Romance de la media luna, último capitulo

 





El encuentro se organizó para la hora de la cena. El rey de Castilla, estaba en el Alcázar, y toda la corte se preparó para darle la bienvenida. Algunos miembros importantes de su séquito no acudirían por estar heridos, entre ellos, el infante don Hernando, su suegro. Pero su Guan, estaba ileso, como bien sabía, aunque probablemente esa noche no durmieran juntos. Ya se vería.

Estaba muy guapa, cuando entró al comedor. Doña Ramirez se había quedado muy satisfecha, cuando la vio arreglada para la cena. Por fin, había logrado sacarla adelante. El rey y la reina la recibieron con mucha amabilidad y fue el mismo rey quien la presentó a su sobrino don Juan, infante de Castilla.

La princesa le miró...y ¡oh sorpresa! Ese no era su Guan. Miró en torno suyo buscando al otro, pero no lo vio por parte alguna. A doña Ramirez casi le da un soponcio al ver a la niña dando la espalda a su prometido, buscando no se sabía bien el que.

-¿Que hace, esta insensata? ¿Pero que modales le han enseñado?

 El infante don Juan, el verdadero, salvó la situación. Le había gustado la elegida. Le había gustado incluso mucho, y se dirigió a ella tomándole la mano para besársela con delicadeza. A continuación se dirigió a su tío, el rey.

-Alteza, señor, mi prometida no habla apenas castellano y ahora mismo se haya muy perdida. Es muy niña, como veis y está azarada y nerviosa. Pido permiso a vuestra alteza para acompañarla a su sitio en la mesa.

-Concedido, concedido, Juan. Disfrutad de la cena. Si consideras que está cansada os retiráis sin más, cuando creas conveniente.

-Mil gracias, señor.

El infante, la atendió solicito durante todo el ágape. Ella, al principio,  apenas probó bocado. No entendía nada. Si este era Guan, ¿quién era el otro? Lo miraba de reojo. La verdad no era mal parecido. Era más alto, y más espigado. El otro Guan era más cuadrado, de constitución más recia, y un poco brusco. Este nuevo Guan, era muy cortés y parecía cariñoso. Terminó por gustarle. Tras la sorpresa del principio, comenzó a sentirse a gusto con el infante, tanto que le entraron ganas de comer, y dio buena cuenta del resto de los alimentos.

 



 

Tras la cena, mientras los juglares tocaban y cantaban y el vino corría en abundancia, el infante don Juan acompañó a su prometida hasta la puerta de sus aposentos, acompañados a prudente distancia por doña Ramirez y las doncellas de la princesa.. ¡Qué bien había salido todo! Hasta se habían gustado. La dueña estaba contenta, por la princesa a la que había tomado cariño, con lo mal que lo había pasado, y por el infante, al que había ayudado a criar, y que se había convertido en un hombre valiente y bueno, leal con su rey y con Castilla.

Ya en el umbral de alcoba, el infante don Guan, el verdadero, besó de nuevo la mano de su prometida, mirándola a los ojos, ella le hizo una ligera reverencia sin dejar  de mirarlo también.

El tiempo se detuvo unos segundos eternos, hasta que un grito ahogado primero, y un golpe después, les sobresaltaron.

-Alguien se ha caído, -dijo doña Ramirez, cuando el infante se volvió y la miró inquisitivo. -Alguno que ha bebido demasiado.

Hacía mucho frío en la noche castellana, cuando don Juan cruzaba el patio del Alcázar para llegar a sus aposentos. Su tío don Luis estaba increpando a un arcabucero.

-¿Que ocurre, señor?

 -¡Este imbécil, que ha matado a uno de mis criados moros!

-Le sorprendí trepado por la hiedra, hasta una de las ventanas de los aposentos de las infantas. Le disparé sin dudar.

-Bien hecho está don Luis. Ese hombre no tenía que estar ahí. Podía ser un peligro para mis hermanas y mis primas, incluso para mi prometida.

-Era un muchacho. Tenía curiosidad. Solamente eso. Sabía que son mis criados, debería haberme avisado.

-No sabía quién era, señor. Debéis creerme.

-Basta ya,  don Luis.

El infante se interpuso cuando su tío se dirigía a golpear al arcabucero.

-El soldado hizo lo correcto. No temas, está bien, puedes retirarte. Don Luis, será mejor que vengáis conmigo. Quitad ese cuerpo de ahí- ordenó a sus hombres.

 



Transcurrieron siete meses dichosos para todos desde la boda. La princesa era incluso feliz. El infante y su relación con él, rozaban la perfección y poco tenían que ver con las advertencias que le había hecho su madre de cómo podía ser todo en la corte castellana, en el peor de los casos. Se ve que le había tocado el lado bueno. Tampoco hubo grandes escaramuzas en el reino, con todo lo cual, pudo disfrutar de su señor y marido a placer. Así las cosas, se había quedado encinta de inmediato.
-Que buena puntería- había exclamado con entusiasmo doña Ramirez, al conocer la noticia-Va a ser un niño grande porque a la princesa ya se le nota la preñez.
Fue una tarde de esas de bochorno castellano, cuando la ahora infanta de Castilla, se puso de parto.

-¿De parto ya?-preguntó sorprendida doña Ramirez.

-El niño viene antes de tiempo.

-La verdad es que tiene mucho vientre. El niño va a ser grande.

-Oh señor, a ver si se nos muere, como la mayoría de las del norte. Son

muy estrechas de cadera, y con estos calores...

A la infanta nórdica de Castilla, le costó mucho trabajo dar a luz. El niño era enorme.

-¡Qué barbaridad! Menos mal que es sietemesino, si nace en su tiempo, no nace. Hemos tenido suerte.

El bebé era, en efecto, rollizo, moreno y llorón.

-Va a ser tragón- dijo doña Ramirez al ver como chupaba su dedo.- Seguro que la madre no tiene suficiente leche. Haz venir al ama que hemos buscado, por si acaso.

-¿Habéis visto esto?

-¿El que?

-Esta marca que tiene en la espalda. Parece una media luna. Lo cierto es que ya la he visto antes. La tiene el bebé de la infanta doña Margarita.

-Y la niña de la infanta Isabel también.

-Parece ser la nueva marca de la Casa de Borgoña.

-¡Que raro!- dijo doña Ramirez que había visto bebes de Borgoña desde tiempo inmemorial- yo no la había visto antes.

-A lo mejor, todos tienen un padre común...

Doña Ramirez, dio el comentario por no escuchado. Ella era la guardiana de la pureza en el Alcázar.

-Es una marca que ya tenía el bisabuelo del rey, lo acabo de recordar. No hay nada nuevo. No quiero oír ni una palabra más al respecto.

-¿Se la habíais visto vos?

Todas las damas rieron.

-He dicho que ni una palabra más. Todas a lo vuestro. Id a avisar al ama de cría.

-¿De dónde coño habrá salido esa marca?. Señora, habéis visto que niño tan hermoso tenéis, es un varón ¿Habéis previsto un nombre vos y el infante?

-Si nino. Alfonso como el gey. Si nina Matilde como geina.

-No se parece, de momento, a nadie. Pero los niños cambian. Tiene una marca en la espalda.

-¿Una magca? ¿Que magca?

-Una especie de media luna.

La infanta de Castilla, recordó  entonces al falso don Guan, al que había olvidado por completo. Tenía mala memoria, por eso no aprendía bien el castellano. No podía ser...pero si, lo mismo era...

A Doña Ramirez, le extrañó tanto silencio. De pronto recordó el episodio del moro que trepaba por las ventanas, uno de los criados de don Luis, el infante erudito, y tras la sorpresa, tuvo que ahogar un golpe de risa. Tanto elegir princesa en el norte, para tener una estirpe blanca como la nieve, y nacen los niños con la marca de la casa.

-Señora, con vuestro permiso, voy a informar a mi señor don Hernando, de que ha tenido un nieto.

Todo el Alcázar comentó las carcajadas de la dueña Ramirez, cuando iba por los corredores hasta el aposento de don Hernando.

-Mi señor. Ha nacido el niño. Se parece al padre.

-Es lo justo-contestó don Hernando.-Te veo muy contenta.

-Muchísimo, señor. Estoy encantada de la vida. Creo que las cosas han salido como tenían que salir. El Alcázar se ha llenado con nueva savia, como vuestra señoría quería. ¡Enhorabuena!- exclamó la dueña haciéndose a un lado para que saliera su señor a conocer a su nieto, Alfonso el puro, infante de Castilla...




Romance de la media luna

 








La dueña doña Ramirez estaba seriamente preocupada. Con todo el trabajo que había costado encontrar princesa que fuera del gusto de su señor, el hermano del rey de Castilla, y con todos los dineros, y los pactos, y las promesas de futuras alianzas, que había costado convencer al padre de la susodicha para que accediera a enviarla a la Corte, ocurría ahora que la niña había entrado en un proceso de melancolía o lo que fuera, y se había negado a comer, y no podía o no quería dormir, llorando noches enteras, con todo lo cual se le había ido poniendo muy, pero muy mala cara. Había adelgazado tanto, que su piel ya de por si traslúcida, permitía contar con claridad todos los huesos y sus ojos azules estaban siempre echando agua, que parecían dos fuentes de un salinero, decía una doncella andaluza, sin que doña Ramirez supiera muy bien a que se refería.

-Se nos deshidrata y va a parecer un cadáver, cuando llegue su futuro esposo. Además se le ha puesto una mueca extraña, como de dolor, o yo no se de que...

-Tiene cara de estreñía- decía la andaluza.

 -Claro, si no come ¿cómo va a cagar? No sé qué vamos a hacer con ella.

Debería haberla acompañado alguien de su familia, o por lo menos,

alguien de su servicio. No tenía que haber venido sola.

Ocurría, que su señor, el hermano del rey de Castilla, no toleraba a los criados de la princesa, todos venidos del aquel país tan del norte, de donde era oriunda la madre de la niña.

-No saben ni hablar castellano. Parece que hagan gárgaras cuando hablan. No los tolero, que venga sola. Aquí tenemos suficiente servicio. Iremos a buscarla y vendrá sola con nosotros.

El hermano del rey, mi señor don Hernando, que toleraba muy pocas cosas, eligió con esmero la novia para su hijo. Quería una princesa rubia, con la piel clara y los ojos azules,  proviniente de una estirpe con esas mismas condiciones; es decir, que fuera rubia blanquísima porque no pudiera ser de otro color. El padre descendía del mismo tronco que Ricardo Corazón de León, y la madre de una estirpe nórdica de reinas traslúcidas, que, al casarse con castellanos, o navarros, o napolitanos, iban muriendo al dar a luz, una tras otra.

Pero era lo mismo, mi señor don Hernando prefería una nuera muerta, antes que mezclada. Me explico: mi señor el infante, no estaba de acuerdo con las mezclas de razas. Se le ponían las barbas de punta, cuando miraba a uno cualquiera de los Abderramanes de Córdoba, con  sus cabellos negros, negrísimos, y sus ojos azules y su estatura más alta de lo normal, producto de la mezcla de los califas con nobles vasconas altas y rubias.

-Eso es una aberración. Nadie debe salirse de su raza. Antes prefiero muertos a mis hijos que mezclados. Muertos ¿me oyes? Los prefiero muertos.

Por otra parte, la princesa debería ser casta, pura, recatada, bien educada y casi niña, para que todo lo anterior fuera posible.

La niña princesa que les llegó, cumplía todos los requisitos, pero no contaron con que pudiera invadirle la melancolía, al verse sola en un lugar tan lejano, entre desconocidos con otras costumbres y otro idioma que apenas dominaba. Era muy difícil comunicarse con ella. Doña Ramirez había dado orden de que una de sus doncellas, niña también, durmiese con ella por si lo que tenía era miedo en aquellas noches castellanas tan largas.

Así transcurrieron semanas, y una buena noche, la princesa llorona se quedó dormida. Estaba extenuada, tras tanta llantina de desconsuelo. Durmió muchas horas y cuando se despertó, pidió a su doncella algo para comer. Lo pidió por señas, porque aun no sabía pedir comida en el idioma de Castilla. Desde que llegó no lo había necesitado.

 -Aleluya, aleluya- decía la dueña- Dios me ha escuchado, porque el

infante don Juan está a punto de llegar y esta muchacha no está presentable.

La princesa comió ese día y los sucesivos. Poco, porque parecía no gustarle la comida, pero lo suficiente para ir mejorando aunque más despacio de lo que doña Ramirez hubiera querido.

Una tarde, tras dar un paseo por los alrededores del Alcázar con sus

doncellas, la princesa deseó irse a su alcoba y quedarse a solas, para poder escribir a su madre. La dueña accedió de mala gana, no fuera que la misiva nos trajera de nuevo la morriña, pero no le quedó más remedio que obedecer.

Cuando la niña del norte, terminó el relato que hacía a su madre, un tanto edulcorado para que no se preocupara, se abrió de improviso, un ventanal de la alcoba y un joven moreno, con barba de varios días, y una extraña vestimenta, más colorida de lo normal en el Alcázar, apareció en el alféizar.

La princesa se puso de pie con sobresalto, pero de inmediato pensó que sería su prometido el infante don Guan, al que nunca había visto. Ella no sabía pronunciar la jota.

-Don Guan, ¿c´est vous?- preguntó mientras hacía una reverencia.

 ¿Por que entráis por la ventana?

Don Guan no dijo ni mu. Se la quedó mirando perplejo, para luego acercarse despacio, hasta quedar muy cerca. Entonces le tocó la rubia trenza, le miró con curiosidad el rostro pálido de grandes ojos azules y la examinó de arriba abajo con detenimiento. Tras un rato, que a la princesa se le hizo eterno, retrocedió y cerró la puerta por dentro. Cuando estuvo de nuevo a su altura, la tomó de la mano y la acercó al lecho.

La princesa, temblaba ligeramente. Lo que le había contado su madre

de como sería su encuentro con el príncipe no estaba coincidiendo en nada. Pero como sabía hasta la saciedad que debería obedecer a su futuro esposo en todo, se dejaba hacer, con mucha sorpresa y bastante temor.

Don Guan, le fue quitando la ropa, con dificultad. Tal vez, nunca hubiera desnudado a ninguna mujer antes. Antes de hacer lo mismo, o sea, quitarse la ropa, le acarició los pechos, bastante pequeños para su gusto, porque hizo como un gesto de contrariedad, al sobrarle mano por todos lados. Tal vez el tenga la mano demasiado grande, pensó con lógica la princesa, que no perdía detalle.

Don Guan continuó el manoseo, y fue cuando, al comenzar el besuqueo por el cuello, mordisco incluido, la princesa pensó que estaría más cómoda acostada y en un impulso, le quitó la ropa con bastante destreza, como si lo hubiera hecho antes a menudo, le cogió de la mano y se metieron ambos en la cama.

Estaban medio dormidos, cuando escucharon a la doncella llamar a la puerta y ¡oh cielos! Doña Ramirez también estaba al otro lado. El joven puso un dedo sobre sus labios y le hizo una serie de recomendaciones de las que la princesa no entendió ni media palabra. Es más, le pareció que hablaba diferente a como lo hacían el resto de gentes del Alcázar. Será que como es el infante, tendrá un lenguaje más depurado, pensó con su lógica aplastante. El supuesto infante de Castilla, se tiró de la cama, recogió sus ropas y medio desnudo, se fue por donde había venido, es decir, por la ventana.

-Habrá querido conocerme sin que nadie lo sepa, solo nosotros...

Que romántico, pensaba. Nada coincidía, en nada, con lo que su madre le había dicho. Mejor para ella. Algo bueno tenía que tener Castilla.

La princesa, comprendió que no debería decir nada de nada de lo ocurrido. Ni las doncellas deberían ver la cama revuelta con las mantas por el suelo. Parecía que se hubieran peleado, hasta sangre había en las sábanas.

Arregló todo en un pispás, y se dirigió a abrir la puerta poniendo mala cara.

-Je, enfegma. Sentag pas mal...-mientras hablaba como podía, hacía señas como si la comida le hubiera sentado mal.

-Claro llevaba días sin comer...Le traeré algo caliente y ligero. Un caldito. Pero que revoltijo de cama, por Dios, parece que se hubiera peleado con alguien. Y huele raro, abrid la ventana.

La princesa asintió metida en la cama. Lo cierto es que se le había abierto el apetito y esa noche pasó hambre, y durmió mal.

Al día siguiente, se las arregló para volver a estar a solas en su cuarto, por si volvía don Guan. Que si volvió, esa tarde y todas las tardes durante dos semanas. Tenía la piel oscura, unos ojos negros como un pozo, y en medio de la espalda, un poquito hacia la izquierda tenía una mancha en forma de media luna, que la tenía fascinada.

Ella le llamaba Guan y el se reía y le decía Ahmed, Ahmed. Y ella, claro, no entendía. No tenía facilidad para los idiomas.

Una mañana, doña Ramirez entró radiante en la alcoba.

-Alteza, hoy llega, por fin, el infante don Juan. El viaje pudo continuar tras haber estado un tiempo repeliendo moros en la sierra. El señor de Atienza les echó una mano, y vienen sanos y salvos. Por fin os vais a conocer.

 De todo lo que le dijo la dueña, solo entendió don Juan y que llegaba cabalgando por los aspavientos de doña Ramirez. Sonrió con picardía. Nadie sabía que ya se conocían.





Continuará...

Por si vuelven

 

 


 

Cada vez que llovía se sentía raro. Hacía tanto tiempo que vivía en Lanzarote, que se había acostumbrado tanto al paisaje lunar de la isla, como al clima uniforme con cinco o seis días de lluvia al año, y pocas variaciones en la temperatura. Esta vez había estado lloviendo casi dos días de forma continua, y la hierba, donde existía, había mutado del ocre al verde, y las palmeras se habían sacudido el polvo y lucían exuberantes y ufanas, agitando las palmas al viento suave de la tarde. El contraste entre el tono púrpura de los volcanes y el rejuvenecido verde de la palmas y las tuneras se hacía más evidente que antes, y más grato a la vista. Todo el entorno estaba satisfecho tras la lluvia; todos, menos el.

Llovía también aquel día ya lejano que había aterrizado en la isla, huyendo del frío del alma. La lluvia, solamente había durado unos minutos, pero el frío interno que le acompañaba apenas se había atenuado en todos esos años. Trabajaba, comía, dormía, leía de vez en cuando, y sobre todo, daba largos paseos por la isla, unas veces a pie y otras, las más, en bicicleta. Le gustaba el ciclismo porque no tenía ni que saludar a la gente que se iba encontrando. Se había vuelto casi huraño.

Un día, en uno de esos paseos, observó algo muy extraño. Se había sentado sobre unas rocas a beber agua y a contemplar la puesta de sol, cuando de repente, el mar se agitó ante el a no demasiados metros de la costa y un objeto redondo y brillante, como una bola gigante, emergió del mar, para detenerse unos minutos o tal vez solo segundos, a la altura de sus ojos. Pudo notar como la bola era transparente y dentro se veían, algo difuminados, dos humanoides altos vestidos de blanco. De pronto la bola de elevó y desapareció por completo en centésimas de segundo.

Seguro que se pararon para verme, pensó. No sintió miedo alguno. Decidió no comentar nada de lo ocurrido con nadie. Donde ya lo consideraban raro, solo faltaba esto: que viera marcianos.

No obstante, aunque todo pareció ir muy rápido, habían transcurrido dos horas, según su reloj. Parecía increíble, pero era cierto. Sus vecinos de adosado, se habían preocupado y uno de ellos estaba en medio de la calle oteando el horizonte para ver si lo veía venir.

Estábamos preocupados. Nunca tardas tanto. ¿Qué ha pasado?

Me quedé un poco traspuesto allí sentado mirando la puesta de sol. Había dormido mal, mintió. No podía decirles la verdad.

Cada vez que volvía por aquellos acantilados, se paraba a mirar ya no la puesta de sol, sino el mar casi siempre tranquilo como un lago, o agitado, como ahora, por los alisios, lleno de pañuelitos blancos de espuma. Pero los marcianos no volvieron a asomar por allí. Se habrán ido a su planeta, pensó para si.




Esa noche, tras los dos días de lluvia, prefirió después de la cena, dar un paseo a pie. El agua le traía recuerdos desagradables. Aunque ella no se había ido de su recuerdo, cuando llovía se hacía más presente, tanto, que creía verla por todas partes. Caminaba por la larga senda que bordeaba el mar al este de la isla, frente a la costa africana. La luna esparcía su luz blanca, intensa, por aquel paraje lunar sin igual.

De pronto, otra luz apareció sobre el mar. Era un gran foco que lo deslumbró. Un barco a estas horas por aquí, que raro, se dijo. Tuvo que detenerse porque la luz lo cegaba. Tras unos momentos, el foco bajó de intensidad y pudo ver una bola transparente con alguien dentro. Pero no eran los humanoides. Eran un hombre y una mujer. Eran una pareja de humanos como el, metidos dentro de aquella esfera. Parecían discutir. La esfera se hizo grande, muy grande, y entonces lo vio claramente. ¡Era ella!, si era ella, con otro hombre...Oyó perfectamente lo que decían.

Si me dejas, salto al vacío, decía ella.

No digas tonterías, ni me hagas chantajes, respondía el.

Has roto mi matrimonio y mi vida. Lo he dejado todo por ti y ahora te vas como si nada...No puedes hacerme esto, no puedes.

Me voy, me vuelvo a mi país. Tengo allí mi vida. Tu no eres nada comparada con mi familia.

Le dije a mi marido que sabía lo suyo con mi prima para poder dejarle. Era algo que ya estaba olvidado, algo que no tuvo importancia,  y yo lo agrandé a propósito. Le dije  que me quería morir, que tenía que alejarme un tiempo, que a lo mejor no volvía. Le monté una escena espantosa y le dejé desconcertado. Le dije que me mataría. Me fui para seguirte, y ahora resulta que me dejas, resulta que tu me habías mentido y pensabas irte sin mi, cuando sabes que no puedo vivir sin ti.

Eres una exagerada. Siempre sobreactúas. ¿No podías decirle que tenías un lío con otro? Por que inventarse una historia, por que no decir simplemente la verdad como yo te estoy diciendo ahora.¿No te confesó el lo de tu prima, por que no hacer tu lo mismo?

Quería que se sintiera culpable, muy culpable.

¿Culpable de que, de hacer lo mismo que tu? Me voy. Hubiera querido que nuestra despedida fuera civilizada, pero es lo que es. Que se le va a hacer.

Si das un paso para irte, salto al mar desde aquí.

Haz lo que te de la gana. Yo no soy tu marido. No vas a hacerme sentir culpable.

No te vayas o salto...No te vayas...

El hombre se alejó tranquilamente y subió al coche que tenía estacionado inmediatamente detrás del de ella. Tomaban esas precauciones inútiles. Eran cosas de ella, que tenía un carácter novelero. Estaba ávida de que le ocurrieran cosas y mira por donde...

Había caído la niebla, casi no se veía a un metro, y ella, interpretando como siempre, caminó hacia el vacío histriónicamente erguida, diciendo a gritos: me tiro al mar, me tiro al mar, lo voy a hacer...No tenía ninguna intención de hacerlo, ahora se daba cuenta, pero apuró demasiado la interpretación, la niebla le impidió ver el borde y fatalmente se precipitó al vacío, gritando el nombre de el, el nombre del otro, del amante, no el suyo.

Williaaaaannnn...

Willian era el norteamericano que había venido a la empresa a planificar la fusión con los holandeses. Ella había sido su secretaria todo ese tiempo y su amante, por lo que estaba viendo.

El yanqui se había subido al coche y se había alejado tranquilamente, a la misma vez que ella desaparecía acantilado abajo. Allí se acabó la historia. La bola se quedó iluminada pero sin actores.

El resto ya lo conocía el. A los cuatro días habían encontrado su cuerpo en la playa, entre las rocas, donde se pescaban los pulpos. Allí estaba, con la cara destrozada por el choque contra las piedras. Y el pensando que se había matado por la decepción de lo suyo con Tere, que solo había sido un polvo malo cuando estaban bebidos, tras la cena de empresa de ese año.

Ella que era una histérica, había montado un pollo de mucho cuidado. Tras eso, anduvo rara durante mucho tiempo. Ahora se daba cuenta que había sido todo el tiempo que duró lo suyo con el yanqui. No comía, no dormía, casi no le hablaba y por supuesto, no consentía que la tocara. La muy hipócrita, se hacía la victima, mientras follaba con el otro. Porque eso era lo único que hacía con el otro: follar. Se la tiraba, porque estaba solo y necesitado, después de hablar todos los días con su mujercita al otro lado del charco, que tal vez, estuviera haciendo lo mismo con otro.

Y el, tan idiota, tan idiota, que se había creído que Laura, si Laura, la muy puta, había saltado al vacío, por la depre que siguió al conocimiento de su polvo malo con la Teresita.

Hay que joderse.

El yanqui, el muy cabrón, había estado en el entierro, y ahora suponía que toda la empresa sabía lo suyo con Laura. Porque estas cosas se saben. Y nadie me lo dijo. Y yo cargué con la culpa del suicidio, que ni siquiera lo fue,  y me exilié a Lanzarote, el destino   más lejos que pudo proporcionarme la empresa. Y tras años de culpabilidad y desconcierto, han tenido que venir los marcianos a decirme la verdad.

¡Coño, los marcianos! ¿Dónde está la bola?

Había desaparecido.

Estuve sentado mucho, mucho tiempo, en medio de aquel camino a ninguna parte, mirando el mar, lo mismo que hacía la luna. Allí estuvimos los dos hasta casi el amanecer.

Pensé mucho en lo sucedido aquella noche. Pensé en ello cada día y cada noche durante meses. Al fin llegué a la conclusión que había sido cierto: yo lo había vivido tal y como fue. No fue un sueño, ni  un acto de adivinación a posteriori. Fue como una película. Lo mismo que se ve el futuro en una bola de cristal, yo vi el pasado. Alguien me hizo que lo viera. Aquellos humanoides que me miraron un rato largo, por alguna razón que desconozco, quisieron que supiera la verdad y sanara de mi herida.

Tal vez algún día me digan el por qué. Yo de vez en cuando me siento en el mismo sitio y espero por si vienen.

De momento no lo han hecho. Pero yo aguardo. Soy muy paciente, y aunque he sanado de mi herida, no pienso irme de Lanzarote.

Aquí hay algo que me sujeta, algo que me mantiene alerta, con los cinco sentidos activos. No se qué es, pero me siento bien. Mejor de lo que nunca me he sentido.

Esta isla es muy mágica. Hay mucho por descubrir en ella. Además tengo algo, alguien, por quien esperar.

Porque, a lo mejor, vuelven.






El tiempo olvidado, noveno capítulo

 




Mis tíos bisabuelos, Manuel y Elvira, eran dueños de la fábrica de galletas y suspiros “La Aviana”, y todos los jueves ponían un puesto en el mercado donde vendían a sus hijas. Era práctica habitual, de todas las familias que tenían un negocio e hijas en edad de merecer. No había dinero para exhibirlas por el mundo como hacían con Estrellita de la Vega y había que echar mano de lo que se tenía. El puesto de los Arias era, lógicamente, de galletas, y las cuatro hijas de los dueños se turnaban cada jueves para que el personal masculino de las villas aledañas las viera. Salían de dos en dos. Las dos mayores primero, porque tenían más urgencia de boda. Si se veía que despertaban interés repetían al jueves siguiente, hasta que el asunto se decidiera, si no, corría el turno a las dos siguientes.

Mi abuela y sus hermanas, acababan de llegar a Avia, por vez primera, para conocer a sus parientes, antes de formar sus propias familias. Vinieron acompañadas por su tía Erin, que había pasado una temporada en La Habana con Isabel y con ellas. Su abuelo don Patricio, el irlandés, se negó a recibirlas en su casa. Era algo con lo que ya contaban y por ello, su padre decidió que se hospedaran en casa de su hermano Manuel, al que tampoco conocían y que se había ofrecido a su padre para acogerlas, en multitud de ocasiones.

Las irlandesas recibieron con los brazos abiertos a sus sobrinas; Sara las esperaba a pie de barco en Gijón, y Victoria las recibió en la casa de sus tíos Manuel y Elvira, e incluso Alicia viajó desde el convento para conocerlas y se ofreció para bordarles el ajuar de novias, cuando se enteró de que tenían novio formal en la isla. Fue una fiesta para ellas conocer a las hijas de su hermana Teresa a la que no habían vuelto a ver. Ahora era como si la vieran de nuevo multiplicada por tres.

Don Patricio, sin embargo, se mantenía fiel a sus principios o lo que fueran, negándose en redondo, a conocerlas. Las tres hermanas le observaban, tras los visillos, bajar la calle camino de sus cocheras, a primera hora. A pesar de ser conocedoras de lo sucedido con la boda de sus padres, el abuelo, tan grande ya, les inspiraba ternura a las tres. Consuelo, que era la más resuelta, decidió abordarlo una mañana en la calle. Salió temprano sin que lo supieran sus tíos, acompañada sólo por su sirvienta habanera, que las había acompañado en el viaje, y le esperó en medio de la calle.

Buenos días don Patricio.

El irlandés la miró de arriba abajo, sin alterar el gesto.

No hablo con desconocidos —respondió, continuando su camino.

No soy una desconocida, soy su nieta Consuelo. La hija mayor de su hija Teresa.

De sobra sabía quién era. Cuando la había visto, el corazón le había dado un vuelco. Era como tener delante a su Teresa, aquella que se le había ido con el bloody cafetero.

Solamente tengo un nieto, Patricio. Nada más. Ni sé quién es usted, ni quiero saberlo.

¡Consuelo! Entra para la casa, ¡por Dios! Cuando se entere tu padre —casi sollozaba la tía Elvira— Como se te ha ocurrido, niña.

Perdóneme tía. Tenía que intentarlo. No volverá a ocurrir, se lo prometo. Yo se lo contaré a padre, no se preocupe por eso.


Aquel primer jueves, tras llegar de La Habana, tanto mi abuela Caridad, como su hermana Consuelo, se pusieron convenientemente enfermas, para no tener que salir a vender galletas, y los tíos decidieron que Teresa hiciera compañía a las primas. Las mayores trataron de interceder aduciendo que Teresa era muy joven y demasiado tímida, pero los tíos consideraban un desaire hacia ellas, no darles la oportunidad de lucirse en el puesto de los jueves nada más llegar.

Ya mi bisabuelo les había puesto al corriente de la situación, bastante cómica para ellas, y les había advertido que una negativa sería muy mal admitida por sus tíos, sería vista, incluso, como un desprecio improcedente hacía ellos, que las trataban como a sus propias hijas.

¿Y si pretenden casarnos con algún cliente, como a las primas?

No se preocupen, eso solamente me concierne a mí. Ellos me informarían y yo lo hablaría con ustedes al respecto, porque puede ocurrir que a ustedes les interese el pretendiente.

Lo dudo mucho —repetían las tres a coro y sobre manera las dos mayores que ya habían conocido a quienes iban a ser sus maridos.

Así las cosas, aquella mañana precisa fue la elegida por Antonino de la Vega de Avia, para salir a ver el género por el mercado. Su madre, ya viuda, a Dios gracias, le había advertido que no fuera por el puesto de los Arias.

Porque son tus primas. Solo por eso.

Medio primas, solamente.

Es lo mismo, pierde la costumbre de replicarme a todo. No vayas por allí.

Antonino salió a la calle y se dirigió derecho al puesto de los Arias. Daba igual lo que dijera su madre, él quería ver a las medio primas de La Habana, que habían despertado tanta curiosidad en la villa. Solo vio a Teresa. La vio, en principio, porque era alta y sobresalía de sus primas, y luego, se fijó porque era guapa: rubia, esbelta, elegante, con los ojos claros de los Moran. Además era muy joven. Así le gustaban a él también: jovencitas. Y se la quedó mirando.

Como un imbécil —le dijo a sus hermanas— Con una sonrisa de bobo como yo no había visto antes.

Tampoco es que hayas visto muchos hombres —dijo Consuelo.

Ni tú. Pero sé lo que es tener cara de idiota, y este la tiene.

Mis tíos bisabuelos por la parte Arias, Manuel y Elvira, se llevaron las manos a la cabeza, y enviaron recado a Estrella madre, que vino a verles a regañadientes, porque sus parientes comerciantes no eran santos de su devoción.

No vamos a tolerar un escándalo. Como se entere Antonio de que Antonino anda mirando a su hija pequeña arde Troya, no hace falta que te recuerde el carácter que tiene tu hermano.

Yo le había prohibido acercarse al puesto, pero este chico no se a quien ha salido.

Elvira se la quedó mirando atónita. Anda que no tenía espejos en casa para salir retorcido el Antonino de las narices. Más raros que un perro verde, todos los De la Vega. Mi abuela y mi tía Consuelo, le quitaron importancia al asunto para tranquilizar a su tía.

No se preocupe. Ni Teresa, ni nosotras saldremos al puesto los jueves. Teresa es demasiado joven, ya lo ve y nosotras tenemos novio en La Habana. Mi padre se lo dirá.

Yo lo hice por mejor. No quería que os sintierais desairadas —casi sollozó la tía Elvira.

No tiene importancia, tía. No se preocupe más. Todo ha sido un mal entendido. Al primo le pudo la curiosidad. Es natural.

Pero no, no era natural. Nada en casa de los Vega de Avia y Rivagodos era natural. Al primo Antonino se le puso Teresa entre ceja y ceja. Volvió al puesto y al no verla, preguntó por ella a las otras primas, que no les dio la gana de contestarle.

Contrariado se fue para su casa, pero antes dio varios paseos por delante de la de los Arias, para ver si veía a Teresa por alguna parte. Las tres hermanas lo observaron caminado arriba y abajo, hasta que Teresa confesó tenerle miedo y el tío Manuel lo echó de la calle con cajas destempladas.

Porque tiene un no sé que en la cara.

Es la marca de los Vega de Avia —aclaró la tía Elvira—ese no se qué, que dice la niña, es la maldad de la casa.

Bueno, no te asustes cariño. Es que le has gustado, es natural por otra parte; eres muy guapa. Pero no se va a acercar a ti.

Antonino, andaba como un alma en pena. Espió a Erin y a Sara Moran, para ver a qué hora pasaban a recoger a sus sobrinas para salir a merendar a la Confitería y se iba tras ellas como un perrito, meneando la cola.

Ahí está el imbécil —informaba mi tía abuela Consuelo.

Ni caso, niñas. Tranquila sweetheart, que no se va a acercar a ti.

A Antonino de la Vega, le estaba resultando complicado acercarse a las medio primas. Estaba siendo misión imposible, porque nunca salían solas a la calle y cuando arreció el acoso, el chófer de las Moran, hizo de guardaespaldas. Tuvo que intentar otra estrategia para lograr ver a Teresa a solas.

No me presione señorito que me compromete —se resistía la chica que venía a servir la mesa y a fregar a casa de los Arias. —No quiero perder el trabajo, tengo que mantener a mi niño.

Te daré el dinero suficiente para vivir bien hasta que encuentres otro trabajo. Tu solo busca el modo de introducirme en la casa, lo demás es cosa mía.

Aquella tarde, a la hora de la siesta, cuando la casa se hallaba en silencio y en semi penumbra, una sombra se coló por la puerta de servicio, pasó al vestíbulo de puntillas, subió las escaleras y entró en el cuarto que Teresa compartía con sus dos primas más jóvenes. Antonino se la quedó mirando embobado mientras dormía: su pelo rubio esparcido por la almohada, su boca de finos labios, entreabierta, su pecho, apenas cubierto por la seda y los encajes del camisón, agitado suavemente por el sopor del leve sueño, todo, todo en ella, era una insinuación, era un ofrecimiento para que él lo tomara. Era como si lo estuviera esperando. Y pensado y hecho. Teresa, al despertar con sobresalto, sintió que no podía moverse bajo el peso de algo que, en principio no supo muy bien que era, hasta que fue tomando conciencia y vio a Antonino sobre ella y lo sintió tratando de besarla torpemente, mientras le sujetaba las manos, para que no se moviera. Teresa chillaba, aprisionados los labios por los de Antonino, mientras pateaba tratando de quitárselo de encima, haciendo todo el ruido posible para despertar a sus primas. Tras más de un minuto, que fue eterno, una de las jóvenes se despertó y comenzó a gritar.

¡Cállate imbécil!

Fue todo lo que pudo decir, antes de que Manuel Arias le diera en la espalda, con un bate de beisbol, que se había traído como recuerdo de sus habilidades habaneras en ese deporte.

Avisa al cabo de la Guardia Civil.

Espera, espera. No ha pasado nada…

¿Qué no ha pasado nada? Mira como está la niña.

Teresa temblaba y lloraba abrazada por sus hermanas, mientras Antonino yacía sin conocimiento, o eso parecía, sobre la cama.

Es mejor no montar un escándalo, que no conviene a nadie. Vamos a avisar a Estrella que venga a por él, y lo solucionamos en familia.

Queremos que venga nuestra tía Sara.

Sí, que venga, seguro que piensa como yo.

Estrella y Sara llegaron casi a la vez. Estrella pensó que Manuel había matado a su hijo.

No te preocupes. Este es como la mala yerba, no muere así como así. Que se prepare cuando Antonio se entere.

¿Y qué le va a hacer, pegarle un tiro por carta?

No se confunda, tía Estrella —advirtió mi abuela— padre no va a tolerar que este atropello quede impune.

Recuerda lo que le pasó a tu marido. Este imbécil va por el mismo camino.

De acuerdo con las niñas, hemos convenido todas en que lo mejor es no dar pábulo a las habladurías, dado que no ha sucedido nada irreparable. Lo solucionaremos de puertas adentro. Pero no quiero ver a Antonino ni de lejos, mientras ellas continúen en Avia. Enciérrelo en casa o donde considere oportuno. De lo contrario, yo misma tomaré medidas, por mi cuenta. —le dijo a una atribulada Estrella, mi tía Sara.

¿Cómo me lo llevo, si no se puede mover?

Le diré a Anselmo que prepare el carro. Él lo llevará a casa. Luego allá tú, haz con él lo que te parezca. Te advierto que no lo quiero ver rondar por aquí, nunca más.





Estrella, hizo venir un galeno amigo y discreto, para que examinara la espalda de Antonino. Tenía varias costillas rotas y alguna lesión en alguna parte que el galeno no apreció y por la cual sufrió el resto de su vida fuertes dolores y bastante dificultad para girar la cabeza, de modo independiente al resto del cuerpo. Tardó en recuperarse, cuando lo hizo ya las irlandesas habían partido hacia La Habana.

Teresa, no se recuperó del susto en todo el tiempo que permaneció en Avia. Mi bisabuelo Antonio, informado por su hermano, vino a por ellas desde La Habana. No se acercó a saludar a su hermana Estrella, ni ella a él tampoco. Fue imposible dar con el paradero de Antonino. Su madre se había encargado de ponerlo a buen recaudo, y aunque mi bisabuelo y su hermano revolvieron Roma con Santiago para dar con él, no lo lograron. De ese modo, Antonino de la Vega de Avia, no sufrió lesiones mayores.

Mi tía abuela Teresa, introvertida como era, tardó en olvidar lo ocurrido en Avia. Una vez en La Habana su tía Isabel se la llevó de viaje a Estados Unidos, con la excusa de necesitar su opinión para adquirir las vajillas y las cuberterías de plata que pensaba regalar a sus sobrinas. Entre el viaje y las posteriores bodas de sus hermanas, se fue olvidando en parte, de lo ocurrido. Su carácter introvertido, melancólico, típicamente irlandés, no le permitía abrir su corazón a los que la querían, soltar el lastre que la continuaba atormentando y lograr olvidar aquel incidente desafortunado.



Con el tiempo, conoció un criollo de origen francés, Pedro Hardy y se casó con él. Fue algo repentino, que pilló a todos por sorpresa, pero que los alegró infinito. La pareja decidió irse a vivir a Pinar del Rio, donde la familia del novio poseía plantaciones de tabaco. No tuvieron hijos y parece ser que fueron felices. Las malas lenguas familiares afirman que Pedro nunca cumplió en la cama, algo que al parecer, Teresa conocía de antemano. Eran como hermanos, buenos amigos que hacían todo juntos, excepto el amor, y se querían y se cuidaban. Viajaban a menudo a La Habana y también a Estados Unidos, incluso vinieron a Europa, recorrieron Francia e Italia, de donde provenía una parte de la familia de Pedro. Pero no pisaron España y menos aun Avia, pese a que sus hermanas vivían allí para entonces. En los últimos años de su vida, tía Teresa sufrió los típicos episodios de tristeza, frecuentes en ambas familias. Su marido la cuidó con infinita calma y paciencia y la lloró después con desesperación. Cierto día día fue a bañarse a Cayo Coco y no regresó. Lo vieron irse mar adentro hasta que se perdió de la vista de todos.

Su cuerpo, como el de su cuñada María, nunca apareció.



                                       

                                                                                         Cayo Coco-Cuba