La viajera del agua


La Huida, primera parte





C
on los idus de noviembre de aquel año 580 tan convulso, nació mi hija Aimone. La hija de Recaredo. Nuestra hija. A diferencia de Ingundis el mío fue un parto fácil, apenas media hora. Comenzó al amanecer y casi antes de que Brunilda se hiciera a la idea, ya había venido al mundo mi niña. Me senté en el taburete y tras un par de contracciones la niña asomó la cabeza. Tenía prisa por conocerme, igual que yo a ella. Cuando escuché su llanto, me invadió el dulce convencimiento de un amor eterno,  más firme que el lazo más firme que nos pueda sujetar a cualquiera otra cosa; más bello que la vida; más grande que el universo, y fui feliz, muy feliz, aunque recordara a Recaredo y me doliera su ausencia como siempre.
   La obstetrix estaba contenta, por lo menos en este caso la recién nacida y la madre se encontraban perfectamente. La princesa era morena como yo y tenía los ojos azules como su padre y sus facciones dulces y armónicas. Nació grande y sana y fue tranquila. Yo tenía mucha leche y pude darle de mamar a Atanagildo, el hijo de los príncipes, mi sobrino, porque su ama de cría enfermó y con todos los acontecimientos no pudimos  buscarle otra así de pronto. Me lo llevé a mi habitación y me hice cargo de los dos. Ingundis se moría sin remedio y Hermenegildo se desesperaba. Estaba a punto de perder a su reina; sin ella su mundo se desmoronaba, ya no le interesaba ser el rey de ninguna parte ¿para qué? todo lo había hecho por ella y todo había sido inútil.
   La guerra ya había comenzado. Los hechos, tanto tiempo remansados los ánimos a contracorriente de los deseos de la conjura, se habían desbordado desde aquella tarde en la que Hermenegildo quiso ir al encuentro de su hermano. Gesaleico, que era para mí el director de la conspiración, el hombre de Goswintha en Híspalis, era quién daba las órdenes. Tenían el plan perfectamente trazado. No sé a que factio pertenecía; se seguro que no era de los baltos, aunque probablemente estuviera emparentado con ellos. Su segundo, sin embargo, era el cuñado de la reina, en cuyo palacio se había educado Liuverico, que no sobrevivió a la pubertad. Me pareció raro que no fuera él el cabecilla de la sublevación, pero pensándolo bien nadie mejor que Gesaleico, un hombre frío, imperturbable, que no se detenía ante nada, que no sentía respeto alguno por la vida de nadie, ni siquiera por la del rey Hermenegildo, al que llamaba el católico con sorna y al que no respetaba en absoluto. Solamente le utilizaba para sus fines, o mejor para los de Goswintha. Por eso, ante la firme determinación de Hermenegildo de encontrarse con Recaredo para detener la guerra, ordenó retenerlo para impedir que saliera de Híspalis a verse con su hermano.
   El africano vino a decirme que salía de inmediato para la capital a fin de advertir a Recaredo de los nuevos planes, para que  no iniciara viaje, porque la conjura podía tenderle una emboscada, dado que los enemigos proliferaban por todas partes y los rebeldes ya estaban dispuestos a cualquier cosa.
   —Decidle a Recaredo que le quiero por encima de todas las cosas, que cuidaré de nuestro hijo y que nos busque en cuanto pueda.
   —Jana, debes saber una cosa. La reina desea sobre todo, hacerse con el niño de los príncipes y en cuanto sepa que Recaredo es padre, también con el suyo. No debes permitirlo. No lo olvides, cuida de ellos. Ingundis no va a sobrevivir y el príncipe será encarcelado como poco. Huye a Gades con los niños, Sigebert te acompañará.
   —¿Dais por perdida la guerra?
   —Sí. La suerte está echada. Dile a Hermenegildo que acepte la rendición en cuanto su hermano se la ofrezca, que se entregue a su hermano. Es el único modo de salvar su vida. Y ahora, adiós Jana. Va a ser muy difícil que nos volvamos a ver. Cuida de ti y de los nietos del rey.
   Me dio un abrazo y salió de mi vida. Nunca más lo volví a ver, aunque supe de sus andanzas y al final me convencí de que él siempre me había querido, a su tosca manera, y tal y como me había confesado un día lejano, en Toletum, a los príncipes también. Su vida había sido muy azarosa; era un superviviente de miles de avatares, como tantos otros en aquellas y en estas épocas tan difíciles. Tal vez se apoyara en la reina, en principio, para medrar al lado de la corona, pero ahora parecía ser cierto que respaldaba al rey, aunque era muy evidente que siempre había tenido un juego sesgado y que, navegando entre dos aguas, había sabido remar en el momento oportuno hacia la orilla del vencedor, había sabido inclinarse a favor del viento como las sabinas. Era un hombre inteligente y un buen soldado y un buen estratega. Si decía que vencería Leovigildo, Leovigildo vencería. Y el ya se había puesto de su lado, aunque sin desvelar del todo su juego, por si acaso.
   En palacio los acontecimientos eran de vértigo. Apenas tuve tiempo de advertir a Hermenegildo del consejo del africano en caso de rendición. “Solamente con vuestro hermano. El hará lo imposible por vos. No os fieis de nadie más”. Gesaleico encerró al príncipe en sus aposentos, tras una áspera discusión, durante la cual incluso llegó a golpearle, para impedir que se viera con Recaredo. Luego buscó al africano por todo el palacio.  Cuando se convenció de que había partido, se perdió por los corredores llamándole a voces traidor, perro bereber hijo de víbora y de ramera y otras muchas cosas por el mismo estilo. Después, reunió a sus hombres y salió tras él, dejando al príncipe encerrado y reciamente custodiado, incluso hubo quien dijo que encadenado, sin poder ver ni a su hijo ni a su esposa que se moría.
   Yo pasé aquellos días pendiente de la princesa que no podía abandonar el lecho. Cuidaba a Atanagildo y tenía la cabeza en varios lugares a la vez. Chloevintha, la dama franca, lloraba sin consuelo porque si moría la princesa no tenía muy clara la suerte que iba a correr dado que ahora ya no se sabía quiénes eran los amigos y quienes los enemigos. Mi aya lloraba también según su costumbre, porque presagiaba un final muy negro para los niños y para nosotras. Todo eran dudas y caos absoluto alrededor. Sigebert había tratado de defender a Hermenegildo, como era su obligación, y había resultado herido. Sin permitir que nosotras le curáramos, había sido confinado en una mazmorra con el resto de la guardia fiel al virrey. Estábamos aisladas de los amigos. Solamente Serena venía a verme y a consolarse con nosotras. Su marido estaba desaparecido desde la tarde de la revuelta en palacio y ella trataba de comunicarse con su familia en un pueblo cercano para irse con ellos.
   —Si aparece mi esposo, por favor dile donde estamos. Que vaya a por nosotros.
   —Se lo diré, pierde cuidado.
   Regresaron Gesaleico y la tropa. No habían encontrado al africano ni, por suerte, a Recaredo por el camino “ese perro bereber le ha prevenido.” Pero además habían comprobado, in situ, como el ejército real estaba desviando el curso del rio Betis y habían sabido que Leovigildo pensaba marchar sobre Emérita, porque el ejército ya estaba avanzando. Tomaron la decisión de dirigirse a Córduba, seguros como estaban de que el suevo Miro, auxiliado por los lusitanos, presentaría batalla a las puertas de Emérita, entreteniendo al ejército de Leovigildo. Ellos rechazarían a Recaredo y procurarían defender la Oróspeda. Menos mal que Byzantium no aprovecharía para atacar, porque tenía muchos problemas en sus fronteras de oriente con los persas y no estaba para más guerras.
   Pero antes de partir, alguien tuvo una desdichada idea. Eran sabedores, lo mismo que yo, de que la reina Goswintha deseaba fervientemente hacerse con el hijo de los príncipes. El aristócrata que me acosaba había hecho averiguaciones en la corte, llegando a conocer mi relación con Recaredo y todo lo ocurrido con Melque. Probablemente se lo hubiera confiado la misma reina. “Fue tu antiguo novio” me dijo Brunilda “el se lo confió, despechado contra ti y contra el rey. Nadie me ha informado, pero yo lo sé.” Tal vez fuera cierto, aunque lo dudaba, pero eso ahora era lo de menos. Este noble era uno de  los pocos católicos aliados con la conjura, al menos visiblemente. Sumó uno más uno y le dio nueve, nueve meses desde mi partida de Toletum hasta el parto de la niña; la hija de Recaredo, sin duda.
   —La muy puta ha hecho circular el rumor de que la niña es del espatario.
   Conocida la verdad, tomaron decisiones con rapidez. No es que fueran muy diligentes, es que las decisiones eran fáciles de tomar. Hacer el mal es asequible a cualquier mente dispuesta para ello, por elemental que  sea.                                                                                                              
   La primera raptar a los niños. Llevar a  Atanagildo a Toletum  y entregarlo a la reina, a la misma vez que a mi hija y la segunda, presentar mi cabeza al africano como represalia por haberse aliado con Recaredo a quien no gustaría nada, tampoco, que hubieran asesinado a su putita. Nadie sabía que éramos esposos, aunque el dolor para el príncipe iba a ser el mismo.
   La conjura buscó deprisa un ama de cría porque había que alimentar a los niños si querían que llegaran en perfecto estado a la corte. De lo contrario la reina les desollaría vivos. Algún soldado les habló de Serena que iba a parir de un día para otro y pensaron en ella. Fueron a buscarla al pueblo para obligarla a abandonar a su hijo recién nacido y amamantar a los príncipes hasta llegar con ellos a Toletum. Serena, atormentada e impotente envió a su hermano a palacio para que me relatara la situación y me suplicara ayuda. Poca cosa podía yo hacer como no fuera huir con los príncipes, aunque había un serio problema: Ingundis se moría, no podía acompañarnos como estaba previsto y yo no podía llevarme a Atanagildo sin su consentimiento. Y faltaba Sigebert, que estaba preso. Y el tiempo se agotaba. Pero, por lo menos esta vez, todo no estaba perdido. Por suerte, la reina no se fiaba de nadie y envió a un emisario con instrucciones precisas acerca de nosotros. Sabía que su nieta se moría, que era cuestión de días, incluso de horas y dio la orden expresa de esperar al óbito de la virreina antes de apoderarse del niño, luego deberían matarme a mí y raptar a mi hija. Ella enviaba un ama de cría de su total confianza. Alimentada en palacio, visigoda y limpia. Todo lo demás era fácil.
   Sigebert era conocedor de estas intenciones que alguien mencionó delante de él, con el objeto de torturarle más si cabía. Por ello, urdió con los demás compañeros un plan desesperado para escapar de la mazmorra y poder sacarnos de la ciudad, antes de que fuera tarde, como le había aleccionado el africano.  Por otra parte yo, cuando supe de los nuevos planes comencé a tomar medidas para huir, aunque fuera complicado porque la conjura nos tenía vigiladas día y noche; el hermano de Serena se había ofrecido para ayudarme con el apoyo de camaradas contrarios al levantamiento y andaban urdiendo un plan de urgencia para sacarnos de palacio y llevarnos al campo, de momento. Pero, alguien se había adelantado a nuestras intenciones. Recaredo nos cuidaba y nos protegía en la distancia. Brunilda vino a buscarme apresurada y nerviosa porque un emisario del príncipe había venido de “no sabía bien donde” y deseaba verme “para no sabía qué.”
   —Vete con cuidado Jana, puede ser una trampa. Esconde un puñal o cualquier otra arma. Dice que viene de parte el príncipe pero puede ser una argucia. Tal vez lo envíe la reina.
   —Tendré cuidado, no temas. Yo tampoco me fio ya de nadie.

Soldado romano

   Cuando llegué a la sala donde me esperaba, me encontré con un hombre alto, joven aun, moreno y rudo, pero con rasgos agradables que me aseguró venir a buscarnos de parte de Byzantium. Me asombró que hubiera podido llegar hasta mí, con tan aparente facilidad, porque tenía vigilancia por todas partes. Aunque supongo que ese era su trabajo.
   —Tengo a mi gente fuera de la ciudad al otro lado del rio, aguardando. Mis órdenes son llevaros a vos y a la esposa de Hermenegildo junto con los niños primero a Gades, para desde allí embarcar hacia Constantinopolis. No hay tiempo que perder.
   —¿Cómo se que decís la verdad?
   —Se me olvidaba —dijo el forastero alargándome un trozo de pergamino.
   Era un mensaje con nuestra clave que me enviaba Recaredo y que decía:
Queridisima Jana, cuando recibas esta nota no hay tiempo que perder. Parte a toda prisa con el portador, Ingundis y los niños. Tienen orden de llevaros a Byzantium como ya te había comunicado. Está todo acordado y pagado. Confía en él. Yo os buscaré en cuanto sea posible. Te quiero y te querré siempre. Recaredo.
   Besé el pergamino y se lo devolví al bizantino.
   —¿Habéis visto al príncipe?
   —No. Esta nota la tenía un noble bético católico y amigo que luchó con el príncipe en la Septimania. El príncipe se la entregó para que yo os la hiciera llegar cuando comenzara la guerra. Todo estaba previsto, pactado con el rey y pagado. La guerra ya ha comenzado y nosotros cumplimos nuestra parte del acuerdo.
   —La princesa no puede venir. Se muere. No sé si va a permitir que nos llevemos al niño.
   —No se lo digáis. No hay tiempo.
   —No puedo llevarme al niño sin su consentimiento.
   —La reina de Toletum ha enviado a buscarlo. Ella lo tomará por la fuerza.
   —Ella, puede, pero yo no. Iré a ver a la princesa y se lo diré.
   —Tiene que ser muy rápido. No hay tiempo. La conjura tiene planes para vos.
   Ya no lo escuchaba, me dirigí a la habitación de Ingundis. Me tropecé al entrar con Chloevintha que salía a mi encuentro.
    —¿Qué ocurre?
    —Jana, gracias a Dios que has venido, iba a buscarte. Mi señora se muere y quiere hablarte.
   Entré en la alcoba. Pese a los óleos que ardían de continuo perfumando el ambiente, olía a muerte. La princesa apenas respiraba, sus manos sobre el pecho eran de nácar frío y su rostro, antes tan hermoso, estaba desdibujado y apenas tenía color; era una rosa marchita, seca, esperando el soplo liberador que arrancara los pétalos del tallo ya sin vigor y los arrastrara a su definitivo reposo, donde se harían polvo eterno. Me miró con dificultad y trató de hablarme. La voz era tan débil que apenas brotaba. Movía los labios pero yo no podía escuchar sus palabras.  Me incliné sobre su rostro y puse mi oído casi sobre sus labios.
   —Ja na, llé va te al ni ño………….le jos. No mi a bue la, no,…….le jos.
   Con eso fue suficiente. Le dije que si con la cabeza y la besé en la frente. Fue como el beso de piedra de la tumba de mi madre, la misma sensación de ausencia. Ingundis estaba más muerta que viva. Su corazón resistía tenaz, tal vez esperando poder ver por última vez a Hermenegildo.
   —Chloevintha prepárate. Nos vamos ahora mismo. No hagas preguntas y no se lo digas a nadie. Ven rápido a mi habitación.
   —No puedo, no voy a dejar sola a mi señora. Tú debes irte y poner a salvo a los niños, pero yo permaneceré aquí junto a la reina. Es mi obligación.
   —Otra dama la atenderá. Tú debes venir con nosotros.
   —No. Yo juré cuando salí de Metz no abandonar nunca a la princesa y eso haré. No puedo faltar a mi promesa. Vete tú con los niños. Tú eres la madre de la otra princesa, a ti te corresponde ponerlos a salvo.
   Tenía razón, no podíamos dejar a Ingundis morir así, sin una mano amiga, apartada por la fuerza de aquella locura, de su amado esposo y de su niño. Volví sobre mis pasos y le pregunté al emisario si era posible aguardar unos minutos. El fue rotundo.
   —¡No!
   —Nos iremos mi aya, los niños y yo. —Él iba a objetar algo, pero yo le atajé—: La necesito. Yo no puedo sola con dos niños. Estoy recién parida y Brunilda es como mi madre ahora.
   El bizantino asintió. Cuando me dirigía a la puerta para prepararlo todo, entró Sigebert espada en ristre, cubierto de sangre, malherido, pero poderoso, fiero, luchando aun por su vida y por la nuestra. El emisario se puso en guardia y comenzó a lanzar mandobles que Sigebert esquivó como pudo, escudado tras una silla.
   —¡Teneros, teneros por Dios! Es el jefe de la guardia del príncipe Hermenegildo. Es como un hermano. Estaba en el calabozo. No sé cómo ha escapado.
   —Matando a la guardia. Primero dimos muerte al que nos trajo el condumio y luego logramos hacernos con la llave y salir. Dos de mis camaradas han muerto, los otros, heridos todos, hacen guardia afuera por si hay problemas. Tenemos que irnos.
   —Para eso estoy yo aquí —dijo el emisario.
    Es de fiar —le aclaré a Sigebert—. Trae una misiva del príncipe, de las nuestras, ya me entiendes.
   —No hablemos más, no hay tiempo. Luego se pondrán al corriente de todo. Ahora vámonos. De prisa y en silencio si puede ser.
   Brunilda tenía a punto un pequeño lío con lo esencial, y Sigebert su espada, que ya era suficiente. Ella, llorando, cargaba a Aimone y yo  a Atanagildo. Me pareció complicado salir de palacio. Atravesar el patio iba a resultar imposible. Había guardia por todas partes. Sigebert se lo hizo notar al romano.
   —Hemos previsto todo. Saldremos metidos en el carro que provee el trigo. Será fácil hacernos con él. Ellas saldrán dentro con los niños y nosotros uno a pie y otro a caballo. Yo iré a pie. Fingiremos ser quienes no somos. Saldrá bien, nadie se ha dado cuenta aun de la huida.
   —Yo conozco un pasadizo que, desde los subterráneos que sirven de almacén, sale al otro lado de la muralla justo al lado de uno de los puentes. Hemos ido y venido por ellos varias veces en este tiempo, para salir a, a…, a divertirnos, sin ser vistos.
   —Sí, para ir de putas —aclaró Brunilda sin que hiciera falta.
   —Llegar hasta allí puede ser peligroso.
   —No, hay que bajar hasta las cocinas lo mismo que para subir a los carros. Yo iré delante.
   —No me gusta este cambio de planes.
   —Es bastante mejor que el vuestro. —Presumió Sigebert, que había sido herido en la cabeza durante la huída y sangraba cada vez más.
   —Si —intervine—. Los niños pueden llorar al salir dentro de los carros, por los pasadizos nadie les oirá.
   —¿Donde espera vuestra gente, no habréis venido solo?
   —Mi gente está al otro lado del Betis.
   —Entonces, perfecto. Vamos.
   Brunilda, desconfiada, insistía en la probabilidad de que todo fuera una trampa de la reina.
   —Esa mujer es como el demonio, está en todas partes. Probablemente al salir nos guíen hasta Toletum en vez de hacia Gades. Terminaremos asesinados todos.
  —El bizantino era portador de una misiva de Recaredo con nuestra clave. Es imposible que…
   —Parece mentira que no conozcas aun el poder de la reina.
   —No nos queda más remedio que confiar. No hay más opción. Así que, vamos. Además, si fueran los esbirros de la reina no tomarían tantas precauciones.
   —No estés tan segura, estate prevenida para lo peor. Acabaremos mal, estoy convencida de ello.
   Decidí no escucharla. Fuera lo que fuera no había otra alternativa. Además, yo tenía confianza plena en mi esposo, sabía con certeza que no nos abandonaría. Al salir al corredor vimos los guardias muertos. Brunilda y yo nos miramos en silencio y comprendimos como tantas otras veces, sin que hicieran falta palabras. Fuimos bajando por separado, para no levantar sospechas caso de tropezarnos con alguien. Mi aya con Sigebert a cierta distancia por delante de ella, por un lado, y el romano y yo por otro. Dos compañeros del espatario vigilaban la retaguardia por si acaso fuéramos descubiertos. Sangraban abundantemente por varias heridas. Yo creí que se desplomarían antes de que llegáramos a las cocinas.
   La salida fue tranquila. El palacio dormía a esa hora y nadie se había percatado aun de la huida de los prisioneros. El silencio era total, todos parecían haber muerto. El forastero iba delante y  yo le seguía con mi sobrino. En el corredor frente a las cocinas nos reunimos. Tardaron un poco más en llegar para mi desesperación, aunque el bizantino estaba aparentemente tranquilo.
   Descendimos a los sótanos y continuando por unas rampas laberínticas dimos, al fin, con el pasadizo. Era un túnel largo y tenía agua. Al principio solamente nos mojamos los pies, pero  hacia la mitad del trayecto, el agua nos daba por media pierna y al final, casi saliendo, se convirtió en lodo que nos dificultaba el avance. Las ratas, trepaban por las paredes a nuestro paso tratando de huir a la desesperada, igual que nosotros. Sus ojos brillaban en la oscuridad a la luz de las teas, como siniestros luceros errantes. Olía a humedad y sobre todo a podredumbre.”Como todas las cloacas” había dicho el forastero. “Como todas las ambiciones,” había añadido yo.
   Sigebert iba delante y el bizantino cerraba la marcha espada en mano. Tras un largo recorrido, al doblar un recodo, nos dio en la cara el aire fresco y salino del río.
   —Ya estamos casi fuera —informó Sigebert, aunque no fuera necesaria la aclaración.
   Cuando salimos al aire libre, Atanagildo se puso a llorar, reclamando su comida y luego Aimone le acompañó en el llanto para no ser menos. El forastero silbó y otro silbido igual le respondió entre los árboles. Al poco apareció un pequeño grupo de hombres armados que abrazaron al forastero y nos rodearon alegres.
   —Hay que continuar. No podemos permanecer aquí.
   —Debo de dar el pecho a los niños.
   —Lo haréis subida al carro. Vámonos.

Carpentum romano


La viajera del agua



La rebelión, segunda parte
Trajes, armas y joyas visigodas


Hermenegildo era instado con vehemencia a marchar sobre Toletum, ahora que no había rey, dado que Leovigildo estaba por el norte, de nuevo contra los vascones.
   —Sí hay rey. Está mi hermano que es un gran guerrero y un hombre inteligente, buen estratega además. Nunca iré contra mi hermano.
   —Estos me parecen prejuicios pueriles. En la guerra no hay hermanos, del mismo modo que no hay padres. Nuestros aliados suevos están viajando hacia Emérita. He sabido que por el camino muchos godos se están uniendo a ellos contra Toletum. Os prefieren como rey. Salgamos a su encuentro y marchemos contra la corte.
   —Todavía no.
   Todos estaban deseosos de comenzar la campaña, pero el nuevo rey católico no quería luchar contra su hermano o eso era lo que manifestaba. Yo creo que temía a su padre y que se conformaba con ser rey de Híspalis nada más. Tal vez pensara ingenuamente que Leovigildo, que retrasaba el ataque, se lo iba a permitir. ¿Y por qué retrasaba tanto el ataque el rey?
   —Porque está guerreando contra los vascones, Jana. No le des más vueltas —repetía Brunilda que no quería ver la negra mano que yo veía detrás de todo.
   Una mañana ya otoñal tuvimos otra sorpresa.
   El africano llegó de nuevo desde Toletum. Esta vez venía por orden de Recaredo con una petición para Hermenegildo. Su hermano le instaba a que se reunieran en territorio neutral, para tener una conversación al respecto de la situación a la que se había llegado. Hermenegildo se alegró con la misiva y en principio pensó acudir.
   —Fijaremos un lugar seguro e iré al encuentro de mi hermano.
   —Pienso que no debéis —opinó el noble de siempre, el que se había convertido en su mano derecha—. Que venga el príncipe aquí. Puede ser una treta. Es posible que la orden no haya partido de vuestro hermano sino de la reina. Es posible que Recaredo ni esté al corriente.
   —La petición la ha traído el africano.
   —Precisamente por eso. La reina se lo habrá ordenado mientras Eberhart le calentaba las sábanas en ausencia del rey.
   Volví a alegrarme, pero sin crearme demasiadas esperanzas, por si acaso. Había un serio inconveniente; el parto de Ingundis se acercaba y el estado de salud de la princesa se complicaba cada día. Hermenegildo había hecho llamar a una famosa obstetrix de origen griego que residía en Gades y  todos la esperábamos con fe, pero con mucha, muchísima inquietud. Por eso el príncipe no deseaba ausentarse. Su esposa le importaba demasiado.
   Yo escuchaba a mis hermanos visigodos hablar despectivamente de la excesiva preocupación del rey católico, como ellos le llamaban, por las cuestiones personales o sentimentales abandonado y apartando las cuestiones de alta política, decisivas para el reino, como era el deseado ataque, sin más demoras, a Toletum. Ahora era el momento. Si la princesa y su hijo morían, mujeres de sobra tenía el reino y los reinos vecinos que le darían hijos a montones.
   —Es más importante una puta vagina franca que el trono de Hispania. Con un rey así no vamos a ninguna parte. Primero el hermano y ahora la mujer. Excusas cobardes. —Salió diciendo su lugarteniente, mientras escupía al suelo y daba una patada sin miramientos al sirviente que me acompañaba con los remedios para la princesa.
   —¡Apartaros necios! Nos está bien empleado por confiar en un niño, sin personalidad y sin arrestos.
   Esa falta de personalidad era la que, según mi parecer, había facilitado que el príncipe cayera en sus garras y se dejara manipular. Así habían logrado que se rebelara. Le habían presentado al pueblo como mártir por una fe que no era la suya, pero que servía para alzarlo contra el rey que pensaba dar entrada en la gobernación del reino a los católicos, precisamente. Era una retorcida trama que yo no acertaba a comprender por más que lo intentaba. ¿Si ganaban la contienda que iban a hacer, convertirse también? No lo creo. De querer convertirse ya lo hubieran hecho. No era una guerra de religión. Eran otros los intereses, era simplemente el deseo de acabar con el rey Leovigildo o con ambos reyes, incluso tal vez con Goswintha, utilizando la religión como excusa.
   El africano no pareció extrañarse de mi preñez, cuando nos vimos por la mañana. Me preguntó si Recaredo lo sabía.
   —No  —mentí— ¿Cómo iba a saberlo?
   —Bien, yo se lo diré. Como me consta que eres inteligente no habrás dicho públicamente quien es el padre ¿cierto?
   —Cierto. He dicho que es de Sigebert. Solo lo saben los virreyes y Brunilda, por supuesto.
   —Muy bien. Ten cuidado con esto. Los ánimos están muy encendidos. Si alguien sospecha que el hijo es de Recaredo, tu vida y la de tu hijo correrán grave peligro. Cuando estalle la guerra deberías huir de Híspalis. Vete a Gades, los bizantinos podrán ayudarte. Hablaré con Sigebert. Yo haré gestiones desde Toletum. Te haré llegar noticias. ¿Podrías viajar de ser necesario?
   No pude responder porque en ese mismo momento mi aya vino a buscarme para llevarme casi a rastras; me necesitaban al lado de la princesa con mucha urgencia.
   Permanecí mucho tiempo con Ingundis, mientras mi cabeza seguía dando vueltas a la situación en pie de guerra que estábamos viviendo. La virreina tenía dolores y estaba muy débil. Se aferraba a mi mano y llamaba a su madre. Sentí una pena infinita. Éramos unas niñas, en realidad. Yo iba a cumplir quince y ella apenas tenía diez y seis. Estábamos solas, sin nuestras familias, en el centro de un mundo de hombres lleno de ambiciones y de traiciones, donde no contábamos para nada, viviendo situaciones que nos excedían y dónde se podía prescindir de nosotras con total impunidad. Menos mal que Hermenegildo era un buen hombre, en el fondo, y estaba muy enamorado. Si le ocurriera algo inesperado a la virreina, se hundiría y no sería capaz de dar ni un paso. Esto lo sabíamos todos los que le conocíamos bien. Con la desaparición de Ingundis la ambición del virrey desaparecería también. Conformaban una simbiosis que quedaría deshecha, destruida por completo: el uno sin el otro no podrían subsistir. La conjura se quedaría sin rey que les sirviera como coartada. Si esto no fuera tan irrebatible, capaces hubieran sido de ayudar a la princesa a morir más deprisa, para que no fuera una rémora en sus pretensiones. Hermenegildo luchaba por la vida de su esposa y de su hijo y ponía en espera todo lo demás, pero ¿hasta cuando se lo permitirían? Hasta ahora habían cedido, pero dadas las urgencias que manifestaban por iniciar la guerra capaces eran, en cualquier momento, de prescindir del rey y actuar por su cuenta. Habían conseguido que se rebelara, ahora ya no lo necesitaban. ¿Se puede jugar sin rey?


   Ingundis se había puesto al fin, de parto. La situación me recordó los abortos de mi madre y recé para que tuviera otra solución distinta a aquella. La princesa se retorcía de dolor y el niño se resistía a salir como si conociera de antemano el mundo al que venía y no tuviera interés alguno en asomarse a él. Así estuvimos un día interminable con su noche. A la mañana del segundo día,  la matrona que esperábamos llegó portando el taburete, con agujero en forma de luna creciente, a través del cual nacería el niño. Ya los había visto en la Septimania cada vez que había un nacimiento en la casa, que era a menudo, aunque yo nunca había presenciado ninguno. Muy diligente, echó a los hombres y nos dio instrucciones a las mujeres que íbamos a ayudar.
   La obstetrix se cortó las uñas y se lavó cuidadosamente las manos. Luego procedió a examinar a la princesa y le presionó el abdomen con suavidad. Ingundis sudaba y se quejaba.
   —Está demasiado abultado. Esto ya debería de haber empezado ayer.
   Comenzó a dar órdenes. Todas hicimos con premura lo que ella dispuso. Sentamos a la princesa en la silla. Ella se resistía y pedía casi a gritos que la dejáramos morir tranquila.
   —Agárrate fuerte a los brazos de la silla. ¡Fuerte!
   La griega la acarició suavemente, incluso le cantó una canción muy bajito como una nana, mientras le masajeaba el abultado abdomen. Yo me coloqué tras la princesa y la sujeté. Scribonia, así se llamaba la obstetrix, se colocó en frente de Ingundis, sentada sobre un taburete bajo, y comenzó el proceso aplicando primero una especie de ungüento que explicó ayudaría en la dilatación, mientras le daba instrucciones de cómo respirar y de cómo empujar durante las contracciones, a la vez que dos ayudantes de la matrona presionaban constantemente el abdomen de la princesa. Pasaron los minutos y todo continuaba repitiéndose paso a paso como un ritual largo y doloroso. Ingundis se quejaba cuando la obstetrix trataba de ayudar en la dilatación utilizando los dedos.
   Transcurrieron horas. La griega temía por la vida del niño. La princesa sufría dolores terribles con cada contracción y según la médica no empujaba lo suficiente. Ella hacía lo que podía con los dedos y la princesa era un puro grito que nos helaba la sangre. Yo pensaba en mi propio parto. Estábamos a punto de  desfallecer cuando, por fin, asomó el niño.
   —¡Ya está aquí la cabeza! Haz un último esfuerzo. ¡Empuja! ¡Empuja fuerte, todo lo que puedas, más, más!
   La griega tenía cogida la cabeza del niño y tiraba de él. Yo cerré los ojos, mientras asía a la princesa con fuerza, temiendo que su espíritu se escapara, no se adonde, al salir el niño.
   La matrona recogió al recién nacido, lo envolvió en la manta de lino que le  tendieron y cortó el cordón que lo unía aun a la madre.
   —Es un hombrecito.
   El pequeño príncipe rompió a llorar cuando la matrona lo espolvoreó con sal fina como era la costumbre. Luego lo enjabonó y lo volvió a espolvorear y otra vez a enjabonar. En la puerta Hermenegildo pugnaba con las mujeres por entrar. “Es un niño” le comunicamos de manera totalmente informal.
   —Debéis esperar señor —dijo la griega—. Todo va bien.
   La matrona limpió uno por uno todos los orificios del cuerpecito del niño y colocó un trozo de vellón humedecido con aceite de oliva sobre el ombligo. Luego llevó al niño cerca de la luz y procedió a examinarlo con atención. Se cercionó de que no tenía ninguna anormalidad congénita y tras esto, le palmeó para oír su llanto de nuevo. Sonó fuerte y prolongado.
   —Es un niño sano. Que entre el padre.
   Hermenegildo irrumpió como un vendaval, la griega le obligó a lavarse las manos antes de  tomar en brazos a su hijo, algo que hizo con muchas precauciones, como si se le fuera a romper. La matrona se reía sin pudor alguno.
   —Se llamará Atanagildo, como su bisabuelo —dijo levantándolo con solemnidad y dirigiéndose sobre todo a la virreina.
   Habíamos devuelto a Ingundis a la cama. Estaba extenuada y se durmió tan deprisa que yo le pregunté a la obsterix si era lo normal.
   —Si. Está rendida. De todos modos me preocupa el estado de la reina, creo que puede tener algún problema posterior. Hay que estar muy atentos. Temo que lleguen al asalto las fiebres puerperales.
   —¿Eso acabaría con su vida? —inquirí con temor.
   —Si.
   Hermenegildo le habló de la posibilidad de que se quedara, por lo menos hasta que yo diera a luz también y así cuidara de la reina. La griega afirmó que lo haría encantada. Todos nos quedamos más tranquilos. Aquella mujer sabía muy bien lo que hacía. Había sido una suerte poder contar con ella, aunque posiblemente el sino de Ingundis estuviera ya trazado por los malos hados.
   Era octubre del 580.  Mi hijo nacería en noviembre. Si no hubiera guerra todo sería distinto.
   Permanecí en la habitación con Ingundis y el nuevo principe. Antes de retirarse,  la griega me preguntó si teníamos un ama de cría, porque era seguro que la virreina no podría alimentar al niño. Le dije que sí que todo estaba dispuesto, que las damas de Híspalis se habían ocupado de ello. Cuando se fue para hablar con ellas, me senté mirando a Ingundis que dormía como su hijo y traté de seguir descifrando el enigma que era para mí la sedición de Hermenegildo. Retrocedí hasta el momento de la conversión. Solamente dos nobles visigodos y sus familias se habían convertido con el nuevo rey, el resto permanecía fiel a Arrio, aunque me reiteré que eso era lo de menos en este conflicto. Sin embargo era muy posible que la guerra la ganara Leovigildo y ¿entonces que iba a suceder? Todos serían ejecutados, profesaran la fe que profesaran. Claro que ese era el juego, de otro modo no habría partidas, ni guerras. Nadie contemplaba la derrota de antemano. No obstante, aunque pareciera que las blancas jugaban siempre con ventaja, en este caso la percepción de victoria podía ser puramente ilusoria. Yo estaba segura de que a medida que avanzara el juego la apertura tan arrojada de “los blancos” iba a pasarles factura, porque su estrategia había sido lenta y “los negros” habían tenido tiempo de sobra para haberse anticipado a sus planes y en este caso mover primero habría supuesto una desventaja.
   La griega regresó con el ama de cría que se dispuso a dar de mamar al niño y yo me fui. Me dirigí a mis habitaciones para descansar y tratar de aclarar un poco el intríngulis que estaba resultando para mí todo lo acontecido desde que llegamos. Resultaba delirante no saber, no comprender, vivir inmersa en una situación tan comprometida y no ser capaz de descifrarla; ser una pieza sin albedrío alguno en un juego de otros; permanecer en el tablero esperando, sin más, cuando el resultado podía ser la muerte para todos.


   Mientras avanzaba por la galería escuche voces en el patio interior. Eran mi acosador, recién regresado de Toletum donde parece que había logrado entrar sin mayores problemas disfrazado de clérigo arriano huyendo de la quema de iglesias en Híspalis, y el noble visigodo mano derecha del rey, que no había apostatado, como hubiera sido lo esperado. Se llamaba Gesaleico. Ambos hablaban animadamente aunque a veces parecían discutir. A medida que me fui acercando escuchaba palabras sueltas sin ningún sentido para mí. Cuando estuve a su altura me puse en cuclillas tras una columna y presté atención a lo que decían. Estaban de espaldas y no me habían visto llegar. Gesaleico le preguntaba al recién llegado, que opinaba el rey de que Hermenegildo no quisiera atacar. Si el agua del surtidor estuviera en silencio escucharía mejor.
   —Leovigildo cree que solamente desea ser rey de Híspalis, con eso se conforma. Conoce al príncipe, no cree que tenga intención alguna de marchar contra Toletum. La reina y yo estimamos que todo esto le desborda, que piensa que el rey no atacará y que todo se resolverá por las buenas. La reina opina que no debe verse con su hermano en modo alguno. El africano ha llegado con el mensaje, pero debéis de convencerle para que no vaya. Entre los dos pueden hallar una solución que no debe producirse.
   —No irá. Estamos perdiendo un tiempo precioso. ¿Cómo está el rey?
   —Viejo, viejo y cansado. La rebelión del príncipe le ha hecho mella y la guerra lo rematará.
   —Mejor. Todo será más fácil sin él. ¿Qué hay de Recaredo?
   —El príncipe trata por todos los medios que no haya guerra. Es muy astuto y tiene muchos partidarios. Muchos también entre los católicos. Nos traerá problemas. Si no hubiera regresado de la Narbonense hubiera sido mejor. Gontram no ha sido tan fiero como pensábamos. Y el dux de la Aquitania ha resultado ser un cantamañanas. Esto ha salido mal.
   —Calma. ¿Ya habéis matado al obispo Frominius?
   —Han salido los sicarios. Dadnos tiempo.
   —¿Qué piensa hacer el rey con el obispo Leandro?
   —Piensa desterrarlo.
   —Debe hacerlo pronto. Cuanto primero mejor. Esto enardecerá a los católicos en su contra.
   —Posiblemente ya haya dado la orden. La reina no hace más que insistir. ¿Qué vais a hacer ahora?
   —Idear un  plan para apresar a Recaredo. Iremos dentro. Los patios oyen.
   Fue en ese instante, cuando se hizo al fin la luz en mi atribulado entendimiento. Pero que tonta había sido. Por ahí debería de haber comenzado la sospecha. Por la reina. ¿Por quién si no? En ese instante vi clara por fin la mano de Goswintha en toda la conspiración. ¿Pero, cómo no lo había pensado antes? Era muy propio de ella. Muy retorcida, pero muy astuta. En ese momento tuve la certeza absoluta de que todo obedecía a un plan rigurosamente estudiado. Desde el principio. Desde la inexplicable paliza a Ingundis. La reina sabía que, tras la guerra doméstica, Leovigildo sacaría a su hijo y a su nuera de la corte, para enviarlos con total seguridad a Hispalis y sabía también que ahí residía Leandro “el fanático” su más ferviente enemigo, el adalid católico en Hispania contra la herejía arriana. Sabía que entre él y su nieta presionarían sin tregua a Hermenegildo para lograr su conversión. Sabía que Ingundis era ambiciosa y obstinada. Les conocía bien a ambos y les proporcionó el pretexto. Goswintha había sabido utilizar también el descontento de los nobles godos contra el rey, en su provecho, para inducir una rebelión contra Leovigildo. Había juntado todos los ingredientes con suma habilidad y la masa había fermentado tanto y tan bien, que estaba a punto de reventar.
   Leovigildo iba a pagar caro su intento de dar un giro a la historia. La política se estaba convirtiendo en un caos y el poder tenía imperativamente que continuar donde siempre había estado. Ese era el quid de la cuestión. El poder. Eso era lo conveniente, que todo continuara igual, sobre todo para ella, la gran dama blanca. Por eso, ante el riesgo, cada vez más inminente, de perder el juego, incendió el tablero y se llevó por delante a los dos reyes.
   Tenía que hacer saber a  Hermenegildo la conversación que había escuchado. Tal vez él ya sospechara algo y por eso quería ver a su hermano. La situación era muy peligrosa y se complicaba por momentos. Ahora Hermenegildo se estaba volviendo en contra de los intereses de la conjura, preocupado por la salud de su esposa.  Yo no acertaba o mejor, no me atrevía, a dilucidar el final como la situación se prolongara demasiado. Me dirigí a mis aposentos muy preocupada por lo escuchado y por lo que deduje después, en consecuencia, y me encontré una sorpresa. Sigebert me estaba esperando. Su padre le había enviado un presente por medio del africano.
   —Jana, mira esto. Mi padre acaba de enviarme una nueva espada.
   —Oh, qué bien —le respondí sin ningún interés—. ¿Cómo está tu padre?
   —Jana, mírala bien. Mira la leyenda de la hoja, entre ambos filos —me rogó con suavidad colocando la espada sobre mi cama.
   En ese momento entendí lo que Sigebert trataba de decirme. El corazón se me aceleró hasta parecer querer salirse de mi cuerpo haciendo estallar mi pecho, y con la vista borrosa por la emoción, acaricié la hoja como si fuera el rostro de Recaredo, antes de leer.
Queridísima, queridísima Jana. He llorado al saber que seremos padres.  Por favor que Hermenegildo acuda a la cita. El rey está regresando a Toletum. Piensa cortar el rio y bloquear la ciudad. Llegará el hambre. El rey ha comprado a Byzantium. No intervendrán. Se verá solo. Yo le he rogado y el ha accedido a que los bizantinos os saquen de la ciudad a vosotras y a los dos niños antes de que todo esté perdido una vez que estalle la guerra. Os llevarán a la capital del imperio. Luego yo os buscaré. Por favor que mi hermano entre en razón. Nunca ganará esta guerra. Hallaré el modo de salvarle la vida, le doy mi palabra. Aun no está todo perdido. Te quiero y lo haré por siempre. Recaredo.
   Debía mostrarle la misiva a Hermenegildo. Solamente a él.  Cuando estaba hablando esto con Sigebert que se mostraba de acuerdo, vinieron a llamarme de parte del príncipe. Debía volver a quedarme con la princesa, el tenía que despachar con el africano. Cuando llegué a los aposentos de Ingundis, le dije a Hermenegildo que teníamos que hablar sin más dilación.
   —Vuestro hermano me ha enviado una misiva personal.
   —¿Cómo?
   Se lo expliqué. Le puse al corriente de nuestro código y le dije lo que acababa de leer en la hoja de la espada. Iba a contarle lo escuchado de la conversación en el patio entre el hispano y Gesaleico, cuando éste irrumpió en la habitación sin llamar.
   —Alteza debéis venir con urgencia. Han llegado noticias. Están intentando desviar el curso del rio. Hay que actuar.
   —Iré a parlamentar con mi hermano. Debemos impedir la guerra, me he dado cuenta de que es un error.
   Gesaleico tenía el rostro hierático, no trascendió ninguna reacción, no se inmutó, no movió un músculo, ni hizo gesto alguno, ni cambió de color, pero yo supe que esa respuesta de Hermenegildo, caso de perseverar, iba a ser su posible sentencia de muerte. Para él y probablemente para todos nosotros. Permanecí rezando por la salud de la virreina y porque todo se resolviera como querían los príncipes. Aunque tenía la certeza de que era ya demasiado tarde, el juego estaba decidido de antemano.


Recaredo 






La viajera del agua


La rebelión, primera parte




23


H
asta Híspalis, o por lo menos hasta mi, apenas llegaban las noticias de la guerra en la Septimania, estando como estábamos aislados de la corte, aunque supongo que el virrey y sus consejeros estarían mejor informados dado que la situación en la Narbonense les beneficiaba; pero eran herméticos, nada trascendía; ni siquiera Ingundis, pese a conocer mi sufrimiento, dejaba traslucir ninguna emoción que yo pudiera interpretar en cualquier sentido. Estaba perfecta en su papel de reina, al igual que Goswintha, aunque yo me resistía a creer que tuviera su mismo carácter.
   Fueron de nuevo los sirios quienes portaron la aureola de la reciente victoria enredada entre los tafetanes y los terciopelos, prendida en las cintas de raso y seda y en los hilos de oro y plata, y la hicieron circular por la ciudad, transformada casi en epopeya; tal vez convenía que en Híspalis se conociera el poderío de los ejércitos reales, toda vez que ellos serían quienes presentaran batalla tarde o temprano, si Hermenegildo no rectificaba y se arrodillaba ante su padre. Tal vez la propaganda fuera una nueva estrategia de lucha.
      El dux de Aquitania, hacía días que se había replegado, tras sufrir un implacable castigo por medio de las tropas que mandaba Claudio, el nuevo dux de origen hispano de la Lusitania, que habían desplegado una audaz acometida, ingeniosa y rápida, y le habían vencido a orillas del rio Aude.   Fue Sigebert, una vez más, quien me narró los hechos según llegaron hasta él. Parece ser que los hispanos, recién llegados a la Septimania, se dirigieron al encuentro del ejército aquitano, acampado junto al Aude y una vez que lo tuvieron a tiro, lanzaron al aire tal cantidad de flechas que el cielo dejó de verse durante muchos minutos y el sol desapareció anocheciendo el día. Cuando regresó la luz, los nuestros hicieron amago de retirarse, rehuyendo la lucha y las tropas aquitanas, después de un instante de vacilación, salieron con furia tras ellos. Cabalgaron varias leugas  a implacable galope, hasta que todos acusaron el cansancio; los hispanos se frenaron agotados en la lejanía y los aquitanos les imitaron agradeciendo a la Providencia el favor, permitiendo a las monturas acercarse al rio para refrescar los gaznates secos por la carrera y por la angustia del ataque anterior. Se hallaban en medio de un pedregal, lejos de su campamento, con el rio a la derecha y la montaña a la izquierda. De improviso, los hispanos, abortando la supuesta tregua, se lanzaron contra ellos a galope tendido, reforzados en primera línea por tropas septimanas de refresco, que habían cruzado el rio y estaban aguardando el momento de entrar en liza. Tras la sorprendente acometida, los desconcertados francos tomados al asalto, dejaron sobre el terreno bastante más de la mitad de su ejército y los aliados hicieron tantos prisioneros que se vieron desbordados. La confusión  poseyó a todos, vencidos y vencedores. La lucha se prolongó, no obstante, durante horas. Cayó la noche y los dos ejércitos continuaron la matanza a la luz de las teas, hasta que los aquitanos retrocedieron en desbandada como pudieron amparados por la oscuridad. Claudio Servilio ordenó a los suyos dejarlos ir. Había sido suficiente. Cuando amaneció el paisaje había mudado por completo. El río había enrojecido mientras el cielo permanecía tapado por las nubes, reacio a presenciar las consecuencias de la depravación humana. Los muertos eran más de siete mil, la mayoría aquitanos. Pude imaginar el espanto de la crueldad sobre la campa como en tantas otras batallas que había escuchado referir; aunque Sigebert no me diera detalles, tampoco los necesitaba; por desgracia, me figuraba el resultado del horror.
   La victoria hispana fue incontestable y la Septimania quedó por fin segura y a salvo y los ejércitos pudieron regresar victoriosos a la corte. Recaredo retornaba del frente sin una herida siquiera. Esto era lo más importante para mí. Tal vez fuera posible el reencuentro. Tal vez antes de comenzar la guerra, mandara a por nosotros.
   Una vez en la corte, el príncipe debía ocupar el puesto de su padre en la gobernación del reino, porque Leovigildo pensaba dirigirse al norte de nuevo contra los vascones, ya que temía una expansión aprovechando los diversos problemas en los que andaba inmerso el reino. Nada se decía de iniciar una guerra contra Hermenegildo. Parecía como si Toletum pasara por alto la situación en Híspalis, como si la ignorase a propósito. Tal vez pretendía dar tiempo al virrey a rectificar. De no ser así, estaba teniendo una estrategia lenta o ¿acaso el lento era Hermenegildo? ¿Quién había movido primero? Hermenegildo. Hermenegildo había lanzado el desafío, el rey le había desautorizado y así habían quedado las cosas. Híspalis jugaba con blancas, pero hasta ahora solamente había abierto el juego con temeridad y había expuesto al rey. Su táctica no había hecho más que comenzar y era lentísima y eso, según Recaredo, no era inteligente. Aunque yo continuaba pensando en una trama organizada de antemano, porque todo me parecía inexplicable y confuso. Brunilda cuando me escuchaba meneaba la cabeza con desaprobación.
   —Tú y tu imaginación desbordada. Esa idea tuya no tiene pies ni cabeza, es lo más descabellado que te he escuchado y mira que te he escuchado cosas absurdas. Con lo fácil que es ver las cosas como son en realidad.
   —¿Ah sí? ¿Y cómo son?
   —¿Pues como van a ser? Las cosas son, como tienen que ser. Siempre lo dijo tu abuela, deberías recordarlo.
 
 Fredegonde de Neustria
  

Los reinos de Austrasia y Neustria continuaban en guerra; Frédegonde la asesina de la hija de Goswintha y ahora reina en su lugar, se había revelado como una mujer sanguinaria y ambiciosa y el terror parecía haberse instalado en los reinos del norte, a la vez que la noticia de los malos tratos infringidos a Ingundis oscurecía para siempre las relaciones de las reinas Brunechildis y Goswintha que dejaron de hablarse. Para rematar el laberinto, el desafío de Hermenegildo se convirtió en el principal motivo de enfrentamiento entre el rey y la reina de Toletum. Ella le echaba en cara no haberla dejado convertir a su nieta por las buenas o por las malas o matarla antes que dejarla ir precisamente a Híspalis donde “estarían rodeados de católicos y de ese agitador llamado Leandro” y no haberla escuchado cuando le advirtió del error de  incorporar al gobierno a los católicos “que mira que pronto te lo han agradecido.” Las escaramuzas más o menos encarnizadas se libraban en la corte entre los reyes y ahora mismo yo no acertaba a vaticinar ninguna acción próxima contra Híspalis, aunque imaginaba que el rey y el príncipe tratarían de encauzar la situación con el hijo y el hermano; pero  dada la lentitud de movimientos cualquier cosa podía acontecer. Era exasperante la ausencia de noticias.
   Aquí en palacio, lo que nos estábamos temiendo desde hacía un tiempo podía ocurrir en cualquier momento. Leandro estaba instruyendo a Hermenegildo en el catolicismo a marchas forzadas y todos dábamos por hecha la conversión y en consecuencia, la rebelión. El príncipe y algunos católicos, pero sobre todo la nobleza visigoda, andaban tanteando alianzas. Ya contaban con el rey suevo Miro y con los lusitanos y tras la conversión, Leandro en persona saldría hacia Byzantium, a pactar acuerdos con el emperador.
   Yo ya sabía con certeza que estaba encinta. Me gustaría poder darle la noticia a Recaredo y sobre todo me gustaría verlo aunque solo fuera una vez más. Me gustaría volver a tener una noche juntos, pero con un instante también me conformaría. Con verlo incluso de lejos. Por el momento, nadie sabía de mi preñez excepto mi aya, que se alegró como si viniera un nieto suyo, y lloró toda la mañana y me hizo prometer que si nacía niña la llamaría Aimone. Eso mismo era lo que yo había pensado. Pero con el tiempo mi estado se iba haciendo evidente y tuve que pensar en dar la grata nueva, al menos para mí, a la gente de mi entorno más inmediato. Mi aya me preguntó si consideraba conveniente decir que mi hijo era de Recaredo estando las cosas como estaban.
   —¿Y de quien voy a decir que es?
   —No lo sé. Se nota poco la preñez. Espera un poco más y mientras tanto pensaremos algo, según lo que vaya ocurriendo.
   Una mañana me encontré una sorpresa mientras bordaba en el patio bajo los naranjos, jubones para el hijo de Ingundis que nacería en otoño, como el mío. Yo tenía la esperanza de que, para cuando llegara el momento, estuviera junto a Recaredo y juntos educáramos a nuestro hijo y a los siguientes. Esa mañana a la que me refiero, apareció de improviso Eberhart el africano, por no decir mi padre que me resulta todavía doloroso.
   —Hola Jana.
   —¡Señor! ¿Cómo es que estáis en Híspalis?
   —Vengo de hablar con Hermenegildo, como puedes suponer. El rey quiere verlo en Toletum y yo espero para acompañarle. Saldremos en cuanto esté preparado para el viaje.
   —¿Que se dice de la guerra en la Septimania?
   —Ya ha terminado. Fue muy favorable a nosotros. Recaredo regresa victorioso. Ahora sólo falta que Hermenegildo rectifique y se entienda con el rey. Leovigildo se interesa por ti y te envía saludos.
   Agradecí la deferencia del rey y me quedé confiada en que Hermenegildo, que era un hombre prudente en el fondo, recapacitaría e iría a la corte a entenderse con su padre, que lo adoraba. El rey amaba mucho a sus hijos era muy evidente y eso haría las cosas más fáciles. Pero Ingundis apareció para matar esa esperanza.
   —Supongo que habrás visto a tu padre, Jana y te habrá dicho a que ha venido.
   —Así es, alteza.
   —Comprenderás entonces, que Hermenegildo no tiene porqué desplazarse a la corte. Que venga aquí Leovigildo.
   —Leovigildo es el rey.
   —Y Hermenegildo también, no seas impertinente. Además es él, el que quiere hablar. Que venga si lo desea.
   Hizo una pausa, antes de continuar; cuando prosiguió,  su voz había cambiado desde la arrogancia al temor.
   —No comprendes que si mi esposo va a Toletum será hecho prisionero.
   —No lo creo, el rey solo quiere hablar. No le habrán sentado bien las decisiones que ha tomado el príncipe.
   —Debes decir el rey. Que ingenua eres, Jana ¿te has olvidado de Goswintha? En cuanto Hermenegildo ponga el pie en Toletum será encarcelado como poco. A lo peor ni sale vivo de allí. No irá. Tu padre partirá mañana solo.
   —El rey no se dejará influir por la reina en asuntos que conciernen a sus hijos y menos aun en este caso, después de lo que ocurrió…
   —¡Hermenegildo no irá! Yo soy ahora tan reina como Goswintha y tengo también ascendiente sobre mi rey. El rey de Híspalis no irá a Toletum. Punto.
   Había pensado que, no obstante la firmeza de Ingundis, el príncipe se dejaría convencer por el africano que sabía ser muy persuasivo. Era su oficio, aparte de otros más expeditivos. Pero la princesa y sus amigos de rebelión se unieron en el empeño de impedir el viaje: “Una trampa a todas luces.” El africano le rogó que lo pensara con un poco más de calma, que lo meditara en la noche, antes de irse a dormir, para que el sueño le ayudara, después, a ver las cosas con más claridad. “Mañana volveremos a hablarlo” le emplazó pensando que la soledad de la noche le ayudaría a reflexionar. Pero Hermenegildo no pasaba las noches solo y los argumentos de la virreina eran más dulces que los del africano  y sus armas más inofensivas en apariencia, pero mucho más eficaces, y los estragos que causaban en la voluntad del príncipe, tras la ardiente batalla en la cama, mucho más contundentes y definitivos. Por eso a la mañana siguiente, Hermenegildo se negó a ir a la corte a parlamentar con el rey con mucha más vehemencia.
    Así que el africano partió solo portando el desaire del príncipe a su  padre y rey, que otorgaba, en parte, la razón a Goswintha, cuando reiteraba ante Leovigildo que los católicos le habían traicionado utilizando a su hijo casi como rehén. “Entre ellos y la ramera de mi nieta le han sorbido el seso y le han utilizado contra ti, viejo iluso.”
   Yo tenía que hallar el modo de enviar noticias a Recaredo de mi situación. El tenía que saber que esperaba un hijo suyo y debía conocer por mí lo que se estaba cociendo en los pucheros de la conjura. Porque había una conjura dijera Brunilda lo que dijera. Yo tenía que ser sus ojos y sus oídos en Hispalis. Yo, era él. No podía decirle nada al africano porque se lo confiaría a Goswintha, con total seguridad nada más poner pie en la corte. Entonces se me ocurrió algo.
   Llamé a Serena que nos había acompañado a Hispalis, con su hijo y su marido, al que no tuvo más remedio que perdonar, y que se hallaba de nuevo esperando y nos fuimos a la ciudad a visitar al sastre que confeccionaba la ropa de palacio. Le encargué una chlamys para el príncipe. Le dije que tenía que ser para el día siguiente a primera hora. Elegí con esmero la tela, aunque lo más importante eran los dibujos que tenían que bordar alrededor del contorno con hilo de oro.
   —Le pagaré el doble —le dije cuando vi sus dudas—. Aceptó sin rechistar.
   La misiva, que llevaba cuidadosamente dibujada en un pergamino, decía:
Queridísimo Recaredo, me muero por verte. Estoy bien. Vamos a tener un hijo al igual que los príncipes. Nacerá para noviembre. Confío que cuando llegue el momento estemos juntos, quiero que contemples su carita desde que llegue al mundo. Es segura la conversión de tu hermano. No cederá ante el rey. Ingundis, el obispo y varios nobles visigodos le dominan. No son los católicos, son los nuestros. Yo cada vez entiendo menos la situación. Tiene a los suevos y a los lusitanos como aliados. Piensa buscar apoyo en Byzantium, una vez convertido. Por Dios que no haya guerra. Trata de impedirla por nuestro hijo. Te quiero y te querré siempre. Jana
Chlamys romana

   En una chlamys no cabía nada más. Pensé que había sido suficientemente explícita. Lo fundamental estaba dicho. Al día siguiente le di el presente al africano, junto con una nota de Sigebert para su padre, que el africano leyó atentamente para que no dijera nada más que las lógicas nuevas que se dan a un padre desde la distancia, sin atisbo de referencia alguna, a la situación política o militar. Eso eran asuntos entre reyes y nadie podía, ni debía, ni le era permitido, intervenir. A mí, no se me notaba la preñez por lo cual el africano no pudo contar ninguna nueva a su vuelta a Toletum diferente a lo hablado con Hermenegildo y al embarazo de Ingundis que era de dominio público.

Hermenegildo rechazando la comunión arriana

   Dos días después de la partida del africano, Hermenegildo se bautizó solemnemente en la iglesia catedral católica. El obispo Leandro le ayudó en su única inmersión en el agua bendita[1], mientras Ingundis ejercía de madrina, y varios nobles y magnates católicos, los más amigos, estaban presentes como testigos. El obispo cambió el nombre del virrey por el de Ioannes, que por lo visto quería decir, “el fiel a Dios,” aunque Hermenegildo jamás lo utilizó. Fue solamente algo simbólico.
   Luego hubo fiesta en toda la ciudad y posiblemente en toda la Bética, y un gran banquete de celebración en palacio, al que no me quedó más remedio que asistir. Debo referir que uno de entre los magnates católicos que rodeaban al príncipe, un hombre de edad mediana, viudo con tres hijos legítimos y un buen número de bastardos de varias concubinas, se había interesado desde hacía tiempo por mí. Yo esquivaba su frecuente presencia en palacio siempre que podía, haciendo todo lo posible por qué no coincidiéramos, pero ese día, en la comida, alguien tuvo la desdichada ocurrencia, tal vez pagada, de sentarnos juntos y me pasé el tiempo desoyendo sus insinuaciones y esquivando sus intentos de manoseo, cuando el abundante vino acabó transformado en apasionadas sugerencias, en absoluto compartidas por mí. Mi incomodidad se hizo tan evidente que la princesa se apercibió y levantándose me dijo:
   —Jana tienes que acompañarme. Me siento un poco cansada.
   Hermenegildo, solicito como siempre con su reina, quiso ausentarse con ella, pero Ingundis le convenció sin esfuerzo, para que continuara en la mesa agasajando a  sus invitados como correspondía a la solemnidad del día feliz para los católicos y sobre todo, para ella, que estábamos viviendo. “Jana me acompañará, con ella será suficiente. Es una molestia pasajera de mi estado. Han sido muchas emociones.”
   Conversamos del acoso del noble entre nosotras y ella me prometió decírselo al príncipe para que  hablara con el hispano y le ordenara dejarme en paz. “Le diremos que estás comprometida con un noble de Toletum. Todo se resolverá, no estés preocupada.”
   Entonces, impulsiva como soy, cometí una imprudencia: le confié a Ingundis mi embarazo y naturalmente no hizo falta decirle quien era el padre. Me abrazó largamente y luego lloramos las dos. Últimamente yo estaba también muy susceptible y las lágrimas me acompañaban más veces de lo que sería deseable. Me estaba pareciendo a Brunilda. Tras el llanto, arrepentida de mi impulso, le pregunté a la virreina si sería prudente que el padre del niño fuera de  dominio público.
   —¿Por qué no?
   —No lo sé, dada la situación a lo mejor es peligroso. Debería quedar entre nosotras.
   —Yo debo decírselo a mi esposo. Es el hijo de su hermano y sabes que Hermenegildo te quiere como una hermana.
   —Bien, pero sólo a él. Yo había pensado decir que el hijo es de Sigebert. El está de acuerdo.
   —¡Pero si todo el mundo conoce tu relación con el príncipe!
   —Aquí no. Desde que llegamos Sigebert no se separa de mi lado. Somos como hermanos, pero eso no lo sabe nadie.
   —De acuerdo, de acuerdo. Pero, lo hablaré con el rey y el decidirá.
   Se hizo así. Aunque la princesa tenía razón, mi relación con Recaredo era conocida por muchos, Hermenegildo pensó también que podía ser mejor mentir sobre el padre de mi hijo. Al fin y al cabo Recaredo era el enemigo. ¡Recaredo, el enemigo! No comprendía cómo podía hablar así de su hermano.
   A los días siguientes se sucedieron las semanas y todo continuaba igual. Leandro se había ido, tras la conversión, a buscar alianzas a Byzantium tal y como yo le había indicado al príncipe. Cuando regresó proclamó que el emperador estaba del lado de Hermenegildo y que intervendría si era requerido. Todos lo celebraron como un gran éxito de la diplomacia del obispo; sin embargo a mi me pareció que era no comprometerse mucho por parte del imperio.
   En la corte de Híspalis se contaba con el suevo Miro y con los lusitanos. Hermenegildo se reunía cada día con un grupo de nobles visigodos y algún hispano, pocos diría yo, para planificar la estrategia; teniendo en cuenta que el virrey se había convertido al catolicismo lo más lógico hubiera sido que los católicos le siguieran en masa, sin embargo, esto no había sucedido. Es más, exceptuando mi acosador, un elemento ambicioso del que no deseo recordar su nombre, y algún otro, pienso que éstos se esforzaban por mantenerse al margen. Muchos hispanorromanos, aunque descontentos desde siempre con la dominación visigoda como es natural,  poseían inmensas extensiones de tierras y casas o palacios a ambos lados del conflicto y era difícil posicionarse; creo que a algunos  les daba lo mismo quien fuera el rey, y la mayoría preferían a Leovigildo, incluso los de la Bética. Sin embargo, a la nobleza visigoda le había sentado muy mal la pérdida de poder que avecinaba el empeño del rey  por transformar la monarquía en hereditaria. Leovigildo iba a abolir porque sí, los fueros ancestrales de las tribus, la esencia misma de su razón de ser, la memoria de la estepa. Los huesos de sus mayores se retorcerían en su reposo eterno doloridos por la potestad menguada de ahora mismo y por la nada absoluta que se avecinaba. Era el fin de todo. El rey se había elevado a la cumbre del poder absoluto, impulsado por la estela de la gracia de un dios, antes ajeno, que solo era evidente para él, suprimiendo cualquier prerrogativa a todos los demás, a golpe de Codex Revisus. Echando a la cara de las tribus un pergamino de mierda, redactado por un septimano y varios herejes, que ellos deberían acatar, porque lo ordenaba el rey. ¿Y quién cojones era el rey? Alguien que ellos habían puesto y que podían quitar del mismo sencillo modo. Y eso era lo que iba a suceder.
   Aunque no iba a ser tan sencillo.
   Por todo ello, Cordúba, Emérita y por supuesto Híspalis reconocieron de inmediato la soberanía de Hermenegildo. Y curiosamente, al rebujo de los propios visigodos arrianos, pero sobre todo influido por el obispo Leandro, el nuevo rey anatematizó contra Arrio y sus doctrinas y ordenó destruir los libros sagrados arrianos y entregó nuestras iglesias a los católicos y quemó los templos y los conventos de quien opuso resistencia y pasó a cuchillo sin piedad, a los clérigos que no acataron el celibato, acusándolos de impíos y de herejes. Contemplé, con el estupor de mis propios ojos, a la nueva reina besando con fervor y agradecimiento la mano de su rey tras firmar con ella las sentencias de muerte contra los arrianos desobedientes con el nuevo orden. Sin embargo, ni a la nobleza visigoda, ni a la gente de palacio, se nos impuso la conversión, por lo cual continuamos siendo arrianos quienes así lo decidimos. En mi caso, aunque yo no era fanática, me hubiera resultado muy dolorosa la conversión a otra religión distinta a la de mi esposo, el príncipe. Yo debería continuar siendo fiel a Arrio mientras mi esposo lo fuera. No por sumisión, si no por lealtad.
   No reconocía al prudente Hermenegildo ni a la dulce Ingundis en estos reyes ambiciosos y despiadados en los que se habían convertido. ¿Quien estaría detrás de todo esto? Los nobles católicos desde luego, no. Y cuatro tribus enardecidas obrando por su cuenta tampoco. Entonces, ¿quién? ¿Leandro con su iglesia? ¿El reino de Austrasia después de la paliza a Ingundis? ¿Ambos, unidos contra Goswintha, ganándose a los godos descontentos con Leovigildo? ¿Todos contra los reyes de Toletum? ¿O sólo contra Leovigildo?
   El virrey o el nuevo rey o lo que fuera ahora mismo, que yo ya no sabía bien, contó desde el momento de la conversión con un ejército numeroso, joven y bien armado, ansioso por entrar en combate para repartirse el botín tras la victoria, en la que creían a ciegas. La Bética era una tierra rica y los repartos serían sustanciosos. Sobreabundaban las tierras extensas y fértiles y los palacios llenos de tesoros, sobre todo hispanos, las despensas y las arcas estaban bien surtidas y las mujeres eran abundantes y bellas. Recordé la historia de mi madre y temblé de angustia pensando en lo que iba a ocurrir si nadie lo remediaba, que me estaba pareciendo difícil y por momentos, imposible.


Ruinas de Itálica



[1] Los arrianos hacían tres inmersiones