior era un hombre de mediana edad alto y bien parecido que enseguida hizo migas con Josefo, pese a la antipatía  de este por los hábitos.
   __Me llamo Gerardo de Peñaflor y soy el prior. Soy asturiano de Grado, empleo el tiempo libre en hacer traducciones de libros extranjeros. Tenemos una buena biblioteca que tendré mucho gusto en mostraros.
Quizá fuera porque compartían la afición por la literatura, por lo que el muchacho se sentía a gusto con el monje y no tuvo inconveniente en referirle los pormenores del viaje, sin omitir el episodio del cementerio en Galicia. Gerardo de Peñaflor se rió a gusto.
   __¿No vais a reñirme?
   __Hombre, no está bien codiciar, ni menos aun catar los bienes del prójimo__ volvió a reírse__ pero las mujeres no son una mercancía y por consiguiente tampoco propiedad de nadie ni siquiera del marido y si ella consintió, no seré yo quien os enmiende la plana. Pero debemos poner celo en evitar dañar los sentimientos de terceros, precisamente. Quiero decir que uno puede enamorarse de otra persona, pero es preferible decir la verdad al marido o a la esposa, lo que no está bien es engañar ¿comprendéis?
   Josefo estaba perplejo, nunca hubiera esperado una respuesta así de un clérigo. Para todos los que conocía el mayor pecado, casi el único, era la fornicación. Que el monje antepusiera el engaño al fornicio era una novedad agradable.
Continuó con el relato hasta llegar a las monjas hospitalarias.
   __Ah mi buen amigo. Habéis tropezado con Gaudiosa de Rentería “la alavesa” y con su banda. Como ya habéis comprobado no son monjas sino todo lo contrario. Son bandidas que asaltan a los viajeros, los conducen a su guarida, un cenobio abandonado, y los matan para robarles.
   Pero es una historia triste la de esa mujer. Era vascona como ya os indiqué. Tenía tres hermanos varones y su padre la educó lo mismo que a ellos, instruyéndola en el manejo de las armas y  la caza.
   Eran gente adinerada, cristianos viejos buenos y temerosos de Dios, pero las rencillas de un vecino envidioso de los éxitos económicos  del padre, Juan de Rentería, propiciaron ya sabéis como funciona esto, la denuncia al Santo Oficio, que cuando hay dinero de por medio es muy proclive a creer cualquier cosa que se  diga aunque el sentido común indique lo contrario. Prendieron a toda la familia y para no cansaros os diré que la sentencia fue: Para el  padre, confiscación de bienes y muerte en la hoguera, porque el viejo no quiso arrepentirse y que le dieran garrote, muerte menos cruel, así que ardió vivo. Los hermanos fueron condenados a muerte también incluso el más joven, casi un niño y ella fue condenada a una pena simbólica: viaje al cadalso con sambenito y vela y regreso a la  cárcel para quedar libre. El pueblo se alborotó, querían más espectáculo. Ver arder a una mujer era siempre un añadido interesante al de por si encarnizado festín. Pero ese día se les fastidió la orgía. Sin embargo para una mujer era una condena a muerte. Desaparecida su familia, incautados sus bienes ¿Qué les quedaba? Cualquier otra se hubiera rendido; pero no Gaudiosa. Se echó al monte como un forajido y poco a poco fue ajusticiando a la familia del delator. Sin prisa, tomándose su tiempo. Dejando que se confiara entre una muerte y la siguiente. Cuando le tocó el turno a él, le descuartizó, confío en que ya muerto, y luego esparció los restos por la plaza donde ardió su familia. Después desapareció de la comarca. Al poco, comenzaron a tenerse noticias de una banda de mujeres que campeaba a placer por los caminos de la cordillera. Ora aquí, ora mas allá, pero siempre en la montaña para azote de viajeros confiados como vuestras mercedes, atentos sólo a los peligros del viaje, que no podían más que alegrarse si les salían al paso unas monjas indefensas y para mayor abundancia jóvenes, guapas y hospitalarias.
   __Pues posiblemente la he matado con mi honda__apuntó Jacinto que se había acercado a escuchar la historia de Gaudiosa.
   __Tenéis que enseñarme a usarla. Veo que es un arma eficaz y fácil de fabricar, además.
   __Con mucho gusto, padre. Empezamos cuando vos queráis.
   Josefo se quedó pensativo, sentía pena por la mujer rubia. Si era cierta la historia, la vida había sido muy cruel con ella.  La habían obligado a ponerse al margen de la ley. Era una injusticia terrible la que había cometido contra su familia el Santo Oficio. Si le hubiera sucedido a él, quizá hubiera hecho lo mismo.
   El prior había convocado a la comunidad y les había relatado el encuentro de los viajeros con las bandidas y como habiendo matado a tres de ellas, entre las cuales estaba Gaudiosa, era probable que las dos restantes abandonaran el lugar y pasara bastante tiempo antes de que se tuvieran noticias de nuevo de ellas, si es que se tenían.
   __Felicitemos a nuestros huéspedes.
   Mientras esperaban  por la comida, Jacinto mostró al prior como se manejaba el forquiau  y prometió enviarle uno por medio de uno de sus primos, el arriero de Lena, que visitaba León con frecuencia.
   Comieron con gusto el modesto condumio de los frailes. Luego el prior mostró a Josefo la biblioteca y aun hubo tiempo para charlar un buen rato de literatura.

   Josefo se sorprendió de la abundancia de textos del monasterio. Habría casi 500 ejemplares encuadernados. Gerardo de Peñaflor le mostró los seis volúmenes  de la Biblia Poliglota Complutense financiada por el cardenal Cisneros. Contaban también con varios códices latinos, hebreos, árabes y griegos. Si no fuera por la premura de la vuelta a casa se hubiera quedado con gusto algunos días con los frailes en particular con el prior al que prometió visitar de nuevo en cuanto tuviera ocasión para ello. Se acostaron temprano y partieron al alba. Les acompañó un fraile que debía acudir a Oviedo para hacer llegar unos documentos al Obispado. Era según el prior buen espadachín. Sería útil compañía. Gerardo de Peñaflor le recordó la amenaza del empresario y le rogó tener prudencia una vez en Oviedo.

   El resto del trayecto hasta la capital del antiguo reino astur transcurrió sin incidencias a no ser por la lluvia que se desató el ultimo día a modo de  purificación antes de entrar en la ciudad sin que hiciera falta fumigarles como se hacía con los peregrinos. El  agua los había dejado limpios y pulcros, al menos por fuera. El fraile acompañante aconsejo a Josefo esperar, mientras ellos llegaban a su casa y veían el panorama puesto que era más que probable que el sicario estuviera acechando. Decidieron tras ello, que el escritor esperara intramuros en la casa de los hijos del ayo, mientras Jacinto se adelantaba con el fraile para comprobar in situ si había o no peligro. En la casa del ayo recibió la noticia: Su padre ya estaba enterrado, no habían podido esperar más.
   El escritor lloró con sentimiento. Quería a su padre aunque no lo demostrara y sintió de veras no haber estado a su lado en aquel último trance. Le atormentaba la seguridad de que el progenitor hubiera muerto terriblemente preocupado por su futuro, asunto que a él no le inquietaba en absoluto. Pero los viejos temen al porvenir de los jóvenes porque es sinónimo de su propia  inexistencia. Cuando el joven se va  haciendo mayor, quien  ya lo fue hace tiempo, está próximo a terminar sus días en la tierra y sabe que no puede velar eternamente por los intereses del hijo, como sería su voluntad.

   Jacinto y el hermano Luis Mendoza con ropa de seglar llegaron a la casa de Josefo a media tarde. Mientras se acercaban un personaje con perilla puntiaguda y aspecto siniestro les salió al paso.
   __¡Josefo Mallo!
   __¿Quien lo requiere?__ preguntó Luis de Mendoza
   __¡La muerte!__ respondió el otro con arrogancia.
   El fraile sacó a pasear la tizona en menos que se parpadea y se aprestó a entablar pelea con el forastero. Este se sorprendió por la destreza de quien suponía era un espadachín mediocre. Las cosas igualadas en principio, comenzaron a decantarse a favor del supuesto Josefo. Cuando en un rápido avance adornado con varias fintas el monje arrinconó al sicario y a punto estuvo de desarmarle mientras le propinaba un tajo en el brazo, otro elemento apreció en la calle sin que Jacinto se hubiera percatado de donde salió, entretenido como estaba en no perder de vista al rival del fraile. El recién aparecido sacó una pistola y apuntó al supuesto Josefo, pero una providencial e imprevista piedra le impactó en pleno rostro haciéndole caer de espaldas. El suceso despistó al compañero en una distracción mortal puesto que Luis de Mendoza le atravesó sin mayores problemas con el acero, que asomó un palmo por la espalda. A continuación, comprobaron que el herido no había muerto aunque la pedrada le destrozó la nariz y la sangre le manaba como si le hubieran cortado la cabeza. Aunque la calle estaba desierta durante la pelea, aparecieron testigos por todas partes que refirieron a los corchetes como Jacinto y su acompañante habían sido asaltados sin miramientos y como el segundo malhechor portaba una pistola. Este fue trasladado al hospital custodiado por la justicia.
   __Todo acabó. Vete a buscar a Josefo. Yo vendré mañana a visitaros.

    Cuando el fraile regresó a la casa, Josefo le consultó sobre la conveniencia de abandonar Asturias. Ya no tenía aliciente alguno para continuar aquí. Prefería cambiar de aires. Tomaron la determinación de que Josefo regresara a León. Su tío le había hecho una oferta por la hacienda bastante espléndida. Además había recordado la herencia de Hispatania. Harían lo siguiente. Regresaría al convento con fray Luis de Mendoza. Si el tiempo lo permitía seguiría viaje a León y si no lo haría en primavera, pasaría el invierno con los monjes. Jacinto permanecería en Oviedo preparando todo lo necesario para el viaje. Hizo una lista de lo que deseaba llevarse, primordialmente los libros. Cuando estuviera libre el camino Jacinto se trasladaría al cenobio y ambos desde allí a León  y tras cobrar la venta emprenderían viaje a Hispatania.

   Fueron unos fructíferos meses los que pasó en la compañía de Gerardo de Peñaflor. Su espíritu se serenó y su cuerpo y su alma se fortalecieron al unísono en la montaña. Leyó, escribió y sobre todo conversó con el prior sobre literatura, filosofía, religión, política e incluso mujeres. Le sorprendió descubrir que el fraile había estado casado y que al morir prematuramente su esposa decidió consagrarse a la religión y al estudio. Su percepción sobre los monjes cambió por completo. Con el comienzo de la primavera regresó Jacinto y ambos partieron con todo el equipaje hacia León. Josefó lloró con la marcha y Jacinto le acompañó, como en todo,  para no ser menos. El escritor miró hacia atrás varias veces hasta que el monasterio dejó de verse por completo, como si nunca hubiera existido. Sintió entonces una extraña sensación de orfandad que no había experimentado con la muerte de ninguno de sus padres. El camino se hizo triste hasta la casa de su tío. Ni siquiera el recuerdo del sorprendente encuentro con las bandidas le animó el viaje.
   Demoraron unos días en León. Desde la capital del Bernesga hasta la frontera hispatana fueron ocho jornadas al ritmo de los bueyes porque decidieron viajar acompañados; ya habían tenido demasiadas sorpresas e imprevistos en los viajes anteriores y Josefo estaba además decidido a redimirse. Se lo debía a su padre, iba a hacerlo en su memoria.


Continuará...