la granja

Capítulo IX
 
Las hermanas/Viorel Sánchez 1993

Al día siguiente tenía el plan perfectamente trazado. No cabía otra opción.
La salud del viejo pareció resentirse esa misma mañana. Petra lo encontró muy agitado cuando subió a verlo. No tenía por costumbre presentarse en la habitación de Higinio fuera de los horarios de las comidas. Pero estaba preocupada. El día anterior ya lo observó muy inquieto. Félix apareció en el cuarto detrás de ella.
Le tomó el pulso y la tensión. Ambos habían aumentado. El enfermo intentaba llevarse el brazo al pecho y se retorcía como si tuviera una fuerte molestia.
   __ ¿Tiene dolor precordial? Cierre los ojos si es que si
   El viejo obedeció con prontitud. Félix  le puso una cafinitrina bajo la lengua.
   __No se inquiete Petra. Se calmará dentro de un rato.
   Una vez su paciente se recuperó y quedó relajado, bajó a desayunar. Ella le sirvió como cada día.  Antes de que él terminara se dirigió al corral a dar de comer a los animales.
   Cuando acabó su tarea y se dio la vuelta, apenas tuvo tiempo de sobresaltarse al ver a Félix justo detrás. Este le dio un certero y efectivo puñetazo en el rostro que le hizo perder el sentido. Despertó en la cama atada de pies y manos.
    Era viernes.
   El no perdió tiempo.
   Trepó por la vieja  escalera  hasta lo alto de la plataforma.  Bajo el brazo llevaba una más pequeña, metálica y ligera, de uso doméstico que había descubierto en la despensa de la casa. Cuando estuvo arriba, la apostó contra la pared, le faltaban unos cuarenta o cincuenta centímetros para llegar al borde, pero serviría.  Ascendió unos peldaños, retiró la tapa y miró dentro. Estaba oscuro. El cielo también se había oscurecido de repente. El sol otoñal de la mañana se dejó ocultar por las orondas nubes que precedían, como avanzadilla, a la tormenta. Difícil ver la caja que, además, era negra. El agua permanecía un metro por debajo del nivel total.
   Subió un poco más y miró de nuevo. Se encaramó sobre el borde, tanto, que estuvo a punto de caer de cabeza. Ni rastro.
   Decidió bajar; se fue a la casa y abrió todos los grifos. Cuando el agua dejo de correr, trepó de nuevo al tanque. Una vez arriba, se detuvo a pensar un momento: era preferible retirar la tapa por completo, no fuera a ser que el viento que había comenzado a soplar con fuerza, la moviera hacia delante y le impidiera salir. No lo creía probable, pero, por si acaso. La empujó demasiado fuerte y una ráfaga ayudó a tirarla al suelo, produciendo un escandaloso estruendo, que al chocar contras las piedras, sonó como una explosión.
Petra y el viejo la oyeron desde sus respectivas habitaciones. Incluso Félix se sobresaltó.
Se puso las botas de agua. Arriba de nuevo, se sentó a horcajadas en el borde del depósito, izó la escalera y la introdujo en el interior, poniendo mucho cuidado para no caerse.  El viento arreciaba.
   __Debí  atarme con una cuerda, como prevención.
   Había muy poca agua, apenas unos treinta centímetros. Bajó de espalda a la pared. Una vez dentro, fue fácil encontrar la caja. Cuando iba a emprender el ascenso, algo llamó su atención. Parecía otra caja. Estaba como un metro más allá. Caminó arrastrando los pies por el limo del fondo hasta llegar a ella. En efecto era otra caja estanca. Rebuscó por si hubiera más. No encontró ninguna otra. Las cogió y salió del depósito. Respiró profundamente cuando se vio fuera.
   Una vez en la plataforma y al disponerse a retirarla, la escalera salió volando empujada por el viento, obligando a Félix a apartarse rápidamente para no verse golpeado.
   __Por poco. He tenido suerte__ pensó, mientras se pegaba a la pared  del tanque para evitar que una ráfaga lo derribara también.
   __¡Dichoso viento!
   Se agachó para protegerse del temporal que arreciaba y se asió con fuerza al final de la escala de acceso. Comenzó a descender. La bajada era difícil y lenta con ambas cajas en una mano. El viento lo zarandeaba. A media altura las dejó caer. Necesitaba las dos manos para sujetarse.
    Se dirigió con prisa hacía la casa. Las nubes iban cambiando de color. Ahora eran gris oscuro casi negro y estaban cargadas de agua. Algunas gotas, no podían contener la prisa y comenzaban a desprenderse. Eran enormes y formaban círculos al estamparse contra el suelo.
   En la cocina colocó las  cajas sobre la encimera de mármol para proceder a abrirlas
En ese momento sonó el teléfono.
   Era Marta hecha un basilisco.
   __ ¿Estás tonto o qué? ¿Por qué no me has llamado? Pienso ir mañana a verte sin falta.
   __Imposible__ dijo él con tranquilidad.
   __ ¿Cómo que imposible?
   __El viejo ha empeorado y yo no puedo despegarme de su lado. Además cualquier pequeña alteración le molesta y le agrava. O sea que no puedes ni aparecer por la habitación porque le daría un sincope. Mira, yo te llamaré. De todos modos no creo que Higinio dure mucho. Quizá mañana tengamos que internarlo de nuevo…
   __Es que tengo ganas de verte
   __Yo también__ mintió Félix.__ Estoy casi seguro de que tendremos que llevarlo al hospital. Entonces te llamaré.
   __Te echo de menos en la cama…
   Lo que faltaba. Ahora se iba a poner erótica. Decidió cortar por lo sano.
   __Marta, tengo que dejarte. No puedo perderlo de vista. Además es la hora de la medicación. Estoy aquí haciendo un trabajo ¿recuerdas? Y no se puede tomar a la ligera la salud de los pacientes.
   __Que sieso eres.
   __Me pagas para que haga bien mi trabajo ¿No?
   __Vale. No dejes de llamarme. Besitos donde tú ya sabes…
   ¡Qué pesada por dios!. Colgó y se dirigió a terminar el otro trabajo.

   Una vez abierta la caja del libro ( lo sabía porque estaba limpia a diferencia de la otra que llevaba más tiempo dentro del agua), levantó la tapa. Allí estaba, en efecto.
 Al cogerlo vio que debajo había una llave pequeña como de candado y otra que en principio no identificó con claridad, pero que pudiera ser  para esposas o grilletes. Recordó entonces la argolla que había visto tras la cama del viejo.
   __Aquí sucedió alguna cosa  rara, muy rara, que tiene que ver con mi sueño. No sé de que manera me concierne, pero creo que ocurrió algo terrible. Y sea lo que sea, la muda lo sabe.
   Con las manos temblorosas abrió el libro y comenzó a leer:

Hoy he decidido empezar el negocio. Hay tres niños en la casa y conozco tres familias dispuestas a pagar una buena cantidad por cada uno de ellos. Estas dos tontas no quieren que los venda, peor para ellas. Eso me obligará a tomar una determinación que no hubiera sido necesaria si fueran razonables. Pero las mujeres se ponen intratables con ese dichoso instinto maternal. No pensarán las muy imbéciles que voy  a trabajar para mantenerlas a ella y a  esos  gritones voraces. Mañana cerraré el trato y si todo sale como espero comenzaré un negocio muy productivo. Ya hay otro mocoso en camino… 

   A partir de ahí, comenzaba lo que parecía simple contabilidad.  La letra era pequeña y abigarrada para que todo cupiera en el menor espacio posible. Además estaba borrosa sobre todo al principio, por el paso del tiempo. Enrolló la páginas y las fue pasando para comprobar cuantas ocupaban la relación de las ventas. Observó que al final había unas notas como un resumen de algo. Decidió leerlo antes de continuar.
   Tuvo que cerrar el libro. Arriba sonó un golpe como si alguien se hubiera caído de la cama.
   Subió las escaleras de dos en dos y se dirigió a la habitación de Petra. Efectivamente se  había caído. Posiblemente tratando de levantarse para ir al baño. Se lo había hecho todo encima.
   La levantó y la empujó de nuevo sobre el lecho.
   __Quédate así hasta que yo vuelva. De lo contrario te partiré la cara.
   Volvió a la cocina y cogió las llaves. Como había pensado, la pequeña abría el candado.  Subió al desván. El corazón le latía con fuerza. Había otra puerta, la empujó y se encontró con algo inesperado y desconcertante. Estaba seguro de que allí se escondía la clave, pero no se figuraba ese horror. Y era sólo el principio.

    El desván era grande,  toda la superficie de la casa. Las ventanas de las solanas estaban tapiadas. El techo estaba forrado toscamente de tabléx de modo que no sobresalieran las vigas.
   __Por si alguna sentía tentaciones de colgarse…
   Había tres camas metálicas, como de hospital, a cada lado de un pasillo central, con sus correspondientes mesitas. Le llamó la atención una vieja máquina de coser a los pies de una de ellas.
   __Así que fueron más de dos. Aumentó el negocio. ¿Y la máquina? Este era capaz de obligarlas además a trabajar para él.
   A la derecha de la puerta un tabique a media altura hacía las veces de rudimentario biombo, ocultando detrás un aseo con lo esencial. Al fondo, lo mismo, pero a la izquierda.
   Al lado de cada cama una argolla empotrada en la pared sostenía una cadena soldada a ella. Cada una descansaba en el suelo en este momento. En el otro extremo tenía un grillete.
   Cogió el más próximo e introdujo la llave universal que contenía la caja. Se abrió con un ligero chirrido.
   Se sentó en el suelo, al principio del pasillo e imaginó el resto. Las mujeres sujetas a la pared por una cadena y con el grillete en el tobillo. ¿ Como pudieron pasar estas cosas? Recordó a las que su padre llevaba a la casa. Eran años difíciles. El nació a finales de los cuarenta. Las guerras  habían terminado no hacía mucho. Por aquella pequeña ciudad casi en la frontera pasaban todo tipo de gentes. Eran tiempos duros de hambre y persecución. Cada cual tenía suficiente con sobrevivir. Si alguien desaparecía sin dejar rastro, nadie hacía demasiadas preguntas.
   Por un momento creyó verlas: seis mujeres encadenadas, esperando ser violadas y una vez embarazadas, esperando de nuevo durante nueve meses para que les quiten el hijo y vuelta a empezar. Aguardando un milagro que no llegaba. Ayudándose y confortándose las unas  a las otras.
   Sin esperanza.
   __Supongo que las violaría abajo. Aquí sería imposible, las otras se le echarían encima.
   El mismo horror, la misma vileza tantas veces repetida que, posiblemente, las hizo acostumbrarse y ver lo irremediable como natural.
   Conformándose con lo que estaban viviendo.
   Es un mecanismo de defensa. Él lo sabía perfectamente. Además la sumisión anula las voluntades y algunas personas terminan por creer que se merecen lo que les está pasando. Un buen ejemplo es el famoso síndrome de Estocolmo en el que los rehenes terminan por colaborar con los  secuestradores.
   __Somos muy complicados los humanos.
   Aunque, quizá no todas aquellas mujeres reaccionaran igual…Pensó en la rubia que vio en sueños. La vio dando ánimos a las más débiles. No sabía por qué, pero se la imaginaba más fuerte, de esa clase de gente que jamás se doblega por mucho que la humillen, de esa clase de gente hecha de una pasta especial.
   __Que mala suerte ha tenido….__pensó mientras se levantaba.
   Reparó que sobre la pared- biombo que estaba a su lado colgaba otra cadena terminada  en grillete en ambos extremos.
   __Esta es la de las violaciones.
   Con ella en la mano regresó a la habitación de la muda.
   Le soltó las ataduras de los pies y le encajó el grillete.
   __Levántate. Vamos al  baño, te aseas y luego hablaremos.
   Encajó el grillete del otro extremo en el radiador y ordenó a Petra abrir el grifo. No había agua.
   __Voy a llenar el depósito. En cuanto salga agua, te vas lavando y no hagas tonterías.
Bajó y accionó el interruptor en la cocina. El motor se puso en marcha. Calculó unos quince minutos más o menos. Había comenzado a llover con ganas. Las fuertes rachas de viento arrastraban las últimas hojas de los árboles y las mezclaban con la lluvia, formando vistosos molinillos de colores. Empezó a tronar. Cuando el agua rebosó por encima del tanque, desconectó el motor. Subió al primer piso y se asomó al baño, para ver que hacía la sirvienta. Estaba de pie en la bañera. No hizo ningún ademán de taparse cuando entró Félix. Al sacarse la ropa, las bragas y la falda se habían quedado colgando de la cadena como en un tendedero. Félix entró, abrió el extremo del grillete y las dejó caer.
   __Volveré dentro de un rato y haré lo mismo para que puedas vestirte.
   Hasta ese momento no había reparado en que Petra era una mujer.


Continuará,,, 


La granja

Capítulo VIII


 
Años arrasados/Viorel Sánchez
Comprobó que el panadero pasaba cada día de lunes a viernes sobre las diez de la mañana. O sea que tenía, el resto del viernes, sábado y domingo para sonsacar a Petra y si se ponía difícil  otro día más. El lunes el recogía el pan y listo. Diría que la sirvienta estaba enferma. Había pensado atarla y si fuera necesario, golpearla hasta que le diera la llave del desván.
   Cualquier persona en sus cabales se preocuparía por el cariz que estaba tomando la obsesión. Pero a Félix, acostumbrado desde niño a vivir situaciones singulares, le parecía normal.
  Tenía que hacerse con la llave a cualquier precio. El camino, el hombre, la mula, los fardos y la manta eran demasiadas coincidencias. Todo lo había visto en el sueño que llevaba años repitiéndose. Tenía que saber más, cayera quien cayese.

   Esa noche el viejo estuvo muy inquieto, Félix temía que le repitiera el infarto. Se quedó a velar en la habitación. Petra se presentó con la pizarra. “Vaya a acostarse. Yo velaré. Es mejor que usted esté descansado por si hay que llamar al médico y acompañarle al hospital”.
Le hizo caso, porque tenía razón.
   Durmió mal. Volvió a ver a la mujer rubia que llamaba a Gerardo. Había estado pensando en ella y no, no la conocía de antes. No la había visto nunca. Estaba seguro.
  Gerardo, tampoco era el nombre del viejo. Se llamaba Higinio.
  Se levantó y decidió ir a la habitación del enfermo para ver cómo iban las cosas. Se asomó  a la puerta y vio a Petra empujando la cama para colocarla de nuevo en su sitio.
  __¿Que hace,  por qué lo ha movido?
  Evidentemente no obtuvo respuesta.
  Sobre la cama descansaba una especie de grueso libro de contabilidad. La mujer  se apresuró a cogerlo y lo rodeó con los brazos sobre el pecho, protectora, mirando a Félix desafiante.
  __Me he desvelado, váyase a dormir, queda poco para el amanecer. Descanse un rato, yo velaré.
  Notó que estaba reacia a marcharse. Insistió.
  __Petra, vaya a acostarse y duerma un poco. Me quedaré aquí con él. Váyase tranquila, mujer…
  El enfermo estaba despierto y observaba a Petra implorante. Ella, nerviosa con el libro en brazos, no le prestó atención.
  Transcurrido un buen rato desde que ella se fuera,  Félix salió al pasillo y comprobó que la puerta de su habitación  estaba cerrada y la  luz apagada. Regresó donde el viejo, se arrodilló y miró bajo la cama.
  Las facciones del viejo se crisparon. Fijó la vista en el techo, implorando que se les viniese encima.
  No se veía bien. Cogió la lámpara de la mesilla y se alumbró con ella colocándola horizontal como una linterna.  No observó nada anormal. Se pegó al suelo y extendió el brazo. Entonces si,  al pasar la mano, notó la ranura entre las tablas, siguió avanzando y acarició un asidero. Se retiró hacia atrás rápidamente y se incorporó. El enfermo  contemplaba todos sus movimientos con los ojos muy abiertos fijos en él.
   Decidió no esperar más. Cerró la puerta. Movió la cama, dejando al descubierto la trampilla. Estaba muy bien disimulada, puso el asa vertical y tiró de ella con cuidado no fuera a romperse. La puertecilla se abrió. Había una caja metálica del tamaño del agujero. Con el corazón a toda velocidad la sacó y la depositó en el suelo. La abrió y comprobó que estaba vacía.
   __El libro__ pensó en voz alta.
   Volvió la caja a su sitio, cerró el zulo y puso la cama en su posición normal. Cuando lo hizo, reparó en algo: una argolla de pared justo detrás del cabecero. En ese momento no le prestó demasiada atención. Tampoco miró al viejo. Este tenía los ojos cerrados y estaba rígido como si llevara muerto varias horas.
   No sabía qué hacer. Se había puesto nervioso.
   __Esa puta. Se lo ha llevado. Tengo que hacerme con él. En ese libro hay algo que me concierne, cada día estoy más seguro.
   Reparó entonces en el aspecto del enfermo. Este se sobresaltó cuando lo tocó en el brazo.
   __No estás muerto. No puedes morirte hasta que yo lo diga.
   Se sentó en el sillón. No volvió a  preguntarse si acaso se estaba volviendo loco por la obsesión de su relación con aquel lugar. Muy al contrario. En este momento, vivía convencido de que el destino le había guiado hasta allí por algo. Y cada día estaba más cerca de descubrirlo. La paranoia crecía como todo lo que se alimenta sólo y Félix la dejaba engordar a sus anchas. Es más, se diría que la disfrutaba.
   Cuando sintió levantarse a Petra, comenzó su rutina de atención al enfermo, para que estuviera finalizada cuando ella viniera con el desayuno. La sirvienta se asomó a la puerta para ver si todo iba bien. Comprobada la normalidad, se fue para iniciar su tarea diaria.
   Cada día lo mismo.
   El hombre observaba a Félix, mientras iba y venía preparándolo todo. Si éste hubiera prestado atención a su expresión, se habría dado cuenta de que su mirada no era de temor como otras veces; era de odio. Un odio infinito.
   Dejó que Petra le diera el desayuno al viejo, mientras él iba al baño a asearse. Abrió la ventana.
   Olía a pino quemado.
   Pasó la mañana espiándola. Ella seguía con sus tareas habituales. No hizo nada diferente a otros días.
   __Tengo que saber qué pasó con el dichoso libro. Miraré en su dormitorio.
   No tuvo necesidad.
   Llevaba todo el día sintiéndose mal. Cuando era niño, una noche, ardió el bosque de pinos centenarios que bordeaba la pequeña ciudad. Soplaba un fuerte viento de poniente. El humo lo invadió todo; hubo que desalojar a la gente que vivía más próxima al fuego, él y su familia entre ellos.
   Pasó mucho miedo.
   Los animales que no dio tiempo a evacuar, murieron abrasados en sus cuadras. En días sucesivos un penetrante olor a madera y carne carbonizados persistió en el ambiente, mientras comprobaba con horror y tristeza como el fuego había convertido  el monte en cenizas y los troncos de los árboles en figuras fantasmales, que vagaban entre el humo, escapadas del infierno, a medio consumir. Comenzó a darle miedo aquel lugar en el que jugaba de niño con los perros, persiguiendo alimañas.  Desde ese  día, cada vez que el olor a pino quemado hacía acto de presencia, era presa de un extraño desasosiego, que terminaba por ponerle enfermo.
   Cuando estaba en la habitación con Higinio, dándole la medicación de la tarde, sintió náuseas. Se dirigió al baño con toda la rapidez que le permitía su cada vez más persistente mareo. Una vez allí se apoyó en el alfeizar  de la ventana abierta, buscando un poco de alivio en el fresco vespertino. Con la vista aún borrosa,  pudo ver a Petra atravesar el corral con algo en las manos, que depositó en el suelo al lado de una de la columnas que sostenían el depósito del agua, donde reposaba tras de su viaje desde el aljibe, antes de abastecer la vivienda.
   Félix observó el tanque. Arriba, la mujer ya tenía adosada  a la pared otra escalera portátil de pequeño tamaño.
   Antes de coger el bulto que esperaba en el suelo miró hacia la casa. El se retiró rápidamente de la ventana. Trepó con el objeto, ¿parecía una caja?, hasta la altura  del depósito por la herrumbrosa escala adosada a una de las columnas, en la que faltaban algunos peldaños. Cuando llegó a la plataforma, se encaramó por la otra  escalera, levantó con trabajo la tapa y tiró dentro lo que, en efecto, era una caja. Tal vez la caja estanca que había visto días atrás.
   __ No jodas... ¿A que es el libro? ¿Pero, por que en el depósito, por qué no quemarlo?__ Se alejó de la ventana antes de que pudiera descubrirlo.__ No quiere destruirlo, únicamente pretende que yo no lo encuentre.
   Se echo agua a la cara. Las náuseas habían desaparecido, pero el mareo continuaba. Se sentó en el borde de la bañera hasta sentirse mejor y volvió a la habitación del viejo. Olvidó por completo la medicación.
   Apoyado en el piecero de la cama, de espaldas al enfermo, hizo un repaso de la situación:
   Recoger el libro sería más difícil: el depósito tendría más o menos dos metros de altura,  calculó Félix comparándolo con la estatura de Petra y un diámetro de casi otros dos.  Ignoraba si la caja se habría sumergido o, por el contrario, estaría flotando.
   Subiría y miraría dentro. Si no se veía, vaciaría el tanque.
   Tenía que retirar la tapa y necesitaría otra escalera para meterse dentro y lo más importante, para salir después. Además suponía que el tanque tendría en el fondo varios centímetros de limo. La maniobra era peligrosa. En la plataforma había poco espacio, si la escalera se movía por cualquier circunstancia, la caída podía ser mortal.
  Bien, prepararía un plan. El único inconveniente era Petra.
  Nunca se ausentaba, por eso iba a ser una tarea difícil. Necesitaba tiempo para llevar a cabo el rescate y ella no debía sorprenderlo. Eso podría significar un peligro añadido al que ya tenía de por si la ascensión a la plataforma, cuya altura se aproximaba a la de la casa.
Era imprescindible tener a la muda fuera de combate. Dedicó el resto de la tarde a idear el modo de librarse de ella.
   Mientras Félix paseaba por la habitación gesticulando y hablando a media voz, el viejo le miraba cada vez más temeroso. La impotencia y el miedo asomaban claramente en su afilado y pálido rostro. Apenas tenía vida.
   Para Félix ya no existía en esos momentos.



Continuará…

La granja


Capítulo VII
 
Concierto en cuatro__Viorel Sánchez 2010
Cenó poco como era su costumbre. Pese a ello, durmió mal. Sólo pudo conciliar el sueño a ratos. Continuaba receloso. Se levantó temprano y se dirigió a atender a su cliente. Lo aseó, lo afeitó e hicieron los ejercicios muy suavemente, porque el enfermo no estaba para muchos trotes; luego, lo cogió en brazos, aunque alto pesaba bastante poco, y lo sentó en el sofá orejero. La silla de ruedas era muy incómoda para alguien que apenas sostenía la cabeza. El hombre no dejaba de observarle, hubo un momento en el que Félix creyó adivinar un cierto temor en la mirada del anciano.
   __Es normal, no me conoce y no se fía.
   Se quedó pensativo, mirando al viejo.
   __ ¿Y si resulta que me conoce? Ya no se qué pensar.
   En ese momento entraba Petra con el desayuno.

   Al final del pasillo estaba el cuarto de baño que él utilizaba. A la derecha arrancaba la escalera de acceso al desván. La puerta estaba cerrada. Notó que tenía puesto un grueso candado. Eso le llamó la atención.
   __Que extraño, ¿qué guardarán ahí arriba con tanto secreto?
   Le preguntó a Petra cuando dejaba la habitación del señor, tras hacer la cama y se acercaba por el pasillo.
   __ ¿Y esto?
   Ella le miró fijamente y se encogió de hombros, siguiendo su camino.. Félix apuró el paso y se puso delante:
   ___Hay un desván, es evidente. ¿Pero, por que está cerrado el acceso?
   Petra lo esquivó y bajó las escaleras. Cuando Félix llegó a la cocina para desayunar tenía la pizarra delante de la taza.
   “¿A usted que le importa si hay o no desván, ni porque está cerrado? Limítese a hacer su trabajo y déjenos en paz”.
   Tenía toda la razón, pero no para Félix.
   Decidió aparentar normalidad, era mejor no levantar sospechas. Podría fingir indiferencia e investigar todo lo que le diera la gana , aprovechando que Petra estuviera ocupada.
   __Tiene razón mujer. Es que soy curioso por naturaleza. No volverá a pasar.
   Ella lo miró con desconfianza.
   Los días siguientes estudió las costumbres de la casa. Petra no se ausentaba nunca. Una vez por semana  por medio del panadero, enviaba la lista de la compra al supermercado y éstos se la traían a casa por la tarde. Lo encontró raro, porque ella conducía. Podría perfectamente ausentarse para hacer la compra, sobre todo ahora que estaba él.
   Vivian en medio del monte, casi aislados. La mujer, no obstante, parecía tener una relación cordial con todo el mundo.
   En la casa había hortalizas del huerto, fruta, huevos y carne de conejo y pollo. En caso de emergencia podían subsistir.
   Si no fuera por el sueño, todo hubiera estado bien, pero el hecho de llevar años soñando con el camino y el hombre, hacía que cualquier cosa le infundiera sospechas. Probablemente fuera premonición; quizá algo definitivo iba a ocurrirle en aquel lugar, a lo mejor algo bueno. Pero él no lo creía así. Estaba convencido de que el sueño tenía relación más bien con su pasado.
   __Me estoy volviendo paranoico__ dijo para sí, sin ningún convencimiento.
   Por eso trazó un plan.
   “Encontrar vestigios de la existencia de la mula y los fardos. Pero, sobre todo, hallar  la llave de acceso al desván”. No sabía bien por qué, pero estaba seguro que el desván desvelaría el misterio.
   Investigó los cobertizos buscando la mula. No la encontró. Solo estaba en el  primero el coche de la familia y en el otro, varios toneles de roble, probablemente de cuando hacían vino, apilados en un lateral. En la granja, en estos momentos, no había más animales que gallinas y conejos. En el que hacía las veces de garaje, en un anexo cerrado, encontró una antigua Isocarro.  Cuando era niño veía una igual pasar a menudo por la carretera de detrás de su casa.
   __Menuda reliquia.
   Había también una bicicleta con las ruedas pinchadas y multitud de objetos en una estantería adosada a la pared del fondo. Herramientas, una manguera de riego, antiguos motores sumergibles inservibles (posiblemente de extraer agua del aljibe) y una caja estanca colocada allí hacía poco porque resaltaba entre todo lo demás, viejo y polvoriento. Una gran variedad de aperos de labranza contemplaban el paso del tiempo apoyados cómodamente en la pared.
   La antigua cuadra, estaba vacía. No era muy amplia, cabrían dos o tres animales. Se notaba que llevaba tiempo sin ser habitada. Estaba decorada por telas de araña de todos los tamaños y espesores, la mayoría ennegrecidas por el paso del tiempo. Colgaban a diferentes alturas.  De algunas quedaban ya solamente jirones. Era como el escenario de un teatro abandonado, en el los telones se hubieran ido superponiendo, hasta el fondo. Había un altillo lleno de paja vieja con una escalera muy rudimentaria de madera para acceder. Subió con cuidado, tras apartar las telarañas; algunos peldaños estaban podridos. Cogió una horca y se dedico a buscar entre el heno ya rancio y casi convertido en polvo. Comenzó a picarle la garganta y la nariz y a estornudar.  Estaba próximo a sentirse ridículo cuando tropezó con un obstáculo, retiró la paja a toda prisa, apartando la cara para esquivar el polvo, y ante su asombro un tanto receloso, apareció algo que le erizó la piel: ¡la silla y los fardos!
   Iguales a  los que veía en el sueño.
   Había algo más: la manta que los tapaba . Sucia, rota y descolorida, pero era la frazada que él viera en su pesadilla. Seguro.
   __Seguro, estoy seguro.
   Estuvo a punto de gritar llamando a Petra, pero se contuvo.
   __No seas idiota. ¿Para qué llamarla? Pareces tonto.
   No debía conocer sus sospechas bajo ningún concepto. Comenzaba a considerar peligrosa la situación.
   Se quedó un rato pensativo. Volvió a dejarlo todo como lo había encontrado.
   __Petra no debe ni imaginar que he estado aquí.
    Ella lo estaba observando tras los verdosos cristales de la ventana. Cuando vio que bajaba del altillo, se fue a toda prisa hacia la casa.

   Esa noche no durmió apenas. Hacía viento. Imaginaba oír pasos por el desván  y un sonido como si arrastraran cadenas. 
   Se rió de sí mismo: __estás bastante paranoico; es muy obvio lo de las cadenas y los fantasmas…__Casi de madrugada consiguió que el sueño lo visitara. Fue una especie de duermevela. En medio del sopor creyó ver una mujer rubia a los pies de la cama que lo observaba y le decía:        __Gerardo, Gerardo…estoy abajo, abajo…
   Abrió los ojos; no había nadie. No obstante se levantó, echó un vistazo al enfermo que parecía dormir y bajó. Tampoco había nadie allí. Todo estaba a oscuras y tranquilo. Volvió a subir. Se quedó un rato mirando la puerta del desván. El candado era muy grueso. Podía probar con una sierra de metales, pero haría demasiado ruido y además, Petra vería el candado serrado y se descubriría todo. Se acostó, pero ya fue imposible volver a dormir.
   __¿Estaré teniendo alucinaciones por la paranoia que me ha entrado? Lo cierto es que desde que vi el camino y luego al viejo, tengo la seguridad de que este lugar encierra algo que tiene que ver mucho conmigo.
   Rebobinó la secuencia del viaje varias veces. Pensó en la puerta candada y en la misteriosa Petra. ¿De dónde habría salido? ¿Desde cuándo estaría en la casa?
   ¿No tendría familia?
   __Que extraño es todo esto. ¿Le habrán arrancado la lengua para que no cuente nada de la casa? Sin embargo, tiene fervor por el viejo.

   El día siguiente transcurrió como el anterior. La misma rutina. Por la tarde llamó Marta.
   __ ¿Estás tan ocupado que ni siquiera llamas para contarme como va todo?
   __Todo va bien. No te preocupes.
   __ ¿Cómo es el enfermo?
   __Viejo
   __Desde luego, que borde eres, si no fuera lo bien que follas…
   Hablaron un cuarto de hora. Marta sugirió ir un fin de semana a verlo. Quedaron en que él la avisaría. Respiró aliviado cuando colgó. Tenía prisa por seguir con sus planes.


Continuará...

La granja


A petición de los lectores y hasta el final del relato, publicaré dos capítulos 

semanales: lunes y jueves. 

Gracias.





Capítulo VI


Nube/ Viorel Sánchez 1992


 Se dispuso a hacer la maleta. No tenía costumbre y no sabía muy bien que debería meter. Puso, aparte de lo esencial, toda la ropa de invierno. Fue imposible cerrar la cremallera. Sacó unas camisas  y un par de chaquetas de lana y las metió en una bolsa de Galerías Preciados.
   Perfecto. Ya estaba preparado. Decidió marcharse. Era pronto aún, comería algo por ahí y emprendería viaje. No sabía bien porqué pero tenía ganas de llegar a su nuevo destino.
   Almorzó en un bar cercano a su domicilio. Frugalmente, como solía y se puso en camino. Se notó intranquilo, inquieto, como expectante.
    Sintió alivio al recordar que tendría que quedarse en el campo y no podría regresar a diario. Dormir con Marta de vez en cuando estaba bien, pero todas las noches ya se le antojaba excesivo.
   El nuevo enfermo no tenía familia. Vivía en una especie de granja a bastantes  kilómetros de la ciudad. No quería abandonar su casa. La mujer que lo acompañaba había entregado un escrito a las asistentes sociales en el cual el viejo disponía que, en caso de no recuperarse totalmente le buscaran alguien que lo atendiera las 24 horas. Ellas se pusieron en contacto con Marta.

   Salió de la pequeña ciudad y antes de llegar a la recién inaugurada autopista, dobló a la derecha, justo por detrás de su antigua casa. Le echó un vistazo de soslayo. No sabía quién se la había quedado. Se notaba el abandono. Por el retrovisor vio como el tejado estaba medio ruinoso. Faltaban tejas y las tablas asomaban a trechos; algunas habían desaparecido también,  podridas por la intemperie.  Los árboles, por el contrario crecían exuberantes, como si se alimentaran de la mansión. El contraste era estremecedor. Se alegró cuando la perdió de vista. Continuó por la vieja carretera unos veinte kilómetros, antes de coger un desvió a la izquierda. No se cruzó con ningún vehículo.
   Unos metros más allá del puente medieval, que permitía sortear el riachuelo de montaña aún con poco caudal y luego de una pronunciada curva, lo que se presentó ante sus ojos le hizo detenerse en seco.
   No se lo podía creer.
   ¡Era el camino!
   ¡El camino que tantas noches había visto en sueños Con su suelo de tierra y las hileras de árboles. Se quedó atónito. Era real. Estaba ahí. Tan cerca de donde había vivido.
   Sintió una lengua de lava ardiente que le recorría la espina dorsal, quemándole.
   Después de un rato de contemplar absorto la senda arbolada que tenía delante, notó que un sudor frío le estaba dejando yerto. Paró el motor y salió del coche. Se plantó en el centro del camino y estuvo un rato pensativo. Esperaba que de la misma manera que avanzaba en el sueño, retrocediera de un momento a otro y desapareciera. Se retiró hacia atrás por si acaso, parpadeando. Pero, el sendero continuaba obstinado en su sitio.
   No había brisa y las ramas de los árboles no se movían. Sin señales de vida animada, realmente parecía un decorado.
   __De un momento a otro se pondrá en movimiento, aparecerá el hombre y la mula y despertaré.
   Pero no ocurrió nada de eso. No estaba en su pesadilla. Esto era real.
   Le dieron ganas de irse a toda prisa,  de salir corriendo. Fue un instante irracional.  Trató de tranquilizarse, pensando que quizá en algún momento durante su primera infancia, hubiera visto el camino y la imagen se le quedó grabada en el subconsciente. Era un sendero peculiar y los árboles altos y frondosos, como guardianes a ambos lados, le daban un aspecto solemne, incluso inquietante,  que pudo haberle dejado marcado. El era asustadizo de pequeño y dado a imaginar historias de otros mundos, con cualquier cosa que se saliera un poco de su rutina.
   Estaba como petrificado, absorto por completo en sus pensamientos, dudando entre seguir viaje o salir huyendo.
   Sin embargo, optó por subir de nuevo al coche y continuar. ¿Qué iba a decirle a Marta si volviera, que había visto antes en sueños el lugar y se había asustado? Menuda bronca le esperaba. Además no podía andarse con bromas. No tenía otro trabajo. Por eso, después de dudar bastante, arrancó y enfiló la conocida senda, mirando receloso por el espejo, no fuera a enrollarse sobre si misma y a e engullirlo. Lamentó, por vez primera,  haberse dejado convencer para abandonar la mueblería. El yernísimo le parecía en este momento, mucho mejor que todo aquello.
   El camino era rectilíneo durante un buen trecho,  parecía no acabar nunca. Luego torcía a la derecha y al poco, se divisaba la casa. Los árboles, que lo flanqueaban entero, no eran solamente dos hileras como parecía en el sueño: era un bosque partido al medio por el camino. Ambos terminaban bruscamente en la explanada delante de la casa.
   Del hombre y la mula no había ni rastro. No sabía si era mejor o peor.
   La vivienda era de dos plantas más desván, porque observó que tenía solanas en el tejado. Estaba un poco falta de pintura, pero no tenía mal aspecto. Por detrás asomaba sobre el tejado el depósito del agua, como una torre vigía. A la izquierda había un amplio cobertizo que hacía las veces de garaje y un pequeño huerto con hortalizas. El resto era campo seco y peñascoso. Contrastaba con el verde de la arboleda.
   Aparcó cerca de la puerta principal. Una ambulancia estaba justo delante. Dos empleados salían de la casa en ese momento, les acompañaba una mujer joven aún que al ver al recién llegado se quedó esperando en la puerta.
Félix recogió sus cosas y se dispuso a entrar. Saludó a la mujer que se lo quedó mirando y le hizo una seña para que la siguiera.
   Mientras caminaba detrás de ella, pensó que sería la hija del enfermo, pero recordó que Marta le había dicho que no tenía familia.
   __Será la sirvienta.
   Sin decir una palabra lo condujo hasta la planta superior, se paró delante de una puerta y le hizo otra señal para que entrara. Una vez dentro le quitó la maleta de la mano y le empujó de nuevo hacia la puerta.
   __ ¿No sería más fácil si me dijera  lo que debo hacer?
   La mujer  se dio la vuelta y soltó un gruñido gutural.
   __Espere un momento. ¿No puede hablar?
   Negó con la cabeza sin mirarle siquiera.
   __Pero si oye perfectamente__ se dijo a sí mismo en voz alta.
   La muda se paró delante de otra puerta situada en frente de la anterior y le invitó a entrar con la cabeza.
   __Que divertido va a ser esto__ dijo para sí.
   Félix traspasó el umbral y se quedó mirando el cuarto. Era una habitación no muy amplia; en frente estaba la ventana y en el lado izquierdo la cama con el paciente, una mesilla de noche, una butaca y una silla de ruedas. En el lado derecho un armario ropero, ocupaba casi toda la pared.
   Se acercó para echar un vistazo al enfermo y saludar. Se quedó paralizado y confuso. Un nuevo escalofrío le recorrió de la nuca a los talones y el vello se le erizó en cada poro de la piel. No podía ser verdad.
   ¡Era él!
   ¡El hombre que veía en su sueño conduciendo la mula! Con más edad, pero él seguro. Alto, aunque menos corpulento por la enfermedad, con el pelo pajizo y la cara llena de pecas. Avanzó titubeante hasta el sillón y se sentó sin dejar de mirar al enfermo que también lo contemplaba sin pestañear.
   La mujer, ajena a todo, le puso una pizarra delante de los ojos:
  “No puede hablar. Hay que darle la medicación que tiene ahí pautada en esa hoja sobre la mesita. Come con dificultad solamente dieta blanda. Como ve tiene puesta una vía. Yo vivo aquí también. No puedo hablar, pero oigo perfectamente. Cualquier cosa que necesite me llama. Soy Petra”.
   Félix estaba demasiado aturdido, dejó la pizarra y cogió la hoja con las instrucciones para los medicamentos. Comprobó que estaban todos  y los colocó en el orden en el que debía dárselos. Volvió a mirar al hombre que no le había quitado la vista de encima. Hizo un esfuerzo para dirigirse a él y que sonara natural.
   __Me llamo Félix. Soy quien va a cuidarle. Ya nos iremos conociendo.
   Se levantó, y se dirigió a la habitación donde había dejado el equipaje. Se sentó en la cama. Estaba un poco mareado. Aspiró aire profundamente. ¡Qué extraño era todo! Se había topado de pronto, no sólo con el camino, sino también con el hombre. Si hubiera soñado con ellos por vez primera en las últimas semanas, entraría dentro de lo posible. A veces sucede que tenemos sueños premonitorios de lo que nos va a suceder en unos días; pero llevaba viéndolos hacía por lo menos, treinta años. No era normal. Algo muy definitivo tendría que significar.
   No sabía bien qué hacer. Incluso comenzó a sentir algo parecido al miedo. Aquella casa perdida en medio del campo, lejos de todo. El camino que ahora le parecía siniestro, el viejo…que por lo menos no podía hacerle daño, en la situación en la que estaba. La muda. No le faltaba ningún ingrediente a la situación.
  Consiguió calmarse. Era lo bueno que tenía. Había vivido tantas situaciones peculiares, que cualquier anomalía, al cabo de un rato le parecía normal. La inquietud dejó pues, paso a la curiosidad. Deshizo el equipaje, echó un vistazo al enfermo desde la puerta y bajó a hablar con Petra. Antes curioseó en el comedor y la salita, que junto con la cocina conformaban la planta baja. Le llamó la atención una fotocopiadora que descansaba sobre una mesa al lado de la tele. Era un modelo muy moderno exactamente igual a la que tenía Marta en la oficina.
   __¿Para qué querrán aquí este aparato? Nunca lo he visto en sueños, que yo recuerde.
   Encontró a la sirvienta preparando la cena. La cocina era grande, le recordó la de su antigua casa. Pero esta relucía de limpia. Había multitud de cacharros de cobre que brillaban con el sol de la tarde, proporcionando a la estancia una agradable y cálida tonalidad rojiza.
   __¿Lleva mucho tiempo aquí?
   Petra asintió.
   __¿El viejo siempre vivió solo?
   Dudó un momento y negó con la cabeza.
   __¿Estuvo casado?
   La sirvienta o no le oyó o fingió no oírle. Salió por la puerta de atrás y se dirigió al corral.
   Félix se asomó a la puerta. En la parte trasera había un gallinero y otra construcción que no se veía desde el frente de la casa. Parecía una antigua cuadra. Algo llamó su atención. Ya lo había observado desde arriba. Todo estaba seco, pero delante de sus ojos tenía un trozo de campo, una especie de pradera, con un roble en el centro y una hierba bastante alta y de un verde exuberante.
   __¿Cómo es que está ese trozo tan fértil?
   Ella pasó por su lado sin responder; cuando él entró, tenía la respuesta en la pizarra: “Ahí echamos el estiércol de los conejos. No me pregunte sobre la vida privada del señor. ¿A usted que le importa?”


Continuará...


La granja


Capítulo V
 
Viorel Sánchez/ El motor-1999

 Félix había vuelto a la cocina. Entreabrió la ventana. Ya era otoño, pero el tiempo continuaba ligeramente caluroso. Un poco de aire fresco mañanero ventilaba la casa y la perfumaba. En la terraza del piso de abajo vivía un vigoroso jazmín y el aroma volaba y  se colaba, descarado, por cada resquicio. Aspiró el aire con avaricia.

   En la casa de los dos hermanos el calor era insoportable. Las poquísimas veces que el marqués se ausentaba, sólo cuando no quedaba otro remedio, abría ligeramente el balcón para que su paciente respirara sin tanta dificultad y sin el auxilio constante del oxigeno.
   Había descubierto que al enfermo le apasionaba la lectura. En la casa había una gran biblioteca. La mayoría de los ejemplares era literatura contemporánea. La asistenta, una mujer de mediana edad, de corta estatura y de escasa inteligencia, pero muy locuaz, le dijo que los señores habían vendido parte de los libros cuando dejaron el palacio familiar y se mudaron al piso.
   __El palacio lo vendieron a una constructora. Es  donde están construyendo la nueva urbanización “Palacio de Fresneda” y los jardines los compró el ayuntamiento para que sean un parque, ¿comprende? Bueno pues  vendieron también parte de la biblioteca. Por lo visto tenían libros muy raros ¿comprende?
   Félix asintió, para que le dejara en paz.
   Uno de los autores favoritos del hermano del marqués era Miguel Delibes. Le gustaba el campo y la caza como al escritor pucelano. La vida al aire libre constituía  su mayor afición,  pero su hermano era lo contrario: odiaba la Naturaleza. Se pasaba la vida metido en casa. Según la asistenta, llevaban años de peleas incesantes, porque el mayor no quería que se fuera al campo ni a ningún sitio. Debería estar en casa pendiente de él, que era de salud débil física y sobre todo, mental. A esta última conclusión llego Félix por su cuenta.
   Tampoco se necesitaba ser muy perspicaz.
   __Tiene neuras con los virus y las bacterias. Una mañana le oímos gritar aterrado en el cuarto de baño. Pensamos que se había caído. Cuando entramos, le vimos mirando a la bañera con los ojos desorbitados y manoteando: “Quitádmelos, quitádmelos por Dios”. Según él, el baño estaba lleno de ácaros que se lo querían desayunar, ja, ja. Bueno no sé porque me río. Los médicos tuvieron que ingresarlo. Estuvo en una clínica psiquiátrica bastantes meses.
   La asistenta le contó también que el señor marqués ponía el grito en el cielo cuando su hermano se disponía a acudir a una tertulia de cazadores que tenían los martes en el Casino.
   __Vienes lleno de gérmenes de toda esa gente que se pasa la tarde fumando y tosiendo. Luego me contagias a mí. Criminal, eso es lo que eres: un criminal.
   Trató de dejarle sin dinero, aunque para ello tuviera que salir de casa y acudir al banco. No pudo hacerlo, el señorito tenía su propio capital y además su pensión. Había ejercido de abogado en un bufete de la capital. Cuando se jubiló y regresó a la casa familiar fue cuando comenzaron los problemas. El marqués no había sabido administrar su herencia y como le digo tuvieron que vender el palacio para pagar deudas y poder seguir viviendo.
   Tanto le molestaba que saliera que una tarde, mientras el otro estaba fuera, cambió la cerradura. No quiso darle la llave. Así que si no le abría no podía salir de casa. También hizo desaparecer la agenda de su hermano. Para que no pudiera llamar por teléfono. Tenía problemas para recordar los números. De ese modo, tampoco podía avisar a sus amigos.
   __¿Y no llamaban ellos?
   __Si, pero el señor decía que su hermano no estaba bien de la cabeza. Le oían gritar por detrás: “Estoy encerrado, socorro, venid a sacarme de aquí”. Y el marqués decía: “Lo veis, tiene paranoias”. Como resulta que el señorito tampoco es muy normal y el padre y el abuelo terminaron locos, a la gente no le extrañaba.
  __¿Por qué no avisó usted a los amigos o a la  policía?
  __¿Yooo? Dios me libre. Esto son cosas entre hermanos. Nadie debe meterse en medio. No, no  me mire de ese modo. Yo no me meto en medio. Ni hablar.
   Félix se encogió de hombros. Ella continuó con su relato
   __Llevaban así toda la vida: peleados porque uno salía y el otro no. Un día, trató de convencerme para robar la llave y hacer una copia. Al principio me negué en redondo, pero luego accedí. El señorito me daba mucha lástima. Sin embargo, fue inútil. No pude adivinar donde guardaba la llave el señor y era difícil investigar porque no sale de casa. Le sugería que se la robara por la noche, pero duerme encerrado en la habitación. Una mañana, forcejeó con él cuando se disponía a abrirme. Fue cuando le dio el infarto agudo. Bien creí que se moría.
   Félix estaba impresionado. Aquel pobre hombre había permanecido encerrado en casa durante meses por culpa de las manías del otro hermano. Cuantos casos similares habría por el mundo. Cuantos locos destrozando la vida del resto de la familia a causa de sus mentes sombrías.
   El pobre segundón había tenido muy mala suerte.
   Lo mismo que él.
   Le había cogido simpatía desde el primer día, aunque sólo fuera por el modo en el que lo trataba el hermano. Era como un camarada. La empatía era mutua. El enfermo demostraba estar encantado con Félix.

   Llevaba apenas un mes en la casa, cuando una mañana al llegar, se topó con la funeraria. Pensó en su paciente.
   No se equivocaba, el hermano del marqués había fallecido aquella noche. La asistenta lo descubrió cuando fue a descorrer las cortinas por la mañana. La pobre mujer estaba con una crisis de ansiedad, en la cocina. El marqués refunfuñaba en el comedor, porque nadie le había servido el desayuno.
   Félix se sentó con la criada y trató de calmarla un poco. El personal de la funeraria acababa de marcharse.
   __Ya estaba rígido. Llevaba muerto horas…__Repetía llorando a gritos, como si le fuera la vida en ello.
   __¿El marqués no se acercaba a la habitación durante la noche por si su hermano necesitaba algo o había que ponerle oxigeno?
   __No lo creo, no.
   __Pobre hombre murió solo encerrado en su cuarto con ese calor insoportable. ¡ Qué asco me dan algunas personas!
   Se encaminó hacia la puerta. Cuando pasó por la del comedor, el marqués que no había dejado de quejarse le espetó:
   __Le contrato para que venga a darme la medicación. Necesito quien me cuide. Mi hermano era un irresponsable. Primero enferma y ahora se muere. Hablaré con su jefe__ Dijo subiendo el tono, al ver que Félix seguía su camino.
   __Antes prefiero morirme de hambre__ respondió Félix, pero el marqués no pudo oírle. Salió dando un portazo.
   No esperó el autobús. Se fue dando un paseo, el aire fresco le vendría bien para despejarse. La oficina de Marta no estaba lejos. En aquella ciudad todo estaba a tiro de piedra. Cuando llegó, Marta hablaba por teléfono. Gesticulaba con la mesa como si ésta fuera su interlocutor.
   __Si, de acuerdo. No te preocupes, pasado mañana estará allí. Adiós. ¿Qué ha pasado?__ dijo mirando a Félix que acababa de sentarse.
   __El enfermo se ha muerto.
   __Vaya por Dios. Bueno, pues entonces vas tú al campo. Iba a avisar al novio de Lourdes, pero no hace falta. Prefiero que seas tú el que vaya. Me fío mas__ dijo guiñándole un ojo__ Pasado mañana hay que estar allí por la tarde. A eso de las dos le dan el alta en el hospital.
   __¿Tengo que quedarme?
   __Si. Pero yo iré a verte los fines de semana o cuando se pueda. Ya lo organizaremos. Te voy a anotar la dirección. Yo debo ir a la capital, ya lo sabes.
Marta se levantó, se dirigió hacia Félix retorciéndose más exagerada que insinuante y comenzó a quitarse la ropa, canturreando una musiquita de estriptis.
   __¿Pero qué haces?
   __¿Tu qué crees?__ dijo sentándose sobre sus rodillas__ Me marcho mañana y tu pasado. Estaremos sin vernos unos cuantos días__le susurró al oído para acto seguido morderle la oreja__. Debemos aprovechar el tiempo. Soso, que eres un soso.
   __No estoy de humor…
   __¡Cállate! Yo lo haré todo, pero no me interrumpas.
   Félix no tuvo otro remedio que dejarse llevar. Marta, a veces le agobiaba. Incluso hubo alguna ocasión a lo largo de su relación, en la  que llegó a sentirse violado. Estar fuera un tiempo, quizá le vendría bien.
   Su jefa pelirroja seguía concentrada a lo suyo. Sus manos se movían expertas y sin prisa.
   Además no había vuelto al campo desde entonces. Podría sentir de nuevo esos aromas tan especiales.
   El heno recién segado, la tierra tras la lluvia, el aire antes de la tormenta. Olores que con los años había perdido, pero no olvidado.
   Volvería a contemplar el atardecer, a dormir con la ventana abierta, a mirar desde la cama las estrellas, oiría  hablar a la naturaleza, el canto de las aves diurnas y nocturnas, adivinaría los andares sigilosos del zorro, escucharía el gruñido del jabalí,  la tormenta tras los montes, el fragor del trueno, el agua lanzada en tromba desde las nubes…
   Cuantos recuerdos, los únicos agradables de su infancia.
  Mientras Marta continuaba a lo suyo, gimiendo con exageración, como siempre, él siguió pensando en su nuevo trabajo. No podía saberlo, pero su vida iba a cambiar para siempre.



Continuará…