El misterio de la Torre Sur




Introducción


Cuando terminó la actuación, el nuevo camarero le trajo el recado.
    —El jefe al teléfono.
   —¿Tiene que ser ahora? Me han invitado a una copa y la cosa promete.  Aquel calvo de allí ¿lo ves?
    —¡Venga!_ apremió el camarero haciendo un gesto con la cabeza en la dirección del teléfono.
    La voz del jefe sonó como un trueno seco de verano.
    —Necesito material.
    —En unos días.
    —En unos días, no. Ahora mismo te pones a ello. Mañana quiero resultados. ¿Estamos guapa?
    —Estamos, estamos. ¡Cuántas prisas!
    —Oye, no tolero un fallo. Necesito cuatro. Lo de siempre. No os paséis  que luego los quiero para otra cosa.
    —¿Para qué?
    —Sin preguntas. Tú haz tu parte y punto. ¿Ok?
    —Ok.
    De muy mala gana evitó volver a la sala para no encontrarse con su admirador. Ya en el camerino se quitó la peluca, el maquillaje, el vestido, el sujetador con las tetas postizas y se vistió con su ropa normal. Mientras, pensaba en la caza. Ya lo tenía todo planeado y dispuesto. Esta vez iba a ser más audaz, más temeraria; “muy aventurado” había dicho su ayudante. Parecía aventurado, pero no lo era tanto. Por el edificio circulaban a diario tres mil personas, entre ejecutivos y personal de mantenimiento, seguridad y limpieza. Sin contar los visitantes. “Esa torre está petada de cámaras”. Eso era lo que creía la gente, incluido su ayudante. El plan que había previsto no era difícil de ejecutar. Lo tenía todo estudiado al milímetro. El operativo sería fácil partiendo de la planta décima, donde estaba la clínica. Luego era cumplir la logística, como todo.
    Además, le iba el riesgo. Sin una buena dosis extra de adrenalina no podría con el trabajo, y este nuevo reto le iba a proporcionar un extraordinario y necesario subidón.
    —Cada día estás más guapa —dijo lanzándose un beso en el espejo, antes de apagar la luz y salir.











Capítulo I



La esposa del primer desaparecido llamó, histérica, a la policía: su marido no había regresado del trabajo, “no, no volvió en toda la noche, he llamado a todo el mundo, a la familia, a la oficina, a sus compañeros, nadie sabe nada. Ayer lo vieron tomar el ascensor como siempre, pero su coche continúa en el parking. Hagan algo por favor, por Dios se lo pido, ya no se qué pensar ni a quien más llamar”.
 Horas más tarde la policía se puso de nuevo en contacto con ella. “No, no dejó una carta, ni siquiera una nota. ¿Un suicidio? ¡Ni pensarlo!, mi marido no era de esos. Tampoco dejaba cabos sueltos, ni explicaciones por dar”.
    En efecto, no dejaba cabos sueltos. Fuera lo que fuera lo que hubiera sucedido, en el ascensor se le perdió la pista. Era un hombre religioso de misa frecuente y de costumbres austeras. No tenía vicios ni se le conocían amantes Un hombre previsible que parecía haberse evaporado.
    El distrito financiero de la ciudad, donde la Torre Sur destacaba por su ampulosidad, estaba atestado de cámaras de seguridad. La policía las revisó a conciencia. Ninguna había captado al susodicho el día que, supuestamente, desapareció, ni en los días siguientes; igual sucedió con las del parking. Allí continuaba su coche esperando pacientemente, como un novio al pie del altar.

    El cura de la parroquia que frecuentaba aseguró no haberlo visto desde tres días antes de la desaparición. En la asociación de antiguos alumnos del colegio San Ignacio de Loyola confirmaron a la pasma no saber nada de él desde la última reunión tres meses atrás y al club de pádel hacía un mes que no acudía porque según le confesó a su compañero de partido, la fusión de su empresa con otra argentina no le dejaba tiempo para nada. Según todos los que lo trataban con asiduidad, andaba estresado y de mal humor.
    La policía no descartaba la desaparición voluntaria, ni tampoco el suicidio, aunque su mujer perjurara que era imposible.
    “Nada es imposible”, comentó el inspector García, muy dado a las frases hechas y a los lugares comunes.
    “No puedo creer que mi marido se haya ido para siempre”.
    “Nada es para siempre”, volvió a sentenciar García.
    “Por favor inspector, encuéntrenlo, no puedo vivir sin él”.
    “Eso se lo dirá a todos”. Esto García, obviamente, sólo lo pensó.
     El misterio personal de Iñigo Méndez dejó de serlo cuando desapareció el segundo ejecutivo en el mismo edificio: un mando intermedio de una consultora internacional, que no guardaba relación alguna con el primero. Nadie tenía noticia de que se conocieran ni siquiera de vista. Tampoco parecían conocerse entre sí ni con los dos primeros, los tres restantes desaparecidos en días sucesivos.

    A estas alturas, la ciudad y el país entero habían aparcado las preocupaciones habituales de los tiempos difíciles, para ocuparse tan solo de tratar de resolver el misterio.
   En la red, el hashtag trending topic del momento era: #torresur. Allí se iba almacenando información, novedades, opiniones y comentarios para todos los gustos y casi en la misma profusión, aprovechando la coyuntura del anonimato, amenazas individuales o colectivas, incluso apocalípticas.
   “Los hombres hemos vuelto a cometer un gravísimo pecado de soberbia, construyendo torres cada vez más altas, como puertas  que alcancen el cielo donde la realidad del hombre --lo concreto-- se una a lo trascendente y lo utópico --Dios--.Los hombres no sólo no renunciamos a conocer a Dios, si no que queremos igualarnos a Él. Dios ya había mostrado su ira por ello en Babel, lo que sucede es que no queremos recordar. En aquel tiempo, el castigo fue  la confusión de lenguas, que obligó a los hombres a esparcirse pu ira de otra manera: es hora de que se abran los infiernos  y que la maldad emerja para alimentarse con las almas de los pecadores que irán desapareciendo hasta saciar por completo la sed del monstruo”. No se aclaraba quien era el monstruo si el dios enfadado y vengativo o el demonio liberado y hambriento.
   Lo mismo ocurría en todos y cada uno de los programas amarillos de radio y televisión, sobre todo de  esta última. Aquí, cada invitado poco o nada cualificado, tenía una teoría. A un mes del comienzo del misterio de la torre eran miles las opciones que se discutían, la mayoría de lo más pintoresco. Volvieron a aparecer los típicos iluminados intergalácticos, postergados últimamente dado que la realidad terrena  ya parecía de ciencia ficción, que entre otras excentricidades aseguraban haber sido informados de como los cinco (que así se les conocía ya), fueron abducidos y llevados a otro planeta en  otra galaxia. Esto era tan cierto como que existen los Umitas porque sus contactos del universo interestelar así se lo habían hecho saber mediante trasmisión telepática. “O sea que no los busquen que no los van encontrar”. “Quizá regresen cuando ya no haya vida en la tierra”.
   —Pues menuda putada —dijo la abuela de Isabel la limpiadora, que no se perdía ninguna de las cosas de la tele.

   Otros contertulios mas espirituales, manifestaban sin ningún pudor, haberlos visto en el Atlas marroquí cuidando cabras unos o cultivando azafrán otros, llevados hasta allí por un  súbito ataque de anacoretismo, tras comprender ¡por fin! que la felicidad consiste en apreciar lo simple y buscar por ello soledades difíciles de encontrar aquí, en Europa y sin querer llegar hasta el Himalaya, por ejemplo, porque hace demasiado frío, ni a las selvas infranqueables de Borneo o Vietnam, porque se hubieran perdido hasta de ellos mismos. Y desde Marruecos se podían tener noticias de España, si arreciaba la nostalgia, con solo acercarse de incognito, claro, a alguna ciudad.
     —Si hombre y tú ¿cuánta hierba te habías fumao cuando los viste?, desgraciado. Niña ten cuidado en esa torre, no te separes de las compañeras.
    “Esto es obra del comunismo internacional para amedrentar al país. Cuba y Venezuela financian este nuevo terrorismo a escala planetaria”.
     —Pero si el país ya está jodido por los Bilderberg esos —volvió a decir la abuela.
    “Han sido las mafias chinas, para traficar con sus órganos”.
    —Bueno, esto ya está más visto…Niña, de todos modos, tú por si acaso no entres en los bazares de Oriente…
    “Ha sido el extremismo islámico que los ha reclutado como yihadistas.
    “La CIA los ha captado como espías”
     —¿En qué quedamos? Niña, tú cuando veas un tío con turbante o a los hombres de negro sal corriendo.
     —Abuela te voy a castigar sin tele, ya verás.

   Pero la palma de oro de lo intolerable se la llevó el mago que juró y perjuró haberlos hecho desaparecer como parte de una estrategia de márquetin y se dedicó a hacer demostraciones in situ de su capacidad para  volatilizar personas ante las cámaras y el público presente en la calle y los alrededores, que mas tarde volvían a aparecer en el mismo sitio.  Pero los cinco no. Esos solamente ellos, él y los patrocinadores sabían dónde estaban.
   García juró que lo mataba. Detenido en comisaría, se negó a declarar a no ser que estuviera delante su abogado. “Conozco mis derechos”. “Eso es en las pelis americanas, aquí no” le dijo García. “Si te gusta el cine te voy a presentar a Harry el sucio. Ya verás”. Después de diez minutos con el sucio confesó entre sollozos que había aprovechado la coyuntura para hacerse publicidad. “No tengo trabajo, era la única manera de darme a conocer. Ahora todo el mundo habla de mí. Por favor, por favor, déjenme ya, tengo una familia”. García casi le cruza la cara.”Los desaparecidos también la tienen. ¿No lo habías pensado?”.
   Después de que el ministro del interior se reuniera con los familiares de los cinco para pedirles disculpas y ponerles al día de lo poco que sabían, la policía divulgó un comunicado mediante el cual dejaba claro que la investigación proseguía su curso, que no podía ser desvelado, lógicamente, y que ellos y solamente ellos, serían quienes informaran cuando hubiera algo definitivo que contar. Entre tanto cualquiera que se dedicara a “hacer circular pistas o expectativas falsas sería puesto inmediatamente a disposición judicial”.

    La emblemática Torre Sur, no daba más que quebraderos de cabeza. Primero había sido la cornisa móvil que, para hacer honor a su nombre, comenzó a soltar losetas de aluminio sobres los, en principio, desprevenidos viandantes, para que luego se fueran con abogado y  parte médico e incluso con abogado y loseta incrustada en alguna parte de su anatomía, a reclamar la correspondiente indemnización a la comunidad autónoma propietaria del edificio. Además siendo como eran de diseño, reponerlas le salía al gobierno provincial por un ojo de la cara.
    Luego, fue el pleito que el arquitecto interpuso a la comunidad, por no haberle pagado en los plazos convenidos. La demandada adujo que antes de la fecha del último plazo, la cornisa ya había herido a veintiséis personas, decapitado a un perro y causado diferentes daños a cuarenta y tres vehículos mientras estaban estacionados debajo de la puta visera de los cojones-esto según palabras del presidente de la comunidad-, quien decidió demandar a su vez al arquitecto por daños y perjuicios, amén del  deterioro causado a la imagen de la ciudad, ejemplo mundial, hasta entonces, de eficacia y limpieza, cuyo edificio  cayéndose a pedazos dio la vuelta al mundo, impidiendo con ello que el consorcio qatarí que había reservado las seis primeras plantas para instalar un hotel, continuara con el proyecto. Cuando, tras retirar la visera e implorar la intervención del rey para conseguir reanudar las gestiones ante los qatarís, ofreciendo un precio más que favorable para el consorcio, el hotel estaba a punto de inauguración, comienza a desaparecer gente.  “Avisa a ese cura que hace exorcismos. Esta torre está poseída”, casi suplicó el presidente a su secretario que lo miró como si acabara de ver a un marciano.

    Todo había principiado un jueves, día nefasto donde los haya; la primera víctima, Iñigo Méndez, ejecutivo de una empresa eléctrica, terminó su jornada, tomó el ascensor, se cree que para dirigirse al parking al que nunca llegó, y hasta la presente, no se había vuelto a tener noticias.
  —Otro que se fue a por tabaco —había dicho la abuela de Isabel,  cuando escuchó la noticia.
   El viernes, uno de los asesores de una consultora internacional, siguió sus pasos.
    —Estos se fueron al Caribe. Seguro que ligaron por internet —volvió a decir la abuela.
    El lunes fueron dos los que desaparecieron. Y el martes el quinto y último, por el momento.
    Nadie los volvió a ver. No se pusieron en contacto con nadie y nadie reclamó un rescate, por lo cual la teoría del secuestro por dinero se fue abandonando por todos los investigadores profesionales y aficionados.


    Isabel formaba parte del grupo de empleados encargados de  la limpieza de la Torre. Desde que se había separado trabajaba para Limpissimo y conocía, de vista, a dos de los ejecutivos que parecían haberse evaporado. Les veía llegar, a menudo,  muy temprano. Uno de ellos jamás saludaba y parecía molesto con el hecho de que las limpiadoras anduvieran aún por allí. El otro, más mayor, era un hombre afable que siempre daba los buenos días con una sonrisa. Así se lo contaron ella y su compañera a la policía, añadiendo que les daba pena la suerte que podía haber corrido.

   La policía iba y venía de continuo interrogando a todo el mundo. Isabel les veía perdidos; habían transcurrido varias semanas y no tenían ni una pista. En cuanto comenzaban un itinerario medianamente aceptable, desaparecía el siguiente y volvían a quedar con el culo al aire. Ya habían descartado un montón de probabilidades. No faltaba dinero en ninguna de las empresas, ni en las cuentas de los desaparecidos. Sus pasaportes estaban en sus domicilios, por lo cual era improbable que hubieran salido del país y todos, excepto uno, llevaban una vida ordenada y previsible, tanto que eso les podía haber convertido en una presa fácil para quien quiera que hubiera urdido o llevado a cabo las desapariciones, caso de que así hubiera sido.
 “Porque no creo que la Torre mate o haga desaparecer a la gente por sí sola. Alguien tiene que estar detrás de todo esto”, pensaba Isabel que era, de siempre, aficionada a los misterios.
   No participaba en las porras que la mayoría de sus compañeras hacían sobre cual teoría de las que se barajaban en las tertulias televisivas sería la acertada o la que más se aproximara. Tampoco lo hacía su compañera Celia. Ambas se sorprendían de la ligereza y la familiaridad con la que el resto, trataba a los cinco desaparecidos, refiriéndose a ellos por su nombre de pila y divulgando bulos sobre su vida privada que tan solo obedecían a deducciones gratuitas, dado que ninguna los conocía ni siquiera de vista.
   “Hoy en día todo vale, ya no hay respeto por nada. A mí no me educaron así y supongo que a ellas tampoco, no sé en qué tramo del camino se perdió la consideración hacia los demás”.

   Dos de las empresas afectadas, radicadas en dos de las plantas donde limpiaba  y en vista de la poca eficacia de la policía, decidieron contratar a un investigador privado, tratando plausiblemente, de hallar un indicio por donde desenmarañar la madeja de conjeturas y falsas pistas en la que se hallaban sumidas.
    Un lunes a las siete de la mañana, Isabel y su compañera vieron  aparecer por la Torre Sur, planta vigésima, un par de elementos muy peculiares. Eran dos tipos diferentes, opuestos como el sol y la luna. O mejor, como una estrella de poco fuste, aunque estrella al fin y al cabo, y un pedrusco  perdido por la galaxia. El más joven era alto, con cierto aire Richard Gere, el pelo gris y una sonrisa puesta en la cara de modo permanente. Pero no era una sonrisa afable como la del desaparecido señor Guerrero. No era de esa clase. Era la típica sonrisa ladeada del hombre que se sabe guapo y mira con suficiencia a todos y en particular a las mujeres.
    Se llamaba Aníbal Manero y era conocido por ser un mujeriego sempiterno y por sus métodos poco ortodoxos las más de las veces. Para Manero el resultado justificaba siempre los medios y como al fin y al cabo, resultados eran lo que querían los clientes, tenía trabajo a porrillo, incluso en tiempos de crisis como los presentes.
    Su ayudante, su sombra, su mano derecha y su opuesto irreconciliable se llamaba Casimiro Desgracia. Era una albóndiga con piernas. Un tipo ordinario y descuidado, fiel a Manero como un perro al que  cubría la retaguardia tanto en lances investigadores como amorosos. Estuvo varias veces  a punto de perder la licencia, la última había sido cuando le pegó un tiro en la pierna derecha al novio, diputado provincial, de la última conquista de su jefe: una rubia teñida, chica tele tienda en la emisora pagada por la Comunidad. Aníbal se la había trabajado para conseguir información acerca de la implicación del político en una trama de extorsión a empresarios. El mencionado cornudo, tal vez por la sospecha de que la rubia hubiera hablado, salió detrás de Aníbal, pegando tiros, sin ninguna puntería, con una recortada. Aníbal mientras se ponía a cubierto, no salía de su asombro. Gente hasta ayer común y corriente, que apenas hacía la o con un canuto, era entrar en política y espabilar de repente hasta igualar al más avezado de los mafiosos tanto en armamento como en modos y maneras de extorsión y amenazas o en telarañas internacionales de empresas interpuestas e intercaladas para hacer perder el hilo al más pintado de los sabuesos.     No destacaban en nada más, pero en delinquir hasta hacerse escandalosamente millonarios y en ligar con putas que los desplumaban luego, se llevaban la palma.
    Casimiro, que esperaba en el coche, entró al oír los tiros y no tuvo otra que poner al mafioso, perdón, diputado, fuera de combate de varios tiros por la espalda y como era del partido conservador le destrozó, literalmente, la pierna derecha.”Para que luego digan que no soy coherente”.
    El diputado, cojo para siempre desde ese nefasto día, juró por los principios de la Internacional Conservadora,  no cejar hasta ver hundidos en la mierda al Manero de los cojones y sobre todo a la albóndiga que le disparó. Menos mal que el partido le apartó del poder y sin éste no hubo más influencias ni menos aun favores.
    “Tal vez en la cárcel conozcas a alguien que por poco dinero te los quite de delante”, le había dicho, mas como burla que como consuelo, el que fuera hasta ese momento su mano derecha.

    Estos dos elementos, llegaron un lunes llamando la atención, como de costumbre. Mientras subían,  el elevador se había detenido en la decimotercera planta y una morena despampanante-demasiado para ser de verdad- lo abordó, para deleite de Aníbal que no le quitó la vista de encima. Ella le miraba de soslayo con sus penetrantes ojos verde esmeralda. Manero salió del ascensor caminado hacia atrás para no dar la espalda a la mujer y antes de que se cerrara la puerta le hizo una cortés y rendida inclinación de cabeza.
    Al darse la vuelta tropezó con el cubo que Isabel no había tenido tiempo de retirar, perdió el equilibrio y no se sentó en el suelo mojado porque ella acudió al quite como el mejor subalterno, evitando que la ceremoniosa despedida terminara en un ridículo vergonzante.
 Manero, que era un mal educado, iba a ponerse como un energúmeno, pero el físico de Isabel, alto, rubio, de ojos azules y formas rotundas, le frenó. Aunque fuera la limpiadora, estaba muy buena, hostia, y él ante un buen físico, no  hacía ascos a ningún oficio. Al igual que don Juan nunca había sido elitista.

    Más adelante descubriría muchas cosas interesantes acerca de ella.


Continuará...

La reina hilandera

 Este es el primer capitulo de la historia de los "reyes de Pravia"; Aun está sin terminar, es un adelanto...Hago notar que no es un libro de historia, es un relato sobre personajes y hechos históricos, utilizando los datos que existen, que son pocos y muchas veces contradictorios...

Adosinda de Asturias



Finalizaba el verano de aquel año 768 tan sangriento; a los pies de la cordillera los días eran cada vez más cortos y las tardes, ahora mismo, cambiantes y desapacibles. La Corte de Cangas era un hervidero de intrigas, un criadero de cuervos, un nido de víboras. Fruela I, el cuarto rey de los astures, había sido asesinado y urgía un nuevo rey, conveniente eso sí, a los intereses de la nobleza asesina y electora. Urgía un rey que no tomara represalias.

   Los nobles del Aula Regia, casi todos, eran contrarios a que Bermudo, el hijo de Vimara, fuera el elegido. Su tío Fruela había sido asesinado por el mismo Consejo que ahora designaba rey. Teniendo en cuenta que Fruela había dado muerte a su hermano Vimara al darse cuenta de que los nobles le preferían, que éstos eligieran a su hijo hubiera significado una reparación, pero el Consejo tenía otras ideas. Si los nobles asesinaron a Fruela fue por algo, fue porque preferían otro rey más acorde a sus intereses, no fue para hacer justicia, ni para que aquella rama de la familia continuase en el poder; eso era lo de menos. Lo importante era que el rey no se les fuera de las manos.
   Fruela, el Hombre de Hierro, había sido un rey difícil; Había logrado enfrentar a la monarquía con el clero al decretar la prohibición de los casamientos de clérigos, y la obligación dolosa de abandonar a sus familias, los que ya lo estuvieran, lo que había causado un enorme malestar en todo el reino. Por otro lado, se había enemistado con el emir de Córdoba, Abderramán I, al ordenar degollar a su sobrino Omar, al que tenían prisionero desde la batalla de Pontuvio. De puertas para adentro, era igualmente un déspota, arrogante y cruel; trataba con brutalidad a sus siervos cuyas vidas no valían nada si cometían el más mínimo error o se cruzaban en su camino en el momento equivocado, y humillaba y vejaba a su mujer Munia, la alavesa, que tras su muerte había huido despavorida de vuelta a su tierra. Los hijos habían quedado al cuidado de su tía Adosinda. Las dos mujeres habían tenido un sonado enfrentamiento a propósito de los hijos del rey  a los que su madre pretendía llevar a Álava pensando que los nobles les darían muerte también lo mismo que a ella.
   __Los niños ya no son tuyos__ le dijo Adosinda__ son los hijos del rey. Alfonso será rey en su momento y debe permanecer dentro de su reino y no huir como un villano, aventurándose por tierras moras, para vivir en un territorio indómito sin orden ni concierto, con unas gentes que si siquiera hablan latín. Ni lo sueñes.
     __Los niños necesitan a su madre.
   __Pues quédate aquí con ellos, como por otra parte sería tu obligación.
   __Aquí corremos peligro los tres.
   __Aquí corremos peligro todos. Si los nobles se han atrevido a derramar sangre de rey, nada les detendrá si nos ven como una amenaza; pero la hija y los nietos de Alfonso I no huyen como cobardes. Pondré a los niños a salvo dentro de las fronteras del reino, en un lugar seguro. Haré que los eduquen como lo que son.
   __Yo no puedo continuar aquí, tengo muchos enemigos. Nunca me vieron con buenos ojos. Mi vida no vale nada.
   __Márchate pues si es tu deseo, pero te irás como llegaste: sola. Tus hijos ya no te pertenecen.
   La bella Munia, la vascona botín de guerra, que había encandilado al rey Fruela, dudó un tiempo entre sus hijos o su vida y al final el miedo a la nobleza y al clero y a los muchos enemigos de su difunto marido, pudo más que el amor a sus hijos y partió para Álava donde su familia se había establecido tras huir de Vardulia[1].
   En el reino se venían sucediendo las revueltas y los enfrentamientos entre los nobles y el clero y entre facciones de la nobleza, a favor y en contra del rey y sus decisiones; Como consecuencia, muchos siervos descontentos, aprovechaban para revelarse contra sus señores. Un tal Máximo[2] encargado  por Aurelio de Cantabria, el primo del rey, de supervisar los trabajo de desbroce y acondicionamiento de la explanada donde iba a levantarse el monasterio de San Martin, lideró la revuelta contra los señores de la zona, aprovechando que Aurelio se hallaba en Cangas esperando el resultado de la votación y según muchos, participando en la sombra en el asesinato de Fruela. La revuelta de San Martin fue imitada en casi todos los señoríos y reprimida en algunos con excesiva crueldad, lo que propiciaba nuevas y más encarnizadas revueltas al mezclarse el deseo de libertad con el de venganza. Sangre por sangre, con la aureola de la redención como excusa.
   Por todo ello, El Consejo decidió elegir rey cuanto antes, poniendo los cinco sentidos en la elección. Se necesitaba un hombre inteligente y capaz, diplomático  a la vez que firme y de la estirpe reinante a ser posible. Y que no tomara represalias contra los asesinos.
   Así las cosas, Aurelio de Cantabria se perfiló como el mejor candidato. Había demostrado su firmeza y arrojo al sofocar las primarias rebeliones contra los señores locales. Sería bueno alguien con fama de duro al frente del reino para frenar sucesivas tentaciones levantiscas. Además era un buen negociador con los moros, sabía entenderlos, y ese era otro punto a su favor. Si no había participado directamente en el crimen regio, tampoco lo había estorbado. Limpio del todo no estaba, por lo que no cabía esperar represalias. Y era devoto partidario de Beato de Liébana, a quien apoyaba en sus diatribas contra Elipando[3], cuyo pensamiento teológico no gozaba de predicamento entre la nobleza del reino astur. El arrianismo había quedado atrás desde hacía siglos. Así pues, con el rey anterior todavía insepulto, Aurelio de Cantabria fue proclamado quinto rey de Asturias.

 Adosinda, la bella hija de Alfonso I, hilaba con sus damas en una fría sala de palacio, cuando llegó la noticia.
   __Señora, el Consejo ha decidido.
   __ ¿Y bien?
   __El elegido ha sido Aurelio, el hijo de Fruela de Cantabria.
   __Se de sobra de quien es hijo. Un títere en manos del Consejo; en manos de Mauregato, ese mal nacido. El dirigió la revuelta que acabó con mi hermano.
   __Yo pienso que Mauregato no tuvo nada que ver, creo que te equivocas. Sin embargo Aurelio, ese montaraz, si no participó, tampoco hizo nada por impedir el crimen. Además Mauregato es tu hermano. No deberías hablar así de él__ le recriminó Teodomira, su dueña y nodriza.
   __Hermanastro, que no es lo mismo. Hijo de mora.
   __Como tu primo Silo, el pésico[4].
   __No te atrevas a comparar a una dama emparentada con el califa, con una esclava lasciva y artera que hechizó a mi padre.
   __A tú padre no le hacían falta hechizos de ningún tipo cuando veía una mujer bella. Y Sisalda lo era y mucho.
   __ ¡Ni la menciones! Ese hijo de puta se ha salido con la suya.
   __Sabes de sobra que han elegido al linaje cántabro. Si tú estuvieras casada, el elegido hubiera sido tu marido con toda probabilidad.
   __Yo soy nieta de Pelayo como mi hermano Fruela.
   __Si, pero dado lo acontecido han preferido obviar al linaje de Pelayo y retomar el de tu otro abuelo[5].
   __Me gustaría hablar con Silo. Id a buscarlo, le veré en mis aposentos.
   Adosinda se levantó y se dirigió a sus habitaciones. El aire de su tocado flotando por los corredores hacía oscilar la tenue llama de los velones; su vestido almidonado se frotaba contra el pavimento en un sensual roce que acompañaba su caminar apresurado, como una contradicción. Así era la hermana del rey asesinado: resuelta y precavida, recatada y sensual, femenina y varonil.
   __Hay que poner a salvo a Alfonso, ese mal nacido le hará asesinar__ le espetó a Silo nada más aparecer por la puerta.
   ___ ¿Aurelio? No lo creo. Aurelio viene a poner paz. Se le ha elegido por ser prudente y moderado…
   __ No me refiero a Aurelio, sabes de sobra que hablo de Mauregato. Ese es el peligro. Intrigará y no cejará hasta conseguir el trono.
   __Difícil lo veo. Que consiga el trono, me refiero__ explicó Silo ante la cara de extrañeza de Adosinda__ es un bastardo, no lo olvides.
   __Por eso. Intrigará, matará y hará lo que sea para ser rey. Voy a llevar a Alfonso y a su hermana Jimena a San Julián de Samos, en Lucus[6]. Allí con los frailes estarán a salvo. Ellos les protegerán y darán a Alfonso la instrucción que precisa para ser el futuro rey. Me gustaría que me acompañaras hasta el límite de vuestras tierras. Necesitaré una escolta fiel y preparada. No me fio de casi nadie.
   __ ¿Necesitarás?
   __Naturalmente. Yo les acompañaré. No voy a permitir que viajen solos tan niños. Es mi última palabra.
   __Está llegando el invierno. Además hay que dar sepultura al rey en la catedral de San Salvador.
   __Si salimos mañana mismo, hay tiempo de sobra. No vamos a acudir al entierro. No quiero ver allí presentes a los mismos que le dieron muerte, no lo soportaría. Que vaya el nuevo rey y sus adláteres regicidas.
   Adosinda hizo una pausa. Sus sentimientos eran contradictorios. El rey asesinado era su hermano, pero también lo era Vimara, al que Fruela dio muerte con su propia mano. Fruela era un fratricida, algo que se solucionaba de puertas adentro, pero los nobles que le dieron muerte eran regicidas, habían cometido un delito contra el rey y contra el pueblo; eran sacrílegos y traidores, merecían la muerte, incluido Aurelio y sin embargo continuaban impunes y el cántabro incluso era el nuevo rey, protector por tanto de los nobles asesinos y enemigo de la familia del rey asesinado. Aunque ella prefería arremeter contra Mauregato. Era un odio patológico, algo que la sobrepasaba, algo que no podía evitar. Más de una vez se reprendió ella misma por su parcialidad en contra de Mauregato. Pero siempre encontraba argumentos para justificarse. Las más de las veces costaba encontrarlos, pero siempre lo conseguía.
   Silo permaneció en silencio mientras Adosinda hacía esfuerzos para no echarse a llorar. Con el aplomo digno de una hija, nieta y hermana de reyes, se sobrepuso al dolor y a la rabia, para lograr concluir la conversación con su primo.
   __Había pensado hacer un alto en Flavium Avia[7] en tu casa, si te parece bien. Hace mucho, además, que no veo a mi tío Fruela. Desde allí las comunicaciones son mejores. Según pinte el tiempo, elegiremos el mejor camino.
   Silo se maravillaba de las aptitudes de mando de la hija de Alfonso I, su prima Adosinda. Si hubiera nacido hombre, hubiera sido un gran caudillo. Hubiera sido un gran rey. Controlaba el reino a la perfección, lo tenía entero en la cabeza. Mientras sus manos hilaban, su cabeza daba vueltas como el huso; giraba en torno al acontecer de palacio, de la corte, del reino astur y del resto de reinos. Conocía cada personaje, cada idea nueva o vieja, cada punto de vista; estaba al tanto de lealtades y deslealtades, de rebeldías y de fidelidades. Era amiga de moros y cristianos, de guerreros y frailes. Sabía donde saltaba la herejía y donde estaba la verdad. Conocía los caminos, los ríos, los valles y las montañas. Todos los vericuetos del reino. Podía ver en el fondo de unos ojos y adivinar los más recónditos pensamientos. Por ello, si decía que Alfonso peligraba en Cangas, haría lo indecible por ponerlo a salvo, y nadie podría convencerla de lo contrario.
   __De acuerdo, haré lo que me pides. Pero mañana por la mañana será demasiado pronto…
   __Si te pones a ello en vez de perder el tiempo discutiendo conmigo, llegarás de sobra. Partiremos a media mañana, mientras todos están de funeral. Por la noche habremos llegado cerca de la Puebla de Aguilar[8]. Pernoctaremos en el castillo de Soberrón. Con suerte llegaremos a poblado cada noche. De no ser así, acamparemos. Dispón material y carros suficientes. Silo__  llamó cuando él ya se iba__ Solamente me fio de ti.
   A Silo le gustaba su prima desde que la había conocido siendo aun muy niños. Era delicada y suave, instruida y culta, pero además, tenía carácter, algo de lo que él adolecía. El era más un hombre de letras, el estatus guerrero le venía grande. Era hombre de paz. Le hubiera costado sofocar rebeliones con la ferocidad de otros y nunca, bajo ningún concepto, hubiera asesinado a su hermano, ni ordenado degollar, así porque sí, a ningún prisionero y menos siendo primo de Abderramán. Tal vez porque su madre descendía de moros y el los veía como sus parientes, de igual manera que ellos a él. Recordaba la sentida misiva de condolencia que le hizo llegar el emir de Córdoba cuando falleció su madre. Amaba a Adosinda, si, la amaba; estaba seguro. Ella también le demostraba afecto y se fiaba de él, acababa de decírselo. Tal vez durante el viaje a Flavium Avia tuviera ocasión para hacérselo saber, aunque iba a costarle. Era tímido y de poco hablar. Adosinda, caso de querer algo con él, tendría que dar el primer paso.
   Ella se había enfrentado valientemente, casi con temeridad, a una parte de los nobles y les había lanzado una encendida diatriba seguida de una  férvida maldición por haber osado derramar sangre de rey. Además, protegía a Alfonso, su sobrino, el hijo del rey asesinado, a quien pretendía ascender al trono, cuando tuviera edad para ello, y eso suponía un peligro para la nobleza asesina. No era conveniente que el niño llegase a rey, como no lo era que Adosinda llegase a reina. Él, no tenía opción alguna a pretender el trono, ni intención de hacerlo, por ello Adosinda no suponía peligro por ese lado. Aunque tal vez ella ansiase el trono para su futuro marido. Entonces él no sería el adecuado, porque además era considerado pésico, y eso era un inconveniente, también. En ese instante preciso andaba desconcertado, no sabía que había en la mente de Adosinda. Tal vez durante el viaje lo averiguara. No podía perder tiempo en disquisiciones, había que organizar la marcha. Todo tenía que salir bien. Tenía que estar a la altura que esperaba ella. No podía defraudarla.






[1] Antiguo nombre de Castilla
[2] Hay quien dice que era un presbítero, otros dicen que era un liberto.
[3] Defensor de la herejía del adopcionismo, que niega la divinidad de Jesús, a quien considera hijo adoptivo de Dios. Arrianos en época visigoda, actuales testigos de Jehová.
[4] Pésicos: Tribu que habitaba la franja costera desde Valdés, hasta el Cabo Peñas y desde la Cordillera hasta la margen izquierda del rio Nalón. Se cree que eran pastores trashumantes como los posteriores vaqueiros de alzada. Tenían un cierto enfrentamiento con los astures. Ambos eran celtas romanizados. Silo no era pésico, propiamente. Vivía en zona pésica. La capital de la zona era Flavium Avia ( Pravia)
[5] Su abuelo paterno fue Pedro de Cantabria, consuegro de Pelayo. Silo era hijo de Fruela, hermano de Alfonso I, por ese motivo era primo de Adosinda.

[6] Lucus Augusti: Nombre latino de Lugo.
[7] Antiguo nombre de Pravia.
[8] Antiguo nombre de Llanes.

El Barrio

III



Todo este tiempo había estado residiendo en Hawai. Allí trabó amistad con un  veterano de la guerra de Vietnam. Un octogenario devoto de la Asociación Nacional del Rifle y del Tea Party, que odiaba a todo aquel ciudadano que no fuera blanco, mormón y republicano. Genaro se lo ganó a base de jamón de bellota, caviar iraní  y whiskey americano. Estaba seguro de que el yanqui conocía muchas cosas interesantes para sus propósitos.
   No se equivocaba.
   El napalm, muchacho, eso sí que era divertido. Achicharrar charlies, quemar sus cultivos, sus cosechas, las aldeas enteras, el medio en general. Verlos salir ardiendo de entre los manglares. No creo que se hayan recuperado aun de aquellos días gloriosos para el ejército americano. Que masacre ¡oh my God! Fue maravilloso. Lástima que un cuáquero como Nixon ganara las elecciones, debería haber ganado Reagan. Aunque la culpa de todo la tuvo el judío de Kissinger. Lástima…Encima van esos europeos y le dan el premio Nobel. Hay que ser gilipollas…
   El yanqui se quedaba traspuesto siempre que hablaba del Vietnam, como abducido por las nieblas del Mekong. Genaro le tenía preparado un Jack Daniel´s y un plato de jamón para cuando regresaba de la selva vietnamita.
   Como me cuidas muchacho, te lo agradezco. Nadie se preocupa ya por mí.
   Hábleme del napalm.
   Es una maravilla. Barato, fácil de lanzar, huele que alimenta y una vez liberado, arde lenta e indefinidamente, ayudado por el oxigeno del aire. No deja nada con vida.
   ¿Se necesita un avión especial?
   Que va muchacho. Es muy fácil de lanzar desde cualquier avión común y corriente.
   ¿Usted me conseguiría napalm?
   Todo el que quieras.

Mi tía Gertrudis, la madre de Genaro, estaba sentada en el excusado por la mañana temprano cuando vio pasar un avión a ras de los tejados en dirección al barrio.
   Qué raro, el aeropuerto está en la otra punta de la ciudad.
   De pronto, se oyó un zumbido prolongado seguido por varios golpes rotundos y lúgubres, como campanadas a muerto, tam, tam, tam; tras ellos una humareda negra se extendió sobre las azoteas mezclada con un fuerte olor a gasolina quemada.
   Antes de que mi tía dejara su asiento, el avión pasó de nuevo en dirección al gueto. Otra vez el zumbido, los golpes, el humo y el olor cada vez más intenso. Y  otra vez y otra y otra…

He vuelto.
   He terminado con el barrio. Esta vez sí; me he ganado el puesto.
   ¿Qué puesto?
   El puesto en el barrio
   En cual barrio si lo acabas de destruir, imbécil.
   Genaro se sentó pensativo en el sofá del salón, la mirada perdida en un punto lejano, tal vez Hawai o quizá Vietnam. No se lo creía ni él.
   Pues va a ser cierto que soy idiota.
   Refundaré el barrio, dijo, mas para animarse a sí mismo, que para acallar a su familia de listos.
   ¿Y quién vivirá en el, tú solo? Además, la resistencia no te permitirá ni  acercarte. Más vale que cojas tu avión y te vayas por donde viniste.
   ¿Qué?
   Que te largues mientras puedas, respondió su padre hablando a gritos, porque un ruido cada vez más cercano y atronador, avanzaba por la calle en dirección  a la casa.
   Parece un escuadrón de elefantes, dijo mi tía.
   ¿Has oído tú muchos escuadrones de elefantes?, preguntó desabrido mi tío.
   De pronto cesó el ruido y se escuchó un grito unánime.
   Libertador, libertador, libertador. Del barrio destructor.
   Otro silencio.
   Y de nuevo el grito:
   Libertador, libertador, libertador.
   Silencio.
   Y el grito:
   Libertador, libertador, libertador.

   Genaro que llevaba puestas pinturas de guerra, mas como los indios que como los marines, salió al porche y se quedó mirando incrédulo a la multitud que se había detenido frente a la casa. En  ese momento de duda, porque no quedaba claro si eran amigos o enemigos, recordó a su admirado Mel Gibson y por una vez lamentó no ser escocés. Llevar falda le hubiera facilitado las cosas. Se volvió, se bajó los pantalones y enseño el culo a la muchedumbre.
   Tía Gertrudis se tapó los ojos, para no ver el linchamiento.
   Se escuchó un silencio prolongado de sorpresa  y de pronto, un orfeón de voces exclamó al unísono.
   AU, AU, AU.
   Han confundido a Wallace con Leónidas, dijo mi tío Gervasio, hay que ser ignorante...
   Por lo menos les gusta la historia, comento mi tía, cuando recuperó la voz.
   Creo que es más bien el cine lo que les gusta.
   Pues si les gusta el cine, son buena gente.
   Siii, como Reagan y Schwarzenegger.

Por fin lo había conseguido. Era el jefe, aunque en este caso, de la resistencia. No  se apodaba Carnifex Maximus, aunque hubiera podido. De todos modos decidió ponerse un seudónimo como lo habían hecho a lo largo de historia todos los grandes líderes de la resistencia: Willy Brandt o Abu Mazen o Isidoro, sin ir más lejos. Le gustaban los nombres compuestos por eso decidió llamarse Gen Locus, aunque solo como nombre de guerra, entre los camaradas. Para la nueva vida que se le avecinaba utilizaría su verdadero nombre: Genaro López Custodio primer alcalde de la Nueva Era elegido por aclamación popular.
   La primera medida fue levantar otro barrio, más pequeño y modesto, para la elite conductora de los destinos de la nueva época que acababa de instaurarse. Ya quedamos en que las élites no debían mezclarse con la plebe. El gueto anterior quedaría en pie, como un ejemplo actualizado de Sodoma y Gomorra, para que las futuras generaciones tuvieran memoria de lo ocurrido y no repitieran errores pasados.
   La idea fija del nuevo gobierno ciudadano era  lograr la regeneración de la sociedad a cualquier precio. Se reformó la justicia para mandar a presidio a todo aquel  que delinquiera desde un puesto público: a la cárcel y no al barrio como venía sucediendo desde decenios. Se decretó transparencia absoluta en los ingresos de las clases dirigentes. Cualquier atisbo de enriquecimiento ilegal era penado con cadena perpetua en una prisión normal, tras devolver el dinero, por supuesto. Sin devolución, la pena consistía en trabajos forzados en un penal de máxima seguridad
   Se prohibió ocupar puestos en empresas privadas al abandonar la vida política, tuviera la duración que tuviera. Se volvía a la vida anterior, ya fuera ésta de registrador de la propiedad o de albañil.
   Se respiraba moral, decencia, transparencia, orden y concierto.
   Se había comenzado bien; más tarde vinieron los excesos.
   Como siempre.

   Genaro y sus compañeros se convirtieron en los mister proper de la vida pública de la ciudad. Tanto limpiaron, pulieron y abrillantaron que se les comenzó a gastar la olla.
   Un día, llegaron a la conclusión de que había demasiados extranjeros. Uno paseaba por las calles y los parques o se iba a comer o a tomar una copa y se encontraba muchos negros y muchos moros y muchos diferentes en general, fueran de donde fueran.
   Expulsar a los que no tengan papeles. A los que hayan cometido algún delito. A todos, en general. Así habrá más espacio y más puestos de trabajo y menos gente en los hospitales. Y todo será más uniforme. Más ordenado. Más puro. Más ario.
   Se comenzó a presionar a los masones, a los comunistas y a todo practicante de cualquier religión que no fuera la católica.
   Se puso a los judíos bajo discreta vigilancia.
 Otro día, con intervalo de años, eso sí, decidieron restringir el acceso a la universidad; había demasiadas carreras. Era conveniente promocionar los oficios de toda la vida. Ya no se encontraban fontaneros, ni carpinteros, ni albañiles y los pocos que había cobraban más que un ingeniero.
  Esto es el mundo al revés ¿Dónde se vio?
  Más tarde,  pusieron trabas a que las mujeres ocuparan puestos de trabajo; en la vida pública, primero,  y luego en la empresa privada. Años más tarde se les restringió el acceso a los estudios superiores. Se quiso también moderar su forma de vestir. Un poco mas tapadas estarían mucho mejor. Sería más decente, más acorde con la nueva moral. Faldas más largas, nada de pantalones y el pelo recogido. O mejor, cubierto.
   El cabello femenino es pura tentación. ¡Por Dios! Eso sí, se podía cubrir del modo que cada mujer eligiera: velo, pañuelo, gorro, sombrero. Faltaría más.
   A continuación,  se prohibieron las músicas estridentes casi diabólicas, como el rock, que secaban los cerebros de la gente. Quienes fueran sorprendidos haciendo semejante ruido serían inmediatamente sancionados con multas de un millón de euros. Los que osaran interpretar rap, serían encarcelados durante años. Ante las protestas se prohibieron las reuniones de más de veinte personas. Con ello desaparecieron de un plumazo botellones, verbenas, romerías e incluso procesiones.
   Se cerraron salas de conciertos, cines y teatros.
   La contestación en la calle era continua, a pesar de la dura, durísima, represión policial.
   La resistencia organizada surgió con fuerza cuando se prohibió el futbol.
   El glorioso alzamiento sobrevino el día que se suspendieron “ante las algaradas y por tiempo indeterminado” las garantías constitucionales.
   Se impuso el toque de queda.
   Es que no se os pueden dar libertades.
  Y quedaron prohibidos los partidos políticos que no fueran afectos ciento por ciento al nuevo orden.
   Este nuevo orden se sacó un mal día, un decreto de la manga, mediante el cual se perpetuaba en el poder.
   Mano dura. Vara larga. Leña al mono.
   Campana y se acabó.

Para entones mi primo Genaro llevaba años enterrado.
Y yo también, por suerte.




FIN