La viajera del agua


Los planes del rey, segunda parte

14

                                                                                                                                                                                                                                                                                
Leovigildo y Goswintha
                                                                   
                                                                                                                                                                       
 A criterio del otro rey, los hispanos eran gentes arrogantes y soberbias, “una elite venida a menos, resentida e intrigante”, que trataban a los godos sin respeto alguno y que en el fondo estaban orgullosos de no haberse mezclado con nosotros. Lo cual no era cierto; antes de la prohibición, las dos etnias se habían mezclado en todos los estamentos sociales, por lo menos en la Galia y en la Septimania y supongo que aquí también, porque tengo entendido que hubo en el pasado más de una reina hispanorromana. Goswintha, discrepaba de Leovigildo, sobre manera, en lo referente a su fidelidad, más que dudosa. Se daban casos, según ella, de magnates hispanos tan poderosos y con una extensión tal de territorio, que hacían y deshacían a su antojo dentro de sus límites, sin que ni las leyes del reino ni siquiera el rey fueran reconocidos, ni menos aun obedecidos, como el orden imperante en la nación. Eran reyezuelos, remedando el poder real en sus enclaves.
   —Igual que los visigodos —respondía el rey—. Solo que los hispanos no votan en el Consejo y por tanto no son culpables de las coacciones ni de  los crímenes que se cometen antes y durante y después de la elección de los reyes.
   —No estés tan seguro. Muchas veces son los instigadores. No pensarás que les da igual quien les gobierne. Actúan bajo cuerda que es peor. Son ladinos y miserables, gentuza a la que piensas entregar el poder. Las guerras te han enajenado el entendimiento y la sensatez.
   Estábamos ese día el africano y yo invitados a comer con los reyes. El, apenas se había inmutado cuando se enteró de la muerte de mi madre, solamente me preguntó si había sufrido.
   —No —le respondí.
   —Mejor.
   No sé si se refirió a la falta de sufrimiento o a la muerte en sí. Tal vez para él estaba mejor muerta. Pero yo me había quedado muy sola y muy triste, así que traté de excusarme por el luto para no asistir a la comida real, pero el africano me ordenó acudir: “Es una comida Jana, no es una fiesta. Además el rey quiere conocerte.”
   Me vestí de oscuro como para un funeral. Estaba pálida y ojerosa por la vigilia y la pena. Mi aya me dijo que pese a ello estaba muy favorecida.
   —La pena te sienta bien como a tu pobre madre, que a pesar de los sufrimientos, cada día estaba más guapa. Recuerda la mañana que murió, su rostro se había transfigurado y parecía una niña.
   Pienso que mi madre había muerto en realidad siendo una niña, aquella noche nefasta de mi concepción. El tiempo vivido de más fue una prolongación de su quebranto y de su amargura y de su soledad, mitigadas solamente por mi presencia en su vida, de eso estoy segura,  que se acrecentaron en la corte y terminaron por fin el día que nos dejó cuando tal vez sus fallidos hijos vinieron a su encuentro y ella retrocedió en el tiempo y se fue con ellos alegre, como la niña que había sido hasta aquel día desgraciado.
   Cuando llegamos al refectorio, el rey, al que apenas había visto antes, me observó durante un buen rato. No era muy alto, tenía el cabello y la barba rojizos y el rostro abotargado, pero bondadoso. No parecía tan fiero como le suponía, aunque era más viejo de lo que  yo pensaba, o por lo menos lo parecía, tal vez por la vida tan ajetreada de batallas que llevaba; sin embargo, conservaba el empaque y su figura emanaba autoridad. La  protocolaria reverencia te surgía ante él de modo natural. Nunca estaba en la corte, pero por lo visto, se enteraba de todo.
   —Eres muy guapa, Jana. Muy guapa. No me extraña que el príncipe Recaredo se haya fijado en ti.
   —Muchas gracias, alteza.
   La reina me miró de través. Yo tomé asiento donde el  rey me indicó, a su izquierda, entre él y mi padre. Estaba presente Hermenegildo, sentado a su derecha, y su mentor, recién llegados de Híspalis; el príncipe, me observaba y me sonreía cuando yo levantaba la vista del plato, hecho de un material irisado que no supe precisar. Las copas  eran de oro al igual que los cubiertos. No obstante el rey y el africano, comieron el asado con los dedos. Creo que el africano en este punto preciso secundaba al rey en todo lo que éste hiciera; cuando el rey cazaba, él cazaba, cuando el rey comía, él también comía, si el rey reposaba lo mismo haría su ayudante y si el rey se volviera loco de improviso y nos degollara con su puñal, el africano nos remataría. Eran dos grandes lobos con forma humana. ¿Y que era Goswintha? Era la Hembra de la manada. Los lobos podían matarse por ella en cualquier momento. No solo estos dos; todos los lobos, los de todas las manadas de lobos de la Hispania entera. Así veía yo la situación ahora mismo; sin embargo, reconozco que uno de ellos no se dejó devorar por la horda que ella azuzó contra él, aunque tampoco se vengó después. La Hembra de lobo tenía mucho poder. Demasiado poder; al final iba a tener razón mi aya. Goswintha era más que el rey: Goswintha, la reina de Toletum, era el reino entero.
   La conversación, en gótico, se inició con la boda de Hermenegildo y la llegada de la princesa, pero enseguida derivó a la revisión del Código. Leovigildo puso al corriente a su hijo de cómo iban las nuevas disposiciones y le hizo un esquema del reparto de las tareas de  gobierno y le incidió en la conveniencia de continuarlas, si a él le sobreviniera la muerte o cualquiera incapacidad. La reina levantó su copa. El rey la fulminó con la mirada. Yo observaba muda y cohibida, pero cada vez más interesada en la conversación.
   —Con el tiempo surgirá una nueva sociedad, mezcla de los dos pueblos. Eso es lo que veo en el futuro, una sociedad hispano visigoda, más próspera y más instruida, cohesionada y fuerte ante los enemigos. Los nuevos hispanos.
   —Tonterías de viejo cansado. ¿Sabes lo que lograrás? Que la nueva clase política se haga  paulatinamente con el poder y ¿luego qué? Abrirían la puerta al emperador de Byzantium. “Ya todo está en nuestras manos, restauremos el viejo imperio. Para ello os ofrecemos la cabeza del rey visigodo en bandeja de oro. Por fin la Hispania es católica y de nuevo imperial”. ¡Iluso!
   —No harán tal cosa. Los hispanos de ahora mismo  ya no desean vivir bajo el yugo de nadie. Desean como yo un reino totalmente independiente con identidad propia, donde todos los súbditos, provengan de la etnia que provengan, tengan una existencia digna. Ese es el único modo de avanzar. Su propuesta es generosa teniendo en cuenta que poseen la mayor parte de las tierras y son los que sostienen al reino con sus impuestos, dado que son seis veces más que nosotros. Saben leer y escribir, tienen galenos y curanderos, maestros, artesanos que recuperen y enseñen los diversos oficios que están ahora mismo cayendo en el olvido, escuelas y academias donde imparten retórica, filosofía y derecho y son buenos guerreros y súbditos fieles y entregados. Me lo han demostrado con creces. Ya es hora de que el rey los trate como se merecen. Como se merece cualquier hombre libre que satisface sus impuestos. Tengo buenos amigos entre esta aristocracia hispana preocupada por el reino _dijo el rey a su hijo_ ellos me ayudarán a llevar las reformas a buen término. Ellos serán buenos consejeros para ti y aliados fieles.
   —No me explico cómo eres capaz de fiarte de esas gentes; no se han rebelado porque están rodeados de reinos amigos del nuestro y emparentados con nosotros. Entre todos los aplastaríamos _volvió a decir la reina con testarudez.
   —No lo creas. Estamos rodeados de católicos. Hasta Miro, el suevo, se ha convertido. No sé a quién ayudarían llegado el caso. Además, ¿en quién quieres que me apoye para llevar a cabo las reformas, en las tribus visigodas que ya andan sublevándose? Solo saben matar y saquear, matar y saquear, incluso entre ellos mismos. Necesito puntales de otra calaña.
   —Te apoyarían si las reformas fueran inteligentes, si no actuaras en contra de los tuyos.
   —En el reino coexisten varias comunidades, no sólo estamos nosotros los visigodos. Debo ser el rey de todas y cada una de ellas, no puedo ser rey de solo unos cuantos. Por eso se hace imprescindible que todas tengan los mismos derechos y los mismos deberes, aunque respetando las tradiciones de todos, la lengua que cada etnia hablamos y la religión que cada uno de nosotros profesamos. Quiero que impere un orden económico y social justo, porque deseo que todos tengamos una existencia digna en esta nueva nación. Ese debe der el fin de cualquier gobernante.
   —Sofismas griegos. Lo que nos faltaba.
   El rey prosiguió como si no hubiera oído nada.
   —Quiero una monarquía sucesoria y un reino unido y en paz.  Así tiene que ser y así será.
   —Te has dejado embaucar por esa aristocracia católica fanática de las doctrinas griegas y te has dejado arrastrar por ellos al abismo de la entelequia. Llegarás a la perfección y ese será tu fin, pero tu fin real. El prestigio, la inmortalidad, se adquieren de otra manera, afirmando la aventura militar de nuestros mayores y respetando las tradiciones.
   —No se puede continuar como siempre. El mundo avanza y la sociedad debe avanzar también y el gobierno debe encauzar esos avances en beneficio de todos.
   —Sofismas, tonterías, vanidades. Estás moviéndote por un territorio del pensamiento, desconocido para ti por donde andas perdido, ciego mejor, y te dejas guiar por el primer retórico que te sale al paso, por el primer iluso charlatán. Esa no es nuestra filosofía, ni es proceder serio para un rey.
   —Tampoco hace falta que lo hayamos inventado nosotros. Hay que saber aprovechar las buenas ideas provengan de donde provengan.
   La reina continuó llevando el discurso a su terreno, obviando el parecer del rey.
   —Fíate de la verborrea católica, de sus quimeras igualitarias, fíate incluso de los judíos, que son todavía peores. Será tu mayor error.  Luego no digas que no te lo advertí.
   —No toleraré discriminaciones por razón de raza en este nuevo orden. Todos seremos iguales ante la ley. Acabaré con los impuestos especiales que pesan sobre algunas comunidades, como la judía.
     —Oh, qué bien. Voy de asombro en asombro. De ese modo el estado ingresará menos. Muy inteligente  por tu parte. Veremos cómo sostienes al ejército para lograr la unidad. 
   —No será así, porque el clero tanto arriano como católico, pagará  impuestos como todo mundo. La merma quedará compensada.
   —Maravilloso, pagaran las iglesias, gobernarán los católicos, la monarquía dejará de ser electiva, la nobleza visigoda perderá poder. Maravilloso. Sólo te falta nombrar un comes del tesoro judío.
   —¿Por qué no? Son muy listos para las finanzas. Mira, anotaré la idea. Y no gobernarán los católicos, gobernaremos visigodos y católicos, en principio. Porque hay más etnias.
   —Te lo advierto, piénsate muy bien lo que vas a hacer. Estas cavando el fin de tu reinado.
   —Cállate ya mujer, deja de proferir amenazas sin fundamento y de hablar de lo que no te importa. Yo soy el rey aquí. ¡A callar! —Leovigildo, acompañó la orden con un puñetazo en la mesa que derramó las copas e hizo saltar las ocas asadas dentro de los platos como si hubieran cobrado vida— ¡Cierra el pico de una vez, vieja urraca entrometida y ambiciosa!


15

Recaredo

La reina guardó silencio a regañadientes y así el rey pudo detallarnos, con su entusiasmo contagioso, las reformas previstas y hacernos participes de sus planes para el futuro de los príncipes y del reino. Así me enteré de que el aristócrata hispano íntimo amigo del rey era el mismo que nos había  acogido en su casa en Caesaraugusta durante nuestro viaje, aquel que era muy amigo también del africano; Publio Braulio Crispo era su nombre y en su momento me había parecido un hombre amable, muy preocupado por nosotras, en especial por la salud de mi madre. Recuerdo su palacio caldeado por la gloria y recuerdo los dulces y las viadas exquisitas que nos servían. En la partida nos proporcionaron caballos de repuesto y un grupo de hombres armados a su servicio nos acompañó hasta las afueras de Toletum.   El rey y él, iban a encontrarse en Rexópolis, la nueva ciudad que se estaba construyendo: “porque es bueno colaborar con el paisaje para transformar el mundo, esto se lo he escuchado a algún emperador romano”, —decía el rey— como capital de la Celtiberia y a donde pensaba enviar a Recaredo como gobernador (esto lo afirmó mirándome), allí terminarían de diseñar la nueva Hispania. El africano iba a acompañar a Leovigildo y Hermenegildo propuso al rey que me nombrara dama de la princesa Ingundis antes de partir.
   —Jana es septimana y su familia materna procede de Aquitania. Habla gótico, latín y conoce el griego, es instruida y discreta. Lo sé porque así me lo ha confiado Recaredo —afirmó sonriendo ante mi cara de estupor.
   Leovigildo asintió. La reina me miró fijamente y luego hizo una seña casi imperceptible a su amigo el lusitano, que intervino en la conversación por vez primera en toda la comida.
   —Jana tiene concertada boda con Atanasio de Melque.
   —Me suena ¿quién es? —preguntó el rey.
   —Es el hijo del señor de Melque. Es gardingo de vuestra alteza.
   —Ah, perfecto. ¿Pero, no era novia de mi hijo?
   Se hizo un silencio espeso, más espeso y correoso que el puré irreconocible que acompañaba a la carne. Tras él, respondió Hermenegildo.
   —Mi hermano está enamorado de Jana. Nadie sabía que tuviera dispuesto marido.
   —Es posterior —aclaró el africano.
   —¿Cómo posterior? ¿Le has buscado marido mientras tenía relación con mi hijo?
   —No pensé que la cosa fuera seria alteza, creí que eran asuntos de jóvenes sin mayor importancia, una amistad  simplemente_ respondió sin perder el aplomo_ bien se que el príncipe se desposará con quien deba cuando llegue el momento. Una relación con otra mujer es una quimera.
   —Repito que mi hermano está enamorado y él piensa que Jana le corresponde_ insistió Hermenegildo.
   —¿Es cierto? —­me preguntó el rey— ¿Le correspondes?
   —Si, alteza —dije casi sin voz, sonrojándome.
   —Bien —dijo el rey—, cuando regrese Recaredo hablaré con él de esto y luego tomaremos una determinación. ¿Hay fecha para la boda con Melque?
   —Recaredo se casará con Clodosintha, la hermana menor de Ingundis_ cortó la reina.
   —¿Pero no odiabas a los católicos?
   —Clodosintha es mi nieta y obviamente yo no odio a mi familia. Recaredo se casará con ella como estaba previsto.
   —Eso se verá. No hay nada decidido y con una merovingia en la corte ya es suficiente, con eso los acuerdos quedan satisfechos. Además, estoy harto de los francos, harto. Nombraré a Jana dama de Ingundis como deseas. ¿Me has dicho que no hay fecha?
   —Solamente está hablado alteza. No hemos concretado nada aun.
   —Bien. Déjalo así por el momento, hasta que regrese mi hijo —El rey me miró y me tomó la mano—. Me gustas mucho septimana. Confío en que sirvas fielmente a mi nuera al igual que tu padre ha hecho conmigo y con el reino durante todos estos años. Necesito gente de bien en todas partes, gente noble e instruida que esté a la altura de esta nueva era que iniciamos con tanta esperanza.
   —Los príncipes terminarán traicionados por esta nueva casta que estás creando, si no te traicionan antes a ti.
   —Déjalo ya Goswintha.
   —Tu padre el rey se equivoca. Estos hispanos que se dejaron dominar con tanta docilidad, ocultan algo. Estoy convencida. Están esperando su oportunidad. Tu padre les está entregando el reino. Errores de viejo enajenado.
   —Vámonos Eberhart. Tenemos mucho que hacer. Mi hijo se ocupará del gobierno, tú ocúpate de tus asuntos —le dijo a Goswintha—.  Y deja en paz la dirección del reino. Ah y me gusta Jana para mi hijo, es guapa, discreta, bien educada, instruida y le ama. Será una buena esposa. No como otras.
   —La historia te pedirá cuentas por irresponsable.
   El rey se levantó y tras blasfemar, arrojó al suelo de un manotazo las fuentes con las viandas y la vajilla; luego, agarró a la reina por el cuello, llamándola germana ramera ambiciosa, hija de víbora y de escorpión, antes de abandonar el refectorio dando un portazo que hizo balancear las lámparas del techo, apagando la mayoría de los velones.
   —Has perdido completamente la cabeza. Terminarás con ella cortada por los católicos y los judíos y toda esa morralla que piensas ascender al poder_ sentenció la reina levantando mucho la voz.
   El rey volvió sobre sus pasos y parándose delante de ella, ordenó con voz de trueno.
   —¡Mírame!
   Goswintha levantó su rostro airado en actitud desafiante. Entonces el rey le escupió en plena cara y se fue sin más. La reina se puso lívida. Su hermosura se crispó en una mueca indefinible, el color había huido de sus mejillas y las manos se aferraban al borde de la mesa, como si esta fuera el reino de Hispania que se le escapaba. No podía permitir que una nueva clase política y una nueva familia  se instalaran en el poder casi a la vez. Una nueva familia y septimana además, una casta política de herejes y usureros, una monarquía hereditaria y un comes que no fuera balto. Impensable. Ella no iba a transigir en modo alguno. Se supo más tarde que la reina, pese a la advertencia, había dispuesto que el obispo Sunna se uniera al rey en la nueva ciudad.
   —No permita que el romano haga su santa voluntad. Manténgalo a raya y al rey también y procure enterarse de todo.
   Luego había llamado al arúspice y se lo había llevado a sus aposentos. Algo trama esta víbora, habría dicho el rey. Supe después que el obispo había sido arrojado de Rexópolis con cajas destempladas por Leovigildo, con la  amenaza de destierro si no era capaz de mantenerse al margen de algo que en nada le concernía. Lo que trató con el mago no trascendió para mí. Supuse que no sería nada bueno y en efecto, no me equivoqué.
   Parece ser que la reina y él habían adquirido cierta complicidad a raíz de haberle referido lo escuchado de mi conversación con Serena acerca de la muerte de Liuva I. Tal vez el mago creyera que conociendo un posible secreto de Goswintha, ésta comería de su mano. Parece mentira que un hombre de ciencia, según el príncipe, no se diera cuenta de lo peligroso que podía resultar saber más de la cuenta en esta corte llena de intrigas y de retorcidos secretos. Tal vez fuera cierto que no era adivino. Por ello sucedió lo que sucedió.

16

Una noche, días después de aquella comida con los reyes, me desperté de pronto, con sobresalto, como si hubiera sufrido una oscura pesadilla y vi al arúspice en medio de mi habitación mirándome fijamente; fue una visión tenebrosa e inquietante, por un momento dudé que fuera real. Obligué a mis ojos a abrirse por completo y tras conseguirlo di un alarido y salté de la cama, arrastrando conmigo, en mi vigoroso y aterrorizado impulso, parte de la ropa. El mago se encontraba ciertamente en mi alcoba, a los pies de mi cama, esperando algo.  Paralizada por el miedo, percibí unos bultos ondulantes, sibilinos, que se deslizaban hacia mí, reptando por debajo de las mantas. Eran dos serpientes como las que había visto tantas veces en el Fórum, bailando dentro de una cesta al son del pungi que tocaba el encantador. Volví a gritar retrocediendo hasta la pared, mientras el mago permanecía inmóvil como un farallón, esperando que las serpientes me  atacaran de una vez. Fueron sólo segundos. De pronto se abrió la puerta y entró el africano  que, blasfemando, se fue directo al arúspice y le atravesó con la espada. Era algo que él no esperaba y no opuso resistencia ni hizo ademán alguno de escapar. La muerte le llegó por sorpresa, casi como a mí. Porque mientras mi mirada se desvió sorprendida y aterrada  al inesperado final del mago, las serpientes me acorralaron con astucia y rapidez de luchador y cuando retorné a mirarlas las encontré erguidas frente a mí exhibiendo sus lenguas cimbreantes dispuestas para matar en cualquier momento.
   No sé lo que hubiera sucedido, porque no percibí en el africano intención alguna de acabar con ellas. Pero, atraídos por mis gritos llegaron unos cuantos espatarios de la guardia de Hermenegildo y fue uno  de ellos quien mató a los áspides o lo que fueran, de un par de tajos certeros. Salí corriendo hasta la habitación de mi aya. El africano vino detrás empuñando la espada ensangrentada goteando un sendero con la esencia del mago y tras él un soldado del príncipe que permaneció en el umbral.
   —¿Estás bien Jana?
   —¡No! ¿Cómo voy a estar bien cuando han querido matarme?
   —Todo terminó. Trata de calmarte. Ya no hay peligro alguno.
   —Un compañero y yo haremos guardia aquí el resto de la noche. Estad tranquilas —dijo el soldado.
   Eberhart, el africano le miró de reojo y se fue sin más. Seguro que se dirigió a los aposentos de la reina para explicarle que el asunto había salido bien solamente a medias.
   —Pero, ¿qué ha sucedido? —preguntó sorprendida mi querida Brunilda mientras me abrazaba.
   Se lo referí y después, aun temblando, recapitulé lo acontecido. El arúspice intenta matarme, poniendo serpientes en mi cama por orden de la reina. Luego, llega el africano y le mata para que no hable, con la excusa de defenderme al haberle sorprendido en mi habitación, pero dejando que los áspides me maten a mí. Dos estorbos quitados de en medio de una vez en una jugada maestra. No contaban Goswintha y el africano, con que algunos guardias del príncipe Hermenegildo, que teniendo asueto, regresaban de la ciudad, oyeran mis gritos. Esta vez el juego les salió mal, aunque por los pelos.
   —¿Comprendes ahora lo fácil que resulta liberarse de los estorbos, niña? —preguntó el aya mientras me abrazaba.
   —Ahora estoy prometida con otro.
   —¿Recuerdas lo que dijo el rey sobre la boda del príncipe?
   —Si, el rey está harto de los merovingios y no ve nuestra relación con malos ojos.
   —Pues eso. No le des más vueltas. Tu padre tiene que hacer lo que le ordene la reina. Aunque no es cierto eso de que llegaron los espatarios así por las buenas. Yo le vi tratando algo con el jefe antes de cenar. Creo que todo estaba dispuesto para que saliera mal. Sigo diciendo que tu padre te protege. Pero ándate con ojo. Aquí manda Goswintha, no lo olvides.
   Por la mañana, vinieron Atanasio y su padre. La noticia se había propagado lo mismo que el fuego del rayo en un campo de mies madura. Mientras hablábamos de lo acontecido, Hermenegildo envió a buscarme. Sus espatarios le habían referido el suceso de la noche y él se había preocupado. Escuchó mi relato y confirmó mis sospechas. Llegamos al acuerdo de referir los hechos como intentaban hacer ver que habían sucedido. El viejo hombre de ciencia, tal vez enajenado, tal vez celoso del amor del príncipe hacia mí, pensando que su influencia sobre él se le iba de las manos, intentó asesinarme metiendo serpientes en mi cama y mi padre alertado por mis gritos de socorro le mató y evitó la tragedia. Una noche desgraciada, sin duda.
   —He pensado que tú y tu aya os trasladéis a mi casa con la excusa de ponerte al corriente de tus obligaciones para con la princesa. Hoy mismo recoges tus cosas y os venís a vivir aquí. Ven siéntate, tomaremos un hidromiel y hablaremos de otros asuntos.
   Me preguntó por la Septimania, donde él había estado de niño, pero enseguida hablamos de Recaredo. Yo estaba a gusto en su presencia, me hacía sentir bien. Era tan guapo y agradable como su hermano. Hablamos de cómo nos conocimos el príncipe y yo. De cómo nos fuimos enamorando. Le conté mi conversación con la reina y tras ella, como el africano me dio la noticia de mi futura boda.
   —Tu padre se ha precipitado Jana. No niego que tu aya  tenga parte de razón, pero mi hermano está muy enamorado de ti y cuando llegue la hora de su boda, hará lo que le dicte su corazón. No adelantes los acontecimientos. No hay nada pactado para su matrimonio. Sé que el rey piensa acabar con esas alianzas familiares y además, le gustas. Por ello, creo que debes continuar tu relación con mi hermano. Recaredo es un joven tenaz. No creas que será fácil dominarle, —Hermenegildo se acercó a mí y me levantó el rostro— no temas a la reina, no permitiré que te haga daño nunca más. Te doy mi palabra. Muchas cosas van a cambiar en la política, la reina ya no tendrá tanto poder. Estate tranquila. Vivirás con la princesa y conmigo y mi hermano y tú podréis veros cuando queráis. Nada temas. Hallaremos el modo de romper tu compromiso sin que nadie sufra más de lo debido. A Melque se le compensará adecuadamente. Cuando regrese mi hermano todo volverá a ser como antes.
   Esa noche, por fin, pude volver a dormir. Uno de mis primeros pensamientos fue para Serena. Ahora ya nadie le daría más brebajes. La muerte del mago le había salvado asimismo la vida. De todos modos y por si acaso, me ocuparía de ello. Mi aya también se tranquilizó, que falta le hacía, contentas las dos tras tanto sufrimiento, por irnos a vivir con los príncipes al lado de una princesa merovingia, que se nos antojaba diferente. Era como si un trozo de nuestra añorada Septimania, viniera  a la corte, aunque la princesa procediera de Austrasia. El príncipe, que la había conocido años atrás, hablaba de ella con entusiasmo. Según él, era dulce e instruida y guapa y buena y generosa. La mujer que, estaba convencido, le iba a hacer feliz y con la que deseaba reinar cuando llegara el día y con la que pensaba formar una familia numerosa y feliz.
   —Seréis muy buenas amigas, ya verás.
   Cada vez tenía más deseos de conocer a la princesa a la que adornaban tantas gracias. Cuando lo hice, descubrí que también tenía mucho carácter y fuertes convicciones y demasiada ambición.
   Eso no resultó bueno para nadie.


La viajera del agua



Los planes del rey, primera parte


 Hermenegildo
M
ientras la princesa Ingundis viajaba animosa hacia Toletum,  confiando en un futuro pleno y feliz, el mío se desvanecía entre las caliginosas brumas de la ambición de la reina, donde cualquier esperanza ajena a sus intereses era segada de raíz por la hoz afilada de su poder casi infinito. Después de la partida de Recaredo todo habían sido malas noticias. El presente y el futuro se fundían en un único trazo negro como la pez. Estaba sola y perdida sin él, enredada en la maraña que habían tejido a mí alrededor, sin que mis sentimientos ni mi parecer contasen para nada. “¿Acaso esperabas otra cosa? Ya te lo había advertido”, me reprochaba Brunilda a todas horas.
   La comitiva real se retrasaba más de lo debido y de lo deseado por mí, porque la princesa había querido detenerse unos días en la ciudad de Agde donde era obispo Fronimius uno de los católicos más beligerantes contra el arrianismo de toda la Galia. Supimos que este hombre, santo para sus seguidores, acogió a la hija de los reyes austrasianos con toda clase de honores y la previno contra el arrianismo acérrimo de Toletum y le hizo jurar que, caso de recibir presiones, se mantendría firme en la fe verdadera, eligiendo el martirio antes que la conversión.
   —Dios va contigo y la iglesia franca deposita en ti su mayor esperanza —le dijo—.Trata de atraer a tu esposo a la fe verdadera y la iglesia estará de vuestra parte. Te daré misivas para el obispo Leandro. El será un padre para ti.
   Prosiguieron la marcha llenos de bendiciones, pero el Dios de los católicos, pese a ir con ellos, no pareció cuidarles demasiado ya que se toparon con una banda extensa de forajidos que, de no estar Recaredo y la tropa, hubieran terminado con el viaje de la princesa a medio trayecto. Ingundis era frágil y el camino la cansaba en exceso, por ello las etapas eran cortas y siempre que llegaban a alguna ciudad se detenían más de lo que hubiera necesitado cualquier viajero normal. Sin embargo, el frío no les acompañó como a nosotros y el viaje fue en ese extremo bastante apacible.
   Entretanto, en la corte había un revuelo desacostumbrado, procurando que todo estuviera en orden y dispuesto para recibir como se merecía la nieta de la reina, reina futura también, ya que Hermenegildo sería, con toda seguridad, asociado al trono de Hispania. El palacio había perdido algo de su seriedad y se había vuelto menos sombrío, incluso algunos días parecía alegre. Músicos de Hispalis y poetas de Salamántica habían llegado para animar los fastos y la algarabía de sus cantares y la belleza de sus versos, aliviaban un poco el tedio de aquella corte todavía austera y agobiante.
   La salud de mi madre había empeorado considerablemente en los últimos días. Esto, más todo lo hablado con mi aya y la enfermedad de mi amiga Serena, me habían sumido en la más negra de las penas. Para ese tiempo tenía ya un aspirante a marido. El africano  me lo había comunicado el mismo día que partió para el norte con el rey, a otra de sus campañas.
   —Cuando regrese hablaremos de todo con más calma, además te daré el anticipo de la herencia para que dispongas de tus propios bienes. Atanasio estuvo siempre interesado por ti y fue él quien me ha pedido negociar la dote. Yo sólo he dicho que si.
    “Confío en que no sea un candidato a cornudo, y que tengamos de una vez la fiesta en paz”, comentó mi aya con su desconfianza natural, cuando se lo comuniqué. Mi probable, o tal vez improbable, futuro marido se llamaba Atanasio de Melque  y había sido compañero en las clases comunes. Siempre demostró interés hacia mí, eso era cierto; la verdad, pretendientes nunca me habían faltado, pero yo solamente había tenido ojos para el príncipe Recaredo y no había prestado atención a nadie más. “Tú picas muy alto niña, eso no va a ser bueno para ti,” había dicho mi aya desde el principio de mi amistad con el príncipe.
   Atanasio de Melque  era el hijo segundo del señor de Melque, un joven que luchaba por abrirse camino como gardingo al lado del rey, aunque era evidente que le faltaba madera de caudillo. Era un muchacho noble y honesto, pero poco inteligente. Era guapo, pero anodino, sin brío. No pienso que fuera un cobarde, pero no le concedo ni la osadía ni el empaque que se espera de un jefe militar, de un guía. Era demasiado reflexivo, por ello, yo estaba segura que su carrera no iba a ser brillante. De todos modos, consideré que estaba bien alguien así: mediocre, no quería enamorarme ni ahora ni después. Quería seguir amando al príncipe durante toda mi vida, aunque nuestra historia de amor fuera irrealizable.  Atanasio era atento y galante y mas amante, en el fondo, de la vida tranquila que de la milicia; el hubiera preferido vivir en el campo, labrar la tierra y criar animales, no le agradaban ni la corte ni la vida militar. Le fascinaba el hábito, la costumbre, la monotonía, diría yo. Por eso, tampoco era feliz; la milicia le exigía mucho más de lo que él estaba dispuesto a ofrecer. En el escaso tiempo que duró nuestra relación conoció la calma y la felicidad, y aunque yo fuera incapaz de darle todo el amor que me demandaba, era fácil evitar quererle, estaba contenta de haber hallado a alguien que se conformaba con lo habido, aunque esperara más. El africano, posiblemente sin proponérselo, había elegido bien; me hizo creer, para no herirme, que fue Atanasio quien solicitó la boda, pero yo bien sabía que no. Sabía con toda seguridad que la reina le había ordenado buscarme marido. Lo que no comprendía realmente era su juego, si es que lo tenía, o simplemente obedecía a ciegas a la reina, como decía mi aya.
   Pronto las visitas de Atanasio a nuestra casa se hicieron frecuentes. Muy a menudo le acompañaba su padre; al saber que estábamos solas mi madre, mi aya y yo sin ningún hombre como amparo ni como apoyo, nos tomó bajo la protección de su casa y de su espada y nos frecuentaba para que la tutela se hiciera evidente. Tal vez pensara que el africano se lo iba a agradecer o tal vez el africano le pidió que lo hiciera. Fuese como fuese, nos gustaba el padre de Atanasio; a Brunilda y a mí nos gustaba incluso más que el hijo;  era un hombre inteligente, campechano y hablador; viudo desde que naciera su tercer hijo, no había vuelto a contraer nupcias, pero se decía que era amante de una dama de la reina, casada con otro noble que siempre andaba en guerras por todo el territorio y la dejaba desatendida y sola a merced de lo que le pudiera deparar el destino, que un buen día se le manifestó en forma de señor de Melque. Me recordaba a mis tíos de la Septimania, su presencia hacia que se recobrara el ambiente familiar y nos sentaba bien a las tres.
   Sin embargo en los últimos días yo solamente tenía tiempo para mi madre y así se lo hice saber. Nuestra queridísima Aimone se vio obligada a guardar cama,  su debilidad se hacía evidente por momentos. Mi padre estaba con el rey sometiendo a no recuerdo quien y nuestro querido Sigebert, estaba viajando con el príncipe y con la princesa Ingundis. Mi aya y yo nos multiplicamos para cuidarla. Enterada la reina, como de todo lo que acontecía en palacio y en el reino, envió a su galeno personal que se desvivió por sanar a mi madre, es de ley reconocerlo, pero que nada pudo hacer. Madre se durmió una tarde y tras unos días ausente  no volvió a despertar. Le dimos sepultura a la siguiente mañana de habernos dejado, después de un oficio privado, en aquella tierra fría y triste a la que vino a terminar de morir y yo envié recado a la Septimania, a mis abuelos, que sufrirían de nuevo el dolor de perder a una hija, aunque esta vez sin haber podido estar a su lado para confortarla, y a mis tíos y a mis primos, a mi añorada familia, refiriéndoles que había muerto sin sufrimiento y en paz y añadiendo cuanto les echaba de menos en estos momentos tan tristes y de tanta soledad. Luego regresé a mi vida diaria y a mi relación con Atanasio de Melque, con ánimo escaso y poca esperanza y, no hace falta que lo exprese, sin ninguna alegría.
   La reina me hizo llegar un pésame por la muerte de mi madre, al que yo respondí dándole las gracias por su amabilidad y por el galeno y todas sus atenciones y una tarde que nos cruzamos por los pasillos de casualidad, al pasar a mi altura se detuvo fingiendo deferencia y me dirigió una frase falaz, audible por todos:
   —Celebro tu próxima boda. Veo que has escuchado mis consejos. Sabré recompensarlo.
   Incliné la cabeza en señal de sumisión. Era el protocolo, pero me hizo sentir peor que el dolor que tenía por mi madre. Era reconocer que me había obligado a claudicar, cuando no era así. Fue el afán de no herir a mi madre, que se moría, lo que me hizo simular aceptar lo dispuesto por el africano  sin rechistar. Eso fue. La promesa de una recompensa por su parte me hizo temblar por dentro de indignación, noté como el rostro se me encendía por la furia y decidí alejarme para que no se notara la ira, que me pesaba como algo físico y amenazaba con hacer que me desplomara allí mismo.
   Una semana después de morir mi madre, conseguí ver a mi amiga Serena durante un corto espacio de tiempo. Fue su sirvienta quien vino a buscarme en ausencia del marido y los criados, que se habían ido a prender a unos malhechores que estaban sembrando el caos en las calles aprovechando el barullo de los preparativos de boda. La encontré en la cama, había perdido mucho peso y su color era violáceo, ceniciento. Apenas con un hilo de voz me refirió como había empeorado desde que el médico del príncipe, “el adivino como tú lo llamas,” le diera un bebedizo con la excusa de fortalecer sus huesos para soportar el peso de su hijo.
   —Desde ese día tuve mareos y vómitos y terminé por perder las fuerzas y no poder abandonar el lecho. Continúa administrándome esa pócima; yo creo que me está matando lentamente y que una vez que nazca mi hijo acabará conmigo. ¿Qué será de él sin su madre? Ha sido un castigo por haberte contado lo de tu padre y lo peor es que mi marido está de acuerdo con él, tal vez para salvar su vida y la del niño. Ándate con cuidado con ellos, Jana, con el mago y con la reina y hasta con tu padre. No les des motivos para quitarte de en medio a ti también.
   Me fui de allí con muchísimo dolor. Había perdido a mi madre y a punto estaba de perder a mi única amiga, sin que pudiera remediarlo. Maldita corte llena de víboras. No sé cómo algunas personas lograban la longevidad en aquella sociedad tan ponzoñosa, tan sombría, tan insana, tan letal.


12


   Desde que llegáramos a Toletum pocas veces habíamos visto al rey. El año que llegamos, Leovigildo había interrumpido su campaña contra los cántabros, un pueblo independiente del norte de Hispania, para curarse una comprometida herida en una pierna que amenazaba con dejarle cojo y pasar el invierno en la corte dado que el clima en las montañas de aquel territorio no era propicio a guerras ni batallas; era un aliado natural que les había ayudado a preservar la independencia, incluso los romanos habían tenido dificultades para someterlos, pero unos días antes de nuestra llegada y ante el frío invierno que se anunciaba, el rey partió para Híspalis aconsejado por su médico, porque el clima era mucho más benigno y el rey ya no era joven y la herida le había complicado otras dolencias. Regresó con las calendas de marzo y con las nonas, ya había salido con su ejército de hispanos y godos para el campo de batalla. Retornó victorioso meses más tarde tras conquistar el principal baluarte de aquellas gentes y convertir su territorio en una división del reino visigodo y en base militar contra los vascones, otro pueblo independiente, muy difícil de someter. En aquel tiempo, no me interesaban las campañas del rey, ni sus deseos de sojuzgar a todos los pueblos hispanos para lograr una única nación, pero, en este caso, los indómitos y  orgullosos indígenas del norte, relegados por los ejércitos reales a una escasa franja en la costa, libres pero prisioneros entre el mar y la selva, me recordaban mi propia existencia en la corte, prisionera en medio de la  llanura abierta al infinito, separada de los míos, sin madre, sin amigos y sin mi amor. Sobreviviendo sin ilusiones, pero al igual que  astures y cántabros y vascones, confiando en la venida de mejores tiempos para la reconquista de libertades y para la cumplida venganza de agravios y sometimientos. Para el resurgir.
   Eran pueblos, ungidos por el misterio de lo desconocido, de los que se contaban muchas historias fantásticas. Se decía que se aparecían a sus enemigos envueltos en una niebla que les hacía invisibles y que con ellos luchaban enormes animales capaces de despedazar a un hombre de un zarpazo; caían sobre los contrarios de improviso y después, tras causar gran mortandad, la niebla regresaba a buscarlos y desaparecían. Nadie podía seguirlos a través de una selva enmarañada donde los hombres se perdían para siempre o eran devorados por descomunales serpientes aladas o despedazados por alimañas con dientes enormes, tan grandes como puñales. El africano me contaba estas historias y otras parecidas, cuando nos detuvimos a nuestra llegada en Caesaraugusta y yo luego soñaba que era una princesa  de rubios cabellos que se desposaba con un príncipe visigodo al que rescataba de la selva a lomos de un dragón. Eran otros tiempos. Ahora ya sé que los dragones no existen y que probablemente no existieron nunca y que los príncipes se casan con quien deben y no con quien quieren.
   En el tiempo presente, días antes de la llegada de Ingundis, el rey Leovigildo acababa de regresar de una incursión contra los suevos, pueblo del que yo nunca había oído antes de llegar a Hispania, que tenía un reino en el noroeste con un rey llamado Miro, convertido al catolicismo como los reyes francos, al que nuestro señor terminó por someter y obligar también a rendir vasallaje a Toletum.
   Así con las fronteras en paz, pudo Leovigildo dedicarse a casar a su primogénito, para luego expulsar de una vez a los bizantinos y cumplir su sueño de lograr un reino único que abarcara todo el territorio de la Hispania y una nueva sociedad hispano visigoda.
   Según me contaba el padre de Atanasio, quien gustaba de hablar conmigo de los asuntos de gobierno cada vez que nos visitaba durante los últimos días de mi madre, el rey tenía dos conceptos políticos muy claros: el nacionalismo y el arrianismo. Leovigildo, se sabía en cierto modo dependiente del imperio bizantino, aunque practicaba un doble concepto. Por una parte había respetado, como hiciera el rey Atanagildo, la efigie imperial en sus monedas, aunque en este momento, acuñaba moneda con su única efigie, y había fechado el inicio de su reinado de acuerdo al cómputo del imperio, pero por otra parte, consideraba la presencia de Byzantium en suelo hispano una ocupación, que era preciso resolver de modo definitivo.
   —El rey es también un arriano convencido —me decía el señor de Melque—, pero su sentimiento nacionalista es más profundo aún que el religioso. Pese a todo, cuando resulta elegido rey a la muerte de Liuva I, envía notificación a Justino II y le solicita confirmación. Yo manifesté mi extrañeza a algunos nobles del Consejo: el nacionalismo del rey no se correspondía con esta sumisión y uno de ellos, el dux de la Bética, me respondió sabiamente: “El imperio es una entelequia lejana mucho más efectiva que real, Melque. El hecho de mantener una apariencia de sumisión no es óbice para combatir su presencia en suelo hispano luchando en su contra, aunque en teoría dependamos de él, pero esto es sólo teoría.” Ya ves como es de sinuosa la política, querida Jana.
   Yo asentía convencida porque la política me había parecido desde siempre un contrasentido y un galimatías. El arte de la falsedad y de la doblez, y de las verdades a medias. Aunque con el tiempo comprendí que la política podía ser aplicable a todos los órdenes de la vida, incluso era conveniente en muchas situaciones comprometidas aprender de la sinuosidad en el obrar de las gentes a cargo de la gobernación del reino. Yo aprendía pronto, tenía ese don, y en ese momento manipulaba a Atanasio en mi provecho haciéndole creer en lo que no podía ser como el rey a Byzantium, mientras mi pensamiento se concentraba día y noche en el regreso del príncipe para que nuestra situación se resolviera. Aunque creo seguro que los bizantinos serían menos confiados y más inteligentes que Atanasio de Melque y, en consecuencia, estarían al tanto del doble juego del rey. Lo mismo que mi aya, que sabía perfectamente que yo ni amaba a Atanasio, ni lo iba a amar nunca.
   Según parecer de mí, por aquel entonces, futuro suegro, el rey Leovigildo estaba persuadido de la necesidad absoluta de lograr un equilibrio entre hispanos y visigodos o dicho de otro modo entre católicos y arrianos, para colocar en el punto de partida  la  nación que anhelaba. Esta convicción rondaba por su cabeza desde mucho antes de acceder al trono en solitario y ahora, había llegado la ocasión de llevar a la realidad política lo que hasta el momento había sido solamente un proyecto de futuro para una nueva nación. Un gran proyecto de transformación que el rey sabía iba a resultar complicado y a Melque y a otros muchos nobles, les parecía imposible; lo mismo que opinaba el africano en Caesaraugusta cuando yo les escuchaba tras la puerta, durante el viaje de llegada. 
   Los hispanorromanos, eran bastante más numerosos que nosotros y más instruidos en general y más pacíficos, pero permanecían al igual que los galorromanos, aferrados al recuerdo de un imperio que era solamente eso, un recuerdo, preservando en sus casas y en sus vidas ordinarias y en sus celebraciones, maneras, costumbres y ceremoniales que eran simples alegorías, remembranzas de un tiempo perdido; y los visigodos hispanos, más belicosos, más toscos y caóticos, continuaban en su gran mayoría, apegados como sombras a unas costumbres demasiado tribales, adheridas aún a la más pura tradición germánica, preservando conductas arcaicas,  esteparias, buenas para la expansión, pero no tanto para el desarrollo de sociedades pacificas y modernas. Éramos dos pueblos conviviendo de espaldas, cada uno con sus costumbres y su derecho y su religión, incluso su lengua; aunque  el latín se iba  imponiendo con facilidad sobre la nuestra. El imperio romano hacía muchas décadas que se había desvanecido en occidente  y mientras los reinos vecinos se habían asentado y prosperado, fusionando todas las nacionalidades que los ocupaban, la Hispania carecía todavía de un rumbo claro y de verdadera identidad; urgía ya avanzar en la buena dirección.
   Siempre según el señor de Melque, (yo no conocía al rey lo suficiente, en ese momento, para tener opinión propia), Leovigildo era un romanizado, admirador de la instrucción del pueblo hispanorromano y de sus maneras modernas y desenvueltas más acordes con los nuevos tiempos. 
   El viejo rey septimano ansiaba devolver al reino el auge y la prosperidad que había perdido tras la caída del imperio. La Hispania era, según el rey, una yegua de buena raza, vigorosa, rozagante, todavía recuperable tras permanecer lustros abandonada a su suerte, sin cuidados, alimentándose de abrojos, casi sin agua, pero sin haber perdido su lozanía y su poderío por completo. Unos buenos cuidados y un cambio de hábitos repararían el desgaste del abandono y la pondrían en el buen camino. Después,  solamente necesitaba ser conducida al punto de partida y darle un buen azote en las ancas para que echara a andar. La sociedad hispana, no sé si bien o mal comparada por el rey con una yegua enteca, empobrecida, atrasada, campesina en su mayoría, —los recuerdo cuando llegamos, temerosos, huyendo a nuestro paso—, muy reacia a las innovaciones, debería avanzar hacia otra más industriosa y renovada, que diera paso a una nación con autoridad y brillantez  entre los reinos conocidos. Por duplicidad casual o imitativa, pero oportunamente concordante con los deseos del rey, entre la población hispanorromana habían surgido, en los últimos tiempos, firmes puntos de luz alumbrando en la misma dirección; una élite renovadora apuntaba mejoras, sobre todo de tipo social, aunque también cultural y político, preocupados por el destino y la identidad de Hispania, y aconsejaba reformas inmediatas; el rey Leovigildo coincidía con estas inquietudes y deseaba aprovechar el espíritu innovador y creativo de estos pensadores, en beneficio de la nueva nación con la que soñaba también. De esa manera, según Melque, algunos patriotas hispanos junto con el rey Leovigildo habían comenzado a trabajar en serio para transformar la nación sabiendo, no obstante, que los inconvenientes iban a  ser muchos y muy difíciles de salvar, porque las reformas precisaban ser radicales. Eran galenos de etnias diferentes colaborando codo con codo en la sanación de la misma enferma cortejada y amada por todos.
   Pero la enferma, la Hispania, tenía otro rey, Goswintha, a quien le traían sin cuidado la salud y la recuperación del reino; esto era algo apreciado con facilidad por todos, daba igual que la conociéramos mucho, poco o apenas nada. Saltaba a la vista que ella tenía otros intereses, encontrados por completo con los del rey, y que oponía cada vez más recelos a la buena relación de Leovigildo con la aristocracia católica y a su acercamiento cada vez mayor a los hispanorromanos, sin considerar sus furibundos argumentos en contra. Esta “desviación” del rey podía hacer peligrar su hegemonía sobre el orden de acceso a la voluntad regia, que era lo único importante. Cualquier maniobra o cualquier decisión política se habían resuelto siempre, desde la época de su primer marido, con su participación y con su influencia y a veces, cuando el rey estaba ausente, con su único criterio, y lógicamente esa voluntad tenía un precio y un precio elevado. De este modo, ella y su factio, eran cada vez más poderosas y esto no podía cambiar en modo alguno. Como consecuencia de este dimorfismo antinatural e imposible, se produjeron gravísimos desencuentros entre el rey y ella, que es lo mismo que decir entre el rey y la factio Baltha y sus adláteres, ad hoc de la revisión del Código de Eurico.
   Fueron las primeras batallas de una guerra de la que Leovigildo iba a salir peor parado.

13


   Recuerdo que, coincidiendo casi con nuestra llegada  a la corte, el rey había intentado atraer a los hispanos al arrianismo. Nosotras y sobre todo yo, bastante teníamos con tratar de adaptarnos a la nada impuesta, venciendo la nostalgia y la pena, como para prestar atención a la política del reino o a las decisiones del rey, siempre y cuando no nos afectasen como era el caso de la conversión. Mi aya decía que la idea había partido de la reina, fanática religiosa, aunque yo pienso ahora con la perspectiva del tiempo y de lo que fui conociendo, que no, con total seguridad y si acaso partió de ella, fue para obtener el efecto contrario al deseado por el rey
   Los reinos francos tenían una sola religión: la católica. Eso había sido decisivo para implementar cambios en la política y para lograr la unidad. Los visigodos de la Galia lo habíamos sufrido en carne propia. Pero la pretensión en Hispania se quedó solamente en eso, en un intento. Ningún católico se convirtió, pese a las prebendas ofrecidas por el rey al que lo hiciera. Sin embargo, Leovigildo insistió en ello, convocando a  nuestro obispo Sunna y al católico Masona a un entendimiento fracasado casi de antemano: ambos terminaron enfrentados y el rey tuvo que terminar por desterrar a Masona lo que, en buena lógica, no gustó nada a los católicos. Con ello, hubo que aplazar el intento de conversión para más adelante. Pero Leovigildo no se detuvo en su intención de incorporar a los hispanos a la administración del reino aprovechando su formación romana en derecho y en economía, permitiendo que continuaran con su religión.
    Para que esto pudiera llevarse a cabo, se hizo necesario derogar algunos principios del Código por el que se regía la vida del reino;  entre los más urgentes figuraba la revocación de la prohibición de los matrimonios mixtos y, sobre todo de la no intervención de los católicos en la política. Este era esencial. Además, todos los pobladores de cualquier etnia íbamos a estar sujetos al mismo derecho y a los mismos órganos jurisdiccionales, suprimiendo así la dualidad imperante hasta ese momento. La sociedad hispana debería tender a la homogeneidad y la monarquía debería abandonar su carácter gentilicio; el pueblo iba a regirse por una legislación única, la misma para todos, otorgada por el rey,  porque el rey tenía que serlo de una nación y no de una etnia. Pero no todos lo entendieron así. Algunas nacionalidades del reino preferían continuar como siempre y sobre todas la visigoda, alarmada por otros cambios que se vislumbraban en el horizonte más inapelables.                                                                                                  
   Algo de esto me había referido el príncipe, preocupado por la reacción de las tribus, durante alguno de nuestros encuentros; aunque pronto cambiaba de conversación, porque no abundaba el tiempo para estar juntos y era mejor aprovechar esta carencia de otro modo más conforme para enamorados. 
   Sin embargo, por suerte injusta para la nación y para el rey, Recaredo tenía razón; lo peor para los clanes visigodos con la reina al frente, fue con diferencia, la pretensión del rey de instaurar una dinastía y transformar la monarquía en sucesoria como había hecho antaño en la Galia el franco Meroveo dando origen a la merovingia; Leovigildo pensaba seguir su huella y llevar a cabo una política centralizadora para retirar potestad a la nobleza visigoda y sentar las bases de una monarquía hereditaria que englobara el mundo terrenal y el espiritual y terminar así con las luchas de poder y con el asesinato de reyes. El rey pasaría a gobernar en nombre de Dios y solo sus descendientes directos podían pretender el trono.  
   Creo haber oído mencionar a Hermenegildo mientras viví en su casa,                                                       que tal vez su padre el rey debería haber considerado la conversión de otro modo, es decir, al contrario de cómo se había propuesto. Ya digo que yo no prestaba demasiada atención entonces a estos asuntos y no acerté a discernir qué quería decir el príncipe exactamente. No supe interpretar, ni siquiera pregunté cómo era por otra parte mi costumbre, a que se refería.  Tal vez nuestro rey, según su hijo, debería haber comenzado por fortalecer la monarquía antes de iniciar las reformas y para ello tal vez resultara indispensable la conversión de la nación a una única religión. Aunque el rey lo había hecho, ya lo he referido, había tratado de convertir a los hispanos al arrianismo. Entonces, posiblemente lo que había querido decir Hermenegildo, era que el rey había elegido mal la religión. Tal vez el príncipe opinara que el rey debería de haber comenzado por imitar a Clodoveo en lugar de a Meroveo y haberse convertido al catolicismo. ¿Sería eso a lo que se  había referido el príncipe? ¿Era mejor en su opinión que la nación fuese católica en vez de arriana? En realidad el arrianismo era ahora mismo una religión étnica, minoritaria, circunscrita solo a nosotros, los visigodos de Hispania. Quizá si el rey se hubiera convertido al catolicismo todo hubiera resultado más fácil, ya que posiblemente los católicos con su poderosa iglesia al frente le habrían secundado en masa y habrían sostenido, o mejor dicho, impuesto las reformas, _como sucedió con Clodoveo en la Galia, al que ayudaron incluso a expandirse_, porque las tribus visigodas nada hubieran podido anteponer contra esa fuerza y hubieran tenido que terminar por acatar los cambios y no hubiera ocurrido lo que ocurrió.


   Leovigildo, mientras guerreaba con suevos y vascones, con bizantinos y bagaudas, trataba de parlamentar con las tribus para lograr un acuerdo y terminar con el desconcierto y las revueltas que estaba causando el anunciado centralismo, comenzando por los amelos, factio enemiga de los baltos, de cuya estirpe o parentesco, provenían la mayoría de reyes de las últimas generaciones, pensando erradamente que estos apoyarían el fin de la hegemonía baltinga en la elección de reyes. El rey había enviado a un noble  hispano, para que no hubiera recelos, de su total confianza, al que degollaron con todo su séquito, en el que figuraban un hermano y un sobrino del señor de Melque, los amelos reunidos en asamblea sin darle tiempo ni de saludar en nombre del rey. Esa fue su respuesta a la petición de dialogo. La pretensión de instaurar una dinastía con la descendencia de Leovigildo, era según los amelungos, una treta para perpetuar en el trono a los odiados baltingas, aunque el rey no perteneciera a la factio, pero estaba casado con una de ellos. No había nada más que hablar.

    
   Y como no podía ser de otra manera, entre los más beligerantes en su contra, más aun que los amelos, estaban la reina y sus poderosos baux como les llamaba mi abuela; ahora mismo la dinastía eran ellos; ellos señalaban reyes y ellos ordenaban su asesinato cuando era conveniente, cuando el rey se desviaba de la senda marcada, y ponían en el trono al siguiente. “Son los electores y los regicidas,” manifestaban acertadamente los nobles católicos, a los que Goswintha y los suyos culparon de manipular al rey en contra de los visigodos, como si los visigodos fueran solamente ellos, aunque las tribus, divididas desde                                                                        tiempos que se pierden en la memoria, casi mitad por mitad entre amelos y baltos, se habían mostrado por vez primera en la historia unánimes a favor de algo: de continuar como siempre y de ir, en consecuencia, contra las reformas del rey, acusando a Leovigildo de absolutismo, de intentar situarse como monarca en la cima de la pirámide del poder, con la nobleza, la iglesia, el ejército, y todos los demás a sus pies. Absolutista y usurpador y ambicioso y falaz y sacrílego;  El septimano se estaba saliendo del camino, estaba yendo demasiado lejos o demasiado alto pensando ungirse de la gracia de Dios. Solamente el ejército obedecía y en consecuencia avalaba a su jefe militar supremo, y por supuesto muchos católicos, inductores según Goswintha del error histórico que Leovigildo estaba a punto de cometer. Las aguas, colmadas, estaban iniciando la ebullición y si no se retiraba a tiempo la olla del fuego las salpicaduras podían abrasar al rey.