El asesino de las cuatro estaciones



Esta es la primera parte de mi primera novela "El asesino de las cuatro estaciones". En mayo publicaré la segunda parte.



En el principio…


Afirma la “Crónica Lisboense”, la cual, pese a estar escrita en un latín corrompido y carecer de interés literario, es absolutamente fiable, que desde los tiempos remotos de su esbozo como villa en la visionaria cabeza del señor de las tierras, hasta el nombramiento del actual Corregidor, fue la más placentera de cuantas conformaron el registro de ciudades felices de la península ibérica.
   No hacía demasiado tiempo que Saláceres fuera apenas una decena de casas señoriales levantadas por  caballeros adinerados,  en torno al convento hospitalario de San Anton y al amparo de la  fortaleza donde moraba el noble en lo que hoy serían  las afueras de la capital del reino, escaso de territorio y en el que decir distancia es exagerar. La entonces incipiente villa, se asentaba sobre un exiguo y soleado altiplano en el recodo del río donde la vida era bastante mas saludable que en los terrenos de la capital, levantada mas al sur en el fondo de una hondonada sobre tierras cenagosas de aluvión, con abundancia de humedades enfermizas en otoño e invierno y de insectos en primavera y verano.
   En el comienzo de todo, fue tan sólo un recinto defendido por un cercado de apuntadas y vigorosas estacas y contorneado por el río a guisa de foso, que lo convertía en casi inexpugnable, donde únicamente residía el recién designado señor de las tierras con sus escasas huestes, en una lóbrega vivienda a la que fueron adosando estancias según las necesidades: primero un torreón asaz siniestro para guarecerse el señor y los siervos durante las, en aquel tiempo frecuentes, razias de las mesnadas del príncipe y mas tarde graneros, caballerizas, aposentos para los criados y la seudo tropa y por último, una serrería y una fragua a fin de fabricar herramientas y forjar sus propias armas. En este tiempo llegaron los frailes y tras ellos, en un goteo continuo a través de decenios, hijodalgos con dineros se habían ido trasladando al asentamiento pagando en origen la cantidad acordada en concepto de licencia para construir, mas después una renta vitalicia a la sociedad arrendadora, creada por nuestro señor, que se tornó feraz como huerto con agua abundante.
   Un desvencijado puente de tablas que permitía vadear el río, era levado cuando convenía (generalmente cuando a las huestes del príncipe les daba por hacer una batida) trocándose en adarga del fortín y del gigante en el que la distancia y sobre todo la oscuridad, transformaban al tosco torreón. Con la opulencia, fue sustituido por un grácil aunque vigoroso hermano de piedra de dos ojos, que permitía introducir en el recinto con holgura los materiales y las mercancías que iban siendo necesarias para el nuevo estilo de vida que se estaba conformando dentro. Igualmente la empalizada trocó en sólida muralla almenada, mas por ornato y distintivo de poder que por necesidad defensiva porque, en estos tiempos de paz,  incluso la tropa fue desapareciendo quedado solamente la guardia personal de nuestro señor que ya para entonces había subido de categoría y ostentaba el titulo de conde.
   Como había vislumbrado el tercero de estos, hombre ambicioso con pretensiones de independentismo que ansiaba convertir el recinto en ciudad y tal vez mas adelante en país, tras los colonos con dinero aparecieron banqueros, comerciantes y artesanos  que con los campesinos y pastores que ya estaban, ocupados en trabajar las tierras y cuidar el ganado, mas otros que se les fueron uniendo, tornaron el asentamiento en pueblo y mas tarde el pueblo en villa, que pasó a tener entidad jurídica cuando comenzó a contar con una fuerza de seguridad.
   Esto que, en principio, vino a ser un privilegio y a cumplir las expectativas del conde,  había devenido en problema en estos presentes años, dada la calaña de los representantes de la justicia, sobre todo los alguaciles mayor y menores. 

   Aunque vuestras mercedes me acusen de exagerar, como solemos a veces los contadores de historias, les puedo jurar sin ofender a Dios al ponerle  por testigo, que el entonces plácido y favorable presente de la villa comenzó a variar de rumbo aquel día que nuestra señora la condesa, aburrida en la fortaleza, dio en observar la conducta de las cabras. Las había visto miles de veces, pero ese día reparó, nunca sabremos qué extraño designio unió los hábitos de las cabras y el destino de Saláceres,  en que estos curiosos animales cada vez que iban a pastar a un sitio determinado de la montaña, regresaban exultantes dando brincos y balidos, atropellándose en su intemperante carrera para reclamar la atención de los machos. Intrigada mandó un criado de su absoluta privanza a informarse con los pastores y estos le contaron de muy buen grado que se trataba de una pradera conformada por una planta rastrera llamada  comúnmente “alimento de cabra”,  cuya raíz se adhiere como una lapa a la cuarcita, creciendo sin mayores necesidades  donde las demás fracasan. Hacía muchísimos años, mil tal vez, que un fraile la había traído nada menos que de la China y la había plantado en el huerto del convento. Allí estuvo siglos desaprovechada hasta que uno de los tantos boticarios que pasaron por el cenobio a través de los tiempos, decidió utilizarla como suplemento alimenticio, transformada en tisana, dadas sus abundantes propiedades beneficiosas para casi todo y sin efectos secundarios conocidos y por tanto, es de cajón, que jamás descritos. Tras algunas semanas comenzó a notarse en el monasterio un novedoso y alarmante aumento de la libídine en los pobres frailes de cualquiera edad, y digo pobres porque para aliviarse, dadas sus peculiares circunstancias,  se veían forzados a la práctica compulsiva del onanismo impenitente o lo que era peor, de la sodomía. Varios, no obstante, tuvieron coyunda con alguna mujer visitante del convento que se prestó a ello no sin cierta sorpresa e incluso, a veces, sin que se prestara; tanta era la urgencia que no había tiempo para hacer entrar en razón, ni menos aún encandilar al ocasional fautor. Estos son, como sabemos, pecados gravísimos para nuestra santa madre la iglesia de Roma, acrecentados aquí por el voto de castidad,  por todo lo cual el prior casi pierde la razón y casi la vida, tratando, por una parte de averiguar el motivo de la saturnal y por otra, de  dar ejemplo, como era su obligación, rechazando la tentación y manteniéndose firme como una roca en medio del impetuoso oleaje, lo que le costó un sinfín de flagelaciones, rosarios, ayunos, penitencias y baños continuos en agua fría.
   Poseído el monasterio por el caos mas absoluto, hubo que suprimir oficios y maitines y encerrar a la comunidad en sus celdas privadas adonde se les servía la comida y de de donde salían, de uno en uno, solamente para hacerse un lavatorio frío y acudir a las letrinas a vaciar el orinal. De servir el condumio y abrir las puertas para que pudieran ir y venir individualmente, se ocupaba el hermano Judas a quien parecía no haber hecho efecto lo que quiera que fuera que había provocado el frenesí.
   El prior y el boticario, gravemente preocupados, parlamentaron largamente a través de la verja que separaba el altar mayor del presbiterio. Todas las precauciones eran necesarias. Dejada de lado la suposición de posesión demoníaca, puesto que ambos eran hombres prácticos e inteligentes,  abad y botánico llegaron a la conclusión de que la culpable tendría que ser alguna sustancia que todos respiraran o ingirieran, excepto el hermano Judas, cuya vida dentro del monasterio así  como sus costumbres iban a ser cuidadosamente estudiadas. Dedujeron con buen criterio, que si el problema viniera por el aire, Judas y el resto de salacereños padecerían de lo mismo y que ellos supieran no había señales de tal sucedido en la villa, porque de lo contrario el desconcierto de mujeres y hombres gratamente sorprendidos al principio pero alarmados mas tarde e incluso agotados por tanta fogosidad no exenta de promiscuidad, con el consiguiente aumento de los conflictos y las peleas conyugales, habría producido una  riada de confesiones o de visitas al hospital y no había aparecido nadie con esas novedades por el monasterio; además dando una vuelta por la villa, cada uno por su lado, comprobaron que todo el mundo estaba tranquilo; por eso los dos frailes concluyeron que tenía que ser algo de dentro del recinto puesto que sólo les afectaba a ellos. Algo que estaban ingiriendo.
   El boticario, hombre prudente y recio venido a Hispatania desde del Alto Aragón español se zambulló de cabeza en el pilón del huerto cuya agua de enero, fría como carámbano, tuvo la virtud de impulsar la sangre por todos y cada uno de los canales dispuestos para ese cometido a lo  largo del cuerpo hasta el cerebro, tránsito del todo necesario para lograr discernir cual podría ser el origen de aquel fuego que había poseído a la comunidad.
   Descartados el agua y el pan que constituían el frugal régimen del hermano Judas, se dedicó a investigar el resto de alimentos. Las legumbres eran compradas a un proveedor palentino que hacía también la provisión a la villa. Quedaron pues, excluidas de la sospecha. El pescado del río Torte era también compartido por el resto de la población; fue absuelto por ello. El monasterio poseía un extenso rebaño de cabras cuyo excedente de leche vendían en la villa. No eran tampoco la leche ni los quesos los responsables de la lujuriosa epidemia.
   La carne de las gallinas, codornices y cerdos que criaban, así como los huevos, fueron suprimidos de la dieta mientras se hacía la investigación. No hubo en esos días ninguna buena nueva, con lo cual se dedujo que no eran los culpables. Mientras, el hermano boticario se dedicó a hacer un repaso exhaustivo de las hortalizas y sobre todo de las hierbas del huerto.
Eludió La historia de las  plantas de Teofrasto y el herbario manuscrito árabe que poseía el monasterio y prestó atención al herbario propio mas escueto y por ende mas apropiado para este caso, en el que urgía la solución, comprobando propiedades de  las plantas que utilizaban como alimento, como condimento o como suplemento, dejando de lado de  momento, las medicinales puesto que no todos las tomaban. Fue inspeccionando minuciosamente una a una, leyendo cada acotación que anteriores boticarios habían añadido debajo del correspondiente dibujo. Trabajó día y noche, ayunando y acudiendo al pilón cada vez que notaba que la sangre se acumulaba en una parte de su anatomía solamente.
   Cuando comprobó el Epimedium, que era utilizada de modo generalizado por sus variadas propiedades sanadoras tanto de problemas urinarios, como dolores de articulaciones, falta de memoria, timidez emocional y síntomas generales de envejecimiento, leyó con cuidado lo que el fraile que la introdujo en Hispatania había anotado. Tras la descripción minuciosa de la planta y sus propiedades medicinales el monje importador hacía hincapié en sus abundantes bondades  sin ningún efecto adverso que se le hubiera descubierto desde que el ser humano aprendió a  poner por escrito sus conocimientos. La letra era levemente incipiente y el texto resultaba difícil de leer porque el tiempo y una inundación que había sufrido el cenobio años atrás habían dejado huella sobre el herbario, difuminando la escritura, borrándola incluso, en algunas partes.
   —En cuanto hallemos la solución a nuestro problema, comienzo una copia nueva, porque esta terminará por ser ilegible —pensaba el hermano botánico, mientras se aplicaba sobre la lectura acercando la vela todo lo posible.
   Era el día de la Candelaria; un rayo de sol de inicios de febrero  menos rastrero que sus antecesores de enero, irrumpió por la ventana iluminando el scriptorium. El aragonés se permitió un respiro y se dejó entibiar las manos por la agradable y cálida caricia; cuando  retornó la vista al manuscrito pudo distinguir en la esquina inferior derecha y en lo que al principio consideró solamente una mancha de tinta, ciertos rasgos de letras. Acercando el manuscrito a la ventana para aprovechar al completo la luz, logró descifrar palabras sueltas que fue anotando y al final con la ayuda del cielo revelada en forma de rayo de sol milagroso pudo completar una frase definitiva y esclarecedora. La letra era tan pequeña, tan junta y tan florida que resultaba ya de por si difícil de leer, parecía un  jeroglífico,  y el agua se había sumado con entusiasmo a la dificultad.
   Lo leyó varias veces para convencerse colocando y recolocando las letras y las palabras que faltaban hasta completar la frase tal y como pensaba que el monje la había escrito, tal vez con mas circunloquios; pero con la presente, mas escueta, era suficiente.
“Planta llamada alimento de cabra en China, que calienta y vigoriza el núcleo de energía del cuerpo colaborando con prodigalidad a la conservación de las especies”.
   Ahí estaba. Las cabras chinas la comían y procreaban como conejas. Eso había querido decir el monje. Algo había oído él de una planta con esas propiedades, pero jamás pensó que el monasterio la poseyera ni mucho menos que la estuvieran ingiriendo. El primero de los botánicos había anotado con mucha discreción, casi camufladas, las virtudes de la planta en lo referente a la procreación, inútiles para la vida monástica. Quizá no se había atrevido a exponerlas con mas claridad por si ello era mal interpretado, pero su celo profesional evitó que las soslayara, por suerte para la presente comunidad.
Al buen fraile aragonés se le humedecieron los ojos y mirando hacia el sol providencial dio gracias a Dios mentalmente. No gritó eureka porque ni sabía griego ni conocía a Arquímedes, ni era dado a exteriorizar sentimientos, pero la emoción del hallazgo propició una nueva acometida de la libídine. Rebosando alegría, volvió a sumergirse en el pilón antes de acudir a comunicar con el prior.
   Este al recibir la nueva, se precipitó de hinojos ante la cruz de su despacho y rompió a llorar como un infante. Llanto de alegría no  solo por la liberación de la comunidad sino porque era incapaz de aguantar mas represión; tenía la espalda en carne viva, incluso asomaba el hueso por varios sitios lo que dejó perplejo al médico cuando lo examinó. Ocurría que el virtuoso hermano padecía los problemas urinarios propios de la edad y tomaba, desde el principio,  ración doble de tisana de Epimedium. Si la solución hubiera tardado unos días mas, hubiera muerto despellejado vivo sin remedio.
   Una vez comprobado que era, en efecto, la planta de las cabras la causante del desquicie, el prior resolvió que nadie debería de mortificarse por lo sucedido ya que habían sido forzados a ello sin que fuera posible impedir la lógica reacción corporal al bebedizo vigorizante.
    —Así que sugiero a vuestras paternidades, olvidar lo sucedido para que ello no interfiera en la buena convivencia que debemos volver a observar tal y como lo hacíamos antes. Si alguno piensa que sus desahogos con mujeres y hombres ( cuanto esfuerzo le costaba decir estas cosas) fueron, digamos, agresivos y por ende humillantes para los otros, le exhorto a solicitar humildemente perdón, de rodillas si es preciso, y a imponerse la penitencia que sea menester para aliviar su conciencia. Sin pasarse, que ya estuvo bien de excesos.
   Así se hizo. Sucedió sin embargo que alguna de las señoras fautoras quiso repetir, ya sabíamos que la mayoría había colaborado, y al negarse rotundamente los monjes tuvieron contra ellos violentas y agresivas reacciones con patadas en la entrepierna, puñetazos, arañazos  y hasta mordiscos que los pacientes frailes soportaron con estoicismo y con la mansedumbre propia de  su condición, lo que sirvió de expiación añadida para hacerse perdonar los excesos a los que les forzó la dichosa tisana, que encima tenía un mal sabor insoportable.
   Suprimida de la dieta la maldita planta china de los cojones (los frailes decían palabras malsonantes como todo el mundo) la vida volvió por donde solía y el prior mejorado de su espalda   celebró un Tedeum y santificó el día en el que el boticario dio con la solución del enigma.
   ¿Qué por qué al hermano Judas no le había afectado? Muy sencillo. Porque el fraile había entrado en un estado auto represivo feroz y hacía semanas que ayunaba, como  sabemos,  a pan y agua como castigo por haber sucumbido a los placeres de la carne- antes del caos y sin ayuda exógena- mediante los encantos de la mujer del sacristán, no una, ni dos, ni tres, sino treinta veces, mencionando como veces a las ocasiones, que era como el cándido fraile las contabilizaba; pero sensu stricto, habían sido treinta ocasiones, dieciséis a cuatro veces por ocasión y el resto a tres porque no hubo tiempo para mas; hagan la multiplicación vuestras mercedes si les place, que a mi no se me dan bien los números. Nadie se había enterado en el cenobio. Nadie. El mismo, lleno a rebosar de  dolor de contrición y chorreando por los poros propósito de enmienda, se confesó, se absolvió y se impuso la penitencia: ayunar a pan y agua para que el cuerpo, así flagelado, no se escapara del control de la mente y no volviera a caer en la tentación, aunque Beatriz se contoneara a todas horas por delante de sus ojos y al ver que el lascivo movimiento no surtía efecto, se sacara los pechos y se levantara las faldas. El hermano Judas, hombretón del norte de Portugal que se había hecho monje para hacer tres comidas diarias ( porque en su casa se comía, con suerte, una vez al día y el observaba desde niño a los frailes del monasterio de su pueblo gordos y lustrosos, aparte de extenderse por el lugar un olor a guiso permanente y tentador),  tenía tanta hambre que era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera comida. Si la mujer hubiera sido un poco mas consecuente con el diablo que se cansó de susurrarle al oído que  se pusiera en los pechos quesos de cabra y se metiera en los calzones una ristra de chorizos dejando asomar alguno como reclamo, otro hubiera sido el resultado. Pero se ve que el diablo que le tocó en suerte era novato y no tenía el suficiente poder de convicción o no sabía ilustrar las tentaciones.
   El pecado y la penitencia del hermano Judas simplificaron las cosas para el boticario puesto que al no consumir los mismos alimentos que el resto, quedaba demostrado que tenía que ser algo de la dieta general lo que había provocado el erótico acceso. Y es que los caminos que el Señor nos muestra como guía pueden ser muy sinuosos como estamos comprobando y males menores ayudan a veces  a resolver males mayores.
   Una vez descubierta la planta culpable de la posesión cuasi demoníaca que había sumido en un caos su santa casa, trocando la castidad en lascivia y la mansedumbre en desenfreno, el prior ordenó arrancarla de raíz y quemarla lejos del convento, no fuera que aspirar el humo produjera un efecto similar o mayor aún.
   Los jornaleros contratados al efecto para la exterminación, que no sufrieron efectos secundarios que sepamos, la quemaron en los pedregales lejos del recinto, pero se ve que alguna semilla se libró del asado y arraigó para deleite  de las cabras y de los pastores y supongo que de algún otro mortal sabedor de la existencia de la pradera. 

 Esto se lo refirió, punto por punto,  el síndico del gremio de pastores al criado de la condesa y éste a su señora con los mismos pormenores.
Entonces ella tuvo la idea.
   Sucedía, que nuestra señora, estaba cansada de vivir como los montaraces, era una opinión harto subjetiva, porque los montaraces jamás tuvieron palacios, y una noche hastiada de predicar en tierra yerma cogió, como si dijéramos,  la cabra por los cuernos y en un arranque de valerosa audacia, dio un ultimátum al conde:
   —O nos vamos a la capital o cierro con llave la puerta de mi alcoba.
   Nuestro señor, un tanto aturdido, le hizo notar que tal actitud era faltar a las sagradas leyes del matrimonio santificado por la iglesia que les unía, como debe ser en estos casos en los que la nobleza, haciendo honor a su condición, tiene el deber de dar ejemplo al pueblo. Pero la condesa se parapetó tras su amenaza, aduciendo que tenerla allí encerrada entre cabras era también faltar al sagrado juramento que le hiciera en su día, cuando ella era aun joven e ingenua, y se casó con el convencida de que ciertamente viviría mejor que la reina. Tal vez a la  condesa se le hubiera olvidado, estas cosas ocurren con los años sin que concurra mala intención, que se casó con el conde hombre de apariencia física mas bien discreta y de maneras nada pulcras para lo que se podía esperar de un noble,  con el propósito de ascender varios peldaños de golpe en el escalafón  puesto que su padre era un hidalgo adinerado pero nada mas.
   Nuestro señor insistió con otros argumentos más tangibles y más materialistas: ahora querida mía, en este momento puntual en el cual la villa  estaba cobrando auge no le parecía apropiado, ni a él ni a ninguno de sus consejeros, cambiar de residencia y abandonar la creciente bonanza económica en manos de terceros, tenidos por fieles pero que nunca se sabe.
Apoyando el manifiesto, su señoría quiso dar ejemplo de resistencia haciendo alarde de una abstinencia espartana, aparentando no dar trascendencia alguna al hecho de permanecer a dos velas en asuntos de cama, porque era mucho mas importante y mas decisivo para el futuro de la villa y de sus arcas velar por el monto pecuniario que llevaba implícito el traslado pausado pero sin tregua de gentes, fortunas y negocios que abandonaban la capital y buscaban nuevos aires en Saláceres.
   El se debía a su señorío, los demás asuntos eran cosas baladíes. Esta frase bien podía haber sido el lema en su escudo de armas.
   Nuestra señora respondió que muy bien, como vos queráis esposo. Pero tras esta frase sumisa en apariencia, la taimada condesa, lejos de conformarse se dirigió a las cocinas a disponer con la cocinera, a solas las dos, que a partir de ese preciso momento la comida de régimen severo que hacía el conde por orden de sus facultativos personales, fuera aderezada con unas hojas de Epimedium.
   —Es vigorizante y vitamínica y levanta el ánimo que es justo lo que nuestro señor necesita. Los doctores saben de sanar el cuerpo, pero el alma precisa también remedio y este es el mejor. Me lo han dado los buenos frailes. Por ello tiene que constituir un secreto. Jamás debe salir de esta estancia. Debes jurarlo bajo pena de excomunión.
   La cocinera juró azarada y nuestra señora se fue tan contenta creyéndose a salvo de posibles indiscreciones. En el fondo era bastante ingenua.
   Teresa la guisandera, que había nacido en la Fortaleza donde su madre desempeñó antes el mismo oficio y conocía y apreciaba al conde desde niños, se aplicó con la hierba creyendo de muy buena fe que su señora obraba con tan recta intención como ella. Había tomado buena nota de la planta por si en el futuro se volvía a necesitar y ya no estaba la condesa, que nunca se sabe. Porque había jurado no contarlo, pero guardar unas hojas como recordatorio nadie se lo había prohibido.
  Fueron cayendo las semanas y el conde, espoleado por el Epimedium, comenzó a flaquear. Al no dar su noble esposa muestra alguna de avenirse, nuestro señor aventuró la posibilidad de amancebarse con alguna señora mas indulgente y a la que no le importara vivir alejada, era un decir, de la corte. Nuestra señora respondió que por ella como si se hacia traer un harén del Oriente, pero ella se iba y con ella los dineros de su padre, que una vez  separadas las camas, no hay porqué compartir las haciendas.
   Oída esta peligrosa puntualización, el conde reunió su consejo privado y ante la perspectiva de ruptura conyugal y desgajamiento patrimonial, éste último de consecuencias gravísimas, se tomó el acuerdo de acceder y trasladarse en contra de lo que hubieran sido su deseos, a la capital dejando en la villa un Alcalde Mayor como representante en asuntos legales, pero sin ninguna competencia en asuntos económicos para los cuales permaneció un retén de hombres de su absoluta confianza.
   Esta hubiera sido más que  suficiente representación,  pero el rey, siguiendo los pasos de sus primos los reyes españoles, decidió aprovechar la coyuntura y enviar su propio apoderado,  institucionalizando así de derecho en Hispatania la presencia activa de los oficiales regios en la gestión interna de los municipios, obstaculizando de paso los sueños de independencia que abrigaban los condes desde generaciones. Al oponerse nuestro señor con vehemencia y con todo tipo de argumentos mas o menos pertinentes, el rey, a quien sentaba muy mal que le llevaran la contraria, no solo nombró al Corregidor, faltaría mas,  si no  que convirtió el señorío solariego en behetría[1][i]; de linaje eso si, no por hacerle favor al conde y su descendencia sino porque mas vale lo malo conocido. Así mismo se lo dijo el rey, con esas palabras. Además con la behetría creaba dos impuestos a su favor que pagaban sus nuevos súbditos: el de servicio, para hacer frente a gastos extraordinarios, como guerras por ejemplo, aunque luego acabaron por ser habituales, como sucede siempre y la fonsadera, un rescate que pagaba el campesino a cambio de no acudir al fonsado, es decir de no ser alistado en caso de guerra. Aunque debo referir a vuestras mercedes que los salacereños jamás hicieron uso de su derecho electivo y los condes se sucedieron como siempre lo habían hecho. En compensación los nobles pagaban, motu propio, la fonsadera para que ninguno de sus campesinos fuera alistado en las múltiples guerras en las que Hispatania acompañaba a la vecina España.
   Favor por favor.
   Todas estas calamidades fueron consecuencia directa de lo acontecido en la fortaleza por culpa de la abstinencia y del Epimedium. Algo que nuestro señor jamás perdonó a la condesa. Y los salacereños tampoco, si se hubieran  enterado. Pero el pueblo jamás es sabedor de lo que se cocina en las estancias del señor.
   Pasado un tiempo un exceso de celo de la cocinera, (quien recordando lo dicho por su señora sobre la sanación del alma, dio Epimedium  por  su cuenta y razón al hijo menor de los condes), dejó en cueros vivos el secreto de la condesa, como era previsible que sucediera tarde o temprano. El muchacho contaba trece años y había perdido el apetito porque andaba lánguido descubriendo los primeros desórdenes corporales y las primeras fiebres que provoca el amor, cuando la bondadosa Teresa quiso devolverle las ganas de comer con una infusión cargada de aquella planta que sanara al conde y que ella había guardado previsoramente,  provocándole una, digamos reacción, que duro dos días. La condesa comprendió enseguida de donde procedía el estimulante y trató de que su esposo no se enterase, pero fue inútil porque los llantos histéricos  del muchacho se escuchaban en toda la ciudad. Esto puso sobre aviso a nuestro señor de la existencia de la famosa pradera. El conde, con un ataque de ira, ordenó arrancarla por completo y hacer un rastreo exhaustivo de otras partes de la montaña donde por cualquier circunstancia pudiera existir un ignoto brote de Epimedium, con la advertencia de que si quedaba un solo tallo de aquella planta infame el culpable del descuido pagaría con la horca. De este modo fue erradicada la planta del país para siempre jamás, lo cual traería graves consecuencias en el futuro tanto para el rey como para alguno de sus súbditos. Pero no adelantemos acontecimientos. A la condesa, no obstante,  no la erradicó de su vida porque ya sabemos que no era aconsejable económicamente.





   Como iba diciendo a vuestras mercedes, antes de irme por las ramas: el Corregidor era una figura mas propia de  concejos de realengo  que  no de señorío como era el caso de la villa de Saláceres, pero el monarca no iba a perder el momio de meter  mano en las boyantes  arcas de un municipio que disfrutaba un próspero comercio con España y donde biznietos de los pioneros del asentamiento invertían con creciente lucro sus doblones  asesorados, a su vez,  por biznietos de los banqueros judíos llegados de España cuando la expulsión. 
   Los hebreos obligados a exiliarse de Sefarat fueron recibidos con los brazos abiertos en una nación  incipiente que andaba necesitada de gentes experimentadas en casi todas las disciplinas y mas en las económicas,  fundamentales para cimentar con vigor cualquier aventura ya sea colectiva o individual. Digamos mejor, para contar las cosas como realmente fueron, que algunos judíos expulsados de España - no demasiados, porque entonces serían mas que los hispatanos y no habría negocio- hallaron en la diminuta monarquía el lugar idóneo para ejercer sin trabas su profesión, prestando con usura como suele ser costumbre, pero en compensación, pagando buenos réditos en épocas de abundancia con el reclamo que ello representaba dentro y fuera de los límites del reino.
   Pronto se notó su influencia en el país cuya economía comenzó una línea ascendente vertiginosa que hubo que frenar para contener el aumento generalizado de los precios evitando con ello que la inflación  dejara en paños menores a la hacienda y por ende al país y a los paisanos.      
   En la vecina España, sin ir mas lejos,  la inflación se expandía sin control, el precio del grano había subido un cincuenta por ciento  y las cargas impositivas tanto en productores como en consumidores eran excesivas. Debido a todo esto cada vez existían menos negocios y mercaderes y empresarios dejaban los suyos en cuanto podían adquirir un titulo nobiliario que apenas tenia carga fiscal. Varios de los que no pudieron o no quisieron acceder a esta nobleza de baratillo emigraron a Hispatania donde asentaron  sus negocios amparándose en las exenciones fiscales que se  ofrecían a los extranjeros, contribuyendo así a diversificar la producción con la incorporación de nuevos oficios y profesiones y a lograr para el país  una economía ágil y competitiva.
   Todos estos movimientos generaban copiosos beneficios a la hacienda  que ningún monarca espabilado iba a dejar escapar. Aunque debamos decir, empero, que los impuestos  eran mas que llevaderos. Por ello, llegaban capitales de ambos lados de las fronteras, buscando refugio en el pequeño y bien administrado país, porque la economía ibérica  se hallaba de nuevo en una tesitura bastante desafortunada debido a los excesivos gastos en guerras y se columbraba una inevitable bancarrota, que el dinero pareciendo cobrar vida y pensar por su cuenta ante tales contingencias,  había anticipado con tiempo de sobra para ponerse a cubierto, precisamente en Hispatania y sobre todo en Saláceres, ciudad de moda en aquel momento.

   Retornando a lo nuestro: Corregidor, Alcalde Mayor y Alguacil mayor y menores eran del todo excesivos en un municipio de menos de millar y medio de habitantes, de los cuales la mitad eran ancianos  y niños que unos por exceso y los otros por defecto, no tenían edad ni capacidad para delinquir, y que por si no bastaba, tenía un pacto de hermandad con la capital del reino, Madisboa, para asegurar el tránsito entre vecinos y mercancías  por el único camino real que existía y que estaba libre por completo de bandolerismo.
   Así que los alguaciles tenían poco o ningún trabajo en una villa de gente ocupada y tranquila; esto  hacía que fuera un puesto codiciado, desempeñado desde siempre por hombres honrados, apreciados y respetados en el municipio, hasta que a finales del año  1585, el nombramiento del nuevo Corregidor, un español protegido del rey,  trajo consigo un nuevo Alguacil Mayor y dos Menores que terminaron por convertirse en el único problema existente.








 Comienzan los crímenes


Hispatania, año del señor de 1587

Aquel día, primero de todos los días de la primavera, hacia ya varias jornadas que la intuición pusiera sobre aviso al alguacil y el no era de esos que miran para otro lado  por cobardía o por comodidad.  Cuando casi dos años atrás, llegó a Saláceres, había descubierto con asombro que uno de sus convecinos mas ilustres era don Nuño García de las Asturias su primer capitán del Tercio en cuya compañía se alistara en Salamanca, hacía mas de veinte años, (Guzmán siempre le creyó madrileño, no había ni imaginado que pudiera ser hispatano) y pensó en acudir de inmediato a presentarle sus respetos. Pero su sexto sentido le tomó con firmeza del brazo soplándole al oído la conveniencia de echar la vista atrás y repasar a fondo antes de tomar cualquiera decisión, su vida fuera del ejercito, mucho más corta en extensión pero bastante más plena en conflictos, excesos y atropellos, donde a lo largo de los  años había ido almacenando enemigos y uno nunca sabe cuantas veces se cruzan los destinos de las personas sin que nos apercibamos de ello. Hay que aprender a ser prudente para sobrevivir sin excesivos sobresaltos. Por ello, reconsiderando la primaria intención, creyó mas conveniente guardar las distancias por el momento y averiguar, antes de obrar, mas cosas sobre el capitán. Para iniciar las pesquisas, se dirigió a la taberna del portugués donde era sabedor que un criado de la casa pasaba sus ratos libres y así como quien no quiere la cosa,  con unos vinos y un buen plato de queso de cabra, le interrogó discretamente acerca de don Nuño. Por este alimenticio método, tras escuchar un resumen sobre la vida de ahora mismo del capitán, que no le interesaba en absoluto, quiso saber pormenores de estos últimos diez años en la biografía del marqués. El criado de natural locuaz y mas en este momento por efecto del vino, refirió con buen ánimo, rehuyendo prudentemente, no obstante, los detalles que no venían a cuento, como su señor había retornado con heridas muy graves de Lepanto, y tras curarse por completo, lo que ocupó luengos meses de su vida, había decidido permanecer en Saláceres y había emprendido, por ello,  viaje de regreso a España para vender la mansión familiar y traer desde la capital sus pertenencias.
   —Yo les acompañé —dijo el mozo—, porque había muchas cosas que recoger y empaquetar debidamente protegidas y clasificadas; faena dura y prolongada, necesitaban a alguien fuerte, trabajador y con buena cabeza como yo.
   La última noche en Madrid, cuando mi amo regresaba a su casa en la calle del Arenal tras pasar la velada con unos familiares, su litera fue asaltada por unos bandidos que asesinaron al muchacho que iba en la mula delantera y que era, nada menos, que el hijo de Almanso Vivar su alférez en el Tercio. Almanso, el gigante,  que les seguía a pie se lanzó a repeler la agresión matando al asesino de su hijo e hiriendo puede que mortalmente al otro- confió el criado a un cada vez mas atónito Guzmán, bajando el tono como si no estuviera hablando con el alguacil y temiera que éste le pudiera escuchar- y salvando con ello la vida del capitán.
   —¡Vaya por Dios!, que terrible historia. ¿Almanso es también hispatano?
   —No señor, es salmantino. De un pueblo próximo a la frontera.
   —¿Que ha sido de él, murió por desventura?
   —No, no señor. Parece que enfermó de un extraño mal, no se explicarme. No puede salir a la calle, eso creo que le pasa. Vive en España, en su pueblo. Creo que su mujer se volvió loca tras la muerte del hijo. El señor marqués le visita de vez en cuando, pero sólo le acompaña Cirilo, su hombre de total confianza.

   Desde ese mismo instante Guzmán veneró la intuición, mucho mas prudente y sabia que el instinto y  desde esa precisa noche,  con la ampulosidad y la gravedad que proporcionaban invariablemente a su discurso los vahos del alcohol, determinó para su gobierno, porque a nadie mas le atañía, que la balanza de la razón debiera inclinarse siempre del lado intuitivo. Era algo que de ahora en adelante, él iba a tener en cuenta.
   —Porque el instinto tendrá buenas intenciones —Iba reflexionando en voz alta por la calle apuntando con el dedo índice a la oscuridad—, no hay porqué dudarlo, pero es mas limitado, mas local, solo percibe lo que esta bien en su reino, por así decirlo. La intuición, sin embargo, es más larga, mucho más universal. El es sólo un impulso, pero ella es una certeza. La mejor compañera de viaje que se puede tener. Si fuera una mujer me casaría con ella sin dudar, —le espetó a un fragante limonero que ni se inmutó con la noticia.
   Tras dormir la mona, al rememorar por la mañana las novedades aprendidas, notó como le comenzaba a resquemar el desasosiego en el estómago. Mal síntoma que solo se calmaba cuando  el alcohol alcanzaba el nivel adecuado para ahogar la memoria. Predispuesto por estos trajines, comenzó a tener extraños sueños que tomó por premonitorios, pero que las más de las veces solo eran descabelladas imágenes que los vapores del vino ayudaban a traer del mundo onírico; que éstos influyen en el inconsciente en igual proporción que todo lo demás.
   Guzmán trataba de imponerles  a porfía un orden sistemático, porque estaba convencido de que intentaban prevenirle, pero era inútil. Casi siempre se trataba de episodios inconexos que podían tener cierta lógica dentro del sueño, pero que la perdían por completo al despertar y la mayoría de los días no conseguía ni siquiera recordarlos. Sin embargo, la última noche de aquel invierno, fue asombrado testigo desde su cama de cómo una armadura gigantesca, llegada no se sabe cuando, ni de que manera, se paseaba por la villa haciendo vibrar el suelo con cada paso y temblar a los limoneros cuyos frutos, amarillos como la envidia, se desprendían en cascada desgajados por aquel zarandeo extremo sin causa mecánica perceptible. Anduvo sin rumbo dando vueltas, hasta que se esfumó del mismo modo que apareció. No vio adonde se dirigía, pero pudo imaginárselo. Acto seguido, apareció el boyero. ¿Qué pinta este aquí?  preguntó Guzmán hablando fuera del sueño. Sin obtener respuesta, continuó observando con inevitable atención como  el hombre se afanaba en buscar un sitio lo suficientemente discreto para descargar lejos de miradas entrometidas y curiosas, eludiendo hacerlo en su cobertizo como siempre lo había hecho. Fue tan secreto el depósito, que ni siquiera él, desde su privilegiada posición logró ver de que se trataba. Otro cualquiera hubiera pensado en una partida de armas de fuego, terminantemente prohibidas por la ley en Hispatania y que podían servir para  que el pueblo, harto de los tres alguaciles, iniciara una revolución o en su defecto un  levantamiento. Pero Guzmán, no contemplaba nada parecido, siendo como eran los hispatanos  gente pacifica, casi abúlica cuando se trataba de novedades y más aún de desórdenes.  Además, si el sueño trataba de advertirle, de lo que estaba convencido, lo único que en estos momentos le hacia sentir vulnerable y, por ende, lo único que temía, no precisaba ni pólvora ni proyectiles.
   Por eso apenas amaneció y sin yacer con la novicia como antes solía cada mañana, dado que por la noche andaba demasiado borracho para el menester, se levantó a toda prisa con intención de salir a la calle a investigar la llegada de mercancías procedentes de España, por si fuera necesario adoptar disposiciones defensivas extraordinarias. Antes debía recoger, de camino, a  sus dos compinches;  mejor salir acompañado por si las moscas.
   Era  21 de marzo 1587. La primavera había estallado hacía apenas unas horas,  desparramando sobre la villa y sus gentes toda su carga de luz, colores y aromas. Las flores de los limoneros se habían  abierto apenas el sol evaporó el rocío y un intenso olor a  azahar se colaba por todos los resquicios. No parecía un día propicio para  que ocurriera nada desagradable, pero Guzmán presumía de tener un sexto sentido que, cuando le funcionaba, no le fallaba jamás; aquello que preveía se cumplía a tutiplén. Confirmando el presagio,  nada mas poner el pie en los adoquines, unos lamentos estremecedores ascendieron por la calle de Los Limones donde residía, pidiendo justicia  divina y humana, que no hay otras.
   —¿Donde está Dios? —decía la voz del hombre— ¿Donde? Mi hija, mi pobre hija. Guzmán, Guzmán, justicia, por piedad, justicia.
   Detrás del herrero, que era quien de esa manera gritaba, se había ido añadiendo una pequeña turba de gentes curiosas y sorprendidas, que mudaron en recelosas y luego en acaloradas al ir comprendiendo lo que había ocurrido y rodearon al alguacil exigiendo justicia a pleno pulmón en espontánea solidaridad con el padre de la victima, como suele acontecer en estos desgraciados casos.
   —¿Que ha sucedido, por qué gritáis así?
   —Mi hija, mi pobre hija….piedad Guzmán por Dios misericordioso.
   El pobre herrero se dejó caer de rodillas y abrazado a las piernas del alguacil no paraba de sollozar. Uno de los vecinos, casualmente el boyero, se dispuso a referir lo acontecido ante la escasa posibilidad de que al  padre le saliera inteligible la explicación, asfixiado como estaba por el llanto, con la consiguiente pérdida, en repeticiones y aclaraciones, de un tiempo precioso para la investigación.
    —Su hija ha aparecido muerta junto al río, parece ser que estrangulada.
   El trajinante se explicaba bien. Era directo y preciso.
   Cuando viajaba, siempre solo, hablaba con los bueyes o consigo mismo dando extensos circunloquios para que la plática le cundiera, porque es más fácil aprovechar el asunto que surja  y extenderse, aunque no todos dan el mismo juego,  que discurrir paliques nuevos. Un insignificante “va a llover” se convertía entonces en un “mirando con atención el cielo cubierto de nubes en lontananza, aun sobre cielo portugués, es posible adivinar sin ser demasiado advertido, la pronta venida de una tempestad, espero que no de grandes dimensiones, para que el camino no  mude en lodazal, las ruedas no se atasquen y el agua no nos empape demasiado causándonos frío e incomodidad, queridos compañeros, que ya bastante difícil es de por si el camino, etc., etc.”¿Comprenden vuestras mercedes lo que quiero decir? Para compensar, cuando hablaba con un semejante era lo más concreto posible. De lo contrario su vida se convertiría en un soliloquio perenne e insoportable.
   Mientras Guzmán le escudriñaba con su ojo hábil para ese menester y para todos,  por si lograba adivinar en su atezado rostro el encubrimiento artero de alguna novedad amenazante,  media villa se fue juntando en derredor al irse propagando la noticia del suceso. También aparecieron los dos alguaciles menores atraídos por el tumulto. El alguacil mayor consideró mentalmente la probabilidad de que la armadura hubiera tenido la ocurrencia de matar a la joven, aunque no era capaz de adivinar el motivo, ni creía que se hubiera molestado en venir para eso.
   Pensativo, se abrió con los otros dos camino entre la multitud y se encaminó hacia el arroyo donde decía el coro de vecinos que estaba el cadáver de la muchacha. No es que nadie lo hubiera visto, pero eso era lo que afirmaba el padre y no iba a mentir en un caso así; por eso todo el mundo lo dio por cierto. A medio trayecto Guzmán se volvió hacia la gente:
   —Quietos aquí, no deis un paso mas. Esto es cosa nuestra. Al que desobedezca lo ensarto —amenazó echando mano al pomo de la toledana.
   El  desasosiego se fue apoderando de Saláceres al extenderse prontamente la noticia por cada rincón de la villa,  como un can enloquecido  extendería la rabia, de la aparición  del cadáver de la hija del herrero, estrangulada, con el cráneo hundido a golpes y la cara desfigurada. Que su madre solo pudo reconocerla por la ropa, repetía la gente horrorizada.
   Hasta ese día los únicos sucesos dignos de aparecer en la crónica negra de la ciudad, si la hubiere, eran en orden decreciente a su impacto vecinal: las tropelías de los alguaciles, la huida del boticario con la mujer del barbero,  y una riña a capa y espada el día del Corpus que se saldó con los dos reñidores muertos. Uno en el acto con las tripas fuera y el otro, días mas tarde en el hospital del convento benedictino, a pesar de todos los saberes de la medicina y de las oraciones de los buenos frailes.
   Aunque la tranquilidad en la villa se había ido deteriorando, nunca desde los tiempos primeros del desplazamiento ciudadano hacia Saláceres hasta hoy, había habido un crimen y menos de esas características. Por eso la gente se sobrecogió primero y mudó a recelosa después. A ver si ahora se iba a convertir en costumbre lo de asesinar mujeres.



   Cuando Guzmán vio el cadáver, lo primero que apreció fue un amasijo de pelo, sangre y  otros fluidos que expulsa el cuerpo, amalgamado con restos ocres de cuarcita, depositada a carretadas junto al  río, porque este la arrastraba inmisericorde en sus crecidas desde la sierra. Si el asesino hubiera sido el hombre de la armadura no hubiera necesitado piedra:  un golpe ligero con la manopla fuera mas que suficiente para hundirle el cráneo y si se hubiera visto tentado a utilizar un pedrusco le hubiera dejado la cabeza plana, como si una rueda de molino de grandes dimensiones  le hubiera pasado por encima. Además, convencer  a los vecinos de que un gigante de hierro había llegado al pueblo no se sabía bien cuando, ni de donde y ni siquiera como,  logrando pasar desapercibido hasta hoy para matar a la muchacha así por las buenas, hubiera resultado tarea estéril a la par que estrafalaria. Los salacereños pensarían que la imaginación del alguacil corría paralela a su ineficacia. No se lo hubiera creído ni su compinche Tadeo, ingenuo hasta la desesperación y que era capaz de creerse cualquiera otra cosa.
   Posiblemente aquello que la premonición onírica se esmeró en adelantar fuera esto, la llegada de un asesino o dos, por el tamaño de la armadura bien podían ser más de uno, ocultos para matar con alevosía a quien hallaran a mano. Ya sabemos que los sueños emplean las más de las veces para advertirnos, retorcidas metáforas difíciles o imposibles de interpretar  y él obsesionado como estaba con el gigante lo hacía protagonista cada vez que la intuición daba un  aldabonazo de alarma en el portón de la consciencia.
   Así que decidió descartarle allí mismo como viajero y por ende como asesino. Seguramente aparecería por la villa, pero aun no había llegado el día.

    Tras ello, recobrando  el sosiego,  osciló la cabeza a derecha e izquierda y respiró hondo varias veces para concentrarse y comenzar a sacar conclusiones. Era lo que había visto hacer tantas veces a su jefe el inquisidor antes de  cada interrogatorio (luego éste se persignaba y  encomendado a Dios comenzaba a torturar a los reos). Pasando por alto las cruces del maestro, que tampoco era menester imitarlo al ciento por ciento,  se dispuso a comenzar las pesquisas con la intención, loable pero inútil, de detener al culpable;  Con la mente ya clara, se le ocurrió que tenían que haber sido dos, dado el visible ensañamiento con la victima, moza bigarda y recia por lo que dedujo que un solo individuo, digamos normal,  no hubiera podido con ella. El mismo servía como ejemplo de tal aseveración dado que había tratado de violentarla, sin conseguirlo, una tarde que se la encontró desprevenida evacuando aguas menores en el corral, resultando además, muy mal parado en el intento; aconteció que la muy ladina haciendo alarde de una agilidad mas propia de gata que de mujer, se había incorporado de un salto  y  le había propinado de entrada un buen rodillazo en sus partes intimas y, de remate, un golpe en la cabeza con una sartén de hierro de las que fabricaba su padre, que atraída por su cráneo como si fuera un imán,  encajó como un manguito en su coronilla.  Eran famosas en toda la comarca las sartenes del herrero de  Saláceres y Guzmán había probado aquella tarde sus bondades, y había descubierto el porqué de su extendida y bien ganada fama de solidez. Desde entonces, cada vez que le echaba la vista encima a una sartén, fuera o no del herrero de la villa, le vibraba la cabeza.  Recobró el conocimiento, bien entrada la noche sobre un pedregal extramuros del pueblo, con la única compañía de una cabra que se entretenía en comerle las medias  y con la sartén a guisa de celada, con el mango de sobrenuca. A consecuencia de lo acontecido esa tarde, sufrió una sensación de peso y opresión en la cabeza durante varios días, ya se le había olvidado el efecto de llevar morrión, y cultivó  una creciente antipatía por la moza y por su padre. Aunque tuvo que reconocer que podían haberlo arrojado al río de cabeza, si hubieran querido desembarazarse de él para siempre.

   Si Guzmán fuera un poco apercibido, que no era el caso, hubiera interpretado que precisamente el ensañamiento señalaba la probabilidad de un solo asesino, el cual ante la resistencia de la muchacha, no tuvo más remedio que golpearla para reducirla y poder luego rematarla a placer por estrangulamiento o asfixiarla igual aunque comprobara que ya estaba muerta. También habría deducido que el asesino parecía tener una extraña y lúgubre querencia  a la muerte por asfixia, porque de lo contrario  los golpes en la cabeza hubieran sido más que suficiente para acabar con su vida.
   Esto, si solo pretendiera matar por matar. O dicho de otro modo: si se conformara con matar del modo que pudiere.
   Piensen vuestras mercedes.


   Tuvieron que ser por lo menos dos, había aseverado convencido a la vuelta del escenario del crimen  delante de todos los vecinos reunidos en la plaza, levantado los dedos índice y corazón en lo que parecía mas una señal de victoria. Echó un vistazo en derredor a sus aturdidos conciudadanos y escupiendo al suelo, juró por el rey nuestro señor y sus muertos, los del rey, que detendría a los culpables.
   El pueblo se echó a temblar.
   La gente se dispersó a toda prisa y tras pasar el día ocupados en sus tareas sin mucho afán, puesto que el corazón y la cabeza se les iban a la par tras la infeliz muchacha y sus padres, procedieron a encerrarse en sus casas en cuanto la tarde enrojeció por el oeste; ni rosarios, ni ángelus, ni misas vespertinas, ni visitas furtivas y apresuradas a alcobas ajenas ni nada parecido. Si alguien enfermaba, se dejaba el aviso al médico para la mañana siguiente. Mas le valía al paciente que el mal no fuera grave por la cuenta que le traía. Si apremiaba el amor, habría que esperar a  una hora mas propicia, siempre de día, aunque la noche fuera mas cómplice y mas discreta para estos menesteres. Así se hubiera aparecido la mismísima virgen del ocaso, nadie asomaría la nariz.
   Cosa extraña, teniendo en cuenta que el crimen sucedió a plena luz del día.
 Pero no era ese el motivo, las buenas gentes de la villa recelaban del asesino suelto por allí, aún pensando muchos con bastante lógica, que no iba a dedicarse a matar todos los días; pero, temían  bastante más al alguacil.  Su nulidad como investigador, era suplida echando el guante sin miramientos a cualquier cosa que se moviera por la noche sin motivo suficiente, o incluso con el, para el movimiento. Si se cometía algún delito, los alguaciles, se pasaban el día, como solían, bebiendo gratis en las tabernas o acechando a las mozas y por la noche rondaban el pueblo buscando al culpable, porque el delincuente siempre vuelve al lugar del crimen; era una máxima que Guzmán había aprendido en España en sus años de servidor del Santo Oficio, aunque le añadió una variante propia: vuelve por la noche. Esto último era lo que solía  hacer cuando mal vivía en Madrid, ganándose escasamente el pan y el vino como sicario. Era una extraña costumbre, la de pasear la calle donde había matado la noche anterior, que podía haberle costado algún disgusto extra. 
Este hombre, o lo que quiera que fuera, tenía la arraigada creencia de que la noche se hizo para que descansen las gentes decentes. Quien sale al sereno es para delinquir: espiar tras las puertas, meterse en cama ajena, dirimir querellas con nocturnidad, robar, violar e incluso matar como había sucedido hoy. Aunque hubiera acontecido por la mañana; seguro que los criminales ya estaban en su puesto desde la noche anterior y no mataron porque no había victima a esas horas.
   Ni que decir tiene que jamás prendía al verdadero culpable, puesto que conociendo los razonamientos del alguacil, cuando alguien delinquía-siempre de modo venial, ya les digo que esta era una villa tranquila- el interfecto no volvía a trasnochar;  era la condena que  se auto imponía, terminando por pagar las culpas casi siempre, algún forastero desinformado y por ende desprevenido. Por eso fue que, el día de autos obedeciendo una misteriosa consigna, todo el mundo procuró recogerse al atardecer y si te he visto no me acuerdo hasta el día siguiente.

   Guzmán, comenzó a sacar conclusiones: El cadáver había aparecido tras  los arbustos cercanos al río; los asesinos la habían apartado del lugar habitual donde las mujeres lavaban, tal vez para no ser descubiertos. Ella debió resistirse y fue por eso que la golpearon con una piedra, luego la arrastraron para ponerse a cubierto de mirones hasta el lugar donde la estrangularon, aunque posiblemente ya estaba muerta a consecuencia de los golpes. Guzmán había deducido que fueron dos como ya escuchamos, uno la golpeó y otro la estranguló. Porque todo el mundo tiene derecho a una oportunidad, incluso para asesinar.
   —O sea que la mataron dos veces  —había aseverado uno de los alguacilillos de nombre Tadeo.
   Los dos eran tardos pero éste lo era con más generosidad
   —No le remangaron la saya, ni le bajaron los calzones, ni la dejaron con las piernas abiertas ( para que molestarse en cerrarlas) quiere esto decir que no abusaron de ella — afirmó Guzmán a los atribulados padres; pero ni siquiera les sirvió de consuelo
   —Quizá no les dio tiempo —pensaba  para sus adentros—,  es que si no, no comprendo para que la asaltaron.
   Mandó prender al padre para interrogarle, aunque no fue el quien descubrió el cadáver si no su mujer, cuando se extrañó de que tardara tanto en regresar y salió a buscarla, temiendo que estuviera pelando la pava con algún mancebo desocupado y por ende dispuesto con presteza a  amores furtivos y ocasionales.  Luego quiso sondear, como quien no quiere la cosa, a la mujer.
   —¿Por qué estaba lavando tan temprano, eh?
   —Es la hora que tu has marcado.
   Los alguaciles menores asintieron.
   —Guzmán, te lo ruego, a esa hora yo estaba herrando el caballo de Benito precisamente  —gemía el padre , como si no tuviera ya bastante con la muerte de la hija.
   Benito era el otro alguacil menor, algo menos tardo que Tadeo.
   —Varios vecinos me vieron trabajando desde  el amanecer. Benito, además, estuvo un buen rato conmigo y mi mujer había acudido a misa de alba. Pregunta a  los frailes.
   Tuvo que soltarlos de mala gana porque la coartada era buena, había testigos de fiar.
   De pronto, recordó al boyero.
   Era cierto, había regresado de España la noche anterior, le contó durante el interrogatorio.
   —Sí, hice el viaje solo, pero una vez aquí, me fui derecho a mi casa y a la cama. Mi mujer y mis hijos son testigos. ¿Por qué no han de valer? Ellos son quienes me vieron. Me desperté esta mañana con los gritos del herrero.
    Guzmán negaba impasible con la cabeza.
   —Esperad, esperad, si, me vio alguien más. Se me había olvidado. El albéitar. Vino muy temprano, mi esposa le fue a buscar porque la burra se puso de parto. El me vio dormido en mi cama. Preguntadle.
   Guzmán le preguntó, aunque se tomó su tiempo. Mientras, retuvo al boyero en el calabozo. Le había tomado manía y le hacía ilusión joderle la vida durante unas horas.
   Decía la verdad: desde antes del amanecer, el albéitar estaba en la casa ayudando a parir a la burra mientras él andaba en brazos del sueño como un bendito. Los gritos del padre les alertaron a todos.
   Demostrada la inocencia del carretero, prendió a otros vecinos. Los que vivían en las proximidades del río eran los mas idóneos para cargar con la culpa, puesto que la ocasión hace al delincuente. Adivinar el móvil era lo más fácil. Seguro que la moza arremangó la saya para no mojarse y enseño las carnes turbando a más de uno, porque la visión de un tobillo femenino obnubila los pensamientos y desata los instintos. Si lo sabría el. Mandó traerlos a su presencia, y tras torturarlos por su empecinamiento en declararse inocentes, lo que les que acarreó secuelas para toda su vida,  dio por concluida la investigación el día en el que un par de frailes giróvagos  tuvieron la mala fortuna de pasar por la villa.
   Le vino al pelo y a los vecinos también, que cayeran por allí, aunque estuviera probado y comprobado que no tenían nada que ver en el luctuoso asunto.
   Llegaron cuatro días después.
   Dio la casualidad que esa primera mañana de primavera, el dueño de la taberna donde los alguaciles comían y bebían gratis, vio pasar a un fraile minutos antes de que apareciera el cuerpo de la joven estrangulada, por el único camino que conducía  a la puerta de la muralla que daba al arroyo.
Al fraile lo vio regresando por el camino de la puerta del arroyo, así se lo había explicado a Guzmán. Era uno solo, alto y con buen porte. No le vio la cara porque se la ocultaba la capucha, pero le chocó que calzara medias y zapatos picados de caballero y no las rústicas y desgastadas abarcas de cuero, que por lo menos, los frailes del convento de la villa solían calzar. Se lo comentó a Guzmán, pero este lo pasó por alto. Parecía un enigma que solo  servía para complicar las cosas. El misterio del fraile con zapatos.
    Sin embargo la tarde en la que arribaron los pobres peregrinos lo recordó de pronto.
   Ese día le pareció oportuno y absolutamente aprovechable. Excusando los zapatos, porque los giróvagos iban casi descalzos, el testimonio servía a la perfección. Hizo comparecer al tabernero.
   —Si quieres que no volvamos por la taberna, tienes que decir lo que yo te mande.
   El tabernero no es que fuera tonto; precisamente por eso, entendió la frase al revés:
   —Si quieres que no salgamos de tu taberna, no digas lo que yo te mande.
   —Diré lo que vuestra merced me ordene.
   —Muy bien. Me habías dicho que viste dos frailes ¿no es eso?
   —No, vi solamente uno.
   —¿Qué?
   El tabernero se dio un puñetazo en la cabeza. Parecía que adivinara las intenciones del alguacil.
   —Sí, vi a dos, uno se acercó a mi puerta a pedir algo de comer y el otro, el otro… —El pobre ventero carecía de imaginación y mentía mal, en consecuencia.
   —No hace falta precisar. Los viste ir en dirección al arroyo y minutos mas tarde los viste regresar ¿no es eso?
   —No, vi sólo uno…Quiero decir, no. Sí, sí señor.
   —Muy bien, ya tenemos asesinos.
   Así pues, descartado el coloso, contando los padres y el boyero con coartada fiable, no habiendo podido demostrar la implicación de ningún otro vecino, y no  teniendo ni remotísima idea de que había sucedido con la muchacha,  prendió a los giróvagos y  tras un juicio por llamarlo de algún modo, donde primero se les torturó y luego se les leyó una versión de los hechos elaborada a medida por el alguacil y el Alcalde Mayor que tenía el mismo o parecido talante, se les declaró culpables, porque “habían confesado” y  se les ahorcó en la plaza, para escarmiento de futuros y por supuesto, foráneos, asesinos de mujeres.
     Al dueño de la taberna le remordió un poco la conciencia, porque no era mal hombre, solo estaba muy harto de los alguaciles. Al final se consoló pensando que de todos modos  acabarían muertos en cualquier camino.
   —Que más da antes que después…y así me libro yo de éstos.
   Resulta útil ser práctico en la vida.
   A pesar de los ahorcamientos, nadie se creyó que los infelices vagabundos fueran los culpables y continuaron mirándose con recelo unos a otros y sobre todo a los alguaciles, por si alguno fuera el asesino. Debo decir aquí,  para no confundir a vuestras mercedes, que ninguno de los tres lo fue.
   Simplemente porque no se terció.




El alguacil


Guzmán  Ibáñez,  el alguacil mayor,  era tan feo como aseguran quienes lo han visto que es el demonio. No había nacido así, bien es verdad; su fisonomía fue mudando con los años maltratada por los avatares de su vida azarosa. La otrora abundante cabellera se evaporó cocida en su jugo dentro del morrión, a la misma vez que órganos y extremidades, se malograban o se transformaban bregando en lides desiguales contra  picas, espadas, arcabuces, caballerías, turcos y gigantes.
   Tuerto desde aquella noche nefasta, con las piernas arqueadas por fracturas mal curadas, los brazos rayados a cuchilladas y los dientes escasos,  era un despojo de los Tercios, como tantos y tantos había en Europa. Soldado del Tercio viejo de Sicilia, desde los veintidós años, acumuló méritos de sobra para haber ascendido siquiera a cabo grado al que se llegaba tras cinco años de servicio como mínimo, y que no alcanzó por provenir de un bajísimo estrato social, dándose el caso de remontar sobre él compañeros con menos arrestos y menos antigüedad, pero con mejor cuna, aunque a Guzmán tampoco le importaba demasiado. Estaba a gusto con su grupo de camaradas; cinco soldados procedentes de lo mas profundo del campo castellano, alistados también en Salamanca entre los que habían surgido fortísimos lazos de fraternidad, extremo este fomentado por el mando que lo encontraba muy favorable para la moral en combate, tanto que terminó por prohibir, incluso, que los soldados vivieran solos.
   Durante sus años en Italia,  participó en un sinfín de batallas con desigual fortuna para el y para España. En sus primeros viajes  se pasaba la travesía vomitando pese al jengibre que les daban con la comida y  a la nicotiana que masticaban por su cuenta; le llevó su tiempo curarse de mareos, cosa lógica por otra parte, ya que cuando llegó a Valencia para embarcarse hacia Italia jamás había visto el mar y el único barco que conocía eran las barcazas que cruzaban el Tormes, en las que no daba tiempo a marearse. Se sintió aliviado cuando arribó a Siracusa pensando erradamente que no volvería a navegar en mucho tiempo. Anduvo una temporada ocupado con las compañías  recién llegadas en fortificar la isla, repeler ataques de corsarios, rehacer la guarnición y solventar escaramuzas contra insurgentes isleños sublevados al dominio de España, pero a los pocos meses, Ibáñez fue enviado con efectivos del tercio siciliano a emprender la reconquista del Peñón de Vélez de  la Gomera que Felipe II tuvo a bien arrebatar a  Muley Mohamed, señor del territorio en el que se ubicaba, frente al reino de Granada, mediante empresa encargada a García de Toledo virrey de Cataluña  en ese momento y mas tarde de Sicilia.
Tras la victoria en el peñón de Vélez, donde Guzmán se dejó los incisivos superiores y en compensación se trajo dos cuchilladas en el brazo zurdo, los efectivos del tercio de Sicilia deberían encaminarse a Córcega a sofocar la sublevación de Sampietro Corso que pretendía apartar a la isla de la dominación genovesa, apoyado por los turcos y los franceses; pero el antes corsario y ahora almirante otomano, Dragut (Turgut Reis), se plantó con treinta y dos galeras frente a Sicilia, modificando esto los planes iniciales, enviándose a Córcega solamente los efectivos que no procedían del tercio siciliano,
siendo estas unidades devueltas a su base ante la proximidad del enemigo en sus aguas.
   Mas adelante,  una vez que arriban a la isla las galeras de Andrea Doria con cuatro compañías de Lombardía mas mil doscientos hombres procedentes de Córcega, ya sometida, parte el Tercio a defender Malta, sede de los caballeros de San Juan de Jerusalén, que estaba siendo atacada por los otomanos con ayuda de Dragut, empeñado en hostigar a España por el modo que pudiere, pero al poco de haber zarpado de Siracusa un temporal les obliga a volver. Navegando rumbo a puerto, en el fragor de la tempestad, el palo de mesana de la moderna galera donde navegaba Guzmán se rompió a varios pies de altura. El viento soplaba furioso de popa. Guzmán junto con otros camaradas trataban de deshacerse de la vela mesana, que se había hinchado en su parte baja como una vejiga de cerdo, estorbando el buen rumbo de la nave, cuando una ola enfurecida lo lanzó contra la crujía con tal cólera que le rompió varios huesos de la pierna derecha.  La escuadra se hizo de nuevo a la mar varias semanas mas tarde, tras reparar los desperfectos, pero Guzmán tuvo que quedarse forzosamente en tierra. Recién recuperado fue enviado a La Goleta con el Tercio de Nápoles y dos mil soldados más de diferentes unidades. El turco apretaba y España tenía  que estar en varios sitios a la vez. Fueron años duros. El Mediterráneo era un puchero en ebullición permanente donde se escaldaban cristianos y sarracenos bajo la dirección de Felipe y de Solimán, empecinados en predicar la guerra santa como excusa para la expansión mutua, lo que daba lugar a sangrientos y variados choques con diversa fortuna para ambos aunque últimamente la balanza se había inclinado del lado turco, provocando alguna que otra desbandada cristiana de la que los capitanes de diferentes nacionalidades se culpaban mutuamente. Faltaba cohesión en las filas coaligadas. Faltaba un general capaz de hacerse respetar por la miscelánea de capitanes aliados, absurdamente enfrentados entre si. El papa y el rey de España se desesperaban.
   Hasta que llegó por fin la gloria de Lepanto.
   Tras el bienaventurado combate, en el que resultó malherido como era de prever, permaneció luengo tiempo hospitalizado en Mesina antes de regresar a España,  con otros cuatro mil heridos y mutilados,  para acabar de curarse varios flechazos turcos, que dieron casi tanta guerra como a don Juan de Austria la escuadra entera de Ali Pachá, y un tiro de arcabuz sarraceno que le destrozó la clavícula izquierda y que le dejó sobre el pecho una estrellada cicatriz a modo de condecoración.  Mientras se reponía  en Madrid  y a diferencia de otros camaradas que habían tomado la decisión de no volver a la mar utilizando la picaresca personal, jamás contempló la posibilidad de no retornar al ejercito. Los tercios eran para él algo tan fundamental y cotidiano como respirar. Algo natural. Contaba los días para poder embarcarse de nuevo hacia Italia o hacia donde le llevara el destino. Cuando adivinaba el viento del este, abría la ventana y buscaba el levante, como un musulmán la Meca, aspirando el aire con avaricia confiando en que le llegara el olor a mar que tan buenos augurios le traía y  pasándose la lengua por los labios para tratar inútilmente de saborear la sal. Se asfixiaba tierra adentro. Una vez que abandonó el hospital y palpó la certidumbre de que la anhelada reincorporación se hacía imposible- el capitán general había licenciado a todos los heridos graves-tornó a sentirse de nuevo huérfano, arrojado por los suyos a la calle y abandonado a su suerte como un trasto inútil a la espera de que el tiempo y la intemperie hagan su trabajo y lo consuman. Turbado al principio por la consternación, su actitud se tornó airada exasperación cuando se convenció de que la puerta del ejercito estaba definitivamente atrancada para el, pese a tener una hoja de servicio llena de hazañas. Para esto hubiera sido mejor que lo dejaran morir sobre la cubierta de la galera, como un perro,  rebozado en sangre propia y ajena, retorciéndose de dolor, pero cubierto de gloria. Como debe morir un soldado: en combate, no de hambre por las calles de Madrid.
   Sin casa, sin familia y sin dinero, porque la licencia llegó, pero no la paga, creyó por un momento que los ojos se le iban a llenar de lágrimas al tiempo que le asaltaba el imperioso deseo de gritar de rabia, tal y como hacía de niño cuando las cosas se volvían negras como un pozo. Pero alejando de si esos impulsos tan primitivos y recuperando la compostura que debe blasonar a un hombre como el, blasfemó contra Dios, maldijo a España, renegó del Tercio, insultó a los corchetes, apaleó a un perro solitario hasta la muerte y sintiéndose aliviado se dirigió a la “Cueva del Francés” a emborracharse con orujo para ir luego en busca de alguna mujer necesitada de caricias y de reales y escasa de escrúpulos. Seguro que el diablo acabaría proveyendo.
   Ocurría que en los modernos Tercios, arcabuces y mosquetes se iban imponiendo a las  picas y además, era aconsejable que los nuevos piqueros fueran jóvenes y sin secuelas que pudieran constituir una rémora. En el Tercio se exigía que el soldado estuviera sano y fuerte y que contara con una buena dentadura a fin de poder alimentarse con el duro bizcocho- pan cocido dos veces- que se repartía a la tropa y Guzmán a estas alturas no cumplía ninguno de estos requisitos. Amen de que la hacienda hispana no podía permitirse destinar demasiados doblones a mantener tropa y en estos momentos, con el Mediterráneo en calma, y el resto de potencias recuperándose también de los estragos de la contienda naval, los efectivos en Italia eran mas que suficientes a pesar de los dos mil muertos que dejara la guerra.
Siempre había sido muy fácil, en comparación con Flandes, reclutar soldados para los tercios italianos debido a la bondad del clima y la facilidad del idioma. Una coplilla muy popular lo corrobora.
España, mi natura, 
Italia mi ventura, 
Flandes mi sepultura.

   No sé si son sabedores vuestras mercedes de como se procedía para reclutar soldados en caso de necesidad, cuando no había voluntarios suficientes. Para ello, el capitán desplegaba bandera en un lugar y alistaba a todos los que acudían en tropel, dada la buena fama de los Tercios, hasta conseguir el número suficiente para formar compañía. Estos reclutas iban desde campesinos y labriegos o hidalgos pobres hasta segundones de familias nobles o adineradas, ansiosos de fama militar. No se admitían ancianos ni menores de veinte años y estaba prohibido reclutar clérigos, frailes o enfermos contagiosos- los tres en el mismo apartado-. Luego pasaban una revista de inspección en la cual se comprobaban sus cualidades y se admitían o se expulsaban si se consideraba que no servían para el combate. Guzmán se había alistado en Salamanca a las ordenes de don Nuño de las Asturias, el cual había dejado el Tercio, años mas tarde, reclamado por el rey de Hispatania para una misión secreta.
   El cabo Ramón Sánchez se había encargado del alojamiento y de  la instrucción de los nuevos reclutas amén de aleccionarlos conveniente  a fin de que  cumplieran a rajatabla  las ordenes del capitán,  lucharan bien y no crearan problemas. Esto era lo fundamental: la obediencia. En los Tercios los soldados no eran obligados a jurar fidelidad ni lealtad al rey.
   Cuando descubrió el Tercio, hacía un año que había muerto su madre. Se había ocupado de que no le faltara atención, enviando dinero a las monjas para que la asistieran en sus necesidades comprando los remedios y los alimentos que pudiera precisar. Por aquel tiempo él se ganaba bien  la vida como gañan en una hacienda del campo salmantino. Procuraba evitar meterse en problemas, pero unos días atrás había herido grave a un palafrenero que le andaba buscando las cosquillas desde hacía tiempo y le había golpeado con el látigo sin motivo alguno para ello; sólo porque le dio la gana. Guzmán, lo esperó esa noche en el camino y en buena lid, le hirió grave con la navaja entre las costillas de una corrida ejecutada con total pulcritud. Esa misma noche dejó el campo, trasladándose a la capital donde pretendía pasar un tiempo inadvertido antes de buscar otros aires. Allí tropezó con la leva.
   Llegó a la isla italiana con la tropa de don Nuño de las Asturias, pero una vez allí dado que en la nueva formación había demasiados bisoños, pasó a engrosar otra compañía con mas veteranos, mientras que el mismo número grupo de estos, ocuparon sus puestos en la compañía del marqués. Esto mismo le ocurrió en varias ocasiones. El y su grupo de camaradas cambiaron de compañía a menudo. Cuando llegó Lepanto sobrevivían tres y tras la batalla, solamente él. Uno había muerto en Vélez al caerse del barco y ser devorado por los tiburones que acechaban las flotas de guerra a lo largo del Mediterráneo como los lobos a los rebaños de ovejas. Otro murió en Siracusa de algo que le contagió una puta a la que degolló otro camarada, por guarra. El tercero cayó en Malta y los dos restantes en Lepanto. El primero murió a poco de iniciarse la batalla de un flechazo en el pecho y el otro trató malherido de asirse a una barcaza, pero un sarraceno le seccionó ambas manos de un tajazo. Guzmán ensartó al moro con la pica y le dejó clavado, aun vivo, al palo del trinquete de la galera enemiga. Fue al único camarada que pudo vengar y lo hizo a conciencia.

   Ibáñez, que era bastante alto y fornido, considerando las calamidades que había pasado de niño, fue destinado a picas.  Un “coselete” con morrión, espaldar, peto y escarcelas sobre los muslos. Refulgente bajo el sol de Italia. Los piqueros que, como él, usaban una pica de 25 palmos, estaban siempre en primera línea de combate puesto que al ser el asta tan larga se podía enfrentar al enemigo con cuatro filas de picas a la vez.  Combatían agrupados en un bloque compacto y geométrico, mantenidos a raya por los sargentos y flanqueados por los arcabuceros, para evitar ser atacados por el único sitio vulnerable.
   Según el Maestre de Campo Sancho de Londoño la pica debe llevarse en la marcha en el hombro, pues el peso debía ser considerable, y en aquellos tiempos esforzar en demasía a los soldados era algo nocivo para la buena marcha del ejército. El mismo Sancho de Londoño advierte que el uso de la pica solo se aconseja si la formación es atacada por la caballería o un gran grupo de infantería. De este modo la caballería se estrellaba contra las lanzas de las cuatro primeras filas, resultando empalado el jinete antes de que pudiera tocar a los piqueros. Debido a esto romper una formación compacta de picas producía indefectiblemente una enorme carnicería.
   La distancia entre ellos tenía que ser mínima de modo que no pudiera pasar ni un hombre, puesto que, todas las compañías contaban con un grupo sin pica (unos cuarenta) cuyo cometido era infiltrarse en las posiciones enemigas hasta formar una cabeza de puente para ayudar a conseguir su objetivo al escuadrón. Las compañías estaban constituidas por trescientos hombres y tenían cuatro formaciones: cuadrado, prolongado ( tres cuadrados unidos ), en cuña o triangular y en rombo. El favorito de Guzmán era el cuadrado, le parecía el mas compacto y mantener la formación era bastante mas fácil. Sin embargo, si la formación se quebraba, la espada era la gran baza en el cuerpo a cuerpo y en su manejo los españoles fueron también acreditados profesionales. La que portaban tenía doble filo y medía algo menos de cinco palmos, para hacerse ligera y por ende transportable. Guzmán había sido bueno con la espada aunque mejor con la daga. De todos modos prefería la pica de madera de fresno sobre los aceros cortos.
   Los españoles constituían el grupo mas selecto de los Tercios, siendo por ello los encargados de las tareas mas duras y arriesgadas. Eran el núcleo de combate por excelencia. Por eso eran también los mejor pagados (cuando cobraban). Entre ese grupo de elegidos siempre anduvo Guzmán, cuyos lógicos temores iniciales ante el primer combate se disiparon por entero una vez iniciado el choque, hombro con hombro con sus camaradas en un bloque sólido, equilibrado e inexpugnable, contra el que se estrellaban sistemáticamente los enemigos, provocando en el soldado un universo de sensaciones favorecedoras del arrojo y la valentía que se les suponía como integrantes del Tercio. Esa primera  batalla, supuso para Guzmán una experiencia excitante, imborrable y única que mudó su talante para siempre.
Ya lo advirtiera Sancho de Londoño: el día que uno toma la pica para ser soldado, ese día renuncia al ser cristiano y profesa el ser gentil.

   En cuanto abandonó el hospital se halló del todo perdido en la vida civil tras media existencia como soldado. Encontró acomodo durante un tiempo con un viejo conocido salmantino, funcionario en la corte, quien lo alojó con él y su familia en la planta baja de una vivienda que compartía con los dueños, en virtud de la Regalía de Aposento. Este era un impuesto que obligaba a los residentes con casa de dos o mas plantas a disponer de una parte para aposentar empleados reales, pues la vivienda en Madrid era harto escasa en aquellos momentos de aluvión de funcionarios y cortesanos sobre la capital.     Ese era el tributo que los ciudadanos pagaban por la dudosa fortuna de que Madrid pasara a ser la capital permanente del reino de España.
   Guzmán había pensado embarcar  para Sicilia y unirse a la chusma que rodea desde siempre a los ejércitos ejecutando tareas diversas. Su amigo se lo quitó de la cabeza ¿Dónde vas a estar mejor que en la patria?, le interpelaba, dando rimbombancia a la palabra patria. Pero Guzmán dudaba a esas alturas de que tuviera una. Te buscaré algo en la administración, no desesperes, le decía intentando disuadirle, pero convencido de que no lo estaba logrando.
Por aquellos días el consistorio madrileño llegó al acuerdo, providencial, de construir un  alhorí para almacenar el trigo comprado, que hasta ahora se guardaba en casas particulares que tuvieran almacén. Un vecino de la nueva capital, Pablo Martínez Zamorano,  tenía una casa y corral, pegado a la parte posterior del ayuntamiento, y el concejo decidió expropiar parte del tal corral para edificar el pósito. Para ello hicieron comparecer a dos oficiales albañiles a fin de medir los pies necesarios para la construcción y tasarlos. Uno de los oficiales, Alonso Martínez, era cuñado de su amigo salmantino y contrató a Guzmán como ayudante. Tras hacer la medición se expropian “diez y seis pies de ancho y lo largo de toda la casa del ayuntamiento, desde la calle hasta fin della  y se tasa el corral en 12.000 maravedís, exento de alcabalas. De acuerdo el propietario, el ayuntamiento decide iniciar las obras  luego que haga tiempo dispuesto para ello”   y a Guzmán se le atenúa un poco la desesperación pensando que tendrá ocupación durante bastante tiempo. Así pudo haber sido, en efecto, a no ser por otro ayudante de nombre Arsenio y de talante incomodo y punzante como un tábano en verano que se dedicó a injuriar de continuo a Guzmán y a otro compañero antiguo militar también, llamándolos mercenarios, ladrones, violadores, asesinos de niños —que todos los soldados sois la misma mierda— y otras lindezas por el estilo. Alonso Martínez trató de poner orden y de calmar los ánimos en un gesto mas voluntarioso que efectivo, porque el otro continuó jornada tras jornada con sus zafias diatribas contra ellos y contra los Tercios en general, cuando Guzmán harto hasta la desesperación, le marcó la cara de un jabeque y se despidió del trabajo antes de tener que ensartarlo con la espada.
   Comprendiendo que lo suyo era batirse con los aceros, buscó trabajo por su cuenta en la calle como saldador de cuentas ajenas, que era oficio de muchos en aquel momento. El dinero andaba muy escaso, daría para sobrevivir un mes a duras penas y necesitaba con urgencia una ocupación si no quería convertirse en salteador de caminos, oficio que también probó mas adelante, pero que en este momento no contemplaba. Así que comenzó a frecuentar, revuelto en un heterogéneo y siniestro grupo, la Cuesta de las Perdices y no tardó en encontrar clientela, puesto que uno de los intermediarios era un antiguo camarada, preboste en el Tercio, aunque de diferente compañía, quien careciendo de una pierna, se ganaba la vida también del modo que malamente podía. Había infinidad de disputas pendientes en aquellos tiempos por suerte para el y para los demás de su mismo oficio. Aunque los clientes de Guzmán tuvieron, en algunas ocasiones, cierto copete  ( para los de mas fuste había espadas mejores),  la mayoría de encargos procedían de gente del pueblo llano buscando quitarse de en medio un amante, un rival o un competidor en el terreno que fuera, ajustado de precio.
   Una y otra clientela convergían, no obstante, en dos puntos: la falta de arrestos para solucionar sus pendencias y la escasez de guita para poder contratar espadachín más capaz. Si añadimos la rapiña del intermediario que vivía de la diferencia entre lo cobrado al cliente y lo pagado al sicario, tendremos lo poco que por fuerza se embolsaba Guzmán. Eran años difíciles y todo el mundo sacaba de donde se pudiera.
   Aquella noche la victima designada iba a ser, precisamente, su antiguo sargento del Tercio. Guzmán lo ignoraba y nunca pudo averiguar si su colega el preboste lo sabía o no, simplemente le había dado la dirección y advertido que el individuo saldría del caserón del corredor a las diez. Un caballero al que tenía que enviar al otro barrio  porque el marido de la dama, impedido para el amor por heridas de guerra, en este caso en Flandes, no consentía que esta gozara ni siquiera de vez en cuando, por compasión. El cura había sido muy claro: unidos en la fortuna y en el infortunio. El esposo además de inútil no quería ser cornudo, aunque una cosa condujera irremediablemente a  la otra en la mayoría de las ocasiones. Por todo ello,  una vez certificada la infidelidad de la esposa y averiguada la identidad del amante no quedaba otra que pasar a mayores y como la bizarría del marido corría pareja con su capacidad amatoria no hubo mas remedio que contratar un matón barato y rezar para que anduviera inspirado esa noche.
   Era todo bastante patético.

   Guzmán llegó puntual y se dispuso a esperar fuera del ángulo de visión de cualquiera que abandonara la casa; se quitó la capa para que no estorbara y la dejó sobre la tapia del huerto del vecino convento de las monjas llamadas  Baronesas; ¡que tiempos aquellos en los que la enrollaba airosamente al brazo a guisa de broquel!, ahora ya no estaba la cosa para alardes ni florituras. Se atusó el coleto de cuero marrón con la diestra mientras con la zurda palpaba la vizcaína y le daba una palmadita como a un camarada. Tras el incidente del ojo había pensado en abandonarla un tiempo,  como se abandona una novia mientras se va a hacer fortuna. Estimaba que perdido de vista el flanco izquierdo  la precisión del brazo menguaría y con ello la navaja pasaría a ser quizá una traba ante un enemigo que podía advertir, por la poca eficacia, la merma de facultades y envalentonarse. Pero, mientras practicaba con apremiante empeño para recobrar la fuerza del derecho, tuvo ocasión de comprobar con alborozo, como la excelente vista de la costumbre hacía su trabajo con el izquierdo sin necesidad de que el ojo informara previamente al cerebro. Incluso una noche, resolvió una pendencia con la daga, desjarretando a un listo que le asaltó en la calle.
   El, que fuera un experto, dando incluso lecciones por unos maravedís en el patio trasero de la taberna de la andaluza, había llegado a pensar después del incidente, roído por el pesimismo, que jamás podría volver a poner en uso las enseñanzas de Calixto aquel andaluz que se encargaba de proveer de leña al convento donde servia su madre y que terminó por juntarse con ella (casarse no podía porque ya lo estaba), aunque por poco tiempo dado que murió en una emboscada de bandoleros en Sierra Morena cuando volvía de su tierra tras haber trabajado en el vareo de la aceituna. Este hombre, no obstante,  fue lo mas parecido a un padre que conoció Guzmán.  Buena persona, siempre les trató bien a él y a su madre. Era muy hábil con la navaja, única herramienta permitida en aquel tiempo a las gentes de baja estofa y le había enseñado como manejarla con pericia: el pulgar colocado en la parte mas ancha de la hoja y la mano izquierda pegada al talle con las piernas ligeramente entreabiertas, para facilitar las evoluciones. Esa era la posición conveniente cuando uno se ponía en guardia para rajarse con el contrario.
   Luego le fue enseñando las diferentes puñalás  dadas tanto a la parte alta como a la baja del cuerpo del enemigo.
   Guzmán había aprendido desde niño como la primordial a la parte alta era el “jabeque”, un tajo en la cara con el filo que produce un corte largo como la vela de un jabeque.
   Niño, le decía Calixto, de todos los que se pueden recibir es el más humillante, ya que pone en evidencia la torpeza del herido y la poca consideración que le tiene el enemigo, contento con marcarle el rostro nada mas.
   Hay que reunir mucha destreza para ejecutar con eficacia el “desjarretazo”, mortal en la mayoría de los casos. Se da en la espalda a la altura de la última costilla. La hoja penetrando abre una ancha herida que parte en dos la columna. Se debe tener mucho tiento al ejecutarlo porque uno se expone a recibir un puntazo en el vientre.
   Guzmán, fíjate bien, le exhortaba el andaluz, en lo interesante del “floretazo”: el enemigo avanza con excesiva rapidez y el mismo se clava la punta de la navaja. Ahí se terminó la historia.
   Sin embargo, uno de los mas útiles y de los mas bellos es “la corrida”. —Mi favorita— confesaba Calixto. Hay que tener gran ligereza y mucha, pero mucha sangre fría. Se ejecuta haciendo, de improviso, un movimiento oblicuo hacia la derecha o la izquierda con el fin de dar al contrario en el costado, entre las costillas. Es raro que no sea mortal. ¡Cuantas veces los había empleado con fortuna contra sus adversarios!. Rezaría si supiera, para que esta nueva etapa como espadachín diera por lo menos la mitad de los buenos réditos que había dado la anterior.
   Mientras hacía tiempo y a falta de plegarias, recordó unas coplillas escritas por un tal Juan de Mena, según le habían dicho, dedicadas a la espada ropera. Siempre había tenido memoria para las coplillas que le gustaban y le placía recitarlas con un soniquete, como si cantara.
Di, panadera
Un miércoles que partiera
El príncipe don Enrique
A buscar algún buen pique
Para su espada ropera
Saliera sin otra espera
De Olmedo tan gran compaña,
Que con mui fermosa maña
Al Puerto se retrujera
   El amante se retrasaba. Creyéndolo mas puntual, se había precipitado al quitarse la capa. 
   La noche de febrero era clara y la brisa cortaba, tanto por lo menos, como la tizona. Le habían contado cierta vez en Italia, unos portugueses que habían viajado por la ruta de  Magallanes, que en los extremos del orbe conocido el frío era tal que un manto de hielo cubría la tierra permanentemente. Se imaginaba que algo así sucedería en Madrid cualquier año de estos, porque los inviernos eran cada vez más gélidos. Comenzó una especie de zapateo contra el suelo para calentarse, y ya estaba sopesando recoger la capa cuando, por fin, se abrió la cancela con sigilo, dibujándose  en la noche una oscura silueta embozada con un sombrero de ala ancha adornado con plumas de colores que Guzmán, daltónico a mas de tuerto, fue incapaz de identificar.
  Cuando ya el embozado enfilaba la calle, relajado y feliz tras un tiempo de amor, el largo y lúgubre siseo de un acero abandonando la vaina tomó la calle silenciosa. Si esto acontecía en las noches de cualquier ciudad, como no fueras siquiera mediocre con la espada, ya podías poner raudo, tierra de por medio. Estando solos, como era lo corriente, tu verdugo y tú sin testigos incómodos, no debería haber dudas. No obstante, mientras salías por pies, fuera conveniente ponerte a bien con el de arriba, porque  iban a por ti con ordenes de matar y  a no ser que la diosa fortuna tuviera ganas de besarte en la boca esa noche, que no era lo corriente, tu suerte estaba echada: Un puñal en la espalda no daba ni tiempo a decir adiós.
  Por eso a cualquiera se le habrían puesto los pelos de punta, pero el amante se detuvo apenas un segundo contando los siseos: sólo uno por fortuna. Rápidamente sus aceros  asomaron listos para la defensa. Pronto se oyó, entre el silencio, el choque de espadas casi siempre precursor de un homicidio, moneda corriente en las noches de la  villa y corte, a pesar de las insistentes demandas de Felipe II al alcalde, don Rodrigo Vázquez, para que hiciera cumplir sus pragmáticas, bajo amenaza de perder la estimación real y con ella la vara de alcalde. Pero así y todo la riñas seguían siendo habituales en las noches de la capital del reino por muchos edictos y muchos corchetes que el edil hiciera circular por las calles, donde algunos, como ya sabemos era el caso de Guzmán, no tenían mas remedio que batirse para sobrevivir.
   Este, había esperado plantado casi en medio de la calle con los pies en ángulo, como le habría enseñado su maestro de  esgrima si lo hubiera tenido alguna vez y el ademán impasible aunque bastante poco compuesto. La espada en la derecha y la vizcaína en la zurda brillaban siniestramente bajo la exigua luz del único farol de la calle, enfrentado al portalón de las Baronesas. Era ciertamente para echar a correr.
   Cuando el rival le adivinó y enseñó el acero, Guzmán inclinó la cabeza hacia delante para observar mejor como el otro, en menos que se suspira,  soltaba el fiador con la zurda dejando caer la capa y echaba mano a los riñones para liberar la vizcaína.
   —Esto no me gusta nada — pensó— pero nada, nada.
   Tras los primeros toques, intentó confundirle los aceros- le había entrado prisa- pero el rival sabía lo que se traía entre manos el filhoputa. Molesto por su buen hacer y porque no dejaba de imprecarle__  parece un loro, cojones__ le descargó una estocada enfilada al corazón que hubiera descolocado peligrosamente a otro mas ahuevado pero que éste paró con una sangre fría asombrosa.
   Era templado el muy bellaco.
   Tras unas cuantas acometidas, trabados ambos con espada y vizcaína, Guzmán notó un fuerte dolor en el hombro derecho, a la par que el otro le empujaba violentamente, llamándolo hideputa y mentando entre dientes, a todos sus muertos. Al intentar recomponerse, la hoja del rival se metió ligera como una víbora por entre los gavilanes mordiéndole la mano. Aprovechando la oportunidad que brindaba el puntazo,  el amante  le lanzó  unas cuantas estocadas a la derecha  logrando cerrarle contra el muro del convento dejándolo en un momento sin espacio y sin daga. Rápido como el rayo, le lanzó una finta con la cuchilla que hizo volar la tizona de Guzmán quien, en un amen, se encontró con la punta del acero enemigo en la garganta.
Fue visto y no visto. Había que reconocer que el amante era muy buen espadachín. Un profesional.
   —Hasta aquí llegamos —se dijo Guzmán con resignación.
   Cuando el rival retrocedió el brazo para clavarle la hoja y atravesarle el gaznate de parte a parte, reparó, ayudado por la tenue luz del farol,  en el rostro de su atacante que se hallaba aculado sobre la pared, sin sombrero, resollando y sangrando por la mano como un cerdo y aunque con mas años y menos pelo, creyó reconocerlo.
   —¿Guzmán? Guzmán Ibáñez.
   Guzmán tenía los ojos cerrados, pero identificó de inmediato la voz tantos años escuchada durante su vida militar.
  —¡Sargento! ¡Sargento Iriarte!.
   El sargento de su compañía, era un hombre con mucho aplomo y muchos arrestos a quien compañeros  y  soldados respetaban y temían. Era aun apuesto aunque tenía el cuerpo lleno de marcas y cicatrices de flechas y arcabuces enemigos. Nadie se explicaba como había sobrevivido a Lepanto y sus proezas en combate se confundían con leyendas de tan inusitadas como eran. Iriarte iba a abrazarlo, pero lo pensó mejor. Dejemos las efusiones para otro momento, que un puñal en algún sitio seguro que lleva y no están los tiempos para hacer el primo.
   —¿Cómo has venido en esto?
   —Ya veis. ¿Qué queréis que os diga?
   —¿Te contrató el marido?
   —Supongo. No hablé con él vino a verme un emisario.
   —¿Ya te han pagado?.
   —Siempre cobro la mitad por adelantado.
   Antonio Iriarte se lo quedó mirando mientras Guzmán envolvía la herida con la capa y presionaba para que dejara de sangrar. Sintió lástima y asco a la vez. Ibáñez, había sido un soldado valiente y temerario, elegido personalmente por él para la infantería de la galera de don Álvaro de Bazán y ahora se veía forzado, como tantos, a ganarse la vida de ese modo tan infame aunque llevara encima un montón de cartas de recomendación, entre ellas la suya. La mayoría terminaban así, de asesinos a sueldo, pasando a mejor vida cualquier noche de una cuchillada. Eso teniendo suerte, sin ella, la alternativa  solía ser desangrarse  lentamente en un callejuela oscura, maloliente y solitaria,  amen de pudrirse en la cárcel  o morir en la horca,  si los corchetes eran capaces de echarles el guante.
   ¿Tienes donde esconderte?
   —Sí señor.
   —Muy bien. Mañana vete al amanecer al convento dominico de la calle de Los Remedios, mi hermano es allí prior, te darán asilo de momento mientras te buscamos una ocupación decente; si quieres, por supuesto
   —Desde luego señor. Gracias__dijo Guzmán con cara de incredulidad. No terminaba de convencerse de que acababa de topar con una racha de buena suerte.
   El sargento dejo que recogiera la espada y la daga. Guzmán le besó la mano.
   —¿Qué haces? Vámonos de aquí, rápido.

   Después de todo no se sintió tan mal. Que lo hubiera vencido Iriarte no era ningún desdoro.  Recordaba las cosas que se contaban de él en el Tercio. Había oído que en la batalla de Mülhberg, donde el Tercio de Sicilia anduvo echando una mano, una vez que el alférez encargado de portar la bandera cayó muerto, Iriarte con el brazo izquierdo medio colgando de un arcabuzazo, asomando por el agujero el hueso del codo astillado, y el derecho ocupado con la espada recogió la bandera y la sujetó con la boca, tarea ardua porque la enseña con su mástil pesaba sus buenas diez libras, mientras continuaba matando herejes y cuidando del buen orden de la formación. Además, la bandera debía llevarse en vertical puesto que el ver la enseña caída o arrastrada bajaba la moral de la tropa. También se cuenta que fue el quien, en medio del caos de la batalla de Lepanto, saltando de La Real a La Sultana, abriéndose paso con la espada a través de la confusión en la que  moros y cristianos se mataban indiscriminadamente, porque ya no se distinguían igualados por el humo y la sangre,  se encaró nada menos que con Ali Pachá, al que dejó en cubierta malherido para acudir a auxiliar a un capitán de la flota de socorro, al que tenían acorralado tres corsarios de Uluch Ali, recibiendo varias cuchilladas y un disparo de arcabuz en plena espalda cuando regresaba para tratar de evitar que un galeote cortara la cabeza de Ali Pachá con su hacha de abordaje. Pensaba que el generalísimo turco merecía un final mas digno. Tampoco pudo evitar que otro soldado se la presentara a don Juan de Austria ensartada en una pica. El sargento fue testigo de como el hermano bastardo del rey Felipe, descompuso sus agraciadas facciones en  una mueca de repugnancia mientras ordenaba arrojarla al mar. Luego Iriarte, cayó desplomado herido como venía por ocho flechazos y cuatro tiros de arcabuz. Todos creyeron que había muerto.
   Que este soldado le hubiera desarmado era casi un honor.
   Desde que aquel gigante le guindara el ojo, sus facultades estaban mermadas, era consciente de ello, pero no obstante ¿Cómo ganarse la vida?, tenía que seguir alquilando su espada y hasta ahora le había ido bastante bien: una cuchillada en el brazo, aquella noche en la que perdió la capa en una partida de naipes y por ende, no la pudo utilizar de broquel, y un puñal que un enemigo traicionero le lanzó  a la espalda, cuando ya se iba creyéndolo muerto. No podía uno fiarse ni de los difuntos. Menos mal que llevaba poco impulso y se clavó en la banda del tahalí; la herida fue apenas un  roce. De toda su andadura como delincuente solamente recordaba como una pesadilla la pelea con aquella especie de monstruo enorme y peludo que apareció  detrás de la litera de un noble al que asaltó con su compinche de entonces, Joao el portugués, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, pensando que era pan comido, porque solo le acompañaba un jinete en la mula delantera a quien el luso dejó tieso lanzándole un puñal a la yugular. La bestia iba a pie detrás y se les abalanzó sin miramientos, partiendo por la mitad a su compañero de un tajazo y arremetiendo a continuación contra él con la fuerza de una galerna en alta mar. En el instante en que Guzmán, descolocado por la furia de la acometida,  bajó un poco la guardia, un puñal se clavó en su ojo izquierdo y porque entonces aún era rápido y había un callejón lateral providencial por el que perderse y huir, si no, no lo habría podido contar. Así y todo, el gigante persiguiéndole, le propinó otro tajo en el hombro derecho con toda la mala idea de seccionarle el brazo. Si no fuera por la distancia y el tahalí de cuero, que actuaron como escudo amortiguando el golpe, aquella infausta noche, hubiera resultado tuerto y manco.  Mirando hacia atrás comprobó que el gigante no le seguía; no iba a dejar solo a su señor, por suerte. Intentó mover el brazo y al notar que podía se tranquilizó un poco. Sangraba pero no demasiado, para lo que el pensaba que debería sangrar. Sin embargo el puñal en el ojo era otro cantar. No intentó sacarlo, temiendo que impulsado por el acero saliera todo lo que hubiera dentro de la cavidad,  hasta los sesos inclusive. Se detuvo un instante para coger aire; cualquiera que lo hubiera visto tambaleante,  la espada desenvainada y la cabeza levantada  con el puñal asomando del ojo zurdo, pensaría que la muerte había trocado la guadaña por la daga, mucho mas manejable y discreta y que el buen hombre (es un decir caritativo que se emplea para los moribundos) se dirigía al mas allá con la frente bien alta, siguiendo al mismísimo diablo.¿Porque adonde se puede ir así, si no al infierno? Pero Guzmán era duro como el acero,  pese a las guerras y a la mala vida y casi a tientas, porque la vista del ojo que conservaba se había vuelto borrosa, logró llegar hasta la casa de su amiga de entonces, una mujer venida de las Indias Occidentales, a la que el Santo Oficio tenía en el punto de mira  porque conocía bien las hierbas capaces de curar cualquier tipo de males. Y esos saberes solo podían ser inspirados en alguien como ella-una hereje asquerosa- por el diablo y a esos contubernios se les llamaba aquí y en toda tierra de lentejas civilizada, brujería.
   Ella le cortó primero la hemorragia del hombro presionando sobre la herida y le colocó un trapo empapado en grasa. Después le tumbó en el camastro y le sacó el puñal. Fue tarea laboriosa; la hoja había penetrado casi medio palmo, pero no se había metido en el hueso del cráneo ni había comprometido, por ende,  estructuras importantes del cerebro; Este es un sitio muy delicado, decía para si la mujer con buen criterio; tampoco perdió el ojo, todo quedó en su sitio. Lucero se preocupaba mas por la sangre derramada y por las fiebres que le asaltarían a las pocas horas a consecuencia del trazado de la cuchillada: mas profundo que extenso.
   Le lavó ambas heridas con cuidado y con esmero, sin prisa, de adentro hacia fuera, colocó sobre las dos paños con grasa, los tapó con otros limpios y los sujetó con tiras de tela. Al final Guzmán se había quedado casi inconsciente. Ella aprovechó para ir a buscar junto al arroyo apio para la fiebre. También recogió cierto liquen bueno para las heridas. Regresó a la casa y tras comprobar que el herido continuaba tranquilo se fue al campo a  recolectar árnica para hacer un ungüento contra el dolor y ledum.
   Guzmán estuvo diez días transitando arriba y abajo por el puente sobre el abismo entre el mas allá y el mas acá. Recordaba haber visto mucho fuego al fondo, unas hogueras inmensas, pero no supo distinguir si era el infierno o la Inquisición. Al final la fiebre remitió y aunque perdió la visión del ojo, logró recuperar la movilidad y casi toda la fuerza del brazo, esencial para poder ganarse la vida o la muerte, según se  mire.
   Era consciente de que la india le había salvado y de que tenía con ella una deuda impagable, sin embargo no tuvo empacho en ponerle los cuernos con una oronda andaluza propietaria de una taberna en las afueras. Una noche cuando estaba en la cama con la ventera se presentó Lucero, la muy bruja. No hizo mas que entrar, comprobar el adulterio y salir. No dijo una palabra, ni buena ni mala,  pero Guzmán comprendió por su mirada que no podía volver por la casa. Envió a su nuevo compinche por sus cosas: su ropa, el resto de las armas, las hojas de tabaco y un cuartillo de orujo que el compañero bebió casi entero por el camino, por suerte para Guzmán ya que Lucero, la india, la muy puta, se había apresurado a añadirle un veneno que llevó para el otro barrio al infeliz mozo en un santiamén y que produjo en Guzmán, solo por haber tomado un trago  para animarse, una descomposición de vientre que a punto estuvo de hacerle morir deshidratado. Pasó cuatro días con sus noches junto al arroyo, evacuando, lavándose, porque aunque no era muy limpio, no había quien soportara el hedor y bebiendo agua fresca para mitigar la sed y aplacar el ardor que sentía por dentro.

   Guzmán, dudaba si acercarse al convento precisamente de dominicos, sin embargo pensó que no tenía nada que perder ya que cualquier noche iba a morir en una riña o incluso de hambre cuando nadie le ofreciera trabajo puesto que su merma de facultades era mas que evidente; los adversarios se le escapaban vivos con demasiada frecuencia y la competencia era feroz. Pero  al final, tuvo mucha mas suerte que otros compañeros de armas. Los dominicos le dieron asilo y le colocaron,  a las pocas semanas, como familiar de la Inquisición.  No volvió a saber de su sargento al que dejó recado dándole las gracias y rogándole que no volviera por la casa del corredor, no fuera ser que el nuevo sicario tuviera mas pericia.

   El trabajo de familiar consistía en acompañar a los inquisidores, efectuar detenciones, custodiar reos, asistir a los autos de fe y otra misiones de apoyo de las que pondré un ejemplo a vuestras mercedes: si se recibía un chivatazo de que en alguna librería se vendía tal o cual libro sospechoso, los familiares ocupaban todas las librerías de Madrid hasta que la Inquisición lo comprobaba una a una.
   Eran la policía de calle del Santo Oficio.
   Fue un trabajo a la medida para Guzmán porque aunque no estaba remunerado (parece ser que la Inquisición no era rica) brindaba innumerables ventajas: permiso para portar armas, la exención de impuestos-que no eran mancos- y lo mejor: el reparto de los bienes del ajusticiado. Aparte de estas ventajas, digamos institucionales, había otra no menos importante y definitiva en aquella época: la limpieza de sangre que se acreditaba sin muchos miramientos, todo hay que decirlo; esto facilitaba muchas veces la posibilidad de enlaces ventajosos, auque para Guzmán era lo de menos.
   No era misión del familiar delatar propiamente, sino mas bien incitar a la delación, lo cual no resultaba difícil, puesto que era secreta y el reo jamás conocía a su delator.  Este  gozaba de total impunidad  por lo que las venganzas por envidias o rencillas eran moneda corriente. Pero eso al Santo Oficio le traía sin cuidado.
   De todas las tareas del nuevo empleo la que menos le gustó al principio, fue presenciar la muerte en la hoguera; el olor que despiden los cuerpos al arder, le parecía nauseabundo. Le impregnaba la pituitaria y todo le olía  durante días, a carne chamuscada, pero terminó por acostumbrarse como solemos hacer los humanos mas pronto que tarde. Un buen día uno de los reos destinados a arder en la hoguera era nada menos que Lucero. Por fin le habían echado el guante. Iba con otros sesenta y ocho. La mañana del día del auto de fe, tras el sermón, el relator separó de los demás a los once acusados de brujería, les hizo comparecer uno a uno, les enumeró los cargos y les leyó la sentencia: 
   Lucero Didaz:  por ser amiga del diablo, habiéndose hallado en sus genitales la marca del maligno, haber reconocido tener coyunda con el, afirmando sentir multitud de orgasmos —el relator levantó la vista y la observó fugazmente— malograr embarazos con el propósito de devorar los fetos, causar epidemias, sequías, tormentas y todo tipo de males: muerte en la hoguera.
   Los once brujos iban a ser quemados vivos, nada de compasivo garrote.
   —Pero ¿que dice este hombre de devorar fetos y copular con el diablo? —se preguntaba Ibáñez asombrado por lo que acababa de escuchar.
  Vuestras mercedes se habrán sorprendido como Guzmán, pero deben saber que en aquel tiempo desdichado los elementos eróticos eran muy fuertes en una sociedad reprimida, regida por  hombres y con inquisidores provenientes casi siempre del clero; célibes y por ende castos. Al menos nominalmente.
   La curiosidad del inquisidor por la actividad sexual de la acusada con el diablo era insaciable. Se les interrogaba sobre la cantidad y la calidad de los orgasmos en las supuestas cópulas y sobre todo se les pedía con morbosa insistencia una descripción minuciosa del miembro del demonio (enorme y frío, según todos los informes). Las mujeres acusadas de brujería eran en su mayoría jóvenes y buscar la marca del diablo en sus cuerpos, fue tarea apetecida por los inquisidores, generalmente varones, quienes afeitaban e inspeccionaban con esmero los genitales de la acusada.
   Se decía que el diablo marcaba los cuerpos del brujo o la bruja una vez hecho el pacto y concedidos los poderes sobrenaturales que decían los inquisidores les otorgaba. Según esto las brujas acudían en determinadas fechas a reuniones nocturnas con el diablo llamadas sabbat a las que se desplazaban volando sobre palos o convertidas en animales, lobos con preferencia, y en las que tenían unión carnal con él.
   Todas estas creencias de fuerte carácter misógino, se vieron favorecidas por los muchos tratados de brujería escritos en la época como el Malleus Maleficarum, que considera a las mujeres moralmente mas débiles y por ello presas fáciles para el Maligno.












   Lucero estaba cambiada, lo que era lógico por otra parte después de pasar por las manos del Santo Oficio. Demacrada, delgada, los ojos hundidos. Aquellos ojos rasgados, negros y profundos como el mar océano que la separaba de su patria, miraban sin ver. Ni siquiera reconoció a Guzmán o por lo menos no dio muestras de ello. Apenas se la veía entre los demás. Era como un alfiler perdido en un ejército de lanzas.
  No había tenido suerte.
   Vino a España acompañando a un soldado que murió de fiebres tercianas al poco de llegar, sin poder llevarla a su tierra con los suyos. Ella trató de encontrarlos, pero fue imposible. Tal vez ellos no quisieron dejarse encontrar. Quedó abandonada en Madrid a merced de la mala ventura para terminar, tras varias vicisitudes entre ellas Guzmán, muriendo a manos del Santo Oficio azote de brujos y herejes. Era el destino común de demasiadas gentes de diferentes estratos sociales, en aquella gloriosa España del místico Felipe, aquejado de megalomanía y atormentado por los espíritus y la gota, que dio en morir también un día, no iba  a ser diferente por muy rey que fuera, encerrado en aquel monasterio que mando construir tras San Quintín en tierra de nadie.

   No sintió lástima ninguna. Le había curado, era cierto, pero luego lo estropeó tratando de envenenarle. Se tenía merecida la hoguera, por rencorosa y por bruja. El hecho de que le hubiera puesto los cuernos no era excusa para lo que hizo, además la andaluza era solo un pasatiempo. Tenia ganas de estar con una mujer oronda, estaba harto de las pocas carnes de la india.
   De todos modos no estuvo presente cuando ardió.

   Transcurrido un tiempo, tampoco hizo falta demasiado, se había ganado totalmente la confianza de sus superiores.  Como era también carcelero, se unía con entusiasmo a las torturas de los reos. Había descubierto el placer que produce, en gentes como él, infligir dolor impunemente e incluso provocar la muerte del preso de modo atroz, si se te va la mano; sin pretenderlo, por supuesto.
   Había dos métodos de tortura que le gustaban sobremanera. Uno de ellos era la toca, muy en boga en aquel siglo. El tormento consistía en poner en la boca del preso un paño de lino con los que se hacían las tocas que cubrían la cabeza de las mujeres. Esta tela se introducía por la boca hasta la traquea y posteriormente se vertía  agua sobre ella. Al empaparse la tela provocaba una sensación de ahogo con arcadas y vómitos e incluso, si no se interrumpía a tiempo, la muerte por asfixia. Otro de los favoritos de Guzmán era el péndulo. Con el se abría toda buena sesión de tortura. Era como el aperitivo antes del banquete. Aun Galileo no había enunciado la ley del péndulo simple, cuando ya la Santa Inquisición había descubierto su utilidad.
   En este caso las manos del reo eran atadas a la espalda y éste era suspendido por ellas a bastante altura. El balanceo producía la luxación de los hombros, codos y muñecas. Además era habitual añadir peso a los pies del preso y fustigarlo durante el proceso con una vara. Era un martirio de lo mas completo.
   Pero lo mejor continuaba siendo la impunidad de responsabilidades y de conciencia,  que de esta última sino exime por lo menos atenúa lo suficiente. En el caso de Guzmán  no era tanto impunidad de conciencia (porque careciendo  por completo de la segunda se hacía innecesaria la primera) como conciencia de impunidad. La sensación de estar por encima de la ley, era única. ¿Qué mas se podía pedir? La eximente de responsabilidades era una bicoca, un dulce para  golosos como él y otros muchos en el Santo Oficio.
Por mor de una limpieza de sangre mas que dudosa y de una hombría de bien inexistente,  Ibáñez  se había transformado en valedor de la causa divina pero eso si, puesta  al servicio de la monarquía terrena, porque aunque la Inquisición debía contar con la aprobación de Roma, era un instrumento de la monarquía a quien  mas que el celo por la defensa de la fe, le movía la obtención de riqueza mediante la confiscación de bienes, sobre todo si el reo los poseía en abundancia.
   Muchos fieles adinerados, verdaderos cristianos viejos, se veían como consecuencia de todo ello, delatados por enemigos, competidores, criados u otras personas incluso aun menos adecuadas para tal menester, siendo condenados por el tribunal como herejes relapsos,  quedando privados de sus propiedades, que es estos casos pasaban casi integras a las arcas reales.
   Como estamos comprobando,  el oficio de Guzmán había devenido desde sicario de mala muerte hasta agente al servicio de sus majestades celestial y terrenas, con licencia para  torturar y matar y sin que el contrario te toque ni siquiera un pelo de la ropa, que ya estaba bien de peleas en inferioridad de condiciones. Esta vida de ahora era un premio del destino por todas las calamidades anteriores, después de haber servido a Dios y a España durante muchos años con fidelidad y sin rechistar, pasando penurias, cobrando poco y tarde, mal comiendo y mal durmiendo y mal viviendo en general. Era un reconocimiento a sus méritos, no cabía duda. Por eso, siempre guardó en sus tiempos de familiar, la secreta esperanza de encontrarse un día con el oso que le dejó tuerto. Soñaba incluso con ello y tenía la certeza de que sucedería, como todo lo que se anhela con firmeza. Dios le premiaría su lucha contra los herejes colocándole en el potro a aquel gigante salido probablemente de los infiernos.
   Tiempo al tiempo.
   No obstante, los inquisidores que al principio habían alabado su buena disposición y se habían aprovechado de ella cuando se acumulaba el trabajo, terminaron por hartarse de sus atrocidades. Acordaron entre todos encontrar el modo de librarse de él sin que sospechara, porque sabía demasiado además de ser muy bueno levantando falsos testimonios y en aquella época no estaba el búcaro para rosas. Las rencillas y las zancadillas entre los miembros del Santo Oficio eran mas frecuentes de lo que debieran. Además el puesto de familiar estaba cada vez mas solicitado, incluso por caballeros, ya que la limpieza de sangre que el empleo acreditaba permitía alcanzar muchas prebendas  y ya quedamos en que eran tiempos difíciles para todo el mundo. Guzmán se había convertido en una molestia y  se necesitaban plazas libres con urgencia porque el rey había prohibido que se crearan nuevas dado que había mas familiares ya que inquisidores. Urgía pues una solución.
   Uno de sus jefes,  amigo personal del recién nombrado Corregidor de Saláceres, desde sus tiempos de estudiantes en Salamanca, recibió con la buena nueva del ascenso del camarada, la solución para el próximo destino del incómodo familiar  y de vuelta, barajada pero visible entre los parabienes y las albricias, remitió la solicitud, como favor muy especial, que el Santo Oficio recordará siempre (que era lo mismo que ocurriría si no les hacía el favor, pero para que decir las cosas de ese modo, existiendo este otro mas diplomático), de una carta de poder a favor de Guzmán, que era de madre hispatana, e  idóneo por tanto para Alguacil Mayor. Así lo llevaban fuera de España, algo conveniente para todos, en especial para ellos.
—Te hago un favor, porque es muy bueno atrapando malhechores. No te pesará —mintió el inquisidor sin ningún remordimiento.
   El Corregidor no tuvo otro remedio;  le otorgó la carta, un sueldo de 50 reales y una vivienda. Así se lo comunicó a su amigo con la gratitud a sus parabienes y favores.
   Lo lamentó toda su vida.
   Guzmán  se sorprendió con la noticia. Precisamente ahora que había tanto trabajo y que el había adquirido practica consiguiendo resultados cada vez mas satisfactorios, excepto las veces, tampoco tantas, en las que se  le moría el reo; No obstante, pensándolo mejor, no le pareció mal su nuevo empleo. Iba a dedicarse a detener malhechores igual que hogaño, pero con mas albedrío y con mas variedad. Estaba un poco harto de herejes y brujas. Además, el decidiría a partir de ahora, quien era culpable y quien no, porque  tenía mucha experiencia en métodos para arrancar confesiones. Si acaso el juez fuera mas minucioso,  las pruebas se improvisaban sobre la marcha, que el tenía también imaginación. 
   No había vuelto por Hispatania desde niño cuando al morir su padre, portugués afincado en Saláceres, la familia los expulsó de la casa a él, a su madre que nunca les había gustado porque no era de su condición social y a su hermano pequeño que murió al poco, mas de desnutrición que de enfermedad. Habían llegado, tras un desgraciado viaje hasta Salamanca y allí ayudados por las monjas que les acogieron y dieron trabajo a su madre habían logrado sobrevivir.
   Recordaba los limoneros, las calles empinadas y el clima, su dulce clima, mas benigno que el de Madrid, lo cual no dudaba sería bueno para su maltratada salud y su cada vez mas dolorida osamenta. Guardaba la esperanza de encontrar aun con vida a alguno de sus parientes, aunque los que quedaron en la casa eran ya entonces de edad avanzada, pero como alguno perviviera, iba a tener medida cabal en primera persona de cómo los traumas infantiles se mantienen vivos en la memoria de quienes los padecieron.
   Por suerte para ellos, habían pasado a mejor vida hacia tiempo.
    Recogió sus escasas pertenencias, pagó lo que debía, y se despidió de los pocos amigos y de su superior, partiendo para el exilio que le había impuesto la Santa Inquisición, como antes el ejercito, aunque esta vez no le dejaron tirado. Por lo menos le buscaron otro empleo. Claro que, en este caso,  había motivos para ello: el Santo Oficio le temía bastante y al Tercio de Sicilia, Guzmán Ibáñez, se la traía al pairo.
  Apareció en la villa una tarde cuando ya estaban a punto de cerrarse las puertas, acompañado de quien presentó como su esposa; una joven delicada, que dicen estaba de novicia en el convento donde lo atendieron cierto día que, ya de camino a Hispatania,  resultó malherido en un lance con cuadrilleros españoles de la Santa Hermandad. Estos iban persiguiendo un bandido y Guzmán quiso echarles una mano lo que fue malinterpretado por ellos, dando origen a una refriega en la que por poco, una raquítica pulgada, no perdió el ojo que le quedaba. Los mismos cuadrilleros, una vez aclarados los hechos, lo dejaron en el convento, porque era el único sitio de los alrededores donde podían atenderlo.
   Las monjas se afanaron en curarle la herida, pero el solamente tuvo ojo para Raquel, que era quien le llevaba la comida. No recordaba haber visto nunca una mujer tan guapa y tan distinguida. Ni siquiera la reina Ana de Austria a la que vio una vez pasar en su carruaje.
Se habría enamorado de la novicia si hubiera sido capaz, pero ese, era un sentimiento inexistente para Guzmán. Se encaprichó de ella, y como según él una esposa vendría bien para su nuevo destino, investigó con la comunidad para averiguar algo sobre la joven que pudiera utilizar como chantaje. Era experto en ambas cosas, en interrogar y en presionar.
   Preguntó a  las otras monjas sobre el origen y la vida anterior de la novicia. Las hermanas fueron muy discretas, pero como de todo hay en la viña del señor, una de las sores, la mas vieja, le contó por orden directa de la superiora,  que eran conversos —mala gente, nunca pierden del todo su maña, no son de fiar— y le puso en bandeja la ruta a seguir, como si de una carta de navegación se tratara.
   Así pues Guzmán, ante la imposibilidad de enamorarla, se dispuso a coaccionarla sin ambages, con el mismo resultado para sus intereses e incluso mejor; que el miedo es mas perdurable que el amor. Le hizo saber que habiendo llegado a su conocimiento el hecho de su origen judío, tenía dos posibilidades: abandonar de buen grado el convento e irse con el a Hispatania o propiciar que el Santo Oficio investigara a su familia, con grandes probabilidades  de que acabaran en la hoguera por herejes. No necesitaba aclarar que dicha investigación correría por su cuenta, que para eso estaba allí providencialmente.
   La aprendiz de monja, temerosa, pidió ayuda y consejo a la superiora. Pinchó en hueso la pobre conversa, porque la madre no le abrigaba en absoluto simpatía ni que decir afecto, desde que el duque de Toros Bravos, benefactor del convento, pusiera sus ojos lascivos en la joven retirándolos de su maternidad que había sido hasta ese momento el objeto de sus atenciones. Así que la novicia se encontró sola amén de dolorida  y confusa por el desdén de su abadesa a la que consideraba como su madre en aquellas circunstancias. Era una joven ingenua y no se había percatado del deseo que había despertado en el duque, ni de los trajines de este con la priora. En consecuencia,  no tuvo otra que plegarse a los caprichos de Guzmán para proteger a su gente ( eran ciertamente judíos conversos y ella había profesado para acreditar la nueva y buena fe de la familia).  Rogó a una compañera, su mejor amiga, hiciera llegar a sus hermanos la noticia, por el modo que buenamente pudiera, diciéndoles que se iba  vivir a Hispatania con el alguacil, porque no le quedaba otra opción. Que no le dijeran nada a los padres, ya ancianos, para evitarles ese dolor añadido e innecesario. Que en cuanto le fuera posible les haría llegar noticias. Partió llorando, al amanecer, sobre un caballo que la comunidad tuvo a bien regalar al novio con la condición de que se la llevara sin más dilación hacia su nuevo e inopinado destino.
   No obstante, Raquel tuvo suerte el día en el que Guzmán puso su ojo en ella. Vuestras mercedes pensarán que acabo de perder el juicio, pero voy a ponerles al corriente del futuro que le esperaba en el convento una vez que el duque se hubo encaprichado de su belleza y de su candor. 
Por lo pronto, acceder a ser su amante a la par que la abadesa miraba hacia otro lado, con gran pesar eso si, dado que se iba a quedar a dos velas, mientras el duque poseía a la nueva de mala manera.
   Como las desgracias siempre van unidas al igual que las cerezas,  pudiera acontecer con gran probabilidad que resultara preñada repetidas veces, teniendo tantos abortos provocados como pudiera soportar, para continuar siendo la juvenil y atractiva amante del ducal y lascivo viejo verde, hasta que se cansara de ella. Una vez sobrevenido este trance su inmunidad habría llegado a su fin también y la abadesa podría imponerle el castigo que considerara mas adecuado por su pecado de belleza y juventud, por haberle levantado el amante, acción esta última muy fea, por cierto y para que mantuviera la boca cerrada. Los obradores de los conventos son versátiles y por ello hábiles para todo tipo de productos, no sólo yemas. Luego se la enterraría en el cementerio de la comunidad y se avisaría a los deudos de que había muerto de unas fiebres la pobre infeliz, que fue una santa, amada por la  comunidad y sobre todo por esta pobre priora.
   Este sería sin remedio, desde el momento en el que el noble la descubrió, su desgraciado transcurrir conventual.
   Por lo menos en Saláceres podría tener alguna oportunidad, no desconfíen vuestras mercedes.
    En el tiempo que llevaban residiendo en la villa, la gente veía poco a  la joven que vivía recluida en la casa que compartía con el alguacil como si se tratara de un convento de clausura.
   —Es que no le gusta hacer vida social, no está acostumbrada —respondía Guzmán cuando alguien se atrevía a preguntar por ella.
   Este individuo, le pidió al Corregidor poder incorporar como alguaciles menores a su nuevo compinche Benito y al hermano de éste, un retrasado llamado Tadeo, hermanos de un querido amigo del tercio muerto en Lepanto a los que protegía desde que empezó con el Santo Oficio y que le eran fieles como canes. El Corregidor le hizo notar que, en una ciudad tan, tan pequeña, no había presupuesto para otros dos alguaciles.
   —No se preocupe vuestra señoría. Vivirán de las multas.
   —Este es un pueblo de gente pacífica. No obstante lo consultaré con el Alcalde Mayor.
   Era un pueblo pacífico, en efecto, pero repentinamente dejó de serlo y las multas pasaron de inexistentes a cuantiosas. Todo estaba multado. En vez de disfrutar de la paz de la villa y del poco trabajo, la vida de Guzmán había entrado en una barahúnda de violencia y atropellos tal, que le resultaba imposible vivir si no era de ese modo: en lucha continua contra el mundo, pero desde una posición de superioridad que llevara aparejada la impunidad mas descarada y absoluta. Esto último le devino como eterna secuela de su paso por el Santo Oficio. Por ello militarizó la vida de la gente sencilla de la villa. Esta tenía dos partes bien diferenciadas: la de los artesanos, pequeños comerciantes y labradores, de casas bajas y trazado irregular y la parte nueva con palacios y casas de varios pisos, calles rectas tiradas a línea y plazas espaciosas. En esta última no conocían a los alguaciles, aunque Guzmán fuera uno de los vecinos. En la primera los sufrían de continuo.
   Había horas especificas para ir a por agua, a por leña, a lavar al arroyo o simplemente para ir al corral a hacer las necesidades. Por ello los alguaciles eran felices cuando había una epidemia de cagalera. Los salacereños gastaban mas dineros en satisfacer las multas por acudir al corral fuera de horario que en pagar al galeno o al boticario. Para estos casos especiales,  los alguaciles, habían conminado a unos cuantos haraganes, que los que pululan por todas partes, para que les hicieran de vigías, situados en árboles o lugares estratégicos a fin de tener controlado al personal, puesto que ellos no podían estar bebiendo y vigilando a la vez. En varias ocasiones las salacereñas habían sacudido el árbol hasta hacer caer al ojeador que se rompía la crisma en el aterrizaje o con mejor suerte par él, varios huesos menos comprometidos para la existencia o hacían ademán de talar el tronco con una sierra, lo que provocaba que el interfecto tratara de bajar arrojándose de cabeza antes de esperar a desplomarse con atalaya y todo.
   Los dineros recaudados por las infracciones se repartían así: el cincuenta por ciento de todo para Guzmán y el resto a pachas para los hermanos Benítez, que así se apellidaban las dos alhajas llegadas a la villa desde España como las fiebres tercianas.
   Por si esto fuera poco, comían  y bebían de balde donde se les antojaba. Se convirtieron, en muy poco tiempo, en  los nuevos señores de la villa. Robaban lo que les apetecía: cerdos, gallinas, fruta, ropa, armas, caballos. Como le echaran el ojo a alguna mujer ya podía andarse con tiento que ni aún así, se libraba de la persistencia en meterle mano o lo que se terciara de los tres vigilantes de la ley y el orden, que habían caído sobre Saláceres como una horda de buitres sobre una cabra moribunda.
  Los padres, maridos, novios o hermanos ya ni se molestaban en  defenderlas, ni en denunciar la agresión, ni menos aun en vengarlas. Esto último, que al principio era lo primero que se les pasaba por la sesera, había sido a estas alturas desechado por completo, ante el hecho consumado y por tanto irremediable. El mirar para otro lado se había convertido en una costumbre familiar, porque la venganza solamente aumentaba los problemas. Un alguacil agredido era un enemigo de por vida, puesto que los agresores eran fácilmente identificables, incluso para alguien tan mostrenco como Benito y Tadeo, por no decir Guzmán.
   Además los agravios eran asunto compartido y por ende llevadero. Hacía ya tiempo que el saludo habitual entre salacereños varones de clase media hacia abajo,  había mudado de un elevar el mentón con energía no exenta de alegría cada vez que se topaban a  un encogerse de hombros resignado.
   A las mujeres  les sentó como la peste esta abulia familiar. La agresión sin vindicta era una ofensa doble y un motivo de pena mayor aun, porque la indiferencia familiar  ante una vejación es más cruel y duele mucho más que esta, por incomprensible y por injusta.
   Por todo ello,  las mujeres de Saláceres se reunieron un buen día en el corral de la viuda del cuchillero, que era el mayor de la villa, para considerar la posibilidad de constituir,  llevándolo a cabo ante el total acuerdo, una asociación que denominaron “Liga de Mujeres Agredidas” con varios objetivos:
   Primero: aprender a defenderse tal y como lo había hecho Justina, la ahora asesinada hija del herrero. Ella y otras mozas bragadas y recias se encargarían de adiestrar  a las demás
   Segundo: vengar la ofensa por el modo que se pudiera: a pedradas, a estacazos, etc. Daba igual el tiempo que se tardara. A cada  agresor se le asignaría un grupo de mujeres y mas pronto o mas tarde terminaría por sufrir  algún accidente  desafortunado.
   Tercero: prestar auxilio de compañía y consuelo a las victimas, sobre todo a las mas sensibles, para que el agravio no se convirtiera en una condena.
   Cuando ya estaba cerrada la sesión, la hija del panadero propuso otra moción que fue aprobada por unanimidad: Infligir castigo al novio o marido que tras la agresión  mirara  con  asco o desden o ambos, a la agredida  sin otro motivo para ello que el  de haber sido deshonrada por las malas. Era lo que le había sucedido a ella y no volvió a levantar cabeza hasta que al novio le metieron un pepino por el trasero tal y como a Benito, que había sido el agresor. Con éste procedieron de la siguiente manera: Cinco mujeres les estaban esperando emboscadas cuando regresaban borrachos para dormir la mona.  María la lavandera, moza entrada en carnes como le gustaban a Tadeo le salió al paso y le distrajo, sacándole del camino. Las otras tres se echaron encima de Benito, tapándole la cabeza con un saco e inmovilizándolo, mientras la quinta le bajaba los calzones y le encajaba la hortaliza en el recto. Consumado el hecho y siendo apercibida por un silbido,  María  atizaba en plenos morros a un Tadeo babeante y excitado con la batea de lavar, saltándole varios dientes.
   Esto mismo podrían haber hecho los hombres con mayor facilidad, pero no tenían arrestos, ni iniciativa, ni vergüenza, ni compasión, ni nada. En puridad, eran unos cabestros.
   Las mujeres de la Liga, no contentas del todo con los resultados decidieron en asamblea tomar otra determinación. Aunque las agredidas eran preferentemente solteras, o viudas se acordó que en los días posteriores a cualquier nuevo asalto y mientras este no fuera vengado convenientemente las esposas en solidaridad no volvieran a yacer con los maridos. De este modo la vendetta era mas participativa. Hubo infinidad de problemas domésticos a cuenta de esto. Mujeres amenazadas, insultadas e incluso golpeadas por maridos encendidos, lo que llevó a mas de una a claudicar, pero en general la disposición fue bastante bien llevada a término.
   Con todas estas novedades las agresiones disminuyeron pero ni mucho menos se detuvieron. Los alguaciles hacían gala de una lujuria impenitente animada, siempre,  por el alcohol. Para cortar el problema no hubo otra que pasar a mayores. Las mujeres de la Liga contaron para ello con la ayuda de algunos hombres con vergüenza los que todavía quedaban en la villa, por suerte.
   Ya se lo referiré a vuestras mercedes a su debido tiempo.
   Al margen de la Liga y sobre todo tras el último acuerdo, el pueblo llano que los odiaba a muerte por tantos motivos, constituyó una comisión para  elevar una queja ante el Alcalde Mayor. Estuvieron tan cargantes que éste no tuvo otra que trasladarla  al Corregidor, quien ya había advertido en anteriores ocasiones que su egregia persona no estaba allí para solucionar zarandajas entre vecinos y vecinos o entre vecinos y alguaciles que venía a ser lo mismo. Además  el inquisidor había sido muy claro: que Guzmán se quede ahí para siempre.
   A ver quién era el guapo que osaba llevar la contraria a la Santa Inquisición de España y Portugal.




El marqués



   Don Nuño García de las Asturias, marqués del Enhiesto Miembro (no se escandalicen vuestras mercedes, todos los títulos nobiliarios en Hispatania son igual de hirsutos, ya tendrán ocasión de comprobarlo. Bien mirado, la verticalidad tiene sentido en estos casos, dado que los titulares están agrupados en la misma rama de actividad), hacía años que vivía retirado de batallas y de guerras y del mundo en general,  en su casa palaciega de Saláceres.  Capitán  de los Tercios, regresó tras Lepanto, malherido y maltrecho de cuerpo y espíritu, deseando solamente morir para descansar de una vez.
   Pero, con el terco empeño de su ama Virtudes y los saberes un poco diabólicos del sanador Gundemaro-el marqués aborrecía la medicina tradicional-se repuso contra su voluntad tras una larguísima convalecencia, aunque le quedó como recuerdo una cojera bastante ostensible, que se acentuaba cuando cambiaba la estación, el talante mas agrio que la leche de cabra abandonada a su suerte bajo el sol de agosto y su capacidad amatoria que tanta fama y blasones le había otorgado en tiempos, reducida a la nada. Porque el arcabucero había tenido muy buena puntería, el muy hijo de mala madre.
   Don Nuño había sido en su momento, un amante eficacísimo con fama en Corte, mas por esto, que por su buen hacer como capitán en los Tercios italianos del rey de España. Cosas de la vida.
   Permítanme una digresión precisamente aquí, para ilustrarles mejor sobre las heridas del marqués, aclaración muy pertinente en la historia que nos ocupa. Agradezco en lo que vale la vuestra benevolencia.
   Se afirmó que don Nuño había sido alcanzado por un arcabuz jenízaro, pero el marqués siempre tuvo la sospecha de que el bien dirigido proyectil había provenido de la Liga Santa; voy a explicaros el motivo de esa presunción, para lo que no tengo mas remedio que haceros una breve sinopsis de aquella sangrienta batalla  “la mas alta ocasión que vieron los siglos”, según afirmó años mas tarde un tal Miguel de Cervantes, soldado en la galera de don Lope de Figueroa. Fue ciertamente una alta ocasión que cambió el destino de Europa para siempre.
   Como supongo conocen de sobra vuestras mercedes, por ello no pienso extenderme, los turcos y los corsarios berberiscos incursionaban a su antojo por Europa y el Mediterráneo, en aquellos años de conquistas y expansiones, atacando y sitiando reinos y costas hasta que en 1529, los jenízaros fueron, al fin, detenidos a las puertas mismas de Viena, tras invadir media Europa del este. En los tiempos del sultán Solimán, la política de la Sublime Puerta tuvo como objetivo Italia, por lo cual mas temprano que tarde iba a tropezar con los intereses españoles. En 1565 Solimán ataca Malta un lugar clave para controlar el paso por los estrechos del Mediterráneo Central y una plataforma excelente para campañas sobre Italia. En 1566 sube al trono de la Sublime Puerta el sultán Selim quien alienta la guerra santa con argumentos panislamistas parecidos a los contrarreformistas de Felipe II. Se veía venir el enfrentamiento mas o menos pronto. A mayor abundamiento, Selim ayuda a Dragut, bey de Argel, en sus incursiones contra Túnez y La Goleta y a la vez prepara una ofensiva contra los puntos clave del comercio europeo en Oriente.
   En 1570 los turcos toman Chipre, clave de los intereses económicos de Venecia y el Papa convoca con urgencia una unión de escuadras cristianas que resulta un fracaso del que los jefes se culpan mutuamente. La armada  turca es considerada invencible por los cristianos desde entonces.
   Ante esta imparable expansión, en febrero de 1571 un pacto entre Venecia, la orden de Malta, el papa Pío V y España, da origen a la Liga Santa por un periodo de validez de tres años, con generalísimo español como no podía ser de otro modo y un capitán general por cada nación firmante.
   Se elige Mesina como puerto de reunión. Los primeros en llegar son los venecianos con cuarenta y ocho galeras y cinco galeazas. Mas adelante se añaden unidades hasta completar ciento seis galeras, seis galeazas, dos naves y veinte fragatas. Poco después arriba la  flota del papa con doce  galeras. De Barcelona parten Juan de Austria y Sancho de Leiva con noventa galeras, veinticuatro naves y cincuenta fragatas y bergantines. Recogen en La Spezia tropas alemanas e italianas, llegando a Nápoles el nueve de agosto y a Mesina el veintitrés.
   Hasta Mesina se desplazó monseñor Odescalco portador de las indulgencias que el papa concedía a todos los embarcados junto con un relicario que contenía restos de la Vera Cruz a repartir entre los capitanes de la armada. La Liga recibió como insignia un estandarte azul, diseñado por Pio V, decorado con Cristo crucificado y la Virgen de Guadalupe mas los escudos de España, el Papa y Venecia. La flota turca recibió como insignia un estandarte de seda verde elaborado en La Meca, adornado con la Media Luna y versículos del Corán.
   La flota partió el tres de octubre e hizo escala en la isla de Cefalonia donde hallaron un bergantín veneciano que informó que Famagusta en Chipre, se había rendido dos meses atrás. Los turcos habían hecho esclavos a los soldados, ejecutando a los oficiales, mientras que el comandante de la plaza, Marco Antonio Bragadino, había sido desollado vivo a fin de rellenar su piel de paja para ser colgada del palo mayor en la nave insignia turca. Consternados por las noticias, sobre todo Veniero el almirante veneciano amigo personal de Bragadino, se hacen a la mar de nuevo para arribar a Petala el sábado día seis de octubre.
   Álvaro de Bazán aconsejó presentar combate al día siguiente frente a Lepanto. Esta maniobra permitió cerrar el golfo y dio tiempo para una perfecta colocación de la armada.
   Don Juan de Austria, hermano de padre del rey Felipe, el segundo, y almirante de la Liga, con Luis de Requesens como consejero, constituyó una escuadra central en la que formaban sesenta galeras, flanqueadas por otras escuadras menores. A bordo iban cuatro tercios españoles: Lope de Figueroa, donde servía Guzmán Ibáñez, Diego Enriquez, Pedro de Padilla, y Miguel de Moncada. La infantería italiana era también de gran calidad. Sin embargo la veneciana provocaba en el almirante cierta desconfianza; las naves eran viejas y estaban descuidadas y la tropa era poco disciplinada, por ello don Juan repartió cuatro mil de los mejores soldados en las galeras de la Señoría y las hizo navegar entremezcladas con las de España.
   En el ala derecha de la formación se situó la escuadra de Gian Andrea Doria, en el ala izquierda Agostino Barbarigo y en el centro el mismo don Juan de Austria a bordo de La Real flanqueado por las capitanas de Venecia y el Papa y las galeras de los príncipes de Parma y de Urbino. Don Álvaro de Bazán, en una de cuyas galeras navegaba don Nuño con su compañía, tenía la misión de maniobrar con su escuadra de refuerzo hacia el sitio más débil, confiando a su experiencia el modo de mejor llevarlo a práctica. Las imponentes galeazas pasaban adelante para formar la línea de vanguardia. Al alba del día siete de octubre de 1571, la flota cristiana con doscientas treinta y una galeras se hallaba situada en la entrada del golfo de Patrás, impidiendo la salida a mar abierto.
   Al poco la flota turca, navegando con el viento a favor, fue divisada por los serviolas dirigiéndose a Lepanto. Ali  Pachá estaba al mando de doscientas sesenta galeras, más las naves del corsario argelino Uluch Alí, antiguo fraile franciscano.  El despliegue de la armada turca era similar al de la Liga, con tres escuadras, más una reserva. Del mando se encargaron, en el ala derecha el virrey de Alejandría conocido por los cristianos como  Mehemet Sirocco, lo que le haría enfrentarse a Barbarigo. En el centro Ali Pachá, aconsejado por Mohamed Bey, a bordo de la nave capitana, La Sultana, y en el ala izquierda Uluch Ali, el renegado, con una dotación mayoritaria de corsarios berberiscos. La flota turca era superior a la cristiana, sin embargo la escuadra de reserva de Murat Dragut, sólo contaba con ocho galeras.
   A las siete de la mañana las dos escuadras se divisan. Un cañonazo turco desde La Sultana de Ali Pachá pide batalla que es aceptada por medio de otro cañonazo desde La Real de don Juan de Austria. Este comprueba el orden del ala derecha mientras Requesens hace lo mismo en la opuesta. Don Juan arengó a los venecianos comandados, la parte más débil de la flota, diciendo: Hoy es el día de vengar afrentas; en las manos tenéis el remedio a vuestros males. Por lo tanto menead con brío y cólera las espadas.  Luego se volvió hacia los suyos con estas palabras: Hijos, a morir hemos venido o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿Dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad.
   En el otro bando, Ali Pacha se dirige de este modo a los cautivos cristianos: Si hoy es vuestro día, Dios os lo de, pero estad ciertos que si gano la jornada, os daré la  libertad. Por lo tanto, haced lo que debéis a las obras que de mi habéis recibido
   En el lado cristiano Barbarigo, al mando del flanco izquierdo, recibe ordenes de pegarse a la costa, para evitar que las galeras turcas le sobrepasen y efectúen una maniobra envolvente. El centro de la formación se coloca de inmediato a su lado, pero el cuerpo derecho comandado por Andrea Doria, tarda en incorporarse dejando un espacio libre entre el centro y el ala derecha.
   Don Juan envía a las galeazas una milla por delante. Allí esperan casi inmóviles a la flota turca. Son como una avanzada de gigantes, surgidos del fondo, aguardando pacientes sobre las aguas quietas del golfo.
   Los remeros cristianos describen a Ali Pachá las características de aquellas fortalezas flotantes. El almirante turco ordena aumentar la boga para pasar de largo cuanto antes, pero las galeazas logran hundir dos galeras, dañando muchas otras y desbaratando la formación que no logró recomponerse, dado que algunas naves comenzaron a hacer ciaboga, tratando de huir de aquellos monstruos con apariencia de naves. Al obedecer la orden de acelerar la boga, fustigando con los rebenques a los galeotes, el cuerno derecho de la media luna que formaba la escuadra,  se adelantó sobre el resto de la formación y entabló combate con el cuerpo izquierdo cristiano, logrando algunas galeras pasar entre las fuerzas de Barbarigo y la costa, mientras la capitana es atacada por varias galeras turcas, muriendo Barbarigo en pleno combate de un flechazo en un ojo. Cuando su nave está a punto de ser apresada, el resto de galeras acude en su auxilio, logrando que los turcos se retiren. Varias naves turcas varan en la costa y sus tripulaciones huyen por tierra en todas direcciones, tratando de ponerse a salvo sin orden alguno, pese a los gritos de sus mandos ordenándoles regresar.
   En el centro, la Sultana de Ali Pachá embiste proa con proa a la Real de don Juan de Austria. El choque es tan brutal que el largo espolón de la nave turca penetra hasta el cuarto banco de la cristiana, pero al inclinarse con el golpe, recibe en cubierta todo el fuego de artillería y fusilería de la Real, lo que produce un estrago terrible, pues a la segunda descarga no quedaba ni un alma turca sobre la crujía de la nao capitana. Ambas galeras se habían unido en un abrazo mortal que sólo podía terminar con la victoria o la derrota de una de ellas. La Sultana contaba con el apoyo de la galeras de Hodja y de Mohamed Bey, más otras siete y dos galeotas. Los jenízaros abordaban la Sultana por la popa y se unían al combate. La Real tenía trescientos soldados de los tercios a bordo quienes vaciaron sus arcabuces y saltaron a la capitana turca desde su cubierta mas elevada, al tiempo que otros marineros les cubrían  con su fuego desde la arrumbada.
   La Real debería estar flanqueada por Requesens y Juan Bautista Cortés más las capitanas de Veniero y Colonna, pero estas se habían enzarzado con otras turcas y solo podían ofrecer un fuego parcial de apoyo a la capitana cristiana. El  viejo almirante veneciano tenía un marinero recargándole arcabuces para disparar constantemente. Deseaba vengar la atroz muerte de su amigo Bragadino lo mejor que pudiera.
   Por fin Colonna, Veniero, el duque de Parma y Urbino se ponen al costado de la de don Juan formando una piña de galeras turcas y cristianas en las que se lucha cuerpo a cuerpo con una saña infinita. Álvaro de Bazán interviene cortando el paso al resto de galeras turcas y enviando doscientos hombres de apoyo a la Real.  En el fragor del combate un galeote español corta la cabeza de Ali Pacha, herido en cubierta, con su hacha  de abordaje y otro se la presenta a don Juan ensartada en una pica. Cuando el pabellón español es izado en el palo mayor de la Sultana, comienza la desbandada en el lado turco.
   Mientras esto sucede entre las naves capitanas, en el ala izquierda Uluch Ali, el antiguo fraile franciscano, ahora corsario, observa un hueco entre el centro y el flanco izquierdo cristiano y hace ademán de apartarse del centro turco para que Andrea Doria pique y le siga, haciendo mas grande la brecha. Doria cae en la trampa y una vez que Ali considera que el hueco logrado es suficiente se lanza contra el costado derecho del centro cristiano, causando estragos a la capitana de Malta, a diez galeras venecianas, a dos del papa y a otra de Saboya. Acude Juan de Cardona con ocho galeras, pero es Álvaro de Bazán con la escuadra de reserva quien consigue detener el ímpetu del ataque turco que a punto estuvo de cambiar la suerte del combate. Uluch Ali al observar que todo el centro se dirige a atacarle y que las galeras de Doria están a punto de regresar, corta los remolques de las naves que había apresado y huye con dieciséis galeras.
   A esas alturas el caos es total. El combate se generaliza sin orden ni concierto y las galeras se persiguen y se confunden dándose el caso de naves turcas defendidas por españoles y corsarios berberiscos navegando con pabellón de Malta. Hay en la mar tantos muertos que las naves parecen haber encallado entre cadáveres. Se lucha sin tregua hasta el anochecer.  Cuando don Juan, herido en un pie, da la orden de refugiarse en Petala ante la llegada inminente de una tormenta, la galera donde combatía don Nuño pone rumbo a puerto, como el resto. Por el camino se cruzan con naves turcas rezagadas en las que no se ve un alma. Son como fantasmas a los que el viento compadecido empuja fuera del golfo rumbo a casa. A trechos se cruzan con  alguna galera cristiana que parece perseguirles, pero en la que navegan corsarios berberiscos tendidos sobre la crujía, moribundos. Los cristianos que han ganado la batalla y se dirigen a puerto no tienen mejor aspecto y los heridos en sus naves van desparramados también por donde buenamente pueden. Unos y otros se contemplan pasar en silencio y sin parpadear. No tienen fuerzas ni para mover los ojos. Es en el preciso momento en el que una galera de la Señoría se pone a babor de su nave, cuando el capitán, con dos heridas muy feas en una pierna y con un flechazo en el brazo izquierdo, recostado sobre el castillo de proa y ofreciendo un blanco tentador, recibe el fatídico disparo. Hubo quien afirmó que se trató de un tirador jenízaro revuelto entre los cristianos que fue descubierto, precisamente por un hispatano, y partido casi por la mitad de un mandoble por otro que arrojó su cadáver al mar.
   Esto se dijo, mas nadie lo vio.
   Hecha esta necesaria y pertinente aclaración, narremos los hechos por su orden natural.
   Acontecía, que nuestro señor el rey de Hispatania en aquellos años gloriosos, el segundo don Juan, era un hombre hiperactivo en el amor, cuya mayor  afición consistía en yacer con cuanta mujer se le pusiera, o le pusieran, a tiro y teniendo las mas de las veces cientos y hasta miles de asuntos revueltos en la mollera, resultaba previsible que la sangre no le bajara de allí; por ello, comenzó a tener problemas para bien cumplir, como antaño solía, con la multitud de señoras que gustaba cobijar bajo sus reales sábanas. En mas de una ocasión y ante el flagrante gatillazo, tuvo que improvisar una excusa para no quedar en evidencia. Estas cosas son propias de plebeyos, a un rey no le suceden jamás.
   Para disimular, había acordado una contraseña con su ayuda de cámara y cuando la cosa estaba claro que no iba a funcionar, gritaba eufórico: ¡Roma no paga a  traidores!, como si fuera a entrar en acción, cuado era todo lo contrario.  ( Los hispatanos eran descendientes de Viriato de ahí lo del grito que si no, hubiera podido ser mas corto y mas discreto). Al momento, el ayudante entraba en los reales aposentos y mentía: Majestad un correo muy urgente. El rey se iba fingiendo enorme contrariedad y acto seguido aparecía en la alcoba  una doncella  a fin de ayudar a la dama, que se había quedado a dos velas,  a vestirse.
   —Señora, el rey ha tenido que ausentarse.
   —Pues vaya por Dios.
   De vez en cuando puede entenderse, pero es que iban siendo demasiados los resbalones y las mujeres comenzaban a resistirse a los encantos del rey, si es que en algún tiempo los había tenido.  Se metían en su cama porque era el rey, nada mas, no nos engañemos. Claro que a él esto tampoco le importaba. Pero ahora parecía haberse desatado en el país  una repentina epidemia de jaquecas femeninas y la mayoría de las damas hispatanas, cada vez que el rey las requería, perjuraban  haber  sido tomadas por la cefalea,  tal y  como la vecina, imitada  y querida España había tomado el Nuevo Mundo: por sorpresa y por las bravas. Porque dejar sus quehaceres, mentir al marido, hacer el camino y quitarse la complicada vestimenta,  para casi nada, no merecía la pena por muy rey que fuera el amante y por muchos aderezos de rubíes que les hiciera llegar después.
   Todas las mujeres de buen ver de la nación y algunas extranjeras poseían una surtida colección de corindones rojos, pareciera que el monarca no conociera otra gema, de todos los tamaños y con todos los engarces y todas las combinaciones posibles. Algunas damas poseían tantos que incluso los regalaban a sus doncellas. El secretario del rey para estos menesteres llevaba una relación exhaustiva de las diferentes alhajas obsequiadas, ora collar, ora pulsera, ora broche, ora pendientes, ora diadema, a cada amante. Pero una tarde ventosa  en la que olvidó cerrar los balcones, perdió en parte los  papeles que levantaron el vuelo, alcanzando la libertad antes de que el pobre funcionario lograra detenerlos, provocando con ello un pequeño caos contable y amatorio ya que algunas damas al ver repetidos los aderezos, cosa irremediable por mucho que el secretario tratara de  estrujarse la memoria, interpretaba el descuido como una falta de consideración hacia su persona.. Esto hizo aun más difícil al soberano encontrar fautora
   La Corte mas preocupada aún que el monarca, cesó primero al atolondrado secretario al que envió a galeras y luego, hizo venir galenos de todos los países conocidos, para tratar de corregir la disfunción real. Ante el fracaso de la medicina digamos tradicional, llegaron sanadores que se revelaron igual de ineficaces y más tarde brujos y brujas portugueses y españoles a los que se prometió, aparte de dineros,  asilo político  para librarse de la Inquisición inexistente en Hispatania. Asilo que se haría efectivo en caso de curar a don Juan II, de lo contrario serían devueltos a la frontera con su país respectivo y que Dios o el Diablo les amparen si lo tienen a bien, que el rey no tiene porqué.
   Como los estudios, saberes, remedios  y conjuros de todos ellos no sirvieron para nada, que casi envenenan al monarca con tanto bebedizo y casi le desuellan las partes con tanto ungüento, su secretario le presentó otra posible solución: Don Nuño de las Asturias.
   Haré otro brevísimo paréntesis porque observo que vuestras mercedes se preguntan por el remedio de nuestra señora la condesa. Recordad que nuestro señor el tercer conde ordenó erradicar la planta del país en aquel ataque de cólera que le minó la salud y terminó con el escaso valimiento que ya le merecía la condesa. Si en el momento presente, se hubiera podido enterar de la urgencia de Juan II se hubiera vuelto a morir de la risa o, aun mejor,  hubiera salido de la tumba para burlarse en la cara del monarca caso de haber podido. Porque mi señor jamás perdonó al antepasado del actual rey su oportunismo y su codicia y, tras casi un siglo enterrado, el recuerdo de aquel día nefasto en el cual no le había quedado mas opción  que resignarse a compartir los réditos de sus buenos negocios con el soberano al que debía obediencia como cualquier vasallo, le provocaba un ataque de excitación tal que su osamenta se agitaba y sus huesos cambiaban de posición, conformando un tratado completo de modos  diversos y curiosos de disponer el esqueleto humano. Tantas veces le había ocurrido que sus restos eran ya un batiburrillo sin orden alguno incapaces de volver a su posición inicial.
   Por ello a mi señor le hubiera divertido sobre manera comprobar como había sido vengado, con el paso del tiempo, por una parte tan exigua de la anatomía del actual sucesor de su rey, que desconociendo la obediencia debida a un soberano actuaba por su cuenta de modo independiente y no le daba la gana de someterse a sus dictados. No le rendía vasallaje ni le había jurado fidelidad y si lo había hecho, lo obviaba con absoluta insolencia. Lo que debería haber hecho el. Claro que a el le esperaba la horca y al miembro viril, por lo menos hasta ahora, del monarca es de cajón que no se le podía aplicar semejante castigo.
   Retornando a don Nuño: Había fornicado con  media España y toda Sicilia y se le atribuían hijos por todas partes. Muchos mas que al rey, ni punto de comparación. Sus compañeros aseguraban no haber visto nunca nada igual.
   Mejor solución hubiera sido aceptar los hechos como irremediables, tratando de copular menos y probablemente, con mejores resultados. Pero esto a Juan II, amante compulsivo,  le resultaba imposible. Es un ser lascivo, lujurioso y concupiscente. Estas redundancias eran la opinión que del rey tenía su confesor, que dejó de serlo en cuanto comenzó a darle la vara en exceso. El rey era un hombre débil, adicto a cualquier cosa que le produjera placer. Incluso algo tan nimio como la fornicación. Esto último era también opinión de su confesor que no lo había catado, supongo.
    Así que acordaron en consejo secretísimo y urgente, licenciar a don Nuño, que por aquel entonces andaría por los treinta,  y con la excusa de necesitarle para una misión muy especial y discreta, le trajeron de vuelta a la capital del reino, Madisboa, y le instalaron en palacio. Tuvo que engordar unas libras para semejarse a Juan y llevar su misma barba. Daba el pego de modo aceptable, aunque el capitán era más alto, más joven  y más apuesto que el monarca.
   Don Nuño se había hecho por el camino todo tipo de conjeturas acerca de cual sería la misión tan secreta que iban a encomendarle. Quizá lo requirieran como espía, aunque  no comprendía que, ni donde tenía que espiar para Hispatania, a no ser que al rey le hubiera dado ahora por pasarse al enemigo. Cosa poco probable, puesto que, mirando la situación del país, entre España y Portugal,  ambas naciones sólo tenían que extenderse unas leguas a izquierda y derecha para aplastarlo entre medias como una nuez si osara ponerse en su contra o les hiciera alguna felonía.
   Además, Nuño era un capitán de los Tercios de España nada mas y nada menos, no servía para correveidile. Sería una ignominia procurar semejante destino a su laureada persona.
   Una vez en palacio, se apercibió enseguida que iba a suplantar al rey o por lo menos a servirle de doble, sin embargo no alcanzó a comprender en que menesteres. Cuando le pusieron al corriente, no daba crédito; cortar de este modo su carrera militar impidiéndole llegar a maestre de campo, para obligarle a sustituir al monarca en caso de gatillazo era algo que nunca hubiera llegado a imaginar por mucho que forzara la imaginación. Seguro que tampoco se le habría ocurrido a un conocido suyo llamado Miguel, soldado también en el Tercio de don Lope de Figueroa,  que gustaba de escribir novelas y obrillas de teatro y del que todos decían tenía una creatividad disparatada. Es que no conocían a Juan II y su cohorte de aduladores.  Esa camarilla eran capaces de idear cualquier cosa. Cuando se ponían a discurrir eran mas temibles que los elementos desatados sin control y el caos que podían llegar a provocar, también.
   Vestidos iguales con los mismos colores incluso, Juan y Nuño, salían cada uno de sus aposentos y se daban cita en la antecámara cuando el rey estaba en palacio o si no, el capitán acompañaba al monarca a donde fuera a  ser el lance amoroso de la jornada y aguardaba al lado de la alcoba por si se precisaban sus servicios.
   Con la habitación ya en obligada oscuridad si el monarca notaba que aquello no iba a funcionar, se levantaba y decía a la dama:
   —Disculpe un momento vuestra gracia
   Salía y entraba don Nuño, que sustituía a Juan durante toda la noche. Sin tregua. Hubo dama que pidió socorro, por compasión, porque ya  no daba más de si, estaba exhausta. Húbolas que fueron incapaces de echar a andar tras la noche de amor, las agujetas no les permitieron ni ponerse en pie. Pero las mas quedaron encantadas y la nueva fama amatoria del rey, plena de variedad e imaginación,  creció y corrió de boca en boca  y de salón en salón por toda Hispatania y reinos limítrofes, curando las epidemias de jaquecas, presentes y venideras y aumentando las reservas de rubíes en cada mansión del pequeño reino donde habitara una mujer medio potable.
   La existencia de don Nuño se vio reducida a  comer, dormir, aguardar y  fornicar. Hubiera preferido haberse quedado impotente o que las huestes del renegado Uluch Ali le hubieran hecho prisionero, o que los buitres se lo hubieran comido  vivo o lo mejor, haberse muerto luchando por Dios y por España, atravesado por una saeta de ballesta, muerte muy dolorosa según afirman. También podía haberse negado, pero ya le advirtieron de entrada y por si las moscas, que la negativa llevaría aparejada un paripé de proceso y la muerte en la horca colgado de un árbol como un malhechor.
  Esta vida de ahora era como una burla del destino por su desmedida fogosidad. ¿No querías caldo?, pues toma tazas. Aunque esto siempre fue para él mas un problema que un alarde de masculinidad. Quizá se hubiera topado con el Epimedium en algún momento de su vida, por no se sabe que retorcidas casualidades y le ocurrió lo que a los buenos frailes, sólo que aquí al no existir por fuerza voto de castidad, el efecto fue muy bienvenido.
   En principio.
   Cuando don Nuño andaba casi por los cuarenta, estaba hasta la montera de tanta suplantación. Además había mujeres que, en la inexcusable oscuridad, lo palpaban sin miramientos, para luego difundir por la ciudad sus sospechas de que el amante no era Juan, porque el rey tenía otros atributos, mas menguados y olía de otra manera, como mas a doncella. Y este, estaba mucho mejor dotado y olía a hombre. Además había otra diferencia, el rey hablaba como un poseso mientras hacía el amor, a la par que don Nuño era silencioso como un muerto. El rey a veces exponía toda una estrategia militar  con avances, exploraciones y penetraciones más o menos memorables,  mientras el capitán estaba solamente a lo que estaba. Esto era algo que se les pasó por alto consensuar. Y naturalmente las señoras se apercibían del matiz, que era muy evidente.
   En el preciso momento en el que estos rumores estaban en su punto álgido y la misión comenzaba a volverse peligrosa, porque algunas damas habían ideado una trama secreta para comprobar la sospecha, Juan convocó su Consejo de Guerra que tenía como único consejero a su cuñado don Fadrique y se dispuso a organizar otra campaña contra los turcos, obedeciendo la llamada del papa y ayudando a su primo el rey de España Felipe II. Como consecuencia de ello, y porque ya tenía una edad, que caramba, sus asuntos amorosos se fueron restringiendo. Aprovechó don Nuño para rogar  que le permitiera reincorporarse al Tercio de Sicilia y participar en la batalla naval que se estaba preparando. Juan accedió, para  alivio del capitán que ya no aguantaba más; había pensado, incluso, en el suicidio, muerte menos oprobiosa que la horca para un caballero.
   El monarca, generoso, había tomado la decisión de otorgarle antes de la despedida,  un marquesado, como recompensa por los servicios prestados, añadido al buen dinero que habían acordado el rey y sus consejeros en estos asuntos; unilateralmente, faltaría mas. Que todo ello se lo había merecido con largueza. Nunca mejor dicho.
   Cuando el secretario le hizo saber el título que le concedían, al capitán casi le da un pasmo.  Más que un agradecimiento le pareció una burla. Columbró cierta envidia y cierto rencor mal disimulado, a pesar de haber servido fielmente al rey como suplantador de fornicio, que podía haber sido un nuevo oficio en las cortes de Europa o tal vez lo fuera, que no hay muchas novedades bajo la luna. El jamás se vanaglorió de su apetito sexual. No era una adicción, como lo era en el rey; era una condición contra la que no podía luchar y de la que el monarca, siempre al quite de las habilidades ajenas, se había aprovechado con abundancia.
—No lo mal interpretéis —le dijo el secretario, con una sonrisa socarrona—Se refiere a vuestro brazo, siempre en alto con la espada desenvainada, dispuesto a servir al rey.
   ¡Que felones!. Encima le tomaban por imbécil. Pero, quien osaba enmendarle la plana a su serenísima majestad  Juan II. Nadie. Así que tuvo que aceptar y agradecer la distinción.
   A los camaradas del Tercio, que se alborozaron con su regreso, les pareció tan bien el título, que no se les paso por la cabeza, ni por un momento, que se refiriera al brazo. Aunque no acertaban a comprender como se había enterado Juan de Hispatania, al que tenían por un místico, de las dotes de Nuño.
   ¡Que poco conocían el percal! Es el sino de los pueblos ibéricos. Jamás conocen las flaquezas, ni las costumbres, ni las intenciones de quienes les gobiernan.
   Don Nuño abandonó Hispatania jurando no regresar jamás a un país donde el rey engorda su fortuna alquilando las naves al rey de España, para despilfarrarla luego, en parte, regalando joyas a las damas con las que copula-cuando lo consigue- y pagando los servicios de un doble en fornicio para conservar su fama de buen amante. Al capitán le incomodaba sobre manera que su rey perdiera el tiempo en juegos amorosos y guerreros desde su palacio en Madisboa. Porque Felipe, por lo menos, apareció en San Quintín pero Juan no salió nunca de Hispatania.  Se sabía que jamás había visto la flota que amarraba en Cádiz, ni tan siquiera el mar.
   El monarca hispatano alquilaba su escuadra formada por veinte galeras y seis bergantines a su primo Felipe por una buena suma. Los soldados eran en su mayor parte españoles y portugueses, porque en Hispatania no había gente para tanto. En principio los remeros, tanto en España como aquí  eran chusma condenados a remar por cualquier delito, pero con el tiempo Hspatania los sustituyó por remeros profesionales, porque el país era tranquilo y apenas se delinquía y cuando sucedía, el delito era tan nimio que la condena a galeras resultaba a todas luces exagerada, tanto, que podía ser contraproducente y en vez de servir como ejemplo propiciar una revuelta contra tamaña injusticia y que fuera el rey quien acabara remando. Porque aunque los hispatanos eran renuentes a las rebeliones no faltaría nunca el iluminado que los acaudillara y los terminara levantando en armas como sucede siempre que alguien quiere cambiar algo a su favor, aunque vendiendo la escoba al mundo de hacerlo por el bien de la patria y de sus conciudadanos. Hay ejemplos, no crean vuestras mercedes que me invento nada.
   Así que, por si las moscas, nuestro rey hacía  negocios al margen de sus súbditos como todos, pero sin aprovecharse de ellos.
   Don Nuño servía, desde joven,  en los Tercios españoles por ser  de origen asturiano por parte materna. Su padre fue un caballero hispatano bachiller, licenciado y doctor en leyes por la Universidad de Salamanca, que siempre residió en Madrid y su madre una española de Pravia, descendiente de los reyes astures. Nuño demostró desde la infancia una obstinada vocación militar. Era el terror de las niñeras y ayas a las que era experto en despistar para dedicarse a sitiar y a hacer la guerra a cualquier cosa animal, vegetal o mineral que se pusiera a tiro. Los perros de la casa con el rabo entre las patas, se negaban a  abandonar su caseta en cuanto el niño salía al jardín y los gatos propios y ajenos escapaban al exterminio subidos a los árboles mas altos, incluso al tejado. Las plantas del jardín o las hortalizas del huerto perfectamente alineadas eran ejércitos enemigos a los que reducir con la escoba antes de que tomaran al asalto la fortaleza o antes de que consiguieran llegar a Valencia para embarcar, porque no siempre era soldado a veces era bandolero, mucho mas divertido y excitante, como todo aquello que se posiciona al margen de la ley. Mas de una vez lloró amargamente el hortelano al ver sus lechugas  reducidas a un montón de verdes despojos babeantes o los tomates convertidos en sangre pastosa a palo limpio o aquellos tubérculos exóticos y sustanciosos traídos del Nuevo Mundo esparcidos sobre la tierra, aun sin completar el desarrollo requerido, porque Nuño había arrancado de cuajo sus preciosas ramas verdes transformadas por su guerrera  imaginación en  cabelleras de monstruos emergidos desde grutas tan invisibles como inexistentes. Estaba claro que sería soldado de adulto. Podría haber sido también pirata o salteador de caminos, pero dada su cuidada educación, mas propios fueran para él los ejércitos de  su serenísima majestad. Estaba predestinado, como si dijéramos, aunque fuera hijo único y tuviera doblones en abundancia. No fue soldado por necesidad, lo fue por vocación.
   Comenzó en el tercio de don Lope de Figueroa, quien tras varias campañas en el Mediterráneo con desigual fortuna, pero en las que Nuño demostró con creces su valía, le envió a Madrid con cartas que el mismo y don Juan de Austria le dieron para Felipe II. En ellas se recomendaba al rey que le otorgara el mando de una compañía. Nuño hizo el viaje desde Nápoles en la galera Sol y llegó a tiempo para ver aun con vida a su padre que falleció al poco del regreso del soldado, muy orgulloso porque el rey en persona había distinguido a su hijo con el grado de capitán.
   El capitán de un Tercio era alguien  designado por el propio monarca para mandar una compañía, teniendo potestad para decidir  el arma de la que va a ser formada. En la de don Nuño amante de la variedad, siempre hubo mezcla de armas: Picas, arcabuces y mosquetes. Por encima del capitán, en el Tercio, solo estaba el maestre de campo y el rey. Esto da idea de la relevancia del cargo.  A los capitanes se les concedía la extravagancia, permítanme la expresión,  de un paje de rodela; muchachos que se colocaban en el combate delante de ellos para protegerles con su rodela, saliendo siempre muy mal parados, como es de  suponer. A don Nuño esto le parecía indecoroso y jamás lo consintió en su compañía. Fue un militar admirado por sus camaradas y querido y respetado por sus soldados. Un caballero, en una palabra.
   Siempre fue don Nuño defensor a ultranza de pagar con puntualidad a la tropa. Era sabido por todos, rey incluido, que cuando la paga se retrasaba (hubo momentos que hasta treinta meses) el Tercio se amotinaba aunque jamás pusieran en duda su fidelidad a España y al rey. Era entonces cuando el saqueo descontrolado pasaba a ser el modo de  resarcirse, tanto de bagajes del enemigo como en pueblos y ciudades. Don Nuño recordaba lo que le habían referido del saqueo de Roma en 1527, que llegó a extremos inhumanos de barbarie y destrucción. Hasta los dedos y las orejas de los cadáveres fueron cortados para llevarse las joyas y familias enteras, niños inclusive, torturados para que entregaran  el dinero.
   El marqués no quería bajo ninguna circunstancia que esto se repitiera en Sicilia  contribuyendo a aumentar la negra fama que los enemigos vertían sobre los ejércitos de España. En alguna ocasión en la que la paga se retrasó demasiado don Nuño anticipó el dinero de su propia fortuna para evitar que sus hombres, rudos si, y poco honestos quizá, pero disciplinados y valientes como pocos se convirtieran por mor  de la incompetencia de los encargados de la  Hacienda hispana en vulgares malhechores.
   Tras la gloria de Lepanto, olvidando lo jurado en aquel momento de rabia contra su rey, regresó a Hispatania, mas muerto que vivo, y se quedó para siempre en la ciudad y en el palacio de su familia paterna, donde esperaba morir tranquilo. La lectura era casi su única distracción  aparte de las amenas conversaciones que mantenía con una armadura que montaba guardia en el comedor y a la que llamaba don Gonzalo en homenaje al Gran Capitán de los Tercios de España,  al que admiraba mas que a nadie en este mundo de ahora tan poco creativo. Muchas noches en los largos inviernos ensayaban estrategias militares y criticaban las utilizadas en diferentes batallas por los capitanes españoles que no andaban finos últimamente.
   Cuando sucedió el crimen de la hija del herrero, don Nuño y don Gonzalo, mantuvieron  graves parloteos y se hicieron numerosas cábalas sobre quién podía ser el asesino. Don Nuño, conociendo a Guzmán, investigó por su cuenta si la joven tenía algún pretendiente desairado, o si era requerida por algún vecino que no fuera correspondido, incluyendo a los alguaciles, por supuesto. Para ello se servía de Virtudes, que conocía a toda el vecindario y estaba al tanto de los chismorreos y de la colección completa de noticias que tenían  que ver con los amores u otras cuestiones de cintura para abajo que ocurrían  en la villa, que pese a ser, en apariencia, pacata y religiosa era muy activa en esos menesteres. Era una ciudad próspera donde todo el mundo tenia buena pitanza y ya se sabe que una vez el estomago lleno y con la certeza de volverlo a satisfacer al día siguiente, el hedonista cerebro sugiere otros placeres y el cuerpo obedece de inmediato encantado de la vida.
   La detención y el rápido ajusticiamiento de los vagabundos, interrumpió sus pesquisas, pero no las detuvo.
   —Ahora ya está, no se moleste mas vuestra merced —decía la armadura.
   —No. No está, esos pobres no son los culpables y usted lo sabe, el asesino anda suelto. No podemos cejar.
   Por Virtudes se enteró de que la muchacha no tenía novio, pero si algún pretendiente. Que el médico la visitaba a menudo, aunque era porque la chica tenía desmayos y privaciones y a veces, a pesar de las sales y algún que otro cachete, no podían hacerla volver en si y tenían que recurrir al galeno.
Don Nuño siguió la pista del doctor, que no le caía bien por doble motivo: por médico y porque era muy religioso. Pero se llevó una gran decepción ya que ese día había estado atendiendo a la mujer del boticario que tuvo un parto de cuarenta y ocho horas. El niño venía con el cordón doblemente enrollado en el cuello. Fue un nacimiento complicado y don Antero, casi al borde de la extenuación, consiguió salvarlos a los dos. Este acierto hizo que todos los vecinos le admiraran como casi hacedor de milagros.
   Todos, menos don Nuño.
   Otro sospechoso a tener en cuenta pudiera ser el albéitar del pueblo. Mas que nada porque el herrero había sido, desde siempre, el consejero gratuito sobre enfermedades y  costumbres de los animales domésticos, entiéndase mulos, cerdos  y caballos, dado que las cabras se curan solas en el campo haciendo buen uso de su sabiduría empírica. Tal vez la cabra y el albéitar tengan algo en común, alguna cosa en el cerebro, pensaba don Nuño.
   Bien, pues al albéitar le costó y aun le cuesta, que los vecinos cambiaran la costumbre por la razón, que eran harto reacios, mas teniendo en cuenta que ésta les costaba dineros. Pero el pobre sanador de bestias era un buen hombre y don Nuño no le creyó capaz de una felonía así, máxime porque no tenía buen porte y calzaba siempre botas. Lo mejor para andar entre excrementos.
   Los posibles pretendientes también fueron investigados por don Nuño y don Gonzalo, pero ambos tenían buenas coartadas. Desde luego parecía un misterio, pero seguro que no era tal y el asesino continuaba impune mofándose de la gestión del alguacil.  Pero por poco tiempo, voto a Dios,  ellos lo descubrirían mas temprano que tarde.
   Durante el proceso de los vagabundos y bastante antes ya del veredicto, comenzaron a colocar el cadalso en la plaza frente a la casa de don Nuño, lo que propició en el marqués un ataque de cólera de los suyos.
   —Qué barbaridad, si no ha terminado el juicio.
   El capitán a pesar del fuerte dolor en la pierna por el cambio de estación, fue a quejarse al Alcalde Mayor
   —Han confesado, don Nuño —Dijo encogiéndose de hombros— Ante eso ¿Qué se puede hacer?
   —Pero como no van a confesar. ¿No conoce los métodos de Guzmán?
   —Han firmado la confesión sin que nadie los coaccionara, le doy mi palabra. Si no está conforme hable con el Corregidor.
   Don Nuño abandonó el consistorio sorprendido y enojado por la desfachatez del Alcalde Mayor, juez del auto y se dirigió sin demasiada fe al palacio del Corregidor.
   Este había salido, casualmente, de viaje.
    —Este hombre siempre anda de un sitio para otro. No se que otras misiones desempeñará para el rey, porque siendo solamente Corregidor en Saláceres no necesita moverse tanto. Misterios de la corte.
   No halló, pues, ante quien elevar su protesta, porque cuando el Corregidor regresó ya estaban los reos enterrados.

   De tanto andar atisbando por los balcones, expuesto a corrientes y al rocío de la noche, cogió unas fiebres que le obligaron a guardar cama bastante tiempo. Luego la convalecencia se alargó  porque el tiempo enfrió repentinamente, aunque fuera mayo y Virtudes no le consintió salir de su habitación donde ardía día y noche un buen fuego y donde le servía caldos de gallina calientes que el marqués, hastiado,  terminó por arrojar al orinal. Cuando pudo volver a salir ya andábamos por  San Antonio. No consiguió ninguna información que lo sacara de dudas. El pueblo no sabía nada, andaban tan despistados como Guzmán. Además continuaban con el toque de queda a pesar del buen tiempo.
   Sin embargo eso no impidió que el veintiuno de junio, otra mujer apareciera muerta, estrangulada también como la anterior, a plena luz del día.
   El  mismo que don Nuño estuvo muy ocupado observando desde el balcón, la mudanza de un vecino nuevo. La casa de enfrente a su palacio, iba a ser habitada, parecía ser que por un joven con su criado. Llegaron muy temprano nada mas abrirse las puertas con dos carros de bueyes y estuvieron todo el día trajinando, entrando  muebles, enseres, ropas y libros, muchos libros. Pararon un momento para comer algo sentados en el huerto, bajo la atenta vigilancia de don Nuño, que les hizo llegar unas jarras de buen vino de su cosecha.
   —De las gracias a su señor y dígale que en cuanto termine de instalarme, pasaré a saludarlo.
   Don Nuño contempló estupefacto, como al anochecer Guzmán en persona con los dos secuaces, se presentó a detener al recién llegado y lo acusó formalmente del asesinato de la mujer del sacristán, que esa era la muerta, y a su criado de cómplice.
   —Ah no, esto sí que no. —Don Nuño salió a la calle decidido y se fue a ver al Corregidor, que esta vez, aún no se había largado.  No le conocía personalmente y según le habían informado, era un español, de León. Era moreno con abundante cabellera y barba negra azabache. Parecía turco.  No era mal parecido. Pese a la rudeza que don Nuño le suponía como leonés, fue extremadamente cortés. Mostraba buenas formas. Escuchó al capitán con atención. Nunca habían hablado, pero el Corregidor conocía las hazañas del marques, las de los Tercios y las otras, y le admiraba y le respetaba.
 Por ambas.
   Porque había demostrado mucho temple y mucha discreción y esas eran virtudes poco corrientes y menos en la corte de Juan II.
   El Corregidor estaba soltero, como el marqués y no mostraba demasiado interés en las mujeres, por lo menos en apariencia, que luego nadie sabe. Era un hombre austero que no exhibía grandes boatos y a don Nuño eso le parecía una muy buena cualidad. Además no era religioso. El marques era sabedor de que nunca aparecía por la iglesia, pese a ocupar un cargo público y ser Hispatania una nación católica y apostólica. Cuando algún clérigo se lo había recordado, el leones se había limitado a  responder lacónicamente.
   —Tengo oratorio privado.
   Lo cual no era cierto. Don Nuño se había informado.
    Se cayeron bien, por suerte para los detenidos. El capitán le explicó porqué sabía con certeza que no podían ser los criminales y el español aceptó sin ambages sus argumentos.
   —A la hora del crimen, señoría, esta buena gente ya andaba hacía tiempo descargando sus enseres. Es que no solo los he visto yo, los vio todo el vecindario, amen de mis criados a alguno de los cuales di permiso para que fueran a ayudar. Llegaron a poco de abrirse la puerta de la muralla. Los boyeros y mas viajeros que arribaron con ellos están de testigos.
   —Le creo señor marqués. Diré al alguacil mayor que los suelte.
   El marqués lo miró inquisitivo sin moverse del sitio.
   —Ahora mismo don Nuño. Lo haré ahora, podrá llevárselos con usted.
   —Perfecto, yo respondo del muchacho y de su sirviente.
   —Mientras llegan permitidme ofreceros un vino de mi tierra de origen.
   Cuando trajeron a los detenidos, el propio Corregidor hizo las presentaciones.
   Josefo Mallo, ese era el nombre del joven. Procedía de Asturias, como los antepasados maternos del marqués. Había heredado la casa de unos parientes lejanos que habían fallecido sin descendencia.. Era un escritor con poca fortuna. Ocupaba su tiempo en lances amorosos que sólo le traían problemas, porque tenía un extraña y obstinada preferencia por las casadas. Huyendo del último marido llegó a Hispatania y procedió a instalarse en la casa que le habían legado hacía ya unos cuantos años y por la que, hasta la fecha, no había demostrado ningún interés.
   Le pareció lo más seguro, de momento. Cogió sus pocas pertenencias y se vino con su criado, Jacinto, ayudante eficaz en duelos y peleas y compañero en  hambres y fatigas. Casi un hermano.
   —Podéis agradecer a don Nuño la buena disposición para con vos y vuestro sirviente.
   —Muchas gracias señor. Si no fuera por su intervención no se que hubiera sucedido.
   —Deberían pasar la noche en mi casa. Venga con su criado. Estarán seguros. No me fío un pelo de Guzmán.
   —No os preocupéis por el alguacil__intervino el Corregidor__se cuidará muy mucho de importunaros.
   —Os estamos doblemente agradecidos, señoría.
   Ya en la calle, el marqués reiteró el ofrecimiento.
   —Dormiréis en mi casa. No me fío del alguacil, pese a lo que diga el señor Corregidor.
   Josefo y su criado Jacinto, se dirigieron con el marqués y su gente a pernoctar en palacio. Era una clara y estrellada noche de junio. Perfecta para contar estrellas en buena compañía, hubiera pensado Josefo en otro momento. Porque ésta distaba mucho de ser una noche plácida. En cada esquina parecían acechar sombras furtivas y amenazantes, a la par que un recelo turbador se expandía con la brisa por el cielo de la villa, empañándolo e inquietando a sus moradores que continuaban atrancados en sus casas a cal y canto.
   No se escuchaba un sonido. Ni siquiera ladraban los perros.
   El trayecto no era muy largo hasta el palacio de don Nuño, sin embargo apresuraron el paso, el marques con la mano en la empuñadura de su espada y su criado Cirilo, soldado del Tercio como su amo, alerta cerrando la marcha  un poco ladeado, por si fueran sorprendidos por retaguardia. Jacinto el criado era muy bueno lanzando mortíferas piedras con su forquiau  de salguero y Josefo era un espadachín aceptable. Por todo lo cual el grupo hubiera presentado batalla de haber sido necesario, que no lo fue.
   En la casa del marqués ya esperaba la cena caliente y la cama para los huéspedes preparada. Virtudes y su sobrina Carlota, una moza joven, sonrosada y rubicunda, que enseguida descubrió a Jacinto, montaban guardia en el comedor. El marques indicó al ama que atendieran al muchacho convenientemente en la cocina. El y Josefo se sentaron  a la mesa enfrentada a un buen fuego y vestida con un impoluto mantel blanco. La vajilla era finísima traída de Italia y las copas y los cubiertos de plata. Previamente, don Nuño presentó a don Gonzalo al recién llegado.
   —Mi buen amigo y compañero. El muchacho es asturiano como mi santa madre, que Dios tenga en su gloria —aclaró a la armadura que no dijo ni pío.
     A Josefo le apreció una extravagancia de las muchas que tiene la nobleza y no le dio más importancia.
   Los dos caballeros comieron a placer, sopa caliente y reconfortante, carpas del rio Torte, de claras aguas, delgadas y dulces cuyo pescado tenía un sabor delicado y especial,  y  de tercero codornices, mas queso de cabra como postre regado con generoso vino de la cosecha del marques. De sobremesa hablaron largo y tendido sobre Asturias con un buen orujo traído de Galicia, como remate de la excelente cena. Cuando ya los párpados pesaban como corazas, mas por los vapores del licor que por la hora puesto que ambos eran noctívagos, decidieron retirarse a descansar.
   —Buenas noches don Nuño y muchas gracias de nuevo.
   —Descanse Josefo. Mañana tenemos que comenzar a investigar.
   —¿Investigar?
   —Naturalmente. Los asesinatos. Debemos descubrir al culpable. Don Gonzalo nos ayudará.
   El escritor miró de soslayo a la armadura y asintió con la cabeza sin mucho convencimiento. Apenas avanzados unos pasos, se volvió y preguntó.
   —¿El culpable o los culpables?
   —El culpable. Estoy convencido de que es uno sólo. Mañana hablaremos. Buenas noches.
   —Buenas noches.
   El asturiano continuó por el  largo corredor hasta sus aposentos. Al pasar por delante de la puerta donde dormía Jacinto, escuchó ahogados murmullos. Un poco preocupado, después de los sucesos del día, pegó la oreja para oír mejor. Le tranquilizó escuchar una voz de mujer.
   —Por ahí no, Jacinto. No, que me haces daño. ¡Que no!
   —Cállate Carlota, no seas mojigata.
   —¿Carlota?, ¿era acaso la sobrina de la sirvienta de don Nuño?.
   —¡Ay, ay , bruto que te digo que por ahí no….!
   —Que rápido se enamora Jacinto. Ha aprendido mucho en este tiempo. De todos modos no está bien, estamos invitados…
   Iba a llamar  a la puerta pero se arrepintió. El pobre Jacinto tenía derecho a regalarse un poco, habían pasado meses terribles y el muchacho se había portado como un héroe y se había convertido en un hombre entero, con todas las consecuencias.
   —Bueno mañana lo reprendo; ahora que disfrute. Se lo tiene merecido.




El sospechoso


A la mañana siguiente, Virtudes sirvió el desayuno. Chocolate con leche, panecillos caseros de harina de trigo, azúcar y aceite de oliva, queso de cabra, mas fruta en abundancia porque el marqués padecía estreñimiento crónico. Jacinto había madrugado y se encontraba ya en el huerto ayudando a Carlota, la sobrina. Josefo tuvo que dejar la reprimenda para mas tarde.
Don Nuño estaba deseando comenzar las pesquisas. Ya tenía una teoría y se moría de ganas de compartirla con alguien que no fuera don Gonzalo.
   —Como os decía ayer, los crímenes son obra de un solo hombre.
   —¿Como podéis afirmar eso?
   —Veréis, voy a referiros un suceso del que fui testigo en Italia. Cuando estaba en Sicilia, varios asesinatos de frailes tenían asombrada y aterrada a  la isla y no digamos a los frailes. Iban cayendo como moscas y había opiniones para todos los gustos. La mas peregrina manifestaba que eran obra del demonio, que había vuelto a la tierra para terminar con los siervos de Dios y había comenzado por el sur de Italia, tierra ardiente y pecaminosa en la cual el diablo tenía predicamento, al parecer. Ya lo decía San Pablo: todos los que viven en islas son malos, pero los sicilianos son los peores. Sentencia que no comparto en absoluto. Bien, pues como además, pasaba el tiempo y no se hallaba a los culpables esta tesis tomó fuerza. Según los sicilianos, el diablo ascendía a la superficie, mataba y regresaba al infierno. Cuando lo tenía a bien repetía y vuelta a empezar. Era imposible darle caza, porque aparte de listo, tiene poderes que los humanos ni imaginamos.  Las autoridades no sabían que camino seguir. La teoría del diablo les pareció descabellada en principio, aunque tras varios años de asesinatos constantes, pensaron que tal vez el maligno se sirviera de algún brazo ejecutor al que habría comprado o poseído y al que ayudara a escabullirse y a pasar inadvertido porque de otro modo no se entiende como no habían dado con el criminal en todos estos años, cuando, además, asesinaba en pleno día y dentro de las iglesias. No le dije como los mataba ¿Verdad?
   —No.
   —Morían casi siempre de un certero golpe en la cabeza, pero luego el cadáver aparecía con la cruz de la victima clavada en el corazón. Eso alimentó la teoría de que era cosa del demonio. Hubo algún crimen, creo que dos o tres, en los que, siendo el muerto igualmente dominico,  no apareció la cruz no se sabe si porque el criminal no tuvo tiempo de incrustarla en su sitio habitual o porque fueron crímenes puntuales y no obra del asesino múltiple.
   Pasaron años, durante los cuales los frailes de la comarca vivieron su calvario particular hasta que un día apareció una buena pista de modo casual como suele suceder las mas de las veces. Una tarde alguien vio salir a un monje muy apresurado de la iglesia de un convento, poco antes de que unas devotas encontraran muerto a otro con la misma escenografía de siempre. Fue fácil de identificar porque tenía una ostensible y personal cojera. Se registraron uno por uno todos los cenobios de la isla sin hallar rastro ni memoria del fraile cojo. Entonces el investigador, un hombre inteligente al que yo conocí en unos baños romanos que ambos frecuentábamos y donde solíamos conversar, afirmó sin lugar a  dudas que el asesino iba disfrazado de fraile para matar y lo que durante algún tiempo fue mera teoría de odio a los monjes por algún oscuro motivo, cobró entonces certeza. Repasó episodios de actuaciones dudosas de la inquisición- recordad que los frailes eran dominicos-encontrando algunas pistas. No se equivocaba y tras algunos descartes apareció el cabo correcto que habría de conducirle al centro de la madeja y aunque le llevó su tiempo en el que volvió a actuar de nuevo el asesino, al final dio su fruto y le permitió llegar al verdadero culpable.
   Cuando le prendió la justicia, tras varias sesiones de interrogatorio, usted ya me entiende, se derrumbó y confesó: los mataba porque de niño había visto como dos dominicos torturaban a su padre hasta la muerte. Por lo visto alguien le denunció como homosexual. Una mujer despechada, creo. Entonces, la inquisición le aplicó la sierra sin miramientos.
   —¿La sierra?
   —Pero, ¿de donde salís vos?.¡ Que escritor tan poco informado!. La sierra es una forma de tortura y ejecución a la vez, para este tipo de acusados. ¿Queréis que os la describa?.
   —Por supuesto.
   —Pues veréis: cuelgan a la victima boca abajo y la cortan por la mitad, partiendo de la ingle, con una sierra muy afilada. El pobre hombre padece todo el proceso hasta que la sierra va mas o menos por el ombligo ¿comprendéis ? En ese momento el reo muere. Cuando le parten el hígado en dos mitades.
   —¡Por Dios!
   —Sí, es terrible. Como le decía, al hijo le descubrieron mirando y trataron de impedir que escapara. Cuando estaba a punto de huir por un ventanuco, le dieron alcance, y mientras uno le sujetó por los tobillos, el otro intentó seccionarle las piernas con la misma sierra con la que acababan de matar al padre. Entre que la postura era difícil, la sierra estaba demasiado ensangrentada para cumplir bien sus funciones y que el chico era ágil y fuerte y logró escabullirse a patada limpia, no pudieron cumplir su propósito. El muchacho pudo escapar a duras penas, comprenderá que aterrado después de lo presenciado y lo vivido y con graves heridas en ambas piernas.
   Un viejo curandero que vivía escondido en la montaña lo encontró yaciendo en el bosque, casi desangrado. Lo llevó a su guarida y logró que sobreviviera sin perder las piernas, aunque con la movilidad muy mermada, como es natural. Desde ese día, el muchacho juró no dejar, en cuanto tuviera capacidad para ello, un dominico vivo.
   El viejo le respondió que así hablan los hombres y que el le ayudaría en todo lo que pudiera. No pudo mucho porque antes de que el otro iniciara su particular cruzada contra los frailes, estos echaron el guante al brujo, no dando  tiempo siquiera a que ardiera en la hoguera puesto que se les murió en los interrogatorios. Esto renovó el odio del muchacho, caso de que necesitara renovación, que volvió a jurar no dejar un dominico con vida en la isla y le insufló el coraje suficiente para comenzar la venganza de una vez por todas.
Cumplió con largueza. Hasta que lo cogieron asesinó veintiocho. Se disfrazaba de fraile para no levantar sospechas. A nadie le extrañaba ver un monje entrar o salir de los conventos.¿Comprendéis a donde quiero llegar?. Mataba frailes porque tenía un motivo para ello, hubo un desencadenante, como si dijéramos. Bueno pues yo creo que a nuestro asesino le pasó algo extraño con  las mujeres y me atrevería a jurar que con los frailes.
   —No lo entiendo.
   —Pues es muy fácil. Asesina mujeres y antes o después del crimen se ve un fraile por los alrededores. Pasó en el anterior y en este también. Unas vecinas de la última victima lo vieron.
   —Si vieron un fraile ¿Por qué me prendieron a mi?
   —Ah, eso son  cosas del alguacil. El sale a la calle y prende lo primero que encuentra que no estuviera antes ¿comprende?. No le importa lo que manifiesten los testigos. ¿Sigue mi teoría?.
   —Desde luego señor marqués.
   —Prefiero que me llame don Nuño.
   —Muy bien .
   —De  acuerdo, pues le diré mas. Estoy convencido que, como en Sicilia, es un falso fraile.
   —¿Y eso?
   —A todo el que lo vio le extraña que calce medias y finos zapatos de caballero. O sea, que se disfraza para matar. Aquí no es para pasar inadvertido en las iglesias puesto que no asesina monjes así que podía disfrazarse de cualquier otra cosa: de cuadrillero, de pastor, de cura…pero no, lo hace de fraile. Algo muy extraño…
   —El hábito cubre mas. Con la capucha no se le ve la cara.
   Don Nuño pasó por alto la observación.
   —Tengo otra teoría, es alguien que vive en la ciudad desde después de entrado el invierno.
   —¿ En que se basa vuestra merced?
   —Pues en lo siguiente: asesina en los cambios de estación, primavera, verano. ¿Por qué no mató en invierno?. Sencillamente porque no estaba aquí. Esta idea se le ocurrió a don Gonzalo ayer noche__dijo señalando a su amigo de hierro.
   —Ah, don Gonzalo. ¿No toma chocolate?__preguntó Josefo desconcertado.
   —No sea majadero, no ve que es una armadura.
Josefo no sabía muy bien a esas alturas si la salud mental del marqués estaba completa, excentricidades aparte,  o le faltaba un trozo, como a su entrepierna. Para disimular el pensamiento se atrevió a argumentar.
   —Veamos, también podría ser que hubiera dos asesinos diferentes que hubieran matado también por motivos diferentes. Despecho, rencillas… que se yo.
  —Poca imaginación tenéis para ser escritor —don Nuño no llevaba bien que le fueran a la contra—. Lo que tenemos que hacer es enterarnos de cuantos caballeros han venido a vivir a  Saláceres desde las Navidades hasta marzo mas o menos. La ciudad es pequeña, casi todos nos conocemos. Será fácil saber cuanta gente principal hay nueva. Después investigaremos su pasado inmediato. Nos bastará con saber si en el lugar anterior de residencia o en los alrededores murieron mujeres asesinadas al inicio de cada estación.
   —Sin intención de llevaros la contraria, don Nuño. ¿No puede ser que lo del inicio de estación sea una casualidad?
   —Pudiera ser, pero no lo creo. Pienso que todo guarda relación. Estos asesinos múltiples son minuciosos.
   —Caso de que sea un asesino múltiple como decís vos.
   —Lo es, sin duda. Además tengo un sospechoso.
   —Puedo saber quien.
   —Desde luego: El médico, don Antero. Lo es también del hospital, por lo que pudo coger un hábito.
   —¿Era un fraile negro lo que vieron los testigos?
   —Sí.
   Don Nuño recapituló: —Es un fraile que no es fraile, alto y distinguido “con muy buen porte” en eso coinciden los testimonios, calza finos zapatos y mata mujeres al inicio de cada estación. El médico llegó en Navidad, antes estuvo en una pequeña villa de la provincia de Salamanca en España. Iremos allí y averiguaremos si murieron mujeres asesinadas y en que época. Yo creo que será muy fácil cogerle.
   —Don Antero, no tiene buen porte —sentenció Virtudes que había entrado a recoger el servicio—. Además ese día estuvo atendiendo a la mujer del boticario.
   —Tiene coartada, un tanto sólida para el primer crimen, pero no para el segundo. Y don Antero es alto y tiene buena planta.
   —Pero no tiene un caminar distinguido, se mece como una cuna. Y casi siempre lleva borceguíes de cuero. No calza zapatos —volvió a replicar con su áspera voz.
   —No opines de lo que desconoces, ama —Exclamó el marqués bastante contrariado.
   Ella hizo ademán de cerrarse la boca con llave y se fue.
   —Creo que vuestra merced tiene cierto empeño en que sea el médico.
   —Y ustedes también en que no lo sea.
   —Hay que ser objetivos.
   —Según mis conjeturas es hoy el candidato mas idóneo. Nos acercaremos al anterior pueblo donde ejerció y ya veremos si estoy o no en lo cierto.
   —¿Cuando iremos?
   —Mañana. No hay tiempo que perder, el otoño regresará pronto.

   Tras el desayuno en casa del marqués, Josefo y su criado dedicaron el día a poner en orden la casa.  Don Nuño sugirió a Josefo que durante unos días continuaran pernoctando en palacio, por si a Guzmán le daba por hacer de las suyas ya que de momento no había aparecido el criminal, aunque había detenido también a varios vecinos, pero esta vez el Corregidor en persona le sugirió, prender con motivo suficiente para ello y no a boleo y dejar en paz a las buenas gentes de la villa que bastante tenían ya con el temor al asesino y con sufrirlos a ellos, que a ver si amainamos un poco las tropelías, señor alguacil, que aquí no existe la patente de corso. Ah y otra cosa: no se le ocurra molestar de nuevo al muchacho que detuvo ayer ni menos aun al señor marqués, amigo mío y persona muy estimada en la corte. ¿Estamos?
   Estuvo bien, aunque no sirvió de mucho. El alguacil dejó en paz a Josefo y al marqués con quien no deseaba verse las caras bajo ningún concepto, y ante quien era mejor pasar inadvertido, pero las buenas gentes de Saláceres siguieron sufriendo a los alguaciles como a una peste pertinaz.
   Tampoco esta vez apareció el criminal.

    Esa mañana Josefo y su criado atrancaron bien el portalón de entrada y se dispusieron a terminar lo que la detención de ambos había interrumpido la noche anterior. Tampoco el asturiano las tenía todas consigo con respecto al empresario cornudo, aunque le parecía casi imposible que les buscara en Hispatania. Posiblemente ni conociera el  país.
   Quizá fuera interesante escribir algo sobre los crímenes como le había sugerido el marques. Pero habría que esperar a tener mas información, porque lo que sabían solo respondía a conjeturas, aunque don Nuño estuviera convencido de conocer al criminal y de haber descubierto sus motivos para asesinar.
   Después de comer, ya no quedaba apenas faena en la casa. Carlota había venido a traerles comida y a echarles una mano y estaba fregando la vajilla y poniendo orden en la cocina siempre con Jacinto pegado a sus faldas.  Josefo tomó entonces la decisión de dar un paseo por la villa. Ya era sabedor que durante el día no había cuidado de tropezarse con los alguaciles. Además tenía deseos de ver alguna moza, de comprobar como eran las hispatanas y de mirar de hallar  con quien pasar un rato agradable, aunque cuidando de que no tuviera marido. Parecía, sólo parecía, haber asimilado la lección.

   Salió, con cierta precaución,  a la plaza que su casa compartía con la del marques y las de varios caballeros afortunados y avanzó por la calle mas ancha de todas, que dividía la villa en dos mitades y se dirigía en línea recta  a la puerta que daba acceso a la vía que conducía a la frontera española. A unos metros de la puerta comenzaba la Calzada por la que habían llegado el día anterior encajonada entre elevadísimos  riscos donde únicamente las cabras eran capaces de guardar el equilibrio. Solo había transcurrido una jornada desde que pusieran pie en Hispatania y ya les habían llovido los acontecimientos desagradables, incluso peligrosos, claro que también habían conocido al marques, que no sabía bien porque pero le daba buena espina a pesar de sus cosas. De todos modos y pese al mal recibimiento, le gustaba el país. Tenía buenos presagios. Aunque Josefo era un ingenuo que jamás acertaba en sus augurios.
   Contempló un buen rato el paisaje. De  regreso dobló a la derecha casi hacia la mitad de la calle por una transversal que llevaba hasta el monasterio. Del otro lado moraban los artesanos y comerciantes y las  casas eran bajas con huerto y corral y el trazado mas irregular.
   La trasversal desembocaba como otras tres en una plaza rectangular. Los extremos menos extensos, estaban ocupados por dos palacios: uno el del Corregidor y otro mas  antiguo y menos atractivo: la fortaleza del Conde de Saláceres, señor de la Villa, que ya sabemos residía en la capital. Todo el frente de la plaza estaba ocupado por el convento con la iglesia y el hospital. Josefo se giró para  contemplar las casas y el trazado singular de las calles paralelas delimitadas, cada una,  por varios edificios pareados de tres alturas cuyas fachadas adyacentes a la gran plaza tenían abundantes balcones y las dos centrales, pórticos. A lo largo de todo el perímetro, una hilera de limoneros de brillantes hojas, amarillos frutos y alguna rezagada flor de azahar, daba sombra, color y aroma al bello recinto donde jugaban los niños vigilados por las niñeras o las madres.
   Josefo se sentó en uno de los bancos de piedra sombreados por los limoneros y se dedicó a ver pasar un rato la vida de la encantadora villa. No se había equivocado, el país era cautivador.
   No se acordó de los alguaciles ni del asesino.
   Tras los vidrios de un balcón del primer piso de una de las casas porticadas, hacía ya un buen rato que unos ojos verdes le contemplaban con curiosidad y con agrado. Si el escritor pudiera ver el rostro de la mujer doy por seguro que su día habría resplandecido, por fin, tras meses en tinieblas. En Raquel la apostura del joven y su semblante de hombre bueno propició el tenue resurgir de la luz en la penumbra de un corazón aletargado cuyo latir alegre al compás del mundo  se había detenido el infausto día en el que Guzmán fue conducido por los malos hados al convento.
   Al escritor asturiano, después de los meses anteriores vividos tan intensamente, la paz de aquella plaza le pareció un regalo de Dios, una tregua que le concedía el destino para que pusiera en orden su vida. Recordaba haber prometido regenerarse y hasta el momento eso había hecho, bien es verdad que tampoco había tenido ocasión para faltar a la promesa. Pero contemplando a los niños y a las madres en aquella escena tan plácida como sacada de una estampa del Paraíso, se prometió disfrutar de ahora en adelante, sólo aquello que la vida le ofreciera libre de yugos, nada de compartir amores con maridos, ni con amantes, ni siquiera con novios. Solo para el. No, no volvería a tener problemas. Lo había decidido.
   Jacinto interrumpió jadeante y sudoroso aquel instante plácido. Le había estado buscando por toda la villa porque el marqués quería verlo.
Compartir sus teorías y sus pesquisas  con el escritor se había convertido en un solo día en una costumbre para el noble hispatano.










[1] Población antigua cuyos vecinos, como dueños absolutos de ella, podían elegir señor.