La condesa y el monasterio, capítulo III


Sucedía, que nuestra señora, estaba cansada de vivir como los montaraces- era una opinión harto subjetiva, porque los montaraces jamás tuvieron palacios- y una noche hastiada de predicar en tierra yerma agarró, como si dijéramos,  la cabra por los cuernos y en un arranque de valerosa audacia, dio un ultimátum al conde:
__O nos vamos a la capital o cierro con llave la puerta de mi alcoba.
Nuestro señor, aturdido, le hizo notar que tal actitud era faltar a las sagradas leyes del matrimonio santificado por la iglesia que les unía, como debe ser en estos casos en los que la nobleza, haciendo honor a su condición, tiene el deber de dar ejemplo al pueblo. Pero la condesa se parapetó tras su amenaza, aduciendo que tenerla allí encerrada entre cabras era también faltar al sagrado juramento que le hiciera en su día, cuando ella era aun joven e ingenua, y se casó con el convencida de que ciertamente viviría mejor que la reina. Tal vez a la  condesa se le hubiera olvidado, estas cosas ocurren con los años sin que concurra mala intención, que se casó con el conde, hombre de apariencia física mas bien discreta y de maneras nada pulcras para lo que se podía esperar de un noble,  con el propósito de ascender varios peldaños de golpe en el escalafón  puesto que su padre era un hidalgo adinerado pero nada mas.
Nuestro señor insistió con otros argumentos mas tangibles y mas materialistas: “ahora querida mía, en este momento puntual en el cual la villa  estaba cobrando auge no le parecía apropiado, ni a él ni a ninguno de sus consejeros, cambiar de residencia y abandonar la creciente bonanza económica en manos de terceros, tenidos por fieles pero que nunca se sabe”.
Apoyando el manifiesto, su señoría quiso dar ejemplo de resistencia haciendo alarde de una abstinencia espartana, aparentando no dar trascendencia alguna al hecho de permanecer a dos velas en asuntos de cama, porque era mucho mas importante y mas decisivo para el futuro de la villa y de sus arcas velar por el monto pecuniario que llevaba implícito el traslado pausado pero sin tregua de gentes, fortunas y negocios que abandonaban la capital y buscaban nuevos aires en Saláceres.
El se debía a su señorío, los demás asuntos eran cosas baladíes. Esta frase bien podía haber sido el lema en su escudo de armas.
Nuestra señora respondió que “muy bien, como vos queráis esposo”. Pero tras estas palabras sumisas en apariencia, la taimada condesa, lejos de conformarse se dirigió a las cocinas a disponer con la cocinera, a solas las dos, que a partir de ese preciso momento la comida de régimen severo que hacía el conde por orden de sus facultativos personales, fuera aderezada con unas hojas de Epimedium.
__Es vigorizante y vitamínica y levanta el ánimo que es justo lo que nuestro señor necesita. Los doctores saben de sanar el cuerpo, pero el alma precisa también remedio y este es el mejor. Me lo han dado los buenos frailes. Por ello tiene que constituir un secreto. Jamás debe salir de esta estancia. Debes jurarlo bajo pena de excomunión.
La cocinera juró azarada y nuestra señora se fue tan contenta creyéndose a salvo de posibles indiscreciones. En el fondo era bastante ingenua.
Teresa la guisandera, que había nacido en la Fortaleza donde su madre desempeñó antes el mismo oficio y conocía y apreciaba al conde desde niños, se aplicó con la hierba creyendo de muy buena fe que su señora obraba con tan recta intención como ella. Había tomado buena nota de la planta por si en el futuro se volvía a necesitar y ya no estaba la condesa, que nunca se sabe. Porque había jurado no contarlo, pero guardar unas hojas como recordatorio nadie se lo había prohibido.
 Fueron cayendo las semanas y el conde, espoleado por el Epimedium, comenzó a flaquear. Al no dar su noble esposa muestra alguna de avenirse, nuestro señor aventuró la posibilidad de amancebarse con alguna señora mas indulgente y a la que no le importara vivir alejada, era un decir, de la corte. Nuestra señora respondió que por ella como si se hacia traer un harén del Oriente, pero ella se iba y con ella los dineros de su padre, que una vez  separadas las camas, no hay porqué compartir las haciendas.
Oída esta peligrosa puntualización, el conde reunió su consejo privado y ante la perspectiva de ruptura conyugal y desgajamiento patrimonial, éste último de consecuencias gravísimas, se tomó el acuerdo de acceder y trasladarse en contra de lo que hubieran sido su deseos, a la capital dejando en la villa un Alcalde Mayor como representante en asuntos legales, pero sin ninguna competencia en asuntos económicos para los cuales permaneció un retén de hombres de su absoluta confianza.
Esta hubiera sido mas que  suficiente representación,  pero el rey, alerta a todo y siguiendo los pasos de sus primos los reyes españoles, decidió aprovechar la coyuntura y enviar su propio apoderado,  institucionalizando así de derecho en Hispatania la presencia activa de los oficiales regios en la gestión interna de los municipios, obstaculizando de paso los sueños de independencia que abrigaban los condes desde generaciones. Al oponerse nuestro señor con vehemencia y con todo tipo de argumentos mas o menos pertinentes, el rey, a quien sentaba muy mal que le llevaran la contraria, no solo nombró al Corregidor, faltaría mas,  sinó que convirtió el señorío solariego en behetría; de linaje eso si, no por hacerle favor al conde y su descendencia sino porque “mas vale lo malo conocido”. Así mismo se lo dijo el rey, con estas palabras. Además con la behetría creaba dos impuestos a su favor que pagaban sus nuevos súbditos: el de servicio, para hacer frente a gastos extraordinarios, como guerras por ejemplo, aunque luego acabaron por ser habituales, como sucede siempre y la fonsadera, un rescate que pagaba el campesino a cambio de no acudir al fonsado, es decir de no ser alistado en caso de guerra. Aunque debo referir a vuestras mercedes que los salacereños jamás hicieron uso de su derecho electivo y los condes se sucedieron como siempre lo habían hecho. En compensación los nobles pagaban, motu proprio, la fonsadera para que ninguno de sus campesinos fuera alistado en las múltiples guerras en las que Hispatania acompañaba a la vecina España.
 Favor por favor.
El último capítulo, la próxima semana...

La condesa y el monasterio, capítulo II


Era el día de la Candelaria; un rayo de sol de inicios de febrero  menos rastrero que sus antecesores de enero, irrumpió por la ventana iluminando el scriptorium. El aragonés se permitió un respiro y se dejó entibiar las manos por la agradable y cálida caricia; cuando  retornó la vista al manuscrito pudo distinguir en la esquina inferior derecha y en lo que al principio consideró solamente una mancha de tinta, ciertos rasgos de letras. Acercando el pergamino a la ventana para aprovechar la luz por completo, logró descifrar palabras sueltas que fue anotando y al final con la ayuda del cielo revelada en forma de rayo de sol milagroso pudo completar una frase definitiva y esclarecedora. La letra era tan pequeña y tan rudimentaria y estaba tan junta, que resultaba ya de por si difícil de leer, parecía un  jeroglífico,  y el agua se había sumado con entusiasmo a la dificultad.
Lo leyó varias veces para convencerse colocando y recolocando las letras y las palabras que faltaban hasta completar la frase tal y como pensaba que el monje la habría escrito:
Planta llamada alimento de cabra en China, que calienta y vigoriza el núcleo de energía del cuerpo colaborando con prodigalidad a la conservación de las especies”.
Ahí estaba. Las cabras chinas comían de esa planta y procreaban como conejas. Eso había querido decir el monje. Algo había oído él de una planta con esas propiedades, pero jamás pensó que el monasterio la poseyera ni mucho menos que la estuvieran ingiriendo. El primero de los botánicos había anotado con mucha discreción, casi camufladas, las virtudes de la planta en lo referente a la procreación, inútiles para la vida monástica. Quizá no se había atrevido a exponerlas con mas claridad por si ello era mal interpretado, pero su celo profesional evitó que las soslayara, por suerte para la presente comunidad.
Al buen fraile aragonés se le humedecieron los ojos y mirando hacia el sol providencial dio gracias a Dios mentalmente. No gritó eureka porque no conocía a Arquímedes, ni era dado a exteriorizar sentimientos, pero la emoción del hallazgo propició una nueva acometida de la libídine. Rebosando alegría, volvió a sumergirse en el pilón antes de acudir a comunicar con el prior.
Este al recibir la nueva, se precipitó de hinojos ante la cruz de su despacho y rompió a llorar como un infante. Llanto de alegría no  solo por la liberación de la comunidad sino por la suya propia; era ya incapaz de aguantar mas represión; tenía la espalda en carne viva, incluso asomaba el hueso por varios sitios lo que dejó perplejo al médico cuando lo examinó. Ocurría que el virtuoso hermano padecía los problemas urinarios propios de la edad y tomaba, desde el principio,  ración doble de tisana de Epimedium. Si la solución hubiera tardado unos días mas, hubiera muerto despellejado vivo sin remedio.
Una vez comprobado que era, en efecto, la planta de las cabras la causante del desquicie, el prior resolvió que nadie debería mortificarse por lo sucedido ya que habían sido forzados a ello sin que fuera posible impedir la lógica reacción corporal al bebedizo vigorizante.
 __Así que sugiero a vuestras paternidades, olvidar lo sucedido para que ello no interfiera en la buena convivencia que debemos volver a observar tal y como hacíamos antes. Si alguno piensa que sus desahogos con mujeres y hombres- ¡cuanto esfuerzo le costaba decir estas cosas!- fueron, digamos, agresivos y por ende humillantes para los otros, le exhorto a solicitar humildemente perdón, de rodillas si es preciso, y a imponerse la penitencia que sea menester para aliviar su conciencia. Sin pasarse, que ya estuvo bien de excesos.
Así se hizo. Sucedió sin embargo que alguna de las señoras fautoras quiso repetir- ya sabíamos que la mayoría colaboró-y al negarse rotundamente los monjes tuvieron contra ellos violentas y agresivas reacciones con patadas en la entrepierna, puñetazos, arañazos  y hasta mordiscos que los pacientes frailes soportaron con estoicismo y con la mansedumbre propia de  su condición, lo que sirvió de expiación añadida para hacerse perdonar los excesos a los que les forzó la dichosa tisana, que encima tenía un mal sabor insoportable.
Suprimida, pues, de la dieta la maldita planta china de los cojones-los frailes decían palabras malsonantes como todo el mundo-la vida volvió por donde solía y el prior mejorado de su espalda   celebró un Tedeum y santificó el día en el que el boticario dio con la solución del enigma.
¿Qué por que al hermano Judas no le había afectado?. Muy sencillo. Porque el fraile hacía semanas que ayunaba, como  sabemos,  a pan y agua como auto castigo por haber sucumbido a los placeres de la carne- antes del caos y sin ayuda exógena- mediante los encantos de la mujer del sacristán, no una, ni dos, ni tres, sino treinta veces, mencionando como veces a las ocasiones, que era como el cándido fraile las contabilizaba; pero stricto sensu, habían sido treinta ocasiones, dieciséis a cuatro veces por ocasión y el resto a tres porque no hubo tiempo para mas; hagan las cuentas vuestras mercedes si les place, que a mi no se me dan bien los números. Nadie se había enterado en el cenobio. Nadie. El mismo, lleno a rebosar de  dolor de contrición y chorreando por los poros propósito de enmienda, se confesó, se absolvió y se impuso la penitencia: ayunar a pan y agua para que el cuerpo, así flagelado, no se escapara del control de la mente y no volviera a caer en la tentación, aunque Beatriz se contoneara a todas horas por delante de sus ojos y al ver que el lascivo movimiento no surtía efecto, se sacara los pechos y se levantara las faldas. El hermano Judas, hombretón del norte de Portugal que se había hecho monje para hacer tres comidas diarias ( porque en su casa se comía, con suerte, una vez al día y el observaba desde niño a los frailes del monasterio de su pueblo gordos y lustrosos, aparte de extenderse por el lugar un olor a guiso permanente y tentador),  tenía tanta hambre que era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera comida. Si la mujer hubiera sido un poco mas consecuente con el diablo que se cansó de susurrarle al oído que  se pusiera en los pechos quesos de cabra y se metiera en los calzones una ristra de chorizos dejando asomar alguno como reclamo, otro hubiera sido el resultado. Pero se ve que el diablo que le tocó en suerte era novato y no tenía el suficiente poder de convicción o no sabía ilustrar las tentaciones. 

El pecado y la penitencia del hermano Judas simplificaron las cosas para el boticario puesto que al no consumir los mismos alimentos que el resto, quedaba demostrado que tenía que ser algo de la dieta general lo que había provocado el erótico acceso. Y es que los caminos que el Señor nos muestra como guía pueden ser muy sinuosos como estamos comprobando y males menores ayudan a veces  a resolver males mayores.
Una vez descubierta la planta culpable de la posesión cuasi demoníaca que había sumido en un caos su santa casa, trocando la castidad en lascivia y la mansedumbre en desenfreno, el prior ordenó arrancarla de raíz y quemarla lejos del convento, no fuera que aspirar el humo produjera un efecto similar o mayor aún.
Los jornaleros contratados al efecto para la exterminación, que no sufrieron efectos secundarios que sepamos, la quemaron en los pedregales lejos del recinto, pero se ve que alguna semilla se libró del asado y arraigó para deleite  de las cabras y de los pastores y supongo que de algún otro mortal sabedor de la existencia de la pradera.
Esto le refirió, punto por punto,  el sindico del gremio de pastores al criado de la condesa y éste a su señora con los mismos pormenores.
Entonces ella tuvo la idea.

Continuará la próxima semana...

Erase una vez...en el siglo XVI de un país peculiar llamado Hispatania



Estos relatos forman parte de uno mas extenso. Es un thriller ambientado en el siglo XVI (El asesino de las cuatro estaciones). Iré publicando episodios sueltos en los que se presentan situaciones y personajes, pero en los que no se adivina la trama...Este primero lo llamaremos:


La condesa y el monasterio


Aunque vuestras mercedes me acusen de exagerar, como solemos a veces los contadores de historias, les puedo jurar sin ofender a Dios al ponerle  por testigo, que el  plácido y favorable presente de la villa comenzó a variar de rumbo aquel día que nuestra señora la condesa, aburrida en la fortaleza, dio en observar la conducta de las cabras. Las había visto miles de veces, pero ese día reparó –nunca sabremos que extraño designio unió los hábitos de las cabras y el destino de Saláceres- en que estos curiosos animales cada vez que iban a pastar a un sitio determinado de la montaña, regresaban exultantes dando brincos y balidos, atropellándose en su intemperante carrera para reclamar la atención mutua de machos y hembras, en un tumulto erótico que volvía locos a perros y a pastores, terminando todos desfallecidos por tanta fogosidad. Intrigada mandó un criado de su absoluta privanza a informarse con los pastores y estos le contaron de muy buen grado, ufanados de que la condesa se interesara por las costumbres de sus rebaños, que el alboroto lo ocasionaba una pradera conformada por una planta rastrera llamada  comúnmente “alimento de cabra”,  cuya raíz se adhiere como una lapa a la cuarcita, creciendo sin mayores necesidades  donde las demás fracasan. Hacía muchísimos años, mil tal vez, que un fraile la había traído nada menos que de la China y la había plantado en el huerto del convento. Allí estuvo siglos desaprovechada hasta que uno de los tantos boticarios que pasaron por el cenobio a través de los tiempos, decidió utilizarla como suplemento alimenticio, transformada en tisana, dadas sus abundantes propiedades beneficiosas para casi todo y sin efectos secundarios conocidos y por tanto, es de cajón, que jamás descritos. Tras algunas semanas comenzó a notarse en el monasterio un novedoso y alarmante aumento de la libídine en los pobres frailes de cualquiera edad, y digo pobres porque para aliviarse, dadas sus peculiares circunstancias,  se veían forzados a la práctica compulsiva del onanismo impenitente o lo que era peor, de la sodomía. Varios, no obstante, tuvieron coyunda con alguna mujer visitante del convento que se prestó a ello no sin cierta sorpresa e incluso, a veces, sin que se prestara; tanta era la urgencia que no había tiempo para hacer entrar en razón, ni menos aún encandilar al ocasional fautor. Estos son, como sabemos, pecados gravísimos para nuestra santa madre la iglesia de Roma, acrecentados aquí por el voto de castidad,  por todo lo cual el prior casi pierde la razón y casi la vida, tratando, por una parte de averiguar el motivo de la saturnal y por otra, de  dar ejemplo, como era su obligación, rechazando la tentación y manteniéndose firme como una roca en medio del impetuoso oleaje, lo que le costó un sinfín de flagelaciones, rosarios, ayunos, penitencias y baños continuos en agua fría.
Poseído el monasterio por el caos mas absoluto, hubo que suprimir oficios y maitines y encerrar a la comunidad en sus celdas privadas adonde se les servía la comida y de de donde salían, de uno en uno, solamente para hacerse un lavatorio frío y acudir a las letrinas a vaciar el orinal. De servir el condumio y abrir las puertas para que pudieran ir y venir individualmente, se ocupaba el hermano Judas, a quien parecía no haber hecho efecto lo que quiera que fuera que había provocado el frenesí y que estaba dotado, además, de una corpulencia disuasoria de cualquier intento de agresión por el motivo que fuera.
 El prior y el boticario, gravemente preocupados, parlamentaron largamente a través de la verja que separaba el altar mayor del presbiterio. Todas las precauciones eran necesarias. Dejada de lado la suposición de posesión demoníaca, puesto que ambos eran hombres prácticos e inteligentes, llegaron a la conclusión de que la culpable tendría que ser alguna sustancia que todos respiraran o ingirieran, excepto el hermano Judas, cuya vida dentro del monasterio así  como sus costumbres iban a ser cuidadosamente estudiadas. Dedujeron con buen criterio, que si el problema viniera con el aire, Judas y el resto de salacereños padecerían de lo mismo y que ellos supieran no había señales de tal sucedido en la villa, porque de lo contrario el desconcierto de mujeres y hombres gratamente sorprendidos al principio pero alarmados mas tarde e incluso agotados por tanta fogosidad no exenta de promiscuidad, con el consiguiente aumento de los conflictos conyugales y vecinales, habría producido una  riada de confesiones o de visitas al hospital y no había aparecido nadie con esas novedades por el monasterio; además dando un rodeo por la villa, cada uno por su lado, comprobaron que todo el mundo estaba tranquilo; por eso concluyeron que tenía que ser algo intra muros  puesto que sólo les afectaba a ellos.
Mientras el prior se retiraba a sus aposentos a orar y a flagelarse sin misericordia, el boticario, hombre prudente y recio venido a Hispatania desde el Alto Aragón español se zambulló de cabeza en el pilón del huerto cuya agua de enero, fría como carámbano, tuvo la virtud de impulsar la sangre por todos y cada uno de los canales dispuestos para ese cometido a lo  largo del cuerpo hasta el cerebro, tránsito del todo necesario para lograr discernir cual podría ser el origen de aquel fuego que había poseído a la comunidad.
Descartados el agua y el pan que constituían el frugal régimen del hermano Judas, se dedicó a investigar el resto de alimentos. Las legumbres eran compradas a un proveedor palentino que hacía también la provisión a la villa. Quedaron pues, excluidas de la sospecha. El pescado del río Torte era también compartido por el resto de la población; fue absuelto por ello. El monasterio poseía un extenso rebaño de cabras cuyo excedente de leche vendían en la villa. No eran tampoco la leche ni los quesos los responsables de la lujuriosa epidemia.
Los huevos, así como  la carne de las gallinas, codornices y cerdos que criaban, fueron suprimidos de la dieta mientras se hacía la investigación. No hubo en esos días ninguna buena nueva, con lo cual se dedujo que no eran los culpables. Mientras, el hermano boticario se dedicó a hacer un repaso exhaustivo de las hortalizas y sobre todo de las hierbas del huerto.
Eludió La historia de las  plantas de Teofrasto y el herbario manuscrito árabe que poseía el monasterio y prestó atención al herbario propio mas escueto y por ende mas apropiado para este caso, en el que urgía la solución, comprobando propiedades de  las plantas que utilizaban como alimento, como condimento o como suplemento, dejando de lado de  momento, las medicinales puesto que no todos las tomaban. Fue inspeccionando minuciosamente una a una, leyendo cada acotación que anteriores boticarios habían añadido debajo del correspondiente dibujo. Trabajó día y noche, ayunando y acudiendo al pilón cada vez que notaba que la sangre se acumulaba en una parte de su anatomía solamente.


Cuando comprobó el Epimedium- que era utilizada de modo generalizado por sus variadas propiedades sanadoras tanto de problemas urinarios, como dolores de articulaciones, falta de memoria, timidez emocional y síntomas generales de envejecimiento-leyó con cuidado lo que el fraile que la introdujo en Hispatania había anotado. Tras la descripción minuciosa de la planta y sus propiedades medicinales el monje importador hacía hincapié en sus abundantes bondades  sin ningún efecto adverso que se le hubiera descubierto desde que el ser humano aprendió a  poner por escrito sus conocimientos. La letra era levemente incipiente y el texto resultaba difícil de leer porque el tiempo y una inundación que había sufrido el cenobio años atrás habían dejado huella sobre el herbario, difuminando la escritura, borrándola incluso, en algunas partes.
__En cuanto hallemos la solución a nuestro problema, comienzo una copia nueva, porque esta terminará por ser ilegible__ pensaba el hermano botánico, mientras se aplicaba sobre la lectura acercando la vela todo lo posible.

Continuará la próxima semana...

El azar y la Fanta de naranja



Nunca hubieran podido imaginar que sus destinos fueran a cruzarse en ningún punto. No hubieran podido, principalmente, porque ni se conocían  ni siquiera se adivinaban,
en una ostentación intuitiva de esas que invaden a las personas de vez en cuando.

EL
 Jamás de los jamases hubiera viajado a España de no haber sido por el vodka. Salió disparado de Rusia, como un spútnik, tras birlarles la recaudación de la semana de los garitos que gestionaban en un suburbio muy del extrarradio del Moscú, a los hampones para los que trabajaba. Su afición a la bebida nacional y a las mujeres le hacía gastar bastante mas de lo que ganaba como cobrador de la mafia local, que juró no cejar hasta hacerle devolver el último rublo, vivo o muerto. Su embotamiento crónico por culpa del vodka le llevó a  incrustarse, como el oxido, entre los ejes de un camión que supuso__no sabemos porqué__ regresaba a Serbia, cuando el destino final era Francia. Lo expresaba bien claro en la visera con letras mayúsculas: VIVE LA FRANCE. Una vez entre los gavachos escuchaba atónito hablar francés a los que creía serbios sin terminar de comprender a que se debía el esnobismo de expresarse todos, sin excepción, en la lengua de Sarkozy . “Desde que falleció el mariscal, vagan sin rumbo como Rusia sin Stalin”, pensaban mientras se sorprendía de que incluso a las ciudades les hubieran puesto nombre francés. Estaba en Belgrado y todo el mundo empeñado en que era Paris, hasta habían copiado aquella torre tan fea de hierro. “Asqueroso capitalismo. Asqueroso y contagioso, como todo lo malo”, mascullaba entre dientes, mientras escupía al suelo con repugnancia.
ELLA

Tenía un problema con las goteras del tejado. Cada vez que llovía se le inundaba la buhardilla de la vivienda. No daba abasto a poner barreños en el suelo.  “Dichoso norte, muy verde y muy exuberante, pero todo son problemas por culpa de la lluvia”.Había contratado los servicios de una empresa de reparaciones, pero la policía se presentó  a detenerlos justo cuando terminaban de colocar los andamios: eran una banda de ladrones que haciéndose pasar por albañiles, desvalijaban las casas. “Ya me extrañaba a mi que tuvieran las manos tan cuidadas, incluso algunos con la manicura hecha y todo, como las mujeres. Metro sexuales, creo que se llaman”.
Tras el disgusto se decidió por un albañil vecino__mas vale lo malo conocido__ que nada mas aposentar el trasero sobre la cubierta se dejó deslizar por ella, lo mismo que un niño por un tobogán. Decimos que se dejó- a no ser que fuera de esa gente que se conforma ante lo inevitable y, encima, aprovecha para divertirse- puesto que emprendió el viaje gritando: yuuupiiiiii.. Cuando años mas tarde pudo volver a hablar dijo que había regresado a la infancia por un momento. Desde el borde del tejado salió catapultado y aterrizó de cabeza sobre el asfalto de la carretera. No se mató, extrañamente, aunque no pudo nunca mas regresar a la albañilería dado que, por efecto del golpe,olvidó todo lo que sabía hasta ese momento, que tampoco era mucho.
Superada la conmoción por el suceso, ella contrató a otro albañil tan, tan obeso que se atascó en la claraboya de acceso y hubo que avisar a los bomberos para que lo excarcelaran, todo lo cual terminó por descolocar las pocas tejas que quedaban en su sitio, aparte de hacer añicos la claraboya y todas las ripias del perímetro del accidente. Agobiada por las malas experiencias y segura de que el tejado tenía un maleficio, decidió esperar  hasta encontrar un ahuyentador de malos espíritus, solvente, que le hiciera un barrido general a toda la casa.
Hasta el invierno quedaba tiempo.

EL

Mientras tanto, decidió irse a Croacia, harto como estaba de escuchar a los serbios hablar francés y volvió a incrustarse en otros ejes de otro camión. Una vez pasada la frontera y detenido el vehiculo, salió de su escondite y tras caminar un buen trecho encogido por efecto del anquilosamiento del viaje, se dirigió a comer a un restaurante cercano. Tardó en discernir cual de las dos lenguas que hablaba la gente alrededor era el autentico croata. Se decidió por el que hablaban entre si los empleados; en principio le sonó a japonés, pero ellos no eran orientales, eran altos, la mayoría rubios y de ojos claros. Se convenció de que estos eran los croatas y el resto deben de ser italianos del norte. Comió un guiso con pescado llamado marmitako, que le seguía sonando a japonés, regado con un vino apodado chacolí y rematado con una botella de vodka. No le aceptaron los rublos; euros, euros, le decían. “Que mal vais sin Tito; muy mal sin el mariscal”, les gritaba en ruso, hasta que apareció una extraña policía que por lo menos vestían de rojo. Uno de los italianos se ofreció a pagar la cuenta y a llevarle si es que quería ir a Galicia. “Galitzia ¿dirigirse a Polonia?. Pues oye, lo mismo era buena cosa. La mafia no le buscaría tan cerca de casa”. Galitzia, Galitzia, dijo asintiendo con la cabeza. Unos kilómetros mas allá, el gallego le apeó del coche por las malas, después de que le hubiera vomitado encima todo lo comido y lo bebido.
“Cerdo, mas que cerdo, desagradecido, cabrón, hijo de la gran puta”…El pobre ruso quedó tirado en la cuneta asombrado del mal carácter de los italianos, hasta que se quedó dormido como un bendito. Le despertó el frío. Se había hecho de noche. Tras ponerse en pie, caminó por la carretera varios kilometras sin que ningún automovilista se detuviera para recogerlo, lo cual no era de extrañar, debido a su aspecto,  mas que sospechoso. Por fin llegó un pueblo. En la primera casa que halló, se acomodó entre las jambas de la puerta, se arropó con el felpudo y volvió a quedarse dormido.

ELLA

Abrió por la mañana y se lo encontró acurrucado como un bebe abandonado a su puerta. Esto va a ser el destino se dijo, proclive como era a creer en enviados y en aparecidos.
¿Sabes de albañilería?, le preguntó. El asintió pensando que le ofrecía algo de comer y sorprendiéndose de hallarse en Italia. “Porque estábamos en Croacia y nos íbamos a Polonia”, reflexionó mentalmente mientras sacudía la cabeza para terminar de despertarse.
Ella le dio el desayuno, caritativa como era, y luego le encaminó al tejado. “Todo tuyo”, le dijo y mientras le señalaba el cobertizo, añadió: “Allí tienes todo el material”.
El ruso pensó que la tarea consistía en quitar las tejas y volver a ponerlas otra vez donde estaban. Los europeos del sur son muy raros. Transcurrida una hora, muerto de sed, bajó por donde había subido y se dirigió a la cocina. Fue fácil de hallar: sólo había que seguir el olor a comida. Allí estaba ella con sus orondas caderas, que el contempló con gusto, trajinado sobre la mesa de mármol.
 Vodka
¿Eh?
Vodka.
Ah, no tengo.
Biski.
¿El que? ¿Whisky?
Yaa.
No tengo. Solo tengo Fanta de naranja .
Vodka
Noo, Fanta de naranja.
Biski.
Fanta de naranja.
VODKA, dijo el acercándose.
FANTADENARANJA, respondió ella, poniéndole el bote a la altura de la boca.
El, le quitó la lata de la mano y la tomó con decisión por la cintura.
Ella, apenas pudo gritar por la sorpresa.
“A la mierda la Fanta”, dijo el, en ruso naturalmente, mientras arrugaba el bote como un acordeón.
MMMMMMMM, respondió ella.

EL FORENSE

El policía no daba crédito.
¿Diez?
Si, diez
Que crueldad.
No lo crea, antes del tercero ya estaba muerta.
Mas a mi favor. Una crueldad innecesaria.
Es mas bien un despilfarro inútil, replicó el forense. Cuando le introdujo el tercer bote de Fanta ya estaba ahogada, la pobre mujer. Los otros siete son un derroche total.
Malgastar asi la Fanta. 
Como si la regalaran…