La viajera del agua


  La huida, segunda parte




Dejando atrás el puente, oculto en medio del bosque, había un carro como los que nos trajeran desde Barcino, y una recua de caballos custodiado todo por mas soldados. Íbamos a llamar mucho la atención.
   —Vamos a partir de inmediato y viajar de noche, que nadie nos verá. Cuando amanezca ya estaremos lejos. Enseguida llegaremos a la frontera del imperio. Entonces ya estaremos en casa.
   Se decidió que Sigebert nos acompañara. El dudó entre la fidelidad al príncipe o el amor que nos tenía y al final yo le convencí de que sin él iba a ser muy difícil la vida dondequiera que fuéramos y además si por cualquiera motivo el príncipe y yo no podíamos reencontrarnos ¿Quién iba a cuidar de nosotros? El resto de compañeros se quedó en Híspalis para tratar de liberar al virrey, algo harto complicado. No sé de cierto la suerte que pudieron correr, aunque me la imagino. Entre ellos no estaba el marido de Serena y no pudimos hacerle llegar su mensaje. Otro compañero nos prometió buscarle y hacerle llegar las nuevas de su familia.
   Partimos a toda prisa de nuevo hacia el sur. Los niños se durmieron nada más tomar su comida. Sigebert sangraba cada vez más. El aya le curó lo mejor que supo, pero era conveniente lavar la herida con más cuidado y darle unas hierbas que detuvieran la calentura. La herida era profunda. “No me gusta” me confió Brunilda. Terminé por dormirme                               como los niños, vencida por el cansancio y mecida por el movimiento de la carreta. Casi de amanecida me desperté con los gritos de un soldado:
   —Vienen visigodos tras nosotros.
   —Seguro que son los enviados de la reina. La gente de palacio no creo que se moleste en seguirnos. Si estos nos dan caza todos se verán satisfechos. Debemos de escondernos.
   Nos desviamos hacía los montes a toda prisa. Ascendiendo por la ladera, por un camino de pastores cada vez más escarpado y angosto por el que apenas cabía la carreta, llegamos ante unas grutas naturales que se abrían en la roca. Eran los ojos de la montaña. A través de ellos observaba al mundo, cada vez más loco, que tenía a sus pies. Descendimos de la carreta y nos cobijamos en una de ellas. Los soldados escondieron el carro y se llevaron los caballos. Un vigía espiaba encima de una roca a nuestros perseguidores. Gritó, con alivio para todos, que habían seguido de largo. El bizantino decidió esperar allí seguros, hasta que se dieran la vuelta para no tropezarlos por el camino, pero nuestra alegría duró poco. El grupo había retrocedido y desde el lugar donde habíamos abandonado la calzada, se dividió. Un reducido retén aguardó allí y el resto, subió en dirección a donde nos encontrábamos.
   —Hay pastores más adelante, seguro que les informaron de que por allí no pasó nadie. Id al fondo de la cueva. Preparados para el combate.
   Nos instalamos al fondo como ordenó el bizantino. Desde allí escuchamos primero el galopar de caballos y a continuación las imprecaciones, los gritos de furia y el fragor de la lucha y pudimos adivinar la fuerza de los mandobles y la violencia de las cuchilladas. Las voces de rabia, las blasfemias, el entrechocar de las espadas y los lamentos de los heridos eran constantes, los soldados no se concedían tregua. Sigebert quería unirse a la contienda; tuvimos que impedírselo casi por la fuerza. “¿Te has vuelto loco?”, le increpaba Brunilda. La fiebre le comía y casi no se tenía en pie. Incorporarse a la lucha era ir hacia una muerte segura e innecesaria; le necesitábamos vivo cada vez más. Tras un largo tiempo de batalla se escuchó, por fin, el silencio y rompiéndolo unos pasos apresurados en la cueva que delataban nuestra búsqueda. Sigebert se incorporó en guardia a duras penas y yo arrebaté su espada, que él era incapaz de sostener, dispuesta a plantar cara y lo que fuera preciso para defender la vida de los príncipes. Moriría si fuera necesario, pero matando. Pensé en Recaredo ¿Qué estaría haciendo él en este momento?
   El bizantino me gritó que tuviera calma al verme dispuesta a la lucha con la espada lista para cercenarle la cabeza.
   —Calma, soy yo. Todo terminó, de momento. Vamos a por los de abajo. Continuad aquí.
   Le dije al aya que cuidara de los niños y salí tras él. Afuera, varios soldados retiraban los cadáveres de los luchadores. Había muertos de los dos bandos. Los enviados de la reina habían perecido todos. Las heridas de los cadáveres eran horribles. Había cuerpos abiertos en canal, manos y brazos y piernas esparcidos por el suelo, incluso cabezas separadas por completo del tronco o colgando de él, desgajadas como ramas tras el violento temporal. La tierra apretada que asentaba el camino cuando llegamos había desaparecido bajo un charco viscoso que supuse sangre mezclada con todo tipo de fluidos y suciedades, incluso vísceras y trozos de carne desgarrada de los cuerpos que yacían en un caos de muerte como nunca había visto, ni siquiera imaginado que podría ver alguna vez. Hedía a sangre y a odio. Comencé a tiritar. El amanecer era frío, el sol remontaba los montes con pereza y sus rayos recientes, no tenían fuerza aun. Más parecía morir que despertar. Volví la mirada hacia Híspalis. Un halo rojizo tintaba el horizonte de presagios sangrientos. En otro momento el resplandor me hubiera parecido arrebol de enamorados pero ahora solo veía muerte por todas partes. ¿Qué habría sido de Ingundis? Estaría muerta ya probablemente. ¿Qué habrían hecho con Chloevintha? Y a Hermenegildo ¿qué le habría sucedido? Era capaz de sentir su dolor al enterarse de la muerte de la princesa y al saber que tal vez, no vería a su hijo nunca más. Su deseado hijo, al que apenas había sostenido en brazos. Seguro que le sería imposible recordar los rasgos de su carita, cuando asomara confusa entre las brumas de la memoria de aquellos días desdichados en los que comenzó a cosechar el fruto prohibido que había sembrado con tan mal consejo. ¿Dios mío, para qué toda aquella locura? Pensé en el sufrimiento del rey Leovigildo y en Recaredo que tampoco conocía a su hija y tal vez no lo hiciera nunca. ¿Qué se iba a conseguir con la rebelión? Delante de mí tenía la muestra. Al final iba a ser una lucha de hermanos contra hermanos, para que Goswintha se saliera con la suya. Para impedir unas reformas que en mi opinión, y en la de muchos, eran buenas para todos.
   —No miréis, no es necesario que presencies esto. Meteos dentro. Se queda aquí un retén para protegeros, nosotros volveremos pronto.
   Salieron corriendo montaña abajo. Tras un trecho, continuaron despacio y en silencio para caer por sorpresa sobre los enviados de Toletum que aguardaban confiados. Fue rápido. Todos fueron degollados con habilidad en un ataque coordinado y perfecto.
   Cuando todo estuvo de nuevo en orden continuamos la marcha. Habíamos perdido seis hombres y llevábamos algún herido además de Sigebert que empeoraba.
   —Necesitamos hallar un médico —le suplique al bizantino—. Sigebert se morirá si no lo hacemos.
   —Vamos a llegar a la casa de un noble amigo. Allí estaremos a salvo hasta que podamos continuar. Ellos nos proporcionaran lo necesario, incluso un médico. No temáis señora. ¿Cómo están los príncipes?
   —Perfectamente. Muchas gracias por vuestra ayuda.
   —Es mi trabajo. Señora.
   Agradecía el respeto y la amabilidad, después de tanto odio, conque el bizantino nos trataba, como lo que éramos en realidad: la esposa del príncipe  Recaredo y los nietos del rey de Toletum, convertidos en fugitivos huyendo de la reina, de la instigadora de la rebelión y la causante de tanto dolor innecesario.                                                   
   Apenas hablaba con Brunilda enfrascada como iba en los cuidados de los heridos. Solamente nos mirábamos y yo comprendía la gravedad del estado de todos, pero sobre ellos de Sigebert. Me moriría a si él lo hiciera. En ese momento pensé también en su padre fiel al príncipe Recaredo y sufriendo por la suerte de su hijo al lado del otro príncipe. Volví de nuevo mi pensamiento a Hispalis y le pregunté al bizantino:
   —¿Cuándo tendremos noticias de la corte?
   —En cuanto sea posible. No temáis, llegaran con regularidad. Pero haceros a la idea de que no serán buenas.
   —¿Dais también la guerra por perdida?
   —Desde luego. Es una locura. Jamás podrán contra el ejército real,  contra el rey y el príncipe Recaredo juntos. Son magníficos estrategas. Lo lamento por Hermenegildo al que conozco y al que estimo. Ya estamos llegando a nuestro próximo destino. Las cosas cambiarán a mejor. Estad tranquilas.
   Llegamos a una casa en medio del campo. Era bastante suntuaria pero no se parecía a los palacios hispanos ni mucho menos a los de Itálica. Me recordó un poco a la casa de mis abuelos en la Septimania. La casa donde me crié. Salieron a nuestro encuentro; el que parecía nuestro anfitrión se abrazó con el bizantino que nos sacó de Híspalis. Luego éste nos lo presentó.
   —Es mi hermano Scipio. Nos quedaremos aquí durante un tiempo, hasta que los heridos curen y los ánimos se calmen un poco. Estaremos seguros y a salvo. Hasta aquí llegarán noticias de la guerra. Sabéis que no podemos navegar hasta las nonas de marzo. Cuando sea posible nos trasladaremos a Gades. Por cierto, me llamo Cayo. Estaré siempre a vuestro servicio. Señora.
   Hizo una inclinación de cabeza y se retiró. Brunilda y yo nos instalamos ayudadas por las siervas que la casa puso a nuestra disposición. Los niños se durmieron en sus cunitas tras el baño y la comida y nosotras lavamos y curamos a Sigebert que estaba muy débil y solamente tenía sed. Nada más terminar llegó el médico. Tras examinarle nos dijo que las heridas eran feas, sobre todo la de la cabeza, pero estaba seguro de que iba a sobrevivir. Esto nos alegró y calmó un poco nuestra ansiedad.
   Los días se sucedieron todos igual, hasta que una mañana Sigebert se levantó de la cama. La fiebre había cesado y él se encontraba mejor y demandaba alimento. Luego le pusimos al corriente de la situación y terminamos todos pensando en lo mismo, en la suerte de los virreyes en Híspalis y en la crueldad de una guerra inútil.
   Transcurrieron casi dos meses que yo contaba día a día pensando en Recaredo cada minuto. Una tarde Cayo se presentó con buen semblante en el huerto donde estábamos a la sombra con los niños. Acababan de llegar noticias frescas. Leovigildo había sitiado Emérita y, previo, había diezmado a los suevos y hecho prisionero al rey Miro que solo tuvo ocasión de llegar hasta allí. El romano se sentó con nosotras y nos narró, con detalle, los hechos que había conocido.
   “Los dos ejércitos se presentaron con pocas horas de diferencia; eran prácticamente iguales en efectivos. Primero llegó el rey Miro con un ejército nutrido de suevos y lusitanos y campesinos rebeldes y varios miles de mercenarios de acá y de allá. Acamparon amparados por el bosque, en la margen izquierda del Anas flumen[1]. Tras unas horas como os dije, llegó el rey Leovigildo que acampó en frente, sobre una pequeña elevación. Ambas huestes se hallaban separadas por una vastísima campa, donde se suponía iban a librar las hostilidades. Las gentes de los pueblos y de las granjas cercanas huyeron de sus casas llevando consigo a sus animales, los que pudieron, y se cobijaron tras los muros de fortalezas y monasterios, en cuando divisaron las tropas, previniendo el fragor que se avecinaba y los casi seguros saqueos más el pillaje de todo tipo, asociados a cada batalla. Nadie atacó de momento. Los suevos sintiéndose a salvo abrigados por la fronda que proporcionaba, además, comida, esperaron con calma. Miro permanecía en su tienda dentro del bosque. Desde ella podía ver a lo lejos la del rey Leovigildo ligeramente por encima de la línea del horizonte. Eso fue todo lo que hicieron durante dos días: contemplarse. Leovigildo asomaba sobre su caballo en la mañana, cuando el sol arrancaba destellos a su armadura y la hacía parecer de oro puro, brillando deslumbrante como la coraza de un dios invencible. Los haces de luz atravesaban la campa y llegaban hasta el mismo umbral de la tienda de Miro. “Fantoche” decía el suevo. “Germano fanfarrón de mierda”.
   A media mañana del tercer día, el rey Leovigildo vio levantarse por el este una columna de humo. Era la señal; las tropas de Claudio Servilio, el dux de la Lusitania, mayoritariamente hispanas, que habían vencido al dux de Aquitania en la guerra reciente de la Septimania, habían llegado y habían cumplido su cometido. Entonces, una parte numerosa de la tropa inició jubilosa el atronador ataque, sin alejarse demasiado de sus posiciones, obligando a los suevos a salir a campo abierto.
   El ejército del rey  Leovigildo adoptó su típica formación en cuña con el menor de sus lados frente al enemigo y una profundidad, en principio de solo tres filas, que fueron aumentando hasta seis a medida que la lucha avanzaba, con la caballería en los flancos. Mientras los ejércitos de ambos reyes se enfrentaban en campo abierto, los hispanos habían rodeado el bosque y le habían prendido fuego, sorprendiendo al resto de los suevos, forzándolos a salir a escape con bastante desorden; a la misma vez, un contingente trataba de huir a la desesperada protegiendo al rey y bordeando el Anas emboscados bajo los chopos y amparados por la polvareda de la batalla y por el humo de la quema; pero el africano y sus hombres, les estaban aguardando previendo la huida por el único lugar que era posible y les dieron muerte con relativa facilidad y apresaron a Miro sin una herida. Leovigildo le quería vivo. Mientras, el resto de hombres de la Lusitania atacó por la retaguardia a los suevos, diezmándolos. Muchos, trataron de salir de entre los infiernos arrojándose al rio con todo el pertrecho, donde se ahogaron sin remedio. Fue una masacre. El campo de batalla se cubrió de cuerpos muertos, heridos y mutilados. El horror fue inconmensurable comparado con el que vos contemplasteis delante de la cueva la noche de la huida. Los lamentos de los todavía vivos, desahuciados, desoídos por la clemencia que la muerte había tenido con los demás, se alzaron sobre el rumor del río en el silencio de después, hasta que el filo de la espada enemiga, incluso de la amiga, terminaba con el suplicio de la espera y les transportaba al umbral de su última morada a la que se iban al fin con la misma gloria que el resto de camaradas muertos durante la batalla. Los heridos que tuvieron remedio fueron escasos; el rio cambió de color con la sangre de los mártires y el suelo de la campa, antes verdeado de confianza y de ánimo y de arrojo, dejó de verse, cubierto como se hallaba de muertos, y de vísceras y de despojos, mientras el cielo se oscureció de buitres esperando el festín. Todo perdió dimensión; cielo y tierra desaparecieron compañeros de la nada absoluta que había sobrevenido para tantos. Las viles nuevas y el olor a podrido llegaron hasta la ciudad; malos augures, vientos purulentos, minando la moral de la tropa que se aprestaba a la defensa y aterrorizando a los habitantes con su mensaje de muerte. Entre tanto, en el otro bando, en el de los vencedores, Leovigildo y el dux Servilio dieron descanso a las milicias antes de proceder a sitiar Emérita, la ciudad de donde procede mi familia, señora, a la que deseo poco mal, porque no es culpable del horror. Y esto es todo”.

Emérita Augusta

   Permanecí en silencio tras el relato de Cayo. Descubrí que la certeza del odio y del furor y del caos absoluto que engendran las guerras está muy por encima de lo que somos capaces de imaginar, muy por encima de lo peor de todas las razas humanas. Me compadecí también de Emérita. Me compadecí de todos, incluso de los vencedores. Me alegró su victoria, porque eran los míos, pero me compadecí de su futuro, del futuro del rey Leovigildo luchando contra Hermenegildo. Del amargor de la victoria cuando se produjera y tuviera que apresar a su propio hijo en el mejor de los casos.
   Era imposible  saber cuánto resistiría la ciudad. En cuanto cayera,                                                                                              los ejércitos del rey marcharían sobre Itálica. Por lo visto no pensaban ajusticiar a Miro hasta entrar en Híspalis. El rey suevo viajaba encadenado en una jaula, sucio del polvo del camino, pero sin perder un ápice de su dignidad y de su aplomo como corresponde a un rey. Leovigildo no consintió que se le insultara ni se le vilipendiara. Con la derrota tan fulminante ya era más que suficiente escarnio.
   A la misma vez que esto ocurría en Emérita, Recaredo y su tropa estaban reconquistando Córduba y la Oróspeda. El rio Betis había sido desviado; Híspalis comenzaba a notar los efectos de la falta de agua y de alimentos. Ingundis había muerto semanas atrás y Hermenegildo se preparaba para enfrentarse al rey de Hispania al frente de sus ejércitos.
   —Le habrán obligado —pensé en alta voz.      
   —Es su deber como rey. No debería haberse rebelado, ahora debe afrontar sus decisiones y acaudillar a los suyos.
   —Me sorprende que un católico rechace la conversión de Hermenegildo.
   —Ha sido una traición a su rey. Eso yo no puedo verlo con buenos ojos.
   —¿Pensáis vos acaso, como yo, que todo ha sido una conjura perfectamente tramada?
   —Desde luego que sí.
   —¿Desde Toletum?
   —Sí.
   —¿Qué pensáis que sucederá cuando termine la guerra?
   —Si sobrevive, Hermenegildo será encarcelado y luego con el tiempo, se verá.
   —¿Y qué hará Goswintha en vuestra opinión?
   —Intrigará lo que pueda, pero el rey se habrá hecho más fuerte y será imposible desacreditarle. Además está Recaredo que será asociado al trono y el no obedece a la reina. Esta lo va a tener complicado.
    —Insistirá. Hará lo que sea para salirse con la suya.
   —No le conviene. Recaredo la hará encarcelar si se propasa. Estoy convencido. Conozco a los príncipes. Son dos hombres inteligentes. Hermenegildo se dejó llevar por Ingundis y por Leandro, pero sobre todo por  Gesaleico; este fue el que supo de verdad regalarle los oídos; le trastornó la razón, le llevó a su terreno. Estoy convencido de que se arrepintió con creces. Ahora ya no puede retroceder. Pero Recaredo es más firme. Con él no va a poder la reina.
   Mezclada con el temor y la pena por la suerte de Hermenegildo, me llegó la alegría por  la firmeza que el bizantino le concedía a Recaredo. Era lo mismo que yo había pensado siempre y lo mismo que  le había dicho aquella noche a Brunilda. Recaredo no temía a Goswintha y sería él, con toda seguridad, quien la pusiera por fin en su sitio. El ganaría la partida anulando a la reina, y tras ello nos buscaría y podríamos por fin vivir nuestro amor junto a nuestra hija y al hijo de los príncipes al que yo consideraba como mío también. Esa era mi esperanza. Era lo único que tenía para sujetarme con fuerza en estos momentos tan inciertos.













[1] Rio Guadiana

La viajera del agua


La Huida, primera parte





C
on los idus de noviembre de aquel año 580 tan convulso, nació mi hija Aimone. La hija de Recaredo. Nuestra hija. A diferencia de Ingundis el mío fue un parto fácil, apenas media hora. Comenzó al amanecer y casi antes de que Brunilda se hiciera a la idea, ya había venido al mundo mi niña. Me senté en el taburete y tras un par de contracciones la niña asomó la cabeza. Tenía prisa por conocerme, igual que yo a ella. Cuando escuché su llanto, me invadió el dulce convencimiento de un amor eterno,  más firme que el lazo más firme que nos pueda sujetar a cualquiera otra cosa; más bello que la vida; más grande que el universo, y fui feliz, muy feliz, aunque recordara a Recaredo y me doliera su ausencia como siempre.
   La obstetrix estaba contenta, por lo menos en este caso la recién nacida y la madre se encontraban perfectamente. La princesa era morena como yo y tenía los ojos azules como su padre y sus facciones dulces y armónicas. Nació grande y sana y fue tranquila. Yo tenía mucha leche y pude darle de mamar a Atanagildo, el hijo de los príncipes, mi sobrino, porque su ama de cría enfermó y con todos los acontecimientos no pudimos  buscarle otra así de pronto. Me lo llevé a mi habitación y me hice cargo de los dos. Ingundis se moría sin remedio y Hermenegildo se desesperaba. Estaba a punto de perder a su reina; sin ella su mundo se desmoronaba, ya no le interesaba ser el rey de ninguna parte ¿para qué? todo lo había hecho por ella y todo había sido inútil.
   La guerra ya había comenzado. Los hechos, tanto tiempo remansados los ánimos a contracorriente de los deseos de la conjura, se habían desbordado desde aquella tarde en la que Hermenegildo quiso ir al encuentro de su hermano. Gesaleico, que era para mí el director de la conspiración, el hombre de Goswintha en Híspalis, era quién daba las órdenes. Tenían el plan perfectamente trazado. No sé a que factio pertenecía; se seguro que no era de los baltos, aunque probablemente estuviera emparentado con ellos. Su segundo, sin embargo, era el cuñado de la reina, en cuyo palacio se había educado Liuverico, que no sobrevivió a la pubertad. Me pareció raro que no fuera él el cabecilla de la sublevación, pero pensándolo bien nadie mejor que Gesaleico, un hombre frío, imperturbable, que no se detenía ante nada, que no sentía respeto alguno por la vida de nadie, ni siquiera por la del rey Hermenegildo, al que llamaba el católico con sorna y al que no respetaba en absoluto. Solamente le utilizaba para sus fines, o mejor para los de Goswintha. Por eso, ante la firme determinación de Hermenegildo de encontrarse con Recaredo para detener la guerra, ordenó retenerlo para impedir que saliera de Híspalis a verse con su hermano.
   El africano vino a decirme que salía de inmediato para la capital a fin de advertir a Recaredo de los nuevos planes, para que  no iniciara viaje, porque la conjura podía tenderle una emboscada, dado que los enemigos proliferaban por todas partes y los rebeldes ya estaban dispuestos a cualquier cosa.
   —Decidle a Recaredo que le quiero por encima de todas las cosas, que cuidaré de nuestro hijo y que nos busque en cuanto pueda.
   —Jana, debes saber una cosa. La reina desea sobre todo, hacerse con el niño de los príncipes y en cuanto sepa que Recaredo es padre, también con el suyo. No debes permitirlo. No lo olvides, cuida de ellos. Ingundis no va a sobrevivir y el príncipe será encarcelado como poco. Huye a Gades con los niños, Sigebert te acompañará.
   —¿Dais por perdida la guerra?
   —Sí. La suerte está echada. Dile a Hermenegildo que acepte la rendición en cuanto su hermano se la ofrezca, que se entregue a su hermano. Es el único modo de salvar su vida. Y ahora, adiós Jana. Va a ser muy difícil que nos volvamos a ver. Cuida de ti y de los nietos del rey.
   Me dio un abrazo y salió de mi vida. Nunca más lo volví a ver, aunque supe de sus andanzas y al final me convencí de que él siempre me había querido, a su tosca manera, y tal y como me había confesado un día lejano, en Toletum, a los príncipes también. Su vida había sido muy azarosa; era un superviviente de miles de avatares, como tantos otros en aquellas y en estas épocas tan difíciles. Tal vez se apoyara en la reina, en principio, para medrar al lado de la corona, pero ahora parecía ser cierto que respaldaba al rey, aunque era muy evidente que siempre había tenido un juego sesgado y que, navegando entre dos aguas, había sabido remar en el momento oportuno hacia la orilla del vencedor, había sabido inclinarse a favor del viento como las sabinas. Era un hombre inteligente y un buen soldado y un buen estratega. Si decía que vencería Leovigildo, Leovigildo vencería. Y el ya se había puesto de su lado, aunque sin desvelar del todo su juego, por si acaso.
   En palacio los acontecimientos eran de vértigo. Apenas tuve tiempo de advertir a Hermenegildo del consejo del africano en caso de rendición. “Solamente con vuestro hermano. El hará lo imposible por vos. No os fieis de nadie más”. Gesaleico encerró al príncipe en sus aposentos, tras una áspera discusión, durante la cual incluso llegó a golpearle, para impedir que se viera con Recaredo. Luego buscó al africano por todo el palacio.  Cuando se convenció de que había partido, se perdió por los corredores llamándole a voces traidor, perro bereber hijo de víbora y de ramera y otras muchas cosas por el mismo estilo. Después, reunió a sus hombres y salió tras él, dejando al príncipe encerrado y reciamente custodiado, incluso hubo quien dijo que encadenado, sin poder ver ni a su hijo ni a su esposa que se moría.
   Yo pasé aquellos días pendiente de la princesa que no podía abandonar el lecho. Cuidaba a Atanagildo y tenía la cabeza en varios lugares a la vez. Chloevintha, la dama franca, lloraba sin consuelo porque si moría la princesa no tenía muy clara la suerte que iba a correr dado que ahora ya no se sabía quiénes eran los amigos y quienes los enemigos. Mi aya lloraba también según su costumbre, porque presagiaba un final muy negro para los niños y para nosotras. Todo eran dudas y caos absoluto alrededor. Sigebert había tratado de defender a Hermenegildo, como era su obligación, y había resultado herido. Sin permitir que nosotras le curáramos, había sido confinado en una mazmorra con el resto de la guardia fiel al virrey. Estábamos aisladas de los amigos. Solamente Serena venía a verme y a consolarse con nosotras. Su marido estaba desaparecido desde la tarde de la revuelta en palacio y ella trataba de comunicarse con su familia en un pueblo cercano para irse con ellos.
   —Si aparece mi esposo, por favor dile donde estamos. Que vaya a por nosotros.
   —Se lo diré, pierde cuidado.
   Regresaron Gesaleico y la tropa. No habían encontrado al africano ni, por suerte, a Recaredo por el camino “ese perro bereber le ha prevenido.” Pero además habían comprobado, in situ, como el ejército real estaba desviando el curso del rio Betis y habían sabido que Leovigildo pensaba marchar sobre Emérita, porque el ejército ya estaba avanzando. Tomaron la decisión de dirigirse a Córduba, seguros como estaban de que el suevo Miro, auxiliado por los lusitanos, presentaría batalla a las puertas de Emérita, entreteniendo al ejército de Leovigildo. Ellos rechazarían a Recaredo y procurarían defender la Oróspeda. Menos mal que Byzantium no aprovecharía para atacar, porque tenía muchos problemas en sus fronteras de oriente con los persas y no estaba para más guerras.
   Pero antes de partir, alguien tuvo una desdichada idea. Eran sabedores, lo mismo que yo, de que la reina Goswintha deseaba fervientemente hacerse con el hijo de los príncipes. El aristócrata que me acosaba había hecho averiguaciones en la corte, llegando a conocer mi relación con Recaredo y todo lo ocurrido con Melque. Probablemente se lo hubiera confiado la misma reina. “Fue tu antiguo novio” me dijo Brunilda “el se lo confió, despechado contra ti y contra el rey. Nadie me ha informado, pero yo lo sé.” Tal vez fuera cierto, aunque lo dudaba, pero eso ahora era lo de menos. Este noble era uno de  los pocos católicos aliados con la conjura, al menos visiblemente. Sumó uno más uno y le dio nueve, nueve meses desde mi partida de Toletum hasta el parto de la niña; la hija de Recaredo, sin duda.
   —La muy puta ha hecho circular el rumor de que la niña es del espatario.
   Conocida la verdad, tomaron decisiones con rapidez. No es que fueran muy diligentes, es que las decisiones eran fáciles de tomar. Hacer el mal es asequible a cualquier mente dispuesta para ello, por elemental que  sea.                                                                                                              
   La primera raptar a los niños. Llevar a  Atanagildo a Toletum  y entregarlo a la reina, a la misma vez que a mi hija y la segunda, presentar mi cabeza al africano como represalia por haberse aliado con Recaredo a quien no gustaría nada, tampoco, que hubieran asesinado a su putita. Nadie sabía que éramos esposos, aunque el dolor para el príncipe iba a ser el mismo.
   La conjura buscó deprisa un ama de cría porque había que alimentar a los niños si querían que llegaran en perfecto estado a la corte. De lo contrario la reina les desollaría vivos. Algún soldado les habló de Serena que iba a parir de un día para otro y pensaron en ella. Fueron a buscarla al pueblo para obligarla a abandonar a su hijo recién nacido y amamantar a los príncipes hasta llegar con ellos a Toletum. Serena, atormentada e impotente envió a su hermano a palacio para que me relatara la situación y me suplicara ayuda. Poca cosa podía yo hacer como no fuera huir con los príncipes, aunque había un serio problema: Ingundis se moría, no podía acompañarnos como estaba previsto y yo no podía llevarme a Atanagildo sin su consentimiento. Y faltaba Sigebert, que estaba preso. Y el tiempo se agotaba. Pero, por lo menos esta vez, todo no estaba perdido. Por suerte, la reina no se fiaba de nadie y envió a un emisario con instrucciones precisas acerca de nosotros. Sabía que su nieta se moría, que era cuestión de días, incluso de horas y dio la orden expresa de esperar al óbito de la virreina antes de apoderarse del niño, luego deberían matarme a mí y raptar a mi hija. Ella enviaba un ama de cría de su total confianza. Alimentada en palacio, visigoda y limpia. Todo lo demás era fácil.
   Sigebert era conocedor de estas intenciones que alguien mencionó delante de él, con el objeto de torturarle más si cabía. Por ello, urdió con los demás compañeros un plan desesperado para escapar de la mazmorra y poder sacarnos de la ciudad, antes de que fuera tarde, como le había aleccionado el africano.  Por otra parte yo, cuando supe de los nuevos planes comencé a tomar medidas para huir, aunque fuera complicado porque la conjura nos tenía vigiladas día y noche; el hermano de Serena se había ofrecido para ayudarme con el apoyo de camaradas contrarios al levantamiento y andaban urdiendo un plan de urgencia para sacarnos de palacio y llevarnos al campo, de momento. Pero, alguien se había adelantado a nuestras intenciones. Recaredo nos cuidaba y nos protegía en la distancia. Brunilda vino a buscarme apresurada y nerviosa porque un emisario del príncipe había venido de “no sabía bien donde” y deseaba verme “para no sabía qué.”
   —Vete con cuidado Jana, puede ser una trampa. Esconde un puñal o cualquier otra arma. Dice que viene de parte el príncipe pero puede ser una argucia. Tal vez lo envíe la reina.
   —Tendré cuidado, no temas. Yo tampoco me fio ya de nadie.

Soldado romano

   Cuando llegué a la sala donde me esperaba, me encontré con un hombre alto, joven aun, moreno y rudo, pero con rasgos agradables que me aseguró venir a buscarnos de parte de Byzantium. Me asombró que hubiera podido llegar hasta mí, con tan aparente facilidad, porque tenía vigilancia por todas partes. Aunque supongo que ese era su trabajo.
   —Tengo a mi gente fuera de la ciudad al otro lado del rio, aguardando. Mis órdenes son llevaros a vos y a la esposa de Hermenegildo junto con los niños primero a Gades, para desde allí embarcar hacia Constantinopolis. No hay tiempo que perder.
   —¿Cómo se que decís la verdad?
   —Se me olvidaba —dijo el forastero alargándome un trozo de pergamino.
   Era un mensaje con nuestra clave que me enviaba Recaredo y que decía:
Queridisima Jana, cuando recibas esta nota no hay tiempo que perder. Parte a toda prisa con el portador, Ingundis y los niños. Tienen orden de llevaros a Byzantium como ya te había comunicado. Está todo acordado y pagado. Confía en él. Yo os buscaré en cuanto sea posible. Te quiero y te querré siempre. Recaredo.
   Besé el pergamino y se lo devolví al bizantino.
   —¿Habéis visto al príncipe?
   —No. Esta nota la tenía un noble bético católico y amigo que luchó con el príncipe en la Septimania. El príncipe se la entregó para que yo os la hiciera llegar cuando comenzara la guerra. Todo estaba previsto, pactado con el rey y pagado. La guerra ya ha comenzado y nosotros cumplimos nuestra parte del acuerdo.
   —La princesa no puede venir. Se muere. No sé si va a permitir que nos llevemos al niño.
   —No se lo digáis. No hay tiempo.
   —No puedo llevarme al niño sin su consentimiento.
   —La reina de Toletum ha enviado a buscarlo. Ella lo tomará por la fuerza.
   —Ella, puede, pero yo no. Iré a ver a la princesa y se lo diré.
   —Tiene que ser muy rápido. No hay tiempo. La conjura tiene planes para vos.
   Ya no lo escuchaba, me dirigí a la habitación de Ingundis. Me tropecé al entrar con Chloevintha que salía a mi encuentro.
    —¿Qué ocurre?
    —Jana, gracias a Dios que has venido, iba a buscarte. Mi señora se muere y quiere hablarte.
   Entré en la alcoba. Pese a los óleos que ardían de continuo perfumando el ambiente, olía a muerte. La princesa apenas respiraba, sus manos sobre el pecho eran de nácar frío y su rostro, antes tan hermoso, estaba desdibujado y apenas tenía color; era una rosa marchita, seca, esperando el soplo liberador que arrancara los pétalos del tallo ya sin vigor y los arrastrara a su definitivo reposo, donde se harían polvo eterno. Me miró con dificultad y trató de hablarme. La voz era tan débil que apenas brotaba. Movía los labios pero yo no podía escuchar sus palabras.  Me incliné sobre su rostro y puse mi oído casi sobre sus labios.
   —Ja na, llé va te al ni ño………….le jos. No mi a bue la, no,…….le jos.
   Con eso fue suficiente. Le dije que si con la cabeza y la besé en la frente. Fue como el beso de piedra de la tumba de mi madre, la misma sensación de ausencia. Ingundis estaba más muerta que viva. Su corazón resistía tenaz, tal vez esperando poder ver por última vez a Hermenegildo.
   —Chloevintha prepárate. Nos vamos ahora mismo. No hagas preguntas y no se lo digas a nadie. Ven rápido a mi habitación.
   —No puedo, no voy a dejar sola a mi señora. Tú debes irte y poner a salvo a los niños, pero yo permaneceré aquí junto a la reina. Es mi obligación.
   —Otra dama la atenderá. Tú debes venir con nosotros.
   —No. Yo juré cuando salí de Metz no abandonar nunca a la princesa y eso haré. No puedo faltar a mi promesa. Vete tú con los niños. Tú eres la madre de la otra princesa, a ti te corresponde ponerlos a salvo.
   Tenía razón, no podíamos dejar a Ingundis morir así, sin una mano amiga, apartada por la fuerza de aquella locura, de su amado esposo y de su niño. Volví sobre mis pasos y le pregunté al emisario si era posible aguardar unos minutos. El fue rotundo.
   —¡No!
   —Nos iremos mi aya, los niños y yo. —Él iba a objetar algo, pero yo le atajé—: La necesito. Yo no puedo sola con dos niños. Estoy recién parida y Brunilda es como mi madre ahora.
   El bizantino asintió. Cuando me dirigía a la puerta para prepararlo todo, entró Sigebert espada en ristre, cubierto de sangre, malherido, pero poderoso, fiero, luchando aun por su vida y por la nuestra. El emisario se puso en guardia y comenzó a lanzar mandobles que Sigebert esquivó como pudo, escudado tras una silla.
   —¡Teneros, teneros por Dios! Es el jefe de la guardia del príncipe Hermenegildo. Es como un hermano. Estaba en el calabozo. No sé cómo ha escapado.
   —Matando a la guardia. Primero dimos muerte al que nos trajo el condumio y luego logramos hacernos con la llave y salir. Dos de mis camaradas han muerto, los otros, heridos todos, hacen guardia afuera por si hay problemas. Tenemos que irnos.
   —Para eso estoy yo aquí —dijo el emisario.
    Es de fiar —le aclaré a Sigebert—. Trae una misiva del príncipe, de las nuestras, ya me entiendes.
   —No hablemos más, no hay tiempo. Luego se pondrán al corriente de todo. Ahora vámonos. De prisa y en silencio si puede ser.
   Brunilda tenía a punto un pequeño lío con lo esencial, y Sigebert su espada, que ya era suficiente. Ella, llorando, cargaba a Aimone y yo  a Atanagildo. Me pareció complicado salir de palacio. Atravesar el patio iba a resultar imposible. Había guardia por todas partes. Sigebert se lo hizo notar al romano.
   —Hemos previsto todo. Saldremos metidos en el carro que provee el trigo. Será fácil hacernos con él. Ellas saldrán dentro con los niños y nosotros uno a pie y otro a caballo. Yo iré a pie. Fingiremos ser quienes no somos. Saldrá bien, nadie se ha dado cuenta aun de la huida.
   —Yo conozco un pasadizo que, desde los subterráneos que sirven de almacén, sale al otro lado de la muralla justo al lado de uno de los puentes. Hemos ido y venido por ellos varias veces en este tiempo, para salir a, a…, a divertirnos, sin ser vistos.
   —Sí, para ir de putas —aclaró Brunilda sin que hiciera falta.
   —Llegar hasta allí puede ser peligroso.
   —No, hay que bajar hasta las cocinas lo mismo que para subir a los carros. Yo iré delante.
   —No me gusta este cambio de planes.
   —Es bastante mejor que el vuestro. —Presumió Sigebert, que había sido herido en la cabeza durante la huída y sangraba cada vez más.
   —Si —intervine—. Los niños pueden llorar al salir dentro de los carros, por los pasadizos nadie les oirá.
   —¿Donde espera vuestra gente, no habréis venido solo?
   —Mi gente está al otro lado del Betis.
   —Entonces, perfecto. Vamos.
   Brunilda, desconfiada, insistía en la probabilidad de que todo fuera una trampa de la reina.
   —Esa mujer es como el demonio, está en todas partes. Probablemente al salir nos guíen hasta Toletum en vez de hacia Gades. Terminaremos asesinados todos.
  —El bizantino era portador de una misiva de Recaredo con nuestra clave. Es imposible que…
   —Parece mentira que no conozcas aun el poder de la reina.
   —No nos queda más remedio que confiar. No hay más opción. Así que, vamos. Además, si fueran los esbirros de la reina no tomarían tantas precauciones.
   —No estés tan segura, estate prevenida para lo peor. Acabaremos mal, estoy convencida de ello.
   Decidí no escucharla. Fuera lo que fuera no había otra alternativa. Además, yo tenía confianza plena en mi esposo, sabía con certeza que no nos abandonaría. Al salir al corredor vimos los guardias muertos. Brunilda y yo nos miramos en silencio y comprendimos como tantas otras veces, sin que hicieran falta palabras. Fuimos bajando por separado, para no levantar sospechas caso de tropezarnos con alguien. Mi aya con Sigebert a cierta distancia por delante de ella, por un lado, y el romano y yo por otro. Dos compañeros del espatario vigilaban la retaguardia por si acaso fuéramos descubiertos. Sangraban abundantemente por varias heridas. Yo creí que se desplomarían antes de que llegáramos a las cocinas.
   La salida fue tranquila. El palacio dormía a esa hora y nadie se había percatado aun de la huida de los prisioneros. El silencio era total, todos parecían haber muerto. El forastero iba delante y  yo le seguía con mi sobrino. En el corredor frente a las cocinas nos reunimos. Tardaron un poco más en llegar para mi desesperación, aunque el bizantino estaba aparentemente tranquilo.
   Descendimos a los sótanos y continuando por unas rampas laberínticas dimos, al fin, con el pasadizo. Era un túnel largo y tenía agua. Al principio solamente nos mojamos los pies, pero  hacia la mitad del trayecto, el agua nos daba por media pierna y al final, casi saliendo, se convirtió en lodo que nos dificultaba el avance. Las ratas, trepaban por las paredes a nuestro paso tratando de huir a la desesperada, igual que nosotros. Sus ojos brillaban en la oscuridad a la luz de las teas, como siniestros luceros errantes. Olía a humedad y sobre todo a podredumbre.”Como todas las cloacas” había dicho el forastero. “Como todas las ambiciones,” había añadido yo.
   Sigebert iba delante y el bizantino cerraba la marcha espada en mano. Tras un largo recorrido, al doblar un recodo, nos dio en la cara el aire fresco y salino del río.
   —Ya estamos casi fuera —informó Sigebert, aunque no fuera necesaria la aclaración.
   Cuando salimos al aire libre, Atanagildo se puso a llorar, reclamando su comida y luego Aimone le acompañó en el llanto para no ser menos. El forastero silbó y otro silbido igual le respondió entre los árboles. Al poco apareció un pequeño grupo de hombres armados que abrazaron al forastero y nos rodearon alegres.
   —Hay que continuar. No podemos permanecer aquí.
   —Debo de dar el pecho a los niños.
   —Lo haréis subida al carro. Vámonos.

Carpentum romano


La viajera del agua



La rebelión, segunda parte
Trajes, armas y joyas visigodas


Hermenegildo era instado con vehemencia a marchar sobre Toletum, ahora que no había rey, dado que Leovigildo estaba por el norte, de nuevo contra los vascones.
   —Sí hay rey. Está mi hermano que es un gran guerrero y un hombre inteligente, buen estratega además. Nunca iré contra mi hermano.
   —Estos me parecen prejuicios pueriles. En la guerra no hay hermanos, del mismo modo que no hay padres. Nuestros aliados suevos están viajando hacia Emérita. He sabido que por el camino muchos godos se están uniendo a ellos contra Toletum. Os prefieren como rey. Salgamos a su encuentro y marchemos contra la corte.
   —Todavía no.
   Todos estaban deseosos de comenzar la campaña, pero el nuevo rey católico no quería luchar contra su hermano o eso era lo que manifestaba. Yo creo que temía a su padre y que se conformaba con ser rey de Híspalis nada más. Tal vez pensara ingenuamente que Leovigildo, que retrasaba el ataque, se lo iba a permitir. ¿Y por qué retrasaba tanto el ataque el rey?
   —Porque está guerreando contra los vascones, Jana. No le des más vueltas —repetía Brunilda que no quería ver la negra mano que yo veía detrás de todo.
   Una mañana ya otoñal tuvimos otra sorpresa.
   El africano llegó de nuevo desde Toletum. Esta vez venía por orden de Recaredo con una petición para Hermenegildo. Su hermano le instaba a que se reunieran en territorio neutral, para tener una conversación al respecto de la situación a la que se había llegado. Hermenegildo se alegró con la misiva y en principio pensó acudir.
   —Fijaremos un lugar seguro e iré al encuentro de mi hermano.
   —Pienso que no debéis —opinó el noble de siempre, el que se había convertido en su mano derecha—. Que venga el príncipe aquí. Puede ser una treta. Es posible que la orden no haya partido de vuestro hermano sino de la reina. Es posible que Recaredo ni esté al corriente.
   —La petición la ha traído el africano.
   —Precisamente por eso. La reina se lo habrá ordenado mientras Eberhart le calentaba las sábanas en ausencia del rey.
   Volví a alegrarme, pero sin crearme demasiadas esperanzas, por si acaso. Había un serio inconveniente; el parto de Ingundis se acercaba y el estado de salud de la princesa se complicaba cada día. Hermenegildo había hecho llamar a una famosa obstetrix de origen griego que residía en Gades y  todos la esperábamos con fe, pero con mucha, muchísima inquietud. Por eso el príncipe no deseaba ausentarse. Su esposa le importaba demasiado.
   Yo escuchaba a mis hermanos visigodos hablar despectivamente de la excesiva preocupación del rey católico, como ellos le llamaban, por las cuestiones personales o sentimentales abandonado y apartando las cuestiones de alta política, decisivas para el reino, como era el deseado ataque, sin más demoras, a Toletum. Ahora era el momento. Si la princesa y su hijo morían, mujeres de sobra tenía el reino y los reinos vecinos que le darían hijos a montones.
   —Es más importante una puta vagina franca que el trono de Hispania. Con un rey así no vamos a ninguna parte. Primero el hermano y ahora la mujer. Excusas cobardes. —Salió diciendo su lugarteniente, mientras escupía al suelo y daba una patada sin miramientos al sirviente que me acompañaba con los remedios para la princesa.
   —¡Apartaros necios! Nos está bien empleado por confiar en un niño, sin personalidad y sin arrestos.
   Esa falta de personalidad era la que, según mi parecer, había facilitado que el príncipe cayera en sus garras y se dejara manipular. Así habían logrado que se rebelara. Le habían presentado al pueblo como mártir por una fe que no era la suya, pero que servía para alzarlo contra el rey que pensaba dar entrada en la gobernación del reino a los católicos, precisamente. Era una retorcida trama que yo no acertaba a comprender por más que lo intentaba. ¿Si ganaban la contienda que iban a hacer, convertirse también? No lo creo. De querer convertirse ya lo hubieran hecho. No era una guerra de religión. Eran otros los intereses, era simplemente el deseo de acabar con el rey Leovigildo o con ambos reyes, incluso tal vez con Goswintha, utilizando la religión como excusa.
   El africano no pareció extrañarse de mi preñez, cuando nos vimos por la mañana. Me preguntó si Recaredo lo sabía.
   —No  —mentí— ¿Cómo iba a saberlo?
   —Bien, yo se lo diré. Como me consta que eres inteligente no habrás dicho públicamente quien es el padre ¿cierto?
   —Cierto. He dicho que es de Sigebert. Solo lo saben los virreyes y Brunilda, por supuesto.
   —Muy bien. Ten cuidado con esto. Los ánimos están muy encendidos. Si alguien sospecha que el hijo es de Recaredo, tu vida y la de tu hijo correrán grave peligro. Cuando estalle la guerra deberías huir de Híspalis. Vete a Gades, los bizantinos podrán ayudarte. Hablaré con Sigebert. Yo haré gestiones desde Toletum. Te haré llegar noticias. ¿Podrías viajar de ser necesario?
   No pude responder porque en ese mismo momento mi aya vino a buscarme para llevarme casi a rastras; me necesitaban al lado de la princesa con mucha urgencia.
   Permanecí mucho tiempo con Ingundis, mientras mi cabeza seguía dando vueltas a la situación en pie de guerra que estábamos viviendo. La virreina tenía dolores y estaba muy débil. Se aferraba a mi mano y llamaba a su madre. Sentí una pena infinita. Éramos unas niñas, en realidad. Yo iba a cumplir quince y ella apenas tenía diez y seis. Estábamos solas, sin nuestras familias, en el centro de un mundo de hombres lleno de ambiciones y de traiciones, donde no contábamos para nada, viviendo situaciones que nos excedían y dónde se podía prescindir de nosotras con total impunidad. Menos mal que Hermenegildo era un buen hombre, en el fondo, y estaba muy enamorado. Si le ocurriera algo inesperado a la virreina, se hundiría y no sería capaz de dar ni un paso. Esto lo sabíamos todos los que le conocíamos bien. Con la desaparición de Ingundis la ambición del virrey desaparecería también. Conformaban una simbiosis que quedaría deshecha, destruida por completo: el uno sin el otro no podrían subsistir. La conjura se quedaría sin rey que les sirviera como coartada. Si esto no fuera tan irrebatible, capaces hubieran sido de ayudar a la princesa a morir más deprisa, para que no fuera una rémora en sus pretensiones. Hermenegildo luchaba por la vida de su esposa y de su hijo y ponía en espera todo lo demás, pero ¿hasta cuando se lo permitirían? Hasta ahora habían cedido, pero dadas las urgencias que manifestaban por iniciar la guerra capaces eran, en cualquier momento, de prescindir del rey y actuar por su cuenta. Habían conseguido que se rebelara, ahora ya no lo necesitaban. ¿Se puede jugar sin rey?


   Ingundis se había puesto al fin, de parto. La situación me recordó los abortos de mi madre y recé para que tuviera otra solución distinta a aquella. La princesa se retorcía de dolor y el niño se resistía a salir como si conociera de antemano el mundo al que venía y no tuviera interés alguno en asomarse a él. Así estuvimos un día interminable con su noche. A la mañana del segundo día,  la matrona que esperábamos llegó portando el taburete, con agujero en forma de luna creciente, a través del cual nacería el niño. Ya los había visto en la Septimania cada vez que había un nacimiento en la casa, que era a menudo, aunque yo nunca había presenciado ninguno. Muy diligente, echó a los hombres y nos dio instrucciones a las mujeres que íbamos a ayudar.
   La obstetrix se cortó las uñas y se lavó cuidadosamente las manos. Luego procedió a examinar a la princesa y le presionó el abdomen con suavidad. Ingundis sudaba y se quejaba.
   —Está demasiado abultado. Esto ya debería de haber empezado ayer.
   Comenzó a dar órdenes. Todas hicimos con premura lo que ella dispuso. Sentamos a la princesa en la silla. Ella se resistía y pedía casi a gritos que la dejáramos morir tranquila.
   —Agárrate fuerte a los brazos de la silla. ¡Fuerte!
   La griega la acarició suavemente, incluso le cantó una canción muy bajito como una nana, mientras le masajeaba el abultado abdomen. Yo me coloqué tras la princesa y la sujeté. Scribonia, así se llamaba la obstetrix, se colocó en frente de Ingundis, sentada sobre un taburete bajo, y comenzó el proceso aplicando primero una especie de ungüento que explicó ayudaría en la dilatación, mientras le daba instrucciones de cómo respirar y de cómo empujar durante las contracciones, a la vez que dos ayudantes de la matrona presionaban constantemente el abdomen de la princesa. Pasaron los minutos y todo continuaba repitiéndose paso a paso como un ritual largo y doloroso. Ingundis se quejaba cuando la obstetrix trataba de ayudar en la dilatación utilizando los dedos.
   Transcurrieron horas. La griega temía por la vida del niño. La princesa sufría dolores terribles con cada contracción y según la médica no empujaba lo suficiente. Ella hacía lo que podía con los dedos y la princesa era un puro grito que nos helaba la sangre. Yo pensaba en mi propio parto. Estábamos a punto de  desfallecer cuando, por fin, asomó el niño.
   —¡Ya está aquí la cabeza! Haz un último esfuerzo. ¡Empuja! ¡Empuja fuerte, todo lo que puedas, más, más!
   La griega tenía cogida la cabeza del niño y tiraba de él. Yo cerré los ojos, mientras asía a la princesa con fuerza, temiendo que su espíritu se escapara, no se adonde, al salir el niño.
   La matrona recogió al recién nacido, lo envolvió en la manta de lino que le  tendieron y cortó el cordón que lo unía aun a la madre.
   —Es un hombrecito.
   El pequeño príncipe rompió a llorar cuando la matrona lo espolvoreó con sal fina como era la costumbre. Luego lo enjabonó y lo volvió a espolvorear y otra vez a enjabonar. En la puerta Hermenegildo pugnaba con las mujeres por entrar. “Es un niño” le comunicamos de manera totalmente informal.
   —Debéis esperar señor —dijo la griega—. Todo va bien.
   La matrona limpió uno por uno todos los orificios del cuerpecito del niño y colocó un trozo de vellón humedecido con aceite de oliva sobre el ombligo. Luego llevó al niño cerca de la luz y procedió a examinarlo con atención. Se cercionó de que no tenía ninguna anormalidad congénita y tras esto, le palmeó para oír su llanto de nuevo. Sonó fuerte y prolongado.
   —Es un niño sano. Que entre el padre.
   Hermenegildo irrumpió como un vendaval, la griega le obligó a lavarse las manos antes de  tomar en brazos a su hijo, algo que hizo con muchas precauciones, como si se le fuera a romper. La matrona se reía sin pudor alguno.
   —Se llamará Atanagildo, como su bisabuelo —dijo levantándolo con solemnidad y dirigiéndose sobre todo a la virreina.
   Habíamos devuelto a Ingundis a la cama. Estaba extenuada y se durmió tan deprisa que yo le pregunté a la obsterix si era lo normal.
   —Si. Está rendida. De todos modos me preocupa el estado de la reina, creo que puede tener algún problema posterior. Hay que estar muy atentos. Temo que lleguen al asalto las fiebres puerperales.
   —¿Eso acabaría con su vida? —inquirí con temor.
   —Si.
   Hermenegildo le habló de la posibilidad de que se quedara, por lo menos hasta que yo diera a luz también y así cuidara de la reina. La griega afirmó que lo haría encantada. Todos nos quedamos más tranquilos. Aquella mujer sabía muy bien lo que hacía. Había sido una suerte poder contar con ella, aunque posiblemente el sino de Ingundis estuviera ya trazado por los malos hados.
   Era octubre del 580.  Mi hijo nacería en noviembre. Si no hubiera guerra todo sería distinto.
   Permanecí en la habitación con Ingundis y el nuevo principe. Antes de retirarse,  la griega me preguntó si teníamos un ama de cría, porque era seguro que la virreina no podría alimentar al niño. Le dije que sí que todo estaba dispuesto, que las damas de Híspalis se habían ocupado de ello. Cuando se fue para hablar con ellas, me senté mirando a Ingundis que dormía como su hijo y traté de seguir descifrando el enigma que era para mí la sedición de Hermenegildo. Retrocedí hasta el momento de la conversión. Solamente dos nobles visigodos y sus familias se habían convertido con el nuevo rey, el resto permanecía fiel a Arrio, aunque me reiteré que eso era lo de menos en este conflicto. Sin embargo era muy posible que la guerra la ganara Leovigildo y ¿entonces que iba a suceder? Todos serían ejecutados, profesaran la fe que profesaran. Claro que ese era el juego, de otro modo no habría partidas, ni guerras. Nadie contemplaba la derrota de antemano. No obstante, aunque pareciera que las blancas jugaban siempre con ventaja, en este caso la percepción de victoria podía ser puramente ilusoria. Yo estaba segura de que a medida que avanzara el juego la apertura tan arrojada de “los blancos” iba a pasarles factura, porque su estrategia había sido lenta y “los negros” habían tenido tiempo de sobra para haberse anticipado a sus planes y en este caso mover primero habría supuesto una desventaja.
   La griega regresó con el ama de cría que se dispuso a dar de mamar al niño y yo me fui. Me dirigí a mis habitaciones para descansar y tratar de aclarar un poco el intríngulis que estaba resultando para mí todo lo acontecido desde que llegamos. Resultaba delirante no saber, no comprender, vivir inmersa en una situación tan comprometida y no ser capaz de descifrarla; ser una pieza sin albedrío alguno en un juego de otros; permanecer en el tablero esperando, sin más, cuando el resultado podía ser la muerte para todos.


   Mientras avanzaba por la galería escuche voces en el patio interior. Eran mi acosador, recién regresado de Toletum donde parece que había logrado entrar sin mayores problemas disfrazado de clérigo arriano huyendo de la quema de iglesias en Híspalis, y el noble visigodo mano derecha del rey, que no había apostatado, como hubiera sido lo esperado. Se llamaba Gesaleico. Ambos hablaban animadamente aunque a veces parecían discutir. A medida que me fui acercando escuchaba palabras sueltas sin ningún sentido para mí. Cuando estuve a su altura me puse en cuclillas tras una columna y presté atención a lo que decían. Estaban de espaldas y no me habían visto llegar. Gesaleico le preguntaba al recién llegado, que opinaba el rey de que Hermenegildo no quisiera atacar. Si el agua del surtidor estuviera en silencio escucharía mejor.
   —Leovigildo cree que solamente desea ser rey de Híspalis, con eso se conforma. Conoce al príncipe, no cree que tenga intención alguna de marchar contra Toletum. La reina y yo estimamos que todo esto le desborda, que piensa que el rey no atacará y que todo se resolverá por las buenas. La reina opina que no debe verse con su hermano en modo alguno. El africano ha llegado con el mensaje, pero debéis de convencerle para que no vaya. Entre los dos pueden hallar una solución que no debe producirse.
   —No irá. Estamos perdiendo un tiempo precioso. ¿Cómo está el rey?
   —Viejo, viejo y cansado. La rebelión del príncipe le ha hecho mella y la guerra lo rematará.
   —Mejor. Todo será más fácil sin él. ¿Qué hay de Recaredo?
   —El príncipe trata por todos los medios que no haya guerra. Es muy astuto y tiene muchos partidarios. Muchos también entre los católicos. Nos traerá problemas. Si no hubiera regresado de la Narbonense hubiera sido mejor. Gontram no ha sido tan fiero como pensábamos. Y el dux de la Aquitania ha resultado ser un cantamañanas. Esto ha salido mal.
   —Calma. ¿Ya habéis matado al obispo Frominius?
   —Han salido los sicarios. Dadnos tiempo.
   —¿Qué piensa hacer el rey con el obispo Leandro?
   —Piensa desterrarlo.
   —Debe hacerlo pronto. Cuanto primero mejor. Esto enardecerá a los católicos en su contra.
   —Posiblemente ya haya dado la orden. La reina no hace más que insistir. ¿Qué vais a hacer ahora?
   —Idear un  plan para apresar a Recaredo. Iremos dentro. Los patios oyen.
   Fue en ese instante, cuando se hizo al fin la luz en mi atribulado entendimiento. Pero que tonta había sido. Por ahí debería de haber comenzado la sospecha. Por la reina. ¿Por quién si no? En ese instante vi clara por fin la mano de Goswintha en toda la conspiración. ¿Pero, cómo no lo había pensado antes? Era muy propio de ella. Muy retorcida, pero muy astuta. En ese momento tuve la certeza absoluta de que todo obedecía a un plan rigurosamente estudiado. Desde el principio. Desde la inexplicable paliza a Ingundis. La reina sabía que, tras la guerra doméstica, Leovigildo sacaría a su hijo y a su nuera de la corte, para enviarlos con total seguridad a Hispalis y sabía también que ahí residía Leandro “el fanático” su más ferviente enemigo, el adalid católico en Hispania contra la herejía arriana. Sabía que entre él y su nieta presionarían sin tregua a Hermenegildo para lograr su conversión. Sabía que Ingundis era ambiciosa y obstinada. Les conocía bien a ambos y les proporcionó el pretexto. Goswintha había sabido utilizar también el descontento de los nobles godos contra el rey, en su provecho, para inducir una rebelión contra Leovigildo. Había juntado todos los ingredientes con suma habilidad y la masa había fermentado tanto y tan bien, que estaba a punto de reventar.
   Leovigildo iba a pagar caro su intento de dar un giro a la historia. La política se estaba convirtiendo en un caos y el poder tenía imperativamente que continuar donde siempre había estado. Ese era el quid de la cuestión. El poder. Eso era lo conveniente, que todo continuara igual, sobre todo para ella, la gran dama blanca. Por eso, ante el riesgo, cada vez más inminente, de perder el juego, incendió el tablero y se llevó por delante a los dos reyes.
   Tenía que hacer saber a  Hermenegildo la conversación que había escuchado. Tal vez él ya sospechara algo y por eso quería ver a su hermano. La situación era muy peligrosa y se complicaba por momentos. Ahora Hermenegildo se estaba volviendo en contra de los intereses de la conjura, preocupado por la salud de su esposa.  Yo no acertaba o mejor, no me atrevía, a dilucidar el final como la situación se prolongara demasiado. Me dirigí a mis aposentos muy preocupada por lo escuchado y por lo que deduje después, en consecuencia, y me encontré una sorpresa. Sigebert me estaba esperando. Su padre le había enviado un presente por medio del africano.
   —Jana, mira esto. Mi padre acaba de enviarme una nueva espada.
   —Oh, qué bien —le respondí sin ningún interés—. ¿Cómo está tu padre?
   —Jana, mírala bien. Mira la leyenda de la hoja, entre ambos filos —me rogó con suavidad colocando la espada sobre mi cama.
   En ese momento entendí lo que Sigebert trataba de decirme. El corazón se me aceleró hasta parecer querer salirse de mi cuerpo haciendo estallar mi pecho, y con la vista borrosa por la emoción, acaricié la hoja como si fuera el rostro de Recaredo, antes de leer.
Queridísima, queridísima Jana. He llorado al saber que seremos padres.  Por favor que Hermenegildo acuda a la cita. El rey está regresando a Toletum. Piensa cortar el rio y bloquear la ciudad. Llegará el hambre. El rey ha comprado a Byzantium. No intervendrán. Se verá solo. Yo le he rogado y el ha accedido a que los bizantinos os saquen de la ciudad a vosotras y a los dos niños antes de que todo esté perdido una vez que estalle la guerra. Os llevarán a la capital del imperio. Luego yo os buscaré. Por favor que mi hermano entre en razón. Nunca ganará esta guerra. Hallaré el modo de salvarle la vida, le doy mi palabra. Aun no está todo perdido. Te quiero y lo haré por siempre. Recaredo.
   Debía mostrarle la misiva a Hermenegildo. Solamente a él.  Cuando estaba hablando esto con Sigebert que se mostraba de acuerdo, vinieron a llamarme de parte del príncipe. Debía volver a quedarme con la princesa, el tenía que despachar con el africano. Cuando llegué a los aposentos de Ingundis, le dije a Hermenegildo que teníamos que hablar sin más dilación.
   —Vuestro hermano me ha enviado una misiva personal.
   —¿Cómo?
   Se lo expliqué. Le puse al corriente de nuestro código y le dije lo que acababa de leer en la hoja de la espada. Iba a contarle lo escuchado de la conversación en el patio entre el hispano y Gesaleico, cuando éste irrumpió en la habitación sin llamar.
   —Alteza debéis venir con urgencia. Han llegado noticias. Están intentando desviar el curso del rio. Hay que actuar.
   —Iré a parlamentar con mi hermano. Debemos impedir la guerra, me he dado cuenta de que es un error.
   Gesaleico tenía el rostro hierático, no trascendió ninguna reacción, no se inmutó, no movió un músculo, ni hizo gesto alguno, ni cambió de color, pero yo supe que esa respuesta de Hermenegildo, caso de perseverar, iba a ser su posible sentencia de muerte. Para él y probablemente para todos nosotros. Permanecí rezando por la salud de la virreina y porque todo se resolviera como querían los príncipes. Aunque tenía la certeza de que era ya demasiado tarde, el juego estaba decidido de antemano.


Recaredo