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Gabriel...




Muchos años después, un jueves santo tras las lluvias, la muerte anunciada regresó como cuando nuestra Úrsula la mandara venir hacía ya cien años por lo menos. Sobre Macondo se había instalado un fuerte olor a almendras amargas y una nube de mariposas amarillas llegó desde las plataneras de la Unit Fruit invadiéndolo todo. El, había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna y se sintió feliz. Siempre soñaba con árboles, me había confesado una vez Fermina Daza.

El doctor Juvenal se calló de la escalera, mientras los loros mangleros se encaramaban a lo más alto de la secuoya del jardín, a cuyo pie ya no estaba José Arcadio. El general, harto de su laberinto, se comió un canasto de guayabas maduras, el coronel se levantó al amanecer para dar de comer a su gallo y el nonagenario profesor de gramática y latín llamó por teléfono a Rosa Cabarcas para decir simplemente: Hoy si.                                                                                                                                                                   
Entretanto yo, llorona y desaforada como somos los Buendía desde la cuna, icé bandera amarilla en mi barco y decidí seguir recorriendo el río Magdalena, hasta que me vuelva a encontrar con mi sabio triste y me lleve ¡por fin! a conocer el hielo.




La comunidad, último capítulo




Un grupo de científicos de varias universidades de la Superficie, tuvieron la ocurrencia de ponerse a excavar. Tardaron años en desarrollar las técnicas que les permitieran horadar a semejantes profundidades. Pero ahora había llegado el momento.
El Sumo había sido alertado y se dirigía hacia el lugar. Era un sitio peligroso. Había estado cubierto por los hielos hasta no hacía demasiado tiempo y debajo, a no mucha profundidad, existían concentraciones enormes de gas. Muchas bolsas superpuestas, separadas por capas impermeables. La explosión de una causaría una serie de deflagraciones  de consecuencias impredecibles.
“Va a haber que tomar medidas”, dijo el Sumo. “Reuniré el Consejo. Será mejor que lo impidamos”.
La mayoría de los miembros del Consejo se hallaban en lugares muy alejados del punto de la excavación. El Sumo decidió retroceder e ir a su encuentro, para acortar la distancia. Fue su salvación. El taladro de la perforadora penetró de cuajo en la primera bolsa, que explosionó de inmediato, provocando el Apocalipsis bajo tierra. Las explosiones fueron tan violentas que un terremoto de magnitud 7 se hizo sentir en la parte del planeta correspondiente al sitio de la excavación. En el otro hemisferio, el seísmo fue de magnitud 4. El eje del planeta se desvió varios grados de su trayectoria.
Hubo numerosísimas bajas entre los Profundos. Además el caos y el desconcierto se apoderó de la comunidad. Iban a ser descubiertos. Por si esto fuera poco, una de sus bases lanzaderas había quedado destruida y otra casi.
“Calma, calma”, pedía el Sumo. “No pueden vernos. Su vista no tiene tanto alcance”.
Su vista no, pero en cuanto se recuperaron del susto, introdujeron por el boquete, cámaras especialmente diseñadas para ver en la oscuridad y en ambientes extremos.
 Además enviaban imágenes que eran vistas en la superficie en monitores donde los científicos iban de sorpresa en sorpresa.
Vieron la red de conductos, los restos de las lanzaderas y vieron…..una muchedumbre de Profundos curiosos que se habían acercado al agujero, al cobijo de las palabras del sumo:”no pueden vernos”.
El jefe de los científicos se levantó y marcó un número de teléfono.

Acordaron la reunión en un lugar a media altura. Cada interlocutor estaría dentro de una cabina acristalada y totalmente esterilizada.
Por la comunidad acudió el Sumo, naturalmente, pero por Los Superficiales no acudió ningún mandatario de ninguna nación. Ni tampoco ningún científico. El superficial que llegó, se presento como representante de las mayores industrias de arriba. Las enumeró para su interlocutor. Había empresas de armamento, farmacéuticas, mineras, petrolíferas, etc.
Le pidió al Sumo que le explicara las características de su comunidad  sin omitir nada.
“Me llevará mucho tiempo”.
“Todo el que sea necesario”.
La conversación era seguida por el resto de representantes en todo el mundo. Al final el Superficial le propuso al Sumo un receso  para cambiar impresiones con sus colegas.
No fue muy largo. Rápidamente llegaron a un acuerdo absolutamente unilateral.
“Sus propiedades de contagio quedan a nuestra disposición. Nosotros decidimos como y donde hacer uso de ellas”
El Sumo le argumentó que sus particularidades mal utilizadas eran capaces de acarrear serios problemas al planeta.
“No se preocupe, nosotros lo controlamos”. Podían y debían seguir con su vida como hasta ahora. Solamente existía una prohibición: las lanzaderas. Las que habían sobrevivido iban a ser destruidas. “No les haría falta abandonar el planeta”
El  Sumo protesto enérgicamente. “Si su civilización se extingue nosotros no sobreviviremos”.
“Eso lo discutiremos en su momento”.
“No se qué vamos a discutir cuando salten por los aires”.

Les llevo mucho tiempo hacerse a la idea. Además estaban siendo permanentemente vigilados. Por cada conducto, incluso tubos y volcanes, introdujeron los Superficiales cámaras. Si alguna era destruida, el culpable debería ser inmediatamente castigado. Si no se hacía así, la comunidad pagaría las consecuencias.
Pero al Consejo lo que más le preocupaba eran las lanzaderas.
En una cueva debajo de un saliente rocoso, habían logrado esconder una casi intacta y otra en bastante buen estado. Solamente tenían que encontrar un lugar libre de cámaras para instalarlas. Para trasladarlas atravesarían el núcleo. En las capsulas que usaban para destruir a los desobedientes. Sería muy, muy laborioso, pero no tenían otra alternativa. Lo difícil era encontrar un sitio libre de cámaras subterráneas.

La vida de los Profundos se transformó por completo, además de la vigilancia, había algo que les molestaba profundamente: Tenían que salir a la Superficie en el momento y lugar que se les indicara y contagiar a poblaciones enteras. Lo que más les dolía era cuando se les ordenaba hacerlo en continentes paupérrimos donde los superficiales ya se morían solos de hambre. Allí tenían que inocular los virus más terribles de los que eran portadores. Incluso a veces se les ordenaba mezclar virus y bacterias para provocar enfermedades horriblemente exterminadoras, que mataban a la población de forma lenta y con tremendos padecimientos.
Aquel continente, era el laboratorio viviente de los Superficiales. En ellos probaban pandemias mortales, antes de inocularlas en otros puntos más desarrollados de la Superficie. Allí donde  los poderosos querían lograr sus propósitos. Cada gobierno de su mundo había quedado sometido a su capricho. Ellos controlaban la vida sobre todo el planeta en la superficie y en las profundidades.
A menudo, los Profundos sugerían al Sumo terminar con la especie de arriba. “Les inoculamos algo y ya esta:¿ Por qué nos dejamos esclavizar?. Así no merece la pena la vida”.
“De este modo moriremos todos. Tened calma. Pensaré en algo”.
Un día, el Sumo reunió a varios del Consejo en la gruta sin cámaras y les hizo saber que había tomado una decisión: “Urge encontrar donde reconstruir las lanzaderas. He pensado que, dadas las circunstancias, una parte de nosotros emigre a otro planeta, con el fin de preservar la especie. Por lo tanto es necesario encontrar por todos los medios ese lugar idóneo. Cuando la expedición esté a salvo, mataremos a los Superficiales. Ellos se lo han buscado”.
Después de un tiempo, por fin, un Profundo encontró la solución: Se dirigió al Sumo y le dijo:
“Ya lo tengo”.
Efectivamente. Había dos puntos donde no se habían colocado cámaras espía subterráneas. Los de arriba, o no lo habían considerado necesario, o eran unos espacios en los que ya había excesivas medidas de seguridad, tantas, que no permitían ninguna intromisión, viniera de donde viniera. Eran dos puntos bastante distantes entre si. El traslado iba a ser muy difícil.
Uno de esos puntos constituía en la Superficie uno de sus lugares más inexpugnables.
Era una enorme extensión en la cual había una base militar y donde estaba depositada la mayor reserva de oro del mundo superficial. “Estos individuos no dejan de sorprenderme. Perforan el subsuelo buscando oro, lo extraen, lo transforman y luego lo vuelven a encerrar. Nunca los entenderé.”
El otro lugar era un estado independiente dentro de otro estado. En él vivía una especie de representante de dios en la Superficie.”No se quién es ese que llaman dios, pero debe de ser muy importante, ya que su representante vive en un lugar lleno a rebosar, de cosas de esas raras que les gustan a los de arriba. No se que custodian en lo profundo de ese sitio, pero debe de ser algo de mucho valor.”
Perfecto, ya estaba decidido. Se pusieron manos a la obra. Tardaron décadas en la reconstrucción. Hubo que crear individuos nuevos para sustituir a los reconstructores y que los de arriba no notaran la disminución de profundos. El traslado a través del núcleo fue muy complicado y los accidentes eran continuos, sobre todo al principio. Además tuvieron  que establecer una complicada trama de contraespionaje para no ser descubiertos. Los Superficiales no deberían ni siquiera sospechar que estaba ocurriendo algo anormal.
Hoy al fin, había llegado el momento.
Mientras duraron las obras, el Consejo había hecho la selección de individuos protagonistas del éxodo.
Según la cuenta del tiempo de los Superficiales era primer día de enero de 2020.
Los profundos despidieron a sus congéneres, colocaron las naves en las rampas y comenzaron la cuenta atrás.

Diez, nueve, ocho, siete, seis………


La comunidad, capítulo I




Era la primera vez, en milenios de seguridad, que la comunidad se sintió realmente amenazada. Esta gente de la superficie había ido demasiado lejos. Y nuestros jóvenes cada vez son más irresponsables, la curiosidad de unos pocos había puesto en serísimo peligro su ignorada existencia.
El Sumo, responsable de la vida de todos los Profundos, se pasó horas pensando una solución y concluyó que no le quedaba más remedio que hacer dos cosas.
Primero, quitar la vida a los impulsivos exploradores propios y luego, parlamentar con el jefe de los invasores. No tenía alternativa. Iba a ser complicado porque su aspecto resultaba impactante para los extraños y. sus peculiaridades iban a quedar al descubierto, si no lo estaban ya, con lo que eso supondría de peligro para todos.  El asunto resultaba muy delicado porque el Sumo tenía perfecta conciencia de que estaban en manos de los Superficiales que podrían obligarles a dejarse manipular a su antojo.

Siempre estos seres del Profundo habían dosificado sus contactos con la Superficie a lo estrictamente necesario, porque dichos contactos eran letales para los Superficiales y ellos no querían extinguirlos dado que los necesitaban.
Bastante habían sufrido por culpa de la estupidez de los habitantes de arriba. Cuando todo iba bien, la simbiosis era perfecta, pero a medida que los Superficiales progresaban parecía que su coeficiente intelectual disminuyera. Progreso e intelecto eran inversamente proporcionales. Tres veces, recordaba el Sumo, los de arriba saltaron por los aires. Tres veces se había perdido su civilización y otras tantas habían resurgido para volver a cometer los mismos errores o incluso mayores. Además el Sumo se admiraba de la facilidad que tenían para olvidar lo que querían y echar la culpa de sus desastres a cosas tan peregrinas como la caída de meteoritos.
 Tres veces, en sus milenios de existencia, los Profundos se habían visto obligados a buscar el sustento en la estratosfera. Tuvieron que desarrollar a toda prisa una tecnología que les permitiera llegar hasta allí para sobrevivir. Respiraban aliviados cuando los Superficiales volvían a aparecer, pero tardaban miles de años en poder volver a alimentarse con sus deshechos.

Esta nueva civilización era contradictoria. Por un lado producía mas residuos que ninguna de las anteriores. ( Los nucleares eran maravillosos ). Pero, caminaba mucho mas deprisa que las antiguas hacía la autodestrucción. Aunque habían surgido voces que alertaban contra ello, sin embargo para enfado del Sumo, los de arriba les hacían poco caso.

Además, de un tiempo a esta parte, tenía problemas con los jóvenes. Cuando salían a la superficie estaba prohibido cualquier contacto con los habitantes de allí afuera. Pero a veces alguno sentía curiosidad y mordía a quien encontraba a mano ( el mordisco era su manifestación de cariño, como el beso nuestro), con consecuencias nefastas para el mordido y para sus parientes y vecinos próximos y lejanos.  Incluso para todo el planeta.
Los Profundos estaban formados de una amalgama de virus y bacterias letales para cualquier individuo de otra especie. Por eso tenían que ser muy cuidadosos.
No era necesario para la subsistencia, salir de continuo a la superficie. Los detritus que necesitaban llegaban mediante una complicada red subterránea de conductos que, desde abajo, ascendían hasta los lugares en los que los Superficiales arrojaban sus vertidos. La red no iba estrictamente en vertical, eso sería peligroso, alguien podría encontrar el acceso y siguiéndolo, llegar hasta ellos. Era un entramado zigzagueante y densísimo que horadaba el planeta, similar a una complicada red de vías de comunicación de los Superficiales, pero aun más complicada y extensa.
Resulta evidente que, a pesar de ser cuidadosos y concienzudos, algunos canales se taponen en algún punto o en la superficie. Es entonces cuando suben los Medios y se pueden producir los contactos. Aunque procuran siempre que los Superficiales no los vean, una vez reparada la avería, algunos Medios curiosos y un poco lascivos, se dedican a investigar; salen a la Superficie y merodean hasta llegar a las moradas de los de arriba. Si descubren a uno dormido, le “besan” por pura lascivia, jamás en la cara porque les resultan desagradables, suele ser en un hombro, dejando una pequeña cicatriz como una mordedura de serpiente. Eso  produce después una cadena de desconocidas enfermedades en la Superficie. Ni que decir tiene que los responsables son exterminados. Eso se lleva a rajatabla, para escarmiento de futuros besucones imprudentes.

Los Profundos contaban con respiraderos por los que entraba el aire que necesitaban para sobrevivir. No respiraban como los de arriba, pero algunos componentes eran indispensables para que su metabolismo asimilara los nutrientes. Estos respiraderos tenían salida en los lugares más inaccesibles, donde se suponía que los Superficiales no los encontrarían.  Siempre en los polos helados. Pero, como los de arriba, eran curiosos por naturaleza, les había dado por explorar el hielo y, con frecuencia, se caían por los conductos de aire que ellos llamaban, tubos entre glaciares. Ni que decir tiene que eran irrecuperables.
También habilitaban salidas a la Superficie para sus propios residuos. Estos tenían que quemarse o de lo contrario serían totalmente letales para los de afuera y ya sabemos que eso no podía ocurrir. Por eso salían al exterior incandescentes, por unos conos que los Superficiales llamaban volcanes. A veces eran demasiados y se expelían  con tanta fuerza que volaban por los aires y llegaban a los poblados, causando verdaderos estragos. “Son daños colaterales, eso es lo que son” decía el Sumo.

Ocurría a veces que, por algún conducto de alimentación, ascendían gases que explotaban en la superficie provocando desprendimientos, aludes o incluso incendios devastadores que los Superficiales tardaban días en controlar. Otras el calor del centro del planeta se colaba hacia  arriba, por una fisura y calentaba las aguas del océano, dando lugar a cambios bruscos en el clima. Eran temporadas de huracanes, inundaciones, sequías, dependiendo del punto del planeta, y toda una serie de desastres que traían de cabeza a los responsables del clima de la Superficie. Esto ocurría cada muchos años de modo fortuito, porque los Profundos procuraban tener bien aislado el núcleo del planeta.
Muchas veces alguna explosión accidental de una bolsa de gas subterráneo, pinchada sin querer al excavar, provocaba un enorme agujero. Si esto, sucedía en el mar, originaba un remolino, que succionaba todo lo que en ese momento pasara por allí. Desaparecían barcos e incluso, aviones. Luego el agua volvía por donde se había ido y algunas naves volvían a aparecer, sin los tripulantes, naturalmente. Los habitantes de la superficie se hacían todo tipo de conjeturas para explicar estos sucesos. Al Sumo le extrañaba que siempre para todos estos fenómenos llegaran a la misma conclusión: son extraterrestres. Que perra habían cogido con los habitantes de otras galaxias.
Otras veces la explosión sucedía en capas del subsuelo más elevadas, situadas sobre plataformas rocosas, entonces el agua del mar entraba y rebotaba en el lecho de roca provocando en la superficie, primero, un extraño retroceso y luego, de improviso, una ola gigantesca que arrasaba todo lo que encontraba, causando destrucción, muertos y heridos por millares.
__Agua va__, decía los Profundos, mientras salían despedidos, también, con la marea. Algunos, se estrellaban contra  acantilados o edificios, desparramando su anatomía bacteriana y causando después epidemias que eran más mortíferas que la ola gigante en sí.
También sucedía que el agua al penetrar en el subsuelo, aplastara Profundos. A veces se recomponían, pero muchas otras no había reconstrucción posible. “Son también daños colaterales”, volvía a decir el Sumo.

Sin embargo, pese a todo, la convivencia era razonablemente llevadera. Además los superficiales son demasiados, sobre todo en algunos puntos del planeta. Aunque desaparezcan unos miles no se notará gran cosa. También los profundos sufrían accidentes con las explosiones. Pero ellos son capaces de generar individuos nuevos con los restos de los accidentados. No mueren con facilidad. Sólo les extermina el hielo o el fuego. Cuando hay que castigar imprudentes deben  meterse en una especie de cápsulas cerradas herméticamente y sumergirlas, unas veces a 150 grados bajo cero y otras, en magma hirviendo. La capsula tiene un mecanismo que, accionado por el verdugo,  lanza al reo fuera de la misma. El método del magma es más rápido, pero, cuando se quiere que el escarmiento sea ejemplar se recurre al primero.
Tanto el frío como el fuego, proceden del núcleo del planeta. La capa mas interna es fuego eterno. Está formada por una mezcla de metales, principalmente hierro, siempre incandescentes y por encima tiene una capa de nitrógeno líquido, que hace de refrigerante criogénico y es incapaz de arder. El nitrógeno es tomado del aire y sintetizado por algunas bacterias adaptadas para la nitrificación. Los Profundos mantienen de esta forma aislado el núcleo ardiente, impidiendo que un día pudiera hacer saltar por los aires al planeta.
Pero como los Superficiales siempre están hurgando en todo, pretenden llegar al núcleo para ver que hay tan abajo. Quieren encontrar el infierno.  Una vez, haciendo prospecciones petrolíferas, grabaron una especie de voces y un ruido desconcertante y pensaron que el averno estaba cerca. Desconocían la existencia de los Profundos.
De este modo, tratando los Superficiales de encontrar el fuego eterno, ocurrió el accidente.

Continuará...

Los mellizos de la comarca, último capítulo



El día señalado para el combate, su madre, representó el papel de dama con pañuelo, y cuatro testigos, dos por hermano se dispusieron a dar fe de lo que aconteciera. Ambos contendientes llegaron en sus monturas engualdrapadas, portando su estandarte, que era el mismo puesto que no habían tenido tiempo de confeccionar uno propio y su lanza de punta roma, que en este caso era una pulida estaca de madera de fresno, dispuesta para la acometida decisiva.
Cuando la madre agitó, a regañadientes, el blanco lienzo, los hermanos espolearon las monturas y se fueron al encuentro el uno del otro. Todos contuvieron la respiración. Los dos testigos de cada hermano pidieron mentalmente por el suyo. La madre cerró los ojos. Un oooooh le hizo abrirlos antes de lo que esperaba. Sucedió que los jinetes se habían separado demasiado y la excesiva distancia propició que ni siquiera se rozaran con la seudo lanza, dándose solamente aire al pasar a galope.
Se acabó la justa, dijo la madre. Pero ellos decidieron repetir acercándose más el uno al otro. De este modo no tenían más remedio que tocarse. Así sucedió, en efecto, pero no se derribaron.
Ahora si que acabó, repitió la madre. Los mellizos eran desobedientes y tercos por naturaleza, siempre lo habían sido (como su verdadero padre que se empeñó en engendrarles una noche en el suelo de la habitación mientras el señor marido dormía a pata suelta sobre el artilugio y para no ser oído porque cuando yacía con hembra  gritaba como un cerdo por San Martín, se había colocado una especie de cepo en la boca que por poco lo asfixia, lo cual aconteció otra noche en otro solado y con otra esposa ajena también ) y continuaron con la pelea primero a caballo, como por lo visto ordenaba el reglamento, pero ante la imposibilidad de derribarse, echaron pie a tierra y se dieron estacazos sobre las respectivas lorigas hasta terminar desfallecidos, luchando a cuatro patas, molidos mutuamente a palos, pero sin un ganador.
La madre arrebató la espada a uno de  los testigos, se plantó entre ambos y sentenció: empate. O sea que cada uno coja su legado y terminemos de una vez, si no queréis que yo os ensarte. Debería de haberos matado el día que nacisteis. Tenía que haberos ahogado mientras os lavaba en el río. Eso tenía que haber hecho, dijo la paciente y algo puta mujer escupiéndoles a la cara.
Así que cada hermano se fue a su territorio el uno como príncipe y el otro como señor. Luego los títulos variarían a rey y conde. Nunca jamás los descendientes de ambos se llevaron bien, siendo continuos los hostigamientos sobre todo por parte del príncipe, mejor pertrechado que el señor del meandro. Cuando la villa del recodo comenzó a prosperar cesó el acoso y sobrevino una tregua expectante hasta que el último de los Manueles, aprovechó la salida del conde del recinto y metió mano en las arcas de la ciudad a la que veía progresar con recelo y codicia.
La monarquía a título de rey había devenido, más o menos, en época de los reyes católicos de Castilla. Parece ser que a la reina católica no le sentó nada bien que hubiera una tercera monarquía en la península, con lo  que le había costado reducir a los nazaríes de Granada, pero tuvo que resignarse, porque la hacienda castellana no estaba para más gastos en contiendas; por eso lo dejaron así y porque era insignificante, para que engañarnos.
La todavía comarca, aprovechando la afortunada coyuntura, tomó cuerpo como país propiamente dicho. Fue alumbrada como nación,  medida y bautizada; una mezcla de Hispania y Lusitania, para quedar bien con todos, y a la capital, dos docenas de casas de adobe mas una de piedra sin desbastar que era la del rey, de idéntico modo: Madisboa. Lustros  mas tarde una pariente de Carlos I casó con el heredero, porque las bodas, en aquellos tiempos, eran mas baratas que las guerras. De ese modo quedaban emparentados per sécula seculorum, aunque la reina consorte acabó sus días en el río no se sabe si accidentalmente o convenientemente ayudada. Por esa época el país era ya una nación floreciente y el rey tenía multitud de amantes, como corresponde a un monarca importante.
El minúsculo territorio, perdón, país, había sabido acoger a muchos expulsados de la colindante España, principalmente banqueros judíos, como ya conocen vuestras mercedes, y se sirvió de su inteligencia y de su dinero para prosperar bastante mas que sus dos vecinos, que si hubiera sido de mayor extensión ahora mismo los peninsulares todos, sin excepción ni de baleares, ni de canarios, ni de madeirenses, ni de azorianos, serian hispatanos sin remedio.

Algunos investigadores imaginativos columbran que tal vez un túnel natural comunique los montes hispatanos con los españoles próximos a la costa andaluza de Huelva y fuera por este método que los hombres pintores del Mesolítico vieron los barcos fenicios y los hispatanos actuales las naves que fueron y regresaron del Nuevo Mundo. Sea como fuere, la nación inició un comercio con las tierras descubiertas por Colón,  próspero y continuo sin saber cuando ni de donde  aparecieron las naos, en un país sin mar, con las que se dedicaron a surcar el océano sin descanso y a comerciar con mercancías valiosas y por ende productivas. Tengo que hacer notar aquí con sumo agrado que jamás los hispatanos mercadearon con semejantes, renunciando a participar en un negocio, el de tráfico de esclavos, tan productivo como vergonzoso para aquellos países que lo propiciaron y que trocaron el sufrimiento humano en un negocio rentabilísimo y por ende duradero.
Es harto curioso, convendrán conmigo, que el país mantuviera durante años una armada importante, que acompañó siempre a la española en lances por el Mediterráneo contra berberiscos, italianos y turcos y en alguna otra en los Mares del Norte de peor memoria, dado que Hispatania es evidente que no tiene costa. La flota hispatana tuvo como base el puerto de Cádiz, pagando buenos doblones por el amarre a la siempre codiciosa y casi siempre maltrecha hacienda hispana, que luego eran recuperados con creces cobrando por los barcos y los hombres al rey de España, incluso, a veces, al mismísimo papa de Roma, según las necesidades del momento.
Es una nación que siempre supo navegar entre dos aguas, pese a no tener mar. Quizá es un don hispatano y de ahí la larga supervivencia sin conflictos y con una envidiable prosperidad.
Resulta también curioso que hayan mantenido un fructífero tránsito comercial entre Las Indias Occidentales y la Península, sin asaltos de ladrones marítimos con patente o sin ella. Es chocante que los corsarios ingleses estuvieran siempre enterados de cuando se hacían a la mar los galeones españoles que eran asaltados nada mas dejar puerto o llegando al de destino y que los hispatanos se libraran siempre del abordaje arribando a Cádiz con  las mercancías al completo que luego vendían a buen precio en España en sustitución de las nacionales rapiñadas por los corsarios ingleses. Es Hispatania un ejemplo de aprovechamiento en beneficio propio de los errores y las ambiciones de sus vecinos lusos e hispanos; que amigo y pariente como era el rey de los dos peninsulares, estaba al día de todos los vaivenes de las saludes, guerras, alianzas, enemistades y haciendas, pudiendo por ello, enfilar siempre el mejor camino para beneficio propio y de la nación que gobernaba sin mucho esfuerzo, es de ley que se diga, porque los hispatanos fueron siempre tan obedientes como miméticos.
En este tiempo en el cual les hablo la monarquía hispatana se hallaba en la frontera, detenida justo en la raya, de un cambio de titular, dado que su majestad Juan II se encontraba aquejado de las mismas fiebres tercianas que habían matado a Carlos I de España, traídas se piensa, por algún viajero o por alguna mercancía ( fruta, especias), llegadas de la comarca de La Vera extremeña. Aunque. tras la muerte del primer Carlos se hubieran prohibido la importación de productos cacereños, en este momento hacía años que el comercio se había reanudado y se sospecha, parece que con fundamento, de un sabotaje puesto que nadie mas en Hispatania se contagió consumiendo sin parar los hispatanos productos de la Vera, por lo que aseguran los mal pensados, que alguien introdujo el mal, no se sabe cómo, ex profeso para el monarca, como si de cangrejos de río se tratara.
Los peor pensados aun, afirman que fue su hijo el príncipe, cansado de esperar a que su padre muriera de una vez para heredar el trono, siendo como son de longevos y de tercos los monarcas de Hispatania.
 Porque al futuro rey ya se le estaba pasando el arroz.



Los mellizos de la Comarca






Lo que se sabe de ellos con certeza, antes  que la definitiva guerra de las muchas que sostuvieron les hiciera desaparecer de la faz de su territorio y del mundo, es que fueron en origen, una tribu descendiente de Viriato, los Montaraces, dedicados como el antiguo caudillo al pastoreo por las empinadas montañas de su pequeño, minúsculo diría yo, país. Utilizando la hipérbole con avaricia, se diría que eran trashumantes, es decir:  iban y venían con la familia y la casa a cuestas hacia los pastos de invierno o de verano, sin salir de sus dominios, siempre arriba y abajo como las mareas, atraídos quizá también, por el influjo de la luna bastante próxima a la tierra por aquellos lares.
Durante siglos, cada vez que algún ejército asaz despistado se perdía por allí, en las numerosas visitas por sorpresa que moros y cristianos se hicieron a lo largo de toda la geografía de Iberia a través de ochocientos años de escaramuzas continuas, jamás encontraba a nadie a quien poder ir añadiendo a la conquista. Los montaraces eran maestros en el camuflaje. Estaban tan mimetizados con el paisaje, que pasaban inadvertidos. Los ocasionales invasores veían cabras pastando, pero nunca a los pastores. Por eso dieron en  llamar a la región: “de las cabras sin amo”.
__Curiosa comarca de las cabras sin amo__escribían los cronistas musulmanes. Se piensa-los historiadores tienen mucha imaginación-que tal vez las montañas estén horadadas por multitud de cuevas o grutas inaccesibles donde los montaraces se oculten desde tiempos prehistóricos y por ello jamás nadie los había visto hasta que ellos decidieron darse a conocer. Tal vez con los siglos, decidan retornar a hacer lo mismo y desaparezcan de la faz de la península ibérica.
El acceso al país, tanto desde España como desde Portugal, era un paso entre montañas tan recóndito como angosto, lo que propició que más de un posible invasor a lo largo de la historia  se diera la vuelta, recordando lo que había sido la batalla de Covadonga allá por el norte de España. Angostura y mimetismo- u ocultismo-, consiguieron mantenerlos al margen de casi todas las invasiones sufridas por la península ibérica a través de los siglos. Digo casi, porque los romanos si que llegaron al valle, menudos eran, buscando oro en los riscos de cuarcita. Este oro se encontraba, también, mimetizado con la cuarcita. Los romanos expertos en casi todo, rompían la roca con fuego y agua, rescatando los cuarzos que luego machacaban y lavaban para extraer el oro.  De esta época permanece cerca de la capital un paisaje parecido  a Las Médulas leonesas, amén de  un acueducto, una calzada que aun hoy atraviesa el país de este a oeste, un puente cerca de la frontera portuguesa y unas termas que los hispatanos mantienen muy  bien conservadas. Porque los romanos se llevaban el oro, pero dejaban infraestructura, hay que reconocerlo. Los romanos también nos legaron constancia escrita de la existencia de habitantes en la comarca; pocos y esquivos, escribía el cronista; pero por lo menos consiguieron verlos.
Desde tiempos remotísimos, antes incluso, de la invasión romana los Montaraces, estuvieron regidos por una especie de jefe de tribu que fue ascendiendo en el escalafón,  transformándose primero en caudillo, luego en señor, mas tarde en príncipe y por último en monarca. Eso si, los avances jerárquicos fueron en generaciones sucesivas, no sobre el mismo individuo. Siempre según la Crónica Lisboense,  poco antes del advenimiento del principado hubo un conato de guerra civil.
Ocurrió que el último señor era un hombre que gustaba de novedades, comodidades y amejoramientos. Había colocado en el suelo de tierra de su cabaña, en vez de paja como todo el mundo, pieles de animales y se había hecho traer de España un artilugio llamado cama sobre el que dormía envuelto en una frazada de piel de carnero; todo ello constituyó en la comarca una sorprendente novedad que asombró a propios y extraños y que le granjeó fama de adelantado. Su esposa, menos dada a modernismos, se negó a dormir en la cama porque se mareaba y continuó haciéndolo en el suelo como lo había hecho toda su vida. También aprendió el aventajado señor, no se sabe bien como, a tener criados en la casa que le anunciaran la llegada de algún visitante o de algún vasallo pidiendo algo. Esta costumbre, no obstante costó  algún que otro incidente cuando el caudillo ensartó en más de una ocasión  con la espada al criado, que entró en la estancia a fin de cumplir su cometido, confundiéndolo con un asaltante. Llevó su tiempo que se acostumbrara a lo que el mismo había implementado. Sin embargo estos contratiempos no le hicieron abandonar en absoluto su impulso renovador y probatorio.
Este hombre iluminado tenía dos hijos varones que habían nacido a la vez en el mismo parto, aunque obviamente uno después que otro. Por buena lógica el antes nacido sería el heredero; pero su padre los amaba por igual y quiso que ambos tuvieran titulo y tierras. Al primero le cedió el señorío como correspondía, transformado en principado- todo buen padre desea que sus hijos sean más que él- y para el segundo creó el nuevo señorío del meandro y le cedió para su gobierno y residencia la meseta que lo conformaba.
 Ninguno de los dos se alegró con la herencia.
El mayor lo quería todo como correspondía desde siglos, y el segundo ambicionaba la independencia y no tener que rendir pleitesía al hermano por el único mérito de haber salido al mundo con media hora de adelanto sobre su propio nacimiento. Su padre recibió un enorme disgusto con la disputa, que aceleró su ya prematuro abandono de este mundo de ingratos. Tras el entierro los dos hermanos decidieron jugarse el legado en un torneo. Habían pensado en otros juegos, pero hubo que desecharlos porque los gemelos eran torpes, muy torpes y rudimentarios. No parecían hijos de su padre. El que venciera en esta nueva lid, se quedaría con todo y el otro emigraría a Portugal o a España o a donde fuera, a buscarse la vida. Su madre trató de  convencerlos de acatar la voluntad paterna y de dar ejemplo de hombría de bien, como se esperaba de ellos y no comportarse como dos vulgares campesinos enfrentados por la posesión de un puñado de barbecho.
Fue inútil.
Los hermanos habían visto estampas de torneos en libros que poseía su padre, pero desconocían las reglas, dado que no sabían leer, aunque el progenitor trató por todos los medios de instruirlos. Pusieron tanto empeño en no aprender que su cansado padre no tuvo más opción que desistir, ya que habían acabado con la vida de todos los maestros del país- conviene aclarar para que no se alarme el lector,  que fueron sólo dos, porque no había más- a uno lo arrojaron al vacío desde el desfiladero y al otro le obligaron a comerse los libros con tapas de cuero y todo. Murió asfixiado. Meses más tarde el viejo volvió a intentarlo haciendo venir un maestro español en el cual había puesto todas sus esperanzas y que terminó por servir de alimento a los cerdos; nunca se supo si vivo o después de muerto. Por esto, debido a su elaborada ignorancia, no tuvieron otra que copiar más o menos fielmente las estampas en las que se mostraban varios espectadores en una especie de tribuna y una dama que agitaba el pañuelo y donde aparecían enjaezados caballos y caballeros, armados estos con escudo, y una extraña lanza sin punta a la que no adivinaban muy bien la encomienda, pero que imitaron como todo lo demás.


Continuará...



Christmas Blues (Cuento de Navidad)



Al día siguiente era Nochebuena, no podía esperar más. Tenía que pasar a la acción.
No había nada para cenar.
Ayer se habían acabado las patatas que sacara del contenedor de la basura y hoy habían comido col hervida procedente del mismo sitio. El pan, sin embargo, nunca les faltaba, porque su vecina que trabajaba en una panadería, les dejaba en la puerta pan tierno a diario y muchas veces magdalenas o cualquier clase de bollería. De las bolsas de alimentos que las pasaba cruz roja, sólo quedaba leche y cacao para desayunar hasta la llegada de la última remesa. Era injusto que ella y las niñas se quedaran sin cena cuando tanta comida se desperdiciaba en casa de los ricos, en casa de los banqueros, en casa de su jefe, sin ir más lejos. Ese cerdo que cenaría en familia con sus hijos como un patriarca modelo, como un empresario modelo que había mantenido su negocio de supermercados contra viento y marea y se había convertido en ejemplo para emprendedores presentes y futuros. Ese empresario modelo que había despedido sin contemplaciones, a trece trabajadoras, incluida ella, dejándolas en la calle.
Teresa trabajaba en atención al cliente, tenía treinta y ocho años y una antigüedad  de seis en la empresa, pero había cometido el error de ponerse enferma, tres días en abril y siete en mayo a causa de una fuerte afonía sobrevenida por los excesos del aire acondicionado y por tener que hablar durante ocho horas cada día. En ese periodo tenía programados cuarenta y dos días de trabajo, por eso, al alcanzar las bajas el 23,81% de las jornadas laborales, la empresa la despidió, adeudándole, además, el salario de seis meses. Encima había tenido que aguantar que el gerente le insinuara que siendo amble con él, podría hacer algo por ella, el muy baboso.
Los sindicatos recurrieron ante los tribunales, dado que las ausencias se habían producido con anterioridad a la aprobación de la nueva reforma. Dos despidos fueron declarados nulos, uno de ellos por defecto de forma, pero el suyo fue declarado procedente y aunque los sindicatos continúan recurriendo, ella sigue sin trabajo.
Y además sin marido, porque el muy cerdo, la dejó sola con las niñas y se fue a Sudamérica tras una bailarina brasileña que meneaba el culo en la misma orquesta donde él tocaba el saxo. Nunca más tuvo noticias y por supuesto nunca recibió ni un euro para mantener a las hijas.
Como si no fueran suyas.
Con estos pensamientos, que nunca se  sacaba de la cabeza, vistió el abrigo que había estado adaptando, con esmero, par el robo que pensaba perpetrar en el supermercado más cercano de la cadena para la que trabajó hasta que las reformas anti crisis la dejaron en la calle. En realidad ella no lo consideraba un robo, si no el cobro en especie de una parte del dinero que le adeudaban. Un trueque desesperado y unilateral.
En la calle hacía menos frío que en su casa. Cuando regresara saldría con las niñas al parque, para que entraran en calor. Porque estaba segura de que iba a regresar con lo necesario. No contemplaba, bajo ningún concepto, que pudiera sucederle algo como que la descubrieran y avisaran a la policía. A ella no podía ocurrirle algo así, lo de ella era justo y totalmente necesario. Era imprescindible si querían cenar como Dios manda en la noche de Nochebuena.
Se encomendó mentalmente  a todos los santos conocidos y atravesó la puerta con paso firme. Hay que aparentar normalidad, es fundamental para que todo salga bien.

Nicolás, el vigilante, la vio entrar y se  alegró. Siempre la había gustado Teresa. Era alegre y amable. Una buena tía. Además era guapa. Tenía las piernas largas y un culo duro y respingón tras el que se iban los ojos de los compañeros. Le hubiera gustado acercarse  y saludarla, preguntarle cómo le iba la vida, interesarse por las niñas…Pero era tan tímido que no se atrevió.
Al contemplar como guardaba el pavo primero y los langostinos después bajo el abrigo,  con la mayor desfachatez, se puso pálido. Comprendió al momento lo que estaba pasando y sintió una rabia y una ternura igual de intensas.
Miró a todas partes para cercionarse de que ningún otro compañero la había visto y la siguió sin que ella se apercibiera siquiera de que nadie la observaba.
__Podía poner un poco mas de atención, caramba, que la van a descubrir.
Teresa se dirigió resulta a por el turrón, después a por la tarta helada, y hasta guardó unas servilletas  de papel decoradas con motivos navideños. Una cena completa.
__Falta algo__ pensó Nicolás contagiado del espíritu navideño del papá Noel que interpretaba tras su jornada, para el mismo supermercado.
Teresa se topó con el de bruces. Hombre, el bueno de Nicolás. Tenía, como siempre, una sonrisa de oreja a oreja, mas  una botella de vino en la mano derecha y otra de cava en la izquierda.
__Te faltaba esto. Anda sígueme.
La acompañó hasta el torno de salida y le dijo a la cajera mas próxima:__Jennifer, la señora no hizo compra.
Lo cual era absolutamente cierto.
Ya en la puerta, Teresa se volvió y lo miró con gratitud.
__Gracias. Gracias. Gracias.
__Ho, Ho, Ho__respondió Nicolás.
Era la primera vez que esos tres monosílabos le salían del corazón y no le parecían una gilipollez.