El misterio de la Torre Sur

SIETE


El otoño había llegado destemplado y lluvioso y la abuela no tenía ganas de salir al bingo y pillar de camino una mojadura y un resfriado; sin nada mejor que hacer y sin nuevas pelis de Paul Newman “tengo que buscarme otro novio más actual”, se dedicó a visionar  los  videos que  había enviado García y que nadie había devuelto. Eligió varias cintas  al azar y se entretuvo viendo a la gente guapa entrar y salir de las carísimas tiendas cargadas de bolsas. “Para estos no existe la crisis”
 —¡Coño! La Rita Hayworth otra vez. Lleva el vestido tres tallas menos, como la Ana Obregón.
   Aníbal estaba dormitando a la espera de noticias sobre el operativo y se espabiló al oír el nombre que no terminaba de saber pronunciar. En efecto. Delante de una de las  cámaras del escaparate de la tienda de ropa de Carolina Herrera, varios metros más allá de la Torre, una morena espectacular con melena ondulada y curvas acentuadas por un vestido de talla muy inferior a la suya, se miraba en el cristal y se lanzaba un beso de aprobación.
   Aníbal parpadeó y se quedó mudo. Llevaba incluso el mismo vestido que el día del ascensor. ¿Qué había ido a hacer aquella mañana a la Torre, cuando la policía ya tenía montado un operativo y una vigilancia de cojones? O era idiota, cosa que dudaba, o le iba el riesgo hasta la temeridad. Vanidosa era desde luego y eso había jugado en su contra. Un coche último modelo de una marca carísima, se detuvo a su altura. La morena metió la cabeza por la ventanilla del conductor para besarlo en los labios y a continuación, rodeó el coche con un contoneo afectado y provocativo, para sentarse al lado del hombre al que volvió a besar, antes de que el auto arrancara a toda leche.
   —Espera —dijo Isabel—¿Puedes parar la grabación justo donde aparece el rostro del conductor?
   Aníbal lo hizo sin responder. Se había vuelto mudo y obediente.
    —Es el. Es el señor Nieto. Don Bosco, mi desaparecido, el cuarto, el hedonista, el divorciado, el…
    —Si mujer. Ya lo hemos comprendido —se apresuró a cortar la abuela.
   —¿De qué día es la grabación?
   —Del martes 18 —respondió expectante.
   Había vuelto a dar en el clavo.
   “Soy una detectiva de cojones”.













Capitulo ocho




Cuando estaban terminando el montaje de la operación “Tesis”, Anselmo  llamó por teléfono:
   —Jefe, acabamos de encontrar al del retrato robot.
   —¿Dónde? Por fin una buena noticia,— se alegró García.
   —En la playa del Oriente, muerto de un disparo. Lleva varios días en el agua. Pero es él. Fijo.
   En efecto, era él. Muerto era idéntico al retrato robot, parecía premonitorio.
   “Genial, el único testigo. Era de prever que ocurriera esto”.
   A García le hubiera gustado dirigirse al cabaret a la hora de la actuación de Gilda, y ponerle las esposas una vez hubiera terminado de cantar. “Se acabó, nena.” “Yo lo siento por ti”, le hubiera respondido ella con su voz sensual. “¡Corten!” hubiera dicho John Huston, pero estaba convencido de que a estas alturas, andaría tratando de escapar, si no lo había hecho ya. La muerte del cómplice lo corroboraba. Llevaba tres días en el agua por lo cual Gilda o como coño se llamara podría estar ya lejos, incluso fuera del país. “Va a ser cierto eso de que siempre llegamos tarde”.
   Un derroche de coches policiales tomó la calle para nada. Gilda no estaba ni se la esperaba y todo el personal parecía haber sufrido un repentino ataque de ignorancia. Nadie la conocía.
   —¿Pero cómo que no? Pensáis que somos gilipollas. Sabemos que es un hombre. ¿Nadie sabe ni siquiera cómo se llama?
  García le hizo señas a Harry el sucio para que se acercara.
  —Bueno, verá jefe, la conocemos como cantante, pero nadie sabe donde vive ni quien es en realidad. Lleva aquí solo unos meses. Es un hombre, si. Se hace llamar Gil. Es lo único que sabemos.
    — ¿Sois vosotros todos los empleados?
    —Falta uno. El nuevo. Se hace llamar Rocco.
    —¿Se hace?
   —Sí. Aquí a los más principales nadie les conoce bien. Nosotros solo sabemos eso. Hace unos días que se fue. Vino a recogerlo un coche. Debía ser de parte del jefe.
    —¿Quién es el jefe?
  —No lo sabemos —respondió el de siempre­­— Rocco hacía de camarero y era el enlace con el jefe.
    —¿Quién os contrató?
   —Un tipo raro y bajito amigo de Gilda. El nos paga también. No sabemos nada más. Se lo juro jefe —remató el hombre mirando de soslayo al sucio.
   —¿Cómo se llama ese elemento?
   —Gilda lo llamaba Johnny y nosotros jefe, jefe.
   —No soy tu jefe, di señor inspector cuando te refieras a mi —le espetó García con cara de muy mala leche mientras respondía al móvil.
   Era Anselmo con una voz extraña. “Ay, la hostia”, pensó García.
   —Tengo dos noticias. Una buena y la otra muy mala. ¿Cómo empiezo?
   García juró mentalmente mirando al cielo, que le pegaba un tiro en cuanto tuviera ocasión.
   —No me jodas Anselmo. No me jodas.
   Hubo un silencio al otro lado.
   — ¡¡¡Anselmo!!! Habla hijo de puta.
   —Es Gilda. La han detenido en el control de la salida norte.
   —¿Y?
   —Y se han liado a tiros. Ha matado a uno de los nuestros, herido al otro y se ha escapado. Según testigos se fue hacia el puerto. Va herida. No, va herido. Es un hombre jefe.



   García salió a escape. Por el camino ordenó a todos los coches dirigirse al puerto y formar una barrera de modo que  “ese cabrón no se acerque al muelle ni de coña”.
   García enfiló la avenida principal de acceso al malecón a todo lo que daba el motor del Citroën BX. De pronto un coche se le vino de frente a toda velocidad seguido por los coches patrulla, que nada más se adivinaban por el ruido de las sirenas. Gilda giró bruscamente a su derecha y enfiló por una calle transversal en dirección prohibida, García se fue detrás. Pocos coches venían de frente, por suerte para ellos y los peatones, muy prudentes, ni osaron cruzar la calle ni siquiera poner un pie fuera de la acera. Los motores rugían igual que los de una carrera de fórmula uno. Gilda cambió de dirección varias veces, yendo y volviendo, buscando salir del entramado de calles, en dirección al extremo norte del puerto, siempre buscando esa dirección, posiblemente a la vieja fábrica de hielo, pensó García. ¿Qué habría allí?
  En efecto, no se había equivocado, Gilda hizo lo imposible por despistar a los polis, cosa que había conseguido tras casi media hora de idas y venidas, en las cuales los coches policiales protagonizaron varios incidentes destrozando mobiliario urbano y chocando entre sí dos de ellos, que quedaron parados taponando la calle. El consiguió seguirla aunque a bastante distancia. Mejor diríamos que se encaminó hacia la fábrica de hielo por el camino más corto que halló, seguro de que ella o él se dirigía allí, por un motivo que García, a estas alturas, sabía de sobra cual era.
  Cuando llegó al viejo edificio, el coche de Gilda no se veía, posiblemente lo hubiera aparcado detrás. García se detuvo y llamó a su gente.

   Aníbal y media ciudad, tenían una aplicación que permitía escuchar la radio de la policía a través del móvil. Esta emisora se había convertido en líder de audiencia y en una competencia desleal para las radios comerciales, tanto que el ministerio del interior se planteaba, y no era broma, insertar publicidad en las retrasmisiones de operativos. “Con el tiempo los anunciantes financiaran delitos para hacerse publicidad”, opinaba García al que no le faltaba razón. Así que cuando el inspector dio la posición de la fábrica de hielo, Aníbal se fue directo a por el coche.
   Cuando llegó, el Citroën de García estaba en la explanada, pero del poli no había señales y el resto de coches aun no habían llegado, perdidos como estaban en una maraña de calles de dirección única, enzarzados algunos en discusiones con otros conductores. Se sentía a lo lejos el ruido inconfundible de un helicóptero que supuso vendría a colaborar.
   Aníbal empuñó la pistola y se dirigió en zigzag hacia la puerta. Cuando se disponía a entrar sonó un disparo. Se puso a cubierto tras un contenedor, pero el tiro no era para él. Mientras avanzaba en dirección al sonido, escuchó el ruido de una puerta y al poco el motor lejano de lo que supuso un coche. Seguro que Gilda trataba de escapar. El helicóptero estaba justo encima.
    Cuando llegó a una especie de sala vio a García tendido en el suelo. Gilda le había disparado por la espalda, casi a bocajarro. La cosa no pintaba bien. García había perdido el conocimiento y sangraba abundantemente.
  —¡Quieto, suelta el arma!
  —Soy Aníbal Manero, gilipollas. El asesino acaba de salir por la puerta de atrás ¿Vas tu o voy yo?
  — Voy yo ¿Es grave lo de García?
  — Si.
   Aníbal pidió una ambulancia y permaneció al lado de García hasta que llegaron. Mientras se llevaban al inspector y antes de que apareciera la científica, echó un vistazo. El resto de polis se habían ido detrás de Gilda. La persecución estaba siendo caótica.
   El viejo edificio había estado a punto de ser demolido, pero al final una empresa extranjera lo había comprado barato con la intención de remodelarlo y convertirlo en restaurante de lujo, con su propio embarcadero, pero llegó la crisis y las obras no terminaron. Saliendo de la especie de sala donde estaban, posiblemente el futuro comedor, se llegaba por un pasillo ancho y corto  a la cocina. Había un cuartito anexo y en él unas escaleras que bajaban a un sótano donde se hacía  evidente que pensaban instalar la bodega. Aníbal lo recorrió con calma. En alguna parte tenía que estar la sala de torturas de Gilda y ese era un buen sitio. De pronto su pie tropezó con algo casi imperceptible. Se agachó, “nunca llevo la linterna, maldita sea”, y se alumbró con la luz del móvil. Pudo ver una ranura en lo que parecía una trampilla. Bendijo su costumbre de llevar zapatos italianos de fina suela; con deportivas ni lo hubiera notado.
   Le costó Dios y ayuda levantar la chapa de acero que tapaba el zulo. Pesaba lo suyo. El tal Gil era un forzudo. “Otra vez la linterna me cago en la puta”. Con la lucecita del teléfono distinguió una sólida escalera metálica apoyada en la pared. Bajó con cuidado y llegó a una especie de vestíbulo amplio. Al fondo se adivinaba una puerta y a su lado había una camilla. Palpó la pared buscando un interruptor. “Bingo”,  hubiera dicho la abuela, cuando lo encontró. En efecto había una puerta; una puerta de acero blindada. Abrirla le iba a resultar imposible como no encontrara la llave, cosa a todas luces improbable. Se acercó y empujó. Con gran asombro por su parte, la puerta se abrió. Gilda no había tenido tiempo de cerrar. Pensándolo bien, total ¿para qué? Una vez en la fábrica era cuestión de tiempo que hallaran el zulo. Entonces para que fue. Podía haber tratado de escapar por otro lado sin necesidad de guiar hasta allí a la policía. Tal vez quería que hallaran el sitio y comprobaran lo que hacía y sobre todo, lo bien que lo hacía. Era una histriónica, necesitaba público.
   Entró. No se había equivocado, allí estaba la sala de tortura y grabación. La habitación era amplia. Tenía todo lo necesario para una buena sesión de martirio. Cadenas, argollas, látigos, cuchillos, sierras, bates metálicos…y curioso, muy curioso, una sala de maquillaje y una colección de pelucas. Al fondo había un armario empotrado de pared a pared. Aníbal lo abrió con reservas. No le gustaba nada lo que estaba encontrando. La sorpresa fue en aumento: estaba lleno de ropa, pero no común y corriente; era ropa como de actuar. Recordó lo que le habían dicho la abuela e Isabel de los disfraces de actores y lo comprendió. Gilda disfrazaba a sus víctimas probablemente de actores y luego los torturaba hasta la muerte. Una perversión más de sus clientes. Había otra puerta que, posiblemente, daba a otro cuarto. Dudó un segundo y al final, entró. Era la sala de torturas propiamente. Allí estaba dentro de una jaula tirado en el suelo el abogado y sentada en la silla frente a la cámara la novia disfrazada de hombre. Muertos los dos. La muerte de ella, por asfixia, era reciente. Aun estaba caliente.
   Lamentó no ser aficionado al cine.
   Las paredes estaban empapeladas con posters de actores, “supongo”. Reconoció a Marilyn “inconfundible” a la famosa Rita “no sé que,” al Wayne ese que camina raro y a un tío con tupé en actitud de bailarín, con traje blanco y camisa negra que supuso sería el que sirvió de modelo para el disfraz del sanitario del parquin. “Mi pariente Manero”.
   Arriba se oía movimiento. “Ya llegaron los listos”.
   Sobre la silla del director había un cuaderno. Aníbal se lo metió en el bolso justo en el momento que entraba la científica. 
  — No habrás tocado nada.
  —Soy un santo.
  — Como hayas echado algo a perder, te las verás conmigo, Manero.
  — Que miedo me das_ le respondió Aníbal acercándole la cara.
  —¿Cómo bajaba los cuerpos? —preguntó otro.
  —Al hombro. Es un forzudo. Claro, tú no has tenido que levantar la tapa del zulo —dijo Manero mientras subía la escalera.
   Cuando estaba a la mitad, observó otra puerta muy al fondo, retrocedió y se dirigió hacia allí. Se encontraba solo de nuevo. Cuando abrió, una ráfaga de aire le hizo pararse y volver el rostro. Estaba a la orilla del mar. El lugar era un embarcadero debajo del edificio, al otro lado del puerto. Desde allí se salía casi de inmediato a mar abierto. Por eso Gilda llegó hasta allí. Para escapar. El ruido que escuchó no era precisamente del motor de un coche. Posiblemente introducía por aquí a los secuestrados. Tendría el barco esperando en un sitio discreto, los encerraba y los iba trayendo, tal vez de dos en dos. El acceso a la sala de torturas era más fácil que por el sótano.
   Antes de huir tuvo tiempo de matar a la mujer del joyero y luego, disparó a García. No hubiera hecho falta, no necesitaba subir para nada, pero sabía que el policía lo había seguido y se divirtió pegándole un tiro. “Psicópata de mierda, te echaré el guante, lo juro”.
  —¿De dónde vienes por ahí?
  —Mira y lo sabrás, listo. Con cuidado, no sea que te ahogues.
  Cuando salió del edificio permaneció unos minutos apoyado en el coche respirando aire puro. La tarde se había puesto gris de nuevo tras una ligera tregua,  y el viento soplaba de nordeste. Mal augurio. El mar ya se había encrespado y parecía hervir. Las olas borboteaban nerviosas. La espuma salpicaba el malecón.
 —¿Donde carajo te habrás ido, hijo de puta? —se preguntó mirando el horizonte—. Juro que te encontraré aunque sea lo último que haga. Te traeré ante García como que me llamo Aníbal Viriato Manero Jiménez. ¿Qué pasa? Yo no me puse el nombre, le dijo al coche mientras abría la puerta. “Yo no he dicho ni mu” hubiera respondido el coche si supiera hablar.

  Aníbal arrancó y se dirigió al hospital. Le contaría a Casimiro lo sucedido, pero sobre todo iría a ver a García. La herida no presagiaba un futuro agradable para el inspector.







 Continuará...

El misterio de la Torre Sur

SEIS



García era un tipo raro, “muy suyo” decían los compañeros. Inteligente, trabajador, buen poli, pero difícil. Llevaba personalmente las investigaciones hasta el final, sin delegar en nadie ni el más nimio detalle, exceptuando a Harry el sucio, cuando necesitaba que el testigo cantara y no había otro remedio.
    El asunto de la Torre sur le estaba dando muchos quebraderos de cabeza, máxime porque sus superiores se habían puesto nerviosos al moverse bruscamente el sillón bajo sus traseros, la mañana que recibieron los apremios del propio ministro del interior al que acababa de dar un toque al respecto el mismísimo presidente. “Quiero resultados ya, hoy mismo”, le había dicho el comisario jefe. “Si no puede con el asunto dígalo de una vez y le relevaré encantado. Tengo al FBI tocando los huevos. Hasta el mismo Obama ha telefoneado al presidente, quieren echarle el guante al puto inglés ya mismo. Nos lo sirven en bandeja y nosotros ¿qué hacemos? Le dejamos ir”.
   “Pues si el FBI no le ha podido echarle el guante en años vamos a detenerlo nosotros, pobres policías de provincias, que no tenemos ni gasolina para los coches patrulla”.
   García le dijo lo que sabía y que solamente faltaba encontrar al autor de los secuestros  “¿Solamente? Si sólo tienen conjeturas, ni siquiera sabemos si el crimen del desgraciado ese, ¿Cómo se llama?”—El comisario consultó unos papeles sobre su mesa; era enemigo del ordenador— “El Jere, está relacionado en realidad. No me joda García. Tráigame algo más tangible, por Dios. Le doy un día, uno solo.”
   Era cierto, solo tenían conjeturas. Poniendo  comillas, sabían que detrás de todo estaba el famoso inglés buscado por la Interpol y el FBI que, en efecto, se había escurrido como una víbora después de tenerlo ante sus narices. Gracias a Aníbal, habían detenido a los asesinos del Jere, que confesaron haber sido contratados por el abogado Estrada hijo, que había desaparecido. Ellos no conocían al inglés personalmente, aunque “sabían que había un guiri en las partidas, que apostaba fuerte y mandaba mucho.”
   García llevaba una mala racha. Su salud le estaba dando problemas; desde hacía un tiempo, el malestar era continuo y, a mayor abundamiento, como él diría, su hijo al que veía de uvas a peras, le había dado una impresión desastrosa la última vez que se encontraron. Desde entonces no se lo quitaba de la cabeza. Hacía tiempo que lo veía desencarrilarse, tomar rumbo hacia nada bueno. Lo había hablado con su ex, pero a ella le parecieron “paranoias tuyas”: “todo el que no es como tú se descarría, a lo mejor eres tú el equivocado ¿nunca te has parado a pensarlo?” Dijera lo que dijera su ex, el muchacho se había convertido en un gilipollas. Había abandonado los estudios, iba vestido como el Dioni de Camela, con tirabuzones asomando bajo el sombrero, reloj y cadenas de oro y un tatuaje con la cara de Camarón sobre el corazón; “es Dios”, afirmaba poniendo el dedo índice sobre el tatuaje, “este tío es Dios, papa,” cada vez hablaba más raro, se metía coca, “aunque lo negara el muy cretino, no había más que verlo”, y se dedicaba a tocar la guitarra en locales de dudosa catadura donde rulaba de todo.  Lo que en la jerga se llama un lolailo como una catedral. Un fracaso, una pérdida de tiempo, una vida desperdiciada, porque por ahí se va directo y rapidito a la nada, con parada y fonda en la cárcel, “más temprano que tarde, sin remedio”.
   Desde que se había separado, “hacía miles de años”, su vida personal era la de un solitario. Tenía alguna relación esporádica, siempre breve, porque no había quien lo aguantara. Además se había avejentado notoriamente. Los mofletes se le descolgaron, la papada se volvió flácida, la calvicie se expandió por su cabeza inexorable como una mancha de aceite sobre un papel secante y su color había mudado del blanco roto al amarillo cera. “Parezco un cirio”, se decía cuando se veía al espejo de cuerpo entero. Las pocas veces que se miraba, total para qué.
La última vez que salió por la noche había ido a un cabaret donde actuaba una pelirroja impresionante que se anunciaba como Gilda. El era un cinéfilo y Rita Hayworth, una sus actrices fetiche al igual que Lauren Bacall. Había pasado por delante la mañana del día anterior,  había visto el poster y había decidido venir. Le interesó la chica, tenía algo magnético, aparte del parecido asombroso con la Hayworth, así que decidió invitarla a una copa tras la actuación. Ella aceptó, pero luego no se presentó. La esperó un buen rato inútilmente.  “Bueno, no se hizo la miel para la boca del asno. O de la burra, que da lo mismo”.








Capitulo siete



   —Trae, yo las miro.
   —Me sentaré con usted y las visionaré yo también.
  —Oye, esto se debe estar poniendo feo, cuando tú te tomas tanto interés…
   Aníbal asintió en silencio y se sentó al lado de la abuela, seleccionó la grabación del día anterior y se dispuso a ver qué pasaba. Cruzó los dedos rogando que “apareciera algo de una puta vez y no me tengan aquí toda la tarde viendo cintas como un gilipollas”. La mujer del joyero se había ido “¿Y qué? Para qué se casan con ese tipo de mujeres, de las que se arriman al mejor postor. Busca algo más de fiar o quédate soltero, como yo”.
   La vio llegar al trabajo por la mañana abriéndose paso entre los reporteros que aun merodeaban por allí, “además está escuchimizada, no tiene ni culo; no sé cómo liga tanto. Bueno algo hará bien, seguro”, salir al mediodía a comer algo al restaurante de la Torre Sur, regresar, asomarse a la puerta para despedir a la que suponía sería una buena clienta, cerrar, salir y esperar por alguien en la calle. “Vamos a ver bonita, quién es el maromo”. Encendió un cigarrillo; aunque lo había dejado, la puta Torre le había obligado a retomar el vicio. Lo bueno era que había conocido a Isabel. Era lo único positivo hasta ahora. A Isabel y a su abuela que se habían convertido no sabía cómo en su familia. La abuela le dio un codazo y reclamó un cigarro.
   —Isabel no quiere que fume.
   —Me la suda. No va a mandar en mí. Además ahora desde que folla, está más simpática.
   Aníbal sonrió por vez primera en todo el día mientras en la pantalla, la joyera saludaba con la mano a alguien que iba al volante de un coche que aparcó en doble fila unos metros por delante. Parecía una mujer…”no me digas que se volvió lesbiana”. En la grabación solamente se veía la parte de atrás del coche. “Va a ser la cámara de la zapatería”.
   —Abuela vamos a por otra. La de la tienda de los manolos como dice usted.
   Visionaron a cámara rápida el resto del día hasta la hora del cierre. Entonces apareció el coche, un Volkswagen Cabrio verde con capota negra del que descendió una tía alta, pelirroja, con gafas de sol que se quitó, para verse bien, en el espejo que la tienda de los manolos tenía en la esquina, justo debajo de la cámara, para que las clientas se vieran al salir de cuerpo entero, tan altas sobre los tacones de aguja, lanzando un beso de aprobación a la imagen que éste le devolvió.
   —¡Coño, la Rita Hayward! —exclamó la abuela— Andan por aquí de nuevo, como en los viejos tiempos.
   Aníbal se disparó hacia arriba como si hubiera saltado el muelle del asiento y llamó a García.
  —Es ella.
  —¿Quién es ella?
  —La tía que se llevó a la mujer del joyero. Es la morena del ascensor. Aquí va de pelirroja y según la abuela de Isabel tiene un look Rita no se que  en Gilda, una película. Acabo de verla con claridad. La vanidad le acaba de jugar una mala pasada.
   Hubo una pausa al otro lado de la línea.
   —Ahora mismo voy para allá.
   García se quedó mirando la grabación en silencio. Luego se volvió hacia Aníbal y le espetó:
  —Sé donde trabaja. Voy a organizar la operación. No se te ocurra intervenir.  Te mantendré informado, te doy mi palabra. Pero, como me arruines el operativo te dejo sin licencia o mejor, te pego un tiro en los huevos, sin contemplaciones. Te lo advierto.



   Bosco Nieto había tenido un mal día, uno más desde hacía demasiado tiempo. Paró el coche y trató de reflexionar. Había sido un hombre de éxito ¿En qué momento todo lo conseguido se había venido abajo? Tal vez cuando se auto convenció de que podía lograr todo lo que se propusiera. Desde niño se había  empeñado en destacar en la vida. Procedía de una familia de clase media baja, en la que era el mayor de siete hermanos. Siempre le había parecido excesivo el entusiasmo de sus padres por aumentar la demografía, máxime cuando ello significaba descender unos grados en la escala social y en el bienestar familiar aunque los dos progenitores se mataran a trabajar. Su padre en una farmacia donde era dependiente y su madre, además de las tareas de la casa, subiendo dobladillos y aumentando cinturas hasta la saciedad para una tienda de ropa.
   Si sólo hubieran sido dos hermanos (los dos mayores, él y su hermana), otro gallo les hubiera cantado y no hubiera necesitado endurecerse los codos estudiando para conseguir una beca y poder acceder a  la Universidad sin que los cinco pequeños dejaran de comer como es debido. Sin ser demasiado inteligente, tuvo que destacar en el Instituto y en la Facultad a fuerza de disciplina. Cuando terminó la carrera comenzó a trabajar casi inmediatamente en su empresa actual, primero en la sección de comercio exterior, en un puesto sin importancia, para luego ir ascendiendo despacio pero sin pausa, hasta el lugar que ocupaba ahora: Jefe de proyectos internacionales de la Compañía. Por el camino tuvo tiempo para formar una familia: mujer y dos hijos, el número que consideraba suficiente, y tuvo tiempo también para que se fuera al garete.
   —¿Cuándo se estropeó todo?— volvió a pensar, dentro del coche aparcado sobre la acera, aunque de sobra conocía la respuesta: cuando comenzó a creerse dios. No era problema de conocer el por qué si no de tratar de volver a la realidad, a recuperar la cordura. Sabía que, como todo en su vida, era cuestión de disciplina, pero ¿sabes qué? se dijo a sí mismo, que estoy harto de tanto método, harto de programar mi vida, harto de no tener vida para poder tenerla. HARTO. Lo malo es que para financiar el hedonismo que le había poseído se había metido en negocios ruinosos y para poder pagar las deudas había contraído otras de juego y para poder pagar estas había recurrido a prestamistas… y la cadena lo estaba ahogando.
   Le habían dicho que los abogados del edificio rojo frente a la Torre Sur organizaban timbas y que últimamente había un inglés que perdía el dinero con mucha alegría. Se jugaba muy fuerte y hasta el momento no había podido conseguir que lo admitieran, “no eres solvente tío” le había dicho el abogado Estrada. El joven abogado Estrada que había sacado la carrera gracias a los contactos de papá y que sabía de derecho lo que él de física cuántica.
   “No eres solvente tío, no eres solvente tío”, le entraron ganas de darle una hostia y saltarle los piños si no fuera que eso le cerraría la puerta definitivamente. Mientras rebobinaba su vida y sus problemas, alcanzó a observar de reojo, por el retrovisor, como se acercaba una patrulla; así que arrancó, se bajó de la acera y salió a toda mecha. Sólo le faltaba un encontronazo con la policía para completar la noche. Tras vagar sin rumbo por varias calles, casi ya en las afueras, se tropezó con las luces de un cabaret que anunciaba a su estrella a  fachada completa “GILDA”.
  —No está mal la tía. Tomaré la última. O la penúltima, ya veremos.
  Tal vez porque él estaba muy borracho o quizá porque ella tenía un físico espectacular y mientras  cantaba, su cuerpo embutido en un vestido ajustado de escamas de lamé plateado, se mecía al compás de la melodía con un balanceo extrañamente sensual, la tal Gilda le hechizó por completo. Bosco se imaginó a una cobra erguida dentro del cesto, hipnotizada por el sonido del pungi de su encantador y decidió asumir el papel de éste utilizando como instrumento un billete de 500.
  No recordaba a ciencia cierta cómo, pero lo cierto es que estaban en su casa y en la cama, el problema —siempre hay un problema— era que a su cosita no le daba la gana de espabilar. Su cosita, no se llevaba bien con el estrés y  sobre todo con el whisky. A Gilda le pareció premonitorio.
  —De acuerdo amor, tranquilo que yo lo haré todo. Calma, calma, relájate, tú déjame a mí. Yo haré el trabajo.
  Y lo hizo y de qué manera. A pesar del alcohol recordaría el polvo toda su vida. Además sin esfuerzo alguno, tendido boca arriba y dejándose hacer. Y como lo hizo la tía. “Genial, divino”
  —Pídeme lo que quieras Gilda. Lo que sea.
  —Bueno amor, tranquilo, relájate, duerme si quieres, mañana hablamos.
   —¿Te quedarás?
   —Claro, mi amor. Duérmete anda. Así juntito a mí.
   Mientras Bosco roncaba plácidamente, Gilda recordó lo que le había contado durante el viaje. Que era un alto ejecutivo en la Torre Sur y lo más interesante, como se mataba a trabajar y como salía siempre tarde de su oficina, cuando ya no había nadie prácticamente en el edificio. Bueno, algún rezagado también, pocos. El se retrasaba porque era el trabajador perfecto, los otros tal vez tuvieran alguna razón oculta.
  —¿Hay muchos ejecutivos trabajando hasta muy tarde?
  —No, que va. Yo suelo coincidir, a veces, con uno o dos. Cruzamos el vestíbulo a la vez o  nos tropezamos en el parquin. Son gente rara.
   “Interesante”, pensó Gilda primero en el coche y más tarde en la cama. Por la mañana ya tenía listo el café cuando él se despertó. Era sábado no tenía que ir a la Torre, así que disponían de toda la mañana. Ella ya había urdido un plan. Era rápida pensando.
  —Oye, amor se me está ocurriendo algo. Si te ha gustado lo de anoche…
Bosco asintió con un trozo de tostada en la boca.
  —Podríamos jugar a algo que se me acaba de ocurrir. ¿Hay cámaras en los ascensores?
  —No —negó un Bosco medio turbado—. La posibilidad de jugar con ella le hacía cosquillas en la entrepierna.
  —Se me ocurre que si me facilitas los horarios de los rezagados para yo evitarlos y trazar un plan, podría sorprenderte cuando menos te lo esperas dentro del ascensor y…
   —¿Y?
   —¿Y tú qué crees? Repreguntó Gilda acercándose y acariciándole la cosita que ya se había despertado por completo.



Continuará...








El misterio de la Torre Sur

CINCO



“¿Por qué te has muerto, hijo de puta? A ver de dónde consigo otro ahora de prisa y corriendo cuando la Torre está llena de polis.” Pensó en echar mano de su ayudante “total ya no lo necesito y me evito pegarle un tiro”, pero era demasiado vulgar, como no lo disfrazara de Rafaela Aparicio y ni aun así. “Además los clientes internacionales no saben quién es”. Se imaginaba la cara del jefe cuando viera un esperpento semejante. “No sé por qué me rio, no tiene gracia”. “Piensa, piensa, cabeza y déjate ya de chorradas”.
   Lo desató y sacudió la silla para que cayera al suelo. Lo arrastró cogido por los pies hasta sacarlo de escena. La muerte repentina del secuestrado le sacó de sus casillas. No le gustaba que las cosas no salieran según lo previsto. Llamó a su ayudante para que se deshiciera del muerto. Mientras llegaba se sirvió unas rayas. La cocaína hacía milagros, siempre lo supo, sin ella no sería ni la mitad de audaz. Tampoco esta vez le decepcionó: su cerebro comenzó a girar como el tambor de una lavadora. Podía sentirlo. Por delante de sus ojos cerrados pasaban imágenes a toda velocidad. De pronto el movimiento se detuvo y una figura permaneció inmóvil en su retina: “El metro sexual maricón de la veinticinco. Ahora mismo voy”.
   Dentro del furgón aparcado en el parquin de la Torre, se puso el mono de mantenimiento, cogió el contenedor y subió por el ascensor de servicio. El  ascensor se detuvo en el sótano dos y una limpiadora rubia lo abordó. Iba  a la veinte. No estaba mal. Podría hacer una Marilyn perfecta, aunque era un poco más alta…y era una tía. Necesitaba un tío.”No te distraigas”.
   Buscó a su víctima, fue fácil dar con él y más aun lograr que se viniera al lavabo sin ningún esfuerzo. Sólo tuvo que hacerle una seña. “Cuanto vicio.” Atrancó la puerta de acceso y colocó un cartel: “Cerrado por desinfección”. Cuando llegó donde le esperaba, ya se había bajado los pantalones. “Cuanta prisa.” Gimió de placer al ver las esposas. “Te vas a divertir” le dijo mientras lo esposaba, le daba la vuelta y le arrancaba el bóxer.







Capitulo seis




Aníbal tiró de contactos y localizó en dos segundos al dueño del Alfa Romeo rojo. Una buena pieza. Trabajaba siempre con su compinche. Eran una pareja de cuidado. Seguro que García los tenía fichados. Le contaron que a esa hora estaba comiendo en El Pez Espada un sitio donde servían las mejores langostas del litoral. “Hay que ser hortera, tanta langosta”. Lo levantó en volandas de la mesa, lo sacó a la terraza suspendida sobre el acantilado y le metió la pistola en la boca.
    —Dime quien te contrató o te vas ahora mismo al fondo del mar con un par de agujeros y sin sesos.
    —Ji e atas o as a jaber ada —le respondió mordiendo la pistola.
    —Y si te niegas a hablar tampoco, o sea que elige. Vivito y hablando o muerto y callado para siempre.
   El otro bizqueó los ojos mirando hacia la pistola que tenía en la boca. Aníbal retrocedió la mano.
   —Habla de una puta vez.
   —Me contrató el abogado Estrada, el hijo. Tenía que seguir a Jeremías y acabar con  él. Cuando me enteré que era amigo vuestro y le vi con tu socio pensé que sería bueno acabar con los dos, porque seguro que ya le había contado quiénes eran.
   —¿Y quiénes eran?
  Hubo un silencio. Aníbal volvió a meterle la pistola en la boca. El otro levantó las manos pidiendo calma.
  —¿Quiénes son los de la puta timba? —preguntó de nuevo el detective acercándole el arma al estómago.
  —Estrada, Juárez el narco, el dueño de la naviera Transmar y el inglés.
  —¿Quién es el inglés?
  —Yo te lo diré —respondió García.
  El dueño del Pez Espada había avisado a la policía.
—Yo me haré cargo de este, déjalo de mi cuenta. Luego nos vemos y te cuento más cosas. Tranquilo, eh, tranquilo. Guarda la pistola y vete de aquí.


   García y Aníbal se encontraron de nuevo el sitio de la cerveza. Fue el poli quien comenzó la conversación.
   —En el piso séptimo del edificio rojo de enfrente a la Torre se organizan timbas clandestinas los lunes a las diez en punto en la sala de juntas del bufete de los Estrada, padre e hijo. Organiza el niño, el padre tiene otros vicios más carnales. Los jugadores son casi siempre los mismos, buenas piezas, con algún invitado estrella ocasional. Lo que no se es que pintaba el Jere allí.
  —Parece ser que lo llevó Anselmo. Juárez, el narco, ya sabes. El estaba esa noche enfermo con fuertes dolores, tiene un cáncer de estómago, creo, y logró que admitieran a Jere jugando en su lugar con él presente para pagar, por supuesto, no iba a darle el dinero al Jeremías. Jere, que parece un infeliz —Aníbal aun hablaba de él en presente—, es muy bueno al póker y desplumó al inglés. Lo que no se es por qué lo mataron. Se me escapa.
   García se recostó en la silla y se dispuso a hablar como si fuera a impartir una lección magistral. Era buen poli, pero le podía la vanidad.
   —Verás: esto se va a poner interesante. Tengo la filiación del inglés. Lo busca la Interpol y el FBI. La policía inglesa se puso en contacto con la comisaría al detectarlo en España y en nuestra ciudad. Hace bastante tiempo que le siguen el rastro. Es un delincuente de altos vuelos. Maneja redes de ciber delincuencia a nivel mundial. Pederastia, prostitución y... —García bebió un largo sorbo de cerveza, mirando a Aníbal—: Snuff Movies.
   —¿Qué cosa?
   —Snuff Movies, como lo oyes. Torturan y matan a alguien mientras lo graban.
   —Sí, ya sé lo que es. Lo que no pensé que se hicieran todavía esa clase de cosas.
   Aníbal hizo el comentario ingenuamente. Al momento se arrepintió. Esta vez fue García quien se hizo el sordo.
  —Creo —prosiguió el inspector— que el inglés tiene mucho que ver con las desapariciones de la Torre. Esos pobres seguro que terminaron torturados hasta la muerte mientras eran grabados para la factoría on line del hijo de puta de la pérfida Albión, que ordenó matar al amigo de Casimiro.
   —¿Es él el que secuestra?
   — ¡Qué va! Se sirve de alguien que todavía no hemos descubierto. Por cierto, nuestro abogado está liado con la mujer del joyero de abajo y se rumorea que ha desaparecido. ¿Sabes tú algo?
    —Su marido me llamó. No regresó a casa y no sabe nada de ella. Sospecha que se fue con el abogado. Un viaje de novios o algo así…
   —El también anda desaparecido, pero no creo que sea asunto de amores. Mira a ver si descubres algo por ahí.
   Aníbal asintió.
   —¿Tienes localizado al inglés?
   —¿Qué dices? Se lo ha tragado la tierra. En cuanto notó policía cerca salió por patas, llevándose por delante a todo aquel susceptible de delatarlo, como al Jere. Mandó seguirlo y en cuanto vio que tenía amigos detectives que encima están investigando el asunto de la Torre ordenó darle matarile. Posiblemente a la novia del abogado también. Les había visto las caras y últimamente el niño bonito quería cortar con ella. Y una novia despechada, ya sabes.
   — ¿Cómo lo has sabido?
   — Es que…hay algo más. Los cuerpos una vez torturados, son vendidos a la Facultad de medicina de la Universidad Rey Alfonso. Aunque parezca increíble. La mujer de la primera víctima reconoció la pierna de su marido por una cicatriz. He cotejado el ADN con el de su sobrino y es él, no cabe duda. Supongo que los otros terminarían igual.
  —¡Que cosas tan raras hace la gente! —pensó Aníbal en voz alta—Los robos, los desfalcos, las extorsiones y hasta los homicidios, puedes encontrarles una justificación, si me apuras, que se yo ambición, envidia, celos, obsesión, venganza. Pero esto…parece sacado de una serie mala de terror.
  —La realidad supera la fantasía —sentenció García prosiguiendo con su costumbre—. Cuando fuimos a la universidad escuchamos las mismas tonterías de siempre: nadie sabe nada, todo es legal, etc. Pero tirando del hilo llegamos hasta un tipo al que llevé detenido a comisaría y le solté a Harry el sucio ¿comprendes? Al cabo de media hora el tipo cantó de plano. Se cagó encima primero y luego cantó. Así fue como supimos que bastantes cuerpos eran suministrados por un, llamémosle proveedor, si ya sé que suena fatal, pero así es. La cosa es cojonuda. Ese proveedor viene vendiendo despojos humanos desde hace tiempo. La primera oferta, se trató de unas africanas, posiblemente prostitutas, por las que nadie se interesó, así que en  la policía no tuvimos noticia de esas desapariciones. Nadie preguntó por ellas ni puso una denuncia. Luego parece ser que fueron tres marroquíes, Aquí, cotejando las fechas, coincide con una denuncia hecha por una organización de ayuda a los inmigrantes, donde unas madres musulmanas se interesan  por la suerte que han podido correr sus hijos embarcados hacia España a través de una mafia, que les cobró un pastizal, y de los que no han vuelto a tener noticias. En esos días la guardia civil asegura no haber recogido a nadie de las aguas ni tener noticias de ninguna desaparición en el mar. O sea que se subieron a un camión en Ceuta y desaparecieron. Pensamos que posiblemente los habría captado la yihad, por lo que pasamos el caso al CNI, pero ahora tenemos serias dudas de que no hayan terminado en la clase de anatomía de la puta facultad de los horrores. Este testigo no sabe cómo se llama el proveedor y tampoco tiene una dirección, puesto que es el otro el que contacta cuando tiene material. Un día se le escapó decir que tienen gente muy importante detrás, “gente del extranjero, tío.” Después de acompañarlo a casa para que se duchara y se cambiara lo tuve toda la tarde viendo fotografías en comisaría y no reconoció a nadie. Con la mala descripción que nos hizo logramos un retrato robot, pero no sé si tendrá algún parecido con la realidad.
   García se lo mostró a Aníbal. Era un rostro anodino, sin expresión que tenía razón García, podía ser nadie.
  —Así que sabemos lo del inglés, pero no quien le suministra la mercancía y le hace el trabajo.
   Los dos hombres estuvieron un rato en silencio. Fue Aníbal quien levantó el trasero.
   —¿Puedes conseguirme las grabaciones de las cámaras de la joyería y los demás locales de la zona? Eso me ahorraría tiempo. Yo mismo las visionaré —dijo recordando el buen trabajo de la abuela.
   García asintió.
   —Te las haré llegar en una hora.
   —Gracias.
   —Ya lo sabes cariño: “cada vez que  me necesites, silba”.
   Como si no hubiera dicho nada. Aníbal ni sabía de cine, ni entendía el sentido del humor de García. 



Continuará...