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El misterio de la Torre Sur, III


DOS



Era viernes y por tanto a Ramón 
Gámez le tocaba regar las plantas de su despacho y las pocas que había en la empresa, que habían sido criadas en su casita de campo, traídas y colocadas con esmero en el sitio adecuado, con el agrado de los compañeros las más de las veces, pero con la protesta de alguno también. “Que de todo hay en la viña del señor”, hubiera dicho García.
A Ramón le fascinaban las plantas y los arboles y la Naturaleza en general. Tras el divorcio de su mujer se había acentuado su pasión por lo verde que tanto le había ayudado a superar el trance doloroso del abandono y más tarde la soledad.
Cada viernes de cada una de las semanas, comenzaba el ritual del abonado y regado en cuanto se iban todos. Era una tarea que se demoraba media hora. Cada viernes, su coche era siempre uno de los últimos en abandonar el garaje. Ese último día en la empresa el ascensor se había detenido en la planta décima. Una enfermera alta y con buenas tetas entró empujando una camilla. Gámez, todo un caballero quiso echarle una mano cuando la camilla pareció hacer un extraño y trabarse.
 _No se preocupe. Es que son falsas como los carros del súper.
 _Al hombre le impactaron los ojos verdes y acerados de la joven, más que sus tetas, demasiado grandes para su gusto.
 _ ¿Ha ocurrido algo?
 _Uno de seguridad. Un ictus. Demasiado gimnasio.

 _¡Hostia! Otra vez el furgón.
El vigilante del parking era muy curioso. Además la rubia que empujaba la camilla con el muerto estaba muy buena. “Menudo par de tetas”.
 _No se baje, que yo la ayudo_ le dijo al conductor. Ayer no le tocó a usted ¿eh?
 _ ¿El qué?
 _El muerto. Ayer vino un compañero suyo.
 _Cada uno cuando le toca_ dijo la enfermera, sin que el segurata supiera bien a quien se refería: si al compañero o al muerto.
 _ ¿Quién es el fiambre?
 _No podemos dar esa información. Gracias por la ayuda.
”Menudo culo. Está completa la tía”.




Capitulo tres


Una vez instalados en el despacho que tenían a su disposición, se pusieron manos a la obra: Aníbal, primero de todo, quiso informarse de quien era la mujer de los ojos esmeralda para enviarle flores y comenzar así, el asalto y el casi seguro derribo. Perdió algo más de una hora tratando de recabar  información sobre ella, inútilmente. Había observado que se dirigía al piso treinta, pero allí radicaba una empresa agraria que ocupaba la cuarta parte de la planta, el resto estaba todavía vacío. Nadie había visto por allí a una mujer  de esas características “¡ya nos hubiera gustado!”  “No, no estuvo por aquí nadie así, ni siquiera un rato de visita, nos acordaríamos”.
A continuación bajo a la planta trece donde ella abordó el ascensor. En esa planta había una consultoría, una editorial, un despacho de abogados y un estudio de arquitectura. Allí trabajaban varias mujeres pero ninguna con esas características. Nadie recordaba tampoco a una mujer así. “Coño, si era tan espectacular la recordaríamos”.
Pese a todo, Manero no se resignó. Menudo era él para las mujeres. La encontraría hasta debajo de los cimientos, si fuera preciso.

  _Veamos, Casimiro, yo inspeccionaré de nuevo los despachos de nuestros dos desaparecidos y veré si puedo establecer un nexo entre ellos, tú mira si ocurrió alguna cosa en el edificio, común a los días en los que desaparecieron.
 _ ¿Cómo qué?
 _No lo sé. Cualquier cosa común. Por insignificante que sea. A ver si por ahí encontramos algo.

Tras un día de reconocimiento de escenarios y visionado de las grabaciones de las plantas afectadas, la investigación no avanzaba.
¿Qué tenían en común ambos para haberse esfumado casi al mismo tiempo? En principio, nada. Era lo único que sabían con certeza.
El más joven era un hombre divorciado que había tenido problemas de olvido con la pensión de los hijos y con la devolución de los mismos a la casa materna al final de cada visita. Aunque esto sólo lo hacía para fastidiar a su ex. Nunca tuvo intención seria de quedarse a los niños que serían un estorbo, aunque los quisiera mucho. En el mes de vacaciones que pasaban juntos nunca sabía qué hacer con ellos.
El día que la policía habló con su ex mujer y le informó de lo sucedido, ésta se fue corriendo al colegio a comprobar que los niños continuaban allí. Era un hombre al que le gustaba disfrutar un estilo de vida por encima de sus posibilidades. Tenía deudas acumuladas a las que, cada vez,  costaba más hacer frente. Pero no faltaba dinero en la empresa. Aníbal llegó a pensar que bien podían estar tramando algo los cinco juntos. Algo como un atraco, por ejemplo. El hecho de que constara que no se conocían era un tanto a su favor. Aunque  no podía ser cierto. Todos salían, a menudo, más tarde de lo acostumbrado por los demás empleados. Tenían que haberse visto en algún momento; tenían que haber coincidido en el garaje o en el ascensor o en el vestíbulo.
 “Atraco.” Fue una teoría que no desechó.
El más mayor, el señor Guerrero, era viudo desde hacía varios años. Tenía una única hija que vivía en Estados Unidos. Pasaba sus vacaciones siempre con ella y los nietos, a los que echaba de menos continuamente. Por eso cuando no regresó a la oficina, los compañeros pensaron que se había ido a visitar a su familia, impulsado por la añoranza. Por desgracia, no había sucedido así.
Los dos eran buenos candidatos para la teoría del robo. El primero podría acceder al tren de vida soñado y el segundo viviría un ansiado exilio en Estados Unidos con su familia.
  _Casimiro, vamos a ver quiénes son los otros desaparecidos, luego me haces un informe sobre su vida y costumbres, vicios y aficiones y todo lo que te parezca de interés.

Aníbal Manero pensaba en la morena de los ojos verdes cada vez que tomaba el ascensor. Pero cuando llegaba a la vigésima planta le gustaba encontrarse con Isabel. Ella, que no era tonta, se había dado cuenta de cómo Aníbal le miraba el culo y andaba desde el primer día, resuelta a hacerle un favor.
Tenía poca vida social; desde que se había separado empleó su tiempo y sus energías en encontrar trabajo y en superar el mal trago. Su ex marido dejo una serie de deudas que ella había avalado “la muy imbécil” con el piso donde vivía, herencia de sus padres. Su abuela, que era su única familia y su apoyo incondicional, había dejado la Residencia motu proprio y se había mudado a su casa para contribuir con su pensión. No obstante los problemas económicos, eran felices juntas. Negociaron con los bancos y juntando todos los ingresos, pudieron hacer frente a las deudas con comodidad y sobrevivir con cierta holgura. Pero Isabel tuvo que aceptar un puesto de limpiadora, tarea que no le pertenecía según la abuela, que confiaba que, una vez remitiese un poco la crisis, la familiar y la general, su nieta pudiera optar a otro trabajo más acorde con su formación.
Isabel no había vuelto a ligar, aunque la yaya se lo aconsejaba noche y día. Hacía bastante más de un año que no pillaba y la vista de un hombre atractivo le había revolucionado las hormonas y de qué manera.
Ya le habían contado a Casimiro todo lo que podían contar de los desaparecidos, pero esa mañana Aníbal quiso interrogarla personalmente. A ella; lo que pensara o supiera la otra compañera no pareció importarle.
Isabel había tenido una especie de premonición, había madrugado un poco más, se había maquillado levemente y había peinado su melena rubia que siempre llevaba recogida, con esmero. Por ello, llevaba toda la jornada procurando no estropearse el look, ante el regocijo de Celia. Además había estrenado un conjunto de ropa interior Victoria Secret, que le costó medio sueldo, por si acaso acertaba.
El interrogatorio se condujo según lo esperado. Aníbal, se le fue acercando, mientras preguntaba lo que ya sabía y en este minuto, la tenía aculada contra la mesa, a la vez que exploraba debajo de la bata besándola en el cuello, cuando entró Desgracia haciendo honor al apellido, sobre todo para Isabel, a quién el simple roce de unas manos masculinas ya le había acelerado el cuenta kilómetros.
  _Perdón, es que he encontrado algo…., _dijo titubeante. Casimiro era tímido, aunque cueste creerlo.
  _ Lo siento, continuaremos otro día_ dijo Aníbal a Isabel, que un tanto azorada, cerraba las piernas y se bajaba la falda que tenía a la altura de la  cadera hecha un acordeón. Aníbal le deslizó  un papel y un boli, mientras se volvía hacia su ayudante, y ella comprendió en seguida para que.
  _También traigo la información que me pidió sobre los demás.
  _Pasa de una vez y siéntate.
 _Hasta otro momento señorita. Que tenga un buen día_ le dijo Manero a Isabel como si tal cosa.
 _Buenos días_ respondió ella todavía turbada.



Salió del despacho maldiciendo a Casimiro. Además se le había hecho tarde, la última oficina le había quedado a medias y ya no podía volver, porque todos los empleados estaban en sus puestos. Recogió sus cosas y se fue por el ascensor de servicio pensando para animarse, que todo no estaba perdido aun,  que el affaire no había terminado y que, en consecuencia, el Victoria Secret no quedaría desaprovechado.

Seguro que no.

Continuará...

El misterio de la Torre Sur, II


UNO


Iñigo Méndez, se demoró más  que de costumbre. La dichosa fusión le estaba amargando la existencia. Consultó el reloj cuando se dirigía al ascensor, las ocho y veinte, demasiado tarde. Necesitaba pasar por alguna tienda y comprar un regalo para su madre. Al día siguiente cumplía ochenta y seis. Alguna pequeña joya estaría bien. “Mamá continúa siendo una coqueta. No se me puede olvidar llamarla a primera hora”. De no hacerlo, su madre no se lo perdonaría. El continuaba siendo su hijito aunque rondara ya la cincuentena. Había sido un niño tardío para la época, y su madre lo sobreprotegió hasta la paranoia. Incluso fue ella quien le eligió esposa, una mujer temerosa de Dios, pusilánime y manejable que entendía el matrimonio como un sacrificio y en coherencia, ajustó su vida a los gustos, necesidades y caprichos del marido.
Iñigo estaba acostumbrado desde  la niñez a tener una mujer siempre dispuesta a complacerle en todo, a la que él correspondía,  si no con amor propiamente, si con una fidelidad absoluta, como la de los perros hacia sus amos, y no concebía las cosas de otro modo.

Podría comprar el regalo en la planta cuarenta y nueve, pero a su madre le gustaba una determinada joyería de la milla de oro. Iría hasta allí. Cerraban tarde.
El ascensor se detuvo en la décima planta para dar entrada a un sanitario con una camilla. Méndez puso cara de sorpresa y de fastidio a la vez.
 _Perdón señor, es que es muy urgente y el ascensor de servicio no responde a la llamada.
 _ ¿Vuelve a subir?
 _No, no, voy al sótano dos. Una persona de seguridad ha sufrido lo que parece un ictus. Tanto gimnasio no puede ser bueno.

 _ ¿Es eso un fiambre?_, se preguntó el encargado de los monitores cuando vio avanzar la camilla por el vestíbulo _Ya van unos cuantos este mes. Esta puta Torre va a acabar con nosotros.



Capítulo II


Isabel formaba parte del grupo de empleados encargados de  la limpieza de la Torre. Desde que se había separado del “hijoputa,” trabajaba para Limpissimo y conocía, de vista, a dos de los ejecutivos que parecían haberse evaporado. Les veía llegar, en ocasiones,  muy temprano. Uno de ellos jamás saludaba y parecía molesto con el hecho de que las limpiadoras anduvieran aún por allí. El otro, más entrado en años, era un hombre afable que siempre daba los buenos días con una sonrisa. Así se lo contaron ella y su compañera a la policía, añadiendo que les daba pena la suerte que pudiera haber corrido.

La policía iba y venía interrogando a todo el mundo. Isabel les veía perdidos; habían transcurrido varias semanas y parecían no tener ni una pista. En cuanto comenzaban un itinerario medianamente aceptable, desaparecía el siguiente y volvían a quedar con el culo al aire. Ya habían descartado un montón de probabilidades. No faltaba dinero en ninguna de las empresas, ni en las cuentas de los desaparecidos. Sus pasaportes estaban en sus domicilios, por lo cual era improbable que hubieran salido del país y todos, excepto uno, llevaban una vida ordenada y previsible, tanto, que eso les podía haber convertido en una presa fácil para quien quiera que hubiera urdido o llevado a cabo las desapariciones, caso de que así hubiera sido.
“Porque es imposible que la Torre mate o haga desaparecer a la gente por sí sola. Alguien tiene que estar detrás de todo esto y no creo que sean los demonios, precisamente”, pensaba Isabel que era, de siempre, aficionada a los misterios.
No participaba en las porras que la mayoría de sus compañeras hacían sobre cual teoría de las que se barajaban en las tertulias televisivas sería la acertada o la que más se aproximara. Tampoco lo hacía su compañera Celia. Ambas se sorprendían de la ligereza y la familiaridad con la que el resto, trataba a los cinco desaparecidos, refiriéndose a ellos por su nombre de pila y divulgando bulos sobre su vida privada que tan solo obedecían a deducciones gratuitas, dado que ninguna los conocía ni siquiera de vista.
“Hoy en día todo vale, ya no hay respeto por nada”. “A mí no me educaron así y supongo que a ellas tampoco, no se en que tramo del camino se perdió la consideración hacia los demás”.

Transcurría el tiempo sin resultados, por ello, algunos familiares junto con dos de las empresas para las que trabajaban los cinco, decidieron  -en contra de la opinión de la policía- contratar un detective privado, tratando de encontrar un cabo que permitiera desenmarañar la madeja de conjeturas y falsas pistas en la que se hallaban sumidas.
Un lunes a las siete de la mañana, Isabel y su compañera vieron  aparecer por la Torre Sur, planta vigésima, un par de elementos muy peculiares. Eran dos tipos dispares en todo lo que podía percibirse a simple vista: estatura, edad, aspecto, modos y maneras.  “Como un planeta y su satélite” -la comparación se le ocurrió a Celia al ver al bajito dar vueltas alrededor del alto- “formados hace milenios del mismo material cósmico y orbitando desde entonces juntos por el espacio infinito” añadió imitando el tono de un conocido narrador de espacios de divulgación y consiguiendo que Isabel se riera a carcajadas.

El más joven era  muy alto, con cierto aire Richard Gere, el pelo gris y una sonrisa puesta en la cara de modo permanente. Pero no era una sonrisa afable como la del desaparecido señor Guerrero. No era de esa clase. Era la típica sonrisa arrogante del hombre que se sabe guapo y mira con suficiencia a todos y en particular a las mujeres.
Se llamaba Aníbal Manero, antiguo poli, conocido en la profesión por ser un mujeriego sempiterno y por sus métodos poco ortodoxos las más de las veces. Para Manero el resultado justificaba siempre los medios y como al fin y al cabo, resultados eran lo que querían los clientes, tenía trabajo a porrillo, incluso en tiempos de crisis como los presentes.
Su ayudante, su sombra, su mano derecha y su opuesto irreconciliable se llamaba Casimiro Desgracia. Era una albóndiga con piernas. Un tipo ordinario y descuidado, fiel a Manero como un perro al que  cubría la retaguardia tanto en lo profesional  como en lo personal. Se pasaba las normas por el forro y, en consecuencia, andaba siempre al filo de perder la licencia; la última había sido cuando le pegó varios tiros en la pierna derecha al novio, diputado provincial, de la última conquista de su jefe: una rubia teñida, chica tele tienda en la emisora pagada por la Comunidad. Aníbal se la había trabajado para conseguir información acerca de la implicación del político en una trama de extorsión a empresarios. El mencionado cornudo, tal vez por la sospecha de que la rubia hubiera hablado, salió detrás de Aníbal, pegando tiros, sin ninguna puntería, con una recortada. Mientras se ponía a cubierto, el detective no salía de su asombro. “Cómo puede ser que, un individuo hasta ayer común y corriente, de los que apenas sabe hacer la o con un canuto, entre en política y de la noche a la mañana, espabile hasta igualar al más avezado de los mafiosos de toda la vida. Lo mismo te pega un tiro con una lupara, que exhibe un muestrario de métodos y tácticas de extorsión y amenazas con un desparpajo propio de un capo di capi, que aprende a rodearse de asesores que le tejan una tupida telaraña internacional de empresas interpuestas  diseminadas por el mundo, capaces de hacer perder el rastro al más experimentado sabueso,  y todo, sin haber logrado aprender jamás la tabla del nueve. ¿Qué tendrá la política que vuelve sabia a la gente cuando la toca? Es un misterio indescifrable.”


Casimiro, que esperaba en el coche, entró al oír los tiros y no tuvo otra que poner al mafioso-diputado, fuera de combate de varios tiros por la espalda, apuntando “porque yo soy un hombre coherente” a la pierna derecha del político que era del partido conservador.
El diputado, cojo para siempre desde aquel negro día, juró por el honor de la Camorra Napolitana de uno de cuyos capos se había hecho amigo,  no cejar hasta ver hundidos en la mierda al Manero de los cojones y sobre todo a la albóndiga que le disparó. Menos mal que el partido le apartó del poder y sin éste no hubo más influencias, ni mafias, ni menos aun favores.
“Tal vez en la cárcel conozcas a alguien que por poco dinero te los quite de delante” le había dicho, con mas sorna que consuelo, el que fuera hasta ese momento su mano derecha.”Eso si no te quitan a ti primero”, le añadió, para rematar.

Los dos detectives, llegaron un lunes llamando la atención, como de costumbre. Era su sello, a pesar de que sus nuevos clientes les hubieran pedido discreción. Mientras subían al piso veinte, el elevador se había detenido en la decimotercera planta y una morenaza despampanante, “demasiado para ser de verdad,” pensó Casimiro, lo abordó, para deleite de Aníbal que no le quitó la vista de encima. Ella le miraba de soslayo con sus penetrantes ojos verde esmeralda. Manero salió del ascensor caminado de espaldas para no perder de vista a la mujer y antes de que se cerrara la puerta le hizo una cortés, rendida y teatral inclinación de cabeza.
 _Ni que fuera la reina_ se dijo Isabel que contemplaba la escena apoyada en la fregona.
Al darse la vuelta tropezó con el cubo que su compañera no había tenido tiempo de retirar, - sobre todo debido a las vueltas y revueltas del más pequeño, que zumbaba alrededor como un moscardón, obligándola a pasar la fregona, en círculos, una y otra vez por el mismo sitio-, perdió el equilibrio y no se sentó en el suelo mojado porque Isabel acudió al quite como el mejor subalterno, evitando que la caballerosa despedida terminara en una culada y un ridículo igual de contundentes.
Manero, que era un mal educado, iba a ponerse como un energúmeno, pero el físico de la joven, alto, rubio, de ojos azules y formas rotundas, le frenó. Aunque fuera la limpiadora, “estaba muy buena, hostia”, y él ante un buen físico, no  hacía ascos a ningún oficio. Al igual que don Juan nunca había sido elitista.

Más adelante descubriría muchas cosas interesantes acerca de ella.


Continuará...

El misterio de la Torre Sur


PRÓLOGO

Cuando terminó de actuar, el nuevo camarero le trajo el recado.
  _El jefe al teléfono.
 _ ¿Tiene que ser ahora? Me han invitado a una copa y la cosa promete. Aquel calvo de allí ¿lo ves? Adoro los calvos, son muy varoniles_ dijo acercando su cara a la del nuevo, que dio un paso atrás.
 _ ¡Venga!_  la apremió haciendo un gesto con la cabeza en la dirección del teléfono.
_ Te daba una…_ murmuró entre dientes.
La voz del jefe sonó como un trueno seco de verano.
 _Necesito material.
 _En unos días.
 _En unos días, no. Ahora mismo te pones a ello. Mañana quiero resultados. Ya te lo había advertido ¿Estamos guapa?
 _Estamos, estamos. ¡Cuántas prisas!
 _Oye, no tolero fallos, que te conste. Necesito cuatro. Ya sabes que esta vez quiero gente corriente. ¿Ok?
 _Ok.
De muy mala gana, evitó volver al local para no encontrarse con su admirador. Observó por entre las cortinas, con una sonrisa de satisfacción, como la esperaba inquieto controlando de reojo la puerta de acceso a la sala, antes de que el nuevo la empujara sin miramientos hacia el pasillo. “Darle dos hostias a éste, en cuanto tenga tiempo”. Ya en el camerino se quitó la peluca, el maquillaje, el vestido, el sujetador con las tetas postizas y se vistió con su ropa normal. Mientras, pensaba en la caza. Ya lo tenía todo planeado y dispuesto. Esta vez iba a ser más audaz, más temeraria, “muy aventurado” había dicho su ayudante. Parecía aventurado, pero no lo era tanto. Por el edificio circulaban a diario tres mil personas, entre ejecutivos y personal de mantenimiento, seguridad y limpieza. Sin contar los visitantes. “Esa torre está petada de cámaras”. Eso era lo que creía la gente, incluido su ayudante. El plan que había previsto con la inestimable ayuda de su pardillo particular, no era difícil de ejecutar. Lo tenía todo estudiado al milímetro. El operativo sería fácil partiendo de la planta décima, donde estaba la clínica. Luego era cumplir la logística, como todo.
Además, le iba el riesgo. Sin una buena dosis extra de adrenalina no podría con el trabajo, y este nuevo reto le iba a proporcionar un extraordinario y necesario subidón.
 _Cada día estás más guapa, Gilda_ dijo lanzándose un beso en el espejo, antes de apagar la luz y salir.


Capítulo I


La esposa del primer desaparecido llamó, histérica, a la policía: su marido no había regresado del trabajo, “no, no volvió en toda la noche, he llamado a todo el mundo, a la familia, a la oficina, a sus compañeros, nadie sabe nada. Ayer lo vieron tomar el ascensor como siempre, pero su coche continúa en el parquin. Hagan algo por favor, por Dios se lo pido, ya no se qué pensar ni a quien más llamar.”
Horas más tarde la policía se puso de nuevo en contacto con ella. “No, no dejó una carta, ni siquiera una nota. ¿Un suicidio? ¡Ni pensarlo!, mi marido no era de esos. Tampoco dejaba cabos sueltos, ni explicaciones por dar”.
En efecto, no dejaba cabos sueltos. Fuera lo que fuera lo que hubiera sucedido, en el ascensor se le perdió la pista. Era un hombre religioso de misa frecuente y de costumbres austeras. No tenía vicios ni se le conocían amantes Un hombre previsible que parecía haberse evaporado.
El distrito financiero de la ciudad, donde la Torre Sur destacaba por su ampulosidad, estaba atestado de cámaras de seguridad. La policía las revisó a conciencia. Ninguna había captado al susodicho el día que, supuestamente, desapareció, ni en los días siguientes; igual sucedió con las del parquin. Allí continuaba su coche esperando pacientemente, como un novio al pie del altar.

El cura de la parroquia que frecuentaba aseguró no haberlo visto desde tres días antes de la desaparición. En la asociación de antiguos alumnos del colegio San Ignacio de Loyola confirmaron a la pasma no saber nada de él desde la última reunión tres meses atrás y al club de pádel hacía un mes que no acudía porque según le confesó a su compañero de partido, la fusión de su empresa con otra francesa no le dejaba tiempo para nada. Según todos los que lo trataban con asiduidad, andaba estresado y de mal humor.
La policía no descartaba la desaparición voluntaria, ni tampoco el suicidio, aunque su mujer perjurara que era imposible. “Nada es imposible” sentenció el inspector García, muy dado a las frases hechas y a los lugares comunes.
“No puedo creer que mi marido se haya ido para siempre”. “Nada es para siempre” volvió a sentenciar García.
“Por favor inspector, encuéntrelo, no puedo vivir sin él”.
“Eso se lo dirá a todos”. Esto García, obviamente, sólo lo pensó.
El misterio personal de Iñigo Méndez dejó de serlo cuando desapareció el segundo ejecutivo en el mismo edificio: un mando intermedio de una consultora internacional, que no guardaba relación alguna con el primero. Nadie tenía noticia de que se conocieran ni siquiera de vista. Tampoco parecían conocerse entre sí ni con los dos primeros, los tres restantes desaparecidos en días sucesivos.

A estas alturas, la ciudad y el resto del país, había aparcado las preocupaciones habituales de los tiempos difíciles, para ocuparse tan solo de tratar de resolver el misterio. Cada ciudadano se había reconvertido desde seleccionador nacional de fútbol a comisario de  policía o a detective privado, según preferencias, con su propia  línea de investigación, como es natural.
En la red, el hashtag trending topic del momento era: #torresur. Allí se iba almacenando información, novedades, opiniones y comentarios para todos los gustos y casi en la misma profusión, aprovechando la coyuntura del anonimato, amenazas individuales o colectivas, incluso apocalípticas.
“Los hombres hemos vuelto a cometer un gravísimo pecado de soberbia, construyendo torres cada vez más altas, como puertas  que alcancen el cielo donde la realidad del hombre –lo concreto- se una a lo trascendente y lo utópico -Dios-.Los hombres no sólo no renunciamos a conocer a Dios, si no que queremos igualarnos a Él. Dios ya había mostrado su ira por ello en Babel, lo que sucede es que no queremos recordar. En aquel tiempo, el castigo fue  la confusión de lenguas, que obligó a los hombres a esparcirse por el planeta. Hoy Dios muestra su ira de otra manera: es hora de que se abran los infiernos  y que la maldad emerja para alimentarse con las almas de los pecadores que irán desapareciendo hasta saciar por completo la sed del monstruo.”
No se aclaraba quien era el monstruo si el dios enfadado y vengativo o el demonio liberado y hambriento.
Lo mismo ocurría en todos y cada uno de los programas amarillos de radio y televisión, sobre todo de  esta última. Aquí, cada invitado, cualificado solamente para decir necedades, tenía también, una teoría. A un mes del comienzo del misterio de la torre eran miles las opciones que se discutían, la mayoría de lo más llamativo, solapando con ello lo realmente importante: el hecho grave y lamentable de que había cinco desaparecidos cuyo rastro se perdió bajo una maraña de tonterías, desinformaciones, disparates e incluso bajezas vertidas sobre su vida personal y la de sus familias. Aparecieron sobrinos lejanos, primas remotísimas y demás bazofia, que se dedicaron a airear infundios y calumnias o a exhibir anatomías tan poco dignas como su conducta, en los medios creados para aventar la porquería, que eran profusión.
Los que se las daban de serios, pretendían captar al espectador un poco más exigente, con el cebo de una ruta rigurosa y documentada, pero el resultado era una pantomima más insoportable aún que la basura de los demás, que por lo menos, no trataban de engañar a nadie.
Volvieron a emerger los iluminados intergalácticos, postergados últimamente, dado que la realidad terrena  ya parecía de ciencia ficción, que entre otras extravagancias aseguraban haber sido informados de cómo, los cinco de la Torre - que así se les conocía ya- fueron abducidos y llevados a otro planeta en  otra galaxia. Esto era tan cierto como que existen los Humitas porque sus contactos del universo interestelar así se lo habían hecho saber mediante trasmisión telepática. “Así pues, no los busquen que no los van encontrar”. “Quizá regresen cuando ya no haya vida en la tierra”.
 _Pues menuda putada_ dijo la abuela de Isabel la limpiadora, que no se perdía ninguna de las cosas de la tele.
Otros contertulios mas místicos, manifestaban con la misma desvergüenza, haberlos visto en el Atlas marroquí pastoreando cabras unos o cultivando azafrán otros, llevados hasta allí por un  súbito ataque de anacoretismo, tras comprender ¡por fin! que la felicidad consiste en apreciar lo simple y buscar por ello soledades difíciles de encontrar aquí, en Europa, no queriendo llegar hasta el Himalaya, por ejemplo, porque hace demasiado frío, ni a las selvas infranqueables de Borneo o Vietnam, porque se hubieran perdido hasta de ellos mismos. Y desde Marruecos se podían tener noticias de España, si arreciaba la nostalgia, con solo acercarse de incognito, claro, a alguna ciudad.
  _Si hombre y tú ¿cuánta hierba te habías fumao cuando los viste?, desgraciado. Niña ten cuidado en esa torre, no te separes de las compañeras.
“Esto es obra del comunismo internacional para amedrentar al país. Cuba y Venezuela financian este nuevo terrorismo a escala planetaria”.
  _Pero si el país ya está jodido por los Bilderberg esos_ volvió a decir la abuela.
“Han sido las mafias chinas, para traficar con sus órganos”.
 _Bueno, esto ya está más visto…Niña, de todos modos, tú por si acaso no entres en los bazares de Oriente.
“Ha sido el extremismo islámico que los ha reclutado como yihadistas.
“La CIA los ha captado como espías”
  _ ¿En qué quedamos? Niña, tú cuando veas un tío con turbante o a los hombres de negro sal corriendo.
  _Abuela te voy a castigar sin tele, ya verás.

Pero la palma de oro de lo intolerable se la llevó el mago que juró y perjuró haberlos hecho desaparecer como parte de una estrategia de márquetin y se dedicó a hacer demostraciones in situ de su capacidad para  volatilizar personas ante las cámaras y el público presente en la calle y los alrededores, que mas tarde volvían a aparecer en el mismo sitio; pero los cinco no. Esos solamente ellos, él y los patrocinadores sabían dónde estaban.
García juró que lo mataba. Detenido en comisaría, se negó a declarar a no ser que estuviera delante su abogado. “Conozco mis derechos”. “Eso es en las pelis americanas, aquí no” le dijo García. “Si te gusta el cine te voy a presentar a Harry el sucio. Ya verás.” Después de diez minutos con el sucio confesó entre sollozos que había aprovechado la coyuntura para hacerse publicidad. “No tengo trabajo, era la única manera de darme a conocer. Ahora todo el mundo habla de mi.” “Por favor, por favor, déjenme ya, tengo una familia.” García casi le cruza la cara.”Los desaparecidos también la tienen. ¿No lo habías pensado?”
Después de que el ministro del interior se reuniera con los familiares de los cinco para pedirles disculpas y ponerles al día de lo poco que sabían, la policía divulgó un comunicado mediante el cual dejaba claro que la investigación proseguía su curso, que no podía ser desvelado, lógicamente, y que ellos y solamente ellos, serían quienes informaran cuando hubiera algo definitivo que contar. Entre tanto cualquiera que se dedicara a “hacer circular pistas o expectativas falsas sería puesto inmediatamente a disposición judicial.”

La emblemática Torre Sur, no daba más que quebraderos de cabeza. Primero había sido la cornisa móvil que, haciendo honor a su apelativo, comenzó a desprender losetas de aluminio sobres los, en principio, desprevenidos viandantes, que más tarde se iban con abogado y  parte médico e incluso con abogado y loseta incrustada en alguna parte de su anatomía, a reclamar la correspondiente indemnización a la autonomía propietaria del edificio. Además siendo como eran de diseño, reponerlas le salía al gobierno provincial por un ojo de la cara.
Luego, fue el pleito que el arquitecto interpuso a la comunidad, por no haberle pagado en los plazos convenidos. La demandada adujo que mucho antes de la fecha del último plazo, la cornisa ya había herido a veintiséis personas, decapitado a un perro y causado diferentes daños a cuarenta y tres vehículos mientras estaban estacionados debajo de la puta visera de los cojones-esto según palabras del presidente de la comunidad-, quien decidió demandar a su vez al arquitecto por daños y perjuicios, amén del  deterioro causado a la imagen de la ciudad, ejemplo mundial, hasta entonces, de eficacia y limpieza, cuyo edificio  cayéndose a pedazos dio la vuelta al mundo, impidiendo con ello que el consorcio qatarí que había reservado las seis primeras plantas para instalar un hotel, continuara con el proyecto. Cuando, tras retirar la visera e implorar la intervención del rey para conseguir reanudar las gestiones ante los qatarís, ofreciendo un precio más que favorable para el consorcio, el hotel estaba a punto de inauguración, comienza a desaparecer gente.  “Avisa a ese cura que hace exorcismos. Esta torre está poseída”, casi suplicó el presidente a su secretario que lo miró como si acabara de ver a un marciano.

Todo había principiado un jueves, día aciago donde los haya; la primera víctima, Iñigo Méndez, ejecutivo de una empresa eléctrica, terminó su jornada, tomó el ascensor, se cree que para dirigirse al aparcamiento al que nunca llegó, y hasta la presente, no se había vuelto a tener noticias.
  _Otro que se fue a por tabaco_ había dicho la abuela de Isabel,  cuando escuchó la noticia.
El viernes, uno de los asesores de una consultora internacional, siguió sus pasos.
 _Estos se fueron al Caribe. Seguro que ligaron por internet_ volvió a decir la abuela.
El lunes hubo otro desaparecido. Y el martes los dos últimos, por el momento.
Nadie los volvió a ver. No se pusieron en contacto con nadie y nadie reclamó un rescate, por lo cual la teoría del secuestro por dinero se fue abandonando por todos los investigadores, profesionales y aficionados.
“Y entonces ¿donde están?”. Se continuaba preguntando la gente. “Eso quisiera yo saber” respondía García cada vez que escuchaba o leía la pregunta.

Continuará...

La Torre...


Este es el inicio de un relato que publicaré en septiembre, entre otras razones porque aún no está pulido del todo y nos hace falta a ambos un descanso veraniego. Confío que enganche lo suficiente para que acudáis a la  cita.

Hasta entonces os deseo un verano saludable y optimista. Que la vida sea buena con todos y muchas gracias, como siempre, por haberos pasado por aquí.





PRÓLOGO


Cuando terminó de actuar, el nuevo camarero le trajo el recado.
   _ El jefe al teléfono.
  _ ¿Tiene que ser ahora? Me han invitado a una copa y la cosa promete. Aquel calvo de allí ¿lo ves?
  _ ¡Venga!_ apremió el camarero haciendo un gesto con la cabeza en la dirección del teléfono.
La voz del jefe sonó como un trueno seco de verano.
  _ Necesito material.
  _ En unos días.
 _ En unos días, no. Ahora mismo te pones a ello. Mañana quiero resultados. ¿Estamos guapa?
  _Estamos, estamos. ¡Cuántas prisas!
  _Oye, no tolero un fallo. Necesito cuatro. Lo de siempre. No os paséis  que luego los quiero para otra cosa.
  _ ¿Para qué?
  _ Sin preguntas. Tú haz tu parte y punto. ¿Ok?
  _ Ok.
De muy mala gana evitó volver a la sala para no encontrarse con su admirador. Ya en el camerino se quitó la peluca, el maquillaje, el vestido, el sujetador con las tetas postizas y se vistió con su ropa normal. Mientras, pensaba en la caza. Ya lo tenía todo planeado y dispuesto. Esta vez iba a ser más audaz, más temeraria, “muy aventurado” había dicho su ayudante. Parecía aventurado, pero no lo era tanto. Por el edificio circulaban a diario tres mil personas, entre ejecutivos y personal de mantenimiento, seguridad y limpieza. Sin contar los visitantes. “Esa torre está petada de cámaras”. Eso era lo que creía la gente, incluido su ayudante. El plan que había previsto no era difícil de ejecutar. Lo tenía todo estudiado al milímetro. El operativo sería fácil partiendo de la planta décima, donde estaba la clínica. Luego era cumplir la logística, como todo.
Además, le iba el riesgo. Sin una buena dosis extra de adrenalina no podría con el trabajo, y este nuevo reto le iba a proporcionar un extraordinario y necesario subidón.
  _ Cada día estás más guapa_ dijo lanzándose un beso en el espejo, antes de apagar la luz y salir.


Capítulo I


La esposa del primer desaparecido llamó, histérica, a la policía: su marido no había regresado del trabajo, “no, no volvió en toda la noche, he llamado a todo el mundo, a la familia, a la oficina, a sus compañeros, nadie sabe nada. Ayer lo vieron tomar el ascensor como siempre, pero su coche continúa en el parking. Hagan algo por favor, por Dios se lo pido, ya no se qué pensar ni a quien más llamar.”
Horas más tarde la policía se puso de nuevo en contacto con ella. “ No, no dejó una carta, ni siquiera una nota. ¿Un suicidio? ¡Ni pensarlo!, mi marido no era de esos. Tampoco dejaba cabos sueltos, ni explicaciones por dar”.
En efecto, no dejaba cabos sueltos. Fuera lo que fuera lo que hubiera sucedido, en el ascensor se le perdió la pista. Era un hombre religioso de misa frecuente y de costumbres austeras. No tenía vicios ni se le conocían amantes Un hombre previsible que parecía haberse evaporado.
El distrito financiero de la ciudad, donde la Torre Sur destacaba por su ampulosidad, estaba atestado de cámaras de seguridad. La policía las revisó a conciencia. Ninguna había captado al susodicho el día que, supuestamente, desapareció, ni en los días siguientes; igual sucedió con las del parking. Allí continuaba su coche esperando pacientemente, como un novio al pie del altar.

El cura de la parroquia que frecuentaba aseguró no haberlo visto desde tres días antes de la desaparición. En la asociación de antiguos alumnos del colegio San Ignacio de Loyola confirmaron a la pasma no saber nada de él desde la última reunión tres meses atrás y al club de pádel hacía un mes que no acudía porque según le confesó a su compañero de partido, la fusión de su empresa con otra argentina no le dejaba tiempo para nada. Según todos los que lo trataban con asiduidad, andaba estresado y de mal humor.
La policía no descartaba la desaparición voluntaria, ni tampoco el suicidio, aunque su mujer perjurara que era imposible. “Nada es imposible” comentó el inspector García, muy dado a las frases hechas y a los lugares comunes.
“No puedo creer que mi marido se haya ido para siempre”. “Nada es para siempre” volvió a sentenciar García.
“Por favor inspector, encuéntrenlo, no puedo vivir sin él”.
“Eso se lo dirá a todos”. Esto García, obviamente, sólo lo pensó.
El misterio personal de Iñigo Méndez dejó de serlo cuando desapareció el segundo ejecutivo en el mismo edificio: un mando intermedio de una consultora internacional, que no guardaba relación alguna con el primero. Nadie tenía noticia de que se conocieran ni siquiera de vista. Tampoco parecían conocerse entre sí ni con los dos primeros, los tres restantes desaparecidos en días sucesivos...










FELIZ VERANO



El acompañante





Desde que  había visto el anuncio de obras en la calle, llamada principal, tal vez por ser la única, a causa de las cuales quedaría cortado el paso y se había  apercibido que,  para regresar a su casa cada tarde debería caminar al lado del Cementerio, no había vuelto a dormir bien. Ana tenía terror a los muertos y solo de imaginar el trayecto nocturno a merced de espectros y aparecidos, incluso vampiros sedientos, perdió el sueño y el apetito, igual que aquella vez que estuvo enamorada. Curioso que el miedo y el amor produzcan efectos parecidos.
A pesar de que las obras eran para mejorar el servicio de aguas que no llegaba a muchas casas entre ellas la de Ana, no le pareció oportuno el momento en pleno otoño, cuando los días menguaban tanto.
__¿Por qué no hicieron las obras en verano? Los días son larguísimos y yo termino el trabajo todavía con sol.
Pero los pensamientos de las administraciones son inescrutables y el sol del verano insoportable para quien tiene que trabajar expuesto a él _aunque dudo que las administraciones se preocupen por eso-. Lo cierto es que las obras empezaron cuando lo tuvieron a bien y en octubre, la calle principal estaba abierta en canal como una ternera, hasta la puerta misma de las viviendas.
Al pueblo lo forman dos filas de casas alineadas a lo largo de la mencionada única calle, por llamarla de algún modo; detrás de la fila de la derecha, vista desde la oficina de telégrafos donde Ana trabaja, está el río, vasto y caudaloso con sus aguas sempiternamente marrones, y a continuación la selva. Detrás de la fila izquierda, otra vez la selva, que parece rodear al pueblo con ganas de engullirlo. En sus límites se encuentra, mantenido a duras penas sin invadir por la jungla, el cementerio extrañamente grande para una población cada vez más pequeña, que se va lentamente trasvasando y entre éste y las casas hay un angosto camino que lo bordea. Varias de las casas de la fila izquierda, están separadas del camino por pequeños huertos fertilísimos,  pues parece que la transformación de los cuerpos en materia orgánica les sienta de maravilla a los tomates y demás plantas comestibles contribuyendo a demostrar, sin que nadie se lo haya demandado, el conocido axioma de que la energía ni se pierde ni se destruye.
Algunas casas cuentan con una salida trasera al huerto. Pero las más no poseen ese acceso. Así que mientras duran las obras tienen que entrar y salir por una ventana, dado que la puerta principal y muchas veces única, se abre a la calle ahora convertida en abismo. Además como el subsuelo es peñascoso y no se había inventado el martillo mecánico o si lo había hecho aquí no se conocía, hubo que usar dinamita. A las ventanas delanteras no les quedaba ni un cristal y los trozos de peñasco volaban por encima de las casas, aterrizando incluso en el camposanto. La gente pasaba el día recluida. Cuando terminaba la jornada de trabajo salían y agredían, a pedradas, a los obreros por no tener más cuidado.
__Pongan menos pólvora, para que no sean tan violentas las explosiones.
__Un trozo de piedra me ha matado el cerdo.
__Una lluvia de piedras me desbarató las calabazas.
__Una piedra entró por la ventana e hirió a mi marido mientras hacía la siesta. Casi lo mata.
Esta era la guerra personal de los ciudadanos contra los destrozos que indefectiblemente trae consigo el progreso. Pero Ana era diferente.
Otra mujer cualquiera hubiera temido que algún vivo la esperara emboscado detrás de la tapia, aunque sólo fuera con el inocente objetivo de darle un buen susto. Pero ella sólo pensaba en los muertos.
Frente a su casa, al final del pueblo o al principio, según se mire, estaba el colmado de Malena. Allí, de viernes a domingo, se servían licores espirituosos y por ese motivo había siempre algún parroquiano hasta altas horas. Podría encontrárselo de pronto, con ganas de jolgorio y no lo suficientemente bebido como para tener perjudicado el equilibrio y lograr que lo perdiera con un simple empujón.
Pero el miedo de Ana a la muerte era tan tremendo, que en ningún momento se le ocurrió pensar que nadie de este lado, la pudiera asaltar.


La primera noche  dilató la salida del trabajo un buen rato, hasta que se dio cuenta que  la oscuridad era cada minuto más cerrada.
Cuando salió a la calle el viento fresco de la tarde no hizo, si no, aumentar el frío que llevaba sintiendo todo el día. Un frío de muerte. Miró a ambos lados, no había nadie. En un sitio en el que oscurece a las cinco de la tarde a esas horas ya no hay gente por los caminos. Pero ella tenía que atender la oficina de teléfonos y telégrafos hasta las nueve, no tenia opción. Hasta esa hora no podía irse a casa. Si durante la noche ocurría una emergencia y había que utilizar el teléfono, los vecinos iban a despertarla. Pero eso no la preocupaba, porque si sucediera, tendría compañía para hacer el trayecto.    
Subió el cuello del abrigo, encendió la linterna _aún no había alumbrado público. Cuando lo pusieron, volvieron a levantar la calle, pero para entonces, a Ana ya no le importaba_ y se dirigió hacia  la Iglesia, desde donde partía el camino, bordeado a la izquierda por la baja tapia del Cementerio. Se detuvo ante la verja iluminándola con la linterna para asegurarse de que estaba cerrada y en consecuencia, los muertos controlados. Se santiguó y comenzó a caminar. Las cruces de las  tumbas  asomaban por encima de la tapia alineadas como disciplinados centinelas, vigilantes a fin impedir que los vivos perturben a los muertos  que albergan en su interior o que éstos quieran salir a perturbar a los vivos, que, aunque nos burlemos de Ana, también puede suceder sobre todo, cuando nadie sabe a ciencia cierta a donde vamos después y que hacemos, si es que hacemos algo, durante toda la eternidad. En esas circunstancias de más que probable aburrimiento perpetuo, perseguir vivos puede resultar entretenido.
Ana caminaba a buen paso, mirando al suelo, y pegada a la derecha, para que le diera tiempo a salir corriendo si observaba algo extraño.
Había hecho una composición mental de la situación. Caso de que algún espectro la persiguiera, tenía una vía de escape casi al final del camino, donde se abría un callejón a la calle principal. Pero era un escape bastante engañoso, ya que desembocaba en la mencionada calle única ahora convertida en una gran zanja. No obstante, pensaba, que podría resguardarse en el zaguán de la casa de la tía Vicenta cuyo portón estaba medio cayendo y permitía colarse, aunque ello supusiera un peligro. 
Pocos metros después del callejón terminaba el camposanto. En vez de alivio eso suponía para ella un problema mayor. Ahora tendría los muertos a sus espaldas y no podría verlos. La solución era darse la vuelta y caminar hacia atrás.
Imaginando la tortura, había hablado con varios vecinos para que alguno la acompañara. La gente no le hizo ni caso. ¡Qué poca caridad tenían!
__Pero mujer, que daño pueden hacerte los pobrecitos muertos. Para que van a salir de la tumba con este frío y perseguirte.
__Mira déjanos en paz con tus chorradas que ya tenemos bastante con las dichosas obras.
Por cierto, ahora que lo pienso, ¿con que intención te persigue un muerto?, aparte de matar el tedio eterno. Uno debería preguntarles como hacían antes las madres con los novios de las hijas: Joven, ¿usted que intenciones tiene? Al novio no le quedaba otra que decir  que eran muy buenas y que quería mucho a la niña, pero los muertos no tienen porque mentir así, no les va nada en ello. Por eso, si alguna vez  me sigue alguno, me pararé a preguntarle. Ahora sigamos con Ana.
De soslayo no perdía de vista los grises vigías del Cementerio. De pronto algo brilló en la oscuridad  delante de ella, algo de vivos colores estaba parado en medio del camino.
__¡ Dios, un muerto! Pensó en retroceder, porque el aparecido estaba antes de la auxiliadora vía de escape.
Tratando de conservar la calma pensó: No es un muerto, no es un muerto, no lleva mortaja, no lleva mortaja. Va vestido como los vivos. Lleva un chaquetón que parece nuevo.
__Buenas noches__ dijo el presunto cadáver, adelantándose porque si no, corrían el riesgo de estar parados un buen rato.
__Buuu...buenas.
Ana continuó aliviada su camino al ver que el hombre seguía el suyo después de saludarla. Era alto y vestía un chaquetón a rayas de varios colores, que le recordó los ponchos de los indios, con una capucha echada hacia delante que le tapaba el rostro. Caminaba a buen paso y Ana le seguía casi corriendo para no despegarse.
Al llegar a su casa el hombre se volvió a medias y le dijo:
__ Mañana te esperaré para acompañarte de nuevo.
__Gracias__ dijo una asombrada Ana__ Hasta mañana.
 El hombre no respondió, ya ni se le veía.
 __¿Donde vivirá? No creo haberle visto antes ¡Ya se! Seguro que es alguien de la obra. Me habrá oído suplicar a los vecinos y sabrá que tengo miedo a los muertos. ¡Qué amable! Pero, ahora que lo pienso, se van todos en un camión a dormir al otro pueblo, porque en éste se han negado a darles cobijo e incluso comida. Además como pillen a uno desprevenido o solitario le intentan linchar sin miramientos. Bueno, mañana lo investigaré.
Durante todo el día, mientras rezaba mentalmente para que el desconocido cumpliera su palabra y la estuviera esperando, a cada persona que entraba a su oficina le preguntaba lo mismo:
__¿Algún obrero de la zanja tiene un chaquetón de rayas con muchos colores?
__Las obras te han trastornado Ana hija, que preguntas tan raras haces.
Cuando cerró esa noche y estaba ya llegando a la Iglesia, se dio cuenta, alterada como andaba, de que había salido primero que la noche anterior.
__He metido la pata, es pronto y no habrá llegado.
Dudó si dar la vuelta; alumbró el camino con la linterna y pudo observar, de reojo, que la verja del camposanto estaba abierta, iba a darse la vuelta aterrada cuando se percató de que el hombre del chaquetón estaba parado en medio, en el mismo sitio de la noche anterior, aguardando.  Al verla venir corriendo y después de responder a su saludo echó a andar siempre muy por delante de ella. Así fue todos los días, hasta que el camino principal se reabrió, aunque sin terminar las obras del todo y presentando mucho más peligro para la integridad física que la senda del cementerio que era lisa y llana y libre de obstáculos.
Esa última noche Ana, que no había vuelto a preocuparse  del cementerio, ni de la verja, se despidió de su desconocido acompañante. Un poco a gritos, porque estaba bastante adelantado.
__Le agradezco mucho la compañía. Si no fuera por usted lo habría pasado muy mal. Tengo mucho miedo a los muertos, sabe.
SI, LO SE, POR ESO HE VENIDO.
El acompañante continuó su camino.
__¿Es usted de la obra, verdad?
NO.
__ ¡Ah! Por cierto, ¿a usted no le dan miedo los muertos por lo que veo?
El hombre se volvió, estaba ya tan lejos qué no podía verle la cara.

CUANDO ESTABA VIVO, SI.

Gabriel...




Muchos años después, un jueves santo tras las lluvias, la muerte anunciada regresó como cuando nuestra Úrsula la mandara venir hacía ya cien años por lo menos. Sobre Macondo se había instalado un fuerte olor a almendras amargas y una nube de mariposas amarillas llegó desde las plataneras de la Unit Fruit invadiéndolo todo. El, había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna y se sintió feliz. Siempre soñaba con árboles, me había confesado una vez Fermina Daza.

El doctor Juvenal se calló de la escalera, mientras los loros mangleros se encaramaban a lo más alto de la secuoya del jardín, a cuyo pie ya no estaba José Arcadio. El general, harto de su laberinto, se comió un canasto de guayabas maduras, el coronel se levantó al amanecer para dar de comer a su gallo y el nonagenario profesor de gramática y latín llamó por teléfono a Rosa Cabarcas para decir simplemente: Hoy si.                                                                                                                                                                   
Entretanto yo, llorona y desaforada como somos los Buendía desde la cuna, icé bandera amarilla en mi barco y decidí seguir recorriendo el río Magdalena, hasta que me vuelva a encontrar con mi sabio triste y me lleve ¡por fin! a conocer el hielo.