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La Torre...


Este es el inicio de un relato que publicaré en septiembre, entre otras razones porque aún no está pulido del todo y nos hace falta a ambos un descanso veraniego. Confío que enganche lo suficiente para que acudáis a la  cita.

Hasta entonces os deseo un verano saludable y optimista. Que la vida sea buena con todos y muchas gracias, como siempre, por haberos pasado por aquí.





PRÓLOGO


Cuando terminó de actuar, el nuevo camarero le trajo el recado.
   _ El jefe al teléfono.
  _ ¿Tiene que ser ahora? Me han invitado a una copa y la cosa promete. Aquel calvo de allí ¿lo ves?
  _ ¡Venga!_ apremió el camarero haciendo un gesto con la cabeza en la dirección del teléfono.
La voz del jefe sonó como un trueno seco de verano.
  _ Necesito material.
  _ En unos días.
 _ En unos días, no. Ahora mismo te pones a ello. Mañana quiero resultados. ¿Estamos guapa?
  _Estamos, estamos. ¡Cuántas prisas!
  _Oye, no tolero un fallo. Necesito cuatro. Lo de siempre. No os paséis  que luego los quiero para otra cosa.
  _ ¿Para qué?
  _ Sin preguntas. Tú haz tu parte y punto. ¿Ok?
  _ Ok.
De muy mala gana evitó volver a la sala para no encontrarse con su admirador. Ya en el camerino se quitó la peluca, el maquillaje, el vestido, el sujetador con las tetas postizas y se vistió con su ropa normal. Mientras, pensaba en la caza. Ya lo tenía todo planeado y dispuesto. Esta vez iba a ser más audaz, más temeraria, “muy aventurado” había dicho su ayudante. Parecía aventurado, pero no lo era tanto. Por el edificio circulaban a diario tres mil personas, entre ejecutivos y personal de mantenimiento, seguridad y limpieza. Sin contar los visitantes. “Esa torre está petada de cámaras”. Eso era lo que creía la gente, incluido su ayudante. El plan que había previsto no era difícil de ejecutar. Lo tenía todo estudiado al milímetro. El operativo sería fácil partiendo de la planta décima, donde estaba la clínica. Luego era cumplir la logística, como todo.
Además, le iba el riesgo. Sin una buena dosis extra de adrenalina no podría con el trabajo, y este nuevo reto le iba a proporcionar un extraordinario y necesario subidón.
  _ Cada día estás más guapa_ dijo lanzándose un beso en el espejo, antes de apagar la luz y salir.


Capítulo I


La esposa del primer desaparecido llamó, histérica, a la policía: su marido no había regresado del trabajo, “no, no volvió en toda la noche, he llamado a todo el mundo, a la familia, a la oficina, a sus compañeros, nadie sabe nada. Ayer lo vieron tomar el ascensor como siempre, pero su coche continúa en el parking. Hagan algo por favor, por Dios se lo pido, ya no se qué pensar ni a quien más llamar.”
Horas más tarde la policía se puso de nuevo en contacto con ella. “ No, no dejó una carta, ni siquiera una nota. ¿Un suicidio? ¡Ni pensarlo!, mi marido no era de esos. Tampoco dejaba cabos sueltos, ni explicaciones por dar”.
En efecto, no dejaba cabos sueltos. Fuera lo que fuera lo que hubiera sucedido, en el ascensor se le perdió la pista. Era un hombre religioso de misa frecuente y de costumbres austeras. No tenía vicios ni se le conocían amantes Un hombre previsible que parecía haberse evaporado.
El distrito financiero de la ciudad, donde la Torre Sur destacaba por su ampulosidad, estaba atestado de cámaras de seguridad. La policía las revisó a conciencia. Ninguna había captado al susodicho el día que, supuestamente, desapareció, ni en los días siguientes; igual sucedió con las del parking. Allí continuaba su coche esperando pacientemente, como un novio al pie del altar.

El cura de la parroquia que frecuentaba aseguró no haberlo visto desde tres días antes de la desaparición. En la asociación de antiguos alumnos del colegio San Ignacio de Loyola confirmaron a la pasma no saber nada de él desde la última reunión tres meses atrás y al club de pádel hacía un mes que no acudía porque según le confesó a su compañero de partido, la fusión de su empresa con otra argentina no le dejaba tiempo para nada. Según todos los que lo trataban con asiduidad, andaba estresado y de mal humor.
La policía no descartaba la desaparición voluntaria, ni tampoco el suicidio, aunque su mujer perjurara que era imposible. “Nada es imposible” comentó el inspector García, muy dado a las frases hechas y a los lugares comunes.
“No puedo creer que mi marido se haya ido para siempre”. “Nada es para siempre” volvió a sentenciar García.
“Por favor inspector, encuéntrenlo, no puedo vivir sin él”.
“Eso se lo dirá a todos”. Esto García, obviamente, sólo lo pensó.
El misterio personal de Iñigo Méndez dejó de serlo cuando desapareció el segundo ejecutivo en el mismo edificio: un mando intermedio de una consultora internacional, que no guardaba relación alguna con el primero. Nadie tenía noticia de que se conocieran ni siquiera de vista. Tampoco parecían conocerse entre sí ni con los dos primeros, los tres restantes desaparecidos en días sucesivos...










FELIZ VERANO



El acompañante





Desde que  había visto el anuncio de obras en la calle, llamada principal, tal vez por ser la única, a causa de las cuales quedaría cortado el paso y se había  apercibido que,  para regresar a su casa cada tarde debería caminar al lado del Cementerio, no había vuelto a dormir bien. Ana tenía terror a los muertos y solo de imaginar el trayecto nocturno a merced de espectros y aparecidos, incluso vampiros sedientos, perdió el sueño y el apetito, igual que aquella vez que estuvo enamorada. Curioso que el miedo y el amor produzcan efectos parecidos.
A pesar de que las obras eran para mejorar el servicio de aguas que no llegaba a muchas casas entre ellas la de Ana, no le pareció oportuno el momento en pleno otoño, cuando los días menguaban tanto.
__¿Por qué no hicieron las obras en verano? Los días son larguísimos y yo termino el trabajo todavía con sol.
Pero los pensamientos de las administraciones son inescrutables y el sol del verano insoportable para quien tiene que trabajar expuesto a él _aunque dudo que las administraciones se preocupen por eso-. Lo cierto es que las obras empezaron cuando lo tuvieron a bien y en octubre, la calle principal estaba abierta en canal como una ternera, hasta la puerta misma de las viviendas.
Al pueblo lo forman dos filas de casas alineadas a lo largo de la mencionada única calle, por llamarla de algún modo; detrás de la fila de la derecha, vista desde la oficina de telégrafos donde Ana trabaja, está el río, vasto y caudaloso con sus aguas sempiternamente marrones, y a continuación la selva. Detrás de la fila izquierda, otra vez la selva, que parece rodear al pueblo con ganas de engullirlo. En sus límites se encuentra, mantenido a duras penas sin invadir por la jungla, el cementerio extrañamente grande para una población cada vez más pequeña, que se va lentamente trasvasando y entre éste y las casas hay un angosto camino que lo bordea. Varias de las casas de la fila izquierda, están separadas del camino por pequeños huertos fertilísimos,  pues parece que la transformación de los cuerpos en materia orgánica les sienta de maravilla a los tomates y demás plantas comestibles contribuyendo a demostrar, sin que nadie se lo haya demandado, el conocido axioma de que la energía ni se pierde ni se destruye.
Algunas casas cuentan con una salida trasera al huerto. Pero las más no poseen ese acceso. Así que mientras duran las obras tienen que entrar y salir por una ventana, dado que la puerta principal y muchas veces única, se abre a la calle ahora convertida en abismo. Además como el subsuelo es peñascoso y no se había inventado el martillo mecánico o si lo había hecho aquí no se conocía, hubo que usar dinamita. A las ventanas delanteras no les quedaba ni un cristal y los trozos de peñasco volaban por encima de las casas, aterrizando incluso en el camposanto. La gente pasaba el día recluida. Cuando terminaba la jornada de trabajo salían y agredían, a pedradas, a los obreros por no tener más cuidado.
__Pongan menos pólvora, para que no sean tan violentas las explosiones.
__Un trozo de piedra me ha matado el cerdo.
__Una lluvia de piedras me desbarató las calabazas.
__Una piedra entró por la ventana e hirió a mi marido mientras hacía la siesta. Casi lo mata.
Esta era la guerra personal de los ciudadanos contra los destrozos que indefectiblemente trae consigo el progreso. Pero Ana era diferente.
Otra mujer cualquiera hubiera temido que algún vivo la esperara emboscado detrás de la tapia, aunque sólo fuera con el inocente objetivo de darle un buen susto. Pero ella sólo pensaba en los muertos.
Frente a su casa, al final del pueblo o al principio, según se mire, estaba el colmado de Malena. Allí, de viernes a domingo, se servían licores espirituosos y por ese motivo había siempre algún parroquiano hasta altas horas. Podría encontrárselo de pronto, con ganas de jolgorio y no lo suficientemente bebido como para tener perjudicado el equilibrio y lograr que lo perdiera con un simple empujón.
Pero el miedo de Ana a la muerte era tan tremendo, que en ningún momento se le ocurrió pensar que nadie de este lado, la pudiera asaltar.


La primera noche  dilató la salida del trabajo un buen rato, hasta que se dio cuenta que  la oscuridad era cada minuto más cerrada.
Cuando salió a la calle el viento fresco de la tarde no hizo, si no, aumentar el frío que llevaba sintiendo todo el día. Un frío de muerte. Miró a ambos lados, no había nadie. En un sitio en el que oscurece a las cinco de la tarde a esas horas ya no hay gente por los caminos. Pero ella tenía que atender la oficina de teléfonos y telégrafos hasta las nueve, no tenia opción. Hasta esa hora no podía irse a casa. Si durante la noche ocurría una emergencia y había que utilizar el teléfono, los vecinos iban a despertarla. Pero eso no la preocupaba, porque si sucediera, tendría compañía para hacer el trayecto.    
Subió el cuello del abrigo, encendió la linterna _aún no había alumbrado público. Cuando lo pusieron, volvieron a levantar la calle, pero para entonces, a Ana ya no le importaba_ y se dirigió hacia  la Iglesia, desde donde partía el camino, bordeado a la izquierda por la baja tapia del Cementerio. Se detuvo ante la verja iluminándola con la linterna para asegurarse de que estaba cerrada y en consecuencia, los muertos controlados. Se santiguó y comenzó a caminar. Las cruces de las  tumbas  asomaban por encima de la tapia alineadas como disciplinados centinelas, vigilantes a fin impedir que los vivos perturben a los muertos  que albergan en su interior o que éstos quieran salir a perturbar a los vivos, que, aunque nos burlemos de Ana, también puede suceder sobre todo, cuando nadie sabe a ciencia cierta a donde vamos después y que hacemos, si es que hacemos algo, durante toda la eternidad. En esas circunstancias de más que probable aburrimiento perpetuo, perseguir vivos puede resultar entretenido.
Ana caminaba a buen paso, mirando al suelo, y pegada a la derecha, para que le diera tiempo a salir corriendo si observaba algo extraño.
Había hecho una composición mental de la situación. Caso de que algún espectro la persiguiera, tenía una vía de escape casi al final del camino, donde se abría un callejón a la calle principal. Pero era un escape bastante engañoso, ya que desembocaba en la mencionada calle única ahora convertida en una gran zanja. No obstante, pensaba, que podría resguardarse en el zaguán de la casa de la tía Vicenta cuyo portón estaba medio cayendo y permitía colarse, aunque ello supusiera un peligro. 
Pocos metros después del callejón terminaba el camposanto. En vez de alivio eso suponía para ella un problema mayor. Ahora tendría los muertos a sus espaldas y no podría verlos. La solución era darse la vuelta y caminar hacia atrás.
Imaginando la tortura, había hablado con varios vecinos para que alguno la acompañara. La gente no le hizo ni caso. ¡Qué poca caridad tenían!
__Pero mujer, que daño pueden hacerte los pobrecitos muertos. Para que van a salir de la tumba con este frío y perseguirte.
__Mira déjanos en paz con tus chorradas que ya tenemos bastante con las dichosas obras.
Por cierto, ahora que lo pienso, ¿con que intención te persigue un muerto?, aparte de matar el tedio eterno. Uno debería preguntarles como hacían antes las madres con los novios de las hijas: Joven, ¿usted que intenciones tiene? Al novio no le quedaba otra que decir  que eran muy buenas y que quería mucho a la niña, pero los muertos no tienen porque mentir así, no les va nada en ello. Por eso, si alguna vez  me sigue alguno, me pararé a preguntarle. Ahora sigamos con Ana.
De soslayo no perdía de vista los grises vigías del Cementerio. De pronto algo brilló en la oscuridad  delante de ella, algo de vivos colores estaba parado en medio del camino.
__¡ Dios, un muerto! Pensó en retroceder, porque el aparecido estaba antes de la auxiliadora vía de escape.
Tratando de conservar la calma pensó: No es un muerto, no es un muerto, no lleva mortaja, no lleva mortaja. Va vestido como los vivos. Lleva un chaquetón que parece nuevo.
__Buenas noches__ dijo el presunto cadáver, adelantándose porque si no, corrían el riesgo de estar parados un buen rato.
__Buuu...buenas.
Ana continuó aliviada su camino al ver que el hombre seguía el suyo después de saludarla. Era alto y vestía un chaquetón a rayas de varios colores, que le recordó los ponchos de los indios, con una capucha echada hacia delante que le tapaba el rostro. Caminaba a buen paso y Ana le seguía casi corriendo para no despegarse.
Al llegar a su casa el hombre se volvió a medias y le dijo:
__ Mañana te esperaré para acompañarte de nuevo.
__Gracias__ dijo una asombrada Ana__ Hasta mañana.
 El hombre no respondió, ya ni se le veía.
 __¿Donde vivirá? No creo haberle visto antes ¡Ya se! Seguro que es alguien de la obra. Me habrá oído suplicar a los vecinos y sabrá que tengo miedo a los muertos. ¡Qué amable! Pero, ahora que lo pienso, se van todos en un camión a dormir al otro pueblo, porque en éste se han negado a darles cobijo e incluso comida. Además como pillen a uno desprevenido o solitario le intentan linchar sin miramientos. Bueno, mañana lo investigaré.
Durante todo el día, mientras rezaba mentalmente para que el desconocido cumpliera su palabra y la estuviera esperando, a cada persona que entraba a su oficina le preguntaba lo mismo:
__¿Algún obrero de la zanja tiene un chaquetón de rayas con muchos colores?
__Las obras te han trastornado Ana hija, que preguntas tan raras haces.
Cuando cerró esa noche y estaba ya llegando a la Iglesia, se dio cuenta, alterada como andaba, de que había salido primero que la noche anterior.
__He metido la pata, es pronto y no habrá llegado.
Dudó si dar la vuelta; alumbró el camino con la linterna y pudo observar, de reojo, que la verja del camposanto estaba abierta, iba a darse la vuelta aterrada cuando se percató de que el hombre del chaquetón estaba parado en medio, en el mismo sitio de la noche anterior, aguardando.  Al verla venir corriendo y después de responder a su saludo echó a andar siempre muy por delante de ella. Así fue todos los días, hasta que el camino principal se reabrió, aunque sin terminar las obras del todo y presentando mucho más peligro para la integridad física que la senda del cementerio que era lisa y llana y libre de obstáculos.
Esa última noche Ana, que no había vuelto a preocuparse  del cementerio, ni de la verja, se despidió de su desconocido acompañante. Un poco a gritos, porque estaba bastante adelantado.
__Le agradezco mucho la compañía. Si no fuera por usted lo habría pasado muy mal. Tengo mucho miedo a los muertos, sabe.
SI, LO SE, POR ESO HE VENIDO.
El acompañante continuó su camino.
__¿Es usted de la obra, verdad?
NO.
__ ¡Ah! Por cierto, ¿a usted no le dan miedo los muertos por lo que veo?
El hombre se volvió, estaba ya tan lejos qué no podía verle la cara.

CUANDO ESTABA VIVO, SI.

Gabriel...




Muchos años después, un jueves santo tras las lluvias, la muerte anunciada regresó como cuando nuestra Úrsula la mandara venir hacía ya cien años por lo menos. Sobre Macondo se había instalado un fuerte olor a almendras amargas y una nube de mariposas amarillas llegó desde las plataneras de la Unit Fruit invadiéndolo todo. El, había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna y se sintió feliz. Siempre soñaba con árboles, me había confesado una vez Fermina Daza.

El doctor Juvenal se calló de la escalera, mientras los loros mangleros se encaramaban a lo más alto de la secuoya del jardín, a cuyo pie ya no estaba José Arcadio. El general, harto de su laberinto, se comió un canasto de guayabas maduras, el coronel se levantó al amanecer para dar de comer a su gallo y el nonagenario profesor de gramática y latín llamó por teléfono a Rosa Cabarcas para decir simplemente: Hoy si.                                                                                                                                                                   
Entretanto yo, llorona y desaforada como somos los Buendía desde la cuna, icé bandera amarilla en mi barco y decidí seguir recorriendo el río Magdalena, hasta que me vuelva a encontrar con mi sabio triste y me lleve ¡por fin! a conocer el hielo.




La comunidad, último capítulo




Un grupo de científicos de varias universidades de la Superficie, tuvieron la ocurrencia de ponerse a excavar. Tardaron años en desarrollar las técnicas que les permitieran horadar a semejantes profundidades. Pero ahora había llegado el momento.
El Sumo había sido alertado y se dirigía hacia el lugar. Era un sitio peligroso. Había estado cubierto por los hielos hasta no hacía demasiado tiempo y debajo, a no mucha profundidad, existían concentraciones enormes de gas. Muchas bolsas superpuestas, separadas por capas impermeables. La explosión de una causaría una serie de deflagraciones  de consecuencias impredecibles.
“Va a haber que tomar medidas”, dijo el Sumo. “Reuniré el Consejo. Será mejor que lo impidamos”.
La mayoría de los miembros del Consejo se hallaban en lugares muy alejados del punto de la excavación. El Sumo decidió retroceder e ir a su encuentro, para acortar la distancia. Fue su salvación. El taladro de la perforadora penetró de cuajo en la primera bolsa, que explosionó de inmediato, provocando el Apocalipsis bajo tierra. Las explosiones fueron tan violentas que un terremoto de magnitud 7 se hizo sentir en la parte del planeta correspondiente al sitio de la excavación. En el otro hemisferio, el seísmo fue de magnitud 4. El eje del planeta se desvió varios grados de su trayectoria.
Hubo numerosísimas bajas entre los Profundos. Además el caos y el desconcierto se apoderó de la comunidad. Iban a ser descubiertos. Por si esto fuera poco, una de sus bases lanzaderas había quedado destruida y otra casi.
“Calma, calma”, pedía el Sumo. “No pueden vernos. Su vista no tiene tanto alcance”.
Su vista no, pero en cuanto se recuperaron del susto, introdujeron por el boquete, cámaras especialmente diseñadas para ver en la oscuridad y en ambientes extremos.
 Además enviaban imágenes que eran vistas en la superficie en monitores donde los científicos iban de sorpresa en sorpresa.
Vieron la red de conductos, los restos de las lanzaderas y vieron…..una muchedumbre de Profundos curiosos que se habían acercado al agujero, al cobijo de las palabras del sumo:”no pueden vernos”.
El jefe de los científicos se levantó y marcó un número de teléfono.

Acordaron la reunión en un lugar a media altura. Cada interlocutor estaría dentro de una cabina acristalada y totalmente esterilizada.
Por la comunidad acudió el Sumo, naturalmente, pero por Los Superficiales no acudió ningún mandatario de ninguna nación. Ni tampoco ningún científico. El superficial que llegó, se presento como representante de las mayores industrias de arriba. Las enumeró para su interlocutor. Había empresas de armamento, farmacéuticas, mineras, petrolíferas, etc.
Le pidió al Sumo que le explicara las características de su comunidad  sin omitir nada.
“Me llevará mucho tiempo”.
“Todo el que sea necesario”.
La conversación era seguida por el resto de representantes en todo el mundo. Al final el Superficial le propuso al Sumo un receso  para cambiar impresiones con sus colegas.
No fue muy largo. Rápidamente llegaron a un acuerdo absolutamente unilateral.
“Sus propiedades de contagio quedan a nuestra disposición. Nosotros decidimos como y donde hacer uso de ellas”
El Sumo le argumentó que sus particularidades mal utilizadas eran capaces de acarrear serios problemas al planeta.
“No se preocupe, nosotros lo controlamos”. Podían y debían seguir con su vida como hasta ahora. Solamente existía una prohibición: las lanzaderas. Las que habían sobrevivido iban a ser destruidas. “No les haría falta abandonar el planeta”
El  Sumo protesto enérgicamente. “Si su civilización se extingue nosotros no sobreviviremos”.
“Eso lo discutiremos en su momento”.
“No se qué vamos a discutir cuando salten por los aires”.

Les llevo mucho tiempo hacerse a la idea. Además estaban siendo permanentemente vigilados. Por cada conducto, incluso tubos y volcanes, introdujeron los Superficiales cámaras. Si alguna era destruida, el culpable debería ser inmediatamente castigado. Si no se hacía así, la comunidad pagaría las consecuencias.
Pero al Consejo lo que más le preocupaba eran las lanzaderas.
En una cueva debajo de un saliente rocoso, habían logrado esconder una casi intacta y otra en bastante buen estado. Solamente tenían que encontrar un lugar libre de cámaras para instalarlas. Para trasladarlas atravesarían el núcleo. En las capsulas que usaban para destruir a los desobedientes. Sería muy, muy laborioso, pero no tenían otra alternativa. Lo difícil era encontrar un sitio libre de cámaras subterráneas.

La vida de los Profundos se transformó por completo, además de la vigilancia, había algo que les molestaba profundamente: Tenían que salir a la Superficie en el momento y lugar que se les indicara y contagiar a poblaciones enteras. Lo que más les dolía era cuando se les ordenaba hacerlo en continentes paupérrimos donde los superficiales ya se morían solos de hambre. Allí tenían que inocular los virus más terribles de los que eran portadores. Incluso a veces se les ordenaba mezclar virus y bacterias para provocar enfermedades horriblemente exterminadoras, que mataban a la población de forma lenta y con tremendos padecimientos.
Aquel continente, era el laboratorio viviente de los Superficiales. En ellos probaban pandemias mortales, antes de inocularlas en otros puntos más desarrollados de la Superficie. Allí donde  los poderosos querían lograr sus propósitos. Cada gobierno de su mundo había quedado sometido a su capricho. Ellos controlaban la vida sobre todo el planeta en la superficie y en las profundidades.
A menudo, los Profundos sugerían al Sumo terminar con la especie de arriba. “Les inoculamos algo y ya esta:¿ Por qué nos dejamos esclavizar?. Así no merece la pena la vida”.
“De este modo moriremos todos. Tened calma. Pensaré en algo”.
Un día, el Sumo reunió a varios del Consejo en la gruta sin cámaras y les hizo saber que había tomado una decisión: “Urge encontrar donde reconstruir las lanzaderas. He pensado que, dadas las circunstancias, una parte de nosotros emigre a otro planeta, con el fin de preservar la especie. Por lo tanto es necesario encontrar por todos los medios ese lugar idóneo. Cuando la expedición esté a salvo, mataremos a los Superficiales. Ellos se lo han buscado”.
Después de un tiempo, por fin, un Profundo encontró la solución: Se dirigió al Sumo y le dijo:
“Ya lo tengo”.
Efectivamente. Había dos puntos donde no se habían colocado cámaras espía subterráneas. Los de arriba, o no lo habían considerado necesario, o eran unos espacios en los que ya había excesivas medidas de seguridad, tantas, que no permitían ninguna intromisión, viniera de donde viniera. Eran dos puntos bastante distantes entre si. El traslado iba a ser muy difícil.
Uno de esos puntos constituía en la Superficie uno de sus lugares más inexpugnables.
Era una enorme extensión en la cual había una base militar y donde estaba depositada la mayor reserva de oro del mundo superficial. “Estos individuos no dejan de sorprenderme. Perforan el subsuelo buscando oro, lo extraen, lo transforman y luego lo vuelven a encerrar. Nunca los entenderé.”
El otro lugar era un estado independiente dentro de otro estado. En él vivía una especie de representante de dios en la Superficie.”No se quién es ese que llaman dios, pero debe de ser muy importante, ya que su representante vive en un lugar lleno a rebosar, de cosas de esas raras que les gustan a los de arriba. No se que custodian en lo profundo de ese sitio, pero debe de ser algo de mucho valor.”
Perfecto, ya estaba decidido. Se pusieron manos a la obra. Tardaron décadas en la reconstrucción. Hubo que crear individuos nuevos para sustituir a los reconstructores y que los de arriba no notaran la disminución de profundos. El traslado a través del núcleo fue muy complicado y los accidentes eran continuos, sobre todo al principio. Además tuvieron  que establecer una complicada trama de contraespionaje para no ser descubiertos. Los Superficiales no deberían ni siquiera sospechar que estaba ocurriendo algo anormal.
Hoy al fin, había llegado el momento.
Mientras duraron las obras, el Consejo había hecho la selección de individuos protagonistas del éxodo.
Según la cuenta del tiempo de los Superficiales era primer día de enero de 2020.
Los profundos despidieron a sus congéneres, colocaron las naves en las rampas y comenzaron la cuenta atrás.

Diez, nueve, ocho, siete, seis………


La comunidad, capítulo I




Era la primera vez, en milenios de seguridad, que la comunidad se sintió realmente amenazada. Esta gente de la superficie había ido demasiado lejos. Y nuestros jóvenes cada vez son más irresponsables, la curiosidad de unos pocos había puesto en serísimo peligro su ignorada existencia.
El Sumo, responsable de la vida de todos los Profundos, se pasó horas pensando una solución y concluyó que no le quedaba más remedio que hacer dos cosas.
Primero, quitar la vida a los impulsivos exploradores propios y luego, parlamentar con el jefe de los invasores. No tenía alternativa. Iba a ser complicado porque su aspecto resultaba impactante para los extraños y. sus peculiaridades iban a quedar al descubierto, si no lo estaban ya, con lo que eso supondría de peligro para todos.  El asunto resultaba muy delicado porque el Sumo tenía perfecta conciencia de que estaban en manos de los Superficiales que podrían obligarles a dejarse manipular a su antojo.

Siempre estos seres del Profundo habían dosificado sus contactos con la Superficie a lo estrictamente necesario, porque dichos contactos eran letales para los Superficiales y ellos no querían extinguirlos dado que los necesitaban.
Bastante habían sufrido por culpa de la estupidez de los habitantes de arriba. Cuando todo iba bien, la simbiosis era perfecta, pero a medida que los Superficiales progresaban parecía que su coeficiente intelectual disminuyera. Progreso e intelecto eran inversamente proporcionales. Tres veces, recordaba el Sumo, los de arriba saltaron por los aires. Tres veces se había perdido su civilización y otras tantas habían resurgido para volver a cometer los mismos errores o incluso mayores. Además el Sumo se admiraba de la facilidad que tenían para olvidar lo que querían y echar la culpa de sus desastres a cosas tan peregrinas como la caída de meteoritos.
 Tres veces, en sus milenios de existencia, los Profundos se habían visto obligados a buscar el sustento en la estratosfera. Tuvieron que desarrollar a toda prisa una tecnología que les permitiera llegar hasta allí para sobrevivir. Respiraban aliviados cuando los Superficiales volvían a aparecer, pero tardaban miles de años en poder volver a alimentarse con sus deshechos.

Esta nueva civilización era contradictoria. Por un lado producía mas residuos que ninguna de las anteriores. ( Los nucleares eran maravillosos ). Pero, caminaba mucho mas deprisa que las antiguas hacía la autodestrucción. Aunque habían surgido voces que alertaban contra ello, sin embargo para enfado del Sumo, los de arriba les hacían poco caso.

Además, de un tiempo a esta parte, tenía problemas con los jóvenes. Cuando salían a la superficie estaba prohibido cualquier contacto con los habitantes de allí afuera. Pero a veces alguno sentía curiosidad y mordía a quien encontraba a mano ( el mordisco era su manifestación de cariño, como el beso nuestro), con consecuencias nefastas para el mordido y para sus parientes y vecinos próximos y lejanos.  Incluso para todo el planeta.
Los Profundos estaban formados de una amalgama de virus y bacterias letales para cualquier individuo de otra especie. Por eso tenían que ser muy cuidadosos.
No era necesario para la subsistencia, salir de continuo a la superficie. Los detritus que necesitaban llegaban mediante una complicada red subterránea de conductos que, desde abajo, ascendían hasta los lugares en los que los Superficiales arrojaban sus vertidos. La red no iba estrictamente en vertical, eso sería peligroso, alguien podría encontrar el acceso y siguiéndolo, llegar hasta ellos. Era un entramado zigzagueante y densísimo que horadaba el planeta, similar a una complicada red de vías de comunicación de los Superficiales, pero aun más complicada y extensa.
Resulta evidente que, a pesar de ser cuidadosos y concienzudos, algunos canales se taponen en algún punto o en la superficie. Es entonces cuando suben los Medios y se pueden producir los contactos. Aunque procuran siempre que los Superficiales no los vean, una vez reparada la avería, algunos Medios curiosos y un poco lascivos, se dedican a investigar; salen a la Superficie y merodean hasta llegar a las moradas de los de arriba. Si descubren a uno dormido, le “besan” por pura lascivia, jamás en la cara porque les resultan desagradables, suele ser en un hombro, dejando una pequeña cicatriz como una mordedura de serpiente. Eso  produce después una cadena de desconocidas enfermedades en la Superficie. Ni que decir tiene que los responsables son exterminados. Eso se lleva a rajatabla, para escarmiento de futuros besucones imprudentes.

Los Profundos contaban con respiraderos por los que entraba el aire que necesitaban para sobrevivir. No respiraban como los de arriba, pero algunos componentes eran indispensables para que su metabolismo asimilara los nutrientes. Estos respiraderos tenían salida en los lugares más inaccesibles, donde se suponía que los Superficiales no los encontrarían.  Siempre en los polos helados. Pero, como los de arriba, eran curiosos por naturaleza, les había dado por explorar el hielo y, con frecuencia, se caían por los conductos de aire que ellos llamaban, tubos entre glaciares. Ni que decir tiene que eran irrecuperables.
También habilitaban salidas a la Superficie para sus propios residuos. Estos tenían que quemarse o de lo contrario serían totalmente letales para los de afuera y ya sabemos que eso no podía ocurrir. Por eso salían al exterior incandescentes, por unos conos que los Superficiales llamaban volcanes. A veces eran demasiados y se expelían  con tanta fuerza que volaban por los aires y llegaban a los poblados, causando verdaderos estragos. “Son daños colaterales, eso es lo que son” decía el Sumo.

Ocurría a veces que, por algún conducto de alimentación, ascendían gases que explotaban en la superficie provocando desprendimientos, aludes o incluso incendios devastadores que los Superficiales tardaban días en controlar. Otras el calor del centro del planeta se colaba hacia  arriba, por una fisura y calentaba las aguas del océano, dando lugar a cambios bruscos en el clima. Eran temporadas de huracanes, inundaciones, sequías, dependiendo del punto del planeta, y toda una serie de desastres que traían de cabeza a los responsables del clima de la Superficie. Esto ocurría cada muchos años de modo fortuito, porque los Profundos procuraban tener bien aislado el núcleo del planeta.
Muchas veces alguna explosión accidental de una bolsa de gas subterráneo, pinchada sin querer al excavar, provocaba un enorme agujero. Si esto, sucedía en el mar, originaba un remolino, que succionaba todo lo que en ese momento pasara por allí. Desaparecían barcos e incluso, aviones. Luego el agua volvía por donde se había ido y algunas naves volvían a aparecer, sin los tripulantes, naturalmente. Los habitantes de la superficie se hacían todo tipo de conjeturas para explicar estos sucesos. Al Sumo le extrañaba que siempre para todos estos fenómenos llegaran a la misma conclusión: son extraterrestres. Que perra habían cogido con los habitantes de otras galaxias.
Otras veces la explosión sucedía en capas del subsuelo más elevadas, situadas sobre plataformas rocosas, entonces el agua del mar entraba y rebotaba en el lecho de roca provocando en la superficie, primero, un extraño retroceso y luego, de improviso, una ola gigantesca que arrasaba todo lo que encontraba, causando destrucción, muertos y heridos por millares.
__Agua va__, decía los Profundos, mientras salían despedidos, también, con la marea. Algunos, se estrellaban contra  acantilados o edificios, desparramando su anatomía bacteriana y causando después epidemias que eran más mortíferas que la ola gigante en sí.
También sucedía que el agua al penetrar en el subsuelo, aplastara Profundos. A veces se recomponían, pero muchas otras no había reconstrucción posible. “Son también daños colaterales”, volvía a decir el Sumo.

Sin embargo, pese a todo, la convivencia era razonablemente llevadera. Además los superficiales son demasiados, sobre todo en algunos puntos del planeta. Aunque desaparezcan unos miles no se notará gran cosa. También los profundos sufrían accidentes con las explosiones. Pero ellos son capaces de generar individuos nuevos con los restos de los accidentados. No mueren con facilidad. Sólo les extermina el hielo o el fuego. Cuando hay que castigar imprudentes deben  meterse en una especie de cápsulas cerradas herméticamente y sumergirlas, unas veces a 150 grados bajo cero y otras, en magma hirviendo. La capsula tiene un mecanismo que, accionado por el verdugo,  lanza al reo fuera de la misma. El método del magma es más rápido, pero, cuando se quiere que el escarmiento sea ejemplar se recurre al primero.
Tanto el frío como el fuego, proceden del núcleo del planeta. La capa mas interna es fuego eterno. Está formada por una mezcla de metales, principalmente hierro, siempre incandescentes y por encima tiene una capa de nitrógeno líquido, que hace de refrigerante criogénico y es incapaz de arder. El nitrógeno es tomado del aire y sintetizado por algunas bacterias adaptadas para la nitrificación. Los Profundos mantienen de esta forma aislado el núcleo ardiente, impidiendo que un día pudiera hacer saltar por los aires al planeta.
Pero como los Superficiales siempre están hurgando en todo, pretenden llegar al núcleo para ver que hay tan abajo. Quieren encontrar el infierno.  Una vez, haciendo prospecciones petrolíferas, grabaron una especie de voces y un ruido desconcertante y pensaron que el averno estaba cerca. Desconocían la existencia de los Profundos.
De este modo, tratando los Superficiales de encontrar el fuego eterno, ocurrió el accidente.

Continuará...

Los mellizos de la comarca, último capítulo



El día señalado para el combate, su madre, representó el papel de dama con pañuelo, y cuatro testigos, dos por hermano se dispusieron a dar fe de lo que aconteciera. Ambos contendientes llegaron en sus monturas engualdrapadas, portando su estandarte, que era el mismo puesto que no habían tenido tiempo de confeccionar uno propio y su lanza de punta roma, que en este caso era una pulida estaca de madera de fresno, dispuesta para la acometida decisiva.
Cuando la madre agitó, a regañadientes, el blanco lienzo, los hermanos espolearon las monturas y se fueron al encuentro el uno del otro. Todos contuvieron la respiración. Los dos testigos de cada hermano pidieron mentalmente por el suyo. La madre cerró los ojos. Un oooooh le hizo abrirlos antes de lo que esperaba. Sucedió que los jinetes se habían separado demasiado y la excesiva distancia propició que ni siquiera se rozaran con la seudo lanza, dándose solamente aire al pasar a galope.
Se acabó la justa, dijo la madre. Pero ellos decidieron repetir acercándose más el uno al otro. De este modo no tenían más remedio que tocarse. Así sucedió, en efecto, pero no se derribaron.
Ahora si que acabó, repitió la madre. Los mellizos eran desobedientes y tercos por naturaleza, siempre lo habían sido (como su verdadero padre que se empeñó en engendrarles una noche en el suelo de la habitación mientras el señor marido dormía a pata suelta sobre el artilugio y para no ser oído porque cuando yacía con hembra  gritaba como un cerdo por San Martín, se había colocado una especie de cepo en la boca que por poco lo asfixia, lo cual aconteció otra noche en otro solado y con otra esposa ajena también ) y continuaron con la pelea primero a caballo, como por lo visto ordenaba el reglamento, pero ante la imposibilidad de derribarse, echaron pie a tierra y se dieron estacazos sobre las respectivas lorigas hasta terminar desfallecidos, luchando a cuatro patas, molidos mutuamente a palos, pero sin un ganador.
La madre arrebató la espada a uno de  los testigos, se plantó entre ambos y sentenció: empate. O sea que cada uno coja su legado y terminemos de una vez, si no queréis que yo os ensarte. Debería de haberos matado el día que nacisteis. Tenía que haberos ahogado mientras os lavaba en el río. Eso tenía que haber hecho, dijo la paciente y algo puta mujer escupiéndoles a la cara.
Así que cada hermano se fue a su territorio el uno como príncipe y el otro como señor. Luego los títulos variarían a rey y conde. Nunca jamás los descendientes de ambos se llevaron bien, siendo continuos los hostigamientos sobre todo por parte del príncipe, mejor pertrechado que el señor del meandro. Cuando la villa del recodo comenzó a prosperar cesó el acoso y sobrevino una tregua expectante hasta que el último de los Manueles, aprovechó la salida del conde del recinto y metió mano en las arcas de la ciudad a la que veía progresar con recelo y codicia.
La monarquía a título de rey había devenido, más o menos, en época de los reyes católicos de Castilla. Parece ser que a la reina católica no le sentó nada bien que hubiera una tercera monarquía en la península, con lo  que le había costado reducir a los nazaríes de Granada, pero tuvo que resignarse, porque la hacienda castellana no estaba para más gastos en contiendas; por eso lo dejaron así y porque era insignificante, para que engañarnos.
La todavía comarca, aprovechando la afortunada coyuntura, tomó cuerpo como país propiamente dicho. Fue alumbrada como nación,  medida y bautizada; una mezcla de Hispania y Lusitania, para quedar bien con todos, y a la capital, dos docenas de casas de adobe mas una de piedra sin desbastar que era la del rey, de idéntico modo: Madisboa. Lustros  mas tarde una pariente de Carlos I casó con el heredero, porque las bodas, en aquellos tiempos, eran mas baratas que las guerras. De ese modo quedaban emparentados per sécula seculorum, aunque la reina consorte acabó sus días en el río no se sabe si accidentalmente o convenientemente ayudada. Por esa época el país era ya una nación floreciente y el rey tenía multitud de amantes, como corresponde a un monarca importante.
El minúsculo territorio, perdón, país, había sabido acoger a muchos expulsados de la colindante España, principalmente banqueros judíos, como ya conocen vuestras mercedes, y se sirvió de su inteligencia y de su dinero para prosperar bastante mas que sus dos vecinos, que si hubiera sido de mayor extensión ahora mismo los peninsulares todos, sin excepción ni de baleares, ni de canarios, ni de madeirenses, ni de azorianos, serian hispatanos sin remedio.

Algunos investigadores imaginativos columbran que tal vez un túnel natural comunique los montes hispatanos con los españoles próximos a la costa andaluza de Huelva y fuera por este método que los hombres pintores del Mesolítico vieron los barcos fenicios y los hispatanos actuales las naves que fueron y regresaron del Nuevo Mundo. Sea como fuere, la nación inició un comercio con las tierras descubiertas por Colón,  próspero y continuo sin saber cuando ni de donde  aparecieron las naos, en un país sin mar, con las que se dedicaron a surcar el océano sin descanso y a comerciar con mercancías valiosas y por ende productivas. Tengo que hacer notar aquí con sumo agrado que jamás los hispatanos mercadearon con semejantes, renunciando a participar en un negocio, el de tráfico de esclavos, tan productivo como vergonzoso para aquellos países que lo propiciaron y que trocaron el sufrimiento humano en un negocio rentabilísimo y por ende duradero.
Es harto curioso, convendrán conmigo, que el país mantuviera durante años una armada importante, que acompañó siempre a la española en lances por el Mediterráneo contra berberiscos, italianos y turcos y en alguna otra en los Mares del Norte de peor memoria, dado que Hispatania es evidente que no tiene costa. La flota hispatana tuvo como base el puerto de Cádiz, pagando buenos doblones por el amarre a la siempre codiciosa y casi siempre maltrecha hacienda hispana, que luego eran recuperados con creces cobrando por los barcos y los hombres al rey de España, incluso, a veces, al mismísimo papa de Roma, según las necesidades del momento.
Es una nación que siempre supo navegar entre dos aguas, pese a no tener mar. Quizá es un don hispatano y de ahí la larga supervivencia sin conflictos y con una envidiable prosperidad.
Resulta también curioso que hayan mantenido un fructífero tránsito comercial entre Las Indias Occidentales y la Península, sin asaltos de ladrones marítimos con patente o sin ella. Es chocante que los corsarios ingleses estuvieran siempre enterados de cuando se hacían a la mar los galeones españoles que eran asaltados nada mas dejar puerto o llegando al de destino y que los hispatanos se libraran siempre del abordaje arribando a Cádiz con  las mercancías al completo que luego vendían a buen precio en España en sustitución de las nacionales rapiñadas por los corsarios ingleses. Es Hispatania un ejemplo de aprovechamiento en beneficio propio de los errores y las ambiciones de sus vecinos lusos e hispanos; que amigo y pariente como era el rey de los dos peninsulares, estaba al día de todos los vaivenes de las saludes, guerras, alianzas, enemistades y haciendas, pudiendo por ello, enfilar siempre el mejor camino para beneficio propio y de la nación que gobernaba sin mucho esfuerzo, es de ley que se diga, porque los hispatanos fueron siempre tan obedientes como miméticos.
En este tiempo en el cual les hablo la monarquía hispatana se hallaba en la frontera, detenida justo en la raya, de un cambio de titular, dado que su majestad Juan II se encontraba aquejado de las mismas fiebres tercianas que habían matado a Carlos I de España, traídas se piensa, por algún viajero o por alguna mercancía ( fruta, especias), llegadas de la comarca de La Vera extremeña. Aunque. tras la muerte del primer Carlos se hubieran prohibido la importación de productos cacereños, en este momento hacía años que el comercio se había reanudado y se sospecha, parece que con fundamento, de un sabotaje puesto que nadie mas en Hispatania se contagió consumiendo sin parar los hispatanos productos de la Vera, por lo que aseguran los mal pensados, que alguien introdujo el mal, no se sabe cómo, ex profeso para el monarca, como si de cangrejos de río se tratara.
Los peor pensados aun, afirman que fue su hijo el príncipe, cansado de esperar a que su padre muriera de una vez para heredar el trono, siendo como son de longevos y de tercos los monarcas de Hispatania.
 Porque al futuro rey ya se le estaba pasando el arroz.